A mí me gustaría tanto ser embajador de algún país bonito

Hay una historia curiosa que habla de un empresario de Caracas. Este empresario era el dueño de una compañía de seguros. Durante años le fue bastante bien. Antes de que llegara el comunismo. Las compañías de seguros eran un buen negocio. Estar asegurado era coherente porque no era tan probable que te pasara algo. Pero con el comunismo brotó la delincuencia. Y de repente comenzó a ser muy probable que te mataran. O que quedases herido o mutilado. Por eso las compañías aseguradoras ya no cubrían casi nada. Ya nadie las quería. Y por eso muchas se fueron a la quiebra.

La compañía de seguros de este empresario fue una de las que fue a la quiebra. Pero él había quedado con un buen capital. Tenía una buena cantidad de dinero para invertirla en algún otro negocio. Pero no era buena idea invertir en negocios en Venezuela. Invertir en comunismo nunca es una buena idea. La tierra no es fértil para los negocios. Todo puede fracasar. ¿Qué hacer con ese dinero entonces? El dinero se depreciaba y se depreciaba. Cada vez valía menos. Había que hacer algo rápido con el dinero.

Había alguna razón (razón que desconocemos) por la que el empresario que mencionamos no quiso hacer negocios afuera. Creemos que era uno de esos patriotas medio ridículos que estaban convencidos de que Venezuela era el mejor país del mundo. O estaba solicitado por ciertas autoridades internacionales a razón de un negocio medio turbio. No se sabe. El hecho es que decidió que actuaría en Venezuela. Invertiría ese dinero (aunque no sabía cómo) en Venezuela.

Hay una horrible máxima que dice: “Si no puedes con el enemigo, únetele”. Esto fue lo que aplicó el empresario de nuestro cuento. El enemigo era el gobierno. Y él decidió que sería buena idea aliarse con el gobierno. Es cierto que las políticas comunistas del gobierno habían llevado a la quiebra a la aseguradora de este empresario. Pero también es cierto que este empresario tenía historial limpio con el gobierno. El gobierno no le tenía puesto el ojo encima. Se había “portado bien”.

El empresario no tuvo otra idea que organizar una especie de cena/fiesta para los altos jerarcas del gobierno. Diosdado Cabello. Jorge Rodríguez. Cilia Flores. Nicolás Maduro. La cena sería en la casa que el empresario tenía en el Country Club de Caracas. Era una casa inmensa. Tenía piscina y un hermoso jardín. Tenía un cine (con todo y asientos) para la casa. Era realmente un lugar hermoso. Tenía una gran fachada color auyama que tenía el nombre de la casa en letras moldeadas en metal cursivo. “Quinta La Habanera”.

El empresario comenzó a soltar dinero para la cena. Contrató a la agencia de festejos MAR. La agencia de festejos MAR era la más lujosa agencia de festejos de Caracas. El empresario pidió todo el combo. Mesoneros elegantes (vestidos con trajes blancos y lacitos negros). Mesas repletas de tentempiés a todo lujo. Caviar y paté. Quesos importados. Whisky 18 años. No puedes servir un whisky menor de edad en una cena dedicada a la alta jerarquía socialista del pueblo. El paladar de Diosdado es muy exquisito y no acepta sinvergüenzuras.

El empresario también mandó a llamar a una orquesta bastante alegre. A una orquesta que tocaba música con muchos instrumentos. Ya se sabe que a Maduro le gusta bailar. Y no se puede poner a bailar al presidente de la república con la música de una miniteca. La orquesta cobró un dineral. El whisky costó un dineral. La agencia de festejos cobró un dineral. Pero todo era poco para agasajar a la alta dirigencia del PSUV. Nada podía salir mal. Nada. Nada.

El empresario se dio cuenta de que había gastado casi todo su dinero en aquella fiesta. Era una auténtica locura. Un lujo total. Incluso había mandado a bordar una inmensa bandera en relieve con la cara de uno al que llamaban el “Comandante eterno”. Pero al empresario no le preocupaba mucho el haber gastado casi todos sus grandes ahorros en esa fiesta sin parangón. Él lo consideraba una inversión. Él quería hacer negocios con aquellos dirigentes. Él quería chupar de la ubre socialista. Él quería enchufarse a pesar de que había sido opositor. Enchufarse es un buen negocio. Aunque un poco falto de escrúpulos.

Y así llegó el gran día. Las Grand Vitaras y las Hummers se amontonaban en las calles del Country Club de Caracas (que habían sido cerradas previamente). Los grandes jerarcas llegaban acompañados de sus interminables guardaespaldas. No se sabía si Diosdado y Maduro irían. Pero terminaron yendo. Y comieron bastante. Diosdado se echaba unas rascas orgiásticas dignas de contar. Maduro no tomaba mucho. Pero Maduro comía como un esmeril industrial. Delcy Rodríguez quería echar un pie. Pero nadie quería bailar con ella.

El empresario consiguió apartar un poco a Maduro. “Señor presidente. A mí me gustaría tanto ser embajador de algún país bonito”, le dijo. Maduro se rió y movió sus grandes mofletes. “El que me ayuda, siempre sale beneficiado”, dijo el presidente. “Nos queda una vacante en la embajada venezolana de Viena”, dijo. El empresario no podía estar más feliz. Bailó más contento que nadie. Bebió más contento que nadie. Lo nombrarían embajador. Así de fácil te nombraban embajador en la Venezuela socialista.

“Nos vamos para Viena”, le dijo el embajador a su esposa. Su esposa era una señorona muy aseñoreada. Estaba contenta. En Viena hay buenas tiendas. En Viena se puede caminar tranquilo. No como en la porquería de Caracas. Y más cuando todo está financiado por la gran ubre del gobierno. “Visitaremos a la Venus de Willendorf”, le decía la esposa del empresario al empresario. Faltaba una semana para partir a Viena. Irían en vuelo privado con pasaporte diplomático. Metieron todo lo que les cupo en las maletas y las dejaron bien hechas. Listas para partir.

Pero un inconsciente tuvo la idea de volar un dron en un desfile militar. El problema con ese dron es que estaba cargado con explosivos C4. Y el problema con ese dron es que logró estallar al lado del palco presidencial. El presidente había volado por los aires. Fue un magnicidio terrible. El poder fue tomado por una nueva gente. Una gente que no conocía al empresario que se enchufó en mal momento. La gente de Venezuela parecía celebrar. Pero el empresario lloraba con sus maletas hechas y su dinero perdido. Aunque aún sobraban algunos tequeños congelados para pasar el despecho.

Relato basado en el texto “El banquete”, del escritor Julio Ramón Ribeyro.

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Caracas: La Ópera (Primera Parte)

Canto I

(Tomás, el poeta (Poeta, Ja,ja,ja,ja,ja.), camina por las calles de Caracas.)

Tomás:

No sé si ya habrán notado
lo triste que está Caracas.
Pareciera que, en sus calles,
sólo corre la desgracia.

Da la impresión de que un tifón
arrasó sin dejar nada.
Sólo hay miedo, zozobra
y frustración en las caras.

Da pena el Parque del Este.
Se está incenciando el Ávila.
Nadie puede comprar pan
porque nadie tiene plata.

Mira ésos que se esconden
del plomo y de las granadas.
Nadie quiere ser número
de estadísticas del hampa.

(Aparece Wilker, el delincuente. Está armado y apunta a Tomás.)

Wilker:

Alto ahí, menor, quieto.
Es Wilker el que te asalta.
Soy el pran indiscutible
de una conocida banda.

La gente me tiene miedo,
tanto a mí como a mis armas.
Soy malandro entre malandros.
Soy el peor, el más rata.

Si te me pones, “popy”,
te pegaré con mi cacha.
Si me opones resistencia,
te mataré con mis balas.

Dame pronto el celular,
la cartera y las alhajas.
No juegues con mi paciencia,
que mi paciencia es escasa.

Tomás:

Lo siento, amigo Wilker.
A mala víctima atracas.
Hace poco me asaltaron
y me dejaron sin nada.

Wilker:

Que conste que te lo advertí.
Que Dios se lleve tu alma.
Te meteré tres disparos
por llevarme la contraria.

Canto II

(El ancla del Noticiero da sus noticias.)

Ancla del noticiero:

Son las once de la noche.
Éste es el noticiero.
Hablaremos, como siempre,
de tragedias y sucesos.

El hampa mató, este día,
a cientos de caraqueños.
En el Guaire y Parque Caiza
aparecieron los cuerpos.

A unos les metieron tiros
en la cabeza y el cuello.
A otros les dispararon
en la espalda y en el pecho.

Se apilan los cadáveres
en morgues y cementerios.
Se apilan los espíritus
frente a las puertas del cielo.

Nadie sabe, a ciencia cierta,
cómo acabará esto.
Unos dicen que, en un año,
Caracas será un desierto.

Pero no hay que sentir temor,
ni rabia, tristeza o miedo.
Recuerden que, el tiempo de Dios,
alguien dijo que es perfecto.

Pero Dios sí que ha tardado.
¿Será que Dios es lento?
Mejor no toco este tema,
por no faltar el respeto.

El gobierno asegura
que la culpa es del imperio.
La oposición asegura
que la culpa es del gobierno.

Pero ellos, mientras tanto,
pactando siempre en secreto.
Engrosando sus bolsillos
con corrupción y dinero.

Dándose la gran vida
en países europeos.
Disfrutando de sus putas
y su champán de Burdeos.

Canto III

(Tomás aparece en los infiernos.)

Tomás:

¿Qué lugar será éste?
¡Qué atmósfera tan obscura!
Todo está lleno de llamas,
de olor a azufre y de grutas.

Hay luces fosforescentes,
como las que hay en las rumbas.
Hay más grados centígrados
que los que hay en el Zulia.

