La paradoja del mal emigrante

Yanfran se despide de su barrio. Tiene las maletas listas. Son unas maletas viejas que le habían sobrado de cuando traficaba y revendía la cerveza que se robaba de su trabajo como empaquetador en la Regional. Le da un abrazo a su mamá, quien llora. “No te preocupes, viejita, que yo te sacaré de esta mielda (sic)”, le dice. Monta en la moto de su amigo, quien lo está esperando treinta y dos escalones más abajo. El amigo hace rugir el motor, lo hace sentir poderoso y es algo que impresiona a las mujeres del barrio, que no conocen más mundo. Ambos arrancan. Entre humo negro y tierra levantada, se alejan.

Yanfran espera el autobús que lo llevará hacia el Táchira. Conseguir pasaje fue difícil. Los pasajes en autobús hasta el Táchira se agotan a razón del éxodo masivo. Miles de personas cruzan la frontera hacia Colombia. Ir hasta el Táchira es sólo el primer paso. Luego viene el trayecto largo, el de a pie, el que está infestado de Guardias Nacionales que cobran salvoconducto. Yanfran tiene dinero por si acaso. Nunca se sabe qué puede pasar. Ya se ha despedido de su amigo. Se echa, con las piernas abiertas, y ocupa dos puestos en los asientos enfilados de la terminal. Hay gente aún de pie.

El viaje hacia el Táchira es tedioso, aburrido. Yanfran mira por la ventana. Una señora no para de hablar por teléfono con una amiga. Una niña no para de llorar. El autobús es una carcacha que parece que va a destrozarse en cada bache. La calle está repleta de baches. Hace años que nadie le hace mantenimiento. El chofer no ha puesto música. Está concentrado en el camino. Un rosario, colgado a su lado, se mueve todo el tiempo. Vibra a la par que lo hace el autobús.

Hay una fila inmensa para cruzar. Parece una manifestación. Yanfran se aferra a su maleta. Teme que se la roben. Los Guardias Nacionales se dan vida incautando pertenencias y quitando dinero. Una señora gorda, con licras, ofrece agua fresca (en pesos colombianos). El sol es inclemente. Ni una nube se asoma en el camino. Las autoridades colombianas están agotadas. Hay demasiados venezolanos. Algunos se abrazan, algunos se quejan. Los que han logrado entrar y tienen sus pasaportes sellados, celebran. Uno que otro pinta una paloma a los Guardias Nacionales que están al otro lado de la línea. Éstos, frustrados, deciden mirar hacia otro lado. “En lo que te vuelva a ver en Venezuela, te mato”, dice uno, sin ningún tipo de recato, con el dedo en el gatillo del fusil de reglamento, para apoyar, con lenguaje corporal, a su amenaza.

Yanfran ha resuelto en casa de primos y amigos. Se ha encaminado hacia Lima, que era su objetivo principal. Ahí tiene también primos y amigos. Los venezolanos han ido tejiendo sus redes en todos lados. Cada vez están más cohesionados y más organizados. Yanfran se resuelve vendiendo dulces que compra a precio de gallina flaca directo de fábrica. A veces, mediante pagos “en negro”, obtiene más dulces de los que debería. Le ha enseñado al ingenuo responsable de ventas directas de la fábrica el vicio de la corrupción, de la “viveza”.

Yanfran se monta en los autobuses que le otorgan permiso de hacerlo. Ensaya su cara más lastimera y echa un discurso de cómo tuvo que abandonar a su país y a los suyos. Quiebra la voz, tal como ensaya cuando está solo. No ha hablado absolutamente nada de los dulces, si son más ricos, más baratos o más crujientes que la competencia. Sólo ha hablado de él. Vende lástima en su cesta, no vende dulces. La mayoría de los pasajeros del autobús, con audífonos y distraídos con el paisaje de Lima mientras se dirigen hacia sus trabajos, miran por la ventana. Yanfran no está teniendo, esa mañana, mucho éxito de ventas. Recurre al recurso de ser un poco más invasivo. Deja en las piernas de los pasajeros las galletas y los chocolates. Hace presión. Un peruano no aguanta la presión y compra el dulce. Tres soles por una galletita mínima. Es una estafa, pero todo sea “por ayudar”.

Otro peruano, de unos cuarenta años, está molesto. No oculta su enfado, pero no quiere dejar de ser prudente. Le dice a su compañero de al lado un comentario xenofóbico. Yanfran lo escucha. No es la primera vez que lo escucha, pero ya anda algo tenso por no haber vendido mucho. No sabe si actuar. Se lo piensa un poco. Decide actuar. Intenta ser diplomático. El problema es que la diplomacia para Yanfran significa, simplemente, no recurrir a la violencia física. La violencia verbanl y la amenaza, para la gente como él, aún entran dentro del rango de la diplomacia.

“¿Cómo me dijiste?”, espeta Yanfran, como una bomba arrojadiza. Los pasajeros comienzan a dirigir sus miradas hacia el conflicto, que acaba de empezar y se va calentando. “Estoy cansado de que ustedes, cobardes, huyan como ratas y se refugien en el Perú a quitarnos nuestros trabajos”, responde el increpado. Yanfran es un hombre colérico. Toda su vida ha sido criado con la teoría del macho alfa dominante. Pero aún no recurre a la violencia (física). Lanza una sarta de insultos al peruano. Le recuerda (para Yanfran es un hecho indiscutible) que los venezolanos van a Perú a “mejorar la raza”, a ayudarlos a dejar de ser “indios feos”.

El peruano sólo suspira y mira hacia otro lado. Intenta esquivar la mirada retadora de Yanfran y decide que lo mejor es ver por la ventana. Ya el venezolano se calmará. Yanfran sigue insultando. Saca sus armas más potentes, recurre de nuevo a la lástima, pero más profunda. Habla de sus tres hijas, de su madre (de la que se despidió en el barrio) y de todos los venezolanos que están padeciendo en el exterior. No recibe respuesta de nadie. El peruano sigue mirando por la ventana. El resto de los pasajeros no sienten mayor interés por lo que está sucediendo.

