No oyes morir las misses

“¿Sabes de alguien que tenga ese remedio?, le pregunté a Michelle. “No sé”, me respondió Michelle. Michelle tenía el pecho negro. Le había brotado una mezcla asquerosa de sangre y plástico. Estaba en topless acostada sobre el asiento de atrás de mi carro. No sé si fue un mal movimiento o si hizo alguna estupidez. Yo no sabía que las infecciones podían ser tan rápidas y tan agresivas. No habían pasado ni dos horas desde que sus gritos me alarmaron. “En algún lugar tendrá que haber un hospital con esa vaina”, le dije. Michelle sólo se cubría el pecho.

“No te preocupes. En Caracas hay mil hospitales. Alguno tendrá que tener eso. No creo que a la gente le revienten los implantes todos los días”, le dije a Michelle en un tono neutro. No quería hacerla reír. Sólo quería darle alguna esperanza. En el fondo, me preocupaba un poco que aquella mezcla de sangre y plástico, que brotaba desde su pecho infectado, cayese sobre mi asiento. Mi asiento era de tela. Michelle estaba manchada. Daba asco. Ya habíamos recorrido varios hospitales y farmacias. Todo estaba lleno de gente pero vacío de medicinas.

Me había costado mucho meter a Michelle en el carro. Creo que el dolor se le había corrido por todo el cuerpo, o algo así. Me preocupaba el cómo podía meterla al hospital en el que llegásemos. Supongo que, de haber enfermeros, éstos me ayudarían a cargarla. Pero en ningún hospital había enfermeros. Ya casi no quedaba nadie en Caracas. Tuve que cargar a Michelle yo sola hasta el carro. “Marica. Por favor ayuda tú también. Te reventó el pecho, no las piernas.”, le decía. Ella aún estaba en shock. Por suerte, Michelle era una modelo esbelta. Aunque eso no quiere decir que no sudara yo al cargarla y arrastrarla hasta el carro.

A veces, la mano fría de Michelle me tocaba el cuello. Yo me quería morir. Sentía parte del líquido de su pecho quedarse en mi cuello. No quería regañarla tampoco. Pero su mano asquerosa y helada me sacaba de la concentración de manejar. Siempre he odiado el contacto físico. Cada vez que Michelle me tocaba, sentía como un corrientazo. Al menos me aliviaba saber que aún estaba viva. No quería tener un cadáver en mi carro. Menos cuando se tratara de un cadáver con los implantes reventados. ¿Cómo podría explicarlo?

“¿Te duele, Michelle?”, preguntaba yo. Era una pregunta estúpida. Obviamente le tenía que doler. Sin embargo, ella me decía que no. Guapeaba como podía. “¿Te duele mucho?”, volvía a preguntar yo mientras afinaba la vista en busca de más farmacias y hospitales. Cada vez que me bajaba a preguntar para que el dependiente me dijera que no podían hacer nada por ella en ese lugar, Michelle se quedaba sola en el carro. Siempre cuando yo volvía a entrar, le volvía a preguntar lo mismo. Ella me respondía que no mucho, pero su voz sonaba algo entrecortada.

“Marica, ya déjalo”, me decía Michelle a veces. No sabía si lo decía en serio o lo decía porque sabía que no iba a dejarla morir tan fácilmente. “No vale la pena”, me decía también. No creo que una chama cotufa y vacía como Michelle tuviese un martirio voluntario. Las personas así, como ella, siempre quieren vivir más sólo para poder seguir con su vida de candilejas, de selfies y de frivolidades estúpidas. Suponía que lo hacía para hacerse la víctima. A veces me provocaba echarla del carro y caerle a patadas. Pero no podía dejarla morir.

No tenía ni idea ya de por dónde estaba manejando. No quería darle a Michelle esa sensación de que estábamos perdidas. “Todo va a salir bien”, le decía a veces. Cuando ella no contestaba, yo me quedaba helada. Volvía a hablarle hasta que ella me respondiera. Así, al menos, sabía que continuaba con vida. Creo que ya habíamos salido de Caracas como tal. Yo estaba manejando a punto ciego. El GPS estaba torpe. En todos los hospitales en donde habíamos preguntado, o estaban llenos o estaban sin recursos. Los silencios de Michelle cada vez eran más largos. Mis temores eran cada vez más largos, paralelos a sus silencios.