Allá, al fondo, se ven almas
que se matan en disputas.
Que se dan puñetazos
y se clavan las uñas.

Los dos ojos se me abren.
Las dos manos me sudan.
¡Juro que este espectáculo
no lo había visto nunca!

(Aparece Billo Frómeta. Músico.)

Billo:

Normal que te sientas así,
estas visiones asustan.
Crepitares y demonios
dan los gritos que aquí arrullan.

Tomás:

¿No eres tú Billo Frómeta,
maestro de la música?
¿El qué compuso merengues
y alguna que otra cumbia?

Billo:

El mismo que dices, soy.
Dominicano de cuna
que fue a Caracas huyendo
de una feroz dictadura.

Y amé tanto a Caracas,
que ella siempre fue mi musa.
A ella dedico las notas
de todas mis partituras.

Duele verla destrozada,
duele verla tan sucia.
Sucursal de un cielo magro
donde los muertos abundan.

Pero sígueme, Tomás.
Seré el guía que te alumbra.
Te orientaré en los senderos
de esta intricada ruta.

¿Por qué renuncié a seguir siendo del equipo de campaña de Henri Falcón?

Una vez un amigo me dijo, compartiendo una botella de Cacique, que Venezuela era el único país en donde ser talentoso y ser inteligente se pagaba caro. Yo no le presté mucha atención. Asentí para no hacer un debate de una discusión que estaba siendo agradable. Para la época en la que él me dijo eso, Venezuela no estaba tan jodida. Mi amigo, que no importa su nombre para esta historia, hace ya cuatro años que se fue del país. Yo decidí quedarme. Al menos no me quería ir sin intentar. Al fin y al cabo, en una economía destrozada como la venezolana, quien es astuto puede encontrar minas de oro. Pero yo no contaba que para encontrar esas mimas de oro hay que carecer de escrúpulos.

Los profesores de la universidad me adoraban. Les juro que varias veces, en la universidad, los profesores decían al salón cosas como: “Aprendan de Helena. Esa muchacha va a llegar lejos”. A mí me daba muchísima vergüenza. Por otro lado, no voy a negar que me encantaba. Ese tipo de influencias hacía que todo el mundo se matara por hacer los trabajos conmigo. Me daban comida y me invitaban a todos lados. De todas formas, la Monteávila es una universidad que no es particularmente difícil.

Cuando me gradué, de Comunicación Social, conseguí trabajo rápido. Además, era un buen trabajo. Yo me había especializado en comunicación de masas. Siento que la comunicación de masas, en Venezuela, es la parte de la comunicación a la que se le pueden exprimir más cosas. Las masas en Venezuela se contentan con un pedazo de pan y un mal circo. Pueden morirse de hambre, pero basta con que grites un poco y agites una bandera estúpida para que todos hagan lo que quieres.

Yo ayudé a la campaña que hizo ganar a David Smolansky en El Hatillo. Smolansky era un chamo que siempre me cayó mal. Era como uno de esos estudiantes que decían cualquier imbecilidad para figurar en los medios. Sin embargo, trabajar en el diseño de comunicación de la campaña de alguien como Smolansky (Cuya victoria sería fácil. El Hatillo siempre ha sido un municipio opositor) sería una buena escuela para comenzar a poner en práctica todas esas teorías que yo había desarrollado, leído y profundizado en la universidad.

Ya se sabe que Smolansky ganó la campaña. La estrategia que yo señalé como la más apropiada, fue apelar a la nostalgia. En un país que está asolado por una dictadura comunista y en donde Caracas está visiblemente en ruinas, el recuerdo del Hatillo, que se magnifica por el aroma a verde que, a pesar de la violencia, de la miseria y de la pobreza, aún se respira ahí, siempre te saca una sonrisa o un suspiro. Yo sabía que, de todas formas, ya los alcaldes y los gobernadores habían sido pactados por el gobierno y por la oposición. Pero había que hacer campaña, había que hacer teatro y, además, la paga era buena.

El hecho es que yo, para la gente del Hatillo, me fui por la vía más fácil. Apliqué, mediante reuniones vecinales en las que se servía té y galletas, una especie de “Make El Hatillo great again”. Yo sabía que todo era una farsa. De hecho, el mismo Smolansky sabía que todo era una farsa. Ni el Hatillo ni Caracas se podrán recuperar, al menos a corto o a mediano plazo, de las garras de la violencia y de la dictadura. Pero todas las señoras del Hatillo, rememorando mejores días, decidieron seguirnos el baile. De hecho, el gordo Smolansky, en una reunión que hicimos en la alcaldía, me abrazó frente a todo el equipo de campaña y dijo: “Sigan el ejemplo de Helena. Esta caraja va a llegar lejos”. Yo me puse roja, sobre todo cuando todos aplaudieron.

Al principio no supe quién supo de mí. Cuando las campañas (o las farsas de campaña) son a nivel presidencial, todos los hilos se mueven desde el anonimato. Me llegó un correo de un tal Teodoro, que me solicitaba, en cortas parrafadas, reunirnos en un lugar público. Él, de alguna manera, sabía toda mi experiencia y mi currículum. No sé si fue alguien que lo recomendó o si tuvo acceso (que es lo que creo más probable) a una base de datos. A mí, al principio, me dio miedo. En una ciudad como Caracas, ya nadie cree en un correo así. Pero, buscando en Google acerca del tal Teodoro, vi que, al menos, en el caso de que realmente fuera él el que me escribía el correo, era un personaje medianamente público. De todas formas, le dije a cuatro amigos que me acompañaran. Éstos me dijeron que sí (Aunque, al final, todos me plantaron y fui yo sola).

Por Whatsapp, terminé de cuadrar con Teodoro acerca de todo. Él me había explicado, muy por encima, más o menos por dónde iban los tiros. Me había dicho que todo estaba relacionado con una nueva campaña, aunque no me había dicho de quién. De todas formas, yo lo intuía. Quedamos para vernos en el café que está en una esquina de la Plaza los Palos Grandes. Habíamos quedado para las cuatro de la tarde. A plena luz del día. Yo pensaba que, si me secuestraban, al menos habría testigos.

Teodoro se presentó con una guayabera blanca. Me brindó un café helado y pidió otro para él. Me dijo que, a través de una base de datos (Como yo sospechaba), había visto mis notas de la universidad, mi mención Cum Laude y mi experiencia. Me dijo que pronto comenzarían las campañas para las elecciones presidenciales que Diosdado Cabello, mediante la Asamblea Nacional Constituyente, había mandado a adelantar. Teodoro era uno de los directores de campaña de lo que sería la candidatura de Henri Falcón.

Teodoro, al menos conmigo, era un tipo diáfano y agradable. Al menos me habló claro. Me dijo que querían que yo fuese la coordinadora mediática en la campaña de Henri Falcón. Teodoro se reía cuando decía campaña. Él sabía que era una puesta en escena, que Henri Falcón era un actor que se prestaba al juego del gobierno. Pero que desde que casi todo el mundo había impuesto sanciones a los jerarcas de la dictadura, había que lavar un poco la imagen ante el resto del mundo a través de unas elecciones, aunque éstas fuesen fingidas.

Yo estaba a punto de decir que no. Teodoro era muy agradable y todo, pero no me interesaba prestarme a eso. Además, y esto fue algo que le dije muy claramente y que él sonrió al entenderlo, no me interesaba tanto trabajo (porque una campaña, por más simple que sea, implica un trabajo titánico) para ganar el bolívares, una moneda que no vale ni el papel en el que está impresa. Teodoro, un tipo corpulento, se alzó un poco y con su mano se sacó del bolsillo trasero de su pantalón una cartera. “Sabía que me podrías decir algo así”, me dijo. De la cartera sacó un billete de cien dólares y lo puso en la mesa. Yo no lo podía creer. De hecho, tardé varios segundos en asimilarlo. Mi primera reacción fue cubrir el billete con una servilleta. Me daba paja que alguien más lo viera. En Venezuela, en Caracas, con cien dólares casi que te puedes comprar una casa.

“Quizás con eso te lo puedas pensar un poco mejor. Lo que vas a ganar es mucho más que esto. Pero considera esto un adelanto por la molestia de haber venido hasta acá”, me dijo Teodoro guiñándome un ojo y recordándome, previo a una sonora carcajada, que también me había invitado al café helado, que, como siempre en esa cafetería de la Plaza los Palos Grandes, estaba divino. Teodoro se había ofrecido a llevarme hasta mi casa. De todas formas, no vivo muy lejos de la plaza. Bajamos al estacionamiento de la plaza y, en su Corolla azul, me dejó en la puerta de mi casa. “Piénsatelo bien”, me dijo cuando el vigilante de mi edificio pulsó el botón para abrir la puerta y yo entrar.

Yo lo llamé esa misma noche. No me importaba hacerle “campaña” a un imbécil como Henri Falcón. Si me pagan en dólares, yo le hago la campaña al mismísimo Hitler. Yo quiero irme del país, tener dólares para pagarme una buena carrera en el exterior orientada hacia la comunicación política y de masas. “¿Te lo pensaste bien?”, me respondió al teléfono, con su voz gruesa, Teodoro a manera de contestación. Yo le dije que sí. Él se rió y me dio la bienvenida. Me citó para el día siguiente en la sede del comando de campaña de Falcón, cerca de Colegio de Ingenieros. No había tiempo que perder. “No te preocupes, Helena. Yo te paso buscando”, me dijo antes de trancar y darme las buenas noches.

