La obra de teatro de los 27 segundos.

Ella:
¿Tú te piensas que soy tonta?
¿Crees que no me doy cuenta
que en tus ojos hay un amor
que brilla y que centellea?

Que domina tu corazón,
que lo subyuga y lo incendia.
Que hace flamas de una chispa,
como un pedazo de yesca.

Él:
Hoy te amo, lo admito,
pero no sabré mañana.
Si algo enseña la vida
es que lo eterno no es nada.

El amor que hoy nos duele,
que nos hiere con su lanza,
se convierte en el soplido
de una ventisca que pasa.

Tomás Marín.

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La paradoja del mal emigrante

Yanfran se despide de su barrio. Tiene las maletas listas. Son unas maletas viejas que le habían sobrado de cuando traficaba y revendía la cerveza que se robaba de su trabajo como empaquetador en la Regional. Le da un abrazo a su mamá, quien llora. “No te preocupes, viejita, que yo te sacaré de esta mielda (sic)”, le dice. Monta en la moto de su amigo, quien lo está esperando treinta y dos escalones más abajo. El amigo hace rugir el motor, lo hace sentir poderoso y es algo que impresiona a las mujeres del barrio, que no conocen más mundo. Ambos arrancan. Entre humo negro y tierra levantada, se alejan.

Yanfran espera el autobús que lo llevará hacia el Táchira. Conseguir pasaje fue difícil. Los pasajes en autobús hasta el Táchira se agotan a razón del éxodo masivo. Miles de personas cruzan la frontera hacia Colombia. Ir hasta el Táchira es sólo el primer paso. Luego viene el trayecto largo, el de a pie, el que está infestado de Guardias Nacionales que cobran salvoconducto. Yanfran tiene dinero por si acaso. Nunca se sabe qué puede pasar. Ya se ha despedido de su amigo. Se echa, con las piernas abiertas, y ocupa dos puestos en los asientos enfilados de la terminal. Hay gente aún de pie.

El viaje hacia el Táchira es tedioso, aburrido. Yanfran mira por la ventana. Una señora no para de hablar por teléfono con una amiga. Una niña no para de llorar. El autobús es una carcacha que parece que va a destrozarse en cada bache. La calle está repleta de baches. Hace años que nadie le hace mantenimiento. El chofer no ha puesto música. Está concentrado en el camino. Un rosario, colgado a su lado, se mueve todo el tiempo. Vibra a la par que lo hace el autobús.

Hay una fila inmensa para cruzar. Parece una manifestación. Yanfran se aferra a su maleta. Teme que se la roben. Los Guardias Nacionales se dan vida incautando pertenencias y quitando dinero. Una señora gorda, con licras, ofrece agua fresca (en pesos colombianos). El sol es inclemente. Ni una nube se asoma en el camino. Las autoridades colombianas están agotadas. Hay demasiados venezolanos. Algunos se abrazan, algunos se quejan. Los que han logrado entrar y tienen sus pasaportes sellados, celebran. Uno que otro pinta una paloma a los Guardias Nacionales que están al otro lado de la línea. Éstos, frustrados, deciden mirar hacia otro lado. “En lo que te vuelva a ver en Venezuela, te mato”, dice uno, sin ningún tipo de recato, con el dedo en el gatillo del fusil de reglamento, para apoyar, con lenguaje corporal, a su amenaza.

Yanfran ha resuelto en casa de primos y amigos. Se ha encaminado hacia Lima, que era su objetivo principal. Ahí tiene también primos y amigos. Los venezolanos han ido tejiendo sus redes en todos lados. Cada vez están más cohesionados y más organizados. Yanfran se resuelve vendiendo dulces que compra a precio de gallina flaca directo de fábrica. A veces, mediante pagos “en negro”, obtiene más dulces de los que debería. Le ha enseñado al ingenuo responsable de ventas directas de la fábrica el vicio de la corrupción, de la “viveza”.

Yanfran se monta en los autobuses que le otorgan permiso de hacerlo. Ensaya su cara más lastimera y echa un discurso de cómo tuvo que abandonar a su país y a los suyos. Quiebra la voz, tal como ensaya cuando está solo. No ha hablado absolutamente nada de los dulces, si son más ricos, más baratos o más crujientes que la competencia. Sólo ha hablado de él. Vende lástima en su cesta, no vende dulces. La mayoría de los pasajeros del autobús, con audífonos y distraídos con el paisaje de Lima mientras se dirigen hacia sus trabajos, miran por la ventana. Yanfran no está teniendo, esa mañana, mucho éxito de ventas. Recurre al recurso de ser un poco más invasivo. Deja en las piernas de los pasajeros las galletas y los chocolates. Hace presión. Un peruano no aguanta la presión y compra el dulce. Tres soles por una galletita mínima. Es una estafa, pero todo sea “por ayudar”.

Otro peruano, de unos cuarenta años, está molesto. No oculta su enfado, pero no quiere dejar de ser prudente. Le dice a su compañero de al lado un comentario xenofóbico. Yanfran lo escucha. No es la primera vez que lo escucha, pero ya anda algo tenso por no haber vendido mucho. No sabe si actuar. Se lo piensa un poco. Decide actuar. Intenta ser diplomático. El problema es que la diplomacia para Yanfran significa, simplemente, no recurrir a la violencia física. La violencia verbanl y la amenaza, para la gente como él, aún entran dentro del rango de la diplomacia.

“¿Cómo me dijiste?”, espeta Yanfran, como una bomba arrojadiza. Los pasajeros comienzan a dirigir sus miradas hacia el conflicto, que acaba de empezar y se va calentando. “Estoy cansado de que ustedes, cobardes, huyan como ratas y se refugien en el Perú a quitarnos nuestros trabajos”, responde el increpado. Yanfran es un hombre colérico. Toda su vida ha sido criado con la teoría del macho alfa dominante. Pero aún no recurre a la violencia (física). Lanza una sarta de insultos al peruano. Le recuerda (para Yanfran es un hecho indiscutible) que los venezolanos van a Perú a “mejorar la raza”, a ayudarlos a dejar de ser “indios feos”.

El peruano sólo suspira y mira hacia otro lado. Intenta esquivar la mirada retadora de Yanfran y decide que lo mejor es ver por la ventana. Ya el venezolano se calmará. Yanfran sigue insultando. Saca sus armas más potentes, recurre de nuevo a la lástima, pero más profunda. Habla de sus tres hijas, de su madre (de la que se despidió en el barrio) y de todos los venezolanos que están padeciendo en el exterior. No recibe respuesta de nadie. El peruano sigue mirando por la ventana. El resto de los pasajeros no sienten mayor interés por lo que está sucediendo.

Yanfran suelta el primer golpe, directo a la nuca. El peruano se levanta de su asiento y responde. Los pasajeros, asustados, se alejan y dan espacio. El conductor se orilla lo más rápido que puede. Pide al asistente que detenga la pelea. El asistente no quiere hacerlo, pero es su deber. En teoría es su deber. Nunca se había enfrentado a un problema así. Nunca había visto una pelea en el autobús que llegase a los golpes. “Dale gracias a Dios que estamos en Lima. Si estuviésemos en Caracas, te mato, te meto plomo”, suelta Yanfran sin oponer mucha resistencia. Baja (lo bajan del autobús).

