Ministerio del Poder Popular para la Casualidad. Capítulo I.

(Noche en Caracas. Hace bastante frío. Kleyberson espera. Tiene un suéter gris. Se frota las manos. Entra Ramonel. Ramonel luce ansioso. Tiene una camiseta sin mangas. Ambos son jóvenes, casi adolescentes.)

RAMONEL: ¿Estamos a tiempo?

KLEYBERSON: Sí. No es tan tarde.

RAMONEL: (Tras dar un breve vistazo a Kleyerson.) ¿Cómo lo sabes? No llevas reloj.

KLEYBERSON: Lo sé por la luna.

RAMONEL: ¿Por la luna?

KLEYBERSON: (Apunta, con su dedo, hacia la luna. Ramonel mira hacia la luna también.) Sí. Ella se va moviendo y va indicando la hora. Eso se aprende con la experiencia.

RAMONEL: ¿Llevas mucho tiempo en esto?

KLEYBERSON: (Orgulloso.) El suficiente. (Tras observar, detenidamente, a Ramonel.) ¿Cómo puedes vestirte así con este frío?

RAMONEL: La adrenalina me mantiene caliente.

KLEYBERSON: Se te pueden entumecer las manos y los dedos.

RAMONEL: (Observa sus manos. Habla con displicencia.) No. No creo.

KLEYBERSON: ¿Estudiaste?

RAMONEL: Hasta sexto grado. Luego me di cuenta de que eso no es para mí.

KLEYBERSON: Idiota. Me refiero a si estudiaste a la chama.

RAMONEL: Sí. (Saca, de su bolsillo, un papel. Lo muestra a Kleyberson.) Aquí está. Natascha Fangio.

KLEYBERSON: (Viendo el papel.) Da un pelo de lástima, ¿verdad?

RAMONEL: ¿Qué?

KLEYBERSON: Es linda y todo.

RAMONEL: Y que lo digas.

KLEYBERSON: Pero órdenes son órdenes.

RAMONEL: (Guardando, de nuevo, el papel en el bolsillo.) Hablando de papeles, ¿cómo distribuiremos los nuestros?

KLEYBERSON: (Extrañado.) ¿Cómo que cómo los distribuiremos?

RAMONEL: ¿Quién disparará?

KLEYBERSON: (Amenazador.) ¿Cómo me vas a preguntar eso a estas alturas? Te lo he dicho mil veces. Yo sólo conduzco.

RAMONEL: (Sumiso.) De acuerdo. No te pongas así.

KLEYBERSON: ¿Tienes experiencia?

RAMONEL: ¿Asesinando?

KLEYBERSON: Sí.

RAMONEL: (Le cuesta admitir.) No. (Tras un silencio. Queriendo mostrar temple.) ¡Pero me han dicho que no es difícil!

KLEYBERSON: (Molesto.) Dios santo. ¿Cómo pudieron contratar a alguien como tú? Porque son órdenes de arriba. Si no, no trabajaría con alguien tan inútil.

RAMONEL: Tú me dices inútil ahora. Pero ya verás. Algún día seré como los grandes criminales del barrio.

KLEYBERSON: No me hagas reír.

RAMONEL: Seré una leyenda como ellos.

KLEYBERSON: ¿Sabes por qué ellos se convirtieron en leyendas?

RAMONEL: ¿Por qué?

KLEYBERSON: Precisamente porque no querían ser como nadie. Eran ellos mismos y ya. No les importaba nada. Ni siquiera morir.

RAMONEL: Es cierto. Ahora que lo dices, todos murieron jóvenes.

KLEYBERSON: ¿Te acuerdas de “Bala fría”? ¡El pistolero más caliente de la historia! Treinta y cinco homicidios en su haber, incluidos bebés y abuelitas. Eso por no mencionar a “Jaguar sin mancha”, quien pintaba el piso con ríos de tripas.

RAMONEL: Ya verás. Algún día, en este mismo lugar, venerarán mi nombre. Y yo me habré ido como los grandes, acribillado y abatido por las fuerzas especiales de la policía.

KLEYBERSON: Ya veremos qué tal te va. ¿Tienes todo listo?

RAMONEL: Milimétricamente listo. Será fácil y rápido. Estoy ansioso.

KLEYBERSON: ¿Seguro? Mira que la ansiedad siempre provoca que se nos olviden cosas. Lo sé por experiencia.

RAMONEL: No me subestimes.

(Entra Rosa, la madre de Ramonel. Es una señora de aspecto humilde, con un vestido blanco estampado de flores desteñidas.)

ROSA: ¡Hijo!

RAMONEL: (Avergonzado.) ¡Mamá! ¿Qué haces aquí?

KLEYBERSON: Hola, señora Rosa.

ROSA: Estaba revisando las gavetas de tu cuarto y encontré esto. (Muestra un arma de fuego. Se genera, durante unos segundos, un silencio tenso que es roto por la misma Rosa.) Es el arma que te compré por Navidad.

RAMONEL: (Se palpa, preocupado, los bolsillos.) ¡Pensé que la tenía conmigo!

KLEYBERSON: (Burlón. A Ramonel.) ¿No y que milimétricamente listo?

ROSA: (A Kleyberson.) Y así quiere éste ser como las leyendas del barrio.

KLEYBERSON: ¡Qué idiota!

(Rosa y Kleyberson ríen. Ramonel, avergonzado, toma el arma y la guarda.)

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Caracas: La Ópera (Primera Parte)

Canto I

(Tomás, el poeta (Poeta, Ja,ja,ja,ja,ja.), camina por las calles de Caracas.)

Tomás:

No sé si ya habrán notado
lo triste que está Caracas.
Pareciera que, en sus calles,
sólo corre la desgracia.

Da la impresión de que un tifón
arrasó sin dejar nada.
Sólo hay miedo, zozobra
y frustración en las caras.

Da pena el Parque del Este.
Se está incenciando el Ávila.
Nadie puede comprar pan
porque nadie tiene plata.

Mira ésos que se esconden
del plomo y de las granadas.
Nadie quiere ser número
de estadísticas del hampa.

(Aparece Wilker, el delincuente. Está armado y apunta a Tomás.)

Wilker:

Alto ahí, menor, quieto.
Es Wilker el que te asalta.
Soy el pran indiscutible
de una conocida banda.

La gente me tiene miedo,
tanto a mí como a mis armas.
Soy malandro entre malandros.
Soy el peor, el más rata.

Si te me pones, “popy”,
te pegaré con mi cacha.
Si me opones resistencia,
te mataré con mis balas.

Dame pronto el celular,
la cartera y las alhajas.
No juegues con mi paciencia,
que mi paciencia es escasa.