“Te voy a salvar como sea, de pana”, le repetía una y otra vez. No sabía qué más decir. Nunca he creído en ese tipo de consuelos, pero lo hacía más para que Michelle me respondiera. A veces, yo llegaba a perder toda esperanza. El desabastecimiento en Venezuela era enorme y la gente se moría por cosas mucho más sencillas que lo que le había pasado a Michelle. Pero había algo en mí que me prohibía darme por vencida. De todas formas, creo que era algo obligatorio. No tenía otra opción que seguir buscando y seguir preguntando.

Michelle se iba poniendo mala. Ya no tenía ni fuerzas para llevar su mano hasta mi cuello. Cada vez tardaba más en contestarme. Como su cabeza estaba justo en mi espalda, no podía voltearme a verla. Tampoco podía verla por el retrovisor. Sólo podía verla cuando regresaba, fracasada, de mi misión de encontrar un lugar en donde pudiesen atenderla. Michelle sudaba en exceso. El aire acondicionado le hacía mal. El aire acondicionado caliente le hacía mal. Michelle estaba empapada de sudor. Yo sudaba también. Comenzaba a ponerme nerviosa.

“Yo no hago esta mierda por ti”, comencé a regañarla. Comencé a llorar mientras hablaba. “Yo hago esto por tu mamá. Tu mamá siempre fue muy de pinga conmigo. No es su culpa haber tenido a una hija imbécil”, me descargaba. Michelle casi no reaccionaba. Era esquiva a mis regaños y a mis insultos. De vez en cuando se quejaba de dolor. Yo sabía que mis palabras no podían hacerle bien, pero me molestaba demasiado estar pasando por eso por culpa de ella.

“Cuando salgas de esto, no te quiero volver a ver. Eres una puta imbécil. Eres una pobre puta imbécil”. Michelle sólo respondía un “ay” de vez en cuando. Yo seguía llorando de la rabia mientras hablaba. Yo no quería sentir compasión por Michelle. Al cabo, era su culpa que le hubiese reventado su implante. ¿Quién coño le había mandado a hacérselos? ¿Cuál es la manía con querer tener las tetas más grandes? Quien piense así no es más que una pobre y puta imbécil, como lo era Michelle.

“Tengo sed”, me dijo Michelle. “Tengo mucha sed”, reafirmó. Yo miré con rabia la botellita que tenía en mi carro. Estaba vacía. Era imposible buscar agua en botellita para Michelle. Ya en Caracas no se vendía el agua así. Ya el plástico se había dejado de producir. No se me ocurría ningún lugar en donde pudiese haber agua, sino limpia, al menos decente. “Qué bolas tienes tú, Michelle”, le dije con rabia, con la voz casi gutural por la rabia. “Qué bolas que, cuando éramos carajitas, yo te admiraba. Tú eras burda de inteligente. Me acuerdo que soñabas con ser la primera astronauta venezolana. Me acuerdo que eras la más hueva en matemáticas y en todo. Pero te lavaron el cerebro tus amiguitas imbéciles. Te lavaron el cerebro con ese peo de que eras linda y que debías ser modelo. Maldita imbécil. Maldita puta imbécil”, rematé.

Michelle había terminado en eso del Miss Venezuela. Ese mundo es una mierda. La hizo cambiar a ella. Se convirtió en una cotufa y en una chama que se excitaba literalmente cuando un boliburgués le regalaba un bolso de marca o la invitaba a tirar a su mansión de Madrid. Un bolichico, sobrino de Diosdado, se había prendado de ella y fue el que le pagó el implante que ahora le había reventado. La convirtió como en su dama de compañía personal. Pero qué más puede esperarse de un concurso como el Miss Venezuela. Y los venezolanos orgullosos de esa mierda.

Yo hice lo que pude. Michelle estaba fría, tiesa y con los ojos abiertos. El líquido del pecho se le había secado, al igual que el sudor. Parecía gangrena. Me daba náuseas. Yo abrí la puerta y, a pesar del asco, me quedé viéndola un rato. Ahí estaba la futura astronauta venezolana. Ahora era una cotufa menos. El boliburgués que le pagó la operación quién sabe dónde estaba. Quizás nunca se enteró. Daba igual. Se conseguiría a otra cotufa imbécil. A otra Miss Venezuela perdedora a quien operar y convertir en su puta personal. A quien seducir en una noche tan linda como aquélla.

 

T.M.

