Bestiario estudiantil de Caracas IV

Bestiario Estudiantil de Caracas.

Colegio Claret. Alto Hatillo.

Estudiante: Diana María Schlosser Cabañas. III Año. Ciclo básico.

Me sorprende la facilidad con la que algunas personas hablan de sus enfermedades. Me sorprende la facilidad con la que algunas personas no tienen recato ni tabú para hablar de enfermedades que pueden provocar grandes complejos. Yo nunca había hablado de mi enfermedad hasta el día de hoy. Me da un poco de vergüenza. Es una enfermedad que me ha alejado de amigos y que ha causado que muchos se burlen de mí. También me ha causado mucho llanto y miedo a veces.

Mi enfermedad es no entender las metáforas. Mi mente no asimila las metáforas ni las convenciones metafóricas por alguna razón. No sé cuándo comenzó todo. Creo que todo comenzó cuando era muy niña. Aunque siento que se hizo imperdonable cuando crecí. Pero les juro que no es mi culpa. La primera noción que tengo de mi enfermedad es de hace unos diez años. Yo iba caminando de la mano con mi papá por una calle de Chacaíto. Cuando Chacaíto era un poco más segura. Pasamos por un kiosko y vi un titular (en fondo rojo y letras amarillas) del periódico Meridiano. “Se soltaron los leones”, decía el titular. Me sorprendió ver a la gente tan calmada. ¿Cómo podía estar calmado alguien cuando se habían soltado los leones? ¿Y si venían a devorarnos? Yo apreté muy fuerte la mano de mi papá. Le dije que tenía miedo y le expliqué la razón de mi miedo. Él me dijo que eran unos supuestos Leones del Caracas. Un equipo de béisbol que tenía una racha de no sé cuántos partidos sin perder. Se rió mucho. Yo también me reí. Pero después me daría cuenta de que no era algo para reírse.

Era una linda tarde de sábado cuando yo estaba en el carro con mi papá y mi mamá. Iba para el cumpleaños de Carlota. Carlota era una de mis mejores amigas en el Claret cuando yo era pequeña. A Carlota le iban a hacer una piñata y mis papás me estaban llevando. Yo estaba muy contenta porque mis papás también se iban a quedar a la piñata (Aunque, obviamente, en la parte de los adultos). Mi mamá estaba manejando y se había perdido. Era en algún lugar de Sebucán. En una de esas calles medio intricadas del Sebucán laberíntico. Mi mamá llamó a la mamá de Carlota. “¿En qué calle es?”, preguntó mi mamá por teléfono. La mamá de Carlota le respondió. Yo me aterré. La mamá de Carlota le dijo a mi mamá que había que pasar por encima de unos policías acostados. Yo me puse a gritar y a llorar. Yo entendía que los policías suelen ser personas de dudosa reputación en una ciudad como Caracas (Lo entendía a pesar de mi edad). Pero me daba cosa que mi mamá les pasara por encima. ¿Y si les rompía las costillas o les perforaba los pulmones? Yo no quería que mi mamá fuese una asesina. Mis papás volvieron a reír.

Ya yo era un poco más grande. Hace dos años. Ya era adolescente. Un día estaba rumbo a mi colegio. Me llevaba un amigo de mi mamá que tenía una hija que también estudiaba en el Claret. Aunque la hija era dos años menor que yo. Nos topamos con una manifestación. “Qué ladilla”, dijo el amigo de mi mamá. La protesta trancaba la calle en casi toda su totalidad. El amigo de mi mamá bajó el vidrio de su ventana. Preguntó a uno de los manifestantes la razón por la que estaba esa gente protestando. El manifestante le respondió al amigo de mi mamá que eran trabajadores de una empresa de no sé qué del gobierno. Estaban cansados de que los explotaran. Yo me llevé las manos a la boca. ¿Cómo era posible que explotaran a los trabajadores? ¿Qué ganaban con eso? Realmente el asunto era grave. ¿Sería que estaban haciendo ensayos para el terrorismo? ¿Sería que en aquella fábrica había miembros del Estado Islámico? Yo lo pregunté pálida. El amigo de mi mamá y su hija se burlaron de mí. Yo me sentí mal.

Me volvió a pasar hace dos semanas. Mi papá estaba fúrico hablando por teléfono. Mi papá pertenece a una de las pocas empresas a las que el gobierno aún no ha podido tocar para apoderarse de ella. Mi papá trabaja en una empresa de bienes raíces. Mi papá tenía la cara roja. Nunca lo había visto ni oído tan molesto. Estaba preocupado. Me acerqué a él cuando colgó. Le pregunté qué le sucedía. Me dijo que la empresa corría peligro. Me dijo que alguien había traicionado con respecto a una transacción en dólares que la empresa se vio obligada a hacer a espaldas del gobierno para permanecer funcionando. “Resulta que Lorenzo nos acusó con el gobierno. Es tremendo sapo”, me dijo mi papá. Yo me quedé como petrificada. ¿Cómo podía Lorenzo ser un sapo? ¡Si lo he visto venir a comer muchas veces a la casa! Si nunca le he visto ancas ni nunca lo he visto ser verde ni croar. Mi papá pensó que ya era demasiado. Lo pensó incluso mientras seguía alterado.

Ya ven por qué me da un poco de vergüenza hablar abiertamente acerca de mi enfermedad. Mis papás han decidido que es tiempo de buscar ayuda profesional. Me consiguieron una psicóloga que trabaja afuera del país. Ella quizás pueda ayudarme. Es obvio que necesito viajar para verla. Mi mamá me pidió el favor de que llamase a la línea aérea Iberia. Yo llamé. Tuve que esperar porque los operadores estaban ocupados. Te ponen una música fastidiosísima por teléfono para esperar. Y te ponen una voz de mujer que te dice cosas mientras esperas. “Vuele con comodidad en las alas de Iberia”, dice la voz grabada de la mujer. Yo colgué. Me parece una falta de respeto que una línea aérea de tanto prestigio te ofrezca volar en sus alas. No. No quiero. Yo prefiero volar en uno de sus asientos. Sería más cómodo y más seguro.

 

 

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Bestiario estudiantil de Caracas III

Bestiario Estudiantil de Caracas

Colegio Presidente Kennedy (Fe y Alegría). Petare.

Estudiante: Tatiana Andrea Gómez Solano. II Año. Ciclo básico.

Nunca he creído que el barrio sea un estigma. Nunca he creído que el barrio sea una limitante. Nunca he creído que el barrio sea un condicionante. El barrio tampoco debe ser un complejo. Hay mucha gente (amigas mías inclusive) que se avergüenzan del barrio. Muchas de mis amigas no tienen más sueños que operarse el pecho y ser misses. Es muy cómico cuando les toca rellenar las planillas de los concursos de belleza. Dicen que vienen de urbanizaciones. Les da vergüenza la miseria. ¿Cómo vas a salir de la miseria si no la aceptas? ¿Cómo la vas a superar si apartas la vista y haces que los otros también aparten la vista? Yo sueño con salir del barrio. Sueño con irme a una casa bonita afuera del país. Pero sueño con salir del barrio a través de la música. En mi casa había un CD con canciones de Aldemaro Romero. Mi sueño era ser como Aldemaro Romero. Y sigue siendo ser como Aldemaro Romero. Me daban mucha risa muchas de mis compañeros y de mis amigos. Eran de esa gente devota del Reggaetón y la Salsa. Nunca les gustaba Aldemaro Romero. Siento que Aldemaro Romero nunca podría calar en el barrio. Quizás mi música tampoco. Por eso quiero probar suerte en otros lugares. Nunca he tenido claro si el disco de Aldemaro Romero (que sólo escucho en ocasiones especiales. Me da miedo que se estropee) era de mi mamá o de mi abuela. Creo que era de mi mamá. Me gusta pensar que era de mi mamá. Mi mamá murió hace algunos años. Yo no recuerdo cómo murió mi mamá. Me dicen que yo era muy pequeñita para recordarlo. Pero yo creo que mi mente lo suprimió. O lo ocultó en algún sótano muy obscuro. Lo guardó en un lugar parecido al infierno. A mi mamá la mataron en 2010. Caminaba de regreso a casa. La abordaron para quitarle lo que había cobrado ese día. Mi abuela me abrazaba mientras lloraba. Sólo tengo flashes.

