El espray anti-niñas

No sé si a todos les pasó, porque cada experiencia es distinta. Pero la primera persona que nos gusta, en la vida, generalmente estudia en el mismo colegio (o escuela, o liceo) que nosotros. Esto no suele suceder mientras aún somos niños. Cuando yo era niño, al menos así lo recuerdo, las niñas nos daban hasta un poco de miedo. Incluso recuerdo que muchos de mis compañeros jugaban a una cosa llamada “El espray anti-niñas”. Irónicamente, muchos de los que jugaban al “espray anti-niñas”, años después, ya siendo adolescentes o adultos, eran capaces de dar cualquier cosa con tal de que una chama los acompañase, aunque fuese, a tomar un refresco comprado en el Farmatodo. Pero el hecho es que nos comienza a gustar alguien no en la infancia, sino cuando estamos entrando en los peligrosos terrenos de la pubertad.

Cuando yo era niño (aunque no me gusta hablar así, como un viejo con mucha experiencia, pues apenas tengo 28 años), tuve la fortuna de ser un estudiante de colegio libre de las ataduras de las redes sociales, que aún no existían. No había un Facebook para agregarnos entre los compañeros, para hacernos bullying o para stalkear las fotos de la chama que nos gustaba. Lo máximo que teníamos era el anuario escolar. Nuestro anuario, al menos como hasta quinto (o sexto) grado, para colmo, venía en blanco y negro. Y al final del anuario, luego de todos los grados y todas las secciones con sus respectivas fotos, estaba la larga lista general de nombres y números de todo el colegio. Yo siempre buscaba, entre esa lista, el nombre de la chama que me gustaba (éste era el paso inmediatamente siguiente a buscarme a mí mismo). Incluso recuerdo agarrar el libro de las Páginas Blancas, la inmensa guía telefónica de la ciudad, y buscar, entre toda la gente de Caracas con el mismo apellido, el número de teléfono que coincidiera con el de la chama que me gustaba. ¿La razón? Eso me daba una pista de dónde vivía la persona que me gustaba. Puede sonar obsesivo, lo sé. Pero creo que siempre fui un chamo normal. No me hice nunca cicatrices con cortauñas ni arrojé nunca a ninguna mascota por la ventana.

Cuando la persona que me gustaba estudiaba en otra sección, el problema no era tan grande. Capaz me la topaba en el recreo o a la hora de la salida, cuando todos nos arremolinábamos en un espacio mínimo esperando a los carros de nuestros padres, que nos venían a buscar, pero hasta ahí. Podía ser yo mismo dentro del salón. Pero cuando la persona que me gustaba tocaba en el mismo salón que yo, la cosa se complicaba. Yo buscaba mil maneras de llamar la atención de la persona que me gustaba. Y cada manera era más estúpida que la otra. Ya fuese caminar con más “tumbao”, hablar con otro acento o cosas así. Incluso intentar decir alguna intervención inteligente en clases, no siempre con éxito.

Pero, por alguna razón, cuando entré en bachillerato, y durante casi todo mi bachillerato, no presté mucha atención al hecho de que me gustara o me dejara de gustar tal o cual chama. Lo que más me importaba era pasarla bien con mis amigos, conocer gente nueva, explorar Caracas, cosas así. Me gustaba mucho, también, observar, analizar y (muchas veces) burlarme de todo el proceso de cortejo entre mis compañeras y mis compañeros. Eso daba material para escribir una trilogía entera de novelas largas. Cuando ya estábamos en cuarto y quinto año, ese proceso era espectacular de ver, al menos en mi colegio. Cuando estamos en cuarto y quinto año del colegio, somos un poco de todo y de nada. Somos adultos que no son tan adultos y somos independientes que no son tan independientes. A algunos de mis compañeros, a los hijos de familias más adineradas, les daban carros. Con esos carros tenían más posibilidad de invitar a chamas a pasear o a salir. Lo mismo ocurría al revés, con chamas con carro, no se vayan a creer. Yo, como no tuve carro sino hasta bien adulto, y como no tenía (ni tengo) mucho dinero, no me quedaba más opción, cuando quería invitar a salir a una chama, que proponer lugares como una arepera que había que visitar a pie. Por eso estuve soltero hasta que fui universitario. En la universidad la gente no le presta tanta atención a tu estatus.

Pero, en la otra mano, siempre tenía yo un as bajo la manga siempre listo para intervenir en los complejos asuntos del cortejo. Mi as bajo la manga era la cultura. La cultura es lo más importante que podemos cultivar. Con cultura no importa ser feo o ser Brad Pitt (aunque nunca es mejor ser feo que ser Brad Pitt, vamos a sincerarnos). Con la cultura no importa si eres rico o eres pobre. La cultura, además de expandir tu conocimiento y permitirte acercarte a la trascendencia, te permite tener conversaciones de altura que te hacen atractivo a la gente.

Como yo siempre he sido una persona culta (aunque, dicho así, puede sonar un poco pretencioso), y como siempre he sido una especie de intento extraño de injerto de escritor, tuve la oportunidad de presenciar una historia curiosa que quiero contar. En mi colegio, en el San Ignacio, estudiaba un chamo llamado César. César estaba en nuestro mismo salón de humanidades. Tenía el pelo liso y siempre tenía un tic de mover la cabeza para que su pelo (que era relativamente largo dentro del estándar permitido en bachillerato) se moviera como el de una modelo de Pantene. César estaba enamorado (si es que se puede hablar de enamoramiento en quinto año del colegio) de una chama que también estudiaba en mi salón. Esta chama se llamaba Laura. Laura era una persona realmente extraña y curiosa. Era un poco clasista, pero tenía un gran corazón. A veces estaba feliz y a veces pasaba una semana sin sonreír. Tenía unos ojos encandilantemente (aunque dudo que esta palabra exista) azules y el rostro con algo de acné, aún en quinto año.

