Instrucciones para encontrar el amor de tu vida en la estación de Chacaíto

Chacaíto. ¿Por qué no otra estación? Chacaíto tiene más punch. Sólo Chacaíto tiene la combinación perfecta de rockeros comegatos y de evangélicos intensos que buscan incautos a quienes darles charlas interminables sobre su señor Jesucristo. No hay una estación mejor que Chacaíto si quieres encontrar al amor de tu vida. Es mejor ir por la mañana. Por la tarde hace demasiado calor. Por la tarde se montan más borrachos y más malandros que por la mañana. Y por las mañanas puedes dar un vistazo a las tiendas de cosméticos chinos y de ropa hippie que huele a la marihuana de sus tejedores.

Tienes suerte si no te topas con uno de esos muchachos flacos (muy flacos) que venden una versión pirata de las Susys o de los Cososettes. “Buenos días, señores. Triste es de pedil (sic), pero más triste es de robal (sic)”. No le prestes mucha atención al muchacho flaco que vende esas galletitas. Es posible que no venda nada. Es posible que compense el no vender nada sacándole un chuzo (construido por él mismo) a una viuda sesentona que va a alguna iglesia a solicitar una misa para su marido Víctor.

No hay grandes ornamentos en la estación de Chacaíto. Hubo grandes ornamentos alguna vez. Hoy en día ves esculturas descoñetadas por la acción de los hamponcitos. Hay hasta una medio bizarra y tubular que tiene una mancha de sangre que sólo he visto yo. Esa mancha de sangre se debe a una salpicadura de la última vez que lincharon a un ladrón. A un ladrón que quizás dijo lo de que más triste es robar que pedir. Vete al andén. El tren va a tener retraso. Pero el tren va a llegar. Siempre llega. Todo llega. El amor llega. El amor llega hasta en una estación como Chacaíto.

Mira bien a la gente que hay a tu alrededor. Hay un grupo de chamos que pertenecen a un grupo de teatro. No es el mejor grupo de teatro del mundo. Pero tienen mucha ilusión. Han conseguido un espacio muy pequeño en donde podrán representar “Muerte accidental de un anarquista”. Están felices. Hay una enfermera que no deja de revisarse el uniforme. Caracas quizás sería otra si todas las enfermeras tuvieran la delicadeza y el esmero de revisarse el uniforme. Hay mucha gente a pesar de la hora.

Te sostienes de un tubo que te da un poco de asco tocar. Hay miles de mitos urbanos alrededor de los tubos de los vagones del metro. Hay quien dice que los tubos de los vagones del metro tienen SIDA y SúperSIDA. Esos tubos han sido tocados por indigentes y por prostitutas. Esos tubos han sido tocados por abogados y por chavistas fanáticos convencidos. Una chama no pierde el glamour y toca el tubo sidoso con un pañuelo. Pero fíjate en ella sólo para la anécdota. Ella no es el amor de tu vida. Sigue mirando.

Las ventanas están obscuras a razón del túnel interminable. Muchas de las lamparitas que se ven desde las ventanas del vagón están apagadas por falta de mantenimiento. No esperes mucho más si vives en un país comunista. ¿Te acuerdas de cómo te divertías viendo esas lamparitas cuando estabas en tu infancia? ¡Era lo máximo! Quédate viendo la ventana. ¿No ves esos ojos tristes y azules verdosos? ¡Si es que se reflejan perfectamente a pesar de lo opaco de la ventana! No te fijes en el “Yazmín Maldita Perra” que está rayado en la ventana con una llave (o con un puñal). Fíjate en esos ojos azules y tristes. En esos ojos que brillan más que todas las lamparitas del túnel.

Ahí está el amor de tu vida. Aunque es obvio que aún no te has dado cuenta que ahí está el amor de tu vida. Voltea. Comprueba de dónde viene el reflejo. ¡Ahí sí que está el amor de tu vida! Tiene una franela roja (Pero sobria y cuchi. No tiene nada que ver con el chavismo. Tranquilo). Tiene el pelo liso y terso. Tiene el pelo bien lavado y cuidado. Pero esos ojos. Esos ojos son el mayor imán. Son azules. Son verdes y tristes. Están apuntando hacia algún lugar. ¿Qué grandes cosas estará pensando el amor de tu vida?

¿Estará pensando en encontrar al amor de su vida en el metro? Quizás. No hay manera de comprobarlo. Es como Dios. No podemos afirmarlo pero tampoco podemos negarlo. Pero seguramente está pensando en algo interesante. No pudiese ser el amor de tu vida si no estuviese pensando en cosas interesantes. Y nadie con esos ojos verdiazules y tristes puede estar pensando en nimiedades. Nadie con esos ojos azules y tristes puede estar pensando en tonterías. ¡No!

Tienes que idear algo. No sabes en qué estación se puede bajar el amor de tu vida. A lo mejor en la próxima. ¡Tienes que idear algo rápido! “Disculpa. Sé que estás pensando en algo interesante. Nadie con tus ojos verdiazules y tristes puede estar pensando en nimiedades. Nadie con tus ojos verdiazules y tristes puede estar pensando en tonterías”. Quizás sea una buena opción. No. No es una buena opción. Es muy invasivo. ¿Es que acaso perdiste el juicio? Pensará que eres psicópata. Tendrás suerte si sólo se aleja. Tendrás suerte si no activa el botón de emergencia y manda a llamar a la policía. Aunque la policía no funciona. Ni el botón de emergencia tampoco. Estás en un país comunista. ¿No lo recuerdas?

“Qué loco está clima, ¿no?” Podría servir. No. No podría servir. El clima en Caracas casi siempre es el mismo. Y es un tema cliché de conversación. Pensará que eres un perdedor. Pensará que tienes un trabajo aburrido. Pensará que trabajas en algo relacionado con la contaduría. A lo mejor al amor de tu vida le atrae la bohemia. Esos ojos azules y verdes y tristes y hermosos tienen que ser aficionados a la bohemia. Ajuro. Es el momento de buscar una conversación interesante. Háblale de aquel triste relato de la mitología griega en el que Ariadna no puede irse con Teseo. Cuéntale sobre aquel meme que viste sobre Murakami y su similitud con Sísifo a la hora de conseguir el premio Nobel.

“Estación Sabana Grande”. Acaba de hablar la voz ronca del metro. La voz que pareciera vivir del aguardiente y de nombrar las estaciones una y otra vez por los altavoces del vagón (también echados un poco a perder a causa del comunismo). Confía. Quizás el amor de tu vida de ojos tristes y verdiazules no se baja en Sabana Grande. No te enamores tanto. Enamórate mucho. No es fácil apartar la mirada de esos ojos que parecen el agua del mediodía de una playa de las Islas Marshall.

