¿El Stephen Hawking venezolano?

Yo no sé ustedes, pero, al menos a mí, que tengo 27 años, en mi infancia,me contaron más de una vez el relato de la “Cucarachita Martínez”. De hecho, mi papá me ha contado, en más de una ocasión, que, cuando él era pequeño, en su colegio de la isla de Margarita, fue protagonista de una representación teatral acerca del relato de la Cucarachita Martínez. Y esto sin mencionar la popular canción de Serenata Guayanesa, que comienza diciendo: “La cucaracha Martínez, arreglando el comedor, por debajo de la mesa un centavo se encontró”. El origen de este cuento seguramente pertenece al folklore popular, pero quien lo canalizó y lo materializó fue nada más y nada menos que un prestigioso y notable científico venezolano.

Este dato puede que sorprenda a muchos, sobre todo a quienes están acostumbrados a ver, en los científicos, a gente muy hierática, seria y aséptica. Pero Vicente Marcano era todo lo contrario. No sólo tiene el mérito, además de ser químico, de ser el primer investigador científico profesional en la historia de Venezuela, sino que, cuando leemos e investigamos acerca de él, nos encontramos con que también tenía una pluma notable, no sólo dedicada a sesudos artículos científicos, sino a literatura tanto infantil como para adultos.

Y es que Vicente Marcano era realmente un erudito. Tuvo la oportunidad de estudiar en París. Y no en cualquier academia. Vicente Marcano se graduó en la Escuela de Artes y Manufacturas, la famosa Escuela Central de París. La Escuela de Artes y Manufacturas era (y es) una de las instituciones más prestigiosas del mundo. Se dedica a formar ingenieros con un conocimiento en casi todas las ramas del saber. Lo cierto es que Vicente Marcano, una vez egresado de esta prestigiosa institución, regresó a Venezuela para poner en práctica sus conocimientos, ya que, para él, el país lo necesitaba. ¡Y de qué manera lo hizo!

Lo primero que hizo fue poner su pluma a trabajar en largos ensayos didácticos que, sorprendentemente, se siguen editando hasta el día de hoy. Quizás el más famoso de todos fue “Elementos de filosofía química según la teoría atómica”. Sé que el nombre puede sonar muy engorroso y hasta aburrido. Y quizás sea cierto que es un libro sólo para entendidos. Sin embargo, debemos tener en cuenta que fue una publicación avanzadísima para la época, más proviniendo de un país que no tenía bagaje científico, como lo era Venezuela.

Y es que, al mencionar esto, no debemos creer que los ensayos científicos de Vicente Marcano solamente tuvieron difusión en los escasos círculos científicos que había en Venezuela. Las teorías, los análisis y las visiones de Marcano, rápidamente, comenzaron a ser solicitadas y muy valoradas en el extranjero. De hecho, algunas de las publicaciones de Vicente Marcano fueron traducidas a varios idiomas y publicadas en muchas de las revistas y libros de recopilación científica más importantes para ese momento a nivel mundial.

Ahora bien. ¿Por qué nos atrevemos a comparar a Vicente Marcano con el científico inglés Stephen Hawking? Es cierto que, tanto por época como por recursos, distan mucho. Pero lo cierto es que ambos coincidieron en una cosa. Stephen Hawking, además de sus importantísimas investigaciones y aportes, se dedicó, mediante su libro “Breve historia del tiempo”, a llevar el conocimiento científico a un plano más “común”, más dirigido hacia personas que tenían poca o nula noción de las ciencias y de su avance como tal. Algo similar hizo, muchos años antes, Vicente Marcano.

