Instrucciones para encontrar el amor de tu vida en la estación de Chacaíto

Chacaíto. ¿Por qué no otra estación? Chacaíto tiene más punch. Sólo Chacaíto tiene la combinación perfecta de rockeros comegatos y de evangélicos intensos que buscan incautos a quienes darles charlas interminables sobre su señor Jesucristo. No hay una estación mejor que Chacaíto si quieres encontrar al amor de tu vida. Es mejor ir por la mañana. Por la tarde hace demasiado calor. Por la tarde se montan más borrachos y más malandros que por la mañana. Y por las mañanas puedes dar un vistazo a las tiendas de cosméticos chinos y de ropa hippie que huele a la marihuana de sus tejedores.

Tienes suerte si no te topas con uno de esos muchachos flacos (muy flacos) que venden una versión pirata de las Susys o de los Cososettes. “Buenos días, señores. Triste es de pedil (sic), pero más triste es de robal (sic)”. No le prestes mucha atención al muchacho flaco que vende esas galletitas. Es posible que no venda nada. Es posible que compense el no vender nada sacándole un chuzo (construido por él mismo) a una viuda sesentona que va a alguna iglesia a solicitar una misa para su marido Víctor.

No hay grandes ornamentos en la estación de Chacaíto. Hubo grandes ornamentos alguna vez. Hoy en día ves esculturas descoñetadas por la acción de los hamponcitos. Hay hasta una medio bizarra y tubular que tiene una mancha de sangre que sólo he visto yo. Esa mancha de sangre se debe a una salpicadura de la última vez que lincharon a un ladrón. A un ladrón que quizás dijo lo de que más triste es robar que pedir. Vete al andén. El tren va a tener retraso. Pero el tren va a llegar. Siempre llega. Todo llega. El amor llega. El amor llega hasta en una estación como Chacaíto.

Mira bien a la gente que hay a tu alrededor. Hay un grupo de chamos que pertenecen a un grupo de teatro. No es el mejor grupo de teatro del mundo. Pero tienen mucha ilusión. Han conseguido un espacio muy pequeño en donde podrán representar “Muerte accidental de un anarquista”. Están felices. Hay una enfermera que no deja de revisarse el uniforme. Caracas quizás sería otra si todas las enfermeras tuvieran la delicadeza y el esmero de revisarse el uniforme. Hay mucha gente a pesar de la hora.

Te sostienes de un tubo que te da un poco de asco tocar. Hay miles de mitos urbanos alrededor de los tubos de los vagones del metro. Hay quien dice que los tubos de los vagones del metro tienen SIDA y SúperSIDA. Esos tubos han sido tocados por indigentes y por prostitutas. Esos tubos han sido tocados por abogados y por chavistas fanáticos convencidos. Una chama no pierde el glamour y toca el tubo sidoso con un pañuelo. Pero fíjate en ella sólo para la anécdota. Ella no es el amor de tu vida. Sigue mirando.

Las ventanas están obscuras a razón del túnel interminable. Muchas de las lamparitas que se ven desde las ventanas del vagón están apagadas por falta de mantenimiento. No esperes mucho más si vives en un país comunista. ¿Te acuerdas de cómo te divertías viendo esas lamparitas cuando estabas en tu infancia? ¡Era lo máximo! Quédate viendo la ventana. ¿No ves esos ojos tristes y azules verdosos? ¡Si es que se reflejan perfectamente a pesar de lo opaco de la ventana! No te fijes en el “Yazmín Maldita Perra” que está rayado en la ventana con una llave (o con un puñal). Fíjate en esos ojos azules y tristes. En esos ojos que brillan más que todas las lamparitas del túnel.

Ahí está el amor de tu vida. Aunque es obvio que aún no te has dado cuenta que ahí está el amor de tu vida. Voltea. Comprueba de dónde viene el reflejo. ¡Ahí sí que está el amor de tu vida! Tiene una franela roja (Pero sobria y cuchi. No tiene nada que ver con el chavismo. Tranquilo). Tiene el pelo liso y terso. Tiene el pelo bien lavado y cuidado. Pero esos ojos. Esos ojos son el mayor imán. Son azules. Son verdes y tristes. Están apuntando hacia algún lugar. ¿Qué grandes cosas estará pensando el amor de tu vida?

¿Estará pensando en encontrar al amor de su vida en el metro? Quizás. No hay manera de comprobarlo. Es como Dios. No podemos afirmarlo pero tampoco podemos negarlo. Pero seguramente está pensando en algo interesante. No pudiese ser el amor de tu vida si no estuviese pensando en cosas interesantes. Y nadie con esos ojos verdiazules y tristes puede estar pensando en nimiedades. Nadie con esos ojos azules y tristes puede estar pensando en tonterías. ¡No!

Tienes que idear algo. No sabes en qué estación se puede bajar el amor de tu vida. A lo mejor en la próxima. ¡Tienes que idear algo rápido! “Disculpa. Sé que estás pensando en algo interesante. Nadie con tus ojos verdiazules y tristes puede estar pensando en nimiedades. Nadie con tus ojos verdiazules y tristes puede estar pensando en tonterías”. Quizás sea una buena opción. No. No es una buena opción. Es muy invasivo. ¿Es que acaso perdiste el juicio? Pensará que eres psicópata. Tendrás suerte si sólo se aleja. Tendrás suerte si no activa el botón de emergencia y manda a llamar a la policía. Aunque la policía no funciona. Ni el botón de emergencia tampoco. Estás en un país comunista. ¿No lo recuerdas?

“Qué loco está clima, ¿no?” Podría servir. No. No podría servir. El clima en Caracas casi siempre es el mismo. Y es un tema cliché de conversación. Pensará que eres un perdedor. Pensará que tienes un trabajo aburrido. Pensará que trabajas en algo relacionado con la contaduría. A lo mejor al amor de tu vida le atrae la bohemia. Esos ojos azules y verdes y tristes y hermosos tienen que ser aficionados a la bohemia. Ajuro. Es el momento de buscar una conversación interesante. Háblale de aquel triste relato de la mitología griega en el que Ariadna no puede irse con Teseo. Cuéntale sobre aquel meme que viste sobre Murakami y su similitud con Sísifo a la hora de conseguir el premio Nobel.

“Estación Sabana Grande”. Acaba de hablar la voz ronca del metro. La voz que pareciera vivir del aguardiente y de nombrar las estaciones una y otra vez por los altavoces del vagón (también echados un poco a perder a causa del comunismo). Confía. Quizás el amor de tu vida de ojos tristes y verdiazules no se baja en Sabana Grande. No te enamores tanto. Enamórate mucho. No es fácil apartar la mirada de esos ojos que parecen el agua del mediodía de una playa de las Islas Marshall.