El amor de tu vida cruza la puerta. ¿Será que sigues su camino y te bajas también en Sabana Grande? Sí que se bajaba en Sabana Grande. Los ojos más bonitos del planeta tierra (Y de Saturno también) se han bajado en Sabana Grande. “Te he seguido desde el metro. Eres el amor de mi vida. No llegué hasta mi destino porque mi destino eres tú”. Ni se te ocurra. No llegarás lejos con esa babosada que pareciera escrita por Leonardo Padrón. Se cierra la puerta. Quizás se abra otra vez. Sal corriendo si se abre otra vez. El metro arranca. Perdiste al amor de tu vida. Se perderá en el laberinto. Más nunca tendrá contacto contigo. Las oportunidades las pintan calvas. Las pintan tan calvas como la cabeza de ese hombre que acaba de entrar (con una franela del Central Madeirense) y que ocupa el lugar y el reflejo que ocupó el amor de tu vida en el vagón apenas unos segundos antes. El amor de tu vida no aparece todos los días en Chacaíto. Idiota.

Tomás Marín

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Un misil en mi placard

En la radio del Corolla suena “Un misil en mi placard”. Creo que es una versión acústica. Nunca he sido fanático de Aoda Stereo. Pero me gustan algunas canciones de ellos. Me pregunto qué será un placard. La voz del papá de Cristina me distrae. “Cuídense mucho”, nos dice. “Mosca con una vaina. Y corran duro si la guardia se pone Popy”. Siempre me dio risa la expresión “Ponerse Popy”. Al menos me dio risa en esa circunstancia. Yo crecí con la leyenda urbana de que Popy le pegaba a los niños. No sé si sea cierto. Popy nunca me gustó. Me daba miedo.

Me aturde un poco el poco de banderas que ondean por la Francisco de Miranda. Nunca he sido un gran fan de Venezuela. Pero marcho porque quiero un cambio. Creo que la oposición nos ha convencido de que un cambio es posible si salimos a marchar mientras ellos ven el fútbol en sus casas. Me siento protegido con Cristina. Fantaseo alguna situación en la que le salvo la vida en medio de una atmósfera épica de perdigones y de humo de bombas lacrimógenas. La típica situación cliché del “Mi héroe”.

Pero soy todo menos héroe cuando la guardia me detiene. ¿Cómo coño me pudo a detener? Yo procuré estar atrás. En la vanguardia es que atrapan a la gente. Quizás fue un descuido mío. Me montan en una moto. Ya me han sacado un morado. ¿Gritar? ¿Para qué gritar? Lo mejor será poner cara de drama para la foto que saldrá en los muros de Facebook. Pero tengo miedo. Desde hace un tiempo no veo a Cristina. Me corre la idea de que ella será la que  pueda venir a salvarme a mí. Todo lo contrario a mi heroica fantasía. Pero no viene nadie.

Tengo ya mucho tiempo encerrado. No sé cómo se llama esta cárcel. Me cubrieron los ojos al venir acá. Se oyen pajaritos a ciertas horas del día. El pan es duro. Pero el pan nutre. Se oye mucho monte. Se oye mucho verde. No sé por qué tengo la impresión de que estoy en San Juan de los Morros. Pero quizás la gente no lo sabe. Todo lo que no sea Caracas es monte y culebra. No hay ventanas en la celda. Sólo hay grietas. Pero son grietas pequeñas. Se nota que son grietas que tienen mucho tiempo allí. Se nota que esto lo han convertido en cárcel. Esto antes no era una cárcel. ¡Ni de vaina!

¿Por qué mi familia no ha preguntado por mí? Puede que piensen que estoy muerto. El gobierno es experto en censura. La guardia es experta en censura. Nunca he sido un gran hijo ni he tenido un gran futuro. Pero sé que mi familia me quiere. ¿Dónde estará Cristina? ¿Por qué nunca le dije que la deseaba y que me gustaba un poco? Hay aquí dos guardias. Nunca he sabido sus nombres. Son precavidos y se cubren los nombres bordados que están en los uniformes oliva. Yo los identifico como Rata 1 y Rata 2.

Rata 1 es la peor escoria del mundo. Goza torturándome. Siempre me dice que el día presente será el último día. Rata 2 también es una rata. Pero es menos rata que Rata 1. Rata 2 me da tiempo para prepararme para los ganchos y las cosas que provocan un dolor que ya no me duele. Rata 1 es un fanático de la revolución. Siente que todo lo que no sea PSUV debe ser exterminado. Rata 2 sólo cobra su salario y cumple con su deber. Se cubren los rostros siempre. Pero las voces siempre suenan distintas. El único rostro que veo es un afiche de Maduro con un corazón. Mi verdugo es mi única compañía.

Yo no sé si fue un descuido inconsciente o sólo un descuido. El hecho es que Rata 2 no ha pasado la llave a la puerta. Me doy cuenta por una pequeña fisura en el cerrojo. ¿Se burlan de mí? Puede que sepan que no han pasado la llave a la puerta. Quizás quieren reírse de mi intento de escape y matarme en medio de éste. Pero parecían tan distraídos. Los guardias nacionales bolivarianos no son tan hábiles para planificar cosas así. Lo de ellos es torturar. Lo de ellos es gritar. Lo de ellos es matar. ¿Querrán matarme?

Me lo pienso. Pero tampoco me lo pienso mucho. La vida dentro de una celda no es vida. Me acuerdo de un chiste tonto. Un chiste que contaba un amigo ingeniero informático amigo de un amigo. Decía que los ingenieros informáticos vivían prisioneros en las celdas de Excel. Me río solo. Mi esperanza es legítima. Tenía mucho tiempo sin reírme. Eso es buena señal. Creo que no me importa mucho intentarlo. Afuera todo es el abismo. Todo es un agujero obscuro. Podré componer una autobiografía brutal si todo sale bien. Se venderá en Tecniciencia. Anda. Levántate. Ni grites por las llagas que te duelen. Inténtalo.

Abro la puerta. Abismo. Obscuridad. Voces lejanas. Supongo que el truco será no seguir las voces. Seguir la luz de la luna. Donde haya luz significa que puede haber una salida. Me desplazo. Me arrastro. He sido cuidadoso en cerrar la puerta de la celda. Hay cajas. Hay afiches de maduro y afiches de Chávez en el pasillo. Silencio. Sigo. Silencio. Unas voces se acercan. Pero hay donde esconderse. No es tanto que haya donde esconderse. Sólo cajas. Pero hay sombra. Mucha sombra. Y yo soy sólo una sombra más ensombrecida entre dichas sombras. Al menos lo soy desde que me atraparon y me apartaron de todo.

Puerta a otro pasillo. La puerta gira sobre sus goznes. No hace ruido. Pensé que haría ruido porque las puertas son viejas. ¿Qué habrá sido esto antes? Hay voces que se mueven. Hay luz. Estoy más cerca de lo que piensan ellos. Una ventana abierta. Patio. La puerta del patio está abierta. ¿Será que sí? Salto por la ventana con todo el dolor descriptible. De todas formas es una planta baja. El dolor es por una de mis llagas frescas. La llaga rozó con una piedra. Pero la libertad es más grande que la llaga que desprende su costra.

