Instrucciones para que no te olvide quien se va del país

Espera cinco minutos más. Sólo cinco minutos más. Va a venir. Tienes que estar seguro de que va a venir. Echa un nuevo vistazo a los pasillos del San Ignacio. Mira a las personas que intentan hacer compras con el poco dinero que les queda. Con el poco dinero que les permite el comunismo. ¿Te acuerdas de cuando el San Ignacio era un centro comercial de sifrinos? Ahora sólo es un conjunto de ruinas que hacen hasta lo imposible por permanecer fashion. Son como una modelo que tiene sesenta e insiste en vestirse de teen. Mira las vitrinas de las tiendas que antes brillaban. Ahora están opacas y sucias. ¿Viene por ahí? Aún no. Pero va a venir. Tiene que venir. Mañana se va del país.

Contesta el mensaje que te acaba de dejar tu mamá en el teléfono. El que dice “Ya se está haciendo de noche. Tienes que tener cuidado. Vuelve pronto a la casa”. Responde con un “Todo estará bien, mamá”. Agrégale una carita feliz para que se sienta un poco más tranquila. Para que no note que estás triste. Para que no note que estás frustrado porque ella aún no ha venido. Quedaron en verse frente a la tienda de perfumes. Esa tienda de perfumes frente a la que has permanecido de pie desde hace casi dos horas. Ella tiene que venir. No puede irse sin verte. Mañana se va del país.

Distráete un poco con los recuerdos que están impregnados con su cara perfecta y con sus ojos claros. ¿Desde hace cuánto es que se conocen? ¡Desde hace unos quince años! ¡Si es que estudiaron toda la vida juntos! Desde que utilizaban chemise blanca. Fue en una clase de tercer grado cuando ella llegó con su carita tierna y sus ojitos grandes. Era la niña nueva del salón. Se sentó en su pupitre. Un pupitre que estaba lleno de textos en típex y de barajitas a medio arrancar del mundial de Corea-Japón. Un pupitre que fue tu pupitre favorito desde aquel momento. Un pupitre que parecía sonreírte cuando estaba tripulado por ella.

¿Te acuerdas de la primera vez que hablaron? Fue en la cantina. Fue en un tercer recreo. Quedaba un solo cachito de jamón en toda la cantina y los dos lo pidieron al mismo tiempo. Ella te miró con ojos algo suplicantes (quizás manipuladores) y tú te derretiste como una vela en medio del peor de los incendios. “Déselo a ella, señora”, le dijiste a la cantinera. La cantinera pudo haber hecho algún comentario tierno. Pudo haber sonreído al menos conmovida por tu gesta heroica y enamorada. Pero la cantinera siempre tenía esa cara de ogro de pantano y no se dio cuenta de nada. Se limitó a lucir su cara de ogro de pantano cuando le dio el cachito a ella. El último cachito de jamón que quedaba. “Gracias”, te dijo ella.

Pensaste que podían ser cosas de niños. ¿Los niños se enamoran? Nadie lo sabe. Tu mamá te montaba un chalequeo cuando te veía suspirando y jugando con el último frijol que quedaba en el plato del almuerzo. “Ay, mi niño. Estás enamorado”, te decía con algo de orgullo y con una sonrisa. Tú te ponías rojo. Pero sabías que ella tenía la razón. ¡Si la parte de atrás de tu cuaderno tenía su nombre una y mil veces! ¡En todos los colores y fuentes! Menos mal que tu mamá no lo llegó a ver.

Comprueba el WhatsApp por trigésimo novena vez. El mensaje que le enviaste de “dónde estás???” aún tiene un solo chulito. Mira a la gente que pasa frente a ti y no se da cuenta de tu presencia. No voltees hacia la tienda de perfumes. La tienda de perfumes en donde quedaste con ella. La tienda de perfumes en donde llevas ya dos horas esperando. ¿Será que le pasó algo? No. Ya te hubiesen avisado. La muchacha que atiende en la tienda de perfumes te está mirando con algo de lástima. Quizás piensa que te dejaron plantado. ¡No voltees! ¡No la veas!

Qué rápido se hace la gente adolescente. ¿Los adolescentes se enamoran? Sí. Los adolescentes se enamoran. Y tú te enamoraste de ella. Le hiciste siempre caso omiso a la gente que decía que los amores de adolescentes no deben ser tomados en cuenta. Tú estabas convencido de que ella era la mujer con la que querías pasar el resto de tu vida. La que te flechó desde que se sentó en aquel pupitre de típex y barajitas. Creció más hermosa que nunca. Ya era otra más en el colegio. Tenía los pechos pequeños pero bonitos. Nada de ella era imperfecto. Nada de ella es imperfecto. Quizás sólo que se tarda un poco en los compromisos. Pero ella va a venir. Tiene que venir. Mañana se va del país y no se puede ir sin verte. No sería capaz.

¿Te acuerdas del dibujo que le hiciste? Ese día tenía su cara bañada con cierta melancolía a pesar de la fiesta. Habían bebido y fumado mucho. Habían celebrado que se habían graduado juntos otra vez. Primero de bachilleres. Ahora de licenciados en letras. Ella aún estaba superando la ruptura con su ex. Con su maldito ex. El que podía tocar sus pechos pequeños y bonitos cuando estaban sin envoltorio. El que tuvo por un tiempo el lugar por el que darías tu vida con tal de estar un solo instante. El que tuvo por un tiempo el lugar que nunca te atreviste a reclamar por miedo a dejar de ser amigos. Por miedo a soltarle a ella un “Eres la mujer de mi vida” que pudiese asustarla y mandar todo al infierno. Es mejor vivir de rodillas que morir de pie cuando se trata del amor. Ella tenía melancolía en su cara. Y tú la dibujaste con un bolígrafo y una servilleta. Tu obra maestra. Aunque nunca se la mostraste. Te dio miedo que le diera igual tu obra maestra.

