Estampa literaria de Caracas Nº 2

Primitivo (les juro por Dios que se llama Primitivo) se coloca su uniforme. Le gusta el olor a ropa recién lavada. Aprecia más este olor desde que en Caracas se hizo tan difícil conseguir detergente. Le gusta su trabajo. No es el mejor trabajo del mundo, pero a él le gusta. Primitivo es el encargado de barrer las hojas del tramo número siete de la autopista de La Lagunita. No le gusta usar esas máquinas que son unos tubos que soplan. Piensa que son una mierda. Piensa que lo que hacen es desordenar toda la tierra, todas las hojas y toda la basura. Él es más del estilo clásico. Prefiere el rastrillo, la escoba y la pala. Si hace falta, recoge las hojas secas con sus propias manos. Para eso tiene guantes. Son las nueve de la mañana. Hace un sol delicioso. Sólo falta un tramo por recoger. Sólo queda retirar maleza de un barranco cercano a un parque. A uno de esos parques infantiles que tienen el logo de la alcaldía del Hatillo. A uno de esos parques infantiles que no usa nadie. Primitivo escarba. Encuentra el cadáver de un muchacho.

El cadáver no está ni fresco ni descompuesto. Primitivo, del asombro, se echa para atrás. No es un hombre particularmente de alma ni de corazón endurecidos. El cuerpo tiene una bala incrustada en el pecho. Tiene el tórax reventado. Primitivo intenta no verle la cara. La cara de un cuerpo inerte es la peor imagen que puede haber. No es como en las películas, ni siquiera como en los documentales. Sólo en vivo se puede apreciar el verdadero rostro de la muerte. Una mosca verde, de esas moscas asquerosas, se da vida alrededor de la herida. La herida está seca. La sangre es sólo una mancha coagulada.

Pedro Castañeda, director de la facultad de Teología de la Universidad Católica Andrés Bello, está tratando de cerrar una carpeta. Se siente un tonto. LLeva más de un minuto intentando cerrar la carpeta. Todo sería más fácil si no tuviese la otra mano ocupada. No quiere derramar su café ni quiere colocarlo en el suelo. Finalmente, logra cerrar la carpeta. Ya puede buscar, en el bolsillo de su sotana, las llaves de su carro. Hay poca gente en el estacionamiento de la universidad. Pasa un Spark amarillo. El Spark amarillo hace sonar la corneta con prudencia. Óscar y Mariana saludan, desde el Spark amarillo, a Pedro Castañeda. Pedro Castañeda devuelve el saludo. Pedro Castañeda los aprecia. Los dos son buenos estudiantes. Aprecia más a Mariana. Mariana es una muchacha inteligentísima. Sus exposiciones parecen películas. Siempre habla de cómo quiere irse del país. El Spark sale por la puerta de la universidad. “Hacen bonita pareja”, piensa Pedro Castañeda mientras coloca la carpeta en el asiento trasero de su carro, que se ha calentado por culpa del sol.

Oropencio González, oficial de la Policía Nacional Bolivariana, da el alto. La calle está trancada. De todas formas, el Spark amarillo no tendría hacia donde huir. Oporencio desenfunda su pistola de reglamento. Un compañero lo secunda. Ése tiene que ser el mismo Spark que se describió en la denuncia que hizo una vecina. El Spark amarillo se detiene. Ismael abre la puerta del piloto. Se baja. Se echa al suelo con las manos en la nuca. No opone resistencia de ningún tipo. Oropencio lo esposa. Para ser Policía Nacional Bolivariano, Oropencio es relativamente honesto. Oropencio sube a Ismael a la patrulla. Lo lleva a comisaría. “Ojalá haya recompensa”, piensa.

Ismael no miente. No sabe mentir. Piensa que, de saber mentir, su carrera como delincuente y como hampón, quizás, hubiese sido más exitosa. Responde a las preguntas con sinceridad. Colabora. Admite que él mató a Óscar. Tiene gran frialdad a la hora de decir sus palabras. Es como si sintiera una especie de orgullo. Ismael frunce el ceño cuando le preguntan por Mariana. “Yo maté al chamo, no a la chama. Lo juro por mi madre y por Dios”, dice Ismael mientras besa su pulgar y su índice, que anteriormente ha intersecado, para que formen una cruz.