Yo, y, al escribir esto, se me infla el pecho con algo de orgullo, era relativamente famoso en mi salón, y en mi promoción, como escritor en ciernes. Incluso hacía historias cortas que pegaba en la cartelera y que leían hasta mis profesores (no es un mal comienzo). Esto hizo que César, un día, muy temprano, incluso antes de sonar el timbre de la primera clase, me pidiera el favor de ayudarlo a redactar una carta en la que volcara todos sus sentimientos por Laura. Se me hizo extraño, desde el primer momento, el simple hecho de que César me hablara. César nunca me hablaba. De hecho, César, cuando éramos más chamos, me hacía hasta algo de bullying.

Yo le dije a César que sí. No sólo lo consideré un reto personal (no soy muy aficionado a hacer cartas de amor), sino que pensé que nunca estaba de más estar de buenas con la mayor cantidad de gente posible. César me invitó a su casa aquella misma tarde (por suerte, él tenía carro y no vivía tan lejos de mí). Cuando llegamos a su casa, como eran las dos de la tarde (más o menos) y no habíamos almorzado, César me ofreció de comer. Me dijo que me ofrecía pagarme el delivery que yo quisiera. Yo, que nunca tuve mucho dinero para deliverys, y considerándolo un pago justo por mi trabajo, le pedí a César que pidiera una pizza familiar en Papa Johns, pizza que compartimos junto a un Häagen-Dazs de macadamia que él tenía en su congelador.

Luego de la pizza y del Häagen-Dazs de macadamia (babeo, como el perro de Pávlov, al recordarlo), nos pusimos manos a la obra. Abrimos Word. La idea era que César tecleara y que yo le dictara. Pensé que lo mejor sería comenzar parafraseando a algún poeta famoso. Pensé en Antonio Machado. Antonio Machado es a la poesía en castellano (en mi opinión, el castellano es el mejor idioma para la poesía) lo que los Rolling Stones son al rock. Le dije a César que comenzara la carta robándose la frase de Machado que dice: “Sólo recuerdo la emoción de las cosas y se me olvida todo lo demás”. A él le encantó. Y así fuimos, entre los dos, vomitando flores en aquella carta. Les puedo asegurar, sin temor a equivocarme, que aquélla era, si no la mejor, una de las mejores cartas de amor que se han hecho. Bonita, sincera, poética sin ser cursi.

Puedo asegurar, sin temor a equivocarme, que Laura, de haber leído aquella carta, no sólo hubiese corrido a los brazos de César, sino que seguirían juntos hasta hoy. La idea era imprimir la carta y colocársela a Laura dentro del bulto. Pero cuando íbamos por la cuarta página de la carta, a la computadora de César le dio el telele y se apagó. Nos quedamos unos diez segundos en shock. La computadora había muerto. Se le había fundido la tarjeta madre, o algo así. Toda la inspiración perdida. Antonio machado fundido para siempre, junto a la carta, dentro de la finada tarjeta madre. Quise salvar la situación. Le pregunté a Antonio si quería intentar repetir la carta a mano. Me dijo que no. Me dijo que no valía la pena un trabajo doble por una idiota como Laura que nunca le iba a prestar atención. Creo que Laura nunca supo que César gustaba de ella, o que gustaba de ella hasta el día de la carta, porque creo que, de la rabia, César no gustó más de Laura. Como aún nos quedaba tarde, César y yo bajamos a jugar fútbol al patio de su edificio. Sólo nos faltó una lata de “espray anti-niñas” para ser auténticos niños otra vez.

 

Tomás Marín

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El esnobismo Lugar Común

Mi afición verdadera por el arte comenzó cuando estaba en humanidades, en mi colegio. Me atrevería a decir que el gran responsable de mi amor verdadero por el arte fue Eduardo (Sánchez Rugeles). (Que, por cierto, deberían leer sus novelas. Muchos de sus arquetipos han sido tratados de imitar por mí, sin mucho éxito). Él nos daba historia del arte e historia de la cultura (esta última fue la primera y única materia que eximí en mi vida). Él nos mostraba proyecciones maravillosas de cuadros famosos y de fotogramas de películas antiguas.

Antes, desde niño/preadolescente/adolescente, ya yo admiraba algunas pinturas, como el brutal Saturno de Goya. Pero fue en la época de Sánchez Rugeles cuando decidí que me quería dedicar a ser artista. Porque fue también en humanidades cuando adquirí, más que nunca, la gloriosa costumbre de leer libros y libros, costumbre que deseo no perder nunca y que estoy seguro de que me ha salvado gran parte de la vida, frente a los monstruos horribles de la depresión y de la ansiedad, en más de una ocasión.

El hecho es que mi afición al arte, de manera progresiva, me hizo ir internándome en el que podría decirse que es el círculo de artistas, de críticos y de artistas wannabe de Caracas, ese círculo que solía reunirse en los teatros, en los museos, en las galerías y en ciertos bares. Allí conocí a gente maravillosa, a amigos maravillosos, y hasta mis dos primeras novias eran, en parte, de ese círculo.

Los lugares eran casi siempre los mismos: El Ateneo (el nuevo y el viejo), el Teresa Carreño, Lugar Común, la Casa de Rómulo Gallegos, el Centro Cultural de Chacao, el TET, etc.

Saber de arte, de libros, de historia y de cultura, tenía sus ventajas. No sólo era entretenido buscar, entre las infinitas parrafadas (o imágenes) de escritores, de analistas, de teóricos y de artistas fabulosos, los porqués de la vida, del amor, de la violencia, de la euforia, del comunismo y/o de la tristeza. También saber acerca de esos temas te convertía, para los ojos adecuados, en una persona más interesante y atractiva.