Henri Falcón es un tipo sin ningún tipo de carisma. Es un tipo que no transmite ninguna emoción. Es una especie de duende triste con los dientes salidos. Me saludó con dos besos, al estilo europeo. “Tú eres, Helena, ¿no? ¡Bienvenida al equipo!”, me dijo Henri. Yo le di las gracias sin sonreír. No me gusta sonreír cuando no tengo ganas de sonreír. El resto del comando de campaña llegó y el mismo Henri me los presentó a todos. Me dieron verdaderas ganas no sólo de sonreír sino de reírme cuando vi a uno de los miembros del comando de campaña, un joven que es uno de los consentidos de Henri Falcón, lucir, orgullosamente, una franela roja con los ojos de Chávez.

Todo el asunto de la pre-campaña fue durísimo y amargo. Nadie se creía la historia de que Henri Falcón era un candidato opositor. De hecho, me dio mucha risa cuando, una tarde, cuando estábamos almorzando alrededor de la mesa en la que solíamos almorzar, a Henri Falcón lo llamó, por videollamada de Whatsapp, el mismo Jorge Arreaza. Jorge, un tipo sombrío pero muy amable (al menos con Henri) le dijo que había hablado con El Universal y con Últimas Noticias, que Jorge Rodríguez, el alcalde chavista de Caracas, había comprado dos páginas completas a full color para Henri. Jorge Arreaza le pidió a Henri que seleccionara una foto en la que no sonriera. Le dijo que iban a jugar a ese contraste de Maduro sonriente y Henri Falcón amargado. “Na’ Guará, Jorgito. Tengo una en la que salgo con una cara de culo horrible”, dijo Henri antes de proceder a reírse como si fuese Bob Esponja. Antes de colgar, Henri me hizo ir a su lado para presentarme a Jorge Arreaza. Arreaza estaba en franela y en blue jeans. Yo me presenté como la jefa de la parte mediática de la “campaña” de Henri Falcón. Arreaza me dio su número para hablar sobre las piezas gráficas y aclarar otros puntos.

Ya yo había recibido varios adelantos de mis pagos. Teodoro, el que me introdujo a todo el mundo de Henri Falcón, es una persona realmente amable. Siempre me brindaba almuerzos y era como una especie de figura paterna para algunas cosas. Incluso, alguna vez le llegué a pedir consejos sobre la carrera que quería hacer y hasta del chamo que me gustaba. Él me contaba de sus amoríos “cuando era más chamo” y me decía que no confiara nunca en nadie. Decía que una chama como yo se merecía a un novio escandinavo, no a un “venezolano huevón”. También Teodoro me felicitaba por mi trabajo hasta el momento. Era obvio que la campaña nunca sentaría cabeza, pero, al menos, habíamos conseguido convencer a algunos copeyanos idiotas y a algunas doñas del Cafetal de que Henri Falcón era candidato de la oposición.

Pero los resultados, a pesar de mi trabajo, no le gustaban a Henri. A Henri, a pesar de que sabía que su candidatura era sólo un papel, le gustaba la popularidad. Yo tenía que jalarle a los medios para que le concedieran alguna entrevista. Me refiero a los medios que no están controlados por el gobierno. Los que están controlados por el gobierno, como pueden ver, le han abierto las puertas de par en par a Henri para la farsa. Pero los medios libres se reían en mi cara. Para ellos, Henri Falcón no es más que un pobre, triste, patético, idiota, subnormal, poco carismático, aburrido, retrasado, indigno y vulgar pelele que no merece ni un anuncio pago al lado de las putas que ofrecen masajes. Y lo que me daba más arrechera era que no me daba tiempo a explicarle a los medios que yo estaba ahí sólo por los dólares. Que yo era una mercenaria comunicacional.

Henri es un tipo que le mete duro, pero durísimo, a la caña clara. No sé si es algo que heredó de ser yaracuyano, pero a veces se mete unas rascas brutales. Y lo peor es que Henri es el borracho violento. Hace cerca de una semana, cuando ya estaba todo listo para el inicio de la campaña, estábamos reunidos en el comando. Henri ya tenía una peste a aguardiente horrible y no sé qué mensaje le llegó que seguía dándole en la vena de que ningún medio lo quería reseñar. Y ahí le estalló todo.

Henri se dirigió a mí. Estaba borrachísimo. Empezó a gritar que yo era una inútil. Nadie hacía nada para defenderme. Yo tenía miedo. A pesar de que sabía que Henri era borracho violento (Y lo peor es que, sobrio, es relativamente de pinga, como cuando lo conocí), no sabía que podía reaccionar así. Me dijo que yo era una imbécil, una puta inepta. Me dijo que Chávez estaría avergonzado de mí. Que me iba a mandar a joder con Maduro. Que si no me botaba “como una perra” era porque yo era la consentida de Teodoro.

Henri pegaba gritos frenéticos. Yo le pedí que se calmara, pero eso lo enfurecía más. Creo que mi error fue decirle que, al fin y al cabo, él no movía a nadie, que yo no podía hacer mucho más. Era algo que pensábamos todos, pero nadie le decía. Henri se puso rojo y me agarró por la cara con fuerza, con rabia y con furia. “Vuelve a decir eso, Helena, y te reviento la cara”, me dijo mientras escupía sin querer mientras hablaba. Me hacía daño. Me agarró la cara y la boca con una rabia que me hizo sentir sabor a sangre. Fue Teodoro quien pudo controlarlo y me sacó del salón mientras Henri gritaba y le daba coñazos a la mesa.

A pesar de que Teodoro me pidió disculpas, yo le dije que presentaba mi renuncia. Yo estaba llorando. Nunca nadie me había tratado así y me había agredido así. Teodoro comprendió, pero me invitó a un café para ver si cambiaba de opinión. Me dijo que las borracheras de Henri (y la violencia que deriva de éstas) eran comunes. Que ya había pasado algo parecido con su jefa de campaña cuando se había lanzado como gobernador del estado Lara. Yo rechacé la invitación. Teodoro, muy amable, como siempre, estuvo conmigo hasta que se me pasó el llanto y el susto.

Al día siguiente, ya cuando había renunciado, Teodoro me envió un sobre a mi casa. Dentro del sobre había una carta al lado de 6.000 dólares en efectivo. En la carta, más o menos parafraseado, me decía que el dinero era para ayudar a cumplir mi sueño de hacer un máster afuera. Que yo no sólo merecía a un escandinavo como novio, sino hacer campaña a gente que mereciera la pena, no a un pobre bolsa como Henri Falcón. Yo aún no le he dado las gracias. Al menos, de la pantomima pude sacar un beneficio. Yo no sé si ser talentoso o inteligente, como dijo mi amigo una vez con una botella de Cacique en la mano, se paga caro. Al menos a mí, el ser talentosa y el aguantar, me dio frutos. Y me da risa acordarme de mi amigo de la botella de Cacique amigo y de las filosofías que hacía cuando estaba bajo el alcohol. Qué diferencia tan grande con el “Candidato opositor”.

Helena Eco.

(T.M.)

Crónica ficticia. Ejercicio literario. La Cantárida es una página de literatura, no de noticias. Aunque igual Henri Falcón, bailando al son del dictador genocida, nos parece un triste cómplice y un ser deleznable.

Plomo (Segunda Parte)

A pesar de las chispas que caían, siempre fui una persona muy conductista a la hora de comer. Yo solía comer al mediodía. Si por mí fuera, comería todo el día. Pero al ser estudiante aprendí a hacer malabares con los horarios y a hacer un hueco para poder comer, lloviera, tronara o relampagueara, a la misma hora del día. En este caso, lo que llovían eran balas. Pero mi hora de comer es sagrada. Iría a hacer mi almuerzo y comer. Total, nada podría hacer yo para que la lluvia de balas y de fuego se calmase.

Entré a la cocina. Por un momento tuve miedo. La ventana de la cocina estaba abierta de par en par. Es cierto. No era una ventana muy grande, pero cualquier bala envuelta en fuego podría entrar por ahí. Quise acercarme a cerrarla, pero sentía que sería el lugar más vulnerable en el que me podría poner. Yo no quería morir a causa de una bala. Nadie, creo, quiere morir a causa de una bala. Iba por la cocina procurando estar cerca de las paredes. Procurando estar fuera del rango que podría tener cualquier objeto que entrase por la ventana abierta de la cocina de mi apartamento para actuar en contra mía.

De todos modos, luego de pensarlo con un tanto más de cabeza fría, creí que no debía preocuparme tanto. La ventana de la cocina, hacia la parte de afuera, que daba como a una especie de patio interno, tenía un saledizo creo que de zinc que podía ayudar. El saledizo estaba para proteger a quien cocinara o fregara los platos (nuestro fregadero estaba ubicado al lado de la pequeña cocina de gas) de los rayos agresivos del sol. Realmente era bastante útil, aunque siempre pensé que se veía un poco mamarracho.

Pero sentí miedo nuevamente. No sé hasta qué punto una lámina de zinc (de ésas que son un poco curvas y tienen dos colores que se intercalan a través de láminas) podría resistir el impacto de una bala. Al fin y al cabo, la bala que había caído en mi balcón había arrancado un pedacito del piso, que era de granito rosado. Lo mejor sería, definitivamente, ir con cuidado. Yo caminaba con la cabeza un tanto gacha, como si eso fuese a ayudar en algo. Es parte de esos instintos humanos que, aunque sean un poco inútiles, te brindan una cierta sensación de seguridad.

La nevera estaba llena. A pesar de todas las calamidades y de todas las escaseces que asolaban a Caracas, nosotros siempre nos las ingeniábamos para tener una nevera llena. Y no sólo llena, sino llena de cosas ricas. A pesar de que siempre fui una chica delgada, comer siempre ha sido una de mis grandes aficiones. Siempre fui la envidia de mis amigas estúpidas del Mater. Ellas se mataban a unas dietas horribles en las que tenías que contentarte con comer un pedazo de lechuga de mierda que si con vinagre. Yo, en cambio, me hacía unos sándwiches como de medio metro rellenos de todas las cosas ricas que puede haber en este mundo. Mi otro gran “vicio” siempre fue leer. Y como podía leer comiendo sin ensuciar las páginas de los libros, me encantaba combinar estas dos prácticas.

