¿Por qué renuncié a seguir siendo del equipo de campaña de Henri Falcón?

Una vez un amigo me dijo, compartiendo una botella de Cacique, que Venezuela era el único país en donde ser talentoso y ser inteligente se pagaba caro. Yo no le presté mucha atención. Asentí para no hacer un debate de una discusión que estaba siendo agradable. Para la época en la que él me dijo eso, Venezuela no estaba tan jodida. Mi amigo, que no importa su nombre para esta historia, hace ya cuatro años que se fue del país. Yo decidí quedarme. Al menos no me quería ir sin intentar. Al fin y al cabo, en una economía destrozada como la venezolana, quien es astuto puede encontrar minas de oro. Pero yo no contaba que para encontrar esas mimas de oro hay que carecer de escrúpulos.

Los profesores de la universidad me adoraban. Les juro que varias veces, en la universidad, los profesores decían al salón cosas como: “Aprendan de Helena. Esa muchacha va a llegar lejos”. A mí me daba muchísima vergüenza. Por otro lado, no voy a negar que me encantaba. Ese tipo de influencias hacía que todo el mundo se matara por hacer los trabajos conmigo. Me daban comida y me invitaban a todos lados. De todas formas, la Monteávila es una universidad que no es particularmente difícil.

Cuando me gradué, de Comunicación Social, conseguí trabajo rápido. Además, era un buen trabajo. Yo me había especializado en comunicación de masas. Siento que la comunicación de masas, en Venezuela, es la parte de la comunicación a la que se le pueden exprimir más cosas. Las masas en Venezuela se contentan con un pedazo de pan y un mal circo. Pueden morirse de hambre, pero basta con que grites un poco y agites una bandera estúpida para que todos hagan lo que quieres.

Yo ayudé a la campaña que hizo ganar a David Smolansky en El Hatillo. Smolansky era un chamo que siempre me cayó mal. Era como uno de esos estudiantes que decían cualquier imbecilidad para figurar en los medios. Sin embargo, trabajar en el diseño de comunicación de la campaña de alguien como Smolansky (Cuya victoria sería fácil. El Hatillo siempre ha sido un municipio opositor) sería una buena escuela para comenzar a poner en práctica todas esas teorías que yo había desarrollado, leído y profundizado en la universidad.

Ya se sabe que Smolansky ganó la campaña. La estrategia que yo señalé como la más apropiada, fue apelar a la nostalgia. En un país que está asolado por una dictadura comunista y en donde Caracas está visiblemente en ruinas, el recuerdo del Hatillo, que se magnifica por el aroma a verde que, a pesar de la violencia, de la miseria y de la pobreza, aún se respira ahí, siempre te saca una sonrisa o un suspiro. Yo sabía que, de todas formas, ya los alcaldes y los gobernadores habían sido pactados por el gobierno y por la oposición. Pero había que hacer campaña, había que hacer teatro y, además, la paga era buena.

El hecho es que yo, para la gente del Hatillo, me fui por la vía más fácil. Apliqué, mediante reuniones vecinales en las que se servía té y galletas, una especie de “Make El Hatillo great again”. Yo sabía que todo era una farsa. De hecho, el mismo Smolansky sabía que todo era una farsa. Ni el Hatillo ni Caracas se podrán recuperar, al menos a corto o a mediano plazo, de las garras de la violencia y de la dictadura. Pero todas las señoras del Hatillo, rememorando mejores días, decidieron seguirnos el baile. De hecho, el gordo Smolansky, en una reunión que hicimos en la alcaldía, me abrazó frente a todo el equipo de campaña y dijo: “Sigan el ejemplo de Helena. Esta caraja va a llegar lejos”. Yo me puse roja, sobre todo cuando todos aplaudieron.

Al principio no supe quién supo de mí. Cuando las campañas (o las farsas de campaña) son a nivel presidencial, todos los hilos se mueven desde el anonimato. Me llegó un correo de un tal Teodoro, que me solicitaba, en cortas parrafadas, reunirnos en un lugar público. Él, de alguna manera, sabía toda mi experiencia y mi currículum. No sé si fue alguien que lo recomendó o si tuvo acceso (que es lo que creo más probable) a una base de datos. A mí, al principio, me dio miedo. En una ciudad como Caracas, ya nadie cree en un correo así. Pero, buscando en Google acerca del tal Teodoro, vi que, al menos, en el caso de que realmente fuera él el que me escribía el correo, era un personaje medianamente público. De todas formas, le dije a cuatro amigos que me acompañaran. Éstos me dijeron que sí (Aunque, al final, todos me plantaron y fui yo sola).

