Prohibido ser Gandhi. Capítulo 1.

Mi mamá llevaba varios minutos dándole vueltas, con el tenedor, a un guisante que estaba sobre el plato. El guisante, con un color que no podía decirse que era (o que alguna vez fue) verde, estaba bastante arrugado. Hacía juego con el arroz cocido casi transparente y con una proteína que, aunque los medios oficiales aseguraban que era carne, parecía un trozo de gruesa piel impregnado, aún cuando estaba en estado crudo, de un aroma asqueroso a aceite viejo. Yo prefería comer poco, o irme a la cama sin cenar. Prefería aguantar el hambre. El simple olor de la supuesta carne me provocaba náuseas.

Le supliqué a mi mamá que comiera algo, pero mis palabras sonaron a vacío. Ni siquiera yo creía en ellas. La verdad es que la comida, la única de la que disponíamos, era una basura. Me seguía afectando el ver a mi mamá en aquella actitud de dejadez total. Pero ya me iba acostumbrando. Ella había perdido bastante peso. El vestido beige con adornos, que unos años atrás le quedaba ceñido y que era, por eso, su vestido favorito, ahora le guindaba por todo el cuerpo, como si fuera una especie de baba o de lágrima de tela deshilachada.

Me gustaba acompañar a mi mamá a cenar. Me hacía sentir un poco menos miserable el tener a alguien, aún cuando pareciese hipnotizada, a mi lado. Observar a mi mamá, aunque yo no estuviese sentada en la mesa junto a ella, era una especie de consuelo a esa sensación que me invadía cuando caía la noche. No era una sensación de derrota, o ni siquiera de tristeza o de ansiedad. Era una sensación que parecía dictarme al oído, una y otra vez, que toda la vida en Venezuela no era más que un error, y ni siquiera un error importante, sino una especie de error olvidado. Sentía que Caracas, que de noche era una mole negra dormida, estaba ubicada en una especie de dimensión paralela a la que nadie podía acceder. Supongo que sentirse así era un resultado inevitable tras tantos años de aislamiento. El mundo no podía ocuparse de Venezuela todo el tiempo. Tenía que seguir su camino, y lo siguió.

Mi mamá por fin abrió la boca. Admitió que no tenía hambre. Me pidió permiso para levantarse e irse a acostar a su cuarto. Tuve que ser firme y decirle que no, que no la dejaría levantarse hasta que terminara de comer. Ya nos habíamos habituado a eso, al hecho de que mi mamá me viera como una especie de figura de autoridad. Aún así, seguía pareciéndome un poco extraño. Mamá estaba comiendo menos que nunca. Supongo que a mí me estaba pasando igual, pero no había nadie que me lo estuviese recordando a cada rato. Mamá podía pasarse hasta 48 horas sin comer. Por eso la comida nos rendía y teníamos más que nuestros vecinos. Menos mal que ellos no lo sabían, quizás hubiesen tumbado nuestra puerta para robárnosla.

Le pregunté a mi mamá si quería que yo comiera junto a ella. Un poco como hacen los papás, cuando quieren que un bebé coma, que comen junto a él. Ella me dijo que sí. Yo estaba dispuesta a hacer el sacrificio y llevarme la comida a la boca. Fui hasta la caja, que estaba dentro del closet, a intentar seleccionar lo menos repugnante.

 

T.M.

Instrucciones para decapitar a tu país

Imagina que estás en 1998. Imagina que aún vives en ese país que tenía anaqueles llenos y a donde iba Ricky Martin a cantar cuando estaba en su época de mayor gloria y de mayor esplendor. “Un pasito pa’lante, María”. Repite el mantra de “Dios proveerá”. Dios siempre provee. Dios se ocupará del país. Tú no tienes que hacer nada. Quizás de vez en cuando persignarte. Pero no mucho más. No te preocupes en formarte como un mejor ciudadano ni en aprender cosas nuevas. Dios quiere a Venezuela. Dios hará todo el trabajo.

También puedes citar al siempre célebre Eudomar Santos. “Como vaya viniendo, vamos viendo”. “Es que así somos”, puedes repetir también. No hace falta trazar planes a futuro. ¡Si sólo se vive una vez! ¿Para qué perder el tiempo en planificar las cosas? ¡La vida es una fiesta! Venezuela es un país bendecido. Venezuela tiene petróleo y mujeres bonitas. Venezuela tiene paisajes turísticos y calidez humana. La fiesta nunca podrá terminar. Los malos tiempos quedaron atrás.