Mañana se va del país. Conocerá a tanta gente mejor que tú. A lo mejor se enamora de un sueco de cabellera rubia que también podrá quitar el envoltorio de sus pechos pequeños y bonitos. Un sueco que se drogará con el olor a champú de manzana que suelta su pelo mientras tú luchas por conseguir pan canilla. Se va a hacer un máster a España. A lo mejor consigue un trabajo brutal. A lo mejor se olvida de ti. A lo mejor algún día viene a rescatarte y a llevarte con ella. Ella va a venir. Mañana se va del país.

La tienda de perfume cerró su santamaría. La muchacha que atiende la tienda de perfumes evita el contacto visual contigo. Se encuentra con un chamo que la esperó durante cinco minutos. A ella no la plantaron. Te da un poco de envidia. Baja hasta el estacionamiento. Métete en tu carro. Paga la factura carísima. Esperaste mucho tiempo. No preguntes qué pasó. A lo mejor decidió que las despedidas eran tristes y que no quería olvidarte. Podría ser un consuelo.

Tomás Marín.

Adaptación libre del texto “Si yo te olvidara”, de Truman Capote.

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Clara

Yo tenía una novia llamada Clara. Aunque no era del todo clara. O sea. En cierto aspecto sí era clara. Tenía la cabellera clara. Tenía la piel clara. Tenía la mirada clara. Pero no era del todo clara en ciertos aspectos. Hubo momentos en los que llegó a ser un poco enigmática. Pero era una chama muy dulce. Era una chama muy buena. Era una chama muy simpática. Aunque nada clara. ¿Quedó claro? Claramente.

Conocí a Clara en la reunión de la amiga de un amigo. Una reunión en Santa Eduvigis. Clara y yo coincidimos en el improvisado mesón de mantel medio deshilachado en donde estaban los licores y los Doritos. Esos mesones que se forman al juntar dos mesas Manaplas. Muy típicos de las reuniones de Caracas. Yo estaba en la mesa por los Doritos. No me gustan los licores. Nuestras manos se juntaron cuando iban a agarrar el mismo Dorito del tazón. Como en las películas cursis y malas. Pero una versión del tercer mundo. “Diría Kant que este Dorito estuvo destinado por la causalidad”, le dije a Clara. Clara frunció un poco el entrecejo. “¿Quién?”, preguntó. “Kant. El filósofo”, le respondí. “Ah. He oído algo de él”, me respondió. No sé si Clara mentía o no. Ya he dicho que no era clara. “¿Cómo te llamas?”, me preguntó. “Tomás”, le respondí mientras le ofrecía mi mano. “¿Y tú?”, le pregunté. “Clara”, me respondió. “¿Clara de huevo?”, le pregunté haciendo gala de mi humor más inteligente (digno de Moliére o de Aristófanes). A Clara no le hizo ni una pizca de gracia. “Mi humor es estúpido. Aristóteles decía que el humor era la forma más indolora de la fealdad”, le dije. Clara sonrió y me invitó a hablar a un rincón.

Clara y yo salimos varias veces. Nuestra relación se fortificaba. La introduje un poco en el mundo de la Caracas alternativa. En el mundo del Centro Cultural de Chacao y de las obras de teatro en el CELARG. En el mundo del “Simonero” de la Patana y las proyecciones de películas moldavas que no las entiende ni el que las hizo. Ella estaba encantada. Yo también. Clara hacía comentarios nada claros sobre las obras de teatro que veíamos. Terminamos un día de ver “El jardín de los cerezos” y ella me dijo: “Esa obra se vería brutal en un triángulo escaleno”. No tuve derecho a preguntar. Ella había cambiado el tema. Me dijo que le gustaría que fuese a comer con su familia. Una especie de presentación formal de su nuevo novio/fichaje. “Sí va”, le dije mientras un breve escalofrío recorrió mi panza.

La casa de Clara y de su familia es muy bonita. Una casa arreglada. Floreros transparentes. Portarretratos con fotos de la época de Medina Angarita. Mucha armonía. La familia de Clara es portuguesa. La abuela de Clara es una anciana redondita muy simpática y muy dulce. De grandes lentes y permanente plateada. El papá de clara es un hombrón de metro noventa que asegura que Cristiano Ronaldo es la reencarnación de Cristo que bajó del cielo y llevará a los portugueses a una era de bonanza y de felicidad.

La familia de Clara es de muy buen comer. Todos son muy simpáticos. Me sorprendía que Clara fuese tan flaquita con una familia que comía tanto. Me hicieron sentarme en el sofá mientras me preguntaban sobre mi vida y esperaban a que la comida se terminase de hacer en el horno. Clara tomaba mi mano y sonreía. No me soltaba la mano. Yo tenía algo de hambre. Me ofrecieron un vino. Yo lo acepté. Seguimos hablando.

Por fin salió la comida. La abuela de Clara puso sobre la mesa una especie de pastel salado que se veía digno de Zeus y de los otros dioses del olimpo. Yo salivaba. Me sentía como el perro de Pavlov. “Vas a ver qué rico cocina la abuela”, me dijo una de las tías de Clara. De postre había Tres Leches. Pero no cualquier Tres Leches. Un Tres Leches que se veía espectacular. El que no está seco. El Tres Leches. La única razón por la que no me he volcado de lleno al ateísmo. La única razón por la que creo que hay un dios que nos ama. Un dios que nos permite tener Tres Leches.