Mariana está preciosa. Coloca la mano sobre la de Óscar cuando Óscar la tiene sobre la palanca de velocidad del Spark amarillo. Mariana se traga su rabia. La tiene mezclada con el amor que siente por Óscar. Mariana quiere irse del país. Mariana quiere disfrutar lo que le queda de juventud. Mariana quiere disfrutar del lujo de no morir asesinada. Óscar siempre le ha puesto todos los peros del mundo. Como él tiene un buen trabajo asegurado, gracias al papá, pretende que ella se sacrifique. “¿No quieres mantener la relación?”, siempre concluye Óscar cuando se ve acorralado por los argumentos de Mariana  y por su deseo de largarse. Ismael ve a Mariana. La ve a través del vidrio del copiloto del Spark amarillo, que no es ahumado. Ismael se prenda de Mariana. Es la muchacha más espectacular que ha visto en su vida. Tiene el cabello castaño claro. Tiene las cejas delgadas. Tiene la piel del color de la piña colada. Qué diferencia con las mujeres grotescas de Casalta. Todas parecen unas bachaqueras. Ismael no se va a quedar tranquilo. Tiene que ir detrás de ella. ¿Qué importa Óscar?

Ismael se ríe en algunas partes de la declaración. No tiene problema en declararse culpable. Sabe que, en la cárcel, no le harán nada. Quizás no lo sabe, pero lo espera. Él sabe defenderse. Siempre ha sabido defenderse. Vuelve a reír. Su risa es un poco escabrosa. Da algo de miedo. “Lo que me da risa es que me vayan a meter preso precisamente ustedes, la Policía Nacional Bolivariana. La Policía Nacional Bolivariana no es más que un grupo de asesinos de mierda. ¿Es que no matan estudiantes y niños en cada protesta que hay?”, protesta Ismael. Una secretaria toma la declaración. La secretaria tiene las uñas largas. La secretaria escribe “Asesinos” con c. Ése es el nivel de profesionales que hay en el país.

Ismael se acerca al Spark amarillo. Se vale de que habla bien. Por razones de la vida, el papá de Ismael era un hombre medianamente culto. Incluso, tenía un programa de radio en una de las emisoras de Fe y Alegría, en donde hablaba de ciertos libros. Ismael no habla como un malandro. Sabe pronunciar las eles y las erres. Ismael va directo al grano. Dice que tiene joyas, que las vende a buen precio porque quiere irse para Chile. Dice que esas joyas se pueden vender en dólares, pero él se conforma con bolívares. Dice que tiene un contacto en el Banco Central que vende dólares preferentes. Eso ya atrapa la atención de Mariana. Puede ser una posibilidad para irse del país, aunque suene descabellada y tonta. No se puede descartar nada. Sabe que las joyas pueden ser robadas. Pero no importa. Todo es válido en la carrera por escapar del socialismo del Siglo XXI. Incluso a Óscar le interesa la oferta. Nada más cotizado que los dólares. Ismael dice que las joyas están cerca. Están escondidas cerca de un parque por La Lagunita. No por nada malo, sino para evitar que se las roben.

A veces, Óscar y Mariana dudan. Están siguiendo a Ismael, quien trota por delante de ellos. Es que ni siquiera está mal vestido. El parque queda bastante cerca. Las joyas están bastante cerca, según Ismael. “Marico, arranca. De pana no sé. Es como demasiado bueno para ser cierto”, dice Mariana. “Al primer movimiento raro que vea, piro con todo”, contesta Óscar. Ismael sigue trotando por delante de ellos. Saluda a algunos carros que pasan. Algunos carros le contestan el saludo. Esto tranquiliza sobre todo a Mariana. ¿Cómo puede ser malo un hombre al que algunos carros saludan amablemente?

El Spark amarillo tiene que orillarse. No puede avanzar más. No puede adentrarse dentro del parque. Óscar coloca las luces intermitentes y se baja. “Es por allá”, dice Ismael mientras señala con su dedo un rincón del parque. Es un rincón apartado, realmente apartado. “No te pido que me las compres de una. Pero, al menos, dales una oportunidad”, completa, con una voz segura. “Si quieres, yo me quedo aquí”, dice Mariana. “Me da paja que venga un PoliHatillo y remolque el carro. Mejor me quedo aquí y, si tengo que mover el carro, lo muevo”, propone. A Óscar y a Ismael les parece una buena idea. De todas formas, sólo serán unos minutos. Mariana, sin bajarse del carro, se pasa del puesto del copiloto al puesto del piloto. Óscar, a través de la ventana, se despide de ella con un beso. Ismael y Óscar se dirigen hacia el punto convenido.

