Instrucciones para que no te olvide quien se va del país

Espera cinco minutos más. Sólo cinco minutos más. Va a venir. Tienes que estar seguro de que va a venir. Echa un nuevo vistazo a los pasillos del San Ignacio. Mira a las personas que intentan hacer compras con el poco dinero que les queda. Con el poco dinero que les permite el comunismo. ¿Te acuerdas de cuando el San Ignacio era un centro comercial de sifrinos? Ahora sólo es un conjunto de ruinas que hacen hasta lo imposible por permanecer fashion. Son como una modelo que tiene sesenta e insiste en vestirse de teen. Mira las vitrinas de las tiendas que antes brillaban. Ahora están opacas y sucias. ¿Viene por ahí? Aún no. Pero va a venir. Tiene que venir. Mañana se va del país.

Contesta el mensaje que te acaba de dejar tu mamá en el teléfono. El que dice “Ya se está haciendo de noche. Tienes que tener cuidado. Vuelve pronto a la casa”. Responde con un “Todo estará bien, mamá”. Agrégale una carita feliz para que se sienta un poco más tranquila. Para que no note que estás triste. Para que no note que estás frustrado porque ella aún no ha venido. Quedaron en verse frente a la tienda de perfumes. Esa tienda de perfumes frente a la que has permanecido de pie desde hace casi dos horas. Ella tiene que venir. No puede irse sin verte. Mañana se va del país.

Distráete un poco con los recuerdos que están impregnados con su cara perfecta y con sus ojos claros. ¿Desde hace cuánto es que se conocen? ¡Desde hace unos quince años! ¡Si es que estudiaron toda la vida juntos! Desde que utilizaban chemise blanca. Fue en una clase de tercer grado cuando ella llegó con su carita tierna y sus ojitos grandes. Era la niña nueva del salón. Se sentó en su pupitre. Un pupitre que estaba lleno de textos en típex y de barajitas a medio arrancar del mundial de Corea-Japón. Un pupitre que fue tu pupitre favorito desde aquel momento. Un pupitre que parecía sonreírte cuando estaba tripulado por ella.

¿Te acuerdas de la primera vez que hablaron? Fue en la cantina. Fue en un tercer recreo. Quedaba un solo cachito de jamón en toda la cantina y los dos lo pidieron al mismo tiempo. Ella te miró con ojos algo suplicantes (quizás manipuladores) y tú te derretiste como una vela en medio del peor de los incendios. “Déselo a ella, señora”, le dijiste a la cantinera. La cantinera pudo haber hecho algún comentario tierno. Pudo haber sonreído al menos conmovida por tu gesta heroica y enamorada. Pero la cantinera siempre tenía esa cara de ogro de pantano y no se dio cuenta de nada. Se limitó a lucir su cara de ogro de pantano cuando le dio el cachito a ella. El último cachito de jamón que quedaba. “Gracias”, te dijo ella.

Pensaste que podían ser cosas de niños. ¿Los niños se enamoran? Nadie lo sabe. Tu mamá te montaba un chalequeo cuando te veía suspirando y jugando con el último frijol que quedaba en el plato del almuerzo. “Ay, mi niño. Estás enamorado”, te decía con algo de orgullo y con una sonrisa. Tú te ponías rojo. Pero sabías que ella tenía la razón. ¡Si la parte de atrás de tu cuaderno tenía su nombre una y mil veces! ¡En todos los colores y fuentes! Menos mal que tu mamá no lo llegó a ver.

Comprueba el WhatsApp por trigésimo novena vez. El mensaje que le enviaste de “dónde estás???” aún tiene un solo chulito. Mira a la gente que pasa frente a ti y no se da cuenta de tu presencia. No voltees hacia la tienda de perfumes. La tienda de perfumes en donde quedaste con ella. La tienda de perfumes en donde llevas ya dos horas esperando. ¿Será que le pasó algo? No. Ya te hubiesen avisado. La muchacha que atiende en la tienda de perfumes te está mirando con algo de lástima. Quizás piensa que te dejaron plantado. ¡No voltees! ¡No la veas!

Qué rápido se hace la gente adolescente. ¿Los adolescentes se enamoran? Sí. Los adolescentes se enamoran. Y tú te enamoraste de ella. Le hiciste siempre caso omiso a la gente que decía que los amores de adolescentes no deben ser tomados en cuenta. Tú estabas convencido de que ella era la mujer con la que querías pasar el resto de tu vida. La que te flechó desde que se sentó en aquel pupitre de típex y barajitas. Creció más hermosa que nunca. Ya era otra más en el colegio. Tenía los pechos pequeños pero bonitos. Nada de ella era imperfecto. Nada de ella es imperfecto. Quizás sólo que se tarda un poco en los compromisos. Pero ella va a venir. Tiene que venir. Mañana se va del país y no se puede ir sin verte. No sería capaz.

¿Te acuerdas del dibujo que le hiciste? Ese día tenía su cara bañada con cierta melancolía a pesar de la fiesta. Habían bebido y fumado mucho. Habían celebrado que se habían graduado juntos otra vez. Primero de bachilleres. Ahora de licenciados en letras. Ella aún estaba superando la ruptura con su ex. Con su maldito ex. El que podía tocar sus pechos pequeños y bonitos cuando estaban sin envoltorio. El que tuvo por un tiempo el lugar por el que darías tu vida con tal de estar un solo instante. El que tuvo por un tiempo el lugar que nunca te atreviste a reclamar por miedo a dejar de ser amigos. Por miedo a soltarle a ella un “Eres la mujer de mi vida” que pudiese asustarla y mandar todo al infierno. Es mejor vivir de rodillas que morir de pie cuando se trata del amor. Ella tenía melancolía en su cara. Y tú la dibujaste con un bolígrafo y una servilleta. Tu obra maestra. Aunque nunca se la mostraste. Te dio miedo que le diera igual tu obra maestra.

Mañana se va del país. Conocerá a tanta gente mejor que tú. A lo mejor se enamora de un sueco de cabellera rubia que también podrá quitar el envoltorio de sus pechos pequeños y bonitos. Un sueco que se drogará con el olor a champú de manzana que suelta su pelo mientras tú luchas por conseguir pan canilla. Se va a hacer un máster a España. A lo mejor consigue un trabajo brutal. A lo mejor se olvida de ti. A lo mejor algún día viene a rescatarte y a llevarte con ella. Ella va a venir. Mañana se va del país.

La tienda de perfume cerró su santamaría. La muchacha que atiende la tienda de perfumes evita el contacto visual contigo. Se encuentra con un chamo que la esperó durante cinco minutos. A ella no la plantaron. Te da un poco de envidia. Baja hasta el estacionamiento. Métete en tu carro. Paga la factura carísima. Esperaste mucho tiempo. No preguntes qué pasó. A lo mejor decidió que las despedidas eran tristes y que no quería olvidarte. Podría ser un consuelo.

Tomás Marín.

Adaptación libre del texto “Si yo te olvidara”, de Truman Capote.

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¿Cómo conseguir una novia francesa y cuchi que te saque de Caracas?

Hacen contacto en uno de esos grupos de Facebook de gente extraña. Uno de esos grupos de Facebook de aficionados a la literatura de Víctor Hugo. Es en un post acerca de uno de los pasajes de Los Miserables. Tú comentas un detalle un poco obscuro acerca de la dulce Cosette. Cosette es tu personaje favorito de Los Miserables. Ella le da corazoncito a tu comentario. Ella luego responde un complemento a ese detalle un poco obscuro que tú aportaste. Un detalle realmente rebuscado. Un detalle que sólo puede ser entendido por los verdaderos amantes de la literatura de Víctor Hugo. Como ella. Como tú.

