Estampa literaria de Caracas Nº 3

Eduardo bebe en un bar de mala muerte. Realmente es un bar de mala muerte. Es uno de esos bares que quedan por los Chaguaramos. Uno de esos bares que tienen vestigios de una Caracas más próspera que aún hace brillar ciertos rescoldos pero, al fin y al cabo, es un bar de mala muerte en una ciudad jodida. Eduardo es un escritor fracasado. No tiene muchos amigos. Es articulista en un periódico todo mediocre como Últimas Noticias o 2001. Ni siquiera reseña noticias importantes. Creo que habla de gente estúpida. De misses o algo así. Eduardo bebe licor malo en ese bar de mala muerte, en esa ciudad jodida.

Entra una mujer. Una mujer bella. Es una mujer que tiene cierto aire gitano. Tiene la piel un tanto obscura, pero no tiene pinta de barriotera. Podría pasar por rumana en cualquier lugar del mundo. La mujer está vestida de manera sencilla. No viste tampoco como una barriotera. Es realmente atractiva. Todo el bar está vacío, pero la mujer decide sentarse al lado de Eduardo. Eduardo casi que no la advierte en un principio. La mujer mira con cierto asco el licor malo que está tomando Eduardo. La mujer le regala una copa de vino. Pide otra para ella. Eduardo da las gracias. No sabe si entablar una conversación. Nunca ha sido carismático. Nunca ha sido atrevido. Por eso trabaja en un periódico mediocre, redactando noticias mediocres.

Entablan una conversación. No es una conversación muy relevante. “¿En qué trabajas?”, y cosas así. La vida de Eduardo es tan nula que podría contarse en menos de diez líneas. Pero la mujer parece interesada por él, al igual que él por ella. Él sueña con besarla. Allí mismo, si tuviese la oportunidad. Pero no se atreve. Nunca ha sido carismático. Nunca ha sido atrevido. Por eso trabaja en un periódico mediocre, redactando noticias mediocres. La mujer abre un bolso. Es un bolso negro que brilla a pesar de que se nota que es una imitación. Del bolso saca unos hombrecitos. Luego saca unas mujercitas. Son cuchísimos.

Los hombrecitos y las mujercitas caminan sobre la mesa en la que Eduardo y la mujer están sentados. La mesa está empegostada de cosas. Recuerden que es un bar de mala muerte. Pero los hombrecitos y las mujercitas no parecen prestarle a eso mucha atención. Los hombrecitos y las mujercitas quizás no se quieren, pero se respetan. Se aprecian. Todos trabajan. Ninguno molesta a los demás. Todos están concentrados en sus respectivos trabajos. No tienen tiempo para indagar en la vida de los demás. Un hombrecito viste de rojo, el otro viste de amarillo. Una mujercita viste de azul, la otra viste de blanco.

“Estas personitas se van a joder”, dice la mujer. Eduardo lanza un suspiro de impresión. Una de esas respiraciones entrecortadas por un comentario que no se espera. “¿Cómo se van a joder?”, pregunta. La mujer sonríe. “Vamos a joderlos. Es divertido”, dice. “Es imposible”, responde Eduardo. “Se ven todos coordinados y ocupados. No se van a dejar”, continúa. “Lo puedo hacer, pero no en este bar. Es peligroso”, dice ella. “¿Quieres venir comnigo?”, pregunta. Eduardo desconfía. Con ese truco han matado a miles de personas en una ciudad jodida como Caracas. Pero Eduardo no tiene mucho que perder. Por algo estaba solo en un bar de mala muerte. Eduardo se va con ella. Ella paga con una tarjeta. Se van hacia el carro de la mujer.

La mujer mira a la carretera, no hacia Eduardo. Han salido de Los Chaguaramos. Creo que maneja hacia Montalbán. Los edificios están apagados y tristes. Parte de Montalbán no tiene luz. La mujer fuma con una mano. Con la otra toma el volante. Maneja con cuidado. Todo el carro tiene aroma a cigarros de distintas marcas. Eduardo no dice nada. “¿Sabes cuánto me costaron?”, pregunta la mujer sin desviar la mirada del camino. Los hombrecitos y las mujercitas están dentro de su bolso. “¿Cuánto?”, pregunta Eduardo. “Los tuve que pagar en dólares”, dice la mujer. “No todo el mundo puede tener a estas personitas. Es peligroso”, concluye mientras arroja la colilla de su cigarro por la ventana. Eduardo siente un vacío en el pecho. Espera que, si lo matan, al menos no sufra.

Se sientan en el sofá de la casa de la mujer. Es una casa limpia, aunque un poco desordenada. Hay una sartén sin lavar aún en las rejillas de la cocina de gas. El apartamento es compacto, pero es cómodo. Tiene iluminación amarilla. Se escuchan, atravesando el balcón, los motores de los carros. El apartamento está en un piso alto. Hay una buena vista de Montalbán. De todas formas, no hay mucho que ver. Media Montalbán está sin luz. La mujer abre el bolso. Coloca a los hombrecitos y a las mujercitas sobre una mesa de vidrio que está frente al sofá. Sobre la mesa de vidrio está un portarretratos con la foto de un viejo. Eduardo no quiere preguntar, aunque siente curiosidad. Los hombrecitos y las mujercitas aún trabajan. Cada uno con su color. Cada uno respetando al otro.

La mujer saca del bolso una pequeña lavadora. La regala a uno de los hombrecitos. Al hombrecito que viste de rojo. El hombrecito cesa de trabajar. Mira, encantado, su lavadorita nueva. La lavadorita que ha recibido, aunque no la necesitaba. La mujer saca del bolso una pequeña nevera. La regala a una de las mujercitas. A la mujercita que viste de blanco. La mujercita cesa de trabajar. Mira, encantada, su neverita nueva. La neverita que ha recibido, aunque no la necesitaba.

“Ahora empieza la magia”, dice la mujer. Eduardo mira atentamente. La mujer arrebata al hombrecito su pequeña lavadora. Arrebata a la mujercita su pequeña nevera. Antes de hacerlo, se ha asegurado de que éstos han dado la espalda. Cuando las personitas se voltean, ya no tienen sus regalos. Preguntan qué sucedió. Se pueden comunicar con la mujer. También podrían hacerlo con Eduardo, pero Eduardo prefiere no decir nada, sólo mirar. El hombrecito y la mujercita, de rojo y de blanco respectivamente, miran con súplica a la mujer. Preguntan a dónde fueron sus regalos.

“La culpa es de ellos”, dice la mujer mientras señala al hombrecito de amarillo y a la mujercita de azul, quienes, concentrados en sus trabajos, no se han dado cuenta de nada. “Pero eso es mentira”, replica Eduardo. Tenía tiempo sin hablar. La mujer manda a callar a Eduardo. No quiere que arruine el juego. El hombrecito y la mujercita, que han perdido sus regalos, se sienten traicionados. Le creen a la mujer todas sus palabras. ¿Cómo puede mentir quien da regalos? Es absurdo.

El hombrecito y la mujercita, que han perdido sus regalos, no quieren trabajar más. Lo único que desean es recuperar sus regalos. Increpan al hombrecito y a la mujercita que trabajan. El hombrecito y la mujercita que trabajan, no entienden nada. Reciben una sarta de insultos y de preguntas que no entienden. Quieren seguir trabajando. El trabajo los hace felices. El trabajo los hace sentirse plenos. Pero el hombrecito y la mujercita que han perdido sus regalos, no dejan trabajar al hombrecito y a la mujercita que no entienden nada. No es justo. Ellos sólo quieren sus regalos de vuelta.

La mujer se ríe. Las personitas son realmente predecibles y divertidas. Tienen respuestas realmente ingeniosas. Tienen actitudes realmente curiosas. La mujer tiene la garganta seca. Eduardo también. La mujer le ofrece a Eduardo una bebida. “¿Tienes ron?”, pregunta Eduardo. “Tengo Cacique 500”, responde la mujer. La mujer se levanta. Sirve el ron en dos vasos. No les echa más nada. No vale la pena gastar en nada más cuando uno desea embriagarse. Da el ron a Eduardo. Se sienta de nuevo a su lado. Los dos contemplan a las personitas.

