La fiesta del Chivo (o cómo decirle que no a Diosdado)

Siempre pensé que “La fiesta del Chivo”, la novela de Vargas Llosa, era un tanto inverosímil. La había leído cuando estaba en Cuarto o Quinto año de bachillerato, para la asignatura de Literatura hispanoamericana. La novela trata sobre una señora que cuenta cómo, cuando era adolescente, fue prácticamente obligada por su padre a tirar con Trujillo, un viejo verde y asqueroso que era el dictador de República Dominicana.

La literatura de Vargas Llosa nunca me atrapó del todo. Siempre consideré que era un tanto monotemática en el sentido de la búsqueda de un represor y un reprimido, de una víctima y un victimario. Pero como yo jamás he sido erudita ni docta en materia de letras, mi opinión no pasaba de ser una mera conversación de reunión junto a una bolsa de Doritos y una botella de Carta Roja.

Mi padre, diplomático clásico y de antaño, trabajaba como asesor jurídico en la embajada de Letonia, ésa que se puede ver cuando vienes en carro desde el Country Club hacia La Castellana. Solía pasar tardes enteras hablando sobre temas aburridísimos que recaían siempre sobre firmas de papeles interminables de la mano de otros viejos tan o más aburridos que él. A veces, como la secretaria tomaba vacaciones, o llegaba tarde porque algo había pasado por su barrio de Mamera, me pedía que lo acompañase a clasificar hojas, a remover ficheros u otras cosas. No era algo que realmente me encantase, pero me daban almuerzo gratis y regalaban unos ponquecitos de vainilla con chocolate a los que me había vuelto una especie de adicta.

Es común, como se podrá suponer, que en las embajadas, consulados u otras oficinas relacionadas a la diplomacia, se pueden ver carros blindados y escoltas que van rodeando a personeros (a veces más altos, a veces más bajos) del gobierno. Pude ver varias veces a Freddy Bernal, a Juan Barreto, a Elías Jaua y a cualquier miembro de esa cáfila de corruptos fracasados ligados a la dictadura. Siempre me dio mucho asco que los trataran con esa formalidad, que les hicieran reverencias y, sobre todo, que se dirigieran a ellos como “excelentísimos”. A mí lo que me provocaba, siempre, era darles un sillazo en la cabeza. Lo más curioso es que, cuando se iban, el embajador (que cesó sus funciones en 2017 y regresó a su país natal), se pasaba parte de la tarde y la noche remedando y burlándose de ellos. Es, prácticamente, el señor más pana que he conocido en mi vida. Su español parecía el ruso cliché de las películas y las caricaturas. A veces, aún nos escribimos correos.

Una tarde, se armó una especie de trajín a las puertas de la embajada. Me di cuenta de que era algo serio cuando un comando de la Guardia Nacional había cerrado completamente la calle y desviaba los carros a rutas alternativas. Varios hombres de flux le abrían paso a Diosdado Cabello. Yo no lo podía creer. Cuando se le ve en persona, es un enano rechoncho insignificante. Parece mentira que un duende rojo pueda manejar tanto terror, tanto dinero, tanta droga y tanta sangre.

Los miembros del cuerpo diplomático, y hasta los empleados de limpieza, jardinería y mantenimiento, fueron obligados a ponerse en fila y a esperar el apretón de manos de Diosdado. Cuando fue el turno de la baja estirpe, Diosdado cesó de saludar. No quería mancharse las manos con la plebe. Cómo se notaba que no había una cámara cerca. Solamente la del fotógrafo oficial de la embajada, un señor canoso y bigotudo al que le decían siempre hacia dónde y en qué momento disparar.

“Ésta es Andrea, mi hija”, dijo mi padre intentando simular una sonrisa. Diosdado me miró con sus ojos verdes y sonrió. Yo me quería morir de la repugnancia y del miedo. Diosdado me tomó la mano durante más o menos un minuto y empezó a soltar una especie de piropos extraños. Que si yo me veía muy bien para mi edad, que si yo tenía el cutis terso, que si yo no quería irme a trabajar a un ministerio y yo no sé cuántas babosadas más.

La reunión de Diosdado con el embajador duró, quizás, una hora y media. Se despidieron en la puerta de su oficina. No era recomendable para el embajador salir a la calle. Caracas es una ciudad muy peligrosa, por más que se trabaje en el Country Club y se sea letón. Antes de perderse en su nube de escoltas y subirse a la Hummer, Diosdado se me volvió a acercar. “Me has caído muy bien, muchachita”, me dijo con una voz que ni de lejos es la del potente y amenazador hombre que sale amenazando frente a una multitud arengada y hambrienta. Yo pensé en cómo podría ser posible caerle bien a alguien a quien sólo has visto durante un minuto. Diosdado me invitó a cenar a su casa “el día en que a mí se me hiciese más cómodo, pero que fuera esta semana”. Me puse a sudar.