Tenía tanto tiempo sin pisar grama. Qué brutal es la grama. Está hasta un poco humedecida. Esos dos segundos fueron sólo para mí. La gente no aprecia la grama cuando es libre. Pero no puedo pasar tanto tiempo recordando mi infancia. Hay que seguir. Ya veré cómo me regreso de San Juan de los Morros (si es que estoy en San Juan de los Morros). “¿Se te perdió algo, camarada?”. Es la voz de Rata 1. Por primera vez tiene el rostro descubierto. Su rostro de rata. No sé qué me hará. Tendré suerte si regreso a la celda a pensar acerca qué es un placard.

Ser groupie en Caracas

Ser groupie en Caracas es un poco triste. Pero quienes no hemos salido de Caracas no conocemos mucho más. Para nosotras, el guitarrista medio desafinado de una banda de rock cotufa de Los Arcos (que hace gestos histriónicos intensos mientras toca lo más básico dentro de lo básico) es lo más parecido que tenemos a Jim Morrison. Un chamo con una Lacoste verde y aroma a Ralph Lauren que asegura que su influencia es Muse. Porque pareciera que los rockeros del este no tienen otra influencia que no sea Muse.

Pero es divertido ser groupie en Caracas. Una se la pasa bien después de todo. Te invitan a reuniones en La Lagunita o en El Marqués. Todo depende de a quien te acerques. No es muy difícil obtener los favores de los rockeros de Caracas. Sólo hay que jalarles bola. “¡Guao! ¡Qué bien tocas!”. Ya lo tienes en tu poder. Un par de tragos de Santa Teresa o de Cacique y a la cama. O no realmente a la cama. A cualquier baño más o menos limpio que haya en el local. Pero los locales suelen ser de clase media alta. Los baños suelen estar limpios. Los condones siempre los lleva una. O a veces sólo confiarse al Postinor.

Ser groupie en Caracas es un poco triste. Pero quienes no hemos salido de Caracas no conocemos mucho más. Nosotras no podremos tener el tupé de decir que un rockero nos hizo suya en una butaca vacía del Carnegie Hall o en un rincón apartado de un Rock in Rio. Nosotras tenemos que pagar un taxi entre tres. Un taxi que nos lleva a la Quinta Bar o a Discovery (aunque Discovery ya no existe). Nosotras tenemos que aguantar la mirada al escote que nos hacen los parqueros viejos o los seguridad calvos. Sólo una vez conocí a un seguridad de pinga. Se llamaba Manuel. Era gordo y respetuoso como nadie. Un caballero. Cortés cuando tenía que serlo y agresivo cuando la profesión lo exigía. Aunque su historia no importa mucho.

La historia es otra cuando los rockeros de Caracas tienen más o menos éxito. Una nominación al Grammy Latino o a algún otro premio mediocre que otorga la industria. Una nominación casi por lástima que hace la industria para solidarizarse con Venezuela. Una nominación que se muere cuando el premio se lo dan a un grupo de verdad. Un grupo como El Cuarteto de Nos. Aunque a los verdaderos grupos de rock no los nominan a premios tan malos. Aunque hay grupos que lo merecen. Yo celebré cuando ganó La Vida Bohéme. La Vida Bohéme es brutal. Aunque nunca pude conocerlos personalmente. Con todo lo que “Conocerlos personalmente” implica.

Los rockeros son gente particular. Al menos lo son los rockeros de Caracas. Hay excepciones. Evidentemente que hay excepciones. Pero muchos no hacen rock por hacer rock. Muchos lo usan como un medio y no como un fin. “Toca la guitarra y verás cómo te llueven las carajitas”, dice algún tío sádico. Y su sobrino imbécil sigue su consejo. El papá (que es oficinista de importancia en Banesco) le compra una guitarra de gama alta. El chamo se apunta en la academia de Allegro. Complementa su formación viendo videos en Youtube.  Y lo peor es que le llueven las carajitas al final.

Son pocos los que te dicen que tienen novia. Son pocos los que te dicen que no. Muchos de los que tienen novia igual te dicen que sí. Hay unos que son solteros y patéticos. Álvaro Casas es uno. Álvaro Casas toca en Americania. Americania es una banda que se cree la gran cosa. Se cree la gran cosa a pesar de que es una banda normal. Álvaro Casas babea. Literalmente babea. Gime como un becerro enfermo y malnutrido. Me da un poco de lástima. No sabe tocarme. Acaba rápido. Responde al teléfono: “Sí, mami. Estoy bien. Bendición”. Me pide mi número. Yo se lo doy porque soy estúpida. Me escribe. No le contesto. Me llama. No le contesto. Me acosa. Se pone a llorar. Literalmente se pone a llorar. Me dice que fue algo especial. A mí me da un poco de lástima. A mí me da un poco de asco. Lo recuerdo como un becerro enfermo y malnutrido.

A mí el rock me gusta. Lo disfruto. Me gusta ser groupie. Aunque odio la palabra. En Caracas no hay muchas más cosas divertidas que hacer. Nuestro mundo se reduce a eso. Al circuito de siempre. La Quinta Bar. Discovery. El teatro Bar. El Festival de Nuevas Bandas. Pero juro que es divertido. A veces consigues a alguien interesante que te ofrece una buena conversación. A veces te ofrecen porros y una mirada al cielo. A veces te mencionan autores interesantes que lees al día siguiente. O por lo menos los buscas por Wikipedia. Autores que se ven serios. Autores que están dibujados con peluquines extraños y con ideas de algo a lo que llaman la ilustración francesa. No escuchaba ese término desde que estaba en quinto año del colegio.

Y es que fue en quinto año del colegio cuando me hice groupie. Mi primera vez fue en un festival de gaitas. Yo quería que mi primera vez fuese con Asier Cazalis. Creo que más de una vez todas soñamos con Asier Cazalis. Quizás no sea aspirar muy alto para cuando lees biografías de mujeres que se acostaron con Mick Jagger o con Gene Simmons. Pero Caracas es una ciudad pequeña. Y ser groupie en Caracas es un poco triste. El hecho es que resolví con el que tocaba la guitarra eléctrica en el grupo de gaitas del Champagnat. Él también era virgen. Fue un desastre. Pero fue divertido. Nos desnudamos bajo el busto de un tipo raro con mofletes (¿fundador del Champagnat quizás?). Seguramente alguien nos habrá visto. Pero nunca fui recatada. Él temblaba. Esas cosas son excitantes a veces. Son divertidas.

Y antes había muchos toques en Caracas. Era divertido encontrarse a la misma gente siempre. Ibas haciendo amigos. Amigos valiosos. Era lo más parecido a un mundo liberal. Era lo más parecido a correr sin ataduras en una sociedad conservadora dentro de una ciudad dicotómica capital de un país tercermundista. Y una aprende a tolerar ciertas cosas. Muchas veces el rock te levanta el ánimo. Pero ya no quedó rock. Ni quedó Álvaro Casas con sus gemidos de becerro y sus ojos blancos cuando llegaba al orgasmo. Por suerte tampoco hay más influencia de Muse.