“No te preocupes, panita. Tienes derecho a tener miedo. Pero te juro que soy una persona seria. Lo único que quiero es irme de esta mierda. Estoy harto de la delincuencia, de la escasez y de todo”, dice Ismael. Óscar se tranquiliza. “Ya te traigo las joyas”, dice Ismael. “Es sólo para que las veas y me digas si te gustan. Incluso, podemos ir a una joyería para que veas que son de verdad. Yo no tengo por qué engañarte”, asegura. Óscar da la espalda. Ismael lanza el primer ataque. Óscar, de alguna manera, lo veía venir. Se defiende. Desde el Spark amarillo no se ve nada. Mariana está sentada en el asiento del piloto viendo a los carros pasar. Ismael, al fin y al cabo, es un delincuente profesional. Inmoviliza a Óscar. Lo amarra con una cuerda que ya tenía preparada. La trampa parecía demasiado estúpida, pero siempre hay un estúpido que cae. Le tapa la boca con un trapo. Le pega en la cara. Lo deja allí.

Ismael regresa a donde Mariana. Acomoda su semblante para que parezca preocupado. “Chamita, ven. No sé qué le pasó a tu novio, pero tiene algo. Ven para que lo ayudes”. Mariana le cree, aunque no quiere creerle. Piensa en encender el carro, acelerar y mandar todo a la mierda. Pero lo piensa mejor. Se baja del carro. Igual vendrá a echarle una ojeada de vez en cuando, para que no lo remolquen. No cree que sea tan grave lo de Óscar. La expresión de Ismael es de preocupación, no de tragedia. Mariana camina al lado de Ismael hacia donde está Óscar. Óscar no puede pedir ayuda. Tiene la boca tapada por un trapo, como en las películas malas, como en los relatos malos. Mariana actúa rápido. Ataca a Ismael. Tiene con qué. Pero Ismael sabe defenderse. No quiere el carro. No quiere dinero. La quiere a ella.

Mariana corre. El error de Ismael es no sacar el arma de fuego a tiempo. Mariana corre y sigue corriendo. Se le escapa. Sabe que el precio de su huida será la viudez del noviazgo, el tener una pareja asesinada por el hampa. Pero Mariana corre. No se detiene. ¿De qué sirve tener un novio vivo en un país de mierda como éste? ¿No es ése el mismo novio que no quiere irse? ¿No es ése el mismo novio al que no le interesa lo que le pase a ella porque él tiene un buen trabajo asegurado gracias al papá? ¡Que lo jodan! ¡Que lo maten! Si Ismael quiere quedarse con el Spark amarillo, que se lo quede. El carro, a fin de cuentas, no es de ella. Ella sólo quiero irse de ahí. Ella sólo quiere comprar en un mercado lo que le dé la gana. Ella sólo quiere tener un trabajo que sirva para algo. Ella sólo quiere hacer un posgrado. Ella sólo quiere disfrutar lo que le queda de juventud. Ella sólo quiere disfrutar del lujo de no morir asesinada. Mariana corre. Mariana corre. Mariana corre.

 

Tomás Marín

Relato inspirado en el texto “En el bosque”, de Ryunosuke Akutagawa.

 

 

 

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“El Bebé”

Me iba desmayando cuando el profesor anunció que parte de la tarea consistía en subir cerros. ¿Qué voy a andar buscando yo por allá, que no sea que me peguen un tiro? Pero no podía quejarme. Al fin y al cabo, era parte de la carrera. No podía dejar que mis buenas notas y mi excelente desempeño se vieran empañados por no querer hacer la asignatura. Además, me acompañaría el resto del grupo. Se me había ocurrido hasta pagarle a alguien para que subiese por nosotras, pero era una idea estúpida y mediocre. Había que aceptar las consecuencias.

