El último que vio a Cerati

Estaba yendo para la universidad y lo vi por primera vez. Estaba guindado de un poste dañado de la avenida principal de Los Dos Caminos. Era el afiche que anunciaba la nueva gira de Cerati y su paso por Caracas. Cerati salía con una especie de antifaz negro con fondo gris o azul. Me emocioné y sonreí solo. El señor Juan, el que me daba la cola para la universidad siempre que podía, me preguntó el porqué de mi sonrisa. Yo le expliqué que estaba emocionado por ver a Cerati. Nunca había podido verlo con Soda Stereo (no me había alcanzado el dinero para el concierto que habían dado tres años antes), pero ahora, al menos, podía verlo en solitario. El señor Juan calló. No conocía la música de Soda ni la de Cerati. Él era más de Machín y de Piazzolla. Pensé en mis ahorros. No eran muchos, pero quizás podría pedir prestado a mi papá y a mi mamá. Quizás ellos comprenderían. Ellos sabían, mejor que nadie, mi afición por Cerati y por Soda Stereo. Pero, cuando llegué a la universidad, me vi obligado a pensar en cosas más importantes para el momento. Me enfrentaba, ese día, a un examen de antropología filosófica, un examen en el que, por cierto, salí fatal, pero (menos mal) no tenía la materia en peligro.

Analicé, entre mis compañeros de la universidad, y entre la lista de mis amigos en general, a quién podría proponerle que me acompañara al concierto de Cerati. Era en la Simón Bolívar, por lo que el transporte sería difícil, pero ya improvisaríamos sobre la marcha. Quizás valdría la pena el desbancarse con sendos taxis de ida y vuelta, aunque, luego de calcularlo fríamente, esos dos taxis saldrían más caros que la propia entrada. Las desventajas de vivir en un país socialista con una inflación (ya para esa época) por las nubes. Época de Chávez, cuando se creía que no se podía estar peor. Un año después, Chávez estaría luchando contra el cáncer que haría con él lo que él hizo con el Venezuela. Yo, mientras tanto, no conseguía a nadie con quien ir. A muchos de mis amigos no les gustaba Cerati. Y a los que sí, no les alcanzaba el dinero para la entrada.

Estuve ahorrando durante semanas. Tuve, además, que pedirle a mi mamá y luego a mi papá. Y ellos, tal como yo había supuesto, colaboraron para la causa. Incluso mi mamá, en un arranque de extraña generosidad, me ofreció pagar la entrada para un amigo mío, para que yo no fuera solo al concierto. Pero decliné la invitación. Quizás ninguno de mis amigos merecía tal honor por parte de mi mamá. De parte mía podía ser, si tuviese yo dinero, pero no le podía aceptar eso a mi mamá, quien se partía el lomo trabajando casi todos los días de la semana.

El hecho es que tomé el dinero en efectivo y, guardándolo en mi bulto, con todo el miedo del mundo a que pasase un motorizado (o un malandro de a pie) y me lo arrebatase, fui en metro hasta el Sambil. En el Sambil estaba ubicado un puestito sucursal donde vendían las entradas. Las hubiese comprado más fácilmente por internet, pero no tenía tarjeta de débito ni de crédito para esa época (y mis papás eran unos desconfiados totales a lo relacionado al mundo de las compras por internet).

Fui con mi bulto, sudado después de entrarme a golpes en el metro, que estaba relativamente a la hora pico, y subí hasta el nivel Acuario. Todo para que una señorita con acné y huequitos en la cara que no le quitaban del todo la belleza, me dijese que las entradas para Cerati estaban agotadas. Maldito país. Malditos revendedores. Maldito Chávez. Pero decidí gastar parte del botín ahí mismo, en la misma feria de comida del Sambil. Pasé el despecho instantáneo con un burrito mixto con refresco y con un combo de chocolate y arequipe del Churro-manía. Me había resignado a que estaba destinado a no ver a Cerati.

Cuando estaba a punto de tomar el metro de regreso a casa, me sonó el celular. Me estaba llamando Luis, uno de mis mejores amigos, un tipo que es de esa gente que, por siempre estar feliz, parecieran estar, todo el tiempo, borrachos y empericados. Luis me invitó a una reunión que iba a ser en casa de una amiga en común. La reunión iba a ser dentro de dos sábados, el quince de mayo, el día del concierto de Cerati. ¿Casualidad? ¿Predestinación? ¿Compensación? ¿Dios riéndose en mi casa? No lo sé.

La reunión estuvo normal (Un inciso: Ahora que vivo afuera del país, suelo extrañar, en ocasiones, aquellas reuniones). Una cava, chamas, chamos, conversaciones intentas y no tan intensas, música, licor bueno, del malo y muchas risas, el oasis del paraíso en medio del infierno. En una de ésas, Luis, el mismo Luis que me había invitado, irónicamente estando sobrio, caminó sin ver el desnivel de los escalones de piedritas del patio del edificio. Cayó con todo el peso sobre su rodilla derecha. Todos escuchamos el “crack”. Nos dio muchísima grima. Luis intentó guapear, pero todos sabíamos que todo olía, sonaba y se veía como fractura. Un pana que había llevado su carro a la reunión se ofreció a llevar a Luis a emergencias. Yo me ofrecí a acompañarlo. Luis me dio las gracias sin perder jamás su sonrisa periquera-alcohólica, a pesar del dolor.

Como la reunión era en El Hatillo, yo sugerí que lo mejor sería ir al C.M.D de La Trinidad. Al fin y al cabo, Luis tenía seguro privado y no habría problema. Entramos por emergencias. Nos atendió una enfermera de guardia un tanto gorda y amargada. Se llevaron a Luis adentro y el pana que manejaba (que no nos conocíamos casi) y yo nos quedamos sentados, con un silencio algo incómodo, en la hilera de las sillas de espera.

Ya era de madrugada y se colaba algo del frío exterior por la puerta batiente que daba hacia afuera. Me puse nervioso cuando, desde el otro lado de dicha puerta, se oyó un barullo y se vio el reflejo, amarillo y naranja, de las luces de una ambulancia que se acercaba. Sentí miedo. Las escenas de las emergencias en los hospitales me dan pavor. Pero el barullo aumentaba y se distinguían acentos, para colmo, mezclados entre venezolanos y argentinos. La amargada y gorda enfermera elevó su nariz respingada, preparó un papel y se puso en actitud de alerta.

Y fueron dos segundos, exactamente dos segundos, los que lo vi. Cerati en una camilla que era empujada por un enfermero de bata verde que corría lo más rápido que le daban las piernas. Un no sé si amigo, o socio, o manager, o escolta de Cerati, que lo tomaba de la mano pálida (al igual que la cara), que le decía: “Aguantá, Gustavito, aguantá” y que desapareció, junto al resto, por el mismo pasillo por el que se habían llevado a Luis minutos atrás. Yo tardé en asimilar. Miré al pana que había manejado y noté que estaba tan extrañado como yo. Fue él quien rompió el silencio y me preguntó si a quien acabábamos de ver era a Cerati. Yo asentí como con mariposas en el estómago y con la convicción de un escéptico que está frente al juicio final. Días después anunciaban que Cerati había entrado en un estado de coma, del que no despertaría jamás. A veces me pregunto si fui la última persona (aparte de los enfermeros y de los cercanos) que vio a Cerati con los ojos abiertos. Y sí, vi a Cerati, aunque hubiese dado lo que fuese por verlo de pie, cantando una canción.

Tomás Marín

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Los no-yo

Yo tenía dinero. Yo tenía bastante dinero. No me da pena decirlo. Disfruté de Caracas, de esa Caracas tan putrefacta y corrompida, como quizás nadie lo ha hecho. Fui a los mejores hoteles con los mejores hombres y mujeres, con mis mejores amigos y amigas, hasta con mis ex. Y nuestra vida en los hoteles, o en las fiestas y restaurantes de lujo, fue siempre una auténtica alegría. Nunca escatimamos en alcohol o en drogas de las finas, de las importadas. Éramos felices, y sabíamos bien que éramos felices.