La stalkeas un poco en su Facebook. Su perfil privado (a prueba de stalkers como tú) no permite acceso a mucha información que se diga. Pero su foto de perfil es preciosa. Tiene una rasta rubia que sobresale de su cabello que se ve tan bonito. Es un rubio perfecto. No es un amarillo pollito pero tampoco es un amarillo opaco. Tiene una sonrisa perlada y preciosa. Su foto de perfil está llena de comentarios amistosos que están en francés. Porque ella es francesa. Pero tú los traduces. “Je t’aime beaucoup mon amie. Tu es belle. Ce voyage était génial”. Así dice uno de los comentarios.

Te armas con un poco de valor. No te terminas de atrever. No sabes si darle al botón. Tienes el puntero paseando en idas y vueltas sobre el cartel azul que dice “Agregar a amigos”. No te atreves a bajar tu índice. Suena una canción de Rawayana desde tus cornetas. Una que habla sobre las jevitas, los panitas, el chilleo y los porritos (los únicos temas que domina Rawayana). Pero la música está genial. Los de Rawayana son tremendos músicos.

Piensas que nunca te va a aceptar la solicitud de amistad. Ella es una chama superior. Es francesa. Las chamas francesas son superiores. Las chamas europeas son superiores. Es como un dogma que nos han enseñado desde que somos pequeños. Más las chamas que son rubias. Más las chamas que tienen sonrisas perfectas. “Qué coño voy a andar aceptando a este pobre sudamericano que no tiene, seguramente, ni comida para llevar a su plato”, piensas que podría pensar. Pero te atreves. Aprietas el botón.

Pasa un minuto. Pasan dos minutos. Pasan tres minutos. Nada. Te llega una notificación. Suena el “tiquín” de las notificaciones de Facebook. ¿Será que sí? Abres la notificación emocionado. Pero no es ella. Es la foto de tu tío medio sádico. Te ha invitado a un evento que dará Capriles en la Metropolitana. Coño de la madre. Eliminas la notificación por la rabia. Tu tío es un cretino. Y de pana es medio sádico. Sadiqueaba a tu amiga Alejandra cuando la llevaste a la cena en diciembre pasado. Alejandra estaba incómoda. Alejandra tiene 25. Tu tío tiene 61.

Abres un emulador de la Nintendo vieja. Juegas un rato a Super Mario Bros. Ese juego te relaja. Te relaja jugar Super Mario Bros mientras suena la música de Rawayana. Ahora suena una que habla de la parte azul del fuego. De pana son buenos músicos. Su música te ayuda a concentrarte en manejar a Mario. Te cuidado con esa tortuga roja. Aplasta a ese bicho marrón. Métete por ese tubo. Sé como los del PSUV. Róbate todas las monedas que encuentres por el camino.

Ajá. Llegaste a donde está el Bowser. El Bowser pixelado del primer Mario Bros. ¡Cuidado con esa bola de fuego que te echa! Rápido. Uf. ¡Casi lo pasas! Espera. ¿Oyes eso? Es una notifación. “Camile Feraud ha aceptado tu solicitud de amistad”. No te lo puedes creer. Bowser te acaba de calcinar. Pero no te importa. Bueno. Tampoco la aceptación de la solicitud de amistad es algo del otro mundo. A lo mejor ella quiere tener a un venezolano en su lista de amigos. Algo así como cuando quieres tener un perrito exótico en tu colección de miles de perritos. Porque ella tiene 3217 amigos. Es una celebridad. Tú tienes 415. 413 en realidad. Tu tío sádico no es tu amigo en la vida real y uno de tus “amigos” es un perfil falso que se hizo tu hermana para chalequear a un ex.

Ya tienes vía libre para ver las fotos de Camile. Ya no es “La chica francesa que le dio corazoncito y respondió a tu comentario en el grupo de amantes de la literatura de Víctor Hugo”. Ahora es Camile. ¡Tiene unas fotos tan lindas! Mira ésa, en la playa. A lo mejor es una playa de la Costa Azul. Camile se ve tan despreocupada. Está encaramada sobre otra amiga. La amiga sonríe y Camile hace una mueca de cara tonta a la cámara. Pero se ven tan linda incluso con su mueca de cara tonta. Mira esa otra foto. Sale abrazando a un negrito que seguramente es congoleño o suazí. El niñito tiene una sonrisa que parece la media luna en medio de la noche de su cara obscura. Tiene una sonrisa muy simpática. Pero qué es la sonrisa de ese niñito al lado de la sonrisa de Camile. De la preciosa Camile.

Hablo una poca de español. Me gustó tu comentario que hicistes (sic) en el grupo”. Es Camile. El corazón se te va a salir del pecho. La música de Rawayana (esta canción es con Apache) ahora suena como un coro de ángeles dignos del paraíso de la Divina Comedia. Camile terminó el mensaje con una carita feliz. Es una carita feliz de molde. Igual a cualquier otra carita feliz que has visto en Facebook. Pero esta es la carita feliz de Camile. Es más bonita que cualquier otra carita feliz.

¿Qué le puedes responder a Camile? ¿Le respondes en español? ¿Le respondes en francés? ¿Qué tan poco español hablará Camile cuando dice que habla una poca de español? Tú casi no hablas francés. Si te gusta la literatura de Víctor Hugo es porque conseguías varios de sus libros traducidos al español debajo del puente de las Fuerzas Armadas. En tu puesto favorito de libros usados. El que estaba al lado del indigente que nunca sabías bien si estaba dormido o si estaba muerto sobre una pila de revistas de Condorito. Puedes ponerle algo en francés que traduzcas con Google. Pero se dará cuenta. A veces Google Translate tiene problemas serios de morfología y de sintaxis. Mejor sé sincero. Respóndele en español. Dile que hablas muy poco francés. ¿Qué tan difícil puede ser el francés? “Oui”. “Paris”. “La vie en rose”. “Je m’apelle…”. “Voulez-vous coucher avec moi ce soir?”. ¡No! ¡Eso último no!

Se han entendido muy bien tú y Camile estos días. Habla más español de lo que pensabas. De vez en cuando comete algunos errores. Pero nunca se los corriges. ¿Cómo podrías corregirle algo a la “Belle Camile”. Camile es perfecta. Camile no comete errores. El lenguaje es el que está equivocado. La gente como Camile no puede equivocarse. Ella se ríe de tus chistes y hasta han hablado alguna vez por Skype. Aunque nunca te ha mostrado nada. Ni tú has querido que te muestre nada. Camile es una diosa gala. Y las diosas galas no muestran sus pechos por Skype.

Han pasado meses y Camile es algo más que tu mejor amiga. Si tan solo pudiesen verse en persona. Ya han planificado una vida juntos. Pero ella vive en Francia y tú vives en Venezuela. Ella come baguettes y tu haces una cola al lado de los bachaqueros para ver si aún queda un pan canilla. Ella bebe vino de cosecha del 2005 y tú improvisas reuniones con tus amigos en las que toman Carta Roja (si es que consiguen Carta Roja).

