“En este barrio no se aceptan cobardes”

En la Monteávila teníamos un profesor que daba una materia burda de nula. Se llamaba Isaías. No era el mejor profesor del mundo, pero sentía amor por enseñar, y eso es contagioso. Lo otro que me gustaba era que hacía que nosotros, los alumnos, pateáramos calle. Nos mandaba trabajos que implicaban ir a lugares que estaban alejados de nuestra zona de confort. Lugares que nos hacían conocer la Caracas de verdad.

Me daba mucha risa ver a muchos de mis compañeros arrugar la cara. Los trabajos de Isaías daban miedo a algunos. Pero Isaías tenía razón en algo. Era inconcebible que un comunicador social se limitara a conocer sólo el sector cómodo de Caracas. Algunas chamas, con acentos mandibuleados, reclamaban, se negaban. Decían que era peligroso. Y, realmente, lo era. Pero Isaías jamás daba su brazo a torcer.

A mí me tocó ir a la Bombilla. Es paja. En realidad, yo decidí ir voluntariamente a la Bombilla. Ya yo había ido a la Bombilla en alguna ocasión. Tenía amigos que iban a hacer labor social, y yo los acompañaba. Sentía, por eso mismo, que ellos podrían ayudarme a elaborar un buen trabajo, un trabajo que, además de impresionar al poco impresionable Isaías, fuera un trabajo de Comunicación Social de altura.

Isaías me felicitó cuando yo le dije que iba a ir a la Bombilla. De hecho, me citó como un ejemplo frente al resto del salón. Era el día de presentar las propuestas, y la mía era la mas arriesgada. Pero dijo que no era prudente que yo fuera solo (y razón tenía). Dijo que algún voluntario debía ir conmigo. Preguntó, con su voz de profesor joven y sobreexcitado, quién quería ir conmigo. Nadie levantó la mano.

Había caras de susto por doquier. Sin embargo, después de pocos segundos, Isaías aumentó el premio al voluntariado. Prometió que quien fuera conmigo tendría dos puntos extras en la nota definitiva del trimestre (sí. La Monteávila evalúa por trimestres, como los colegios). Esa oferta resultó lo suficientemente tentadora para que un par de compañeros levantaran la mano. El elegido fue Kristhian.

Kristhian era pana, era burda de pana. Había estudiado en Los Arcos y siempre vestía con una especie de chaqueta de cuero, al estilo de los rockeros de la vieja escuela. Él, a pesar de que era de plata, no le tenía miedo a Caracas ni a la calle. De hecho, yo me entretenía burda escuchando sus relatos acerca de los toques que había hecho en los antros más antros y en las ratoneras más undergrounds de toda Caracas.

Habíamos quedado en ir a La Bombilla un sábado. Ninguno quiso llevar el carro. Pero lo más recomendable era no ir en transporte público. Lo echamos a la suerte. Echamos un partido de FIFA. El que perdiera debía llevar su carro hasta la Bombilla. Encendimos la Playstation que había en la casa de Kristhian. Era brutal jugar allá. La Playstation estaba en una especie de pasillo que daba al aire libre, a un jardín precioso que tenía la casa y a una vista espectacular de Terrazas del Club Hípico y Prados del Este.

Gané en penales. El partido estuvo reñido. Pensé que Kristhian reclamaría, pero no reclamó. Cumplió su palabra. El sábado siguiente iríamos a La Bombilla en su carro. Por cierto. A fin de cuentas no he dicho en qué consistía el trabajo que nos había mandado Isaías. Había que reseñar una actividad cotidiana que se hiciera en una zona “x” o “y” de Caracas. Parecía tan fácil. Pero no lo era.

La Bombilla queda burda de arriba. “Más allá que más nunca”, como decía mi papá, citando a Gallegos. Algo, cuando íbamos subiendo, me hizo preguntarme acerca de qué coño de la madre estaba buscando yo en un lugar como La Bombilla. Mucha de la gente se nos quedaba viendo. Es cierto que el carro de Kristhian no era el más lujoso, pero relucía en comparación con las motos y con las cafeteras que había en la Bombilla.

A Kristhian y a mí nos faltó un poco de organización. Nosotros no habíamos llamado previamente a nadie. De hecho, yo ni siquiera me había comunicado con mis amigos para decirles que íbamos a ir. De hecho, hacía tiempo que ni sabía si mis amigos aún hacían labor social en la Bombilla. Nos aparecimos como un par de fantasmas en el corazón de la barriada, y dijimos que queríamos hacer un trabajo.

Yo me sentía algo nervioso. Nunca le tuve miedo a Caracas, pero tampoco era un chamo como para estar metido en un lugar como La Bombilla. De hecho, siempre pensaba que yo era como demasiado sifrino para los pobres, y demasiado pobre para los sifrinos. Pero ése no es el caso. El caso es que, aparte de la mirada hostil de muchas personas, nos atendió un señor, como de cuarenta años, que se llamaba, nunca lo voy a olvidar, Ramón.

Yo nunca supe el papel exacto que desempeñaba Ramón en La Bombilla. Era una especie de líder comunitario, aunque nunca supe si por elección popular o por carisma solamente. La gente casi que le rendía pleitesía y lo saludaban a su paso. Como Kristhian y yo estábamos caminando al lado de él, la gente nos saludaba también. Yo me sentí seguro. Kristhian supongo que también, aunque me miraba con cara de “Marico, dónde coño me metiste”.

Ramón tenía una chemise verde medio desteñida y una lipa cervecera. Nos invitó a un par de Polares. A mí no me gusta la cerveza, pero trataba de no hacer muecas cada vez que me echaba un trago. Nosotros le explicamos a Ramón el trabajo. Le dijimos que teníamos que documentar alguna tradición de algún sector “x” de Caracas. Ramón nos miró con cierto interés y dijo que en la Bombilla no se hacía mucho realmente.