Allí estaba Caracas, como un espejismo que estaba flotando en nuestro mismo mar. De vez en cuando, cuando subíamos el volumen del televisor para que no se escucharan nuestros gritos, oíamos alguna voz de CNN, esas chocantes voces de CNN, hablando acerca de que habían reventado, una vez más, los problemas en Caracas, que ahora sí que estábamos cerca de la guerra civil.

Estábamos en la mitad del año 2017. Las calles de Caracas, tan cercana y tan lejana, se llenaban de muertos, de heridos, de guardias nacionales, de gente que lloraba, de amenazas. Mi papá me había recomendado cerrar todas las redes sociales. Todas. Twitter, Facebook, Instagram. Él me recomendaba cerrarlas cuando los momentos estaban tensos. De todas formas, siempre fue prudente en sus advertencias con respecto al uso de las redes sociales. Me pedía que no le restregara, a la gente corriente, a través de fotos o de posts, mis lujos en la cara. Decía que la gente corriente era muy sensible con respecto a los que nos habíamos lucrado con y gracias al gobierno. Él lo admitía, y yo lo admitía también, y lo aceptaba. Había sido siempre así, y así me gustaba mi vida.

De vez en cuando sentía algo de lástima por la otra gente, por la gente corriente, por los no-yo. Ese mundo inmundo de hospitales públicos, de muertes por hambre o por represión. Aunque lo sentía ajeno, a veces me hacía como latir distinto el corazón, algo difícil de explicar y que no me gustaba comentarle a mi papá. Yo admiraba a mi papá, siempre bien vestido y con lealtad genuina a ese Baco enfermo que eran Chávez, Maduro y el chavismo en general. Mi papá había agarrado una buena tajada y siempre, en las cenas, cuando estaba algo atontado por el vino, decía que el mundo era de los “vivos”. Decía que los que no son “vivos” están condenados a morir jóvenes y hambrientos.

Él me sugería enviarme fuera del país. Él no era un mal padre y le daba un poco de miedo una intervención militar o un golpe de estado fuerte. Aunque no era algo que le quitara el sueño propiamente. El gobierno estaba atornillado y la oposición jugaba bien a interpretar su papel. A veces Leopoldo y Lilian venían a comer a la casa y brindábamos mientras, en la televisión, rodaban, como si fuese en vivo, un video de Lilian con los ojos aguados pidiendo que liberaran a su esposo. Lilian nunca perdió su espíritu de surfista naturista. Fumaba weed conmigo y se reía con carcajadas fugaces y bellas.

Pero yo no quería hacerla caso a mi papá e irme del país. Mi vida estaba bien. Tenía mis amigos y no quería perderlos. Muchos de mis mejores amigos eran de colegios sifrinos y privados. El San Ignacio, el Cristo rey, núcleos opositores. Pero todo el mundo adversa al gobierno hasta que le cae un penique o le salpica algo de petróleo. Y mis amigos eran maravillosos, liberales, espléndidos, desenrollados.

Cuando estallaron las protestas de 2017, cuando había ya varios muertos, mi papá me sugirió hospedarme en un hotel de lujo mientras pasaba el huracán. Estuve tres meses internada, sin salir en ningún momento, en la suite principal del hotel más lujoso de Altamira, ese blanco con ventanitas negras. No quería aburrirme sola, así que invité a mis mejores amigos. Ellos aceptaron. Era como un campamento, sólo que, en vez de canciones en la hoguera y dinámicas idiotas, hubo alcohol, drogas y servicio a la habitación para las tres comidas al día y las meriendas.

Y no deja de parecerme curioso. Desde la suite se veía una panorámica de la Plaza Altamira, donde había enfrentamientos todos los días. No sé si mi papá eligió Altamira por ser irónico, o porque era el hotel de uno de sus mejores amigos de toda la vida, también afín al gobierno, en donde mis amigos y yo estaríamos a buen resguardo.

A veces, por las ventanas cerradas de la suite, veíamos la masacre. Sentíamos, por efecto de las drogas y del alcohol quizás, que la ventana era un televisor pantalla plana con absoluto 4K. Y nos reíamos al ver a los idiotas que defendían al gobierno (y a mí) y nos reíamos al ver a los idiotas que adversaban al gobierno. A veces llegaba, hasta nosotros, el humo de las lacrimógenas, que se confundía con el olor de la marihuana y con el de la pizza recién horneada que pedíamos de almuerzo.

Mi papá me llamaba dos veces al día. Me preguntaba si estaba bien. A veces escuchaba la voz de Maduro al fondo del teléfono, como un eco, como la voz de los profesores de Snoopy, dando una declaración a los medios y diciendo que todo estaba bien. A veces, después de colgarle a mi papá, me ponía a llorar. Mis amigos me consolaban y yo les explicaba que mi papá no era un mal padre. Me daba miedo que lo mataran a la hora de una venganza, eso era todo. Entonces poníamos música de Melendi en la suite y nos asomábamos por la ventana. Disparos, bombazos, palazos, detenidos. Yo me relajaba, sonreía, soltaba una bocanada y agradecía a mi papá, y a Dios, por haberme puesto, literalmente, en la cumbre.

El espray anti-niñas

No sé si a todos les pasó, porque cada experiencia es distinta. Pero la primera persona que nos gusta, en la vida, generalmente estudia en el mismo colegio (o escuela, o liceo) que nosotros. Esto no suele suceder mientras aún somos niños. Cuando yo era niño, al menos así lo recuerdo, las niñas nos daban hasta un poco de miedo. Incluso recuerdo que muchos de mis compañeros jugaban a una cosa llamada “El espray anti-niñas”. Irónicamente, muchos de los que jugaban al “espray anti-niñas”, años después, ya siendo adolescentes o adultos, eran capaces de dar cualquier cosa con tal de que una chama los acompañase, aunque fuese, a tomar un refresco comprado en el Farmatodo. Pero el hecho es que nos comienza a gustar alguien no en la infancia, sino cuando estamos entrando en los peligrosos terrenos de la pubertad.

Cuando yo era niño (aunque no me gusta hablar así, como un viejo con mucha experiencia, pues apenas tengo 28 años), tuve la fortuna de ser un estudiante de colegio libre de las ataduras de las redes sociales, que aún no existían. No había un Facebook para agregarnos entre los compañeros, para hacernos bullying o para stalkear las fotos de la chama que nos gustaba. Lo máximo que teníamos era el anuario escolar. Nuestro anuario, al menos como hasta quinto (o sexto) grado, para colmo, venía en blanco y negro. Y al final del anuario, luego de todos los grados y todas las secciones con sus respectivas fotos, estaba la larga lista general de nombres y números de todo el colegio. Yo siempre buscaba, entre esa lista, el nombre de la chama que me gustaba (éste era el paso inmediatamente siguiente a buscarme a mí mismo). Incluso recuerdo agarrar el libro de las Páginas Blancas, la inmensa guía telefónica de la ciudad, y buscar, entre toda la gente de Caracas con el mismo apellido, el número de teléfono que coincidiera con el de la chama que me gustaba. ¿La razón? Eso me daba una pista de dónde vivía la persona que me gustaba. Puede sonar obsesivo, lo sé. Pero creo que siempre fui un chamo normal. No me hice nunca cicatrices con cortauñas ni arrojé nunca a ninguna mascota por la ventana.

Cuando la persona que me gustaba estudiaba en otra sección, el problema no era tan grande. Capaz me la topaba en el recreo o a la hora de la salida, cuando todos nos arremolinábamos en un espacio mínimo esperando a los carros de nuestros padres, que nos venían a buscar, pero hasta ahí. Podía ser yo mismo dentro del salón. Pero cuando la persona que me gustaba tocaba en el mismo salón que yo, la cosa se complicaba. Yo buscaba mil maneras de llamar la atención de la persona que me gustaba. Y cada manera era más estúpida que la otra. Ya fuese caminar con más “tumbao”, hablar con otro acento o cosas así. Incluso intentar decir alguna intervención inteligente en clases, no siempre con éxito.

