Los no-yo

Yo tenía dinero. Yo tenía bastante dinero. No me da pena decirlo. Disfruté de Caracas, de esa Caracas tan putrefacta y corrompida, como quizás nadie lo ha hecho. Fui a los mejores hoteles con los mejores hombres y mujeres, con mis mejores amigos y amigas, hasta con mis ex. Y nuestra vida en los hoteles, o en las fiestas y restaurantes de lujo, fue siempre una auténtica alegría. Nunca escatimamos en alcohol o en drogas de las finas, de las importadas. Éramos felices, y sabíamos bien que éramos felices.

Allí estaba Caracas, como un espejismo que estaba flotando en nuestro mismo mar. De vez en cuando, cuando subíamos el volumen del televisor para que no se escucharan nuestros gritos, oíamos alguna voz de CNN, esas chocantes voces de CNN, hablando acerca de que habían reventado, una vez más, los problemas en Caracas, que ahora sí que estábamos cerca de la guerra civil.

Estábamos en la mitad del año 2017. Las calles de Caracas, tan cercana y tan lejana, se llenaban de muertos, de heridos, de guardias nacionales, de gente que lloraba, de amenazas. Mi papá me había recomendado cerrar todas las redes sociales. Todas. Twitter, Facebook, Instagram. Él me recomendaba cerrarlas cuando los momentos estaban tensos. De todas formas, siempre fue prudente en sus advertencias con respecto al uso de las redes sociales. Me pedía que no le restregara, a la gente corriente, a través de fotos o de posts, mis lujos en la cara. Decía que la gente corriente era muy sensible con respecto a los que nos habíamos lucrado con y gracias al gobierno. Él lo admitía, y yo lo admitía también, y lo aceptaba. Había sido siempre así, y así me gustaba mi vida.

De vez en cuando sentía algo de lástima por la otra gente, por la gente corriente, por los no-yo. Ese mundo inmundo de hospitales públicos, de muertes por hambre o por represión. Aunque lo sentía ajeno, a veces me hacía como latir distinto el corazón, algo difícil de explicar y que no me gustaba comentarle a mi papá. Yo admiraba a mi papá, siempre bien vestido y con lealtad genuina a ese Baco enfermo que eran Chávez, Maduro y el chavismo en general. Mi papá había agarrado una buena tajada y siempre, en las cenas, cuando estaba algo atontado por el vino, decía que el mundo era de los “vivos”. Decía que los que no son “vivos” están condenados a morir jóvenes y hambrientos.

Él me sugería enviarme fuera del país. Él no era un mal padre y le daba un poco de miedo una intervención militar o un golpe de estado fuerte. Aunque no era algo que le quitara el sueño propiamente. El gobierno estaba atornillado y la oposición jugaba bien a interpretar su papel. A veces Leopoldo y Lilian venían a comer a la casa y brindábamos mientras, en la televisión, rodaban, como si fuese en vivo, un video de Lilian con los ojos aguados pidiendo que liberaran a su esposo. Lilian nunca perdió su espíritu de surfista naturista. Fumaba weed conmigo y se reía con carcajadas fugaces y bellas.

Pero yo no quería hacerla caso a mi papá e irme del país. Mi vida estaba bien. Tenía mis amigos y no quería perderlos. Muchos de mis mejores amigos eran de colegios sifrinos y privados. El San Ignacio, el Cristo rey, núcleos opositores. Pero todo el mundo adversa al gobierno hasta que le cae un penique o le salpica algo de petróleo. Y mis amigos eran maravillosos, liberales, espléndidos, desenrollados.

Cuando estallaron las protestas de 2017, cuando había ya varios muertos, mi papá me sugirió hospedarme en un hotel de lujo mientras pasaba el huracán. Estuve tres meses internada, sin salir en ningún momento, en la suite principal del hotel más lujoso de Altamira, ese blanco con ventanitas negras. No quería aburrirme sola, así que invité a mis mejores amigos. Ellos aceptaron. Era como un campamento, sólo que, en vez de canciones en la hoguera y dinámicas idiotas, hubo alcohol, drogas y servicio a la habitación para las tres comidas al día y las meriendas.