El amor de tu vida cruza la puerta. ¿Será que sigues su camino y te bajas también en Sabana Grande? Sí que se bajaba en Sabana Grande. Los ojos más bonitos del planeta tierra (Y de Saturno también) se han bajado en Sabana Grande. “Te he seguido desde el metro. Eres el amor de mi vida. No llegué hasta mi destino porque mi destino eres tú”. Ni se te ocurra. No llegarás lejos con esa babosada que pareciera escrita por Leonardo Padrón. Se cierra la puerta. Quizás se abra otra vez. Sal corriendo si se abre otra vez. El metro arranca. Perdiste al amor de tu vida. Se perderá en el laberinto. Más nunca tendrá contacto contigo. Las oportunidades las pintan calvas. Las pintan tan calvas como la cabeza de ese hombre que acaba de entrar (con una franela del Central Madeirense) y que ocupa el lugar y el reflejo que ocupó el amor de tu vida en el vagón apenas unos segundos antes. El amor de tu vida no aparece todos los días en Chacaíto. Idiota.

Tomás Marín

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Un misil en mi placard

En la radio del Corolla suena “Un misil en mi placard”. Creo que es una versión acústica. Nunca he sido fanático de Aoda Stereo. Pero me gustan algunas canciones de ellos. Me pregunto qué será un placard. La voz del papá de Cristina me distrae. “Cuídense mucho”, nos dice. “Mosca con una vaina. Y corran duro si la guardia se pone Popy”. Siempre me dio risa la expresión “Ponerse Popy”. Al menos me dio risa en esa circunstancia. Yo crecí con la leyenda urbana de que Popy le pegaba a los niños. No sé si sea cierto. Popy nunca me gustó. Me daba miedo.

Me aturde un poco el poco de banderas que ondean por la Francisco de Miranda. Nunca he sido un gran fan de Venezuela. Pero marcho porque quiero un cambio. Creo que la oposición nos ha convencido de que un cambio es posible si salimos a marchar mientras ellos ven el fútbol en sus casas. Me siento protegido con Cristina. Fantaseo alguna situación en la que le salvo la vida en medio de una atmósfera épica de perdigones y de humo de bombas lacrimógenas. La típica situación cliché del “Mi héroe”.

Pero soy todo menos héroe cuando la guardia me detiene. ¿Cómo coño me pudo a detener? Yo procuré estar atrás. En la vanguardia es que atrapan a la gente. Quizás fue un descuido mío. Me montan en una moto. Ya me han sacado un morado. ¿Gritar? ¿Para qué gritar? Lo mejor será poner cara de drama para la foto que saldrá en los muros de Facebook. Pero tengo miedo. Desde hace un tiempo no veo a Cristina. Me corre la idea de que ella será la que  pueda venir a salvarme a mí. Todo lo contrario a mi heroica fantasía. Pero no viene nadie.

Tengo ya mucho tiempo encerrado. No sé cómo se llama esta cárcel. Me cubrieron los ojos al venir acá. Se oyen pajaritos a ciertas horas del día. El pan es duro. Pero el pan nutre. Se oye mucho monte. Se oye mucho verde. No sé por qué tengo la impresión de que estoy en San Juan de los Morros. Pero quizás la gente no lo sabe. Todo lo que no sea Caracas es monte y culebra. No hay ventanas en la celda. Sólo hay grietas. Pero son grietas pequeñas. Se nota que son grietas que tienen mucho tiempo allí. Se nota que esto lo han convertido en cárcel. Esto antes no era una cárcel. ¡Ni de vaina!

¿Por qué mi familia no ha preguntado por mí? Puede que piensen que estoy muerto. El gobierno es experto en censura. La guardia es experta en censura. Nunca he sido un gran hijo ni he tenido un gran futuro. Pero sé que mi familia me quiere. ¿Dónde estará Cristina? ¿Por qué nunca le dije que la deseaba y que me gustaba un poco? Hay aquí dos guardias. Nunca he sabido sus nombres. Son precavidos y se cubren los nombres bordados que están en los uniformes oliva. Yo los identifico como Rata 1 y Rata 2.

Rata 1 es la peor escoria del mundo. Goza torturándome. Siempre me dice que el día presente será el último día. Rata 2 también es una rata. Pero es menos rata que Rata 1. Rata 2 me da tiempo para prepararme para los ganchos y las cosas que provocan un dolor que ya no me duele. Rata 1 es un fanático de la revolución. Siente que todo lo que no sea PSUV debe ser exterminado. Rata 2 sólo cobra su salario y cumple con su deber. Se cubren los rostros siempre. Pero las voces siempre suenan distintas. El único rostro que veo es un afiche de Maduro con un corazón. Mi verdugo es mi única compañía.

Yo no sé si fue un descuido inconsciente o sólo un descuido. El hecho es que Rata 2 no ha pasado la llave a la puerta. Me doy cuenta por una pequeña fisura en el cerrojo. ¿Se burlan de mí? Puede que sepan que no han pasado la llave a la puerta. Quizás quieren reírse de mi intento de escape y matarme en medio de éste. Pero parecían tan distraídos. Los guardias nacionales bolivarianos no son tan hábiles para planificar cosas así. Lo de ellos es torturar. Lo de ellos es gritar. Lo de ellos es matar. ¿Querrán matarme?

Me lo pienso. Pero tampoco me lo pienso mucho. La vida dentro de una celda no es vida. Me acuerdo de un chiste tonto. Un chiste que contaba un amigo ingeniero informático amigo de un amigo. Decía que los ingenieros informáticos vivían prisioneros en las celdas de Excel. Me río solo. Mi esperanza es legítima. Tenía mucho tiempo sin reírme. Eso es buena señal. Creo que no me importa mucho intentarlo. Afuera todo es el abismo. Todo es un agujero obscuro. Podré componer una autobiografía brutal si todo sale bien. Se venderá en Tecniciencia. Anda. Levántate. Ni grites por las llagas que te duelen. Inténtalo.

Abro la puerta. Abismo. Obscuridad. Voces lejanas. Supongo que el truco será no seguir las voces. Seguir la luz de la luna. Donde haya luz significa que puede haber una salida. Me desplazo. Me arrastro. He sido cuidadoso en cerrar la puerta de la celda. Hay cajas. Hay afiches de maduro y afiches de Chávez en el pasillo. Silencio. Sigo. Silencio. Unas voces se acercan. Pero hay donde esconderse. No es tanto que haya donde esconderse. Sólo cajas. Pero hay sombra. Mucha sombra. Y yo soy sólo una sombra más ensombrecida entre dichas sombras. Al menos lo soy desde que me atraparon y me apartaron de todo.