Pero, por alguna razón, cuando entré en bachillerato, y durante casi todo mi bachillerato, no presté mucha atención al hecho de que me gustara o me dejara de gustar tal o cual chama. Lo que más me importaba era pasarla bien con mis amigos, conocer gente nueva, explorar Caracas, cosas así. Me gustaba mucho, también, observar, analizar y (muchas veces) burlarme de todo el proceso de cortejo entre mis compañeras y mis compañeros. Eso daba material para escribir una trilogía entera de novelas largas. Cuando ya estábamos en cuarto y quinto año, ese proceso era espectacular de ver, al menos en mi colegio. Cuando estamos en cuarto y quinto año del colegio, somos un poco de todo y de nada. Somos adultos que no son tan adultos y somos independientes que no son tan independientes. A algunos de mis compañeros, a los hijos de familias más adineradas, les daban carros. Con esos carros tenían más posibilidad de invitar a chamas a pasear o a salir. Lo mismo ocurría al revés, con chamas con carro, no se vayan a creer. Yo, como no tuve carro sino hasta bien adulto, y como no tenía (ni tengo) mucho dinero, no me quedaba más opción, cuando quería invitar a salir a una chama, que proponer lugares como una arepera que había que visitar a pie. Por eso estuve soltero hasta que fui universitario. En la universidad la gente no le presta tanta atención a tu estatus.

Pero, en la otra mano, siempre tenía yo un as bajo la manga siempre listo para intervenir en los complejos asuntos del cortejo. Mi as bajo la manga era la cultura. La cultura es lo más importante que podemos cultivar. Con cultura no importa ser feo o ser Brad Pitt (aunque nunca es mejor ser feo que ser Brad Pitt, vamos a sincerarnos). Con la cultura no importa si eres rico o eres pobre. La cultura, además de expandir tu conocimiento y permitirte acercarte a la trascendencia, te permite tener conversaciones de altura que te hacen atractivo a la gente.

Como yo siempre he sido una persona culta (aunque, dicho así, puede sonar un poco pretencioso), y como siempre he sido una especie de intento extraño de injerto de escritor, tuve la oportunidad de presenciar una historia curiosa que quiero contar. En mi colegio, en el San Ignacio, estudiaba un chamo llamado César. César estaba en nuestro mismo salón de humanidades. Tenía el pelo liso y siempre tenía un tic de mover la cabeza para que su pelo (que era relativamente largo dentro del estándar permitido en bachillerato) se moviera como el de una modelo de Pantene. César estaba enamorado (si es que se puede hablar de enamoramiento en quinto año del colegio) de una chama que también estudiaba en mi salón. Esta chama se llamaba Laura. Laura era una persona realmente extraña y curiosa. Era un poco clasista, pero tenía un gran corazón. A veces estaba feliz y a veces pasaba una semana sin sonreír. Tenía unos ojos encandilantemente (aunque dudo que esta palabra exista) azules y el rostro con algo de acné, aún en quinto año.

Yo, y, al escribir esto, se me infla el pecho con algo de orgullo, era relativamente famoso en mi salón, y en mi promoción, como escritor en ciernes. Incluso hacía historias cortas que pegaba en la cartelera y que leían hasta mis profesores (no es un mal comienzo). Esto hizo que César, un día, muy temprano, incluso antes de sonar el timbre de la primera clase, me pidiera el favor de ayudarlo a redactar una carta en la que volcara todos sus sentimientos por Laura. Se me hizo extraño, desde el primer momento, el simple hecho de que César me hablara. César nunca me hablaba. De hecho, César, cuando éramos más chamos, me hacía hasta algo de bullying.

Yo le dije a César que sí. No sólo lo consideré un reto personal (no soy muy aficionado a hacer cartas de amor), sino que pensé que nunca estaba de más estar de buenas con la mayor cantidad de gente posible. César me invitó a su casa aquella misma tarde (por suerte, él tenía carro y no vivía tan lejos de mí). Cuando llegamos a su casa, como eran las dos de la tarde (más o menos) y no habíamos almorzado, César me ofreció de comer. Me dijo que me ofrecía pagarme el delivery que yo quisiera. Yo, que nunca tuve mucho dinero para deliverys, y considerándolo un pago justo por mi trabajo, le pedí a César que pidiera una pizza familiar en Papa Johns, pizza que compartimos junto a un Häagen-Dazs de macadamia que él tenía en su congelador.

Luego de la pizza y del Häagen-Dazs de macadamia (babeo, como el perro de Pávlov, al recordarlo), nos pusimos manos a la obra. Abrimos Word. La idea era que César tecleara y que yo le dictara. Pensé que lo mejor sería comenzar parafraseando a algún poeta famoso. Pensé en Antonio Machado. Antonio Machado es a la poesía en castellano (en mi opinión, el castellano es el mejor idioma para la poesía) lo que los Rolling Stones son al rock. Le dije a César que comenzara la carta robándose la frase de Machado que dice: “Sólo recuerdo la emoción de las cosas y se me olvida todo lo demás”. A él le encantó. Y así fuimos, entre los dos, vomitando flores en aquella carta. Les puedo asegurar, sin temor a equivocarme, que aquélla era, si no la mejor, una de las mejores cartas de amor que se han hecho. Bonita, sincera, poética sin ser cursi.

Puedo asegurar, sin temor a equivocarme, que Laura, de haber leído aquella carta, no sólo hubiese corrido a los brazos de César, sino que seguirían juntos hasta hoy. La idea era imprimir la carta y colocársela a Laura dentro del bulto. Pero cuando íbamos por la cuarta página de la carta, a la computadora de César le dio el telele y se apagó. Nos quedamos unos diez segundos en shock. La computadora había muerto. Se le había fundido la tarjeta madre, o algo así. Toda la inspiración perdida. Antonio machado fundido para siempre, junto a la carta, dentro de la finada tarjeta madre. Quise salvar la situación. Le pregunté a Antonio si quería intentar repetir la carta a mano. Me dijo que no. Me dijo que no valía la pena un trabajo doble por una idiota como Laura que nunca le iba a prestar atención. Creo que Laura nunca supo que César gustaba de ella, o que gustaba de ella hasta el día de la carta, porque creo que, de la rabia, César no gustó más de Laura. Como aún nos quedaba tarde, César y yo bajamos a jugar fútbol al patio de su edificio. Sólo nos faltó una lata de “espray anti-niñas” para ser auténticos niños otra vez.

 

Tomás Marín

Díptico de los fracasos

La enfermera camina rápido tras empujar la puerta que separa la sala de espera y el consultorio del médico. Mira a todos los pacientes con gesto de hastío y de ofuscación. Es evidente que no le gusta nada su trabajo. Aún así tiene que hacerlo. “Natasha Torres”, grita en voz alta. Ve que Natasha se levanta con cierta dificultad. La enfermera le da la espalda y vuelve a cruzar la puerta batiente. No espera a Natasha.

Natasha se sienta en la silla del consultorio. Es una silla que está ya rasgada y botando algo de goma espuma por entre la tela granate. Es lo que hay. Los presupuestos para hospitales son cada vez más nulos en el paraíso socialista. Natasha nota que la mirada del médico tiene un gesto de lástima. Natasha se lo esperaba de todas formas. Todos los indicadores apuntaban al mismo lugar. Aún así suda frío cuando el médico devuelve los resultados de los exámenes y pronuncia la palabra “tumor”.

Los familiares de Natasha van a visitarla. Algunos intentan brindar palabras de aliento. No saben hacerlo. Saben bien que Natasha está condenada a muerte. Los tratamientos para el cáncer son cosa del pasado. Los tratamientos para el cáncer son cosas de países normales. El tío chavista de Natasha culpa a los Estados Unidos. Es un fanático convencido de que existe el imperio malo y el socialismo bueno. Natasha siente ganas de estamparle la cara contra los cristales del espejo de la sala.

La prima de Natasha entrelaza sus dedos con los de Natasha. A Natasha le hace bien el contacto con su prima. Es su prima favorita. Es la prima con la que jugaba desde niña. Es la prima a la que siempre llamaba cuando tenía alguna duda sobre sexo o sobre la vida en general. La prima le dice a Natasha que está prohibido rendirse. Le sugiere que haga un crowfunding por internet. Está convencida de que a Natasha la quiere mucha gente que puede donar algo.