Por ejemplo, cuando llegabas a una reunión y querías conocer a una chama, era mucho más efectivo, para llamar su atención, hacer algún comentario (eso sí, tenía que estar relacionado con el status quo del momento) acerca de Francis Bacon, del Elogio de la Locura o de Bukowski, que comentar el último resultado del Atlético de Madrid en la Champions League (aunque me gusta la Champions League y el fútbol en general). Claro está que no siempre funcionaba, menos a mí, que no soy, precisamente, Brad Pitt. Pero, cuando funcionaba, podías pasar toda la noche, entre shots de Carta Roja o de Old Parr (dependiendo del nivel social de la fiesta), hablando, aunque fuese de manera algo naíf, con la chama en cuestión, o con otra gente, acerca de temas tan intensos como hermosos. Porque, de alguna manera, lo que más me gustaba en las reuniones, o en las cenas, o en cualquier lugar en el que estuviera con amigos o con nuevos conocidos, era integrar un poco a todos en la conversación, que hasta el cotufa más cotufa me diera su opinión (válida siempre) acerca de lo que pensaba, creía o suponía que era el origen del universo, o de hacia dónde vamos después de morirnos.

A mí también, cuando iba a un museo, a alguna galería o a alguna obra de teatro, me encantaba siempre opinar, descubrir, sorprenderme. Yo siempre quería (y quiero) tener la capacidad de absorber, de aprender, de impresionarme como un niño que descubre cosas nuevas. Y la falta de esa habilidad (por llamarlo de alguna manera) era, a mi punto de vista, el gran talón de Aquiles del círculo de arte de Caracas, ése de los artistas, de los críticos y de los artistas wannabe.

Es que muchas veces, muchas veces realmente, tuve la oportunidad de ver a artistas, o pseudoartistas, compitiendo por ver quién era el más culto, el más profundo, el más sabio y el más sensible. Todo eso siempre me produjo una mezcla extraña entre risa y lástima. Estaban en la Casa de Rómulo Gallegos (sin quitarle su mérito, por supuesto) exponiendo un performance y, al terminar, brindaban con una mirada altiva, por encima de la línea de los ojos, como si les hubiesen concedido la sala principal del MOMA. Lo mismo pasaba, por ejemplo, con las obras de teatro o con (que esto merece una distinción aparte) los recitales de poesía. A veces, al finalizar una obra de teatro, dos críticos, o dos artistas wannabe, con sus cabezas siempre alzadas, como pelícanos buscando comida, engolaban la voz y decían joyas como: “Es que esta obra no es para todo el mundo”, o definiciones y citas extrañas y enrevesadas acerca del simbolismo, de la sociedad, de Foucault o de no sé qué más, no para aprender, para compartir, sino para quedar como personas cultas y sabihondas.

Con los recitales de poesía era lo mismo. Un poeta, con una boina ridícula, subía al estrado, decía palabras al azar: “Cuchillo”, “Urogallo”, “Sábana”, “Cariátide”… Y ya está. Ése era el poema. La gente, más o menos como el cuento del traje nuevo del emperador, por temor a decir que no había entendido nada (o, a lo mejor, el único idiota que nunca entendía nada era yo, y este texto no tiene sentido), aplaudía y se ufanaba a decir, como siempre, que esa poesía no era para todo el mundo, que era para esa implícita élite cultural. Tengo ya más de tres años que no voy a ninguna tertulia caraqueña, ni oficial ni improvisada. Aquí, en España, he aprendido que, en cierto modo, se repite siempre un poco el patrón. Aunque aquí, o eso creo, la gente de los círculos bohemios es un poco más modesta y candorosa.

Extraño mucho las reuniones en Caracas (con todos sus lugares), las conversaciones intensas y bellas sobre los temas que, tras mil años de gente intensa debatiendo acerca de ellos, aún no tienen respuesta.

Tomás Marín

P.D. El título de este artículo pertenece a una frase que un día alguien (no recuerdo quién) me dijo cuando estábamos hablando sobre este tema. No tendría, jamás, nada contra Lugar Común o contra alguna librería alternativa.

Díptico de los fracasos

La enfermera camina rápido tras empujar la puerta que separa la sala de espera y el consultorio del médico. Mira a todos los pacientes con gesto de hastío y de ofuscación. Es evidente que no le gusta nada su trabajo. Aún así tiene que hacerlo. “Natasha Torres”, grita en voz alta. Ve que Natasha se levanta con cierta dificultad. La enfermera le da la espalda y vuelve a cruzar la puerta batiente. No espera a Natasha.

Natasha se sienta en la silla del consultorio. Es una silla que está ya rasgada y botando algo de goma espuma por entre la tela granate. Es lo que hay. Los presupuestos para hospitales son cada vez más nulos en el paraíso socialista. Natasha nota que la mirada del médico tiene un gesto de lástima. Natasha se lo esperaba de todas formas. Todos los indicadores apuntaban al mismo lugar. Aún así suda frío cuando el médico devuelve los resultados de los exámenes y pronuncia la palabra “tumor”.

Los familiares de Natasha van a visitarla. Algunos intentan brindar palabras de aliento. No saben hacerlo. Saben bien que Natasha está condenada a muerte. Los tratamientos para el cáncer son cosa del pasado. Los tratamientos para el cáncer son cosas de países normales. El tío chavista de Natasha culpa a los Estados Unidos. Es un fanático convencido de que existe el imperio malo y el socialismo bueno. Natasha siente ganas de estamparle la cara contra los cristales del espejo de la sala.

La prima de Natasha entrelaza sus dedos con los de Natasha. A Natasha le hace bien el contacto con su prima. Es su prima favorita. Es la prima con la que jugaba desde niña. Es la prima a la que siempre llamaba cuando tenía alguna duda sobre sexo o sobre la vida en general. La prima le dice a Natasha que está prohibido rendirse. Le sugiere que haga un crowfunding por internet. Está convencida de que a Natasha la quiere mucha gente que puede donar algo.

