De cómo despedir a Sasha

Mi nombre es Helena Eco. Tengo 27 años y formo parte de la administración de personal del canal Globovisión. Tengo cuatro años trabajando en Globovisión. Comencé gracias a las pasantías de mi universidad. Como siempre (no es por presumir) he hecho un trabajo impecable y serio, el canal decidió contratarme de manera permanente. A veces he pensado en dejarlo todo y buscar, como tantos otros, irme del país. Pero Globovisión ha sido generoso conmigo no sólo en darme buenos compañeros y tratarme bien, sino en pagarme un sueldo relativamente digno para lo que significa la situación del país con un bolívar cada vez más pulverizado.

Hace pocos días, como todos sabrán, una presentadora del canal Globovisión, llamada Sasha López, metió la pata y se quedó en blanco al hablar sobre el homenaje que el canal le iba a hacer a José Antonio Abreu. José Antonio Abreu era un director de orquesta que, prácticamente, fundó el famoso sistema venezolano que se encargó de llevar el aprendizaje de la música a las comunidades más necesitadas. Yo admiré su trabajo hasta que, en las protestas de 2014, al mismo tiempo en el que eran asesinados estudiantes por las fuerzas de la dictadura, Abreu se hacía condecorar por el dictador en una transmisión que buscaba, precisamente, encubrir los asesinatos al tiempo en el que estos eran ejecutados. A partir de ese momento, Abreu, para mí, se transformó en una lacra, en una porquería auténtica. Pero el venezolano tiene memoria corta y le jala bolas a todo lo que pueda parecerse a un mito. Así el venezolano siempre busca encubrir su propia mediocridad.

Yo no tuve tiempo de ver en vivo cuando Sasha se quedó en blanco. La vi a través de un video que comenzó a circular rápidamente por Twitter y por Facebook. En el fondo, Sasha me dio paja. Desde que llegó al canal no era más que una de esas chamas cotufas y del montón. Sé que una presentadora de televisión debería ser una persona inteligente, mucho más que una cara bonita. Pero, de todas formas, siempre me ha dado igual. Globovisión no lo ve nadie. Sasha era un poco estúpida. Al fin y al cabo, es una modelo. (Y sé que hay modelos que son muy inteligentes, pero ustedes me entienden). Era una de esas chamas que se la pasan tomándose selfies con frases imbéciles para alborotar a cuatro quesudos en el Instagram.

Todo el mundo, como suele suceder en un semi-país como Venezuela, cayó en cambote sobre Sasha. Una mujer como Sasha no está hecha para resistir esas cosas. Es una chama que vive en su mundo de pintalabios, maquillaje y demás mariqueras. Es una chama que no está acostumbrada a los insultos. Muchos comunicadores sociales postearon parrafadas y parrafadas de indignación en sus cuentas. Hablaban de la decadencia de los medios y de no sé cuántas otras cosas más. Los comunicadores sociales siempre me han caído mal. Son como los argentinos prepotentes de las carreras universitarias. Todos se creen Renny Otolina, Alfredo Cortina o Ida Gramcko. Lo peor es que comunicación social es una carrera mediocre y estúpida. La puede hacer cualquier persona que sepa escribir su nombre.

Yolanda, una de las directivas del canal, me citó en su oficina el mismo día de la metida de pata de Sasha. Yolanda es una mujer gordísima, pero lo que tiene de gorda lo tiene de buen corazón. Aunque siempre ha sido estricta y seria cuando hay que serlo. Es de las que tienen consciencia de que Globovisión es un canal que no ve nadie, pero se esfuerza en hacer las cosas bien. “Helena, ¿viste lo de Sasha?”, me dijo Yolanda. “Sí, Yoli. Lo acabo de ver por Twitter”, le respondí. Yolanda me comentó acerca de los insultos que le hacían a Sasha por Twitter y de la perjudicación que todo eso tenía para lo poco que quedaba de dignidad en un canal como Globovisión. “Necesito encargarte una tarea. Sé que puede no gustarte”, me dijo Yolanda. Yo ya sospechaba de lo que se trataba. “Necesito que despidas a Sasha. Por mí se quedaría. Pero sabes como es la gente. Y la gente no se va a quedar en paz hasta que la botemos”, concluyó.