Estábamos preparándonos para sentarnos todos a la mesa. El papá de Clara llegó muy molesto. Estaba furioso y preocupado. Estaba decepcionado e incrédulo. Tenía su celular en la mano. Había hablado con el abogado de su hermano. Aparentemente Clara tenía un tío que era amigo de lo ajeno y que tenía un buen puesto en una banca privada. Ese tío se había involucrado en algo de una estafa. Y le había salido mal. Lo tenían detenido en no sé dónde. El papá de Clara tendría que ir a declarar no sé cuándo. O algo así.

La familia se quedó muda durante unos momentos. La tía de Clara (la que me había dicho lo de la cocina de la abuela) estaba pálida. Le temblaba la boca. Clara ya no me tomaba más de la mano. Aunque a veces me veía. Yo no sabía qué decir. Pensé en echar el chiste de la clara de huevo. Pero quizás no sería prudente en ese momento. El silencio se fue rompiendo con conversaciones paralelas que distaban mucho de ser conversaciones alegres de un fin de semana. Yo era el único que me encontraba en silencio. Yo era el único que estaba viendo el pastel de la abuela y el Tres Leches.

La mamá de Clara le espetó a la tía de Clara una especie de reproche sobre el tío estafador de Clara. La tía de Clara no se la caló. Le respondió firmemente. El papá de Clara hablaba con la abuela. Él era como el hijo bueno. Pero la abuela le decía que su hermano era así desde niño. Clara iba de conversación en conversación. Brincando. Como una ranita. Yo estaba agradecido de que nadie me preguntase mi opinión. Mi opinión era que se podía discutir comiendo pastel y Tres Leches. ¡El pastel se estaba enfriando! ¡Intacto! ¡Qué horror!

A mí no me importaba que al tío de Clara lo enviasen a Alcatraz o a la silla eléctrica. Que él arreglase sus cosas si estaba metido en estafas. La discusión entre los familiares de Clara era cada vez más ruidosa. Ya los insultos eran cada vez más agresivos (aunque con cierta distinción). Nadie tenía intención de sentarse a la mesa. El papá de Clara fumaba. El pastel se enfriaba. El Tres Leches se veía tan solitario. “Quizás es mejor que te vayas, Tomás. Esto va para largo”, me dijo Clara. Ni siquiera pretendió acompañarme hasta la salida. Yo envolví un pedazo de pastel y un pedazo de Tres Leches en unas servilletas. ¡Los invitados tienen que comer!

Tomás Marín

Instrucciones para terminar con tu novia en el Tolón

Ya el corazón no te palpita como antes. Ya tus labios no tiemblan cuando se acercan a los labios de ella. Ya no hay mariposas en tu estómago cuando la tienes cerca. De broma si hay un gruñido cuando tienes hambre. Ya la relación no es lo mismo. Quizás la mató la rutina. Quizás la mató Caracas. Tantas precauciones y tantas posibilidades y ganas de irse del país matan a cualquier relación. Pero aún ninguno de los dos se atreve a darle la estocada final. El tiro de gracia. Y es necesario. Hace falta eutanasia. Y tú decides ser el que desconectará el cable. No son buenas las relaciones cuando están agonizando.

Mándale un mensaje a su Whatsapp. Tiene que ser un mensaje sin caritas y sin corazoncitos. Nada. Tiene que ser lo más frío posible. Frío como tu congelador sin comida a causa del comunismo. Frío como el corazón de Cilia Flores. “Epa. Quieres salir?”. Escríbele sólo eso. Más nada. No le respondas rápido si te contesta rápido. Tira tu celular en tu cama. Vete a dar una vuelta. Pero ten cuidado con los hampones. Quieres que ella quede soltera. No quieres que ella quede viuda.

“Sí va”, es la respuesta que recibes. Fría. Muy fría. Quizás más fría que la tuya. “Perfect”, le respondes. Completa con un “Te paso buscando en media hora”. Ni siquiera te duches. No hay agua de todas formas. No olvides que vives en comunismo. Y que el agua en comunismo es un lujo. Ve a buscar las llaves de tu carro. Las que tienen el llavero todo viejo y desconchado de FerreTotal que te dieron hace años cuando acompañaste a tu papá a comprar un taladro para hacer unas remodelaciones en el baño. No te des tanta prisa en buscarlas. Tómate tu tiempo.

Has llegado hasta la casa de ella. Le mandas un “baja” en minúsculas a su Whatsapp. Frío. Recuerda ser muy frío. Polar. Ella se tarda cinco minutos. Diez Minutos. Quince minutos. Te provoca pisar el acelerador. Pero no lo pises. Las mujeres siempre se tardan un poco. A ti no te gusta esperar. Podrías argumentar eso para terminar la relación. Que ella se tarda siempre mucho y que a ti no te gusta esperar. Pero es muy sencillo. Es muy estúpido. Allí está. Ves su figura a través de las rejas de su edificio de Santa Mónica. Tiene una blusita muy cuchi. Y tiene una sonrisa muy cuchi. Te da un beso frío. Antártico. Bajo cero.

Dirígete hacia el Tolón. Las Mercedes es un buen lugar para comenzar y para terminar relaciones. Las Mercedes es laberíntica y lenta. Es congestionada y enredada. Como las relaciones de pareja. ¿Recuerdas que la conociste a ella en una cena en Las Mercedes con unos amigos de unos amigos de tu universidad? ¿Te acuerdas de esos tiempos? Eran hermosos. Te palpitaba el corazón. Te temblaban los labios. Las mariposas hacían guarimbas en tu estómago. Busca donde estacionarte. Hay muchos puestos vacíos. Poca gente puede ir ahora a los centros comerciales. Parecen desiertos. Comunismo.