Natasha abre su campaña de crowfunding. Busca en las carpetas desordenadas de su computadora una foto en la que salga linda. Selecciona una que le tomaron la noche en la que le dio el primer beso al que ahora es su ex. Sale con un peinado que le hizo su prima y con una linda camisa azul de botones que le regaló su abuela. La meta del crowfunding es elevada. Pero recuerda que dicen que la esperanza es lo último que se pierde.

Ha pasado más de un mes. Natasha ha recolectado cinco dólares. Con eso no le alcanza ni para el taxi que la llevaría hasta el médico. Pero Natasha sí ha recibido muchos mensajes de aliento. Son mensajes de aliento de personas que se disculpan por no poder ayudar con dinero. Natasha busca en las opciones del menú de la página. Selecciona la que dice “Eliminar campaña”. Apaga la pantalla de la computadora.

Natasha espera el tren del metro. La estación de Plaza Venezuela es un hervidero de gente. Algunas personas se empujan. Otros elevan la cabeza entre la multitud para buscar algo de aire relativamente fresco. Los sistemas de refrigeración están dañados. Suena en los altavoces una melodía patriótica que habla sobre los logros del gobierno. Se divisan las luces del tren desde la abertura del túnel. Natasha salta hacia las vías. La gente grita y aparta la vista.

Roberto lleva varias semanas intentando conseguir la cita para sacar el pasaporte. La respuesta de la página de citas casi siempre es la misma. Los sistemas están colapsados y hay que intentar nuevamente. Pero Roberto intenta a todas horas y nada. Sólo ve la misma imagen de Chávez y de Maduro que le sonríen con mediana resolución. Roberto se rinde por hoy. Hace un clic rabioso sobre la equis que cierra la pestaña.

Otra semana y otra vez que Roberto intenta conseguir la cita para el pasaporte. Está sentado en su computadora a pesar de que tiene sueño y quiere acostarse a dormir. Es casi la mitad de la madrugada. A Roberto le recomendaron pedir la cita de madrugada. Pero aún así la página parece colapsada. Roberto ingresa una vez más sus datos en el formulario. Aparece de la nada un cartel diciendo que la cita ha sido confirmada. Es dentro de cuatro meses. Pero Roberto no puede estar más feliz. Imprime el comprobante en PDF de la cita.

Es el día de la cita del pasaporte. Roberto revisa y comprueba una y otra vez que tiene todos los documentos en regla dentro de la carpeta manila. Nada puede salir mal. Ha sacado incluso copias de emergencia que lleva en una carpeta aparte. La cita es a las once de la mañana. Pero Roberto decide salir a las ocho. Caracas es una ciudad impredecible y hay que estar siempre precavidos con respecto a los retrasos.

Roberto se mete en su carro. Coloca la carpeta manila en el asiento trasero. Mete la llave. La gira. El arranque tiene un sonido extraño. El motor no enciende. Roberto gira nuevamente la llave. De nuevo el mismo sonido como de carcajada sin aceitar. Roberto gira la llave una vez más. Lo mismo. Roberto golpea el volante con rabia y abre la puerta. Levanta el capó. No entiende mucho de mecánica. Aún así mueve unos cables al azar. Gira la llave. Nada.

Roberto llama a su papá al trabajo. Atiende la secretaria. El papá está en medio de una reunión. La secretaria le dice con dulzura a Roberto que su papá podrá atenderlo en media hora. Roberto mira su reloj de muñeca con impaciencia. Lo mira cada cinco segundos. Le encantaría tener el poder que tenía Adam Sandler en aquella película en la que congelaba el tiempo. El papá de Roberto llama a Roberto. Roberto le pregunta si le puede dar la cola hasta las oficinas en donde se sacan los pasaportes. El papá se disculpa. Le dice que es imposible y le cuelga.

Roberto sale de su casa con la carpeta de los documentos en la mano. Son casi las diez de la mañana. Intenta detener un taxi. El taxi no le hace caso y sigue de largo. Roberto espera en la acera a que pase otro taxi. Otro taxi pasa. Roberto le hace la señal de que se detenga. El taxi le dice que no a Roberto con su dedo. Roberto comienza a desesperarse. Un taxi con un carro destartalado por fin se detiene. Roberto se monta y le pide al taxista que vaya lo más rápido posible.

Roberto se arrellana en el asiento trasero del taxi. Está un poco más tranquilo. “Upa”, dice el taxista como para sí. Ese “Upa” levanta a Roberto de su arrellanamiento y lo estresa. Pregunta qué pasó. El taxista le señala una calle totalmente trancada. Hay una manifestación de médicos que exigen materiales. Un contigente de la guardia nacional vigila a los médicos de cerca y los amenaza con reprimirlos duramente. Roberto pregunta al taxista si puede ir por una vía alternativa o por un camino verde. El taxista le dice que no. “Todo eso debe estar trancado”, argumenta. Pero le sugiere a Roberto tomar el metro. La estación de Caño Amarillo está cerca.

Roberto llega a la estación. Baja corriendo las escaleras. Tan arreglado que había salido de su casa con la ilusión de tomarse la foto para el pasaporte. Ahora está todo sudado y despeinado. Hay muchísima gente en los andenes. El reloj indica que pronto serán las once. Roberto calcula cuánto tiempo tomará llegar a la cita. Pasan cinco minutos y el tren no viene. Una voz habla por los roncos altavoces internos. Dice que hay un retraso y que será largo. Ha surgido una irregularidad en la estación de Plaza Venezuela. “Oí que se lanzó una mujer”, dice una señora gorda que espera detrás de Roberto. Roberto se sale de la fila y bota la carpeta en la papelera del metro. Se siente un poco abrumado. Tiene la impresión de que se quedará atrapado en Venezuela para siempre.