Johanna Eco.

 

“Gracias por todo, Daniela. Yo te debo la vida”

“¿Se le puede lanzar maní a la elefanta, papi?, preguntó Daniela. “Claro que sí, mi amor, pero tienes que lanzar con fuerza para que el maní pueda llegar y la elefanta se lo pueda comer”, respondió el papá. Daniela tenía colitas y era mi mejor amiga. Teníamos unos seis años. A veces, el papá de ella nos llevaba al zoológico de Caricuao. A veces, cuando su papá estaba ocupado, metido en asuntos de política que yo nunca entendía, era mi papá quien nos llevaba al miso sitio, al zoológico de Caricuao, nuestro lugar favorito en el mundo.

Yo amaba esos paseos. Generalmente los hacíamos los sábados por la mañana. Cuando mi papá era el chofer íbamos a buscar a Daniela, que vivía cerca de la Hoyada y quien siempre nos esperaba en la puerta de su edificio con un gran saquito de maní para compartir conmigo mientras veíamos animales enjaulados en el zoológico de Caricuao. Daniela era una niña sensible. Siempre fue la niña más sensible que conocí. Recuerdo que se le aguaban los ojos en el carro cuando veía a la gente pobre en la calle. Nunca llegaba a llorar. Más bien parecía que tenía alergia. Mi papá quitaba el aire acondicionado, creyendo que era el aire acondicionado del carro el que le enrojecía los ojos a Daniela. Pero ella me decía, a solas, que la pobreza ajena le generaba una tristeza que siempre la superaba. Yo me encogía de hombros. Yo sólo me ponía triste cuando no había Sorbeticos de fresa en el Excelsior o cuando no podía tener el Hieloco que me faltaba.

Creo que esa sensibilidad de Daniela vino por el papá. Mi papá siempre decía que el papá de Daniela era socialista. Yo no comprendí esa palabra sino hasta los 13 ó 14 años. De niña, la palabra “socialista”, por alguna razón me sonaba a comida. De grande aprendí que la palabra “socialista”, más bien, siempre implica falta de comida. El papá de Daniela era cercano a Chávez. Por eso, cuando la campaña de Chávez se intensificó, cada vez lo veía con menos frecuencia. Se volvió un señor esquivo y un tanto sombrío. Muy distinto de aquel hombre de ojos achinados y alegres que, con anécdotas dicharacheras, nos llevaba hasta Caricuao a ver animales y que nos brindaba un sándwich de pollo granjero cuando nos portábamos bien, que era siempre, porque siempre nos portábamos bien.

La primera vez que un escolta de Daniela nos llevó a Caricuao, yo sabía que los viajes al zoológico estaban heridos de muerte. No era lo mismo. Además, ya nos estábamos haciendo grandes. Teníamos otras inquietudes que ver animales enjaulados en el sur de Caracas. Yo notaba que a Daniela no se le aguaban más los ojos, a pesar de que cada vez había más harapientos en la calle. Pero Daniela siempre seguía compartiendo manís conmigo. Aunque cada vez hablaba menos y cada vez hablaba de cosas un poco más triviales. Estaba un poco desapareciendo la Daniela niña. Un poco como el papá, pero de modo diferente.

Pero Daniela y yo hemos sido amigas toda la vida. He sido testigo de sus crisis de nervios, de las amenazas que a veces recibía y del plástico círculo que fue construyéndose en torno a ella (y del que yo siempre hice parte). De repente, casi de un día para otro, las fiestas y las salidas con Daniela comenzaron a ser arrechísimas, alucinantes, de otro mundo. Siempre me daba un poco de corte que ella casi siempre estuviese rodeada de escoltas. Pero, al mismo tiempo, era una ventaja. Si faltaba hielo, whisky del caro o cocaína, los amigos de Daniela podíamos pedir a los escoltas que “hicieran el mandado”. Recuerdo a un escolta en particular. Se llamaba Ángel. Era un tipo gordísimo, moreno y estaba tatuado. Parecía de esos seguridad que aparecen en los reality show basuras de MTV. Pero lo que tenía de barriga, lo tenía de corazón.

Quiero dejar en claro que nunca he sido aficionada de (algunas) drogas. Daniela tampoco lo era. Pero ella tenía mente muy liberal y abierta. No le importaba que sus amigos fumaran porros o se metieran pases, incluso sobre los cuerpos desnudos de otras chamas drogadas, en las fiestas descomunales que ella organizaba casi todos los fines de semana y que se hacían en Valle Arriba o en el yate gigantesco que daba vueltas (siempre escoltado por pequeños barquitos de la Guardia Nacional) por las hermosas aguas de Falcón.

Yo no sé si el papá de Daniela es un narco, como la gente dice. Pero no me extrañaría que así fuera. A mí, que siempre he sido moralmente neutra, ni me va ni me viene. A Daniela tengo mucho que agradecerle. Fue ella quien me sacó del país tercermundista al que siempre he odiado con todas mis vísceras y me llevó a vivir a Estados Unidos, en donde ella hizo otro círculo aún más brutal que el círculo que tenía en Venezuela. Yo siempre me sentí, un poco, como su protegida. Incluso, Daniela era inteligente y generosa para ciertas cosas que poco o nada tenían que ver con el dinero, con las orgías o con las fiestas. Recuerdo clarísimo que una vez, incluso cuando ya su nombre tenía cierta fama en los medios (reflejo del papá, que es una figura realmente de peso), llegó a mi casa en su Grand Vitara (siempre escoltada), en medio de una tarde lluviosa, para enseñarme una lección sobre polinomios que en la Simón yo no había terminado de entender. Siempre sentí que ella hubiese podido ser una buena profesora. Pero a ella no le hacía falta eso. Nunca le ha hecho falta ni eso ni nada.

A mí me excitaban un poco (y no me da pena decirlo) y me llamaban la atención ciertos aspectos de la personalidad de Daniela. Ella tenía cierta inclinación por la depravación. Parecía que no sentía sensibilidad por nada. Era como si aquella niñita de ojos aguados que iba para Caricuao hubiese mutado en una figura realmente curiosa y atractiva. Ella, por ejemplo, cuando hacía parrilladas, mandaba, a veces, a traer a la ternera viva desde Carora, desde San Felipe o desde alguna de esas ciudades enterradas en la nada. Ella nunca se atrevía a hacerlo personalmente, pero le daba dólares (y siempre un beso en la mejilla, que era  su rubrica) a Ángel o a otro de sus escoltas para que, con un machete, propinara un golpe letal al animal, quien corría desangrándose hasta morir ante el júbilo del círculo de amigos orgiásticos y drogados de Daniela, quien siempre veía el espectáculo con una sonrisa hermosa. Luego, naturalmente, la ternera era asada y disfrutada por todos los comensales. Realmente eran noches fantásticas. Aunque no eran tan fantásticas cuando Daniela hacía sacar su guitarra Fender acústica y se ponía a cantar. Odiaba como cantaba, y tocaba horrible. Pero no podía decírselo. Nadie podía hacerlo.