Verónica se ha hecho más de veinte selfies en el aeropuerto. Ha inundado sus redes sociales con fotos de sus pies en el aeropuerto de Maiquetía. Está con sus padres, con su tía y con algunos amigos. Se abrazan durante un largo tiempo. Verónica agita su ridícula gorra tricolor. Grita un “viva Venezuela” que sólo es respondido y vitoreado por su propia gente cercana. Arrastra, como puede, sus tres maletas de colores. Son unas maletas cuchis. Verónica, de por sí, es una cuchi. Tiene unos lentes obscuros gigantes que parecen las orejas de Mickey. Es flaquita y viste bien, incluso para emigrar.

Verónica no tiene mayores problemas para irse. El pasaporte portugués (y todo pasaporte europeo) es un gran comodín. Además, ha estudiado, ha sido siempre una buena estudiante. Tiene conocidos en Madrid que le darán un empujón, pero méritos no le faltan. Había pensado en Lisboa, pero en Madrid tiene más facilidades. Aborda el avión, se coloca los audífonos y mira por la ventana. Llora. Piensa en tomarse una foto llorando, pero es ridículo hasta para ella. Caracas se aleja. Todo comienza a ser mar, sólo mar.

Lo primero que hace al llegar a Madrid es tomarse fotos y abrazar a sus amigas, que la esperan en la puerta por donde entran los pasajeros en el aeropuerto de Barajas. Van a tomar a Starbucks, ahí mismo, dentro del aeropuerto. “Marica, tenía años sin tomar un Starbucks”, dice Verónica mientras toma una foto al frappuccino. Sus amigas ríen. Comparten cuentos. Hablan un poco sobre el viaje. Van a darle un par de vueltas por la ciudad, para que la vaya reconociendo. La última vez que Verónica había ido a Madrid, tenía trece años. Ahora tiene 24.

Verónica se hospeda con su tía favorita, quien la consiente, la abraza, la besa y, esforzadamente, le ha cocinado una paella. “Yo quiero comer arepas. No vine aquí a comer paella”, dice Verónica, medio en broma, medio en serio. Toda su vida, mientras Venezuela aún era habitable, presumía de su sangre portuguesa y de sus raíces europeas. Sentía que Venezuela no era su lugar. Jamás fue su lugar, pero sentir nostalgia es un juego peligroso para quienes van en serio y divertido para quienes aman la publicad en redes sociales.

Verónica comienza en el nuevo trabajo. Le es asignado un cubículo en una oficina inmensa que tiene vista a la Plaza de Colón. Verónica ve la inmensa bandera española ondeando. Tiene una idea. Al día siguiente, coloca una banderita de Venezuela en su cubículo, como para contrarrestar. Saca una foto a su gracia y la cuelga en Instagram. Todo el día habla a sus compañeros sobre Venezuela y sus cosas, lo bueno y lo malo. También habla de otras cosas. Verónica es dulce y agradable. Quizás su principal defecto es que no sabe escuchar.

Manuel, el muchacho extremeño que se ha convertido en su mejor amigo del trabajo, invita a Verónica a su casa. Verónica acepta, encantada, la invitación. Incluso, va al Mercadona y compra una torta helada. No quiere llegar con las manos vacías. Manuel se ha esmerado mucho. Verónica es preciosa y ha despertado interés en él. Está un poco nervioso. Él gusta de ella. Le ha preparado una cena, utilizando sus pocas habilidades como cocinero. La cena, por fortuna, le ha salido bien.

En los altavoces, que tienen, en el diseño, la torre Eiffel estampada, suena “Por encima del bien y del mal”, de Robe Iniesta. Manuel la tararea. Tararear siempre le ha ayudado a sentirse un poco más tranquilo. Suena el intercomunicador. Manuel está que tiembla. Le llama el ascensor a Verónica, quien tiene la torta helada en las manos. Manuel la saluda con dos besos. Sus labios casi quedan juntos cuando Verónica lo corta en seco. “En Venezuela sólo es un beso”, le dice. Manuel se sonroja. Parece avergonzado.

“¿No quieres mejor poner gaitas?”, le sugiere Verónica a Manuel. Le dice que no le gusta la música que está sonando. “Es Robe, el de Extremoduro”, dice Manuel. “No me gusta”, reitera Verónica. Manuel le da su Spotify a Verónica. Verónica hace sonar “Sin rencor”, la popular gaita. A Manuel le gusta. Al fin y al cabo, es una canción hermosa. Pega, además, con la Navidad. Estamos en diciembre. Hace frío en Madrid. Manuel espera a que el frío se transforme en abrazos, los abrazos en besos y, a partir de ahí, la historia puede terminar como quiera Verónica.

Verónica, una semana después, ve, por el estado de Facebook que comparte una tía, que hay una manifestación de venezolanos en Sol a favor de la liberación de Leopoldo. Verónica puede protestar ahora. Sabe que la Guardia Civil o la policía madrileña y/o española no le arrojará perdigonazos. Por eso nunca protestó en Venezuela. No es razón para culparla. Nadie quiere perder su vida contra una dictadura que aplasta a una oposición que se vende. No vale la pena. No es justo que tantos años de estudios y de esfuerzos sean anulados por una bala, por una lacrimógena o por un perdigón.

Verónica grita y agita sus banderas. Se ha colocado la gorra tricolor, la misma que agitó cuando estaba en el aeropuerto de Maiquetía. Se toma fotos frente al pendón gigante de siete estrellas que tapa a la estatua de Carlos III. Verónica ni se ha preocupado en preguntar quién es ese señor que está a caballo, como vigilando a los transeúntes que convergen en la puerta del Sol. Se queja del clima. Dice que en Caracas no hace el “frío de mierda” que hace en Madrid. Se queja de la comida. Dice que los madrileños deberían comer más arepas. Se queja del dictador, el que ha destrozado a un país entero por querer imponer su punto de vista.

Yanfran y Verónica, aunque no se recuerdan (Verónica recuerda el hecho, mas no al ejecutor), coincidieron una vez. Verónica, en su Spark amarillo, en plena cola en la avenida principal del Marqués, fue asaltada, hace unos cuatro años, por Yanfran. Yanfran, cañón en mano, se apoderó de su teléfono y Verónica lloró de la impotencia. Yanfran y Verónica jamás se van a ver de nuevo. Ambos correrán suertes distintas. Pero los dos, aunque nunca lo hablaron, piensan, juran y están convencidos de que el país que los acoge está en deuda con Venezuela. Una piensa que por los españoles que llegaron huyendo del franquismo, otro por los peruanos que llegaron huyendo de la pobreza y de Sendero Luminoso. Ambos se sienten acreedores. No entienden que todo es una falacia, que nadie nos debe nada. Yanfran y Verónica se parecen mucho.

 

Tomás Marín

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Metro de Madrid. Línea 1. Estación “Pinar de Chamartín”

No me gustaba ver fumar a Noe. Me crispaba. Cada vez que Noe fumaba, significaba que algo malo o iba a pasar o estaba pasando. Era como una sibila sombría. Se solía poner de espaldas en la terraza. Una maraña de humo hacía de cortina ante su cabeza de cabello castaño que miraba hacia el balcón. Se perdía allí. Podía pasar un largo, muy largo rato sin hablar, sólo fumando. Yo no me atrevía a decirle nada. Siempre tuve miedo a romper su silencio. Pero me colocaba cerca de ella, un poco en guardia, como ofreciéndome de escudera para cualquier cosa que pudiese necesitar.