Tomás Marín

Zenón de Citio y las empanadas

Hay muchísimas personas que gastan muchísima energía, y tiempo, en tratar de dilucidar acerca de lo que hay más allá de lo que sentimos, percibimos o hasta imaginamos. No me refiero tanto a los que investigan con un propósito científico, como quienes fotografiaron, hace poco, el agujero negro, sino a los que lo hacen con un propósito filosófico, ontológico.

He conocido personas, en reuniones, o en parques, con las que (porque yo también disfruto mucho al hacerlo) me gusta hablar acerca de este tipo de temas. A veces, esas personas llegan a las mismas respuestas de siempre. A veces me dicen cosas como: “Bicho, quién eres tú. Aléjate de mí”. Pero, a veces, me dicen la respuesta que, creo, es la más común: “Ese tipo de cosan me aturden y me estresan un poco”. Y es que, verdaderamente, ese tipo de cosas aturden y estresan un poco, esa incapacidad que tenemos, la de responder cuál es el origen, o el propósito de todo. Y lo peor es que ni siquiera sabemos si existe un propósito para todo o, al menos, para algo. Cada vez que te comes un helado, o ves, en Youtube, un video viejo del Mega-Match, no sabes por qué estás haciendo eso. Quizás para entretenerte, pero, ¿entretenerte para qué? ¿Eso servirá cuando estés muerto? ¿Sirve, para el propósito del universo, que estudiantes con bragas, como de mecánico, verdes y amarillas, consigan la llave de la Casa de los Premios o se echen una torta en la cara?

Lo peor es que, cuando lo vemos, todo ese gran misterio, todo lo que hay más allá de la vida, del mundo y de las barquillas, tiene sus ordenanzas, tiene sus propias maneras de ser. Tu perro se va a morir. Tú te vas a morir, al igual que tu mamá y todos los estudiantes del Mega-Match. Pero, ¿quién dicta esas ordenanzas, esas maneras de ser? Nadie lo sabe. Un evangélico de Chacaíto te dirá que es Jehová (y te pedirá, por decirte eso, unos reales para los frescos). Un musulmán te dirá que es Alá (y te lanzará una bomba, si es radical). Pero nadie puede saberlo con certeza, ni siquiera los ateos.

Sólo sabemos, o creo que es lo único que podemos saber, que eso que rige las cosas, que a su vez son las cosas que nos rigen a nosotros, está controlado por algo, o alguien, que es superior a nosotros. ¿Y qué pasa con eso? ¿Qué me quieres decir con eso? ¿Puedes soltarme el brazo, por favor? Lo que quiero decir con eso es que el mundo, con sus órdenes naturales y sobrenaturales, se mueve, con la mano de ése (o eso) superior, independientemente de nosotros.

Una persona, quizás, puede cambiar el mundo, pero el mundo es sólo un grano de arena con respecto al todo. Y ese todo cambia, pero cambia por algo que no pertenece a los seres humanos. Y es algo que me consuela en cierto modo. El chavismo, con todo el control que tiene para mover cocaína, o para asesinar estudiantes, no puede controlar los aspectos del universo. No cambiará nada eso mi vida ni hará eso que aparezca la comida en el plato de mis papás, pero da un poco de aire fresco el saberlo.

Pero lo que quiero decir también es que nosotros, que, como los chavistas, no podemos alterar el curso extraño e inentendible del universo, sólo podemos dejarnos llevar por él. Y no nos queda otra opción. Es como cuando, atorados en una fila de niños que quería entrar en el parquecito infantil y medio piedrero de McDonald’s, ése que tenía la piscina de pelotas (que la piscina de pelotas de McDonald’s era lo mejor del mundo mundial. De hecho, hubo alguien que dijo que la infancia terminaba el día en el que uno era muy grande para que te dejaran entrar en la piscina de pelotas de McDonald’s), sólo podíamos seguir avanzando, así es con el universo. Estamos presos en él, presos en la existencia. Sólo podemos seguir caminando, o morirnos, porque morirse también es una opción.

Pero no todo es malo en esta prisión llamada universo. Y eso es lo curioso de todo. Hay cosas maravillosas. Tenemos los amigos, tenemos los tequeños, tenemos el rock y tenemos el explotar las burbujitas del papel de embalar. Y eso lo disfrutamos, como disfrutamos el leer de las gloriosas Crónicas de La Cantárida. Sin embargo, y esto no es un secreto para nadie, hay cosas horribles. Tenemos el vallenato, tenemos los discursos amenazantes de Diosdado y tenemos los motorizados. Pero como nosotros no podemos cambiar (eso creo que lo dije más arriba) el flujo del universo, ya que nosotros sólo somos, como decía una canción de Caramelos de Cianuro, una pieza microscópica en una máquina infinita, la única opción que tenemos con respecto al mal, al sufrimiento, a lo chimbo, es aceptarlo.

A veces, por ejemplo, cuando iba por Caracas, sentía que era una injusticia que yo hubiese nacido allí. Aunque ser caraqueño, supongo, no es tan malo. Aunque me hubiese gustado nacer, quizás, en Suecia o en Finlandia, o en cualquier país en donde pudiese comprar todo el pan que quisiera (aunque, cuando me pongo a pensar, quizás en Suecia no hubiese conocido las empanadas de carne mechada, que con tal de estar en un sitio en donde existan empanadas de carne mechada todo vale la pena, incluso el sufrimiento).

T.M.

