Ashley

La profesora hizo un silencio de varios segundos antes de decir el nombre de Ashley. Hasta su expresión cambió. Era como si de pronto le hubiese venido un recuerdo que no hubiese querido recordar. Creo que la profesora era la primera que no se lo podía creer. Ashley había sacado 05. No sé si la profesora lo hizo a propósito o lo hizo por torpeza, pero mostró la hoja del examen corregido de Ashley de una manera en la que todos pudimos ver el insólito 05 escrito en marcador rojo. Creo que a Ashley, así de buenas a primeras, no le molestó tanto el 05 como el que todas las miradas y toda la atención del salón se hubiesen dirigido tan súbita y abruptamente hacia ella.

La clase, que no se hallaba en momento de lección sino en esa especie como de receso que se forma cuando se reparten los exámenes, se detuvo por completo. Incluso algunos compañeros se levantaron de sus asientos. Algunos se acercaron al 05 que había sacado Ashley y que aún la profesora sostenía en su mano, como si se estuviesen acercando a una pieza de museo resguardada por un cordón de seguridad. Yo no me levanté, aunque sí me sorprendió un poco que una estudiante tan aplicada y tan estudiosa como Ashley sacara, de pronto, un 05.

Creo que fue uno de esos delegados pollos que van a dar noticias entre salón y salón que había visto todo mientras estaba escorado en el marco de la puerta. El hecho es que, de alguna manera, la noticia de que Ashley Narváez, la muchacha, junto conmigo, que sacaba las mejores notas de todo el salón y de todo el colegio, había sacado 05 en el examen de geografía económica. Incluso, y les juro que no les miento, desde donde yo estaba se podían escuchar los murmullos que hacían los otros salones cuando se enteraron de la noticia. Así de famosa era la cabeza de Ashley.

Luego de unos segundos, en los que había superado la vergüenza poniéndose un tanto roja y haciendo una sonrisa forzada, Ashley se levantó de su pupitre y tomó el examen. Ocultó la cara visible de su examen a todos, como si todos no la hubiesen visto ya. Ashley, al lado del escritorio de la profesora, le echó una ojeada a las dos hojas engrapadas que formaban su examen. Luego de una especie de meditación, que duró unos 20 segundos, Ashley se acercó a la profesora y solicitó revisión. La profesora hizo caso. Tomó las hojas del examen de Ashley y las revisó, no sin antes acomodarse los lentes. Los lentes que tenía la profesora, anciana y regordeta, eran uno de esos lentes de vieja decimonónica que tenían una cadenita. “Es cierto”, le dijo la profesora a Ashley mientras tachaba el 05 y escribía una la nueva nota. Ashley había sacado 04. Nuevo murmullo, más sonoro que el anterior.

Ashley se acercó a mí a la hora del recreo. Ella, a veces, en algunos recreos, me acompañaba a fumar. Pero ella no fumaba. Al menos, no al principio. El hecho es que todavía tenía su 04 en la mano. “No sé cómo se lo voy a decir a mis papás”, me dijo Ashley. “¿Para qué se los vas a decir? ¡Qué estupidez!”, le dije yo. Pero en parte comprendía lo que la preocupaba. Los papás de Ashley, tan ejemplares como su hija, eran de esos papás que pasaban casi en caravana cuando iban a llevarla o a buscarla al colegio. Cada uno tenía un carro arrechísimo. El papá tenía un Volkswagen del año y la mamá tenía un Mazda del año. Unas dos veces, cuando tuve la oportunidad de ir a la casa de Ashley, me quedé crispada. Había que pedir permiso hasta para levantarse de la mesa.

Ashley, a pesar de que era una chama súper aplicada, tenía amigos. Al principio buenos amigos, luego malos amigos. De hecho, estos buenos amigos, que aún le quedaban varios, se acercaron a ella a lo largo de aquel día, cuando a Ashley le entregaron su 04, y le dieron palabras de ánimo. Decían lugares comunes que son dichos a una persona talentosa cuando falla. Es que debo reiterar que, de pana, Ashley era realmente brillante. Era. El hecho es que estos amigos le daban a Ashley palmaditas en la espalda y le decían cosas como “Son cosas que pasan” (como si a Ashley se le hubiese muerto alguien), o “Al mejor cazador se le va la liebre”.

Pero lo cierto es que esas cosas que pasaban, siguieron pasando. Lo cierto es que a esa cazadora llamada Ashley Narváez no sólo se le fue esa liebre, sino que comenzaban a escapársele hasta las liebres más lentas. Al principio fue el 04 que ya he mencionado, el de geografía económica. Luego fue un 07 en matemáticas. Luego fue un 06 en historia de la cultura. Era realmente alarmante para quienes habíamos visto, durante muchos años, a una caraja que sólo sacaba diecinueves y veintes.

De hecho, el cambio de Ashley no sólo comenzó a verse en sus notas, en esos exámenes con notas mediocres que llegaban a sus manos, ante el asombro de los profesores, de los coordinadores y hasta de Argelia, la directora del colegio. Ashley, al menos cuando fue aplicada, era de esas chamas que levantaban la mano a la velocidad de la luz para intervenir. Era de esas chamas que no dejaban que los demás respondieran. Era de esas chamas que conocía y se sabía todas las respuestas del universo. Yo también sabía todas las idioteces que la profesora preguntaba, pero a mí, sinceramente, me daba ladilla ilustrar a los imbéciles de mis compañeros. El hecho es que Ashley, con el tiempo, fue dejando de intervenir. Ni siquiera le paraba bolas a cuando los alumnos y el profesor de turno volteaban a verla esperando que se supiese alguna respuesta que más nadie se sabía. Ella estaba o haciendo dibujos en la parte de atrás de su cuaderno o viendo cosas en el celular.

No menos impresionante fue la primera vez que a Ashley la sacaron de clases. Incluso, alguno de nuestros compañeros dijo: “Qué bolas. Ashley botada de clases. Ahora sí que se acaba el mundo”. Fue en una clase de historia de Venezuela. Estaban, como en el 75% de las clases de historia de Venezuela, hablando sobre el imbécil, subnormal y traidor de Bolívar, el que, injustamente, tiene el título de Libertador de Venezuela. Estaban hablando de la relación que tenía Bolívar con Manuela Sáenz. Manuela Sáenz era poco menos que una puta que estuvo con Bolívar durante un tiempo. El hecho es que Ashley lanzó un comentario que hizo reír a toda la clase. El comentario era algo así como que deberían hacer una porno sobre Bolívar y Manuela Sáenz. Me pareció cómico no sólo el comentario, sino que Ashley era el tipo de caraja que, antes, se indignaba cuando un comentario cómico interrumpía la clase. Por ese comentario, demás está decir, fue que se arrechó la profesora, una cincuentona intensa y divorciada con el pelo teñido, y la botó. De hecho, se decía que esa cincuentona intensa y divorciada con el pelo teñido era una cougar a la que le gustaba cazar carajitos. Pero de eso hablaremos otro día. O no. Quién sabe.

Había que ver la cara que tenía la mamá de Ashley cuando la citaron, junto a su esposo, por el comportamiento y el dramático descenso en notas que había tenido su hija. La mamá iba con actitud de luto y el papá con actitud de indignación. De verdad que los papás de Ashley, en su actitud, en su personalidad y hasta en su manera de vestir, parecían personajes sacados de una caricatura. De hecho, cuando la coordinadora de nuestro año los citó, podía verse, a través de la puerta transparente de la sala de profesores, a la mamá de Ashley haciendo gestos histriónicos. Parecía una de esas actrices mediocres de televisión venezolana mediocre.

Pero ni aún con los regaños, y quizás los golpes que le habían dado los papás de Ashley a Ashley, Ashley sentó cabeza. No fue una sino varias materias las que llevó a reparación. Parecía que a ella no le importaba nada. Ella había cambiado y quizás desempolvaría su brillantez para hacer magia en las reparaciones y salvar todo. Pero de pana era una especie de humillación que le hubiese quedado, casualmente, geografía económica. A pesar de todo, no era una materia difícil y hasta Marcos, Marquitos, el futbolista levantapesas y retrasado mental de la clase, había pasado geografía económica.

Ashley había comenzado a juntarse con gente rara fuera del colegio. En el colegio, seguía juntándose con los amigos de siempre, a pesar de que cada vez se veía más distante para con ellos. Ashley llevaba, dentro de su bulto, su propio monte para fumar con nosotros. A mí me incomodaba. Se notaba que era nueva en eso. Se notaba que era algo con lo que no se terminaba de sentir cómoda. Como si la Ashley polla y nerd que, en su interior, no terminaba de morir, le dijese: “Marica, qué coño haces”.

No es que tenga nada de malo fumar monte. No es que tenga nada de malo drogarse (Aunque con cabeza y sin mezclar, ¿eh?). A mí lo que me arrechaba era que ella pretendía ser cool haciendo eso. Fumar monte y drogarte no te hace mejor o peor que nadie. La idea es que lo disfrutes legítimamente. A veces , Ashley era tan inexperta que el porro se le deshacía al momento de encenderlo. Cuando los otros estaban flotando o estaban hablando entre ellos, Ashley me pedía, como si fuese una niña pequeña, que, por favor, le armara un buen porro. Yo no sé ni por qué yo accedía. Quizás, a veces, me cuesta decir que no.

Las reparaciones son como una amenaza que es un poco subestimada hasta que toca a la puerta. Es un poco como la muerte. Cuando las reparaciones estuvieron realmente próximas, Ashley tuvo una especie de despertar, o de lo que nosotros pensamos que era un despertar. Se le vio un poco más tranquila, se le vio tomando apuntes (que ya muchos no servirían de mucho por lo graves que estaban sus materias) y decía que no quería perder el año. Decía que se iba a fajar. Todos nos alegramos un poco. Todos le creímos. Al fin y al cabo, Ashley había sido una de las chamas más aplicadas de nuestro colegio.

Incluso, para evitar posibles distracciones en casa, se quedaba estudiando, durante las tardes, en el mismo colegio. Me daba como paja verla ahí sola, sentada en una mesa sin despegar la mirada de los libros. Pero se notaba que no estaba leyendo. Se notaba que estaba pensando en cualquier otra cosa. A veces, ni siquiera estaba. Se quedaban allí sus libros y sus cuadernos con la imagen un poco poética y tonta de las hijas de sus cuadernos y de sus libros moviéndose con el viento. Ashley se iba a tomar breaks que eran más largos que los mismos tiempos de estudio. La encontrada sentada en nuestro rincón de las drogas. En una especie de cuartucho que había entre el campo de fútbol y el laboratorio de biología. Ashey veía la pared. Estaba flotando. A veces, la regañaba. A veces, me sentaba a acompañarla.

Me ofrecí a ayudarla. Sabía que ella había cambiado. Sabía que sola nunca pasaría todas las materias que había llevado a reparación. Ella me lo agradeció. Y yo juro que lo intenté. Pero de pana fue inútil. A los diez minutos, ella dirigía su atención hacia cualquier otra parte. Parecía una niña pequeña. De hecho, sacaba su celular y comenzaba a mostrarme unas fotos de ella desnuda. Me gustaban, no voy a negarlo. Pero hubiese preferido verlas en otras circunstancias. Ella mandaba ese tipo de fotos a carajos que tenían nombres rarísimos. No le importaba si esas fotos se hacían públicas. Y pensar que, unos meses antes, el celular de Ashley era el típico celular que tenía fondos maricos de paisajes acompañados de frases maricas motivacionales.