Yo le menté la madre a Yolanda en silencio, aunque la quiero mucho. Me sentí mal por un momento. Nunca me había tocado despedir a nadie. Eso siempre había sido trabajo de mis compañeros. Pensé que, por lo menos, había que darle un tiempo a Sasha para que asimilara todo lo que le había pasado por su error tonto. Sentí que era una ratada el rematar con su despido toda la ola de odio y burlas que estaban colmando su Twitter. Pero, al fin y al cabo, es mi trabajo. Y el trabajo debe hacerse.

No sabía cómo decírselo. Nunca he sido de esas personas que se ha puesto realmente a meditar sobre la cuestión de si es mejor dar un golpe certero, doloroso y rápido, o hacerlo con rodeos, como darle una especie de colchón a la “víctima” para que se vaya preparando para la noticia. Creo que lo que más me molestaba era la idea de ver el llanto de cotufa que tendría Sasha. Ese llanto de doncella en apuros cuando se le descasca la pintura de las uñas. A ella le encantaba salir frente a las cámaras. Y ella era bonita. El problema es que su sitio estaba en alguno de esos programas cotufas y bajos como Portadas, o La Bomba, o porquerías así.

Estaba caminando hacia el camerino de Sasha. Sí. En Globovisión, quienes salen en pantalla tienen camerinos. Cuando pasé cerca de la puerta de uno de los baños del pasillo, escuché un llanto de esos llantos que parecen hipo. Inmediatamente supe que era Sasha. Abrí la puerta y allí estaba ella. Tenía las manos apoyadas en el borde del lavamanos con el grifo abierto. Entiendo que estés llorando, pero sé consciente. El agua no es gratis. Sasha me vio y, sin decirme nada, me abrazó mientras aún lloraba. Yo me quedé hierática, sin mover los brazos. Siempre he odiado el contacto físico. Me incomodaba un poco la cabeza de Sasha apoyada sobre mi hombro. “La cagué, Helena. La cagué”, me dijo mientras, por fortuna para mí, de despegaba de mi hombro.

Decidí que, quizás, el baño no sería el mejor lugar para darle la noticia. O quizás sí. Podría decirle “Te botaron” y cerrar la puerta, como si fuese un criminal de cine negro, y dejarla allí, llorando aún más (aunque procuraría cerrar el grifo antes de irme). Pero no. No es mi estilo definitivamente. La invitaría, al menos, a tomarse un café en la fuente de soda del canal y allí, cuando estuviese un poco más calmada, se lo soltaría todo sin anestesia. Ella comprendería. Y, si no comprendía, no era mi problema. Yo sólo obedecía órdenes.

“¿Quieres que te invite a un café?”, le dije. Ella tardó como veinte segundos en dejar de llorar y decirme que sí. Creo que lo que más le preocupaba era su apariencia y su maquillaje corrido. Se veía constantemente al espejo. Si se le ocurría alguna cosa como sacarse un selfie en ese momento, además de decirle que la habían botado como a una yegua de hacienda inútil a la que ya nadie quiere, le soltaría una bofetada para que dejara la estupidez de publicar cada momento de su vida en redes sociales. Pero no lo hizo. Me siguió.

Cuando llegamos a la fuente de soda, ella pidió una manzanilla. Yo pedí un con leche pequeño. El café con leche de Globovisión es único en el mundo. No sé qué le echan, no sé cómo lo hacen, pero es lo mejor que existe en ese canal. Sasha se tomaba su manzanilla a pequeños sorbitos. Hablaba poco. Yo no sabía sobre qué hablar. A veces, simplemente, una no sabe cómo iniciar una conversación. Podría hablarle de que vi a Yolanda y me encomendó la tarea de despedir a una persona del canal. A una tal Sasha, que en ese momento estaba bebiendo una infusión de manzanilla a pequeños sorbitos.

No hablamos sobre el tema de su metida de pata. Sé que ella no quería hablar de eso y, a decir verdad, yo tampoco. Ya, por lo menos, Sasha había dejado de llorar. La infusión le había hecho bien. “¿Y tú cómo estás, Helena?”, me preguntó. Yo le dije que normal. Ya en Venezuela no se puede utilizar el eufemismo de decir “Estoy bien”. Nadie está bien en esta mierda. Quizás los dirigentes del Partido Socialista, que son los únicos que no tienen que hacer malabares con el dinero.

