Cinco obras de teatro que deben ser leídas (IX)

“Sueño de una noche de verano”, de William Shakespeare.

Dos historias paralelas, aunque entrelazadas, se desarrollan entre los castillos reales y los bosques. Por un lado, Herma, la hija del célebre rey Teseo, está siendo forzada a casarse con Demetrio, un hombre fanfarrón por quien Elena, una de las grandes amigas de Hermia, suspira profundamente de amor, a pesar del constante rechazo de éste. Lisandro, el verdadero amor de Hermia, planea, junto a ésta, una fuga amparada por la noche. Por el otro lado, un grupo aficionado de teatro, compuesto por unos personajes torpes, cómicos y entrañables, está buscando representar, con un presupuesto extremadamente paupérrimo, una gran tragedia griega. Ambas tramas dan un simpático giro cuando, en el bosque, Puck, satírico servidor del rey de las hadas, vierte, en ojos equivocados, una sustancia floral que provoca el amor instantáneo a primera vista. Esta pieza está empapada de diálogos preciosos, uno de ellos es el pronunciado por la inspirada Elena: “Tu honradez es mi escudo; porque para mí no es de noche cuando contemplo tu rostro, y, por tanto, no pienso que estoy en la noche. Ni falta a este bosque un mundo de sociedad, pues para mí eres el mundo entero. ¿Cómo, entonces, puede decirse que estoy sola, cuando todo el mundo está aquí para mirarme?”. Una fantástica reflexión es la pronunciada por Teseo: “El loco, el amante y el poeta son todo imaginación: el uno, el loco, ve más demonios de los que el infierno puede contener; el amante, no menos insensato, ve la belleza de Helena en la frente de una gitana; la mirada del ardiente poeta, en su hermoso delirio, va alternativamente de los cielos a la tierra y de la tierra a los cielos; y como la imaginación produce formas de objetos desconocidos, la pluma del poeta los metamorfosea y les asigna una morada etérea y un nombre. Los caprichos de una imaginación alucinada son tales, que si le ocurre a ésta sentir un acceso de alegría, encarga a un ser de su creación que sea el portador; o si en la noche se forja algún miedo, ¡con cuánta facilidad toma un zarzal por un oso”.

 

“Controversia del toro y el torero”, de Albert Boadella.

Paco, un no muy exitoso y cincuentón torero profesional, agoniza herido por una grave cornada en la pierna. Miguel, un enloquecido personaje que, de tanto ayudar al entrenamiento taurino, confunde y mezcla su personalidad con la de un toro, lo a a visitar. En medio de un ambiente un tanto onírico, en el que el público funde como partícipe, Paco y Miguel debatirán arduamente, entre el delirio, la locura, la cultura y la comparación, sobre los pros y los contras de una actividad tan cuestionada y arraigada en España como lo es el toreo. Esta pieza teatral se nutre mucho del popular libro conocido como “El Cossío”, la enciclopedia taurina más respetada y extensa que se conoce. Un conmovedor monólogo es el que hace Miguel, dentro del papel de Toro: “Uno está tranquilo y extasiado en el campo entre hierbas apetitosas y flores, paciendo lentamente con el reconfortante olor de tus hermanos de especie entre los que te sientes cobijado. De pronto, una tempestad de gritos, golpes y carreras acaba en una caja donde no puedes moverte. Te van zarandeando en la obscuridad y oyes al fondo un rugido de motor. Es un largo viaje sin comer ni beber mientras casi no puedes mantenerte en pie con tanto vaivén y frenazo. Finalmente, te desembarcan a batacazos y alaridos en otro corral obscuro donde hueles restos de excrementos de hermanos tuyos ya sacrificados. Puedes pasar días en estas tinieblas. Al fin, se abre la puerta y entonces crees que por aquel camino volverás al dulce pacer entre encinas, pero no es así. Al mismo tiempo que sientes un pinchazo agudo en la espalda, se abre un portón de luz cegadora desde donde emerge un ruido atronador de voces. Sales disparado en busca del campo y el rebaño añorado pero te encuentras pisando arena y de nuevo encerrado y sin salida. Una multitud de humanos ruge sin cesar y tu corazón late con tal fuerza que la sangre parece que va a reventar los conductos. Luchas para defenderte de tantos enemigos que te impiden retornar a tus parajes. La sangre te ofusca los ojos y embistes ferozmente, no porque seas un sádico, sino para eliminar obstáculos al dulce placer de la manada. Entonces empieza el tormento…”.