A Ashley no le entraba nada de lo que le yo le explicaba. Ella, que había llegado incluso a enseñarme alguna cosita que a mí no me había quedado clara alguna vez. Ella misma cerraba los libros. Me recordó a la Alicia estúpida que está encima del árbol al inicio de la película de Disney. Ashley ya no tenía preocupaciones académicas. Todas las preocupaciones de Ashley, en ese momento, eran de otra índole. Buscaba en su teléfono tutoriales sobre sexo. Eran tutoriales asquerosos. A ella le preocupaba que yo no sé quién, que seguro era de sus amigos mala influencia, se sintiera satisfecho con ella.

No recuerdo, exactamente, cuánto fue, exactamente, el tiempo que estudiamos juntas. Al principio, la mamá de Ashley, la señora que les he contado que era toda histriónica, me llamaba casi todas las noches a preguntarme por el progreso de Ashley. Yo no sabía qué decir. Podría echar todo un discurso sobre las influencias, sobre las juntas. Las juntas pueden descomponer o recomponer a cualquier persona. Pero yo resolvía con un salomónico “ahí vamos”. No sé si la mamá de Ashley me creía, pero, al menos, me daba las gracias.

Una tarde, Ashley comenzó a llorar. Yo no la quería abrazar. A mí no me gusta abrazar a la gente. Dijo que ella quería ser como Melisa. Melisa era una chama (ya, para esa época, no era ninguna chama, tendría unos 35 ó 40 años) que era casi una leyenda en nuestro colegio. Era hermana de una de nuestras chamas de promoción. De Melisa se decía que había roto todos los tabúes que podían existir. Que ella fue la que llevó el sexo, las drogas, el alcohol y las orgías a nuestro colegio. Me daba mucha risa que Melisa tenía esa ambigüedad. Ningún profesor supo nunca nada de la vida “oculta” de Melisa. Melisa, como sacaba buenas notas, era considerada una alumna ejemplar. Pero ya era una casada aburrida.

Cuando faltaban como dos o tres días para presentar las reparaciones, Ashley me dijo que no iba a presentar nada. Que había tenido una conversación con sus amigos. No quise saber quiénes eran sus amigos. Pero supuse que eran esos amigos raros que la habían cambiado tanto. A mí, en verdad, no me interesaba. Al fin y al cabo, Ashley tampoco era nada mío. Cerré el libro y me rendí. Lo que no soporté era que Ashley comenzara a hablarme de la universidad de la vida. Siempre he odiado eso. Es como la excusa que tienen los mediocres cuando no se han graduado en carreras de verdad.

Helena Eco.

 

 

 

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¿Por qué renuncié a seguir siendo del equipo de campaña de Henri Falcón?

Una vez un amigo me dijo, compartiendo una botella de Cacique, que Venezuela era el único país en donde ser talentoso y ser inteligente se pagaba caro. Yo no le presté mucha atención. Asentí para no hacer un debate de una discusión que estaba siendo agradable. Para la época en la que él me dijo eso, Venezuela no estaba tan jodida. Mi amigo, que no importa su nombre para esta historia, hace ya cuatro años que se fue del país. Yo decidí quedarme. Al menos no me quería ir sin intentar. Al fin y al cabo, en una economía destrozada como la venezolana, quien es astuto puede encontrar minas de oro. Pero yo no contaba que para encontrar esas mimas de oro hay que carecer de escrúpulos.

Los profesores de la universidad me adoraban. Les juro que varias veces, en la universidad, los profesores decían al salón cosas como: “Aprendan de Helena. Esa muchacha va a llegar lejos”. A mí me daba muchísima vergüenza. Por otro lado, no voy a negar que me encantaba. Ese tipo de influencias hacía que todo el mundo se matara por hacer los trabajos conmigo. Me daban comida y me invitaban a todos lados. De todas formas, la Monteávila es una universidad que no es particularmente difícil.

Cuando me gradué, de Comunicación Social, conseguí trabajo rápido. Además, era un buen trabajo. Yo me había especializado en comunicación de masas. Siento que la comunicación de masas, en Venezuela, es la parte de la comunicación a la que se le pueden exprimir más cosas. Las masas en Venezuela se contentan con un pedazo de pan y un mal circo. Pueden morirse de hambre, pero basta con que grites un poco y agites una bandera estúpida para que todos hagan lo que quieres.

Yo ayudé a la campaña que hizo ganar a David Smolansky en El Hatillo. Smolansky era un chamo que siempre me cayó mal. Era como uno de esos estudiantes que decían cualquier imbecilidad para figurar en los medios. Sin embargo, trabajar en el diseño de comunicación de la campaña de alguien como Smolansky (Cuya victoria sería fácil. El Hatillo siempre ha sido un municipio opositor) sería una buena escuela para comenzar a poner en práctica todas esas teorías que yo había desarrollado, leído y profundizado en la universidad.

Ya se sabe que Smolansky ganó la campaña. La estrategia que yo señalé como la más apropiada, fue apelar a la nostalgia. En un país que está asolado por una dictadura comunista y en donde Caracas está visiblemente en ruinas, el recuerdo del Hatillo, que se magnifica por el aroma a verde que, a pesar de la violencia, de la miseria y de la pobreza, aún se respira ahí, siempre te saca una sonrisa o un suspiro. Yo sabía que, de todas formas, ya los alcaldes y los gobernadores habían sido pactados por el gobierno y por la oposición. Pero había que hacer campaña, había que hacer teatro y, además, la paga era buena.

El hecho es que yo, para la gente del Hatillo, me fui por la vía más fácil. Apliqué, mediante reuniones vecinales en las que se servía té y galletas, una especie de “Make El Hatillo great again”. Yo sabía que todo era una farsa. De hecho, el mismo Smolansky sabía que todo era una farsa. Ni el Hatillo ni Caracas se podrán recuperar, al menos a corto o a mediano plazo, de las garras de la violencia y de la dictadura. Pero todas las señoras del Hatillo, rememorando mejores días, decidieron seguirnos el baile. De hecho, el gordo Smolansky, en una reunión que hicimos en la alcaldía, me abrazó frente a todo el equipo de campaña y dijo: “Sigan el ejemplo de Helena. Esta caraja va a llegar lejos”. Yo me puse roja, sobre todo cuando todos aplaudieron.

Al principio no supe quién supo de mí. Cuando las campañas (o las farsas de campaña) son a nivel presidencial, todos los hilos se mueven desde el anonimato. Me llegó un correo de un tal Teodoro, que me solicitaba, en cortas parrafadas, reunirnos en un lugar público. Él, de alguna manera, sabía toda mi experiencia y mi currículum. No sé si fue alguien que lo recomendó o si tuvo acceso (que es lo que creo más probable) a una base de datos. A mí, al principio, me dio miedo. En una ciudad como Caracas, ya nadie cree en un correo así. Pero, buscando en Google acerca del tal Teodoro, vi que, al menos, en el caso de que realmente fuera él el que me escribía el correo, era un personaje medianamente público. De todas formas, le dije a cuatro amigos que me acompañaran. Éstos me dijeron que sí (Aunque, al final, todos me plantaron y fui yo sola).

Por Whatsapp, terminé de cuadrar con Teodoro acerca de todo. Él me había explicado, muy por encima, más o menos por dónde iban los tiros. Me había dicho que todo estaba relacionado con una nueva campaña, aunque no me había dicho de quién. De todas formas, yo lo intuía. Quedamos para vernos en el café que está en una esquina de la Plaza los Palos Grandes. Habíamos quedado para las cuatro de la tarde. A plena luz del día. Yo pensaba que, si me secuestraban, al menos habría testigos.

Teodoro se presentó con una guayabera blanca. Me brindó un café helado y pidió otro para él. Me dijo que, a través de una base de datos (Como yo sospechaba), había visto mis notas de la universidad, mi mención Cum Laude y mi experiencia. Me dijo que pronto comenzarían las campañas para las elecciones presidenciales que Diosdado Cabello, mediante la Asamblea Nacional Constituyente, había mandado a adelantar. Teodoro era uno de los directores de campaña de lo que sería la candidatura de Henri Falcón.

Teodoro, al menos conmigo, era un tipo diáfano y agradable. Al menos me habló claro. Me dijo que querían que yo fuese la coordinadora mediática en la campaña de Henri Falcón. Teodoro se reía cuando decía campaña. Él sabía que era una puesta en escena, que Henri Falcón era un actor que se prestaba al juego del gobierno. Pero que desde que casi todo el mundo había impuesto sanciones a los jerarcas de la dictadura, había que lavar un poco la imagen ante el resto del mundo a través de unas elecciones, aunque éstas fuesen fingidas.

Yo estaba a punto de decir que no. Teodoro era muy agradable y todo, pero no me interesaba prestarme a eso. Además, y esto fue algo que le dije muy claramente y que él sonrió al entenderlo, no me interesaba tanto trabajo (porque una campaña, por más simple que sea, implica un trabajo titánico) para ganar el bolívares, una moneda que no vale ni el papel en el que está impresa. Teodoro, un tipo corpulento, se alzó un poco y con su mano se sacó del bolsillo trasero de su pantalón una cartera. “Sabía que me podrías decir algo así”, me dijo. De la cartera sacó un billete de cien dólares y lo puso en la mesa. Yo no lo podía creer. De hecho, tardé varios segundos en asimilarlo. Mi primera reacción fue cubrir el billete con una servilleta. Me daba paja que alguien más lo viera. En Venezuela, en Caracas, con cien dólares casi que te puedes comprar una casa.

“Quizás con eso te lo puedas pensar un poco mejor. Lo que vas a ganar es mucho más que esto. Pero considera esto un adelanto por la molestia de haber venido hasta acá”, me dijo Teodoro guiñándome un ojo y recordándome, previo a una sonora carcajada, que también me había invitado al café helado, que, como siempre en esa cafetería de la Plaza los Palos Grandes, estaba divino. Teodoro se había ofrecido a llevarme hasta mi casa. De todas formas, no vivo muy lejos de la plaza. Bajamos al estacionamiento de la plaza y, en su Corolla azul, me dejó en la puerta de mi casa. “Piénsatelo bien”, me dijo cuando el vigilante de mi edificio pulsó el botón para abrir la puerta y yo entrar.

Yo lo llamé esa misma noche. No me importaba hacerle “campaña” a un imbécil como Henri Falcón. Si me pagan en dólares, yo le hago la campaña al mismísimo Hitler. Yo quiero irme del país, tener dólares para pagarme una buena carrera en el exterior orientada hacia la comunicación política y de masas. “¿Te lo pensaste bien?”, me respondió al teléfono, con su voz gruesa, Teodoro a manera de contestación. Yo le dije que sí. Él se rió y me dio la bienvenida. Me citó para el día siguiente en la sede del comando de campaña de Falcón, cerca de Colegio de Ingenieros. No había tiempo que perder. “No te preocupes, Helena. Yo te paso buscando”, me dijo antes de trancar y darme las buenas noches.