Esto me lleva a explicar un detalle que a simple vista podría no tener importancia, pero para mí siempre la ha tenido y siempre la tendrá. Al igual que en mi apartamento podíamos disfrutar de una nevera llena, podíamos disfrutar de una biblioteca llena. El mercado de los libros en Caracas era un poco como el de la comida. En las grandes cadenas de librerías (generalmente las grandes cadenas de librerías suelen tener los peores libros) había pocos libros y de los pocos libros que había, las tres cuartas partes versaban sobre autoayuda, brujería, Sascha Fitness y no sé cuántas mariqueras más. Los libros buenos se hallaban en el casi clandestino mercado negro. Tan clandestino como el de los víveres, pero mucho menos concurrido.

Yo me sentía orgullosa tanto de mi nevera llena como de mi biblioteca repleta de clásicos y de títulos realmente fascinantes. Cuando alguna persona venía a mi casa a hacerme una visita (fuese una amiga del colegio, o de la universidad, o del trabajo, o un chamo quesudo que lo que quería era llevarme a la cama), le hacía la prueba de la biblioteca. Le hablaba y le mostraba, al menos durante una hora, los títulos que más me gustaban de mi biblioteca, o los que tenía en la lista para leer. Si la persona a la que le estaba haciendo la exposición se ladillaba (lo que ocurría en el 90% de las ocasiones), yo la ponía como en una especie de lista de gente inútil.

Hacía tiempo que la gente ya no venía a visitarme a la casa. O yo me había hartado de muchos, o muchos se habían hartado de mí o, lo más normal, la gente, sencillamente, se había ido del país. Yo era una de las pocas que aún quedaba. La verdad es que no sé por qué me quedaba. Creo que era una especie de mientras tuviese full la nevera y la biblioteca, el resto del mundo, Venezuela, no me importaba absolutamente nada. Por mí, que el país se incendiara todo.

Casi siempre me tocaba comer sola. Prefería comer en la cocina. Nunca en mi cuarto o en el comedor. La cocina era el lugar más diáfano de todo el apartamento. Eran rarísimas las ocasiones en las que coincidía a comer con mis papás. Mis papás generalmente comían en el trabajo y yo comía en el colegio o en la universidad cuando aún estudiaba, hasta hacía muy poco tiempo. Mientras comía, me gustaba poner la radio para escuchar las noticias escabrosas de lo que sucedía en el país. Del gobierno burlándose de la oposición, de los muertos, de la gente que moría de orgullo y hambre por no quererse arrastrar al carnet de la patria cuando se les había agotado el resto de los recursos.

Creo que, desde que yo era chiquita, siempre habíamos tenido el mismo método. Por eso me acostumbré a comer sola. Amaba comer sola. Detestaba comer con mis amigas porque, como he dicho, yo comía muchísimo a pesar de que soy flaca. Yo era de las que pedía dos y hasta tres menús. Y me molestaba la mirada de extrañeza con la que todas mis amigas me observaban. En cambio, comiendo sola no tenía que tener modales ni que rendirle cuentas a absolutamente nadie. Cuando invitaba a chamas o a chamos para la casa para revolcarnos, no me molestaba que el queso se les chorreara. Lo que me hacía hervir la sangre era que quisieran quedarse a comer.

Pero hacía mucho tiempo que ya nadie iba, y ese plan no se hacía más. Creo que mucha gente en el Mater y en la Monteávila me jalaba bolas porque sabían que conmigo (dentro o fuera de mi casa) las reuniones siempre terminaban siendo bacanales. A mí me encantaba el sexo y me excitaba la violencia. Muchas chamas, aunque fuese por curiosidad, iban a mi casa a escondidas de sus padres para participar en orgías. Me daba mucha risa cuando, antes, durante o después del acto sexual como tal, ponían sus voces de muchachas buenas y les decían a sus papás, a través del celular, que la estaban pasando buenísimo (cosa que no era mentira), que estaban tomando Pepsi y comiendo Doritos. Con los chamos pasaba algo más simpático. A mí el sexo sin por lo menos un toque de violencia me gustaba, pero no me parecía la gran cosa. A veces esperaba a que los chamos se durmieran y, agarrando un bastón de madera que tenía mi papá, cuando estaban durmiendo, se los estrellaba en la cara, muchas veces haciendo brotar sangre. Al principio, evidentemente los chamos gritaban, pero yo sabía hacerlos callar con besos y otras cosas. Siempre fui una mujer atractiva. Pero ya eso era tiempo pasado. Como he dicho, todos o se habían ido del país o se habían casado o estaban empatados con gente pollísima. Yo ya casi no salía tampoco. El día se me iba escuchando cantar a los periquitos o a los canarios, trabajando de vez en cuando. Incluso viendo los peces payaso que teníamos dentro de la pecera. Los peces de esa pecera tenían un máster en observar porno en vivo.

Como a veces la soledad de la casa me abrumaba un poco, salía a dar una vuelta alrededor de la cuadra. Sé que hasta salir a dar una vuelta alrededor de la cuadra era algo peligroso, pero, con suerte, no pasaba mucho. De todas formas, procuraba salir a la luz del día y no en la noche. Aunque, de todas formas, éste era un detalle cada vez menor. Ya la delincuencia en Caracas era tal que daba igual el día que la noche. Ya una persona podía ser hurtada, robada, atracada, secuestrada o asesinada en presencia de una muchedumbre y todo seguía fluyendo con normalidad.

No hacía mucho más que eso. Me gustaba ver las ruinas de Caracas, al menos las ruinas que aún mantenían su forma. Algunos condominios, muy pudientes, hacían potazos entre los vecinos y recolectas para comprar algunos galones de pintura con los que maquillar los edificios. Era un esfuerzo que a mí siempre me pareció loable. Tampoco es que era la gran vaina, pero no sé. A veces, en algunas tardes, Caracas aún conservaba esa luz tenue y medio ocre que me recordaba a mi infancia, cuando se podía vivir tranquila y cuando el Parque del Este aún no estaba tan vuelto mierda, como el resto de la ciudad.

Aún, para quien la supiese buscar, había una especie de vida social en Caracas. Para quien pudiese permitirse el lujo, había aún algunos restaurantes que, mal que bien, funcionaban. Uno de los problemas que yo tenía para seguir socializando es que no es lo mismo socializar cuando eres adolescente o muy joven a socializar cuando tienes casi 30. Cuando tienes casi 30, ya la gente anda en su propio peo. Algunos ya tienen pareja estable, otros ya tienen un trabajo que los consume. Otros más lo que piensan es en la estúpida boda. Cosas así. Yo me sentía una vieja a pesar de que no había pasado los 30. Veía a Caracas como si fuese una ruina antigua hallada en un yacimiento arqueológico. Un lugar en el que, junto a esos escombros, yacía una gran cantidad de recuerdos agradables.

Ahora, casi que mis mejores amigos eran los periquitos, los canarios y los peces payaso. Sé que suena un poco tonto y patético, pero era así. De vez en cuando, muy de vez en cuando, recibía la llamada sorpresa de algún amigo o amiga que se había resignado a morir en Caracas al haber fracasado en todos los intentos de huida. A veces leíamos juntos, a veces escuchábamos música juntos. A veces jugábamos Nintendo juntos. Por lo menos una vez al mes. O cada dos meses. O cada tres meses.

Como aún quedaba uno que otro amigo que sabía y compartía mi afición a comer, me invitaba a comer alguna comida que inventaba en su casa. Me encantaban esas tertulias. Era como una especie de improvisación en la cocina de alguien con los productos que se habían podido conseguir en el mercado negro. A veces quedaban unas cosas tan fabulosas, que anotábamos la receta y el proceso para no perderlas y repetirlas algún día. A veces quedaban unos menjurjes asquerosos, que botábamos (pidiendo tácito perdón a los que morían de hambre, que no eran pocos) por la cañería.

Ser cocinera o chef siempre fue una especie de sueño frustrado. No tanto frustrado por un fracaso personal, sino por el propio país. Ser cocinero o chef era una de las cosas menos rentables en un país que se estaba muriendo de hambre. Serviría, en todo caso, para lo que hacía yo a veces con estos amigos que he contado. Inventar, improvisar, divertirse y comer. Estas tertulias, de alguna manera, paliaban ese sueño que, quizás de haber nacido en un lugar medianamente normal, al menos habría intentado cumplir.

T.M.

Relato inspirado el el texto “La lluvia de fuego”, de Leopoldo Lugones.

 

 

 

La paradoja del mal emigrante

Yanfran se despide de su barrio. Tiene las maletas listas. Son unas maletas viejas que le habían sobrado de cuando traficaba y revendía la cerveza que se robaba de su trabajo como empaquetador en la Regional. Le da un abrazo a su mamá, quien llora. “No te preocupes, viejita, que yo te sacaré de esta mielda (sic)”, le dice. Monta en la moto de su amigo, quien lo está esperando treinta y dos escalones más abajo. El amigo hace rugir el motor, lo hace sentir poderoso y es algo que impresiona a las mujeres del barrio, que no conocen más mundo. Ambos arrancan. Entre humo negro y tierra levantada, se alejan.