Natasha abre su campaña de crowfunding. Busca en las carpetas desordenadas de su computadora una foto en la que salga linda. Selecciona una que le tomaron la noche en la que le dio el primer beso al que ahora es su ex. Sale con un peinado que le hizo su prima y con una linda camisa azul de botones que le regaló su abuela. La meta del crowfunding es elevada. Pero recuerda que dicen que la esperanza es lo último que se pierde.

Ha pasado más de un mes. Natasha ha recolectado cinco dólares. Con eso no le alcanza ni para el taxi que la llevaría hasta el médico. Pero Natasha sí ha recibido muchos mensajes de aliento. Son mensajes de aliento de personas que se disculpan por no poder ayudar con dinero. Natasha busca en las opciones del menú de la página. Selecciona la que dice “Eliminar campaña”. Apaga la pantalla de la computadora.

Natasha espera el tren del metro. La estación de Plaza Venezuela es un hervidero de gente. Algunas personas se empujan. Otros elevan la cabeza entre la multitud para buscar algo de aire relativamente fresco. Los sistemas de refrigeración están dañados. Suena en los altavoces una melodía patriótica que habla sobre los logros del gobierno. Se divisan las luces del tren desde la abertura del túnel. Natasha salta hacia las vías. La gente grita y aparta la vista.

Roberto lleva varias semanas intentando conseguir la cita para sacar el pasaporte. La respuesta de la página de citas casi siempre es la misma. Los sistemas están colapsados y hay que intentar nuevamente. Pero Roberto intenta a todas horas y nada. Sólo ve la misma imagen de Chávez y de Maduro que le sonríen con mediana resolución. Roberto se rinde por hoy. Hace un clic rabioso sobre la equis que cierra la pestaña.

Otra semana y otra vez que Roberto intenta conseguir la cita para el pasaporte. Está sentado en su computadora a pesar de que tiene sueño y quiere acostarse a dormir. Es casi la mitad de la madrugada. A Roberto le recomendaron pedir la cita de madrugada. Pero aún así la página parece colapsada. Roberto ingresa una vez más sus datos en el formulario. Aparece de la nada un cartel diciendo que la cita ha sido confirmada. Es dentro de cuatro meses. Pero Roberto no puede estar más feliz. Imprime el comprobante en PDF de la cita.

Es el día de la cita del pasaporte. Roberto revisa y comprueba una y otra vez que tiene todos los documentos en regla dentro de la carpeta manila. Nada puede salir mal. Ha sacado incluso copias de emergencia que lleva en una carpeta aparte. La cita es a las once de la mañana. Pero Roberto decide salir a las ocho. Caracas es una ciudad impredecible y hay que estar siempre precavidos con respecto a los retrasos.

Roberto se mete en su carro. Coloca la carpeta manila en el asiento trasero. Mete la llave. La gira. El arranque tiene un sonido extraño. El motor no enciende. Roberto gira nuevamente la llave. De nuevo el mismo sonido como de carcajada sin aceitar. Roberto gira la llave una vez más. Lo mismo. Roberto golpea el volante con rabia y abre la puerta. Levanta el capó. No entiende mucho de mecánica. Aún así mueve unos cables al azar. Gira la llave. Nada.

Roberto llama a su papá al trabajo. Atiende la secretaria. El papá está en medio de una reunión. La secretaria le dice con dulzura a Roberto que su papá podrá atenderlo en media hora. Roberto mira su reloj de muñeca con impaciencia. Lo mira cada cinco segundos. Le encantaría tener el poder que tenía Adam Sandler en aquella película en la que congelaba el tiempo. El papá de Roberto llama a Roberto. Roberto le pregunta si le puede dar la cola hasta las oficinas en donde se sacan los pasaportes. El papá se disculpa. Le dice que es imposible y le cuelga.

Roberto sale de su casa con la carpeta de los documentos en la mano. Son casi las diez de la mañana. Intenta detener un taxi. El taxi no le hace caso y sigue de largo. Roberto espera en la acera a que pase otro taxi. Otro taxi pasa. Roberto le hace la señal de que se detenga. El taxi le dice que no a Roberto con su dedo. Roberto comienza a desesperarse. Un taxi con un carro destartalado por fin se detiene. Roberto se monta y le pide al taxista que vaya lo más rápido posible.

Roberto se arrellana en el asiento trasero del taxi. Está un poco más tranquilo. “Upa”, dice el taxista como para sí. Ese “Upa” levanta a Roberto de su arrellanamiento y lo estresa. Pregunta qué pasó. El taxista le señala una calle totalmente trancada. Hay una manifestación de médicos que exigen materiales. Un contigente de la guardia nacional vigila a los médicos de cerca y los amenaza con reprimirlos duramente. Roberto pregunta al taxista si puede ir por una vía alternativa o por un camino verde. El taxista le dice que no. “Todo eso debe estar trancado”, argumenta. Pero le sugiere a Roberto tomar el metro. La estación de Caño Amarillo está cerca.

Roberto llega a la estación. Baja corriendo las escaleras. Tan arreglado que había salido de su casa con la ilusión de tomarse la foto para el pasaporte. Ahora está todo sudado y despeinado. Hay muchísima gente en los andenes. El reloj indica que pronto serán las once. Roberto calcula cuánto tiempo tomará llegar a la cita. Pasan cinco minutos y el tren no viene. Una voz habla por los roncos altavoces internos. Dice que hay un retraso y que será largo. Ha surgido una irregularidad en la estación de Plaza Venezuela. “Oí que se lanzó una mujer”, dice una señora gorda que espera detrás de Roberto. Roberto se sale de la fila y bota la carpeta en la papelera del metro. Se siente un poco abrumado. Tiene la impresión de que se quedará atrapado en Venezuela para siempre.

Tomás Marín

Una tarde con muchos pájaros

Ante todo digo que escribir es algo que no se me da muy bien. De hecho, creo que es la primera vez, apartando las cosas del colegio y de la universidad, que voy a escribir un texto tan largo. Pero es que la historia lo amerita. Voy a cambiar todos los nombres, menos uno. Cuando le dije a mi mamá que iba a escribir sobre esto, me recomendó, casi me suplicó, que no dijese el nombre real de uno de los protagonistas de esta historia, de ese hijo de puta del que, creo, todos merecen saber. Mi mamá me dijo que un bicho así sería capaz de vengarse de mí, y confieso que tuve dudas durante un momento. Pero, ¿no es lo mejor ser valiente en un país, y en un mundo, repleto de hijos de puta? Él, de quien hablo, ahora está viviendo en Perú. Confieso que, a veces, cuando leo las noticias que hablan de que han muerto, o han matado, venezolanos en Perú, me gustaría escuchar su nombre. Puede que esta historia no sea literariamente la mejor. Pero es como una especie de catarsis que quiero hacer.

Yo tenía una amiga que se llamaba Rudy. Estudiaba conmigo en la Santa María. Estudiábamos derecho. Pero no crean. No nos hacíamos tantas ilusiones. Sabíamos bien que estudiar derecho en una universidad que es una mierda (hay que estar claros) como la Santa María no depara ningún futuro brillante en un país en el que, de por sí, las universidades se están yendo cada vez más a la mierda.

Pero, a pesar de todo, Rudy y yo éramos buenas estudiantes. Ella era un pelo más sifrina que yo. Vivía por la zona del casco central de Chacao. Yo iba full a estudiar a su casa. Después de estudiar, nos encantaba pasear por la zona de la Plaza Bolívar de Chacao. Ella, como tenía un pelo más de plata que yo, siempre me brindaba algo. A veces un raspado, a veces un helado. Pero también era de esas chamas que brindaba siempre un consejo o un abrazo. De pana que una de mis vainas favoritas, en el mundo, era estar con ella, a la hora del atardecer, por esa zona, por donde juegan los niños y por donde rondan motorizados con caras de que te quieren robar.