Desde entonces vivo con mi abuela. Mi abuela tiene 71 años. Tiene una piel muy tersa para su edad. Mi abuela es muy linda. Mi abuelo (su esposo) murió en el deslave del 99 en Vargas. Estaba visitando a unos amigos que tenía tiempo sin ver. Cuentan que se lo llevó una piedra del tamaño de una casa. Su cuerpo nunca apareció. Creo que quedó sepultado junto a tantos miles bajo el barro de Vargas. Yo sólo tengo a mi abuela. Mi abuela sólo me tiene a mí. Entre las dos nos cuidamos. Una vez compuse una canción sobre mi abuelo. Era una canción instrumental. Un poco al estilo de Onda Nueva (ya saben por influencia de quién). La toqué en el tecladito que tenemos en la casa. Es un teclado Casio que compré luego de ahorrar mucho y de ayudar en el trabajo a uno de los mejores amigos de mi abuela. Es un señor muy bueno. Iba a trabajar después de regresar del colegio y de hacer mis tareas. Mi abuela se puso a llorar cuando le toqué la canción que le había compuesto. Me abrazó. Yo me sentí satisfecha. La música te puede tocar. La música te puede transportar. La música te puede salvar del barrio. Porque el barrio no es un estigma ni una limitante ni un condicionante.

Mi abuela me cantaba canciones cuando yo era pequeña. Eran como tonadas. Como las famosas tonadas de Simón Díaz. No sé que tiene la voz de mi abuela. Pero siempre me tranquilizaba. Y me tranquiliza aún. A veces. Mi abuela se inventaba las letras. Es muy buena para improvisar rimas. Siento que mi abuela va a reencarnar un día en un rapero famoso. Me encanta oír cantar a mi abuela. Sus canciones a veces evocan chistes. A veces evocan muerte. A veces evocan una Venezuela que ella me cuenta pero que yo no asimilo. Porque aquí las cosas están cada vez peor. Yo no quiero que mi abuela corra la misma suerte que mi mamá. Yo no creo en Dios. O él es que no cree en nosotros. Pero le pido a la vida que a mi abuela no le pase nada malo.

Cada vez tengo menos tiempo para dedicarme a escuchar o a escribir música. Todo el día se me va entre estudiar y hacer colas para comprar productos básicos. Todo el día se me va en cuidarme y en cuidar a mi abuela. Ella me dice cosas tristes cuando se siente triste. Me dice que no debo cuidarla. Que debe morirse si su destino es morirse. Me dice que me cuide yo y que nunca deje la música. Que la música ve va a ayudar a salir del barrio y rescatarla a ella. Para salir también del barrio.

El otro día hubo un tiroteo horrible. Duró muchísimos minutos. No es la primera vez que escucho un tiroteo. Pero éste fue particularmente largo y aterrador. No sé si fue una guerra entre bandas. O un operativo para cazar malandros. Hay muchas bandas en mi barrio. Pero ninguna de música. A mí me gustaría tener una banda de música. Yo tuve pánico. Pero mi abuela me cantó para que yo me calmara. Y su voz me calmó. Aún recuerdo la letra. “Bajo este techo, nada podrá tocarte. Las balas rabiosas no podrán alcanzarte. Algún día, si tenemos suerte, se irá la pólvora y se irá la muerte”.

Yo creo que la música más que en todo. Siempre encuentro un huequito para tocar y componer. De vez en cuando me reúno con gente para tocar. Aunque siempre tenemos miedo. Un día tendré más dinero y podré estudiar teoría y solfeo como se debe. Yo quisiera retratar en música todo lo que viví. Y que un día alguien sueñe con ser como yo. Yo no quiero olvidar al barrio. Más bien quiero inmortalizarlo. Porque yo soy más grande que él. Él no es ni un estigma ni una limitante ni una condicionante.

 

Instrucciones para que te odien en el exterior

Agita tu bandera y tu gorra tricolor en el aeropuerto. Grita “¡Viva Venezuela!”. Que todos te oigan. Promete que algún día volverás aunque sabes que no volverás (O no te gustaría volver). Tómate fotos en donde se vean bien tus lágrimas. Usa frases cursis para adornar esas fotos cuando las subas a las redes sociales. Coloca el emoji de la banderita de Venezuela o, si prefieres, los tres corazones. Cada corazoncito de un color de cada franja de nuestra ajada bandera.

Bájate en el aeropuerto extranjero como si fueses un miembro de la realeza. No asimiles que no eres nada todavía. Que ese “algo” en lo que te quieres convertir lo tienes que construir desde cero con mucho trabajo y esfuerzo. No asimiles que no eres nadie aún. No aceptes trabajos pequeños. Hay trabajos indignos para ti. Tú has nacido para ser ejecutivo. No te olvides de ponerte la gorrita tricolor. Todos deben saber que vienes de Venezuela. Que eres una víctima más del paraíso perdido (Nótese la referencia a Milton y la soberbia de este escritor sin mucho talento) a manos de la plaga.

Habla bien venezolano. Se tiene que notar que eres venezolano. Eres una especie protegida a pesar de que hay cientos de miles en tu misma situación y en tu mismo lugar. No te olvides de usar palabras sutiles como “Verga” o “Mamahuevo”. Di que eres de Venezuela sin que nadie te lo pregunte. Di que tú sólo eres feliz comiendo arepas y escuchando a Guaco. No hay felicidad en el bocadillo de calamares. No hay felicidad en la causa limeña. No hay felicidad en las letras de Gustavo Cordera ni en la vida del Buscón.

No te preocupes en imbuirte de la cultura ni de la historia del país que te está acogiendo. Es un honor para ese país tenerte allí. Tú has llegado a mejorar la raza. A aportar tu belleza mestiza. A inyectarla como si fuese un antídoto contra la fealdad. Has ido a hacer que los indios andinos sean menos indios. Has ido a echarle canela a los europeos insípidos. Has ido a mover las caderas y a aportar sabor. No has ido a pensar. No has ido a adaptarte. Que se adapten a ti. Ellos te deben un favor.

Ellos te deben un favor. Le deben un favor a Venezuela. Esa frase debes tatuártela si puedes. No la olvides nunca. Venezuela es la pobre madre incomprendida a la que sus hijos pródigos se le han rebelado. Todos te deben la libertad. Bolívar liberó cinco naciones y no le robó el crédito a nadie. Lo hizo solo. Luego los europeos emigraron a Venezuela y no fueron ni la sombra de trabajadores ni de educados ni de hermosos ni de sabrosones que tú. Debes ir con la actitud del señor Barriga cuando va cobrándole la renta a Don Ramón.

Júntate sólo con venezolanos. Preocúpate en ayudar sólo a los venezolanos. En el país que te está acogiendo no hay ningún tipo de problema. Su gente no sufre. Sólo tú eres la única víctima. El que haya mercados abastecidos significa que todo el mundo es feliz siempre. Significa que no hay gente padeciendo. No ayudes a nadie. A ti es al que deben ayudarte en todo. Deben darte todo gratis porque eres un exiliado. Porque eres un refugiado. Apela siempre a la lástima.