No te esmeres en formar hijos tontos. No te esmeres en formar hijos respetuosos de la ley. Nadie quiere ser un huevón. Repítele a tus hijo que debe ir a la caza de las oportunidades siempre que éstas se presenten. No importa que esas oportunidades impliquen algo deshonesto o algo que perjudique a un tercero. No lo reprendas cuando se robe el lápiz o el sacapuntas de un compañerito del preescolar o del colegio. No hace falta devolverlo. Es sólo un lápiz. Es sólo un sacapuntas. Es sólo un niño.

También puedes siempre echarle una mano en sus estudios como tal. Ayúdale a ir por caminos sinuosos para sacar una nota decente. Déjalo que haga trampa en las materias inútiles que no le servirán en el futuro. ¿Qué tiene de malo sacar una chuleta con las fórmulas algebraicas en un examen de bachillerato? ¿De qué sirve el álgebra en la vida? ¡Si el hijo va a ser un empresario como el papá! ¡Qué orgullo! Por fortuna, los empresarios no deben ocuparse de números. Para eso están los contadores y las secretarias.

Mira como a un extraño a ese militar con voz de mala intención que ha ganado tantos espacios en los medios de comunicación. No te preguntes por qué los medios de comunicación le dan tanto espacio a un militar golpista. No lo hacen por ganar rating ni porque están cocinando guisos extraños con él por debajo de la mesa (Aunque él les va a dar la puñalada luego de tomar el poder). ¿Qué tiene de malo darle voz y voz y voz a un militar que es responsable por más de un centenar de muertos en dos golpes de estado?

Recuerda que los corruptos siempre son los políticos. Recuerda que los malos siempre son los políticos. Nunca el corrupto ni el malo eres tú. Los dirigentes de un país jamás reflejan al pueblo. Nunca son sus espejos. Tú no fuiste un corrupto de mierda cuando aceptaste aquel pago en negro para facilitarle aquel contrato a tu amigo menos capacitado pero más avispado. ¿Para qué abrirle la puerta al más capaz cuando puedes abrírsela a tu compadre? Tu hijo tampoco fue un corrupto cuando se copió de su compañero más estudioso que él en aquel examen sobre las leyes de Mendel. No fue un corrupto cuando parasitó a otros y no hizo nada en aquella exposición sobre la vida de Rómulo Betancourt.

Celebra siempre los cuarenta años de “Let it be” que ha habido en Venezuela. Pide orden. Pide justicia. Pide paz. Pide abundancia. Pero nunca te preocupes de ir a buscar esas cosas. Alguien tiene que llevarlas a ti. No tienes que construirlas. Alguien tiene que llevarlas a ti. No tienes que sembrarlas. Alguien tiene que llevarlas a ti. No importa quién sea. No importa si es Salas Römer o si es Chávez. No importa si son los copeyanos o son los adecos. Alguien tendrá que ocuparse.

Nunca cuestiones lo que ves en la televisión. Nunca faltes a tu novela de las nueve ni a las emisiones de Radio Rochela o de Cheverísimo. Crece y deja que tus hijos crezcan con esos dogmas de la pantalla chica del televisor de la sala. Acostúmbralos a que la mujer tiene que ser bella y tener las tetas grandes. Acostúmbralos a que los gays son seres desviados y que siempre se pueden hacer chistes sobre ellos. Acostúmbralos a que sólo cierta gente tiene cosas que decir.

Recuerda cerrarte y hacer que tus hijos se cierren a la gente rara del colegio y del entorno en general. Imagina si tu hijo se hace amigo de aquella bicha rara que escucha rock pesado y lee libros intensos sobre Quiroga y Jardiel Poncela. Esa bicha rara nunca se maquilla y nunca se peina. Seguro es lesbiana. ¡Qué horror! No practiques ni enseñes la tolerancia o el saber escuchar. No practiques ni enseñes el tender la mano a los otros. Que se resuelvan ellos como puedan.