Si vinieses a vivir a París, me casaría contigo. Tu es mon amour”, te dice Camile. No puedes aguantar más. Ésa es la pieza que te faltaba. No hay más dudas. Necesitas irte de Caracas. Necesitas irte a París. A como dé lugar. No te esmeres ni te preocupes en conservar tu trabajo en el Centro Letonia. Es un trabajo decente. Pagan bien. Pero no es suficiente. El sueldo se te va en dos hamburguesas y en el pollo congelado que te toca los viernes por número de cédula. ¿Pero de dónde vas a sacar dólares para irte? Ni siquiera tienes pasaporte. ¡Tienes que conseguir un pasaporte! Ya Camile te ayudará a pagar un pasaje. Al fin y al cabo eres su amour. ¿No?

¿Por qué no hiciste los trámites para sacar el pasaporte desde antes? Siempre procrastinando. Siempre ocupado en tu trabajo en el Centro Letonia. Es hora de comprobar si esas leyendas urbanas que cuentan acerca la página del SAIME son ciertas. Es hora de comprobar si realmente sacar pasaporte en una república bananera y comunista como Venezuela es un suplicio. Es hora de comprobar si es cierto que no hay material para hacer los pasaportes.

tramites.saime.gob.ve”. Haces clic. La computadora se ríe en tu cara. Aparece un cartel blanco que dice que no puedes accesar a la página. “Intente nuevamente”, te dice un cartel con una cara de Maduro que resalta sobre un fondo medio difuminado de Chávez. Le haces caso al cartel. Intentas nuevamente. Pero nada. Pruebas intentar a otra hora. Pero nada. Intentas en medio de una reunión en la madrugada con tus amigos (las mismas en las que tomas Carta Roja). Pero nada. Nada de nada. Comunismo. Sólo comunismo.

Por fin logras entrar en la página del SAIME. Es la página más desesperantemente lenta que has visto en tu vida. Las pestañas se deforman. Hay errores ortográficos. Hay caras de Chávez y de Maduro por todos lados. ¡Todo eso sería soportable si la maldita página no fuese tan lenta! Ruegas. Imploras. Pides. Haces Clic. Sale el relojito de la espera. Tienes miedo de que la página se caiga. ¿Por qué se cae la página del SAIME y no el gobierno que hace que la página del SAIME sea así? ¿Por qué tuviste que nacer en un país que se volvió comunista? ¿Por qué tuvo que nacer Carlos Marx? Espera. Procesando. ¡Tienes fecha para la cita!

La cita es en dos meses. Pero no importa. Camile ayudará a paliar la espera. Ah. ¡La belle Camile! Tan bella. Tan rubia. Con esa sonrisa tan perfecta. Con su voz. Con su acento francés que derrite el corazón como si se tratase de un chocolate metido dentro de una cacerola. Sólo el martillo y la hoz te separan de Camile. Sólo el SAIME te separa de Camile. Pero ya te darán tu pasaporte. Cuenta con ello. ¿Cuándo ha fallado el SAIME alguna vez?

Llegas temprano a la cita. No te moriste dentro el metro que te llevó hasta Charallave. Dos borrachos amenazaban con entrarse a puñaladas en el vagón y terminaron abrazados y llorando. Venezuela es la locura. Hay una fila de unas 25 ó 30 personas en la sede del SAIME de Charallave. Son las ocho de la mañana. Quizás tendrás la confirmación de tu pasaporte antes de las once. ¿Qué puede salir mal? ¿Cuándo puede salir mal algo en el SAIME?

Ha pasado media hora. Revisas una y otra vez tu carpeta manila. No falta nada. Todas las estampillas están. Todas las planillas están (con sus respectivas copias). Todas las firmas están. La señora que está en frente de ti te empieza a buscar conversación. Te dice que quiere ver a su hija. Su hija está en Buenos Aires. Su hija es una crack (según sus palabras). Se graduó en la Central y se consiguió un novio argentino. Se casaron y ahora viven juntos. Trabajan en una papelería de la Bartolomé Mitre.

El señor que está detrás tuyo en la fila comienza a impacientarse. Empieza a decir que eso no pasaba en la cuarta. Es cierto que la cuarta no era perfecta. Pero tiene razón. En la cuarta no pasaban esas cosas. En la cuarta ya hubieses podido ir a ver a Camile. Un gordo panga-panga manda a la gente a tener paciencia. “Parece que no hay línea”, dice. Tiene una chemise del SAIME que tiene una mancha que parece caída de una empanada de molida. Apenas han pasado unas cinco personas.

También han pasado unas cinco horas. Todo un día perdido en el SAIME. Pierdes la paciencia. Pero no puedes hacer mucho. Ni siquiera tienes tu teléfono inteligente para distraerte viendo fotos de la dulce y hermosa Camile. Tienes el teléfono bruto. El Nokia que tiene el jueguito de la víbora. Pero el jueguito de la víbora es más divertido de lo que recordabas. Hasta el juego más arcaico parece Disneylandia cuando estás en una cola del SAIME. Pero nada que llega tu turno.

Pides que te guarden un segundo el puesto. Tienes hambre. Vas y resuelves con un cachito medio aguado de jamón que te vende una gorda en licras que también tiene timbres fiscales y fotocopias. Comes apurado. Lo pasas con un jugo medio rancio de patilla (95% agua y 5% patilla). Pero ya por lo menos tienes algo en el estómago. También tienes una rabia en el pecho inmensa. Los asesinos en serie y los grandes psicópatas nacen en las colas del SAIME. Cada vez estás más convencido de eso.

Ya vamos a cerrar”, dice una muchacha morena y un poco insignificante que tiene una visera del SAIME y está mal maquillada. “¿Cómo que van a cerrar? ¡Aquí no cierra nadie! Nos han estado haciendo esperar todo el día”, responde el señor que está detrás de ti en la cola. Se hace una especie de trifulca verbal. Ni siquiera tienen la decencia de reprogramar la cita. En el comunismo siempre te tienes que joder. Si no no fuese comunismo. Te regresas en el mismo tren que te llevó hacia Charallave. Hay calor. Hay retraso.

Ni siquiera consideras intentar de nuevo por la página del SAIME. No tiene sentido. Todo eso lo hacen a propósito para que tengas que buscar un gestor ajuro. No querías hacerlo al principio porque los gestores cobran un ojo de la cara (y eso cuando son generosos). Pero no te queda otra. Ya tus papás te ayudarán con el dinero. ¿Qué gestor vas a buscar? Tu tía Carlota (la hermana pana de tu tío que sadiqueaba a tu amiga Alejandra) se sacó el pasaporte “rapidito” con un gestor. Le escribes a tu tía Carlota. Ella te echa los mil y un chismes de las mil y un personas que no te interesan antes de dignarse a darte el contacto del gestor.

Ya le has depositado al gestor. El gestor parece serio. No hace chistes. Te cobró en bolívares (por suerte). Él se encargará de derribar el muro que te separa de la hermosa Camile. “Ya eso va a salir”, te responde siempre que le escribes. Procuras no escribirle mucho. No quieres jugar con la paciencia del gestor. Del único que puede meterse en el corrupto e ineficiente laberinto del SAIME para llevarte el ansiado pedazo de queso que te permitirá huir de la selva tercermundista y aterrizar en la civilización de un país de verdad.

Pero pasan varios meses. ¿Tendrá Camile tanta paciencia? Las diosas galas no pueden esperar por el comunismo. Hace tiempo que el gestor no te responde. Llega el mensaje de tu tía. “Mejor no hagas tratos con ese gestor. Resultó que se metió a rolo de estafador”. Tiene el tupé de ponerte una carita sorprendida al final del mensaje. Pero ninguna carita está más sorprendida que la tuya. Perdió el amor. Ganó el comunismo. La diosa gala permanecerá en su altar mientras tú tendrás que probar suerte buscando el amor con una de las secretarias medio coquetonas del Centro Letonia. ¿Quién te mandó a vivir en un país comunista? Idiota.