Si llegas a hacerte amigo (o pareja) de un nativo del país en el que te encuentras, debes iniciar la tarea de venezolanizarlo. Debes obligarlo a que le gusten la chicha, la cachapa, los tequeños y las hallacas. Debes enseñarle palabras y expresiones venezolanas. Debes atormentarlo todo el día con la música pavosa de Carlos Baute y con las estrofas cursis del “Llevo tu luz y tu aroma en mi piel”. Debes ser un soldado más de la cruzada venezolanizadora o, preferiblemente, un Godofredo de Bouillón criollo.

Quéjate. Critica. Señala. ¿Cómo es posible que no pongan música de Chino y Nacho en esa discoteca a la que te ha invitado tu amigo melbourniano? ¿Cómo es posible que no haya harina Pan en todos los automercados? ¡Es que esa gente no está en nada! ¿Cómo se puede tolerar que haya CacaoLat y Cola-Cao en vez de Toddy? ¡Esa gente no tiene gusto por nada! Esa gente no sabe comer. Esa gente no sabe bailar. Esa gente no sabe divertirse. Todos con semblantes tan fríos. Menos mal que estás tú para cambiar eso. No olvides que eres un cruzado. No olvides que llevas en tu pendón tricolor una foto del salto Ángel.

Compara siempre. A la gente del país que te acoge le encantará que siempre estés comparando todo con las cosas que hay en tu país. Haz especial hincapié en los paisajes. ¿Qué son las playas de Italia en comparación a “Pelúa” y a “Parguito”? ¿Qué competencia le puede hacer la sierra de Guadarrama al glorioso Pico Bolívar? Muy bonitas las cataratas del Niágara y las aguas de la Garganta del Diablo. Pero nada comparado con la cascada del Salto Ángel. ¡Eso sí es bello!

Importa las cosas buenas que hay en tu país. Sobre todo la viveza criolla. Ese país que te acoge es un país de zonzos y de ahuevoneados. Juégales vivo. Enséñales que existe un mundo que se llama el mundo “por debajo de cuerda”. No creas que esa actitud fue la que alimentó a Chávez y al PSUV. No creas que esa actitud fue, de hecho, la que nos llevó a Chávez. Seguramente al país que te acoge le vendrá muy bien tu viveza. Les hace falta a todos. ¿Para qué esperar? ¿Para qué respetar? ¡Adelante! ¡Nadie está viendo!

Tranca calles y plazas del lugar en el que te encuentres. Toca cacerolas y guinda banderas gigantes de tu país para protestar contra la dictadura. El hacer que el ciudadano llegue tarde a su trabajo (o a lo que sea que vaya a hacer) es la mejor manera de hacerte oír. A él le preocupa demasiado tu situación. Protestar y trancar calles afuera hará que Maduro y la dictadura caigan. A Maduro no le importa asesinar estudiantes. A Maduro no le importa masacrar. A Maduro no le importa desaparecer diputados. Pero le preocupará enormemente tu aporte en esa protesta de trancar calles en el exterior.

T.M.

P.D. Es posible que este artículo ofenda o hiera la sensibilidad de alguien. La Cantárida reconoce que no es fácil emigrar y, evidentemente, no es fácil escapar de una dictadura como la venezolana. Pero La Cantárida ve con preocupación ciertas actitudes de algunos venezolanos en el exterior. Esperamos que siempre seamos humildes, honestos y tratemos de ser útiles a los países que nos acogen (Porque no somos más que invitados) mientras termina la pesadilla que asola al país. Habrá gente sensible. No sean sapos. 🙂

A mí me gustaría tanto ser embajador de algún país bonito

Hay una historia curiosa que habla de un empresario de Caracas. Este empresario era el dueño de una compañía de seguros. Durante años le fue bastante bien. Antes de que llegara el comunismo. Las compañías de seguros eran un buen negocio. Estar asegurado era coherente porque no era tan probable que te pasara algo. Pero con el comunismo brotó la delincuencia. Y de repente comenzó a ser muy probable que te mataran. O que quedases herido o mutilado. Por eso las compañías aseguradoras ya no cubrían casi nada. Ya nadie las quería. Y por eso muchas se fueron a la quiebra.

La compañía de seguros de este empresario fue una de las que fue a la quiebra. Pero él había quedado con un buen capital. Tenía una buena cantidad de dinero para invertirla en algún otro negocio. Pero no era buena idea invertir en negocios en Venezuela. Invertir en comunismo nunca es una buena idea. La tierra no es fértil para los negocios. Todo puede fracasar. ¿Qué hacer con ese dinero entonces? El dinero se depreciaba y se depreciaba. Cada vez valía menos. Había que hacer algo rápido con el dinero.

Había alguna razón (razón que desconocemos) por la que el empresario que mencionamos no quiso hacer negocios afuera. Creemos que era uno de esos patriotas medio ridículos que estaban convencidos de que Venezuela era el mejor país del mundo. O estaba solicitado por ciertas autoridades internacionales a razón de un negocio medio turbio. No se sabe. El hecho es que decidió que actuaría en Venezuela. Invertiría ese dinero (aunque no sabía cómo) en Venezuela.

Hay una horrible máxima que dice: “Si no puedes con el enemigo, únetele”. Esto fue lo que aplicó el empresario de nuestro cuento. El enemigo era el gobierno. Y él decidió que sería buena idea aliarse con el gobierno. Es cierto que las políticas comunistas del gobierno habían llevado a la quiebra a la aseguradora de este empresario. Pero también es cierto que este empresario tenía historial limpio con el gobierno. El gobierno no le tenía puesto el ojo encima. Se había “portado bien”.

El empresario no tuvo otra idea que organizar una especie de cena/fiesta para los altos jerarcas del gobierno. Diosdado Cabello. Jorge Rodríguez. Cilia Flores. Nicolás Maduro. La cena sería en la casa que el empresario tenía en el Country Club de Caracas. Era una casa inmensa. Tenía piscina y un hermoso jardín. Tenía un cine (con todo y asientos) para la casa. Era realmente un lugar hermoso. Tenía una gran fachada color auyama que tenía el nombre de la casa en letras moldeadas en metal cursivo. “Quinta La Habanera”.

El empresario comenzó a soltar dinero para la cena. Contrató a la agencia de festejos MAR. La agencia de festejos MAR era la más lujosa agencia de festejos de Caracas. El empresario pidió todo el combo. Mesoneros elegantes (vestidos con trajes blancos y lacitos negros). Mesas repletas de tentempiés a todo lujo. Caviar y paté. Quesos importados. Whisky 18 años. No puedes servir un whisky menor de edad en una cena dedicada a la alta jerarquía socialista del pueblo. El paladar de Diosdado es muy exquisito y no acepta sinvergüenzuras.

El empresario también mandó a llamar a una orquesta bastante alegre. A una orquesta que tocaba música con muchos instrumentos. Ya se sabe que a Maduro le gusta bailar. Y no se puede poner a bailar al presidente de la república con la música de una miniteca. La orquesta cobró un dineral. El whisky costó un dineral. La agencia de festejos cobró un dineral. Pero todo era poco para agasajar a la alta dirigencia del PSUV. Nada podía salir mal. Nada. Nada.

El empresario se dio cuenta de que había gastado casi todo su dinero en aquella fiesta. Era una auténtica locura. Un lujo total. Incluso había mandado a bordar una inmensa bandera en relieve con la cara de uno al que llamaban el “Comandante eterno”. Pero al empresario no le preocupaba mucho el haber gastado casi todos sus grandes ahorros en esa fiesta sin parangón. Él lo consideraba una inversión. Él quería hacer negocios con aquellos dirigentes. Él quería chupar de la ubre socialista. Él quería enchufarse a pesar de que había sido opositor. Enchufarse es un buen negocio. Aunque un poco falto de escrúpulos.