Ya eran casi las nueve de la noche y Bhadra no aparecía. No era algo de qué preocuparse tanto. Los gatos suelen ser un poco truhanes y aventureros. Está, de cierto modo, impreso en su ADN, que conserva rescoldos de tigres salvajes, de depredadores, lo que llaman Felidae. La gata tenía apenas cinco meses. Había traicionado el voto de confianza que Noe le había dado al dejarla explorar la terraza, que daba a la calle. Las primeras veces que salía, en días anteriores, era respetuosa con el espacio implícitamente delimitado. Pero quizás un gato galán, cual héroe del romanticismo, la sedujo para salir de su cómoda prisión.

La ayudé a buscarla. Buscar una gata en una ciudad como Madrid es una tarea sumamente difícil. Hay millones de recovecos en donde podría esconderse, en donde podría desaparecer. Nuestro mayor temor era que no supiese volver a casa. Me revolvía un poco el alma ver la camita vacía, la caja de arena con los rastros de las últimas pisadas, los juguetes tirados en el piso. Salimos a la calle, con un par de linternas, como si la ciudad no estuviese lo suficientemente iluminada. Hacía un frío terrible. Yo, por el apuro, había salido mal abrigada. Noe también, pero todos sus sentidos, incluso los sensibles a las bajas temperaturas, estaban apuntando hacia la gata fugitiva.

“Bhadra”, gritaba Noe, cada vez más alto. Con la otra mano, la que no sostenía la linterna, agitaba un botecito con pienso. Pensaba que, así, la gata, quizás tentada por el hambre, acudiría al llamado. A mí me daba un poco de vergüenza gritar. Nunca me ha gustado llamar la atención. A cada grito de “Bhadra”, los peatones, y hasta algunos conductores, volteaban hacia nosotras con gesto de extrañeza, de esa extrañeza urbana que no retiene más de tres o cuatro segundos de interés cuando son historias ajenas a nosotros.

Buscamos debajo de los coches. Nada. Nos asomamos por algunas alcantarillas. Tampoco. Yo sentía que toda búsqueda era inútil. En el caso de que viésemos a la gata, ella, con su agilidad inherente, si éramos la causa de su huida, echaría a correr de nuevo y se volvería a esconder. En aquel escenario, tendría todas las de ganar, todas las de huir. Noe comenzaba a preocuparse, sin dejar de fumar. Daba la impresión de ser un incensario cubierto de telas negras. Noe siempre me impuso muchísimo respeto. Era delgada y alta. Su cara comenzaba a abrir los surcos inevitables de la mediana edad.

No sabíamos hacia qué dirección seguir. Era una lotería. Hay cuatro puntos cardinales en una metrópolis extensa y nosotras sólo éramos dos chicas no muy bien abrigadas con un par de linternas. Sin embargo, no me atrevía ni siquiera a sugerir que detuviésemos la búsqueda. Yo estaría allí, aunque muriésemos congeladas (muy probablemente mientras la gata, quizás, estaría cómoda junto a su gato galán y un buen puñado de comida). Noe comenzaba a preocuparse cada vez más. Exhalaba bocanadas de humo cada vez con más prisa. Yo me contagiaba de su inquietud.

Regresamos a la casa. Noe tenía los ojos húmedos, pero no se atrevía a llorar. La gata, de alguna manera, sustituía en ella el espacio del hijo que nunca había querido tener. Yo nunca fui persona de creer en instintos maternos. Ella menos. Ella ni siquiera quería tener mascota. Yo la había convencido luego de mucha insistencia de adoptar una gatita. A veces, cuando los habitantes del piso no coinciden, el piso suele sentirse como un lugar devastadoramente solitario, más en medio de un espacio tan grande, en una vorágine de miles de vehículos y decenas de miles de peatones.

Me daba, para mis adentros, un poco de risa la ironía de la gata. Llegó a la casa apenas con dos meses. Estaba acurrucada en una cesta y no se atrevía a salir de allí. Era su zona de confort, su burbuja de cristal. Mucho tuvimos que tentarla e insistirle para que se atreviera a dar sus primeros pasos por la casa. Cuando se atrevió a darlos, lo primero que buscaba eran recovecos y escondites, agujeros y rincones. Cuando algo o alguien se acercaba, ella, al verse sin escapatoria, bufaba intentándose proteger, pero nunca sacando las uñas o atreviéndose a atacar. Ahora, nos encantaría que estuviese tranquila en su cesta, que ya, en tan sólo tres meses, se le había vuelto un tanto pequeña.

“Si sabes algo, avísame”, me dijo Noe antes de irse a trabajar. Trabajaba de noche en un bar de la calle Dalia. Era un bar sano. Iban a él muchos jóvenes a ver los partidos de fútbol, pero no se sobreexcitaban demasiado. No era un bar de Hooligans. Noe trabajaba allí desde que la conocía. Trabajar la distraía, la relajaba. Fue la mejor decisión que pudo haber tomado esa noche. Yo la intenté alentar con un “No te preocupes. Seguro que regresará”. Ella sonrió levemente, muy levemente. Cerro la puerta y se fue hacia la calle. Prometí que, en un rato, iría a buscar a la gata de nuevo, mientras ella trabajaba. Lo dije por mera diplomacia. Era inútil y sabía que no lo iba a hacer. Menos con aquel frío.

El día siguiente fue de diseñar, imprimir y colocar carteles en los postes de la calle. La única foto que teníamos de la gata (hasta ese día no había notado que era realmente extraño tener tan pocas fotos de ella, aunque era tan consentida) era de aquellos primeros días, cuando no se atrevía a salir de su cesta. Miraba a la cámara con sus dos ojos verdes asustados, que parecían incrustados en su cabecita blanca y peluda. No sabía si alguien podría reconocerla aunque hubiese crecido tanto. Pero no había muchas más opciones.

“Noe. Me llamó un chico. Dice que tiene a la gata” le dije. Noe me miró fijamente. Prácticamente no había parado de fumar desde la noche anterior. Era como su válvula de escape ante el estrés, la presión y la frustración. “Vamos a verlo”, me dijo. “Vive un poco lejos”, le contesté. A Noe no le importó. Al fin y al cabo, la ciudad es accesible en lo que se refiere a movilidad. De todas formas, me parecía extraño que, quien llamase, viviese tan lejos. No creía que una gata pequeña pudiese llegar tan lejos por su propia cuenta, al menos que hubiese sido raptada, o algo similar.

El chico vivía en un piso de la avenida de Los Madroños. Tuvimos que esperar hasta la noche, a que regresara del trabajo. Nos había dejado muy claro que quería recompensa, y una recompensa cuantiosa. Noe lo maldijo en la intimidad conmigo. Las recompensas no se piden, se ganan. Yo no podía estar más de acuerdo. Sospechosamente, no nos quería mostrar fotos de la gata. Se basaba en no sé cuál teoría conspiranoica idiota de que nos espían desde Estados Unidos y otras gilipolleces más. Eso aumentaba la ira de Noe y, por reflejo, la mía también.