Puerta a otro pasillo. La puerta gira sobre sus goznes. No hace ruido. Pensé que haría ruido porque las puertas son viejas. ¿Qué habrá sido esto antes? Hay voces que se mueven. Hay luz. Estoy más cerca de lo que piensan ellos. Una ventana abierta. Patio. La puerta del patio está abierta. ¿Será que sí? Salto por la ventana con todo el dolor descriptible. De todas formas es una planta baja. El dolor es por una de mis llagas frescas. La llaga rozó con una piedra. Pero la libertad es más grande que la llaga que desprende su costra.

Tenía tanto tiempo sin pisar grama. Qué brutal es la grama. Está hasta un poco humedecida. Esos dos segundos fueron sólo para mí. La gente no aprecia la grama cuando es libre. Pero no puedo pasar tanto tiempo recordando mi infancia. Hay que seguir. Ya veré cómo me regreso de San Juan de los Morros (si es que estoy en San Juan de los Morros). “¿Se te perdió algo, camarada?”. Es la voz de Rata 1. Por primera vez tiene el rostro descubierto. Su rostro de rata. No sé qué me hará. Tendré suerte si regreso a la celda a pensar acerca qué es un placard.

Revés

¿Cómo comenzar a escribir esta historia? ¿Cómo comenzar a escribir esta historia? Desde pequeña, guardo en mi memoria recuerdos que me llenan los ojos de lágrimas. Aprendí a convivir con mi familia, pero, además, con la enfermedad de mi papá, porque a estas alturas creo que se llama así. Él siempre me corrige porque yo le llamo vicio, pero él insiste en que es una enfermedad. Por lo visto, sí: La vida se encargó de darme clases sobre el alcoholismo y sus fatales consecuencias.

Yo sigo en pie por mi gran fuerza de voluntad, pero también por mi familia. Si no, hace rato que me hubiese ido a navegar en la barca de Caronte. Mi papá no es una mala persona, sino todo lo contrario. Sucede que la enfermedad me lo cambió, enseñándome la otra cara de la moneda, la parte rota del espejo, el pedazo más sucio de la mesa. Yo trato de que todo se vea bonito, pero, precisamente, las cosas no son lo que parecen. Su corazón está muy parecido a un corcho de botella, y su perfume huele siempre a vino. ¿Será porque es eso?

Y las lágrimas de mi mamá tienen un sabor amargo, como las mías y las de mi hermana. Andrés, mi hermano pequeño, es duro como una roca. Creo que se parece a un pedazo de hielo, porque siempre tiene congeladas sus emociones. En fin, en esta casa cada quien sobrevive como puede. Papá se desquita con el alcohol, se convierte en alguien agresivo y yo comienzo a llorar desesperadamente. Mi hermana padece fuertes dolores de estómago mientras que mi hermano se refugia en el rock. Mamá, por su parte, se come todo lo que encuentra en la cocina.

No se puede negar que, al final, todos somos una familia de locos, cada quien, a su manera. Al final manda papá. Todos le obedecemos a su enfermedad. Cuando él llega a la casa, es como si se volteara la luna. Todos, sumisos, corremos al cuarto a encerrarnos a dormir, hasta que llegue el día siguiente y todo sea normal. El problema es que esa normalidad no dura mucho, porque siempre salta el corcho a romper la tranquilidad de la familia, porque claro, la enfermedad puede más que el remedio. ¡Vamos a dormir, que viene papá!

V.F.

Reseñas cantáridas: “La tortura de la esperanza”, de Auguste Villiers.

La tortura de la esperanza es un cuento de Auguste de Villiers (aunque su nombre era mucho más largo), escritor francés nacido en 1838. La vida de Aguste de Villiers fue realmente particular. Toda su vida aseguró que pertenecía a una ya moribunda (por no decir muerta) nobleza francesa. Pero la verdad es que no lo hacía por simples ganas de molestar. Lo hacía porque, durante toda su vida, la situación económica del autor fue realmente apretada y deseaba, por la vía del linaje, obtener algún dinero. De hecho, muchos de sus textos fueron hechos más por apuros económicos que por intereses realmente artísticos. La tortura de la esperanza fue publicado, en una colección de relatos llamada “Nuevos cuentos crueles”, en 1888, un año antes de que Auguste de Villiers falleciera a razón de un cáncer de estómago. Su título original en francés es “La torture par l’espérance

El relato cuenta con un exquisito humor negro y un tanto macabro. Podría pensarse, de buenas a primeras, que se trata de una crítica a la inquisición y a la intolerancia. Pero el verdadero tema es la frustración y la desesperanza. Y no a cualquier desesperanza (que es lo que hace que el relato se convierta en todo un homenaje al humor negro y a la ironía) sino a la desesperanza de quienes creen, precisamente, en la esperanza misma. Un poco al estilo de que nada, por más intenciones que tengamos, podemos hacer en contra de la predestinación.

Es un texto de pocos personajes. El principal de ellos es al que conocemos como el rabino Abarbanel. Abarbanel es un prisionero de la inquisición española que, durante un año, ha sido torturado dura y cruelmente a razón de que es un judío convencido (descendiente de los mismos judíos del antiguo testamento) que no desea aceptar al dios de los cristianos. Esto nos lleva al otro personaje importante de la historia, que es Pedro Argüés, el tercer gran inquisidor de España, el responsable de toda la tortura que ha sufrido el desdichado rabino. Otra de las grandes ironías del relato se basa en el comportamiento de Pedro Argüés. Éste siempre le asegura al infeliz rabino que todo lo hace por su bien, para recuperar a su “oveja descarriada”.

El relato, bastante breve y conciso, tiene una fluidez impresionante. La primera parte se basa más en recuerdos que nos hacen familiarizarnos con los personajes. La segunda parte es la acción como tal, que se desarrolla de una manera dinámica y realmente ágil. Acompañamos al Rabino Abarbanel en un periplo tanto simbólico como literal en el que es su último manotazo en búsqueda de su última esperanza, en sus ganas de liberarse y de huir. Todo el relato, conciso al fin, se desarrolla en un complejo de calabozos y mazmorras en donde todos los actos, como en un gran encierro, se desenvuelven con descripciones que, aunque no son muy largas, nos revelan una imagen muy clara de los hechos y del lugar.

El ambiente en el que se desarrolla la trama es en medio de la cruel inquisición española. El autor (que hubiese sido totalmente innecesario) no pierde tiempo ni muchos renglones en describir a la inquisición como tal. El relato, a pesar de que es ubicado en la inquisición española, podría aplicarse perfectamente a una de las crueles cárceles del siglo XX o hasta del Siglo XXI. Es posible que el autor haya reflejado en este texto su propia desesperanza ante una vida que siempre quiso tener y que, cuando parecía que por fin tendría, se le esfumaba de las manos.