Piensa en cómo le vas a soltar la bomba. Te da miedo hacerle daño. Ella es buena y es bonita. ¿Te has fijado en lo perlado de sus dientes perfectos cuando sonríe? No puedes ser como los del Estado Islámico. No puedes soltar las bombas de repente. Así como así. O quizás sea la mejor solución. Te da miedo que se ponga a gritar o a llorar. Es normal. No quieres llamar la atención. Pregúntale si quiere ir al cine. Invítala a ver Los Vengadores. Podrías terminar la relación en la escena en la que el Capitán América salta por encima de los edificios. Dile algo como: “Qué buenos efectos especiales tiene esta película. Por cierto. Creo que deberíamos terminar”. Bueno. Quizás no sea prudente.

Llévala a comer a la feria del Tolón. Quizás no es la mejor feria de comida del mundo. Pero tiene su encanto. Tiene un local de pizzas en donde las pizzas son decentes a pesar de que quienes te atienden tienen cara de bulldogs furiosos. No es para culparlos. Imagina trabajar en un local de pizzas y no poder comerte la mercancía. Ella acepta ir a comer las pizzas. Elige un buen asiento. Un asiento desde donde no se puedan oír sus llantos cuando le termines. De todas formas no crees que se lo tome tan mal. ¿Quién puede ponerse triste mientras se está comiendo una pizza?

Pide una pizza mediana para los dos. No. No la pidas para los dos. No es bueno compartir en una situación así. Podrías mandar una señal errónea de que la relación está en buen síntoma. No señor. Pide dos pizzas pequeñas. Que se entienda bien el mensaje de que van a tener todo separado a partir de hoy. Ya luego irás a buscar tu ropa a su casa. Luego de que hayas terminado con ella. Eso sí. El refresco tendrán que compartirlo. Que el comunismo azota y no tienes dinero para comprarte el lujo de dos Pepsis.

Deja que se coma un slice de su pequeña pizza. Es mejor que reciba el sablazo con algo en el estómago. Las malas noticias se reciben mejor con la pancita llena. ¿Verdad que se ve demasiado cuchi cuando come pizza? Mira cómo se le inflan los cachetitos. Mira cómo toma refresco con el pitillo. Tiene demasiada gracia. Tiene demasiado encanto. Menos mal que pronto te vas a liberar de ese encanto. Serás una persona libre. Las mujeres se te van a abalanzar encima. Ya no tendrás que rendirle cuentas a nadie. Quizás no sea todo tan malo a partir de ahora.

No pierdas más tiempo. Inicia una conversación y luego encauza esa conversación hasta la noticia de que quieres terminar con ella. “Debo decirte algo”, le sueltas. Vas a disparar a matar. Pero ella termina la frase. “Es mejor que terminemos. Desde hace tiempo no me siento cómoda”, te dice. Te dice también que no la lleves a casa. Que ella tiene dinero para pagar un taxi. Te da un beso de hielo en la frente. Un beso que parece un granizado. La miras alejarse. ¿No es la mujer más bonita del mundo? Es una cuchi. Era la mejor novia del mundo. Estalló la bomba antes de que la lanzaras. Síguela con la mirada hasta que baje las escaleras eléctricas y la pierdas de vista. Sabes bien que ella no mirará atrás. Vete a dar una vuelta antes de irte solo en tu solitario carro que aún huele al shampoo de manzana que ella usa. Vete a dar una vuelta. Anda. Y no te preocupes por los hampones. Da igual si te disparan en medio del pecho. Tienes el corazón despedazado y vacío de todas formas.

Tomás Marín

Adaptación libre del texto “Dejar a Matilde”, de Alberto Moravia.

Bestiario estudiantil de Caracas V

Bestiario estudiantil de Caracas

Colegio Mater Salvatoris. Las Mercedes.

Estudiante: Paula Andrea Santurce Morán. IV Año. Ciclo diversificado. Mención Humanidades.

Malhaya la hora en la que ese chamo se enamoró de mí. Sé que es intenso (muy intenso) comenzar un relato con la palabra “Malhaya”. Pero no encuentro otra más apropiada. Siempre quise comenzar algún texto con la palabra “Malhaya”. Pero ése no es el asunto. El chamo que se enamoró de mí era el hijo de uno de los vigilantes del Mater. No era un mal chamo. Pero no entiendo cómo pudo enamorarse de mí habiendo tantas chamas en el Mater que seguramente son más lindas que yo.

El Mater no es un colegio monstruoso pero tampoco es un colegio pequeño. No tiene grandes complicaciones más allá de los chismes o de las desavenencias que las alumnas puedan tener con alguna monja en particular (o viceversa). A lo mejor hubiesen botado al papá si yo hubiese dicho que el hijo me acosaba. La culebra habría muerto sin cabeza. Pero no sería justo. Él no me acosaba realmente. Y el papá era una buena persona. Tenía yo no sé cuántos años trabajando en el Mater. El hijo tenía 17. Ya se había graduado en uno de esos parasistemas. Tenía cierta mirada achinada de malandro. Y cierto acento de malandro. Pero no era malandro.

Ya advertí que la cosa iba un poco mal cuando se me quedó viendo un día desde la caseta de vigilancia del papá. Pude haber volteado y fingir que la cosa no era conmigo. Pero me miraba a mí entre las otras chamas. Las cosas fueron para peor cuando supe que se quedaría allí mucho tiempo. El colegio le había dado algo así como una especie de puesto honorario como ayudante del papá. Pero el Mater no es un colegio tan grande y mis amigas y yo solíamos estar cerca de la caseta en los recreos.