El chico nos abrió la puerta. Su piso estaba desordenado. Nos pidió que esperásemos un momento en el recibidor, que ya traería a la gata. Nos preguntó si habíamos llevado la recompensa. Noe le dijo que sí. Pude sentir una furia inusitada e insólita en su voz. Creo que si viviésemos en Estados Unidos, en donde no existe control de armas, Noe hubiese acribillado al chico ahí mismo con unos veinte o treinta disparos. A eso también contribuía el estado del lugar, que invitaba al desagrado. Había cajas vacías de pizza y latas de cerveza por doquier.

El chico trajo a un gato entre sus manos. Noe hizo un amago de sonrisa, que se le borró cuando el chico insistió una vez más en la recompensa. El gato no era la gata de Noe. Tenía cierto parecido, cierto aire, pero, definitivamente, no era. Era mucho más grande. Noe comenzó a temblar. Yo no sabía qué decir. De hecho, no había dicho absolutamente nada desde que habíamos llegado. Ni siquiera las buenas noches. Hubo un silencio extremadamente incómodo durante algunos segundos. El gato, entre los brazos del chico, nos miraba a todos.

Noe no precisó decir que aquél no era el animal que habíamos ido a buscar. Sabía que su temblor era por algo y que, de alguna manera, éste debía drenarse, salir al exterior. Soltó una violenta y sonora cachetada al chico, quien reaccionó soltando al gato, quien cayó al piso y corrió a refugiarse. Creo que fue por el mismo respeto del que ya hablé, que el chico no dijo nada. Es más, parecía que lo único que deseaba era que nos fuéramos y sentarse a llorar. Como cumpliendo sus deseos, nos fuimos. Bajamos rápidamente las escaleras y salimos por el portal.

Noe tuvo un ataque de risa, que presumo que fue de risa nerviosa. Creo que liberar el estrés, más con la terapia de pegar una gran cachetada a un chico con cara de tonto que habla de recompensas para un gato que ni siquiera es el tuyo, genera cierto alivio que, en una persona tan tensa, genera la risa. “¿Viste que le quedó mi mano marcada en la cara? ¡Parecía una de esas siluetas de manos de las pinturas rupestres”, me dijo. Yo me eché a reír junto a ella. Estuvimos un minuto riendo, como locas. Los peatones nos veían pasar y algunos de ellos, quizás contagiados, al menos sonreían.

A Noe se le volvió a pintar la decepción en la cara cuando llegamos a la casa. De nuevo comenzó a fumar, como al principio, de espaldas a mí y con una gran nube de humo como fondo a su cabeza. Tampoco había que perder todas las esperanzas. Cualquier otra persona podría llamar. Hay muchos casos en que las mascotas perdidas son halladas por gente buena y honesta que las retorna a sus dueños (si es que se puede considerar “dueño” al que cría a una mascota). También hay gente que adopta a gatos sin placa ni identificación, como era el caso de Bhadra. Era una variable que no habíamos considerado.

Escuchamos un maullido. O, al menos, eso nos pareció. Es difícil distinguir un sonido claro entre tantos coches, pasos, sirenas y voces. Pero distinguimos bien. Era un maullido. Es más, era el maullido de Bhadra. Noe abrió la puertecilla y allí estaba la gata. Inocente de todo. Sin saber que su escapada había generado tanto estrés, sin saber que su ausencia nos obligó a imprimir carteles, a movernos por todos lados y a darle un gran bofetón a un chico desagradable (aunque eso lo agradecemos. Quizás Noe, como es su carácter, lo hubiese hecho de todas formas con cualquier otra persona que cumpliese los requisitos).

La gata brincó al regazo de Noe. Noe rió. Esta vez no era una risa nerviosa, como la del portal. Regañaba a la gata mientras la cubría de mimos. Había regresado, que era lo más importante. Le ofreció comida, pero la gata no la aceptó. Intuimos que se había dado un gran banquete, que, quizás, regresaba solamente a descansar, como si nuestro piso fuese su hotel, su club en el que ella pasaba su tarjeta de membresía e iba y venía cuando se le antojase. Noe, prudentemente, cerró la puertecilla con cerrojo, por si acaso. Cerró las ventanas, por si acaso también.

Hemos sido, desde entonces, más cautelosas con la libertad de Bhadra. A veces nos sentimos una suerte de represosas, de enemigas de la libertad gatuna, pero la ciudad es un sitio que puede ser peligroso. Es un argumento poderoso a nuestro favor del que la gata, quizás, nunca podrá tener plena consciencia. Por las noches y las mañanas soleadas de los fines de semana, la sacamos a pasear con una correa que, cuando Bhadra quiere dar rienda suelta a su instinto nómada, le recuerda que es mejor quedarse con nosotras. Por fortuna, desde entonces, Noe no ha vuelto a fumar.

 

Tomás Marín.

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El cabello del doctor (o cómo sobrevivir a un linchamiento)

En Pinto Salinas, una de las barriadas más singulares del planeta, se conserva un mechón de cabello de José Gregorio Hernández, médico venezolano ilustre al que se le atribuyen poderes milagrosos. José Gregorio, luego de estudiar mucho y dedicar su vida al cuidado y la atención de los más pobres, murió arrollado por un coche en un curioso accidente. Su imagen, con el pasar de los años, se ha idolatrado y sus estampas y figurillas son veneradas tanto por creyentes cristianos como por personas asociadas a las prácticas de magia negra y brujería.

El mechón de cabello en cuestión, tiene casi cien años de antigüedad. Aún mantiene su color negro. Reposa en una capilla improvisada donde se pueden tocar algunos filamentos. Cada día, sobre todo los fines de semana, cientos (y en ocasiones, hasta miles) de personas, se acercan a la pequeña capilla y se amontonan en fila o en tumultos para tocar el mechón de cabello, pedirle favores y agradecerle por buenas venturas. Es una de las manifestaciones más autóctonas de Pinto Salinas. Infinidad de enfermos, de paralíticos y hasta de convalecientes aseguran que , luego de tocar los cabellos, se han librado de sus males y de sus dolencias.

Pepe, Manuel y yo llevamos varios años a la cabeza de un pequeño grupo de teatro itinerante. Nuestras actuaciones siempre se han caracterizado por utilizar la sátira y la iconoclasia. Nunca fuimos personas creyentes. Nuestros números eran cotizados en ferias de distintos pueblos españoles y generaban risas entre los espectadores, a veces muchos, a veces, pocos. Nunca fue cosa que nos interesara mucho. Lo hacíamos simplemente por divertirnos, y por ganar algunas monedas. La vida de juglar es realmente muy agradable.

Por intercambios culturales que no vienen al caso, nos tocó actuar durante dos semanas en Venezuela, en el marco de un festival de las artes organizado por el gobierno del, para ese entonces, recién electo presidente Nicolás Maduro. Nosotros acudimos encantados. Siempre simpatizamos con propuestas políticas, económicas o sociales que le planten cara al sistema capitalista. Nos habían preparado varios escenarios en distintos lugares. Algunos de ellos realmente pobres y descascados. De todos modos, no precisamos mucho para nuestros performances.