Tomás Marín

La paradoja del mal emigrante

Yanfran se despide de su barrio. Tiene las maletas listas. Son unas maletas viejas que le habían sobrado de cuando traficaba y revendía la cerveza que se robaba de su trabajo como empaquetador en la Regional. Le da un abrazo a su mamá, quien llora. “No te preocupes, viejita, que yo te sacaré de esta mielda (sic)”, le dice. Monta en la moto de su amigo, quien lo está esperando treinta y dos escalones más abajo. El amigo hace rugir el motor, lo hace sentir poderoso y es algo que impresiona a las mujeres del barrio, que no conocen más mundo. Ambos arrancan. Entre humo negro y tierra levantada, se alejan.

Yanfran espera el autobús que lo llevará hacia el Táchira. Conseguir pasaje fue difícil. Los pasajes en autobús hasta el Táchira se agotan a razón del éxodo masivo. Miles de personas cruzan la frontera hacia Colombia. Ir hasta el Táchira es sólo el primer paso. Luego viene el trayecto largo, el de a pie, el que está infestado de Guardias Nacionales que cobran salvoconducto. Yanfran tiene dinero por si acaso. Nunca se sabe qué puede pasar. Ya se ha despedido de su amigo. Se echa, con las piernas abiertas, y ocupa dos puestos en los asientos enfilados de la terminal. Hay gente aún de pie.

El viaje hacia el Táchira es tedioso, aburrido. Yanfran mira por la ventana. Una señora no para de hablar por teléfono con una amiga. Una niña no para de llorar. El autobús es una carcacha que parece que va a destrozarse en cada bache. La calle está repleta de baches. Hace años que nadie le hace mantenimiento. El chofer no ha puesto música. Está concentrado en el camino. Un rosario, colgado a su lado, se mueve todo el tiempo. Vibra a la par que lo hace el autobús.

Hay una fila inmensa para cruzar. Parece una manifestación. Yanfran se aferra a su maleta. Teme que se la roben. Los Guardias Nacionales se dan vida incautando pertenencias y quitando dinero. Una señora gorda, con licras, ofrece agua fresca (en pesos colombianos). El sol es inclemente. Ni una nube se asoma en el camino. Las autoridades colombianas están agotadas. Hay demasiados venezolanos. Algunos se abrazan, algunos se quejan. Los que han logrado entrar y tienen sus pasaportes sellados, celebran. Uno que otro pinta una paloma a los Guardias Nacionales que están al otro lado de la línea. Éstos, frustrados, deciden mirar hacia otro lado. “En lo que te vuelva a ver en Venezuela, te mato”, dice uno, sin ningún tipo de recato, con el dedo en el gatillo del fusil de reglamento, para apoyar, con lenguaje corporal, a su amenaza.

Yanfran ha resuelto en casa de primos y amigos. Se ha encaminado hacia Lima, que era su objetivo principal. Ahí tiene también primos y amigos. Los venezolanos han ido tejiendo sus redes en todos lados. Cada vez están más cohesionados y más organizados. Yanfran se resuelve vendiendo dulces que compra a precio de gallina flaca directo de fábrica. A veces, mediante pagos “en negro”, obtiene más dulces de los que debería. Le ha enseñado al ingenuo responsable de ventas directas de la fábrica el vicio de la corrupción, de la “viveza”.

Yanfran se monta en los autobuses que le otorgan permiso de hacerlo. Ensaya su cara más lastimera y echa un discurso de cómo tuvo que abandonar a su país y a los suyos. Quiebra la voz, tal como ensaya cuando está solo. No ha hablado absolutamente nada de los dulces, si son más ricos, más baratos o más crujientes que la competencia. Sólo ha hablado de él. Vende lástima en su cesta, no vende dulces. La mayoría de los pasajeros del autobús, con audífonos y distraídos con el paisaje de Lima mientras se dirigen hacia sus trabajos, miran por la ventana. Yanfran no está teniendo, esa mañana, mucho éxito de ventas. Recurre al recurso de ser un poco más invasivo. Deja en las piernas de los pasajeros las galletas y los chocolates. Hace presión. Un peruano no aguanta la presión y compra el dulce. Tres soles por una galletita mínima. Es una estafa, pero todo sea “por ayudar”.

Otro peruano, de unos cuarenta años, está molesto. No oculta su enfado, pero no quiere dejar de ser prudente. Le dice a su compañero de al lado un comentario xenofóbico. Yanfran lo escucha. No es la primera vez que lo escucha, pero ya anda algo tenso por no haber vendido mucho. No sabe si actuar. Se lo piensa un poco. Decide actuar. Intenta ser diplomático. El problema es que la diplomacia para Yanfran significa, simplemente, no recurrir a la violencia física. La violencia verbanl y la amenaza, para la gente como él, aún entran dentro del rango de la diplomacia.

“¿Cómo me dijiste?”, espeta Yanfran, como una bomba arrojadiza. Los pasajeros comienzan a dirigir sus miradas hacia el conflicto, que acaba de empezar y se va calentando. “Estoy cansado de que ustedes, cobardes, huyan como ratas y se refugien en el Perú a quitarnos nuestros trabajos”, responde el increpado. Yanfran es un hombre colérico. Toda su vida ha sido criado con la teoría del macho alfa dominante. Pero aún no recurre a la violencia (física). Lanza una sarta de insultos al peruano. Le recuerda (para Yanfran es un hecho indiscutible) que los venezolanos van a Perú a “mejorar la raza”, a ayudarlos a dejar de ser “indios feos”.

El peruano sólo suspira y mira hacia otro lado. Intenta esquivar la mirada retadora de Yanfran y decide que lo mejor es ver por la ventana. Ya el venezolano se calmará. Yanfran sigue insultando. Saca sus armas más potentes, recurre de nuevo a la lástima, pero más profunda. Habla de sus tres hijas, de su madre (de la que se despidió en el barrio) y de todos los venezolanos que están padeciendo en el exterior. No recibe respuesta de nadie. El peruano sigue mirando por la ventana. El resto de los pasajeros no sienten mayor interés por lo que está sucediendo.

Yanfran suelta el primer golpe, directo a la nuca. El peruano se levanta de su asiento y responde. Los pasajeros, asustados, se alejan y dan espacio. El conductor se orilla lo más rápido que puede. Pide al asistente que detenga la pelea. El asistente no quiere hacerlo, pero es su deber. En teoría es su deber. Nunca se había enfrentado a un problema así. Nunca había visto una pelea en el autobús que llegase a los golpes. “Dale gracias a Dios que estamos en Lima. Si estuviésemos en Caracas, te mato, te meto plomo”, suelta Yanfran sin oponer mucha resistencia. Baja (lo bajan del autobús).

Verónica se ha hecho más de veinte selfies en el aeropuerto. Ha inundado sus redes sociales con fotos de sus pies en el aeropuerto de Maiquetía. Está con sus padres, con su tía y con algunos amigos. Se abrazan durante un largo tiempo. Verónica agita su ridícula gorra tricolor. Grita un “viva Venezuela” que sólo es respondido y vitoreado por su propia gente cercana. Arrastra, como puede, sus tres maletas de colores. Son unas maletas cuchis. Verónica, de por sí, es una cuchi. Tiene unos lentes obscuros gigantes que parecen las orejas de Mickey. Es flaquita y viste bien, incluso para emigrar.