La mujer saca de su bolso armas en miniatura. Parecen esas armas que aparecían en los juegos de Sospecha (Clue). Las coloca sobre la mesa cuando las personitas no se dan cuenta. Las personitas se voltean y ven las armas. Se espantan. Nadie quiere tocarlas. Las personitas saben bien que las armas no son juguetes. Las personitas saben bien que las armas son cosas realmente peligrosas. Tienen miedo. El hombrecito y la mujercita que no entienden nada, regresan a sus trabajos. El hombrecito y la mujercita que han perdido sus regalos, contemplan las armas con curiosidad, aunque sin dejar de tener miedo.

El hombrecito y la mujercita que han perdido sus regalos, toman las armas. No cuestionan la palabra de la mujer. No piensan que ella pueda mentir. Nadie que dé regalos puede ser un mentiroso. Entonan cánticos que alaban a la mujer. Que alaban sus rasgos, sus palabras y su aspecto un poco gitano. Toman las armas. No dejan trabajar al hombrecito y a la mujercita, que son acusados de conspiradores. Los torturan. Los humillan. Los esclavizan. La mujer ríe. La risa de la mujer excita al hombrecito y a la mujercita que han perdido sus regalos.

La mesa se ha vuelto un caos. Ya nada está donde debería estar. Ya nada está en donde estuvo. Hay dos personitas armadas que convierten en un infierno la vida de las personitas desarmadas. De hecho, ya han matado al hombrecito, que murió sin comprender nada. La mujercita, que sigue sin comprender nada, en un descuido, huye de la mesa. No le es fácil huir de la mesa, pero puede hacerlo. Se refugia en la cocina. Se encarama, como puede, por el fregadero y se pierde entre el amarillo de la esponja para fregar.

El hombrecito y la mujercita que perdieron sus regalos, ahora solos, terminarán de matarse entre ellos, eventualmente. O morirán con un manotazo de Eduardo o de la mujer, lo que pase primero. Eduardo y la mujer ya han repetido varias veces los tragos de Cacique 500. Están mareados, pero están contentos. Ambos se hacen caricias. Ambos se suspiran al oído. Ambos se excitan el uno al otro. El hombrecito y la mujercita que han perdido sus regalos, y sus trabajos, y sus sentidos, los miran con curiosidad. Eduardo y la mujer se besan. Ellos disfrutan verlos besarse, aunque la mesa sea un desastre. ¿Cómo puede mentir quien da regalos? Es absurdo.

Tomás Marín

Relato inspirado en el texto “No hay camino al paraíso”, de Charles Bukowski.

 

 

Anuncios

Estampa literaria de Caracas Nº 2

Primitivo (les juro por Dios que se llama Primitivo) se coloca su uniforme. Le gusta el olor a ropa recién lavada. Aprecia más este olor desde que en Caracas se hizo tan difícil conseguir detergente. Le gusta su trabajo. No es el mejor trabajo del mundo, pero a él le gusta. Primitivo es el encargado de barrer las hojas del tramo número siete de la autopista de La Lagunita. No le gusta usar esas máquinas que son unos tubos que soplan. Piensa que son una mierda. Piensa que lo que hacen es desordenar toda la tierra, todas las hojas y toda la basura. Él es más del estilo clásico. Prefiere el rastrillo, la escoba y la pala. Si hace falta, recoge las hojas secas con sus propias manos. Para eso tiene guantes. Son las nueve de la mañana. Hace un sol delicioso. Sólo falta un tramo por recoger. Sólo queda retirar maleza de un barranco cercano a un parque. A uno de esos parques infantiles que tienen el logo de la alcaldía del Hatillo. A uno de esos parques infantiles que no usa nadie. Primitivo escarba. Encuentra el cadáver de un muchacho.

El cadáver no está ni fresco ni descompuesto. Primitivo, del asombro, se echa para atrás. No es un hombre particularmente de alma ni de corazón endurecidos. El cuerpo tiene una bala incrustada en el pecho. Tiene el tórax reventado. Primitivo intenta no verle la cara. La cara de un cuerpo inerte es la peor imagen que puede haber. No es como en las películas, ni siquiera como en los documentales. Sólo en vivo se puede apreciar el verdadero rostro de la muerte. Una mosca verde, de esas moscas asquerosas, se da vida alrededor de la herida. La herida está seca. La sangre es sólo una mancha coagulada.

Pedro Castañeda, director de la facultad de Teología de la Universidad Católica Andrés Bello, está tratando de cerrar una carpeta. Se siente un tonto. LLeva más de un minuto intentando cerrar la carpeta. Todo sería más fácil si no tuviese la otra mano ocupada. No quiere derramar su café ni quiere colocarlo en el suelo. Finalmente, logra cerrar la carpeta. Ya puede buscar, en el bolsillo de su sotana, las llaves de su carro. Hay poca gente en el estacionamiento de la universidad. Pasa un Spark amarillo. El Spark amarillo hace sonar la corneta con prudencia. Óscar y Mariana saludan, desde el Spark amarillo, a Pedro Castañeda. Pedro Castañeda devuelve el saludo. Pedro Castañeda los aprecia. Los dos son buenos estudiantes. Aprecia más a Mariana. Mariana es una muchacha inteligentísima. Sus exposiciones parecen películas. Siempre habla de cómo quiere irse del país. El Spark sale por la puerta de la universidad. “Hacen bonita pareja”, piensa Pedro Castañeda mientras coloca la carpeta en el asiento trasero de su carro, que se ha calentado por culpa del sol.

Oropencio González, oficial de la Policía Nacional Bolivariana, da el alto. La calle está trancada. De todas formas, el Spark amarillo no tendría hacia donde huir. Oporencio desenfunda su pistola de reglamento. Un compañero lo secunda. Ése tiene que ser el mismo Spark que se describió en la denuncia que hizo una vecina. El Spark amarillo se detiene. Ismael abre la puerta del piloto. Se baja. Se echa al suelo con las manos en la nuca. No opone resistencia de ningún tipo. Oropencio lo esposa. Para ser Policía Nacional Bolivariano, Oropencio es relativamente honesto. Oropencio sube a Ismael a la patrulla. Lo lleva a comisaría. “Ojalá haya recompensa”, piensa.

Ismael no miente. No sabe mentir. Piensa que, de saber mentir, su carrera como delincuente y como hampón, quizás, hubiese sido más exitosa. Responde a las preguntas con sinceridad. Colabora. Admite que él mató a Óscar. Tiene gran frialdad a la hora de decir sus palabras. Es como si sintiera una especie de orgullo. Ismael frunce el ceño cuando le preguntan por Mariana. “Yo maté al chamo, no a la chama. Lo juro por mi madre y por Dios”, dice Ismael mientras besa su pulgar y su índice, que anteriormente ha intersecado, para que formen una cruz.

Mariana está preciosa. Coloca la mano sobre la de Óscar cuando Óscar la tiene sobre la palanca de velocidad del Spark amarillo. Mariana se traga su rabia. La tiene mezclada con el amor que siente por Óscar. Mariana quiere irse del país. Mariana quiere disfrutar lo que le queda de juventud. Mariana quiere disfrutar del lujo de no morir asesinada. Óscar siempre le ha puesto todos los peros del mundo. Como él tiene un buen trabajo asegurado, gracias al papá, pretende que ella se sacrifique. “¿No quieres mantener la relación?”, siempre concluye Óscar cuando se ve acorralado por los argumentos de Mariana  y por su deseo de largarse. Ismael ve a Mariana. La ve a través del vidrio del copiloto del Spark amarillo, que no es ahumado. Ismael se prenda de Mariana. Es la muchacha más espectacular que ha visto en su vida. Tiene el cabello castaño claro. Tiene las cejas delgadas. Tiene la piel del color de la piña colada. Qué diferencia con las mujeres grotescas de Casalta. Todas parecen unas bachaqueras. Ismael no se va a quedar tranquilo. Tiene que ir detrás de ella. ¿Qué importa Óscar?