Y así llegó el gran día. Las Grand Vitaras y las Hummers se amontonaban en las calles del Country Club de Caracas (que habían sido cerradas previamente). Los grandes jerarcas llegaban acompañados de sus interminables guardaespaldas. No se sabía si Diosdado y Maduro irían. Pero terminaron yendo. Y comieron bastante. Diosdado se echaba unas rascas orgiásticas dignas de contar. Maduro no tomaba mucho. Pero Maduro comía como un esmeril industrial. Delcy Rodríguez quería echar un pie. Pero nadie quería bailar con ella.

El empresario consiguió apartar un poco a Maduro. “Señor presidente. A mí me gustaría tanto ser embajador de algún país bonito”, le dijo. Maduro se rió y movió sus grandes mofletes. “El que me ayuda, siempre sale beneficiado”, dijo el presidente. “Nos queda una vacante en la embajada venezolana de Viena”, dijo. El empresario no podía estar más feliz. Bailó más contento que nadie. Bebió más contento que nadie. Lo nombrarían embajador. Así de fácil te nombraban embajador en la Venezuela socialista.

“Nos vamos para Viena”, le dijo el embajador a su esposa. Su esposa era una señorona muy aseñoreada. Estaba contenta. En Viena hay buenas tiendas. En Viena se puede caminar tranquilo. No como en la porquería de Caracas. Y más cuando todo está financiado por la gran ubre del gobierno. “Visitaremos a la Venus de Willendorf”, le decía la esposa del empresario al empresario. Faltaba una semana para partir a Viena. Irían en vuelo privado con pasaporte diplomático. Metieron todo lo que les cupo en las maletas y las dejaron bien hechas. Listas para partir.

Pero un inconsciente tuvo la idea de volar un dron en un desfile militar. El problema con ese dron es que estaba cargado con explosivos C4. Y el problema con ese dron es que logró estallar al lado del palco presidencial. El presidente había volado por los aires. Fue un magnicidio terrible. El poder fue tomado por una nueva gente. Una gente que no conocía al empresario que se enchufó en mal momento. La gente de Venezuela parecía celebrar. Pero el empresario lloraba con sus maletas hechas y su dinero perdido. Aunque aún sobraban algunos tequeños congelados para pasar el despecho.

Relato basado en el texto “El banquete”, del escritor Julio Ramón Ribeyro.

¿Cómo conseguir una novia francesa y cuchi que te saque de Caracas?

Hacen contacto en uno de esos grupos de Facebook de gente extraña. Uno de esos grupos de Facebook de aficionados a la literatura de Víctor Hugo. Es en un post acerca de uno de los pasajes de Los Miserables. Tú comentas un detalle un poco obscuro acerca de la dulce Cosette. Cosette es tu personaje favorito de Los Miserables. Ella le da corazoncito a tu comentario. Ella luego responde un complemento a ese detalle un poco obscuro que tú aportaste. Un detalle realmente rebuscado. Un detalle que sólo puede ser entendido por los verdaderos amantes de la literatura de Víctor Hugo. Como ella. Como tú.

La stalkeas un poco en su Facebook. Su perfil privado (a prueba de stalkers como tú) no permite acceso a mucha información que se diga. Pero su foto de perfil es preciosa. Tiene una rasta rubia que sobresale de su cabello que se ve tan bonito. Es un rubio perfecto. No es un amarillo pollito pero tampoco es un amarillo opaco. Tiene una sonrisa perlada y preciosa. Su foto de perfil está llena de comentarios amistosos que están en francés. Porque ella es francesa. Pero tú los traduces. “Je t’aime beaucoup mon amie. Tu es belle. Ce voyage était génial”. Así dice uno de los comentarios.

Te armas con un poco de valor. No te terminas de atrever. No sabes si darle al botón. Tienes el puntero paseando en idas y vueltas sobre el cartel azul que dice “Agregar a amigos”. No te atreves a bajar tu índice. Suena una canción de Rawayana desde tus cornetas. Una que habla sobre las jevitas, los panitas, el chilleo y los porritos (los únicos temas que domina Rawayana). Pero la música está genial. Los de Rawayana son tremendos músicos.

Piensas que nunca te va a aceptar la solicitud de amistad. Ella es una chama superior. Es francesa. Las chamas francesas son superiores. Las chamas europeas son superiores. Es como un dogma que nos han enseñado desde que somos pequeños. Más las chamas que son rubias. Más las chamas que tienen sonrisas perfectas. “Qué coño voy a andar aceptando a este pobre sudamericano que no tiene, seguramente, ni comida para llevar a su plato”, piensas que podría pensar. Pero te atreves. Aprietas el botón.

Pasa un minuto. Pasan dos minutos. Pasan tres minutos. Nada. Te llega una notificación. Suena el “tiquín” de las notificaciones de Facebook. ¿Será que sí? Abres la notificación emocionado. Pero no es ella. Es la foto de tu tío medio sádico. Te ha invitado a un evento que dará Capriles en la Metropolitana. Coño de la madre. Eliminas la notificación por la rabia. Tu tío es un cretino. Y de pana es medio sádico. Sadiqueaba a tu amiga Alejandra cuando la llevaste a la cena en diciembre pasado. Alejandra estaba incómoda. Alejandra tiene 25. Tu tío tiene 61.

Abres un emulador de la Nintendo vieja. Juegas un rato a Super Mario Bros. Ese juego te relaja. Te relaja jugar Super Mario Bros mientras suena la música de Rawayana. Ahora suena una que habla de la parte azul del fuego. De pana son buenos músicos. Su música te ayuda a concentrarte en manejar a Mario. Te cuidado con esa tortuga roja. Aplasta a ese bicho marrón. Métete por ese tubo. Sé como los del PSUV. Róbate todas las monedas que encuentres por el camino.

Ajá. Llegaste a donde está el Bowser. El Bowser pixelado del primer Mario Bros. ¡Cuidado con esa bola de fuego que te echa! Rápido. Uf. ¡Casi lo pasas! Espera. ¿Oyes eso? Es una notifación. “Camile Feraud ha aceptado tu solicitud de amistad”. No te lo puedes creer. Bowser te acaba de calcinar. Pero no te importa. Bueno. Tampoco la aceptación de la solicitud de amistad es algo del otro mundo. A lo mejor ella quiere tener a un venezolano en su lista de amigos. Algo así como cuando quieres tener un perrito exótico en tu colección de miles de perritos. Porque ella tiene 3217 amigos. Es una celebridad. Tú tienes 415. 413 en realidad. Tu tío sádico no es tu amigo en la vida real y uno de tus “amigos” es un perfil falso que se hizo tu hermana para chalequear a un ex.

Ya tienes vía libre para ver las fotos de Camile. Ya no es “La chica francesa que le dio corazoncito y respondió a tu comentario en el grupo de amantes de la literatura de Víctor Hugo”. Ahora es Camile. ¡Tiene unas fotos tan lindas! Mira ésa, en la playa. A lo mejor es una playa de la Costa Azul. Camile se ve tan despreocupada. Está encaramada sobre otra amiga. La amiga sonríe y Camile hace una mueca de cara tonta a la cámara. Pero se ven tan linda incluso con su mueca de cara tonta. Mira esa otra foto. Sale abrazando a un negrito que seguramente es congoleño o suazí. El niñito tiene una sonrisa que parece la media luna en medio de la noche de su cara obscura. Tiene una sonrisa muy simpática. Pero qué es la sonrisa de ese niñito al lado de la sonrisa de Camile. De la preciosa Camile.

