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La mejor biografía de Billo que leerás en tu vida (Segunda parte)

Billo se encuentra visiblemente afectado. No esperaba jamás que le prohibiesen la entrada en su Dominicana natal, más por una suerte de malentendido, como lo fue el cambio de nombre de su conjunto. El dinero comienza a escasear. Comienzan las desavenencias con algunos miembros de su orquesta quienes, en parte gracias a él, se encuentran “atrapados” en una ciudad que desconocen. Surgen algunos contratos esporádicos. Ganan, a veces más, a veces menos. Pueden sostenerse, pero pasando por ciertas precariedades. La orquesta sigue sonando muy bien, aunque se les ve desanimados. No todo el mundo conoce la historia verdadera

Hay quienes dicen que las desgracias (al igual que las bienaventuranzas) jamás vienen solas. Billo, aún joven, comienza a enfermar. Al principio, se toma como un mal pasajero. Ya se recuperará. Pero Billo se llega a ver grave. Ha contraído Tifus, una enfermedad caracterizada por fuertes dolores de cabeza, erupciones en la piel y altas fiebres. Es una enfermedad de cuidado. Billo es hospitalizado de emergencia. Es estabilizado, pero aún corre mucho peligro. Se somete a exámenes y análisis. Los doctores se miran las caras con preocupación. Los resultados no son muy alentadores. “Es posible que el paciente no viva más de un mes”, dice una enfermera a otra, en voz baja, mientras toma un sorbo de café. La “Billos Happy Boys”, la gran orquesta cuyo nombre desató la polémica en Santo Domingo, se disuelve. Algunos miembros ya no apuestan por Billo. Lo abandonan y regresan a su tierra de origen.

Pero Billo, en contra de las desesperanzas de los médicos, comienza a sentirse un poco mejor. Poco a poco va levantándose de la cama. Poco a poco va caminando. Escucha, en un viejo transmisor, la música que suena en la radio. Comienza a soñar con que la radio venezolana transmita las canciones que él compone. Al fin y al cabo, Caracas le gusta. Aparte de los traspiés, la gente lo quiere mucho. La gente se muestra muy receptiva con él. Caracas es la ventana a la libertad que le permitió, así fuese a la fuerza, alejarse de la represión dictatorial de Trujillo, quien cada vez cierra más las zarpas sobre su pueblo, cobrándose no pocas víctimas.

Billo se ha recuperado del todo. Se siente renovado. Hacía bastante tiempo que no dedicaba mucho tiempo a componer o a tocar, que era lo que más le motivaba en la vida. Los médicos lo consideran una suerte de milagro. Es una recuperación completa, total. Toma su batuta favorita y comienza a reclutar nuevos músicos. Todo el que quiera (y que sea un músico de calidad) es bienvenido a formar parte en el nuevo proyecto. Muchos músicos responden a la convocatoria. Tantos, que hay que ser selectivo. Al fin y al cabo, Billo ya se ha formado un nombre de cierto prestigio en Caracas. Se forma una agrupación. Comienzan los ensayos. Un arreglo aquí, un bemol allá. Billo tiene más fuerza y más vitalidad que nunca. La orquesta está lista y afinada. ¿”Billo’s Happy Boys” de nuevo? El nombre no termina de convencer. ¿Por qué no honrar a esta ciudad querida? ¿Por qué no Billo’s Caracas Boys? Es perfecto. Y que se entere Trujillo. Llega el primer contrato. Es el caluroso agosto tropical de 1940. La noche del 31 de dicho mes, comienza la fiesta. Inicia la verdadera leyenda.

La orquesta está cohesionada y se divierte. La gente baila y se divierte con ellos. Es mucho mejor (aún) que la Billo’s Happy Boys. El vox pópuli es la mejor de las promociones. “Ay, Casilda, si vas a contratar a una orquesta para tu fiesta, que se la del tal Billo. Es buenísima”, dice una señora a otra mientras bebe té en una tacita de porcelana. Los contratos llegan a granel. Toda Caracas comienza a rendirse ante Billo. La radio lo comienza a invitar para tocar al aire. Parte de su sueño se va haciendo realidad. La reciente y creciente industria del disco de vinilo no quiere quedarse atrás. A la “Billo’s Caracas Boys” comienza a acumulárseles el trabajo y las ganancias. Hay una bonanza increíble. Graban sus primeros discos, que se agotan en las discotiendas.

