El espray anti-niñas

No sé si a todos les pasó, porque cada experiencia es distinta. Pero la primera persona que nos gusta, en la vida, generalmente estudia en el mismo colegio (o escuela, o liceo) que nosotros. Esto no suele suceder mientras aún somos niños. Cuando yo era niño, al menos así lo recuerdo, las niñas nos daban hasta un poco de miedo. Incluso recuerdo que muchos de mis compañeros jugaban a una cosa llamada “El espray anti-niñas”. Irónicamente, muchos de los que jugaban al “espray anti-niñas”, años después, ya siendo adolescentes o adultos, eran capaces de dar cualquier cosa con tal de que una chama los acompañase, aunque fuese, a tomar un refresco comprado en el Farmatodo. Pero el hecho es que nos comienza a gustar alguien no en la infancia, sino cuando estamos entrando en los peligrosos terrenos de la pubertad.

Cuando yo era niño (aunque no me gusta hablar así, como un viejo con mucha experiencia, pues apenas tengo 28 años), tuve la fortuna de ser un estudiante de colegio libre de las ataduras de las redes sociales, que aún no existían. No había un Facebook para agregarnos entre los compañeros, para hacernos bullying o para stalkear las fotos de la chama que nos gustaba. Lo máximo que teníamos era el anuario escolar. Nuestro anuario, al menos como hasta quinto (o sexto) grado, para colmo, venía en blanco y negro. Y al final del anuario, luego de todos los grados y todas las secciones con sus respectivas fotos, estaba la larga lista general de nombres y números de todo el colegio. Yo siempre buscaba, entre esa lista, el nombre de la chama que me gustaba (éste era el paso inmediatamente siguiente a buscarme a mí mismo). Incluso recuerdo agarrar el libro de las Páginas Blancas, la inmensa guía telefónica de la ciudad, y buscar, entre toda la gente de Caracas con el mismo apellido, el número de teléfono que coincidiera con el de la chama que me gustaba. ¿La razón? Eso me daba una pista de dónde vivía la persona que me gustaba. Puede sonar obsesivo, lo sé. Pero creo que siempre fui un chamo normal. No me hice nunca cicatrices con cortauñas ni arrojé nunca a ninguna mascota por la ventana.

Cuando la persona que me gustaba estudiaba en otra sección, el problema no era tan grande. Capaz me la topaba en el recreo o a la hora de la salida, cuando todos nos arremolinábamos en un espacio mínimo esperando a los carros de nuestros padres, que nos venían a buscar, pero hasta ahí. Podía ser yo mismo dentro del salón. Pero cuando la persona que me gustaba tocaba en el mismo salón que yo, la cosa se complicaba. Yo buscaba mil maneras de llamar la atención de la persona que me gustaba. Y cada manera era más estúpida que la otra. Ya fuese caminar con más “tumbao”, hablar con otro acento o cosas así. Incluso intentar decir alguna intervención inteligente en clases, no siempre con éxito.

Pero, por alguna razón, cuando entré en bachillerato, y durante casi todo mi bachillerato, no presté mucha atención al hecho de que me gustara o me dejara de gustar tal o cual chama. Lo que más me importaba era pasarla bien con mis amigos, conocer gente nueva, explorar Caracas, cosas así. Me gustaba mucho, también, observar, analizar y (muchas veces) burlarme de todo el proceso de cortejo entre mis compañeras y mis compañeros. Eso daba material para escribir una trilogía entera de novelas largas. Cuando ya estábamos en cuarto y quinto año, ese proceso era espectacular de ver, al menos en mi colegio. Cuando estamos en cuarto y quinto año del colegio, somos un poco de todo y de nada. Somos adultos que no son tan adultos y somos independientes que no son tan independientes. A algunos de mis compañeros, a los hijos de familias más adineradas, les daban carros. Con esos carros tenían más posibilidad de invitar a chamas a pasear o a salir. Lo mismo ocurría al revés, con chamas con carro, no se vayan a creer. Yo, como no tuve carro sino hasta bien adulto, y como no tenía (ni tengo) mucho dinero, no me quedaba más opción, cuando quería invitar a salir a una chama, que proponer lugares como una arepera que había que visitar a pie. Por eso estuve soltero hasta que fui universitario. En la universidad la gente no le presta tanta atención a tu estatus.

Pero, en la otra mano, siempre tenía yo un as bajo la manga siempre listo para intervenir en los complejos asuntos del cortejo. Mi as bajo la manga era la cultura. La cultura es lo más importante que podemos cultivar. Con cultura no importa ser feo o ser Brad Pitt (aunque nunca es mejor ser feo que ser Brad Pitt, vamos a sincerarnos). Con la cultura no importa si eres rico o eres pobre. La cultura, además de expandir tu conocimiento y permitirte acercarte a la trascendencia, te permite tener conversaciones de altura que te hacen atractivo a la gente.