Henri Falcón es un tipo sin ningún tipo de carisma. Es un tipo que no transmite ninguna emoción. Es una especie de duende triste con los dientes salidos. Me saludó con dos besos, al estilo europeo. “Tú eres, Helena, ¿no? ¡Bienvenida al equipo!”, me dijo Henri. Yo le di las gracias sin sonreír. No me gusta sonreír cuando no tengo ganas de sonreír. El resto del comando de campaña llegó y el mismo Henri me los presentó a todos. Me dieron verdaderas ganas no sólo de sonreír sino de reírme cuando vi a uno de los miembros del comando de campaña, un joven que es uno de los consentidos de Henri Falcón, lucir, orgullosamente, una franela roja con los ojos de Chávez.

Todo el asunto de la pre-campaña fue durísimo y amargo. Nadie se creía la historia de que Henri Falcón era un candidato opositor. De hecho, me dio mucha risa cuando, una tarde, cuando estábamos almorzando alrededor de la mesa en la que solíamos almorzar, a Henri Falcón lo llamó, por videollamada de Whatsapp, el mismo Jorge Arreaza. Jorge, un tipo sombrío pero muy amable (al menos con Henri) le dijo que había hablado con El Universal y con Últimas Noticias, que Jorge Rodríguez, el alcalde chavista de Caracas, había comprado dos páginas completas a full color para Henri. Jorge Arreaza le pidió a Henri que seleccionara una foto en la que no sonriera. Le dijo que iban a jugar a ese contraste de Maduro sonriente y Henri Falcón amargado. “Na’ Guará, Jorgito. Tengo una en la que salgo con una cara de culo horrible”, dijo Henri antes de proceder a reírse como si fuese Bob Esponja. Antes de colgar, Henri me hizo ir a su lado para presentarme a Jorge Arreaza. Arreaza estaba en franela y en blue jeans. Yo me presenté como la jefa de la parte mediática de la “campaña” de Henri Falcón. Arreaza me dio su número para hablar sobre las piezas gráficas y aclarar otros puntos.

Ya yo había recibido varios adelantos de mis pagos. Teodoro, el que me introdujo a todo el mundo de Henri Falcón, es una persona realmente amable. Siempre me brindaba almuerzos y era como una especie de figura paterna para algunas cosas. Incluso, alguna vez le llegué a pedir consejos sobre la carrera que quería hacer y hasta del chamo que me gustaba. Él me contaba de sus amoríos “cuando era más chamo” y me decía que no confiara nunca en nadie. Decía que una chama como yo se merecía a un novio escandinavo, no a un “venezolano huevón”. También Teodoro me felicitaba por mi trabajo hasta el momento. Era obvio que la campaña nunca sentaría cabeza, pero, al menos, habíamos conseguido convencer a algunos copeyanos idiotas y a algunas doñas del Cafetal de que Henri Falcón era candidato de la oposición.

Pero los resultados, a pesar de mi trabajo, no le gustaban a Henri. A Henri, a pesar de que sabía que su candidatura era sólo un papel, le gustaba la popularidad. Yo tenía que jalarle a los medios para que le concedieran alguna entrevista. Me refiero a los medios que no están controlados por el gobierno. Los que están controlados por el gobierno, como pueden ver, le han abierto las puertas de par en par a Henri para la farsa. Pero los medios libres se reían en mi cara. Para ellos, Henri Falcón no es más que un pobre, triste, patético, idiota, subnormal, poco carismático, aburrido, retrasado, indigno y vulgar pelele que no merece ni un anuncio pago al lado de las putas que ofrecen masajes. Y lo que me daba más arrechera era que no me daba tiempo a explicarle a los medios que yo estaba ahí sólo por los dólares. Que yo era una mercenaria comunicacional.

Henri es un tipo que le mete duro, pero durísimo, a la caña clara. No sé si es algo que heredó de ser yaracuyano, pero a veces se mete unas rascas brutales. Y lo peor es que Henri es el borracho violento. Hace cerca de una semana, cuando ya estaba todo listo para el inicio de la campaña, estábamos reunidos en el comando. Henri ya tenía una peste a aguardiente horrible y no sé qué mensaje le llegó que seguía dándole en la vena de que ningún medio lo quería reseñar. Y ahí le estalló todo.

Henri se dirigió a mí. Estaba borrachísimo. Empezó a gritar que yo era una inútil. Nadie hacía nada para defenderme. Yo tenía miedo. A pesar de que sabía que Henri era borracho violento (Y lo peor es que, sobrio, es relativamente de pinga, como cuando lo conocí), no sabía que podía reaccionar así. Me dijo que yo era una imbécil, una puta inepta. Me dijo que Chávez estaría avergonzado de mí. Que me iba a mandar a joder con Maduro. Que si no me botaba “como una perra” era porque yo era la consentida de Teodoro.

Henri pegaba gritos frenéticos. Yo le pedí que se calmara, pero eso lo enfurecía más. Creo que mi error fue decirle que, al fin y al cabo, él no movía a nadie, que yo no podía hacer mucho más. Era algo que pensábamos todos, pero nadie le decía. Henri se puso rojo y me agarró por la cara con fuerza, con rabia y con furia. “Vuelve a decir eso, Helena, y te reviento la cara”, me dijo mientras escupía sin querer mientras hablaba. Me hacía daño. Me agarró la cara y la boca con una rabia que me hizo sentir sabor a sangre. Fue Teodoro quien pudo controlarlo y me sacó del salón mientras Henri gritaba y le daba coñazos a la mesa.

A pesar de que Teodoro me pidió disculpas, yo le dije que presentaba mi renuncia. Yo estaba llorando. Nunca nadie me había tratado así y me había agredido así. Teodoro comprendió, pero me invitó a un café para ver si cambiaba de opinión. Me dijo que las borracheras de Henri (y la violencia que deriva de éstas) eran comunes. Que ya había pasado algo parecido con su jefa de campaña cuando se había lanzado como gobernador del estado Lara. Yo rechacé la invitación. Teodoro, muy amable, como siempre, estuvo conmigo hasta que se me pasó el llanto y el susto.

Al día siguiente, ya cuando había renunciado, Teodoro me envió un sobre a mi casa. Dentro del sobre había una carta al lado de 6.000 dólares en efectivo. En la carta, más o menos parafraseado, me decía que el dinero era para ayudar a cumplir mi sueño de hacer un máster afuera. Que yo no sólo merecía a un escandinavo como novio, sino hacer campaña a gente que mereciera la pena, no a un pobre bolsa como Henri Falcón. Yo aún no le he dado las gracias. Al menos, de la pantomima pude sacar un beneficio. Yo no sé si ser talentoso o inteligente, como dijo mi amigo una vez con una botella de Cacique en la mano, se paga caro. Al menos a mí, el ser talentosa y el aguantar, me dio frutos. Y me da risa acordarme de mi amigo de la botella de Cacique amigo y de las filosofías que hacía cuando estaba bajo el alcohol. Qué diferencia tan grande con el “Candidato opositor”.

Helena Eco.

(T.M.)

Crónica ficticia. Ejercicio literario. La Cantárida es una página de literatura, no de noticias. Aunque igual Henri Falcón, bailando al son del dictador genocida, nos parece un triste cómplice y un ser deleznable.

Diles que no me boten.

“Helena, por favor. ¡Diles que no me boten!”, me dijo Fortu mientras hacía un puchero. Nunca la había visto así. Con respecto a ella, siempre parecía que todo le importaba una mierda. Pero eso en verdad le importaba, y mucho. “No puedo hacer mucho más, chama. De pana ya hablé con Argelia y no está dispuesta a negociar”, le respondí a Fortu. Fortu me veía con una de esas miradas que te imploran súplica. Argelia era la directora del colegio. “Pero ve otra vez. A ti te hacen caso. A ti te jalan bolas, Helena. Eres una hueva. Eres una de las mejores estudiantes que hay aquí. Argelia te ama. Sólo tienes que insistirle más”, me dijo Fortu, sin poder contener las lágrimas.

No les voy a mentir. Al menos en eso, Fortu tenía razón. Yo era una de las mejores estudiantes del San Ignacio. El colegio siempre me pareció una cueva de ultraconservadores espeluznantes, pero la educación era buena. Cuando no te metían el asunto religioso por los ojos, los temas que se veían eran realmente agradables. Estaban bien explicados. “Coño. No sé qué más podría hacer, Fortu. Argelia se va a arrechar conmigo. Al fin y al cabo, tú te metiste en este peo sola”, le dije a Fortu, mirando hacia la ventana para no ver su cara de idiota triste. “Sólo una vez más, por favor”, me dijo Fortu intentando agarrarme las manos, que yo aparté inmediatamente. “Déjame ver qué puedo hacer por ti. Pero si me meto en un peo, te parto la cara a coñazos”, le dije a Fortu.

Fortunata (Fortu) casi no había visto clases ese día. Apenas a segunda hora de la mañana la mandaron a buscar. Fortu había estado todo el día en el pasillo que estaba al lado de la oficina de Argelia, la directora. La vi en el primer recreo. La vi en el segundo recreo. La vi en el tercer recreo. A la hora de salida, aún estaba allí. Fue cuando hablé con ella con más profundidad. Tenía como 9 horas esperando a los papás, pero los papás de Fortu no sé si estaban de viaje o algo así. El hecho es que no aparecían, o no querían aparecer. Ellos eran un poco como Fortu. A ellos, todo les importaba una mierda.

Además de las súplicas que Fortu me hacía para que hablara con Argelia, toda su actitud en ese momento me daba una arrechera indescriptible. Fortu nunca se había preocupado en ser buena estudiante. Era una de esas mediocres que siempre dicen que “diez es nota y lo demás es lujo”. Pero ahora, que estaba amenazada y era casi segura su expulsión definitiva del San Ignacio, se hacía a sí misma promesas de fajarse mucho más con sus estudios. De ser una alumna aplicada y modelo. Yo pensaba que era una idiotez. Si ya te están jodiendo por algo que hiciste con orgullo en tu momento, al menos ten la dignidad de mantenerte firme en lo que fue tu creencia. Había una canción del Cuarteto de Nos que decía: “Si naciste incendiario, no te mueras bombero”.

Yo no es que le diera la razón a Fortu, pero me parecía que todo el asunto por el que estaba allí era una exageración. Por otro lado, no me extrañaba. La gente del San Ignacio es intensa y fanática. Admito que hasta yo me reí con lo que hizo Fortu. Me pareció osado, pero me dio mucha risa. Hay que poner en contexto. En el San Ignacio, en todos los salones desde el primero de preescolar hasta el último de bachillerato, hay dos elementos absolutamente infaltables. Estos elementos son una cruz y unos retratos que hay de San Ignacio de Loyola, en donde sale con una especie de sotana negra y fondo obscuro. Cuando yo era pequeña, en mis primeros años de colegio, los retratos de San Ignacio me daban terror. Él, al fin y al cabo jesuita, tenía una mirada fija que parecía seguirte a todos lados. Yo, en clases, intentaba no mirarlo. Sentía que era una especie de gran hermano que estaba dispuesto a castigarte si no permanecías como una niña casta y pura.

El hecho es que Fortu se había quedado una tarde casi tres horas de más en el colegio. Ya todos casi todos los estudiantes se habían ido, incluso los que tenían actividades extraescolares por las tardes. Fortu había llevado témpera negra y un pincel. Como los salones del San Ignacio son abiertos, y los que no son abiertos tienen ventanas grandes, Fortu se metió en todos a pintar una cruz invertida en cada uno de los retratos de San Ignacio. Ella me había preguntado, como un mes antes, si yo iba pendiente de ayudarla, pero a mí me parecía algo estúpido. Creo que las otras personas a las que Fortu les preguntó pensaban como yo. Eso sí. Debo admitir que, de pana, Fortu se fajó. Dibujó cruces volteadas en todos los retratos de San Ignacio de todos los salones desde Pre-kinder hasta quinto año. Tomando en cuenta que son cuatro secciones y catorce niveles desde pre-kinder hasta quinto año, Fortu pintó 56 cruces invertidas en 56 retratos de San Ignacio. Los niños del preescolar y los pequeños de primaria gritaban y lloraban escandalizados. Para ellos, ver las cruces al revés fue como ver al Diablo. Eso agravó las cosas. Pero había pasado mucho tiempo desde entonces.