Por Whatsapp, terminé de cuadrar con Teodoro acerca de todo. Él me había explicado, muy por encima, más o menos por dónde iban los tiros. Me había dicho que todo estaba relacionado con una nueva campaña, aunque no me había dicho de quién. De todas formas, yo lo intuía. Quedamos para vernos en el café que está en una esquina de la Plaza los Palos Grandes. Habíamos quedado para las cuatro de la tarde. A plena luz del día. Yo pensaba que, si me secuestraban, al menos habría testigos.

Teodoro se presentó con una guayabera blanca. Me brindó un café helado y pidió otro para él. Me dijo que, a través de una base de datos (Como yo sospechaba), había visto mis notas de la universidad, mi mención Cum Laude y mi experiencia. Me dijo que pronto comenzarían las campañas para las elecciones presidenciales que Diosdado Cabello, mediante la Asamblea Nacional Constituyente, había mandado a adelantar. Teodoro era uno de los directores de campaña de lo que sería la candidatura de Henri Falcón.

Teodoro, al menos conmigo, era un tipo diáfano y agradable. Al menos me habló claro. Me dijo que querían que yo fuese la coordinadora mediática en la campaña de Henri Falcón. Teodoro se reía cuando decía campaña. Él sabía que era una puesta en escena, que Henri Falcón era un actor que se prestaba al juego del gobierno. Pero que desde que casi todo el mundo había impuesto sanciones a los jerarcas de la dictadura, había que lavar un poco la imagen ante el resto del mundo a través de unas elecciones, aunque éstas fuesen fingidas.

Yo estaba a punto de decir que no. Teodoro era muy agradable y todo, pero no me interesaba prestarme a eso. Además, y esto fue algo que le dije muy claramente y que él sonrió al entenderlo, no me interesaba tanto trabajo (porque una campaña, por más simple que sea, implica un trabajo titánico) para ganar el bolívares, una moneda que no vale ni el papel en el que está impresa. Teodoro, un tipo corpulento, se alzó un poco y con su mano se sacó del bolsillo trasero de su pantalón una cartera. “Sabía que me podrías decir algo así”, me dijo. De la cartera sacó un billete de cien dólares y lo puso en la mesa. Yo no lo podía creer. De hecho, tardé varios segundos en asimilarlo. Mi primera reacción fue cubrir el billete con una servilleta. Me daba paja que alguien más lo viera. En Venezuela, en Caracas, con cien dólares casi que te puedes comprar una casa.

“Quizás con eso te lo puedas pensar un poco mejor. Lo que vas a ganar es mucho más que esto. Pero considera esto un adelanto por la molestia de haber venido hasta acá”, me dijo Teodoro guiñándome un ojo y recordándome, previo a una sonora carcajada, que también me había invitado al café helado, que, como siempre en esa cafetería de la Plaza los Palos Grandes, estaba divino. Teodoro se había ofrecido a llevarme hasta mi casa. De todas formas, no vivo muy lejos de la plaza. Bajamos al estacionamiento de la plaza y, en su Corolla azul, me dejó en la puerta de mi casa. “Piénsatelo bien”, me dijo cuando el vigilante de mi edificio pulsó el botón para abrir la puerta y yo entrar.

Yo lo llamé esa misma noche. No me importaba hacerle “campaña” a un imbécil como Henri Falcón. Si me pagan en dólares, yo le hago la campaña al mismísimo Hitler. Yo quiero irme del país, tener dólares para pagarme una buena carrera en el exterior orientada hacia la comunicación política y de masas. “¿Te lo pensaste bien?”, me respondió al teléfono, con su voz gruesa, Teodoro a manera de contestación. Yo le dije que sí. Él se rió y me dio la bienvenida. Me citó para el día siguiente en la sede del comando de campaña de Falcón, cerca de Colegio de Ingenieros. No había tiempo que perder. “No te preocupes, Helena. Yo te paso buscando”, me dijo antes de trancar y darme las buenas noches.