Había una vaina que, tanto en la casa como caminando por Chacao, era el tema favorito de conversación de Rudy: su novio. Ella hablaba siempre de él como si estuviese hablando de Brad Pitt (aunque pongo a Brad Pitt como un ejemplo nulo. Él no es, ni de lejos, mi actor favorito, o el que me parece más bello). El novio de Rudy era un chamo que no era ni tan feo ni tan lindo. No era tan lindo como para ser modelo de Calvin Klein, pero tampoco era tan feo como para no poder ser modelo de una vaina niche como el Palacio del Blumer.

El novio de Rudy tenía un Optra (que nunca supe bien si era gris o era plateado). Rudy, cuando hablaba de su novio, hablaba también del Optra como si fuese la alfombra mágica de Aladdín. Decía que allí se dieron su primer beso, decía que allí fue donde él le pidió el empate, entre otras vainas. Yo, a modo de comentario que no interesa a la historia, pero que quiero hacer, hubiese preferido que me pidieran el empate en un restaurante fancy o en un mirador (al menos que él haya estado en un mirador, pero dentro del Optra, cuando le pidió el empate a Rudy, pero eso no viene al caso). El hecho es que el novio de Rudy (que no lo he dicho, se llamaba Daniel) venía bajando con el Optra por la autopista. Según lo que entendí, fue por la parte inmediatamente después del túnel de la Trinidad. Venía solo. Lo abordaron en un carro y, siguiéndolo, lo obligaron a irse hacia uno de esos callejones oscuros de esa zona cerca del Club Hípico. Como se resistió al robo, lo mataron. Fueron varios tiros. Fue burda de fuerte.

Rudy se volvió mierda cuando se enteró. Yo le agradezco demasiado a la vida que no tuviese que ser yo quien le dijese. Rudy de verdad amaba a ese carajo. En el velorio parecía como drogada. Ni siquiera estoy segura de que me llegó a reconocer cuando me vio. Y esa vaina siempre es un peo, cuando a una amiga tan cercana le pasa una vaina así. Tú no sabes si darle su espacio o estar siempre con ella.

Yo opté por la opción de darle su espacio. Pero me arrepiento, y me arrepentiré, hasta la última palada de tierra, como se dice por ahí, de haber tomado esa decisión. Había un chamo en la Santa María, que es el hijo de puta de quien hablaba al principio de este texto, llamado Kevin. Kevin era uno de esos chamos que dan mala espina, de esos chamos que parecen merengueros de Sábado Sensacional, con una franela medio pegada y zarcillos brillantes. Kevin estudiaba odontología y era de esos chamos que no respetan cuando una chama no quiere con ellos, o cuando una chama tiene novio. Él siempre, al menos dos o tres veces a la semana, venía hasta donde estábamos Rudy y yo para caerle a Rudy. Siempre decía babosadas como: “Deja a ese blanquito de tu novio y vente conmigo”. Yo le decía a Rudy que le dijera al novio. Yo estaba segura de que el novio de Rudy le partiría la boca al imbécil de Kevin. Pero Rudy pensaba que lo mejor era no pararle bolas.

Kevin nos dio la impresión de que se estaba comportando como un caballero, o como un buen amigo, con Rudy cuando Daniel se murió. Llamaba a Rudy todos los días, le escribía y la consolaba. Pero cuando comenzó a querer ir a su casa, había como algo que no me cuadraba. Pero no me sentí capaz (y me arrepiento demasiado de eso) de advertírselo a Rudy. Aunque, quizás, Rudy no me hubiese parado bolas igual.

Desde que se había muerto Daniel, Rudy casi no salía de su casa. Al principio, en las primeras semanas, era algo que no extrañaba a nadie. Pero Daniel tenía más de tres meses muerto y Rudy no salía. Quienes la queríamos ver, teníamos que ir a visitarla. Los papás de Rudy la apoyaron en esto, en que ella llevara el luto como quisiera. Pero a mí no me convencía tanto. La carrera en la Santa María se había quedado como en stand-by y Rudy, a veces, descuidaba su propio aspecto. A veces se parecía a la chama del aro. Estaba toda despeinada y costaba sacarle tema de conversación.

Y me empezó a preocupar, por eso y por todo, que Kevin fuera la persona que más visitaba a Rudy. Por un lado, al principio, no me pareció tan malo. Rudy cada vez se veía, entre comillas, más contenta. Por otro lado, una persona como Kevin, que no me inspiraba confianza, no me podía dar tranquilidad total con respecto a Rudy. Yo tampoco tenía tanto tiempo para visitarla. Ya Rudy no estaba en condiciones de ayudarme a estudiar y estábamos en época de parciales.

Una tarde con muchos pájaros (no sé si este detalle aportará algo a la historia, pero me llamaba la atención, o me la llamó ese día) recibí un Whatsapp de Rudy. Me pareció raro. Rudy tenía bastante tiempo sin usar Whatsapp. De hecho, cuando veías su última conexión, en la parte de arriba de la pantalla, aparecía una fecha de meses atrás. Rudy me puso “Hola”. Yo intenté llamarla, pero la llamada no me cayó. Después ella me mandó un voice largo. Tuve un no sé qué en el estómago antes de abrirlo.

La voz de Rudy sonaba como partida, como triste, como rara. Me decía que se sentía mal. Yo estaba un poco harta. Yo sentía que un luto no podía ser tan largo. Pero el mensaje de Rudy me dejó helada. Resulta que Kevin, el hijo de las mil malditas putas de Kevin, había comenzado a leer libros de brujería y esas vainas pavosas que venden en los kioscos de Plaza Venezuela. No era que Kevin se interesara de verdad en esas mierdas. Lo que quería era intentar convencer a Rudy de que él podía utilizar su cuerpo como medio para que Daniel estuviera otra vez con Rudy. Sé que suena raro. Ni siquiera sé si me estoy explicando bien. Pero así fue la vaina. El carajo se aprovechó de que Rudy estaba medio loca (aunque, dicho así, suena horrible) para tirar con ella, convenciéndola de que él era Daniel.

Yo no sabía si reírme, si llorar. Yo no supe qué coño hacer en una situación así. Pero siento que tomé la decisión más estúpida de todas. Me vestí y bajé corriendo hacia la calle. Yo vivo por San Bernardino. Pagué un taxi y fui hasta la casa de Rudy. Le pedí que me lo explicara en persona. Yo seguía sin entender muy bien las cosas. Por primera vez la veía con una especie de amago de alegría. Me dijo que Kevin le había hecho el favor más grande de su vida, que era el poder volver a estar con Daniel.

Yo tuve un ataque de arrechera inmenso. Le dije a Rudy que era una bruta y una estúpida. Menos mal que los papás no me escucharon. Creo que me hubiesen botado a patadas de la casa. Yo más o menos pude serenarme y le dije a Rudy lo que pensaba, y yo pensaba que Kevin la había jodido. Me daba arrechera, pero una arrechera infinita, la idea de imaginar a Kevin diciéndole a sus panas, tan asquerosos como él, una vaina como: “Marico… y convencí a Rudy para tirar con ella. Le inventé que yo era Daniel”, y los amigos de Kevin riéndose como unos machistas de mierda, como unos imbéciles.

Rudy me pidió que me fuera. No tenía un gesto de arrechera o de dolor, ni siquiera de decepción. Su gesto era como de: “Marica, no vengas a joderme mi mundo perfecto”. Yo no sabía si pedirle disculpas, no por lo que dije, sino por cómo se lo había dicho, o quizás por no habérselo dicho en el momento adecuado. Opté por pedirle disculpas, pero ya era tarde. Rudy me pidió que me fuera. Yo no quería hacer el problema más grande y salí. Ella cerró la puerta de un trancazo, de vaina me dio en la nariz. Y ésa fue la última vez que la vi.

Rudy se ahorcó horas después de eso. Yo me sentí mal y, hasta hoy, me ronda un pelo la idea de que, quizás, yo influí en el hecho de que Rudy se ahorcara. No quise saber más de ella, ni de sus papás, ni siquiera del hijo de puta de Kevin. De hecho, para evitar encontrármelo alguna vez, decidí dejar de estudiar en la Santa María, no me importó ni siquiera que ya estaba casi en mitad de la carrera.