 

 

Anuncios

Y la próxima Miss Venezuela es…

Itmar se levanta temprano gracias al jamaqueo de su mamá. Se envuelve un rato con las sábanas antes de desperezarse. Camina descalza sobre las baldosas sucias; algunas ya tambalean. Se dirige a la cocina. Abre la nevera, cuya puerta, cada vez que se mueve sin cuidado, desprende copos de óxido. Tantea con los ojos; la inmortal jarra plástica amarilla llena de agua, dos cambures, un plato guardado de arroz con Diablitos y una botella de Coca-Cola, ya sin gas, llena hasta la mitad. Toma uno de los pedazos de fruta. Desprende la cáscara. Come de pie, rápidamente. Vuelve a su cuarto.

Tapa el agujero de la ventana con la toalla de Minnie Mouse que le sirve de cortina; nunca se sabe cuando hay alguien mirando por allí. Se desnuda. Se contempla en el espejo; de frente, de lado, de espaldas. Se nalguea un par de veces. Confirma que su carne joven y esbelta está firme y estable. Se viste con la ropa más especial que tiene. Revisa su cartera, imitación barata de Gucci. Chequea que sus documentos estén en orden. Relee la planilla de inscripción, que descansa dentro de una vieja carpeta manila. Se disgusta al ver su foto de carnet, donde sale más morena de lo que es y con el pelo sin alisar; pero es la única que había. Se despide de su mamá, quien la abraza, le desea suerte y dice que confía en ella.

Baja los setenta y siete escalones que atraviesan la zona inferior del barrio. Saluda a Yofren, ese muchacho, otrora amable, de quien los vecinos sospechan que anda con juntas raras. Cruza la calle, lejos del rayado. Espera la destartalada camionetica que la dejará directo en la Avenida La Salle. Se monta. Paga setecientos bolívares al chofer, por motivo de pasaje. Observa, con cierta molestia, que todos los asientos están repletos y que le tocará hacer el viaje de pie. Evita prestarle atención a quienes la “bucean”; está acostumbrada a eso, aunque nunca le ha gustado, le incomoda. Teme transpirar con el calor y empapar de sudor su franela. Llega a su destino.

Sube la cuesta, empinada e interminable. Se abanica con la carpeta, cuidando de no doblarla o arrugarla. Se forma en la fila, junto al resto de las aspirantes; casi todas vinieron acompañadas por alguien. Entra, luego de un par de horas, en la Quinta Miss Venezuela. Admira el mármol pulido y la alfombra impecable, homenaje a la frivolidad de la belleza y a la belleza de la frivolidad. Sigue las instrucciones del afenimado asistente; ser obediente y sumisa lo es todo. Se enfrenta a un ocupado y altanero Osmel Sousa, quien le hace un par de preguntas, elabora juicios y la ve con lástima desde detrás de un escritorio. Se siente un poco estúpida, pero a ella siempre le han dicho que aquel certamen puede ser una oportunidad para salir de abajo, para ser operada de las imperfecciones y, aunque no se gane, aprovechar esas herramientas para buscar la suerte en obscuros y nuevos lares. Cruza la puerta de salida; es hora de almorzar. Sabe que no tiene dinero ni en los bolsillos ni en la tarjeta; la vida sería tan fácil con una banda y una corona.

 

Tomás Marín.

Fotografía: Álvaro Ybarra Zavala.

 

En Venezuela no se celebra Halloween, Venezuela es el Halloween

¿Cómo celebrar la noche más terrorífica del año en un país en el que todo da miedo? Crecimos en una ciudad en la que, al escuchar cualquier ruido, rogamos que sea un fantasma, un espanto o un ser etéreo que se lleve nuestra alma con él, pero que no nos toque la cartera, el teléfono ni las pertenencias. ¿Cómo decorar calabazas en un lugar en donde lo que causa escalofríos es el precio de la auyama? ¿Cómo va a creer alguien en una casa del horror que no sea una alcabala de la PNB o de la GNB?

Venezuela ha criado sus propios espantos. Las intenciones de Ramos Allup, que ahora comienzan a salir a la luz, estremecen más que tres brujas tontas mezclando pócimas. ¿Cómo nos pretenden atemorizar hablándonos de negros calderos, cuando tuvimos a Caldera, quien inhabilitó a Pérez Jiménez e indultó a ese militar que desencadenó la perpetua noche de difuntos que ha durado hasta hoy? ¿Cómo pedir dulces casa por casa cuando no hay azúcar (ni casas)? ¿Cómo nos van a hablar de “Truco o trato”, cuando el único truco que conocemos es el que hizo el chavismo al desaparecer miles de millones de dólares, y el trato que hoy nos termina de hundir fue pactado entre el PSUV y la Mesa de la Unidad.