Yanfran suelta el primer golpe, directo a la nuca. El peruano se levanta de su asiento y responde. Los pasajeros, asustados, se alejan y dan espacio. El conductor se orilla lo más rápido que puede. Pide al asistente que detenga la pelea. El asistente no quiere hacerlo, pero es su deber. En teoría es su deber. Nunca se había enfrentado a un problema así. Nunca había visto una pelea en el autobús que llegase a los golpes. “Dale gracias a Dios que estamos en Lima. Si estuviésemos en Caracas, te mato, te meto plomo”, suelta Yanfran sin oponer mucha resistencia. Baja (lo bajan del autobús).

Verónica se ha hecho más de veinte selfies en el aeropuerto. Ha inundado sus redes sociales con fotos de sus pies en el aeropuerto de Maiquetía. Está con sus padres, con su tía y con algunos amigos. Se abrazan durante un largo tiempo. Verónica agita su ridícula gorra tricolor. Grita un “viva Venezuela” que sólo es respondido y vitoreado por su propia gente cercana. Arrastra, como puede, sus tres maletas de colores. Son unas maletas cuchis. Verónica, de por sí, es una cuchi. Tiene unos lentes obscuros gigantes que parecen las orejas de Mickey. Es flaquita y viste bien, incluso para emigrar.

Verónica no tiene mayores problemas para irse. El pasaporte portugués (y todo pasaporte europeo) es un gran comodín. Además, ha estudiado, ha sido siempre una buena estudiante. Tiene conocidos en Madrid que le darán un empujón, pero méritos no le faltan. Había pensado en Lisboa, pero en Madrid tiene más facilidades. Aborda el avión, se coloca los audífonos y mira por la ventana. Llora. Piensa en tomarse una foto llorando, pero es ridículo hasta para ella. Caracas se aleja. Todo comienza a ser mar, sólo mar.

Lo primero que hace al llegar a Madrid es tomarse fotos y abrazar a sus amigas, que la esperan en la puerta por donde entran los pasajeros en el aeropuerto de Barajas. Van a tomar a Starbucks, ahí mismo, dentro del aeropuerto. “Marica, tenía años sin tomar un Starbucks”, dice Verónica mientras toma una foto al frappuccino. Sus amigas ríen. Comparten cuentos. Hablan un poco sobre el viaje. Van a darle un par de vueltas por la ciudad, para que la vaya reconociendo. La última vez que Verónica había ido a Madrid, tenía trece años. Ahora tiene 24.

Verónica se hospeda con su tía favorita, quien la consiente, la abraza, la besa y, esforzadamente, le ha cocinado una paella. “Yo quiero comer arepas. No vine aquí a comer paella”, dice Verónica, medio en broma, medio en serio. Toda su vida, mientras Venezuela aún era habitable, presumía de su sangre portuguesa y de sus raíces europeas. Sentía que Venezuela no era su lugar. Jamás fue su lugar, pero sentir nostalgia es un juego peligroso para quienes van en serio y divertido para quienes aman la publicad en redes sociales.

Verónica comienza en el nuevo trabajo. Le es asignado un cubículo en una oficina inmensa que tiene vista a la Plaza de Colón. Verónica ve la inmensa bandera española ondeando. Tiene una idea. Al día siguiente, coloca una banderita de Venezuela en su cubículo, como para contrarrestar. Saca una foto a su gracia y la cuelga en Instagram. Todo el día habla a sus compañeros sobre Venezuela y sus cosas, lo bueno y lo malo. También habla de otras cosas. Verónica es dulce y agradable. Quizás su principal defecto es que no sabe escuchar.

Manuel, el muchacho extremeño que se ha convertido en su mejor amigo del trabajo, invita a Verónica a su casa. Verónica acepta, encantada, la invitación. Incluso, va al Mercadona y compra una torta helada. No quiere llegar con las manos vacías. Manuel se ha esmerado mucho. Verónica es preciosa y ha despertado interés en él. Está un poco nervioso. Él gusta de ella. Le ha preparado una cena, utilizando sus pocas habilidades como cocinero. La cena, por fortuna, le ha salido bien.

En los altavoces, que tienen, en el diseño, la torre Eiffel estampada, suena “Por encima del bien y del mal”, de Robe Iniesta. Manuel la tararea. Tararear siempre le ha ayudado a sentirse un poco más tranquilo. Suena el intercomunicador. Manuel está que tiembla. Le llama el ascensor a Verónica, quien tiene la torta helada en las manos. Manuel la saluda con dos besos. Sus labios casi quedan juntos cuando Verónica lo corta en seco. “En Venezuela sólo es un beso”, le dice. Manuel se sonroja. Parece avergonzado.

“¿No quieres mejor poner gaitas?”, le sugiere Verónica a Manuel. Le dice que no le gusta la música que está sonando. “Es Robe, el de Extremoduro”, dice Manuel. “No me gusta”, reitera Verónica. Manuel le da su Spotify a Verónica. Verónica hace sonar “Sin rencor”, la popular gaita. A Manuel le gusta. Al fin y al cabo, es una canción hermosa. Pega, además, con la Navidad. Estamos en diciembre. Hace frío en Madrid. Manuel espera a que el frío se transforme en abrazos, los abrazos en besos y, a partir de ahí, la historia puede terminar como quiera Verónica.

Verónica, una semana después, ve, por el estado de Facebook que comparte una tía, que hay una manifestación de venezolanos en Sol a favor de la liberación de Leopoldo. Verónica puede protestar ahora. Sabe que la Guardia Civil o la policía madrileña y/o española no le arrojará perdigonazos. Por eso nunca protestó en Venezuela. No es razón para culparla. Nadie quiere perder su vida contra una dictadura que aplasta a una oposición que se vende. No vale la pena. No es justo que tantos años de estudios y de esfuerzos sean anulados por una bala, por una lacrimógena o por un perdigón.

Verónica grita y agita sus banderas. Se ha colocado la gorra tricolor, la misma que agitó cuando estaba en el aeropuerto de Maiquetía. Se toma fotos frente al pendón gigante de siete estrellas que tapa a la estatua de Carlos III. Verónica ni se ha preocupado en preguntar quién es ese señor que está a caballo, como vigilando a los transeúntes que convergen en la puerta del Sol. Se queja del clima. Dice que en Caracas no hace el “frío de mierda” que hace en Madrid. Se queja de la comida. Dice que los madrileños deberían comer más arepas. Se queja del dictador, el que ha destrozado a un país entero por querer imponer su punto de vista.