Una tarde con muchos pájaros

Ante todo digo que escribir es algo que no se me da muy bien. De hecho, creo que es la primera vez, apartando las cosas del colegio y de la universidad, que voy a escribir un texto tan largo. Pero es que la historia lo amerita. Voy a cambiar todos los nombres, menos uno. Cuando le dije a mi mamá que iba a escribir sobre esto, me recomendó, casi me suplicó, que no dijese el nombre real de uno de los protagonistas de esta historia, de ese hijo de puta del que, creo, todos merecen saber. Mi mamá me dijo que un bicho así sería capaz de vengarse de mí, y confieso que tuve dudas durante un momento. Pero, ¿no es lo mejor ser valiente en un país, y en un mundo, repleto de hijos de puta? Él, de quien hablo, ahora está viviendo en Perú. Confieso que, a veces, cuando leo las noticias que hablan de que han muerto, o han matado, venezolanos en Perú, me gustaría escuchar su nombre. Puede que esta historia no sea literariamente la mejor. Pero es como una especie de catarsis que quiero hacer.

Yo tenía una amiga que se llamaba Rudy. Estudiaba conmigo en la Santa María. Estudiábamos derecho. Pero no crean. No nos hacíamos tantas ilusiones. Sabíamos bien que estudiar derecho en una universidad que es una mierda (hay que estar claros) como la Santa María no depara ningún futuro brillante en un país en el que, de por sí, las universidades se están yendo cada vez más a la mierda.

Pero, a pesar de todo, Rudy y yo éramos buenas estudiantes. Ella era un pelo más sifrina que yo. Vivía por la zona del casco central de Chacao. Yo iba full a estudiar a su casa. Después de estudiar, nos encantaba pasear por la zona de la Plaza Bolívar de Chacao. Ella, como tenía un pelo más de plata que yo, siempre me brindaba algo. A veces un raspado, a veces un helado. Pero también era de esas chamas que brindaba siempre un consejo o un abrazo. De pana que una de mis vainas favoritas, en el mundo, era estar con ella, a la hora del atardecer, por esa zona, por donde juegan los niños y por donde rondan motorizados con caras de que te quieren robar.

Había una vaina que, tanto en la casa como caminando por Chacao, era el tema favorito de conversación de Rudy: su novio. Ella hablaba siempre de él como si estuviese hablando de Brad Pitt (aunque pongo a Brad Pitt como un ejemplo nulo. Él no es, ni de lejos, mi actor favorito, o el que me parece más bello). El novio de Rudy era un chamo que no era ni tan feo ni tan lindo. No era tan lindo como para ser modelo de Calvin Klein, pero tampoco era tan feo como para no poder ser modelo de una vaina niche como el Palacio del Blumer.

El novio de Rudy tenía un Optra (que nunca supe bien si era gris o era plateado). Rudy, cuando hablaba de su novio, hablaba también del Optra como si fuese la alfombra mágica de Aladdín. Decía que allí se dieron su primer beso, decía que allí fue donde él le pidió el empate, entre otras vainas. Yo, a modo de comentario que no interesa a la historia, pero que quiero hacer, hubiese preferido que me pidieran el empate en un restaurante fancy o en un mirador (al menos que él haya estado en un mirador, pero dentro del Optra, cuando le pidió el empate a Rudy, pero eso no viene al caso). El hecho es que el novio de Rudy (que no lo he dicho, se llamaba Daniel) venía bajando con el Optra por la autopista. Según lo que entendí, fue por la parte inmediatamente después del túnel de la Trinidad. Venía solo. Lo abordaron en un carro y, siguiéndolo, lo obligaron a irse hacia uno de esos callejones oscuros de esa zona cerca del Club Hípico. Como se resistió al robo, lo mataron. Fueron varios tiros. Fue burda de fuerte.

Rudy se volvió mierda cuando se enteró. Yo le agradezco demasiado a la vida que no tuviese que ser yo quien le dijese. Rudy de verdad amaba a ese carajo. En el velorio parecía como drogada. Ni siquiera estoy segura de que me llegó a reconocer cuando me vio. Y esa vaina siempre es un peo, cuando a una amiga tan cercana le pasa una vaina así. Tú no sabes si darle su espacio o estar siempre con ella.

Yo opté por la opción de darle su espacio. Pero me arrepiento, y me arrepentiré, hasta la última palada de tierra, como se dice por ahí, de haber tomado esa decisión. Había un chamo en la Santa María, que es el hijo de puta de quien hablaba al principio de este texto, llamado Kevin. Kevin era uno de esos chamos que dan mala espina, de esos chamos que parecen merengueros de Sábado Sensacional, con una franela medio pegada y zarcillos brillantes. Kevin estudiaba odontología y era de esos chamos que no respetan cuando una chama no quiere con ellos, o cuando una chama tiene novio. Él siempre, al menos dos o tres veces a la semana, venía hasta donde estábamos Rudy y yo para caerle a Rudy. Siempre decía babosadas como: “Deja a ese blanquito de tu novio y vente conmigo”. Yo le decía a Rudy que le dijera al novio. Yo estaba segura de que el novio de Rudy le partiría la boca al imbécil de Kevin. Pero Rudy pensaba que lo mejor era no pararle bolas.

Kevin nos dio la impresión de que se estaba comportando como un caballero, o como un buen amigo, con Rudy cuando Daniel se murió. Llamaba a Rudy todos los días, le escribía y la consolaba. Pero cuando comenzó a querer ir a su casa, había como algo que no me cuadraba. Pero no me sentí capaz (y me arrepiento demasiado de eso) de advertírselo a Rudy. Aunque, quizás, Rudy no me hubiese parado bolas igual.

Desde que se había muerto Daniel, Rudy casi no salía de su casa. Al principio, en las primeras semanas, era algo que no extrañaba a nadie. Pero Daniel tenía más de tres meses muerto y Rudy no salía. Quienes la queríamos ver, teníamos que ir a visitarla. Los papás de Rudy la apoyaron en esto, en que ella llevara el luto como quisiera. Pero a mí no me convencía tanto. La carrera en la Santa María se había quedado como en stand-by y Rudy, a veces, descuidaba su propio aspecto. A veces se parecía a la chama del aro. Estaba toda despeinada y costaba sacarle tema de conversación.