Tras terminar nuestra rutina en un sitio que, si mal no recuerdo, se llamaba La Hoyada, se nos acercó un candorosa chica de piel morena. Nos felicitó por nuestra actuación. Nos invitó a unas “Polar” (que es la cerveza por antonomasia de Venezuela y, honestamente, una de las mejores que he probado en mi vida). Estuvo charlando con nosotros hasta altas horas de la noche en uno de los pocos bares abiertos que había allí. Terminamos siendo buenos amigos. Algunos venezolanos son personas realmente generosas y encantadoras. La chica nos dijo que administraba un diminutísimo proyecto cultural teatral circense en la barriada de Pinto Salinas, donde vivía. Nos sugirió la idea, casi como un favor, de hacer una actuación allí, para los vecinos. Nos advirtió de que no habría dinero para pagarnos. La economía, tengo entendido, no estaba en su mejor momento. Nosotros aceptamos encantados. Aún faltaban tres días para nuestro regreso a España.

En Pinto Salinas, en una suerte de callejuela, improvisaron un pequeño tablado con cajas viejas de madera y cajas plásticas de cerveza. Los espectadores, vestidos todos con ropas casi deshilachadas, se sentaron a nuestro alrededor. Obtuvimos pocas risas, pocos aplausos. Sentí que ha sido una de las peores actuaciones de nuestra carrera (por llamarlo carrera). Era como si la gente no entendiese lo que hacíamos. Estaban como enfocados en otras cosas, en otros miedos, en otras preocupaciones. Nos bajamos un tanto decepcionados. La chica, la amiga que nos había invitado, nos llevó a comer algo para pasar el “despecho”.

Allí fue que vi por primera vez a la gente amontonada alrededor de la pequeña capilla. Muchos se empujaban, gritaban y se insultaban. Un joven, con una muleta, afirmaba que estaba más sano que un roble. No nos costó mucho enterarnos de toda la historia que giraba alrededor de la parafernalia. Nuestra amiga nos explicó, con lujo de detalles, lo que ya he reseñado arriba. Pinto Salinas es una barriada de gente muy devota, muy fanática. Nos picó, de todas formas, por más que fuésemos iconoclastas, el gusanillo de la curiosidad. Quisimos ver el famoso mechón de pelo que convocaba más público que todas nuestras actuaciones juntas.

Entrar a la pequeña capilla era prácticamente imposible. La marea de gente parecía que crecía cada minuto. De nada serviría decir que éramos extranjeros, que éramos turistas o que éramos invitados. Manuel, quizás el más irreverente y arriesgado de nosotros tres, tuvo una idea que, en ese momento, nos pareció fantástica. Era tan poca la gente que nos había ido a ver en la tarima, que nadie nos conocía. Dijo que fingiría estar tullido y necesitado. Su acento español jugaría a su favor e inventaría que había viajado desde Madrid exclusivamente para tocar el mechón de cabello del doctor José Gregorio Hernández. Era un plan infalible. Fantástico.

En unos pocos segundos, Manuel parecía un auténtico menesteroso. Se había encorvado de tal forma que era imposible pensar que estaba actuando. A nuestra amiga, que se reía, le parecía algo divertido. Ella nunca había sido ni muy devota ni muy fiel. Una jugarreta. Una pequeña inocentada a una barriada tranquila. Además. así tendríamos acceso V.I.P. para ver “el milagro”. Pepe y yo tomamos a Manuel entre los dos. Él, supuestamente, no podía ni caminar. Al contar nuestra coartada, la gente, con la mirada conmovida al ver a Manuel, rápidamente nos abrió paso. El plan había funcionado perfectamente.

Luego de tocar el cabello, Manuel, poco a poco, fue estirando los dedos y las piernas. Con torpeza pero con una maestría actoral, poco a poco fue caminando. La gente comenzó a dar gritos de júbilo, a aplaudir, a llorar. Manuel, rebalsando un poco el vaso gota a gota, dio un discurso de agradecimiento. Algunas señoras lo abrazaron y lo besaron. Los vecinos estaban realmente conmovidos. Llegó mucha más gente que se amontonó, con más frenesí que nunca, para ver y tocar la reliquia más valiosa, más simbólica y más milagrosa del lugar.

Alguien, nunca supe quién fue (de todos modos, allí sólo conocía a una persona), delató a Manuel. Afirmó que, apenas unos minutos antes, lo había visto “hacer el ridículo como un pajúo” en un escenario improvisado en una calleja de Pinto Salinas. Dijo que nunca había estado tullido, ni enfermo ni necesitado. Que todo lo que había hecho lo había hecho para burlarse de la barriada, de la gente, de los vecinos y, lo más imperdonable de todo, de la memoria del Doctor José Gregorio Hernández. Poco a poco, el vocerío fue extendiéndose. Algunas personas comenzaban a mirar de reojo y con desprecio hacia nuestra dirección, sobre todo a Manuel. Comencé a ponerme nervioso. Tuve un presentimiento terrible.

“¿Te parece divertido, gallego hijo de puta?”, increpó un muchacho moreno, con cicatrices en la cara, a Manuel. Un coro de señoras mayores y de señores de mediana edad respaldaron el insulto. La violencia y la agresividad iban en aumento. Pepe y yo tuvimos la “fortuna” de pasar desapercibidos (por llamarlo de alguna manera). La capillita, de repente, se quedó prácticamente vacía. Todos los vecinos hicieron un semicírculo a nuestro alrededor, cerrado por una pared que tenía, casualmente, el rostro y el nombre del doctor José Gregorio Hernández hecho a Grafiti.

Vino el primer empujón. Vino el primer golpe. Luego el segundo golpe. Luego el tercer golpe. Yo me sentí en una representación tercermundista de un auto de fe, sólo que éste ni siquiera tenía reglas. Luego me enteré de que, en Venezuela, a eso lo llaman “cayapa”, el ataque, entre varias personas, a otra que está indefensa. Vino un bastonazo. Luego un intento de cuchillada. Otro empujón. Manuel cayó al suelo. Intentaba defenderse cubriendo su rostro, como podía, con sus antebrazos y sus piernas, en una especie de posición fetal. Su sienes y su nariz comenzaban a sangrar. Cada vez que pedía disculpas, la gente se enardecía más. Yo estaba tan nervioso que sentí náuseas. Si Pepe o yo corríamos a ayudarlo, o interferíamos de alguna manera, posiblemente correríamos la misma suerte. Una señora, aterrorizada, pedía a gritos que llegara la policía, pero la policía no llegaba, de hecho, jamás la había visto desde que habíamos llegado a Venezuela.

“Desnúdalo. Préndele candela. Métele un palo por el culo”, gritaba un señor enfiurecido, con una voz que, a fuerza de elevarse tanto, se hacía gutural y se quebraba. Algunas personas intentaban arrancar los ropajes de Manuel, quien seguía retorciéndose por el suelo con los golpes. Pepe y yo no sabíamos si llorar o correr. Sentíamos que cualquier movimiento nos delataría, que era cuestión de tiempo para que otra persona nos reconociera y gritara que nosotros éramos compañeros y cómplices del traidor. Por fortuna, muchos pensaban que, al haberlo cargado hacia el mechón de cabello, éramos un par de ingenuos más.