A Vicente Marcano le interesaba mucho que el pueblo venezolano, siempre sumido en la peor y más lamentable de las ignorancias, tuviese la oportunidad de enamorarse de la ciencia. Intentando esto, publicó no pocas historias que siempre tenían un trasfondo de explicación científica. Por ejemplo, podemos leer la “Historia científica de una gota de rocío” o “Lo que hay en una botella de cerveza”, un divertido relato en donde éste, hablando en primera persona, recibe una carta de una amiga un poco tonta, quien lo invita a comer, y se pone a hablar con él acerca del origen de la cerveza. De más está decir que, a pesar de su valioso intento, Vicente Marcano fracasó en enamorar al pueblo de la ciencia, ya que, hoy en día, es sumamente difícil encontrar este tipo de textos.

Sin embargo, en otras labores como escritor, sí que tuvo muchísimo éxito. Un ejemplo de ello es el famosísimo relato, que ya hemos mencionado, de la Cucarachita Martínez (que, en el original, tenía el nombre de la Cucarachita Martina). Otro ejemplo, aunque lamentablemente casi diluido en el tiempo, es la novela que lleva por nombre “El tesoro del pirata”. Ésta es una novela inconclusa casi imposible de conseguir hoy en día y que publicó bajo el seudónimo de “Tito Salcedo”. Este seudónimo también lo utilizó para publicar cuentos breves.

A pesar de que los restos de Vicente Marcano reposan en el Panteón Nacional, la memoria de este eminente científico y escritor, que murió joven, apenas a los 43 años, parece que va desapareciendo con el pasar de los años. Es cierto que, si investigamos, encontraremos, a lo largo y ancho de Venezuela, una que otra institución educativa que, a modo de homenaje, lleva su nombre. Pero sentimos que una persona como Vicente Marcano, dedicado toda su vida al saber y, más importante aún, preocupado por llevar este saber al pueblo llano, merece, sin duda muchísimo más.

Tomás Marín.

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La mejor biografía de Billo que leerás en tu vida (Segunda parte)

Billo se encuentra visiblemente afectado. No esperaba jamás que le prohibiesen la entrada en su Dominicana natal, más por una suerte de malentendido, como lo fue el cambio de nombre de su conjunto. El dinero comienza a escasear. Comienzan las desavenencias con algunos miembros de su orquesta quienes, en parte gracias a él, se encuentran “atrapados” en una ciudad que desconocen. Surgen algunos contratos esporádicos. Ganan, a veces más, a veces menos. Pueden sostenerse, pero pasando por ciertas precariedades. La orquesta sigue sonando muy bien, aunque se les ve desanimados. No todo el mundo conoce la historia verdadera

Hay quienes dicen que las desgracias (al igual que las bienaventuranzas) jamás vienen solas. Billo, aún joven, comienza a enfermar. Al principio, se toma como un mal pasajero. Ya se recuperará. Pero Billo se llega a ver grave. Ha contraído Tifus, una enfermedad caracterizada por fuertes dolores de cabeza, erupciones en la piel y altas fiebres. Es una enfermedad de cuidado. Billo es hospitalizado de emergencia. Es estabilizado, pero aún corre mucho peligro. Se somete a exámenes y análisis. Los doctores se miran las caras con preocupación. Los resultados no son muy alentadores. “Es posible que el paciente no viva más de un mes”, dice una enfermera a otra, en voz baja, mientras toma un sorbo de café. La “Billos Happy Boys”, la gran orquesta cuyo nombre desató la polémica en Santo Domingo, se disuelve. Algunos miembros ya no apuestan por Billo. Lo abandonan y regresan a su tierra de origen.

Pero Billo, en contra de las desesperanzas de los médicos, comienza a sentirse un poco mejor. Poco a poco va levantándose de la cama. Poco a poco va caminando. Escucha, en un viejo transmisor, la música que suena en la radio. Comienza a soñar con que la radio venezolana transmita las canciones que él compone. Al fin y al cabo, Caracas le gusta. Aparte de los traspiés, la gente lo quiere mucho. La gente se muestra muy receptiva con él. Caracas es la ventana a la libertad que le permitió, así fuese a la fuerza, alejarse de la represión dictatorial de Trujillo, quien cada vez cierra más las zarpas sobre su pueblo, cobrándose no pocas víctimas.