Verónica no tiene mayores problemas para irse. El pasaporte portugués (y todo pasaporte europeo) es un gran comodín. Además, ha estudiado, ha sido siempre una buena estudiante. Tiene conocidos en Madrid que le darán un empujón, pero méritos no le faltan. Había pensado en Lisboa, pero en Madrid tiene más facilidades. Aborda el avión, se coloca los audífonos y mira por la ventana. Llora. Piensa en tomarse una foto llorando, pero es ridículo hasta para ella. Caracas se aleja. Todo comienza a ser mar, sólo mar.

Lo primero que hace al llegar a Madrid es tomarse fotos y abrazar a sus amigas, que la esperan en la puerta por donde entran los pasajeros en el aeropuerto de Barajas. Van a tomar a Starbucks, ahí mismo, dentro del aeropuerto. “Marica, tenía años sin tomar un Starbucks”, dice Verónica mientras toma una foto al frappuccino. Sus amigas ríen. Comparten cuentos. Hablan un poco sobre el viaje. Van a darle un par de vueltas por la ciudad, para que la vaya reconociendo. La última vez que Verónica había ido a Madrid, tenía trece años. Ahora tiene 24.

Verónica se hospeda con su tía favorita, quien la consiente, la abraza, la besa y, esforzadamente, le ha cocinado una paella. “Yo quiero comer arepas. No vine aquí a comer paella”, dice Verónica, medio en broma, medio en serio. Toda su vida, mientras Venezuela aún era habitable, presumía de su sangre portuguesa y de sus raíces europeas. Sentía que Venezuela no era su lugar. Jamás fue su lugar, pero sentir nostalgia es un juego peligroso para quienes van en serio y divertido para quienes aman la publicad en redes sociales.

Verónica comienza en el nuevo trabajo. Le es asignado un cubículo en una oficina inmensa que tiene vista a la Plaza de Colón. Verónica ve la inmensa bandera española ondeando. Tiene una idea. Al día siguiente, coloca una banderita de Venezuela en su cubículo, como para contrarrestar. Saca una foto a su gracia y la cuelga en Instagram. Todo el día habla a sus compañeros sobre Venezuela y sus cosas, lo bueno y lo malo. También habla de otras cosas. Verónica es dulce y agradable. Quizás su principal defecto es que no sabe escuchar.

Manuel, el muchacho extremeño que se ha convertido en su mejor amigo del trabajo, invita a Verónica a su casa. Verónica acepta, encantada, la invitación. Incluso, va al Mercadona y compra una torta helada. No quiere llegar con las manos vacías. Manuel se ha esmerado mucho. Verónica es preciosa y ha despertado interés en él. Está un poco nervioso. Él gusta de ella. Le ha preparado una cena, utilizando sus pocas habilidades como cocinero. La cena, por fortuna, le ha salido bien.

En los altavoces, que tienen, en el diseño, la torre Eiffel estampada, suena “Por encima del bien y del mal”, de Robe Iniesta. Manuel la tararea. Tararear siempre le ha ayudado a sentirse un poco más tranquilo. Suena el intercomunicador. Manuel está que tiembla. Le llama el ascensor a Verónica, quien tiene la torta helada en las manos. Manuel la saluda con dos besos. Sus labios casi quedan juntos cuando Verónica lo corta en seco. “En Venezuela sólo es un beso”, le dice. Manuel se sonroja. Parece avergonzado.

“¿No quieres mejor poner gaitas?”, le sugiere Verónica a Manuel. Le dice que no le gusta la música que está sonando. “Es Robe, el de Extremoduro”, dice Manuel. “No me gusta”, reitera Verónica. Manuel le da su Spotify a Verónica. Verónica hace sonar “Sin rencor”, la popular gaita. A Manuel le gusta. Al fin y al cabo, es una canción hermosa. Pega, además, con la Navidad. Estamos en diciembre. Hace frío en Madrid. Manuel espera a que el frío se transforme en abrazos, los abrazos en besos y, a partir de ahí, la historia puede terminar como quiera Verónica.

Verónica, una semana después, ve, por el estado de Facebook que comparte una tía, que hay una manifestación de venezolanos en Sol a favor de la liberación de Leopoldo. Verónica puede protestar ahora. Sabe que la Guardia Civil o la policía madrileña y/o española no le arrojará perdigonazos. Por eso nunca protestó en Venezuela. No es razón para culparla. Nadie quiere perder su vida contra una dictadura que aplasta a una oposición que se vende. No vale la pena. No es justo que tantos años de estudios y de esfuerzos sean anulados por una bala, por una lacrimógena o por un perdigón.

Verónica grita y agita sus banderas. Se ha colocado la gorra tricolor, la misma que agitó cuando estaba en el aeropuerto de Maiquetía. Se toma fotos frente al pendón gigante de siete estrellas que tapa a la estatua de Carlos III. Verónica ni se ha preocupado en preguntar quién es ese señor que está a caballo, como vigilando a los transeúntes que convergen en la puerta del Sol. Se queja del clima. Dice que en Caracas no hace el “frío de mierda” que hace en Madrid. Se queja de la comida. Dice que los madrileños deberían comer más arepas. Se queja del dictador, el que ha destrozado a un país entero por querer imponer su punto de vista.

Yanfran y Verónica, aunque no se recuerdan (Verónica recuerda el hecho, mas no al ejecutor), coincidieron una vez. Verónica, en su Spark amarillo, en plena cola en la avenida principal del Marqués, fue asaltada, hace unos cuatro años, por Yanfran. Yanfran, cañón en mano, se apoderó de su teléfono y Verónica lloró de la impotencia. Yanfran y Verónica jamás se van a ver de nuevo. Ambos correrán suertes distintas. Pero los dos, aunque nunca lo hablaron, piensan, juran y están convencidos de que el país que los acoge está en deuda con Venezuela. Una piensa que por los españoles que llegaron huyendo del franquismo, otro por los peruanos que llegaron huyendo de la pobreza y de Sendero Luminoso. Ambos se sienten acreedores. No entienden que todo es una falacia, que nadie nos debe nada. Yanfran y Verónica se parecen mucho.

 

Tomás Marín

Facebook.com/LaCantarida

 

 

 

 

Top 10 cosas que aniquilaron a Venezuela

El próximo domingo, Venezuela se enfrenta a una suerte de “Día D”, a un abismo dentro del cual todo será incertidumbre y negrura. Nadie, ni siquiera los especialistas, ha sido capaz de bosquejar con profundidad los escenarios, probablemente negativos, que podrían acontecer. Muchos hablan del final, de una nueva etapa y del último suspiro de lo casi imperceptible que quedaba de democracia. En La Cantárida, cual si se tratara de un pavoso y gritón predicador evangélico de Chacaíto, nos hemos puesto a señalar y a repartir culpas de cara al caos que se aproxima. He aquí las diez cosas que aniquilaron a Venezuela y la llevaron a esta hecatombe.

El petróleo.

No en vano, Juan Pablo Pérez Alfonzo, uno de los diplomáticos venezolanos más brillantes de todos los tiempos, se refirió al petróleo como el “estiércol del Diablo”. Esta negra y espesa “bendición”, que otorgó, durante décadas, infinidad de riquezas y ganancias, trajo consigo una bonanza muchas veces inmerecida y que, al no estar valorada como una recompensa a esfuerzos grandes y trabajos concretos, fue vista como un bono, como un regalo para despilfarrar que, durante más de medio siglo, malacostumbró al venezolano al convencerlo de que el dinero no se cultiva y se cuida, sino que, simplemente, aparece, literalmente, debajo de las piedras.

La IV República.

