Instrucciones para decapitar a tu país

Imagina que estás en 1998. Imagina que aún vives en ese país que tenía anaqueles llenos y a donde iba Ricky Martin a cantar cuando estaba en su época de mayor gloria y de mayor esplendor. “Un pasito pa’lante, María”. Repite el mantra de “Dios proveerá”. Dios siempre provee. Dios se ocupará del país. Tú no tienes que hacer nada. Quizás de vez en cuando persignarte. Pero no mucho más. No te preocupes en formarte como un mejor ciudadano ni en aprender cosas nuevas. Dios quiere a Venezuela. Dios hará todo el trabajo.

También puedes citar al siempre célebre Eudomar Santos. “Como vaya viniendo, vamos viendo”. “Es que así somos”, puedes repetir también. No hace falta trazar planes a futuro. ¡Si sólo se vive una vez! ¿Para qué perder el tiempo en planificar las cosas? ¡La vida es una fiesta! Venezuela es un país bendecido. Venezuela tiene petróleo y mujeres bonitas. Venezuela tiene paisajes turísticos y calidez humana. La fiesta nunca podrá terminar. Los malos tiempos quedaron atrás.

No te esmeres en formar hijos tontos. No te esmeres en formar hijos respetuosos de la ley. Nadie quiere ser un huevón. Repítele a tus hijo que debe ir a la caza de las oportunidades siempre que éstas se presenten. No importa que esas oportunidades impliquen algo deshonesto o algo que perjudique a un tercero. No lo reprendas cuando se robe el lápiz o el sacapuntas de un compañerito del preescolar o del colegio. No hace falta devolverlo. Es sólo un lápiz. Es sólo un sacapuntas. Es sólo un niño.

También puedes siempre echarle una mano en sus estudios como tal. Ayúdale a ir por caminos sinuosos para sacar una nota decente. Déjalo que haga trampa en las materias inútiles que no le servirán en el futuro. ¿Qué tiene de malo sacar una chuleta con las fórmulas algebraicas en un examen de bachillerato? ¿De qué sirve el álgebra en la vida? ¡Si el hijo va a ser un empresario como el papá! ¡Qué orgullo! Por fortuna, los empresarios no deben ocuparse de números. Para eso están los contadores y las secretarias.

Mira como a un extraño a ese militar con voz de mala intención que ha ganado tantos espacios en los medios de comunicación. No te preguntes por qué los medios de comunicación le dan tanto espacio a un militar golpista. No lo hacen por ganar rating ni porque están cocinando guisos extraños con él por debajo de la mesa (Aunque él les va a dar la puñalada luego de tomar el poder). ¿Qué tiene de malo darle voz y voz y voz a un militar que es responsable por más de un centenar de muertos en dos golpes de estado?

Recuerda que los corruptos siempre son los políticos. Recuerda que los malos siempre son los políticos. Nunca el corrupto ni el malo eres tú. Los dirigentes de un país jamás reflejan al pueblo. Nunca son sus espejos. Tú no fuiste un corrupto de mierda cuando aceptaste aquel pago en negro para facilitarle aquel contrato a tu amigo menos capacitado pero más avispado. ¿Para qué abrirle la puerta al más capaz cuando puedes abrírsela a tu compadre? Tu hijo tampoco fue un corrupto cuando se copió de su compañero más estudioso que él en aquel examen sobre las leyes de Mendel. No fue un corrupto cuando parasitó a otros y no hizo nada en aquella exposición sobre la vida de Rómulo Betancourt.

Celebra siempre los cuarenta años de “Let it be” que ha habido en Venezuela. Pide orden. Pide justicia. Pide paz. Pide abundancia. Pero nunca te preocupes de ir a buscar esas cosas. Alguien tiene que llevarlas a ti. No tienes que construirlas. Alguien tiene que llevarlas a ti. No tienes que sembrarlas. Alguien tiene que llevarlas a ti. No importa quién sea. No importa si es Salas Römer o si es Chávez. No importa si son los copeyanos o son los adecos. Alguien tendrá que ocuparse.

Nunca cuestiones lo que ves en la televisión. Nunca faltes a tu novela de las nueve ni a las emisiones de Radio Rochela o de Cheverísimo. Crece y deja que tus hijos crezcan con esos dogmas de la pantalla chica del televisor de la sala. Acostúmbralos a que la mujer tiene que ser bella y tener las tetas grandes. Acostúmbralos a que los gays son seres desviados y que siempre se pueden hacer chistes sobre ellos. Acostúmbralos a que sólo cierta gente tiene cosas que decir.