Yanfran y Verónica, aunque no se recuerdan (Verónica recuerda el hecho, mas no al ejecutor), coincidieron una vez. Verónica, en su Spark amarillo, en plena cola en la avenida principal del Marqués, fue asaltada, hace unos cuatro años, por Yanfran. Yanfran, cañón en mano, se apoderó de su teléfono y Verónica lloró de la impotencia. Yanfran y Verónica jamás se van a ver de nuevo. Ambos correrán suertes distintas. Pero los dos, aunque nunca lo hablaron, piensan, juran y están convencidos de que el país que los acoge está en deuda con Venezuela. Una piensa que por los españoles que llegaron huyendo del franquismo, otro por los peruanos que llegaron huyendo de la pobreza y de Sendero Luminoso. Ambos se sienten acreedores. No entienden que todo es una falacia, que nadie nos debe nada. Yanfran y Verónica se parecen mucho.

 

Tomás Marín

Facebook.com/LaCantarida

 

 

 

 

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Top 10 cosas que aniquilaron a Venezuela

El próximo domingo, Venezuela se enfrenta a una suerte de “Día D”, a un abismo dentro del cual todo será incertidumbre y negrura. Nadie, ni siquiera los especialistas, ha sido capaz de bosquejar con profundidad los escenarios, probablemente negativos, que podrían acontecer. Muchos hablan del final, de una nueva etapa y del último suspiro de lo casi imperceptible que quedaba de democracia. En La Cantárida, cual si se tratara de un pavoso y gritón predicador evangélico de Chacaíto, nos hemos puesto a señalar y a repartir culpas de cara al caos que se aproxima. He aquí las diez cosas que aniquilaron a Venezuela y la llevaron a esta hecatombe.

El petróleo.

No en vano, Juan Pablo Pérez Alfonzo, uno de los diplomáticos venezolanos más brillantes de todos los tiempos, se refirió al petróleo como el “estiércol del Diablo”. Esta negra y espesa “bendición”, que otorgó, durante décadas, infinidad de riquezas y ganancias, trajo consigo una bonanza muchas veces inmerecida y que, al no estar valorada como una recompensa a esfuerzos grandes y trabajos concretos, fue vista como un bono, como un regalo para despilfarrar que, durante más de medio siglo, malacostumbró al venezolano al convencerlo de que el dinero no se cultiva y se cuida, sino que, simplemente, aparece, literalmente, debajo de las piedras.

La IV República.

“Éramos felices y no lo sabíamos”, es una frase referente a la llamada IV República (el período abarcado entre 1958 y 1998) que, con el pasar de los años, va tomando más y más fuerza a medida que la calidad de vida en el país va desmejorando dramáticamente. Es innegable que, en comparación con los tiempos actuales, la era bipartidista blanca y verde fue un auténtico paraíso con calles relativamente seguras, con anaqueles abastecidos, con inversión extranjera y con libre mercado. Sin embargo, es imprescindible resaltar que muchos de los problemas que ahora nos devoran no son más que evoluciones (muy amplificadas) de males que vieron la luz durante este período: demagogia, populismo, dádivas, promesas, corrupción, poca alternancia. Cabe recordar que ese cáncer llamado chavismo no descendió en paracaídas.

La “viveza”.

Muchas veces celebrada en conversaciones casuales, en situaciones cotidianas y hasta en la publicidad, la “viveza” criolla es, quizás, la más indeleble y grave enfermedad que hemos padecido. Comerse la luz de un semáforo, saltarse el puesto en una fila, estafar pequeñas o grandes cantidades de dinero, sacar provecho personal de la ingenuidad o de la confianza de nuestros semejantes; ése es el comportamiento deleznable, patético y asqueroso que ha hecho que todos tengamos que vivir en un estado de alerta permanente para evitar ser víctimas de los “avispados”, esos dictadores en miniatura que nunca se ven  al espejo y siempre achacan al otro el declive del país.

Chiabe.

El detonante total, el catalizador absoluto de los demonios que veníamos cultivando, el encantador de serpientes que nos heredó el legado que hoy nos asesina en todas las formas posibles. El que nos hizo reír con sus ocurrencias y llorar con sus acciones. El comandante, el galáctico, el líder, el monstruo. Hugo Chávez podría ser, perfectamente, el personaje más influyente del Siglo XXI, de ésos que requieren décadas para ser analizados con objetividad; el que rompía los protocolos y contribuyó a desangrar la bonanza económica más grande de la historia, enriqueciendo a unos pocos y sumiendo a su país en la miseria. Las huellas de su influencia hoy son más destructivas que nunca y es seguro que tardarán mucho, mucho, pero que mucho tiempo en sanar.

La prepotencia.

“Venezuela es el mejor país del mundo”, “Venezuela es la tierra de las mujeres bellas”, “Venezuela tiene el Salto Ángel y las mejores playas”, “Venezuela liberó a media latinoamérica”. Todas estas frases, que muchas veces son actitudes y dogmas, fungieron como gríngolas y vendas que nos mantuvieron ocupados en ver las cosas bonitas y nunca las heridas profundas que suplicaban, a gritos, ser atendidas. Esta autocomplaciente morfina de halagos fue, cada vez más, convirtiéndose en una falacia infundada que ahora parece estallarnos en la cara para recriminarnos lo equivocados que estábamos y advertirnos, aunque muchos aún no lo vean, que, si queremos ser un buen país, hay que empezar a trabajar, y mucho.

La oposición.

A veces resulta muy curioso y tentador el fantasear con cómo serían las cosas si la oposición hubiese sido más hábil y menos torpe, más firme y menos complaciente, más sensata y menos demagógica y populista. No es un secreto para nadie que la dirigencia adversa al oficialismo muchas veces facilitó el camino para que éste tomase más y más poder, más y más riquezas. Por citar sólo un ejemplo: cuando la oposición decidió retirarse de las elecciones parlamentarias de 2005, fue cuando le dio alfombra roja al chavismo para que tomase toda la asamblea y secuestrara, con la mayor facilidad del mundo, la totalidad de los poderes públicos.

La emigración.