Cuando los chavistas se fueron, me puse a llorar. Llamé la atención, con mis gritos y mis gemidos, del mismo embajador, quien se acercó, me dio un abrazo y me ofreció uno de los citados ponquecitos de vainilla y chocolate, que rechacé. Cuando el mayor narcotraficante de tu país te invita a comer a su casa, lo que menos te provoca es un ponqué de mierda. Le pedí consejo a mi papá, quien me dijo que habría que ir, que él me acompañaba. Que era imposible decirle que no a Diosdado Cabello. No es bueno llevarle la contraria a una dictadura. No es bueno llevarle la contraria a un comunista. No es bueno llevarle la contraria a un capo.

Una camioneta negra y excesivamente tétrica me vino a buscar a mi casa. Mi padre se montó conmigo. Varios escoltas y miembros del SEBIN se portaron amables con nosotros. Un par de motorizados, adelante y atrás de la camioneta, iban disfrazados de civiles pero armados hasta los dientes. La autopista estaba despejada. Llegamos hasta Valle Arriba.

De más está decir que la casa de Diosdado es una auténtica mansión blanca que, irónicamente, pasa desapercibida. La garita que está a unos doscientos metros, aunque en teoría sea para toda la urbanización, está hecha sólo para él. Se pueden ver fusiles de asalto y granadas colgando de las paredes, intentando ser ocultadas por trapos sucios. Yo me había abrigado lo más posible. Tenía miedo de mostrar mis piernas, mi escote o, aunque fuesen, mis brazos. Parecía un siberiano, a pesar del calor del mes de agosto en Caracas.

Un escolta me abrió la puerta y me ayudó a bajar de la camioneta, que era altísima. Cuando mi papá se iba a bajar también, el escolta le ordenó que esperara en la camioneta, que el señor Cabello me había invitado solamente a mí. Le dijo que no se preocupara, que él estaría allí cuidado y resguardado, pero afuera de la casa. Yo miré a mi papá en busca de una respuesta. Él se me quedó mirando con resignación. No podíamos huir. No podíamos decir que no.

Siempre me había imaginado la casa de Diosdado como una suerte de castillo medieval con mazmorras y con penitentes encadenados a paredes empedradas luchando por no morirse de hambre mientras recibían los azotes de los esbirros. Es, sin embargo, un lugar acogedor si se ignora el detalle de los que moran allí. No hay fotos de Chávez ni de Maduro. No hay afiches del PSUV. Hay bonitos portarretratos plateados con fotos de Diosdado, su esposa y sus hijos en vacaciones familiares, como cualquier familia normal.

Diosdado estaba con una camisa azul clara de mangas largas. Tenía unos pantalones abombados que le daban la impresión de ser un payaso triste de circo. Se levantó de un sofá y me recibió con un beso en la mejilla que, sospecho, tenía la intención de llegar a mi boca. Algo dantesco, horrible, asqueroso, nauseabundo. Yo quería morirme. Imaginaba el salir corriendo de allí y ser abatida por los aduladores del monstruo. Imaginaba mi cuerpo tiroteado en la acera retratado en la primera plana de un periódico mediocre como Últimas Noticias junto a un titular suavizante, como “Extra. Extra. Abatida muchacha de 20 años en un ajuste de cuentas frente a una casa que no es la de Diosdado Cabello, porque Diosdado Cabello no vive en la avenida Santa María de Valle Arriba, en una casa sin nombre con grandes paredes blancas”.

Diosdado me hizo sentarme en la mesa. Era una mesa grande de madera negra. Tenía vasos de cristal finísimo y platos de porcelana blanca con adornitos dorados en los bordes. En medio, un pavo, o pollo o gallina jugosa, engrosada, suculenta. Había una botella de vino francés. Había licores rarísimos. En la mesa estábamos solamente él y yo. Algunos de sus empleados cruzaban un pasillo paralelo de vez en cuando y echaban ojeadas. Yo intentaba mirar por la ventana. El ver la camioneta en donde estaba mi papá me otorgaría cierta tranquilidad, pero no estaba allí. Al otro lado del cristal grueso no se veía prácticamente nada, sólo la noche y algunas luces de los carros que pasaban lejos, lejísimos.

“¿Habías estado en una casa así?”, me preguntó con la boca llena. Yo no tenía apetito. Mitad por el asco que sentía, mitad porque la paranoia me decía que la comida podía estar envenenada. Algo estúpido, lo sé. Diosdado estaba comiendo del mismo pavo/gallina/pollo que me estaba ofreciendo. Le respondí que no. Yo no quería hablar. Lo único que deseaba era volver a ver a mi papá y que nos llevaran a casa. Diosdado me habló de no sé cuántas estupideces de sus viajes por Europa, de los borregos del PSUV, del retraso mental de Maduro y otras cosas que, aunque ya todos inferíamos, siempre dan alguna impresión al ser escuchadas de la boca del protagonista.

