El negro primero, el blanco después

Con motivo de las celebraciones surgidas a raíz del centésimo nonagésimo cuarto aniversario de la crucial y famosa “Batalla de Carabobo”, el gobierno venezolano ha organizado el traslado de los restos simbólicos de Pedro Camejo, mejor conocido como el “Negro Primero”, hacia el interior del Panteón Nacional.

Entre las distintas manifestaciones ornamentales orquestadas por el estado venezolano para homenajear al célebre soldado, del que poca gente conoce el hecho de que luchó para ambos bandos de la contienda independentista, destaca la voz engolada del cantautor Antonio Martínez, quien, con guitarra en mano, entonó “El amo me quié pegá” (sic), canción que, bajo su inocente apariencia de humilde tributo, refuerza (una vez más) la teoría oficialista que, tomada de Eduardo Galeano, concluye que todos los males habidos y por haber son culpa del hombre blanco y pudiente.

El determinismo racial, a pesar de estar, hoy en día, más incrustado que nunca en las entrañas de Venezuela; no es algo nuevo en el país. Ya César Rengifo en su obra “Los hombres de los cantos amargos” o Alí Primera con su “Black Power” o su “Canción Panfletaria”, daban muestras inequívocas y evidentes de un resentimiento que, justificado o no, fue adoptado por la doctrina bolivariana como una punta de lanza que recuerda a “la hora del odio”, ese curioso episodio de la novela distópica de Orwell, “1984”, en la que las huestes del poder obligaban, durante algunos minutos, a gritar agravios a las fotografías retocadas de enemigos inexistentes.

En los últimos años se ha visto y vivido en el país la falsa creencia tristemente infundada de que la obscuridad en la piel es directamente proporcional a la venezolanidad. Esto se ha traducido en apelativos de desprecio que empestan y anulan toda posibilidad de salir adelante como nación unida: “sifrinito”, “hijo de papá”, “blanquito”, “burgués” entre otras muestras de intolerancia en una tierra que parece olvidar que sus próceres, tal como lo dijo Guillermo Morón en su “Historia de Venezuela”, “fueron hombres adinerados e intelectuales de tez blanca”.

Las amenazas tampoco son platos ausentes en este banquete tercemundista. Hace algún tiempo, a mi propia hermana, al quedarse accidentada junto a un amigo en una callejuela de Petare, le esgrimieron, junto a una lluvia de piedras, un determinante “tienes diez minutos para salir de aquí”.

Este comportamiento fue profetizado, hace casi ochenta años, por Alberto Adriani, aquel célebre ministro en el gobierno de López Contreras, quien fue el responsable, basado en argumentos erguidos en su calidad de escritor, de abrirle las puertas a tantos europeos que, huyendo de la guerra y sin un centavo en los bolsillos, sembraron sus manos, su trabajo y su corazón en un país que ahora los repudia tanto a ellos como a sus hijos y nietos.

Por ahora, queda la reflexión sesuda acerca de todo el metamensaje que engloba el traslado (merecido indudablemente) de los restos simbólicos de Pedro Camejo al Panteón Nacional. Se debe evitar el determinismo, el rechazo de cualquier lado, no venga a ser cosa que algún cantautor de ojos claros por ahí tome su guitarra y cante “el negro me quié matá”.

T.M.

Fotografía: Tomás Marín

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