Billo se ha recuperado del todo. Se siente renovado. Hacía bastante tiempo que no dedicaba mucho tiempo a componer o a tocar, que era lo que más le motivaba en la vida. Los médicos lo consideran una suerte de milagro. Es una recuperación completa, total. Toma su batuta favorita y comienza a reclutar nuevos músicos. Todo el que quiera (y que sea un músico de calidad) es bienvenido a formar parte en el nuevo proyecto. Muchos músicos responden a la convocatoria. Tantos, que hay que ser selectivo. Al fin y al cabo, Billo ya se ha formado un nombre de cierto prestigio en Caracas. Se forma una agrupación. Comienzan los ensayos. Un arreglo aquí, un bemol allá. Billo tiene más fuerza y más vitalidad que nunca. La orquesta está lista y afinada. ¿”Billo’s Happy Boys” de nuevo? El nombre no termina de convencer. ¿Por qué no honrar a esta ciudad querida? ¿Por qué no Billo’s Caracas Boys? Es perfecto. Y que se entere Trujillo. Llega el primer contrato. Es el caluroso agosto tropical de 1940. La noche del 31 de dicho mes, comienza la fiesta. Inicia la verdadera leyenda.

La orquesta está cohesionada y se divierte. La gente baila y se divierte con ellos. Es mucho mejor (aún) que la Billo’s Happy Boys. El vox pópuli es la mejor de las promociones. “Ay, Casilda, si vas a contratar a una orquesta para tu fiesta, que se la del tal Billo. Es buenísima”, dice una señora a otra mientras bebe té en una tacita de porcelana. Los contratos llegan a granel. Toda Caracas comienza a rendirse ante Billo. La radio lo comienza a invitar para tocar al aire. Parte de su sueño se va haciendo realidad. La reciente y creciente industria del disco de vinilo no quiere quedarse atrás. A la “Billo’s Caracas Boys” comienza a acumulárseles el trabajo y las ganancias. Hay una bonanza increíble. Graban sus primeros discos, que se agotan en las discotiendas.

Billo frente a un autobús que lleva su nombre. Cortesía billoparatodos.com

La fama y el éxito crecientes de la orquesta llegan hasta los oídos (literalmente) de las autoridades. No son pocos los altos y bajos mandatarios que amenizan sus veladas oficiales con los merengues, los boleros y los pasodobles de la agrupación del momento, sin duda la más solicitada y popular. Venezuela se halla en momentos tensos. El gobierno de Marcos Pérez Jiménez coloca a Venezuela entre los países más desarrollados del mundo, pero promueve una encarnizada persecución a sus oponentes. Hablar de política está prohibido. Marcos Pérez Jiménez no oculta su afición por Billo. Más de una vez lo invita a tocar en cenas y cumpleaños. Para la Billo’s Caracas Boys es un honor.

A partir del 23 de enero de 1958, considerada, no por pocos, una de las fechas más sombrías en la historia republicana, comienza una especie de “cacería de brujas” contra todo lo que huela a gobierno de Pérez Jiménez, quien ha huido del país. Sobra el resentido que, tirándoselas de demócrata, acusa a Billo de ser cómplice y partidario de la dictadura recién caída. Billo se defiende, pero es inútil. Comienzan a llover las demandas contra la agrupación. En algunos lugares, los opositores a Pérez Jiménez clavan sus colmillos a la orquesta. La asociación musical del Distrito Federal, un club de señores respingados y esnobs, da la estocada final. A la Billo’s Caracas Boys se le prohíbe tocar públicamente. Así es Venezuela. Así paga a quien le brinda alegrías. Así paga a quien ama a Caracas hasta más no poder.