Billo frente a un autobús que lleva su nombre. Cortesía billoparatodos.com

La fama y el éxito crecientes de la orquesta llegan hasta los oídos (literalmente) de las autoridades. No son pocos los altos y bajos mandatarios que amenizan sus veladas oficiales con los merengues, los boleros y los pasodobles de la agrupación del momento, sin duda la más solicitada y popular. Venezuela se halla en momentos tensos. El gobierno de Marcos Pérez Jiménez coloca a Venezuela entre los países más desarrollados del mundo, pero promueve una encarnizada persecución a sus oponentes. Hablar de política está prohibido. Marcos Pérez Jiménez no oculta su afición por Billo. Más de una vez lo invita a tocar en cenas y cumpleaños. Para la Billo’s Caracas Boys es un honor.

A partir del 23 de enero de 1958, considerada, no por pocos, una de las fechas más sombrías en la historia republicana, comienza una especie de “cacería de brujas” contra todo lo que huela a gobierno de Pérez Jiménez, quien ha huido del país. Sobra el resentido que, tirándoselas de demócrata, acusa a Billo de ser cómplice y partidario de la dictadura recién caída. Billo se defiende, pero es inútil. Comienzan a llover las demandas contra la agrupación. En algunos lugares, los opositores a Pérez Jiménez clavan sus colmillos a la orquesta. La asociación musical del Distrito Federal, un club de señores respingados y esnobs, da la estocada final. A la Billo’s Caracas Boys se le prohíbe tocar públicamente. Así es Venezuela. Así paga a quien le brinda alegrías. Así paga a quien ama a Caracas hasta más no poder.

Billo toma una decisión. Una decisión que le duele en el alma, pero que siente que es la correcta. Caracas (o, mejor dicho, un círculo poderoso en Caracas) le ha cerrado las puertas. Pareciera que ya no hay nada que buscar allí. Billo llora. Se despide de algunos compañeros de su orquesta. Otros lo siguen. Al fin y al cabo, además de un músico excelente, sigue siendo un gran líder. Ya ha comprado el pasaje. Toma un avión y suspira hondo cuando ve alejarse al Ávila que cuida a su Caracas querida. El destino ahora es Cuba. La Cuba que está a punto de perder Batista para ser tomada por los Castro. Pareciera que a Billo lo persiguen las dictaduras.

Pero la música no puede parar. Es lo mejor que Billo sabe hacer. Cuba no tarda mucho en darse cuenta de la calidad musical de Billo. Algunas leyendas absolutas de la música cubana, como Pío Leyva, miembro del legendario e inmortal Buena Vista Social Club, aceptan la invitación a grabar junto a él. Éxitos masivos, incuestionables. Éxitos que trascienden las fronteras hasta Venezuela, donde los discos de Billo (aunque no él) pueden entrar. La gente enloquece. Billo está haciendo uno de los mejores trabajos de su vida. Compone mejor que nunca. Sus discos se agotan. La asociación musical del Distrito Federal, aquel grupillo que lo vetó, ahora le suplica que regrese. Hace apenas dos años que Billo se fue y su ausencia se siente como un silencio sepulcral. Pero Billo no es resentido, jamás lo ha sido. Además, ama a Caracas. Finge un poco de actitud de “lo pensaré”, pero en el fondo está feliz. Es el hombre más feliz que viaja en el avión hacia su Caracas, que lo recibe con los brazos abiertos y con el Ávila más verde que nunca.

Disco de la breve etapa de Billo en Cuba.

Todo es como antes, incluso mejor. Un poco para resarcir la decisión de haberlo vetado y casi expulsado, le otorgan homenajes. Alcaldes y empresarios agasajan a Billo con medallas, diplomas y cenas. Él lo agradece, pero jamás pierde el foco, la música. Los contratos llueven de nuevo. Bodas, quince años, graduaciones, bautizos, cumpleaños. Ya la orquesta tiene temas de culto. La gente en Caracas se los sabe de memoria. Todo el mundo quiere, además de bailar, sacarse su foto con Billo.