Como yo siempre he sido una persona culta (aunque, dicho así, puede sonar un poco pretencioso), y como siempre he sido una especie de intento extraño de injerto de escritor, tuve la oportunidad de presenciar una historia curiosa que quiero contar. En mi colegio, en el San Ignacio, estudiaba un chamo llamado César. César estaba en nuestro mismo salón de humanidades. Tenía el pelo liso y siempre tenía un tic de mover la cabeza para que su pelo (que era relativamente largo dentro del estándar permitido en bachillerato) se moviera como el de una modelo de Pantene. César estaba enamorado (si es que se puede hablar de enamoramiento en quinto año del colegio) de una chama que también estudiaba en mi salón. Esta chama se llamaba Laura. Laura era una persona realmente extraña y curiosa. Era un poco clasista, pero tenía un gran corazón. A veces estaba feliz y a veces pasaba una semana sin sonreír. Tenía unos ojos encandilantemente (aunque dudo que esta palabra exista) azules y el rostro con algo de acné, aún en quinto año.

Yo, y, al escribir esto, se me infla el pecho con algo de orgullo, era relativamente famoso en mi salón, y en mi promoción, como escritor en ciernes. Incluso hacía historias cortas que pegaba en la cartelera y que leían hasta mis profesores (no es un mal comienzo). Esto hizo que César, un día, muy temprano, incluso antes de sonar el timbre de la primera clase, me pidiera el favor de ayudarlo a redactar una carta en la que volcara todos sus sentimientos por Laura. Se me hizo extraño, desde el primer momento, el simple hecho de que César me hablara. César nunca me hablaba. De hecho, César, cuando éramos más chamos, me hacía hasta algo de bullying.

Yo le dije a César que sí. No sólo lo consideré un reto personal (no soy muy aficionado a hacer cartas de amor), sino que pensé que nunca estaba de más estar de buenas con la mayor cantidad de gente posible. César me invitó a su casa aquella misma tarde (por suerte, él tenía carro y no vivía tan lejos de mí). Cuando llegamos a su casa, como eran las dos de la tarde (más o menos) y no habíamos almorzado, César me ofreció de comer. Me dijo que me ofrecía pagarme el delivery que yo quisiera. Yo, que nunca tuve mucho dinero para deliverys, y considerándolo un pago justo por mi trabajo, le pedí a César que pidiera una pizza familiar en Papa Johns, pizza que compartimos junto a un Häagen-Dazs de macadamia que él tenía en su congelador.

Luego de la pizza y del Häagen-Dazs de macadamia (babeo, como el perro de Pávlov, al recordarlo), nos pusimos manos a la obra. Abrimos Word. La idea era que César tecleara y que yo le dictara. Pensé que lo mejor sería comenzar parafraseando a algún poeta famoso. Pensé en Antonio Machado. Antonio Machado es a la poesía en castellano (en mi opinión, el castellano es el mejor idioma para la poesía) lo que los Rolling Stones son al rock. Le dije a César que comenzara la carta robándose la frase de Machado que dice: “Sólo recuerdo la emoción de las cosas y se me olvida todo lo demás”. A él le encantó. Y así fuimos, entre los dos, vomitando flores en aquella carta. Les puedo asegurar, sin temor a equivocarme, que aquélla era, si no la mejor, una de las mejores cartas de amor que se han hecho. Bonita, sincera, poética sin ser cursi.

Puedo asegurar, sin temor a equivocarme, que Laura, de haber leído aquella carta, no sólo hubiese corrido a los brazos de César, sino que seguirían juntos hasta hoy. La idea era imprimir la carta y colocársela a Laura dentro del bulto. Pero cuando íbamos por la cuarta página de la carta, a la computadora de César le dio el telele y se apagó. Nos quedamos unos diez segundos en shock. La computadora había muerto. Se le había fundido la tarjeta madre, o algo así. Toda la inspiración perdida. Antonio machado fundido para siempre, junto a la carta, dentro de la finada tarjeta madre. Quise salvar la situación. Le pregunté a Antonio si quería intentar repetir la carta a mano. Me dijo que no. Me dijo que no valía la pena un trabajo doble por una idiota como Laura que nunca le iba a prestar atención. Creo que Laura nunca supo que César gustaba de ella, o que gustaba de ella hasta el día de la carta, porque creo que, de la rabia, César no gustó más de Laura. Como aún nos quedaba tarde, César y yo bajamos a jugar fútbol al patio de su edificio. Sólo nos faltó una lata de “espray anti-niñas” para ser auténticos niños otra vez.

 

Tomás Marín

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