Tomás:

Lo siento, amigo Wilker.
A mala víctima atracas.
Hace poco me asaltaron
y me dejaron sin nada.

Wilker:

Que conste que te lo advertí.
Que Dios se lleve tu alma.
Te meteré tres disparos
por llevarme la contraria.

Canto II

(El ancla del Noticiero da sus noticias.)

Ancla del noticiero:

Son las once de la noche.
Éste es el noticiero.
Hablaremos, como siempre,
de tragedias y sucesos.

El hampa mató, este día,
a cientos de caraqueños.
En el Guaire y Parque Caiza
aparecieron los cuerpos.

A unos les metieron tiros
en la cabeza y el cuello.
A otros les dispararon
en la espalda y en el pecho.

Se apilan los cadáveres
en morgues y cementerios.
Se apilan los espíritus
frente a las puertas del cielo.

Nadie sabe, a ciencia cierta,
cómo acabará esto.
Unos dicen que, en un año,
Caracas será un desierto.

Pero no hay que sentir temor,
ni rabia, tristeza o miedo.
Recuerden que, el tiempo de Dios,
alguien dijo que es perfecto.

Pero Dios sí que ha tardado.
¿Será que Dios es lento?
Mejor no toco este tema,
por no faltar el respeto.

El gobierno asegura
que la culpa es del imperio.
La oposición asegura
que la culpa es del gobierno.

Pero ellos, mientras tanto,
pactando siempre en secreto.
Engrosando sus bolsillos
con corrupción y dinero.

Dándose la gran vida
en países europeos.
Disfrutando de sus putas
y su champán de Burdeos.

Canto III

(Tomás aparece en los infiernos.)

Tomás:

¿Qué lugar será éste?
¡Qué atmósfera tan obscura!
Todo está lleno de llamas,
de olor a azufre y de grutas.

Hay luces fosforescentes,
como las que hay en las rumbas.
Hay más grados centígrados
que los que hay en el Zulia.

Allá, al fondo, se ven almas
que se matan en disputas.
Que se dan puñetazos
y se clavan las uñas.

Los dos ojos se me abren.
Las dos manos me sudan.
¡Juro que este espectáculo
no lo había visto nunca!

(Aparece Billo Frómeta. Músico.)

Billo:

Normal que te sientas así,
estas visiones asustan.
Crepitares y demonios
dan los gritos que aquí arrullan.

Tomás:

¿No eres tú Billo Frómeta,
maestro de la música?
¿El qué compuso merengues
y alguna que otra cumbia?

Billo:

El mismo que dices, soy.
Dominicano de cuna
que fue a Caracas huyendo
de una feroz dictadura.

Y amé tanto a Caracas,
que ella siempre fue mi musa.
A ella dedico las notas
de todas mis partituras.

Duele verla destrozada,
duele verla tan sucia.
Sucursal de un cielo magro
donde los muertos abundan.

Pero sígueme, Tomás.
Seré el guía que te alumbra.
Te orientaré en los senderos
de esta intricada ruta.

Estampa literaria de Caracas Nº 3

Eduardo bebe en un bar de mala muerte. Realmente es un bar de mala muerte. Es uno de esos bares que quedan por los Chaguaramos. Uno de esos bares que tienen vestigios de una Caracas más próspera que aún hace brillar ciertos rescoldos pero, al fin y al cabo, es un bar de mala muerte en una ciudad jodida. Eduardo es un escritor fracasado. No tiene muchos amigos. Es articulista en un periódico todo mediocre como Últimas Noticias o 2001. Ni siquiera reseña noticias importantes. Creo que habla de gente estúpida. De misses o algo así. Eduardo bebe licor malo en ese bar de mala muerte, en esa ciudad jodida.

Entra una mujer. Una mujer bella. Es una mujer que tiene cierto aire gitano. Tiene la piel un tanto obscura, pero no tiene pinta de barriotera. Podría pasar por rumana en cualquier lugar del mundo. La mujer está vestida de manera sencilla. No viste tampoco como una barriotera. Es realmente atractiva. Todo el bar está vacío, pero la mujer decide sentarse al lado de Eduardo. Eduardo casi que no la advierte en un principio. La mujer mira con cierto asco el licor malo que está tomando Eduardo. La mujer le regala una copa de vino. Pide otra para ella. Eduardo da las gracias. No sabe si entablar una conversación. Nunca ha sido carismático. Nunca ha sido atrevido. Por eso trabaja en un periódico mediocre, redactando noticias mediocres.

Entablan una conversación. No es una conversación muy relevante. “¿En qué trabajas?”, y cosas así. La vida de Eduardo es tan nula que podría contarse en menos de diez líneas. Pero la mujer parece interesada por él, al igual que él por ella. Él sueña con besarla. Allí mismo, si tuviese la oportunidad. Pero no se atreve. Nunca ha sido carismático. Nunca ha sido atrevido. Por eso trabaja en un periódico mediocre, redactando noticias mediocres. La mujer abre un bolso. Es un bolso negro que brilla a pesar de que se nota que es una imitación. Del bolso saca unos hombrecitos. Luego saca unas mujercitas. Son cuchísimos.

Los hombrecitos y las mujercitas caminan sobre la mesa en la que Eduardo y la mujer están sentados. La mesa está empegostada de cosas. Recuerden que es un bar de mala muerte. Pero los hombrecitos y las mujercitas no parecen prestarle a eso mucha atención. Los hombrecitos y las mujercitas quizás no se quieren, pero se respetan. Se aprecian. Todos trabajan. Ninguno molesta a los demás. Todos están concentrados en sus respectivos trabajos. No tienen tiempo para indagar en la vida de los demás. Un hombrecito viste de rojo, el otro viste de amarillo. Una mujercita viste de azul, la otra viste de blanco.

“Estas personitas se van a joder”, dice la mujer. Eduardo lanza un suspiro de impresión. Una de esas respiraciones entrecortadas por un comentario que no se espera. “¿Cómo se van a joder?”, pregunta. La mujer sonríe. “Vamos a joderlos. Es divertido”, dice. “Es imposible”, responde Eduardo. “Se ven todos coordinados y ocupados. No se van a dejar”, continúa. “Lo puedo hacer, pero no en este bar. Es peligroso”, dice ella. “¿Quieres venir comnigo?”, pregunta. Eduardo desconfía. Con ese truco han matado a miles de personas en una ciudad jodida como Caracas. Pero Eduardo no tiene mucho que perder. Por algo estaba solo en un bar de mala muerte. Eduardo se va con ella. Ella paga con una tarjeta. Se van hacia el carro de la mujer.