Un chico llegó con un envase lleno de gasolina y comenzó a rociarlo sobre Manuel. Venezuela es un país en el que la edad media sigue viva, sólo  que un poco menos civilizada. Me sentí un personaje de Stevenson intentado liberarse de una tribu de salvajes, de inhumanos, de sanguinarios. Los niños disfrutaban con el espectáculo, se reían con mala intención. Algunas chicas, con sus móviles, grababan todo en medio de carcajadas. Por fortuna, la policía llegó y, a fuerza de palazos, de gritos y de amenazas, disolvió el linchamiento. Manuel, bastante herido, fue trasladado, junto a nosotros, en la misma unidad hasta un hospital cercano (el más destartalado y sucio que he observado en mi vida). Tardamos varias horas en pasar el shock.

Regresamos a España. El gobierno venezolano jamás volvió a comunicarse con nosotros. Nunca nos preguntó si habíamos llegado bien, qué nos había pasado. Es como si, ante cualquier situación que pudiese perjudicarles, se silenciaran. Tardamos varios meses, mientras Manuel se recuperaba, en volver a actuar. Pero el tiempo es noble. El cuerpo también. Las heridas fueron sanando, aunque dejaron cicatrices y traumas que difícilmente se nos podrán borrar. Llegamos incluso a preguntarnos si valía la pena seguir en este mundo artístico, si no era momento de buscar un trabajo más estable que cerrara toda la posibilidad de regresar a Venezuela. Unos meses después, la chica que nos había invitado a las cervezas y a su barriada de Pinto Salinas, me escribió al Whatsapp. Sólo dijo, junto a una carita triste, “tú te lo buscaste”. No tuve ni ánimos ni ganas de responderle. A pesar de todo, retomamos el camino de los escenarios. Hacer teatro nos hace felices. Hemos madurado. Caracas, a pesar de todo, nos hizo madurar.

A veces hemos pensado en llevar esta curiosa (y casi fatídica) historia a las tablas. Hacer una representación sobre nuestros curiosos días en Venezuela. Miguel pareciera que ya ha superado todo. A excepción de unas pocas marcas que se ven de cerca, está como nuevo. Aún, en ocasiones, es el que más se lo piensa dos veces antes de cuestionar las creencias y las idolatrías de la gente, sobre todo en un lugar sin ningún tipo de ley ni de orden, sobre todo en la Latinoamérica fanática e intolerante que, cuando está de buenas contigo, es un lugar entrañable, cándido y fantástico. Pero, cuando está de malas, tiene los colmillos más filosos que alguna persona pudiese imaginar.

Seguimos siendo iconoclastas, aunque con un poco más de cautela. De vez en cuando, seguimos recibiendo invitaciones a actuaciones en países que desconocemos, aunque procuramos no improvisar tanto como lo podríamos hacer aquí. Mientras más desapercibidos pasemos, creemos que es mejor. Por fortuna, la anécdota en Caracas no tuvo una repercusión mediática que nos hiciera ver en todos lados como unos prepotentes intolerantes y sátiros. Es, quizás, la ventaja de que un gobierno tenga censurados y controlados prácticamente a todos los medios. Es un poco al estilo de “Lo que pasa en Venezuela, se queda en Venezuela”. Para la próxima vez que nos toque volver a tierras tan hostiles, hemos pensado en encomendarnos a lo que sea. Incluso al cabello del doctor José Gregorio Hernández que, en aquella ocasión, no nos ayudó mucho que digamos.

 

T.M.

Facebook.com/LaCantarida

Relato inspirado en la Novela primera de la Jornada segunda de la obra “El Decamerón”, de Giovanni Boccaccio.

 

Cinco obras de teatro que deben ser leídas (VIII)

“Los gemelos”, de Plauto.

Comienza con un divertido prólogo que ubica el lugar y las circunstancias de la historia al mismo tiempo en el que se afinca en dos hermanos tan parecidos que “ni su nodriza ni su madre eran capaces de distinguirlos”. Menechmo, un joven picaresco y aventurero, acompañado por su dicharachero esclavo, ha recorrido un sinfín de islas con el fin de buscar a su hermano gemelo quien, a los siete años, luego de perderse, fue acogido por un rico comerciante. Por otro lado vemos cómo Menechmo (ambos se llaman igual), su hermano, disfruta una vida acomodada en la que convergen su esposa, su amante y su “parásito”. Las apariciones y desapariciones casuales de los personajes generan malos entendidos que, con un lenguaje desenfadado, juegan con la parcialidad frente al lector/espectador, quien cuenta con la ventaja de conocer ambos lados de la “contienda”. Entre la reflexión y la hilaridad está el primer diálogo del II Acto, entre Menechmo y su esclavo: “No hay mayor satisfacción para un navegante, Mesenión, que ver a lo lejos, desde alta mar, la tierra. Así es mi experiencia”. “Pues es aún mayor, lo diré sin repulgos, cuando, al llegar a tierra, ves que es la tuya”.

 

“La casa de Bernarda Alba”, de Federico García Lorca.

En una tradicional y rural casa de pueblo español, sometida a los caprichos de la canícula veraniega, Bernarda Alba y sus hijas guardan un luto inmaculado a raíz de la reciente muerte del esposo de la primera. El bastón de mando de Bernarda, matriarca incuestionable de la familia, ha construido, mediante la represión y las amonestaciones, un hermetismo que, prácticamente, aísla a quienes viven dentro de las cuatro paredes. Las apariciones de un enigmático (e irresponsable) joven, al que llaman Pepe el Romano, abrirá los surcos de la rebeldía en busca de la libertad y de la felicidad, que contradirán, en enfrentamiento, a las vetustas reglas que imperan, vigiladas por Bernarda, en el hogar. El argumento, cargado de simbolismos poéticos y hasta de ciertas imágenes surrealistas, se plantea, repetidas veces, la resignación de la mujer en una sociedad anquilosada y machista. Un ejemplo de esto es la conversación entre Bernarda y Angustias, su hija mayor y prometida de Pepe: “Yo lo encuentro distraído. Me habla siempre como pensando en otra cosa. Si le pregunto qué le pasa, me contesta: «Los hombres tenemos nuestras preocupaciones». “No le debes preguntar. Y cuando te cases, menos. Habla si él habla y míralo cuando te mire. Así no tendrás disgustos”. “Yo creo, madre, que él me oculta muchas cosas”. “No procures descubrirlas, no le preguntes y, desde luego, que no te vea llorar jamás”. “Debía estar contenta y no lo estoy”. “Eso es lo mismo”. Otra frase que ejemplifica el disimulo y la displicencia ante las duras circunstancias, es pronunciada por Poncia, empleada de Bernarda: “Cuando una no puede con el mar, lo más fácil es volver las espaldas para no verlo”. 

 

“Al fin, mujer”, de Jacinto Benavente.

Elena, ex actriz teatral de mediana edad, es una astuta aspirante a marquesa con un pasado “vergonzoso” que pretende ocultar a toda costa; a veces, además, le cuesta distinguir entre el escenario y la realidad. Rafael, arquitecto e hijo de Elena, es pareja de Eulalia, una candorosa muchacha que ha vivido una vida muy similar a la de la madre de éste. Un invaluable collar de perlas, cuyo origen está ligado, nada más y nada menos, a Isabel de Farnesio, es disputado por los miembros, consanguíneos y políticos, de la familia. El apego a la honestidad y la sinceridad hacia los caminos de la verdadera alegría son la base de esta obra en cuyos personajes se revela una interesantísima y fecunda secuencia de aforismos. Un ejemplo viene de una queja (quizás errónea) de Elena: “Mi esperanza es que no ponga su voluntad en el primer amor, que si nos parece que siempre ha de ser eterno cuando llega, es el que más nos hace reír cuando ha pasado”. Otras dos intervenciones maravillosas vienen de mano del Marqués, quizás el más sabio de quienes comparten la trama; una referente al poder monetario: “Sí… El dinero, cuando no se tiene, es lo principal. Cuando se tiene todo lo que hace falta, pasa a ser un accesorio. Con dinero podemos permitirnos hasta ese lujo: el de despreciarlo”. Y la última, que cierra y es epítome de la pieza: “Por ser bueno… no se debe ser nunca desgraciado. Sería una inmoralidad”. 