Tomás Marín

 

Reseñas cantáridas: “El artista del hambre”, de Franz Kafka

El artista del hambre es un cuento de Franz Kafka, escritor checo nacido en 1883 y conocido por obras emblemáticas como “El proceso” o “La metamorfosis”. El cuento, al igual que la gran mayoría de la producción de Kafka, fue publicado, al menos de manera oficial, tras la muerte de éste. El relato fue escrito en 1922, dos años antes de la muerte de su autor. Su título original, en alemán, es Ein Hungerkünstler.

El tema principal del relato, sin duda alguna, es la decadencia. De esta decadencia podemos encontrar dos vertientes. La primera es la decadencia de un artista que, con el pasar de los años, ve cómo su fama va mermando gracias a la aparición de nuevas atracciones y de nuevos entretenimientos. La segunda es la decadencia física. El artista del que hablamos es un ayunador, es decir una persona que pasa hambre voluntariamente, poniendo en riesgo su cuerpo, su salud y su vida con tal de convertirse en una atracción y en un espectáculo.

El narrador, con un lenguaje muy ameno (algo típico de las producciones kafkianas), cuenta, en tercera persona, el ascenso y la caída de un artista del que no conocemos su nombre, que conocemos, sencillamente, como “El ayunador”. El ayunador siente una gran satisfacción por su trabajo, sobre todo en su época de esplendor. Siendo ésta la época en la que, encerrado en una jaula, ve pasar días y noches alrededor de la muchedumbre que, durante un plazo de cuarenta días (aunque él afirma que puede ayunar por más tiempo), ve a su cuerpo enflaquecer para, cumplido el plazo, y en medio de un gran alborozo, forzarlo a romper escuetamente el ayuno. El ayunador es un personaje sumamente melancólico e impulsivo. Otros personajes, como el empresario (una especie de manager) del ayunador, atribuyen este comportamiento melancólico e impulsivo (furioso a veces) al hambre, aunque, realmente, de una manera planteada un tanto como humor negro, se debe a que el ayunador no libera, por decirlo de alguna manera, todo su potencial artístico.

La trama va avanzando de una manera dinámica y anecdótica. Hay, básicamente, dos tiempos en la historia. El primero es la “gloria” del ayunador, cuando éste es respetado, querido y admirado. El segundo es su “caída en desgracia”, cuando el espectáculo del ayuno ya no es interesante para casi ninguna persona en ninguna ciudad y el ayunador, luego de romper con su empresario, encuentra trabajo como atracción complementaria, casi desapercibida, en un circo no muy lejano. Los dos lugares de la historia se presentan en estos dos tiempos. Siendo uno de estos lugares la jaula en la que el ayunador hace, durante tanto tiempo (aunque con pequeñas pausas) su espectáculo y el otro un rincón del mencionado circo.

El lenguaje, tal como hemos señalado, es bastante ameno y coloquial. Es una narrativa que sólo hace uso, casi al final de la historia, de un diálogo un tanto crispante (no tanto por lo que se dice, sino por cómo se dice) entre un displicente inspector y el ya desgraciado y pasado de moda ayunador.

El contexto por el que fue creado un cuento como “El artista del hambre” se debe a dos razones principales. En primer lugar (y esto es algo que yo, particularmente, desconocía), los ayunadores, como el de la historia, existieron realmente. Eran atractivos de las ferias fijas e itinerantes europeas de mediados y finales del Siglo XIX. Éstos dejaron profunda huella en el autor, quien, de niño, asistió a varias de estas ferias. En segundo lugar, para el momento en el que Kafka escribió el relato, se hallaba en medio de una terrible tuberculosis que le dificultaba mucho la ingesta de alimentos, haciéndole perder peso dramáticamente y, seguramente, haciendo que éste, quizás a modo de humor negro, se identificase con los ya decadentes ayunadores.

Tomás Marín

Ashley

La profesora hizo un silencio de varios segundos antes de decir el nombre de Ashley. Hasta su expresión cambió. Era como si de pronto le hubiese venido un recuerdo que no hubiese querido recordar. Creo que la profesora era la primera que no se lo podía creer. Ashley había sacado 05. No sé si la profesora lo hizo a propósito o lo hizo por torpeza, pero mostró la hoja del examen corregido de Ashley de una manera en la que todos pudimos ver el insólito 05 escrito en marcador rojo. Creo que a Ashley, así de buenas a primeras, no le molestó tanto el 05 como el que todas las miradas y toda la atención del salón se hubiesen dirigido tan súbita y abruptamente hacia ella.

La clase, que no se hallaba en momento de lección sino en esa especie como de receso que se forma cuando se reparten los exámenes, se detuvo por completo. Incluso algunos compañeros se levantaron de sus asientos. Algunos se acercaron al 05 que había sacado Ashley y que aún la profesora sostenía en su mano, como si se estuviesen acercando a una pieza de museo resguardada por un cordón de seguridad. Yo no me levanté, aunque sí me sorprendió un poco que una estudiante tan aplicada y tan estudiosa como Ashley sacara, de pronto, un 05.

Creo que fue uno de esos delegados pollos que van a dar noticias entre salón y salón que había visto todo mientras estaba escorado en el marco de la puerta. El hecho es que, de alguna manera, la noticia de que Ashley Narváez, la muchacha, junto conmigo, que sacaba las mejores notas de todo el salón y de todo el colegio, había sacado 05 en el examen de geografía económica. Incluso, y les juro que no les miento, desde donde yo estaba se podían escuchar los murmullos que hacían los otros salones cuando se enteraron de la noticia. Así de famosa era la cabeza de Ashley.

Luego de unos segundos, en los que había superado la vergüenza poniéndose un tanto roja y haciendo una sonrisa forzada, Ashley se levantó de su pupitre y tomó el examen. Ocultó la cara visible de su examen a todos, como si todos no la hubiesen visto ya. Ashley, al lado del escritorio de la profesora, le echó una ojeada a las dos hojas engrapadas que formaban su examen. Luego de una especie de meditación, que duró unos 20 segundos, Ashley se acercó a la profesora y solicitó revisión. La profesora hizo caso. Tomó las hojas del examen de Ashley y las revisó, no sin antes acomodarse los lentes. Los lentes que tenía la profesora, anciana y regordeta, eran uno de esos lentes de vieja decimonónica que tenían una cadenita. “Es cierto”, le dijo la profesora a Ashley mientras tachaba el 05 y escribía una la nueva nota. Ashley había sacado 04. Nuevo murmullo, más sonoro que el anterior.