La mujer mira a la carretera, no hacia Eduardo. Han salido de Los Chaguaramos. Creo que maneja hacia Montalbán. Los edificios están apagados y tristes. Parte de Montalbán no tiene luz. La mujer fuma con una mano. Con la otra toma el volante. Maneja con cuidado. Todo el carro tiene aroma a cigarros de distintas marcas. Eduardo no dice nada. “¿Sabes cuánto me costaron?”, pregunta la mujer sin desviar la mirada del camino. Los hombrecitos y las mujercitas están dentro de su bolso. “¿Cuánto?”, pregunta Eduardo. “Los tuve que pagar en dólares”, dice la mujer. “No todo el mundo puede tener a estas personitas. Es peligroso”, concluye mientras arroja la colilla de su cigarro por la ventana. Eduardo siente un vacío en el pecho. Espera que, si lo matan, al menos no sufra.

Se sientan en el sofá de la casa de la mujer. Es una casa limpia, aunque un poco desordenada. Hay una sartén sin lavar aún en las rejillas de la cocina de gas. El apartamento es compacto, pero es cómodo. Tiene iluminación amarilla. Se escuchan, atravesando el balcón, los motores de los carros. El apartamento está en un piso alto. Hay una buena vista de Montalbán. De todas formas, no hay mucho que ver. Media Montalbán está sin luz. La mujer abre el bolso. Coloca a los hombrecitos y a las mujercitas sobre una mesa de vidrio que está frente al sofá. Sobre la mesa de vidrio está un portarretratos con la foto de un viejo. Eduardo no quiere preguntar, aunque siente curiosidad. Los hombrecitos y las mujercitas aún trabajan. Cada uno con su color. Cada uno respetando al otro.

La mujer saca del bolso una pequeña lavadora. La regala a uno de los hombrecitos. Al hombrecito que viste de rojo. El hombrecito cesa de trabajar. Mira, encantado, su lavadorita nueva. La lavadorita que ha recibido, aunque no la necesitaba. La mujer saca del bolso una pequeña nevera. La regala a una de las mujercitas. A la mujercita que viste de blanco. La mujercita cesa de trabajar. Mira, encantada, su neverita nueva. La neverita que ha recibido, aunque no la necesitaba.

“Ahora empieza la magia”, dice la mujer. Eduardo mira atentamente. La mujer arrebata al hombrecito su pequeña lavadora. Arrebata a la mujercita su pequeña nevera. Antes de hacerlo, se ha asegurado de que éstos han dado la espalda. Cuando las personitas se voltean, ya no tienen sus regalos. Preguntan qué sucedió. Se pueden comunicar con la mujer. También podrían hacerlo con Eduardo, pero Eduardo prefiere no decir nada, sólo mirar. El hombrecito y la mujercita, de rojo y de blanco respectivamente, miran con súplica a la mujer. Preguntan a dónde fueron sus regalos.

“La culpa es de ellos”, dice la mujer mientras señala al hombrecito de amarillo y a la mujercita de azul, quienes, concentrados en sus trabajos, no se han dado cuenta de nada. “Pero eso es mentira”, replica Eduardo. Tenía tiempo sin hablar. La mujer manda a callar a Eduardo. No quiere que arruine el juego. El hombrecito y la mujercita, que han perdido sus regalos, se sienten traicionados. Le creen a la mujer todas sus palabras. ¿Cómo puede mentir quien da regalos? Es absurdo.

El hombrecito y la mujercita, que han perdido sus regalos, no quieren trabajar más. Lo único que desean es recuperar sus regalos. Increpan al hombrecito y a la mujercita que trabajan. El hombrecito y la mujercita que trabajan, no entienden nada. Reciben una sarta de insultos y de preguntas que no entienden. Quieren seguir trabajando. El trabajo los hace felices. El trabajo los hace sentirse plenos. Pero el hombrecito y la mujercita que han perdido sus regalos, no dejan trabajar al hombrecito y a la mujercita que no entienden nada. No es justo. Ellos sólo quieren sus regalos de vuelta.

La mujer se ríe. Las personitas son realmente predecibles y divertidas. Tienen respuestas realmente ingeniosas. Tienen actitudes realmente curiosas. La mujer tiene la garganta seca. Eduardo también. La mujer le ofrece a Eduardo una bebida. “¿Tienes ron?”, pregunta Eduardo. “Tengo Cacique 500”, responde la mujer. La mujer se levanta. Sirve el ron en dos vasos. No les echa más nada. No vale la pena gastar en nada más cuando uno desea embriagarse. Da el ron a Eduardo. Se sienta de nuevo a su lado. Los dos contemplan a las personitas.

La mujer saca de su bolso armas en miniatura. Parecen esas armas que aparecían en los juegos de Sospecha (Clue). Las coloca sobre la mesa cuando las personitas no se dan cuenta. Las personitas se voltean y ven las armas. Se espantan. Nadie quiere tocarlas. Las personitas saben bien que las armas no son juguetes. Las personitas saben bien que las armas son cosas realmente peligrosas. Tienen miedo. El hombrecito y la mujercita que no entienden nada, regresan a sus trabajos. El hombrecito y la mujercita que han perdido sus regalos, contemplan las armas con curiosidad, aunque sin dejar de tener miedo.

El hombrecito y la mujercita que han perdido sus regalos, toman las armas. No cuestionan la palabra de la mujer. No piensan que ella pueda mentir. Nadie que dé regalos puede ser un mentiroso. Entonan cánticos que alaban a la mujer. Que alaban sus rasgos, sus palabras y su aspecto un poco gitano. Toman las armas. No dejan trabajar al hombrecito y a la mujercita, que son acusados de conspiradores. Los torturan. Los humillan. Los esclavizan. La mujer ríe. La risa de la mujer excita al hombrecito y a la mujercita que han perdido sus regalos.

La mesa se ha vuelto un caos. Ya nada está donde debería estar. Ya nada está en donde estuvo. Hay dos personitas armadas que convierten en un infierno la vida de las personitas desarmadas. De hecho, ya han matado al hombrecito, que murió sin comprender nada. La mujercita, que sigue sin comprender nada, en un descuido, huye de la mesa. No le es fácil huir de la mesa, pero puede hacerlo. Se refugia en la cocina. Se encarama, como puede, por el fregadero y se pierde entre el amarillo de la esponja para fregar.

El hombrecito y la mujercita que perdieron sus regalos, ahora solos, terminarán de matarse entre ellos, eventualmente. O morirán con un manotazo de Eduardo o de la mujer, lo que pase primero. Eduardo y la mujer ya han repetido varias veces los tragos de Cacique 500. Están mareados, pero están contentos. Ambos se hacen caricias. Ambos se suspiran al oído. Ambos se excitan el uno al otro. El hombrecito y la mujercita que han perdido sus regalos, y sus trabajos, y sus sentidos, los miran con curiosidad. Eduardo y la mujer se besan. Ellos disfrutan verlos besarse, aunque la mesa sea un desastre. ¿Cómo puede mentir quien da regalos? Es absurdo.