 

“La venganza de Don Mendo”, de Pedro Muñoz Seca.

Don Mendo, un enamorado Marqués, se deja llevar a prisión tras un forzado malentendido que busca resguardar el honor de Magdalena, su amor. En prisión, y gracias a una serie de entrañables personajes y amigos, se entera de que la misma Magdalena ha urdido una trampa para sacarlo del camino, ejecutarlo y concretar su boda con el rico Don Pero, protegido del rey y consentido de Don Nuño, padre de la doncella. Escapando de las garras de la muerte, Don Mendo iniciará una vida nueva y planificará una fría y espectacular venganza en la que terminan involucrados todos los personajes. Esta obra, la pieza maestra de Muñoz Seca, se nutre de, prácticamente, la totalidad de los estilos y formas de versos en el idioma castellano”. Un precioso diálogo es el entablado entre Don Mendo y Magdalena tras su reencuentro: “Trovador, soñador, un favor”. “¿Es a mí?” “Sí, señor. Al pasar por aquí, a la luz del albor, he perdido una flor”. “¿Una flor de rubí?” “Aún mejor: un clavel carmesí, trovador. ¿No lo vio?” “No le vi”. “¡Qué dolor! No hay desdicha mayor para mí, que la flor que perdí era signo de amor. Búsquela, y, si al cabo la ve, démela”. “Buscaré, mas no sé si sabré cuál será”. “Lo sabrá, porque al ver la color de la flor pensará, ¿seré yo el clavel carmesí que la dama perdió?” Otro monólogo precioso es el de la malvada Magdalena en el reencuentro con Don Mendo: “¿Has visto cómo la flor, cuando despunta la aurora, abre sus pétalos tiernos buscando luz en las sobras? Pues así mi boca busca el aliento de tu boca… ¿Has visto cómo los ríos buscan el mar con anhelo para darle cuanto llevan porque el mar es su deseo? Pues así mis labios buscan los suspiros de tu pecho… ¿Has visto cómo la luna busca, en el bosque frondoso, un lago de linfa clara donde mirarse a su antojo? Pues así mis ojos buscan el espejo de tus ojos”.

 

“La sirena varada”, de Alejandro Casona.

Ricardo, un excéntrico, despreocupado y joven millonario, se ha retirado, junto a su criado Pedrote, a una apartada casa en la que sueña fundar una república en la que no existan imposibles, donde sean bienvenidas todas las personas que no se hallen atadas por los lazos de la cordura. A su proyecto se ha sumado un pintor, que se ha vendado los ojos para inventar colores nuevos; y un “fantasma” (que venía incluido en la casa.). La llegada de una supuesta sirena, que entra trepando por la ventana, y de Florín, médico y tío de Ricardo, pondrán en balanza todas las fantasías del lugar y harán un análisis con respecto a la posibilidad de renunciar al mundo y vivir de las fantasías. Un entrañable diálogo es el que tienen Ricardo y la Sirena: “Cuando yo vuelva al mar, iremos juntos. ¿No me quieres tú? Pues juntos. Es otra vida aquella, más azul y mejor que la del monte. Ya verás. ¿No vendrás conmigo?” “No sé”. “¿No tienes fe en mí?” “Sí”. “Entonces, vendrás. ¿No habías de venir? El fondo del mar es como el monte, Dick; igual que el monte, con el cielo más bajo. ¡Verás qué felices somos allá! Tendremos una casita en lo más hondo, con tiestos en las ventanas y un palomar de delfines. Y las noches claras saldremos a ver los barcos que pasan por arriba moliendo, con la hélice, las estrellas. ¿No vendrías, Ricardo?”. 