Al llegar a este punto, queremos dejar muy claro que no se trata de un ataque o un descrédito a los millones de venezolanos que, empujados por las circunstancias (o, sencillamente, porque así lo desearon), decidieron abandonar su tierra natal y probar suerte en otras latitudes; todo el mundo es libre de tránsito y debe tener el derecho de considerar hacer su vida en donde lo considere apropiado. Sin embargo, el flujo tan drástico y precipitado de potencial que se marchó a través de aeropuerto de Maiquetía (o, incluso, por vía terrestre o marítima), dejó a Venezuela, innegablemente, muy debilitada. Cierto es que aún hay gente brillante y preparada que vive en el país, pero el número de universitarios y trabajadores calificados que han huido es realmente alarmante (aunque, reiteramos, comprensible).

Algunos estudiantes.

Los colegios y las universidades son pequeños universos en donde nos preparamos, con ensayos más o menos supervisados, para ser ciudadanos y trabajadores que aprendan a lidiar, muchas veces, con las responsabilidades y las problemáticas inherentes a la vida misma. Es muy probable (por no decir seguro) que quien haga trampa en sus estudios hará trampa en su trabajo y en su día a día. Hay dos vertientes muy grandes que son las manchas evidentes de mucho del estudiantado venezolano. La primera es el desinterés en la materia de los estudios propiamente dichos; puede que esto sea algo comprensible en el colegio, cuando somos inmaduros, pero, en la etapa universitaria, es poco menos que imperdonable. Estudiantes que no tienen inquietudes de acercamiento hacia la historia, la filosofía, la política, la antropología u otras fuentes que nos ayudan a comprender las razones subyacentes de nuestra compleja situación. Por otro lado, la epidemia de “chuletas” y trucos deshonestos en los exámenes y asignaciones es un caso muy subestimado, aunque es un germen más de la corruptela generalizada que nos envuelve.

La displicencia del resto del mundo.

La OEA, el Vaticano, la ONU, la CIDH, los países más desarrollados; muchos de estas instituciones y naciones han mirado con preocupación (posiblemente genuina, claro está) la dantesca situación que sigue desarrollándose en Venezuela. Sin embargo, su intervención no pasa de ser una sugerencia inofensiva, una negociación injusta, una palabra de cortesía o un gesto que no servirá de nada. Pocos son los que realmente han tomado medidas que puedan ejercer daño a quien nos ahorca sin compasión y con mucha violencia. Cierto es que tomar decisiones radicales no es una tarea fácil en el intricado mundo de la diplomacia, pero estamos seguro de que algo más podría hacerse, sin duda.

Los analistas.

2002, 2003, 2004, 2005, 2006, 2007, 2008, 2009, 2010, 2011, 2012, 2013, 2014, 2015, 2016, 2017; todos han tenido un punto en común: siempre los analistas, al referirse a ese año en particular desde sus columnas de opinión, sus videos y sus blogs, aseveraron que “ése era el año”, que “es imposible que el gobierno se sostenga más”. Los analistas políticos se ganan la vida tratando, muchas veces, de predecir un futuro que pocas veces ha sido acertado. Ellos fueron los primeros que han subestimado una y otra vez al oficialismo, que aseguraron que, al morir Chávez, el chavismo no de podría sostener por más de tres meses, que se desmoronaría. Aún hoy, abundan mucho, creyéndose con una visión superior basada en ejemplos que muchas veces son interesantes, pero pocas veces son verosímiles.

 

El destino de Venezuela, en este momento, es más incierto que nunca. Quizás podamos, al analizar la historia local y mundial, que suele mostrar patrones similares constantemente, atisbar un poco de lo que se puede avecinar, sin embargo, el chavismo, al igual que Venezuela, es totalmente impredecible y lleno de “sorpresas”. Que el temor y el pánico no nos invadan por completo, pero tampoco el optimismo y la esperanza sin fundamentos reales.

¿Estás de acuerdo con nuestra lista?  ¿Consideras que hay otro mal que contribuyó a la caída en picada que sufre Venezuela en este momento? Déjanos tu respuesta en los comentarios.

Facebook.com/LaCantarida

Créditos fotográficos: Notitotal, El Universal, La razón, Diario República, Notiminuto, runrunes, Globovisión, Reuters (Carlos García Rawlins).

 

 

Jalea de mango

Ruth sentía náuseas, quería llorar. El oleaje, aunque más atenuado que en días anteriores, golpeaba el casco de la nave con ferocidad malévola. Una anciana robusta, con una pañoleta manchada sobre el cabello gris, tosía con asfixia flemática. Dos niños, de chalecos rasgados y boinas negras, jugaban a deshuesar un espinazo. Se cumplían casi tres semanas en alta mar, el viaje era agotador, insoportable.

Ruth consiguió espacio en el trasatlántico gracias a un sacrificado amigo de la familia que, según sus propias palabras, tenía “contactos especiales”. En un principio, Ruth no quería partir, no consentía la idea de abandonar a su madre viuda en una Alemania ocupada por los nazis. Sus tíos, sin embargo, acabaron convenciéndola tras insistir, solemnemente, en la promesa de que ellos la cuidarían con garbo y la esconderían con inteligencia, a fin de que nada malo le ocurriese.

Zhak, amigo y vocinglero, pasó sus dedos huesudos por los cabellos amarillos de Ruth.

-Estás pálida, Ruth, ¿estás enferma?

-¿Cuánto falta para llegar, Zhak?

-Está previsto que hoy hagamos la escala. Van a recargar suministros antes de que lleguemos al nuevo país.

El Atlántico era infinito, un titán que parecía disponer de todo, como un adolescente malcriado y caprichoso. El humo de las calderas se perdía en el viento cada vez más cálido. Sudamérica, el destino, era tierra de nadie, un lugar desconocido más allá de la última Tule, una salvación milagrosa pero extraña. Apoyados en la baranda blanca y descascada, Ruth y Zhak permanecían en silencio.

El barco atracó. El encargado, repartiendo papeles sellados y notificando que se hallaban en un tal puerto de La Guaira, advirtió que no se alejaran demasiado, que retomarían el camino en pocas horas. Ruth, pasado el mareo, tenía hambre, mucha hambre; en los últimos días, sólo había comido dos pedazos de pan y uno de queso. El aire del trópico y el calor que le rozaba la cara le hacían bien. Se sentó, junto a Zhak, en una piedra húmeda con olor a salitre; veía a la gente gritar y trabajar. No comprendía nada de lo que decían, el español era un idioma ajeno.