Prefiero un “Boo” a un “Oríllese a la derecha, ciudadano”.

 

T.M.

Ilustración: Tomás Antonio Marín

 

Después del socialismo

La señora Marina se alarmó al escuchar el estruendoso ruido que, como un golpe seco de aparato mecánico colapsado, se oyó en la cocina. Corrió desde la sala y asomó, tímidamente, la canosa cabeza por el espacio entreabierto de la puerta antes de entrar. Las paredes estaban manchadas de caldo claro y de trozos delgados de vegetales verdes, blancos y rojos. El granito moteado del suelo semejaba una caótica escena del crimen y el almuerzo estaba totalmente arruinado. La olla de presión ya daba, desde días atrás, advertencias y avisos inequívocos de mal funcionamiento, de irregularidades en el escandaloso vapor que, como un géiser, se expelía desde su válvula defectuosa; mas, como aún cumplía sus funciones, fue desatendida hasta que, en esa tarde, fue destrozada por su propia presión interna.

Bayeta en mano, la señora Marina recogía, con amargura y aún restos del shock, los restos del doméstico desastre. Sus cansados brazos trataban, con fuerza terca de señora cincuentona, de hacer desaparecer todos los indicios de aquel accidente que, aunque se pudo prever y se oyó en todo el edificio, no pasó de ser un susto, una comida desperdiciada y una anécdota que contar a una que otra vecina cuando coincidiese en el pasillo agrietado y obscuro; o en las ventanas al momento de colgar la ropa mal lavada y desteñida por el detergente improvisado y por el paso de aquellos años específicos en los que Venezuela fue un agujero negro que, gracias a políticos rojos amantes de los billetes verdes y con la mente en blanco, se estancó en el universo político y económico; llevándose consigo infinidad de proyectos, deglutiendo centenares de miles de vidas.

Jadeando y corriendo, Raquel regresó de la calle, cerró la puerta desconchada del diminuto apartamento, se desamarró sus dreadlocks y se dirigió a la cocina, en la que Marina aún yacía ocupada.

-¡Mamá!, pero ¿qué pasó aquí?

-¡Ay, hija!, ¡es que reventó la olla!

-¿Pero estás bien?

-Sí, sí. Yo estaba en la sala.

-¿Quieres que te ayude a limpiar?

-No te preocupes, ya estoy terminando. Muchas gracias de todas formas.

Raquel se desvistió su suéter verde, se secó el sudor con una de las mangas, se desató las sandalias, abrió la nevera oxidada, bebió un gran sorbo de agua directo desde la jarra y prosiguió, con la respiración aún acelerada:

-Mamá, a que no sabes qué.

-¿Qué pasó?

-Parece que atraparon a otro dirigente del chavismo. Lo encontraron reptando, disfrazado y escondido; pero, aún así, lo reconocieron. No le dio tiempo a huir del país.

-¡Uy!

-Parece que lo van a matar esta misma tarde. ¿Quieres ir a ver?

-No, no, hija -dijo Marina mientras se persignaba-. Tú sabes que esas cosas no me gustan.

-En la calle hay una algarabía total. Hace dos semanas, parecía que la pesadilla era interminable; pero todo explotó tan de repente. Nadie se lo cree.

– Ya era el momento de que pagaran.

Dejando, momentáneamente, la labor a un lado, Marina, entre ojos aguados y una sonrisa que no se terminaba de construir, abrazó a su hija y le dio un prolongado beso en la frente. Luego dijo:

-Cuídate mucho, la cosa está muy peligrosa ahí afuera.

-No te preocupes, mamá. Ganamos.

El cielo, como si fuese un receptor cúmulo de tensión aligerada, llevaba varios días con tonos de color crema. Caracas era una fiesta dicotómica. Las avenidas estaban pobladas de gente y vacías de automóviles. Los focos civiles, armados o clandestinos apegados al gobierno recién depuesto, eran neutralizados con rapidez por el nuevo orden. No quedaba rastro de GNB, de PNB, de SEBIN. Las fotografías gore de ministros  y fiscales mutilados eran el pan de cada día en panfletos, vallas vandalizadas y conversaciones entre adultos, adolescentes y niños. Era un carnaval macabro, un infierno del Bosco; pero había felicidad, mucha felicidad legítima, genuina y esperada.