Ashley se acercó a mí a la hora del recreo. Ella, a veces, en algunos recreos, me acompañaba a fumar. Pero ella no fumaba. Al menos, no al principio. El hecho es que todavía tenía su 04 en la mano. “No sé cómo se lo voy a decir a mis papás”, me dijo Ashley. “¿Para qué se los vas a decir? ¡Qué estupidez!”, le dije yo. Pero en parte comprendía lo que la preocupaba. Los papás de Ashley, tan ejemplares como su hija, eran de esos papás que pasaban casi en caravana cuando iban a llevarla o a buscarla al colegio. Cada uno tenía un carro arrechísimo. El papá tenía un Volkswagen del año y la mamá tenía un Mazda del año. Unas dos veces, cuando tuve la oportunidad de ir a la casa de Ashley, me quedé crispada. Había que pedir permiso hasta para levantarse de la mesa.

Ashley, a pesar de que era una chama súper aplicada, tenía amigos. Al principio buenos amigos, luego malos amigos. De hecho, estos buenos amigos, que aún le quedaban varios, se acercaron a ella a lo largo de aquel día, cuando a Ashley le entregaron su 04, y le dieron palabras de ánimo. Decían lugares comunes que son dichos a una persona talentosa cuando falla. Es que debo reiterar que, de pana, Ashley era realmente brillante. Era. El hecho es que estos amigos le daban a Ashley palmaditas en la espalda y le decían cosas como “Son cosas que pasan” (como si a Ashley se le hubiese muerto alguien), o “Al mejor cazador se le va la liebre”.

Pero lo cierto es que esas cosas que pasaban, siguieron pasando. Lo cierto es que a esa cazadora llamada Ashley Narváez no sólo se le fue esa liebre, sino que comenzaban a escapársele hasta las liebres más lentas. Al principio fue el 04 que ya he mencionado, el de geografía económica. Luego fue un 07 en matemáticas. Luego fue un 06 en historia de la cultura. Era realmente alarmante para quienes habíamos visto, durante muchos años, a una caraja que sólo sacaba diecinueves y veintes.

De hecho, el cambio de Ashley no sólo comenzó a verse en sus notas, en esos exámenes con notas mediocres que llegaban a sus manos, ante el asombro de los profesores, de los coordinadores y hasta de Argelia, la directora del colegio. Ashley, al menos cuando fue aplicada, era de esas chamas que levantaban la mano a la velocidad de la luz para intervenir. Era de esas chamas que no dejaban que los demás respondieran. Era de esas chamas que conocía y se sabía todas las respuestas del universo. Yo también sabía todas las idioteces que la profesora preguntaba, pero a mí, sinceramente, me daba ladilla ilustrar a los imbéciles de mis compañeros. El hecho es que Ashley, con el tiempo, fue dejando de intervenir. Ni siquiera le paraba bolas a cuando los alumnos y el profesor de turno volteaban a verla esperando que se supiese alguna respuesta que más nadie se sabía. Ella estaba o haciendo dibujos en la parte de atrás de su cuaderno o viendo cosas en el celular.

No menos impresionante fue la primera vez que a Ashley la sacaron de clases. Incluso, alguno de nuestros compañeros dijo: “Qué bolas. Ashley botada de clases. Ahora sí que se acaba el mundo”. Fue en una clase de historia de Venezuela. Estaban, como en el 75% de las clases de historia de Venezuela, hablando sobre el imbécil, subnormal y traidor de Bolívar, el que, injustamente, tiene el título de Libertador de Venezuela. Estaban hablando de la relación que tenía Bolívar con Manuela Sáenz. Manuela Sáenz era poco menos que una puta que estuvo con Bolívar durante un tiempo. El hecho es que Ashley lanzó un comentario que hizo reír a toda la clase. El comentario era algo así como que deberían hacer una porno sobre Bolívar y Manuela Sáenz. Me pareció cómico no sólo el comentario, sino que Ashley era el tipo de caraja que, antes, se indignaba cuando un comentario cómico interrumpía la clase. Por ese comentario, demás está decir, fue que se arrechó la profesora, una cincuentona intensa y divorciada con el pelo teñido, y la botó. De hecho, se decía que esa cincuentona intensa y divorciada con el pelo teñido era una cougar a la que le gustaba cazar carajitos. Pero de eso hablaremos otro día. O no. Quién sabe.

Había que ver la cara que tenía la mamá de Ashley cuando la citaron, junto a su esposo, por el comportamiento y el dramático descenso en notas que había tenido su hija. La mamá iba con actitud de luto y el papá con actitud de indignación. De verdad que los papás de Ashley, en su actitud, en su personalidad y hasta en su manera de vestir, parecían personajes sacados de una caricatura. De hecho, cuando la coordinadora de nuestro año los citó, podía verse, a través de la puerta transparente de la sala de profesores, a la mamá de Ashley haciendo gestos histriónicos. Parecía una de esas actrices mediocres de televisión venezolana mediocre.

Pero ni aún con los regaños, y quizás los golpes que le habían dado los papás de Ashley a Ashley, Ashley sentó cabeza. No fue una sino varias materias las que llevó a reparación. Parecía que a ella no le importaba nada. Ella había cambiado y quizás desempolvaría su brillantez para hacer magia en las reparaciones y salvar todo. Pero de pana era una especie de humillación que le hubiese quedado, casualmente, geografía económica. A pesar de todo, no era una materia difícil y hasta Marcos, Marquitos, el futbolista levantapesas y retrasado mental de la clase, había pasado geografía económica.

Ashley había comenzado a juntarse con gente rara fuera del colegio. En el colegio, seguía juntándose con los amigos de siempre, a pesar de que cada vez se veía más distante para con ellos. Ashley llevaba, dentro de su bulto, su propio monte para fumar con nosotros. A mí me incomodaba. Se notaba que era nueva en eso. Se notaba que era algo con lo que no se terminaba de sentir cómoda. Como si la Ashley polla y nerd que, en su interior, no terminaba de morir, le dijese: “Marica, qué coño haces”.

No es que tenga nada de malo fumar monte. No es que tenga nada de malo drogarse (Aunque con cabeza y sin mezclar, ¿eh?). A mí lo que me arrechaba era que ella pretendía ser cool haciendo eso. Fumar monte y drogarte no te hace mejor o peor que nadie. La idea es que lo disfrutes legítimamente. A veces , Ashley era tan inexperta que el porro se le deshacía al momento de encenderlo. Cuando los otros estaban flotando o estaban hablando entre ellos, Ashley me pedía, como si fuese una niña pequeña, que, por favor, le armara un buen porro. Yo no sé ni por qué yo accedía. Quizás, a veces, me cuesta decir que no.

Las reparaciones son como una amenaza que es un poco subestimada hasta que toca a la puerta. Es un poco como la muerte. Cuando las reparaciones estuvieron realmente próximas, Ashley tuvo una especie de despertar, o de lo que nosotros pensamos que era un despertar. Se le vio un poco más tranquila, se le vio tomando apuntes (que ya muchos no servirían de mucho por lo graves que estaban sus materias) y decía que no quería perder el año. Decía que se iba a fajar. Todos nos alegramos un poco. Todos le creímos. Al fin y al cabo, Ashley había sido una de las chamas más aplicadas de nuestro colegio.