El terror más grande que tenía era que Diosdado se prendara de mí, que tomara como hábito el invitarme a su casa. Ya él sabía dónde vivía yo. En cierto modo, me tenía en su mano. Me reiteró varias veces que yo era bonita, que yo era sexy, que yo era provocativa, que una muchacha como yo podría servir para campañas electorales o para algún programa de Venezolana de Televisión. Me sugirió que debía exponerme más, que no era correcto que yo me tapara tanto. Me sentí vulnerable. En cierto modo, yo podría desaparecer en esa casa y nadie se preocuparía de mi paradero. Si mis amigos denunciaban por Twitter mi desaparición, la maquinaria mediática del gobierno lo desmentiría. Diría que es una manipulación del imperio, de la CIA, que yo nunca existí.

Sabía que, en cualquier momento, me invitaría a ver una película, a besarnos, a tirar, a no sé qué cochinada. Su esposa estaba en no sé qué gira. Sus hijos están estudiando en el imperio. Toda la casa estaba a disposición suya y de sus asistentes. Quise utilizar a mi universidad como excusa. “¿En qué universidad estudias?”, me preguntó. Le respondí que en la Metro. Se río. Me dijo que era una universidad de sifrinos, de guarimberos, de escuálidos. Me dijo que si, a él le diera la gana, la cerraría con un chasquido de sus dedos. Le dije que al día siguiente tenía examen, que debía ir a mi casa a estudiar, que la cena había sido muy agradable, pero que mis estudios eran lo primero. Me dijo que estudiar en Venezuela no hace falta, que si yo “me portaba bien”, podía resolver mi vida en la embajada de un buen país europeo, sin preocuparme por nada más que aplaudir todas las palabras que me dijesen y hacerle reverencias a todo el mundo.

No sabía de qué excusa valerme. Diosdado se estaba poniendo cada vez más toquetón. Yo me echaba para atrás, pero él me reprendía intentando ser dulce y amable. Nadie le puede llevar la contraria a Diosdado Cabello. Nadie lo ha hecho nunca. Ya no se veían más empleados pasar. En la mesa quedaban los restos de su cena, las muchas servilletas arrugadas que usó y tiró y mi plato casi impoluto. Creo que estaba quizás un poco ebrio, o drogado, o excitado, no lo sé. Me dijo que tenía un cuarto grande. Yo no quería conocerlo.

“Tengo que ir al médico mañana en la tarde”, le dije. “¿Qué tienes?”, me preguntó. Le dije que llevaba varios días con ardores en varias partes del cuerpo, que quizás podría ser alguna enfermedad o una infección. Le hice tragarse la historia de un supuesto chamo que había tenido, ucevista, medio hippie, medio marihuanero, que pudo haberme pegado una vaina. Di en el clavo. No sé qué se habrá imaginado Diosdado, pero la cara le cambió. Llamó a uno de sus empleados. Le dijo “Vamos a tener que pagar esta noche”. Se despidió amablemente.

La misma gente que nos había llevado a la casa de Diosdado, nos regresó a casa. Mi papá tardó semanas en hacerme preguntas. Al fin y al cabo, yo no tenía un trauma tan grande. Si algo nos ha enseñado vivir en tantos años de bolivarianismo, es que mentir siempre puede servir de algo. Es curioso conocer tan de cerca al poder. A la cara oculta del monstruo que se viste de rojo y de militar para celebrar a los muertos del cuatro de febrero o de las protestas. Nunca más vi a Diosdado, ni a ningún otro jerarca del chavismo. Y creo que ya más nunca los veré. Ahora vivo en Europa, en donde hace poco hiceron sanciones que impiden que gente como Diosdado Cabello se pasee por las calles de París o de Madrid. Ahora vivo un poco más tranquila y, cuando el trabajo me dé un poco de tiempo, creo que leeré de nuevo “La fiesta del Chivo”. Quizás no era tan inverosímil como yo pensaba cuando estudiaba en el colegio. Discúlpame, Vargas Llosa.

 

T.M.

Facebook.com/LaCantarida

Relato inspirado en la Novela quinta de la Jornada primera de la obra “El Decamerón”, de Giovanni Boccaccio.

 

 

 

 

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Top 10 chavistas más odiados

Sus manos se han bañado con abundante sangre, con riquezas incalculables y con mucha (pero mucha) cocaína. No pueden salir a la calle sin cristales blindados o siete anillos de escolta especializada. Son seres deleznables que están solicitados, como criminales peligrosos que son, por los más respetados organismos de seguridad internacional. A pesar de que nadie los quiere o los admira, ellos están orgullosos de despilfarrar dinero y violar derechos humanos fundamentales. He aquí los diez chavistas más odiados por criollos y extranjeros.