Si no habían jodido a Fortu hasta entonces era porque nadie de los profesores ni de la directiva del colegio sabían que había sido ella la que había pintado las cruces. Era una especie de Fuenteovejuna. Todos los estudiantes (al menos los de mi año) sabíamos que Fortu lo había hecho. La gran diferencia estaba en que, en nuestro salón y en nuestro año, no todo el mundo era tan solidario como en Fuenteovejuna. Creo que Fortu no contó con ese detalle. Y eso que a Fortu la querían. La invitaban a fiestas y era de las primeras a las que llamaban cuando había trabajo en grupo. Fortu no hacía nada en los trabajos. Sólo iba a las casas de sus compañeros a comer, a fumar y a contar chistes. Pero creo que los seres humanos somos una puta mierda y siempre estamos dispuestos a sacar la maldad cuando tenemos una presa con quien hacerlo. Algo así pasó con Fortu. El silencio del salón, el no delatar a Fortu, al principio, fue un silencio cómplice y de amigos. Luego empezó a costar. Querían joder a Fortu a cambio de seguir guardando el silencio. Al principio venía algún chamo de estos idiotas futboleros que están buenísimos pero tienen un maní en la cabeza y le decía a Fortu que le hiciera los trabajos a cambio del silencio. Fortu accedía. Tenía miedo. La directiva del colegio, casi de una manera subliminal, dejaba en claro que el culpable de haber “profanado” a San Ignacio iba a pagar, e iba a pagar caro. A mí me parecía una estupidez. Al fin y al cabo, la témpera salió con agua y esponja. Pero la gente del San Ignacio es intensa y fanática. El hecho es que luego venía otro chamo a pedirle a Fortu que le hiciera el trabajo de Matemáticas o de Latín. Y Fortu tenía que acceder. Luego alguien le pedía plata. Era el precio del silencio. La cosa se puso un pelo más fea cuando uno de los chamos le dijo a Fortu que, para no acusarla, debía acostarse con él. Y ahí Fortu se puso pálida. Ella era una chama de mente muy abierta, pero cuidaba su virginidad siempre. El sexo a Fortu como que le daba asco, y eso que Fortu era preciosa. Pero su mente, con respecto al sexo, era como la de un niño pequeño. Le daba como una mezcla entre asco y miedo. Pero, aún así, Fortu sacrificó su principio por silencio. Me contó luego que le dolió y lloró, pero todo había sido porque no la expulsaran. Por no mandar su año escolar a la mierda y poderse graduar en un buen colegio. Al fin y al cabo, Fortu, a pesar de ser Fortu, a veces soñaba con una buena carrera universitaria, con largarse de nuestro pobre y triste país.

Fortu cada vez se sentía más vulnerable. Eso la hizo cambiar. A mí me daba paja el ver cómo todo a Fortu se le iba de las manos. Al fin y al cabo, todo había sido una travesura estúpida. Ella misma se hubiese ofrecido a borrar las cruces que pintó con témpera sobre el rostro señorial de San Ignacio. El problema es que hizo esta travesura en el lugar equivocado. Fortu intentaba que todo se diluyera con el tiempo. Pero con el pasar de los días, de las semanas y de los meses, todo el caso se intensificaba. De hecho, el colegio había convocado a una reunión de emergencia de padres y representantes. La reunión, como se podrá suponer, fue un puto chiste, al igual que el 99% de las reuniones de padres y representantes. Todos eran gente respingada que alzaba el meñique y hablaba sobre sus fantásticos y estúpidos hijos, sobre sus fantásticos y estúpidos trabajos y sobre su época como estudiante en el San Ignacio. Fortu se había vuelto sumisa. Ella, que era una contestona por naturaleza, ya no contestaba más. Supe que Fortu estaba totalmente subyugada cuando una profesora le bajó siete puntos en un examen (injustamente, porque ella estudió conmigo y me consta que lo hizo bien) y ella lo dejó así. En condiciones normales, Fortu hubiese pegado el grito en el cielo. Pero ahora era una especie de Fortu en la clandestinidad.

Yo aún no sé bien cómo fue que dieron con Fortu. Supongo que se habrá estirado mucho la cuerda de los sobornos a cambio de los silencios y alguien la delató, seguramente bajo el anonimato. Quizás fue uno de los chamos que, cenando, se lo contó a los papás, y los papás llamaron al colegio indignados. Cuando mandaron a llamar a Fortu aquella mañana en la que la que, luego, la tuvieron esperando horas, ella se puso pálida. Ella misma se había delatado. Todo el mundo en el salón hizo silencio. Yo sólo pensaba en cómo podría vengarse Fortu de todos los que la habían comprado. No había servido de nada. Todo lo contrario. El tiempo que había pasado desde que Fortu hizo lo que hizo hasta que dieron con ella sólo había servido para enfurecer más al colegio. Fortu hablaba con los gestos. Iba a explicarles todo. Yo estaba seguro de que podría convencerlos. Fortu era astuta. Y al fin y al cabo, no era más que témpera sobre vidrios que enmarcaban los retratos de un tipo. Lo malo es que ese tipo tenía fanáticos.

Además, como he dicho, ya había pasado tiempo. Era lo que me parecía más estúpido. Habían pasado ya varios meses desde eso. Si a nadie se lo hubiesen contado, nadie se hubiese dado cuenta de que los retratos de San Ignacio alguna vez habían sido “vandalizados”. Pero la gente del San Ignacio es tan intensa que incluso llegó a hablarse de traumas psicológicos. De hecho, en la famosa reunión de emergencia que se convocó para los padres y representantes, una señora regordeta y emperifollada hablaba de “secuelas irreversibles” al tiempo en el que otros padres y representantes aplaudían. Sí. Así fue el lugar en el que yo estudié.

Creo que si Fortu hubiese salido corriendo, quizás ni la hubiesen perseguido. La estaban escoltando entre dos coordinadoras. Dos coordinadoras de cabello corto que se maquillaban en exceso. De esas coordinadoras de las que se decían que eran unas malcogidas. Si Fortu hubiese sabido que alguien la había acusado, o que la habían descubierto, luego de meses, por alguna u otra razón, con esconderse unas horas o unos días en cualquier lado, hubiese calmado un poco las cosas. Pudo haber fingido una enfermedad. Quizás se hubiese desestimado la supuesta acusación. A veces funcionaba.

Por fin, luego de tantísimas horas de Espera, creo que Argelia, la directora del colegio, asimiló que los papás de Fortu no irían. Al principio, pensó que Fortu ni siquiera se había comunicado con ellos. Pero Argelia habló personalmente con los padres de Fortu. Argelia hizo pasar a Fortu a su oficina y cerró la puerta. Como ya eran cerca de las cuatro de la tarde y ya casi no quedaban profesores ni alumnos por ahí, me acerqué a la puerta, que era de madera gruesa, y pegué el oído a ver si lograba escuchar algo.

Argelia se hizo la tonta. Pero hizo una serie de preguntas astutas en las que Fortu cayó. Luego la remató. Argelia le dijo unas cosas tan fuertes, que hasta a mí me parecieron excesivas. Yo no entendía tanto rencor por parte de Argelia. No entendía sus palabras particularmente crueles. Incluso el Padre Pérez Galdós, el rector del colegio, con el tiempo había empezado un poco a subestimar el hecho, a restarle importancia. Pero Argelia se ensañó. Sólo se oían sus palabras que, como eran gritadas, no hacía falta pegar el oído a la puerta para escuchar. Lo otro que se escuchaba, como un sonido de fondo a las palabras de Argelia, eran los gemidos del llanto de Fortu.

“Por favor, Argelia, no me botes. Debe haber algo que yo pueda hacer”, dijo Fortu. Fortu no tuteaba a nadie de más “rango” que ella. “Eso fue hace mucho tiempo. Yo lo iba a decir, pero me dio miedo. El colegio se lo tomó muy en serio. No es que no fuese algo para que se tomara en serio. Yo quiero mucho a San Ignacio. Yo le rezo a San Ignacio”, argumentaba Fortu. Pero Fortu mentía. Fortu, al igual que yo, no creía en Dios. Argelia lo sabía. Fortu era de las que más echaba vaina en la misa. Fortu era de las que ponía letras obscenas a las tonadas cursis de la misa. Las mentiras de Fortu sólo irritaban más a Argelia.

Pero todo estuvo claro para todos en un momento. La rabia de Argelia, que en un momento me pareció estúpida, tuvo sentido. Sigo sin justificarla, pero al menos la comprendí. Argelia sacó, frente a Fortu, su bolso desde una de las gavetas de su escritorio. Era un bolso grande y marrón. De su bolso sacó una cartera y de la cartera sacó una estampa de San Ignacio. Una estampa que tenía la misma imagen que había rayado Fortu con témpera 56 veces. “¿Sabes quién es éste?”, le preguntó Argelia a Fortu. Fortu moqueaba y aún gemía. “Es San Ignacio”, respondió una Fortu más sumisa que nunca. Acto seguido, Argelia sacó de su cartera una foto tamaño carnet. “¿Y sabes quién es éste?”, preguntó Argelia a Fortu. “No sé”, respondió Fortu. “Éste es mi esposo”, dijo Argelia. Fortu no sabía qué decir. Yo, que no sé dar respuestas en momentos bajo presión, hubiese respondido alguna estupidez del tipo: “Qué guapo”. “Mi esposo estuvo muy enfermo. Muy enfermo. Muy enfermo. Estuvo hospitalizado varios meses, a punto de morirse. Y cuando estaba peor, yo le pedí a San Ignacio que lo salvara. Y lo salvó”, dijo Argelia con voz intensa. Fortu se quedó muda. A mí me parecía algo estúpido. Nunca he creído en los milagros. “¿Ves que le debo mucho a San Ignacio? ¿Ves por qué no puedo dejar que sigas estudiando en este colegio?”, concluyó Argelia. Fortu tuvo varios segundos de silencio antes de formular su réplica.

Fortu replicó al perdón. El perdón siempre me ha dado risa. Es como el último recurso. Es como cuando sabes que has perdido el juego y apelas un poco a la lástima del contrincante. De hecho, a veces creo que las personas que pasan a la historia pasan, precisamente, por no pedir perdón. Argelia decía que la perdonaba, pero que sería expulsada permanentemente del colegio. Fortu, ya en una defensiva desesperada, intentó seguir apelando a la lástima de Argelia. Preguntó si podía ir al menos como oyente. “Si mañana, o cualquier otro día, pisas este colegio”, te mando a sacar con seguridad. Ya Fortu no tenía nada que buscar.