Billo toma una decisión. Una decisión que le duele en el alma, pero que siente que es la correcta. Caracas (o, mejor dicho, un círculo poderoso en Caracas) le ha cerrado las puertas. Pareciera que ya no hay nada que buscar allí. Billo llora. Se despide de algunos compañeros de su orquesta. Otros lo siguen. Al fin y al cabo, además de un músico excelente, sigue siendo un gran líder. Ya ha comprado el pasaje. Toma un avión y suspira hondo cuando ve alejarse al Ávila que cuida a su Caracas querida. El destino ahora es Cuba. La Cuba que está a punto de perder Batista para ser tomada por los Castro. Pareciera que a Billo lo persiguen las dictaduras.

Pero la música no puede parar. Es lo mejor que Billo sabe hacer. Cuba no tarda mucho en darse cuenta de la calidad musical de Billo. Algunas leyendas absolutas de la música cubana, como Pío Leyva, miembro del legendario e inmortal Buena Vista Social Club, aceptan la invitación a grabar junto a él. Éxitos masivos, incuestionables. Éxitos que trascienden las fronteras hasta Venezuela, donde los discos de Billo (aunque no él) pueden entrar. La gente enloquece. Billo está haciendo uno de los mejores trabajos de su vida. Compone mejor que nunca. Sus discos se agotan. La asociación musical del Distrito Federal, aquel grupillo que lo vetó, ahora le suplica que regrese. Hace apenas dos años que Billo se fue y su ausencia se siente como un silencio sepulcral. Pero Billo no es resentido, jamás lo ha sido. Además, ama a Caracas. Finge un poco de actitud de “lo pensaré”, pero en el fondo está feliz. Es el hombre más feliz que viaja en el avión hacia su Caracas, que lo recibe con los brazos abiertos y con el Ávila más verde que nunca.

Disco de la breve etapa de Billo en Cuba.

Todo es como antes, incluso mejor. Un poco para resarcir la decisión de haberlo vetado y casi expulsado, le otorgan homenajes. Alcaldes y empresarios agasajan a Billo con medallas, diplomas y cenas. Él lo agradece, pero jamás pierde el foco, la música. Los contratos llueven de nuevo. Bodas, quince años, graduaciones, bautizos, cumpleaños. Ya la orquesta tiene temas de culto. La gente en Caracas se los sabe de memoria. Todo el mundo quiere, además de bailar, sacarse su foto con Billo.

La orquesta, con sus modificaciones inevitables, como en toda orquesta grande, ya ha vendido más de diez millones de copias de sus discos en total. Parece fácil de decir, pero es un número que realmente merece ser pronunciado dos y hasta tres veces. Diez millones de discos que no han parado de sonar. Ya Billo es veterano. Lleva cuarenta años de trayectoria musical. Hay que celebrarlo. ¿Qué mejor manera de celebrarlo que con una recopilación de sus mejores éxitos? Comienza la selección. Billo es como el rey Midas. Todo lo que toca, lo convierte en oro. Son demasiados éxitos. No caben en un volumen, ni en dos, ni en tres. Se edita una colección de doce volúmenes con todos los éxitos de Billo. Los miembros de la alta sociedad compran inmediatamente la colección. El resto, ahorra un poco. Vale la pena el gasto.

Tenerife, la legendaria isla de las Canarias y uno de los lugares con los que Venezuela guarda más estrechez cultural, invita a la Billo’s Caracas Boys para tocar en sus carnavales. Billo ya tiene setenta y dos años. Accede gustoso. Arriba a Tenerife. El clima es agradable. Le recuerda, un poco, a esa ocasión en la que arribó a Caracas por primera vez. Los carnavales de Tenerife es una de las fiestas más grandes del mundo. Billo ve el escenario. Es inmenso. Comienzan los preparativos y los ensayos. Llega el momento del concierto. Las expectativas se han superado. Ni la orquesta ni los organizadores esperaban una concurrencia tan amplia. Es una suerte de Woodstock carnestolendo e ibérico. Es una marea de gente, literalmente. 250.000 personas, el público más grande que Billo vio en su vida, mueven los pies al compás de la batuta. Billo no está mal acompañado. Canta para él nada más y nada menos que Celia Cruz, la inmortal, la leyenda de la Fania. Todo el mundo baila. Hasta los técnicos. El hecho entra al libro de récords Guinness.