Hablo una poca de español. Me gustó tu comentario que hicistes (sic) en el grupo”. Es Camile. El corazón se te va a salir del pecho. La música de Rawayana (esta canción es con Apache) ahora suena como un coro de ángeles dignos del paraíso de la Divina Comedia. Camile terminó el mensaje con una carita feliz. Es una carita feliz de molde. Igual a cualquier otra carita feliz que has visto en Facebook. Pero esta es la carita feliz de Camile. Es más bonita que cualquier otra carita feliz.

¿Qué le puedes responder a Camile? ¿Le respondes en español? ¿Le respondes en francés? ¿Qué tan poco español hablará Camile cuando dice que habla una poca de español? Tú casi no hablas francés. Si te gusta la literatura de Víctor Hugo es porque conseguías varios de sus libros traducidos al español debajo del puente de las Fuerzas Armadas. En tu puesto favorito de libros usados. El que estaba al lado del indigente que nunca sabías bien si estaba dormido o si estaba muerto sobre una pila de revistas de Condorito. Puedes ponerle algo en francés que traduzcas con Google. Pero se dará cuenta. A veces Google Translate tiene problemas serios de morfología y de sintaxis. Mejor sé sincero. Respóndele en español. Dile que hablas muy poco francés. ¿Qué tan difícil puede ser el francés? “Oui”. “Paris”. “La vie en rose”. “Je m’apelle…”. “Voulez-vous coucher avec moi ce soir?”. ¡No! ¡Eso último no!

Se han entendido muy bien tú y Camile estos días. Habla más español de lo que pensabas. De vez en cuando comete algunos errores. Pero nunca se los corriges. ¿Cómo podrías corregirle algo a la “Belle Camile”. Camile es perfecta. Camile no comete errores. El lenguaje es el que está equivocado. La gente como Camile no puede equivocarse. Ella se ríe de tus chistes y hasta han hablado alguna vez por Skype. Aunque nunca te ha mostrado nada. Ni tú has querido que te muestre nada. Camile es una diosa gala. Y las diosas galas no muestran sus pechos por Skype.

Han pasado meses y Camile es algo más que tu mejor amiga. Si tan solo pudiesen verse en persona. Ya han planificado una vida juntos. Pero ella vive en Francia y tú vives en Venezuela. Ella come baguettes y tu haces una cola al lado de los bachaqueros para ver si aún queda un pan canilla. Ella bebe vino de cosecha del 2005 y tú improvisas reuniones con tus amigos en las que toman Carta Roja (si es que consiguen Carta Roja).

Si vinieses a vivir a París, me casaría contigo. Tu es mon amour”, te dice Camile. No puedes aguantar más. Ésa es la pieza que te faltaba. No hay más dudas. Necesitas irte de Caracas. Necesitas irte a París. A como dé lugar. No te esmeres ni te preocupes en conservar tu trabajo en el Centro Letonia. Es un trabajo decente. Pagan bien. Pero no es suficiente. El sueldo se te va en dos hamburguesas y en el pollo congelado que te toca los viernes por número de cédula. ¿Pero de dónde vas a sacar dólares para irte? Ni siquiera tienes pasaporte. ¡Tienes que conseguir un pasaporte! Ya Camile te ayudará a pagar un pasaje. Al fin y al cabo eres su amour. ¿No?

¿Por qué no hiciste los trámites para sacar el pasaporte desde antes? Siempre procrastinando. Siempre ocupado en tu trabajo en el Centro Letonia. Es hora de comprobar si esas leyendas urbanas que cuentan acerca la página del SAIME son ciertas. Es hora de comprobar si realmente sacar pasaporte en una república bananera y comunista como Venezuela es un suplicio. Es hora de comprobar si es cierto que no hay material para hacer los pasaportes.

tramites.saime.gob.ve”. Haces clic. La computadora se ríe en tu cara. Aparece un cartel blanco que dice que no puedes accesar a la página. “Intente nuevamente”, te dice un cartel con una cara de Maduro que resalta sobre un fondo medio difuminado de Chávez. Le haces caso al cartel. Intentas nuevamente. Pero nada. Pruebas intentar a otra hora. Pero nada. Intentas en medio de una reunión en la madrugada con tus amigos (las mismas en las que tomas Carta Roja). Pero nada. Nada de nada. Comunismo. Sólo comunismo.

Por fin logras entrar en la página del SAIME. Es la página más desesperantemente lenta que has visto en tu vida. Las pestañas se deforman. Hay errores ortográficos. Hay caras de Chávez y de Maduro por todos lados. ¡Todo eso sería soportable si la maldita página no fuese tan lenta! Ruegas. Imploras. Pides. Haces Clic. Sale el relojito de la espera. Tienes miedo de que la página se caiga. ¿Por qué se cae la página del SAIME y no el gobierno que hace que la página del SAIME sea así? ¿Por qué tuviste que nacer en un país que se volvió comunista? ¿Por qué tuvo que nacer Carlos Marx? Espera. Procesando. ¡Tienes fecha para la cita!

La cita es en dos meses. Pero no importa. Camile ayudará a paliar la espera. Ah. ¡La belle Camile! Tan bella. Tan rubia. Con esa sonrisa tan perfecta. Con su voz. Con su acento francés que derrite el corazón como si se tratase de un chocolate metido dentro de una cacerola. Sólo el martillo y la hoz te separan de Camile. Sólo el SAIME te separa de Camile. Pero ya te darán tu pasaporte. Cuenta con ello. ¿Cuándo ha fallado el SAIME alguna vez?

Llegas temprano a la cita. No te moriste dentro el metro que te llevó hasta Charallave. Dos borrachos amenazaban con entrarse a puñaladas en el vagón y terminaron abrazados y llorando. Venezuela es la locura. Hay una fila de unas 25 ó 30 personas en la sede del SAIME de Charallave. Son las ocho de la mañana. Quizás tendrás la confirmación de tu pasaporte antes de las once. ¿Qué puede salir mal? ¿Cuándo puede salir mal algo en el SAIME?

Ha pasado media hora. Revisas una y otra vez tu carpeta manila. No falta nada. Todas las estampillas están. Todas las planillas están (con sus respectivas copias). Todas las firmas están. La señora que está en frente de ti te empieza a buscar conversación. Te dice que quiere ver a su hija. Su hija está en Buenos Aires. Su hija es una crack (según sus palabras). Se graduó en la Central y se consiguió un novio argentino. Se casaron y ahora viven juntos. Trabajan en una papelería de la Bartolomé Mitre.

El señor que está detrás tuyo en la fila comienza a impacientarse. Empieza a decir que eso no pasaba en la cuarta. Es cierto que la cuarta no era perfecta. Pero tiene razón. En la cuarta no pasaban esas cosas. En la cuarta ya hubieses podido ir a ver a Camile. Un gordo panga-panga manda a la gente a tener paciencia. “Parece que no hay línea”, dice. Tiene una chemise del SAIME que tiene una mancha que parece caída de una empanada de molida. Apenas han pasado unas cinco personas.

También han pasado unas cinco horas. Todo un día perdido en el SAIME. Pierdes la paciencia. Pero no puedes hacer mucho. Ni siquiera tienes tu teléfono inteligente para distraerte viendo fotos de la dulce y hermosa Camile. Tienes el teléfono bruto. El Nokia que tiene el jueguito de la víbora. Pero el jueguito de la víbora es más divertido de lo que recordabas. Hasta el juego más arcaico parece Disneylandia cuando estás en una cola del SAIME. Pero nada que llega tu turno.

Pides que te guarden un segundo el puesto. Tienes hambre. Vas y resuelves con un cachito medio aguado de jamón que te vende una gorda en licras que también tiene timbres fiscales y fotocopias. Comes apurado. Lo pasas con un jugo medio rancio de patilla (95% agua y 5% patilla). Pero ya por lo menos tienes algo en el estómago. También tienes una rabia en el pecho inmensa. Los asesinos en serie y los grandes psicópatas nacen en las colas del SAIME. Cada vez estás más convencido de eso.