Pero nos dijo que, en los ranchos más bajos de La Bombilla, se hacía una competencia particular y curiosa. Yo, que al fin y al cabo era (y soy) un chamo bastante ingenuo, pensaba que se trataba de algún tipo de deporte, o algo. Supongo que Kristhian pensaba lo mismo. Y, en cierto modo, lo era. Eran las competencias de puñaladas. Tan surrealista como suena. Y tan alejado de la ley. Ramón nos preguntó si queríamos ir. Yo miré a Kristhian. Kristhian me miró a mí. Yo no sé cómo Ramón nos terminó convenciendo de ir.

Yo estaba cagadísimo. Y Kristhian ni se diga. No nos daba miedo nuestra propia seguridad. Ramón nos había prometido protección. Y su autoridad y su carisma hablaban por él. Nuestro miedo era un poco acerca de lo que podíamos presenciar, del saber qué tan literal podía ser una competencia de puñaladas. Bajamos hacia una especie de callejón ancho que parecía estar un poco escondido, y, en cierto modo, lo estaba.

Y vaya si fue literal lo de la competencia de puñaladas. Habría unos cien espectadores. Muchos de ellos saludaron a Ramón y no podían disimular su cara de extrañeza al ver a dos chamos como nosotros en un sitio y en unas circunstancias como aquéllas. En medio del círculo que formaba la gente había un piso de tierra que, suponíamos (y, efectivamente), era la arena, el campo de batalla o de competencia.

Aquel día sólo habría dos competidores. La gente lo decía con cierto lamento. Yo, en cierto modo, me sentía un poco más tranquilo con eso. No pretendía estar todo mi día viendo un campeonato de puñaladas en un barrio de Caracas. Yo pensaba que actuaría un poco como las películas de terror. Si alguna escena me parecía particularmente asquerosa, repulsiva o violenta, yo, sencillamente, me cubriría los ojos y me limitaría a escuchar.

Salieron los dos competidores. Uno de ellos era un chamo flaco, flaco, muy flaco, como de unos diecisiete años. Tenía el pelo corto y tenía una camiseta medio vieja de los Astros de Houston. No llegué a escuchar bien su nombre a razón del jolgorio y de los vítores que recibió de parte de la gente, que gritaba como si no hubiese mañana. Ramón aplaudía de forma sobria, como si fuese una gran autoridad. Yo no sabía si aplaudir por educación o sólo ver. Estaba prohibido, por las mismas reglas de ellos, grabar videos o tomar fotos. No es que no confiaran en nosotros. Pero el material podía subirse a la red y eso podía llamar la atención de la policía, supuestamente. Me dieron ganas de reírme. Qué coño iba a hacer la policía en un lugar como La Bombilla. Decidí aplaudir, aunque sin llamar mucho la atención.

El otro competidor, el contrincante del flaco con la camiseta de los Astros de Houston, era uno que se veía un poco más robusto y maduro, quizás hasta un poco cuarentón. Tenía cicatrices horribles por el brazo, y hasta una en la cara. Eso me hizo intuir que él era un poco más experimentado que su rival. Lo aplaudieron también con mucho júbilo, como a una celebridad que, bajando del pedestal, había llegado a La Bombilla.

Me sorprendió que invitaron (aunque sospecho que había sido acordado previamente, a razón de su liderazgo) a Ramón a ser árbitro. Aunque es un eufemismo. No haría falta realmente un árbitro. La pelea era hasta que uno de los dos se rindiese o hasta que uno de los dos muriese. En la Bombilla no se andan con huevonadas. Lo que hizo ramón fue agarrar una especie de cuerda delgada y amarrar las muñecas de los dos competidores, la una a la otra. La idea era que ninguno de los dos saliera corriendo. No se podía. Estaba prohibido. Uno de los espectadores, con voz niche, dijo que en ese barrio no se admitían cobardes. ¿Cómo no creerle?

Hubo un círculo vicioso entre los gritos, los sonidos indescifrables y los primeros gestos de los competidores. Yo sentí un vacío en el estómago. Jamás había pensado ver algo así en vivo. La muchedumbre se emocionaba más y más. La gente gritaba cosas como “Mátalo”, “Dale”, y otras por el estilo. Pensé en grabar algo, pero sabía que me iría peor. No quería ganarme el pulgar abajo de Ramón.

Pensé que alguien intervendría, que alguien se acercaría al lugar y diría que bastaba, que, con la primera sangre, ya todo estaba resuelto y decidido. Pero nada. La sangre que los oponentes se sacaban entre sí lo que hacía era exacerbar más a la gente. Aún no había ningún corte realmente profundo, sólo laceraciones en las piernas y en los brazos hechas de una manera veloz, vertiginosa, casi imperceptible. Sólo habían pasado un par de minutos.

Yo sabía, y todos lo sabíamos, que todo podía terminar en cualquier momento. Los mismos competidores lo sabían. Estaban concentrados el uno en el otro. Se miraban a los ojos, a los brazos, a las piernas. Cualquier descuido significaba la vida en un momento como ése. Y fue un descuido el que hizo el novato, novato al final. La puñalada le abrió el estómago. Convulsionó en el suelo sin poder desamarrarse del otro, que lo remataba con estocadas ciegas. Se quedó quieto.

Los niños se peleaban por ver quién retiraba el cuerpo. No sé a dónde llevaron al perdedor. No era de mi incumbencia. Al ganador, herido y algo ensangrentado, lo alzaron en hombros, como a un héroe. Eso es lo que hacían para entretenerse en un lugar como La Bombilla. Kristhian y yo bajamos a Caracas, a nuestra Caracas de algo de confort, un poco en shock. Necesitamos de varios minutos para asimilar todo, para poner las ideas en orden, para terminar de hiperventilar.