Ismael se ríe en algunas partes de la declaración. No tiene problema en declararse culpable. Sabe que, en la cárcel, no le harán nada. Quizás no lo sabe, pero lo espera. Él sabe defenderse. Siempre ha sabido defenderse. Vuelve a reír. Su risa es un poco escabrosa. Da algo de miedo. “Lo que me da risa es que me vayan a meter preso precisamente ustedes, la Policía Nacional Bolivariana. La Policía Nacional Bolivariana no es más que un grupo de asesinos de mierda. ¿Es que no matan estudiantes y niños en cada protesta que hay?”, protesta Ismael. Una secretaria toma la declaración. La secretaria tiene las uñas largas. La secretaria escribe “Asesinos” con c. Ése es el nivel de profesionales que hay en el país.

Ismael se acerca al Spark amarillo. Se vale de que habla bien. Por razones de la vida, el papá de Ismael era un hombre medianamente culto. Incluso, tenía un programa de radio en una de las emisoras de Fe y Alegría, en donde hablaba de ciertos libros. Ismael no habla como un malandro. Sabe pronunciar las eles y las erres. Ismael va directo al grano. Dice que tiene joyas, que las vende a buen precio porque quiere irse para Chile. Dice que esas joyas se pueden vender en dólares, pero él se conforma con bolívares. Dice que tiene un contacto en el Banco Central que vende dólares preferentes. Eso ya atrapa la atención de Mariana. Puede ser una posibilidad para irse del país, aunque suene descabellada y tonta. No se puede descartar nada. Sabe que las joyas pueden ser robadas. Pero no importa. Todo es válido en la carrera por escapar del socialismo del Siglo XXI. Incluso a Óscar le interesa la oferta. Nada más cotizado que los dólares. Ismael dice que las joyas están cerca. Están escondidas cerca de un parque por La Lagunita. No por nada malo, sino para evitar que se las roben.

A veces, Óscar y Mariana dudan. Están siguiendo a Ismael, quien trota por delante de ellos. Es que ni siquiera está mal vestido. El parque queda bastante cerca. Las joyas están bastante cerca, según Ismael. “Marico, arranca. De pana no sé. Es como demasiado bueno para ser cierto”, dice Mariana. “Al primer movimiento raro que vea, piro con todo”, contesta Óscar. Ismael sigue trotando por delante de ellos. Saluda a algunos carros que pasan. Algunos carros le contestan el saludo. Esto tranquiliza sobre todo a Mariana. ¿Cómo puede ser malo un hombre al que algunos carros saludan amablemente?

El Spark amarillo tiene que orillarse. No puede avanzar más. No puede adentrarse dentro del parque. Óscar coloca las luces intermitentes y se baja. “Es por allá”, dice Ismael mientras señala con su dedo un rincón del parque. Es un rincón apartado, realmente apartado. “No te pido que me las compres de una. Pero, al menos, dales una oportunidad”, completa, con una voz segura. “Si quieres, yo me quedo aquí”, dice Mariana. “Me da paja que venga un PoliHatillo y remolque el carro. Mejor me quedo aquí y, si tengo que mover el carro, lo muevo”, propone. A Óscar y a Ismael les parece una buena idea. De todas formas, sólo serán unos minutos. Mariana, sin bajarse del carro, se pasa del puesto del copiloto al puesto del piloto. Óscar, a través de la ventana, se despide de ella con un beso. Ismael y Óscar se dirigen hacia el punto convenido.

“No te preocupes, panita. Tienes derecho a tener miedo. Pero te juro que soy una persona seria. Lo único que quiero es irme de esta mierda. Estoy harto de la delincuencia, de la escasez y de todo”, dice Ismael. Óscar se tranquiliza. “Ya te traigo las joyas”, dice Ismael. “Es sólo para que las veas y me digas si te gustan. Incluso, podemos ir a una joyería para que veas que son de verdad. Yo no tengo por qué engañarte”, asegura. Óscar da la espalda. Ismael lanza el primer ataque. Óscar, de alguna manera, lo veía venir. Se defiende. Desde el Spark amarillo no se ve nada. Mariana está sentada en el asiento del piloto viendo a los carros pasar. Ismael, al fin y al cabo, es un delincuente profesional. Inmoviliza a Óscar. Lo amarra con una cuerda que ya tenía preparada. La trampa parecía demasiado estúpida, pero siempre hay un estúpido que cae. Le tapa la boca con un trapo. Le pega en la cara. Lo deja allí.

Ismael regresa a donde Mariana. Acomoda su semblante para que parezca preocupado. “Chamita, ven. No sé qué le pasó a tu novio, pero tiene algo. Ven para que lo ayudes”. Mariana le cree, aunque no quiere creerle. Piensa en encender el carro, acelerar y mandar todo a la mierda. Pero lo piensa mejor. Se baja del carro. Igual vendrá a echarle una ojeada de vez en cuando, para que no lo remolquen. No cree que sea tan grave lo de Óscar. La expresión de Ismael es de preocupación, no de tragedia. Mariana camina al lado de Ismael hacia donde está Óscar. Óscar no puede pedir ayuda. Tiene la boca tapada por un trapo, como en las películas malas, como en los relatos malos. Mariana actúa rápido. Ataca a Ismael. Tiene con qué. Pero Ismael sabe defenderse. No quiere el carro. No quiere dinero. La quiere a ella.

Mariana corre. El error de Ismael es no sacar el arma de fuego a tiempo. Mariana corre y sigue corriendo. Se le escapa. Sabe que el precio de su huida será la viudez del noviazgo, el tener una pareja asesinada por el hampa. Pero Mariana corre. No se detiene. ¿De qué sirve tener un novio vivo en un país de mierda como éste? ¿No es ése el mismo novio que no quiere irse? ¿No es ése el mismo novio al que no le interesa lo que le pase a ella porque él tiene un buen trabajo asegurado gracias al papá? ¡Que lo jodan! ¡Que lo maten! Si Ismael quiere quedarse con el Spark amarillo, que se lo quede. El carro, a fin de cuentas, no es de ella. Ella sólo quiero irse de ahí. Ella sólo quiere comprar en un mercado lo que le dé la gana. Ella sólo quiere tener un trabajo que sirva para algo. Ella sólo quiere hacer un posgrado. Ella sólo quiere disfrutar lo que le queda de juventud. Ella sólo quiere disfrutar del lujo de no morir asesinada. Mariana corre. Mariana corre. Mariana corre.

 

Tomás Marín

Relato inspirado en el texto “En el bosque”, de Ryunosuke Akutagawa.

 

 

 

A la deriva

Andrea siente el disparo. Pensaba que una bala dolería más. Le dan por la espalda, como suelen hacer los cobardes, los hijos de puta. Andrea, naturalmente, no puede verse la espalda. Pero se palpa con la mano. Hay sangre. El pistolero ha huido con su parrillero a bordo de la Jaguar. Desaparece en medio de la noche tardía que se cierne sobre la mal iluminada carretera de El Marqués. Andrea está segura de que se ha salvado. No tiene problemas en la respiración.

Andrea se queda con la mirada fija en la Jaguar que huyó. Ahora es sólo una pequeña lucecita roja en medio de la negrura. El motor ahora se siente como el ronroneo de un gato mínimo. “Coño de la madre, coño de la madre, mierda, mierda, mierda”, exclama Andrea. Tiene miedo de que la moto regrese. De que quien ejecutó el disparo, y su acompañante, regresen a dar un tiro de gracia. Aún ve la lucecita roja. Parece una luciérnaga de fuego. Se niega a desaparecer.