Creo que sería justo decir su nombre. Más justo que referirme a él solamente como “ese chamo” o “el hijo del vigilante”. Se llamaba Luis. Así sin más. Ni siquiera tenía un nombre fiero o compuesto como los chamos de La Salle  de Los Arcos. No era Luis Alfredo o Luis Ernesto. Era simplemente Luis. Era flaco y un tanto insignificante. Era de un mundo ajeno al mío. Vivía en una casucha (por lo menos no en un rancho) cerca de Caño Amarillo. Todos estos detalles los supe por las pocas veces en las que hablé con él.

Un día Luis se acercó a mí. Temblaba un poco. Sus manos un tanto huesudas no sabían disimular que estaba realmente nervioso. Me entregó una carta. Mis amigas se alejaron un poco e intuí que me estaban chalequeando por la manera en que decían las cosas. Luis se alejó también y se devolvió hacia la caseta de vigilancia. Me miraba a través del cristal (con calcomanías de Unión Radio) como si fuese un topo asustado. A mí me daba un poco de lástima. Yo no sabía si abrir la carta allí. Yo no sabía si abrir la carta en clases. Yo no sabía si abrir la carta en mi casa. Yo no sabía si abrir la carta ni siquiera.

“Chama. NO SE COMO TE LLAMAS. PERO ME PARESES REALMENTE BONITA. ME GUSTARIA TOMAR UNA BIRRA CONTIGO ALGUN DIA”, decía la carta. Yo la abrí en clases y no se la mostré a nadie. Me asfixiaba un poco el hecho de que hubiese escrito “pareces” con “s”. Eso me enfermaba. También me enfermaba que había dibujado una flor rosada con pétalos verde fosforescentes. ¡Hizo la flor con resaltadores! ¡Hay que tener muchas bolas para hacer una flor con resaltadores!

Yo me quería cambiar de colegio. El Mater me daba igual al fin y al cabo. Pero hay cierto aspecto que masturba el ego cuando te levantas a un chamo de un estrato distinto al tuyo. A un chamo de un mundo distinto al tuyo. Eso hacía soportable el chalequeo de mis amigas con “el hijo del vigilante”. “Seguramente te va a invitar a los tiroteos de su barrio. Seguramente te va a invitar a que lo ayudes a esconder a alguno de sus muertos”, me decían mis amigas. Yo me reía por compromiso y por nervios.

Todo era distinto entre su mundo y el mío. Los lugares a los que íbamos. La música que escuchábamos. La manera de hablar. La manera de ver el mundo. Así que decidí matarlo todo con un armisticio. Le dije para ir al cine. Pero con mis amigas y unos amigos. Yo no me atrevía a ir sola con él. No quería que me secuestrara o que me intentara besuquear o que quisiera meterme mano o que me dijera “Tengo una pistola. Dame tus cosas” en medio de la película.

Él se sentía incómodo. Había ido con una franela rosada y con una visera del Abasto Bicentenario. Coño. También se había peinado el pelo hacia atrás con toda la reserva que tenía la fábrica de gel Rolda. Mis amigos y mis amigas se burlaban de él en secreto. Fuimos a ver Intensamente a Los Naranjos. Él decía que le había gustado. Aunque sospecho que no le había gustado nada. Después fuimos a comer en un restaurante de las Mercedes. Aún recuerdo la cara de Luis dentro del carro. Para él ese Optra era como una limusina.

Y en el restaurante la cosa fue peor. El mismo mesonero del restaurante vio que Luis era como una película cotufa de Disney en medio de una exposición de cine de Cocteau o o de Vertov. Nos puso una cara de complicidad luego de arrugar un poco el semblante. Nos sentamos a la mesa. Luis comía con la boca abierta y echaba cuentos sobre cómo habían matado al hermano de no sé quién cuando había subido yo no sé cuántos escalones para ir a ajustar una cuenta pendiente con no sé cuál. Luis era muy detallado en describir la sangre y las vísceras junto a la pólvora y a los casquillos. Llegó la cuenta. Luis no llegaba ni a la cuarta parte. Ni siquiera tenía tarjeta. Tuve que invitarlo yo.

Luis fue el que se rindió. Él me dijo que no se había sentido nada cómodo y que Caracas no es una ciudad en la que mundos como los nuestros pueden unirse. Él tan Caño Amarillo y yo tan Santa Eduvigis. Supongo que habrá pasado algún despecho bebiendo Anís Cartujo con yogurt. Quizás ya se consiguió otra novia. Quizás se empató con otra chama de Caño Amarillo con quien puede ir de vez en cuando a comprarse un combo barato de Wendys. Una chama que quizás no tenga idea de lo que significa “Malhaya”.

Bestiario estudiantil de Caracas IV

Bestiario Estudiantil de Caracas.

Colegio Claret. Alto Hatillo.

Estudiante: Diana María Schlosser Cabañas. III Año. Ciclo básico.

Me sorprende la facilidad con la que algunas personas hablan de sus enfermedades. Me sorprende la facilidad con la que algunas personas no tienen recato ni tabú para hablar de enfermedades que pueden provocar grandes complejos. Yo nunca había hablado de mi enfermedad hasta el día de hoy. Me da un poco de vergüenza. Es una enfermedad que me ha alejado de amigos y que ha causado que muchos se burlen de mí. También me ha causado mucho llanto y miedo a veces.