Era parte de una electiva. Una electiva de la que me arrepentí, en ese momento, de haber elegido. Trataba sobre voluntariado y esas cosas. La tarea consistía en ir a uno de los barrios que estaban en la lista del profesor (que tenían conexión con algunos programas de Fe y Alegría) y, durante cuatro semanas, dictar unos talleres de escritura y matemáticas básicas. La parte de dar clases sí me atraía un poco. Era algo que se me daba bien. Además, solía, durante algunas tardes, ayudar a mis compañeros con algunas cosas que no entendían. Tutorías.

José Andrés, uno de los que formaba parte de nuestro grupo de trabajo, sugirió que eligiésemos el barrio El 70. Creo que argumentó que la peluquera de no sé cuál de sus tías vivía en El 70, o algo así. El resto dijimos que sí. Creo que nos daba un poco igual el 70 que el 12, el 20 o el 84. Para nosotros, todos los barrios son iguales. Son como una gran marea gigantesca y deforme de ranchos y de gente extraña que se pasa la vida echando tiros, tomando anís Cartujo y haciendo vainas raras relacionadas a la brujería.

Ya habíamos asignado las materias y los métodos que daría cada uno. Había que presentar a la universidad un proyecto serio y bien argumentado. No era que íbamos a subir a explicar cualquier mamarrachada. Hicimos unos cuantos ajustes, pero el profesor nos aprobó todo. Al fin y al cabo, estábamos representando a la Católica. A mí me tocaba explicar matemáticas. No era tan buena con los números como lo soy para las ideas, la sintaxis y las letras, pero, de todas formas, era matemática básica de primaria.

José Andrés me vino a buscar en su carro. Yo me había vestido de manera sencilla. Tenía una cola de caballo que me quedaba cuchi. Unos jeans sencillos y una chemise (esto era obligatorio) con el logo bordado de la universidad. José Andrés tenía la dirección en el GPS. Con el resto del grupo, nos encontraríamos allá, directamente en el barrio. El barrio El 70 queda por El Valle. Ésa era una zona desconocida para nosotros. Si acaso, habíamos pasado alguna vez, pero, sin duda, no era una zona que frecuentásemos.

Desde las mismas aproximaciones, ya todo me daba como mala espina. Odio que me miren raro, y allí todo el mundo nos miraba como si fuésemos extraterrestres. Yo apartaba la mirada un rato como por pena y vergüenza, pero, en lo que la volvía a subir, allí estaba todo el mundo mirándonos con ojos fijos. Nadie decía nada. Una señora morena con el cabello blanco se balanceaba sobre una mecedora. Una muchacha como con tres embarazos al mismo tiempo revendía abiertamente medicinas para la tensión.

José Andrés no sabía donde estacionar. Habíamos dado como tres vueltas. El resto del grupo había ido en taxi. Yo no sé por qué entre José Andrés y yo no pagamos un taxi. Era algo de él. Era como que prefería tener el carro allí cerca, como por si hacía falta salir corriendo en caso de alguna emergencia. Un señor arrugado, encorvado, manco, tuerto y con la piel repleta de escaras, se acercó a Juan Andrés por la ventana del piloto. Decía que era uno de esos “bien cuidaítos”. Yo no quise opinar. Al fin y al cabo, el carro no era mío. Si le robaban el carro a José Andrés, mi trabajo como amiga se limitaría a decirle “verga, qué chimbo, marico”.

Decidimos confiar en el hombre. Al fin y al cabo, José Andrés tenía las llaves. Eso no es sinónimo de seguridad ni de nada. En Caracas, un ladrón, con tal de robar, sabría hacer rodar hasta un ladrillo. Pero era como un consuelo un tanto estúpido que teníamos. De todas formas, decidimos no pensar en eso más. Nos detuvimos a comer una empanada y una malta que vendía una señora dentro de una bodega. Era sábado en la mañana y no habíamos desayunado.

Comenzamos a subir escaleras. La vaina parecía interminable. La gente, desde las ventanas (o los huecos ésos que hacen de ventanas entre los bloques que conforman los ranchos), nos seguía viendo como si fuésemos extraterrestres. Me ladillaba demasiado. Ya nuestros compañeros de grupo estaban arriba. No nos comunicábamos con ellos porque a José Andrés le daba miedo sacar el teléfono. De todas formas, José Andrés era imbécil. Se había llevado su teléfono caro, sólo por lo del GPS. Yo hubiese preferido anotar todo bien y no llevar un teléfono tan tentador como aquél. Yo llevaba un Nokia viejísimo, que había sido de mi hermana mayor hacía años y que todavía funcionaba. De todas formas, ya no quedaban muchos escalones.