Billo junto a Celia Cruz.

Billo junto a Celia Cruz.

Es abril de 1988. Se acercan los cincuenta años de vida artística de Billo. Se prepara un homenaje en el Teresa Carreño, el teatro más importante no sólo de Caracas, sino de Venezuela. A pesar de la música contemporánea, mucho más heterogénea, la Billo’s Caracas Boys sigue conservando un prestigio irrefutable. En uno de los ensayos, Billo sufre un derrame cerebral. Es trasladado inmediatamente a la clínica. Hay tensión. Hay expectativa. Una especie de luto recorre al país, que se prepara para lo peor, sin perder la esperanza. Los medios reseñan el hecho.

Noticia en el diario El Nacional sobre el derrame cerebral de Billo. Cortesía El Nacional.

Poco más de una semana después, corre la mala nueva. Ha fallecido Billo Frómeta. La gente rompe a llorar. Se acabó la fiesta. La Billo’s Caracas Boys continuará, pero ya no será lo mismo. La leyenda se ha marchado sin despedirse. Sus funerales son apoteósicos. Caracas se rinde ante el “Maestro Billo”. Miles de personas salen a despedirse de él. Es una de las congregaciones funerarias más grandes en la historia de Caracas. “Y pensar que a Billo lo llegaron a vetar”, dice una señora mientras agita un pañuelo negro y quiebra la voz.

Funerales de Billo. Cortesía Venezuela Inmortal.

Son incontables las canciones de Billo. Son incontables sus éxitos. Es inenarrable el amor con que el maestro le compuso a Caracas, la ciudad de sus amores. Se dice que nadie ha querido tanto a Caracas como él lo hizo. Así lo demostró en canciones como “Caracas, pórtate bien”, una especie de carta de despedida, como “Caracas vieja”, en la que Caracas va alejándose en medio de construcciones modernas, y, obviamente, el famoso e inolvidable “Canto a Caracas”, una de las más preciosas canciones que existen. Así fue Billo. El músico enamorado, el del alma de serenatero que vino de Dominicana para consentir a la capital. Aún hay muchas fiestas de fin de año (o fiestas en general) en donde suena un disco de la Billo’s. En el argot popular, aún hay conductores que, frente a otros que parecen distraídos, dicen “ése como que está esperando a la Billo’s”. Su música, inmortal, aún rueda por la capital, como esperando a que ésta resurja de sus cenizas. Que nunca suene el último compás de Alma Llanera.

 

Tomás Marín.

Facebook.com/LaCantarida

 

 

 

 

La mejor biografía de Billo que leerás en tu vida (Primera parte)

Cuando Luis María Frómeta, con quince años, toma la batuta y dirige la Banda del cuerpo de Bomberos de Santo Domingo, ya muestra ser una especie de prodigio. A los quince años, incluso a principios del Siglo XX, mucha gente no sabe qué hacer con su vida, hacia dónde dirigirla. Luis María ya lleva algunos años aprendiendo teoría, solfeo, composición y armonía. Su carisma, rápidamente, atrapa a todos los miembros de la banda. Muchos de ellos no tienen grandes dotes ni grandes aptitudes para la música. Es más fácil, a veces, manejar una escalera y una manguera que tocar un trombón o un clarinete. Pero todos se acoplan alrededor del muchacho que, con paciencia, los dirige. Tanto le quieren, que le otorgan el título honorario de Capitán.