Y no deja de parecerme curioso. Desde la suite se veía una panorámica de la Plaza Altamira, donde había enfrentamientos todos los días. No sé si mi papá eligió Altamira por ser irónico, o porque era el hotel de uno de sus mejores amigos de toda la vida, también afín al gobierno, en donde mis amigos y yo estaríamos a buen resguardo.

A veces, por las ventanas cerradas de la suite, veíamos la masacre. Sentíamos, por efecto de las drogas y del alcohol quizás, que la ventana era un televisor pantalla plana con absoluto 4K. Y nos reíamos al ver a los idiotas que defendían al gobierno (y a mí) y nos reíamos al ver a los idiotas que adversaban al gobierno. A veces llegaba, hasta nosotros, el humo de las lacrimógenas, que se confundía con el olor de la marihuana y con el de la pizza recién horneada que pedíamos de almuerzo.

Mi papá me llamaba dos veces al día. Me preguntaba si estaba bien. A veces escuchaba la voz de Maduro al fondo del teléfono, como un eco, como la voz de los profesores de Snoopy, dando una declaración a los medios y diciendo que todo estaba bien. A veces, después de colgarle a mi papá, me ponía a llorar. Mis amigos me consolaban y yo les explicaba que mi papá no era un mal padre. Me daba miedo que lo mataran a la hora de una venganza, eso era todo. Entonces poníamos música de Melendi en la suite y nos asomábamos por la ventana. Disparos, bombazos, palazos, detenidos. Yo me relajaba, sonreía, soltaba una bocanada y agradecía a mi papá, y a Dios, por haberme puesto, literalmente, en la cumbre.

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Después del socialismo

La señora Marina se alarmó al escuchar el estruendoso ruido que, como un golpe seco de aparato mecánico colapsado, se oyó en la cocina. Corrió desde la sala y asomó, tímidamente, la canosa cabeza por el espacio entreabierto de la puerta antes de entrar. Las paredes estaban manchadas de caldo claro y de trozos delgados de vegetales verdes, blancos y rojos. El granito moteado del suelo semejaba una caótica escena del crimen y el almuerzo estaba totalmente arruinado. La olla de presión ya daba, desde días atrás, advertencias y avisos inequívocos de mal funcionamiento, de irregularidades en el escandaloso vapor que, como un géiser, se expelía desde su válvula defectuosa; mas, como aún cumplía sus funciones, fue desatendida hasta que, en esa tarde, fue destrozada por su propia presión interna.

Bayeta en mano, la señora Marina recogía, con amargura y aún restos del shock, los restos del doméstico desastre. Sus cansados brazos trataban, con fuerza terca de señora cincuentona, de hacer desaparecer todos los indicios de aquel accidente que, aunque se pudo prever y se oyó en todo el edificio, no pasó de ser un susto, una comida desperdiciada y una anécdota que contar a una que otra vecina cuando coincidiese en el pasillo agrietado y obscuro; o en las ventanas al momento de colgar la ropa mal lavada y desteñida por el detergente improvisado y por el paso de aquellos años específicos en los que Venezuela fue un agujero negro que, gracias a políticos rojos amantes de los billetes verdes y con la mente en blanco, se estancó en el universo político y económico; llevándose consigo infinidad de proyectos, deglutiendo centenares de miles de vidas.

Jadeando y corriendo, Raquel regresó de la calle, cerró la puerta desconchada del diminuto apartamento, se desamarró sus dreadlocks y se dirigió a la cocina, en la que Marina aún yacía ocupada.

-¡Mamá!, pero ¿qué pasó aquí?

-¡Ay, hija!, ¡es que reventó la olla!

-¿Pero estás bien?