Pero, aún así, una amiga me dijo, meses después (una amiga que conocía a Rudy y a Kevin), que Kevin se había ido a vivir a Perú. Ya han pasado casi tres años desde que pasó todo lo que cuento. La única y última vez que me metí en el Facebook de Kevin a ver qué había sido de su vida, hace relativamente poco, vi que estaba trabajando como vendedor ambulante en Lima. Seguramente hace parte de ese grupo de hijos de puta, infinito, que, como él, emigra siendo un hijo de puta, y lleva ese cáncer, incrustado en la venezolanidad, hacia otros países.

Samira Ileos.

La policía en Caracas siempre ha sido una mierda. La policía en Caracas nunca ha me ha infundido alguna otra cosa que no sea miedo o asco. Miedo porque sabes que tu vida y tus pertenencias no valen nada para ellos. Sabes que te pueden robar todo o te pueden disparar en la cabeza porque eres blanco o porque cobraste tu quincena. Asco porque tienen esa altanería maldita que ni siquiera tienen los delincuentes más activos.

Los casos en los que la policía de Caracas hace algo bien son contadísimos. Son casos absolutamente excepcionales. Yo no sé si los policías se pueden conmover alguna vez con algo. Siento que son seres casi todos embrutecidos incapaces de experimentar emociones. Aunque tengo casi la certeza de que se conmovieron cuando entraron a la casa del novio raro de Natalia y vieron los dos cuerpos. El del novio raro de Natalia estaba sobre el sofá. Me recordaba un poco la imagen de Sócrates bebiendo la cicuta. El de Natalia estaba en el suelo. Natalia (o la ex Natalia) recordaba la famosa imagen de Ofelia sobre el agua. La diferencia era que Natalia estaba muerta sobre una alfombra persa de imitación comprada quizás en Sabana Grande.

Pero los cuerpos aparecieron censurados cuando el mediocre noticiero de Venevisión pasó la noticia en la emisión de la noche. Los cuerpos tenían esa especie de cristal borroso que ponen en edición cuando se considera que una imagen es demasiado fuerte para ser vista por los espectadores estúpidos. Siento que no se comprende que en Venezuela ya nada es capaz de conmover a nadie. Los muertos que ves en la calle (en 3D y hasta en 4D) no tienen esa censura. Tú los ves ahí y ya. Algunos enmohecidos y algunos cubiertos por un trapo blanco y miserable que deja traslucir mucho rojo.

Me es difícil escribir una historia como la que quiero contar. He pasado mucho tiempo dándole vueltas en mi cabeza. No es que la historia me conmueva propiamente. Es que no he sabido cómo contarla. Me genera un poco de inquietud el pensar que algún familiar de Natalia pueda sentirse ofendido con todo este relato. Pero me arriesgaré. Yo fui amigo de Natalia y siento que tengo todo el derecho.

Podría mentir y decir que Natalia y yo éramos amigos cercanísimos e inseparables. Podría decir que Natalia era como una hermana. Pero no lo haré. No fue así. Natalia era una amiga equis. Era una amiga con la que yo salía de vez en cuando. Natalia era una de esas amigas a las que también ves de vez en cuando en alguna reunión y compartes con ella un Cacique con Big Cola. Era una chama bonita e interesante. Tenía los ojos color verde botella y tenía el pelo castaño con un rizo que no se terminaba de formar y que descendía en un tirabuzón elegante que pocas veces se despeinaba.

A Natalia le gustaba contar sobre su vida. Era una chama que gustaba de hablar. Natalia también era una chama que gozaba con la extraña costumbre de ir sola a un restaurante o a un bar (nunca de mala muerte. Natalia era de más o menos plata) a tomar una copa de vino o una copa de vermú. Decía que estos licores le ayudaban a indagar mejor en sus reflexiones personales. Creo que era la intensidad de Natalia con comentarios como ése la que nos hizo ser amigos. Pero el hecho es que Natalia me contó un día que había conocido a un chamo en una de sus reflexiones de vino y vermú.

Y vaya si el chamo agradó a Natalia. Se había convertido en uno de sus temas de conversación favoritos. Nunca lo llevaba a las reuniones. Decía que al chamo no le gustaban y que prefería quedarse en su casa viendo Netflix o documentales. Natalia lo describía como un chamo con el pelo liso negro casi hasta los hombros. Lo describía también con cierto tono de voz un tanto afeminado y sutil. Ese tono encantaba a Natalia según lo que nos decía.

Sí me llamaba un poco la atención (a todos los amigos de Natalia nos la llamaba) el hecho de que Natalia tampoco tuviera fotos con él o de él. El perfil de Whatsapp del chamo mostraba la silueta del muñequito blanco con fondo gris que indica que el usuario no tiene foto de perfil. Natalia alegaba que no tenía fotos de él (o con él) porque a él no le gustaba tomarse fotos. Algunas amigas en común se reían agitando el vaso de Cuba libre en la mano y decían que el cuadre de Natalia no era más que un rarito.

Pero la que comenzó a ser una rarita fue Natalia. Poco a poco se fue transformando en otra persona. Esto ocurría de una manera casi imperceptible. Ocurrió en un proceso que tardó varios meses. No cambió de la noche a la mañana como Scrooge. Yo no sé a las otras personas. Pero a mí me molestaba mucho (y me sigue molestando) que mis amigos cambien. Sobre todo me molesta cuando estos cambios están influenciados por otras personas.

Podría perdonarse un poco si el cambio es para bien. O al menos es un cambio divertido. Pero el cambio que se iba gestando en la personalidad de Natalia no tenía nada de divertido. No es que fuera pasando de santurrona a puta o de puta a santurrona. Ése suele ser el tipo más común de los cambios que puede haber en la muy particular sociedad de jóvenes de la clase media o media alta de Caracas. El cambio de Natalia era de ausencia. Natalia se iba volviendo una chama cada vez más abstraída y más ensimismada. Natalia siempre tenía la un poco cotufa costumbre de vivir haciéndose selfies para poner en Facebook y estimular su ego con los likes. Pero era su forma de ser. Era la Natalia de siempre. La nueva Natalia no colocaba ya nada. De vez en cuando ponía algún pseudotexto o pseudodocumental raro que me daba ladilla leer o ver debido a su tema metafísico. Lo metafísico siempre me ha parecido aburrido y estúpìdo.

No había que ser un Sherlock Holmes para darse cuenta de que aquel cambio de lo cotufa a lo (mal) raro en Nati estaba influenciado por esa especie de cuadre/novio/amigo/seductor que había conocido durante la maldita tarde de vino o vermú en la que su vida cambió. La información que yo tenía sobre él (quizás por no ser metiche y por no querer indagar más) era muy escueta. La imagen que me había formado de él en mi cabeza estaba armada sólo por las descripciones que daba Natalia. Sabía también que él había estudiado uno o dos años en España. Creo que en Madrid. Creo que una carrera rara como artes o como sociología.

El cambio de Natalia no me dolía. Pero sí me irritaba un poco. Natalia adquirió la costumbre de usar poquísimo el Facebook y el Whatsapp. No es nada malo esto. Pero en ella era un poco inconcebible. Era como un síntoma de alguna anomalía de cuidado. Yo decidí cruzar un poco la línea y llamarla. La llamé al celular y no me contestó. La llamé a su casa y hablé con su mamá. Su mamá me la pasó. Le dije a Natalia que la invitaba a comer o a tomar algo al restaurante de los chinos en Los Palos Grandes. Me dijo que sí. La fui a buscar en el carro.