Es cierto que Ramón había sido amable con nosotros. Nos pidió que, por seguridad, no reveláramos su nombre verdadero. Fuimos a casa de Kristhian. Aún era de día. Trabajaríamos en el pasillo que estaba frente al jardín de su casa y a las vistas bonitas. Él sacó su laptop. Yo le dictaba. Él escribía. O se suponía que escribía. No sabíamos ni cómo empezar. No sabíamos ni qué título colocar. ¿Por qué no habríamos tomado, al menos, una foto de cualquier lugar? Me dio mucha rabia. ¿Cómo contar una historia así, de la que habíamos sido testigos oculares, y que nos creyeran? Nos tragamos la rabia. Decidimos escribir sobre otra cosa.

 

T.M.

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El collar de piedras verdes

Mira, Tomás —me dijo Gaby—, mira el collar que me regaló mi abuela.

La verdad es que el collar era bonito, aunque yo no soy una persona muy entendida en el mundo de la orfebrería. Era dorado y tenía piedras verdes. Gaby me había dicho que su abuela lo había traído de Europa al momento de la emigración, de la huida de la guerra. Era el único tesoro que había llevado consigo. Pensaba venderlo si algún mal momento se cernía sobre ella. Pero las cosas le fueron bien a la abuela de Gaby. Había conseguido trabajo y luego había emprendido. Quería mucho a Venezuela.

Yo me identificaba mucho con la abuela de Gaby en ciertos aspectos. Venezuela era como la tierra prometida que la había acogido en el momento más crítico. En cambio Europa, aquella tierra que, hasta yo conocerla personalmente, me sonaba tan lejana, para ella era como una especie de tierra de nadie. A veces me daba la impresión de que, en la cabeza de la abuela de Gaby, la miseria en Europa seguía latente, como en la época de la guerra. Me pasó a mí lo mismo después con Venezuela. Cuando llegué a España, Venezuela, para mí, era como una especie de selva llena de bestias extrañas y frías que gritaban sonidos inextinguibles e inentendibles mientras se sacaban y se devoraban las entrañas unas a otras. Una selva de la que, por fortuna, yo había podido escapar. Sentía cierto desdén por mi país. En cambio, adoraba a España con todo mi corazón. Supuse que era como un ciclo.

El collar adquirió más valor luego de que murió la abuela de Gaby. Murió muy, muy anciana y fue enterrada en el Cementerio del Este en medio de una ceremonia sobria. Me daba curiosidad el hecho de que la abuela de Gaby siempre había sido muy enfática a la hora de recalcar que, bajo ninguna circunstancia, quería que su cuerpo fuera llevado a Europa de nuevo. De todas formas, era poco probable. En eso también me identificaba yo con ella.

Gaby sólo utilizaba el collar que le había regalado la abuela en circunstancias muy especiales. No lo llevaba a todas las bodas. Sólo lo llevaba a las bodas de la gente a la que ella quería más. Por eso me daba cierta felicidad y satisfacción el hecho de que pude ver a Gaby utilizar tantas veces el collar. Lo cuidaba con mucho celo. En lo que llegaba a la casa, lo guardaba en su cajita de terciopelo azul. Me encantaba esa cajita. Le confería al collar cierto aspecto monárquico. Sentía que Gaby era otra con ese collar. De todas formas, Gaby, de por sí, era una chama elegante.

Pero un día íbamos, de noche, manejando hacia un evento al que nos habían invitado cerca de la Trinidad. Yo iba manejando y Gaby iba en el asiento de al lado. Se había echado un perfume que olía bien (a pesar de que no me gusta el olor a perfume de mujer) y llevaba un vestido verde metalizado medio ceñido que resaltaba mucho el contraste de su piel blanca y de las mejillas con cierto toque de colorete.

Nos abordó un motorizado de bigote fino y de mirada algo perdida. De esos que suelen ser los peores. No teníamos mucha opción. El semáforo estaba en rojo y, además, de yo arrancar, podía dispararnos. Las balas son más rápidas que el motor de un pobre Hyundai.

—Háblenme nos dijo el motorizado—. ¿Qué tienen ahí?

Yo le ofrecí mi teléfono. Le ofrecí mi cartera (que, tradicionalmente, siempre está vacía). Esperaba que con eso se calmara. Pero él no se complacería tan fácilmente cuando sus víctimas eran un hombre con traje y una chama con cara de asustada y con un collar hermoso y brillante en su cuello.

—Pásenme ese collar ahí Nos dijo él— .

Gaby, como en un gesto de protección infantil, intentó ocultar el collar entre sus manos. Me pareció una jugada peligrosa y un tanto estúpida. Era obvio que el motorizado ya había visto el collar.

—Dáselo. —Le dije a Gaby—.

Gaby no sabía que hacer. Su mirada se paseaba entre el motorizado y yo.

—Hazle caso —le dijo a Gaby el motorizado—. Si no, te puede ir mal. Les puede ir muy mal a los dos.

Gaby lloraba en silencio y temblaba mientras, con gesto nervioso, se desabrochaba el collar. Yo estaba también nervioso. Me daba miedo la idea de que el motorizado considerara que Gaby se estaba tardando mucho y decidiera disparar. Pero Gaby, por fin, pudo desabrocharse el collar. Lo miró, lo sostuvo en la mano durante un momento y luego me lo dio. Yo se lo di al motorizado. Él lo vio y los ojos le brillaban más que el oro y que las piedras verdes del collar. Arrancó en seguida en la moto ruidosa que desapareció en medio de las luces de la avenida.

Gaby lloraba y yo sentía una rabia inmensa. A Gaby, naturalmente, no le dolía tanto el collar como el hecho de que tanta historia de su abuela estuviera ahora en manos de un motorizado que, seguramente, no sabía ni dónde quedaba Europa. De todas formas fuimos a la reunión. Sentí que a Gaby (y a mí) le haría bien el hablar con sus amigos y desahogarse un poco. Aunque eso no le quitó la amargura y la decepción de aquella noche.