Acostúmbrate a que el gobierno te dé todo. Tú lo mereces todo. Eres pobre y vives en un barrio. Por eso lo mereces todo. No hay que trabajar por conseguir lo que quieres. El militar golpista tiene razón. Otro es el culpable de tu desgracia. Nunca tú. Malditos ricos. Maldita burguesía. ¿Qué es burguesía? No hace falta saberlo. Tú sólo repite la consigna y tiende las manos como en la comunión para que te lluevan los regalos. Ese militar debe ser bueno. Promete cosas. Habla bonito. Se ríe. Cuenta historias sobre su niñez. Se parece a ti. Promete dinero y promete redistribuir la riqueza. Vótale. Él te dará quizás una neverita para que puedas tomar agua fría. Agua como la que toman los ricos y los culpables de que estés como estés. ¿Verdad que es bueno ese militar? ¡Casi no se nota que es un asesino!

Y nunca admitas que te equivocaste. Nunca admitas que te dejaste llevar por la facilidad o por el resentimiento. Nunca admitas que fuiste un títere del odio. Que preferiste usar el fuego para incendiarlo todo y no para calentarte. Que nadie pueda si tú no puedes. Que nadie tenga derecho si tú no tienes derecho. Que nadie disfrute si tú no disfrutas. No aprendas que el barrio es un obstáculo a superar. Siente orgullo de él. No es transitorio. No hay nada de malo en vivir de un techo de zinc para siempre. Algún día todos serán tan miserables como tú. Y te morirás de hambre o de falta e medicinas. Pero sonriendo. Porque ganaste la pelea.

T.M.

 

 

 

 

Un maldito 23 de enero

Un 23 de enero, hace ya hace sesenta años, Venezuela iniciaba una espiral de decadencia que jamás se detendría. Marcos Pérez Jiménez, timonel del más progresista, efectivo y ordenado gobierno que ha conocido la historia republicana, se marchaba del país en aquel avión legendario bautizado como “La vaca sagrada”. Los militares, armados y sofocados por el poco oxígeno que se le daba al nepotismo, a la vagancia y a la corruptela, se alzaron y triunfaron. El pueblo, ya pasado el peligro y enterado del hecho gracias a los medios masivos de comunicación, salió a la calle a celebrar un ensayo de libertad impreciso y paradójico. La historia, esa guionista genial y aleccionadora, comenzaba a redactar un nuevo y negro capítulo.

Los venezolanos, a fin de cuentas más aficionados (en su gran mayoría) a las dádivas y a las migajas que al trabajo y al progreso, se endosaron una “victoria” que jamás les perteneció. Muchos analistas, historiadores y periodistas, cómplices de la mediocridad y amigos del status quo, se llenaron las bocas y las plumas hablando de un supuesto “bravo y valiente pueblo”. Muchos de los más cercanos colaboradores del derrocado gobierno, volviendo las espaldas al pasado y lavándose la cara, salieron a escena para encajar, como fuese, en ese nuevo pastel que se hacía llamar, a sí mismo, democracia. La urbanización “2 de diciembre”, ambicioso proyecto habitacional caraqueño inspirado en uno de las más célebres edificaciones del reconocido arquitecto suizo/francés Le Corbusier y concretado por Pérez Jiménez, se rebautizó, con toda la desfachatez, mala intención y falta de memoria, “23 de enero”.

El bipartidismo, esa incongruente marea blanquiverde, demagoga y populista, comenzaba su errática andadura. Cuarenta años, de promesas, desfalcos y jingles pegadizos, bastaron para parir a la más sangrienta, diabólica y macabra dictadura que, aún hoy, seguimos padeciendo como consecuencia directa de una “alternativa” a Acción Democrática y COPEI. La infraestructura que había quedado pendiente por hacer, en el marco del Nuevo Ideal Nacional, jamás se terminó en su totalidad. Las grandes obras, que permitieron una expansión nunca antes vista, se fueron dejando corroer a pesar de su valía y su utilidad. El pueblo, cada vez menos bravo, menos valiente y más conformista, le fue agarrando el gusto a la crapulencia.

Muchos irresponsables, aún hoy, continúan viendo el 23 de enero como una fecha de celebración cuando, fácilmente, ésta podría ser considerada como la jornada más negra en la historia de un país que, similar al errante pueblo judío de los testimonios antiguos y contemporáneos, está condenado a padecer. Venezuela, ciega de vanidad, no sabe, ni ha sabido, ni sabrá otorgar su justa importancia a las oportunidades que, con poca frecuencia, naturalmente, se presentan. Algunos nostálgicos, incluso sin vivir la década de los cincuenta, sienten cierta aprehensión hacia un recuerdo que, mientras continúa desatándose el infierno de nuestro presente, se va puliendo más y mas. 60 años, más malos que buenos, políticamente hablando, han transcurrido y la lección sigue sin aprenderse. La prepotencia y el facilismo, los dos talones de Aquiles del “soberano”, nos siguen costando lágrimas, decepciones y heridas.