A Fortu le había dolido el coñazo, aunque se había preparado para él. Llevaba tanto tiempo llorando, que me provocaba cachetearla a ver si se recomponía. Ya como era tarde en la tarde, sólo quedaba el bulto de Fortu apoyado en su pupitre en el salón. Era un bulto negro que tenía parches de Nirvana. Aún estaba el cuaderno que ella había abierto aquella mañana y en el que había hecho sus últimas anotaciones, sin saberlo, como estudiante en el San Ignacio. “Las pinturas negras fueron trasladadas desde la Quinta del Sordo”, seguido por un tachón y una caricatura del pene erecto del Saturno de Goya, era lo último que había quedado escrito y dibujado.

Al menos, Fortu no tuvo una despedida intensa. Yo la acompañé hasta la puerta del colegio, que cruzó sin voltear la mirada. La invité a un café de La Majestic. La Majestic era una panadería y cafetería que, en sus tiempos, era increíble. Luego, al igual que el país, se había vuelto mierda. Pero aún servían buen café. Fortu aceptó. Al menos, el café con leche la calmó un poco. Estuvo largo tiempo sin decir nada. Sólo bebía su café y miraba al techo. Ya no lloraba. No fue su culpa haberse burlado del santo equivocado en un colegio así.

Ya, en un rato, sus papás la irían a buscar. Fortu intentaría hacer reválida en algún otro colegio, a ver si al menos salvaba el año y no tenía que hacerlo entero, luego de haber cursado más de la mitad. No sé si los papás de Fortu sabían que la habían expulsado. De todos modos, ellos vivían en su mundo. A pesar de todo, yo no quería dejar de ver a Fortu. Era una de esas chamas con las que te reías y lo pasabas bien. Ya buscaría cupo en algún colegio mediocre, como el Marbe.

T.M.

Adaptación del texto “Diles que no me maten”, de Juan Rulfo.

 

 

Plomo (Segunda Parte)

A pesar de las chispas que caían, siempre fui una persona muy conductista a la hora de comer. Yo solía comer al mediodía. Si por mí fuera, comería todo el día. Pero al ser estudiante aprendí a hacer malabares con los horarios y a hacer un hueco para poder comer, lloviera, tronara o relampagueara, a la misma hora del día. En este caso, lo que llovían eran balas. Pero mi hora de comer es sagrada. Iría a hacer mi almuerzo y comer. Total, nada podría hacer yo para que la lluvia de balas y de fuego se calmase.

Entré a la cocina. Por un momento tuve miedo. La ventana de la cocina estaba abierta de par en par. Es cierto. No era una ventana muy grande, pero cualquier bala envuelta en fuego podría entrar por ahí. Quise acercarme a cerrarla, pero sentía que sería el lugar más vulnerable en el que me podría poner. Yo no quería morir a causa de una bala. Nadie, creo, quiere morir a causa de una bala. Iba por la cocina procurando estar cerca de las paredes. Procurando estar fuera del rango que podría tener cualquier objeto que entrase por la ventana abierta de la cocina de mi apartamento para actuar en contra mía.

De todos modos, luego de pensarlo con un tanto más de cabeza fría, creí que no debía preocuparme tanto. La ventana de la cocina, hacia la parte de afuera, que daba como a una especie de patio interno, tenía un saledizo creo que de zinc que podía ayudar. El saledizo estaba para proteger a quien cocinara o fregara los platos (nuestro fregadero estaba ubicado al lado de la pequeña cocina de gas) de los rayos agresivos del sol. Realmente era bastante útil, aunque siempre pensé que se veía un poco mamarracho.

Pero sentí miedo nuevamente. No sé hasta qué punto una lámina de zinc (de ésas que son un poco curvas y tienen dos colores que se intercalan a través de láminas) podría resistir el impacto de una bala. Al fin y al cabo, la bala que había caído en mi balcón había arrancado un pedacito del piso, que era de granito rosado. Lo mejor sería, definitivamente, ir con cuidado. Yo caminaba con la cabeza un tanto gacha, como si eso fuese a ayudar en algo. Es parte de esos instintos humanos que, aunque sean un poco inútiles, te brindan una cierta sensación de seguridad.

La nevera estaba llena. A pesar de todas las calamidades y de todas las escaseces que asolaban a Caracas, nosotros siempre nos las ingeniábamos para tener una nevera llena. Y no sólo llena, sino llena de cosas ricas. A pesar de que siempre fui una chica delgada, comer siempre ha sido una de mis grandes aficiones. Siempre fui la envidia de mis amigas estúpidas del Mater. Ellas se mataban a unas dietas horribles en las que tenías que contentarte con comer un pedazo de lechuga de mierda que si con vinagre. Yo, en cambio, me hacía unos sándwiches como de medio metro rellenos de todas las cosas ricas que puede haber en este mundo. Mi otro gran “vicio” siempre fue leer. Y como podía leer comiendo sin ensuciar las páginas de los libros, me encantaba combinar estas dos prácticas.

Esto me lleva a explicar un detalle que a simple vista podría no tener importancia, pero para mí siempre la ha tenido y siempre la tendrá. Al igual que en mi apartamento podíamos disfrutar de una nevera llena, podíamos disfrutar de una biblioteca llena. El mercado de los libros en Caracas era un poco como el de la comida. En las grandes cadenas de librerías (generalmente las grandes cadenas de librerías suelen tener los peores libros) había pocos libros y de los pocos libros que había, las tres cuartas partes versaban sobre autoayuda, brujería, Sascha Fitness y no sé cuántas mariqueras más. Los libros buenos se hallaban en el casi clandestino mercado negro. Tan clandestino como el de los víveres, pero mucho menos concurrido.

Yo me sentía orgullosa tanto de mi nevera llena como de mi biblioteca repleta de clásicos y de títulos realmente fascinantes. Cuando alguna persona venía a mi casa a hacerme una visita (fuese una amiga del colegio, o de la universidad, o del trabajo, o un chamo quesudo que lo que quería era llevarme a la cama), le hacía la prueba de la biblioteca. Le hablaba y le mostraba, al menos durante una hora, los títulos que más me gustaban de mi biblioteca, o los que tenía en la lista para leer. Si la persona a la que le estaba haciendo la exposición se ladillaba (lo que ocurría en el 90% de las ocasiones), yo la ponía como en una especie de lista de gente inútil.

Hacía tiempo que la gente ya no venía a visitarme a la casa. O yo me había hartado de muchos, o muchos se habían hartado de mí o, lo más normal, la gente, sencillamente, se había ido del país. Yo era una de las pocas que aún quedaba. La verdad es que no sé por qué me quedaba. Creo que era una especie de mientras tuviese full la nevera y la biblioteca, el resto del mundo, Venezuela, no me importaba absolutamente nada. Por mí, que el país se incendiara todo.

Casi siempre me tocaba comer sola. Prefería comer en la cocina. Nunca en mi cuarto o en el comedor. La cocina era el lugar más diáfano de todo el apartamento. Eran rarísimas las ocasiones en las que coincidía a comer con mis papás. Mis papás generalmente comían en el trabajo y yo comía en el colegio o en la universidad cuando aún estudiaba, hasta hacía muy poco tiempo. Mientras comía, me gustaba poner la radio para escuchar las noticias escabrosas de lo que sucedía en el país. Del gobierno burlándose de la oposición, de los muertos, de la gente que moría de orgullo y hambre por no quererse arrastrar al carnet de la patria cuando se les había agotado el resto de los recursos.

Creo que, desde que yo era chiquita, siempre habíamos tenido el mismo método. Por eso me acostumbré a comer sola. Amaba comer sola. Detestaba comer con mis amigas porque, como he dicho, yo comía muchísimo a pesar de que soy flaca. Yo era de las que pedía dos y hasta tres menús. Y me molestaba la mirada de extrañeza con la que todas mis amigas me observaban. En cambio, comiendo sola no tenía que tener modales ni que rendirle cuentas a absolutamente nadie. Cuando invitaba a chamas o a chamos para la casa para revolcarnos, no me molestaba que el queso se les chorreara. Lo que me hacía hervir la sangre era que quisieran quedarse a comer.

Pero hacía mucho tiempo que ya nadie iba, y ese plan no se hacía más. Creo que mucha gente en el Mater y en la Monteávila me jalaba bolas porque sabían que conmigo (dentro o fuera de mi casa) las reuniones siempre terminaban siendo bacanales. A mí me encantaba el sexo y me excitaba la violencia. Muchas chamas, aunque fuese por curiosidad, iban a mi casa a escondidas de sus padres para participar en orgías. Me daba mucha risa cuando, antes, durante o después del acto sexual como tal, ponían sus voces de muchachas buenas y les decían a sus papás, a través del celular, que la estaban pasando buenísimo (cosa que no era mentira), que estaban tomando Pepsi y comiendo Doritos. Con los chamos pasaba algo más simpático. A mí el sexo sin por lo menos un toque de violencia me gustaba, pero no me parecía la gran cosa. A veces esperaba a que los chamos se durmieran y, agarrando un bastón de madera que tenía mi papá, cuando estaban durmiendo, se los estrellaba en la cara, muchas veces haciendo brotar sangre. Al principio, evidentemente los chamos gritaban, pero yo sabía hacerlos callar con besos y otras cosas. Siempre fui una mujer atractiva. Pero ya eso era tiempo pasado. Como he dicho, todos o se habían ido del país o se habían casado o estaban empatados con gente pollísima. Yo ya casi no salía tampoco. El día se me iba escuchando cantar a los periquitos o a los canarios, trabajando de vez en cuando. Incluso viendo los peces payaso que teníamos dentro de la pecera. Los peces de esa pecera tenían un máster en observar porno en vivo.

Como a veces la soledad de la casa me abrumaba un poco, salía a dar una vuelta alrededor de la cuadra. Sé que hasta salir a dar una vuelta alrededor de la cuadra era algo peligroso, pero, con suerte, no pasaba mucho. De todas formas, procuraba salir a la luz del día y no en la noche. Aunque, de todas formas, éste era un detalle cada vez menor. Ya la delincuencia en Caracas era tal que daba igual el día que la noche. Ya una persona podía ser hurtada, robada, atracada, secuestrada o asesinada en presencia de una muchedumbre y todo seguía fluyendo con normalidad.

No hacía mucho más que eso. Me gustaba ver las ruinas de Caracas, al menos las ruinas que aún mantenían su forma. Algunos condominios, muy pudientes, hacían potazos entre los vecinos y recolectas para comprar algunos galones de pintura con los que maquillar los edificios. Era un esfuerzo que a mí siempre me pareció loable. Tampoco es que era la gran vaina, pero no sé. A veces, en algunas tardes, Caracas aún conservaba esa luz tenue y medio ocre que me recordaba a mi infancia, cuando se podía vivir tranquila y cuando el Parque del Este aún no estaba tan vuelto mierda, como el resto de la ciudad.

Aún, para quien la supiese buscar, había una especie de vida social en Caracas. Para quien pudiese permitirse el lujo, había aún algunos restaurantes que, mal que bien, funcionaban. Uno de los problemas que yo tenía para seguir socializando es que no es lo mismo socializar cuando eres adolescente o muy joven a socializar cuando tienes casi 30. Cuando tienes casi 30, ya la gente anda en su propio peo. Algunos ya tienen pareja estable, otros ya tienen un trabajo que los consume. Otros más lo que piensan es en la estúpida boda. Cosas así. Yo me sentía una vieja a pesar de que no había pasado los 30. Veía a Caracas como si fuese una ruina antigua hallada en un yacimiento arqueológico. Un lugar en el que, junto a esos escombros, yacía una gran cantidad de recuerdos agradables.

