Metro de Madrid. Línea 1. Estación “Bambú”

No sé cómo sucedió, sólo sé que sucedió. Mi madre estaba llorando en el recibidor. Una vecina, de ésas de toda la vida, la consolaba. “Ésos son los designios de Dios”, le decía. España es un país con un concepto especial de la muerte. Creo que es una de las ruinas de la Guerra civil, que sigue ardiendo. Hubo un historiador que dijo, incluso, que España era el país en donde la muerte era bella. Pero, por lo que pude sentir, bajo el techo de mi casa, la muerte no era nada bella. Al menos, no lo era para mi madre, quien parecía que iba a quedarse seca de tantas lágrimas que derramaba.

Yo había ido a tomar unas cañas con Carmen. Carmen era una de mis mejores amigas. Estábamos en esa edad en la que todo nos hace dudar, en la que todo nos genera una desconfianza absoluta. Tendríamos unos veinte años. Nos habíamos conocido en la Complu. Hicimos muy buenas migas desde que la casualidad nos topó en el mismo pasillo. Un sábado por la noche no era sábado por la noche sin Carmen. No me atrevía a besar a un chico sin consultarle primero a ella. Ella hacía lo mismo, pero consultando conmigo. Éramos como una consciencia conjunta, por explicarlo de una manera un tanto dulzona.

Podíamos pasarnos gran parte de la madrugada hablando, con frío o con calor, en la calle de la Hiedra. Cuando éramos más amigos compartiendo la tertulia, hacíamos botellón y nos divertíamos mucho. La policía, a veces, nos echaba un regaño, pero jamás pasaba a mayores. Esa noche, éramos sólo Carmen y yo. Habíamos comido en uno de nuestros restaurantes de siempre. Habíamos bebido una gran copa cada una, lentamente, como nos gustaba. Hacía buen clima. La primavera comenzaba a asomarse y todo el  mundo en Madrid caminaba como distraído, como pensando en sus cosas sin fijarse en los lados.

Creo que mi muerte fue instantánea. No tuvo, por suerte, una larga agonía. Crucé la calle sin voltear. No vi al búho que me pasó, de lleno, por encima. Creo que mi consciencia se apagó en medio de los gritos de espanto y los “hostia, hostia, hostia”. El conductor también tuvo parte de culpa. Se distrajo por el Whatsapp con un mensaje de una de las chicas que había conocido por Tinder. Esas cosas se llegan a saber cuando eres un espíritu. Tienes acceso a la información de las personas, sobre todo de aquéllas que ayudaron a provocar tu propia muerte.

Una ambulancia llegó. Los paramédicos se bajaron, pero ya era algo tarde. Incluso, un pequeño vehículo de la prensa, al menos con la decencia de no mostrar mi cuerpo, también se acercó. Me daba un poco de grima ver la posición en la que había quedado. Estaba contorsionada con la cabeza casi al revés, como la niña del exorcista. A veces, creo que los paramédicos van por mero trámite. Era obvio que no había nada que hacer. Uno de ellos hasta me tomó el pulso, aunque creo que es algo obligatorio. El otro, el más joven, tenía la cara triste. Se notaba que estaba en prácticas y que su corazón, aún, no se había endurecido del todo.

Cuando estás muerta, los dolores son distintos a los de la vida. Son inexplicables. El dolor deja de ser físico y se traduce a una sensación extraña, a una tristeza volátil pero, de algún modo, palpable, como una taza de té en una noche nublada. Más o menos eso fue lo que me invadió cuando vi que Carmen corrió la misma suerte que yo. Al fin y al cabo, éramos inseparables, hasta para cruzar la calle sin ver. Aunque confieso que nunca pensé que lo tomaríamos tan literalmente. Una leyenda del pueblo de mi padre dice que los muertos lloran luz, pero no fue luz lo que yo quise llorar.

Ella se tomó todo un poco más a la ligera. Llegó un poco tarde a contemplar la catástrofe. Creo que se debió a que su agonía fue más larga que la mía, no fue tan instantánea. Mientras llegaba el otro búho, para que las personas terminasen de ir a sus destinos luego del percance, los pasajeros esperaban. Una madre cubría los ojos de su hija. Una adolescente lloraba. Su novio la consolaba con un abrazo. Hubiese sido algo tierno de no haber sido un abrazo a nuestra costa. El conductor era interrogado por la policía y esposado sin resistencia. Me dio un poco de lástima. Había sido negligente, pero al fin y al cabo no era más que un señor solitario a quien la ilusión del amor le jugó una mala (muy mala) pasada. Y sí, eso también se sabe cuando estás muerta.