Tomás Marín.

 

 

 

Top 10 cosas que aniquilaron a Venezuela

El próximo domingo, Venezuela se enfrenta a una suerte de “Día D”, a un abismo dentro del cual todo será incertidumbre y negrura. Nadie, ni siquiera los especialistas, ha sido capaz de bosquejar con profundidad los escenarios, probablemente negativos, que podrían acontecer. Muchos hablan del final, de una nueva etapa y del último suspiro de lo casi imperceptible que quedaba de democracia. En La Cantárida, cual si se tratara de un pavoso y gritón predicador evangélico de Chacaíto, nos hemos puesto a señalar y a repartir culpas de cara al caos que se aproxima. He aquí las diez cosas que aniquilaron a Venezuela y la llevaron a esta hecatombe.

El petróleo.

No en vano, Juan Pablo Pérez Alfonzo, uno de los diplomáticos venezolanos más brillantes de todos los tiempos, se refirió al petróleo como el “estiércol del Diablo”. Esta negra y espesa “bendición”, que otorgó, durante décadas, infinidad de riquezas y ganancias, trajo consigo una bonanza muchas veces inmerecida y que, al no estar valorada como una recompensa a esfuerzos grandes y trabajos concretos, fue vista como un bono, como un regalo para despilfarrar que, durante más de medio siglo, malacostumbró al venezolano al convencerlo de que el dinero no se cultiva y se cuida, sino que, simplemente, aparece, literalmente, debajo de las piedras.

La IV República.

“Éramos felices y no lo sabíamos”, es una frase referente a la llamada IV República (el período abarcado entre 1958 y 1998) que, con el pasar de los años, va tomando más y más fuerza a medida que la calidad de vida en el país va desmejorando dramáticamente. Es innegable que, en comparación con los tiempos actuales, la era bipartidista blanca y verde fue un auténtico paraíso con calles relativamente seguras, con anaqueles abastecidos, con inversión extranjera y con libre mercado. Sin embargo, es imprescindible resaltar que muchos de los problemas que ahora nos devoran no son más que evoluciones (muy amplificadas) de males que vieron la luz durante este período: demagogia, populismo, dádivas, promesas, corrupción, poca alternancia. Cabe recordar que ese cáncer llamado chavismo no descendió en paracaídas.

La “viveza”.

Muchas veces celebrada en conversaciones casuales, en situaciones cotidianas y hasta en la publicidad, la “viveza” criolla es, quizás, la más indeleble y grave enfermedad que hemos padecido. Comerse la luz de un semáforo, saltarse el puesto en una fila, estafar pequeñas o grandes cantidades de dinero, sacar provecho personal de la ingenuidad o de la confianza de nuestros semejantes; ése es el comportamiento deleznable, patético y asqueroso que ha hecho que todos tengamos que vivir en un estado de alerta permanente para evitar ser víctimas de los “avispados”, esos dictadores en miniatura que nunca se ven  al espejo y siempre achacan al otro el declive del país.

Chiabe.

El detonante total, el catalizador absoluto de los demonios que veníamos cultivando, el encantador de serpientes que nos heredó el legado que hoy nos asesina en todas las formas posibles. El que nos hizo reír con sus ocurrencias y llorar con sus acciones. El comandante, el galáctico, el líder, el monstruo. Hugo Chávez podría ser, perfectamente, el personaje más influyente del Siglo XXI, de ésos que requieren décadas para ser analizados con objetividad; el que rompía los protocolos y contribuyó a desangrar la bonanza económica más grande de la historia, enriqueciendo a unos pocos y sumiendo a su país en la miseria. Las huellas de su influencia hoy son más destructivas que nunca y es seguro que tardarán mucho, mucho, pero que mucho tiempo en sanar.

La prepotencia.

“Venezuela es el mejor país del mundo”, “Venezuela es la tierra de las mujeres bellas”, “Venezuela tiene el Salto Ángel y las mejores playas”, “Venezuela liberó a media latinoamérica”. Todas estas frases, que muchas veces son actitudes y dogmas, fungieron como gríngolas y vendas que nos mantuvieron ocupados en ver las cosas bonitas y nunca las heridas profundas que suplicaban, a gritos, ser atendidas. Esta autocomplaciente morfina de halagos fue, cada vez más, convirtiéndose en una falacia infundada que ahora parece estallarnos en la cara para recriminarnos lo equivocados que estábamos y advertirnos, aunque muchos aún no lo vean, que, si queremos ser un buen país, hay que empezar a trabajar, y mucho.