Ahora, casi que mis mejores amigos eran los periquitos, los canarios y los peces payaso. Sé que suena un poco tonto y patético, pero era así. De vez en cuando, muy de vez en cuando, recibía la llamada sorpresa de algún amigo o amiga que se había resignado a morir en Caracas al haber fracasado en todos los intentos de huida. A veces leíamos juntos, a veces escuchábamos música juntos. A veces jugábamos Nintendo juntos. Por lo menos una vez al mes. O cada dos meses. O cada tres meses.

Como aún quedaba uno que otro amigo que sabía y compartía mi afición a comer, me invitaba a comer alguna comida que inventaba en su casa. Me encantaban esas tertulias. Era como una especie de improvisación en la cocina de alguien con los productos que se habían podido conseguir en el mercado negro. A veces quedaban unas cosas tan fabulosas, que anotábamos la receta y el proceso para no perderlas y repetirlas algún día. A veces quedaban unos menjurjes asquerosos, que botábamos (pidiendo tácito perdón a los que morían de hambre, que no eran pocos) por la cañería.

Ser cocinera o chef siempre fue una especie de sueño frustrado. No tanto frustrado por un fracaso personal, sino por el propio país. Ser cocinero o chef era una de las cosas menos rentables en un país que se estaba muriendo de hambre. Serviría, en todo caso, para lo que hacía yo a veces con estos amigos que he contado. Inventar, improvisar, divertirse y comer. Estas tertulias, de alguna manera, paliaban ese sueño que, quizás de haber nacido en un lugar medianamente normal, al menos habría intentado cumplir.

T.M.

Relato inspirado el el texto “La lluvia de fuego”, de Leopoldo Lugones.

 

 

 

Plomo

El chofer del autobús de nuestro colegio solía decir, cuando el día estaba despejado y lindo, que aquel día estaba bueno para volar. Dependiendo de mi estado de ánimo, solía imaginarme aviones o pájaros disfrutando del cielo límpido. El día que les cuento era uno de esos días. El Ávila tenía un verde fulgurante. Parecía una de esas barajitas brillantes de los álbumes Panini. Las personas sonreían en la calle. Cosa rara en una ciudad como Caracas. Los vehículos, y creo que ésta era una de las cosas más impresionantes, se daban paso. Todo esto a pesar de que el país estaba herido de muerte.

Si hay algo bueno que tenía Caracas era su temperatura. A veces, el termómetro se disparaba hacia arriba, pero eran contados días. Generalmente, el ambiente tenía una calidez exquisita. Esa calidez que, mezclada con humo de carros, es agradable para las personas que hemos nacido, crecido y vivido en ciudad. El aire parecía más suave que nunca. Sé que el aire no se puede ver, pero cuando lo sientes dándote caricias en la cara, es como los novios. Hay días en los que son más toscos y días en los que son más delicados. Los días así sólo pueden anunciar dos cosas, ambas extremas. Cosas muy buenas o cosas muy malas.

El balcón de mi casa tenía una vista relativamente privilegiada. Yo vivía en un piso ocho. Desde el balcón de mi casa se podía ver el Parque del Este. He ahí la razón por la que digo que la vista era privilegiada sólo relativamente. Cuando era pequeña, pasaba, encantada, tardes enteras viendo al Parque del Este. Cuando era pequeña, el Parque del Este era realmente hermoso. Era todo frondoso y hasta mi balcón llegaba como una cierta emanación de frescor. Yo sentía (aunque sé que es muy marico decir esto) que el Parque del Este era como una especie de amigo que me escuchaba. Con el tiempo, y con la dictadura, el Parque del Este se fue resecando y erosionando. Los animales que había allí se fueron muriendo de hambre y, por las tardes, el Parque del Este era el lugar típico para que los niches y los marginales no fueran a besarse, sino a tirar y a engendrar a más niches y marginales. Daba lástima verlo.

No sé exactamente cuál era la hora, pero era algo cerca de las once de la mañana. Vi una chispa que caía desde el cielo. El cielo estaba despejado y hermoso. Pensé en la mariquera que dicen de pedir un deseo cuando ves una estrella fugaz. Pero me pareció extrañísimo el ver una estrella fugaz a plena luz del día. Pensé que quizás había sido una paloma que, al igual que Ícaro, se achicharró por pasar volando cerca del sol. Pero era una tontería. Otra chispa, al igual que la primera, esta vez un poco más lejos, me puso en alerta.

Luego otra un poco más cerca. Luego otra, un tanto más lejos, casi encima del Parque del Este. Eran como pequeñas luces que bajaban formando líneas rectas u oblicuas. Eran luces que, como pequeños cometas, se estrellaban en la tierra. Como meteoritos mínimos. Pero eran abundantes. Cada vez eran más. Era un poco parecido a cuando volteas una luz de bengala, sólo que un poco más limpio, más ordenado dentro de lo que cabe. Las pequeñas flamitas delgadas hacían un pequeño ruido al estrellarse contra el suelo. “Prac, prac, prac”, hacían.

Yo estaba sola en casa. Mis papás estaban en el trabajo, como siempre. Era una mañana bonita y el sol, a pesar de los pequeños fuegos, seguía pulcro y hermoso. Me asomé hacia abajo, para ver a la gente. Los carros seguían en la misma marcha. Los peatones continuaban sonriendo. Creí, por un momento, estar yo sola viendo el extraño espectáculo del fuego que caía del cielo. Creí, por un momento, estar yo sola oyendo el curioso ruido que hacía ese fuego al aterrizar.

En mi casa (en mi apartamento) teníamos dos jaulas. Una de esas jaulas tenía dos periquitos. La otra tenía dos canarios. Uno de esos canarios era rojizo. Era espectacular. Era mi favorito. Más o menos, a esa hora de la mañana, el canario solía cantar (o trinar). De hecho, esa mañana lo estaba haciendo. A mí me relajaba un poco escucharlo cantar. Pero, a la par que había empezado el extraño fenómeno del fuego que bajaba del cielo y, haciendo ruido, se estrellaba contra Caracas, ni los periquitos ni nos canarios cantaron más. Hubo una vaciedad absoluta sólo interrumpida por el silbido del fuego y por el ruido que hacía este mismo fuego al estamparse de cuajo contra el suelo.

De todas formas, este ruido era bastante sutil. Había que aguzar un poco el oído para oírlo bien. Yo tenía, aunque ya el Parque del Este estaba en la mierda, aún la manía desde niña de asomarme por el balcón de mi apartamento a verlo. Creo que, si no lo hubiese hecho, jamás hubiese podido advertir el extraño y curioso espectáculo de las chispas que encandilaban el aire y, cada vez más abundantes y violentas, bajaban sin alterarse mucho por el viento hasta la ciudad.

Como los carros seguían haciendo su rutina normal y ningún peatón parecía aún alterado, me resigné a pensar que todo se trataba de alguna ilusión óptica. Mi vista siempre ha sido buena, pero pensé que quizás ya era hora de comenzar a buscar a algún buen oftalmólogo. Dicen que esta época de tantas pantallas puede joderte la vista hasta el punto de, prácticamente, volvértela mierda. Pero si el ruido que hacía el fuego también era una ilusión auditiva, quizás el problema era, simplemente, que estaba volviéndome loca. 25 años de chavismo vuelven loco a cualquiera. ¿Cómo podrían culparme?

Pero ahí estaba otra de esas chispas, otra de esas estrellas de corta vida que iban a morir sobre el asfalto y agitaban algunas hojas de algunas ramas de algunos árboles. No era tan fácil verlas en un principio. El sol brillaba y la luz del sol opacaba a la luz del fuego que caía. Pero los reflejos que hacían las chispas al pasar por ciertos puntos realmente herían las pupilas. Me asomé hacia otros balcones, a ver si alguien más estaba en el mismo plan que yo. Pero nada. Yo era la única idiota que estaba asomada viendo chispas de fuego que caían desde un cielo pulcro.

El ruido comenzó a ser cada vez más claro. Al principio era casi indefinido, pero luego al menos yo podía distinguir que era un ruido metálico. No era un ruido metálico muy estridente, pero daba la impresión de solidez que sólo tiene el metal al estrellarse contra cualquier cosa. Aún eran relativamente pocas chispas las que caían, pero caían con una frecuencia que seguía llamándome la atención. Todo tipo de posibilidades vinieron a mi mente. Incluso la de un avión comercial que se había vuelto trizas en el aire y ahora esparcía muy pequeñas piezas hasta la tierra. Mientras no me cayera encima comida asquerosa de avión, todo estaría bien.

Creo que me tranquilizaba un poco (o, mejor dicho, más que tranquilizarme, no me terminaba de hacer caer en un estado de real alerta) el hecho de que la ciudad seguía moviéndose como en cualquier jornada normal. El buhonero seguía pelando bolas. El policía seguía pelando bolas intentando joder al buhonero. El malandro seguía pelando bolas intentando joder al policía. Otro malandro, más malandro que el primer malandro, seguía pelando bolas e intentando joder al primer malandro, menos malandro que él, que intentaba joder al policía. Realmente nada se salía del canon de todos los días.

Aunque aún los granitos de fuego que se estrellaban contra el suelo seguían sin ser tantos, no les voy a mentir. Sentí una inquietud que iba creciendo. Iba creciendo casi a la par que las pequeñas chispitas. Pensé en tomar el teléfono y llamar a mi mamá. Pero ella me recomendaría a un psicólogo. Con qué cara iba ella a contestar el teléfono de su oficina para escuchar la voz de su hija no aterrada pero inquieta decir: “Mamá, está lloviendo fuego”. No valía la pena exponerse a eso. Al llegar a la casa me echaría el sempiterno discurso sobre las drogas. Es cierto. Las drogas me gustan. Pero, para ese momento, yo no estaba drogada.

Volví a ver de nuevo hacia el cielo para inspeccionarlo. Como tengo los ojos azules, soy más fotosensible que la gente normal (no quiero decir con esto que las personas de ojos azules somos anormales, pero ustedes me entienden). Coloqué la palma de mi mano perpendicular a mi frente para que hiciera de visera. Pretendí buscar el origen de aquellos extraños meteoritos. No podía ver nada. Intenté buscar alguna bola de fuego más grande desde la que se estuviesen desprendiendo los granitos, pero tampoco.

¿Por qué sonaban así las chispitas al estrellarse contra el suelo? El fuego no hace ruido. Bueno. Técnicamente sí lo hace. Crepita. Pero el hecho es que el fuego, si fuese sólo fuego, no debería hacer ruido al llegar al suelo. En todo caso un “zzzzzzzup”. Pero aquel ruido definitivamente era metálico. No había lugar a dudas. Eran pequeños trocitos de metal que, quizás por la fricción del aire (no sé si estoy diciendo una burrada física) o alguna cosa de ésas se encendían hasta aterrizar sobre Caracas. Y hay que tener realmente mala suerte para aterrizar en Caracas. Pobre metal.

No sé cómo no había pasado antes. Una de las chispas aterrizó sobre mi balcón. Yo me asusté. Hizo un ruido relativamente fuerte y, de hecho, arrancó un pedacito del piso, que era de granito rosado. No sé qué hubiese pasado si hubiese caído encima mío. Quizás me hubiese matado de una. ¿Quién sabe?. La chispa cayó como a un metro de mí. Mi balcón era relativamente grande. La chispa se quedó encendida un buen rato, antes de apagarse. Pude ver que, efectivamente, era metal.