Tomás Marín

Relato inspirado en el texto “No hay camino al paraíso”, de Charles Bukowski.

 

 

Estampa literaria de Caracas Nº 2

Primitivo (les juro por Dios que se llama Primitivo) se coloca su uniforme. Le gusta el olor a ropa recién lavada. Aprecia más este olor desde que en Caracas se hizo tan difícil conseguir detergente. Le gusta su trabajo. No es el mejor trabajo del mundo, pero a él le gusta. Primitivo es el encargado de barrer las hojas del tramo número siete de la autopista de La Lagunita. No le gusta usar esas máquinas que son unos tubos que soplan. Piensa que son una mierda. Piensa que lo que hacen es desordenar toda la tierra, todas las hojas y toda la basura. Él es más del estilo clásico. Prefiere el rastrillo, la escoba y la pala. Si hace falta, recoge las hojas secas con sus propias manos. Para eso tiene guantes. Son las nueve de la mañana. Hace un sol delicioso. Sólo falta un tramo por recoger. Sólo queda retirar maleza de un barranco cercano a un parque. A uno de esos parques infantiles que tienen el logo de la alcaldía del Hatillo. A uno de esos parques infantiles que no usa nadie. Primitivo escarba. Encuentra el cadáver de un muchacho.

El cadáver no está ni fresco ni descompuesto. Primitivo, del asombro, se echa para atrás. No es un hombre particularmente de alma ni de corazón endurecidos. El cuerpo tiene una bala incrustada en el pecho. Tiene el tórax reventado. Primitivo intenta no verle la cara. La cara de un cuerpo inerte es la peor imagen que puede haber. No es como en las películas, ni siquiera como en los documentales. Sólo en vivo se puede apreciar el verdadero rostro de la muerte. Una mosca verde, de esas moscas asquerosas, se da vida alrededor de la herida. La herida está seca. La sangre es sólo una mancha coagulada.

Pedro Castañeda, director de la facultad de Teología de la Universidad Católica Andrés Bello, está tratando de cerrar una carpeta. Se siente un tonto. LLeva más de un minuto intentando cerrar la carpeta. Todo sería más fácil si no tuviese la otra mano ocupada. No quiere derramar su café ni quiere colocarlo en el suelo. Finalmente, logra cerrar la carpeta. Ya puede buscar, en el bolsillo de su sotana, las llaves de su carro. Hay poca gente en el estacionamiento de la universidad. Pasa un Spark amarillo. El Spark amarillo hace sonar la corneta con prudencia. Óscar y Mariana saludan, desde el Spark amarillo, a Pedro Castañeda. Pedro Castañeda devuelve el saludo. Pedro Castañeda los aprecia. Los dos son buenos estudiantes. Aprecia más a Mariana. Mariana es una muchacha inteligentísima. Sus exposiciones parecen películas. Siempre habla de cómo quiere irse del país. El Spark sale por la puerta de la universidad. “Hacen bonita pareja”, piensa Pedro Castañeda mientras coloca la carpeta en el asiento trasero de su carro, que se ha calentado por culpa del sol.

Oropencio González, oficial de la Policía Nacional Bolivariana, da el alto. La calle está trancada. De todas formas, el Spark amarillo no tendría hacia donde huir. Oporencio desenfunda su pistola de reglamento. Un compañero lo secunda. Ése tiene que ser el mismo Spark que se describió en la denuncia que hizo una vecina. El Spark amarillo se detiene. Ismael abre la puerta del piloto. Se baja. Se echa al suelo con las manos en la nuca. No opone resistencia de ningún tipo. Oropencio lo esposa. Para ser Policía Nacional Bolivariano, Oropencio es relativamente honesto. Oropencio sube a Ismael a la patrulla. Lo lleva a comisaría. “Ojalá haya recompensa”, piensa.

Ismael no miente. No sabe mentir. Piensa que, de saber mentir, su carrera como delincuente y como hampón, quizás, hubiese sido más exitosa. Responde a las preguntas con sinceridad. Colabora. Admite que él mató a Óscar. Tiene gran frialdad a la hora de decir sus palabras. Es como si sintiera una especie de orgullo. Ismael frunce el ceño cuando le preguntan por Mariana. “Yo maté al chamo, no a la chama. Lo juro por mi madre y por Dios”, dice Ismael mientras besa su pulgar y su índice, que anteriormente ha intersecado, para que formen una cruz.

Mariana está preciosa. Coloca la mano sobre la de Óscar cuando Óscar la tiene sobre la palanca de velocidad del Spark amarillo. Mariana se traga su rabia. La tiene mezclada con el amor que siente por Óscar. Mariana quiere irse del país. Mariana quiere disfrutar lo que le queda de juventud. Mariana quiere disfrutar del lujo de no morir asesinada. Óscar siempre le ha puesto todos los peros del mundo. Como él tiene un buen trabajo asegurado, gracias al papá, pretende que ella se sacrifique. “¿No quieres mantener la relación?”, siempre concluye Óscar cuando se ve acorralado por los argumentos de Mariana  y por su deseo de largarse. Ismael ve a Mariana. La ve a través del vidrio del copiloto del Spark amarillo, que no es ahumado. Ismael se prenda de Mariana. Es la muchacha más espectacular que ha visto en su vida. Tiene el cabello castaño claro. Tiene las cejas delgadas. Tiene la piel del color de la piña colada. Qué diferencia con las mujeres grotescas de Casalta. Todas parecen unas bachaqueras. Ismael no se va a quedar tranquilo. Tiene que ir detrás de ella. ¿Qué importa Óscar?

Ismael se ríe en algunas partes de la declaración. No tiene problema en declararse culpable. Sabe que, en la cárcel, no le harán nada. Quizás no lo sabe, pero lo espera. Él sabe defenderse. Siempre ha sabido defenderse. Vuelve a reír. Su risa es un poco escabrosa. Da algo de miedo. “Lo que me da risa es que me vayan a meter preso precisamente ustedes, la Policía Nacional Bolivariana. La Policía Nacional Bolivariana no es más que un grupo de asesinos de mierda. ¿Es que no matan estudiantes y niños en cada protesta que hay?”, protesta Ismael. Una secretaria toma la declaración. La secretaria tiene las uñas largas. La secretaria escribe “Asesinos” con c. Ése es el nivel de profesionales que hay en el país.