Por fin llegamos arriba. Yo me sentía como si hubiese escalado el Everest, un Everest tercermundista y que olía mal. Pero estaba satisfecha de poder hacer algo. De poder intentar ser útil para la gente. De poder cumplir con la materia. Nos recibió uno de los representantes de Fe y Alegría. Esa gente es muy de pinga, porque hace una labor loable (aunque no sé si lo hacen más para evangelizar que para educar), pero hablan de Fe y Alegría como si fuese un parque de diversiones. Ponen un acento un poco al estilo de los Valentinos que me medio saca la piedra. Pero daba igual.

El saloncito era paupérrimo, pero tenía una pizarrita cuchi, de ésas que funcionan con tizas. Los niños eran un amor. Habían unos que eran insoportables, pero la mayoría, de pana, tenía como un no sé qué que engancha, como unas ganas de aprender y de echarle bolas para salir de la miseria mental y monetaria. Uno de ellos hasta se puso a llorar cuando una resta le salió mal, pero él mismo la resolvió. Era un chamito inteligente, se llamaba Yonanderson. A veces, siento que la gente en los barrios escoge los nombres metiendo sílabas al azar dentro de una tómbola.

Saliendo de una de las clases, yo estaba feliz. Los niños, en conjunto, me habían hecho un collage de colores que tenía mi nombre. El collage, objetivamente, era una puta mierda, pero estaba hecho con muchísimo esfuerzo. Y esos gestos se agradecen. Habían aprendido bastante. Ya estábamos por la fase de las multiplicaciones. Cuando guardaba el collage en mi archivador (donde seguramente reposaría hasta el fin de los días), se me acercó un chamo que de pana me hacía temblar. Tenía la mirada como apagada y era flaquísimo. Además, andaba medio en harapos, pero era la mirada lo que más me inquietaba. Pensé que iba a atracar ahí mismo, pero no creí que alguien pudiese ser tan cara de tabla.

“Muy buenos días, ¿usted es la señorita Helena?”, me dijo. Me sorprendí por su educación. Obviamente, pensaba que me iba a salir con una de esas jergas raras que usan en los barrios, al estilo de “qué lo que fue, menol”. Le respondí que sí. “Yo soy el emisario del “Bebé””, me dijo. Yo me quedé un rato en silencio. No sabía qué decir. Él se me quedó viendo con esa mirada apagada que me inquietaba tanto. Creo que estaba esperando a que yo respondiese. Me pareció raro, desde un momento, que una persona como ésa utilizase la palabra “emisario”, pero quizás eran prejuicios míos.

“El “Bebé” quiere verte”, continuó, al ver que yo no terminaba de reaccionar. “¿Y quién es ése?”, pregunté yo, apostando a la suerte, esperando que el muchacho de la mirada apagada se fuese o, al menos, cambiase el tema. “El “Bebé” es el que manda aquí”, me respondió. “Es el pran del barrio”, completó. Yo no sabía qué decir. El corazón se me aceleró y sentí que se me abría un agujero negro en medio del pecho. Miré a mis compañeros. Ellos estaban distraídos hablando, a pocos metros de mí, con los guías de Fe y Alegría. El muchacho de la mirada apagada no cesaba de increparme con sus ojos sin brillo, esperando a que yo dijese algo.

“Tengo que consultarlo con mis compañeros. No sé si tengo permiso de ver a personas ajenas a este proyecto”, fue la respuesta más salomónica que pude encontrar. No sé si el muchacho de los ojos apagados notó que la voz se me quebraba un poco por el miedo. Quizás lo hizo, pero decidió hacerse el loco. No dijo nada. Yo me acerqué hacia mis compañeros. Él me siguió. Le pedí, muy amablemente, que me dejara hablar un momento a solas con mis compañeros. Él accedió y se alejó un poco, pero no dejaba de verme, como si fuese un centinela.