Luis María Frómeta joven. Cortesía de Omar Ramírez

Al cumplir los 18, se gana la vida impartiendo clases de guitarra a domicilio. Camina por las calles empedradas de Santo Domingo con su vieja guitarra clásica, envuelta en un forro negro que se cuelga a sus espaldas. Sus alumnos lo adoran. Es un buen profesor. Enseña con paciencia, humor y maestría, rasgueos y punteos. Hace sonar bien las primas y las bordonas. Sus alumnos van evolucionando, adultos y niños. Algunas madres, agradecidas, le ofrecen comida, té, galletas. En sus ratos libres, cuando su agenda no está dedicada a los aprendices, aprovecha y trabaja con algunos conjuntos musicales, para quienes hace buenos arreglos. La música, su gran amor, cada vez le causa más cansancio, pero ese cansancio feliz de hacer lo que te gusta.

Santo Domingo. República Dominicana. Década de los 30.

En las correrías laborales con estos conjuntos musicales, conoce a Freddy Coronado, un violinista alegre y dicharachero con el que hace muy buenas migas. Freddy le consigue acople como saxofonista en distintas bandas itinerantes de la República Dominicana. De más está decir que Luis María, como parte de su dinamismo y su prodigio, es un multiinstrumentalista excelente. Algún tiempo después, junto a Freddy, el alegre violinista, y otros amigos, fundan una banda de Jazz. El Jazz es uno de los géneros que más atrae a Luis María, sobre todo por la versatilidad que tiene para fusionarse con buenos géneros bailables. Bailables de verdad, de buena música, no asquerosidades posmodernas como el reggaetón o el trap. Por el nombre, no se comen mucho la cabeza. Deciden llamar a la banda Santo Domingo Jazz Band. Al poco tiempo, el encanto y el talento de Luis María lo hacen ascender a la cúspide de la agrupación y se convierte en director de la misma.

Luis María siempre ha querido estudiar una carrera “de verdad”. Además, algunos familiares y amigos le aconsejan que, aunque le esté yendo tan bien en la música, nunca está de más una carrera más formal, un caso de emergencia, un por si acaso. Luis María elige medicina en la Universidad de Santo Domingo, la más prestigiosa de la isla. Es una carrera que no le apasiona tanto como el arte de Euterpe, pero tampoco le desagrada. Se siente útil ayudando a quien lo necesita. Es un alumno aplicado. Sabe distribuir su tiempo. Durante una parte del día analiza a profundidad los textos que hablan sobre Avicena y Galeno. Durante la otra parte, dirige, toca, compone y hace que las personas bailen al compás de sus manos, de sus arreglos y de sus direcciones.

Ya lleva tres años estudiando medicina. Falta relativamente poco para graduarse. Le ha ido mejor de lo que pensaba y jamás ha dejado a la música de lado. A veces, Freddy, su amigo y alegre violinista, lo acompaña en alguna que otra tediosa diligencia relacionada con su carrera. Para algo son compañeros y casi socios. Es el momento de las pasantías, de las prácticas. A Luis María lo asignan al hospital militar. Es un lugar delicado. Desde hace pocos años, República Dominicana está dirigida, con mano de hierro, por Trujillo, un militar cuarentón un poco sádico que encuentra más placer en el sufrimiento ajeno, en la opresión y en el sexo, que en la justicia y en la búsqueda de la mayor felicidad posible para el pueblo al que dirige. Luis María se siente incómodo en el hospital militar. Jamás le han agradado los militares, aunque no puede decirlo. Cualquier disidencia en una dictadura te puede costar fácilmente la vida. Se limita a servir, a cumplir el juramento hipocrático. “Frómeta. ¿Dónde está su uniforme de guardia?”, le regaña uno de sus superiores. El uniforme de guardia es una réplica, prácticamente, del uniforme militar. Luis María, con mucha educación, dice que puede ejecutar sus tareas perfectamente sin vestirse aquel horrendo uniforme. “Se lo coloca inmediatamente”, insiste el superior. Luis María se niega. Sus principios odian a Trujillo y a todo su regimen, lo consideran un asesino, un sanguinario terrible. Luis María es reprendido severamente. Su caso es llevado por escrito hasta las altas autoridades de la universidad. La universidad, como en toda dictadura, no goza de gran autonomía. Tiene las manos atadas. Luis María es un buen estudiante, pero el gobierno ejerce presiones. Lo expulsan. Luis María no protesta. Es mejor dejar las cosas en donde están. Freddy le invita a comer para pasar la rabia. Aún queda la música. Siempre quedará la música.