Acerqué la mano al metal, que estaba casi incrustado en el granito rosado del piso de mi balcón. No me atreví a tocarlo. A pesar de que ya no estaba al rojo vivo, sentí, en mi mano, el calor que aún irradiaba. Fui a la cocina y busqué un tenedor. Con el tenedor toqué el metal. A lo lejos, aún caían chispitas que suponía que eran como la que había caído en el granito rosado de mi balcón. Miré de cerca el metal. Era una bala de plomo. Tuvieron que pasar unos minutos antes de poderla tocar con la mano. Era realmente pesada. Aún estaba tibia.

El viento, tan suave como había sido el resto del día, soplaba hacia el lado opuesto a donde yo estaba. Como si la pequeña lluvia de fuego, al menos por ese instante, no fuera a tocar más mi balcón. Aún veía chispas que caían lejos. De todas formas, sin cerrar la puerta de vidrio que separaba el balcón del resto del apartamento, decidí resguardarme bajo techo por si acaso. Uno de los pequeños metales cayó contra un poste. Hizo un ruido agudo que quedó perpetuado en pequeñas vibraciones hasta que, por fin, se calló.

Las balas seguían viéndose de vez en cuando, casi como relámpagos amarillos y pequeños. Caían separadas unas de otras. A una distancia quizás de unos 100 ó 200 metros entre ellas. Yo podía distinguir quizás dos o tres al mismo tiempo. Algunas increíblemente lejanas. Otras, las cercanas, al menos, por efecto del viento, que jugaba, al menos en ese instante, a mi favor, no apuntaban hacia mí. Por un momento, pensé que iba a escampar. Que todo no había sido más que uno de esos sucesos extraños que ocurren al menos una vez en la vida y que sirven para contar en las parrilladas.

Pero no. Era como la despedida de una tía ebria e insoportable que siempre parece que se va a ir a las dos de la mañana de una fiesta pero no termina de irse. Podían pasar varios segundos sin que se viese ninguno de los fuegos, ninguna de las chispas, ninguna de las balas. Pero siempre una, en la cercanía o en la lejanía, rompía esa paz que sólo duraba unos segundos. Hacía como todas sus hermanas. Bajaba encendida en fuego para estamparse y apagarse sobre el asfalto.

A pesar de que seguían siendo esporádicas, sí, poco a poco, iba dándome cuenta de que las balitas que caían desde el cielo eran realmente malintencionadas. Una cerca el Ávila. La otra cerca mío. La otra por el Parque del Este. Una más allá, cerca de La Carlota. Casi imperceptibles. Como ninjas amparados bajo la luz del sol, que ya estaba en el cénit. Ya había pasado cerca de una hora desde que me había fijado en la primera chispa. Entre pequeños solecitos de cortas vidas, había llegado el mediodía. Quizás el último mediodía.

T.M.

 

 

 

La parábola de la ciudad enferma

Creo que todo comenzó cuando llegó aquel hombre. Era un hombre alegre y carismático. Creo que había llegado en un avión. Hablaba a través de altavoces con una voz clara y optimista. Se paseaba por nuestras calles siempre gritando. “Cambio ciudades enfermas por ciudades sanas”, decía. La gente comenzó a asomarse con curiosidad. Las ciudades que ofrecía el hombre se veían realmente espléndidas. Todas estaban limpias y brillaban. Todas parecían seguras y bonitas.

Cambiar una ciudad enferma por una ciudad sana no era difícil. Todo el mundo se dejó llevar por las palabras y las promesas de aquel hombre que ofertaba ciudades sanas a cambio de ciudades enfermas. No había duda. No había punto de comparación. Las ciudades que ofrecía el hombre brillaban. Nuestras ciudades estaban enfermas, sucias, olían mal. Eran una auténtica basura. Nuestras ciudades casi no tenían historia ni tradición. En cambio, las ciudades sanas tenían muchísimas historias interesantes y hermosas para contar.

Cuando alguien veía a algún conocido o a algún amigo con su recién adquirida ciudad sana, se moría de envidia y corría en búsqueda del señor que cambiaba ciudades sanas por ciudades enfermas. Todo el mundo entregaba a su triste y patética ciudad enferma a cambio de las ciudades hermosas y sanas que el señor ofrecía. Era un cambio fantástico. Yo mismo llegué a ver a muchas de las ciudades sanas. Tenían edificios increíbles, tenían turistas. La gente era amable con los demás. No se caían a tiros.

Me volteé y ahí estaba Caracas. Tenía la cara destrozada, tenía el cuerpo destrozado. Tenía los pulmones negros y tenía las narices ensangrentadas. Estaba echada en la cama con su misma actitud de siempre. La actitud de no querer hacer nunca nada. La actitud de creerse lo máximo aunque estaba vuelta mierda. Su cuerpo flaco se enredaba y manchaba mis sábanas con su sangre y con su suciedad. Era como una sombra obscura. Qué diferencia tan grande con aquellas ciudades luminosas y sanas que ofrecía aquel señor por los altavoces.

Caracas y yo no hablamos esa noche. No nos miramos casi. A pesar de sus ojeras y de su respiración trancada, por alguna razón me gustaba mirarla. Era triste como caminaba, o como intentaba caminar. Ya casi no caminaba. Estaba chupada. Parecía terminal. Las costillas se le asomaban por los costados grisáceos. De vez en cuando, cuando me hablaba con su voz ronca, tenía algún mínimo y difuso vestigio de lindura. Pero yo no sabía si eran percepciones mías o si era un consuelo estúpido que yo mismo me hacía.

“¿Por qué no me cambiaste por una ciudad sana?”, me preguntó Caracas. “Las otras ciudades son más bonitas y están sanas”, me recriminaba. Yo no sabía qué contestarle. Con ciudades como Caracas lo mejor es darse la vuelta. Tienen como una furia violenta en la mirada que te causa como acidez, que te causa depresión y te da ganas de morirte. Yo no le contestaba. Sabía que contestarle a Caracas era caer en una de esas discusiones en espiral en donde nadie tiene la razón y todos terminan rabiosos. Esa etapa ya ella la tenía. Estaba siempre rabiosa. Comía mirándome a los ojos con odio, con recriminación. Masticaba con la boca abierta y no se preocupaba en limpiarse la sangre que le brotaba de la nariz. La sangre le caía hasta la boca. Era asqueroso.

Mi vida con Caracas se convirtió en un punto extraño. Se convirtió en una especie de árbol caído al que todos señalaban y del que todos se burlaban al pasar. Un sinfín de amigos y conocidos se paseaban a mi alrededor y me echaban en cara sus ciudades nuevas, sus ciudades sanas y recién adquiridas. Parecían aristócratas imbéciles. Se paseaban presumidos con sus Buenos Aires, con sus Parises, con sus Madriles, con sus Sydneys, con sus Santiagos. Algunos se habían moldeado a la ciudad con la que paseaban de la mano. Cambiaban su acento y utilizaban expresiones que yo nunca les había escuchado en la vida. Parecían idiotas. Otros, más agresivos, obligaban a su ciudad a adaptarse a ellos. La vestían de determinada manera, la criticaban, no la dejaban respirar, le recriminaban el no ser como la ciudad enferma que habían cambiado por esa ciudad sana a la que ahora recriminaban. Esa ciudad enferma que sólo comenzaron a mirar cuando ya estaba en posesión del hombre que paseaba con los altavoces gritando “Cambio ciudades enfermas por ciudades sanas”.

Caracas ya no quería salir conmigo. Se sentía sucia. Se sentía acomplejada. Se sentía fea. No quería ir al lado mío. No quería calarse las humillaciones de los estúpidos de mis conocidos que iban presumiendo de sus ciudades de gente educada, de transportes públicos eficientes y de tres comidas al día. Caracas me gritaba, amenazaba con romper todas mis cosas y se encerraba en el baño a pegar alaridos y a llorar. Se molestaba más cuando yo intentaba recordarle los días en que no era así. Estrellaba su cara contra la puerta del baño y hacía sangrar aún más su nariz, ya de por sí sangrante. “Me tuviste que haber cambiado, maldito idiota”, decía su voz quebrada por el dolor, por la locura, por la droga y por la rabia.

Yo estaba harto de Caracas. Me había arrepentido de no haberla cambiado a tiempo. A veces, buscaba al hombre del altavoz, pero hacía rato que no se divisaba por ningún lado. Yo le entregaría a Caracas aunque fuese gratis. Estaba harto de sus insultos y de sus amenazas. Estaba harto de su victimismo y de sus gritos. Estaba harto de su nariz, que echaba chorros de sangre. Se había vuelto más hosca y arisca que nunca. En cada uno de sus movimientos, en cada una de sus respiraciones me acusaba de tenerle lástima. Yo siempre he odiado la lástima.

Pero, pronto, las ciudades sanas de mis amigos y conocidos comenzaron a enfermar. Comenzaron a verse cada vez más sucias y más extrañas. Comenzaron a renquear cada vez más notoriamente y a respirar cada vez con más dificultad. Comenzaban a preguntarse por qué debían rendirle pleitesía a cuatro idiotas que, al fin y al cabo, las habían cambiado y no las habían conquistado por amor. Empezaron a ser ariscas y hoscas, como pequeñas Caracas. Algunas conseguían huir de sus dueños. Otras atacaban directamente. Al fin y al cabo ¿quién les había pedido permiso para ser intercambiadas? Ellas eran ciudades sanas y merecían estar con gente mejor. Mis conocidos cada vez presumían menos, se les veía tristes.

Caracas nunca mejoró. Siempre era una promesa que nunca se cumplía. Siempre era un Sísifo que nunca terminaba de colocar la piedra en la cima de la montaña. Era un pozo sin fondo. Una sangría que nunca se vaciaba. Caracas volvió a pasear conmigo. Nunca se mostraba cariñosa. Si paseaba conmigo era porque disfrutaba ver el sufrimiento ajeno. De vez en cuando, desde que mis conocidos ya no presumían (y algunos hasta se escondían), Caracas esbozaba hasta una tímida sonrisa. Era mala por naturaleza, no tenía piedad ni futuro. Pero qué linda era esa sonrisa que se le dibujaba.

Tomás Marín

Relato inspirado en el texto “Parábola del trueque”, de Juan José Arreola.

 

De cómo despedir a Sasha

Mi nombre es Helena Eco. Tengo 27 años y formo parte de la administración de personal del canal Globovisión. Tengo cuatro años trabajando en Globovisión. Comencé gracias a las pasantías de mi universidad. Como siempre (no es por presumir) he hecho un trabajo impecable y serio, el canal decidió contratarme de manera permanente. A veces he pensado en dejarlo todo y buscar, como tantos otros, irme del país. Pero Globovisión ha sido generoso conmigo no sólo en darme buenos compañeros y tratarme bien, sino en pagarme un sueldo relativamente digno para lo que significa la situación del país con un bolívar cada vez más pulverizado.

Hace pocos días, como todos sabrán, una presentadora del canal Globovisión, llamada Sasha López, metió la pata y se quedó en blanco al hablar sobre el homenaje que el canal le iba a hacer a José Antonio Abreu. José Antonio Abreu era un director de orquesta que, prácticamente, fundó el famoso sistema venezolano que se encargó de llevar el aprendizaje de la música a las comunidades más necesitadas. Yo admiré su trabajo hasta que, en las protestas de 2014, al mismo tiempo en el que eran asesinados estudiantes por las fuerzas de la dictadura, Abreu se hacía condecorar por el dictador en una transmisión que buscaba, precisamente, encubrir los asesinatos al tiempo en el que estos eran ejecutados. A partir de ese momento, Abreu, para mí, se transformó en una lacra, en una porquería auténtica. Pero el venezolano tiene memoria corta y le jala bolas a todo lo que pueda parecerse a un mito. Así el venezolano siempre busca encubrir su propia mediocridad.