Incluso, para evitar posibles distracciones en casa, se quedaba estudiando, durante las tardes, en el mismo colegio. Me daba como paja verla ahí sola, sentada en una mesa sin despegar la mirada de los libros. Pero se notaba que no estaba leyendo. Se notaba que estaba pensando en cualquier otra cosa. A veces, ni siquiera estaba. Se quedaban allí sus libros y sus cuadernos con la imagen un poco poética y tonta de las hijas de sus cuadernos y de sus libros moviéndose con el viento. Ashley se iba a tomar breaks que eran más largos que los mismos tiempos de estudio. La encontrada sentada en nuestro rincón de las drogas. En una especie de cuartucho que había entre el campo de fútbol y el laboratorio de biología. Ashey veía la pared. Estaba flotando. A veces, la regañaba. A veces, me sentaba a acompañarla.

Me ofrecí a ayudarla. Sabía que ella había cambiado. Sabía que sola nunca pasaría todas las materias que había llevado a reparación. Ella me lo agradeció. Y yo juro que lo intenté. Pero de pana fue inútil. A los diez minutos, ella dirigía su atención hacia cualquier otra parte. Parecía una niña pequeña. De hecho, sacaba su celular y comenzaba a mostrarme unas fotos de ella desnuda. Me gustaban, no voy a negarlo. Pero hubiese preferido verlas en otras circunstancias. Ella mandaba ese tipo de fotos a carajos que tenían nombres rarísimos. No le importaba si esas fotos se hacían públicas. Y pensar que, unos meses antes, el celular de Ashley era el típico celular que tenía fondos maricos de paisajes acompañados de frases maricas motivacionales.

A Ashley no le entraba nada de lo que le yo le explicaba. Ella, que había llegado incluso a enseñarme alguna cosita que a mí no me había quedado clara alguna vez. Ella misma cerraba los libros. Me recordó a la Alicia estúpida que está encima del árbol al inicio de la película de Disney. Ashley ya no tenía preocupaciones académicas. Todas las preocupaciones de Ashley, en ese momento, eran de otra índole. Buscaba en su teléfono tutoriales sobre sexo. Eran tutoriales asquerosos. A ella le preocupaba que yo no sé quién, que seguro era de sus amigos mala influencia, se sintiera satisfecho con ella.

No recuerdo, exactamente, cuánto fue, exactamente, el tiempo que estudiamos juntas. Al principio, la mamá de Ashley, la señora que les he contado que era toda histriónica, me llamaba casi todas las noches a preguntarme por el progreso de Ashley. Yo no sabía qué decir. Podría echar todo un discurso sobre las influencias, sobre las juntas. Las juntas pueden descomponer o recomponer a cualquier persona. Pero yo resolvía con un salomónico “ahí vamos”. No sé si la mamá de Ashley me creía, pero, al menos, me daba las gracias.

Una tarde, Ashley comenzó a llorar. Yo no la quería abrazar. A mí no me gusta abrazar a la gente. Dijo que ella quería ser como Melisa. Melisa era una chama (ya, para esa época, no era ninguna chama, tendría unos 35 ó 40 años) que era casi una leyenda en nuestro colegio. Era hermana de una de nuestras chamas de promoción. De Melisa se decía que había roto todos los tabúes que podían existir. Que ella fue la que llevó el sexo, las drogas, el alcohol y las orgías a nuestro colegio. Me daba mucha risa que Melisa tenía esa ambigüedad. Ningún profesor supo nunca nada de la vida “oculta” de Melisa. Melisa, como sacaba buenas notas, era considerada una alumna ejemplar. Pero ya era una casada aburrida.

Cuando faltaban como dos o tres días para presentar las reparaciones, Ashley me dijo que no iba a presentar nada. Que había tenido una conversación con sus amigos. No quise saber quiénes eran sus amigos. Pero supuse que eran esos amigos raros que la habían cambiado tanto. A mí, en verdad, no me interesaba. Al fin y al cabo, Ashley tampoco era nada mío. Cerré el libro y me rendí. Lo que no soporté era que Ashley comenzara a hablarme de la universidad de la vida. Siempre he odiado eso. Es como la excusa que tienen los mediocres cuando no se han graduado en carreras de verdad.

Helena Eco.

 

 

 

¿Por qué renuncié a seguir siendo del equipo de campaña de Henri Falcón?

Una vez un amigo me dijo, compartiendo una botella de Cacique, que Venezuela era el único país en donde ser talentoso y ser inteligente se pagaba caro. Yo no le presté mucha atención. Asentí para no hacer un debate de una discusión que estaba siendo agradable. Para la época en la que él me dijo eso, Venezuela no estaba tan jodida. Mi amigo, que no importa su nombre para esta historia, hace ya cuatro años que se fue del país. Yo decidí quedarme. Al menos no me quería ir sin intentar. Al fin y al cabo, en una economía destrozada como la venezolana, quien es astuto puede encontrar minas de oro. Pero yo no contaba que para encontrar esas mimas de oro hay que carecer de escrúpulos.

Los profesores de la universidad me adoraban. Les juro que varias veces, en la universidad, los profesores decían al salón cosas como: “Aprendan de Helena. Esa muchacha va a llegar lejos”. A mí me daba muchísima vergüenza. Por otro lado, no voy a negar que me encantaba. Ese tipo de influencias hacía que todo el mundo se matara por hacer los trabajos conmigo. Me daban comida y me invitaban a todos lados. De todas formas, la Monteávila es una universidad que no es particularmente difícil.

Cuando me gradué, de Comunicación Social, conseguí trabajo rápido. Además, era un buen trabajo. Yo me había especializado en comunicación de masas. Siento que la comunicación de masas, en Venezuela, es la parte de la comunicación a la que se le pueden exprimir más cosas. Las masas en Venezuela se contentan con un pedazo de pan y un mal circo. Pueden morirse de hambre, pero basta con que grites un poco y agites una bandera estúpida para que todos hagan lo que quieres.

Yo ayudé a la campaña que hizo ganar a David Smolansky en El Hatillo. Smolansky era un chamo que siempre me cayó mal. Era como uno de esos estudiantes que decían cualquier imbecilidad para figurar en los medios. Sin embargo, trabajar en el diseño de comunicación de la campaña de alguien como Smolansky (Cuya victoria sería fácil. El Hatillo siempre ha sido un municipio opositor) sería una buena escuela para comenzar a poner en práctica todas esas teorías que yo había desarrollado, leído y profundizado en la universidad.