Y creo que fue esa costumbre a la insensibilidad de Daniela lo que me hizo extrañarme tanto cuando la vi ayer en la que, quizás, sea la última vez que la vea. Se notaba que había llorado. No estaba maquillada y no tenía su sonrisa perlada, perfecta y espectacular. Nosotras somos (o éramos, a partir de hoy) vecinas en Estados Unidos. Ella me regaló la casa en la que vivo ahora. Por ella puedo caminar en Central Park en vez de en la Plaza Altamira. Por ella conozco el deleite de las trufas, de la champaña, de la Hershey’s Store y del sexo grupal.

No le dolió tanto los 800 millones de dólares que le embargaron a su papá como el hecho de que el gobierno de Estados Unidos ordenase su deportación inmediata. 800 millones de dólares, cuando eres hija de quien eres, se consiguen como se consigue una moneda perdida debajo de la alfombra del carro. “Helena, ¿me acompañas al JKF?”, me preguntó. “Claro que sí, Dani”, le respondí. Le dieron sólo 72 horas para salir. Fuimos en taxi hasta el aeropuerto. Otro taxi, atrás, iba siguiéndonos, llevando las maletas de Daniela, que parecían incontables.

Me dio mucha paja que la deportaran. Para mí siempre ha sido una mierda toda la parafernalia que han montado contra ella. Pero no quería decírselo. Dani no habló en todo el camino. No habló casi en el aeropuerto y me dio mucha lástima cuando le pusieron el sello rojo en su pasaporte diplomático repleto de sellos de los más variopintos países del mundo. La acompañé mientras estaba sentada y pensativa en la larga hilera de sillas plateadas y vacías. Nunca la había visto así.

“Me acaba de escribir mi mamá por el Whatsapp”, le dije a Daniela, quien miraba hacia el frente y jugaba con la punta de las mangas de su suéter blanco. Se veía tan cuchi así, triste. “¿Y qué te dice?”, me preguntó. “Parece que se murió Ruperta”, le dije yo. “¿Quién coño de la madre es Ruperta?”, me dijo Daniela, siempre mirando hacia el frente y con una displicencia que me pareció cómica. “La elefanta de Caricuao. ¿Te acuerdas de ella? A ti te gustaba tirarle maní”, le respondí yo.

Daniela sonrió. Fue la única vez que la vi sonreír en todo ese día. Me sentí feliz de hacerla sonreír. Pensé que podríamos hablar de Ruperta y de los días en las que éramos felices visitando un zoológico que ahora es una basura maloliente. Pero ella prefirió quedarse callada. La gigantesca pantalla que anunciaba las salidas indicaba que ya estaban abiertas las puertas de embarque para el vuelo que, a las 20:55, partiría hacia Caracas. “Gracias por todo, Daniela. Yo te debo la vida. Nos veremos más pronto de lo que crees”, le dije. Estuvimos abrazadas un tiempo largo. La sentía llorando sobre mi hombro. La fiesta, al menos en Nueva York, se había terminado. “Toma”, me dijo ella. Sacó, de su Kipling violeta, una bolsita de maní salado a medio comer. “Cómetelo tú, que no me lo van a dejar pasar”, me dijo antes de tomar camino al avión que saldría a las 20:55, el que la llevaría de vuelta al país tercermundista al que siempre he odiado con todas mis vísceras.

 

Helena Eco.

¿El Stephen Hawking venezolano?

Yo no sé ustedes, pero, al menos a mí, que tengo 27 años, en mi infancia,me contaron más de una vez el relato de la “Cucarachita Martínez”. De hecho, mi papá me ha contado, en más de una ocasión, que, cuando él era pequeño, en su colegio de la isla de Margarita, fue protagonista de una representación teatral acerca del relato de la Cucarachita Martínez. Y esto sin mencionar la popular canción de Serenata Guayanesa, que comienza diciendo: “La cucaracha Martínez, arreglando el comedor, por debajo de la mesa un centavo se encontró”. El origen de este cuento seguramente pertenece al folklore popular, pero quien lo canalizó y lo materializó fue nada más y nada menos que un prestigioso y notable científico venezolano.

Este dato puede que sorprenda a muchos, sobre todo a quienes están acostumbrados a ver, en los científicos, a gente muy hierática, seria y aséptica. Pero Vicente Marcano era todo lo contrario. No sólo tiene el mérito, además de ser químico, de ser el primer investigador científico profesional en la historia de Venezuela, sino que, cuando leemos e investigamos acerca de él, nos encontramos con que también tenía una pluma notable, no sólo dedicada a sesudos artículos científicos, sino a literatura tanto infantil como para adultos.

Y es que Vicente Marcano era realmente un erudito. Tuvo la oportunidad de estudiar en París. Y no en cualquier academia. Vicente Marcano se graduó en la Escuela de Artes y Manufacturas, la famosa Escuela Central de París. La Escuela de Artes y Manufacturas era (y es) una de las instituciones más prestigiosas del mundo. Se dedica a formar ingenieros con un conocimiento en casi todas las ramas del saber. Lo cierto es que Vicente Marcano, una vez egresado de esta prestigiosa institución, regresó a Venezuela para poner en práctica sus conocimientos, ya que, para él, el país lo necesitaba. ¡Y de qué manera lo hizo!

Lo primero que hizo fue poner su pluma a trabajar en largos ensayos didácticos que, sorprendentemente, se siguen editando hasta el día de hoy. Quizás el más famoso de todos fue “Elementos de filosofía química según la teoría atómica”. Sé que el nombre puede sonar muy engorroso y hasta aburrido. Y quizás sea cierto que es un libro sólo para entendidos. Sin embargo, debemos tener en cuenta que fue una publicación avanzadísima para la época, más proviniendo de un país que no tenía bagaje científico, como lo era Venezuela.

Y es que, al mencionar esto, no debemos creer que los ensayos científicos de Vicente Marcano solamente tuvieron difusión en los escasos círculos científicos que había en Venezuela. Las teorías, los análisis y las visiones de Marcano, rápidamente, comenzaron a ser solicitadas y muy valoradas en el extranjero. De hecho, algunas de las publicaciones de Vicente Marcano fueron traducidas a varios idiomas y publicadas en muchas de las revistas y libros de recopilación científica más importantes para ese momento a nivel mundial.

Ahora bien. ¿Por qué nos atrevemos a comparar a Vicente Marcano con el científico inglés Stephen Hawking? Es cierto que, tanto por época como por recursos, distan mucho. Pero lo cierto es que ambos coincidieron en una cosa. Stephen Hawking, además de sus importantísimas investigaciones y aportes, se dedicó, mediante su libro “Breve historia del tiempo”, a llevar el conocimiento científico a un plano más “común”, más dirigido hacia personas que tenían poca o nula noción de las ciencias y de su avance como tal. Algo similar hizo, muchos años antes, Vicente Marcano.