Yanfran espera el autobús que lo llevará hacia el Táchira. Conseguir pasaje fue difícil. Los pasajes en autobús hasta el Táchira se agotan a razón del éxodo masivo. Miles de personas cruzan la frontera hacia Colombia. Ir hasta el Táchira es sólo el primer paso. Luego viene el trayecto largo, el de a pie, el que está infestado de Guardias Nacionales que cobran salvoconducto. Yanfran tiene dinero por si acaso. Nunca se sabe qué puede pasar. Ya se ha despedido de su amigo. Se echa, con las piernas abiertas, y ocupa dos puestos en los asientos enfilados de la terminal. Hay gente aún de pie.

El viaje hacia el Táchira es tedioso, aburrido. Yanfran mira por la ventana. Una señora no para de hablar por teléfono con una amiga. Una niña no para de llorar. El autobús es una carcacha que parece que va a destrozarse en cada bache. La calle está repleta de baches. Hace años que nadie le hace mantenimiento. El chofer no ha puesto música. Está concentrado en el camino. Un rosario, colgado a su lado, se mueve todo el tiempo. Vibra a la par que lo hace el autobús.

Hay una fila inmensa para cruzar. Parece una manifestación. Yanfran se aferra a su maleta. Teme que se la roben. Los Guardias Nacionales se dan vida incautando pertenencias y quitando dinero. Una señora gorda, con licras, ofrece agua fresca (en pesos colombianos). El sol es inclemente. Ni una nube se asoma en el camino. Las autoridades colombianas están agotadas. Hay demasiados venezolanos. Algunos se abrazan, algunos se quejan. Los que han logrado entrar y tienen sus pasaportes sellados, celebran. Uno que otro pinta una paloma a los Guardias Nacionales que están al otro lado de la línea. Éstos, frustrados, deciden mirar hacia otro lado. “En lo que te vuelva a ver en Venezuela, te mato”, dice uno, sin ningún tipo de recato, con el dedo en el gatillo del fusil de reglamento, para apoyar, con lenguaje corporal, a su amenaza.

Yanfran ha resuelto en casa de primos y amigos. Se ha encaminado hacia Lima, que era su objetivo principal. Ahí tiene también primos y amigos. Los venezolanos han ido tejiendo sus redes en todos lados. Cada vez están más cohesionados y más organizados. Yanfran se resuelve vendiendo dulces que compra a precio de gallina flaca directo de fábrica. A veces, mediante pagos “en negro”, obtiene más dulces de los que debería. Le ha enseñado al ingenuo responsable de ventas directas de la fábrica el vicio de la corrupción, de la “viveza”.

Yanfran se monta en los autobuses que le otorgan permiso de hacerlo. Ensaya su cara más lastimera y echa un discurso de cómo tuvo que abandonar a su país y a los suyos. Quiebra la voz, tal como ensaya cuando está solo. No ha hablado absolutamente nada de los dulces, si son más ricos, más baratos o más crujientes que la competencia. Sólo ha hablado de él. Vende lástima en su cesta, no vende dulces. La mayoría de los pasajeros del autobús, con audífonos y distraídos con el paisaje de Lima mientras se dirigen hacia sus trabajos, miran por la ventana. Yanfran no está teniendo, esa mañana, mucho éxito de ventas. Recurre al recurso de ser un poco más invasivo. Deja en las piernas de los pasajeros las galletas y los chocolates. Hace presión. Un peruano no aguanta la presión y compra el dulce. Tres soles por una galletita mínima. Es una estafa, pero todo sea “por ayudar”.

Otro peruano, de unos cuarenta años, está molesto. No oculta su enfado, pero no quiere dejar de ser prudente. Le dice a su compañero de al lado un comentario xenofóbico. Yanfran lo escucha. No es la primera vez que lo escucha, pero ya anda algo tenso por no haber vendido mucho. No sabe si actuar. Se lo piensa un poco. Decide actuar. Intenta ser diplomático. El problema es que la diplomacia para Yanfran significa, simplemente, no recurrir a la violencia física. La violencia verbanl y la amenaza, para la gente como él, aún entran dentro del rango de la diplomacia.

“¿Cómo me dijiste?”, espeta Yanfran, como una bomba arrojadiza. Los pasajeros comienzan a dirigir sus miradas hacia el conflicto, que acaba de empezar y se va calentando. “Estoy cansado de que ustedes, cobardes, huyan como ratas y se refugien en el Perú a quitarnos nuestros trabajos”, responde el increpado. Yanfran es un hombre colérico. Toda su vida ha sido criado con la teoría del macho alfa dominante. Pero aún no recurre a la violencia (física). Lanza una sarta de insultos al peruano. Le recuerda (para Yanfran es un hecho indiscutible) que los venezolanos van a Perú a “mejorar la raza”, a ayudarlos a dejar de ser “indios feos”.

El peruano sólo suspira y mira hacia otro lado. Intenta esquivar la mirada retadora de Yanfran y decide que lo mejor es ver por la ventana. Ya el venezolano se calmará. Yanfran sigue insultando. Saca sus armas más potentes, recurre de nuevo a la lástima, pero más profunda. Habla de sus tres hijas, de su madre (de la que se despidió en el barrio) y de todos los venezolanos que están padeciendo en el exterior. No recibe respuesta de nadie. El peruano sigue mirando por la ventana. El resto de los pasajeros no sienten mayor interés por lo que está sucediendo.

Yanfran suelta el primer golpe, directo a la nuca. El peruano se levanta de su asiento y responde. Los pasajeros, asustados, se alejan y dan espacio. El conductor se orilla lo más rápido que puede. Pide al asistente que detenga la pelea. El asistente no quiere hacerlo, pero es su deber. En teoría es su deber. Nunca se había enfrentado a un problema así. Nunca había visto una pelea en el autobús que llegase a los golpes. “Dale gracias a Dios que estamos en Lima. Si estuviésemos en Caracas, te mato, te meto plomo”, suelta Yanfran sin oponer mucha resistencia. Baja (lo bajan del autobús).

Verónica se ha hecho más de veinte selfies en el aeropuerto. Ha inundado sus redes sociales con fotos de sus pies en el aeropuerto de Maiquetía. Está con sus padres, con su tía y con algunos amigos. Se abrazan durante un largo tiempo. Verónica agita su ridícula gorra tricolor. Grita un “viva Venezuela” que sólo es respondido y vitoreado por su propia gente cercana. Arrastra, como puede, sus tres maletas de colores. Son unas maletas cuchis. Verónica, de por sí, es una cuchi. Tiene unos lentes obscuros gigantes que parecen las orejas de Mickey. Es flaquita y viste bien, incluso para emigrar.

Verónica no tiene mayores problemas para irse. El pasaporte portugués (y todo pasaporte europeo) es un gran comodín. Además, ha estudiado, ha sido siempre una buena estudiante. Tiene conocidos en Madrid que le darán un empujón, pero méritos no le faltan. Había pensado en Lisboa, pero en Madrid tiene más facilidades. Aborda el avión, se coloca los audífonos y mira por la ventana. Llora. Piensa en tomarse una foto llorando, pero es ridículo hasta para ella. Caracas se aleja. Todo comienza a ser mar, sólo mar.

Lo primero que hace al llegar a Madrid es tomarse fotos y abrazar a sus amigas, que la esperan en la puerta por donde entran los pasajeros en el aeropuerto de Barajas. Van a tomar a Starbucks, ahí mismo, dentro del aeropuerto. “Marica, tenía años sin tomar un Starbucks”, dice Verónica mientras toma una foto al frappuccino. Sus amigas ríen. Comparten cuentos. Hablan un poco sobre el viaje. Van a darle un par de vueltas por la ciudad, para que la vaya reconociendo. La última vez que Verónica había ido a Madrid, tenía trece años. Ahora tiene 24.

Verónica se hospeda con su tía favorita, quien la consiente, la abraza, la besa y, esforzadamente, le ha cocinado una paella. “Yo quiero comer arepas. No vine aquí a comer paella”, dice Verónica, medio en broma, medio en serio. Toda su vida, mientras Venezuela aún era habitable, presumía de su sangre portuguesa y de sus raíces europeas. Sentía que Venezuela no era su lugar. Jamás fue su lugar, pero sentir nostalgia es un juego peligroso para quienes van en serio y divertido para quienes aman la publicad en redes sociales.

Verónica comienza en el nuevo trabajo. Le es asignado un cubículo en una oficina inmensa que tiene vista a la Plaza de Colón. Verónica ve la inmensa bandera española ondeando. Tiene una idea. Al día siguiente, coloca una banderita de Venezuela en su cubículo, como para contrarrestar. Saca una foto a su gracia y la cuelga en Instagram. Todo el día habla a sus compañeros sobre Venezuela y sus cosas, lo bueno y lo malo. También habla de otras cosas. Verónica es dulce y agradable. Quizás su principal defecto es que no sabe escuchar.

Manuel, el muchacho extremeño que se ha convertido en su mejor amigo del trabajo, invita a Verónica a su casa. Verónica acepta, encantada, la invitación. Incluso, va al Mercadona y compra una torta helada. No quiere llegar con las manos vacías. Manuel se ha esmerado mucho. Verónica es preciosa y ha despertado interés en él. Está un poco nervioso. Él gusta de ella. Le ha preparado una cena, utilizando sus pocas habilidades como cocinero. La cena, por fortuna, le ha salido bien.

En los altavoces, que tienen, en el diseño, la torre Eiffel estampada, suena “Por encima del bien y del mal”, de Robe Iniesta. Manuel la tararea. Tararear siempre le ha ayudado a sentirse un poco más tranquilo. Suena el intercomunicador. Manuel está que tiembla. Le llama el ascensor a Verónica, quien tiene la torta helada en las manos. Manuel la saluda con dos besos. Sus labios casi quedan juntos cuando Verónica lo corta en seco. “En Venezuela sólo es un beso”, le dice. Manuel se sonroja. Parece avergonzado.