Mi enfermedad es no entender las metáforas. Mi mente no asimila las metáforas ni las convenciones metafóricas por alguna razón. No sé cuándo comenzó todo. Creo que todo comenzó cuando era muy niña. Aunque siento que se hizo imperdonable cuando crecí. Pero les juro que no es mi culpa. La primera noción que tengo de mi enfermedad es de hace unos diez años. Yo iba caminando de la mano con mi papá por una calle de Chacaíto. Cuando Chacaíto era un poco más segura. Pasamos por un kiosko y vi un titular (en fondo rojo y letras amarillas) del periódico Meridiano. “Se soltaron los leones”, decía el titular. Me sorprendió ver a la gente tan calmada. ¿Cómo podía estar calmado alguien cuando se habían soltado los leones? ¿Y si venían a devorarnos? Yo apreté muy fuerte la mano de mi papá. Le dije que tenía miedo y le expliqué la razón de mi miedo. Él me dijo que eran unos supuestos Leones del Caracas. Un equipo de béisbol que tenía una racha de no sé cuántos partidos sin perder. Se rió mucho. Yo también me reí. Pero después me daría cuenta de que no era algo para reírse.

Era una linda tarde de sábado cuando yo estaba en el carro con mi papá y mi mamá. Iba para el cumpleaños de Carlota. Carlota era una de mis mejores amigas en el Claret cuando yo era pequeña. A Carlota le iban a hacer una piñata y mis papás me estaban llevando. Yo estaba muy contenta porque mis papás también se iban a quedar a la piñata (Aunque, obviamente, en la parte de los adultos). Mi mamá estaba manejando y se había perdido. Era en algún lugar de Sebucán. En una de esas calles medio intricadas del Sebucán laberíntico. Mi mamá llamó a la mamá de Carlota. “¿En qué calle es?”, preguntó mi mamá por teléfono. La mamá de Carlota le respondió. Yo me aterré. La mamá de Carlota le dijo a mi mamá que había que pasar por encima de unos policías acostados. Yo me puse a gritar y a llorar. Yo entendía que los policías suelen ser personas de dudosa reputación en una ciudad como Caracas (Lo entendía a pesar de mi edad). Pero me daba cosa que mi mamá les pasara por encima. ¿Y si les rompía las costillas o les perforaba los pulmones? Yo no quería que mi mamá fuese una asesina. Mis papás volvieron a reír.

Ya yo era un poco más grande. Hace dos años. Ya era adolescente. Un día estaba rumbo a mi colegio. Me llevaba un amigo de mi mamá que tenía una hija que también estudiaba en el Claret. Aunque la hija era dos años menor que yo. Nos topamos con una manifestación. “Qué ladilla”, dijo el amigo de mi mamá. La protesta trancaba la calle en casi toda su totalidad. El amigo de mi mamá bajó el vidrio de su ventana. Preguntó a uno de los manifestantes la razón por la que estaba esa gente protestando. El manifestante le respondió al amigo de mi mamá que eran trabajadores de una empresa de no sé qué del gobierno. Estaban cansados de que los explotaran. Yo me llevé las manos a la boca. ¿Cómo era posible que explotaran a los trabajadores? ¿Qué ganaban con eso? Realmente el asunto era grave. ¿Sería que estaban haciendo ensayos para el terrorismo? ¿Sería que en aquella fábrica había miembros del Estado Islámico? Yo lo pregunté pálida. El amigo de mi mamá y su hija se burlaron de mí. Yo me sentí mal.

Me volvió a pasar hace dos semanas. Mi papá estaba fúrico hablando por teléfono. Mi papá pertenece a una de las pocas empresas a las que el gobierno aún no ha podido tocar para apoderarse de ella. Mi papá trabaja en una empresa de bienes raíces. Mi papá tenía la cara roja. Nunca lo había visto ni oído tan molesto. Estaba preocupado. Me acerqué a él cuando colgó. Le pregunté qué le sucedía. Me dijo que la empresa corría peligro. Me dijo que alguien había traicionado con respecto a una transacción en dólares que la empresa se vio obligada a hacer a espaldas del gobierno para permanecer funcionando. “Resulta que Lorenzo nos acusó con el gobierno. Es tremendo sapo”, me dijo mi papá. Yo me quedé como petrificada. ¿Cómo podía Lorenzo ser un sapo? ¡Si lo he visto venir a comer muchas veces a la casa! Si nunca le he visto ancas ni nunca lo he visto ser verde ni croar. Mi papá pensó que ya era demasiado. Lo pensó incluso mientras seguía alterado.

Ya ven por qué me da un poco de vergüenza hablar abiertamente acerca de mi enfermedad. Mis papás han decidido que es tiempo de buscar ayuda profesional. Me consiguieron una psicóloga que trabaja afuera del país. Ella quizás pueda ayudarme. Es obvio que necesito viajar para verla. Mi mamá me pidió el favor de que llamase a la línea aérea Iberia. Yo llamé. Tuve que esperar porque los operadores estaban ocupados. Te ponen una música fastidiosísima por teléfono para esperar. Y te ponen una voz de mujer que te dice cosas mientras esperas. “Vuele con comodidad en las alas de Iberia”, dice la voz grabada de la mujer. Yo colgué. Me parece una falta de respeto que una línea aérea de tanto prestigio te ofrezca volar en sus alas. No. No quiero. Yo prefiero volar en uno de sus asientos. Sería más cómodo y más seguro.

 

 

Bestiario estudiantil de Caracas III

Bestiario Estudiantil de Caracas

Colegio Presidente Kennedy (Fe y Alegría). Petare.

Estudiante: Tatiana Andrea Gómez Solano. II Año. Ciclo básico.