 

“Edipo Rey”, de Sófocles.

La adaptación del mito de Edipo por parte de Sófocles es, sin duda alguna, la tragedia griega más afamada que ha pasado a la historia. Ha sido punto de llegada y punto de partida para distintas ramas del conocimiento. No en vano, por tomar un ejemplo, el prestigioso psicólogo Sigmund Freud hablaba del “Complejo de Edipo”. Luego de resolver un complejo acertijo, Edipo se convierte en rey de Tebas, ciudad a la que salva y la cual está profundamente agradecida. Con el pasar del tiempo, una peste misteriosa, más como una maldición, sacude al lugar sin que nadie adivine la causa. Edipo, gracias a conversaciones y casualidades, irá descubriendo que no hay otro culplable, sino él mismo. Más allá de la trama en sí misma, Edipo Rey representa la caída en desgracia de la prepotencia y de la burla, pues Edipo, confianzudo, testarudo y seguro de sí mismo, se burlaba repetidamente del sabio Tiresias, quien le advertía acerca de su desdichado porvenir. Un momento enternecedor viene de un crudo lamento del monarca caído en desgracia: “Vamos, atreveos a tocar a un hombre que sufre. Confiad en mí, no temáis, que mis males son para mí solo, no para que los soporte otro”. Otro texto destacable, enigmático y aleccionador es la última participación, casi profética, del Coro: “…Nunca consideréis dichoso a ningún mortal hasta ver su último día, hasta que no llegue el fin de su vida sin haber padecido sufrimiento”.

 

“La pecera y el mar”, de Jaime Salom.

Ésta es una simpática obra doble. Por un lado, “La pecera” muestra a dos simpáticos personajes que, bajo el agua, caen en cuenta de que, pronto, se convertirán en seres humanos, lo cual hace que inicien un proceso de autodescubrimiento en relación a la compleja forma de actuar de la humanidad, con la cual, pronto, se codearán. Por el otro lado, está “…y el mar”, en donde dos señores descubren, con cierto terror, que se hallan en un paraíso tropical que uno de ellos, recién llegado y pícaro, no soporta, por lo que tratará de enseñarle a su compañero, las “bondades” del mundo exterior.

 

Tomás Marín.

Cinco obras de teatro que deben ser leídas (V)

“El balcón”, de Jean Genet.

En medio de un territorio asolado por una sangrienta guerra civil, se erige una casa de fantasía en la que los clientes son invitados a “desnudarse en todas las formas posibles”. Los deseos, muchas veces transgresores y profanos, de convertirse, aunque sea por unas horas, en los personajes que nunca pudieron ser en vida, hacen que hombres y mujeres, muy respetados (y hasta temidos), se refugien en este pequeño pero simbólico mundo teatral que funciona como sedante ante la realidad, recrudecida por la pólvora, la sangre, las lágrimas y el miedo. Los magisterios, el clero, los padres de familia, los revolucionarios; toda la “buena” sociedad hace parte en este amasijo delirante en el que el espectador, eventualmente, se sentirá reflejado.

 

“La tormenta”, de August Strindberg.

Una pieza concisa, hecha para el teatro pequeño (el modelo de “Teatro de Cámara” que tanto buscó perfeccionar el autor). Un anciano, casi ermitaño, vive enclaustrado, junto a sus buenos y sagrados recuerdos, en una residencia junto a una honesta e ingenua criada que le ayuda en algunos quehaceres diarios. Durante las últimas semanas, los misteriosos vecinos del piso de arriba, que jamás dejan verse y viven envueltos en una serie de ruidos inexplicables y de horarios extraños, terminarán por encauzar los hechos que, gracias a una de las visitas del hermano del protagonista, desatarán un tifón para el personaje que deberá aferrarse al timón de su propia voluntad para sortear las olas del pasado que arremeterán violentamente.

 

“Corona de amor y muerte”, de Alejandro Casona.

Con fantasía imaginativa y poética exquisita, se nos presenta la perspectiva legendaria en la historia de Inés de Castro y Pedro de Portugal, pareja que logró enfrentarse al poder de la realeza, llevando su romance a los macabros límites que sobrepasan la muerte. Cada personaje presenta una pugna interna entre su referente histórico, el deber para con su pueblo y su vulnerabilidad como ser humano, ejecutando, por esta manera, acciones terribles, aunque vayan en contra de su voluntad. Una escena inolvidable es la del Rey (tan desalmado como comprensivo) “enfrentado” a su nieto y arrojándole el acertijo que lo describía: “¿Qué hombre, qué hombre es, que está ardiendo y siente frío, que mira y no puede ver, que está a la orilla del agua y está muriendo de sed?”.

 

“Las brujas de Salem”, de Arthur Miller.

Basada en los enigmáticos juicios llevados a cabo en el pueblo de Salem, Massachusetts, a finales del siglo XVII, en donde las principales acusaciones eran la práctica de la brujería y las alianzas satánicas; los partícipes en estos sucesos (casi todos basados en personas reales) nos van haciendo intuir el modo en el que un juego de jóvenes se va saliendo de control y arrastrando odios y resentimientos guardados hasta hacer estallar una epidemia de histeria colectiva capaz de desenmascarar el rostro más obscuro de los seres humanos en su costumbre de defender, incluso con sangre, conceptos indemostrables. Una línea destacable, que resume el espíritu de la obra, es la de Proctor, cuando, presionado por el gobernador a admitir un supuesto vínculo con el diablo, responde: “¡Sí, siento que arde en mí su fuego!… ¡Oigo crepitar las llamas que muestran su cara! ¡Y es mi propia cara!… ¡Y la suya!… ¡Y la suya!… ¡La de todos los que tenéis miedo de sacar al hombre de su ignorancia, conscientes ahora de que todo esto es un fraude! ¡Miedo de que se descubra y se luche contra la intolerancia y el fanatismo! ¡Queréis derribar el cielo y ensalzar la mentira!”.

 

“Los bellos durmientes”, de Antonio Gala.

Sexo, amor, drogas, té, éxito, fracaso, familia, vejez; son muchos los cuestionamientos y las reflexiones que se hacen en torno a esta pieza que representa la llegada de Marcos, un cuarentón de mente liberal, al esterilizado mundo de Diana y Claudio, donde todo es pragmatismo y finanzas. Aunque algunas conclusiones puedan caer en lo cursi, la obra va madurando y convirtiéndose en un canto a la tolerancia, a la libre elección en todos los sentidos aunque el entorno parezca aprisionar. Un monólogo valioso es el de Marcos al decir: “El atractivo es un don: compártelo, no lo uses nunca como arma de dominio… Un ser iluminado no es macho ni hembra: está por encima de esas posturas… El sexo es móvil, cambiante, divertido…”.