No hubo mucho que ver luego. Si habíamos ido a visitar a nuestras familias era para tratar de establecer algún tipo de comunicación que se tradujese en “Estoy bien, mamá. No te preocupes”. Pero lograr eso es imposible. Es un engaño en el que nos han tenido, durante años, las películas de ciencia ficción. Eso de tumbar platos o mover lámparas no es más que una mera estafa, lo advierto desde ya. Carmen estaba en el mismo plan que yo. Por más que lo intentó, sus manos traspasaban todo. Sólo su perro, es una teoría que tenemos, fue el único capaz de percibir algo.

Nos encontramos de nuevo en la calle de la Hiedra, en nuestro lugar favorito no sólo de Madrid sino de todo el mundo. Aunque esta vez no era para ir de botellón. Ser fantasma sería espectacular si uno pudiese entrar a un bar (o a un chino) y coger mercancía (siempre que esto no afectase las ventas del dueño. Al fin y al cabo, no queremos ser unas criminales, aunque la justicia terrenal no pudiese hacer nada). Pero cuando eres fantasma, no tienes mucho contacto con lo palpable, sólo de vista. Además, los fantasmas no se embriagan. No es un asunto de no querer. Es un asunto de no poder.

Nos saltamos todo el proceso del duelo. No del duelo nuestro, sino del duelo de nuestros seres queridos. Es un espectáculo triste. El chico que estaba a punto de ser el novio de Carmen no se lo podía creer. El pobre pensaba que todo se trataba de una broma o de un malentendido. Enviaba Whatsapps como un desesperado, pero sólo le salía un tick (palomita). El mensaje no llegaba a su destinatario (y jamás llegaría). El pobre estaba en su sofá, casi en posición fetal. Sus compañeros de piso no habían llegado. Carmen se acercó a él. Lo besó en la mejilla. Fue inútil. Ni un soplo de aire. Ni una insinuación.

Con respecto al chico que estaba saliendo conmigo, fue un caso un poco más gracioso. Él, como no me conocía tanto, no tenía grandes medios para saber de mí. Ni siquiera nos habíamos agregado aún al Facebook. Sólo habíamos salido un par de veces. Él pensó que no lo quise ver más. Pensó que lo había bloqueado de mis redes sociales y que, simplemente, no quise responderle más. Irónicamente, a la única persona a la que él podía preguntarle sobre mí era a Carmen. Como ella, por cuestiones que ya el lector supondrá, tampoco le respondió, se imaginó que nos habíamos cansado de él. Cuando fui a visitarlo, ya estaba dándose los besos con otra chica (más fea que yo, por cierto). Me dio igual.

Otra cosa que me removió el alma (es decir, que me removió. Ya yo era sólo alma) fue cuando la noticia llegó a la profesora Ana. Ella era (y será) mi profesora favorita de la Complu. En una universidad tan grande y tan prestigiosa como la Complutense, muchos de los profesores suelen tener tratos fríos con su estudiantado. Ella era de las que estaba siempre para sus alumnos. Un día, luego de una clase magistral de casi cuatro horas, me llamó aparte. Me dijo que estaba orgullosa de mí, que confiaba en que yo iba a llegar muy lejos. Creo que nunca me habían dicho eso. Lamentablemente, no pude, al menos en vida, llegar tan lejos como Ana hubiese querido.

Carmen y yo decidimos dar paseo. El instinto de toda la vida nos hizo acercarnos a la puerta del metro. Una gilipollez del tamaño de una catedral. Ya no nos hacía falta el metro, ni el taxi, ni el Uber, ni, irónicamente, el autobús de la EMT. Una persona (o ente), cuando tiene la libertad de ir a donde quiere, suele, primero, buscar lo conocido. Creo que es una especie de miedo a la libertad que todos tenemos. Antes, estaba convencida de que era por cierto temor a la muerte. Es mentira, ya superado ese temor, esa desconfianza a la libertad sigue. Nuestro primer paseo fue un tanto aburrido por estas razones.