Andrea trata de utilizar el retrovisor para verse la espalda. Lo puede hacer, pero torpemente. Nadie más pasa. Ningún vehículo. Ningún peatón. El hueco de la espalda está hecho con precisión. Pareciera que hubiese sido hecho a mano por una especie de artesano. Andrea hace presión con los dedos. Sale sangre. Parece sangre negra. Brota con un chorro tímido pero abundante. Andrea acelera. Intenta perseguir a la luz roja. Siente que no tiene nada que perder. Piensa ir a toda velocidad y arrollar a sus agresores.

Andrea corre. Vuela. La aguja que marca la velocidad de su Corolla azul indica 160. Quiere perseguir a la luz roja según lo que la carretera le permita. Los edificios pasan a su lado como espejismos. Andrea no obedece las luces rojas de los semáforos de la avenida. De todas formas, a esa hora, no las obedece nadie. La única luz roja que Andrea persigue es la de la moto. Cada vez la tiene más cerca. Los motorizados no notan que Andrea se acerca. Ellos la subestiman. Andrea es valiente y loca. Pisa el acelerador. Los arrolla. Los tumba de la moto. Da la vuelta torpemente en “u”. Huye de la escena del crimen. No del crimen en el que ella fue víctima. Del otro crimen. Del de la justicia.

Andrea se orilla. No siente mucho. Aún no ha salido del estado de shock. Del doble shock. Del shock del disparo y del shock del arrollamiento. La calle parece desierta. Caracas está muerta. Abre la guantera. Saca un trapito. Es un trapito no muy limpio, pero es el único que hay. Andrea se lo pasa por la herida. El trapito se enrojece. Andrea detalla el trapito. Lo moja con un poco de agua de una botellita que tiene en el carro. Lo vuelve a pasar por la herida. El trapito se enrojece de nuevo.

La herida duele. Comienza a doler más. Puede ser que el shock ha pasado. Puede ser que la adrenalina ha bajado. Duele, y duele mucho. Comienza como un dolor exclusivo al punto de la herida. Pero va corriendo por la espalda. Baja por la cintura. La altura de la herida es peligrosa. Andrea piensa que le pudieron haber dado en un pulmón. En un órgano importante. Cada vez duele más. Cada vez se expande más. Cada vez el epicentro deja de ser la herida y comienza a ser otros lugares.

Andrea se deja el trapito en la herida. Apoya la espalda al asiento del carro, deja el trapito entre la espalda y el asiento. Espera que el trapito pueda absorber la mayor cantidad de rojo posible. No quiere seguir sacando jugo de la herida. No quiere desangrarse. Aprieta el acelerador. No quiere ir a un hospital. Quiere ir a casa. No piensa que pueda ser para tanto. Intenta ubicarse mediante los carteles verdes que indican las direcciones en Caracas. Todos están descascados. Acelera.

El dolor aumenta. Aumenta cuando Andrea pisa el acelerador. Aumenta cuando Andrea deja de pisar el acelerador. Aumenta cuando Andrea pisa el freno. Aumenta cuando Andrea deja de pisar el freno. Cada vez son más fuertes las puntadas. Con cada latido del corazón de Andrea, acelerado por la situación, el torrente le duele, como si fuese una puñalada, como si fuesen dos puñaladas, como si fuesen mil puñaladas. El dolor llega a los hombros. Aumenta cuando Andrea gira a la derecha. Aumenta cuando Andrea gira a la izquierda.

“Coño de la madre. Coño de la madre. Coño de la madre”, repite Andrea, en voz baja, en loop. Tiene sed. Andrea tiene mucha sed. Intenta beber algo de la botella de agua. La misma botella de agua con la que limpia el trapito rojo, que ahora ha rebasado su capacidad y chorrea sobre el asiento. No queda agua. Toda la ha gastado en limpiar la maldita herida. Andrea tiene sed. Intenta acumular saliva para tragarla. Es inútil. Siente como si tuviese la saliva seca.

Andrea sigue manejando. Llega a la casa. No se molesta en apagar el carro. No se molesta en orillarlo. Lo deja en medio de la carretera. Total, es una urbanización que, aunque no es cerrada, es de poca confluencia. El asiento está empapado. Andrea se baja. Deja las llaves ahí. Si quieren llevarse el carro, que se lo lleven. Andrea tiene las llaves de la casa. Las deja caer. Las recoge. Ve al diablo cuando se agacha y vuelve a subir. Tiene las llaves en sus manos. Abre la puerta. La casa está sola. Andrea se echa sobre el sofá. No le importa mancharlo.

La herida parece que se ha agrandado. Al igual que el dolor. Ya no siente la herida. Ahora siente todo un dolor que va corriendo por su torrente. Que sigue clavándole puñaladas con cada latido de su corazón. Puñaladas mas dolorosas de lo que fue, en un primer momento, el disparo. La herida se abre. Se abre con la tensión de la piel de Andrea. Pareciera que no hubiese suficiente hilo en el mundo para cerrarla. Una aureola roja va formándose alrededor de la herida.

T.M.

Relato inspirado en Horacio Quiroga.

“El Bebé”

Me iba desmayando cuando el profesor anunció que parte de la tarea consistía en subir cerros. ¿Qué voy a andar buscando yo por allá, que no sea que me peguen un tiro? Pero no podía quejarme. Al fin y al cabo, era parte de la carrera. No podía dejar que mis buenas notas y mi excelente desempeño se vieran empañados por no querer hacer la asignatura. Además, me acompañaría el resto del grupo. Se me había ocurrido hasta pagarle a alguien para que subiese por nosotras, pero era una idea estúpida y mediocre. Había que aceptar las consecuencias.

Era parte de una electiva. Una electiva de la que me arrepentí, en ese momento, de haber elegido. Trataba sobre voluntariado y esas cosas. La tarea consistía en ir a uno de los barrios que estaban en la lista del profesor (que tenían conexión con algunos programas de Fe y Alegría) y, durante cuatro semanas, dictar unos talleres de escritura y matemáticas básicas. La parte de dar clases sí me atraía un poco. Era algo que se me daba bien. Además, solía, durante algunas tardes, ayudar a mis compañeros con algunas cosas que no entendían. Tutorías.

José Andrés, uno de los que formaba parte de nuestro grupo de trabajo, sugirió que eligiésemos el barrio El 70. Creo que argumentó que la peluquera de no sé cuál de sus tías vivía en El 70, o algo así. El resto dijimos que sí. Creo que nos daba un poco igual el 70 que el 12, el 20 o el 84. Para nosotros, todos los barrios son iguales. Son como una gran marea gigantesca y deforme de ranchos y de gente extraña que se pasa la vida echando tiros, tomando anís Cartujo y haciendo vainas raras relacionadas a la brujería.

Ya habíamos asignado las materias y los métodos que daría cada uno. Había que presentar a la universidad un proyecto serio y bien argumentado. No era que íbamos a subir a explicar cualquier mamarrachada. Hicimos unos cuantos ajustes, pero el profesor nos aprobó todo. Al fin y al cabo, estábamos representando a la Católica. A mí me tocaba explicar matemáticas. No era tan buena con los números como lo soy para las ideas, la sintaxis y las letras, pero, de todas formas, era matemática básica de primaria.

José Andrés me vino a buscar en su carro. Yo me había vestido de manera sencilla. Tenía una cola de caballo que me quedaba cuchi. Unos jeans sencillos y una chemise (esto era obligatorio) con el logo bordado de la universidad. José Andrés tenía la dirección en el GPS. Con el resto del grupo, nos encontraríamos allá, directamente en el barrio. El barrio El 70 queda por El Valle. Ésa era una zona desconocida para nosotros. Si acaso, habíamos pasado alguna vez, pero, sin duda, no era una zona que frecuentásemos.