A mí, particularmente, me daba mucha rabia el pensar acerca del destino de aquel collar. Las hipótesis eran muchas. El motorizado quizás se lo vendería a alguien por cuatro lochas. Quizás se lo quedaría como su collar de la suerte (aunque era un collar de mujer). Quizás se lo regalaría a una de sus mujeres, alguna mona con licras y con mal habla que estaría muy orgullosa de poder tocar un collar así.

Por eso me pegó cierto viento fresco cuando vi en las noticias (en el portal de El Nacional), hace poco, que habían abatido al motorizado (El mismo. Imposible olvidarme de esa cara) que robó el collar de piedras verdes a Gaby. Según la noticia, de breves renglones, lo habían matado para robarle el collar, que no le pudieron robar al final por la rapidez (cosa inusual en Caracas) de la policía. Y en la foto del artículo, aunque pixelada la cara para no mostrar la particular y curiosa mueca de la muerte al espectador, se distinguía claramente el collar. Le comenté la noticia a Gaby. No sabía como reaccionaría. Ella sólo suspiró desde el Skype y pidió que habláramos de otra cosa. Me hablaba desde la tierra de su abuela, donde vive tranquila ahora. El ciclo continúa.

 

T.M.

La hora de los pobres

Las noticias por la televisión eran cada vez más pesimistas. Todos los canales emitían reportajes acerca de la lluvia. Los reporteros vestían con impermeables grandes y no disimulaban un gesto de terror en las caras. “Recemos por Vargas”, decía una de mis vecinas, una viejecita creyente. Chávez citaba a Bolívar y había algo en el ambiente que parecía ser sinónimo de un mal presagio. Quizás el cielo, quizás las elecciones que se avecinaban, quizás el mismo Chávez.

Yo no tenía celular. Casi nadie tenía celular en esa época. No era algo tan común todavía. No había el rastreo que hay hoy en día de todas las personas, eso de saber hasta la ubicaciónexacta con coordenadas y mapas. Agarré el teléfono de la casa, un armatoste rojo con los botones algo duros y el auricular más grande que mi cabeza, y llamé a Paty. “No te preocupes. Estoy bien. Ha llovido que jode, pero estoy bien”, me dijo ella. Yo me tranquilicé un poco, pero seguía teniendo esa sensación del mal presagio.

Y, de repente, vino la mala noticia. La montaña había cedido y toda el agua del mundo, junto con piedras del tamaño de casas enteras, bajaba a toda velocidad hacia Vargas. Los rezos no habían servido de nada. La televisión, apenas minutos después, comenzaba a hablar de cifras de muertos y de heridos que se incrementaban con el pasar de los segundos. Volví hacia el armatoste rojo y llamé a Paty. Nada. Intenté de nuevo. Nada. Una tercera vez. Nada

“¿Estás loco?”, me preguntó mi mamá. Yo no estaba loco. Estaba muerto de pánico. ¿Y si le había pasado algo a Paty? Mi mamá me dijo que era estúpido ir hasta allá. Me dijo que no resolvería nada. Pero yo no podía quedarme ahí. No podía quedarme esperando a que una línea telefónica colapsada me informase acerca de si Paty estaba a salvo (o estaba viva) entre tantas miles de personas. Me despedí de mi mamá. Me abrigué. Me subí al Honda dorado de mi papá. Arranqué. No sabía bien a dónde debía ir. Sólo aceleraba.

Parecía que nunca iba a dejar de llover. Me pregunté si Caracas podía correr la misma suerte que Vargas. En la radio del Honda hablaban todo tipo de opinadores y de expertos. Unos le echaban la culpa a la Cuarta República. Otros le echaban la culpa a la misma gente de Vargas. La gente de Vargas había construido ranchos en tierras peligrosas. Lo habían hecho durante muchos años sin hacer caso a nada. Y estaban recibiendo la reprimenda de la manera más dura.

Vargas era un caos. Tuve que estacionar como a dos kilómetros de donde estaban los campamentos. Había mujeres llorando. Había hombres que abrazaban a niños que tenían las caras cubiertas por el barro y por el llanto. Todos estaban imbuidos en su asunto. Nadie sabía darme información clara. “Disculpe. ¿Sabe si está bien la calle del Arroyo?”, le pregunté a una señora. Me miró con mala cara y siguió. ¿Qué podía saber ella sobre la calle del Arroyo? Ésa era la pequeñita calle en la que vivía Paty.

“¿Sabe si está bien la calle del Arroyo?”, pregunté a otra persona. Nada. No quise preguntar más. ¿Quién podía saber algo sobre la calle del Arroyo entre tantas calles de Vargas? ¿Quién podía estar pendiente de esa calle cuando quizás no sabía nada de sus propios familiares? Habían pasado unas horas desde el deslave y algunos guardias lanzaban la advertencia de que había que alejarse. Era posible que más piedras cayeran desde la montaña. La lluvia no cesaba. Arreciaba más.

Había campamentos. La imagen era desoladora. Edificios grandes habían quedado completamente destrozados. Algunas antenas parabólicas grandes asomaban tímidamente. Eran antenas parabólicas de techos de casas que habían quedado completamente sepultadas. En los campamentos comenzaban a colgar listas de sobrevivientes. Buscaba rápidamente a Paty. No encontraba su nombre. Pero había tantos campamentos más. Había teléfonos a disposición de la gente. Pero las colas para usarlos eran kilométricas.

Yo nunca he sido creyente. Pero me encomendé a todos los dioses que había. Yo cambiaría todas mis creencias y toda mi fe con tal de poder encontrar a Paty en medio de todo aquel desastre. Pero parecía que los dioses no estaban dispuestos a escuchar a nadie. Parecía que todos se entretenían lanzando más y más agua desde arriba. Paty sí era creyente. Me pregunté si su fe sería capaz de sacarle las patas del barro (literalmente).