Poco a poco, cuando comenzamos a soltarnos, las cosas comenzaron a tornarse un poco más interesantes. Podíamos elevarnos como quisiéramos, ir a donde quisiéramos. Si esa experiencia se pudiese monetizar, Amancio Ortega sería un indigente harapiento a nuestro lado. Pero, como decía un conocido anuncio de una marca de tarjetas, hay cosas que el dinero no puede comprar. Madrid está llena de sitios hermosos, llenos de gente feliz. También está llena de sombras repletas de gente triste, algunas de ellas cansadas de tanto luchar.

En algunas iglesias, se ofrecieron misas y novenarios por Carmen y por mí. Escuchamos sólo algunas partes. La misa siempre nos pareció algo aburrido. La religión católica, como todas las religiones, está llena de medias verdades. Toda creencia y hasta falta de creencia es una media verdad. Pero no vale la pena entrar en detalles. Allá los fanáticos que defiendan o ataquen las posturas que deseen. Ya conocerán, como a nosotros nos tocó conocer. No sé si todos los homenajeados en las misas se tomarán la molestia de ir. Es un poco absurdo estar en una celebración en donde nadie sabe que estás. Hay cosas más divertidas que hacer.

Madrid estaba a nuestros pies, con sus risas y sus dolencias. Era como Google Maps en definición perfecta y con transmisión en vivo y en directo. Una de las cosas más signiticativas, al menos para mí, fue el estar al lado de Carmen viendo las cuatro torres. Siempre las habíamos visto, nos encantaba verlas. Pero nunca desde esa perspectiva. A veces, soñábamos con trabajar allí, por mero capricho. Más para satisfacer nuestras ansias de tener vistas espectaculares de la ciudad que por las ganas de servir a alguien o de ganar dinero.

Madrid era como un museo. Se podía ver todo, pero no se podía tocar nada. Era posible, sin embargo, burlar la fiera seguridad de todos los lugares. Podíamos entrar al Prado antes que nadie, quedarnos allí todo el día o toda la noche sin pagar admisión. Podíamos merodear al lado de los policías armados con metralletas que resguardan el paseo, atravesarlos y burlarnos de ellos. Ellos no podían hacer nada, no podían saber de nosotras. Estaban allí, con sus semblantes serios, con sus cuerpos fornidos y con sus dedos puestos sobre el gatillo en caso de algún ataque imprevisto.

De un momento a otro, nos asoló cierta duda. ¿Dónde estaban las demás personas? ¿Es que nosotras éramos las únicas personas muertas? ¿Dónde estábamos realmente? Tras la muerte, quedan aún sin resolver muchas dudas de la metafísica. Pero no nos importó mucho. De ser por nosotras, podríamos quedarnos en Madrid para siempre. No necesitábamos muchas ni más grandes explicaciones. Quizás todo era un proceso de adaptación. Quizás Madrid es el purgatorio, aunque para algunas personas, como para mí, sea lo más parecido al cielo que pueda existir en la tierra. No en vano, decían por ahí: “De Madrid al cielo”.

Creo que la muerte, y se los digo yo, que creo que sé de lo que hablo, no es ni buena ni mala, no es ni linda ni fea. Simplemente es. Hasta después de vivirla (qué ironía), la muerte sigue siendo un misterio que, al igual que la vida, se debe aprender a disfrutar. Si te preguntas cómo has llegado a leer estas palabras, ya lo comprenderás a su debido tiempo. Quizás, tú también andes deambulando por el purgatorio. Sólo queda divertirse. No sé si España será un país en donde la muerte sea bella, pero es lo que toca.

 

T.M.

Facebook.com/LaCantarida

 

 

 

 

 

Anuncios

Los ogros no se quedan con las princesas

Las luciérnagas que habitaban dentro de sus ojos, cada vez fulguraban con menor intensidad. La fiebre, que parecía centellear dentro de su cabeza, se elevaba violentamente. El apetito estaba renuente ante cualquier bocado desde hacía días.  La preocupación se adhirió con sus garras a las noches interminables en vela. Paula estaba, realmente, muy enferma.