La orquesta, con sus modificaciones inevitables, como en toda orquesta grande, ya ha vendido más de diez millones de copias de sus discos en total. Parece fácil de decir, pero es un número que realmente merece ser pronunciado dos y hasta tres veces. Diez millones de discos que no han parado de sonar. Ya Billo es veterano. Lleva cuarenta años de trayectoria musical. Hay que celebrarlo. ¿Qué mejor manera de celebrarlo que con una recopilación de sus mejores éxitos? Comienza la selección. Billo es como el rey Midas. Todo lo que toca, lo convierte en oro. Son demasiados éxitos. No caben en un volumen, ni en dos, ni en tres. Se edita una colección de doce volúmenes con todos los éxitos de Billo. Los miembros de la alta sociedad compran inmediatamente la colección. El resto, ahorra un poco. Vale la pena el gasto.

Tenerife, la legendaria isla de las Canarias y uno de los lugares con los que Venezuela guarda más estrechez cultural, invita a la Billo’s Caracas Boys para tocar en sus carnavales. Billo ya tiene setenta y dos años. Accede gustoso. Arriba a Tenerife. El clima es agradable. Le recuerda, un poco, a esa ocasión en la que arribó a Caracas por primera vez. Los carnavales de Tenerife es una de las fiestas más grandes del mundo. Billo ve el escenario. Es inmenso. Comienzan los preparativos y los ensayos. Llega el momento del concierto. Las expectativas se han superado. Ni la orquesta ni los organizadores esperaban una concurrencia tan amplia. Es una suerte de Woodstock carnestolendo e ibérico. Es una marea de gente, literalmente. 250.000 personas, el público más grande que Billo vio en su vida, mueven los pies al compás de la batuta. Billo no está mal acompañado. Canta para él nada más y nada menos que Celia Cruz, la inmortal, la leyenda de la Fania. Todo el mundo baila. Hasta los técnicos. El hecho entra al libro de récords Guinness.

Billo junto a Celia Cruz.

Billo junto a Celia Cruz.

Es abril de 1988. Se acercan los cincuenta años de vida artística de Billo. Se prepara un homenaje en el Teresa Carreño, el teatro más importante no sólo de Caracas, sino de Venezuela. A pesar de la música contemporánea, mucho más heterogénea, la Billo’s Caracas Boys sigue conservando un prestigio irrefutable. En uno de los ensayos, Billo sufre un derrame cerebral. Es trasladado inmediatamente a la clínica. Hay tensión. Hay expectativa. Una especie de luto recorre al país, que se prepara para lo peor, sin perder la esperanza. Los medios reseñan el hecho.

Noticia en el diario El Nacional sobre el derrame cerebral de Billo. Cortesía El Nacional.

Poco más de una semana después, corre la mala nueva. Ha fallecido Billo Frómeta. La gente rompe a llorar. Se acabó la fiesta. La Billo’s Caracas Boys continuará, pero ya no será lo mismo. La leyenda se ha marchado sin despedirse. Sus funerales son apoteósicos. Caracas se rinde ante el “Maestro Billo”. Miles de personas salen a despedirse de él. Es una de las congregaciones funerarias más grandes en la historia de Caracas. “Y pensar que a Billo lo llegaron a vetar”, dice una señora mientras agita un pañuelo negro y quiebra la voz.

Funerales de Billo. Cortesía Venezuela Inmortal.

Son incontables las canciones de Billo. Son incontables sus éxitos. Es inenarrable el amor con que el maestro le compuso a Caracas, la ciudad de sus amores. Se dice que nadie ha querido tanto a Caracas como él lo hizo. Así lo demostró en canciones como “Caracas, pórtate bien”, una especie de carta de despedida, como “Caracas vieja”, en la que Caracas va alejándose en medio de construcciones modernas, y, obviamente, el famoso e inolvidable “Canto a Caracas”, una de las más preciosas canciones que existen. Así fue Billo. El músico enamorado, el del alma de serenatero que vino de Dominicana para consentir a la capital. Aún hay muchas fiestas de fin de año (o fiestas en general) en donde suena un disco de la Billo’s. En el argot popular, aún hay conductores que, frente a otros que parecen distraídos, dicen “ése como que está esperando a la Billo’s”. Su música, inmortal, aún rueda por la capital, como esperando a que ésta resurja de sus cenizas. Que nunca suene el último compás de Alma Llanera.

 

Tomás Marín.

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