Ismael se acerca al Spark amarillo. Se vale de que habla bien. Por razones de la vida, el papá de Ismael era un hombre medianamente culto. Incluso, tenía un programa de radio en una de las emisoras de Fe y Alegría, en donde hablaba de ciertos libros. Ismael no habla como un malandro. Sabe pronunciar las eles y las erres. Ismael va directo al grano. Dice que tiene joyas, que las vende a buen precio porque quiere irse para Chile. Dice que esas joyas se pueden vender en dólares, pero él se conforma con bolívares. Dice que tiene un contacto en el Banco Central que vende dólares preferentes. Eso ya atrapa la atención de Mariana. Puede ser una posibilidad para irse del país, aunque suene descabellada y tonta. No se puede descartar nada. Sabe que las joyas pueden ser robadas. Pero no importa. Todo es válido en la carrera por escapar del socialismo del Siglo XXI. Incluso a Óscar le interesa la oferta. Nada más cotizado que los dólares. Ismael dice que las joyas están cerca. Están escondidas cerca de un parque por La Lagunita. No por nada malo, sino para evitar que se las roben.

A veces, Óscar y Mariana dudan. Están siguiendo a Ismael, quien trota por delante de ellos. Es que ni siquiera está mal vestido. El parque queda bastante cerca. Las joyas están bastante cerca, según Ismael. “Marico, arranca. De pana no sé. Es como demasiado bueno para ser cierto”, dice Mariana. “Al primer movimiento raro que vea, piro con todo”, contesta Óscar. Ismael sigue trotando por delante de ellos. Saluda a algunos carros que pasan. Algunos carros le contestan el saludo. Esto tranquiliza sobre todo a Mariana. ¿Cómo puede ser malo un hombre al que algunos carros saludan amablemente?

El Spark amarillo tiene que orillarse. No puede avanzar más. No puede adentrarse dentro del parque. Óscar coloca las luces intermitentes y se baja. “Es por allá”, dice Ismael mientras señala con su dedo un rincón del parque. Es un rincón apartado, realmente apartado. “No te pido que me las compres de una. Pero, al menos, dales una oportunidad”, completa, con una voz segura. “Si quieres, yo me quedo aquí”, dice Mariana. “Me da paja que venga un PoliHatillo y remolque el carro. Mejor me quedo aquí y, si tengo que mover el carro, lo muevo”, propone. A Óscar y a Ismael les parece una buena idea. De todas formas, sólo serán unos minutos. Mariana, sin bajarse del carro, se pasa del puesto del copiloto al puesto del piloto. Óscar, a través de la ventana, se despide de ella con un beso. Ismael y Óscar se dirigen hacia el punto convenido.

“No te preocupes, panita. Tienes derecho a tener miedo. Pero te juro que soy una persona seria. Lo único que quiero es irme de esta mierda. Estoy harto de la delincuencia, de la escasez y de todo”, dice Ismael. Óscar se tranquiliza. “Ya te traigo las joyas”, dice Ismael. “Es sólo para que las veas y me digas si te gustan. Incluso, podemos ir a una joyería para que veas que son de verdad. Yo no tengo por qué engañarte”, asegura. Óscar da la espalda. Ismael lanza el primer ataque. Óscar, de alguna manera, lo veía venir. Se defiende. Desde el Spark amarillo no se ve nada. Mariana está sentada en el asiento del piloto viendo a los carros pasar. Ismael, al fin y al cabo, es un delincuente profesional. Inmoviliza a Óscar. Lo amarra con una cuerda que ya tenía preparada. La trampa parecía demasiado estúpida, pero siempre hay un estúpido que cae. Le tapa la boca con un trapo. Le pega en la cara. Lo deja allí.

Ismael regresa a donde Mariana. Acomoda su semblante para que parezca preocupado. “Chamita, ven. No sé qué le pasó a tu novio, pero tiene algo. Ven para que lo ayudes”. Mariana le cree, aunque no quiere creerle. Piensa en encender el carro, acelerar y mandar todo a la mierda. Pero lo piensa mejor. Se baja del carro. Igual vendrá a echarle una ojeada de vez en cuando, para que no lo remolquen. No cree que sea tan grave lo de Óscar. La expresión de Ismael es de preocupación, no de tragedia. Mariana camina al lado de Ismael hacia donde está Óscar. Óscar no puede pedir ayuda. Tiene la boca tapada por un trapo, como en las películas malas, como en los relatos malos. Mariana actúa rápido. Ataca a Ismael. Tiene con qué. Pero Ismael sabe defenderse. No quiere el carro. No quiere dinero. La quiere a ella.

Mariana corre. El error de Ismael es no sacar el arma de fuego a tiempo. Mariana corre y sigue corriendo. Se le escapa. Sabe que el precio de su huida será la viudez del noviazgo, el tener una pareja asesinada por el hampa. Pero Mariana corre. No se detiene. ¿De qué sirve tener un novio vivo en un país de mierda como éste? ¿No es ése el mismo novio que no quiere irse? ¿No es ése el mismo novio al que no le interesa lo que le pase a ella porque él tiene un buen trabajo asegurado gracias al papá? ¡Que lo jodan! ¡Que lo maten! Si Ismael quiere quedarse con el Spark amarillo, que se lo quede. El carro, a fin de cuentas, no es de ella. Ella sólo quiero irse de ahí. Ella sólo quiere comprar en un mercado lo que le dé la gana. Ella sólo quiere tener un trabajo que sirva para algo. Ella sólo quiere hacer un posgrado. Ella sólo quiere disfrutar lo que le queda de juventud. Ella sólo quiere disfrutar del lujo de no morir asesinada. Mariana corre. Mariana corre. Mariana corre.

 

Tomás Marín

Relato inspirado en el texto “En el bosque”, de Ryunosuke Akutagawa.

 

 

 

A la deriva

Andrea siente el disparo. Pensaba que una bala dolería más. Le dan por la espalda, como suelen hacer los cobardes, los hijos de puta. Andrea, naturalmente, no puede verse la espalda. Pero se palpa con la mano. Hay sangre. El pistolero ha huido con su parrillero a bordo de la Jaguar. Desaparece en medio de la noche tardía que se cierne sobre la mal iluminada carretera de El Marqués. Andrea está segura de que se ha salvado. No tiene problemas en la respiración.

Andrea se queda con la mirada fija en la Jaguar que huyó. Ahora es sólo una pequeña lucecita roja en medio de la negrura. El motor ahora se siente como el ronroneo de un gato mínimo. “Coño de la madre, coño de la madre, mierda, mierda, mierda”, exclama Andrea. Tiene miedo de que la moto regrese. De que quien ejecutó el disparo, y su acompañante, regresen a dar un tiro de gracia. Aún ve la lucecita roja. Parece una luciérnaga de fuego. Se niega a desaparecer.