A Vicente Marcano le interesaba mucho que el pueblo venezolano, siempre sumido en la peor y más lamentable de las ignorancias, tuviese la oportunidad de enamorarse de la ciencia. Intentando esto, publicó no pocas historias que siempre tenían un trasfondo de explicación científica. Por ejemplo, podemos leer la “Historia científica de una gota de rocío” o “Lo que hay en una botella de cerveza”, un divertido relato en donde éste, hablando en primera persona, recibe una carta de una amiga un poco tonta, quien lo invita a comer, y se pone a hablar con él acerca del origen de la cerveza. De más está decir que, a pesar de su valioso intento, Vicente Marcano fracasó en enamorar al pueblo de la ciencia, ya que, hoy en día, es sumamente difícil encontrar este tipo de textos.

Sin embargo, en otras labores como escritor, sí que tuvo muchísimo éxito. Un ejemplo de ello es el famosísimo relato, que ya hemos mencionado, de la Cucarachita Martínez (que, en el original, tenía el nombre de la Cucarachita Martina). Otro ejemplo, aunque lamentablemente casi diluido en el tiempo, es la novela que lleva por nombre “El tesoro del pirata”. Ésta es una novela inconclusa casi imposible de conseguir hoy en día y que publicó bajo el seudónimo de “Tito Salcedo”. Este seudónimo también lo utilizó para publicar cuentos breves.

A pesar de que los restos de Vicente Marcano reposan en el Panteón Nacional, la memoria de este eminente científico y escritor, que murió joven, apenas a los 43 años, parece que va desapareciendo con el pasar de los años. Es cierto que, si investigamos, encontraremos, a lo largo y ancho de Venezuela, una que otra institución educativa que, a modo de homenaje, lleva su nombre. Pero sentimos que una persona como Vicente Marcano, dedicado toda su vida al saber y, más importante aún, preocupado por llevar este saber al pueblo llano, merece, sin duda muchísimo más.

Tomás Marín.

Langosta.

Hace poco me enteré de que en no sé cuál país se prohibió arrojar a las langostas vivas a las ollas de agua hirviendo. Supongo que ahora quieren que matemos las langostas a cosquillas. Cuando era pequeña, mi tío, quien siempre tuvo esa especie de comportamiento sibarita que podía tener la gente en la Caracas que no estaba tan jodida, a veces compraba langostas que, para cocinarlas como era debido, arrojaba vivas a una gran olla (Como de la mitad de mi tamaño, para ese momento. Yo tendría unos 7 u 8 años) que contenía agua hirviendo.

Yo me montaba sobre un banquito para poder ver el espectáculo. No podía acercarme como me hubiese gustado acercarme porque mi tío me pedía que me alejara. Me decía que podía salpicarme agua hirviendo y hacerme quemaduras. Yo me colocaba como a un par de metros de la olla y sonreía cuando una especie de electricidad me recorría por todo el cuerpo cuando escuchaba a la langosta gritar (Si es que se puede llamar grito al sonido que emiten las langostas cuando están sufriendo) de dolor.

Me emocionaba muchísimo cuando este grito, que se entremezclaba con los borbotones del agua que hervía de una manera feroz, se iba diluyendo hasta enmudecer. Me imaginaba a la langosta retorciéndose en medio de las burbujitas, buscando un escape a través del agujero superior de la olla, macabramente cubierto con una pesadísima tapa metálica que se iba empañando con el poco vapor que se escapaba a través de alguna ranura y que comenzaba a oler a langosta hervida y a especias.

Antes de ese espectáculo, que era mi espectáculo favorito cuando era niña, a la langosta la tenían moviéndose dentro de una especie de ponchera plástica que era la misma en la que yo, cuando aún era más niña de lo que era en ese momento, solía bañarme con jabón Moncler, que era una barra de jabón gigante de la Cuarta República, y con champú para niños. Yo le tenía una arrechera increíble a la langosta, que me parecía asquerosa con su caparazón, con sus antenas, con sus tenazas. Sentía que era una especie de demonio que ocupaba mi ponchera, en la que, de niña, pasaba momentos tan felices a la hora del baño.

Cuando la langosta estaba servida, yo no la tocaba. Me daba asco su sabor. Me daba asco la textura blanca que había dentro de su cuerpo rojo (Y más rojo luego de ser hervida). No podía comprender cómo los adultos se mataban por comer una cosa que a mí me daba náuseas. Y aunque me daba grima el crujido que hacía el cuerpo de la langosta cuando las gruesas manos de mi tío la partían en dos, o en tres, me encantaba que, luego de muerta, su sufrimiento siguiera, que la despedazasen, ya luego del suplicio de haberla arrojado viva a la gran olla de agua hirviendo, por ocupar mi lugar en aquella ponchera.

Cuando mi tío, los días en los que comíamos langosta, me decía para que lo acompañase al mercado de Quinta Crespo para ir a comprar la langosta que luego sería encerrada, torturada, asesinada, destrozada y devorada en nuestra casa, a mí me encantaba levantarme temprano, a pesar de que, para esa época, en un día normal, odiaba levantarme temprano. Me acomodaba el pelo como podía y me colocaba la primera ropa que encontrara a mano. Ir Quinta Crespo, para mí, era una auténtica fiesta.

Y sí. En algún momento, en el mercado de Quinta Crespo, la gente podía comprar langosta. Es cierto, no lo voy a negar, que Venezuela nunca fue próspera. No quiero que un extranjero que lea mis palabras piense que hasta la persona más pobre del barrio más pobre se levantaba algún día de semana y decía: “Hoy comemos langosta”. La langosta siempre fue un lujo, pero un lujo accesible para una familia de clase media alta y hasta, de vez en cuando, para una familia de clase media.

Yo parecía una niña en medio de un parque de diversiones. A pesar de que el mercado de Quinta Crespo es laberíntico y confuso debido a la cantidad casi incontable de personas que, durante los fines de semana, se daban cita allí, yo me sabía el camino de memoria hasta las peceras. En las peceras estaban las langostas, con las tenazas atadas por plásticos o por alambres. Mi tío siempre me daba un voto de confianza, y yo elegía la más grande. No la elegía porque era la que daría más comida para todos. La elegía porque sabía que, a mayor tamaño, mayores serían los gritos que pegaría la langosta cuando la arrojasen al agua hirviendo.

Ya cuando había crecido, cuando era adolescente y adulta, me gustaba, cuando no tenía nada que hacer, buscar, cuando había internet en Venezuela, algún video en Youtube en el que hirvieran a una langosta vida o, mejor aún, en el que la despedazaran viva para ver a sus partes, ya separadas entre sí, moverse con torpeza y lentitud. Es cierto que, cuando Venezuela se fue a la mierda, ya más nadie pudo comer langosta. De todas formas, si hoy tuviese la oportunidad de comerla, no la comería. Me sigue pareciendo asquerosa.

Helena Eco.