Y me empezó a preocupar, por eso y por todo, que Kevin fuera la persona que más visitaba a Rudy. Por un lado, al principio, no me pareció tan malo. Rudy cada vez se veía, entre comillas, más contenta. Por otro lado, una persona como Kevin, que no me inspiraba confianza, no me podía dar tranquilidad total con respecto a Rudy. Yo tampoco tenía tanto tiempo para visitarla. Ya Rudy no estaba en condiciones de ayudarme a estudiar y estábamos en época de parciales.

Una tarde con muchos pájaros (no sé si este detalle aportará algo a la historia, pero me llamaba la atención, o me la llamó ese día) recibí un Whatsapp de Rudy. Me pareció raro. Rudy tenía bastante tiempo sin usar Whatsapp. De hecho, cuando veías su última conexión, en la parte de arriba de la pantalla, aparecía una fecha de meses atrás. Rudy me puso “Hola”. Yo intenté llamarla, pero la llamada no me cayó. Después ella me mandó un voice largo. Tuve un no sé qué en el estómago antes de abrirlo.

La voz de Rudy sonaba como partida, como triste, como rara. Me decía que se sentía mal. Yo estaba un poco harta. Yo sentía que un luto no podía ser tan largo. Pero el mensaje de Rudy me dejó helada. Resulta que Kevin, el hijo de las mil malditas putas de Kevin, había comenzado a leer libros de brujería y esas vainas pavosas que venden en los kioscos de Plaza Venezuela. No era que Kevin se interesara de verdad en esas mierdas. Lo que quería era intentar convencer a Rudy de que él podía utilizar su cuerpo como medio para que Daniel estuviera otra vez con Rudy. Sé que suena raro. Ni siquiera sé si me estoy explicando bien. Pero así fue la vaina. El carajo se aprovechó de que Rudy estaba medio loca (aunque, dicho así, suena horrible) para tirar con ella, convenciéndola de que él era Daniel.

Yo no sabía si reírme, si llorar. Yo no supe qué coño hacer en una situación así. Pero siento que tomé la decisión más estúpida de todas. Me vestí y bajé corriendo hacia la calle. Yo vivo por San Bernardino. Pagué un taxi y fui hasta la casa de Rudy. Le pedí que me lo explicara en persona. Yo seguía sin entender muy bien las cosas. Por primera vez la veía con una especie de amago de alegría. Me dijo que Kevin le había hecho el favor más grande de su vida, que era el poder volver a estar con Daniel.

Yo tuve un ataque de arrechera inmenso. Le dije a Rudy que era una bruta y una estúpida. Menos mal que los papás no me escucharon. Creo que me hubiesen botado a patadas de la casa. Yo más o menos pude serenarme y le dije a Rudy lo que pensaba, y yo pensaba que Kevin la había jodido. Me daba arrechera, pero una arrechera infinita, la idea de imaginar a Kevin diciéndole a sus panas, tan asquerosos como él, una vaina como: “Marico… y convencí a Rudy para tirar con ella. Le inventé que yo era Daniel”, y los amigos de Kevin riéndose como unos machistas de mierda, como unos imbéciles.

Rudy me pidió que me fuera. No tenía un gesto de arrechera o de dolor, ni siquiera de decepción. Su gesto era como de: “Marica, no vengas a joderme mi mundo perfecto”. Yo no sabía si pedirle disculpas, no por lo que dije, sino por cómo se lo había dicho, o quizás por no habérselo dicho en el momento adecuado. Opté por pedirle disculpas, pero ya era tarde. Rudy me pidió que me fuera. Yo no quería hacer el problema más grande y salí. Ella cerró la puerta de un trancazo, de vaina me dio en la nariz. Y ésa fue la última vez que la vi.

Rudy se ahorcó horas después de eso. Yo me sentí mal y, hasta hoy, me ronda un pelo la idea de que, quizás, yo influí en el hecho de que Rudy se ahorcara. No quise saber más de ella, ni de sus papás, ni siquiera del hijo de puta de Kevin. De hecho, para evitar encontrármelo alguna vez, decidí dejar de estudiar en la Santa María, no me importó ni siquiera que ya estaba casi en mitad de la carrera.

Pero, aún así, una amiga me dijo, meses después (una amiga que conocía a Rudy y a Kevin), que Kevin se había ido a vivir a Perú. Ya han pasado casi tres años desde que pasó todo lo que cuento. La única y última vez que me metí en el Facebook de Kevin a ver qué había sido de su vida, hace relativamente poco, vi que estaba trabajando como vendedor ambulante en Lima. Seguramente hace parte de ese grupo de hijos de puta, infinito, que, como él, emigra siendo un hijo de puta, y lleva ese cáncer, incrustado en la venezolanidad, hacia otros países.

Samira Ileos.

Prohibido ser Gandhi. Capítulo 1.

Mi mamá llevaba varios minutos dándole vueltas, con el tenedor, a un guisante que estaba sobre el plato. El guisante, con un color que no podía decirse que era (o que alguna vez fue) verde, estaba bastante arrugado. Hacía juego con el arroz cocido casi transparente y con una proteína que, aunque los medios oficiales aseguraban que era carne, parecía un trozo de gruesa piel impregnado, aún cuando estaba en estado crudo, de un aroma asqueroso a aceite viejo. Yo prefería comer poco, o irme a la cama sin cenar. Prefería aguantar el hambre. El simple olor de la supuesta carne me provocaba náuseas.