-Sí, sí. Yo estaba en la sala.

-¿Quieres que te ayude a limpiar?

-No te preocupes, ya estoy terminando. Muchas gracias de todas formas.

Raquel se desvistió su suéter verde, se secó el sudor con una de las mangas, se desató las sandalias, abrió la nevera oxidada, bebió un gran sorbo de agua directo desde la jarra y prosiguió, con la respiración aún acelerada:

-Mamá, a que no sabes qué.

-¿Qué pasó?

-Parece que atraparon a otro dirigente del chavismo. Lo encontraron reptando, disfrazado y escondido; pero, aún así, lo reconocieron. No le dio tiempo a huir del país.

-¡Uy!

-Parece que lo van a matar esta misma tarde. ¿Quieres ir a ver?

-No, no, hija -dijo Marina mientras se persignaba-. Tú sabes que esas cosas no me gustan.

-En la calle hay una algarabía total. Hace dos semanas, parecía que la pesadilla era interminable; pero todo explotó tan de repente. Nadie se lo cree.

– Ya era el momento de que pagaran.

Dejando, momentáneamente, la labor a un lado, Marina, entre ojos aguados y una sonrisa que no se terminaba de construir, abrazó a su hija y le dio un prolongado beso en la frente. Luego dijo:

-Cuídate mucho, la cosa está muy peligrosa ahí afuera.

-No te preocupes, mamá. Ganamos.

El cielo, como si fuese un receptor cúmulo de tensión aligerada, llevaba varios días con tonos de color crema. Caracas era una fiesta dicotómica. Las avenidas estaban pobladas de gente y vacías de automóviles. Los focos civiles, armados o clandestinos apegados al gobierno recién depuesto, eran neutralizados con rapidez por el nuevo orden. No quedaba rastro de GNB, de PNB, de SEBIN. Las fotografías gore de ministros  y fiscales mutilados eran el pan de cada día en panfletos, vallas vandalizadas y conversaciones entre adultos, adolescentes y niños. Era un carnaval macabro, un infierno del Bosco; pero había felicidad, mucha felicidad legítima, genuina y esperada.

Frente al Centro Comercial Ciudad Tamanaco, se construyó la tarima patibularia, la cual estaba escoltada, de día y de noche, por febriles voluntarios que, compartiendo viandas y suplementos, se turnaban las guardias mientras cumplían su tarea de salvaguardar el éxtasis colectivo. Durante las madrugadas se realizaban las ejecuciones menores. Los miembros importantes de la pirámide derrumbada eran sentenciados durante la tarde, a plena luz del sol, para dejar constancia, ante Venezuela y ante el mundo, de que el descontento con el Socialismo Bolivariano no era, bajo ningún concepto, un juego. La intervención oral de los medios de comunicación internacionales y de las organizaciones que pedían amnistía era motivo de burlas, chistes y displicencias.

Raquel estaba de brazos cruzados. Un silencio intermitente reinaba ante la expectativa que crecía con los minutos. La atmósfera era calurosa a pesar de que el cielo estaba nublado, sonaban truenos a lo lejos y amenazaba con llover. Una ola progresiva de gritos se apoderó de la multitud al ver que se acercaba la furgoneta azul en la que viajaba el condenado. Lentamente, la gente iba abriendo paso mientras que los más curiosos intentaban mirar hacia el interior de las ventanillas, sin éxito, pues éstas estaban opacadas. Uno que otro escupitajo retozaba y los verdugos, no con el rostro cubierto, sino inflado de orgullo, hacían los preparativos del cadalso y de la soga.