Henri Falcón es un tipo sin ningún tipo de carisma. Es un tipo que no transmite ninguna emoción. Es una especie de duende triste con los dientes salidos. Me saludó con dos besos, al estilo europeo. “Tú eres, Helena, ¿no? ¡Bienvenida al equipo!”, me dijo Henri. Yo le di las gracias sin sonreír. No me gusta sonreír cuando no tengo ganas de sonreír. El resto del comando de campaña llegó y el mismo Henri me los presentó a todos. Me dieron verdaderas ganas no sólo de sonreír sino de reírme cuando vi a uno de los miembros del comando de campaña, un joven que es uno de los consentidos de Henri Falcón, lucir, orgullosamente, una franela roja con los ojos de Chávez.

Todo el asunto de la pre-campaña fue durísimo y amargo. Nadie se creía la historia de que Henri Falcón era un candidato opositor. De hecho, me dio mucha risa cuando, una tarde, cuando estábamos almorzando alrededor de la mesa en la que solíamos almorzar, a Henri Falcón lo llamó, por videollamada de Whatsapp, el mismo Jorge Arreaza. Jorge, un tipo sombrío pero muy amable (al menos con Henri) le dijo que había hablado con El Universal y con Últimas Noticias, que Jorge Rodríguez, el alcalde chavista de Caracas, había comprado dos páginas completas a full color para Henri. Jorge Arreaza le pidió a Henri que seleccionara una foto en la que no sonriera. Le dijo que iban a jugar a ese contraste de Maduro sonriente y Henri Falcón amargado. “Na’ Guará, Jorgito. Tengo una en la que salgo con una cara de culo horrible”, dijo Henri antes de proceder a reírse como si fuese Bob Esponja. Antes de colgar, Henri me hizo ir a su lado para presentarme a Jorge Arreaza. Arreaza estaba en franela y en blue jeans. Yo me presenté como la jefa de la parte mediática de la “campaña” de Henri Falcón. Arreaza me dio su número para hablar sobre las piezas gráficas y aclarar otros puntos.

Ya yo había recibido varios adelantos de mis pagos. Teodoro, el que me introdujo a todo el mundo de Henri Falcón, es una persona realmente amable. Siempre me brindaba almuerzos y era como una especie de figura paterna para algunas cosas. Incluso, alguna vez le llegué a pedir consejos sobre la carrera que quería hacer y hasta del chamo que me gustaba. Él me contaba de sus amoríos “cuando era más chamo” y me decía que no confiara nunca en nadie. Decía que una chama como yo se merecía a un novio escandinavo, no a un “venezolano huevón”. También Teodoro me felicitaba por mi trabajo hasta el momento. Era obvio que la campaña nunca sentaría cabeza, pero, al menos, habíamos conseguido convencer a algunos copeyanos idiotas y a algunas doñas del Cafetal de que Henri Falcón era candidato de la oposición.

Pero los resultados, a pesar de mi trabajo, no le gustaban a Henri. A Henri, a pesar de que sabía que su candidatura era sólo un papel, le gustaba la popularidad. Yo tenía que jalarle a los medios para que le concedieran alguna entrevista. Me refiero a los medios que no están controlados por el gobierno. Los que están controlados por el gobierno, como pueden ver, le han abierto las puertas de par en par a Henri para la farsa. Pero los medios libres se reían en mi cara. Para ellos, Henri Falcón no es más que un pobre, triste, patético, idiota, subnormal, poco carismático, aburrido, retrasado, indigno y vulgar pelele que no merece ni un anuncio pago al lado de las putas que ofrecen masajes. Y lo que me daba más arrechera era que no me daba tiempo a explicarle a los medios que yo estaba ahí sólo por los dólares. Que yo era una mercenaria comunicacional.

Henri es un tipo que le mete duro, pero durísimo, a la caña clara. No sé si es algo que heredó de ser yaracuyano, pero a veces se mete unas rascas brutales. Y lo peor es que Henri es el borracho violento. Hace cerca de una semana, cuando ya estaba todo listo para el inicio de la campaña, estábamos reunidos en el comando. Henri ya tenía una peste a aguardiente horrible y no sé qué mensaje le llegó que seguía dándole en la vena de que ningún medio lo quería reseñar. Y ahí le estalló todo.