Habían pasado unos veinte minutos. De esos veinte minutos me bastó uno para hacerle a Sasha un resumen de quién era José Antonio Abreu. Omití la parte sobre por qué su muerte no me dolía. Una persona como Sasha quizás no entendería esas cosas. Ella sólo se limitó a responder un “Ah” mientras terminaba el último sorbo de la infusión de Manzanilla. Habíamos estado veinte minutos en la fuente de soda y aún no le había dado la noticia. Estaba tardando más de la cuenta.

Cuando estaba intentando darle vuelvas al tema para entrar, como un espiral, a la notificación de su despido, Sasha me dijo que yo había sido la única persona de todo el canal que se había preocupado por ella. Yo puse cara seria (o, mejor dicho, continué con cara seria). A mí no me importaba ella. Yo sólo había ido allí a despedirla y a brindarle una manzanilla para que el golpe no fuese tan duro. “Para eso estamos”, le respondí en una mentira compasiva. Ella se levantó de la silla, me abrazó y me besó la cara. Yo me volví a quedar hierática y con los brazos apoyados en los brazos de la silla. Realmente odio el contacto físico.

“¿Quieres ir a tomar algo?”, me dijo Sasha. “Conozco un bar por las Mercedes que hace unos tragos buenísimos y es de un amigo. Él no nos cobrará nada”, propuso. Yo no supe qué decir. Podía argumentar que aún estaba en horario de trabajo, pero Sasha sabía muy bien que el canal me consentía tanto que, prácticamente, me dejaba salir a la hora que quisiera. Aunque de ese privilegio casi nunca hago uso. Me siento cómoda en mi trabajo. Pensé en si su propuesta a tomar algo seguiría en pie luego de que le diese la noticia. Pero tenía una sonrisa tan tonta, que me dio lástima cortarla de tajo. Le dije que sí. Ya le daría la noticia en el fulano bar de las Mercedes.

El bar de las Mercedes se llamaba Mango’s. Yo, sinceramente, no lo conocía. Estaba vacío. Éramos las únicas “clientas” que había. Pongo “clientas” entre comillas porque, como había dicho Sasha, el bar era de un amigo de ella que nos estaba regalando los tragos. Pedimos una pecera azul para las dos. Sasha se bebió, en tres minutos, el 95% de la pecera. Yo sólo pude probar un sorbo. Estaba divino. El bar era agradable. Era limpio, tenía aire acondicionado y tenía puffs en el piso. Pedimos una segunda pecera, esta vez anaranjada. En tres minutos, Sasha se la volvió a tomar casi toda. No sé si era despecho lo que tenía. Tuve miedo a que se emborrachara. Aunque, cuando lo pensé mejor, pensé que podría ser mejor. Así se tomaría mejor la noticia de su despido. O quizás peor. Mientras no me estrellara la pecera en la cabeza, todo estaría bien.

“Yolanda me mandó a despedirte, Sasha”, le dije sin anestesia. Ella estaba muy borracha, yo estaba borracha también, pero menos que ella. “¿Qué?”, me dijo. En el bar había una música que era como un techno extraño. Estaba un poco alta. No sé si el “¿Qué?” que me había dicho Sasha era por no haber oído bien o era una respuesta impresionada ante la noticia de su despido. Le repetí exactamente lo que le había dicho. Sasha se quedó mirándome por un momento. En vez de gritar, acercó su boca a mi oído. Ya no estábamos solas en el bar (aunque prácticamente). Una pareja había llegado, aunque se había ido al otro extremo. “Yo sé, Helena. Lo supe desde el primer momento”, me dijo.

Al día siguiente, ella volvió a trabajar como si nada. Al principio, llegué a pensar que la borrachera de la noche anterior le había podido hacer pensar que lo del despido fue una imaginación, un efecto de las peceras y los Martinis. Se le notaba la resaca. A mí un poco también. Pero no había sido un malententido. Globovisión la había vuelto a contratar. A mí me daba igual. No quise preguntarle a Yolanda qué había pasado. Supongo que todo había sido una reacción mientras pasaba la ola de la opinión pública. Puede que Sasha sólo sea una cara bonita. Pero, al fin y al cabo ese canal no lo ve nadie.

T.M.

 

 

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