Desde las mismas aproximaciones, ya todo me daba como mala espina. Odio que me miren raro, y allí todo el mundo nos miraba como si fuésemos extraterrestres. Yo apartaba la mirada un rato como por pena y vergüenza, pero, en lo que la volvía a subir, allí estaba todo el mundo mirándonos con ojos fijos. Nadie decía nada. Una señora morena con el cabello blanco se balanceaba sobre una mecedora. Una muchacha como con tres embarazos al mismo tiempo revendía abiertamente medicinas para la tensión.

José Andrés no sabía donde estacionar. Habíamos dado como tres vueltas. El resto del grupo había ido en taxi. Yo no sé por qué entre José Andrés y yo no pagamos un taxi. Era algo de él. Era como que prefería tener el carro allí cerca, como por si hacía falta salir corriendo en caso de alguna emergencia. Un señor arrugado, encorvado, manco, tuerto y con la piel repleta de escaras, se acercó a Juan Andrés por la ventana del piloto. Decía que era uno de esos “bien cuidaítos”. Yo no quise opinar. Al fin y al cabo, el carro no era mío. Si le robaban el carro a José Andrés, mi trabajo como amiga se limitaría a decirle “verga, qué chimbo, marico”.

Decidimos confiar en el hombre. Al fin y al cabo, José Andrés tenía las llaves. Eso no es sinónimo de seguridad ni de nada. En Caracas, un ladrón, con tal de robar, sabría hacer rodar hasta un ladrillo. Pero era como un consuelo un tanto estúpido que teníamos. De todas formas, decidimos no pensar en eso más. Nos detuvimos a comer una empanada y una malta que vendía una señora dentro de una bodega. Era sábado en la mañana y no habíamos desayunado.

Comenzamos a subir escaleras. La vaina parecía interminable. La gente, desde las ventanas (o los huecos ésos que hacen de ventanas entre los bloques que conforman los ranchos), nos seguía viendo como si fuésemos extraterrestres. Me ladillaba demasiado. Ya nuestros compañeros de grupo estaban arriba. No nos comunicábamos con ellos porque a José Andrés le daba miedo sacar el teléfono. De todas formas, José Andrés era imbécil. Se había llevado su teléfono caro, sólo por lo del GPS. Yo hubiese preferido anotar todo bien y no llevar un teléfono tan tentador como aquél. Yo llevaba un Nokia viejísimo, que había sido de mi hermana mayor hacía años y que todavía funcionaba. De todas formas, ya no quedaban muchos escalones.

Por fin llegamos arriba. Yo me sentía como si hubiese escalado el Everest, un Everest tercermundista y que olía mal. Pero estaba satisfecha de poder hacer algo. De poder intentar ser útil para la gente. De poder cumplir con la materia. Nos recibió uno de los representantes de Fe y Alegría. Esa gente es muy de pinga, porque hace una labor loable (aunque no sé si lo hacen más para evangelizar que para educar), pero hablan de Fe y Alegría como si fuese un parque de diversiones. Ponen un acento un poco al estilo de los Valentinos que me medio saca la piedra. Pero daba igual.

El saloncito era paupérrimo, pero tenía una pizarrita cuchi, de ésas que funcionan con tizas. Los niños eran un amor. Habían unos que eran insoportables, pero la mayoría, de pana, tenía como un no sé qué que engancha, como unas ganas de aprender y de echarle bolas para salir de la miseria mental y monetaria. Uno de ellos hasta se puso a llorar cuando una resta le salió mal, pero él mismo la resolvió. Era un chamito inteligente, se llamaba Yonanderson. A veces, siento que la gente en los barrios escoge los nombres metiendo sílabas al azar dentro de una tómbola.

Saliendo de una de las clases, yo estaba feliz. Los niños, en conjunto, me habían hecho un collage de colores que tenía mi nombre. El collage, objetivamente, era una puta mierda, pero estaba hecho con muchísimo esfuerzo. Y esos gestos se agradecen. Habían aprendido bastante. Ya estábamos por la fase de las multiplicaciones. Cuando guardaba el collage en mi archivador (donde seguramente reposaría hasta el fin de los días), se me acercó un chamo que de pana me hacía temblar. Tenía la mirada como apagada y era flaquísimo. Además, andaba medio en harapos, pero era la mirada lo que más me inquietaba. Pensé que iba a atracar ahí mismo, pero no creí que alguien pudiese ser tan cara de tabla.

“Muy buenos días, ¿usted es la señorita Helena?”, me dijo. Me sorprendí por su educación. Obviamente, pensaba que me iba a salir con una de esas jergas raras que usan en los barrios, al estilo de “qué lo que fue, menol”. Le respondí que sí. “Yo soy el emisario del “Bebé””, me dijo. Yo me quedé un rato en silencio. No sabía qué decir. Él se me quedó viendo con esa mirada apagada que me inquietaba tanto. Creo que estaba esperando a que yo respondiese. Me pareció raro, desde un momento, que una persona como ésa utilizase la palabra “emisario”, pero quizás eran prejuicios míos.

“El “Bebé” quiere verte”, continuó, al ver que yo no terminaba de reaccionar. “¿Y quién es ése?”, pregunté yo, apostando a la suerte, esperando que el muchacho de la mirada apagada se fuese o, al menos, cambiase el tema. “El “Bebé” es el que manda aquí”, me respondió. “Es el pran del barrio”, completó. Yo no sabía qué decir. El corazón se me aceleró y sentí que se me abría un agujero negro en medio del pecho. Miré a mis compañeros. Ellos estaban distraídos hablando, a pocos metros de mí, con los guías de Fe y Alegría. El muchacho de la mirada apagada no cesaba de increparme con sus ojos sin brillo, esperando a que yo dijese algo.

“Tengo que consultarlo con mis compañeros. No sé si tengo permiso de ver a personas ajenas a este proyecto”, fue la respuesta más salomónica que pude encontrar. No sé si el muchacho de los ojos apagados notó que la voz se me quebraba un poco por el miedo. Quizás lo hizo, pero decidió hacerse el loco. No dijo nada. Yo me acerqué hacia mis compañeros. Él me siguió. Le pedí, muy amablemente, que me dejara hablar un momento a solas con mis compañeros. Él accedió y se alejó un poco, pero no dejaba de verme, como si fuese un centinela.

“Mierda”, dijo uno de los de Fe y Alegría. Era la primera vez que le escuchaba decir una grosería a uno de ellos. Su léxico, generalmente, era el de un libro de preescolar escrito por un subnormal. Yo estaba casi hiperventilando. José Andrés sugirió llamar a la universidad. Era una de esas ideas inútiles que la gente lanza por lanzar. Nadie conocía en persona al “Bebé”, pero sí conocían sus hazañas. Cada cierto tiempo, las páginas de sucesos de algunos periódicos de alto y bajo alcance narraban sus peripecias. Más de cuarenta muertos llevaban su firma.

“Podemos ir todos”, sugirió uno de los de Fe y Alegría. Me pareció una idea no fantástica, pero, por lo menos, la más sensata de todas las que habían propuesto. Al menos, no me sentiría tan sola. Al menos, sería más difícil que nos hiciesen algo a todos juntos. Era un consuelo estúpido cuando se trata de ver a alguien que ha asesinado a más de cuarenta personas, muchas de ellas decapitadas y arrojadas al riachuelo, pero no teníamos otra. ¿Por qué me querría ver el pran del barrio? Maldita sea la hora en la que se fijó en mí. Y yo procuré no llamar la atención. No vestir con ropa atractiva. No es mi culpa ser bonita.

Le dije al muchacho de ojos apagados que habíamos acordado ir todos. Que era supuesta regla de la Universidad Católica que los miembros del grupo no se separasen. “Es que él me dio la orden de verte sólo a ti”, me dijo, como intentando proferir no una disculpa, sino una orden que estaba, evidentemente, por encima de él. Yo insistí en mi posición de ir con el grupo. De repente, el muchacho de ojos apagados comenzó a hablarme en su idioma verdadero, creo que comenzaba a perder un poco la paciencia, pero sin alzar la voz. “De aquí no se puede ir nadie hasta que el “Bebé” te vea”, me dijo. “Y sólo a ti”, reiteró. “El coño de mi grandísima madre”, me dije para mis adentros.