Andrea trata de utilizar el retrovisor para verse la espalda. Lo puede hacer, pero torpemente. Nadie más pasa. Ningún vehículo. Ningún peatón. El hueco de la espalda está hecho con precisión. Pareciera que hubiese sido hecho a mano por una especie de artesano. Andrea hace presión con los dedos. Sale sangre. Parece sangre negra. Brota con un chorro tímido pero abundante. Andrea acelera. Intenta perseguir a la luz roja. Siente que no tiene nada que perder. Piensa ir a toda velocidad y arrollar a sus agresores.

Andrea corre. Vuela. La aguja que marca la velocidad de su Corolla azul indica 160. Quiere perseguir a la luz roja según lo que la carretera le permita. Los edificios pasan a su lado como espejismos. Andrea no obedece las luces rojas de los semáforos de la avenida. De todas formas, a esa hora, no las obedece nadie. La única luz roja que Andrea persigue es la de la moto. Cada vez la tiene más cerca. Los motorizados no notan que Andrea se acerca. Ellos la subestiman. Andrea es valiente y loca. Pisa el acelerador. Los arrolla. Los tumba de la moto. Da la vuelta torpemente en “u”. Huye de la escena del crimen. No del crimen en el que ella fue víctima. Del otro crimen. Del de la justicia.

Andrea se orilla. No siente mucho. Aún no ha salido del estado de shock. Del doble shock. Del shock del disparo y del shock del arrollamiento. La calle parece desierta. Caracas está muerta. Abre la guantera. Saca un trapito. Es un trapito no muy limpio, pero es el único que hay. Andrea se lo pasa por la herida. El trapito se enrojece. Andrea detalla el trapito. Lo moja con un poco de agua de una botellita que tiene en el carro. Lo vuelve a pasar por la herida. El trapito se enrojece de nuevo.

La herida duele. Comienza a doler más. Puede ser que el shock ha pasado. Puede ser que la adrenalina ha bajado. Duele, y duele mucho. Comienza como un dolor exclusivo al punto de la herida. Pero va corriendo por la espalda. Baja por la cintura. La altura de la herida es peligrosa. Andrea piensa que le pudieron haber dado en un pulmón. En un órgano importante. Cada vez duele más. Cada vez se expande más. Cada vez el epicentro deja de ser la herida y comienza a ser otros lugares.

Andrea se deja el trapito en la herida. Apoya la espalda al asiento del carro, deja el trapito entre la espalda y el asiento. Espera que el trapito pueda absorber la mayor cantidad de rojo posible. No quiere seguir sacando jugo de la herida. No quiere desangrarse. Aprieta el acelerador. No quiere ir a un hospital. Quiere ir a casa. No piensa que pueda ser para tanto. Intenta ubicarse mediante los carteles verdes que indican las direcciones en Caracas. Todos están descascados. Acelera.

El dolor aumenta. Aumenta cuando Andrea pisa el acelerador. Aumenta cuando Andrea deja de pisar el acelerador. Aumenta cuando Andrea pisa el freno. Aumenta cuando Andrea deja de pisar el freno. Cada vez son más fuertes las puntadas. Con cada latido del corazón de Andrea, acelerado por la situación, el torrente le duele, como si fuese una puñalada, como si fuesen dos puñaladas, como si fuesen mil puñaladas. El dolor llega a los hombros. Aumenta cuando Andrea gira a la derecha. Aumenta cuando Andrea gira a la izquierda.

“Coño de la madre. Coño de la madre. Coño de la madre”, repite Andrea, en voz baja, en loop. Tiene sed. Andrea tiene mucha sed. Intenta beber algo de la botella de agua. La misma botella de agua con la que limpia el trapito rojo, que ahora ha rebasado su capacidad y chorrea sobre el asiento. No queda agua. Toda la ha gastado en limpiar la maldita herida. Andrea tiene sed. Intenta acumular saliva para tragarla. Es inútil. Siente como si tuviese la saliva seca.

Andrea sigue manejando. Llega a la casa. No se molesta en apagar el carro. No se molesta en orillarlo. Lo deja en medio de la carretera. Total, es una urbanización que, aunque no es cerrada, es de poca confluencia. El asiento está empapado. Andrea se baja. Deja las llaves ahí. Si quieren llevarse el carro, que se lo lleven. Andrea tiene las llaves de la casa. Las deja caer. Las recoge. Ve al diablo cuando se agacha y vuelve a subir. Tiene las llaves en sus manos. Abre la puerta. La casa está sola. Andrea se echa sobre el sofá. No le importa mancharlo.

La herida parece que se ha agrandado. Al igual que el dolor. Ya no siente la herida. Ahora siente todo un dolor que va corriendo por su torrente. Que sigue clavándole puñaladas con cada latido de su corazón. Puñaladas mas dolorosas de lo que fue, en un primer momento, el disparo. La herida se abre. Se abre con la tensión de la piel de Andrea. Pareciera que no hubiese suficiente hilo en el mundo para cerrarla. Una aureola roja va formándose alrededor de la herida.

T.M.

Relato inspirado en Horacio Quiroga.

“El Bebé”

Me iba desmayando cuando el profesor anunció que parte de la tarea consistía en subir cerros. ¿Qué voy a andar buscando yo por allá, que no sea que me peguen un tiro? Pero no podía quejarme. Al fin y al cabo, era parte de la carrera. No podía dejar que mis buenas notas y mi excelente desempeño se vieran empañados por no querer hacer la asignatura. Además, me acompañaría el resto del grupo. Se me había ocurrido hasta pagarle a alguien para que subiese por nosotras, pero era una idea estúpida y mediocre. Había que aceptar las consecuencias.

Era parte de una electiva. Una electiva de la que me arrepentí, en ese momento, de haber elegido. Trataba sobre voluntariado y esas cosas. La tarea consistía en ir a uno de los barrios que estaban en la lista del profesor (que tenían conexión con algunos programas de Fe y Alegría) y, durante cuatro semanas, dictar unos talleres de escritura y matemáticas básicas. La parte de dar clases sí me atraía un poco. Era algo que se me daba bien. Además, solía, durante algunas tardes, ayudar a mis compañeros con algunas cosas que no entendían. Tutorías.

José Andrés, uno de los que formaba parte de nuestro grupo de trabajo, sugirió que eligiésemos el barrio El 70. Creo que argumentó que la peluquera de no sé cuál de sus tías vivía en El 70, o algo así. El resto dijimos que sí. Creo que nos daba un poco igual el 70 que el 12, el 20 o el 84. Para nosotros, todos los barrios son iguales. Son como una gran marea gigantesca y deforme de ranchos y de gente extraña que se pasa la vida echando tiros, tomando anís Cartujo y haciendo vainas raras relacionadas a la brujería.