Henri se dirigió a mí. Estaba borrachísimo. Empezó a gritar que yo era una inútil. Nadie hacía nada para defenderme. Yo tenía miedo. A pesar de que sabía que Henri era borracho violento (Y lo peor es que, sobrio, es relativamente de pinga, como cuando lo conocí), no sabía que podía reaccionar así. Me dijo que yo era una imbécil, una puta inepta. Me dijo que Chávez estaría avergonzado de mí. Que me iba a mandar a joder con Maduro. Que si no me botaba “como una perra” era porque yo era la consentida de Teodoro.

Henri pegaba gritos frenéticos. Yo le pedí que se calmara, pero eso lo enfurecía más. Creo que mi error fue decirle que, al fin y al cabo, él no movía a nadie, que yo no podía hacer mucho más. Era algo que pensábamos todos, pero nadie le decía. Henri se puso rojo y me agarró por la cara con fuerza, con rabia y con furia. “Vuelve a decir eso, Helena, y te reviento la cara”, me dijo mientras escupía sin querer mientras hablaba. Me hacía daño. Me agarró la cara y la boca con una rabia que me hizo sentir sabor a sangre. Fue Teodoro quien pudo controlarlo y me sacó del salón mientras Henri gritaba y le daba coñazos a la mesa.

A pesar de que Teodoro me pidió disculpas, yo le dije que presentaba mi renuncia. Yo estaba llorando. Nunca nadie me había tratado así y me había agredido así. Teodoro comprendió, pero me invitó a un café para ver si cambiaba de opinión. Me dijo que las borracheras de Henri (y la violencia que deriva de éstas) eran comunes. Que ya había pasado algo parecido con su jefa de campaña cuando se había lanzado como gobernador del estado Lara. Yo rechacé la invitación. Teodoro, muy amable, como siempre, estuvo conmigo hasta que se me pasó el llanto y el susto.

Al día siguiente, ya cuando había renunciado, Teodoro me envió un sobre a mi casa. Dentro del sobre había una carta al lado de 6.000 dólares en efectivo. En la carta, más o menos parafraseado, me decía que el dinero era para ayudar a cumplir mi sueño de hacer un máster afuera. Que yo no sólo merecía a un escandinavo como novio, sino hacer campaña a gente que mereciera la pena, no a un pobre bolsa como Henri Falcón. Yo aún no le he dado las gracias. Al menos, de la pantomima pude sacar un beneficio. Yo no sé si ser talentoso o inteligente, como dijo mi amigo una vez con una botella de Cacique en la mano, se paga caro. Al menos a mí, el ser talentosa y el aguantar, me dio frutos. Y me da risa acordarme de mi amigo de la botella de Cacique amigo y de las filosofías que hacía cuando estaba bajo el alcohol. Qué diferencia tan grande con el “Candidato opositor”.

Helena Eco.

(T.M.)

Crónica ficticia. Ejercicio literario. La Cantárida es una página de literatura, no de noticias. Aunque igual Henri Falcón, bailando al son del dictador genocida, nos parece un triste cómplice y un ser deleznable.

Anuncios

De cómo Barbanegra se volvió Barbanegra; por Tomás Marín

La señora Cándida, protegiendo sus ojos del sol con la ayuda de la palma de su mano, lleva más de una hora y media esperando en la cola; no tiene mucha esperanza, pero la desabrida consigna de “Protesta con tu voto” la hizo salir de su casa y querer contribuir, aunque sea con un granito de arena, a la utópica causa democrática. Una gorda cincuentona, con el pelo pintado y uniforme de la milicia, grita y disfruta arreando a los ciudadanos que ya ejercieron sugfragio; pretende maquillar, con su “autoridad”, su perenne complejo de ser una nadie, de tener el papel de una miserable y prescindible rueda dentada en el cada vez más sólido e impermeable engranaje dictatorial.

Dos guardias nacionales, larguiruchos y con los rostros moldeados por las muecas del hambre, llevan a rastras a un raterito que quiso hurtarle el celular a una doña encopetada; algunos espectadores aplauden el espectáculo y se sienten orgullosos. El estado general de ánimo, que otrora fuera euforia y esperanza de victoria, hoy está alicaído y marchando por mera inercia; el gobierno ha cumplido a cabalidad su objetivo a largo plazo de ahogarnos con su éter, de dejar en claro que él y sólo el controla y tiene todas las llaves.