Diosdado Cabello.

Es la viva y clara imagen del cerdo Napoleón que describía el autor George Orwell en su aclamada novela “Rebelión en la granja”. Muchos afirman que es el verdadero e indiscutible titiritero que mueve, a su antojo, los hilos dentro de las filas del oficialismo. Carismático, amenazador e implacable, Diosdado Cabello conduce, con la misma habilidad y gracia, tanto su programa semanal “Con el mazo dando” como el Cartel de los Soles, compleja organización dedicada al tráfico de drogas duras. Ha fungido como gobernador, como vicepresidente, como presidente interino y como diputado. Sus arcas en el extranjero, siempre repletas, son de reconocida fama.

Cilia Flores.

Mujer de rostro siniestro, de gestualidad nula y de pocas palabras. Se le distingue como la sombría e inquietante cónyuge del Presidente Nicolás Maduro. No responde preguntas, no se presenta sola. Su carácter, siempre impasible, la convierte en en todo un personaje pesadillesco que pareciera haber surgido de una cinta de Murnau. Sus famosos sobrinos, que aparecieron en todos los medios, fueron capturados, procesados, juzgados y condenados por el transporte, en avión privado y con pasaporte diplomático, de 800 kilos de cocaína de alta pureza.

Tibisay Lucena.

Sempiterna presidenta del Consejo Nacional Electoral. Durante lustros la hemos visto engordar, dar ruedas de prensa y encanecer. Su voz está asociada a agónicas noches de larga espera y de resultados cuestionables y dudosos que derivan en decepciones evidentes y en un perenne descontento popular. Con el pasar del tiempo, la famosa “Tiby” se ha tornado más y más malévola, prohibiendo, a su capricho (o al de quien la controla), procesos electorales al tiempo que bombardea a la democracia y obstaculiza todo enfrentamiento que sea a través de los votos.

Jorge Rodríguez.

Por lejos, el más odiado dentro de la cúpula del chavismo. Si existe alguien degenerado y sádico (en el contexto literal de la palabra), es Jorge Rodríguez. Su siempre cínica y obscura sonrisa es su rúbrica a la hora de enfrentar a periodistas y adversarios. A Jorge Rodríguez le da igual burlarse públicamente de las masacres, hacer higa de los crímenes o negar la evidencia en presencia de la misma. Justifica cada disparo como venganza al hecho de que su padre, reconocido activista de izquierda (e involucrado en el caso Niehous, uno de los secuestros más sonados de la historia contemporánea de Venezuela), fue asesinado en extrañas circunstancias durante la IV República. Como buen psiquiatra, es maestro en manipulación y hábil en causar el desespero hasta en la mente más calmada.

Pedro Carreño.

Tosco, dicharachero, malhablado y agresivo, Pedro Carreño es conocido por sus acantinfladas intervenciones en la Asamblea Nacional y en distintos programas de entrevistas. Es especialista en atraer la atención de la opinión pública con sus polémicas posturas. Es famoso su desprecio y su odio mortal hacia homosexuales y/o bisexuales. Es el prototipo perfecto del nuevo rico (cabe acotar que dinero no es, precisamente, lo que le falta) que, aunque no tenga ni pizca de elegancia genuina o de buen gusto, suele portar relojes impagables e impecables trajes de sastre hechos al corte.

Nicolás Maduro.

Es la cara visible de la dictadura, con nombre y apellido. Es el obeso mandatario que ocupa, cada vez más, las portadas negativas de los periódicos en muchas partes del mundo. Ignorante y torpe, siempre pretende, de manera patética, llenar el vacío de carisma y liderazgo dejado por su antecesor Hugo Chávez. Nicolás Maduro suele interpretar el papel de villano en un guion compuesto por las turbias y fantasmagóricas fuerzas que lo asesoran. Es impredecible y, quizás, el personaje políticamente más inmaduro (vaya ironía) que haya conocido la historia republicana.

Elías Jaua.

De todos los personajes de esta lista, Elías Jaua es el más inofensivo (aunque no por eso ha estado exento de muy serias acusaciones de corrupción). Su affaire con la bebida, sus violentas y malcriadas reacciones y sus amanerados gestos lo  han convertido en el blanco perfecto de burlas, parodias e imitaciones. Su maloclusión, que le hace hablar con cierto ceceo, también suelen provocar la hilaridad. Es un peón de bajo rango, servil e ilusionado, que la alta jerarquía del gobierno no dudará en sacrificar en caso de ser necesario.

Delcy Rodríguez.