Un muchachito moreno, con una gran cesta de panelas amarillas, ofrecía, cantarín, su mercancía. Ruth tuvo curiosidad y, con un gesto de la mano frágil, solicitó al pequeño vendedor. Con la ayuda de Zhak, que algo entendía del castellano luego de haber trabajado un tiempo en Málaga junto a unos primos sefardíes, supo que aquello era jalea de mango, una fruta sobre la que ella, quizás, había leído alguna vez en un libro. Entre educada y tímida, aceptó el dulce que le tendió el muchacho, dio la mitad a Zhak y engulló su parte con desesperación de fiera, manchándose los labios, que se relamía una y otra vez.

-Zhak, pregúntale si acepta monedas europeas, tengo unas en el bolsillo, que me dejó mi madre.

-Él dice que no le debes nada, que te lo regala, que sabe que tienes hambre.

Cayendo la tarde, el encargado, con su silbato, llamaba a embarcar nuevamente. El cielo estaba despejado, con un azul naval imponente y pulcro. Una radio de pulpería hacía sonar a un hombre que hablaba con la voz ronca. Ruth no quería marcharse, la ataba un lazo terso e invisible. Ya tendría siete décadas para aprender a hablar español.

 

T.M.

Crónica basada en un capítulo de “La historia fabulada III”, de Francisco Herrera-Luque.

La diáspora sin azúcar, por favor

En los últimos años, la diáspora venezolana se ha convertido en la lágrima fácil, en el tema tautológico que todos, incluso el que redacta este artículo, hemos explotado alguna vez, ya sea escribiendo un poema, componiendo una crónica o diseñando una torta. Se dibuja y se desdibuja en una perenne lamentación que, con palabras y palabras, cae, repetidas veces, en lo cursi, sin dejar suturar la llaga de las despedidas (si no lo creen, pregúntenle a Desorden Público o a los redactores de ProDavinci (aunque “Los que se quedan, los que se van” es una canción excelente)). Es por esto que el equipo de redacción de La Cantárida (que somos una botella vacía de aceite de oliva y yo) se ha propuesto, como broche de oro, hacer el artículo definitivo sobre la emigración, sin recurrir a lugares comunes o metáforas que jueguen con los sentimentalismos.

Primero que todo, es necesario hablar sobre las acepciones de la emigración. ¿Qué es emigrar?, es un concepto que varía con respecto a quien lo ejecuta directamente o a quien afronta las consecuencias colaterales al ver cómo un amigo/familiar toma un avión/carro/tren/canoa/caballo/túnel/nave espacial para intentar la búsqueda de mayores estabilidades integrales, económicas, políticas y/o sociales. Emigrar puede abarcar desde un desprendimiento total, casi budista, hasta una foto tonta en el piso de Cruz-Diez acompañada por los hashtags #LlevoTuLuzYTuAromaEnMiPiel #VenezuelaElMejorPaísDelMundo #DenmeLikes. Objetiva y simplemente, emigrar es irte de tu país. Ojo, no es cuando te colocas un traje de baño, unos lentes obscuros y un sombrero, te vas a Aruba y dices: “bueno, señores, me voy del país, feliz fin de semana a todos, nos vemos el lunes”. No. Emigrar es irte permanentemente de tu país, sin el deseo, al menos a corto o mediano plazo, de regresar.

Hay emigrantes que tienen la fortuna de contar con gente que los espera en el lugar de destino: familiares, amigos, amigos de familiares, conocidos, conocidos de amigos, amigos de conocidos, familiares de amigos, familiares de conocidos, amigos de conocidos de familiares; se entiende, ¿no?. A los menos afortunados los espera la policía migratoria, pero eso es tema para otro artículo. Hay gente, sin embargo, que se va y arriba sola, teniendo que comenzar desde cero, literalmente desde cero. Tiene que buscar nuevos estudios, nuevo trabajo, nuevos amigos; en fin, recurrir a una vida nueva. Pero no al estilo de Mario Bros cuando se cae de la plataforma, se muere y dices: “rayos, qué mala suerte, tengo que recurrir a una vida nueva, sólo me quedan tres”. No. Esto es la realidad.

Toda la odisea del emigrante comienza con el día en el que decides irte de tu país. Una buena mañana te levantas, te desperezas, te quitas las lagañas, bostezas y exclamas: “hoy amanecí como con ganas de irme del país”. Lo primero que debes hacer es concertar una cita. No una cita como cuando te sonrojabas y decías: “Hola, Cristina, la verdad es que te he visto desde hace días y me pareces una chica simpática y bonita, ¿te gustaría tener una cita conmigo?”. No. Ésta es una cita burocrática en la que, luego de implorar e implorar e implorar para que te asignen un día, deberás enfrentarte a un sinfín de papeleos, trabas, papeleos, funcionarios pedantes, papeleos, trabas, papeleos, corrupciones, afiches del “galáctico” y respuestas tipo: “lo siento, camarada, le falta un comprobante/copia/partida de nacimiento original de su tatarabuela, sellada y cotejada por Simón Bolívar”. Todo esto mientras ruegas que no te den la peor de las respuestas, la más desesperante, la más frustrante, la más vil: “señor, se nos cayó el sistema” (aunque, en realidad, “se nos cayó el sistema” es un eufemismo para decir: “somos unos malditos vagos y no nos gusta trabajar. Danos algo ahí para el café”).

Frente a tu emigración, la reacción de la gente suele variar. Hay quienes te apoyan, quienes aplauden tu decisión y la secundan. Pero hay quienes no se hallan muy a gusto, éstos se dividen en dos: los tranquilos y los radicales. Los tranquilos te argumentarán cosas como: “Pero, ¿por qué te quieres ir del país?, si éste es el mejor país del mundo, no importa que tengamos inflación, inseguridad, déficit, corrupción, odio y dictadura. Debes quedarte aquí y luchar”. Los radicales, en cambio, dispararán a herir, te espetarán algo como: “No puedo creerlo, ¡te vas del país!, eres un apátrida, un cobarde, un traidor, un maldito, ojalá te maten y te quemen; pero, antes, ¿podrías ayudarme a conseguir estas medicinas para mi mamá?, es que aquí no hay”.

