Un misil en mi placard

En la radio del Corolla suena “Un misil en mi placard”. Creo que es una versión acústica. Nunca he sido fanático de Soda Stereo. Pero me gustan algunas canciones de ellos. Me pregunto qué será un placard. La voz del papá de Cristina me distrae. “Cuídense mucho”, nos dice. “Mosca con una vaina. Y corran duro si la guardia se pone Popy”. Siempre me dio risa la expresión “Ponerse Popy”. Al menos me dio risa en esa circunstancia. Yo crecí con la leyenda urbana de que Popy le pegaba a los niños. No sé si sea cierto. Popy nunca me gustó. Me daba miedo.

Me aturde un poco el poco de banderas que ondean por la Francisco de Miranda. Nunca he sido un gran fan de Venezuela. Pero marcho porque quiero un cambio. Creo que la oposición nos ha convencido de que un cambio es posible si salimos a marchar mientras ellos ven el fútbol en sus casas. Me siento protegido con Cristina. Fantaseo alguna situación en la que le salvo la vida en medio de una atmósfera épica de perdigones y de humo de bombas lacrimógenas. La típica situación cliché del “Mi héroe”.

Pero soy todo menos héroe cuando la guardia me detiene. ¿Cómo coño me pudo a detener? Yo procuré estar atrás. En la vanguardia es que atrapan a la gente. Quizás fue un descuido mío. Me montan en una moto. Ya me han sacado un morado. ¿Gritar? ¿Para qué gritar? Lo mejor será poner cara de drama para la foto que saldrá en los muros de Facebook. Pero tengo miedo. Desde hace un tiempo no veo a Cristina. Me corre la idea de que ella será la que  pueda venir a salvarme a mí. Todo lo contrario a mi heroica fantasía. Pero no viene nadie.

Tengo ya mucho tiempo encerrado. No sé cómo se llama esta cárcel. Me cubrieron los ojos al venir acá. Se oyen pajaritos a ciertas horas del día. El pan es duro. Pero el pan nutre. Se oye mucho monte. Se oye mucho verde. No sé por qué tengo la impresión de que estoy en San Juan de los Morros. Pero quizás la gente no lo sabe. Todo lo que no sea Caracas es monte y culebra. No hay ventanas en la celda. Sólo hay grietas. Pero son grietas pequeñas. Se nota que son grietas que tienen mucho tiempo allí. Se nota que esto lo han convertido en cárcel. Esto antes no era una cárcel. ¡Ni de vaina!

¿Por qué mi familia no ha preguntado por mí? Puede que piensen que estoy muerto. El gobierno es experto en censura. La guardia es experta en censura. Nunca he sido un gran hijo ni he tenido un gran futuro. Pero sé que mi familia me quiere. ¿Dónde estará Cristina? ¿Por qué nunca le dije que la deseaba y que me gustaba un poco? Hay aquí dos guardias. Nunca he sabido sus nombres. Son precavidos y se cubren los nombres bordados que están en los uniformes oliva. Yo los identifico como Rata 1 y Rata 2.

Rata 1 es la peor escoria del mundo. Goza torturándome. Siempre me dice que el día presente será el último día. Rata 2 también es una rata. Pero es menos rata que Rata 1. Rata 2 me da tiempo para prepararme para los ganchos y las cosas que provocan un dolor que ya no me duele. Rata 1 es un fanático de la revolución. Siente que todo lo que no sea PSUV debe ser exterminado. Rata 2 sólo cobra su salario y cumple con su deber. Se cubren los rostros siempre. Pero las voces siempre suenan distintas. El único rostro que veo es un afiche de Maduro con un corazón. Mi verdugo es mi única compañía.

Yo no sé si fue un descuido inconsciente o sólo un descuido. El hecho es que Rata 2 no ha pasado la llave a la puerta. Me doy cuenta por una pequeña fisura en el cerrojo. ¿Se burlan de mí? Puede que sepan que no han pasado la llave a la puerta. Quizás quieren reírse de mi intento de escape y matarme en medio de éste. Pero parecían tan distraídos. Los guardias nacionales bolivarianos no son tan hábiles para planificar cosas así. Lo de ellos es torturar. Lo de ellos es gritar. Lo de ellos es matar. ¿Querrán matarme?

Me lo pienso. Pero tampoco me lo pienso mucho. La vida dentro de una celda no es vida. Me acuerdo de un chiste tonto. Un chiste que contaba un amigo ingeniero informático amigo de un amigo. Decía que los ingenieros informáticos vivían prisioneros en las celdas de Excel. Me río solo. Mi esperanza es legítima. Tenía mucho tiempo sin reírme. Eso es buena señal. Creo que no me importa mucho intentarlo. Afuera todo es el abismo. Todo es un agujero obscuro. Podré componer una autobiografía brutal si todo sale bien. Se venderá en Tecniciencia. Anda. Levántate. Ni grites por las llagas que te duelen. Inténtalo.

Abro la puerta. Abismo. Obscuridad. Voces lejanas. Supongo que el truco será no seguir las voces. Seguir la luz de la luna. Donde haya luz significa que puede haber una salida. Me desplazo. Me arrastro. He sido cuidadoso en cerrar la puerta de la celda. Hay cajas. Hay afiches de maduro y afiches de Chávez en el pasillo. Silencio. Sigo. Silencio. Unas voces se acercan. Pero hay donde esconderse. No es tanto que haya donde esconderse. Sólo cajas. Pero hay sombra. Mucha sombra. Y yo soy sólo una sombra más ensombrecida entre dichas sombras. Al menos lo soy desde que me atraparon y me apartaron de todo.