Nunca he creído que el barrio sea un estigma. Nunca he creído que el barrio sea una limitante. Nunca he creído que el barrio sea un condicionante. El barrio tampoco debe ser un complejo. Hay mucha gente (amigas mías inclusive) que se avergüenzan del barrio. Muchas de mis amigas no tienen más sueños que operarse el pecho y ser misses. Es muy cómico cuando les toca rellenar las planillas de los concursos de belleza. Dicen que vienen de urbanizaciones. Les da vergüenza la miseria. ¿Cómo vas a salir de la miseria si no la aceptas? ¿Cómo la vas a superar si apartas la vista y haces que los otros también aparten la vista? Yo sueño con salir del barrio. Sueño con irme a una casa bonita afuera del país. Pero sueño con salir del barrio a través de la música. En mi casa había un CD con canciones de Aldemaro Romero. Mi sueño era ser como Aldemaro Romero. Y sigue siendo ser como Aldemaro Romero. Me daban mucha risa muchas de mis compañeros y de mis amigos. Eran de esa gente devota del Reggaetón y la Salsa. Nunca les gustaba Aldemaro Romero. Siento que Aldemaro Romero nunca podría calar en el barrio. Quizás mi música tampoco. Por eso quiero probar suerte en otros lugares. Nunca he tenido claro si el disco de Aldemaro Romero (que sólo escucho en ocasiones especiales. Me da miedo que se estropee) era de mi mamá o de mi abuela. Creo que era de mi mamá. Me gusta pensar que era de mi mamá. Mi mamá murió hace algunos años. Yo no recuerdo cómo murió mi mamá. Me dicen que yo era muy pequeñita para recordarlo. Pero yo creo que mi mente lo suprimió. O lo ocultó en algún sótano muy obscuro. Lo guardó en un lugar parecido al infierno. A mi mamá la mataron en 2010. Caminaba de regreso a casa. La abordaron para quitarle lo que había cobrado ese día. Mi abuela me abrazaba mientras lloraba. Sólo tengo flashes.

Desde entonces vivo con mi abuela. Mi abuela tiene 71 años. Tiene una piel muy tersa para su edad. Mi abuela es muy linda. Mi abuelo (su esposo) murió en el deslave del 99 en Vargas. Estaba visitando a unos amigos que tenía tiempo sin ver. Cuentan que se lo llevó una piedra del tamaño de una casa. Su cuerpo nunca apareció. Creo que quedó sepultado junto a tantos miles bajo el barro de Vargas. Yo sólo tengo a mi abuela. Mi abuela sólo me tiene a mí. Entre las dos nos cuidamos. Una vez compuse una canción sobre mi abuelo. Era una canción instrumental. Un poco al estilo de Onda Nueva (ya saben por influencia de quién). La toqué en el tecladito que tenemos en la casa. Es un teclado Casio que compré luego de ahorrar mucho y de ayudar en el trabajo a uno de los mejores amigos de mi abuela. Es un señor muy bueno. Iba a trabajar después de regresar del colegio y de hacer mis tareas. Mi abuela se puso a llorar cuando le toqué la canción que le había compuesto. Me abrazó. Yo me sentí satisfecha. La música te puede tocar. La música te puede transportar. La música te puede salvar del barrio. Porque el barrio no es un estigma ni una limitante ni un condicionante.

Mi abuela me cantaba canciones cuando yo era pequeña. Eran como tonadas. Como las famosas tonadas de Simón Díaz. No sé que tiene la voz de mi abuela. Pero siempre me tranquilizaba. Y me tranquiliza aún. A veces. Mi abuela se inventaba las letras. Es muy buena para improvisar rimas. Siento que mi abuela va a reencarnar un día en un rapero famoso. Me encanta oír cantar a mi abuela. Sus canciones a veces evocan chistes. A veces evocan muerte. A veces evocan una Venezuela que ella me cuenta pero que yo no asimilo. Porque aquí las cosas están cada vez peor. Yo no quiero que mi abuela corra la misma suerte que mi mamá. Yo no creo en Dios. O él es que no cree en nosotros. Pero le pido a la vida que a mi abuela no le pase nada malo.

Cada vez tengo menos tiempo para dedicarme a escuchar o a escribir música. Todo el día se me va entre estudiar y hacer colas para comprar productos básicos. Todo el día se me va en cuidarme y en cuidar a mi abuela. Ella me dice cosas tristes cuando se siente triste. Me dice que no debo cuidarla. Que debe morirse si su destino es morirse. Me dice que me cuide yo y que nunca deje la música. Que la música ve va a ayudar a salir del barrio y rescatarla a ella. Para salir también del barrio.

El otro día hubo un tiroteo horrible. Duró muchísimos minutos. No es la primera vez que escucho un tiroteo. Pero éste fue particularmente largo y aterrador. No sé si fue una guerra entre bandas. O un operativo para cazar malandros. Hay muchas bandas en mi barrio. Pero ninguna de música. A mí me gustaría tener una banda de música. Yo tuve pánico. Pero mi abuela me cantó para que yo me calmara. Y su voz me calmó. Aún recuerdo la letra. “Bajo este techo, nada podrá tocarte. Las balas rabiosas no podrán alcanzarte. Algún día, si tenemos suerte, se irá la pólvora y se irá la muerte”.

Yo creo que la música más que en todo. Siempre encuentro un huequito para tocar y componer. De vez en cuando me reúno con gente para tocar. Aunque siempre tenemos miedo. Un día tendré más dinero y podré estudiar teoría y solfeo como se debe. Yo quisiera retratar en música todo lo que viví. Y que un día alguien sueñe con ser como yo. Yo no quiero olvidar al barrio. Más bien quiero inmortalizarlo. Porque yo soy más grande que él. Él no es ni un estigma ni una limitante ni una condicionante.

 

Bestiario estudiantil de Caracas II

Bestiario estudiantil de Caracas.