El día en el que te vas, suele haber una combinación de sentimientos y nervios encontrados. Hay gente que es más relajada, ésos que se sientan en su poltrona y dicen: “uf, en dos horas me tengo que ir, déjame ver a quién llamo para que me lleve”. Otras, en cambio, actúan con más prudencia: “¡el vuelo sale en doce horas y el taxi que pedí hace tres meses no ha llegado, ¡ay!”. Vas por la Caracas – La Guaira (que no es lo mismo que ir a un Caracas – La Guaira) y te das cuenta, al llegar al aeropuerto y esperar el avión, que, realmente, las cosas que más quieres no se pueden llevar en una maleta; tal es el caso de una bazuca para disparar a los GNBs, PNBs y Polivargas que sólo quieren matraquearte.

Llegas al otro país, esperas tu maleta en una correa que funciona. Por primera vez, los cuerpos de seguridad te inspiran otra cosa que no sea risa, pánico, lástima o asco. Estás entre ilusionado y cansado, la misma sensación que sentías cuando era junio y llegaban los parciales y los finales en la universidad. Sales del aeropuerto, no ves gente “viva” ni gente muerta. (Irónicamente, el país de la “viveza” criolla es el país de la muerte). Comienza tu aventura.

Tres aspectos a tomar en cuenta cuando emigres:

1.- No te sientas en la obligación de amar a tu país:

Nacer en un país es algo fortuito, no lo decidiste; el país (o tú) no será mejor o peor por eso. Estás en tu derecho de amarlo u odiarlo, de expresarte como desees. Lo único imperdonable es que no lo conozcas o lo investigues a fondo, para argumentar lo mucho que lo idolatras o lo mucho que lo detestas.

2.-No ocultes o reniegues de dónde vienes, pero tampoco quieras imponerte.

Toma siempre en cuenta que eres un invitado (aunque tengas pasaporte, residencia, permiso, pareja, etc.) Exporta cultura, trabajo honesto, alegría; no exportes la mejor manera para saltar el torniquete del metro sin pagar. Respeta. No eres más sabroso o más insípido que nadie. Eres un invitado, no lo olvides.

3.- No imites el acento de otro país.

Ten algo de dignidad.

 

Tomás Marín

Fotografía: Tomás Marín

 

 

La emigración explicada por Tomás, Johanna y Corinto. (1era Parte)

Tomás: Emigrar.

Johanna: Obviamente, todos sabemos lo que es emigrar.

Corinto: ¡Duh!

Tomás: Emigrar es irte de tu país.

Johanna: Pero no irte tipo.

Corinto: Bueno, chao a todos, me voy a la playa. Nos vemos en una semana.

Tomás: No.

Johanna: Emigrar es irte definitivamente de tu país.

Corinto: Hay emigrantes que tienen la fortuna de contar con gente que los espera en el lugar de destino.

Tomás: Familiares.

Johanna: Amigos.

Corinto: La policía.

Tomás: Pero hay gente que se va sola

Johanna: Teniendo que empezar desde cero.

Corinto: Literalmente.

Tomás: Desde cero.

Johanna: Tiene que buscar nuevos estudios.

Corinto: Un nuevo trabajo.

Tomás: Nuevos amigos.

Johanna: Recurrir a una nueva vida.

Corinto: Pero no recurrir tipo.

Tomás: ¡Rayos, qué mala suerte!

Johanna: Mario Bros se ha caído de la plataforma.

Corinto: ¡Pero no importa!

Tomás: Tengo 27 nuevas vidas a las que recurrir.

Johanna: ¡Qué bien!

Corinto: No.

Tomás: Esto es la realidad.

Johanna: Y hay que iniciar una nueva vida.

Corinto: Toda la odisea del emigrante comienza el día en el que decides irte de tu país.

Tomás: “Hoy amanecí como con ganas de irme de mi país”.

Johanna: Lo primero que debes hacer.

Corinto: Es concertar una cita.

Tomás: Pero no una cita tipo.

Johanna: “Hola, Cristina, ¿quieres tener una cita conmigo?

Corinto: No.

Tomás: Es una cita burocrática.

Johanna: En la que, luego de implorar.

Corinto: E implorar.

Tomás: E implorar.

Johanna: Para que te den la cita.

Corinto: Deberás enfrentarte a un sinfín de papeleos.

Tomás: Y trabas.

Johanna: Y papeleos.

Corinto: Y funcionarios pedantes.

Tomás: Y papeleos.

Johanna: Y trabas.

Corinto: Y respuestas tipo.

Tomás: Lo siento, señor, le falta un comprobante.

Johanna: Le falta una copia.

Corinto: Le falta la partida de nacimiento original de su tatarabuela; original, sellada y cotejada por Simón Bolívar.

Tomás: Y todo eso mientras ruegas.

Johanna: Que no te den la peor de las respuestas.

Corinto: La más desesperante.

Tomás: La más frustrante.

Johanna: La más vil.

Corinto: Señor, se cayó el sistema.

Tomás: Aunque, en realidad, “Se cayó el sistema” es un eufemismo para decir.

Johanna: Somos unos malditos vagos y no nos gusta trabajar.

Corinto: La reacción de la gente frente a tu emigración, suele variar.

Tomás: Hay quienes te apoyan.

Johanna: Quienes aplauden tu decisión.

Corinto: Y la secundan.

Tomás: Pero hay quienes no se hallan muy a gusto.

Johanna: Éstos se dividen en dos.

Corinto: Los tranquilos.

Tomás: Y los radicales.

Johanna: Los tranquilos te argumentarán algo tipo.

Corinto: Pero, ¿por qué te quieres ir del país?

Tomás: Si éste es el mejor país del mundo.

Johanna: No importa que tengamos inflación.

Corinto: Inseguridad.

Tomás: Déficit.

Johanna: Corrupción

Corinto: Saqueos.

Tomás: Odio.

Johanna: Dictadura.

Corinto: Debes quedarte aquí y luchar

Tomás: Los radicales, en cambio, te espetarán algo tipo.