Él me escoltó durante el camino. Era un camino largo y lleno de tierra. Ya la gente no se asomaba más por las ventanas. Era como si, ante el paso del emisario del “Bebé”, todos se ocultaran, como si la mera sombra del pran del barrio obligara a todos a mirar hacia otro lado, a evitar problemas y balas. El muchacho de ojos apagados no me decía nada. Cuando lo vi de espaldas, pude ver que estaba armado, bien armado, pero decidí no hacer preguntas. Quería ponerme a llorar. Pensé en salir corriendo, pero sabía que mi insolencia podía ser castigada con mi cabeza rodando por el famoso riachuelo.

El “Bebé” vivía en una especie de rancho-casa. Era una vivienda que destacaba sobre todas las demás del barrio. Tenía como otros escoltas relativamente parecidos al muchacho de ojos apagados. Todos armados con armas largas. Me sentía en zona de guerra. En mi cabeza, estaba casi despidiéndome de mi mamá. El emisario dijo una especie de contraseña para entrar. Así se maneja esa gente. Así de sofisticadas son las mafias que operan en el país. Más organizadas que el mismo gobierno que las oxigena y les da vida.

El “Bebé” estaba sentado en un mueble de Ratán. Para ser el capo de una mafia, vivía en una casucha lamentable. Era un gordo moreno con el pelo corto y con una camiseta blanca y manchada. Sus paredes estaban decoradas con armas. Su casa era diáfana y tenía hasta un ventilador que colgaba del techo. El “Bebé” se levantó del mueble de Ratán y se acercó a mí, con dos besos en las mejillas. No sé si son fantasías de ver “El Padrino” y los mafiosos en Venezuela se están sofisticando, pero nadie nunca en mi país me había saludado con dos besos. Le ordenó al muchacho de los ojos apagados que saliese. Yo me sentía muerta. Y violada.

“¿Estás asustada?”, me preguntó alzando la mirada y rascándose la entrepierna. Nunca supe si el acto de rascarse la entrepierna era falta de modales o una especie de ritual antes de violarme y matarme. Le respondí que sí. No tenía otra. Sentía que, en una circunstancia así, no vale la pena mentir. Él rió. Me pidió que me tranquilizara. Me ofreció algo para beber. Le dije que no. Me pidió que me sentase. Yo me senté por no dejar. Al menos, si me iban a matar, era mejor tener unos últimos minutos cómodos.

“¿Conoces a Yonanderson?”, me preguntó mientras sorbía un vaso con cerveza. “Sí. Es uno de mis alumnos”, le respondí. “¿Y qué te parece?”, me preguntó. “Es un chamito inteligente. Ya ha aprendido a restar”, le respondí. “¿Tú sabes quién es él?”, me preguntó. “No. No lo sé”, respondí intentando que no se notara que temblaba. “Es mi hijo. Sólo te llamé para darte las gracias por todo lo que estás haciendo por él. Yo no quiero que él siga mis pasos, que se pudra en esta mielda (sic)”, me respondió con la mirada fija en mí.

Creo que no hablamos más de unos cinco minutos. Al momento de despedirse, me volvió a dar dos besos en la mejilla y, tomándome de los hombros con sus dos manos gruesas, me dijo “gracias”. El emisario, el muchacho de ojos apagados, entró de nuevo. Me escoltó hacia donde estaban mis compañeros, quienes se mordían las uñas durante los quince o veinte minutos de mi ausencia. “¡Considérate afortunada! No todos pueden hablar con el “Bebé””, fue lo último que me dijo el emisario antes de bajar por el barranco y desaparecer.

Pocos días después, el “Bebé” fue abatido en uno de los operativos de la OLP, en donde los mafiosos sanguinarios del gobierno abaten a los mafiosos sanguinarios de los barrios. Una vulgar guerra de mafias, al fin y al cabo. A Yonanderson pareció no importarle mucho. Creo que, en los barrios, todo el mundo está habituado a la muerte. Él siguió siendo uno de mis alumnitos más aplicados. Supo rápidamente multiplicar y dividir. Confío en que pude haberlo ayudado a que enrumbe el camino. A que tenga una vida más placentera y más feliz que las que llevan aquéllos encargados de administrar la pólvora en su propia comunidad.

 

T.M.

Facebook.com/LaCantarida

Fotografía: El Estímulo

 

 

 

 

7mo “C” (o cómo pedir ayuda al dios de los malandros)

Yo vi, re reojo, a uno de los motorizados persignarse antes de acercarse a mí. Yo no sé a qué dios se encomiendan los malandros antes de ir al ataque, pero sé que ese dios los ayuda, definitivamente los ayuda. Yo había ido a pie a terminar de cerrar el trato con el doctor Gutiérrez. Craso error. Por querer ahorrarme la molestia de utilizar el carro para un trayecto que sólo era de cuatro cuadras, me expuse como un idiota a la selva citadina. Debí preverlo. Un hombre con camisa manga larga, pantalones recién planchados, corbata bien amarrada y peinado de raya al lado, es una presa fácil. Es como si llevara un cartel en el pecho que dijese: “Se solicita ser víctima del hampa”.

Eran tres, o creo que eran tres. Al menos, no dieron el golpe sin avisar. Entablaron un poco de conversación antes de sacar las armas. No sé si lo hacen para medir mejor a la víctima o para causar miedo. Creo que el miedo los hace sentir más poderosos. A mí sólo me habían atracado un par de veces, sin muchos traumas. Actos de trámite. Me mostraban el cañón, yo daba mis pertenencias, buenas tardes, siga su camino, que yo volveré al mío. Pero nunca me habían robado de noche. Era lo que más me daba terror. Estaba en no sé cuál lugar de la Lagunita y, al haberme quitado todo, perdí hasta el papel con el número de la calle. Todos los locales, a esa hora, estaban cerrados. Fue, en parte, mi culpa. ¿A quién se le ocurre cerrar un negocio casi a la media noche? Asuntos de oficina deberían tratarse y saldarse siempre en horarios de oficina.

No sabía si llamar un taxi con mi mano en medio de la calle. Me habían quitado, entre todas las cosas de valor, la corbata, el cinturón y los zapatos. Me habían propinado unos buenos golpes, creo que por mi cara de asustado, de ejecutivo y de imbécil. No había podido ver mi reflejo aún en ningún lado, pero estaba casi seguro que tenía un ojo (al menos) morado, o negro. Algunos de los golpes fueron secos, aunque, por fortuna, fueron con los puños cerrados y no con las cachas de las pistolas. Pero, de todas formas, dolía bastante. Estaba ya despeinado, parecía un loco. Dudo que un taxista me recibiera como pasajero, agregando a eso que tenía que otorgarme el voto de confianza cuando le dijese que le pagaría al llegar a mi casa, porque, evidentemente, no tenía dinero en ese momento.

Me sentía demasiado fuera de lugar caminando solo por la acera. No pasaba ningún carro, ningún peatón. Ya ni siquiera los jóvenes que solían ir de rumba por las discotecas de La Trinidad o del Hatillo y que pululaban borrachos por ahí, salían de sus casas. Cada vez el toque de queda era más un toque de queda. Mi mayor miedo era que remataran. O que los mismos que me habían atracado regresaran a darme un tiro de gracia por incrementar su colección de asesinados, o que otro malandro (o grupo de malandros) quisiera robarme de nuevo y, al yo explicarle que ya alguien lo había hecho, tomara mi testimonio por mentira y castigara mi insolencia con un par de disparos en la frente. Yo no quería amanecer boca abajo en una cuneta, fotografiado por algún joven de lentes para ocupar un lugar de alguna página media de un periódico de mierda como el 2001.

