Bestiario estudiantil de Caracas V

Bestiario estudiantil de Caracas

Colegio Mater Salvatoris. Las Mercedes.

Estudiante: Paula Andrea Santurce Morán. IV Año. Ciclo diversificado. Mención Humanidades.

Malhaya la hora en la que ese chamo se enamoró de mí. Sé que es intenso (muy intenso) comenzar un relato con la palabra “Malhaya”. Pero no encuentro otra más apropiada. Siempre quise comenzar algún texto con la palabra “Malhaya”. Pero ése no es el asunto. El chamo que se enamoró de mí era el hijo de uno de los vigilantes del Mater. No era un mal chamo. Pero no entiendo cómo pudo enamorarse de mí habiendo tantas chamas en el Mater que seguramente son más lindas que yo.

El Mater no es un colegio monstruoso pero tampoco es un colegio pequeño. No tiene grandes complicaciones más allá de los chismes o de las desavenencias que las alumnas puedan tener con alguna monja en particular (o viceversa). A lo mejor hubiesen botado al papá si yo hubiese dicho que el hijo me acosaba. La culebra habría muerto sin cabeza. Pero no sería justo. Él no me acosaba realmente. Y el papá era una buena persona. Tenía yo no sé cuántos años trabajando en el Mater. El hijo tenía 17. Ya se había graduado en uno de esos parasistemas. Tenía cierta mirada achinada de malandro. Y cierto acento de malandro. Pero no era malandro.

Ya advertí que la cosa iba un poco mal cuando se me quedó viendo un día desde la caseta de vigilancia del papá. Pude haber volteado y fingir que la cosa no era conmigo. Pero me miraba a mí entre las otras chamas. Las cosas fueron para peor cuando supe que se quedaría allí mucho tiempo. El colegio le había dado algo así como una especie de puesto honorario como ayudante del papá. Pero el Mater no es un colegio tan grande y mis amigas y yo solíamos estar cerca de la caseta en los recreos.

Creo que sería justo decir su nombre. Más justo que referirme a él solamente como “ese chamo” o “el hijo del vigilante”. Se llamaba Luis. Así sin más. Ni siquiera tenía un nombre fiero o compuesto como los chamos de La Salle  de Los Arcos. No era Luis Alfredo o Luis Ernesto. Era simplemente Luis. Era flaco y un tanto insignificante. Era de un mundo ajeno al mío. Vivía en una casucha (por lo menos no en un rancho) cerca de Caño Amarillo. Todos estos detalles los supe por las pocas veces en las que hablé con él.

Un día Luis se acercó a mí. Temblaba un poco. Sus manos un tanto huesudas no sabían disimular que estaba realmente nervioso. Me entregó una carta. Mis amigas se alejaron un poco e intuí que me estaban chalequeando por la manera en que decían las cosas. Luis se alejó también y se devolvió hacia la caseta de vigilancia. Me miraba a través del cristal (con calcomanías de Unión Radio) como si fuese un topo asustado. A mí me daba un poco de lástima. Yo no sabía si abrir la carta allí. Yo no sabía si abrir la carta en clases. Yo no sabía si abrir la carta en mi casa. Yo no sabía si abrir la carta ni siquiera.

“Chama. NO SE COMO TE LLAMAS. PERO ME PARESES REALMENTE BONITA. ME GUSTARIA TOMAR UNA BIRRA CONTIGO ALGUN DIA”, decía la carta. Yo la abrí en clases y no se la mostré a nadie. Me asfixiaba un poco el hecho de que hubiese escrito “pareces” con “s”. Eso me enfermaba. También me enfermaba que había dibujado una flor rosada con pétalos verde fosforescentes. ¡Hizo la flor con resaltadores! ¡Hay que tener muchas bolas para hacer una flor con resaltadores!

Yo me quería cambiar de colegio. El Mater me daba igual al fin y al cabo. Pero hay cierto aspecto que masturba el ego cuando te levantas a un chamo de un estrato distinto al tuyo. A un chamo de un mundo distinto al tuyo. Eso hacía soportable el chalequeo de mis amigas con “el hijo del vigilante”. “Seguramente te va a invitar a los tiroteos de su barrio. Seguramente te va a invitar a que lo ayudes a esconder a alguno de sus muertos”, me decían mis amigas. Yo me reía por compromiso y por nervios.

Todo era distinto entre su mundo y el mío. Los lugares a los que íbamos. La música que escuchábamos. La manera de hablar. La manera de ver el mundo. Así que decidí matarlo todo con un armisticio. Le dije para ir al cine. Pero con mis amigas y unos amigos. Yo no me atrevía a ir sola con él. No quería que me secuestrara o que me intentara besuquear o que quisiera meterme mano o que me dijera “Tengo una pistola. Dame tus cosas” en medio de la película.