Ex canciller de Venezuela. Delcy Eloína (como también es llamada) fue protagonista de incontables reuniones en el seno de distintos clanes internacionales (las más famosas, sin duda, fueron las de la Organización de Estados Americanos) en donde fue humillada repetidas veces al intentar defender, sin argumentos claros, la doctrina bolivariana. Sus intervenciones siempre se caracterizaron por ser infantiles, tautológicas y molestas. Con su insignificante presencia, con sus grandísimos anteojos y con su altanería sin límites, Delcy supo estar en  el ojo del huracán mediático, aunque esto implicara asistir, a la fuerza, a salones en donde su entrada había sido expresamente prohibida.

Vladimir Padrino López.

Quizás el militar activo más importante del país en este momento. Padrino López ha recibido tantas condecoraciones como muertos tiene en sus manos. Es el cabecilla directo de todas las operaciones bélicas y estratégicas de ataque despiadado que han segado, a través de detenciones arbitrarias, homicidios injustos y torturas inimaginables, más de un centenar de vidas en los últimos meses. Sus alocuciones, en las que suele ir acompañado de terroríficos miembros castrenses equipados con armas largas e intimidantes, siempre son preludio de tempestades terribles.

Iris Varela.

Amiga inseparable de los bandoleros más violentos y sanguinarios. Se cuenta que hasta los pranes (jefes de facto de las juntas criminales carcelarias) le tienen miedo. Iris Varela no conoce otro lenguaje ajeno a los gritos, los golpes, los insultos y las amenazas. Es, probablemente, la militante más fanática y radical dentro del gobierno. Siempre pide cabezas enemigas; estimula y arenga, incesantemente, la persecución inquisitorial contra cualquier indicio o sospecha de disidencia, de pensamiento no acorde con el dogma establecido según la ideología socialista.

Todos hemos fantaseado con verlos, algún día no muy lejano, pagando condena detrás de las rejas del tribunal de la Haya o de un calabozo tan miserable como el país que ellos contribuyeron a destruir. A medida que el oficialismo clava más y más las garras en el cuello de la nación mientras se va convirtiendo en una dictadura internacionalmente reconocida, estos personajes se han desprendido de sus caretas de amabilidad y cortesía, revelando que no son más que mercenarios políticos al servicio del dinero y del poder.

¿Estás de acuerdo con nuestra lista? ¿Odias a algún otro jerarca del chavismo? ¿Estás enamorado/a de alguno/a? Déjanos tu respuesta en los comentarios.

 

 

Diosdado se va a morir

Los eslabones oxidados del columpio chirrían, como adoloridos, al vaivén de tu balanceo. Un letrerito verde, con las letras casi deshechas por la humedad y por los años, advierte, en tono de regaño inofensivo, que la instalación recreativa (de la que queda este mamotreto ruinoso y lamentable) es para niños de hasta diez años; tú ya tienes 23. Un tornillo opaco gira sobre su eje y amenaza con rendirse, con suicidarse y hacerte caer. La colilla de mi cigarro se apaga instantáneamente al hundirse en la grama empapada por la lluvia de anoche. El sol va, poco a poco, clareando el cielo fresco de Caurimare. Te ofrezco el fondito sobreviviente del Santa Teresa que, a pico, nos hemos bebido a lo largo de la madrugada; lo rechazas, me lo trago de un sorbo, guapeando. Un Yaris, repleto de trasnochados, baja por la curva, sus tripulantes cantan y gritan, cervezas en mano, una canción de Caramelos de Cianuro que brota de las cornetas; Asier aún pide disculpas a Verónica y reconoce que ella tiene derecho a mucho más que sexo.

Una doña, con el cabello canoso repleto de cilindros de plástico, pasea a un Schnauzer prepotente y de ladridos insoportables. Un olorcito a café recién colado se escapa a través de unas persianas y arriba a mi nariz. Te quedas quieta, tus dedos aprietan las viejas cadenas; pareces una niña de primaria que, a falta de amigas, ve pasar, en soledad, los minutos del recreo. El parabrisas de mi carro suda, está empañado; como en apariciones, apreciables desde cierta perspectiva, se distinguen los viejos dibujos de penes que, hace meses, hicieron en él, con sus dedos, los inmaduros de mis mejores amigos. Con mi palma abierta trato de quitar el agua. Debo correr a mi casa, terminar de hacer las maletas, descansar un poco y dirigirme hacia Maiquetía, hoy es mi vuelo a Madrid.