Recuerda cerrarte y hacer que tus hijos se cierren a la gente rara del colegio y del entorno en general. Imagina si tu hijo se hace amigo de aquella bicha rara que escucha rock pesado y lee libros intensos sobre Quiroga y Jardiel Poncela. Esa bicha rara nunca se maquilla y nunca se peina. Seguro es lesbiana. ¡Qué horror! No practiques ni enseñes la tolerancia o el saber escuchar. No practiques ni enseñes el tender la mano a los otros. Que se resuelvan ellos como puedan.

Acostúmbrate a que el gobierno te dé todo. Tú lo mereces todo. Eres pobre y vives en un barrio. Por eso lo mereces todo. No hay que trabajar por conseguir lo que quieres. El militar golpista tiene razón. Otro es el culpable de tu desgracia. Nunca tú. Malditos ricos. Maldita burguesía. ¿Qué es burguesía? No hace falta saberlo. Tú sólo repite la consigna y tiende las manos como en la comunión para que te lluevan los regalos. Ese militar debe ser bueno. Promete cosas. Habla bonito. Se ríe. Cuenta historias sobre su niñez. Se parece a ti. Promete dinero y promete redistribuir la riqueza. Vótale. Él te dará quizás una neverita para que puedas tomar agua fría. Agua como la que toman los ricos y los culpables de que estés como estés. ¿Verdad que es bueno ese militar? ¡Casi no se nota que es un asesino!

Y nunca admitas que te equivocaste. Nunca admitas que te dejaste llevar por la facilidad o por el resentimiento. Nunca admitas que fuiste un títere del odio. Que preferiste usar el fuego para incendiarlo todo y no para calentarte. Que nadie pueda si tú no puedes. Que nadie tenga derecho si tú no tienes derecho. Que nadie disfrute si tú no disfrutas. No aprendas que el barrio es un obstáculo a superar. Siente orgullo de él. No es transitorio. No hay nada de malo en vivir de un techo de zinc para siempre. Algún día todos serán tan miserables como tú. Y te morirás de hambre o de falta e medicinas. Pero sonriendo. Porque ganaste la pelea.

T.M.

 

 

 

 

Diosdado se va a morir

Los eslabones oxidados del columpio chirrían, como adoloridos, al vaivén de tu balanceo. Un letrerito verde, con las letras casi deshechas por la humedad y por los años, advierte, en tono de regaño inofensivo, que la instalación recreativa (de la que queda este mamotreto ruinoso y lamentable) es para niños de hasta diez años; tú ya tienes 23. Un tornillo opaco gira sobre su eje y amenaza con rendirse, con suicidarse y hacerte caer. La colilla de mi cigarro se apaga instantáneamente al hundirse en la grama empapada por la lluvia de anoche. El sol va, poco a poco, clareando el cielo fresco de Caurimare. Te ofrezco el fondito sobreviviente del Santa Teresa que, a pico, nos hemos bebido a lo largo de la madrugada; lo rechazas, me lo trago de un sorbo, guapeando. Un Yaris, repleto de trasnochados, baja por la curva, sus tripulantes cantan y gritan, cervezas en mano, una canción de Caramelos de Cianuro que brota de las cornetas; Asier aún pide disculpas a Verónica y reconoce que ella tiene derecho a mucho más que sexo.

Una doña, con el cabello canoso repleto de cilindros de plástico, pasea a un Schnauzer prepotente y de ladridos insoportables. Un olorcito a café recién colado se escapa a través de unas persianas y arriba a mi nariz. Te quedas quieta, tus dedos aprietan las viejas cadenas; pareces una niña de primaria que, a falta de amigas, ve pasar, en soledad, los minutos del recreo. El parabrisas de mi carro suda, está empañado; como en apariciones, apreciables desde cierta perspectiva, se distinguen los viejos dibujos de penes que, hace meses, hicieron en él, con sus dedos, los inmaduros de mis mejores amigos. Con mi palma abierta trato de quitar el agua. Debo correr a mi casa, terminar de hacer las maletas, descansar un poco y dirigirme hacia Maiquetía, hoy es mi vuelo a Madrid.