U.E. Colegio Pestalozzi. El Paraíso.

Estudiante: Héctor Alfonso Mora Milán. II Año. Ciclo diversificado. Mención Ciencias.

Me gusta trabajar. Siempre me ha gustado trabajar. Cuando pequeño sembraba naranjas en el jardín de mi casa (un jardín diminuto) y las vendía en la calle. A mi mamá no le gustaba que vendiera naranjas. Me decía que había gente peligrosa en la calle. Pero no me sentía quieto si no trabajaba. Siempre me inventaba algo. Horneaba galletas o hacía suspiritos. Se los vendía a los vecinos. Iba de puerta en puerta una vez a la semana. Algunos eran antipáticos. Pero a otros les encantaban mis dulces. Eran clientes habituales. Busqué trabajos más serios cuando me hice adolescente. Sentía que me daban experiencia. Y que me dan experiencia aún. Me gusta estudiar. Las buenas notas me van a llevar a una buena carrera. Una buena carrera me va a llevar a un buen trabajo. Aunque también me gustaría emprender. Emprender en Venezuela o emprender afuera. Me da igual. Vivo en un edificio alto de El Paraíso. Es de esos edificios viejos que tienen el piso de las áreas comunes de granito blanco moteado. Esos edificios como de los años cincuenta. De cuando Venezuela era otra. Mi abuela siempre nos cuenta sobre esa otra Venezuela. La Venezuela de Pérez Jiménez. Ella cuenta que con Pérez Jiménez todo el mundo trabajaba. Creo es a mi abuela a quien debo mi afición al trabajo. Ella tiene 81 años y sigue trabajando. Ella vino desde el interior hacia Caracas. Todo era más fácil antes. Ella nunca ha querido jubilarse. Dice que jubilarse es morir. Y dice que trabajar es la mejor manera de combatir al gobierno. Yo he tenido trabajos de todo tipo. Tanto trabajos que he “emprendido” como trabajos en locales y en lugares cerca de mi casa en El Paraíso.

Uno de los trabajos más extraños que he tenido lo tuve hace un año. Hay un restaurante chino cerca de mi casa llamado Lee Woon Jae. Es un restaurante medio viejo. Tiene unos treinta años. Está decorado con figuras chinas hechas de papel maché. Y tiene uno de esos gatos dorados que mueven el brazo hacia adelante y hacia atrás. Como si estuviese saludando o espantando moscas. Mi jefe era un señor misterioso. Hablaba poco español y tenía un corte de pelo totuma. Tenía mucho dinero. Decían que tenía negocios raros con el gobierno. Viajaba en una camioneta blindada con otros chinos tan o más misteriosos que él. Parecían una mafia. Yo hacía varias cosas en el restaurante. Comencé fregando platos. Pero siempre fui una persona curiosa y capaz de absorber aprendizajes. Por eso terminé siendo asistente de cocina. Un día mi jefe me solicitó un favor. O un encargo. Me preguntó si yo sabía de lugares en donde hubiese perros o gatos sin dueño. Albergues o cosas así. Siempre he conocido páginas de Twitter o de Facebook que piden voluntarios para adoptar perros o gatos. Aunque siempre he odiado cuando apelan a la lástima. No tengo por qué adoptar un perro tuerto y/o cojo si no me da la gana. No intenten hacerme sentir mal por eso. El hecho es que le notifiqué a mi jefe y lo puse en contacto con esos albergues. Mi jefe me dio las gracias y me dio una bonificación. Él y sus amigos chinos extraños fueron a los albergues. Se fueron llevando a los animales de uno en uno para no levantar sospechas. ¿Para qué tener perros y gatos pasando hambre? Es mejor que ellos ayuden a saciar el hambre de los demás. Son más baratos que las reses.

Pero ése no fue el trabajo más extraño que he tenido. Aunque pueda ser un poco difícil de creer. El trabajo más extraño que he tenido lo tuve en la alcaldía de Caracas. No voy a decir quién tuvo la idea. Lo hago por protección. Pero el hecho es que Caracas estaba muy mal. Aunque no estaba peor que ahora. Habían prometido sanear el Guaire y nunca lo hicieron. Habían prometido construir parques y estadios y nunca los construyeron. En 2017 tuvo lugar una cumbre de jefes de estado aduladores del gobierno. Se supo que un jefe de estado se había quejado (en privado, por supuesto) del estado en el que se hallaba Caracas. Era el jefe de estado de una isla caribeña (creo que Dominica). Se había sorprendido de la cantidad de indigentes y de vagabundos que había en Caracas. Él los había visto desde su camioneta protegida y escoltada cuando iba a Caracas desde Maiquetía. La representante de Caracas no se tomó nada bien esta queja/sugerencia. No se la tomó bien aunque no se la dijeran en público. Se disculpó con el jefe de estado de la isla caribeña y dijo (en privado, por supuesto) que había que “limpiar a Caracas de los seres potencialmente peligrosos”. Seres potencialmente peligrosos. Así los llamó. Mandaron a una comisión a hablar con los indigentes y los vagabundos. En esa comisión estaba yo. Había que seducirlos con comida y prometerles más comida. Así los llevábamos a un sótano que quedaba por Parque Central. Era un sótano obscuro y que tenía un olor fortísimo y penetrante. Por la noche salían de allí las vans de la alcaldía que se llevaban los cuerpos. No sé si el representante de Dominica se volverá a quejar cuando regrese a Caracas. A mí me seguirá gustando trabajar. Sea vendiendo naranjas u horneando galletas. Sea vendiendo suspiritos o llevando a los seres potencialmente peligrosos al matadero.