Frente al Centro Comercial Ciudad Tamanaco, se construyó la tarima patibularia, la cual estaba escoltada, de día y de noche, por febriles voluntarios que, compartiendo viandas y suplementos, se turnaban las guardias mientras cumplían su tarea de salvaguardar el éxtasis colectivo. Durante las madrugadas se realizaban las ejecuciones menores. Los miembros importantes de la pirámide derrumbada eran sentenciados durante la tarde, a plena luz del sol, para dejar constancia, ante Venezuela y ante el mundo, de que el descontento con el Socialismo Bolivariano no era, bajo ningún concepto, un juego. La intervención oral de los medios de comunicación internacionales y de las organizaciones que pedían amnistía era motivo de burlas, chistes y displicencias.

Raquel estaba de brazos cruzados. Un silencio intermitente reinaba ante la expectativa que crecía con los minutos. La atmósfera era calurosa a pesar de que el cielo estaba nublado, sonaban truenos a lo lejos y amenazaba con llover. Una ola progresiva de gritos se apoderó de la multitud al ver que se acercaba la furgoneta azul en la que viajaba el condenado. Lentamente, la gente iba abriendo paso mientras que los más curiosos intentaban mirar hacia el interior de las ventanillas, sin éxito, pues éstas estaban opacadas. Uno que otro escupitajo retozaba y los verdugos, no con el rostro cubierto, sino inflado de orgullo, hacían los preparativos del cadalso y de la soga.

Por fin salió el ex dirigente con las mejillas negruzcas y amoratadas, signos de evidente tortura. El clamor era ensordecedor, expresiones de odio profundo y de abucheos profanos formaban un collage: “ladrón”, “corrupto”, “narco”, “asesino”, “maldito”, “hijo de perra”. La víctima enflaquecida (y que sólo dos semanas atrás lucía su voluminosa y engreída figura con pretenciosos gestos en su propio programa de televisión) no prestaba atención, sólo suspiraba y suplicaba lástima con mirada de borrego; sólo avanzaba, ayudado pasito a pasito; sólo miraba, de vez en cuando, la cuerda que se balanceaba por el viento iracundo, sabiendo que el cuento de hacerse rico con la hoz y el martillo había terminado, que el epílogo estaba siendo leído, que era el final.

Cuando los pies quedaron suspendidos, una ovación se escuchó, como cuando culmina una canción magistral en un concierto grandioso, por todo el lugar. El cadáver, desmontado, sería expuesto junto a los otros sobre el inmenso cartel que, con letras rojas hechas a grafiti, rezaba: “Feliz reencuentro con su Comandante Eterno”. La caza de brujas estaba en su apogeo, Caracas era una ciudad un poco más tranquila. Raquel sintió hambre y recordó, con un poco de frustración, que la olla de presión de su casa, luego de tanto aguantar, había estallado y que hoy comería en frío. Pero alzó la vista aliviada. Su madre estaría allí, su vida estaría allí, había sobrevivido para contar la larguísima desventura. Ya resolvería por el camino, el día invitaba a ser feliz. Por esa época, hasta los mendrugos más endurecidos sabían a gloria, a excelsa gloria.

T.M.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¡Ay, mandatario!

¡Ay, mandatario!

El del dinero en los bancos.

El líder, el del garbo,

el de los trajes más caros.

El pueblo está harto,

pero tú no le haces caso.

Dicen que el pueblo es sabio,

pero que, a veces, se pone bravo.

¡Ay, mandatario!

No te confíes tanto,

que la paciencia más alargada es la de peor colapso.

Acuérdate de Luis XVI, quien tuvo a Francia en sus manos

y, de repente, un día, se vio subiendo al cadalso.

 

T.M.

La historia fracturada: Venezuela Contemporánea en diez retablos

Capítulo I: Zumaque 1

El 31 de julio de 1914, se inauguró oficialmente la producción petrolera en Venezuela. El pozo Zumaque 1, ubicado en el campo de Mene Grande (al este del Estado Zulia), se convirtió en el primer extractor nacional de lo que el mismo Juan Pablo Pérez Alfonzo, ilustrísimo diplomático venezolano, bautizó como “el estiércol del Diablo”. Al momento de la explosión mineral, fallecía definitivamente un país que, sin tiempo para el luto, le daba paso a otro completamente diferente que se colocaba un llamativo disfraz de progreso absoluto.