 

“Muerte accidental de un anarquista”, de Darío Fo

La obra teatral comienza con un curioso prólogo que nos explica que los sucesos que vamos a ver sobre el escenario están basados en sucesos reales. Estos sucesos tuvieron lugar en la ciudad de Nueva York. Un anarquista, en medio de un interrogatorio policial, cayó misteriosamente por la ventana. El casi fue archivado como un accidente, aunque todo indica lo contrario. La obra traslada los mismos sucesos a la ciudad de Milán de los años 70 (en que fue escrita la obra) Un loco, con problemas de histriomanía (no puede dejar de interpretar diversos personajes) se hace pasar por un importante juez y, engañando a todo el cuerpo de policía, reabre el caso de la muerte “accidental” de aquel anarquista. La comedia de Fo, muchas veces hija del teatro del absurdo, nos revelará una muy profunda sensibilidad social, haciendo punzantes comentarios hacia la injusticia y el muchas veces absurdo proceder de la ley.

 

Tomás Marín

 

 

 

 

 

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Cinco obras de teatro que deben ser leídas (VII)

“Hipólito”, de Eurípides.

La maquiavélica diosa Cipris (Afrodita), al no ser idolatrada ni celebrada en su vanidad por el joven Hipólito, se ensaña contra éste y articula su desgracia a través de Fedra, su madrastra, quien se obsesiona, perdidamente, con él. Tras un error de la enterada nodriza, Hipólito rechaza a Fedra, quien, por temor a ser humillada, decide ahorcarse no sin antes dejar una misteriosa tablilla en la que acusa a Hipólito de querer deshonrarla. Teseo, padre de Hipólito, cegado, descarga toda su ira contra su hijo, desencadenando la satisfacción de Cipris y arribando a una reflexiva conclusión. Con cuidada y estética poesía, rúbrica del antiguo teatro griego, se destaca el lamento en antístrofa de Teseo, quien, delante del cuerpo de Fedra, exclama: “Bajo la tierra, bajo la tiniebla, quiero habitar, en la sombra, muerto, desgraciado de mí, privado de tu compañía muy querida pues has matado más de lo que te has aniquilado”. También es digno de señalar las últimas palabras del corifeo, quien afirma: “Común este duelo a todos los ciudadanos ha venido, sin esperarlo. Será un batir de lágrimas abundantes, pues el recuerdo de quienes son grandes merece lutos inextinguibles”.

 

“El sí de las niñas”, de Leandro Fernández de Moratín.

Una de las piezas más aclamadas y celebradas en la historia del teatro español. El bueno de Don Diego, hombre rico de 58 años, espera ansioso su casamiento con Francisca, una joven moza de sólo 16. La desigual unión ha sido posible mediante la intervención de Doña Irene, la ambiciosa madre de Francisca. Una de las mayores preocupaciones de Don Diego es que su “Paquita” no lo ame genuinamente, situación que posee un gran fundamento, pues Francisca está enamorada de Don Carlos, el joven sobrino del maduro pretendiente. La gran reflexión en torno a la libertad de elección en el amor (mucho más vulnerada en 1806, año en el que se escribió se resume en el pequeño monólogo de Don Carlos, quien, conmovido, exclama: “Todo se permite, menos la sinceridad. Con tal que no digan lo que sienten, con tal que finjan aborrecer lo que más desean, con tal que se presten a pronunciar, cuando se lo manden, un sí perjuro, sacrílego, origen de tantos escándalos, ya están bien criadas, y se llama excelente educación la que inspira en ellas el temor, la astucia y el silencio de un esclavo”.

 

Los pintores no tienen recuerdos, de Darío Fo.