Johanna: No puedo creerlo.

Corinto: ¡Te vas del país!

Tomás: Eres un apátrida.

Johanna: Un cobarde

Corinto: Un traidor.

Tomás: Un maldito.

Johanna: ¡Mátenlo!

Corinto: ¡Quémenlo!

 

Guion: T.M.

Fotografía: T.M.

 

 

Crónica de un venezolano (que fracasó) en Madrid

El equipaje está entregado, el pase de abordaje yace en resguardo, el amigo (que me acompañó hasta donde fue posible dentro de los confines y los tejemanejes aeroportuarios), con un abrazo, seco pero sincero, me despide. El trasnocho comienza a pesar, aún no amanece del todo; y el trayecto, compartido entre trenes internos y pasillos lustrosos, se me hace interminable. Los objetivos no se alcanzaron, los planes fenecieron cuando más robustos y rozagantes estaban, la decepción es densa y casi palpable. Éstos son los últimos minutos de mi travesía en España, me hallo en Barajas luego de haber jugado mal mis cartas (vaya ironía).

Las naves, yendo y viniendo sobre la inmensa pista que se baña con las primeras albas lilas y naranjas, exponen su rutina de ballet mecánico a través del pulcro y gigantesco ventanal. Las santamarías se desperezan para una nueva jornada y, con un bostezo metálico, dan la bienvenida a los empleados quienes, con sus uniformes planchados y sus saludos de dos besos, encienden las luces  a la par que reacomodan un desfile de cajas chocolateras que ornamentan el Duty Free.

Venablos de reproches y culpas afiladas acechan silbantes y rapaces en torno a los recuerdos en loop de mis meses en Madrid (posiblemente, los mejores de mi vida). Cadáveres, cadáveres y cadáveres de proyectos no materializados reclaman, sin piedad alguna hacia mi pena o hacia mis ojos enrojecidos por el no dormir, las facturas de sus funerales; pero, tomándolo con más calma, y luego de tantas esperanzas que me brindaron, es justo que descansen en paz.

De nuevo debo sumergirme en las aguas de la paranoia, de la locura, del socialismo y de la sangre. Quizás si hubiese tenido más talento, quizás si me la hubiese jugado más, si hubiese tenido más razón y menos instinto. Pero, a estas alturas, todo se reduce al corrosivo “qué pudo ser”. Se me acabaron las noches de bohemia, las miradas al caballo de Espartero, las obras de teatro, las caminatas por la calle de Alcalá, las lamparitas azules que se catapultan sobre la puerta del Sol, los domingos de ir al mercado y, tras dar los buenos días al cortés senegalés que limosnea en la entrada, comprarme lo que quería aprovechando para llevar dulces sorpresa a mis compañeros de piso.

La voz del altoparlante, expeliendo la orden de formar la fila que marchará hacia el avión, insiste en que el final de la aventura ha llegado. La derrota momentánea será mi compañera durante las diez horas de vuelo y las nueve de escala. Pero en el fondo, muy en el fondo, la idea de volver a casa se tornea en una paleta de matices más coloridos. Juro, por mi vida, que habrá segundo round. Al fin y al cabo, todo Quijote, por más utopista que sea, tiene derecho a una segunda salida.

T.M.

La historia fracturada: Venezuela Contemporánea en diez retablos

Capítulo I: Zumaque 1

El 31 de julio de 1914, se inauguró oficialmente la producción petrolera en Venezuela. El pozo Zumaque 1, ubicado en el campo de Mene Grande (al este del Estado Zulia), se convirtió en el primer extractor nacional de lo que el mismo Juan Pablo Pérez Alfonzo, ilustrísimo diplomático venezolano, bautizó como “el estiércol del Diablo”. Al momento de la explosión mineral, fallecía definitivamente un país que, sin tiempo para el luto, le daba paso a otro completamente diferente que se colocaba un llamativo disfraz de progreso absoluto.

Se abrió el portal,

sale el estiércol del diablo que ha de empujarnos al mal.

Mira la tierra, mira cómo sangra noche,

mira la tinta que escribirá epopeyas de populismo y de derroche.

Mira ese imán viscoso que, con obscuro espesor,

va seduciendo a los que buscan un futuro mejor.

Mira esa excitada maraña de líquido y cenizo pelo

que va vomitada en el aire, espolvoreándolo de duelo.

Mira ese aceite de piedra tan curioso que encontraron,

míralos cómo celebran que nos condenaron.


Capítulo II: Adiós a la coa

zumaque 1

Con el llamado “Boom petrolero”, el motor y modelo económico venezolano (tradicional y centenariamente rural) sufrió un golpe del que jamás se recuperaría. El creciente gremio de la extracción mineral otorgaba rápidas y pingües ganancias que, con el pasar de los días, se iban acrecentando abruptamente a raíz de los negocios bilaterales que se iban forjando y que requerían una gran cantidad de mano de obra. La rapidez y la abundancia del dinero fueron responsables de que muchos trabajadores de la tierra empacaran sus cosas y, soñando con lujos, se marcharan a la ciudad.

Adiós a la coa y al azadón,

pronto me respetarán y me tratarán de “don”.

Adiós a la plantación,

mis hijos y mis nietos corretearán por mi mansión.

Me marcho a la ciudad,

por fin ha llegado mi ansiada oportunidad.

A las ánimas ambulantes se las tragará el bullicio,

el cantar de la paraulata no se oirá en los edificios.

En aquella estéril tierra no seré más que un ajeno,

pero con la panza hinchada y con los bolsillos llenos.


Capítulo III: Algunos encienden chimeneas

golpe 92

Durante varias décadas, las ganancias financieras originadas por el petróleo se convirtieron, gracias a las malas gestiones políticas y a la corrupción de los repetitivos gobiernos, en un absoluto oligopolio. El gran grueso de la siempre ingenua población fue arrojado a la sequía de las influencias y menospreciado una y otra vez. Sin embargo, el hartazgo de los marginados se tradujo en sangrientas revueltas y en violentas manifestaciones que, encauzando la ira popular, minarían las bases y estimularían un cambio que, lentamente, se acercaba.

Algunos encienden chimeneas mientras tú mueres de frío,

algunos comen langosta mientras tu plato está vacío.