Ashley

La profesora hizo un silencio de varios segundos antes de decir el nombre de Ashley. Hasta su expresión cambió. Era como si de pronto le hubiese venido un recuerdo que no hubiese querido recordar. Creo que la profesora era la primera que no se lo podía creer. Ashley había sacado 05. No sé si la profesora lo hizo a propósito o lo hizo por torpeza, pero mostró la hoja del examen corregido de Ashley de una manera en la que todos pudimos ver el insólito 05 escrito en marcador rojo. Creo que a Ashley, así de buenas a primeras, no le molestó tanto el 05 como el que todas las miradas y toda la atención del salón se hubiesen dirigido tan súbita y abruptamente hacia ella.

La clase, que no se hallaba en momento de lección sino en esa especie como de receso que se forma cuando se reparten los exámenes, se detuvo por completo. Incluso algunos compañeros se levantaron de sus asientos. Algunos se acercaron al 05 que había sacado Ashley y que aún la profesora sostenía en su mano, como si se estuviesen acercando a una pieza de museo resguardada por un cordón de seguridad. Yo no me levanté, aunque sí me sorprendió un poco que una estudiante tan aplicada y tan estudiosa como Ashley sacara, de pronto, un 05.

Creo que fue uno de esos delegados pollos que van a dar noticias entre salón y salón que había visto todo mientras estaba escorado en el marco de la puerta. El hecho es que, de alguna manera, la noticia de que Ashley Narváez, la muchacha, junto conmigo, que sacaba las mejores notas de todo el salón y de todo el colegio, había sacado 05 en el examen de geografía económica. Incluso, y les juro que no les miento, desde donde yo estaba se podían escuchar los murmullos que hacían los otros salones cuando se enteraron de la noticia. Así de famosa era la cabeza de Ashley.

Luego de unos segundos, en los que había superado la vergüenza poniéndose un tanto roja y haciendo una sonrisa forzada, Ashley se levantó de su pupitre y tomó el examen. Ocultó la cara visible de su examen a todos, como si todos no la hubiesen visto ya. Ashley, al lado del escritorio de la profesora, le echó una ojeada a las dos hojas engrapadas que formaban su examen. Luego de una especie de meditación, que duró unos 20 segundos, Ashley se acercó a la profesora y solicitó revisión. La profesora hizo caso. Tomó las hojas del examen de Ashley y las revisó, no sin antes acomodarse los lentes. Los lentes que tenía la profesora, anciana y regordeta, eran uno de esos lentes de vieja decimonónica que tenían una cadenita. “Es cierto”, le dijo la profesora a Ashley mientras tachaba el 05 y escribía una la nueva nota. Ashley había sacado 04. Nuevo murmullo, más sonoro que el anterior.

Ashley se acercó a mí a la hora del recreo. Ella, a veces, en algunos recreos, me acompañaba a fumar. Pero ella no fumaba. Al menos, no al principio. El hecho es que todavía tenía su 04 en la mano. “No sé cómo se lo voy a decir a mis papás”, me dijo Ashley. “¿Para qué se los vas a decir? ¡Qué estupidez!”, le dije yo. Pero en parte comprendía lo que la preocupaba. Los papás de Ashley, tan ejemplares como su hija, eran de esos papás que pasaban casi en caravana cuando iban a llevarla o a buscarla al colegio. Cada uno tenía un carro arrechísimo. El papá tenía un Volkswagen del año y la mamá tenía un Mazda del año. Unas dos veces, cuando tuve la oportunidad de ir a la casa de Ashley, me quedé crispada. Había que pedir permiso hasta para levantarse de la mesa.

Ashley, a pesar de que era una chama súper aplicada, tenía amigos. Al principio buenos amigos, luego malos amigos. De hecho, estos buenos amigos, que aún le quedaban varios, se acercaron a ella a lo largo de aquel día, cuando a Ashley le entregaron su 04, y le dieron palabras de ánimo. Decían lugares comunes que son dichos a una persona talentosa cuando falla. Es que debo reiterar que, de pana, Ashley era realmente brillante. Era. El hecho es que estos amigos le daban a Ashley palmaditas en la espalda y le decían cosas como “Son cosas que pasan” (como si a Ashley se le hubiese muerto alguien), o “Al mejor cazador se le va la liebre”.

Pero lo cierto es que esas cosas que pasaban, siguieron pasando. Lo cierto es que a esa cazadora llamada Ashley Narváez no sólo se le fue esa liebre, sino que comenzaban a escapársele hasta las liebres más lentas. Al principio fue el 04 que ya he mencionado, el de geografía económica. Luego fue un 07 en matemáticas. Luego fue un 06 en historia de la cultura. Era realmente alarmante para quienes habíamos visto, durante muchos años, a una caraja que sólo sacaba diecinueves y veintes.

De hecho, el cambio de Ashley no sólo comenzó a verse en sus notas, en esos exámenes con notas mediocres que llegaban a sus manos, ante el asombro de los profesores, de los coordinadores y hasta de Argelia, la directora del colegio. Ashley, al menos cuando fue aplicada, era de esas chamas que levantaban la mano a la velocidad de la luz para intervenir. Era de esas chamas que no dejaban que los demás respondieran. Era de esas chamas que conocía y se sabía todas las respuestas del universo. Yo también sabía todas las idioteces que la profesora preguntaba, pero a mí, sinceramente, me daba ladilla ilustrar a los imbéciles de mis compañeros. El hecho es que Ashley, con el tiempo, fue dejando de intervenir. Ni siquiera le paraba bolas a cuando los alumnos y el profesor de turno volteaban a verla esperando que se supiese alguna respuesta que más nadie se sabía. Ella estaba o haciendo dibujos en la parte de atrás de su cuaderno o viendo cosas en el celular.

No menos impresionante fue la primera vez que a Ashley la sacaron de clases. Incluso, alguno de nuestros compañeros dijo: “Qué bolas. Ashley botada de clases. Ahora sí que se acaba el mundo”. Fue en una clase de historia de Venezuela. Estaban, como en el 75% de las clases de historia de Venezuela, hablando sobre el imbécil, subnormal y traidor de Bolívar, el que, injustamente, tiene el título de Libertador de Venezuela. Estaban hablando de la relación que tenía Bolívar con Manuela Sáenz. Manuela Sáenz era poco menos que una puta que estuvo con Bolívar durante un tiempo. El hecho es que Ashley lanzó un comentario que hizo reír a toda la clase. El comentario era algo así como que deberían hacer una porno sobre Bolívar y Manuela Sáenz. Me pareció cómico no sólo el comentario, sino que Ashley era el tipo de caraja que, antes, se indignaba cuando un comentario cómico interrumpía la clase. Por ese comentario, demás está decir, fue que se arrechó la profesora, una cincuentona intensa y divorciada con el pelo teñido, y la botó. De hecho, se decía que esa cincuentona intensa y divorciada con el pelo teñido era una cougar a la que le gustaba cazar carajitos. Pero de eso hablaremos otro día. O no. Quién sabe.