“Éramos felices y no lo sabíamos”, es una frase referente a la llamada IV República (el período abarcado entre 1958 y 1998) que, con el pasar de los años, va tomando más y más fuerza a medida que la calidad de vida en el país va desmejorando dramáticamente. Es innegable que, en comparación con los tiempos actuales, la era bipartidista blanca y verde fue un auténtico paraíso con calles relativamente seguras, con anaqueles abastecidos, con inversión extranjera y con libre mercado. Sin embargo, es imprescindible resaltar que muchos de los problemas que ahora nos devoran no son más que evoluciones (muy amplificadas) de males que vieron la luz durante este período: demagogia, populismo, dádivas, promesas, corrupción, poca alternancia. Cabe recordar que ese cáncer llamado chavismo no descendió en paracaídas.

La “viveza”.

Muchas veces celebrada en conversaciones casuales, en situaciones cotidianas y hasta en la publicidad, la “viveza” criolla es, quizás, la más indeleble y grave enfermedad que hemos padecido. Comerse la luz de un semáforo, saltarse el puesto en una fila, estafar pequeñas o grandes cantidades de dinero, sacar provecho personal de la ingenuidad o de la confianza de nuestros semejantes; ése es el comportamiento deleznable, patético y asqueroso que ha hecho que todos tengamos que vivir en un estado de alerta permanente para evitar ser víctimas de los “avispados”, esos dictadores en miniatura que nunca se ven  al espejo y siempre achacan al otro el declive del país.

Chiabe.

El detonante total, el catalizador absoluto de los demonios que veníamos cultivando, el encantador de serpientes que nos heredó el legado que hoy nos asesina en todas las formas posibles. El que nos hizo reír con sus ocurrencias y llorar con sus acciones. El comandante, el galáctico, el líder, el monstruo. Hugo Chávez podría ser, perfectamente, el personaje más influyente del Siglo XXI, de ésos que requieren décadas para ser analizados con objetividad; el que rompía los protocolos y contribuyó a desangrar la bonanza económica más grande de la historia, enriqueciendo a unos pocos y sumiendo a su país en la miseria. Las huellas de su influencia hoy son más destructivas que nunca y es seguro que tardarán mucho, mucho, pero que mucho tiempo en sanar.

La prepotencia.

“Venezuela es el mejor país del mundo”, “Venezuela es la tierra de las mujeres bellas”, “Venezuela tiene el Salto Ángel y las mejores playas”, “Venezuela liberó a media latinoamérica”. Todas estas frases, que muchas veces son actitudes y dogmas, fungieron como gríngolas y vendas que nos mantuvieron ocupados en ver las cosas bonitas y nunca las heridas profundas que suplicaban, a gritos, ser atendidas. Esta autocomplaciente morfina de halagos fue, cada vez más, convirtiéndose en una falacia infundada que ahora parece estallarnos en la cara para recriminarnos lo equivocados que estábamos y advertirnos, aunque muchos aún no lo vean, que, si queremos ser un buen país, hay que empezar a trabajar, y mucho.

La oposición.

A veces resulta muy curioso y tentador el fantasear con cómo serían las cosas si la oposición hubiese sido más hábil y menos torpe, más firme y menos complaciente, más sensata y menos demagógica y populista. No es un secreto para nadie que la dirigencia adversa al oficialismo muchas veces facilitó el camino para que éste tomase más y más poder, más y más riquezas. Por citar sólo un ejemplo: cuando la oposición decidió retirarse de las elecciones parlamentarias de 2005, fue cuando le dio alfombra roja al chavismo para que tomase toda la asamblea y secuestrara, con la mayor facilidad del mundo, la totalidad de los poderes públicos.

La emigración.

Al llegar a este punto, queremos dejar muy claro que no se trata de un ataque o un descrédito a los millones de venezolanos que, empujados por las circunstancias (o, sencillamente, porque así lo desearon), decidieron abandonar su tierra natal y probar suerte en otras latitudes; todo el mundo es libre de tránsito y debe tener el derecho de considerar hacer su vida en donde lo considere apropiado. Sin embargo, el flujo tan drástico y precipitado de potencial que se marchó a través de aeropuerto de Maiquetía (o, incluso, por vía terrestre o marítima), dejó a Venezuela, innegablemente, muy debilitada. Cierto es que aún hay gente brillante y preparada que vive en el país, pero el número de universitarios y trabajadores calificados que han huido es realmente alarmante (aunque, reiteramos, comprensible).

Algunos estudiantes.

Los colegios y las universidades son pequeños universos en donde nos preparamos, con ensayos más o menos supervisados, para ser ciudadanos y trabajadores que aprendan a lidiar, muchas veces, con las responsabilidades y las problemáticas inherentes a la vida misma. Es muy probable (por no decir seguro) que quien haga trampa en sus estudios hará trampa en su trabajo y en su día a día. Hay dos vertientes muy grandes que son las manchas evidentes de mucho del estudiantado venezolano. La primera es el desinterés en la materia de los estudios propiamente dichos; puede que esto sea algo comprensible en el colegio, cuando somos inmaduros, pero, en la etapa universitaria, es poco menos que imperdonable. Estudiantes que no tienen inquietudes de acercamiento hacia la historia, la filosofía, la política, la antropología u otras fuentes que nos ayudan a comprender las razones subyacentes de nuestra compleja situación. Por otro lado, la epidemia de “chuletas” y trucos deshonestos en los exámenes y asignaciones es un caso muy subestimado, aunque es un germen más de la corruptela generalizada que nos envuelve.

La displicencia del resto del mundo.

La OEA, el Vaticano, la ONU, la CIDH, los países más desarrollados; muchos de estas instituciones y naciones han mirado con preocupación (posiblemente genuina, claro está) la dantesca situación que sigue desarrollándose en Venezuela. Sin embargo, su intervención no pasa de ser una sugerencia inofensiva, una negociación injusta, una palabra de cortesía o un gesto que no servirá de nada. Pocos son los que realmente han tomado medidas que puedan ejercer daño a quien nos ahorca sin compasión y con mucha violencia. Cierto es que tomar decisiones radicales no es una tarea fácil en el intricado mundo de la diplomacia, pero estamos seguro de que algo más podría hacerse, sin duda.

Los analistas.

2002, 2003, 2004, 2005, 2006, 2007, 2008, 2009, 2010, 2011, 2012, 2013, 2014, 2015, 2016, 2017; todos han tenido un punto en común: siempre los analistas, al referirse a ese año en particular desde sus columnas de opinión, sus videos y sus blogs, aseveraron que “ése era el año”, que “es imposible que el gobierno se sostenga más”. Los analistas políticos se ganan la vida tratando, muchas veces, de predecir un futuro que pocas veces ha sido acertado. Ellos fueron los primeros que han subestimado una y otra vez al oficialismo, que aseguraron que, al morir Chávez, el chavismo no de podría sostener por más de tres meses, que se desmoronaría. Aún hoy, abundan mucho, creyéndose con una visión superior basada en ejemplos que muchas veces son interesantes, pero pocas veces son verosímiles.

 

El destino de Venezuela, en este momento, es más incierto que nunca. Quizás podamos, al analizar la historia local y mundial, que suele mostrar patrones similares constantemente, atisbar un poco de lo que se puede avecinar, sin embargo, el chavismo, al igual que Venezuela, es totalmente impredecible y lleno de “sorpresas”. Que el temor y el pánico no nos invadan por completo, pero tampoco el optimismo y la esperanza sin fundamentos reales.