Los cristales estaban manchados con una paleta de barro formada por el polvo acumulado y el agua del chubasco que, reverentemente, empapaba la calle; como pidiendo permiso, constantemente, para caer. La llamita de la cocina danzaba tímidamente y permeaba su amarillo sobre la tetera opaca que escupía vaho a través de su único poro. Las sábanas, húmedas de sudor y aromáticas a remedios, ya no encontraban donde guardar más pliegues irregulares. El doctor, saltimbanqui entre visitas y diagnósticos infructuosos, trataba de brindar calma al tiempo en el que, desorientado, paseaba su mano huesuda a lo largo de su barba gris. La gravedad de la situación se reflejaba en los murmullos, casi sacros, que merodeaban fantasmales y psicofónicos, en una sala que tantas veces fue alegre.

Los voluminosos labios de Ernesto, el único amigo inseparable en esta funesta y temeraria faena, se acercaban a la frente quieta de la paciente. Un hedor a alcohol isopropílico y a menjurjes inútiles creaba una atmósfera deprimente y pesimista. Paula cruzaba, rutinariamente, la delgada frontera entre la consciencia alterada y el desmayo con pinceladas de nunca regresar. El desigual y gordo cuerpo del cuidador se trasladaba mediante pasos cansinos que hacían crujir la madera gastada y astillada. Unas sonrisas delicadas y forzadas, como obsequio a ella, trataban de ser telón ornamental para alguien convencido de que lo peor era ya inevitable.

Cubierta hasta los hombros desnudos por su manta gruesa, Paula despertó en medio de la noche que inflaba su negrura y exponía, caprichosa, sus joyas cósmicas. Una lágrima surcaba su rostro y dibujaba una línea transparente y espesa que parecía dejar en evidencia un dolor insostenible. “Has sido tan bueno conmigo”, dijo con una voz quebrada, pero clara. “El mundo es gigante, pero en él no cabe todo lo que te tengo que agradecer por ser tan atento y tan bueno conmigo. Si salgo de ésta, me quiero casar contigo”. La espalda ensanchada de Ernesto giró como un elefante herido. Se acercó hacia el lecho y se posó en la pequeña silla que se aquejaba a través de sonidos graves, como dispuesta a ceder en cualquier momento. “Eso no será posible. Yo te quiero mucho, lo sabes, el mundo está enterado también; pero, si algo nos dicta la vida, es que los guapos son los que triunfan. Los ogros no se quedan con las princesas”.

Paula volvió a cerrar sus párpados, como si necesitara gran reflexión para analizar y asimilar un axioma de esa magnitud. Ernesto volvió a sus quehaceres, vigilante y espabilado, a la espera de un cambio notable o de un desenlace. El cuerpo fue retirado, a la mañana siguiente, por cuatro hombres entecos que lucían trajes a medio planchar y daban el pésame de manera autómata. La princesa fue despedida, en medio de flores y poemas, por amigos y admiradores que fueron invisibles durante su agonía. El ogro se quedó solo, como siempre sucede.

 

Tomás Marín.

 

 

La Cereza: La ansiedad por irse de la Venezuela horrible

“Definitivamente, yo no he nacido para estar aquí”, exclamó sin titubear la arrogante cereza tras haber cumplido su rutina, casi religiosa, de contemplarse atentamente en el empañado, agrietado y lastimero espejo de la antiquísima frutería “Santiago de León”.

Aquella mañana, portentosa exhibidora de la mácula azulada y vibrante que produce en el ambiente la pereza meteorológica de falta de nubes, dábale a la colorada y joven frutita un aspecto aún más rozagante, sano y aterciopelado que de costumbre. Nunca, desde los lejanos tiempos en los cuales el poderoso Nilo anegaba su cristalino torrente en las tierras áridas de los adoradores de esfinges hasta hoy, había conocido la agricultura una unión de forma y color tan armoniosa y escultural como la que dilapidaba a la vista aquella bermeja esfera comestible, quien acudía, estrictamente cronometrada y puntual, a su manía diaria de quejarse dolosamente por vivir en un sitio que, según su punto de vista, no era acorde con el abolengo y el linaje de su ser.

Bastaba con ver su geométrica, reverberante y cromática perfección para darse inmediata cuenta de que, bajo ningún juicio apegado a los pabilos de la coherencia, podría considerarse su lamento como algo descabellado. Ella era un punto contrastante de hermosura sin igual enclaustrado en un entorno estéticamente hostil, golpeado por los latigazos nunca incólumes del cruel tiempo y adobado por un piso repletado de cestas sucias, polvo pegajoso y naranjas rebeldes que retozaban alegres y anarquistas a través del granito terroso.