Yo no tuve tiempo de ver en vivo cuando Sasha se quedó en blanco. La vi a través de un video que comenzó a circular rápidamente por Twitter y por Facebook. En el fondo, Sasha me dio paja. Desde que llegó al canal no era más que una de esas chamas cotufas y del montón. Sé que una presentadora de televisión debería ser una persona inteligente, mucho más que una cara bonita. Pero, de todas formas, siempre me ha dado igual. Globovisión no lo ve nadie. Sasha era un poco estúpida. Al fin y al cabo, es una modelo. (Y sé que hay modelos que son muy inteligentes, pero ustedes me entienden). Era una de esas chamas que se la pasan tomándose selfies con frases imbéciles para alborotar a cuatro quesudos en el Instagram.

Todo el mundo, como suele suceder en un semi-país como Venezuela, cayó en cambote sobre Sasha. Una mujer como Sasha no está hecha para resistir esas cosas. Es una chama que vive en su mundo de pintalabios, maquillaje y demás mariqueras. Es una chama que no está acostumbrada a los insultos. Muchos comunicadores sociales postearon parrafadas y parrafadas de indignación en sus cuentas. Hablaban de la decadencia de los medios y de no sé cuántas otras cosas más. Los comunicadores sociales siempre me han caído mal. Son como los argentinos prepotentes de las carreras universitarias. Todos se creen Renny Otolina, Alfredo Cortina o Ida Gramcko. Lo peor es que comunicación social es una carrera mediocre y estúpida. La puede hacer cualquier persona que sepa escribir su nombre.

Yolanda, una de las directivas del canal, me citó en su oficina el mismo día de la metida de pata de Sasha. Yolanda es una mujer gordísima, pero lo que tiene de gorda lo tiene de buen corazón. Aunque siempre ha sido estricta y seria cuando hay que serlo. Es de las que tienen consciencia de que Globovisión es un canal que no ve nadie, pero se esfuerza en hacer las cosas bien. “Helena, ¿viste lo de Sasha?”, me dijo Yolanda. “Sí, Yoli. Lo acabo de ver por Twitter”, le respondí. Yolanda me comentó acerca de los insultos que le hacían a Sasha por Twitter y de la perjudicación que todo eso tenía para lo poco que quedaba de dignidad en un canal como Globovisión. “Necesito encargarte una tarea. Sé que puede no gustarte”, me dijo Yolanda. Yo ya sospechaba de lo que se trataba. “Necesito que despidas a Sasha. Por mí se quedaría. Pero sabes como es la gente. Y la gente no se va a quedar en paz hasta que la botemos”, concluyó.

Yo le menté la madre a Yolanda en silencio, aunque la quiero mucho. Me sentí mal por un momento. Nunca me había tocado despedir a nadie. Eso siempre había sido trabajo de mis compañeros. Pensé que, por lo menos, había que darle un tiempo a Sasha para que asimilara todo lo que le había pasado por su error tonto. Sentí que era una ratada el rematar con su despido toda la ola de odio y burlas que estaban colmando su Twitter. Pero, al fin y al cabo, es mi trabajo. Y el trabajo debe hacerse.

No sabía cómo decírselo. Nunca he sido de esas personas que se ha puesto realmente a meditar sobre la cuestión de si es mejor dar un golpe certero, doloroso y rápido, o hacerlo con rodeos, como darle una especie de colchón a la “víctima” para que se vaya preparando para la noticia. Creo que lo que más me molestaba era la idea de ver el llanto de cotufa que tendría Sasha. Ese llanto de doncella en apuros cuando se le descasca la pintura de las uñas. A ella le encantaba salir frente a las cámaras. Y ella era bonita. El problema es que su sitio estaba en alguno de esos programas cotufas y bajos como Portadas, o La Bomba, o porquerías así.

Estaba caminando hacia el camerino de Sasha. Sí. En Globovisión, quienes salen en pantalla tienen camerinos. Cuando pasé cerca de la puerta de uno de los baños del pasillo, escuché un llanto de esos llantos que parecen hipo. Inmediatamente supe que era Sasha. Abrí la puerta y allí estaba ella. Tenía las manos apoyadas en el borde del lavamanos con el grifo abierto. Entiendo que estés llorando, pero sé consciente. El agua no es gratis. Sasha me vio y, sin decirme nada, me abrazó mientras aún lloraba. Yo me quedé hierática, sin mover los brazos. Siempre he odiado el contacto físico. Me incomodaba un poco la cabeza de Sasha apoyada sobre mi hombro. “La cagué, Helena. La cagué”, me dijo mientras, por fortuna para mí, de despegaba de mi hombro.

Decidí que, quizás, el baño no sería el mejor lugar para darle la noticia. O quizás sí. Podría decirle “Te botaron” y cerrar la puerta, como si fuese un criminal de cine negro, y dejarla allí, llorando aún más (aunque procuraría cerrar el grifo antes de irme). Pero no. No es mi estilo definitivamente. La invitaría, al menos, a tomarse un café en la fuente de soda del canal y allí, cuando estuviese un poco más calmada, se lo soltaría todo sin anestesia. Ella comprendería. Y, si no comprendía, no era mi problema. Yo sólo obedecía órdenes.

“¿Quieres que te invite a un café?”, le dije. Ella tardó como veinte segundos en dejar de llorar y decirme que sí. Creo que lo que más le preocupaba era su apariencia y su maquillaje corrido. Se veía constantemente al espejo. Si se le ocurría alguna cosa como sacarse un selfie en ese momento, además de decirle que la habían botado como a una yegua de hacienda inútil a la que ya nadie quiere, le soltaría una bofetada para que dejara la estupidez de publicar cada momento de su vida en redes sociales. Pero no lo hizo. Me siguió.

Cuando llegamos a la fuente de soda, ella pidió una manzanilla. Yo pedí un con leche pequeño. El café con leche de Globovisión es único en el mundo. No sé qué le echan, no sé cómo lo hacen, pero es lo mejor que existe en ese canal. Sasha se tomaba su manzanilla a pequeños sorbitos. Hablaba poco. Yo no sabía sobre qué hablar. A veces, simplemente, una no sabe cómo iniciar una conversación. Podría hablarle de que vi a Yolanda y me encomendó la tarea de despedir a una persona del canal. A una tal Sasha, que en ese momento estaba bebiendo una infusión de manzanilla a pequeños sorbitos.

No hablamos sobre el tema de su metida de pata. Sé que ella no quería hablar de eso y, a decir verdad, yo tampoco. Ya, por lo menos, Sasha había dejado de llorar. La infusión le había hecho bien. “¿Y tú cómo estás, Helena?”, me preguntó. Yo le dije que normal. Ya en Venezuela no se puede utilizar el eufemismo de decir “Estoy bien”. Nadie está bien en esta mierda. Quizás los dirigentes del Partido Socialista, que son los únicos que no tienen que hacer malabares con el dinero.

Habían pasado unos veinte minutos. De esos veinte minutos me bastó uno para hacerle a Sasha un resumen de quién era José Antonio Abreu. Omití la parte sobre por qué su muerte no me dolía. Una persona como Sasha quizás no entendería esas cosas. Ella sólo se limitó a responder un “Ah” mientras terminaba el último sorbo de la infusión de Manzanilla. Habíamos estado veinte minutos en la fuente de soda y aún no le había dado la noticia. Estaba tardando más de la cuenta.

Cuando estaba intentando darle vuelvas al tema para entrar, como un espiral, a la notificación de su despido, Sasha me dijo que yo había sido la única persona de todo el canal que se había preocupado por ella. Yo puse cara seria (o, mejor dicho, continué con cara seria). A mí no me importaba ella. Yo sólo había ido allí a despedirla y a brindarle una manzanilla para que el golpe no fuese tan duro. “Para eso estamos”, le respondí en una mentira compasiva. Ella se levantó de la silla, me abrazó y me besó la cara. Yo me volví a quedar hierática y con los brazos apoyados en los brazos de la silla. Realmente odio el contacto físico.

“¿Quieres ir a tomar algo?”, me dijo Sasha. “Conozco un bar por las Mercedes que hace unos tragos buenísimos y es de un amigo. Él no nos cobrará nada”, propuso. Yo no supe qué decir. Podía argumentar que aún estaba en horario de trabajo, pero Sasha sabía muy bien que el canal me consentía tanto que, prácticamente, me dejaba salir a la hora que quisiera. Aunque de ese privilegio casi nunca hago uso. Me siento cómoda en mi trabajo. Pensé en si su propuesta a tomar algo seguiría en pie luego de que le diese la noticia. Pero tenía una sonrisa tan tonta, que me dio lástima cortarla de tajo. Le dije que sí. Ya le daría la noticia en el fulano bar de las Mercedes.

El bar de las Mercedes se llamaba Mango’s. Yo, sinceramente, no lo conocía. Estaba vacío. Éramos las únicas “clientas” que había. Pongo “clientas” entre comillas porque, como había dicho Sasha, el bar era de un amigo de ella que nos estaba regalando los tragos. Pedimos una pecera azul para las dos. Sasha se bebió, en tres minutos, el 95% de la pecera. Yo sólo pude probar un sorbo. Estaba divino. El bar era agradable. Era limpio, tenía aire acondicionado y tenía puffs en el piso. Pedimos una segunda pecera, esta vez anaranjada. En tres minutos, Sasha se la volvió a tomar casi toda. No sé si era despecho lo que tenía. Tuve miedo a que se emborrachara. Aunque, cuando lo pensé mejor, pensé que podría ser mejor. Así se tomaría mejor la noticia de su despido. O quizás peor. Mientras no me estrellara la pecera en la cabeza, todo estaría bien.

“Yolanda me mandó a despedirte, Sasha”, le dije sin anestesia. Ella estaba muy borracha, yo estaba borracha también, pero menos que ella. “¿Qué?”, me dijo. En el bar había una música que era como un techno extraño. Estaba un poco alta. No sé si el “¿Qué?” que me había dicho Sasha era por no haber oído bien o era una respuesta impresionada ante la noticia de su despido. Le repetí exactamente lo que le había dicho. Sasha se quedó mirándome por un momento. En vez de gritar, acercó su boca a mi oído. Ya no estábamos solas en el bar (aunque prácticamente). Una pareja había llegado, aunque se había ido al otro extremo. “Yo sé, Helena. Lo supe desde el primer momento”, me dijo.

Al día siguiente, ella volvió a trabajar como si nada. Al principio, llegué a pensar que la borrachera de la noche anterior le había podido hacer pensar que lo del despido fue una imaginación, un efecto de las peceras y los Martinis. Se le notaba la resaca. A mí un poco también. Pero no había sido un malententido. Globovisión la había vuelto a contratar. A mí me daba igual. No quise preguntarle a Yolanda qué había pasado. Supongo que todo había sido una reacción mientras pasaba la ola de la opinión pública. Puede que Sasha sólo sea una cara bonita. Pero, al fin y al cabo ese canal no lo ve nadie.

T.M.