Se abrió el portal,

sale el estiércol del diablo que ha de empujarnos al mal.

Mira la tierra, mira cómo sangra noche,

mira la tinta que escribirá epopeyas de populismo y de derroche.

Mira ese imán viscoso que, con obscuro espesor,

va seduciendo a los que buscan un futuro mejor.

Mira esa excitada maraña de líquido y cenizo pelo

que va vomitada en el aire, espolvoreándolo de duelo.

Mira ese aceite de piedra tan curioso que encontraron,

míralos cómo celebran que nos condenaron.


Capítulo II: Adiós a la coa

zumaque 1

Con el llamado “Boom petrolero”, el motor y modelo económico venezolano (tradicional y centenariamente rural) sufrió un golpe del que jamás se recuperaría. El creciente gremio de la extracción mineral otorgaba rápidas y pingües ganancias que, con el pasar de los días, se iban acrecentando abruptamente a raíz de los negocios bilaterales que se iban forjando y que requerían una gran cantidad de mano de obra. La rapidez y la abundancia del dinero fueron responsables de que muchos trabajadores de la tierra empacaran sus cosas y, soñando con lujos, se marcharan a la ciudad.

Adiós a la coa y al azadón,

pronto me respetarán y me tratarán de “don”.

Adiós a la plantación,

mis hijos y mis nietos corretearán por mi mansión.

Me marcho a la ciudad,

por fin ha llegado mi ansiada oportunidad.

A las ánimas ambulantes se las tragará el bullicio,

el cantar de la paraulata no se oirá en los edificios.

En aquella estéril tierra no seré más que un ajeno,

pero con la panza hinchada y con los bolsillos llenos.


Capítulo III: Algunos encienden chimeneas

golpe 92

Durante varias décadas, las ganancias financieras originadas por el petróleo se convirtieron, gracias a las malas gestiones políticas y a la corrupción de los repetitivos gobiernos, en un absoluto oligopolio. El gran grueso de la siempre ingenua población fue arrojado a la sequía de las influencias y menospreciado una y otra vez. Sin embargo, el hartazgo de los marginados se tradujo en sangrientas revueltas y en violentas manifestaciones que, encauzando la ira popular, minarían las bases y estimularían un cambio que, lentamente, se acercaba.

Algunos encienden chimeneas mientras tú mueres de frío,

algunos comen langosta mientras tu plato está vacío.

Pronto llegará el fin de los pudientes avaros,

la ira de nuestro pueblo se transformará en disparos.

La revolución acecha,

a partir de esta fecha se reducirá la brecha.

Ataquemos la neuralgia con fervor y sin piedad,

cada gatillo que apretemos será un paso a la libertad.

El trinar de nuestros fusiles activará las alarmas.

Por fin ha llegado el día, ¡camaradas, a las armas!


Capítulo IV: Mira qué lindas consignas

chavez 1

Todo tiempo obscuro requiere un redentor, Venezuela no fue la excepción. El fin de siglo venía anunciando una tormenta que, aunque se avizoraba, nunca fue asimilada hasta que fue demasiado tarde. Un carismático y hechizante hombre, involucrado en la violencia explicada en el capítulo pasado, se transformó en un muro inquebrantable de promesas esperanzadoras y de injusticias consoladas. Él sería el encargado, gracias al pueblo al que conquistó con sus palabras, de darle el tiro de gracia a tantos años de abusos y de burocracias.

Mira qué lindas consignas, mira qué hermosas proclamas,

mira la solución a tus problemas plasmada en este holograma.

Mira esa masa extasiada que en la lejanía se pierde,

mírala cómo está asqueada del blanco y del verde.

Ven, ¡únete, compañero!

que vamos a destruir todo para empezar desde cero.

Por fin llegó el bienestar para ti y para tus hijos

porque, a partir de ahora, el punto no será fijo.

Alza, vibrante, tu voz; que el contrincante se aturda

porque, ahora, el bastón de mando lo empuña la mano zurda.