 

Tomás Marín

Comunicador Social/Periodista Internacional

Residente en Madrid

tomasmarind@hotmail.com

 

La diáspora sin azúcar, por favor

En los últimos años, la diáspora venezolana se ha convertido en la lágrima fácil, en el tema tautológico que todos, incluso el que redacta este artículo, hemos explotado alguna vez, ya sea escribiendo un poema, componiendo una crónica o diseñando una torta. Se dibuja y se desdibuja en una perenne lamentación que, con palabras y palabras, cae, repetidas veces, en lo cursi, sin dejar suturar la llaga de las despedidas (si no lo creen, pregúntenle a Desorden Público o a los redactores de ProDavinci (aunque “Los que se quedan, los que se van” es una canción excelente)). Es por esto que el equipo de redacción de La Cantárida (que somos una botella vacía de aceite de oliva y yo) se ha propuesto, como broche de oro, hacer el artículo definitivo sobre la emigración, sin recurrir a lugares comunes o metáforas que jueguen con los sentimentalismos.

Primero que todo, es necesario hablar sobre las acepciones de la emigración. ¿Qué es emigrar?, es un concepto que varía con respecto a quien lo ejecuta directamente o a quien afronta las consecuencias colaterales al ver cómo un amigo/familiar toma un avión/carro/tren/canoa/caballo/túnel/nave espacial para intentar la búsqueda de mayores estabilidades integrales, económicas, políticas y/o sociales. Emigrar puede abarcar desde un desprendimiento total, casi budista, hasta una foto tonta en el piso de Cruz-Diez acompañada por los hashtags #LlevoTuLuzYTuAromaEnMiPiel #VenezuelaElMejorPaísDelMundo #DenmeLikes. Objetiva y simplemente, emigrar es irte de tu país. Ojo, no es cuando te colocas un traje de baño, unos lentes obscuros y un sombrero, te vas a Aruba y dices: “bueno, señores, me voy del país, feliz fin de semana a todos, nos vemos el lunes”. No. Emigrar es irte permanentemente de tu país, sin el deseo, al menos a corto o mediano plazo, de regresar.

Hay emigrantes que tienen la fortuna de contar con gente que los espera en el lugar de destino: familiares, amigos, amigos de familiares, conocidos, conocidos de amigos, amigos de conocidos, familiares de amigos, familiares de conocidos, amigos de conocidos de familiares; se entiende, ¿no?. A los menos afortunados los espera la policía migratoria, pero eso es tema para otro artículo. Hay gente, sin embargo, que se va y arriba sola, teniendo que comenzar desde cero, literalmente desde cero. Tiene que buscar nuevos estudios, nuevo trabajo, nuevos amigos; en fin, recurrir a una vida nueva. Pero no al estilo de Mario Bros cuando se cae de la plataforma, se muere y dices: “rayos, qué mala suerte, tengo que recurrir a una vida nueva, sólo me quedan tres”. No. Esto es la realidad.

Toda la odisea del emigrante comienza con el día en el que decides irte de tu país. Una buena mañana te levantas, te desperezas, te quitas las lagañas, bostezas y exclamas: “hoy amanecí como con ganas de irme del país”. Lo primero que debes hacer es concertar una cita. No una cita como cuando te sonrojabas y decías: “Hola, Cristina, la verdad es que te he visto desde hace días y me pareces una chica simpática y bonita, ¿te gustaría tener una cita conmigo?”. No. Ésta es una cita burocrática en la que, luego de implorar e implorar e implorar para que te asignen un día, deberás enfrentarte a un sinfín de papeleos, trabas, papeleos, funcionarios pedantes, papeleos, trabas, papeleos, corrupciones, afiches del “galáctico” y respuestas tipo: “lo siento, camarada, le falta un comprobante/copia/partida de nacimiento original de su tatarabuela, sellada y cotejada por Simón Bolívar”. Todo esto mientras ruegas que no te den la peor de las respuestas, la más desesperante, la más frustrante, la más vil: “señor, se nos cayó el sistema” (aunque, en realidad, “se nos cayó el sistema” es un eufemismo para decir: “somos unos malditos vagos y no nos gusta trabajar. Danos algo ahí para el café”).

Frente a tu emigración, la reacción de la gente suele variar. Hay quienes te apoyan, quienes aplauden tu decisión y la secundan. Pero hay quienes no se hallan muy a gusto, éstos se dividen en dos: los tranquilos y los radicales. Los tranquilos te argumentarán cosas como: “Pero, ¿por qué te quieres ir del país?, si éste es el mejor país del mundo, no importa que tengamos inflación, inseguridad, déficit, corrupción, odio y dictadura. Debes quedarte aquí y luchar”. Los radicales, en cambio, dispararán a herir, te espetarán algo como: “No puedo creerlo, ¡te vas del país!, eres un apátrida, un cobarde, un traidor, un maldito, ojalá te maten y te quemen; pero, antes, ¿podrías ayudarme a conseguir estas medicinas para mi mamá?, es que aquí no hay”.

El día en el que te vas, suele haber una combinación de sentimientos y nervios encontrados. Hay gente que es más relajada, ésos que se sientan en su poltrona y dicen: “uf, en dos horas me tengo que ir, déjame ver a quién llamo para que me lleve”. Otras, en cambio, actúan con más prudencia: “¡el vuelo sale en doce horas y el taxi que pedí hace tres meses no ha llegado, ¡ay!”. Vas por la Caracas – La Guaira (que no es lo mismo que ir a un Caracas – La Guaira) y te das cuenta, al llegar al aeropuerto y esperar el avión, que, realmente, las cosas que más quieres no se pueden llevar en una maleta; tal es el caso de una bazuca para disparar a los GNBs, PNBs y Polivargas que sólo quieren matraquearte.

Llegas al otro país, esperas tu maleta en una correa que funciona. Por primera vez, los cuerpos de seguridad te inspiran otra cosa que no sea risa, pánico, lástima o asco. Estás entre ilusionado y cansado, la misma sensación que sentías cuando era junio y llegaban los parciales y los finales en la universidad. Sales del aeropuerto, no ves gente “viva” ni gente muerta. (Irónicamente, el país de la “viveza” criolla es el país de la muerte). Comienza tu aventura.

Tres aspectos a tomar en cuenta cuando emigres:

1.- No te sientas en la obligación de amar a tu país:

Nacer en un país es algo fortuito, no lo decidiste; el país (o tú) no será mejor o peor por eso. Estás en tu derecho de amarlo u odiarlo, de expresarte como desees. Lo único imperdonable es que no lo conozcas o lo investigues a fondo, para argumentar lo mucho que lo idolatras o lo mucho que lo detestas.

2.-No ocultes o reniegues de dónde vienes, pero tampoco quieras imponerte.

Toma siempre en cuenta que eres un invitado (aunque tengas pasaporte, residencia, permiso, pareja, etc.) Exporta cultura, trabajo honesto, alegría; no exportes la mejor manera para saltar el torniquete del metro sin pagar. Respeta. No eres más sabroso o más insípido que nadie. Eres un invitado, no lo olvides.

3.- No imites el acento de otro país.

Ten algo de dignidad.

 

Tomás Marín

Fotografía: Tomás Marín