Él se sentía incómodo. Había ido con una franela rosada y con una visera del Abasto Bicentenario. Coño. También se había peinado el pelo hacia atrás con toda la reserva que tenía la fábrica de gel Rolda. Mis amigos y mis amigas se burlaban de él en secreto. Fuimos a ver Intensamente a Los Naranjos. Él decía que le había gustado. Aunque sospecho que no le había gustado nada. Después fuimos a comer en un restaurante de las Mercedes. Aún recuerdo la cara de Luis dentro del carro. Para él ese Optra era como una limusina.

Y en el restaurante la cosa fue peor. El mismo mesonero del restaurante vio que Luis era como una película cotufa de Disney en medio de una exposición de cine de Cocteau o o de Vertov. Nos puso una cara de complicidad luego de arrugar un poco el semblante. Nos sentamos a la mesa. Luis comía con la boca abierta y echaba cuentos sobre cómo habían matado al hermano de no sé quién cuando había subido yo no sé cuántos escalones para ir a ajustar una cuenta pendiente con no sé cuál. Luis era muy detallado en describir la sangre y las vísceras junto a la pólvora y a los casquillos. Llegó la cuenta. Luis no llegaba ni a la cuarta parte. Ni siquiera tenía tarjeta. Tuve que invitarlo yo.

Luis fue el que se rindió. Él me dijo que no se había sentido nada cómodo y que Caracas no es una ciudad en la que mundos como los nuestros pueden unirse. Él tan Caño Amarillo y yo tan Santa Eduvigis. Supongo que habrá pasado algún despecho bebiendo Anís Cartujo con yogurt. Quizás ya se consiguió otra novia. Quizás se empató con otra chama de Caño Amarillo con quien puede ir de vez en cuando a comprarse un combo barato de Wendys. Una chama que quizás no tenga idea de lo que significa “Malhaya”.

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Bestiario estudiantil de Caracas III

Bestiario Estudiantil de Caracas

Colegio Presidente Kennedy (Fe y Alegría). Petare.

Estudiante: Tatiana Andrea Gómez Solano. II Año. Ciclo básico.

Nunca he creído que el barrio sea un estigma. Nunca he creído que el barrio sea una limitante. Nunca he creído que el barrio sea un condicionante. El barrio tampoco debe ser un complejo. Hay mucha gente (amigas mías inclusive) que se avergüenzan del barrio. Muchas de mis amigas no tienen más sueños que operarse el pecho y ser misses. Es muy cómico cuando les toca rellenar las planillas de los concursos de belleza. Dicen que vienen de urbanizaciones. Les da vergüenza la miseria. ¿Cómo vas a salir de la miseria si no la aceptas? ¿Cómo la vas a superar si apartas la vista y haces que los otros también aparten la vista? Yo sueño con salir del barrio. Sueño con irme a una casa bonita afuera del país. Pero sueño con salir del barrio a través de la música. En mi casa había un CD con canciones de Aldemaro Romero. Mi sueño era ser como Aldemaro Romero. Y sigue siendo ser como Aldemaro Romero. Me daban mucha risa muchas de mis compañeros y de mis amigos. Eran de esa gente devota del Reggaetón y la Salsa. Nunca les gustaba Aldemaro Romero. Siento que Aldemaro Romero nunca podría calar en el barrio. Quizás mi música tampoco. Por eso quiero probar suerte en otros lugares. Nunca he tenido claro si el disco de Aldemaro Romero (que sólo escucho en ocasiones especiales. Me da miedo que se estropee) era de mi mamá o de mi abuela. Creo que era de mi mamá. Me gusta pensar que era de mi mamá. Mi mamá murió hace algunos años. Yo no recuerdo cómo murió mi mamá. Me dicen que yo era muy pequeñita para recordarlo. Pero yo creo que mi mente lo suprimió. O lo ocultó en algún sótano muy obscuro. Lo guardó en un lugar parecido al infierno. A mi mamá la mataron en 2010. Caminaba de regreso a casa. La abordaron para quitarle lo que había cobrado ese día. Mi abuela me abrazaba mientras lloraba. Sólo tengo flashes.