Una de las primeras comedias de Darío Fo, premio Nobel de Literatura. Un “pintor” y su jefe son contratados por una obsesiva viuda con el fin de acomodar unas piezas de tapicería (aunque ellos sin tapiceros propiamente). Un accidente, sumado a diálogos realmente hilarantes, desencadenan la confusión y la comedia  en esta audaz farsa para clown. Un trío de chicas misteriosas, imantadas a una estatua de cera que yace sentada en el sofá de la sala, discuten sobre su lugar en la residencia. La agilidad para el planteamiento del humor inteligente juega como rúbrica a favor de una trama corta que asegurará la risa sana. Un ejemplo radica en uno de los primeros diálogos entre el Pintor y la Viuda: “Claro, ustedes saben más de estas cosas. Comprenda que soy una mujer”. “¡Ja, ja , ja! Ya me había dado cuenta… por el collar”. “Por cierto… el presupuesto… cuánto me van a cobrar por dos cortinas… verá, soy una pobre viuda y no dispongo de mucho…”. “¿Es viuda?”. “Sí…”. “Yo también”. “¿También es viuda?”. “…No… yo soy viudo”. “Ya… ay, qué malo es quedarse solo… usted me comprende, verdad… espero que me haga un buen precio…”. “Sí, pero del precio tiene que hablar con mi jefe”. “¿También es viudo?”. “No, él no…”. “¡Lástima!”. “Pero su mujer sí…”. “¿Su mujer?…¿Pero cuándo ha muerto? Hace poco estaba aquí y no me parecía…”. “No… su mujer es viuda, pero del primer marido…”.

 

“No hay ladrón que por bien no venga”, de Darío Fo.

Un ladrón, con todo el sigilo que le es posible al amparo de la noche, entra a robar en una majestuosa y señorial casa que se encuentra solitaria, actúa como todo un profesional. Su esposa, que no cesa de demandarle cariño y atención, lo llama, por teléfono, constantemente a su lugar de “trabajo”. El dueño del lugar, junto a una misteriosa mujer, entra a su hogar cuando el ladrón aún no ha salido, todos actúan como inquietos perseguidos. Un sinfín de malentendidos, hilarantes y convergentes, se acumulan a medida que más y más personajes van entrando en escena; se desvela que todos los seres humanos son menos inocentes de lo que se aprecia a simple vista. El epítome de la pieza se resume en las palabras del dueño de la casa, quien, al igual que casi todos los presentes, al verse sorprendido, alega: “Los malentendidos no se explican…, si no, ¿qué clase de malentendidos son?”

 

“El hombre deshabitado”, de Rafael Alberti.

Un hombre subterráneo, desesperado y triste, es sacado de las profundidades y dotado con cinco sentidos que fungen como balcones para explorar el mundo y sus infinitas posibilidades, no puede estar más sorprendido y agradecido. Una hermosa mujer, recién despertada, será su acompañante en el nuevo trayecto, ambos residirán en un edén doméstico junto al mar (elemento recurrente en las obras de Alberti). La tentación, personificada en una muchacha vulnerable y pletórica de belleza, arriba por “accidente” al entorno, desembocando la caída generada por lo más bajo y mundano que envuelve el corazón de las personas. Esta obra teatral es un himno tanto al libre albedrío como un sutil guiño al pesimismo. Dos momentos son notoriamente sublimes y preciosos a lo largo de la trama. Uno de ellos es el monólogo del Vigilante Nocturno: “Ciudades, naciones enteras, se mueren rebosadas de hombres como tú: trajes huecos que no desean nada, movidos tan sólo por un aburrimiento sin rumbo. Mira. ¿Ves? Esa esquina van a doblarla hombres y mujeres sin vida, muertos de pie, que andan a tropezones por todas las calles del universo. Humanidad hastiada, viviendas vacías, repintadas por fuera para disimular el abandono y obscuridad en que viven por dentro… Aquello afirman que es una mujer. Y que es joven y que además es guapa. Pero yo te digo que es sólo el molde hueco de una careta del albayalde…Un muchacho, un adolescente, dicen que es aquello que ahora va a doblar la esquina. Y yo te juro que es solo una chaqueta, un traje ciego, sin camino”. El otro es la advertencia de la Tentación: “No me voy. He llamado a tu casa para pasar la noche, o quizá toda la vida. Ya lo sabes: para pasar la noche o la vida entera. Y tendrás que matarme, que arrebatarme después de muerta hasta la playa. Y aún así no te verás libre de mi persona, de este cuerpo macizo que tú aún no conoces: el mar y el viento volverán a arrojarme contra los muros de tu alcoba, contra la misma cabecera de tu cama. Si me echas, te quedarás sin sueño, te lo juro. Muerta, continuaré presente en todos tus instantes”. 