«Bueno, ahora sí me tengo que ir», digo mientras intento sacar las llaves de mi bolsillo. Siempre he tenido pánico a las despedidas, a decidir en qué momento escribir esos epílogos incómodos que cierran, abruptamente, tantas y tantas páginas de vivencias, de besos, de peleas, de reconciliaciones, de borracheras compartidas y de recuerdos bonitos. Me abrazas, lloras y comienzas a temblar. «¿Por qué esto, Tomás?, ¿por qué esto?, ¿por qué he tenido que despedir a tres amigos en dos semanas?, ¿cuándo seremos normales otra vez, como cuando éramos chamos, marico?, ¿cuándo se van a ir estos malditos?, ¿cuándo se va a morir Diosdado Cabello?, ¿cuándo llegará la justicia en esta puta mierda?». Me despego de tus tenazas tristes. Como en el clímax de una película cursi y mala, estrello mi frente contra la tuya. «Todo esto va a pasar, te lo juro. Si algo he aprendido de leer libros y libros sobre Heráclito es a saber que esto va a pasar. Diosdado se va a morir y, cuando se muera, vendremos a tomar ron a este mismo parque, te lo juro». «Cuídate mucho en Madrid, no hagas locuras».

Tu figura, de pie en medio de la calle, se vuelve más y más pequeñita dentro del retrovisor. Desapareces, aunque la vida sigue ahí, ofreciendo caminos nuevos a los que tenemos, aún, la fortuna de respirar. ¿Cómo no amar a Caracas, si me ha acercado a gente como tú?, ¿cómo no odiar a Caracas, si me ha alejado a gente como tú?. Me conoces bien, sabes que soy pesimista y que mis esperanzas perecieron hace tiempo. Pero te dejo el consuelo de que la misma muerte, que ama tanto a esta ciudad, es implacable con todos; y cada segundo que pasa es un paso más que Diosdado da hacia la tumba.

 

T.M.

 

 

 

 

Después del socialismo

La señora Marina se alarmó al escuchar el estruendoso ruido que, como un golpe seco de aparato mecánico colapsado, se oyó en la cocina. Corrió desde la sala y asomó, tímidamente, la canosa cabeza por el espacio entreabierto de la puerta antes de entrar. Las paredes estaban manchadas de caldo claro y de trozos delgados de vegetales verdes, blancos y rojos. El granito moteado del suelo semejaba una caótica escena del crimen y el almuerzo estaba totalmente arruinado. La olla de presión ya daba, desde días atrás, advertencias y avisos inequívocos de mal funcionamiento, de irregularidades en el escandaloso vapor que, como un géiser, se expelía desde su válvula defectuosa; mas, como aún cumplía sus funciones, fue desatendida hasta que, en esa tarde, fue destrozada por su propia presión interna.

Bayeta en mano, la señora Marina recogía, con amargura y aún restos del shock, los restos del doméstico desastre. Sus cansados brazos trataban, con fuerza terca de señora cincuentona, de hacer desaparecer todos los indicios de aquel accidente que, aunque se pudo prever y se oyó en todo el edificio, no pasó de ser un susto, una comida desperdiciada y una anécdota que contar a una que otra vecina cuando coincidiese en el pasillo agrietado y obscuro; o en las ventanas al momento de colgar la ropa mal lavada y desteñida por el detergente improvisado y por el paso de aquellos años específicos en los que Venezuela fue un agujero negro que, gracias a políticos rojos amantes de los billetes verdes y con la mente en blanco, se estancó en el universo político y económico; llevándose consigo infinidad de proyectos, deglutiendo centenares de miles de vidas.

Jadeando y corriendo, Raquel regresó de la calle, cerró la puerta desconchada del diminuto apartamento, se desamarró sus dreadlocks y se dirigió a la cocina, en la que Marina aún yacía ocupada.

-¡Mamá!, pero ¿qué pasó aquí?

-¡Ay, hija!, ¡es que reventó la olla!

-¿Pero estás bien?

-Sí, sí. Yo estaba en la sala.

-¿Quieres que te ayude a limpiar?

-No te preocupes, ya estoy terminando. Muchas gracias de todas formas.

Raquel se desvistió su suéter verde, se secó el sudor con una de las mangas, se desató las sandalias, abrió la nevera oxidada, bebió un gran sorbo de agua directo desde la jarra y prosiguió, con la respiración aún acelerada:

-Mamá, a que no sabes qué.

-¿Qué pasó?

-Parece que atraparon a otro dirigente del chavismo. Lo encontraron reptando, disfrazado y escondido; pero, aún así, lo reconocieron. No le dio tiempo a huir del país.

-¡Uy!

-Parece que lo van a matar esta misma tarde. ¿Quieres ir a ver?

-No, no, hija -dijo Marina mientras se persignaba-. Tú sabes que esas cosas no me gustan.

-En la calle hay una algarabía total. Hace dos semanas, parecía que la pesadilla era interminable; pero todo explotó tan de repente. Nadie se lo cree.

– Ya era el momento de que pagaran.