En el restaurante de los chinos me di cuenta de que tenía unos cuantos meses sin ver a Natalia. Su ausencia había sido tan sutil y tan de a poco que no la asimilé en su total dimensión. Natalia me dio un poco de grima aquella tarde. Estaba más pálida y tenía el semblante como más sombrío. Le dije que parecía que había salido de una cárcel. Ella no se rió aún cuando sé que un comentario así le hubiese hecho estallar la carcajada meses atrás. Yo pedí rollitos. Ella pidió un vaso de agua. Yo le dije que no jodiera. Le dije que pidiera algo de verdad. Le dije que yo se lo pagaba. Ella me dijo que ya no comía grasas. Me dijo que ya no tomaba nada que no fuera agua. Yo la dejé ser. La reunión con Natalia en el restaurante de los chinos fue un desperdicio. La conversación era con pinzas. Muy incómoda. Natalia se bebió sólo un dedo de su vaso de agua. Aunque rescato que los rollitos que me comí estaban bastante buenos.

Natalia pasó uno o dos años siendo un tema de conversación casi perenne en las reuniones que hacíamos en Caracas. Hasta las mamás de algunos amigos conocían su historia. Todos echaban su propio comentario sobre ella. Todos compartían alguna vivencia con Natalia y comparaban cuándo había sido la última vez que la habían visto. Natalia se había convertido en una especie de leyenda urbana. La chama que se había vuelto loca. O que la habían vuelto loca.

La última vez que vi a Natalia fue cerca de la Plaza Altamira. Caracas estaba en la mega mierda y ya yo tenía mi pasaje para largarme de esa selva inhóspita e irme a trabajar y progresar en un país de verdad. Natalia estaba cruzando la calle y yo la llamé desde el carro. Estaba bastante flaca. Más flaca que de costumbre. Se acercó a mi ventana y me saludó. Sentía que me hablaba en código. Había adquirido cierto tic en el parpadeo que me llamó la atención y me ponía nervioso. Me dijo que pronto se iría de misión. Aunque nunca me dijo a dónde. No me importaba tampoco.

En casa de Juan Pablo me dieron la noticia. Recuerdo que estábamos comiendo Doritos y jugando Smash. A alguien le había llegado un Whatsapp que no se sabía por entonces si era verdadero. A Natalia la habían encontrado muerta en el apartamento de ese chamo raro. Él estaba muerto también. No había violencia en los cuerpos de la escena. Sólo un gran desorden de cosas tiradas que acaparó casi la totalidad de las conversaciones de aquel día.

Páginas amarillistas y mediocres como La Patilla y DolarToday comenzaron a regar la noticia con letras mayúsculas y amagos de clickbait. Otras páginas más serias relataban la noticia sin dar muchos detalles. No había muchos realmente. El Nacional fue el que más indagó. Pero no pudo dar con mucho. La imagen de los artículos siempre era la misma. Los cuerpos muertos con la censura que los hacía borrosos. Alguna foto sin censura se filtró por Twitter. La gente es morbosa. Pero yo no la quise ver.

Se han manejado muchas hipótesis en relación a lo que le pasó a Natalia. Se sabe que fue un suicidio acordado. Aunque no se sabe por qué. Yo he escuchado a mucha gente decir sus versiones (algunas más descabelladas y verosímiles que otras). Y la que más me convenció fue la que decía que el chamo raro había convencido a Natalia de que ella era una especie de ser que no era de este mundo. Que era quizás princesa o quizás reina de algún planeta lejano que había sido secuestrada aquí en la tierra (con la mala suerte de caer en un basurero como Venezuela). Se dice que supuestamente él la convenció de regresar a su planeta mediante la muerte. Pero que no era tan sencillo. Que no era matarse y ya. Que el cuerpo tenía que estar preparado sin azúcares y sin grasas para poder hacer un viaje rápido y cómodo. Que él la acompañaría y por eso se había matado también en ese entuerto idiota digno de un poema embriagado de Byron.

Y yo me siento un poco estúpido al contar así como así la que me parece la hipótesis más creíble de lo que le pasó a Natalia. No sé si Natalia sería capaz de dejarse convencer de hacer una cosa así. Pero se han visto cosas más raras. De todas formas ésa será una historia que se diluirá entre otras más horribles. Caracas haría las delicias de Agatha Christie. Y todo será siendo igual. La policía seguirá siendo una mierda.

 

T.M.

 

“En este barrio no se aceptan cobardes”

En la Monteávila teníamos un profesor que daba una materia burda de nula. Se llamaba Isaías. No era el mejor profesor del mundo, pero sentía amor por enseñar, y eso es contagioso. Lo otro que me gustaba era que hacía que nosotros, los alumnos, pateáramos calle. Nos mandaba trabajos que implicaban ir a lugares que estaban alejados de nuestra zona de confort. Lugares que nos hacían conocer la Caracas de verdad.

Me daba mucha risa ver a muchos de mis compañeros arrugar la cara. Los trabajos de Isaías daban miedo a algunos. Pero Isaías tenía razón en algo. Era inconcebible que un comunicador social se limitara a conocer sólo el sector cómodo de Caracas. Algunas chamas, con acentos mandibuleados, reclamaban, se negaban. Decían que era peligroso. Y, realmente, lo era. Pero Isaías jamás daba su brazo a torcer.

A mí me tocó ir a la Bombilla. Es paja. En realidad, yo decidí ir voluntariamente a la Bombilla. Ya yo había ido a la Bombilla en alguna ocasión. Tenía amigos que iban a hacer labor social, y yo los acompañaba. Sentía, por eso mismo, que ellos podrían ayudarme a elaborar un buen trabajo, un trabajo que, además de impresionar al poco impresionable Isaías, fuera un trabajo de Comunicación Social de altura.

Isaías me felicitó cuando yo le dije que iba a ir a la Bombilla. De hecho, me citó como un ejemplo frente al resto del salón. Era el día de presentar las propuestas, y la mía era la mas arriesgada. Pero dijo que no era prudente que yo fuera solo (y razón tenía). Dijo que algún voluntario debía ir conmigo. Preguntó, con su voz de profesor joven y sobreexcitado, quién quería ir conmigo. Nadie levantó la mano.

Había caras de susto por doquier. Sin embargo, después de pocos segundos, Isaías aumentó el premio al voluntariado. Prometió que quien fuera conmigo tendría dos puntos extras en la nota definitiva del trimestre (sí. La Monteávila evalúa por trimestres, como los colegios). Esa oferta resultó lo suficientemente tentadora para que un par de compañeros levantaran la mano. El elegido fue Kristhian.

Kristhian era pana, era burda de pana. Había estudiado en Los Arcos y siempre vestía con una especie de chaqueta de cuero, al estilo de los rockeros de la vieja escuela. Él, a pesar de que era de plata, no le tenía miedo a Caracas ni a la calle. De hecho, yo me entretenía burda escuchando sus relatos acerca de los toques que había hecho en los antros más antros y en las ratoneras más undergrounds de toda Caracas.

Habíamos quedado en ir a La Bombilla un sábado. Ninguno quiso llevar el carro. Pero lo más recomendable era no ir en transporte público. Lo echamos a la suerte. Echamos un partido de FIFA. El que perdiera debía llevar su carro hasta la Bombilla. Encendimos la Playstation que había en la casa de Kristhian. Era brutal jugar allá. La Playstation estaba en una especie de pasillo que daba al aire libre, a un jardín precioso que tenía la casa y a una vista espectacular de Terrazas del Club Hípico y Prados del Este.

Gané en penales. El partido estuvo reñido. Pensé que Kristhian reclamaría, pero no reclamó. Cumplió su palabra. El sábado siguiente iríamos a La Bombilla en su carro. Por cierto. A fin de cuentas no he dicho en qué consistía el trabajo que nos había mandado Isaías. Había que reseñar una actividad cotidiana que se hiciera en una zona “x” o “y” de Caracas. Parecía tan fácil. Pero no lo era.

La Bombilla queda burda de arriba. “Más allá que más nunca”, como decía mi papá, citando a Gallegos. Algo, cuando íbamos subiendo, me hizo preguntarme acerca de qué coño de la madre estaba buscando yo en un lugar como La Bombilla. Mucha de la gente se nos quedaba viendo. Es cierto que el carro de Kristhian no era el más lujoso, pero relucía en comparación con las motos y con las cafeteras que había en la Bombilla.