Le supliqué a mi mamá que comiera algo, pero mis palabras sonaron a vacío. Ni siquiera yo creía en ellas. La verdad es que la comida, la única de la que disponíamos, era una basura. Me seguía afectando el ver a mi mamá en aquella actitud de dejadez total. Pero ya me iba acostumbrando. Ella había perdido bastante peso. El vestido beige con adornos, que unos años atrás le quedaba ceñido y que era, por eso, su vestido favorito, ahora le guindaba por todo el cuerpo, como si fuera una especie de baba o de lágrima de tela deshilachada.

Me gustaba acompañar a mi mamá a cenar. Me hacía sentir un poco menos miserable el tener a alguien, aún cuando pareciese hipnotizada, a mi lado. Observar a mi mamá, aunque yo no estuviese sentada en la mesa junto a ella, era una especie de consuelo a esa sensación que me invadía cuando caía la noche. No era una sensación de derrota, o ni siquiera de tristeza o de ansiedad. Era una sensación que parecía dictarme al oído, una y otra vez, que toda la vida en Venezuela no era más que un error, y ni siquiera un error importante, sino una especie de error olvidado. Sentía que Caracas, que de noche era una mole negra dormida, estaba ubicada en una especie de dimensión paralela a la que nadie podía acceder. Supongo que sentirse así era un resultado inevitable tras tantos años de aislamiento. El mundo no podía ocuparse de Venezuela todo el tiempo. Tenía que seguir su camino, y lo siguió.

Mi mamá por fin abrió la boca. Admitió que no tenía hambre. Me pidió permiso para levantarse e irse a acostar a su cuarto. Tuve que ser firme y decirle que no, que no la dejaría levantarse hasta que terminara de comer. Ya nos habíamos habituado a eso, al hecho de que mi mamá me viera como una especie de figura de autoridad. Aún así, seguía pareciéndome un poco extraño. Mamá estaba comiendo menos que nunca. Supongo que a mí me estaba pasando igual, pero no había nadie que me lo estuviese recordando a cada rato. Mamá podía pasarse hasta 48 horas sin comer. Por eso la comida nos rendía y teníamos más que nuestros vecinos. Menos mal que ellos no lo sabían, quizás hubiesen tumbado nuestra puerta para robárnosla.

Le pregunté a mi mamá si quería que yo comiera junto a ella. Un poco como hacen los papás, cuando quieren que un bebé coma, que comen junto a él. Ella me dijo que sí. Yo estaba dispuesta a hacer el sacrificio y llevarme la comida a la boca. Fui hasta la caja, que estaba dentro del closet, a intentar seleccionar lo menos repugnante.

 

T.M.

Instrucciones para enfrentarte al bully de tu salón

Métete la camisa por dentro. Quédate tranquilo y respeta a todos los de tu entorno. Estudia bastante y sé aplicado. Ten ganas de mejorar y de aprender. No seas un mediocre como tus compañeros. Es una de las fórmulas perfectas para ser presa en un colegio lleno de depredadores. Préstale atención a la maestra. Pareces más interesado en las clases que ella misma. Parece que se ha perdido el amor por la pedagogía. Ella habla de las gestas de Marco Polo con la misma emoción con la que un niño mira una inyectadora que se prepara para entrar en su brazo.

Aguanta los insultos que te hace el bully de tu salón. Idiota. Gafo. Nerd. Débil. Es más corpulento que tú. No tendrías oportunidad contra él. Nunca. Sus brazos se entornan y dibujan músculos cultivados. Los tuyos parecen tallarines a medio cocinar en la casa de un chino pobre de la selva. Todos tus compañeros adulan al bully de tu salón. Hace morisquetas que no son graciosas. Pero tus compañeros se sienten más seguros con la garantía de seguirle la corriente. Tú sólo trata de ignorarlo. Quizás se canse y elija a otra víctima.

Estira tu paciencia como si tu vida dependiera de ello. Estira tu paciencia como si fuera un chicle. Trágate que el bully de tu salón diga en público que tu mamá trabaja a medio vestir en una calle de reputación dudosa. No lo acuses. Sería peor. Los maestros se reirían de ti. Tus compañeros se reirían de ti. Cuenta el tiempo que falta para que suene el timbre. Cuenta el tiempo que falta para que acabe el año. En vacaciones no te tendrás que topar con el bully de tu salón. No le digas a nadie que cada vez te sientes más triste y desesperado. No le digas a nadie que tus notas han caído (como un avión impactado por un rayo) porque cada vez le tienes más pavor al colegio.

Devuelve la bofetada. Devuelve la bofetada por primera vez. La paciencia no es eterna. Hay un silencio sepulcral que flota sobre los pupitres. Se podría oír a una mosca contándole a otra mosca un secreto en susurros. El bully de tu salón se soba la mejilla izquierda. Tu rebelión sonó como un globo explotando sobre su cara porcina. Sé alquimista con tu hartazgo. Sé alquimista con tu rabia y con tu miedo. El bully no se quiere quedar así. Te ofrece una pelea para cuando suene el timbre de la salida. Es una cita.

Límpiate el sudor de la frente. Siente cómo se eleva tu adrenalina. Tus compañeros te rodean formando un gran círculo. No te espantes por el griterío que pide golpes y (preferiblemente) sangre. No estás solo en ese círculo. También está el bully de tu salón. Las ganas de destrozar se le ven en la cara y se le notan en el aliento que parece echar humo. Se está arremangando la chemise. No reces. Rezar es en vano. Los dioses no te sacarán de ahí ni te transportarán mágicamente a tu cuarto. Nunca habías deseado tanto estar tranquilo en tu cuarto. Tu cuarto es el refugio perfecto. En tu cuarto puedes ser tú sin que nadie te amenace. Podrías estar leyendo sobre los argivos y los troyanos mientras escuchas un disco de rock. Podrías estar jugando con Mario Bros mientras se hornea la pizza en la cocina. Regresa a la realidad. Regresa rápido. Cierra los ojos. Ahí viene el primer golpe.

 

Tomás Marín