Ya se sabe que Smolansky ganó la campaña. La estrategia que yo señalé como la más apropiada, fue apelar a la nostalgia. En un país que está asolado por una dictadura comunista y en donde Caracas está visiblemente en ruinas, el recuerdo del Hatillo, que se magnifica por el aroma a verde que, a pesar de la violencia, de la miseria y de la pobreza, aún se respira ahí, siempre te saca una sonrisa o un suspiro. Yo sabía que, de todas formas, ya los alcaldes y los gobernadores habían sido pactados por el gobierno y por la oposición. Pero había que hacer campaña, había que hacer teatro y, además, la paga era buena.

El hecho es que yo, para la gente del Hatillo, me fui por la vía más fácil. Apliqué, mediante reuniones vecinales en las que se servía té y galletas, una especie de “Make El Hatillo great again”. Yo sabía que todo era una farsa. De hecho, el mismo Smolansky sabía que todo era una farsa. Ni el Hatillo ni Caracas se podrán recuperar, al menos a corto o a mediano plazo, de las garras de la violencia y de la dictadura. Pero todas las señoras del Hatillo, rememorando mejores días, decidieron seguirnos el baile. De hecho, el gordo Smolansky, en una reunión que hicimos en la alcaldía, me abrazó frente a todo el equipo de campaña y dijo: “Sigan el ejemplo de Helena. Esta caraja va a llegar lejos”. Yo me puse roja, sobre todo cuando todos aplaudieron.

Al principio no supe quién supo de mí. Cuando las campañas (o las farsas de campaña) son a nivel presidencial, todos los hilos se mueven desde el anonimato. Me llegó un correo de un tal Teodoro, que me solicitaba, en cortas parrafadas, reunirnos en un lugar público. Él, de alguna manera, sabía toda mi experiencia y mi currículum. No sé si fue alguien que lo recomendó o si tuvo acceso (que es lo que creo más probable) a una base de datos. A mí, al principio, me dio miedo. En una ciudad como Caracas, ya nadie cree en un correo así. Pero, buscando en Google acerca del tal Teodoro, vi que, al menos, en el caso de que realmente fuera él el que me escribía el correo, era un personaje medianamente público. De todas formas, le dije a cuatro amigos que me acompañaran. Éstos me dijeron que sí (Aunque, al final, todos me plantaron y fui yo sola).

Por Whatsapp, terminé de cuadrar con Teodoro acerca de todo. Él me había explicado, muy por encima, más o menos por dónde iban los tiros. Me había dicho que todo estaba relacionado con una nueva campaña, aunque no me había dicho de quién. De todas formas, yo lo intuía. Quedamos para vernos en el café que está en una esquina de la Plaza los Palos Grandes. Habíamos quedado para las cuatro de la tarde. A plena luz del día. Yo pensaba que, si me secuestraban, al menos habría testigos.

Teodoro se presentó con una guayabera blanca. Me brindó un café helado y pidió otro para él. Me dijo que, a través de una base de datos (Como yo sospechaba), había visto mis notas de la universidad, mi mención Cum Laude y mi experiencia. Me dijo que pronto comenzarían las campañas para las elecciones presidenciales que Diosdado Cabello, mediante la Asamblea Nacional Constituyente, había mandado a adelantar. Teodoro era uno de los directores de campaña de lo que sería la candidatura de Henri Falcón.

Teodoro, al menos conmigo, era un tipo diáfano y agradable. Al menos me habló claro. Me dijo que querían que yo fuese la coordinadora mediática en la campaña de Henri Falcón. Teodoro se reía cuando decía campaña. Él sabía que era una puesta en escena, que Henri Falcón era un actor que se prestaba al juego del gobierno. Pero que desde que casi todo el mundo había impuesto sanciones a los jerarcas de la dictadura, había que lavar un poco la imagen ante el resto del mundo a través de unas elecciones, aunque éstas fuesen fingidas.

Yo estaba a punto de decir que no. Teodoro era muy agradable y todo, pero no me interesaba prestarme a eso. Además, y esto fue algo que le dije muy claramente y que él sonrió al entenderlo, no me interesaba tanto trabajo (porque una campaña, por más simple que sea, implica un trabajo titánico) para ganar el bolívares, una moneda que no vale ni el papel en el que está impresa. Teodoro, un tipo corpulento, se alzó un poco y con su mano se sacó del bolsillo trasero de su pantalón una cartera. “Sabía que me podrías decir algo así”, me dijo. De la cartera sacó un billete de cien dólares y lo puso en la mesa. Yo no lo podía creer. De hecho, tardé varios segundos en asimilarlo. Mi primera reacción fue cubrir el billete con una servilleta. Me daba paja que alguien más lo viera. En Venezuela, en Caracas, con cien dólares casi que te puedes comprar una casa.

“Quizás con eso te lo puedas pensar un poco mejor. Lo que vas a ganar es mucho más que esto. Pero considera esto un adelanto por la molestia de haber venido hasta acá”, me dijo Teodoro guiñándome un ojo y recordándome, previo a una sonora carcajada, que también me había invitado al café helado, que, como siempre en esa cafetería de la Plaza los Palos Grandes, estaba divino. Teodoro se había ofrecido a llevarme hasta mi casa. De todas formas, no vivo muy lejos de la plaza. Bajamos al estacionamiento de la plaza y, en su Corolla azul, me dejó en la puerta de mi casa. “Piénsatelo bien”, me dijo cuando el vigilante de mi edificio pulsó el botón para abrir la puerta y yo entrar.

Yo lo llamé esa misma noche. No me importaba hacerle “campaña” a un imbécil como Henri Falcón. Si me pagan en dólares, yo le hago la campaña al mismísimo Hitler. Yo quiero irme del país, tener dólares para pagarme una buena carrera en el exterior orientada hacia la comunicación política y de masas. “¿Te lo pensaste bien?”, me respondió al teléfono, con su voz gruesa, Teodoro a manera de contestación. Yo le dije que sí. Él se rió y me dio la bienvenida. Me citó para el día siguiente en la sede del comando de campaña de Falcón, cerca de Colegio de Ingenieros. No había tiempo que perder. “No te preocupes, Helena. Yo te paso buscando”, me dijo antes de trancar y darme las buenas noches.

Henri Falcón es un tipo sin ningún tipo de carisma. Es un tipo que no transmite ninguna emoción. Es una especie de duende triste con los dientes salidos. Me saludó con dos besos, al estilo europeo. “Tú eres, Helena, ¿no? ¡Bienvenida al equipo!”, me dijo Henri. Yo le di las gracias sin sonreír. No me gusta sonreír cuando no tengo ganas de sonreír. El resto del comando de campaña llegó y el mismo Henri me los presentó a todos. Me dieron verdaderas ganas no sólo de sonreír sino de reírme cuando vi a uno de los miembros del comando de campaña, un joven que es uno de los consentidos de Henri Falcón, lucir, orgullosamente, una franela roja con los ojos de Chávez.