Ya habíamos asignado las materias y los métodos que daría cada uno. Había que presentar a la universidad un proyecto serio y bien argumentado. No era que íbamos a subir a explicar cualquier mamarrachada. Hicimos unos cuantos ajustes, pero el profesor nos aprobó todo. Al fin y al cabo, estábamos representando a la Católica. A mí me tocaba explicar matemáticas. No era tan buena con los números como lo soy para las ideas, la sintaxis y las letras, pero, de todas formas, era matemática básica de primaria.

José Andrés me vino a buscar en su carro. Yo me había vestido de manera sencilla. Tenía una cola de caballo que me quedaba cuchi. Unos jeans sencillos y una chemise (esto era obligatorio) con el logo bordado de la universidad. José Andrés tenía la dirección en el GPS. Con el resto del grupo, nos encontraríamos allá, directamente en el barrio. El barrio El 70 queda por El Valle. Ésa era una zona desconocida para nosotros. Si acaso, habíamos pasado alguna vez, pero, sin duda, no era una zona que frecuentásemos.

Desde las mismas aproximaciones, ya todo me daba como mala espina. Odio que me miren raro, y allí todo el mundo nos miraba como si fuésemos extraterrestres. Yo apartaba la mirada un rato como por pena y vergüenza, pero, en lo que la volvía a subir, allí estaba todo el mundo mirándonos con ojos fijos. Nadie decía nada. Una señora morena con el cabello blanco se balanceaba sobre una mecedora. Una muchacha como con tres embarazos al mismo tiempo revendía abiertamente medicinas para la tensión.

José Andrés no sabía donde estacionar. Habíamos dado como tres vueltas. El resto del grupo había ido en taxi. Yo no sé por qué entre José Andrés y yo no pagamos un taxi. Era algo de él. Era como que prefería tener el carro allí cerca, como por si hacía falta salir corriendo en caso de alguna emergencia. Un señor arrugado, encorvado, manco, tuerto y con la piel repleta de escaras, se acercó a Juan Andrés por la ventana del piloto. Decía que era uno de esos “bien cuidaítos”. Yo no quise opinar. Al fin y al cabo, el carro no era mío. Si le robaban el carro a José Andrés, mi trabajo como amiga se limitaría a decirle “verga, qué chimbo, marico”.

Decidimos confiar en el hombre. Al fin y al cabo, José Andrés tenía las llaves. Eso no es sinónimo de seguridad ni de nada. En Caracas, un ladrón, con tal de robar, sabría hacer rodar hasta un ladrillo. Pero era como un consuelo un tanto estúpido que teníamos. De todas formas, decidimos no pensar en eso más. Nos detuvimos a comer una empanada y una malta que vendía una señora dentro de una bodega. Era sábado en la mañana y no habíamos desayunado.

Comenzamos a subir escaleras. La vaina parecía interminable. La gente, desde las ventanas (o los huecos ésos que hacen de ventanas entre los bloques que conforman los ranchos), nos seguía viendo como si fuésemos extraterrestres. Me ladillaba demasiado. Ya nuestros compañeros de grupo estaban arriba. No nos comunicábamos con ellos porque a José Andrés le daba miedo sacar el teléfono. De todas formas, José Andrés era imbécil. Se había llevado su teléfono caro, sólo por lo del GPS. Yo hubiese preferido anotar todo bien y no llevar un teléfono tan tentador como aquél. Yo llevaba un Nokia viejísimo, que había sido de mi hermana mayor hacía años y que todavía funcionaba. De todas formas, ya no quedaban muchos escalones.

Por fin llegamos arriba. Yo me sentía como si hubiese escalado el Everest, un Everest tercermundista y que olía mal. Pero estaba satisfecha de poder hacer algo. De poder intentar ser útil para la gente. De poder cumplir con la materia. Nos recibió uno de los representantes de Fe y Alegría. Esa gente es muy de pinga, porque hace una labor loable (aunque no sé si lo hacen más para evangelizar que para educar), pero hablan de Fe y Alegría como si fuese un parque de diversiones. Ponen un acento un poco al estilo de los Valentinos que me medio saca la piedra. Pero daba igual.

El saloncito era paupérrimo, pero tenía una pizarrita cuchi, de ésas que funcionan con tizas. Los niños eran un amor. Habían unos que eran insoportables, pero la mayoría, de pana, tenía como un no sé qué que engancha, como unas ganas de aprender y de echarle bolas para salir de la miseria mental y monetaria. Uno de ellos hasta se puso a llorar cuando una resta le salió mal, pero él mismo la resolvió. Era un chamito inteligente, se llamaba Yonanderson. A veces, siento que la gente en los barrios escoge los nombres metiendo sílabas al azar dentro de una tómbola.

Saliendo de una de las clases, yo estaba feliz. Los niños, en conjunto, me habían hecho un collage de colores que tenía mi nombre. El collage, objetivamente, era una puta mierda, pero estaba hecho con muchísimo esfuerzo. Y esos gestos se agradecen. Habían aprendido bastante. Ya estábamos por la fase de las multiplicaciones. Cuando guardaba el collage en mi archivador (donde seguramente reposaría hasta el fin de los días), se me acercó un chamo que de pana me hacía temblar. Tenía la mirada como apagada y era flaquísimo. Además, andaba medio en harapos, pero era la mirada lo que más me inquietaba. Pensé que iba a atracar ahí mismo, pero no creí que alguien pudiese ser tan cara de tabla.

“Muy buenos días, ¿usted es la señorita Helena?”, me dijo. Me sorprendí por su educación. Obviamente, pensaba que me iba a salir con una de esas jergas raras que usan en los barrios, al estilo de “qué lo que fue, menol”. Le respondí que sí. “Yo soy el emisario del “Bebé””, me dijo. Yo me quedé un rato en silencio. No sabía qué decir. Él se me quedó viendo con esa mirada apagada que me inquietaba tanto. Creo que estaba esperando a que yo respondiese. Me pareció raro, desde un momento, que una persona como ésa utilizase la palabra “emisario”, pero quizás eran prejuicios míos.

“El “Bebé” quiere verte”, continuó, al ver que yo no terminaba de reaccionar. “¿Y quién es ése?”, pregunté yo, apostando a la suerte, esperando que el muchacho de la mirada apagada se fuese o, al menos, cambiase el tema. “El “Bebé” es el que manda aquí”, me respondió. “Es el pran del barrio”, completó. Yo no sabía qué decir. El corazón se me aceleró y sentí que se me abría un agujero negro en medio del pecho. Miré a mis compañeros. Ellos estaban distraídos hablando, a pocos metros de mí, con los guías de Fe y Alegría. El muchacho de la mirada apagada no cesaba de increparme con sus ojos sin brillo, esperando a que yo dijese algo.