Había hombres y mujeres que actuaban como ratas y como animales de carroña. No les importaba cojear o tener los rostros con heridas. Se encaramaban a las casas y a los abastos que más o menos quedaban en pie y se metían adentro por las ventanas que rompían con piedras. Una vez adentro no se preocupaban por saber si había muertos o heridos. Buscaban llevarse lo que podían. Sacaban fuerzas sobrehumanas y se llevaban electrodomésticos grandes y cajas con botellas de alcohol.

Algunas de esas ratas sonreían y se felicitaban entre sí. Contaban el botín bajo la lluvia y miraban a los alrededores en búsqueda de más sitios para saquear. Y sobraban sitios para saquear. Todo el mundo estaba en los campamentos o debajo del lodo. Las ratas estaban felices aún cuando quizás ellas también tenían familiares o amigos muertos. “Por fin llegó la hora de los pobres, no joda”, gritó una de ellas. Era una barrigona con algo de bigote y una camiseta de un rojo desteñido. Seguramente había más personas así en otros focos.

Pero no había tiempo de pensar en eso. No había espacio ni para la repugnancia. No quería regresarme a mi casa sin encontrar a Paty. O por lo menos sin saber si estaba bien. Pretendí acceder a la calle del Arroyo por mi cuenta. Pero era imposible. Todos los caminos estaban bloqueados. Pregunté en un centro de información. No me decían nada preciso. Me decían que quizás el deslave no había llegado hasta allí. Pero me decían también que las zonas aledañas estaban incomunicadas. Me encomendé al rezo que quizás mi vecina estaba haciendo en la calma lluviosa del otro lado del Ávila.

@LocaYCuchi Capítulo 1/20

Hoy es mi primer día de universidad. Hace frío en la mañana. Muchas mujeres están maquilladas. Muchas mujeres se esfuerzan en maquillarse bien para el primer día de universidad. Quieren causar una buena primera impresión a sus futuros compañeros. La gente parece aún un poco tímida. No hablan mucho. Pero algunos ya han hecho buenas migas. Algunos se ríen y comparten café de la máquina. Yo no sé qué magia tienen los cafés de las máquinas. Son como más espumosos y deliciosos que cualquier otro tipo de café. He conocido a dos personas muy simpáticas. No viven tan lejos de mí.

Hoy comenzaré mi carrera de Comunicación Social. No es una carrera que me atrape particularmente. Pero no es una carrera que me desagrade. La estoy cursando porque es una carrera versátil y que puede tener alguna salida interesante en el campo laboral. También me llamó mucho la atención el hecho de que la universidad tiene un buen grupo de teatro. Amo el teatro. Yo quiero ser dramaturgo o escritor. Yo hubiese preferido estudiar algo como letras o artes. Pero no quiero morir de hambre. Además no me creo tan talentoso como para vivir de las letras o de las artes puras.

Una de las primeras personas que conocí se llama Myrlene. Es blanca. Es muy blanca. Tiene el pelo de un color que oscila entre el amarillo y el anaranjado. Pero es una persona sumamente encantadora. Le gusta burlarse de sí misma. Dice que tiene la cara parecida a una cachapa (por la redondez). Presiento que será una buena amiga. Compartiremos mucho yendo a almorzar o hablando de fútbol. Porque a Myrlene le gusta el fútbol. Ella tiene ascendencia alemana y es aficionada del Schalke 04.

También conocí a una muchacha llamada Carmen. Es también muy blanca. Pero es distinta a Myrlene. Carmen es más alta y un poco más robusta. Se ríe con una risa estruendosa y tiene el sentido del humor un poco más espeso. Parece alguien particularmente sensible. Presiento que también seremos buenos amigos. De lejos se ve que es una muy buena persona. Algunas otras personas se nos han acercado. Ya tenemos como nuestro propio círculo. No sé si en los primeros días de la universidad las amistades se hacen definitorias. O si quien es tu amigo el primer día ya no lo es luego. No lo sé. Es mi primer primer día en una universidad.

Comunicación Social es una carrera sumamente curiosa. Es una de las carreras que va mutando más rápido con el paso del tiempo. Es muy diferente a la física o a las matemáticas. Éstas son ramas del saber que permanecen casi inmóviles. Cinco por cinco siempre será veinticinco. Eso permanecerá allí. Comunicación social no es así. Cambian los mensajes a transmitir. Cambian los medios para transmitir esos mensajes. Cambian incluso los receptores de esos mensajes. Mañana no estará bien lo que hoy está bien y ayer no estuvo tan bien. Todo es como un gran sistema. Todo es como una maquinaria estructuralista compuesta de pequeñas piezas. Política y mensajes. Periodistas y armas. Opiniones y acciones. El comunicador social se encuentra en medio de todo eso.

 

Tomás Marín

Casilda

El televisor viejo hace sonar la marcha triunfal de Venevisión. El país está en vilo. El CNE acaba de dar la declaración. Venezuela tiene nuevo presidente. Hugo Chávez. El golpista. Los medios le dieron toda la atención del mundo durante la campaña. Chávez era un tipo que daba rating. Y que sigue dando rating. Chávez pagaba las facturas y las sigue pagando. Ahora Chávez es el nuevo presidente. ¿Qué puede salir mal? Hay júbilo en el barrio. Varios cohetes suenan a lo lejos. Casilda baja las escalinatas. Se une a la fiesta.

Hay pendones rojos y caras de Chávez por todas partes. Ana saca unas Polarcitas de su nevera y las comparte con algunos de los eufóricos vecinos. Ana es una de las más viejas de todo el barrio. Aquella nevera fue un obsequio de Luis Herrera cuando estaba en campaña. Fue un obsequio de la Cuarta República. La que hoy está liquidada. Ya hay un borracho por ahí. “Al fin nos llegó la hora, no joda”, grita alguien. El grito se pierde entre la música y los altavoces que tienen sintonizadas las primeras declaraciones del nuevo mandatario.