No se me ocurrió otra cosa que ir hacia la puerta de algún edificio al azar y tocar, también al azar, algún número del intercomunicador. En principio podría parecer algo estúpido, pero no tenía nada que perder. Me conformaría, de todas formas, con que alguien me facilitara un teléfono para llamar y pedir ayuda. De todas formas, por más lastimero que me encontrase, no tenía pinta de delincuente. Aunque cómo lo iban a saber si estaba llamando por un intercomunicador. Quizás se tratara de hablar lo más elegante posible, para despejar todo indicio de duda. Pero igual era ingenuo pensar que alguien, en una ciudad como Caracas, podría abrirle la puerta a un desconocido a las doce de la noche.

Apreté el botón de un Tercero “B”, creo. No me contesté nadie. Tuve miedo de llamar de nuevo. Mientras más veces llamara, más desesperada parecería mi situación y más podría levantar sospechas sin ser un criminal. Intenté con un Quinto “A”. Tampoco hubo respuesta. De algún modo, me sentía un poco más seguro frente al tablero del intercomunicador que en medio de la calle. Cualquier persona podría venir a atracarme de nuevo, pero sentía que, al menos, un malandro podría sentirse más intimidado de disparar en la puerta de un edificio que en medio de la carretera. Cuando uno siente miedo, busca el consuelo en cualquier tontería.

“¿Aló?” Contestó alguien en un séptimo “C”. Era una voz un tanto chillona. Expliqué, sin dar muchas vueltas, la situación que me tenía allí. “¿Y qué puedo hacer yo, señor?”, contestó la vocecilla. Mi mente estaba dividida en dos. Por un lado, comprendía que una persona, en dichas circunstancias, diera largas y excusas. En cierto modo, ya era un logro que me hubiese contestado el intercomunicador. Por otro lado, maldecía a la mujer. No quise sonar desesperado. Si imploraba mucho, podría causar mala impresión y levantar sospechas. Pero, de algún modo, hice esfuerzo en reiterar que, realmente, necesitaba ayuda (lo cual no era ninguna mentira). “Bueno. Espere un momento. Déjeme preguntarle a la señora”. La mujer, que al decir “la señora”, se delató como una señora de servicio, dejó el auricular descolgado (o el micrófono abierto, no lo sé). Podía escuchar los pasos y las voces que, lejanas a pesar de estar, obviamente, dentro del mismo apartamento, sonaban como murmullos. “¿Qué es lo que necesita usted?”, contestó otra voz, más seria, más aristocrática. Expliqué, nuevamente, mi situación. Sentía que la señora, al ser más cercana a mi mundo, podría comprender un poco mejor mi situación. “Espérese dos minutos, que en un momento bajo”. Fueron las mejores palabras que pude escuchar. En cierto modo, me sentía a salvo.

La señora bajó con un tipo de bata que ocultaba un vestido un tanto elegante, pero de cóctel. Al verme, creyó inmediatamente mi historia. “Pero si te dejaron ese ojo morado, muchacho”. Mis sentidos no me engañaron. Por alguna razón, como si el hablar en persona hiciera los relatos más verídicos, me pidió, nuevamente, explicación de lo que me había sucedido. Sus ojos se conmovían con cada una de mis palabras. Eran unos ojos claros, muy bonitos. Al terminar mi relato, me invitó a subir. Yo, pretendiendo no abusar de la confianza, le confirmé que no hacía falta, que lo único que necesitaba era un teléfono para pedir ayuda, que alguien podría venirme a buscar. Ella insistió. Subimos por el ascensor, un Otis con los botones plateados. Me llevó hasta el séptimo piso. La puerta estaba entreabierta. Tenía una guirnalda de Navidad, a pesar de que ya estábamos en marzo. O era muy perezosa, o era muy olvidadiza, o era muy fanática de la época decembrina, de modo que, desde marzo, ya iba colgando los ornamentos y los preparativos.

La casa era preciosa, elegante. Tenía pisos de madera, adornos de vidrio y muebles con manteles de punto crochet en donde había cuencos transparentes con frutas de madera pulida. La mesa estaba servida para dos, pero no había nadie ocupándola. Pero la comida estaba allí. Los cubiertos estaban ordenados y envueltos en servilletas de tela naranja. Asumí, por un momento, que la señora iría a comer con la señora de servicio. ¿Pero a esa hora? ¿No era excesivo tanta parafernalia? ¿Por fin, en Caracas, las señoras y las señoras de servicio comen en la misma mesa? De todas formas, no era prudente hacer preguntas. De todos modos, el irme cuestionando esas cosas aliviaba un poco el susto del atraco, que aún hacía latir a mi corazón un poco más rápido que de costumbre.

“¿Quieres bañarte?”, me preguntó. Yo no sabía qué responder. No me vendría mal un baño luego de ser arrastrado por el suelo, golpeado y haber tenido un susto de proporciones descomunales. Pero me daba pena decir que sí. Jamás me ha gustado sentirme como un abusador, más en una casa de gente desconocida. “No hay problema con lo de la ropa. Aún tengo la ropa de mi esposo, que era más o menos de tu talla”. Sentía que ella era capaz de leer mis pensamientos. Era como si sus palabras fueran acordes a los pensamientos que yo tenía en la cabeza. “Bueno. Si no es molestia para usted…” contesté intentando ser lo más diplomático posible. “No hay problema”, me dijo ella con mucha amabilidad.

Hizo que la señora de servicio buscara jabón, champú y una toalla. Tomando en cuenta que el jabón escasea, el valor del favor que me era ofrecido se apreció considerablemente. Me metí en la ducha. El agua salía con fuerza y calor. Era de esas regaderas que, activadas con bombas hidráulicas de potencia, te masajean la espalda mientras te limpian. No pretendía, de todas formas, quedarme allí mucho tiempo. El agua es un bien escaso, más en Caracas. Tardé unos diez minutos en bañarme. Me vi en el espejo empañado, al que le había pasado el torso de mi mano para conseguir una imagen más nítida y clara. El moretón era grande, pero supe que no dejaría secuelas.

Me vestí con las ropas del fulano esposo. La señora, presumo, era viuda o divorciada. Supongo que viuda. Una divorcida (creo yo) no conserva fotos junto a su marido esquiando en los alpes suizos. Efectivamente. la ropa me quedaba perfecta. Era una camisa manga larga amarilla y unos pantalones grises de vestir. “No tengas apuro. Ya me los devolverás algún día. Así podremos vernos de nuevo y podrás invitarme a un café o a un almuerzo”, me dijo sonriendo. “Y hablando de comer, ¿ya cenaste?”. En realidad sí había cenado, pero, por alguna razón, los nervios me provocaban un poco de hambre. De todas formas, me daba miedo contestar. No quería quitarle, a la señora de servicio, su puesto en la extraña mesa dispuesta para una cena después de las doce de la noche.

“Ven, cena conmigo”. Me dijo, afirmando mi teoría de que ella era capaz, en cierto modo, de leer mis pensamientos. “Había invitado a comer a un socio de mi esposo, pero me dejó plantada. Y no me gusta botar la comida. Ya sabes que hay mucha escasez. Así, además, me puedes acompañar y podemos hablar un rato antes de que te vayas”. Yo estaba encantado. La comida sobre la mesa se veía apetitosa y suculenta. Había ensalada, paté, pan, frutas, dulces y una polenta un tanto sifrina y fancy. Nos sentamos. Las sillas tenían cojines que parecían de terciopelo azul. Los cubiertos eran de plata impecable. Parecían espejos. La señora de servicio, sonriéndome, aunque sin hablar, nos sirvió. Comenzamos a comer. “¿Mayerling, ¿nos puedes poner algo de musiquita?”, le dijo la señora a la señora de servicio. “¿Te molestaría?, desde pequeña me ha encantado comer con música”, me preguntó. Le contesté que no había problema. Era su casa. Yo no era más que un invitado que, una hora antes, había sido víctima del hampa.