Todo el asunto de la pre-campaña fue durísimo y amargo. Nadie se creía la historia de que Henri Falcón era un candidato opositor. De hecho, me dio mucha risa cuando, una tarde, cuando estábamos almorzando alrededor de la mesa en la que solíamos almorzar, a Henri Falcón lo llamó, por videollamada de Whatsapp, el mismo Jorge Arreaza. Jorge, un tipo sombrío pero muy amable (al menos con Henri) le dijo que había hablado con El Universal y con Últimas Noticias, que Jorge Rodríguez, el alcalde chavista de Caracas, había comprado dos páginas completas a full color para Henri. Jorge Arreaza le pidió a Henri que seleccionara una foto en la que no sonriera. Le dijo que iban a jugar a ese contraste de Maduro sonriente y Henri Falcón amargado. “Na’ Guará, Jorgito. Tengo una en la que salgo con una cara de culo horrible”, dijo Henri antes de proceder a reírse como si fuese Bob Esponja. Antes de colgar, Henri me hizo ir a su lado para presentarme a Jorge Arreaza. Arreaza estaba en franela y en blue jeans. Yo me presenté como la jefa de la parte mediática de la “campaña” de Henri Falcón. Arreaza me dio su número para hablar sobre las piezas gráficas y aclarar otros puntos.

Ya yo había recibido varios adelantos de mis pagos. Teodoro, el que me introdujo a todo el mundo de Henri Falcón, es una persona realmente amable. Siempre me brindaba almuerzos y era como una especie de figura paterna para algunas cosas. Incluso, alguna vez le llegué a pedir consejos sobre la carrera que quería hacer y hasta del chamo que me gustaba. Él me contaba de sus amoríos “cuando era más chamo” y me decía que no confiara nunca en nadie. Decía que una chama como yo se merecía a un novio escandinavo, no a un “venezolano huevón”. También Teodoro me felicitaba por mi trabajo hasta el momento. Era obvio que la campaña nunca sentaría cabeza, pero, al menos, habíamos conseguido convencer a algunos copeyanos idiotas y a algunas doñas del Cafetal de que Henri Falcón era candidato de la oposición.

Pero los resultados, a pesar de mi trabajo, no le gustaban a Henri. A Henri, a pesar de que sabía que su candidatura era sólo un papel, le gustaba la popularidad. Yo tenía que jalarle a los medios para que le concedieran alguna entrevista. Me refiero a los medios que no están controlados por el gobierno. Los que están controlados por el gobierno, como pueden ver, le han abierto las puertas de par en par a Henri para la farsa. Pero los medios libres se reían en mi cara. Para ellos, Henri Falcón no es más que un pobre, triste, patético, idiota, subnormal, poco carismático, aburrido, retrasado, indigno y vulgar pelele que no merece ni un anuncio pago al lado de las putas que ofrecen masajes. Y lo que me daba más arrechera era que no me daba tiempo a explicarle a los medios que yo estaba ahí sólo por los dólares. Que yo era una mercenaria comunicacional.

Henri es un tipo que le mete duro, pero durísimo, a la caña clara. No sé si es algo que heredó de ser yaracuyano, pero a veces se mete unas rascas brutales. Y lo peor es que Henri es el borracho violento. Hace cerca de una semana, cuando ya estaba todo listo para el inicio de la campaña, estábamos reunidos en el comando. Henri ya tenía una peste a aguardiente horrible y no sé qué mensaje le llegó que seguía dándole en la vena de que ningún medio lo quería reseñar. Y ahí le estalló todo.

Henri se dirigió a mí. Estaba borrachísimo. Empezó a gritar que yo era una inútil. Nadie hacía nada para defenderme. Yo tenía miedo. A pesar de que sabía que Henri era borracho violento (Y lo peor es que, sobrio, es relativamente de pinga, como cuando lo conocí), no sabía que podía reaccionar así. Me dijo que yo era una imbécil, una puta inepta. Me dijo que Chávez estaría avergonzado de mí. Que me iba a mandar a joder con Maduro. Que si no me botaba “como una perra” era porque yo era la consentida de Teodoro.

Henri pegaba gritos frenéticos. Yo le pedí que se calmara, pero eso lo enfurecía más. Creo que mi error fue decirle que, al fin y al cabo, él no movía a nadie, que yo no podía hacer mucho más. Era algo que pensábamos todos, pero nadie le decía. Henri se puso rojo y me agarró por la cara con fuerza, con rabia y con furia. “Vuelve a decir eso, Helena, y te reviento la cara”, me dijo mientras escupía sin querer mientras hablaba. Me hacía daño. Me agarró la cara y la boca con una rabia que me hizo sentir sabor a sangre. Fue Teodoro quien pudo controlarlo y me sacó del salón mientras Henri gritaba y le daba coñazos a la mesa.

A pesar de que Teodoro me pidió disculpas, yo le dije que presentaba mi renuncia. Yo estaba llorando. Nunca nadie me había tratado así y me había agredido así. Teodoro comprendió, pero me invitó a un café para ver si cambiaba de opinión. Me dijo que las borracheras de Henri (y la violencia que deriva de éstas) eran comunes. Que ya había pasado algo parecido con su jefa de campaña cuando se había lanzado como gobernador del estado Lara. Yo rechacé la invitación. Teodoro, muy amable, como siempre, estuvo conmigo hasta que se me pasó el llanto y el susto.

Al día siguiente, ya cuando había renunciado, Teodoro me envió un sobre a mi casa. Dentro del sobre había una carta al lado de 6.000 dólares en efectivo. En la carta, más o menos parafraseado, me decía que el dinero era para ayudar a cumplir mi sueño de hacer un máster afuera. Que yo no sólo merecía a un escandinavo como novio, sino hacer campaña a gente que mereciera la pena, no a un pobre bolsa como Henri Falcón. Yo aún no le he dado las gracias. Al menos, de la pantomima pude sacar un beneficio. Yo no sé si ser talentoso o inteligente, como dijo mi amigo una vez con una botella de Cacique en la mano, se paga caro. Al menos a mí, el ser talentosa y el aguantar, me dio frutos. Y me da risa acordarme de mi amigo de la botella de Cacique amigo y de las filosofías que hacía cuando estaba bajo el alcohol. Qué diferencia tan grande con el “Candidato opositor”.

Helena Eco.

(T.M.)

Crónica ficticia. Ejercicio literario. La Cantárida es una página de literatura, no de noticias. Aunque igual Henri Falcón, bailando al son del dictador genocida, nos parece un triste cómplice y un ser deleznable.