Han pasado tantas cosas desde entonces. Casilda tiene un hijo de once años. Al padre lo mataron hace tres en un supuesto ajuste de cuentas que nunca fue aclarado. Dicen que andaba en malos pasos. Fue curioso. El cuerpo tardó siete días en ser encontrado. Lo encontró un telefonista que estaba haciendo unas reparaciones. Aunque las hizo mal al final. El barrio está erosionado y triste. Está cada vez más incomunicado. Es uno de los barrios más violentos de la zona más violenta de la ciudad más violenta del país más violento del continente más violento. Se dice fácil. Se muere más fácil aún.

Casilda se ha arrepentido por primera vez de su orgullo. Chávez es una religión en el mundo de Casilda. Una religión que nunca admitió peros ni críticas. Y esa religión tiene cada vez menos fe. El hijo de Casilda cada vez está más flaco. Casilda recuerda cuando lo vestía del Comandante en los carnavales. Mucha gente del barrio lo hacía. Era el disfraz más popular. Un traje verde oliva. Una boina roja. Un brazalete. Al hijo de Casilda no le gustaba disfrazarse. Consideraba que era estúpido. Ahora lo único que quieres es comer. Pero no hay nada para comer. Ha fallado la bolsa CLAP y ha fallado el carnet de la patria. La fe no se come.

Casilda ha evaluado irse del país. Pero no tiene los medios. Quizás se pueda ir a pie. Pero todos los caminos están colapsados. Ya los países no quieren más venezolanos. Casilda tiene miedo de que el hijo se le muera de hambre. Qué diferencia con el Comandante. El Comandante murió gordo y opulento. El heredero come con los mejores chefs del mundo. “Hay que estar orgullosos de ser pobres”, dice a Casilda uno de sus vecinos. El típico vecino que es chavista incondicional. El que cree que todo es culpa de la guerra económica y de los Estados Unidos. Pero el orgullo no se come. Casilda ha intentado comerlo. Y las tripas le suenan.

El televisor de Casilda no funciona. No funciona desde hace años. No se pudo nunca comprar otro nuevo. La gerencia local del partido socialista le prometió uno. Pero fue una promesa estúpida. Nunca hubo dinero para comprarlo. Y quizás nunca lo habrá. El hijo de once años pesa casi menos de 30. Tiene la cara chupada y las costillas resaltadas. Casilda escucha detonaciones a lo lejos. No son cohetes. Es el primer muerto del día.

Tomás Marín.

Instrucciones para ser un cajero de Farmatodo

El aire acondicionado no sirve. Sólo sopor es lo que hay dentro del Farmatodo. El supervisor te dijo que los técnicos del aire vendrían esta semana. Pero no han venido. Quizás se fueron del país. Quizás los mataron. Quizás no les da la gana de reparar el aire y ya. Para qué trabajar si el dinero no te alcanza para nada. El hecho es que el aire acondicionado tiene días sin servir. Los Cri-Cris amenazan con derretirse. Toma la servilleta que tiene como mil dobleces y que reposa en tu bolsillo. Pásatela por la frente una vez más.

Afuera del Farmatodo sucede todo. Adentro del Farmatodo no sucede nada. Está vacío. Desierto. Recuerda un poco los días en los que se hacían colas de adolescentes que iban a comprar Doritos y Coca-Colas mientras hacían sus predicciones sobre el partido de la Champions. Recuerda la cara de ese niño con cara de gafo que se sonrojaba al pedirte los Durex más baratos. Recuerda a la señora que iba todos los días a preguntar por la medicina para su mamá. La medicina que nunca podía conseguir. Seguramente su mamá ya se murió. Toma la servilleta. Hazle un doblez más. Pásatela por la frente de nuevo. Si tan sólo funcionara el aire acondicionado.

Pero piensa que ya mañana es día de pago. Ya mañana cobrarás tu tan esperada quincena. No es mucho lo que podrás hacer con ella. Pero tampoco es un pago tan miserable. Está bien para ser una paga en un país comunista. Hay gente que la tiene peor. Quizás podrás ir a comprar una hamburguesa para compartir con tus mejores amigos. Quizás podrás ir al cine a ver esa película sobre alpinistas que te llama tanto la atención. Quién fuera alpinista. Estar en una montaña helada. No en un Farmatodo caluroso. Maldito aire acondicionado.

Mira la puerta eléctrica que se acaba de abrir. Un cliente. Aunque a lo mejor no es un cliente. A lo mejor es una de esas personas que van a mirar cualquiera de las pocas cosas que quedan en los anaqueles para agarrar una y decir “¡Mierda. Qué caro!” Pero no. Es una muchacha. Es joven y tiene el pelo como la miel. Literalmente tiene el pelo del color de la miel. Y lo tiene brillante como la miel. A lo mejor va a comprarse uno de esos champús que cuidan los pelos suaves y bonitos.

Su mirada se cruza con la tuya cuando la estabas viendo embobado. Te sonrojas pero no sabes que te sonrojaste. A veces esas cosas no las nota uno mismo. Esperas que ella no lo haya notado. ¿Qué posibilidades va a tener un cajero de Farmatodo con una chama así? La chemise azul medio roída y con los hilos del logo de Farmatodo un tanto deshilachados no es la mejor prenda para echarle los perros a una chama bonita. A una chama con el pelo suave y bonito. Del color de la miel.

Efectivamente. Ella va a comprarse un champú. Ha comparado entre dos botellas y se ha decidido por una. Pareces adivino. Aunque quizás lo adivinas porque están destinados el uno para el otro. No puedes dejar de verla. Aunque esta vez debes tener más precaución para que no te sorprenda mirándola. Debe vivir cerca. Lleva unas sandalias de color azul claro que parecen elevarla por los aires. Las sandalias tienen una florecita cuchi que parece hecha también en goma espuma. Las sandalias son una prenda curiosa. Las puede llevar desde la chama más delicada y sutil hasta la bachaquera más tosca y grotesca.