Capítulo V: Que viva un tal Cienfuegos

que viva un tal cienfuegos

La gran redención salvadora sacó las garras y se reveló como un profundo resentimiento social. Una carga ideológica de odio disfrazada de paz iba haciendo metástasis gracias a una nueva dirigencia que se transformó en una religión amenazante, ignorante y pretenciosamente totalitaria. El rechazo y la intolerancia en nombre del victimismo hizo aflorar lo peor de cada venezolano, fracturando al país en dos partes irreconciliables.

Que viva un tal Cienfuegos, que viva un tal Martí,

si el comandante conmigo, ¿quién contra mí?

Larga vida a un Atahualpa y a unos tales tupamaros,

has nacido pudiente y eso lo vas a pagar caro.

Que viva un tal Mao, que viva un tal Guaicaipuro,

pronto ajustaremos cuentas, eso te lo juro.

Que viva un tal Víctor Jara, que viva un tal Che,

fuiste a colegio privado y eso no lo toleraré.

En la yesca resentida, violentamente arderás.

Tejeré con tus entrañas una bandera de paz.


Capítulo VI: Avísame cuando llegues

1 Avísame cuando llegues

El caos y la impunidad corrupta desembocó en la anarquía, en las armas, en la violencia extrema y en dolor. La noche se volvió amparo y actividades cotidianas como salir a celebrar con los amigos o caminar bajos las luces de los postes se cotizaron como auténticos lujos. Llegar vivo a casa se convirtió en algo extraordinario que debía ser notificado a la brevedad.

Avísame cuando llegues,

no vaya a ser que, por mala suerte, en el camino te anegues.

No te detengas ante eventos de ninguna naturaleza,

recuerda que, en esta selva, nosotros somos la presa.

Antes de que amanezca, no salgas ni por asomo,

abundan muchos vampiros con los colmillos de plomo.

Enciende todas las alertas, toma cada precaución,

recuerda que, tu cabeza, también tiene cotización.

Ve con cuidado,

recuerda que hay mucha pólvora y pocos hombres honrados.


Capítulo VII: Qué desgracia la de…

qué tristeza la de alejandro

Unos aún podemos contar y oír estas negras historias. Otros no corrieron con tanta suerte.

¡Qué desgracia la de Alejandro!, !qué triste cambio de rol!

Ayer estaba lleno de sueños, hoy está lleno de formol.

Qué alumno tan destacado de la escuela de derecho,

qué lástima que la bala le entrara justo en el pecho.

Ayer se estaba probando su toga y su birrete,

hoy lo van a velar en la capilla número siete.

Pero es su culpa que se lo llevara Caronte,

¿quién lo manda a estar de madrugada manejando por Bello Monte?

¡Qué partida de alma!, ¡qué partida tan prematura!

le cerraron el telón cuando aún iba por la obertura.


Capítulo VIII: Loredana

loredana

Alguien se va, alguien se queda, que viaje el que quiera (o el que pueda)

Te extrañaré, Loredana, pero me debo marchar.

Lo siento mucho, Loredana, no me puedo quedar.

Estoy consciente, Loredana, que romperás a llorar.

Perdóname, Loredana, no te podré consolar.

Sé muy bien, Loredana, que te vas a despechar,

y sé también, Loredana, que alguien se va a aprovechar.

Y allá lejos, Loredana, cuando comience a flaquear,

tu recuerdo, Loredana, me permitirá avanzar.

Se va el avión, Loredana, y no te quiero explicar,

que, si me matan, Loredana, ya no te podré extrañar.


Capítulo IX: Aerolíneas La Diáspora

maiquetía

El melodrama sólo se combate caminando (con el perdón de los paralíticos)

Aerolíneas La Diáspora le da la más cordial bienvenida

a los pasajeros que, en esta nave, van emprendiendo la huida.

Será extenso el vuelo, pues la distancia es larga.

Bajo los asientos hay pañuelos para sus lágrimas amargas.

Cuando despeguemos de la pista

verá que, el país en el que creció, se va perdiendo de vista.

Una vez que lo asimile, comenzará a llorar sin clemencia.

Trataremos de distraerlo con un poco de turbulencia.

Aerolíneas La Diáspora ha llegado a su destino.

Seque el llanto de sus ojos y prosiga su camino.


Capítulo X: A escena

mar

En el que el lector escribe el final de esta grande historia.

A escena, aunque la noche sea fría y cueste conseguir la cena.

A escena, porque sólo tú sabrás si todo valió la pena.

A escena, porque río es río, sea el Guaire o el Sena.

A Escena, que el recuerdo se hace piedra y la piedra se hace arena.

T.M.