 

Tomás Marín.

tomasmarind@hotmail.com

 

La tigresa y otras historias, la mentira creíble

Una de las labores más particulares que realizamos, sobre todo en una ciudad tan grande y cosmopolita como Madrid, los aficionados al teatro; es la de ir a la caza de buenas obras, ésas que se hallan esparcidas por ahí, cual si se tratase de valiosas gemas que esperan pacientemente la llegada oportuna de sus ansiosos admiradores.

El sábado 3 de octubre tuve la oportunidad de disfrutar en el centro cultural Casa de Vacas, ubicado en el parque del Retiro, una pequeña joya presentada a manera de monólogo, organizada por el programa “Madrid Activa”. Se trataba de “La tigresa y otras historias”, pieza compuesta por la distinguida pluma (ganadora del premio Nobel) del dramaturgo italiano (que aún tenemos la dicha de ver en vida) Darío Fo.

Muchos de los artistas italianos, sobre todo en los campos del cine y el teatro, nos han tenido acostumbrados a unas pizcas de humor inteligente que siempre adoban sus creaciones. Esa herencia legendaria de Pirandello con sus personajes en búsqueda de autor, o Fellini con su danza/epílogo, siempre otorga una valía a cualquier manifestación cultural proveniente de la llamada “bota europea”.

Comenzada la función, pudimos ver a Julián Ortega, carismático actor, salir ataviado en sencillísimas vestiduras hacia un escenario que albergaba como único elemento, además del intérprete, una botella plástica llena hasta la mitad con agua a temperatura ambiente.

Aclaradas, por el mismo actor, un par de acotaciones históricas fundamentales para la mejor comprensión del monólogo; éste dio rienda suelta a una magistral palabrería que danzaba al ritmo de un histrionismo que arrancaba risas y aplausos que, por instantes, obligaban a la pausa de una historia que, con audaz comicidad, mezcla, cual si se tratase de una versión de la fábula “El pastor y el lobo”, dosis de fantasía y realidad servidas a manera de que el mismo observador pueda discernir acerca de lo que decida tomar como veraz en un relato que raya los límites del teatro del absurdo.

Julián Ortega, cual si se tratase de un hechicero presumiendo una labor de taumaturgia, fue ensanchándose, en medio de sudor y talento, sobre unas tablas en las que, mediante la imaginación que estimulaba, se iban decorando con ríos, con cuevas, con montañas y con soldados que huían despavoridos, víctimas de picarescas triquiñuelas dignas de Fuenteovejuna.

Finalizado el primer relato, se dio pie a una irreverente interpretación de un supuesto evangelio apócrifo que narraba las peripecias de un Jesús niño que, víctima de la xenofobia, hace lo imposible (literalmente) con el fin de buscar amigos para jugar durante las calurosas tardes.

Madrid es un tesoro indiscutible de piezas dramatúrgicas, un baldaquín decorado por piedras preciosas teatrales a las que, solamente, hay que ir a buscar.

 

T.M.

@erpinufitu

 

Fotografía: Niemeyer Center