Tiene un tatuaje en su muñeca. Pero no logras distinguir qué forma tiene el tatuaje. También tiene una pulserita como de cuero con tela. Parece una pulserita de playa. A lo mejor se la regalaron cuando fue a surfear. Porque tiene pinta de surfista. Ese pelo suave pero insumiso y de ese color de miel sólo puede pertenecer a una surfista. Ojalá tú fueras surfista. Pero lo más parecido que haces es pasar el coleto sobre los charcos de agua que deja el aire acondicionado dañado cuando tiene fugas. Si tan sólo funcionara.

Quizás no la volverás a ver. O quizás sí. Quién sabe. Llevas cinco meses trabajando en ese Farmatodo y es la primera vez que la ves. ¿O quizás fue en otra ocasión? No. Estás seguro de que no. La recordarías. Quién puede olvidar ese pelo tan bonito. Ese pelo del color de la miel. Pero no pienses en eso. Piensa en que ya mañana cobras. Quizás puedas invitarla a un café cuando pase por la caja. Mañana cobras y la podrías invitar a un café. Aunque no es prudente. No es profesional. Y quizás se reiría en tu cara. ¿Qué posibilidad va a tener un cajero de Farmatodo con una chama así?

Ella se acerca a la caja. Te sonríe con una sonrisa más protocolar que otra cosa. Pero qué sonrisa tan bonita y tan perfecta. Que viva todo el protocolo del mundo si las sonrisas protocolares son así. Te da pena volverte a pasar la servilleta por la frente frente a ella. Aunque hace calor. Ella improvisa un abanico con su mano. Con su mano tan delicada. Con la misma mano de la muñeca del tatuaje y la pulsera de surfista. También tiene calor.

Pasas el champú por el lector. Te provoca acariciarle el pelo. Pero se espantaría. Quizás te pegaría una cachetada. Quizás llamaría al gerente. Te despedirían. Y mañana no cobras quincena si te despiden. El lector no lee el código de barras. Tienes una sonrisa de imbécil mientras sostienes el champú. Ella se revisa las uñas. No las tiene pintadas de ningún color. Vuelves a pasar el código de barras del champú por el lector. Suena el “beep”. Ella te dice que no le des bolsa. Que se lo lleva en la mano. Qué bella es. Pensando en el medio ambiente.

Te da la tarjeta de Banesco. Ves que la tarjeta tiene su nombre. Elena. Elena te suena como el nombre más hermoso del mundo. “Hola, Elena. ¿Quieres ir a tomar mañana un café?”, te provoca decir. Pero no lo digas. No es profesional. Quizás se reirá en tu cara. La tarjeta no pasa. Intentas una vez más. Limpias la cinta magnética con tu chemise. A lo mejor la chemise te queda impregnada del aroma de Elena. A lo mejor algo del olor de su bolso llegó a su tarjeta. La tarjeta no pasa. Vuelves a intentar. No pasa.

Elena ha puesto ojos tristes. Es insoportable verla triste. Elena debe sonreír siempre. Y tú vas a hacerla sonreír. A como dé lugar. “No importa. Déjalo así. Ya vendré mañana a comprarlo”, te dice Elena. Quizás no venga. Quizás esta noche no podrá lavar su pelo del color de la miel. “No te preocupes. Va por cuenta de la casa”, dices tú. Es una jugada arriesgada. Pero ella sonríe ilusionada. “Muchas gracias. Muchas gracias. Muchas gracias. De pana mañana vengo y te lo pago, lindo”, te dice ella. Lindo. Elena te ha llamado lindo. Es perfecto. Todo es perfecto. No importa que trabajes en un Farmatodo. No importa que no sirva el aire acondicionado. Ya tienes motivos para sonreír todo el mes.

Elena se lleva el champú en su bolso. Te mira y te sonríe una vez más antes de salir. Sabes que te lo van a descontar a ti si ella no viene mañana a pagarlo. Y es probable que no venga. ¿Qué acabas de hacer? El champú era importado y carísimo. Valía la mitad de tu salario. Y te lo van a descontar. Quizás ya no te alcance para compartir la hamburguesa con tus amigos o para ir a ver la película de los alpinistas. Quizás Elena va a ver a su novio. Va a decirle: “Un pajúo quesudo en Farmatodo me regaló este champú” mientras lo besa. Mientras su novio le acaricia su pelo color miel. La mitad de tu salario se fue en un champú que no sabes ni a qué huele. Idiota.

Tomás Marín.

Adaptación libre del texto “La tienda del molino”, de Truman Capote.

Instrucciones para que no te olvide quien se va del país

Espera cinco minutos más. Sólo cinco minutos más. Va a venir. Tienes que estar seguro de que va a venir. Echa un nuevo vistazo a los pasillos del San Ignacio. Mira a las personas que intentan hacer compras con el poco dinero que les queda. Con el poco dinero que les permite el comunismo. ¿Te acuerdas de cuando el San Ignacio era un centro comercial de sifrinos? Ahora sólo es un conjunto de ruinas que hacen hasta lo imposible por permanecer fashion. Son como una modelo que tiene sesenta e insiste en vestirse de teen. Mira las vitrinas de las tiendas que antes brillaban. Ahora están opacas y sucias. ¿Viene por ahí? Aún no. Pero va a venir. Tiene que venir. Mañana se va del país.

Contesta el mensaje que te acaba de dejar tu mamá en el teléfono. El que dice “Ya se está haciendo de noche. Tienes que tener cuidado. Vuelve pronto a la casa”. Responde con un “Todo estará bien, mamá”. Agrégale una carita feliz para que se sienta un poco más tranquila. Para que no note que estás triste. Para que no note que estás frustrado porque ella aún no ha venido. Quedaron en verse frente a la tienda de perfumes. Esa tienda de perfumes frente a la que has permanecido de pie desde hace casi dos horas. Ella tiene que venir. No puede irse sin verte. Mañana se va del país.