Puerta a otro pasillo. La puerta gira sobre sus goznes. No hace ruido. Pensé que haría ruido porque las puertas son viejas. ¿Qué habrá sido esto antes? Hay voces que se mueven. Hay luz. Estoy más cerca de lo que piensan ellos. Una ventana abierta. Patio. La puerta del patio está abierta. ¿Será que sí? Salto por la ventana con todo el dolor descriptible. De todas formas es una planta baja. El dolor es por una de mis llagas frescas. La llaga rozó con una piedra. Pero la libertad es más grande que la llaga que desprende su costra.

Tenía tanto tiempo sin pisar grama. Qué brutal es la grama. Está hasta un poco humedecida. Esos dos segundos fueron sólo para mí. La gente no aprecia la grama cuando es libre. Pero no puedo pasar tanto tiempo recordando mi infancia. Hay que seguir. Ya veré cómo me regreso de San Juan de los Morros (si es que estoy en San Juan de los Morros). “¿Se te perdió algo, camarada?”. Es la voz de Rata 1. Por primera vez tiene el rostro descubierto. Su rostro de rata. No sé qué me hará. Tendré suerte si regreso a la celda a pensar acerca qué es un placard.

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Un yogurt con 17 toppings

La Carlota, bajo las nubes grises, era un campo de guerra; iban y venían fotogramas y pinceladas de lo que, cada vez más, parece una guerra civil. Las detonaciones, veloces y vivaces, tronaban sin recato por todos los rincones; nadie sabía hacia dónde mirar. La Guardia Nacional, organizada en barricadas móviles, cerraba el paso cada vez más estrecho;  las posibilidades de huir iban despareciendo. Un Schnauzer, desorientado y tembloroso, escondía la cola entre las patas; tenía amarrada una bandana tricolor que era el epítome de mucha estupidez. Los escudos, pintados con diversas consignas patrioteras, resistían la represión rigurosa; ¿qué sería de las dictaduras si no existiese la fuerza bruta?

Andrea, tras experimentar un dolor que no le era familiar, cayó al asfalto; un proyectil la alcanzó por la parte del talón. Tres encapuchados, profiriendo gritos que parecían un lenguaje ajeno, la levantaron y la llevaron a un lugar más seguro; Andrea, recostada, veía todo el enfrentamiento, experimentaba, en carne propia, una suerte de teicoscopía. Las líneas telefónicas, al igual que los paramédicos directos, estaban colapsadas; Andrea tenía que esperar mientras sentía el contacto del plomo y el hueso. Otros manifestantes, de distintas e impensables formas, iban colapsando; parecían pinos débiles en la mesa de un mal boliche. Un motorizado, identificado con una cruz verde y simétrica, la ayudó a subir al vehículo; a toda marcha se fueron a la clínica.

Por suerte, Andrea, ya pasados unos días, está fuera de peligro; hoy, o mañana, la dejarán irse a casa. Andrea, durante una época, trabajó en la misma franquicia de Yogen Früz en la que su papá servía de gerente. Cuántas veces no habremos comido con descuento (y, a veces, gratis) gracias a ella. Sin embargo, hubo una en especial que es la que me encantaría recordar en este texto.

Volvíamos de casa de Juan Pablo. Andrea, ebria, al igual que yo, cantaba, sacando la cabeza por la ventana del copiloto, una estrofa de Desorden Público: “Y eso mismo ocurre a todos, placeres que vuelven loco, que tu cuerpo sea tu reino, marcha hereje hasta el infierno”. El cinturón de seguridad, siempre tolerante, se enroscaba y se desenroscaba al mismo ritmo de los movimientos coreográficos de Andrea; el sonido, apenas distinguible entre el de las bocinas, me daba risa nerviosa: “fuuuush”, “wuiuuuuuu”, “fuuiuuushh”. La autopista, como es costumbre en la Caracas de madrugada, estaba casi desierta; las vallas, a veces, son las mejores acompañantes para los conductores solitarios. Dos luces de policía, azules y rojas, daban, a lo lejos, vueltas sobre su eje; lo poco que quedaba de autoridad para esa época.

-Tomás, tengo una idea.

-¿Cuál, Andrea?

-Adivina qué tengo en el bolso.

-¿Un Triceratops?

-No.

-¿Dos Triceratops?

-¿No tienes hambre?

-Siempre.

-Tengo las llaves del Yogen Früz.

-Vamos, pues.

Mal estacioné, un poco a la intemperie, sobre la acera. Nos bajamos. Andrea, tras sacar las llaves de su bolso y luego de más de quince intentos (no exagero), abrió el candado de la santamaría y luego la puerta del local. Cerramos todo luego de pasar. Andrea, un poco a tientas, encendió las luces y activó unos suiches que hicieron girar las máquinas a las que les colocaba la mezcla contenida en unos grandes envases asépticos. Desde una alacena, extrajo un bol plateado.

-Tomás, ¿de qué lo quieres?

-Andrea, eso es demasiado grande.

-Tú dijiste que tenías hambre. Vamos a llenar esto de yogurt helado y nos lo comemos.

-¿De qué hay toppings?

-De todo.

Galletas, chocolate, sirope, maní, avellanas cubiertas, chispitas. La mezcolanza, a pesar de lo grande del bol, parecía que se iba a desbordar. 17 Toppings. Nos sentamos en unos cojines rosados y comimos, al igual que dos niños. Fue un crimen precioso, un robo sin víctimas y con mucha alegría (aunque, evidentemente, no nos lo terminamos), un campo de dulce guerra, no como La Carlota.

 

Tomás Marín