«Bueno, ahora sí me tengo que ir», digo mientras intento sacar las llaves de mi bolsillo. Siempre he tenido pánico a las despedidas, a decidir en qué momento escribir esos epílogos incómodos que cierran, abruptamente, tantas y tantas páginas de vivencias, de besos, de peleas, de reconciliaciones, de borracheras compartidas y de recuerdos bonitos. Me abrazas, lloras y comienzas a temblar. «¿Por qué esto, Tomás?, ¿por qué esto?, ¿por qué he tenido que despedir a tres amigos en dos semanas?, ¿cuándo seremos normales otra vez, como cuando éramos chamos, marico?, ¿cuándo se van a ir estos malditos?, ¿cuándo se va a morir Diosdado Cabello?, ¿cuándo llegará la justicia en esta puta mierda?». Me despego de tus tenazas tristes. Como en el clímax de una película cursi y mala, estrello mi frente contra la tuya. «Todo esto va a pasar, te lo juro. Si algo he aprendido de leer libros y libros sobre Heráclito es a saber que esto va a pasar. Diosdado se va a morir y, cuando se muera, vendremos a tomar ron a este mismo parque, te lo juro». «Cuídate mucho en Madrid, no hagas locuras».

Tu figura, de pie en medio de la calle, se vuelve más y más pequeñita dentro del retrovisor. Desapareces, aunque la vida sigue ahí, ofreciendo caminos nuevos a los que tenemos, aún, la fortuna de respirar. ¿Cómo no amar a Caracas, si me ha acercado a gente como tú?, ¿cómo no odiar a Caracas, si me ha alejado a gente como tú?. Me conoces bien, sabes que soy pesimista y que mis esperanzas perecieron hace tiempo. Pero te dejo el consuelo de que la misma muerte, que ama tanto a esta ciudad, es implacable con todos; y cada segundo que pasa es un paso más que Diosdado da hacia la tumba.

 

T.M.

 

 

 

 

Después del socialismo

La señora Marina se alarmó al escuchar el estruendoso ruido que, como un golpe seco de aparato mecánico colapsado, se oyó en la cocina. Corrió desde la sala y asomó, tímidamente, la canosa cabeza por el espacio entreabierto de la puerta antes de entrar. Las paredes estaban manchadas de caldo claro y de trozos delgados de vegetales verdes, blancos y rojos. El granito moteado del suelo semejaba una caótica escena del crimen y el almuerzo estaba totalmente arruinado. La olla de presión ya daba, desde días atrás, advertencias y avisos inequívocos de mal funcionamiento, de irregularidades en el escandaloso vapor que, como un géiser, se expelía desde su válvula defectuosa; mas, como aún cumplía sus funciones, fue desatendida hasta que, en esa tarde, fue destrozada por su propia presión interna.

Bayeta en mano, la señora Marina recogía, con amargura y aún restos del shock, los restos del doméstico desastre. Sus cansados brazos trataban, con fuerza terca de señora cincuentona, de hacer desaparecer todos los indicios de aquel accidente que, aunque se pudo prever y se oyó en todo el edificio, no pasó de ser un susto, una comida desperdiciada y una anécdota que contar a una que otra vecina cuando coincidiese en el pasillo agrietado y obscuro; o en las ventanas al momento de colgar la ropa mal lavada y desteñida por el detergente improvisado y por el paso de aquellos años específicos en los que Venezuela fue un agujero negro que, gracias a políticos rojos amantes de los billetes verdes y con la mente en blanco, se estancó en el universo político y económico; llevándose consigo infinidad de proyectos, deglutiendo centenares de miles de vidas.

Jadeando y corriendo, Raquel regresó de la calle, cerró la puerta desconchada del diminuto apartamento, se desamarró sus dreadlocks y se dirigió a la cocina, en la que Marina aún yacía ocupada.

-¡Mamá!, pero ¿qué pasó aquí?

-¡Ay, hija!, ¡es que reventó la olla!

-¿Pero estás bien?

-Sí, sí. Yo estaba en la sala.

-¿Quieres que te ayude a limpiar?

-No te preocupes, ya estoy terminando. Muchas gracias de todas formas.

Raquel se desvistió su suéter verde, se secó el sudor con una de las mangas, se desató las sandalias, abrió la nevera oxidada, bebió un gran sorbo de agua directo desde la jarra y prosiguió, con la respiración aún acelerada:

-Mamá, a que no sabes qué.

-¿Qué pasó?

-Parece que atraparon a otro dirigente del chavismo. Lo encontraron reptando, disfrazado y escondido; pero, aún así, lo reconocieron. No le dio tiempo a huir del país.

-¡Uy!

-Parece que lo van a matar esta misma tarde. ¿Quieres ir a ver?

-No, no, hija -dijo Marina mientras se persignaba-. Tú sabes que esas cosas no me gustan.