Había que ver la cara que tenía la mamá de Ashley cuando la citaron, junto a su esposo, por el comportamiento y el dramático descenso en notas que había tenido su hija. La mamá iba con actitud de luto y el papá con actitud de indignación. De verdad que los papás de Ashley, en su actitud, en su personalidad y hasta en su manera de vestir, parecían personajes sacados de una caricatura. De hecho, cuando la coordinadora de nuestro año los citó, podía verse, a través de la puerta transparente de la sala de profesores, a la mamá de Ashley haciendo gestos histriónicos. Parecía una de esas actrices mediocres de televisión venezolana mediocre.

Pero ni aún con los regaños, y quizás los golpes que le habían dado los papás de Ashley a Ashley, Ashley sentó cabeza. No fue una sino varias materias las que llevó a reparación. Parecía que a ella no le importaba nada. Ella había cambiado y quizás desempolvaría su brillantez para hacer magia en las reparaciones y salvar todo. Pero de pana era una especie de humillación que le hubiese quedado, casualmente, geografía económica. A pesar de todo, no era una materia difícil y hasta Marcos, Marquitos, el futbolista levantapesas y retrasado mental de la clase, había pasado geografía económica.

Ashley había comenzado a juntarse con gente rara fuera del colegio. En el colegio, seguía juntándose con los amigos de siempre, a pesar de que cada vez se veía más distante para con ellos. Ashley llevaba, dentro de su bulto, su propio monte para fumar con nosotros. A mí me incomodaba. Se notaba que era nueva en eso. Se notaba que era algo con lo que no se terminaba de sentir cómoda. Como si la Ashley polla y nerd que, en su interior, no terminaba de morir, le dijese: “Marica, qué coño haces”.

No es que tenga nada de malo fumar monte. No es que tenga nada de malo drogarse (Aunque con cabeza y sin mezclar, ¿eh?). A mí lo que me arrechaba era que ella pretendía ser cool haciendo eso. Fumar monte y drogarte no te hace mejor o peor que nadie. La idea es que lo disfrutes legítimamente. A veces , Ashley era tan inexperta que el porro se le deshacía al momento de encenderlo. Cuando los otros estaban flotando o estaban hablando entre ellos, Ashley me pedía, como si fuese una niña pequeña, que, por favor, le armara un buen porro. Yo no sé ni por qué yo accedía. Quizás, a veces, me cuesta decir que no.

Las reparaciones son como una amenaza que es un poco subestimada hasta que toca a la puerta. Es un poco como la muerte. Cuando las reparaciones estuvieron realmente próximas, Ashley tuvo una especie de despertar, o de lo que nosotros pensamos que era un despertar. Se le vio un poco más tranquila, se le vio tomando apuntes (que ya muchos no servirían de mucho por lo graves que estaban sus materias) y decía que no quería perder el año. Decía que se iba a fajar. Todos nos alegramos un poco. Todos le creímos. Al fin y al cabo, Ashley había sido una de las chamas más aplicadas de nuestro colegio.

Incluso, para evitar posibles distracciones en casa, se quedaba estudiando, durante las tardes, en el mismo colegio. Me daba como paja verla ahí sola, sentada en una mesa sin despegar la mirada de los libros. Pero se notaba que no estaba leyendo. Se notaba que estaba pensando en cualquier otra cosa. A veces, ni siquiera estaba. Se quedaban allí sus libros y sus cuadernos con la imagen un poco poética y tonta de las hijas de sus cuadernos y de sus libros moviéndose con el viento. Ashley se iba a tomar breaks que eran más largos que los mismos tiempos de estudio. La encontrada sentada en nuestro rincón de las drogas. En una especie de cuartucho que había entre el campo de fútbol y el laboratorio de biología. Ashey veía la pared. Estaba flotando. A veces, la regañaba. A veces, me sentaba a acompañarla.

Me ofrecí a ayudarla. Sabía que ella había cambiado. Sabía que sola nunca pasaría todas las materias que había llevado a reparación. Ella me lo agradeció. Y yo juro que lo intenté. Pero de pana fue inútil. A los diez minutos, ella dirigía su atención hacia cualquier otra parte. Parecía una niña pequeña. De hecho, sacaba su celular y comenzaba a mostrarme unas fotos de ella desnuda. Me gustaban, no voy a negarlo. Pero hubiese preferido verlas en otras circunstancias. Ella mandaba ese tipo de fotos a carajos que tenían nombres rarísimos. No le importaba si esas fotos se hacían públicas. Y pensar que, unos meses antes, el celular de Ashley era el típico celular que tenía fondos maricos de paisajes acompañados de frases maricas motivacionales.

A Ashley no le entraba nada de lo que le yo le explicaba. Ella, que había llegado incluso a enseñarme alguna cosita que a mí no me había quedado clara alguna vez. Ella misma cerraba los libros. Me recordó a la Alicia estúpida que está encima del árbol al inicio de la película de Disney. Ashley ya no tenía preocupaciones académicas. Todas las preocupaciones de Ashley, en ese momento, eran de otra índole. Buscaba en su teléfono tutoriales sobre sexo. Eran tutoriales asquerosos. A ella le preocupaba que yo no sé quién, que seguro era de sus amigos mala influencia, se sintiera satisfecho con ella.

No recuerdo, exactamente, cuánto fue, exactamente, el tiempo que estudiamos juntas. Al principio, la mamá de Ashley, la señora que les he contado que era toda histriónica, me llamaba casi todas las noches a preguntarme por el progreso de Ashley. Yo no sabía qué decir. Podría echar todo un discurso sobre las influencias, sobre las juntas. Las juntas pueden descomponer o recomponer a cualquier persona. Pero yo resolvía con un salomónico “ahí vamos”. No sé si la mamá de Ashley me creía, pero, al menos, me daba las gracias.

Una tarde, Ashley comenzó a llorar. Yo no la quería abrazar. A mí no me gusta abrazar a la gente. Dijo que ella quería ser como Melisa. Melisa era una chama (ya, para esa época, no era ninguna chama, tendría unos 35 ó 40 años) que era casi una leyenda en nuestro colegio. Era hermana de una de nuestras chamas de promoción. De Melisa se decía que había roto todos los tabúes que podían existir. Que ella fue la que llevó el sexo, las drogas, el alcohol y las orgías a nuestro colegio. Me daba mucha risa que Melisa tenía esa ambigüedad. Ningún profesor supo nunca nada de la vida “oculta” de Melisa. Melisa, como sacaba buenas notas, era considerada una alumna ejemplar. Pero ya era una casada aburrida.

Cuando faltaban como dos o tres días para presentar las reparaciones, Ashley me dijo que no iba a presentar nada. Que había tenido una conversación con sus amigos. No quise saber quiénes eran sus amigos. Pero supuse que eran esos amigos raros que la habían cambiado tanto. A mí, en verdad, no me interesaba. Al fin y al cabo, Ashley tampoco era nada mío. Cerré el libro y me rendí. Lo que no soporté era que Ashley comenzara a hablarme de la universidad de la vida. Siempre he odiado eso. Es como la excusa que tienen los mediocres cuando no se han graduado en carreras de verdad.

Helena Eco.