Ramos Allup, ya con la máscara caída y con la vena de adequismo oportunista hinchada en su faz de viejo roedor, publica un artículo de opinión en el que se propone convencer a cuatro incautos de que ir a las urnas es la decisión más sabia; fantasea y se regodea porque sabe que es muy probable que él será el candidato presidencial de la farsa electoral de 2018. Durante los sanguinarios e inolvidables meses de las protestas, más de 120 venezolanos fueron a las urnas (y no precisamente a las del CNE) porque, en su desespero, creyeron en la llamada a la calle orquestada por una dirigencia que, no conforme con sacrificarlos, negoció sus vidas con el enemigo a cambio de cinco gobernaciones.

Ayer hablaba por teléfono con Ninoska, una amiga de Caracas. Comentábamos, entre mucho delay e infinita amargura, sobre el hecho de que, si pudiésemos viajar en el tiempo hasta 1998 y advertir de todo lo que ocurriría después, nadie nos creería; nos llamarían locos, exagerados e intensos. Hasta hace algunos meses, se podía decir que en Venezuela había dos fuerzas que competían, que disputaban (aunque injustamente). Hoy, el chavismo es la fuerza única. La “oposición”, por estúpida, por torpe, por avara, por demagoga, por farandulera, se desintegró y entregó la cabeza del país (al igual que el mito de Salomé y Juan el Bautista) en bandeja de plata.

Nos bombardearon por ambos flancos, el rojo y el azul, y nos destrozaron. La batalla se hundió porque nuestros propios capitanes (al igual que hizo Barbanegra con el Queen Anne’s revenge para quedarse con el tesoro) perforaron la flota. A mala hora descubrimos que no eran más que corsarios y filibusteros que nos obligaron a caminar por la borda hasta caer al mar. Ellos se quedaron con el botín, ellos incendiaron nuestra labor e izaron el pendón negro de las tibias y la calavera. La señora Cándida no quiere volver a salir de casa más que para trabajar y sobrevivir mientras el buque, herido de muerte, naufraga. No quiere darle su voto al chavismo, llámese PSUV o Mesa de la Unidad.

Tomás Marín

Trump eres tú

A Estados Unidos le ha salido su propio Chávez, su propio Pablo Iglesias, su propio Hirohito. Un populista peligroso, infantil y terco que ha utilizado la ya tradicional fórmula para el éxito cuantitativo en la política: encauzar la rabia esparcida en la nación. Donald Trump ha dado una bofetada dolorosa a todos quienes lo subestimaron. Su victoria, y el consecuente futuro de la misma (más incierto que necesariamente negro), ha dado una áspera lección a todas las personas que sólo creen en el monofacético, lindo e hipersimplificado activismo del sofá, de los memes y de las redes sociales. Existe un mundo muy amplio más allá del 2.0.

Al momento de conocerse la victoria del partido republicano, muchos de los adversarios al magnate neoyorquino corrieron a buscar (o teclear) chivos expiatorios; los “rednecks”, los misóginos, los ignorantes, los homófobos, la alienación, la mediatización, la derecha. Afirmar que casi sesenta millones de ciudadanos “inferiores y oscurantistas” están encasillados en estas características, es hacer un diagnóstico irresponsable acerca de un problema mucho más grande de lo que se cree. Es evidente que existe gente (mucha gente) con estos calificativos dentro del bando vencedor; sin embargo, el fenómeno Trump es la cosecha de una serie de acciones que casi todos hemos cultivado sin saber.

Todos hemos discriminado y sido discriminados alguna vez. Recuerdo que, en el colegio, muchos de mis compañeros (y algunos representantes y profesores) me apartaban, me insultaban, me temían y me estigmatizaban por el hecho de que mi padre había votado, en las elecciones de 1998, por Hugo Chávez. “No te acerques a Marín, que su familia es chavista”. Mi respuesta, naturalmente, fue aferrarme y “entender” más a ese “héroe” de los desprotegidos, de los desadaptados y de los freaks. Mi resentimiento era mayor que mi capacidad de asimilar que Venezuela se enrumbaba hacia el absolutismo socialista, porque yo era impulsivo e inmaduro. Es lo mismo que sucede con el pueblo norteamericano que eligió a Trump, es impulsivo e inmaduro gracias a que, en los últimos años (o quizás nunca en su historia, con excepciones), no ha padecido realmente una crisis de profundidad que temple su juicio ante un demagogo consentido (e, irónicamente, sin mucho sentido).