-En la calle hay una algarabía total. Hace dos semanas, parecía que la pesadilla era interminable; pero todo explotó tan de repente. Nadie se lo cree.

– Ya era el momento de que pagaran.

Dejando, momentáneamente, la labor a un lado, Marina, entre ojos aguados y una sonrisa que no se terminaba de construir, abrazó a su hija y le dio un prolongado beso en la frente. Luego dijo:

-Cuídate mucho, la cosa está muy peligrosa ahí afuera.

-No te preocupes, mamá. Ganamos.

El cielo, como si fuese un receptor cúmulo de tensión aligerada, llevaba varios días con tonos de color crema. Caracas era una fiesta dicotómica. Las avenidas estaban pobladas de gente y vacías de automóviles. Los focos civiles, armados o clandestinos apegados al gobierno recién depuesto, eran neutralizados con rapidez por el nuevo orden. No quedaba rastro de GNB, de PNB, de SEBIN. Las fotografías gore de ministros  y fiscales mutilados eran el pan de cada día en panfletos, vallas vandalizadas y conversaciones entre adultos, adolescentes y niños. Era un carnaval macabro, un infierno del Bosco; pero había felicidad, mucha felicidad legítima, genuina y esperada.

Frente al Centro Comercial Ciudad Tamanaco, se construyó la tarima patibularia, la cual estaba escoltada, de día y de noche, por febriles voluntarios que, compartiendo viandas y suplementos, se turnaban las guardias mientras cumplían su tarea de salvaguardar el éxtasis colectivo. Durante las madrugadas se realizaban las ejecuciones menores. Los miembros importantes de la pirámide derrumbada eran sentenciados durante la tarde, a plena luz del sol, para dejar constancia, ante Venezuela y ante el mundo, de que el descontento con el Socialismo Bolivariano no era, bajo ningún concepto, un juego. La intervención oral de los medios de comunicación internacionales y de las organizaciones que pedían amnistía era motivo de burlas, chistes y displicencias.

Raquel estaba de brazos cruzados. Un silencio intermitente reinaba ante la expectativa que crecía con los minutos. La atmósfera era calurosa a pesar de que el cielo estaba nublado, sonaban truenos a lo lejos y amenazaba con llover. Una ola progresiva de gritos se apoderó de la multitud al ver que se acercaba la furgoneta azul en la que viajaba el condenado. Lentamente, la gente iba abriendo paso mientras que los más curiosos intentaban mirar hacia el interior de las ventanillas, sin éxito, pues éstas estaban opacadas. Uno que otro escupitajo retozaba y los verdugos, no con el rostro cubierto, sino inflado de orgullo, hacían los preparativos del cadalso y de la soga.

Por fin salió el ex dirigente con las mejillas negruzcas y amoratadas, signos de evidente tortura. El clamor era ensordecedor, expresiones de odio profundo y de abucheos profanos formaban un collage: “ladrón”, “corrupto”, “narco”, “asesino”, “maldito”, “hijo de perra”. La víctima enflaquecida (y que sólo dos semanas atrás lucía su voluminosa y engreída figura con pretenciosos gestos en su propio programa de televisión) no prestaba atención, sólo suspiraba y suplicaba lástima con mirada de borrego; sólo avanzaba, ayudado pasito a pasito; sólo miraba, de vez en cuando, la cuerda que se balanceaba por el viento iracundo, sabiendo que el cuento de hacerse rico con la hoz y el martillo había terminado, que el epílogo estaba siendo leído, que era el final.

Cuando los pies quedaron suspendidos, una ovación se escuchó, como cuando culmina una canción magistral en un concierto grandioso, por todo el lugar. El cadáver, desmontado, sería expuesto junto a los otros sobre el inmenso cartel que, con letras rojas hechas a grafiti, rezaba: “Feliz reencuentro con su Comandante Eterno”. La caza de brujas estaba en su apogeo, Caracas era una ciudad un poco más tranquila. Raquel sintió hambre y recordó, con un poco de frustración, que la olla de presión de su casa, luego de tanto aguantar, había estallado y que hoy comería en frío. Pero alzó la vista aliviada. Su madre estaría allí, su vida estaría allí, había sobrevivido para contar la larguísima desventura. Ya resolvería por el camino, el día invitaba a ser feliz. Por esa época, hasta los mendrugos más endurecidos sabían a gloria, a excelsa gloria.

T.M.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Canción de los dirigentes del PSUV

¡Qué estúpido es el pueblo!