¿Estás de acuerdo con nuestra lista?  ¿Consideras que hay otro mal que contribuyó a la caída en picada que sufre Venezuela en este momento? Déjanos tu respuesta en los comentarios.

Facebook.com/LaCantarida

Créditos fotográficos: Notitotal, El Universal, La razón, Diario República, Notiminuto, runrunes, Globovisión, Reuters (Carlos García Rawlins).

 

 

Jalea de mango

Ruth sentía náuseas, quería llorar. El oleaje, aunque más atenuado que en días anteriores, golpeaba el casco de la nave con ferocidad malévola. Una anciana robusta, con una pañoleta manchada sobre el cabello gris, tosía con asfixia flemática. Dos niños, de chalecos rasgados y boinas negras, jugaban a deshuesar un espinazo. Se cumplían casi tres semanas en alta mar, el viaje era agotador, insoportable.

Ruth consiguió espacio en el trasatlántico gracias a un sacrificado amigo de la familia que, según sus propias palabras, tenía “contactos especiales”. En un principio, Ruth no quería partir, no consentía la idea de abandonar a su madre viuda en una Alemania ocupada por los nazis. Sus tíos, sin embargo, acabaron convenciéndola tras insistir, solemnemente, en la promesa de que ellos la cuidarían con garbo y la esconderían con inteligencia, a fin de que nada malo le ocurriese.

Zhak, amigo y vocinglero, pasó sus dedos huesudos por los cabellos amarillos de Ruth.

-Estás pálida, Ruth, ¿estás enferma?

-¿Cuánto falta para llegar, Zhak?

-Está previsto que hoy hagamos la escala. Van a recargar suministros antes de que lleguemos al nuevo país.

El Atlántico era infinito, un titán que parecía disponer de todo, como un adolescente malcriado y caprichoso. El humo de las calderas se perdía en el viento cada vez más cálido. Sudamérica, el destino, era tierra de nadie, un lugar desconocido más allá de la última Tule, una salvación milagrosa pero extraña. Apoyados en la baranda blanca y descascada, Ruth y Zhak permanecían en silencio.

El barco atracó. El encargado, repartiendo papeles sellados y notificando que se hallaban en un tal puerto de La Guaira, advirtió que no se alejaran demasiado, que retomarían el camino en pocas horas. Ruth, pasado el mareo, tenía hambre, mucha hambre; en los últimos días, sólo había comido dos pedazos de pan y uno de queso. El aire del trópico y el calor que le rozaba la cara le hacían bien. Se sentó, junto a Zhak, en una piedra húmeda con olor a salitre; veía a la gente gritar y trabajar. No comprendía nada de lo que decían, el español era un idioma ajeno.

Un muchachito moreno, con una gran cesta de panelas amarillas, ofrecía, cantarín, su mercancía. Ruth tuvo curiosidad y, con un gesto de la mano frágil, solicitó al pequeño vendedor. Con la ayuda de Zhak, que algo entendía del castellano luego de haber trabajado un tiempo en Málaga junto a unos primos sefardíes, supo que aquello era jalea de mango, una fruta sobre la que ella, quizás, había leído alguna vez en un libro. Entre educada y tímida, aceptó el dulce que le tendió el muchacho, dio la mitad a Zhak y engulló su parte con desesperación de fiera, manchándose los labios, que se relamía una y otra vez.

-Zhak, pregúntale si acepta monedas europeas, tengo unas en el bolsillo, que me dejó mi madre.

-Él dice que no le debes nada, que te lo regala, que sabe que tienes hambre.

Cayendo la tarde, el encargado, con su silbato, llamaba a embarcar nuevamente. El cielo estaba despejado, con un azul naval imponente y pulcro. Una radio de pulpería hacía sonar a un hombre que hablaba con la voz ronca. Ruth no quería marcharse, la ataba un lazo terso e invisible. Ya tendría siete décadas para aprender a hablar español.

 

T.M.

Crónica basada en un capítulo de “La historia fabulada III”, de Francisco Herrera-Luque.

La diáspora sin azúcar, por favor

En los últimos años, la diáspora venezolana se ha convertido en la lágrima fácil, en el tema tautológico que todos, incluso el que redacta este artículo, hemos explotado alguna vez, ya sea escribiendo un poema, componiendo una crónica o diseñando una torta. Se dibuja y se desdibuja en una perenne lamentación que, con palabras y palabras, cae, repetidas veces, en lo cursi, sin dejar suturar la llaga de las despedidas (si no lo creen, pregúntenle a Desorden Público o a los redactores de ProDavinci (aunque “Los que se quedan, los que se van” es una canción excelente)). Es por esto que el equipo de redacción de La Cantárida (que somos una botella vacía de aceite de oliva y yo) se ha propuesto, como broche de oro, hacer el artículo definitivo sobre la emigración, sin recurrir a lugares comunes o metáforas que jueguen con los sentimentalismos.

Primero que todo, es necesario hablar sobre las acepciones de la emigración. ¿Qué es emigrar?, es un concepto que varía con respecto a quien lo ejecuta directamente o a quien afronta las consecuencias colaterales al ver cómo un amigo/familiar toma un avión/carro/tren/canoa/caballo/túnel/nave espacial para intentar la búsqueda de mayores estabilidades integrales, económicas, políticas y/o sociales. Emigrar puede abarcar desde un desprendimiento total, casi budista, hasta una foto tonta en el piso de Cruz-Diez acompañada por los hashtags #LlevoTuLuzYTuAromaEnMiPiel #VenezuelaElMejorPaísDelMundo #DenmeLikes. Objetiva y simplemente, emigrar es irte de tu país. Ojo, no es cuando te colocas un traje de baño, unos lentes obscuros y un sombrero, te vas a Aruba y dices: “bueno, señores, me voy del país, feliz fin de semana a todos, nos vemos el lunes”. No. Emigrar es irte permanentemente de tu país, sin el deseo, al menos a corto o mediano plazo, de regresar.

Hay emigrantes que tienen la fortuna de contar con gente que los espera en el lugar de destino: familiares, amigos, amigos de familiares, conocidos, conocidos de amigos, amigos de conocidos, familiares de amigos, familiares de conocidos, amigos de conocidos de familiares; se entiende, ¿no?. A los menos afortunados los espera la policía migratoria, pero eso es tema para otro artículo. Hay gente, sin embargo, que se va y arriba sola, teniendo que comenzar desde cero, literalmente desde cero. Tiene que buscar nuevos estudios, nuevo trabajo, nuevos amigos; en fin, recurrir a una vida nueva. Pero no al estilo de Mario Bros cuando se cae de la plataforma, se muere y dices: “rayos, qué mala suerte, tengo que recurrir a una vida nueva, sólo me quedan tres”. No. Esto es la realidad.

Toda la odisea del emigrante comienza con el día en el que decides irte de tu país. Una buena mañana te levantas, te desperezas, te quitas las lagañas, bostezas y exclamas: “hoy amanecí como con ganas de irme del país”. Lo primero que debes hacer es concertar una cita. No una cita como cuando te sonrojabas y decías: “Hola, Cristina, la verdad es que te he visto desde hace días y me pareces una chica simpática y bonita, ¿te gustaría tener una cita conmigo?”. No. Ésta es una cita burocrática en la que, luego de implorar e implorar e implorar para que te asignen un día, deberás enfrentarte a un sinfín de papeleos, trabas, papeleos, funcionarios pedantes, papeleos, trabas, papeleos, corrupciones, afiches del “galáctico” y respuestas tipo: “lo siento, camarada, le falta un comprobante/copia/partida de nacimiento original de su tatarabuela, sellada y cotejada por Simón Bolívar”. Todo esto mientras ruegas que no te den la peor de las respuestas, la más desesperante, la más frustrante, la más vil: “señor, se nos cayó el sistema” (aunque, en realidad, “se nos cayó el sistema” es un eufemismo para decir: “somos unos malditos vagos y no nos gusta trabajar. Danos algo ahí para el café”).