“¿No quieres mejor poner gaitas?”, le sugiere Verónica a Manuel. Le dice que no le gusta la música que está sonando. “Es Robe, el de Extremoduro”, dice Manuel. “No me gusta”, reitera Verónica. Manuel le da su Spotify a Verónica. Verónica hace sonar “Sin rencor”, la popular gaita. A Manuel le gusta. Al fin y al cabo, es una canción hermosa. Pega, además, con la Navidad. Estamos en diciembre. Hace frío en Madrid. Manuel espera a que el frío se transforme en abrazos, los abrazos en besos y, a partir de ahí, la historia puede terminar como quiera Verónica.

Verónica, una semana después, ve, por el estado de Facebook que comparte una tía, que hay una manifestación de venezolanos en Sol a favor de la liberación de Leopoldo. Verónica puede protestar ahora. Sabe que la Guardia Civil o la policía madrileña y/o española no le arrojará perdigonazos. Por eso nunca protestó en Venezuela. No es razón para culparla. Nadie quiere perder su vida contra una dictadura que aplasta a una oposición que se vende. No vale la pena. No es justo que tantos años de estudios y de esfuerzos sean anulados por una bala, por una lacrimógena o por un perdigón.

Verónica grita y agita sus banderas. Se ha colocado la gorra tricolor, la misma que agitó cuando estaba en el aeropuerto de Maiquetía. Se toma fotos frente al pendón gigante de siete estrellas que tapa a la estatua de Carlos III. Verónica ni se ha preocupado en preguntar quién es ese señor que está a caballo, como vigilando a los transeúntes que convergen en la puerta del Sol. Se queja del clima. Dice que en Caracas no hace el “frío de mierda” que hace en Madrid. Se queja de la comida. Dice que los madrileños deberían comer más arepas. Se queja del dictador, el que ha destrozado a un país entero por querer imponer su punto de vista.

Yanfran y Verónica, aunque no se recuerdan (Verónica recuerda el hecho, mas no al ejecutor), coincidieron una vez. Verónica, en su Spark amarillo, en plena cola en la avenida principal del Marqués, fue asaltada, hace unos cuatro años, por Yanfran. Yanfran, cañón en mano, se apoderó de su teléfono y Verónica lloró de la impotencia. Yanfran y Verónica jamás se van a ver de nuevo. Ambos correrán suertes distintas. Pero los dos, aunque nunca lo hablaron, piensan, juran y están convencidos de que el país que los acoge está en deuda con Venezuela. Una piensa que por los españoles que llegaron huyendo del franquismo, otro por los peruanos que llegaron huyendo de la pobreza y de Sendero Luminoso. Ambos se sienten acreedores. No entienden que todo es una falacia, que nadie nos debe nada. Yanfran y Verónica se parecen mucho.

 

Tomás Marín

Facebook.com/LaCantarida

 

 

 

 

Lucía (o cómo salvarse de retruque)

A pesar de que hay muchos relatos, testimonios y crónicas sobre la emigración, no hay ninguno que realmente se enfoque en lo que sucede cuando el emigrante fracasa. Abundan siempre los casos de éxito, las fotos de venezolanos exitosos que, en su aventura en el exterior, lograron, con talento o con trampa, ganarse un lugar y un puesto. Salen en las portadas de revistas fresas como Todo en Domingo, con una sonrisa de oreja a oreja sosteniendo algún símbolo obvio y fácil relativo a la labor en la que se desenvuelven. Sosteniendo un batidor, con un gorro de chef, con una cámara, con un pincel, con una bata o muchas otras tonterías más.

Hay otro gran margen que no sale en los periódicos. Ése margen es el de los que, por una razón u otra (quizás por falta de talento o por falta de trampa), murieron (no literalmente) en el desierto de una esperanza que jamás llegó. Sueños que se secaron o se desplomaron por falta de dinero, de incentivos, de clientela, de visión o muchos otros factores más. En ese grupo me encuentro yo. Me encuentro y no me encuentro al mismo tiempo. Es un caso extraño. Una excepción a la regla. Más tomando en cuenta que el odio que le profeso a los chavistas es visceral. Pero las circunstancias saben dictaminar. Saben callar la boca hasta al más charlatán.

Obviaré todos los detalles clichés de mi despedida. La foto mariquísima en el piso de Cruz-Diez, la llorantina en el aeropuerto, el abordaje, la aduana y todas esas cosas que no vienen al caso por estar contadas una y otra vez en muros de Facebook o de Instagram. El viaje fue larguísimo, pero larguísimo larguísimo. Sentía que, en ese avión, podíamos fundar una república voladora. No era para menos. El destino era Australia. Yo no conocía a Australia más que por ciertos elementos clichés de las películas y un capítulo de los Simpson. Para mí, Australia era una suerte de selva semi-árida llena de canguros, de boomerangs, de nativos bailando alrededor de tótems y de cocodrilos gigantes.

No es que en Australia no haya todo lo que mencioné anteriormente, pero Sydney es una ciudad avanzadísima. Una cosa que no se puede creer. Las calles son preciosas, la gente es amable, se respira un ambiente fantástico. La noche es de cuento de hadas, las calles se iluminan y, desde muchos puntos de la ciudad, se pueden ver los bombillos multicolores de la ópera, uno de los edificios más brutales que se hayan construido alguna vez. Australia no parece de este planeta. Es una especie de fin del mundo, pero un fin del mundo muy bien hecho. Cuando llegué, sentí que me adaptaría fácilmente.

Uno de mis tres tíos, que era socio de mis otros dos tíos, me había encomendado la tarea de abrir una sucursal australiana de su negocio de mayoristas ferreteros. Ante la lógica pregunta de por qué Australia y no otro sitio más cercano, era un asunto de no sé qué contactos extraños que yo no conocía muy bien. Mi trabajo era abrir las vías económicas para que todo el proyecto pudiese concretarse en la menor cantidad de tiempo posible. No me enviaron por capricho. Mi tío confiaba en mí. Yo había sido una muy buena estudiante de administración en la Católica. Mis notas habían destacado siempre y pude graduarme con mención. Además, llevaba ya un tiempo trabajando en la milla de oro del Rosal, en el edificio de cristales azules donde está (o estaba, no lo sé) la valla de Bancaribe.

La idea me encantó desde el primer momento. Sería la oportunidad ideal de poder iniciar un máster o un buen curso orientado hacia alguna de las destrezas que mejor se me daba. Siempre tuve una facilidad para los números y para los cálculos. Me dio bastante tiempo a preparar todo. A llevar todo lo que hacía falta. No es que llevara tantísimo efectivo. Tenía lo suficiente para vivir bien un par de meses, tiempo más que suficiente para cerrar todo, evaluar las producciones, dar inicio y mandar las transferencias. A pesar de que Venezuela es un país en crisis, sigue habiendo oportunidades para las personas que saben cómo moverse (y que disponen de divisas).

Al principio, no había nada que no fuera dentro del renglón. Dos veces al día había que reunirse con unos hombres toscos, panzones pero muy simpáticos. En Australia no dejan de ser ciertos ciertos tópicos. Allá se bebe cerveza en unos vasos de cristal que parecen barriles. Allá beben cerveza durante las reuniones de trabajo, durante el descanso, durante la fiesta y durante los momentos para estar serio. Estos hombres conocían a mi tío por llamadas telefónicas, por Skype y por amigos de amigos. Ellos no estaban muy enterados de lo que sucedía en Venezuela. En Australia, Venezuela es el equivalente al otro lado del mundo. Se sabe que es un país tropical gobernado por una dictadura, que produce petróleo y no muchas otras cosas. Tampoco es que sea una nación para indagar mucho más, realmente.

Me llamaba la atención que, a pesar de las reuniones, el negocio estuviese tardando tanto en cerrarse. Aún faltaban, supuestamente, algunas cosas burocráticas. Los hombres, sin soltar sus grandes vasos de cerveza y estremeciendo sus espesos bigotes castaños, me decían que no me preocupara. Yo confiaba en ellos. ¿Quién, con ese candor, puede ser un hijo de puta? Mi tío comenzaba a impacientarse. “Mosca con una vaina”, me decía. “Tú sabes que yo te quiero mucho, sobrina. Pero negocio es negocio. Y los negocios se respetan”, me advertía. “No te preocupes, tío”, le respondía yo por teléfono. “Es un asunto tonto de oficina el que falta. Esto es Australia. No es Venezuela”, lo tranquilizaba.

No me hubiese dado tanta mala vida de no haber sido por un detalle. El dinero comenzaba a escasear. Aún podía vivir bien, pero todavía no tenía el relevo monetario del negocio para pagarme alquiler, comida, diversión y esas cosas. Ya, a veces, varios de mis amigos me tenían que brindar. Yo les decía que les pagaría. Al fin y al cabo, el fulano negocio se cerraría pronto. Los australianos (al menos los de Sydney) son gente muy abierta. La dueña del apartamento en el que yo vivía, confiaba en mí. Sabía que yo era una muchacha seria, responsable y bien organizada.

Se perdió la paciencia. El dinero se agotó. Mi tío se desesperó. Los hombres de las cervezas y los bigotes cada vez aparecieron con menos frecuencia. Nos habían estafado. El gobernación de Sydney no sabía responder. Era un caso “único” por las circunstancias en las que fue dado. Mis otros dos tíos me llamaban de emergencia. Ellos eran un poco más comprensivos. Se conmovían con mis lágrimas. Había fracasado todo. No había nada que hacer ya. Yo sabía que no tenía la culpa, pero, de todas formas, trataba de defenderme. ¿Qué coño iba a hacer yo ahora?