Rafael Leónidas Trujillo. Dictador de la República Dominicana.

La Santo Domingo Jazz Band, el colectivo que había fundado junto a Freddy, está en una suerte de apogeo. La gente baila y disfruta. Es una de las agrupaciones más cotizadas de la ciudad y del país. No tarda en trascender las fronteras. Desde Caracas, la capital venezolana, llega una invitación bien remunerada para amenizar una fiesta de fin de año. Luis María no conoce Caracas, no se la imagina. Jamás se ha tomado gran tiempo para pensar en ella. Pero trabajo es trabajo, y mientras más gente conozca la música que hace la Santo Domingo Jazz Band, mucho mejor. Se embarca hacia Venezuela en un vapor que no tiene las mejores condiciones. Pero no importa. Está contento. Tiene un buen presentimiento. Freddy, inseparable, le relata chistes y anécdotas mientras se balancean por las olas del mar Caribe.

La banda llega a Caracas. A Luis María le impresiona la ciudad. Tiene un clima idóneo. Un poco más frío que Santo Domingo, pero muy cálido de todas formas. Venezuela acaba de salir de una dictadura, también militar, de veintisiete años. Está en un período de transición. Se respira cierta paz, cierta tranquilidad y cierto optimismo. Tiene en su mano un papel con las indicaciones para llegar al lugar en donde se cerrará el contrato y se arreglará todo para los ensayos. Come, junto a sus compañeros, en una tasca en donde les atienden amablemente. En una de las bocinas suena Carlos Gardel. Aún está de moda a pesar de haber muerto, en un accidente de avión, un par de años antes.

Así lucía Caracas en el año en el que arribó Billo por primera vez.

El Roof Garden es un local casi emblemático en Caracas. Está atendido y dirigido por dos hermanos, de apellido Sabal, que son un tanto excéntricos. Dan la impresión de que se complementan las ideas. De que uno piensa exactamente lo mismo que el otro, al menos en el aspecto laboral. El espacio es cómodo. La banda desempaca su arsenal de instrumentos. Hacen ensayos en frío. “Mucho gusto. Bienvenido. ¿Le ha gustado Venezuela?”, pregunta uno de los hermanos. “Me ha encantado. Lo poco que conozco, me ha encantado”, responde Luis María.

Desde hace algún tiempo, Luis María se ha hecho (o le han hecho) llamar “Billo”. Es un nombre cándido, pegajoso, simpático. Rima con muchas cosas, es tropical. Apenas cuenta con 22 años y ya está tocando fuera de sus fronteras. No todos los músicos pueden decir eso. Billo se lo ha ganado con talento y con esfuerzo. Tiene una gran banda que lo acompaña y no le rechista mucho sus decisiones y sus arreglos. Confían en él. Además, Billo sabe escuchar. Es un líder. Es un demócrata en su pequeño país de redondas, blancas, fusas y corcheas. No en vano se lleva tan mal, ideológicamente, con el tirano Trujillo.