Ya vamos a cerrar”, dice una muchacha morena y un poco insignificante que tiene una visera del SAIME y está mal maquillada. “¿Cómo que van a cerrar? ¡Aquí no cierra nadie! Nos han estado haciendo esperar todo el día”, responde el señor que está detrás de ti en la cola. Se hace una especie de trifulca verbal. Ni siquiera tienen la decencia de reprogramar la cita. En el comunismo siempre te tienes que joder. Si no no fuese comunismo. Te regresas en el mismo tren que te llevó hacia Charallave. Hay calor. Hay retraso.

Ni siquiera consideras intentar de nuevo por la página del SAIME. No tiene sentido. Todo eso lo hacen a propósito para que tengas que buscar un gestor ajuro. No querías hacerlo al principio porque los gestores cobran un ojo de la cara (y eso cuando son generosos). Pero no te queda otra. Ya tus papás te ayudarán con el dinero. ¿Qué gestor vas a buscar? Tu tía Carlota (la hermana pana de tu tío que sadiqueaba a tu amiga Alejandra) se sacó el pasaporte “rapidito” con un gestor. Le escribes a tu tía Carlota. Ella te echa los mil y un chismes de las mil y un personas que no te interesan antes de dignarse a darte el contacto del gestor.

Ya le has depositado al gestor. El gestor parece serio. No hace chistes. Te cobró en bolívares (por suerte). Él se encargará de derribar el muro que te separa de la hermosa Camile. “Ya eso va a salir”, te responde siempre que le escribes. Procuras no escribirle mucho. No quieres jugar con la paciencia del gestor. Del único que puede meterse en el corrupto e ineficiente laberinto del SAIME para llevarte el ansiado pedazo de queso que te permitirá huir de la selva tercermundista y aterrizar en la civilización de un país de verdad.

Pero pasan varios meses. ¿Tendrá Camile tanta paciencia? Las diosas galas no pueden esperar por el comunismo. Hace tiempo que el gestor no te responde. Llega el mensaje de tu tía. “Mejor no hagas tratos con ese gestor. Resultó que se metió a rolo de estafador”. Tiene el tupé de ponerte una carita sorprendida al final del mensaje. Pero ninguna carita está más sorprendida que la tuya. Perdió el amor. Ganó el comunismo. La diosa gala permanecerá en su altar mientras tú tendrás que probar suerte buscando el amor con una de las secretarias medio coquetonas del Centro Letonia. ¿Quién te mandó a vivir en un país comunista? Idiota.

Tomás Marín

Miedo a las mariposas

Mi grito se escuchó en todo el apartamento. Tuvo que venir mi papá, con una escoba, para intentar ahuyentarla. La mariposa parecía desorientada. Era negra con marrón, horrible, gigante. No tenía rumbo fijo. Se estrellaba torpemente contra el bombillo encendido, atraída por la luz y el calor. Su aleteo me daba grima. ¿Por qué tuvo que escoger mi cuarto? No se iba. Parecía burlarse de las estocadas que mi papá, tan torpe (o más que ella), le esgrimía, como un caballero medieval doméstico e inexperto.

Tras una larga batalla, en la que parecía vencedora, se rindió y salió por la ventana. Yo la cerré inmediatamente, no quería que volviera. Las mariposas siempre me dieron asco y grima. Las mariposas siempre me dieron miedo. En los libros de preescolar las pintan con hermosos colores y con caritas felices. En la vida real, al menos las urbanas, las llamadas “mariposas de lluvia”, tienen pelos, antenas y segregan un líquido marrón y asqueroso. Lamentablemente, las lluvias en Caracas habían comenzado y era común, casi todas las noches, recibir las visitas de las mariposas. Una estaba tranquila escribiendo en la computadora, o haciéndose un sándwich, y, de repente, se alertaba del “tiki tiki tiki”. Las mariposas, entre los bombillos y las paredes, proyectaban sombras inquietas, inquietantes y realmente tenebrosas.

Mi papá estaba cansado de que la historia fuera siempre igual. Yo pegaba un grito, salía corriendo, iba hasta su cuarto y decía las palabras de siempre, como en un guion de obra teatral. “Hay una mariposa gigante, asquerosa y horrible en mi cuarto (o en la sala, o en el baño, o en la cocina. Era la única variable que había en el vodevil de todas las jornadas). Sácala, por favor. No puedo concentrarme así”. En algunas ocasiones, las mariposas, menos astutas que aquéllas que huían por la ventana, morían destrozadas por las duras cerdas de la escoba. A mí, en cierto modo, me daba mucha lástima verlas agonizar en el piso. Tampoco quería darles el pisotón o el escobazo de gracia. Pero es que todo se reducía a un “ella o yo”. ¿Por qué venían a mi casa sin invitación? Al fin y al cabo, era su culpa.

Yo venía saliendo del Centro San Ignacio. Había cenado con un chamo que medio me gustaba. Era artista y tenía cierta tendencia a la taumaturgia. Además, era guapísimo. Era de La Salle y era muy culto. Nunca se le acababan los temas interesantes para hablar. Siempre me enseñaba cosas nuevas. Llevábamos ya algún tiempo flirteando. Lo había conocido en una reunión que había organizado una de mis mejores amigas en su casa. Nos habíamos dado un piquito (éramos muy pollos y teníamos como diecisiete años) jugando a una de esas mariqueras como “la botellita” o “yo nunca” o “verdad o reto”. No recuerdo bien.

Ya nos habíamos despedido, con un beso que era más que un piquito pero menos que un zampe (¿es eso relevante para la historia?, no lo sé). Ya había pagado el estacionamiento y llevaba un rato manejando por la autopista. Estaba pensando en tantas cosas tontas, que no me di cuenta de que tenían un buen tiempo siguiéndome. Yo debí parecer un tanto estúpida a la vista de ellos. Con mi cara sonriente cantando Caramelos de Cianuro a todo volumen. Manoteando al aire y bailando sola en el asiento del piloto.

Yo no recuerdo exactamente cómo fue el proceso de captura. Creo que mi cerebro, a conveniencia, bloqueó algunas partes. Fue como un shock que, aunque superé, nunca pude eliminar del todo. Creo que recuerdo un carro negro con ventanas ahumadas que me había pegado por detrás. Yo me detuve y, a partir de ahí, todo fue nebuloso. Creo que también se debe a que me cubrieron la cabeza con un trapo. El no ver hace que los recuerdos parezcan sueños o, en ese caso, pesadillas. Recuerdo voces que discutían entre sí. Tengo flashes del ruido del motor. Yo sentía que todo a mi alrededor daba vueltas.

Sí recuerdo muy bien el cautiverio. Yo estaba sorprendida de mí misma. No había llorado, aunque sí había gritado mucho. Nunca me había detenido a pensar en que algún día me pudiesen secuestrar. Al fin y al cabo, no era algo inverosímil. Mi familia tenía plata, yo tenía un buen carro y estudiaba en el Cristo Rey. Era mi último año antes de dar el salto a la Metropolitana. Creo que si los secuestradores tuviesen a sus víctimas (o potenciales víctimas) en uno de esos álbumes Panini del mundial, yo sería una de las barajitas brillantes.