La oposición.

A veces resulta muy curioso y tentador el fantasear con cómo serían las cosas si la oposición hubiese sido más hábil y menos torpe, más firme y menos complaciente, más sensata y menos demagógica y populista. No es un secreto para nadie que la dirigencia adversa al oficialismo muchas veces facilitó el camino para que éste tomase más y más poder, más y más riquezas. Por citar sólo un ejemplo: cuando la oposición decidió retirarse de las elecciones parlamentarias de 2005, fue cuando le dio alfombra roja al chavismo para que tomase toda la asamblea y secuestrara, con la mayor facilidad del mundo, la totalidad de los poderes públicos.

La emigración.

Al llegar a este punto, queremos dejar muy claro que no se trata de un ataque o un descrédito a los millones de venezolanos que, empujados por las circunstancias (o, sencillamente, porque así lo desearon), decidieron abandonar su tierra natal y probar suerte en otras latitudes; todo el mundo es libre de tránsito y debe tener el derecho de considerar hacer su vida en donde lo considere apropiado. Sin embargo, el flujo tan drástico y precipitado de potencial que se marchó a través de aeropuerto de Maiquetía (o, incluso, por vía terrestre o marítima), dejó a Venezuela, innegablemente, muy debilitada. Cierto es que aún hay gente brillante y preparada que vive en el país, pero el número de universitarios y trabajadores calificados que han huido es realmente alarmante (aunque, reiteramos, comprensible).

Algunos estudiantes.

Los colegios y las universidades son pequeños universos en donde nos preparamos, con ensayos más o menos supervisados, para ser ciudadanos y trabajadores que aprendan a lidiar, muchas veces, con las responsabilidades y las problemáticas inherentes a la vida misma. Es muy probable (por no decir seguro) que quien haga trampa en sus estudios hará trampa en su trabajo y en su día a día. Hay dos vertientes muy grandes que son las manchas evidentes de mucho del estudiantado venezolano. La primera es el desinterés en la materia de los estudios propiamente dichos; puede que esto sea algo comprensible en el colegio, cuando somos inmaduros, pero, en la etapa universitaria, es poco menos que imperdonable. Estudiantes que no tienen inquietudes de acercamiento hacia la historia, la filosofía, la política, la antropología u otras fuentes que nos ayudan a comprender las razones subyacentes de nuestra compleja situación. Por otro lado, la epidemia de “chuletas” y trucos deshonestos en los exámenes y asignaciones es un caso muy subestimado, aunque es un germen más de la corruptela generalizada que nos envuelve.

La displicencia del resto del mundo.

La OEA, el Vaticano, la ONU, la CIDH, los países más desarrollados; muchos de estas instituciones y naciones han mirado con preocupación (posiblemente genuina, claro está) la dantesca situación que sigue desarrollándose en Venezuela. Sin embargo, su intervención no pasa de ser una sugerencia inofensiva, una negociación injusta, una palabra de cortesía o un gesto que no servirá de nada. Pocos son los que realmente han tomado medidas que puedan ejercer daño a quien nos ahorca sin compasión y con mucha violencia. Cierto es que tomar decisiones radicales no es una tarea fácil en el intricado mundo de la diplomacia, pero estamos seguro de que algo más podría hacerse, sin duda.

Los analistas.

2002, 2003, 2004, 2005, 2006, 2007, 2008, 2009, 2010, 2011, 2012, 2013, 2014, 2015, 2016, 2017; todos han tenido un punto en común: siempre los analistas, al referirse a ese año en particular desde sus columnas de opinión, sus videos y sus blogs, aseveraron que “ése era el año”, que “es imposible que el gobierno se sostenga más”. Los analistas políticos se ganan la vida tratando, muchas veces, de predecir un futuro que pocas veces ha sido acertado. Ellos fueron los primeros que han subestimado una y otra vez al oficialismo, que aseguraron que, al morir Chávez, el chavismo no de podría sostener por más de tres meses, que se desmoronaría. Aún hoy, abundan mucho, creyéndose con una visión superior basada en ejemplos que muchas veces son interesantes, pero pocas veces son verosímiles.