Cuando declinaba el sol, luego de su agonía de sombras barrocas y siluetadas, para dar paso al obscuro manto de hilos cenizos al que Hesíodo imaginó mujer y bautizó como la diosa Noche; la pueril cerecita miraba, encallada en su realidad triste y sin conmiseración, el desfile de luces titilantes y artificiales que embadurnaba de sepia las calles abarrotadas de peatones cansados, los cuales, bajo el tenue ondular del brillo farolero, lucían más agotados aún. Observaba, siempre minuciosa, hasta el más enjuto detalle del espectáculo callejero, que siempre era cortado de súbito por el atronador bullicio de la oxidada y abollada santamaría que, lanzando un lamento inquietante y metálico, daba al suelo, ritualmente, su agresivo y ruidoso beso de buenas noches.

Durante las insomnes madrugadas, aburridamente largas y portadoras de un hálito templado, rebobinaba la cereza en su mente las imágenes, siempre nítidas en su cabeza, de la noche citadina y las transportaba a París, el París de sus anhelos, la ciudad luz de sus deseos más profundos e íntimos y en la cual, aunque sólo conocía su existencia por intermedio de la fotografía mal encuadrada y roída de un poster de la frutería sostenido con esbeltos teipes, tenía la confianza absoluta y ciega de todo tipo de felicidad, etérea o arquetípica, a la que pudiese aspirar.

Sonreía, cual si se tratara de un inconsciente acto conductista pavloviano, cuando, escarbando en los diseños vaporosos y humeantes que el futuro ilusorio le regala gratuitamente a la gente joven; se sentía a sí misma como única protagonista en el cénit de una titánica torta de bodas francesa, desde la cual pudiese ocupar, finalmente, un lugar merecido para su aspecto. Casi podía percibir el olor glicérico y el tacto suave del pálido merengue que, encauzado, convergía sus dimensiones hacia ella mientras tocaba reverentemente sus pies endulzados.

Madrugada tras madrugada, cual grávido saco de estalactitas espirituales, se le hacía más pesada a la pequeña fruta la fantasía de un lugar sólo alcanzable en el plano de lo metafísico. Fue una de esas gélidas jornadas, quizás la más escalofriante de todas, cuando un ataque de pánico desesperado y tierno, devenido en gritos y en lágrimas destiladas, llamó la atención de una de las pérfidas, frívolas y toscas naranjas que, nunca temerosa por ser temida, paseaba cerca de la canasta.

“¿Qué es lo que sucede?, ¿por qué la más linda de todas las frutas está triste?”, preguntó, con su voz seca y mal modulada, la naranja.

“Soy la más desdichada de todas, soy una viuda perenne y repetitiva que, noche tras noche, debe vivir, indefensa, la muerte de su sueño más querido”.

“¿Y cuál será ése?, inquirió la porosa fruta visitante.

Luego de una conversación fructífera (o mejor dicho, frutífera) en la que las palabras emanadas eran agujas que laceraban el silencio, la infeliz cereza contó, como a nadie lo había hecho, su diatriba y su frustración. La naranja, quien la consolaba, decretó, como en una epifanía, la solución que hizo a la entristecida restregarse sus ojos: “tus problemas están resueltos, yo seré quien te extirpe ese malestar, espérame aquí dentro de una hora y, personalmente, te llevaré a París”.

“¿Pero París no está muy, muy lejos?”, cuestionó, sin abandonar ni un dejo su emoción, la frutita vanidosa.

“Nada es lejos cuando se tiene la voluntad”, respondió, risueño, el gran salvador.

Acordaron en seguir, al pie de la letra, el plan. La cereza, quien hacía sus maletas con una sonrisa vertiginosa y brillante, decidió anteponer su ansiedad y su emoción a los rumores que, toda la vida, habían corrido, danzarines y precavidos, de cesta en cesta: “nunca te confíes de una naranja, recuerda que son engañosas, resentidas y ácidas”.

Por fin había llegado el momento, los dos partícipes, en complicidad con el azabache atmosférico, partieron.

“Nunca te confíes de una naranja”, se intensificaron los rumores al día siguiente. La pulpa traicionada y rojiza ahora hacía juego con el piso terroso que tanto odió en vida. No se puede decir que no conoció París, pues el jugo consiguió salpicar hasta el afiche que hoy, además de mal encuadrado y roído, amaneció enlutado.

 

T.M.

Fotografía: Bisho