Me pusieron a hablar con mi mamá. No sabía qué hora era. Había perdido la noción del tiempo. Pero calculo que eran las 12 de la noche, o algo así. Mi mamá estaba histérica. Mi papá también. Yo, a pesar de que siempre fui una persona cobarde, hacía un esfuerzo sobrehumano para parecer calmada. Algo me decía que no pasaría a mayores. Al principio, uno de los secuestradores, el que parecía más joven por la voz, me tranquilizaba. “No te preocupes. Nosotros casi nunca hemos matado. (Ese “casi nunca”, como podrán notar, me helaba un poco la sangre). Si tú te portas bien, nada te va a pasar. Nosotros no somos gente mala”, me decía.

Cuando eres víctima de la delincuencia, las volátiles medidas del bien y del mal cambian radicalmente. Puedes referirte a tu propio captor como “pana”, que fue lo que me pasó a mí, solamente porque no te ha volado el cerebro con un disparo. Me dieron comida, me daban agua y hasta Nestea. Eventualmente me permitieron quitarme la venda y hasta podía bañarme. Era como una huésped (evidentemente forzada). Eso sí, estaba fuertemente vigilada y evitaban a toda costa que yo les viese la cara. Yo me limitaba a obedecer, no sólo por colaborar sino por no complicar mi situación.

Me preocupaban mucho mi mamá y mi papá. Ellos eran gente buena. Me sentía peor por ellos que por mí misma. En la poca comunicación que se nos permitía, tratábamos de mantener la calma. A veces, sobre todo mi papá, me enviaba mensajes como si yo estuviese en un campamento. Sentía que lo único que faltaba era que me pidiese que le llevase un souvenir. Pero notaba el miedo en su voz, como supongo que él habría notado el miedo en mi voz. Pero estaba prohibido hablar del miedo, del fin o de la muerte. Nuestra fe estaba volcada totalmente en un desenlace feliz.

No sé exactamente cuántos días habían pasado, pero sabía que eran pocos. Todo comenzó a desmoronarse. No sé qué metida de pata hicieron mis papás, que todo se ensombreció de repente. No sé si fue que llamaron a la policía, o los descubrieron con algo relacionado con la policía, cuando el pacto con los delincuentes implicaba, estrictamente, estar al margen de la policía. O si fue algo del pago, que no había suficiente dinero (aún, para esa época, los cobros se realizaban en moneda local y no en divisas). Pero el hecho es que la amabilidad para conmigo mermó de un día para otro.

El de la voz joven, el que más me tranquilizaba al principio, había volcado toda su furia contra mí. Comenzó a decirme las cosas más horribles que, creo, se le han dicho a alguien alguna vez. Todos lo hacían, pero él se ensañaba con especial rabia. Pasaba minutos enteros describiéndome situaciones horribles, gore. Decía que me había mentido cuando me dijo que casi no mataban a nadie. Me decía que él tenía yo no sé cuántos muertos encima, que no le importaría tener uno más, que para él sería un placer matar a una “sifrinita del mierda”. Decía que, cuando le diera la gana, me iba a violar y que, si yo gritaba, lloraba o me quejaba, me mataría a navajazos.

Los golpes procedieron a las amenazas. Tenía ya tiempo sin comunicarme con mis papás. No sabía si seguía en pie alguna negociación, algún rescate o si ya ellos me daban por muerta. Recuerdo que una tarde, yo de nuevo ciega gracias a mi venda, uno de ellos, no sé cuál, me reventó la nariz de un puñetazo o de una patada. Yo no podía ver nada, pero sentía mi boca húmeda y un sabor intenso a óxido. Ahí fue la primera vez que me puse a llorar desde que había perdido la libertad. Ellos se reían, gozaban, cantaban y me grababan con sus teléfonos.

Las amenazas se hicieron comunes. Cada día podía ser el último día. Cada hora podía ser la última hora. Cada minuto podía ser el último minuto. Cada segundo podía ser el último segundo. Creo que es lo más horrible del secuestro resumido (mal resumido) a una línea. Esa sensación de ultimidad. Aunque supongo que depende de en cuáles manos estés. Yo había perdido bastante peso. Lo que me daban era pan y sopa, muchas veces vieja y sobrante de lo que ellos consumían. De vez en cuando, uno me limpiaba la cara, no sé si por compasión o por poder tocarme.

“Hoy es el día”, dijo uno de ellos, al que yo siempre tomé como el líder. Yo tenía la garganta seca y la sangre helada. Aunque intenté, como un pollito acorralado de verbena, protegerme en un rincón, estaba a su merced. Me arrastraron. Me cargaron y me metieron en el carro. Uno de ellos seguía golpeándome sólo por darse el gusto. No terminábamos de arrancar. Sabía (o creía) que, si me mataban, al menos no sería en el carro. Los asientos repletos de sangre no gustan a nadie, así seas un maldito secuestrador.

El ruido del motor se me hacía durísimo, ensordecedor. Ellos echaban chistes malos y, durante el largo trayecto, parecía que se hubiesen olvidado de mí. Mi cabeza estaba apoyada en el muslo de uno de ellos. La textura del blue jean de mala calidad, seguramente comprado a un buhonero del mercadito de Coche, me raspaba la mejilla. Aunque daba igual, luego de golpes, de hambre, de encierro y de miedo, lo que menos te preocupa es la textura de un pantalón. Estaban tan confiados todos, tan tranquilos, que intuía que el desenlace de todo sólo podía ser o muy bueno o muy malo.

Se notaba, por el sonido, que la ciudad había quedado atrás. Estábamos en un sitio verde. Hasta el descenso en la temperatura se notaba. El carro tenía las ventanas abiertas. Se escuchaba, durante el trayecto, el silbido de los otros carros al pasar en dirección contraria. Pero, donde estábamos, ya sólo se oía al viento estremecer las hojas de los árboles. Era de noche, no muy tarde. En la radio se escuchaba una salsa niche y la voz de un locutor con voz engolada de radio AM que hacía anuncios de esos niches que buscan pareja por radio.

“De pana te portaste muy bien, disculpa lo malo”, me dijo el de la voz joven, el que me había tranquilizado y el que me había aterrado pocos días después. Yo no sabía si reírme, llorar o responderle. Preferí quedarme callada. Toda palabra sobraba. Sencillamente, no quería hablar. El carro se detuvo aunque el motor quedó encendido. Me quitaron la venda y me llevaron caminando. Me ayudaban entre dos. Las piernas me dolían. Era un terreno verde, grande, obscuro. A lo lejos, se veían las luces de algunos edificios.

“No te muevas de aquí. Pase lo que pase, no te muevas de aquí. Ya saben que estás aquí. Van a venir a buscarte. Confía en nosotros”, me dijo uno de ellos y se despidió como con palmaditas en mi espalda, como si fuese una especie de compadre sutil. Los vi de reojo, creo que eran cuatro, o cinco. Sonreían y se felicitaban. Yo no sabía para dónde ir, no tenía para dónde ir. Sólo me aferraba a la instrucción que me dieron de confiar en ellos, de quedarme ahí, de no moverme. No tenía otra alternativa. Podía andar, pero esperaría un rato. De verdad me costaba caminar.

Me senté en la hierba. Estaba alta, pero no tenía tanta maleza. Había un silencio casi absoluto. Todo estaba húmedo, no sé si era rocío nocturno o que había llovido poco tiempo antes. Detrás de mis oídos, sentí el “tiki tiki tiki” que me era tan familiar. Una mariposa, la más grande que he visto nunca, se posó sobre mi brazo. Yo no tuve acto reflejo. La miré y sentía que ella me miraba. Ella no me amenazaría con violarme ni con partirme la nariz. Me acariciaba con sus patitas largas, delgadas y dobladas. Estaba estática, como una gárgola vanguardista, frágil y pequeñita, como yo en la espera de algo que hacer. Ya no tendría que llamar a mi papá más nunca para que viniese con la escoba. Había perdido el miedo.

T.M.