La comida, efectivamente, estaba deliciosa. Si no fuera porque la señora se veía y era elegante y decente, hubiese pensado que se trataba de un secuestro perpetrado al mejor estilo de la historia de Hansel y Gretel. Intuí, de alguna manera, que era una señora solitaria. Alguien que te reciba en su casa, te ofrezca su ducha, su ropa, su comida y su música es un caso rarísimo en un país en donde todo es desconfianza. Es como si ella se jugara cualquier carta. A lo mejor, si un Wilkerson, un Yonaikelson o un Yofreiyen hubiesen tocado el intercomunicador con un léxico y un acento de barrio bajo, ella hubiese abierto sus puertas igualmente.

Sentía que ella me daba evasivas cada vez que yo le pedía el teléfono para llamar. Eso me hacía levantar ciertas leves sospechas. Pero ella cambiaba de tema con un encanto tan camuflado, que yo tardaba minutos en volver a pensar en que, quizás, mi familia estaría ya preocupada por mí, que mi teléfono, ya en posesión de los delincuentes, tendría decenas de llamadas perdidas. “Eres un joven guapo”, me espetó de repente. Yo no sabía qué decir. Yo era casi cuarentón. Ella tendría unos cincuenta y largos, pero se conservaba espléndidamente. Se notaba que se cuidaba, que hacía ejercicio y que bebía bastante agua.

Una cosa llevó a la otra. Ella era muy directa. Quizás su desesperación, su soledad la hacía ser directa. Me explicó claramente sus intenciones y yo accedí. ¿Cómo podía decirle que no a alguien que me había tratado tan bien, que me había salvado, que me había rescatado? Ella disponía de todo. Tenía todo preparado. Supongo que el azar me colocó en el papel del socio del marido de la señora que, por dejarla plantada, no supo de lo que se perdió. Al fin pude llamar. Me vinieron a buscar. La señora se despidió de mí con mucha discreción y encanto. No me dejó su teléfono, su correo o un medio de contacto. No sé si fue por falta de tiempo o porque, sencillamente, no quiso. No me atreví, de todos modos, a visitarla de nuevo.

Cuando mis amigos, mis familiares y mis compañeros del trabajo me pedían narrar la historia, me reservé para mí las partes que a nadie más que a mí interesan. Sé que sacar “fortuna” de un asalto o de cualquier ataque por parte de la delincuencia es mediocre y conformista, pero, a pesar de todo, mi noche no terminó tan mal. No sé si el mismo dios que ayuda a los delincuentes me estiró una mano para ser un poco ecuánime y pagar menos impuestos al hacer actos benéficos. Le pediría que los que me pegaron y robaron sufrieran castigo, pero ya sería soñar demasiado.

 

T.M.

Facebook/LaCantarida

Relato inspirado en la Novela segunda de la Jornada segunda de la obra “El Decamerón”, de Giovanni Boccaccio.

 

 

 

 

 

Abatido alias “El Cuélebre”.

Estuve orgullosa, toda mi vida, de las tradiciones europeas que mi familia me inculcó desde que era pequeña, me encantaba cómo todo aquello, tan cercano y tan lejano a la vez, se mezclaba con Caracas, con Venezuela y con su matiz cultural. Me sentaba, casi todos los fines de semana, a escuchar a mi abuela relatar historias fantásticas de Ribadesella, el pueblito del que ella era oriunda. Memorizaba, con la emoción de un niño que, en pleno mundial, rellena un álbum Panini, cada personaje, cada lugar, cada paisaje.

Jugaba con mis hermanos, en el parque infantil de La Lagunita, a ser personajes de la mitología asturiana, güestias, xanas, serenas, etc. Corría, sobre la grama, utilizando mis “poderes” y persiguiéndolos a ellos, que contrarrestaban con los suyos. Me embarcaba, muchas veces, en largas discusiones que buscaban resolver quién sería El Cuélebre, el personaje más cotizado, el más brutal, el más fuerte, una serpiente alada que, prácticamente, era invencible. Estallaba de felicidad (esa felicidad estúpida que tienen los niños ante la obtención de cualquier capricho) cuando me era asignado ese privilegio en la lúdica representación.

Gleyber, el hijo de la señora Matilda (que ayudaba limpiando y cocinando en casa de mi abuela), a veces se unía a nosotros porque a mi abuela le daba lástima que se quedase sentado, durante horas, en la casa sin hacer nada mientras su mamá trabajaba. Gleyber se sabía adaptar. Era un chico respetuoso. Representaba, además, como nadie el papel de Cuélebre. Tenía mucha imaginación, tamaño (era dos años mayor que yo) y carisma, tanto así que, cuando él venía a compartir, decidíamos ser otros personajes para dejarle a él el principal.

Como el tiempo fue pasando y la crisis fue creciendo, la señora Matilda no pudo trabajar más en la casa. Intentó, mediante súplicas, llantos y relatos sobre supuestos hijos y nietos con “patas chuecas” y embarazos precoces, obtener un aumento y/o conservar el empleo; fue inútil. Comprendió, sin embargo, que el chavismo se expandía y que el poder adquisitivo se iba debilitando progresivamente para todos. Se despidió con lágrimas en los ojos y con el ofrecimiento de estar pendiente y disponible por si alguna vez la volvían a llamar.

Mi abuela, como es ley en esta vida extraña, se fue deteriorando (al igual que el país) poco a poco. Le costaba, cada vez más, echarnos aquellos cuentos que nos seguían imantando con su encantamiento pero que ya nos aburrían por sabérnoslos de memoria y haber llenado nuestras existencias con inquietudes adolescentes como el alcohol o el sexo. Naufragaba ocasionalmente en las lagunas negras y malditas del Alzheimer. Empeoró al punto de no poder hablar. Murió, en la paz de su lecho, una mañana de miércoles bajo la cruz de la victoria que adornaba su cabecera y que le había regalado un soldado amigo que combatió en la guerra civil.

Mi mamá, un día en el que yo regresaba de la universidad, me dijo que en la casa había estado la señora Matilda, canosa, pero simpática como siempre. Se preocupó, tenía mucho tiempo sin verla y sin saber de ella. Se horrorizó al hablarme de Gleyber, aquel muchacho que jugaba con nosotros se había convertido en un “mala conducta” gracias a la pobreza, a las juntas indeseables y a la facilidad que hay en nuestra ciudad y en nuestro país para conseguir armas blancas o de fuego. Se persignó. Le pidió a Dios que ayudara al nuevo delincuente, que lo orientara hacia los caminos de la rectificación.

Hace poco más de una semana, caminaba, luego de mi café matutino antes de ir al trabajo, por el kiosco de La Lagunita en el que compro, con regularidad, yesqueros y Marlboros. Me llamó la atención un titular del diario “2001”: “Abatido alias “El Cuélebre” por Polisucre”. Adquirí un ejemplar. Lo coloqué bajo mi brazo. Lo llevé a mi oficina para leerlo con calma, no todos los días se ven nombres de la mitología asturiana en periódicos caraqueños. Me senté. Lo abrí. “Gleyber Yoan Espinoza Montero, alias “El Cuélebre” fue abatido por funcionarios de la policía municipal de Sucre luego de un intento de robo a una unidad de taxi”.

Es una mezcla extraña de sensaciones el saber que un muchachito, con el que uno jugaba de pequeña, veinte años después aún se acordara de nuestro personaje favorito de andadas y tardes infantiles en el columpio, en el césped y en los toboganes; tanto como para inspirarlo en la búsqueda de un nombre con el que sembrar terror en sus víctimas y huir de la policía. Gleyber: sé que El Cuélebresegún la mitología y nuestros acuerdos, es un ser maligno y destructor al que no le importa hacer daño con tal de satisfacer sus deseos, pero no había que tomárselo tan literal, coño.

Patricia Arboleya.