Desde entonces vivo con mi abuela. Mi abuela tiene 71 años. Tiene una piel muy tersa para su edad. Mi abuela es muy linda. Mi abuelo (su esposo) murió en el deslave del 99 en Vargas. Estaba visitando a unos amigos que tenía tiempo sin ver. Cuentan que se lo llevó una piedra del tamaño de una casa. Su cuerpo nunca apareció. Creo que quedó sepultado junto a tantos miles bajo el barro de Vargas. Yo sólo tengo a mi abuela. Mi abuela sólo me tiene a mí. Entre las dos nos cuidamos. Una vez compuse una canción sobre mi abuelo. Era una canción instrumental. Un poco al estilo de Onda Nueva (ya saben por influencia de quién). La toqué en el tecladito que tenemos en la casa. Es un teclado Casio que compré luego de ahorrar mucho y de ayudar en el trabajo a uno de los mejores amigos de mi abuela. Es un señor muy bueno. Iba a trabajar después de regresar del colegio y de hacer mis tareas. Mi abuela se puso a llorar cuando le toqué la canción que le había compuesto. Me abrazó. Yo me sentí satisfecha. La música te puede tocar. La música te puede transportar. La música te puede salvar del barrio. Porque el barrio no es un estigma ni una limitante ni un condicionante.

Mi abuela me cantaba canciones cuando yo era pequeña. Eran como tonadas. Como las famosas tonadas de Simón Díaz. No sé que tiene la voz de mi abuela. Pero siempre me tranquilizaba. Y me tranquiliza aún. A veces. Mi abuela se inventaba las letras. Es muy buena para improvisar rimas. Siento que mi abuela va a reencarnar un día en un rapero famoso. Me encanta oír cantar a mi abuela. Sus canciones a veces evocan chistes. A veces evocan muerte. A veces evocan una Venezuela que ella me cuenta pero que yo no asimilo. Porque aquí las cosas están cada vez peor. Yo no quiero que mi abuela corra la misma suerte que mi mamá. Yo no creo en Dios. O él es que no cree en nosotros. Pero le pido a la vida que a mi abuela no le pase nada malo.

Cada vez tengo menos tiempo para dedicarme a escuchar o a escribir música. Todo el día se me va entre estudiar y hacer colas para comprar productos básicos. Todo el día se me va en cuidarme y en cuidar a mi abuela. Ella me dice cosas tristes cuando se siente triste. Me dice que no debo cuidarla. Que debe morirse si su destino es morirse. Me dice que me cuide yo y que nunca deje la música. Que la música ve va a ayudar a salir del barrio y rescatarla a ella. Para salir también del barrio.

El otro día hubo un tiroteo horrible. Duró muchísimos minutos. No es la primera vez que escucho un tiroteo. Pero éste fue particularmente largo y aterrador. No sé si fue una guerra entre bandas. O un operativo para cazar malandros. Hay muchas bandas en mi barrio. Pero ninguna de música. A mí me gustaría tener una banda de música. Yo tuve pánico. Pero mi abuela me cantó para que yo me calmara. Y su voz me calmó. Aún recuerdo la letra. “Bajo este techo, nada podrá tocarte. Las balas rabiosas no podrán alcanzarte. Algún día, si tenemos suerte, se irá la pólvora y se irá la muerte”.

Yo creo que la música más que en todo. Siempre encuentro un huequito para tocar y componer. De vez en cuando me reúno con gente para tocar. Aunque siempre tenemos miedo. Un día tendré más dinero y podré estudiar teoría y solfeo como se debe. Yo quisiera retratar en música todo lo que viví. Y que un día alguien sueñe con ser como yo. Yo no quiero olvidar al barrio. Más bien quiero inmortalizarlo. Porque yo soy más grande que él. Él no es ni un estigma ni una limitante ni una condicionante.

 

Bestiario estudiantil de Caracas II

Bestiario estudiantil de Caracas.

U.E. Colegio Pestalozzi. El Paraíso.

Estudiante: Héctor Alfonso Mora Milán. II Año. Ciclo diversificado. Mención Ciencias.