 

El destino de Venezuela, en este momento, es más incierto que nunca. Quizás podamos, al analizar la historia local y mundial, que suele mostrar patrones similares constantemente, atisbar un poco de lo que se puede avecinar, sin embargo, el chavismo, al igual que Venezuela, es totalmente impredecible y lleno de “sorpresas”. Que el temor y el pánico no nos invadan por completo, pero tampoco el optimismo y la esperanza sin fundamentos reales.

¿Estás de acuerdo con nuestra lista?  ¿Consideras que hay otro mal que contribuyó a la caída en picada que sufre Venezuela en este momento? Déjanos tu respuesta en los comentarios.

Facebook.com/LaCantarida

Créditos fotográficos: Notitotal, El Universal, La razón, Diario República, Notiminuto, runrunes, Globovisión, Reuters (Carlos García Rawlins).

 

 

Venetiola delenda est

Hay una barricada obstruyendo la entrada a Terrazas del Ávila. El fuego, contenido dentro de unos barriles de aluminio, exhibe su naranja saturado mientras danza desafiante bajo las casi imperceptibles gotas de lluvia. Un negruzco charco de aceite, anárquico e indetenible, va extendiéndose a lo largo y ancho del asfalto. Los vidrios rotos, de distintas tonalidades y grosores, están esparcidos en una fila que, con el pasar de la tarde, ha perdido un poco su forma. Una larga hilera de vehículos, piloteados por conductores molestos y desesperados, profiere cornetazos que se pierden entre el resto de la bulla.

Una señora de unos cincuenta años, sin preocuparse siquiera por sacar las llaves, se baja de un Yaris azul y camina rápido hasta donde se encuentran los “manifestantes”.  Su cuerpo, tembloroso y expresivo, está al borde del colapso. El sudor, que le empapa toda la cara, se mezcla con los restos de su maquillaje. Sus ojos, suplicantes y almendrados, tienen la esclerótica rosada y van a llorar de impotencia. Sus elegantes y recién estrenados zapatos de tacón contrastan con toda la escena.

-Por favor, tienen que dejarme pasar. Mi papá está en el carro y lo estoy llevando a que se haga la diálisis.

-Lo siento, señora. Si la dejamos pasar a usted, todos querrán pasar.

-¿Pero no ves que es importante? Mi papá se puede morir.

-El país es el que se está muriendo.

-Por favor, te lo suplico.

-No. Lo siento muchísimo por tu papá.

-Pero…

-Déjenos protestar tranquilos. Al menos nosotros estamos haciendo algo.

-¿Quieres dinero?

-¿Cuánto llevas ahí?

Veinticinco mil bolívares cuesta el “salvoconducto” que permite a la señora atravesar, con su Yaris azul y con su padre anciano y enfermo, un pequeño boquete que dos encapuchados abren para ella. Varias lágrimas de ira van cayendo por sus mejillas, tersas a pesar de la edad. Sus puños, contraídos y venosos, golpean el volante repetidas veces, como en una violenta catarsis ante la situación que acaba de vivir y el dinero que tan fácilmente perdió. La barricada, que va convocando a más y más personas, vuelve a cerrar sus fauces. Un joven, luego de contar los billetes, los deposita en una caja de zapatos junto al resto de la plata “recolectada”.

La dictadura ha sacado lo peor de los venezolanos, quienes aprovechan la desventurada situación para pisotearse y gozar de beneficios a costa del sufrimiento ajeno. Evidentemente, hay excepciones a la regla; pero lo que se ve, en su mayoría, es una histeria colectiva que la mano asesina del gobierno usa como escudo para defender sus atrocidades. Muchos venezolanos, en el país y en el exterior, no son más que pequeños tiranos, Maduros en miniatura que no escatimarán medios para conservar u obtener privilegios, lujos y comodidades; que no dudarán en imponer sus costumbres y su propia visión de cómo, supuestamente, Venezuela es lo máximo.

A veces siento que Venezuela no merece perdón alguno. Todos ansiamos ver caer al estado totalitario que ha desmembrado y arrasado con todo, pero las heridas sociales tardarán siglos en sanar. Habría que suprimir todo y comenzar de nuevo. Durante los últimos años de las guerras púnicas, hubo un dotado orador romano, llamado Catón, quien siempre finalizaba sus discursos con la frase “Carthago delenda est” (Cartago debe ser destruida). La Venezuela próspera (si es que puede haberla de nuevo) deberá partir de ese principio, de renovar completamente el cáncer compuesto por el egoísmo, la ingenuidad y la flojera. Sólo así estaremos blindados contra los Chávez y Maduros del futuro. Venetiola delenda est.