Pronto llegará el fin de los pudientes avaros,

la ira de nuestro pueblo se transformará en disparos.

La revolución acecha,

a partir de esta fecha se reducirá la brecha.

Ataquemos la neuralgia con fervor y sin piedad,

cada gatillo que apretemos será un paso a la libertad.

El trinar de nuestros fusiles activará las alarmas.

Por fin ha llegado el día, ¡camaradas, a las armas!


Capítulo IV: Mira qué lindas consignas

chavez 1

Todo tiempo obscuro requiere un redentor, Venezuela no fue la excepción. El fin de siglo venía anunciando una tormenta que, aunque se avizoraba, nunca fue asimilada hasta que fue demasiado tarde. Un carismático y hechizante hombre, involucrado en la violencia explicada en el capítulo pasado, se transformó en un muro inquebrantable de promesas esperanzadoras y de injusticias consoladas. Él sería el encargado, gracias al pueblo al que conquistó con sus palabras, de darle el tiro de gracia a tantos años de abusos y de burocracias.

Mira qué lindas consignas, mira qué hermosas proclamas,

mira la solución a tus problemas plasmada en este holograma.

Mira esa masa extasiada que en la lejanía se pierde,

mírala cómo está asqueada del blanco y del verde.

Ven, ¡únete, compañero!

que vamos a destruir todo para empezar desde cero.

Por fin llegó el bienestar para ti y para tus hijos

porque, a partir de ahora, el punto no será fijo.

Alza, vibrante, tu voz; que el contrincante se aturda

porque, ahora, el bastón de mando lo empuña la mano zurda.


Capítulo V: Que viva un tal Cienfuegos

que viva un tal cienfuegos

La gran redención salvadora sacó las garras y se reveló como un profundo resentimiento social. Una carga ideológica de odio disfrazada de paz iba haciendo metástasis gracias a una nueva dirigencia que se transformó en una religión amenazante, ignorante y pretenciosamente totalitaria. El rechazo y la intolerancia en nombre del victimismo hizo aflorar lo peor de cada venezolano, fracturando al país en dos partes irreconciliables.

Que viva un tal Cienfuegos, que viva un tal Martí,

si el comandante conmigo, ¿quién contra mí?

Larga vida a un Atahualpa y a unos tales tupamaros,

has nacido pudiente y eso lo vas a pagar caro.

Que viva un tal Mao, que viva un tal Guaicaipuro,

pronto ajustaremos cuentas, eso te lo juro.

Que viva un tal Víctor Jara, que viva un tal Che,

fuiste a colegio privado y eso no lo toleraré.

En la yesca resentida, violentamente arderás.

Tejeré con tus entrañas una bandera de paz.


Capítulo VI: Avísame cuando llegues

1 Avísame cuando llegues

El caos y la impunidad corrupta desembocó en la anarquía, en las armas, en la violencia extrema y en dolor. La noche se volvió amparo y actividades cotidianas como salir a celebrar con los amigos o caminar bajos las luces de los postes se cotizaron como auténticos lujos. Llegar vivo a casa se convirtió en algo extraordinario que debía ser notificado a la brevedad.

Avísame cuando llegues,

no vaya a ser que, por mala suerte, en el camino te anegues.

No te detengas ante eventos de ninguna naturaleza,

recuerda que, en esta selva, nosotros somos la presa.

Antes de que amanezca, no salgas ni por asomo,

abundan muchos vampiros con los colmillos de plomo.

Enciende todas las alertas, toma cada precaución,

recuerda que, tu cabeza, también tiene cotización.

Ve con cuidado,

recuerda que hay mucha pólvora y pocos hombres honrados.


Capítulo VII: Qué desgracia la de…

qué tristeza la de alejandro

Unos aún podemos contar y oír estas negras historias. Otros no corrieron con tanta suerte.

¡Qué desgracia la de Alejandro!, !qué triste cambio de rol!

Ayer estaba lleno de sueños, hoy está lleno de formol.

Qué alumno tan destacado de la escuela de derecho,

qué lástima que la bala le entrara justo en el pecho.

Ayer se estaba probando su toga y su birrete,

hoy lo van a velar en la capilla número siete.

Pero es su culpa que se lo llevara Caronte,

¿quién lo manda a estar de madrugada manejando por Bello Monte?

¡Qué partida de alma!, ¡qué partida tan prematura!

le cerraron el telón cuando aún iba por la obertura.


Capítulo VIII: Loredana

loredana

Alguien se va, alguien se queda, que viaje el que quiera (o el que pueda)

Te extrañaré, Loredana, pero me debo marchar.

Lo siento mucho, Loredana, no me puedo quedar.

Estoy consciente, Loredana, que romperás a llorar.

Perdóname, Loredana, no te podré consolar.

Sé muy bien, Loredana, que te vas a despechar,

y sé también, Loredana, que alguien se va a aprovechar.

Y allá lejos, Loredana, cuando comience a flaquear,

tu recuerdo, Loredana, me permitirá avanzar.

Se va el avión, Loredana, y no te quiero explicar,

que, si me matan, Loredana, ya no te podré extrañar.


Capítulo IX: Aerolíneas La Diáspora

maiquetía

El melodrama sólo se combate caminando (con el perdón de los paralíticos)

Aerolíneas La Diáspora le da la más cordial bienvenida

a los pasajeros que, en esta nave, van emprendiendo la huida.

Será extenso el vuelo, pues la distancia es larga.

Bajo los asientos hay pañuelos para sus lágrimas amargas.

Cuando despeguemos de la pista

verá que, el país en el que creció, se va perdiendo de vista.

Una vez que lo asimile, comenzará a llorar sin clemencia.

Trataremos de distraerlo con un poco de turbulencia.

Aerolíneas La Diáspora ha llegado a su destino.

Seque el llanto de sus ojos y prosiga su camino.


Capítulo X: A escena

mar

En el que el lector escribe el final de esta grande historia.

A escena, aunque la noche sea fría y cueste conseguir la cena.

A escena, porque sólo tú sabrás si todo valió la pena.

A escena, porque río es río, sea el Guaire o el Sena.

A Escena, que el recuerdo se hace piedra y la piedra se hace arena.

T.M.