Busqué, como pude, un trabajo de emergencia. No sabía nada. No había nada. Al menos, sabía hablar inglés a la perfección, pero todos me decían que los puestos estaban llenos. Algún que otro café me contrató por días, sirviendo comida y cervezas en los tarros grandes de cristal que asemejaban a barriles (como en los que tanto bebían los hombres que nos estafaron). Yo distribuía la plata como podía. Compraba frutas, que trataba de hacer rendir para las tres comidas. De vez en cuando, compraba un litro de leche, que allá es barata. Me hospedaba en un hostal medio de mala muerte e intentaba evitar las llamadas de mis amigos y, sobre todo de la dueña del apartamento en el que yo vivía, que, aunque no dejaba de ser amable y más o menos comprender mi situación, necesitaba el dinero, que era el pan de sus hijos.

Yo, al menos, quería para el pasaje de regreso. Mis padres estaban atados de pies y manos. Mi tío no quería arriesgar más capital conmigo. Pienso que él sospechaba que yo lo estaba jodiendo. Yo le escribía, pero me respondía con evasivas. Él peleaba con mi mamá. Peleas de hermanos en las que se sacan todos los trapos sucios de años anteriores, pero yo seguía sosteniéndome como podía. Alguna señora rubia me dejaba cuidarle a los hijos mientras ella iba a trabajar. Poco a poco, con más o menos fortuna, podía, al menos, sobrevivir. Pero no estaba bien del todo. Los amigos que había hecho en Sydney me evitaban. Algunos me seguían escribiendo, pero porque el queso se los comía. Me acordaba mucho de esas frases clichés que hablaban sobre quiénes son tus verdaderos amigos y esas estupideces.

Toqué fondo. Tenía días sin trabajo. Me tocó dormir una que otra noche en un banco de plaza. Llegué hasta el aeropuerto con un cartón pidiendo plata. No quería que mi familia se enterara. No quería que nadie se enterara. No quería que una página de mierda como DolarToday o La Patilla publicara mi historia con un titular en mayúsculas y un texto con mala sintaxis sobre los venezolanos que están pelando bolas afuera. No quería que en la foto de ese titular saliera mi cara. Al fin y al cabo, yo sólo estaba ahorrando para regresar. Todo volvería a la normalidad. Un fracaso lo tiene cualquiera. A cualquier persona la pueden estafar en un país que está a miles de kilómetros de casa.

Un día, en el aeropuerto, había una chama preciosa con unas maletas gigantes. Estaba sola. La chama tendría un poco menos de mi edad. Tenía los ojos claros. Tenía el pelo medio ondulado. Tenía pinta de surfista medio marihuanera, pero sin dejar de ser sifrina, como de hippie de Country Club. Hablaba por celular con acento venezolano. Aunque hay muchos venezolanos en Australia, yo jamás había topado con uno desde que había llegado. En una de ésas, a la chama se le atoró la maleta en una especie de rendija que había en el piso. Ella era mínima en comparación con la maleta. Estaba sola pariendo tratando de destrabarla. Era como si nadie más la viera.

Me guardé mi vasito con monedas (y uno que otro billete). Lo escondí mientras iba a ayudar a la chama. Me acerqué a ella y, entre las dos, destrabamos la maleta. Ella me dio las gracias en inglés. “¿Tú eres venezolana?”, le pregunté. Siempre odié esa pregunta. Me daba como cierta repulsión. “Sí. ¿Cómo sabes?”, respondió ella. Nos quedamos hablando un rato. Un buen rato. Ella había llegado desde Europa. Vivía allí, en Sydney. Yo no me acuerdo qué historia le inventé. Me daba miedo espantarla con mi verdadero caso, decirle que yo había fracasado en un negocio y que estaba literalmente pidiendo dinero a las afueras del aeropuerto. Intercambiamos teléfonos. Habíamos hablado durante casi media hora. Era como si ella no tuviese nada que hacer o nadie la estuviese esperando.

Ella se llamaba Lucía. Nos hicimos panas, muy panas. A veces, ella me invitaba a comer a su casa. Yo había mejorado un poco en lo respectivo a trabajos a medio tiempo y esas cosas. Entre cuidar bebés, pasear perros y servir cervezas, poco a poco me sostenía. No pasaba hambre, ni frío ni calor. Igual seguía ahorrando para el pasaje. Con la confianza, yo le dije la verdad. Ella me ayudó sin pensarlo dos veces. Tenía demasiada plata. Un día me dijo, medio borracha, que la perdonara por ser la hija de Jorge Rodríguez. Yo, un poco ebria también, no asimilé el tamaño de eso. Odiaba a los chavistas a muerte, pero ella había sido tan buena conmigo. Me daba detallitos. Era atenta. Me recitaba poemas intensos con su acento mandibuleado. A veces, me decía que no le gustaba vivir sola, que le gustaba dormir a mi lado, tomada de mi mano, respirando cerca.

Los meses que estuve con Lucía, fueron maravillosos. Fueron fiestas, borracheras, porros, fogatas, tablas de surf y buena comida. Yo le decía a mi tío que lo del pasaje podía esperar. Él se extrañaba. Como que ya se le había pasado también la arrechera por el hecho de que lo habían (nos habían) estafado en Australia. Sabía que, tarde o temprano, tendría que volver. Pero yo estaría allí el tiempo que Lucía quisiera. Yo no tuve ni que trabajar más. Ella, cuando se iba a estudiar a la universidad, me dejaba, literalmente, un fajo de dólares australianos en una gaveta. Yo podía hacer con ellos lo que me diera la gana.

Ella se enamoró de un chamo y fue dejando de escribirme. Aún nos comunicamos de vez en cuando por Whatsapp, pero no pasa de un “Hola, chama, ¿qué tal?”. Creo que ya van para dos años juntos, o algo así. Lucía me regaló el pasaje para Caracas y me acompañó hasta el aeropuerto. Recuerdo que, antes de abrazarme y despedirme, me dijo: “¿Ves esa grieta de mierda? Ahí nos conocimos”. Yo estaba que hacía pucheros. Pocos meses después, la vi en un video viral, caminando por una de las playas de Australia que solíamos frecuentar. Una chama, con una cámara de celular, le reclamaba y le hacía escrache. Yo hubiese hecho lo mismo si no la hubiese conocido como la conocí.

 

T.M.

Facebook.com/LaCantarida

Relato inspirado en la Novela tercera de la Jornada segunda de la obra “EL Decamerón”, de Giovanni Boccaccio.

 

 

 

 

El cabello del doctor (o cómo sobrevivir a un linchamiento)

En Pinto Salinas, una de las barriadas más singulares del planeta, se conserva un mechón de cabello de José Gregorio Hernández, médico venezolano ilustre al que se le atribuyen poderes milagrosos. José Gregorio, luego de estudiar mucho y dedicar su vida al cuidado y la atención de los más pobres, murió arrollado por un coche en un curioso accidente. Su imagen, con el pasar de los años, se ha idolatrado y sus estampas y figurillas son veneradas tanto por creyentes cristianos como por personas asociadas a las prácticas de magia negra y brujería.

El mechón de cabello en cuestión, tiene casi cien años de antigüedad. Aún mantiene su color negro. Reposa en una capilla improvisada donde se pueden tocar algunos filamentos. Cada día, sobre todo los fines de semana, cientos (y en ocasiones, hasta miles) de personas, se acercan a la pequeña capilla y se amontonan en fila o en tumultos para tocar el mechón de cabello, pedirle favores y agradecerle por buenas venturas. Es una de las manifestaciones más autóctonas de Pinto Salinas. Infinidad de enfermos, de paralíticos y hasta de convalecientes aseguran que , luego de tocar los cabellos, se han librado de sus males y de sus dolencias.

Pepe, Manuel y yo llevamos varios años a la cabeza de un pequeño grupo de teatro itinerante. Nuestras actuaciones siempre se han caracterizado por utilizar la sátira y la iconoclasia. Nunca fuimos personas creyentes. Nuestros números eran cotizados en ferias de distintos pueblos españoles y generaban risas entre los espectadores, a veces muchos, a veces, pocos. Nunca fue cosa que nos interesara mucho. Lo hacíamos simplemente por divertirnos, y por ganar algunas monedas. La vida de juglar es realmente muy agradable.

Por intercambios culturales que no vienen al caso, nos tocó actuar durante dos semanas en Venezuela, en el marco de un festival de las artes organizado por el gobierno del, para ese entonces, recién electo presidente Nicolás Maduro. Nosotros acudimos encantados. Siempre simpatizamos con propuestas políticas, económicas o sociales que le planten cara al sistema capitalista. Nos habían preparado varios escenarios en distintos lugares. Algunos de ellos realmente pobres y descascados. De todos modos, no precisamos mucho para nuestros performances.

Tras terminar nuestra rutina en un sitio que, si mal no recuerdo, se llamaba La Hoyada, se nos acercó un candorosa chica de piel morena. Nos felicitó por nuestra actuación. Nos invitó a unas “Polar” (que es la cerveza por antonomasia de Venezuela y, honestamente, una de las mejores que he probado en mi vida). Estuvo charlando con nosotros hasta altas horas de la noche en uno de los pocos bares abiertos que había allí. Terminamos siendo buenos amigos. Algunos venezolanos son personas realmente generosas y encantadoras. La chica nos dijo que administraba un diminutísimo proyecto cultural teatral circense en la barriada de Pinto Salinas, donde vivía. Nos sugirió la idea, casi como un favor, de hacer una actuación allí, para los vecinos. Nos advirtió de que no habría dinero para pagarnos. La economía, tengo entendido, no estaba en su mejor momento. Nosotros aceptamos encantados. Aún faltaban tres días para nuestro regreso a España.

