Bestiario estudiantil de Caracas IV

Bestiario Estudiantil de Caracas.

Colegio Claret. Alto Hatillo.

Estudiante: Diana María Schlosser Cabañas. III Año. Ciclo básico.

Me sorprende la facilidad con la que algunas personas hablan de sus enfermedades. Me sorprende la facilidad con la que algunas personas no tienen recato ni tabú para hablar de enfermedades que pueden provocar grandes complejos. Yo nunca había hablado de mi enfermedad hasta el día de hoy. Me da un poco de vergüenza. Es una enfermedad que me ha alejado de amigos y que ha causado que muchos se burlen de mí. También me ha causado mucho llanto y miedo a veces.

Mi enfermedad es no entender las metáforas. Mi mente no asimila las metáforas ni las convenciones metafóricas por alguna razón. No sé cuándo comenzó todo. Creo que todo comenzó cuando era muy niña. Aunque siento que se hizo imperdonable cuando crecí. Pero les juro que no es mi culpa. La primera noción que tengo de mi enfermedad es de hace unos diez años. Yo iba caminando de la mano con mi papá por una calle de Chacaíto. Cuando Chacaíto era un poco más segura. Pasamos por un kiosko y vi un titular (en fondo rojo y letras amarillas) del periódico Meridiano. “Se soltaron los leones”, decía el titular. Me sorprendió ver a la gente tan calmada. ¿Cómo podía estar calmado alguien cuando se habían soltado los leones? ¿Y si venían a devorarnos? Yo apreté muy fuerte la mano de mi papá. Le dije que tenía miedo y le expliqué la razón de mi miedo. Él me dijo que eran unos supuestos Leones del Caracas. Un equipo de béisbol que tenía una racha de no sé cuántos partidos sin perder. Se rió mucho. Yo también me reí. Pero después me daría cuenta de que no era algo para reírse.

Era una linda tarde de sábado cuando yo estaba en el carro con mi papá y mi mamá. Iba para el cumpleaños de Carlota. Carlota era una de mis mejores amigas en el Claret cuando yo era pequeña. A Carlota le iban a hacer una piñata y mis papás me estaban llevando. Yo estaba muy contenta porque mis papás también se iban a quedar a la piñata (Aunque, obviamente, en la parte de los adultos). Mi mamá estaba manejando y se había perdido. Era en algún lugar de Sebucán. En una de esas calles medio intricadas del Sebucán laberíntico. Mi mamá llamó a la mamá de Carlota. “¿En qué calle es?”, preguntó mi mamá por teléfono. La mamá de Carlota le respondió. Yo me aterré. La mamá de Carlota le dijo a mi mamá que había que pasar por encima de unos policías acostados. Yo me puse a gritar y a llorar. Yo entendía que los policías suelen ser personas de dudosa reputación en una ciudad como Caracas (Lo entendía a pesar de mi edad). Pero me daba cosa que mi mamá les pasara por encima. ¿Y si les rompía las costillas o les perforaba los pulmones? Yo no quería que mi mamá fuese una asesina. Mis papás volvieron a reír.

Ya yo era un poco más grande. Hace dos años. Ya era adolescente. Un día estaba rumbo a mi colegio. Me llevaba un amigo de mi mamá que tenía una hija que también estudiaba en el Claret. Aunque la hija era dos años menor que yo. Nos topamos con una manifestación. “Qué ladilla”, dijo el amigo de mi mamá. La protesta trancaba la calle en casi toda su totalidad. El amigo de mi mamá bajó el vidrio de su ventana. Preguntó a uno de los manifestantes la razón por la que estaba esa gente protestando. El manifestante le respondió al amigo de mi mamá que eran trabajadores de una empresa de no sé qué del gobierno. Estaban cansados de que los explotaran. Yo me llevé las manos a la boca. ¿Cómo era posible que explotaran a los trabajadores? ¿Qué ganaban con eso? Realmente el asunto era grave. ¿Sería que estaban haciendo ensayos para el terrorismo? ¿Sería que en aquella fábrica había miembros del Estado Islámico? Yo lo pregunté pálida. El amigo de mi mamá y su hija se burlaron de mí. Yo me sentí mal.

Me volvió a pasar hace dos semanas. Mi papá estaba fúrico hablando por teléfono. Mi papá pertenece a una de las pocas empresas a las que el gobierno aún no ha podido tocar para apoderarse de ella. Mi papá trabaja en una empresa de bienes raíces. Mi papá tenía la cara roja. Nunca lo había visto ni oído tan molesto. Estaba preocupado. Me acerqué a él cuando colgó. Le pregunté qué le sucedía. Me dijo que la empresa corría peligro. Me dijo que alguien había traicionado con respecto a una transacción en dólares que la empresa se vio obligada a hacer a espaldas del gobierno para permanecer funcionando. “Resulta que Lorenzo nos acusó con el gobierno. Es tremendo sapo”, me dijo mi papá. Yo me quedé como petrificada. ¿Cómo podía Lorenzo ser un sapo? ¡Si lo he visto venir a comer muchas veces a la casa! Si nunca le he visto ancas ni nunca lo he visto ser verde ni croar. Mi papá pensó que ya era demasiado. Lo pensó incluso mientras seguía alterado.

Ya ven por qué me da un poco de vergüenza hablar abiertamente acerca de mi enfermedad. Mis papás han decidido que es tiempo de buscar ayuda profesional. Me consiguieron una psicóloga que trabaja afuera del país. Ella quizás pueda ayudarme. Es obvio que necesito viajar para verla. Mi mamá me pidió el favor de que llamase a la línea aérea Iberia. Yo llamé. Tuve que esperar porque los operadores estaban ocupados. Te ponen una música fastidiosísima por teléfono para esperar. Y te ponen una voz de mujer que te dice cosas mientras esperas. “Vuele con comodidad en las alas de Iberia”, dice la voz grabada de la mujer. Yo colgué. Me parece una falta de respeto que una línea aérea de tanto prestigio te ofrezca volar en sus alas. No. No quiero. Yo prefiero volar en uno de sus asientos. Sería más cómodo y más seguro.

 

 

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