 

Johanna Eco.

(Las opiniones de la autora no necesariamente reflejan el punto de vista de La Cantárida.) (O quizás sí.) (Sapos todos.)

 

 

¡Epa, se volvió loco!

Ignacio, luego de peinarse hacia atrás el mechón que se balanceaba sobre su frente, enlaza un nuevo nudo en su pulsera roja y negra del Milan, los hilos están ya casi desteñidos. Luis Benjamín, casi gimiendo a causa del cansancio, se arremanga la chemise azul en cuyo brazo hay un delfín bordado, es la rúbrica de la textilera en la que trabaja su madre y que le brinda el 50% de su vestimenta. Yo, secándome de la cara el sudor que empapa mi gorra/boina de los Leones (equipo que, a fin de cuentas, no me gusta), arrojo, con la mayor cantidad de fuerza que me es posible, la agrietada pelota de goma con el siniestro objetivo de “quemar” a Juan Pablo, he fallado por sólo unos centímetros. El recreo, reposo en medio de las tediosas charlas de octavo grado, aún dispone de algunos minutos de vida, mas todo tiene su final, y lo sabemos. El sol, fresco pero cálido, abrillanta el asfalto del escondido patio en el que nos hallamos; en teoría, no podemos jugar allí, pero nos sentimos la banda de Al Capone.

María, encargada de atender la casi clandestina cantina que está al lado, saca, desde una cava de anime, un paquete de chistorras, empacadas al vacío, que su esposo ha traído directamente desde Madrid; tienen una pinta increíble, parecen brillar. La plancha, recién lijada, comienza a exhalar esa especie de vaho que desprenden los elementos a exceso de temperatura; todos estamos asomados sobre el mostrador, es un espectáculo hechizante. La manteca, al hacer contacto con la ibérica mezcolanza de carnes de cerdo, da su nota característica: tsssssssst, ese sonido inconfundible de la fritura que, a los catorce años de edad, en pleno bachillerato, no es una amenaza para el físico ni para la salud. Los panes canilla, que desprenden migas desde su corteza al ser abiertos de tajo con un cuchillo afilado, son adobados con salsas que preceden al relleno principal; una composición dadaísta de blancos, rojos y naranjas sobre un lienzo beige de harina de trigo. Las latas de malta, que anuncian un sorteo en el que, supuestamente, hay miles de premios, escapan, en fila india, desde la nevera promocional; están heladas, cubiertas de gotas frías que asemejan al rocío de Eos.

Luego de digerir, en siguiente recreo, nos dividimos en dos equipos y ponemos a rodar el viejo balón Adidas que Luis Benjamín ha traído desde su casa. Yo, sin pensarlo, me coloco de portero; durante el último año, en los juegos que he disputado en el colegio y en el Club Miranda, he descubierto que no soy tan malo. Ignacio, hábil con las piernas, regatea a Luis Alejandro mientras éste, con movimientos bruscos, intenta contraatacar; Ignacio imita, con exagerado y gracioso acento, a los narradores argentinos de la televisión por Cable.

-Ahí va Ignacio Ayala, la estrella del Milan, miren cómo se la lleva.

-Marico, te la voy a quitar.

-¡Epa! Luis Alejandro no sabe qué hacer, el público delira.

-Bro, de qué te sirve presumir tanto, si no puedes avanzar.

-Los camarógrafos aman a Ayala, Dios mío, no puede ser esta habilidad. ¡Qué Ronaldinho ni qué Ronaldinho!

Luis Alejandro, frustrado aplica la de muchos profesionales, empuja a Ignacio, éste cae al suelo, no se hace daño.

-¡Epa, se volvió loco! ¡Una falta digna de roja, señores, una falta digna de roja!