Falta poco para la fiesta de fin de año. Ya Caracas está vestida de gala y escarcha. La champaña comienza a enfriarse a pocos días del cañonazo. Los hermanos Sabal están inquietos. Están dando vueltas en su oficina del Roof Garden, el local emblemático. Uno de ellos fuma junto a la ventana. El otro da vueltas a un pesado lapicero dorado. El anuncio del periódico que invita a ver a la Santo Domingo Jazz Band no es que haya tenido mala recepción, pero esperaban más. Ellos han visto los ensayos. La banda es buena, es excelente, pero el nombre no termina de cuajar en los espectadores respingados que toman el periódico en busca de buenos planes para recibir el prometedor año 38. Sería, de todas formas, mala educación pedirle a una banda que se cambie el nombre. Más si es una banda invitada desde extranjero. Más cuando pocos días para su actuación. Los hermanos, que a fin de cuentas son arriesgados, toman el teléfono. Llaman a las oficinas editoriales del periódico. Hay que colocar otro anuncio. Misma hora, mismo lugar, mismos músicos, pero un ligero cambio. ¿Por qué no utilizar el nombre de Billo, que tan alegre suena? ¡Eso es! ¡Ahí está el nombre más magnético! ¡Tocarán los alegres muchachos de Billo en el Roof Garden! No. Aún suena un poco quebrado. ¿Qué tal en inglés? Suena fantástico. ¡Tocará la Billo’s happy boys!

Anuncio en el periódico de la “Billo’s Happy Boys”. Cortesía de “La revista musical del ayer”.

A Billo, ironía de la vida, no le ha sido informado nada. Al resto de la banda tampoco. Cuando se les dice, ya es tarde. De todos modos, a la banda y a su líder no les molesta. Es un buen nombre. Total, es para una sola actuación. No hay una guerra de egos. Todos quieren a Billo. Comienza la fiesta. Distintos compases. Champaña. Buena comida. Las parejas, al ritmo del jazz y del merengue comienzan a bailar. “¡Qué banda tan buena. Es una maravilla!”, exclama, alzando la voz, una señora rubia de unos cincuenta años. Los hermanos Sabal, los administradores del Roof Garden, sonríen mientras intentan llevar el ritmo en los pies. Fue una buena idea después de todo.

A los pocos días, una reseña sale en el periódico. Muchos salen a comprarlo. Quieren conservar un souvenir de aquella noche. Un representante del gobierno dominicano en Venezuela lee la reseña. ¿Cómo que Billo’s Happy Boys? ¿No era la Santo Domingo Jazz Band? Un momento. Quizás es otra banda. No. Luis María Frómeta. No puede haber equivocación. El representante se molesta, se decepciona. ¿Cómo es posible que el nombre de Santo Domingo, la capital, sea suprimido de repente? No hay explicación que valga. Hay que comunicarse de inmediato con las autoridades.

La noticia llega hasta el mismísimo Trujillo. La Santo Domingo Jazz Band no era ninguna nimiedad en la ciudad de Santo Domingo. Por algo tiene el nombre. La idea supuestamente era, si había contratos internacionales, llevar ese nombre a los otros países, ¿no? Trujillo está furioso. Lo considera una suerte de afrenta. ¿El tal Billo no era, acaso, aquel estudiante revoltoso de medicina que se había negado a colocarse el uniforme? ¿Cómo es capaz de hacerle tal desaguisado a su ciudad, a su país, a su identidad y, sobre todo, a su presidente? Es un atrevido. Debe aprender la lección. Si tanto le gusta Caracas, como para cambiar el nombre de su banda, que se quede por allá. La orden es irrevocable. El representante dominicano, el que había leído el periódico y había iniciado todo el embrollo, sonríe satisfecho. Ha cumplido bien con el régimen para el que sirve lealmente. La saña no va contra la totalidad de la banda. Va contra Billo, sobre todo. Tiene estrictamente prohibida la entrada en su propio país. Que resuelva como pueda por allá, por altanero. Si se atreve a poner de nuevo un pie en Dominicana, será detenido inmediatamente por las autoridades. Billo se lleva las manos a la cabeza. Respira hondo. Explica su situación a los hermanos Sabal, los administradores del Roof Garden. Éstos intentan mediar, pero es tarde. Al fin y al cabo, Billo no supo del cambio de nombre hasta que fue tarde. “¿Y ahora que hacemos?”, le dice a Freddy, su inseparable amigo y violinista.

 

Tomás Marín

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