Me gusta trabajar. Siempre me ha gustado trabajar. Cuando pequeño sembraba naranjas en el jardín de mi casa (un jardín diminuto) y las vendía en la calle. A mi mamá no le gustaba que vendiera naranjas. Me decía que había gente peligrosa en la calle. Pero no me sentía quieto si no trabajaba. Siempre me inventaba algo. Horneaba galletas o hacía suspiritos. Se los vendía a los vecinos. Iba de puerta en puerta una vez a la semana. Algunos eran antipáticos. Pero a otros les encantaban mis dulces. Eran clientes habituales. Busqué trabajos más serios cuando me hice adolescente. Sentía que me daban experiencia. Y que me dan experiencia aún. Me gusta estudiar. Las buenas notas me van a llevar a una buena carrera. Una buena carrera me va a llevar a un buen trabajo. Aunque también me gustaría emprender. Emprender en Venezuela o emprender afuera. Me da igual. Vivo en un edificio alto de El Paraíso. Es de esos edificios viejos que tienen el piso de las áreas comunes de granito blanco moteado. Esos edificios como de los años cincuenta. De cuando Venezuela era otra. Mi abuela siempre nos cuenta sobre esa otra Venezuela. La Venezuela de Pérez Jiménez. Ella cuenta que con Pérez Jiménez todo el mundo trabajaba. Creo es a mi abuela a quien debo mi afición al trabajo. Ella tiene 81 años y sigue trabajando. Ella vino desde el interior hacia Caracas. Todo era más fácil antes. Ella nunca ha querido jubilarse. Dice que jubilarse es morir. Y dice que trabajar es la mejor manera de combatir al gobierno. Yo he tenido trabajos de todo tipo. Tanto trabajos que he “emprendido” como trabajos en locales y en lugares cerca de mi casa en El Paraíso.

Uno de los trabajos más extraños que he tenido lo tuve hace un año. Hay un restaurante chino cerca de mi casa llamado Lee Woon Jae. Es un restaurante medio viejo. Tiene unos treinta años. Está decorado con figuras chinas hechas de papel maché. Y tiene uno de esos gatos dorados que mueven el brazo hacia adelante y hacia atrás. Como si estuviese saludando o espantando moscas. Mi jefe era un señor misterioso. Hablaba poco español y tenía un corte de pelo totuma. Tenía mucho dinero. Decían que tenía negocios raros con el gobierno. Viajaba en una camioneta blindada con otros chinos tan o más misteriosos que él. Parecían una mafia. Yo hacía varias cosas en el restaurante. Comencé fregando platos. Pero siempre fui una persona curiosa y capaz de absorber aprendizajes. Por eso terminé siendo asistente de cocina. Un día mi jefe me solicitó un favor. O un encargo. Me preguntó si yo sabía de lugares en donde hubiese perros o gatos sin dueño. Albergues o cosas así. Siempre he conocido páginas de Twitter o de Facebook que piden voluntarios para adoptar perros o gatos. Aunque siempre he odiado cuando apelan a la lástima. No tengo por qué adoptar un perro tuerto y/o cojo si no me da la gana. No intenten hacerme sentir mal por eso. El hecho es que le notifiqué a mi jefe y lo puse en contacto con esos albergues. Mi jefe me dio las gracias y me dio una bonificación. Él y sus amigos chinos extraños fueron a los albergues. Se fueron llevando a los animales de uno en uno para no levantar sospechas. ¿Para qué tener perros y gatos pasando hambre? Es mejor que ellos ayuden a saciar el hambre de los demás. Son más baratos que las reses.

Pero ése no fue el trabajo más extraño que he tenido. Aunque pueda ser un poco difícil de creer. El trabajo más extraño que he tenido lo tuve en la alcaldía de Caracas. No voy a decir quién tuvo la idea. Lo hago por protección. Pero el hecho es que Caracas estaba muy mal. Aunque no estaba peor que ahora. Habían prometido sanear el Guaire y nunca lo hicieron. Habían prometido construir parques y estadios y nunca los construyeron. En 2017 tuvo lugar una cumbre de jefes de estado aduladores del gobierno. Se supo que un jefe de estado se había quejado (en privado, por supuesto) del estado en el que se hallaba Caracas. Era el jefe de estado de una isla caribeña (creo que Dominica). Se había sorprendido de la cantidad de indigentes y de vagabundos que había en Caracas. Él los había visto desde su camioneta protegida y escoltada cuando iba a Caracas desde Maiquetía. La representante de Caracas no se tomó nada bien esta queja/sugerencia. No se la tomó bien aunque no se la dijeran en público. Se disculpó con el jefe de estado de la isla caribeña y dijo (en privado, por supuesto) que había que “limpiar a Caracas de los seres potencialmente peligrosos”. Seres potencialmente peligrosos. Así los llamó. Mandaron a una comisión a hablar con los indigentes y los vagabundos. En esa comisión estaba yo. Había que seducirlos con comida y prometerles más comida. Así los llevábamos a un sótano que quedaba por Parque Central. Era un sótano obscuro y que tenía un olor fortísimo y penetrante. Por la noche salían de allí las vans de la alcaldía que se llevaban los cuerpos. No sé si el representante de Dominica se volverá a quejar cuando regrese a Caracas. A mí me seguirá gustando trabajar. Sea vendiendo naranjas u horneando galletas. Sea vendiendo suspiritos o llevando a los seres potencialmente peligrosos al matadero.