Frente a tu emigración, la reacción de la gente suele variar. Hay quienes te apoyan, quienes aplauden tu decisión y la secundan. Pero hay quienes no se hallan muy a gusto, éstos se dividen en dos: los tranquilos y los radicales. Los tranquilos te argumentarán cosas como: “Pero, ¿por qué te quieres ir del país?, si éste es el mejor país del mundo, no importa que tengamos inflación, inseguridad, déficit, corrupción, odio y dictadura. Debes quedarte aquí y luchar”. Los radicales, en cambio, dispararán a herir, te espetarán algo como: “No puedo creerlo, ¡te vas del país!, eres un apátrida, un cobarde, un traidor, un maldito, ojalá te maten y te quemen; pero, antes, ¿podrías ayudarme a conseguir estas medicinas para mi mamá?, es que aquí no hay”.

El día en el que te vas, suele haber una combinación de sentimientos y nervios encontrados. Hay gente que es más relajada, ésos que se sientan en su poltrona y dicen: “uf, en dos horas me tengo que ir, déjame ver a quién llamo para que me lleve”. Otras, en cambio, actúan con más prudencia: “¡el vuelo sale en doce horas y el taxi que pedí hace tres meses no ha llegado, ¡ay!”. Vas por la Caracas – La Guaira (que no es lo mismo que ir a un Caracas – La Guaira) y te das cuenta, al llegar al aeropuerto y esperar el avión, que, realmente, las cosas que más quieres no se pueden llevar en una maleta; tal es el caso de una bazuca para disparar a los GNBs, PNBs y Polivargas que sólo quieren matraquearte.

Llegas al otro país, esperas tu maleta en una correa que funciona. Por primera vez, los cuerpos de seguridad te inspiran otra cosa que no sea risa, pánico, lástima o asco. Estás entre ilusionado y cansado, la misma sensación que sentías cuando era junio y llegaban los parciales y los finales en la universidad. Sales del aeropuerto, no ves gente “viva” ni gente muerta. (Irónicamente, el país de la “viveza” criolla es el país de la muerte). Comienza tu aventura.

Tres aspectos a tomar en cuenta cuando emigres:

1.- No te sientas en la obligación de amar a tu país:

Nacer en un país es algo fortuito, no lo decidiste; el país (o tú) no será mejor o peor por eso. Estás en tu derecho de amarlo u odiarlo, de expresarte como desees. Lo único imperdonable es que no lo conozcas o lo investigues a fondo, para argumentar lo mucho que lo idolatras o lo mucho que lo detestas.

2.-No ocultes o reniegues de dónde vienes, pero tampoco quieras imponerte.

Toma siempre en cuenta que eres un invitado (aunque tengas pasaporte, residencia, permiso, pareja, etc.) Exporta cultura, trabajo honesto, alegría; no exportes la mejor manera para saltar el torniquete del metro sin pagar. Respeta. No eres más sabroso o más insípido que nadie. Eres un invitado, no lo olvides.

3.- No imites el acento de otro país.

Ten algo de dignidad.

 

Tomás Marín

Fotografía: Tomás Marín

 

 

La emigración explicada por Tomás, Johanna y Corinto. (1era Parte)

Tomás: Emigrar.

Johanna: Obviamente, todos sabemos lo que es emigrar.

Corinto: ¡Duh!

Tomás: Emigrar es irte de tu país.

Johanna: Pero no irte tipo.

Corinto: Bueno, chao a todos, me voy a la playa. Nos vemos en una semana.

Tomás: No.

Johanna: Emigrar es irte definitivamente de tu país.

Corinto: Hay emigrantes que tienen la fortuna de contar con gente que los espera en el lugar de destino.

Tomás: Familiares.

Johanna: Amigos.

Corinto: La policía.

Tomás: Pero hay gente que se va sola

Johanna: Teniendo que empezar desde cero.

Corinto: Literalmente.

Tomás: Desde cero.

Johanna: Tiene que buscar nuevos estudios.

Corinto: Un nuevo trabajo.

Tomás: Nuevos amigos.

Johanna: Recurrir a una nueva vida.

Corinto: Pero no recurrir tipo.

Tomás: ¡Rayos, qué mala suerte!

Johanna: Mario Bros se ha caído de la plataforma.

Corinto: ¡Pero no importa!

Tomás: Tengo 27 nuevas vidas a las que recurrir.

Johanna: ¡Qué bien!

Corinto: No.

Tomás: Esto es la realidad.

Johanna: Y hay que iniciar una nueva vida.

Corinto: Toda la odisea del emigrante comienza el día en el que decides irte de tu país.

Tomás: “Hoy amanecí como con ganas de irme de mi país”.

Johanna: Lo primero que debes hacer.

Corinto: Es concertar una cita.

Tomás: Pero no una cita tipo.

Johanna: “Hola, Cristina, ¿quieres tener una cita conmigo?

Corinto: No.

Tomás: Es una cita burocrática.

Johanna: En la que, luego de implorar.

Corinto: E implorar.

Tomás: E implorar.

Johanna: Para que te den la cita.

Corinto: Deberás enfrentarte a un sinfín de papeleos.

Tomás: Y trabas.

Johanna: Y papeleos.

Corinto: Y funcionarios pedantes.

Tomás: Y papeleos.

Johanna: Y trabas.

Corinto: Y respuestas tipo.

Tomás: Lo siento, señor, le falta un comprobante.

Johanna: Le falta una copia.

Corinto: Le falta la partida de nacimiento original de su tatarabuela; original, sellada y cotejada por Simón Bolívar.

Tomás: Y todo eso mientras ruegas.

Johanna: Que no te den la peor de las respuestas.

Corinto: La más desesperante.

Tomás: La más frustrante.

Johanna: La más vil.

Corinto: Señor, se cayó el sistema.

Tomás: Aunque, en realidad, “Se cayó el sistema” es un eufemismo para decir.

Johanna: Somos unos malditos vagos y no nos gusta trabajar.

Corinto: La reacción de la gente frente a tu emigración, suele variar.

Tomás: Hay quienes te apoyan.

Johanna: Quienes aplauden tu decisión.

Corinto: Y la secundan.

Tomás: Pero hay quienes no se hallan muy a gusto.

Johanna: Éstos se dividen en dos.

Corinto: Los tranquilos.

Tomás: Y los radicales.

Johanna: Los tranquilos te argumentarán algo tipo.

Corinto: Pero, ¿por qué te quieres ir del país?

Tomás: Si éste es el mejor país del mundo.

Johanna: No importa que tengamos inflación.

Corinto: Inseguridad.

Tomás: Déficit.

Johanna: Corrupción

Corinto: Saqueos.

Tomás: Odio.

Johanna: Dictadura.

Corinto: Debes quedarte aquí y luchar

Tomás: Los radicales, en cambio, te espetarán algo tipo.

Johanna: No puedo creerlo.

Corinto: ¡Te vas del país!

Tomás: Eres un apátrida.

Johanna: Un cobarde

Corinto: Un traidor.

Tomás: Un maldito.

Johanna: ¡Mátenlo!

Corinto: ¡Quémenlo!

 

Guion: T.M.

Fotografía: T.M.