“Tengo que consultarlo con mis compañeros. No sé si tengo permiso de ver a personas ajenas a este proyecto”, fue la respuesta más salomónica que pude encontrar. No sé si el muchacho de los ojos apagados notó que la voz se me quebraba un poco por el miedo. Quizás lo hizo, pero decidió hacerse el loco. No dijo nada. Yo me acerqué hacia mis compañeros. Él me siguió. Le pedí, muy amablemente, que me dejara hablar un momento a solas con mis compañeros. Él accedió y se alejó un poco, pero no dejaba de verme, como si fuese un centinela.

“Mierda”, dijo uno de los de Fe y Alegría. Era la primera vez que le escuchaba decir una grosería a uno de ellos. Su léxico, generalmente, era el de un libro de preescolar escrito por un subnormal. Yo estaba casi hiperventilando. José Andrés sugirió llamar a la universidad. Era una de esas ideas inútiles que la gente lanza por lanzar. Nadie conocía en persona al “Bebé”, pero sí conocían sus hazañas. Cada cierto tiempo, las páginas de sucesos de algunos periódicos de alto y bajo alcance narraban sus peripecias. Más de cuarenta muertos llevaban su firma.

“Podemos ir todos”, sugirió uno de los de Fe y Alegría. Me pareció una idea no fantástica, pero, por lo menos, la más sensata de todas las que habían propuesto. Al menos, no me sentiría tan sola. Al menos, sería más difícil que nos hiciesen algo a todos juntos. Era un consuelo estúpido cuando se trata de ver a alguien que ha asesinado a más de cuarenta personas, muchas de ellas decapitadas y arrojadas al riachuelo, pero no teníamos otra. ¿Por qué me querría ver el pran del barrio? Maldita sea la hora en la que se fijó en mí. Y yo procuré no llamar la atención. No vestir con ropa atractiva. No es mi culpa ser bonita.

Le dije al muchacho de ojos apagados que habíamos acordado ir todos. Que era supuesta regla de la Universidad Católica que los miembros del grupo no se separasen. “Es que él me dio la orden de verte sólo a ti”, me dijo, como intentando proferir no una disculpa, sino una orden que estaba, evidentemente, por encima de él. Yo insistí en mi posición de ir con el grupo. De repente, el muchacho de ojos apagados comenzó a hablarme en su idioma verdadero, creo que comenzaba a perder un poco la paciencia, pero sin alzar la voz. “De aquí no se puede ir nadie hasta que el “Bebé” te vea”, me dijo. “Y sólo a ti”, reiteró. “El coño de mi grandísima madre”, me dije para mis adentros.

Él me escoltó durante el camino. Era un camino largo y lleno de tierra. Ya la gente no se asomaba más por las ventanas. Era como si, ante el paso del emisario del “Bebé”, todos se ocultaran, como si la mera sombra del pran del barrio obligara a todos a mirar hacia otro lado, a evitar problemas y balas. El muchacho de ojos apagados no me decía nada. Cuando lo vi de espaldas, pude ver que estaba armado, bien armado, pero decidí no hacer preguntas. Quería ponerme a llorar. Pensé en salir corriendo, pero sabía que mi insolencia podía ser castigada con mi cabeza rodando por el famoso riachuelo.

El “Bebé” vivía en una especie de rancho-casa. Era una vivienda que destacaba sobre todas las demás del barrio. Tenía como otros escoltas relativamente parecidos al muchacho de ojos apagados. Todos armados con armas largas. Me sentía en zona de guerra. En mi cabeza, estaba casi despidiéndome de mi mamá. El emisario dijo una especie de contraseña para entrar. Así se maneja esa gente. Así de sofisticadas son las mafias que operan en el país. Más organizadas que el mismo gobierno que las oxigena y les da vida.

El “Bebé” estaba sentado en un mueble de Ratán. Para ser el capo de una mafia, vivía en una casucha lamentable. Era un gordo moreno con el pelo corto y con una camiseta blanca y manchada. Sus paredes estaban decoradas con armas. Su casa era diáfana y tenía hasta un ventilador que colgaba del techo. El “Bebé” se levantó del mueble de Ratán y se acercó a mí, con dos besos en las mejillas. No sé si son fantasías de ver “El Padrino” y los mafiosos en Venezuela se están sofisticando, pero nadie nunca en mi país me había saludado con dos besos. Le ordenó al muchacho de los ojos apagados que saliese. Yo me sentía muerta. Y violada.

“¿Estás asustada?”, me preguntó alzando la mirada y rascándose la entrepierna. Nunca supe si el acto de rascarse la entrepierna era falta de modales o una especie de ritual antes de violarme y matarme. Le respondí que sí. No tenía otra. Sentía que, en una circunstancia así, no vale la pena mentir. Él rió. Me pidió que me tranquilizara. Me ofreció algo para beber. Le dije que no. Me pidió que me sentase. Yo me senté por no dejar. Al menos, si me iban a matar, era mejor tener unos últimos minutos cómodos.

“¿Conoces a Yonanderson?”, me preguntó mientras sorbía un vaso con cerveza. “Sí. Es uno de mis alumnos”, le respondí. “¿Y qué te parece?”, me preguntó. “Es un chamito inteligente. Ya ha aprendido a restar”, le respondí. “¿Tú sabes quién es él?”, me preguntó. “No. No lo sé”, respondí intentando que no se notara que temblaba. “Es mi hijo. Sólo te llamé para darte las gracias por todo lo que estás haciendo por él. Yo no quiero que él siga mis pasos, que se pudra en esta mielda (sic)”, me respondió con la mirada fija en mí.

Creo que no hablamos más de unos cinco minutos. Al momento de despedirse, me volvió a dar dos besos en la mejilla y, tomándome de los hombros con sus dos manos gruesas, me dijo “gracias”. El emisario, el muchacho de ojos apagados, entró de nuevo. Me escoltó hacia donde estaban mis compañeros, quienes se mordían las uñas durante los quince o veinte minutos de mi ausencia. “¡Considérate afortunada! No todos pueden hablar con el “Bebé””, fue lo último que me dijo el emisario antes de bajar por el barranco y desaparecer.

Pocos días después, el “Bebé” fue abatido en uno de los operativos de la OLP, en donde los mafiosos sanguinarios del gobierno abaten a los mafiosos sanguinarios de los barrios. Una vulgar guerra de mafias, al fin y al cabo. A Yonanderson pareció no importarle mucho. Creo que, en los barrios, todo el mundo está habituado a la muerte. Él siguió siendo uno de mis alumnitos más aplicados. Supo rápidamente multiplicar y dividir. Confío en que pude haberlo ayudado a que enrumbe el camino. A que tenga una vida más placentera y más feliz que las que llevan aquéllos encargados de administrar la pólvora en su propia comunidad.

 

T.M.

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Fotografía: El Estímulo