 

Instrucciones para encontrar el amor de tu vida en la estación de Chacaíto

Chacaíto. ¿Por qué no otra estación? Chacaíto tiene más punch. Sólo Chacaíto tiene la combinación perfecta de rockeros comegatos y de evangélicos intensos que buscan incautos a quienes darles charlas interminables sobre su señor Jesucristo. No hay una estación mejor que Chacaíto si quieres encontrar al amor de tu vida. Es mejor ir por la mañana. Por la tarde hace demasiado calor. Por la tarde se montan más borrachos y más malandros que por la mañana. Y por las mañanas puedes dar un vistazo a las tiendas de cosméticos chinos y de ropa hippie que huele a la marihuana de sus tejedores.

Tienes suerte si no te topas con uno de esos muchachos flacos (muy flacos) que venden una versión pirata de las Susys o de los Cososettes. “Buenos días, señores. Triste es de pedil (sic), pero más triste es de robal (sic)”. No le prestes mucha atención al muchacho flaco que vende esas galletitas. Es posible que no venda nada. Es posible que compense el no vender nada sacándole un chuzo (construido por él mismo) a una viuda sesentona que va a alguna iglesia a solicitar una misa para su marido Víctor.

No hay grandes ornamentos en la estación de Chacaíto. Hubo grandes ornamentos alguna vez. Hoy en día ves esculturas descoñetadas por la acción de los hamponcitos. Hay hasta una medio bizarra y tubular que tiene una mancha de sangre que sólo he visto yo. Esa mancha de sangre se debe a una salpicadura de la última vez que lincharon a un ladrón. A un ladrón que quizás dijo lo de que más triste es robar que pedir. Vete al andén. El tren va a tener retraso. Pero el tren va a llegar. Siempre llega. Todo llega. El amor llega. El amor llega hasta en una estación como Chacaíto.

Mira bien a la gente que hay a tu alrededor. Hay un grupo de chamos que pertenecen a un grupo de teatro. No es el mejor grupo de teatro del mundo. Pero tienen mucha ilusión. Han conseguido un espacio muy pequeño en donde podrán representar “Muerte accidental de un anarquista”. Están felices. Hay una enfermera que no deja de revisarse el uniforme. Caracas quizás sería otra si todas las enfermeras tuvieran la delicadeza y el esmero de revisarse el uniforme. Hay mucha gente a pesar de la hora.

Te sostienes de un tubo que te da un poco de asco tocar. Hay miles de mitos urbanos alrededor de los tubos de los vagones del metro. Hay quien dice que los tubos de los vagones del metro tienen SIDA y SúperSIDA. Esos tubos han sido tocados por indigentes y por prostitutas. Esos tubos han sido tocados por abogados y por chavistas fanáticos convencidos. Una chama no pierde el glamour y toca el tubo sidoso con un pañuelo. Pero fíjate en ella sólo para la anécdota. Ella no es el amor de tu vida. Sigue mirando.

Las ventanas están obscuras a razón del túnel interminable. Muchas de las lamparitas que se ven desde las ventanas del vagón están apagadas por falta de mantenimiento. No esperes mucho más si vives en un país comunista. ¿Te acuerdas de cómo te divertías viendo esas lamparitas cuando estabas en tu infancia? ¡Era lo máximo! Quédate viendo la ventana. ¿No ves esos ojos tristes y azules verdosos? ¡Si es que se reflejan perfectamente a pesar de lo opaco de la ventana! No te fijes en el “Yazmín Maldita Perra” que está rayado en la ventana con una llave (o con un puñal). Fíjate en esos ojos azules y tristes. En esos ojos que brillan más que todas las lamparitas del túnel.

Ahí está el amor de tu vida. Aunque es obvio que aún no te has dado cuenta que ahí está el amor de tu vida. Voltea. Comprueba de dónde viene el reflejo. ¡Ahí sí que está el amor de tu vida! Tiene una franela roja (Pero sobria y cuchi. No tiene nada que ver con el chavismo. Tranquilo). Tiene el pelo liso y terso. Tiene el pelo bien lavado y cuidado. Pero esos ojos. Esos ojos son el mayor imán. Son azules. Son verdes y tristes. Están apuntando hacia algún lugar. ¿Qué grandes cosas estará pensando el amor de tu vida?

¿Estará pensando en encontrar al amor de su vida en el metro? Quizás. No hay manera de comprobarlo. Es como Dios. No podemos afirmarlo pero tampoco podemos negarlo. Pero seguramente está pensando en algo interesante. No pudiese ser el amor de tu vida si no estuviese pensando en cosas interesantes. Y nadie con esos ojos verdiazules y tristes puede estar pensando en nimiedades. Nadie con esos ojos azules y tristes puede estar pensando en tonterías. ¡No!

Tienes que idear algo. No sabes en qué estación se puede bajar el amor de tu vida. A lo mejor en la próxima. ¡Tienes que idear algo rápido! “Disculpa. Sé que estás pensando en algo interesante. Nadie con tus ojos verdiazules y tristes puede estar pensando en nimiedades. Nadie con tus ojos verdiazules y tristes puede estar pensando en tonterías”. Quizás sea una buena opción. No. No es una buena opción. Es muy invasivo. ¿Es que acaso perdiste el juicio? Pensará que eres psicópata. Tendrás suerte si sólo se aleja. Tendrás suerte si no activa el botón de emergencia y manda a llamar a la policía. Aunque la policía no funciona. Ni el botón de emergencia tampoco. Estás en un país comunista. ¿No lo recuerdas?

“Qué loco está clima, ¿no?” Podría servir. No. No podría servir. El clima en Caracas casi siempre es el mismo. Y es un tema cliché de conversación. Pensará que eres un perdedor. Pensará que tienes un trabajo aburrido. Pensará que trabajas en algo relacionado con la contaduría. A lo mejor al amor de tu vida le atrae la bohemia. Esos ojos azules y verdes y tristes y hermosos tienen que ser aficionados a la bohemia. Ajuro. Es el momento de buscar una conversación interesante. Háblale de aquel triste relato de la mitología griega en el que Ariadna no puede irse con Teseo. Cuéntale sobre aquel meme que viste sobre Murakami y su similitud con Sísifo a la hora de conseguir el premio Nobel.

“Estación Sabana Grande”. Acaba de hablar la voz ronca del metro. La voz que pareciera vivir del aguardiente y de nombrar las estaciones una y otra vez por los altavoces del vagón (también echados un poco a perder a causa del comunismo). Confía. Quizás el amor de tu vida de ojos tristes y verdiazules no se baja en Sabana Grande. No te enamores tanto. Enamórate mucho. No es fácil apartar la mirada de esos ojos que parecen el agua del mediodía de una playa de las Islas Marshall.

El amor de tu vida cruza la puerta. ¿Será que sigues su camino y te bajas también en Sabana Grande? Sí que se bajaba en Sabana Grande. Los ojos más bonitos del planeta tierra (Y de Saturno también) se han bajado en Sabana Grande. “Te he seguido desde el metro. Eres el amor de mi vida. No llegué hasta mi destino porque mi destino eres tú”. Ni se te ocurra. No llegarás lejos con esa babosada que pareciera escrita por Leonardo Padrón. Se cierra la puerta. Quizás se abra otra vez. Sal corriendo si se abre otra vez. El metro arranca. Perdiste al amor de tu vida. Se perderá en el laberinto. Más nunca tendrá contacto contigo. Las oportunidades las pintan calvas. Las pintan tan calvas como la cabeza de ese hombre que acaba de entrar (con una franela del Central Madeirense) y que ocupa el lugar y el reflejo que ocupó el amor de tu vida en el vagón apenas unos segundos antes. El amor de tu vida no aparece todos los días en Chacaíto. Idiota.

Tomás Marín