En Pinto Salinas, en una suerte de callejuela, improvisaron un pequeño tablado con cajas viejas de madera y cajas plásticas de cerveza. Los espectadores, vestidos todos con ropas casi deshilachadas, se sentaron a nuestro alrededor. Obtuvimos pocas risas, pocos aplausos. Sentí que ha sido una de las peores actuaciones de nuestra carrera (por llamarlo carrera). Era como si la gente no entendiese lo que hacíamos. Estaban como enfocados en otras cosas, en otros miedos, en otras preocupaciones. Nos bajamos un tanto decepcionados. La chica, la amiga que nos había invitado, nos llevó a comer algo para pasar el “despecho”.

Allí fue que vi por primera vez a la gente amontonada alrededor de la pequeña capilla. Muchos se empujaban, gritaban y se insultaban. Un joven, con una muleta, afirmaba que estaba más sano que un roble. No nos costó mucho enterarnos de toda la historia que giraba alrededor de la parafernalia. Nuestra amiga nos explicó, con lujo de detalles, lo que ya he reseñado arriba. Pinto Salinas es una barriada de gente muy devota, muy fanática. Nos picó, de todas formas, por más que fuésemos iconoclastas, el gusanillo de la curiosidad. Quisimos ver el famoso mechón de pelo que convocaba más público que todas nuestras actuaciones juntas.

Entrar a la pequeña capilla era prácticamente imposible. La marea de gente parecía que crecía cada minuto. De nada serviría decir que éramos extranjeros, que éramos turistas o que éramos invitados. Manuel, quizás el más irreverente y arriesgado de nosotros tres, tuvo una idea que, en ese momento, nos pareció fantástica. Era tan poca la gente que nos había ido a ver en la tarima, que nadie nos conocía. Dijo que fingiría estar tullido y necesitado. Su acento español jugaría a su favor e inventaría que había viajado desde Madrid exclusivamente para tocar el mechón de cabello del doctor José Gregorio Hernández. Era un plan infalible. Fantástico.

En unos pocos segundos, Manuel parecía un auténtico menesteroso. Se había encorvado de tal forma que era imposible pensar que estaba actuando. A nuestra amiga, que se reía, le parecía algo divertido. Ella nunca había sido ni muy devota ni muy fiel. Una jugarreta. Una pequeña inocentada a una barriada tranquila. Además. así tendríamos acceso V.I.P. para ver “el milagro”. Pepe y yo tomamos a Manuel entre los dos. Él, supuestamente, no podía ni caminar. Al contar nuestra coartada, la gente, con la mirada conmovida al ver a Manuel, rápidamente nos abrió paso. El plan había funcionado perfectamente.

Luego de tocar el cabello, Manuel, poco a poco, fue estirando los dedos y las piernas. Con torpeza pero con una maestría actoral, poco a poco fue caminando. La gente comenzó a dar gritos de júbilo, a aplaudir, a llorar. Manuel, rebalsando un poco el vaso gota a gota, dio un discurso de agradecimiento. Algunas señoras lo abrazaron y lo besaron. Los vecinos estaban realmente conmovidos. Llegó mucha más gente que se amontonó, con más frenesí que nunca, para ver y tocar la reliquia más valiosa, más simbólica y más milagrosa del lugar.

Alguien, nunca supe quién fue (de todos modos, allí sólo conocía a una persona), delató a Manuel. Afirmó que, apenas unos minutos antes, lo había visto “hacer el ridículo como un pajúo” en un escenario improvisado en una calleja de Pinto Salinas. Dijo que nunca había estado tullido, ni enfermo ni necesitado. Que todo lo que había hecho lo había hecho para burlarse de la barriada, de la gente, de los vecinos y, lo más imperdonable de todo, de la memoria del Doctor José Gregorio Hernández. Poco a poco, el vocerío fue extendiéndose. Algunas personas comenzaban a mirar de reojo y con desprecio hacia nuestra dirección, sobre todo a Manuel. Comencé a ponerme nervioso. Tuve un presentimiento terrible.

“¿Te parece divertido, gallego hijo de puta?”, increpó un muchacho moreno, con cicatrices en la cara, a Manuel. Un coro de señoras mayores y de señores de mediana edad respaldaron el insulto. La violencia y la agresividad iban en aumento. Pepe y yo tuvimos la “fortuna” de pasar desapercibidos (por llamarlo de alguna manera). La capillita, de repente, se quedó prácticamente vacía. Todos los vecinos hicieron un semicírculo a nuestro alrededor, cerrado por una pared que tenía, casualmente, el rostro y el nombre del doctor José Gregorio Hernández hecho a Grafiti.

Vino el primer empujón. Vino el primer golpe. Luego el segundo golpe. Luego el tercer golpe. Yo me sentí en una representación tercermundista de un auto de fe, sólo que éste ni siquiera tenía reglas. Luego me enteré de que, en Venezuela, a eso lo llaman “cayapa”, el ataque, entre varias personas, a otra que está indefensa. Vino un bastonazo. Luego un intento de cuchillada. Otro empujón. Manuel cayó al suelo. Intentaba defenderse cubriendo su rostro, como podía, con sus antebrazos y sus piernas, en una especie de posición fetal. Su sienes y su nariz comenzaban a sangrar. Cada vez que pedía disculpas, la gente se enardecía más. Yo estaba tan nervioso que sentí náuseas. Si Pepe o yo corríamos a ayudarlo, o interferíamos de alguna manera, posiblemente correríamos la misma suerte. Una señora, aterrorizada, pedía a gritos que llegara la policía, pero la policía no llegaba, de hecho, jamás la había visto desde que habíamos llegado a Venezuela.

“Desnúdalo. Préndele candela. Métele un palo por el culo”, gritaba un señor enfiurecido, con una voz que, a fuerza de elevarse tanto, se hacía gutural y se quebraba. Algunas personas intentaban arrancar los ropajes de Manuel, quien seguía retorciéndose por el suelo con los golpes. Pepe y yo no sabíamos si llorar o correr. Sentíamos que cualquier movimiento nos delataría, que era cuestión de tiempo para que otra persona nos reconociera y gritara que nosotros éramos compañeros y cómplices del traidor. Por fortuna, muchos pensaban que, al haberlo cargado hacia el mechón de cabello, éramos un par de ingenuos más.

Un chico llegó con un envase lleno de gasolina y comenzó a rociarlo sobre Manuel. Venezuela es un país en el que la edad media sigue viva, sólo  que un poco menos civilizada. Me sentí un personaje de Stevenson intentado liberarse de una tribu de salvajes, de inhumanos, de sanguinarios. Los niños disfrutaban con el espectáculo, se reían con mala intención. Algunas chicas, con sus móviles, grababan todo en medio de carcajadas. Por fortuna, la policía llegó y, a fuerza de palazos, de gritos y de amenazas, disolvió el linchamiento. Manuel, bastante herido, fue trasladado, junto a nosotros, en la misma unidad hasta un hospital cercano (el más destartalado y sucio que he observado en mi vida). Tardamos varias horas en pasar el shock.

Regresamos a España. El gobierno venezolano jamás volvió a comunicarse con nosotros. Nunca nos preguntó si habíamos llegado bien, qué nos había pasado. Es como si, ante cualquier situación que pudiese perjudicarles, se silenciaran. Tardamos varios meses, mientras Manuel se recuperaba, en volver a actuar. Pero el tiempo es noble. El cuerpo también. Las heridas fueron sanando, aunque dejaron cicatrices y traumas que difícilmente se nos podrán borrar. Llegamos incluso a preguntarnos si valía la pena seguir en este mundo artístico, si no era momento de buscar un trabajo más estable que cerrara toda la posibilidad de regresar a Venezuela. Unos meses después, la chica que nos había invitado a las cervezas y a su barriada de Pinto Salinas, me escribió al Whatsapp. Sólo dijo, junto a una carita triste, “tú te lo buscaste”. No tuve ni ánimos ni ganas de responderle. A pesar de todo, retomamos el camino de los escenarios. Hacer teatro nos hace felices. Hemos madurado. Caracas, a pesar de todo, nos hizo madurar.

A veces hemos pensado en llevar esta curiosa (y casi fatídica) historia a las tablas. Hacer una representación sobre nuestros curiosos días en Venezuela. Miguel pareciera que ya ha superado todo. A excepción de unas pocas marcas que se ven de cerca, está como nuevo. Aún, en ocasiones, es el que más se lo piensa dos veces antes de cuestionar las creencias y las idolatrías de la gente, sobre todo en un lugar sin ningún tipo de ley ni de orden, sobre todo en la Latinoamérica fanática e intolerante que, cuando está de buenas contigo, es un lugar entrañable, cándido y fantástico. Pero, cuando está de malas, tiene los colmillos más filosos que alguna persona pudiese imaginar.

Seguimos siendo iconoclastas, aunque con un poco más de cautela. De vez en cuando, seguimos recibiendo invitaciones a actuaciones en países que desconocemos, aunque procuramos no improvisar tanto como lo podríamos hacer aquí. Mientras más desapercibidos pasemos, creemos que es mejor. Por fortuna, la anécdota en Caracas no tuvo una repercusión mediática que nos hiciera ver en todos lados como unos prepotentes intolerantes y sátiros. Es, quizás, la ventaja de que un gobierno tenga censurados y controlados prácticamente a todos los medios. Es un poco al estilo de “Lo que pasa en Venezuela, se queda en Venezuela”. Para la próxima vez que nos toque volver a tierras tan hostiles, hemos pensado en encomendarnos a lo que sea. Incluso al cabello del doctor José Gregorio Hernández que, en aquella ocasión, no nos ayudó mucho que digamos.

 

T.M.

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Relato inspirado en la Novela primera de la Jornada segunda de la obra “El Decamerón”, de Giovanni Boccaccio.