A mí me gustaría tanto ser embajador de algún país bonito

Hay una historia curiosa que habla de un empresario de Caracas. Este empresario era el dueño de una compañía de seguros. Durante años le fue bastante bien. Antes de que llegara el comunismo. Las compañías de seguros eran un buen negocio. Estar asegurado era coherente porque no era tan probable que te pasara algo. Pero con el comunismo brotó la delincuencia. Y de repente comenzó a ser muy probable que te mataran. O que quedases herido o mutilado. Por eso las compañías aseguradoras ya no cubrían casi nada. Ya nadie las quería. Y por eso muchas se fueron a la quiebra.

La compañía de seguros de este empresario fue una de las que fue a la quiebra. Pero él había quedado con un buen capital. Tenía una buena cantidad de dinero para invertirla en algún otro negocio. Pero no era buena idea invertir en negocios en Venezuela. Invertir en comunismo nunca es una buena idea. La tierra no es fértil para los negocios. Todo puede fracasar. ¿Qué hacer con ese dinero entonces? El dinero se depreciaba y se depreciaba. Cada vez valía menos. Había que hacer algo rápido con el dinero.

Había alguna razón (razón que desconocemos) por la que el empresario que mencionamos no quiso hacer negocios afuera. Creemos que era uno de esos patriotas medio ridículos que estaban convencidos de que Venezuela era el mejor país del mundo. O estaba solicitado por ciertas autoridades internacionales a razón de un negocio medio turbio. No se sabe. El hecho es que decidió que actuaría en Venezuela. Invertiría ese dinero (aunque no sabía cómo) en Venezuela.

Hay una horrible máxima que dice: “Si no puedes con el enemigo, únetele”. Esto fue lo que aplicó el empresario de nuestro cuento. El enemigo era el gobierno. Y él decidió que sería buena idea aliarse con el gobierno. Es cierto que las políticas comunistas del gobierno habían llevado a la quiebra a la aseguradora de este empresario. Pero también es cierto que este empresario tenía historial limpio con el gobierno. El gobierno no le tenía puesto el ojo encima. Se había “portado bien”.

El empresario no tuvo otra idea que organizar una especie de cena/fiesta para los altos jerarcas del gobierno. Diosdado Cabello. Jorge Rodríguez. Cilia Flores. Nicolás Maduro. La cena sería en la casa que el empresario tenía en el Country Club de Caracas. Era una casa inmensa. Tenía piscina y un hermoso jardín. Tenía un cine (con todo y asientos) para la casa. Era realmente un lugar hermoso. Tenía una gran fachada color auyama que tenía el nombre de la casa en letras moldeadas en metal cursivo. “Quinta La Habanera”.

El empresario comenzó a soltar dinero para la cena. Contrató a la agencia de festejos MAR. La agencia de festejos MAR era la más lujosa agencia de festejos de Caracas. El empresario pidió todo el combo. Mesoneros elegantes (vestidos con trajes blancos y lacitos negros). Mesas repletas de tentempiés a todo lujo. Caviar y paté. Quesos importados. Whisky 18 años. No puedes servir un whisky menor de edad en una cena dedicada a la alta jerarquía socialista del pueblo. El paladar de Diosdado es muy exquisito y no acepta sinvergüenzuras.

El empresario también mandó a llamar a una orquesta bastante alegre. A una orquesta que tocaba música con muchos instrumentos. Ya se sabe que a Maduro le gusta bailar. Y no se puede poner a bailar al presidente de la república con la música de una miniteca. La orquesta cobró un dineral. El whisky costó un dineral. La agencia de festejos cobró un dineral. Pero todo era poco para agasajar a la alta dirigencia del PSUV. Nada podía salir mal. Nada. Nada.

El empresario se dio cuenta de que había gastado casi todo su dinero en aquella fiesta. Era una auténtica locura. Un lujo total. Incluso había mandado a bordar una inmensa bandera en relieve con la cara de uno al que llamaban el “Comandante eterno”. Pero al empresario no le preocupaba mucho el haber gastado casi todos sus grandes ahorros en esa fiesta sin parangón. Él lo consideraba una inversión. Él quería hacer negocios con aquellos dirigentes. Él quería chupar de la ubre socialista. Él quería enchufarse a pesar de que había sido opositor. Enchufarse es un buen negocio. Aunque un poco falto de escrúpulos.

Y así llegó el gran día. Las Grand Vitaras y las Hummers se amontonaban en las calles del Country Club de Caracas (que habían sido cerradas previamente). Los grandes jerarcas llegaban acompañados de sus interminables guardaespaldas. No se sabía si Diosdado y Maduro irían. Pero terminaron yendo. Y comieron bastante. Diosdado se echaba unas rascas orgiásticas dignas de contar. Maduro no tomaba mucho. Pero Maduro comía como un esmeril industrial. Delcy Rodríguez quería echar un pie. Pero nadie quería bailar con ella.

El empresario consiguió apartar un poco a Maduro. “Señor presidente. A mí me gustaría tanto ser embajador de algún país bonito”, le dijo. Maduro se rió y movió sus grandes mofletes. “El que me ayuda, siempre sale beneficiado”, dijo el presidente. “Nos queda una vacante en la embajada venezolana de Viena”, dijo. El empresario no podía estar más feliz. Bailó más contento que nadie. Bebió más contento que nadie. Lo nombrarían embajador. Así de fácil te nombraban embajador en la Venezuela socialista.

“Nos vamos para Viena”, le dijo el embajador a su esposa. Su esposa era una señorona muy aseñoreada. Estaba contenta. En Viena hay buenas tiendas. En Viena se puede caminar tranquilo. No como en la porquería de Caracas. Y más cuando todo está financiado por la gran ubre del gobierno. “Visitaremos a la Venus de Willendorf”, le decía la esposa del empresario al empresario. Faltaba una semana para partir a Viena. Irían en vuelo privado con pasaporte diplomático. Metieron todo lo que les cupo en las maletas y las dejaron bien hechas. Listas para partir.

Pero un inconsciente tuvo la idea de volar un dron en un desfile militar. El problema con ese dron es que estaba cargado con explosivos C4. Y el problema con ese dron es que logró estallar al lado del palco presidencial. El presidente había volado por los aires. Fue un magnicidio terrible. El poder fue tomado por una nueva gente. Una gente que no conocía al empresario que se enchufó en mal momento. La gente de Venezuela parecía celebrar. Pero el empresario lloraba con sus maletas hechas y su dinero perdido. Aunque aún sobraban algunos tequeños congelados para pasar el despecho.

Relato basado en el texto “El banquete”, del escritor Julio Ramón Ribeyro.

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