La línea discursiva de campaña del recién presidente electo tuvo como punto de mayor fortaleza las radicales medidas a tomar respecto a política exterior. La decimonónica idea de amurallar la frontera sur del país para evitar los flujos migratorios ilegales, o el inquisidor fortalecimiento de los sistemas de control con respecto a los musulmanes, son distopías que ya sonaban y que fueron recogidas y amplificadas. Trump se convirtió en portavoz de muchos que, pensando cuestiones parecidas, no se atrevían a decirlas por lo sensible de su implicación. Muchos mexicanos (y latinoamericanos en general), incluso los que viven en Estados Unidos, no tuvieron freno jamás para referirse despectivamente a sus vecinos del norte. Términos peyorativos como “gringo”, expresiones como “los tenemos comiendo comida latina”, mafias (que no podemos negar su existencia), entre otras, fueron ráfagas de aire que avivaron un hartazgo que fue materializado en las urnas y que, al devolver el insulto, provocó una ola de indignación y victimismo.

Trump no es la causa, Trump es la consecuencia de mucho estirar la liga y de hacer parte en un lamentable círculo vicioso de compasión/desprecio que, como un paraje desolador, no tiene un final visible. Esperemos que la diplomacia mundial sea capaz de contener el “derrame” en caso de que este “loco” pierda los estribos. Que haya paz y que Dios, si existe, bendiga a América.

T.M.

Finish Him

Nunca me gustó Mortal Kombat (jamás me atrajeron los videojuegos de violencia armada o física), sin embargo, cuando mis amigos me invitaban a jugarlo, yo, por no romper el grupo, tomaba el control y, al iniciar la contienda, procedía a pulsar, enérgica y repetidamente, una combinación improvisada de botones que comandaban una serie de movimientos frenéticos e incoherentes a un personaje de vestimenta llamativa y sobrecargada, que, tras recibir una golpiza por parte de su oponente, moría ahorcado, decapitado o desmembrado.

Siempre me llamó la atención el final impío y sangrientamente caricaturesco de las batallas en cuestión. Luego de derrotar al contrincante (que se hallaba atolondrado, confuso y desorientado), el vencedor recibía, por parte de una voz etérea y gravísima (resaltada por letras que hacían acto de presencia en medio de la pantalla), la orden “Finish him”, que daba carta blanca para que el poseedor de la victoria, tras una serie de movimientos coreográficos diversos, diera al perdedor un golpe de gracia que le extinguiese la exigua cantidad de vida que aún albergaba en su cuerpo amoratado.

En los últimos dieciséis años, Venezuela ha vivido y protagonizado su propio combate que, de manera similar a los que yo libraba, yuxtapone a dos luchadores injustamente desiguales. Uno monstruoso, ególatra y aterrador que cada vez fue haciéndose de un titánico poder que rebozaba, una y otra vez, las capacidades de su contraparte que, tímida y torpe, ha pulsado, a ciegas, botones y botones y botones (repítase un centenar de veces) que pocas veces pudieron ecualizar este dantesco enfrentamiento.

El juego ha sido largo y agotador. Caben infinidad de siglos en esta inmoral década y media que ha tenido más sangre y vísceras que cualquier juego de Mortal Kombat. Pero ya el final se acerca, ese hecatónquiro rojo y desproporcionado ha venido dando tumbos que no son más que la cosecha irrenunciable de haber concentrado tanta trampa y tanta fuerza. Los movimientos, alguna vez ágiles, se han vuelto predecibles y obvios. El peleador que llevaba la ventaja, de tanto inflar su musculatura, está a punto de reventarla. Se ha vuelto lento, aletargado y lastimero. Está recibiendo puñetazos que van abriendo surcos mortales en su piel endurecida.

Como sucede cuando el grupo de amigos se reúne alrededor del televisor, gran parte del mundo está con los ojos puestos en Venezuela. El desespero nunca antes visto del pretencioso contendor deja entrever que un cambio importante se aproxima (quién sabe cómo). Pronto tanto sufrimiento tendrá su recompensa, pronto será el momento de apagar la consola e ir a comer en paz. El enemigo está en pánico, está groggy. En cualquier momento escucharemos una voz gravísima y etérea que, después de tanto, nos dirá las palabras que tanto anhelamos oír: “Finish him”.

 

Texto: Tomás Marín

Fotografía: AFP