¡Qué ingenuo!

¡Qué crédulo!

Otorgando fe ciega a todos nuestros inventos

y a todos nuestros proyectos.

Sosteniendo el peso

de nuestros puestos.

Creyendo que nos importa su padecimiento.

Ellos, allá, luchando por alimento;

nosotros, acá, despilfarrando el dinero.

 

Qué fortuna es ser nuevo rico,

¿qué importa que la plata nazca de robos y timos?

Pide cualquier exigencia, no escatimes en caprichos,

atrás quedó la época de ir a pie, de estar limpios.

¿No es así, señor ministro?,

¡vamos a divertirnos!.

Viaja en yate, regala vehículos,

obséquiale a tus amigos

incrustaciones de zafiro.

Come donde quieras, engorda cincuenta kilos.

Viaja en tu avión privado a miles de destinos.

Embriágate con coñac y con los vinos más finos.

 

Lo quiero todo,

lo quiero pronto,

no importa el costo.

Quiero ropa confeccionada por diseñadores famosos,

quiero prendedores de oro,

quiero una mansión con treinta mayordomos,

quiero una chequera que cubra cualquier monto,

quiero una silla gigante detrás de mi escritorio,

quiero ser amo y señor de todos los monopolios,

quiero ser sibarita de habanos y de oportos.

 

T.M.

¡Ay, mandatario!

¡Ay, mandatario!

El del dinero en los bancos.

El líder, el del garbo,

el de los trajes más caros.

El pueblo está harto,

pero tú no le haces caso.

Dicen que el pueblo es sabio,

pero que, a veces, se pone bravo.

¡Ay, mandatario!

No te confíes tanto,

que la paciencia más alargada es la de peor colapso.

Acuérdate de Luis XVI, quien tuvo a Francia en sus manos

y, de repente, un día, se vio subiendo al cadalso.

 

T.M.

De cómo trolleé a un PoliVargas el día en el que me fui del país

No llevaba, a bordo del taxi que me dirigía hacia el aeropuerto, ni su luz ni su aroma en mi piel. El cuatro, por mí, podía volverse añicos sin cabida alguna en mi corazón. Las torres de Parque Central, a las que tanto contemplé cuando estudié y retocé en Bellas Artes, me parecían sólo dos armatostes zarrapastrosos, siniestros y sucios. Las vallas del oficialismo, distribuidas al estilo del Gran Hermano, bullían mi odio, ése que, suceda lo que suceda, tardará décadas en sanar. Evitaba el contacto visual con los motorizados que, con ese rugir maldito de carburador viejo, pasaban levantando los pies a fin de burlar los charcos.

Los euros, envueltos en un plástico grueso, comenzaban a molestarme entre la media y el zapato. La huida de la tierra natal, a efectos dramáticos, debía incluir un ingenio (al mejor estilo de Henri Charrière) para esquivar a los trogloditas uniformados que, como vampiros acechantes, tienen como objetivo desangrar (a veces, literalmente) a los incautos, a los descuidados y a los inocentes. El camino parecía inacabable, como si La Guaira también quisiera partir y se alejara sigilosamente. Las nubes se malhumoraban y hacían amagos de ataque acuático. El Boquerón abría sus fauces rotas y nos invitaba a su interior con un gesto burlón y una máxima patriótica.

Alcabala de PoliVargas, ésos que han recibido tantas denuncias por extorsionar a quienes transitan por el camino de Maiquetía. Quedé inmóvil.

“Oríllense a la derecha”. Un suspiro herventado brotó de mi nariz congestionada por la alergia. El funcionario, que exhibía, bordado, el apellido “Mayora”, me exigió salir del vehículo con ese tono autoritario que hace mueca de una amabilidad fingida y de trámite. Un compañero vino a secundarlo. Como buenos animales, éstos sólo saben actuar en manadas.

Previendo este encuentro, mi madre me advirtió de portar, en la cartera, una serie de billetes árabes de baja denominación que ella conservaba de viajes anteriores. Habíamos practicado, como si de una pieza dramatúrgica se tratase, un diálogo tentativo en caso de que la “ley” desease poner sus ojos sobre mis divisas (ni abundantes ni escasas). Mayora, como era de suponer, encauzó su interés, rápidamente, en el tema de mi dinero. Me espetó, fluctuando entre lo cínico y lo victorioso, que, de resistirme a enseñarle mi efectivo, me llevaría detenido. Tragué en seco, comenzaba el experimento.

-Ese dinero, ¿de donde es?