Distráete un poco con los recuerdos que están impregnados con su cara perfecta y con sus ojos claros. ¿Desde hace cuánto es que se conocen? ¡Desde hace unos quince años! ¡Si es que estudiaron toda la vida juntos! Desde que utilizaban chemise blanca. Fue en una clase de tercer grado cuando ella llegó con su carita tierna y sus ojitos grandes. Era la niña nueva del salón. Se sentó en su pupitre. Un pupitre que estaba lleno de textos en típex y de barajitas a medio arrancar del mundial de Corea-Japón. Un pupitre que fue tu pupitre favorito desde aquel momento. Un pupitre que parecía sonreírte cuando estaba tripulado por ella.

¿Te acuerdas de la primera vez que hablaron? Fue en la cantina. Fue en un tercer recreo. Quedaba un solo cachito de jamón en toda la cantina y los dos lo pidieron al mismo tiempo. Ella te miró con ojos algo suplicantes (quizás manipuladores) y tú te derretiste como una vela en medio del peor de los incendios. “Déselo a ella, señora”, le dijiste a la cantinera. La cantinera pudo haber hecho algún comentario tierno. Pudo haber sonreído al menos conmovida por tu gesta heroica y enamorada. Pero la cantinera siempre tenía esa cara de ogro de pantano y no se dio cuenta de nada. Se limitó a lucir su cara de ogro de pantano cuando le dio el cachito a ella. El último cachito de jamón que quedaba. “Gracias”, te dijo ella.

Pensaste que podían ser cosas de niños. ¿Los niños se enamoran? Nadie lo sabe. Tu mamá te montaba un chalequeo cuando te veía suspirando y jugando con el último frijol que quedaba en el plato del almuerzo. “Ay, mi niño. Estás enamorado”, te decía con algo de orgullo y con una sonrisa. Tú te ponías rojo. Pero sabías que ella tenía la razón. ¡Si la parte de atrás de tu cuaderno tenía su nombre una y mil veces! ¡En todos los colores y fuentes! Menos mal que tu mamá no lo llegó a ver.

Comprueba el WhatsApp por trigésimo novena vez. El mensaje que le enviaste de “dónde estás???” aún tiene un solo chulito. Mira a la gente que pasa frente a ti y no se da cuenta de tu presencia. No voltees hacia la tienda de perfumes. La tienda de perfumes en donde quedaste con ella. La tienda de perfumes en donde llevas ya dos horas esperando. ¿Será que le pasó algo? No. Ya te hubiesen avisado. La muchacha que atiende en la tienda de perfumes te está mirando con algo de lástima. Quizás piensa que te dejaron plantado. ¡No voltees! ¡No la veas!

Qué rápido se hace la gente adolescente. ¿Los adolescentes se enamoran? Sí. Los adolescentes se enamoran. Y tú te enamoraste de ella. Le hiciste siempre caso omiso a la gente que decía que los amores de adolescentes no deben ser tomados en cuenta. Tú estabas convencido de que ella era la mujer con la que querías pasar el resto de tu vida. La que te flechó desde que se sentó en aquel pupitre de típex y barajitas. Creció más hermosa que nunca. Ya era otra más en el colegio. Tenía los pechos pequeños pero bonitos. Nada de ella era imperfecto. Nada de ella es imperfecto. Quizás sólo que se tarda un poco en los compromisos. Pero ella va a venir. Tiene que venir. Mañana se va del país y no se puede ir sin verte. No sería capaz.

¿Te acuerdas del dibujo que le hiciste? Ese día tenía su cara bañada con cierta melancolía a pesar de la fiesta. Habían bebido y fumado mucho. Habían celebrado que se habían graduado juntos otra vez. Primero de bachilleres. Ahora de licenciados en letras. Ella aún estaba superando la ruptura con su ex. Con su maldito ex. El que podía tocar sus pechos pequeños y bonitos cuando estaban sin envoltorio. El que tuvo por un tiempo el lugar por el que darías tu vida con tal de estar un solo instante. El que tuvo por un tiempo el lugar que nunca te atreviste a reclamar por miedo a dejar de ser amigos. Por miedo a soltarle a ella un “Eres la mujer de mi vida” que pudiese asustarla y mandar todo al infierno. Es mejor vivir de rodillas que morir de pie cuando se trata del amor. Ella tenía melancolía en su cara. Y tú la dibujaste con un bolígrafo y una servilleta. Tu obra maestra. Aunque nunca se la mostraste. Te dio miedo que le diera igual tu obra maestra.

Mañana se va del país. Conocerá a tanta gente mejor que tú. A lo mejor se enamora de un sueco de cabellera rubia que también podrá quitar el envoltorio de sus pechos pequeños y bonitos. Un sueco que se drogará con el olor a champú de manzana que suelta su pelo mientras tú luchas por conseguir pan canilla. Se va a hacer un máster a España. A lo mejor consigue un trabajo brutal. A lo mejor se olvida de ti. A lo mejor algún día viene a rescatarte y a llevarte con ella. Ella va a venir. Mañana se va del país.

La tienda de perfume cerró su santamaría. La muchacha que atiende la tienda de perfumes evita el contacto visual contigo. Se encuentra con un chamo que la esperó durante cinco minutos. A ella no la plantaron. Te da un poco de envidia. Baja hasta el estacionamiento. Métete en tu carro. Paga la factura carísima. Esperaste mucho tiempo. No preguntes qué pasó. A lo mejor decidió que las despedidas eran tristes y que no quería olvidarte. Podría ser un consuelo.

Tomás Marín.

Adaptación libre del texto “Si yo te olvidara”, de Truman Capote.