A nuestro mundo, de FIFA, de salidas al cine con las muchachas del Andes, de deportes improvisados, de rock y de almuerzos compartidos los viernes en nuestras casas, no le dista mucho para ser perfecto. La Venezuela de 2004, con todo y sus traspiés, aún es un país habitable; todavía es una atmósfera para que un grupo de amigos adolescentes pueda ser legítimamente feliz. Hoy en día, trece años después, cuando el comunismo ha terminado de arrasar con todo, sólo quedan las ruinas y un grupo de adultos dispersados, esperanzados, tristes, hacedores de proyectos, que se ven, de vez en cuando, sólo para lamentar el presente y sonreír al pasado. El tiempo nunca está a gusto con lo que tiene, siempre quiere más. Con las dictaduras sucede igual, con la única diferencia de que, al final, el mismo tiempo, al igual que el timbre de nuestro recreo, les anuncia que llega el final y las convierte en sangre y polvo.

 

Tomás Marín.

 

 

 

Diosdado se va a morir

Los eslabones oxidados del columpio chirrían, como adoloridos, al vaivén de tu balanceo. Un letrerito verde, con las letras casi deshechas por la humedad y por los años, advierte, en tono de regaño inofensivo, que la instalación recreativa (de la que queda este mamotreto ruinoso y lamentable) es para niños de hasta diez años; tú ya tienes 23. Un tornillo opaco gira sobre su eje y amenaza con rendirse, con suicidarse y hacerte caer. La colilla de mi cigarro se apaga instantáneamente al hundirse en la grama empapada por la lluvia de anoche. El sol va, poco a poco, clareando el cielo fresco de Caurimare. Te ofrezco el fondito sobreviviente del Santa Teresa que, a pico, nos hemos bebido a lo largo de la madrugada; lo rechazas, me lo trago de un sorbo, guapeando. Un Yaris, repleto de trasnochados, baja por la curva, sus tripulantes cantan y gritan, cervezas en mano, una canción de Caramelos de Cianuro que brota de las cornetas; Asier aún pide disculpas a Verónica y reconoce que ella tiene derecho a mucho más que sexo.

Una doña, con el cabello canoso repleto de cilindros de plástico, pasea a un Schnauzer prepotente y de ladridos insoportables. Un olorcito a café recién colado se escapa a través de unas persianas y arriba a mi nariz. Te quedas quieta, tus dedos aprietan las viejas cadenas; pareces una niña de primaria que, a falta de amigas, ve pasar, en soledad, los minutos del recreo. El parabrisas de mi carro suda, está empañado; como en apariciones, apreciables desde cierta perspectiva, se distinguen los viejos dibujos de penes que, hace meses, hicieron en él, con sus dedos, los inmaduros de mis mejores amigos. Con mi palma abierta trato de quitar el agua. Debo correr a mi casa, terminar de hacer las maletas, descansar un poco y dirigirme hacia Maiquetía, hoy es mi vuelo a Madrid.

«Bueno, ahora sí me tengo que ir», digo mientras intento sacar las llaves de mi bolsillo. Siempre he tenido pánico a las despedidas, a decidir en qué momento escribir esos epílogos incómodos que cierran, abruptamente, tantas y tantas páginas de vivencias, de besos, de peleas, de reconciliaciones, de borracheras compartidas y de recuerdos bonitos. Me abrazas, lloras y comienzas a temblar. «¿Por qué esto, Tomás?, ¿por qué esto?, ¿por qué he tenido que despedir a tres amigos en dos semanas?, ¿cuándo seremos normales otra vez, como cuando éramos chamos, marico?, ¿cuándo se van a ir estos malditos?, ¿cuándo se va a morir Diosdado Cabello?, ¿cuándo llegará la justicia en esta puta mierda?». Me despego de tus tenazas tristes. Como en el clímax de una película cursi y mala, estrello mi frente contra la tuya. «Todo esto va a pasar, te lo juro. Si algo he aprendido de leer libros y libros sobre Heráclito es a saber que esto va a pasar. Diosdado se va a morir y, cuando se muera, vendremos a tomar ron a este mismo parque, te lo juro». «Cuídate mucho en Madrid, no hagas locuras».

Tu figura, de pie en medio de la calle, se vuelve más y más pequeñita dentro del retrovisor. Desapareces, aunque la vida sigue ahí, ofreciendo caminos nuevos a los que tenemos, aún, la fortuna de respirar. ¿Cómo no amar a Caracas, si me ha acercado a gente como tú?, ¿cómo no odiar a Caracas, si me ha alejado a gente como tú?. Me conoces bien, sabes que soy pesimista y que mis esperanzas perecieron hace tiempo. Pero te dejo el consuelo de que la misma muerte, que ama tanto a esta ciudad, es implacable con todos; y cada segundo que pasa es un paso más que Diosdado da hacia la tumba.

 

T.M.