-De los países árabes.

-¿Y por qué usted tiene ese dinero ahí?

-Voy a viajar a esos países por mi trabajo.

-¿Y en qué trabaja usted?

-Soy periodista.

-¿Me permite ver su pasaje?

-Pero usted no puede…

-Si se me resiste, o se pone cómico, lo llevo detenido.

-Tome.

-Aquí dice que usted viajará a España.

-En España hago la escala.

-De acuerdo, de acuerdo.

-¿Ya me puedo ir?

-Antes, contésteme algo.

-Dígame.

-¿Qué valor tienen esos billetes?

Si sumamos los billetes que tenía en mi cartera (todos ellos con valores inferiores a la unidad natural), mi adquisición no era de más de cinco dólares. Sin embargo, al decir la verdad, tomaba el riesgo de que se me revisase hasta dar con el tesoro escondido dentro de mi zapato. La mentira debía continuar.

-Cada uno vale como cien dólares.

Los ojos abrillantados de los policías, sumados a la boca humedecida y casi babosa por la excitación, me dijeron que había dado en el clavo.

-Uy, eso es más de lo que está permitido, ciudadano. Usted sabe que, si nosotros queremos, le podríamos decomisar todo.

-No, por favor, no. (Acentuando la cara de drama)

-Danos uno de esos billeticos y te vas a viajar tranquilo.

Manifestando un poco de resistencia que semejaba preocupación genuina, me despedí de uno de mis billetes. Una confirmación al intercomunicador precedió al tan ansiado “pueden continuar”.

Mientras el taxi continuaba su trayecto, volteé y logré ver, durante varios segundos, a los dos policías que, sonriendo, no se despegaban de aquel billete naranja que, en realidad, vale treinta y dos céntimos de dólar. Treinta y dos céntimos de dólar me costó la última broma que he hecho en ese mal chiste llamado Venezuela.

T.M.

Facebook/LaCantarida

 

La Cantárida entrevista a Diosdado Cabello: “A mí nadie me da órdenes”

Tomás: ¿Interrumpo?

Diosdado: ¿Tú quién eres?

Tomás: Soy Tomás Marín, escribo para “La Cantárida”.

Diosdado: ¿Cómo hiciste para sortear a mis escoltas, a los escoltas de mis escoltas, a mis perros guardianes, al lago con cocodrilos, al puente levadizo y a las mazmorras repletas de trampas?

Tomás: Eso es lo de menos, lo importante es que creo que interrumpo. Veo que está usted cocinando.

Diosdado: ¿Cocinando?

Tomás: Sí, torta glaseada.

Diosdado: ¿Por qué dices eso?

Tomás: Por la cantidad de bolsas de Nevazúcar que veo por toda la sala.

Diosdado: ¡Ah, claro!, ¡torta glaseada!, jejejeje.

Tomás: Bueno, comencemos.

Diosdado: ¿Qué dijiste?

Tomás: Que comencemos.

Diosdado: A mí nadie me da órdenes, ¡nadie me da órdenes!

Tomás: De acuerdo, cálmese.

Diosdado: Tú no eres nadie para mandarme a calmar. ¡Te decapito, te juro que te decapito!

Tomás: ¿Podemos empezar de nuevo?

Diosdado: De acuerdo.

Tomás: Veo que tiene usted cierto complejo ante el poder.

Diosdado: Nada que ver.

Tomás: ¿Y esos tres perritos?

Diosdado: Se llaman “Nicolás”, “Maduro” y “Moros”.

Tomás: ¿Algún significado especial para esos nombres?

Diosdado: ¡Claro! “Nicolás”, porque me lo trajo San Nicolás; “Maduro”, porque le gusta comer mangos maduros; y “Moros” porque, cuando entra a la cocina, siempre revisa que no haya moros en la costa.

Tomás: Ya veo, todo encaja perfectamente.

Diosdado: ¿No notas como un olor a lavanda?

Tomás: Soy yo, es que uso desodorante en spray.

Diosdado: ¿Ah, sí?

Tomás: Sí, yo los vendo. Tengo un negocio que se llama El cartel de los aerosoles.

Diosdado: ¿Por qué me guiñas el ojo?

Tomás: Me cayó una pequeña broza.

Diosdado: ¿Quieres algo de beber?

Tomás: Coca.

Diosdado: ¿Ah?

Tomás: Cola… Coca Cola.

Diosdado: ¿Por qué me sigues guiñando el ojo?

Tomás: La brocita no se me quita.

T.M.