Por fin salió el ex dirigente con las mejillas negruzcas y amoratadas, signos de evidente tortura. El clamor era ensordecedor, expresiones de odio profundo y de abucheos profanos formaban un collage: “ladrón”, “corrupto”, “narco”, “asesino”, “maldito”, “hijo de perra”. La víctima enflaquecida (y que sólo dos semanas atrás lucía su voluminosa y engreída figura con pretenciosos gestos en su propio programa de televisión) no prestaba atención, sólo suspiraba y suplicaba lástima con mirada de borrego; sólo avanzaba, ayudado pasito a pasito; sólo miraba, de vez en cuando, la cuerda que se balanceaba por el viento iracundo, sabiendo que el cuento de hacerse rico con la hoz y el martillo había terminado, que el epílogo estaba siendo leído, que era el final.

Cuando los pies quedaron suspendidos, una ovación se escuchó, como cuando culmina una canción magistral en un concierto grandioso, por todo el lugar. El cadáver, desmontado, sería expuesto junto a los otros sobre el inmenso cartel que, con letras rojas hechas a grafiti, rezaba: “Feliz reencuentro con su Comandante Eterno”. La caza de brujas estaba en su apogeo, Caracas era una ciudad un poco más tranquila. Raquel sintió hambre y recordó, con un poco de frustración, que la olla de presión de su casa, luego de tanto aguantar, había estallado y que hoy comería en frío. Pero alzó la vista aliviada. Su madre estaría allí, su vida estaría allí, había sobrevivido para contar la larguísima desventura. Ya resolvería por el camino, el día invitaba a ser feliz. Por esa época, hasta los mendrugos más endurecidos sabían a gloria, a excelsa gloria.

T.M.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Cantárida entrevista a Diosdado Cabello: “A mí nadie me da órdenes”

Tomás: ¿Interrumpo?

Diosdado: ¿Tú quién eres?

Tomás: Soy Tomás Marín, escribo para “La Cantárida”.

Diosdado: ¿Cómo hiciste para sortear a mis escoltas, a los escoltas de mis escoltas, a mis perros guardianes, al lago con cocodrilos, al puente levadizo y a las mazmorras repletas de trampas?

Tomás: Eso es lo de menos, lo importante es que creo que interrumpo. Veo que está usted cocinando.

Diosdado: ¿Cocinando?

Tomás: Sí, torta glaseada.

Diosdado: ¿Por qué dices eso?

Tomás: Por la cantidad de bolsas de Nevazúcar que veo por toda la sala.

Diosdado: ¡Ah, claro!, ¡torta glaseada!, jejejeje.

Tomás: Bueno, comencemos.

Diosdado: ¿Qué dijiste?

Tomás: Que comencemos.

Diosdado: A mí nadie me da órdenes, ¡nadie me da órdenes!

Tomás: De acuerdo, cálmese.

Diosdado: Tú no eres nadie para mandarme a calmar. ¡Te decapito, te juro que te decapito!

Tomás: ¿Podemos empezar de nuevo?

Diosdado: De acuerdo.

Tomás: Veo que tiene usted cierto complejo ante el poder.

Diosdado: Nada que ver.

Tomás: ¿Y esos tres perritos?

Diosdado: Se llaman “Nicolás”, “Maduro” y “Moros”.

Tomás: ¿Algún significado especial para esos nombres?

Diosdado: ¡Claro! “Nicolás”, porque me lo trajo San Nicolás; “Maduro”, porque le gusta comer mangos maduros; y “Moros” porque, cuando entra a la cocina, siempre revisa que no haya moros en la costa.

Tomás: Ya veo, todo encaja perfectamente.

Diosdado: ¿No notas como un olor a lavanda?

Tomás: Soy yo, es que uso desodorante en spray.

Diosdado: ¿Ah, sí?

Tomás: Sí, yo los vendo. Tengo un negocio que se llama El cartel de los aerosoles.

Diosdado: ¿Por qué me guiñas el ojo?

Tomás: Me cayó una pequeña broza.

Diosdado: ¿Quieres algo de beber?

Tomás: Coca.

Diosdado: ¿Ah?

Tomás: Cola… Coca Cola.

Diosdado: ¿Por qué me sigues guiñando el ojo?

Tomás: La brocita no se me quita.

T.M.