Dejando, momentáneamente, la labor a un lado, Marina, entre ojos aguados y una sonrisa que no se terminaba de construir, abrazó a su hija y le dio un prolongado beso en la frente. Luego dijo:

-Cuídate mucho, la cosa está muy peligrosa ahí afuera.

-No te preocupes, mamá. Ganamos.

El cielo, como si fuese un receptor cúmulo de tensión aligerada, llevaba varios días con tonos de color crema. Caracas era una fiesta dicotómica. Las avenidas estaban pobladas de gente y vacías de automóviles. Los focos civiles, armados o clandestinos apegados al gobierno recién depuesto, eran neutralizados con rapidez por el nuevo orden. No quedaba rastro de GNB, de PNB, de SEBIN. Las fotografías gore de ministros  y fiscales mutilados eran el pan de cada día en panfletos, vallas vandalizadas y conversaciones entre adultos, adolescentes y niños. Era un carnaval macabro, un infierno del Bosco; pero había felicidad, mucha felicidad legítima, genuina y esperada.

Frente al Centro Comercial Ciudad Tamanaco, se construyó la tarima patibularia, la cual estaba escoltada, de día y de noche, por febriles voluntarios que, compartiendo viandas y suplementos, se turnaban las guardias mientras cumplían su tarea de salvaguardar el éxtasis colectivo. Durante las madrugadas se realizaban las ejecuciones menores. Los miembros importantes de la pirámide derrumbada eran sentenciados durante la tarde, a plena luz del sol, para dejar constancia, ante Venezuela y ante el mundo, de que el descontento con el Socialismo Bolivariano no era, bajo ningún concepto, un juego. La intervención oral de los medios de comunicación internacionales y de las organizaciones que pedían amnistía era motivo de burlas, chistes y displicencias.

Raquel estaba de brazos cruzados. Un silencio intermitente reinaba ante la expectativa que crecía con los minutos. La atmósfera era calurosa a pesar de que el cielo estaba nublado, sonaban truenos a lo lejos y amenazaba con llover. Una ola progresiva de gritos se apoderó de la multitud al ver que se acercaba la furgoneta azul en la que viajaba el condenado. Lentamente, la gente iba abriendo paso mientras que los más curiosos intentaban mirar hacia el interior de las ventanillas, sin éxito, pues éstas estaban opacadas. Uno que otro escupitajo retozaba y los verdugos, no con el rostro cubierto, sino inflado de orgullo, hacían los preparativos del cadalso y de la soga.

Por fin salió el ex dirigente con las mejillas negruzcas y amoratadas, signos de evidente tortura. El clamor era ensordecedor, expresiones de odio profundo y de abucheos profanos formaban un collage: “ladrón”, “corrupto”, “narco”, “asesino”, “maldito”, “hijo de perra”. La víctima enflaquecida (y que sólo dos semanas atrás lucía su voluminosa y engreída figura con pretenciosos gestos en su propio programa de televisión) no prestaba atención, sólo suspiraba y suplicaba lástima con mirada de borrego; sólo avanzaba, ayudado pasito a pasito; sólo miraba, de vez en cuando, la cuerda que se balanceaba por el viento iracundo, sabiendo que el cuento de hacerse rico con la hoz y el martillo había terminado, que el epílogo estaba siendo leído, que era el final.

Cuando los pies quedaron suspendidos, una ovación se escuchó, como cuando culmina una canción magistral en un concierto grandioso, por todo el lugar. El cadáver, desmontado, sería expuesto junto a los otros sobre el inmenso cartel que, con letras rojas hechas a grafiti, rezaba: “Feliz reencuentro con su Comandante Eterno”. La caza de brujas estaba en su apogeo, Caracas era una ciudad un poco más tranquila. Raquel sintió hambre y recordó, con un poco de frustración, que la olla de presión de su casa, luego de tanto aguantar, había estallado y que hoy comería en frío. Pero alzó la vista aliviada. Su madre estaría allí, su vida estaría allí, había sobrevivido para contar la larguísima desventura. Ya resolvería por el camino, el día invitaba a ser feliz. Por esa época, hasta los mendrugos más endurecidos sabían a gloria, a excelsa gloria.

T.M.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¡Ay, mandatario!

¡Ay, mandatario!

El del dinero en los bancos.

El líder, el del garbo,

el de los trajes más caros.

El pueblo está harto,

pero tú no le haces caso.

Dicen que el pueblo es sabio,

pero que, a veces, se pone bravo.

¡Ay, mandatario!

No te confíes tanto,

que la paciencia más alargada es la de peor colapso.

Acuérdate de Luis XVI, quien tuvo a Francia en sus manos

y, de repente, un día, se vio subiendo al cadalso.

 

T.M.

La Cantárida entrevista a Diosdado Cabello: “A mí nadie me da órdenes”

Tomás: ¿Interrumpo?