A Kristhian y a mí nos faltó un poco de organización. Nosotros no habíamos llamado previamente a nadie. De hecho, yo ni siquiera me había comunicado con mis amigos para decirles que íbamos a ir. De hecho, hacía tiempo que ni sabía si mis amigos aún hacían labor social en la Bombilla. Nos aparecimos como un par de fantasmas en el corazón de la barriada, y dijimos que queríamos hacer un trabajo.

Yo me sentía algo nervioso. Nunca le tuve miedo a Caracas, pero tampoco era un chamo como para estar metido en un lugar como La Bombilla. De hecho, siempre pensaba que yo era como demasiado sifrino para los pobres, y demasiado pobre para los sifrinos. Pero ése no es el caso. El caso es que, aparte de la mirada hostil de muchas personas, nos atendió un señor, como de cuarenta años, que se llamaba, nunca lo voy a olvidar, Ramón.

Yo nunca supe el papel exacto que desempeñaba Ramón en La Bombilla. Era una especie de líder comunitario, aunque nunca supe si por elección popular o por carisma solamente. La gente casi que le rendía pleitesía y lo saludaban a su paso. Como Kristhian y yo estábamos caminando al lado de él, la gente nos saludaba también. Yo me sentí seguro. Kristhian supongo que también, aunque me miraba con cara de “Marico, dónde coño me metiste”.

Ramón tenía una chemise verde medio desteñida y una lipa cervecera. Nos invitó a un par de Polares. A mí no me gusta la cerveza, pero trataba de no hacer muecas cada vez que me echaba un trago. Nosotros le explicamos a Ramón el trabajo. Le dijimos que teníamos que documentar alguna tradición de algún sector “x” de Caracas. Ramón nos miró con cierto interés y dijo que en la Bombilla no se hacía mucho realmente.

Pero nos dijo que, en los ranchos más bajos de La Bombilla, se hacía una competencia particular y curiosa. Yo, que al fin y al cabo era (y soy) un chamo bastante ingenuo, pensaba que se trataba de algún tipo de deporte, o algo. Supongo que Kristhian pensaba lo mismo. Y, en cierto modo, lo era. Eran las competencias de puñaladas. Tan surrealista como suena. Y tan alejado de la ley. Ramón nos preguntó si queríamos ir. Yo miré a Kristhian. Kristhian me miró a mí. Yo no sé cómo Ramón nos terminó convenciendo de ir.

Yo estaba cagadísimo. Y Kristhian ni se diga. No nos daba miedo nuestra propia seguridad. Ramón nos había prometido protección. Y su autoridad y su carisma hablaban por él. Nuestro miedo era un poco acerca de lo que podíamos presenciar, del saber qué tan literal podía ser una competencia de puñaladas. Bajamos hacia una especie de callejón ancho que parecía estar un poco escondido, y, en cierto modo, lo estaba.

Y vaya si fue literal lo de la competencia de puñaladas. Habría unos cien espectadores. Muchos de ellos saludaron a Ramón y no podían disimular su cara de extrañeza al ver a dos chamos como nosotros en un sitio y en unas circunstancias como aquéllas. En medio del círculo que formaba la gente había un piso de tierra que, suponíamos (y, efectivamente), era la arena, el campo de batalla o de competencia.

Aquel día sólo habría dos competidores. La gente lo decía con cierto lamento. Yo, en cierto modo, me sentía un poco más tranquilo con eso. No pretendía estar todo mi día viendo un campeonato de puñaladas en un barrio de Caracas. Yo pensaba que actuaría un poco como las películas de terror. Si alguna escena me parecía particularmente asquerosa, repulsiva o violenta, yo, sencillamente, me cubriría los ojos y me limitaría a escuchar.

Salieron los dos competidores. Uno de ellos era un chamo flaco, flaco, muy flaco, como de unos diecisiete años. Tenía el pelo corto y tenía una camiseta medio vieja de los Astros de Houston. No llegué a escuchar bien su nombre a razón del jolgorio y de los vítores que recibió de parte de la gente, que gritaba como si no hubiese mañana. Ramón aplaudía de forma sobria, como si fuese una gran autoridad. Yo no sabía si aplaudir por educación o sólo ver. Estaba prohibido, por las mismas reglas de ellos, grabar videos o tomar fotos. No es que no confiaran en nosotros. Pero el material podía subirse a la red y eso podía llamar la atención de la policía, supuestamente. Me dieron ganas de reírme. Qué coño iba a hacer la policía en un lugar como La Bombilla. Decidí aplaudir, aunque sin llamar mucho la atención.

El otro competidor, el contrincante del flaco con la camiseta de los Astros de Houston, era uno que se veía un poco más robusto y maduro, quizás hasta un poco cuarentón. Tenía cicatrices horribles por el brazo, y hasta una en la cara. Eso me hizo intuir que él era un poco más experimentado que su rival. Lo aplaudieron también con mucho júbilo, como a una celebridad que, bajando del pedestal, había llegado a La Bombilla.

Me sorprendió que invitaron (aunque sospecho que había sido acordado previamente, a razón de su liderazgo) a Ramón a ser árbitro. Aunque es un eufemismo. No haría falta realmente un árbitro. La pelea era hasta que uno de los dos se rindiese o hasta que uno de los dos muriese. En la Bombilla no se andan con huevonadas. Lo que hizo ramón fue agarrar una especie de cuerda delgada y amarrar las muñecas de los dos competidores, la una a la otra. La idea era que ninguno de los dos saliera corriendo. No se podía. Estaba prohibido. Uno de los espectadores, con voz niche, dijo que en ese barrio no se admitían cobardes. ¿Cómo no creerle?

Hubo un círculo vicioso entre los gritos, los sonidos indescifrables y los primeros gestos de los competidores. Yo sentí un vacío en el estómago. Jamás había pensado ver algo así en vivo. La muchedumbre se emocionaba más y más. La gente gritaba cosas como “Mátalo”, “Dale”, y otras por el estilo. Pensé en grabar algo, pero sabía que me iría peor. No quería ganarme el pulgar abajo de Ramón.

Pensé que alguien intervendría, que alguien se acercaría al lugar y diría que bastaba, que, con la primera sangre, ya todo estaba resuelto y decidido. Pero nada. La sangre que los oponentes se sacaban entre sí lo que hacía era exacerbar más a la gente. Aún no había ningún corte realmente profundo, sólo laceraciones en las piernas y en los brazos hechas de una manera veloz, vertiginosa, casi imperceptible. Sólo habían pasado un par de minutos.

Yo sabía, y todos lo sabíamos, que todo podía terminar en cualquier momento. Los mismos competidores lo sabían. Estaban concentrados el uno en el otro. Se miraban a los ojos, a los brazos, a las piernas. Cualquier descuido significaba la vida en un momento como ése. Y fue un descuido el que hizo el novato, novato al final. La puñalada le abrió el estómago. Convulsionó en el suelo sin poder desamarrarse del otro, que lo remataba con estocadas ciegas. Se quedó quieto.

Los niños se peleaban por ver quién retiraba el cuerpo. No sé a dónde llevaron al perdedor. No era de mi incumbencia. Al ganador, herido y algo ensangrentado, lo alzaron en hombros, como a un héroe. Eso es lo que hacían para entretenerse en un lugar como La Bombilla. Kristhian y yo bajamos a Caracas, a nuestra Caracas de algo de confort, un poco en shock. Necesitamos de varios minutos para asimilar todo, para poner las ideas en orden, para terminar de hiperventilar.

Es cierto que Ramón había sido amable con nosotros. Nos pidió que, por seguridad, no reveláramos su nombre verdadero. Fuimos a casa de Kristhian. Aún era de día. Trabajaríamos en el pasillo que estaba frente al jardín de su casa y a las vistas bonitas. Él sacó su laptop. Yo le dictaba. Él escribía. O se suponía que escribía. No sabíamos ni cómo empezar. No sabíamos ni qué título colocar. ¿Por qué no habríamos tomado, al menos, una foto de cualquier lugar? Me dio mucha rabia. ¿Cómo contar una historia así, de la que habíamos sido testigos oculares, y que nos creyeran? Nos tragamos la rabia. Decidimos escribir sobre otra cosa.

 

T.M.