Diosdado: ¿Tú quién eres?

Tomás: Soy Tomás Marín, escribo para “La Cantárida”.

Diosdado: ¿Cómo hiciste para sortear a mis escoltas, a los escoltas de mis escoltas, a mis perros guardianes, al lago con cocodrilos, al puente levadizo y a las mazmorras repletas de trampas?

Tomás: Eso es lo de menos, lo importante es que creo que interrumpo. Veo que está usted cocinando.

Diosdado: ¿Cocinando?

Tomás: Sí, torta glaseada.

Diosdado: ¿Por qué dices eso?

Tomás: Por la cantidad de bolsas de Nevazúcar que veo por toda la sala.

Diosdado: ¡Ah, claro!, ¡torta glaseada!, jejejeje.

Tomás: Bueno, comencemos.

Diosdado: ¿Qué dijiste?

Tomás: Que comencemos.

Diosdado: A mí nadie me da órdenes, ¡nadie me da órdenes!

Tomás: De acuerdo, cálmese.

Diosdado: Tú no eres nadie para mandarme a calmar. ¡Te decapito, te juro que te decapito!

Tomás: ¿Podemos empezar de nuevo?

Diosdado: De acuerdo.

Tomás: Veo que tiene usted cierto complejo ante el poder.

Diosdado: Nada que ver.

Tomás: ¿Y esos tres perritos?

Diosdado: Se llaman “Nicolás”, “Maduro” y “Moros”.

Tomás: ¿Algún significado especial para esos nombres?

Diosdado: ¡Claro! “Nicolás”, porque me lo trajo San Nicolás; “Maduro”, porque le gusta comer mangos maduros; y “Moros” porque, cuando entra a la cocina, siempre revisa que no haya moros en la costa.

Tomás: Ya veo, todo encaja perfectamente.

Diosdado: ¿No notas como un olor a lavanda?

Tomás: Soy yo, es que uso desodorante en spray.

Diosdado: ¿Ah, sí?

Tomás: Sí, yo los vendo. Tengo un negocio que se llama El cartel de los aerosoles.

Diosdado: ¿Por qué me guiñas el ojo?

Tomás: Me cayó una pequeña broza.

Diosdado: ¿Quieres algo de beber?

Tomás: Coca.

Diosdado: ¿Ah?

Tomás: Cola… Coca Cola.

Diosdado: ¿Por qué me sigues guiñando el ojo?

Tomás: La brocita no se me quita.

T.M.

Caracas será nuestra

Me llama la atención ese vestigio de depresión que hay en tu expresión cada vez que exhalas. Aunque confieso que no me extraña, pues nos ha tocado vivir muchísimas cosas malas: abusos, robos corrupción y balas. Nos han impuesto a la fuerza el credo de arrodillarnos ante el terror y sucumbir ante el miedo.

Pero te prometo algo con toda solemnidad: algún día recuperaremos a nuestra amada ciudad.

Caracas será nuestra, quiero que lo subrayes, un día podremos volver a caminar por sus calles.

Caracas será nuestra, digan lo que digan, ya no tendremos que voltearnos por temor a que nos sigan.

Caracas será nuestra, y sé de lo que hablo, ya salir por la noche no será tentar al Diablo.

Caracas será un cristal de techos rojos y loas, un poema de las plumas de mil Aquiles Nazoas.

En una tarde anaranjada nos pondremos de pie ante el Ávila empinada de Pérez Bonalde y de Cabré.

Caracas será nuestra, y no es sólo una ocurrencia. Un día la poesía desterrará a la violencia.

Un día tendrás la Caracas que sueñas y te mereces; y aquéllos que la humillaron nos la van a pagar con creces.

Caracas será nuestra, te lo juro, aunque aún no asome ni un rayo de alba en nuestro cielo tan obscuro.

Tarde o temprano nos tomaremos de la mano y pasearemos de madrugada sin temor a la muerte y sin temor a nada.

Caracas será nuestra, está escrito, volver vivo a casa no será más un hito.

Ya no existirán lamentos bajo el inclemente sol, y las únicas bandas serán las de rock n’ roll.

Pronto aplacaremos esta marea y, desde Palo Verde hasta Propatria, se extenderá nuestra palestra. Caracas será nuestra, te lo juro por lo que sea.

Y ya con Caracas nuestra, comenzaremos a celebrar y, cuando vengan a reclamar, le daremos algo al policía para poder continuar.

Lanzaremos colillas de cigarros en los pasos peatonales, haremos trampa para aprobar nuestros exámenes parciales.

Cantaremos a la vida y, después, manejaremos a ciento ochenta en estado de embriaguez. Ya lo ves, en un dos por tres, Caracas será una porquería otra vez.

T.M.