“Mierda”, dijo uno de los de Fe y Alegría. Era la primera vez que le escuchaba decir una grosería a uno de ellos. Su léxico, generalmente, era el de un libro de preescolar escrito por un subnormal. Yo estaba casi hiperventilando. José Andrés sugirió llamar a la universidad. Era una de esas ideas inútiles que la gente lanza por lanzar. Nadie conocía en persona al “Bebé”, pero sí conocían sus hazañas. Cada cierto tiempo, las páginas de sucesos de algunos periódicos de alto y bajo alcance narraban sus peripecias. Más de cuarenta muertos llevaban su firma.

“Podemos ir todos”, sugirió uno de los de Fe y Alegría. Me pareció una idea no fantástica, pero, por lo menos, la más sensata de todas las que habían propuesto. Al menos, no me sentiría tan sola. Al menos, sería más difícil que nos hiciesen algo a todos juntos. Era un consuelo estúpido cuando se trata de ver a alguien que ha asesinado a más de cuarenta personas, muchas de ellas decapitadas y arrojadas al riachuelo, pero no teníamos otra. ¿Por qué me querría ver el pran del barrio? Maldita sea la hora en la que se fijó en mí. Y yo procuré no llamar la atención. No vestir con ropa atractiva. No es mi culpa ser bonita.

Le dije al muchacho de ojos apagados que habíamos acordado ir todos. Que era supuesta regla de la Universidad Católica que los miembros del grupo no se separasen. “Es que él me dio la orden de verte sólo a ti”, me dijo, como intentando proferir no una disculpa, sino una orden que estaba, evidentemente, por encima de él. Yo insistí en mi posición de ir con el grupo. De repente, el muchacho de ojos apagados comenzó a hablarme en su idioma verdadero, creo que comenzaba a perder un poco la paciencia, pero sin alzar la voz. “De aquí no se puede ir nadie hasta que el “Bebé” te vea”, me dijo. “Y sólo a ti”, reiteró. “El coño de mi grandísima madre”, me dije para mis adentros.

Él me escoltó durante el camino. Era un camino largo y lleno de tierra. Ya la gente no se asomaba más por las ventanas. Era como si, ante el paso del emisario del “Bebé”, todos se ocultaran, como si la mera sombra del pran del barrio obligara a todos a mirar hacia otro lado, a evitar problemas y balas. El muchacho de ojos apagados no me decía nada. Cuando lo vi de espaldas, pude ver que estaba armado, bien armado, pero decidí no hacer preguntas. Quería ponerme a llorar. Pensé en salir corriendo, pero sabía que mi insolencia podía ser castigada con mi cabeza rodando por el famoso riachuelo.

El “Bebé” vivía en una especie de rancho-casa. Era una vivienda que destacaba sobre todas las demás del barrio. Tenía como otros escoltas relativamente parecidos al muchacho de ojos apagados. Todos armados con armas largas. Me sentía en zona de guerra. En mi cabeza, estaba casi despidiéndome de mi mamá. El emisario dijo una especie de contraseña para entrar. Así se maneja esa gente. Así de sofisticadas son las mafias que operan en el país. Más organizadas que el mismo gobierno que las oxigena y les da vida.

El “Bebé” estaba sentado en un mueble de Ratán. Para ser el capo de una mafia, vivía en una casucha lamentable. Era un gordo moreno con el pelo corto y con una camiseta blanca y manchada. Sus paredes estaban decoradas con armas. Su casa era diáfana y tenía hasta un ventilador que colgaba del techo. El “Bebé” se levantó del mueble de Ratán y se acercó a mí, con dos besos en las mejillas. No sé si son fantasías de ver “El Padrino” y los mafiosos en Venezuela se están sofisticando, pero nadie nunca en mi país me había saludado con dos besos. Le ordenó al muchacho de los ojos apagados que saliese. Yo me sentía muerta. Y violada.

“¿Estás asustada?”, me preguntó alzando la mirada y rascándose la entrepierna. Nunca supe si el acto de rascarse la entrepierna era falta de modales o una especie de ritual antes de violarme y matarme. Le respondí que sí. No tenía otra. Sentía que, en una circunstancia así, no vale la pena mentir. Él rió. Me pidió que me tranquilizara. Me ofreció algo para beber. Le dije que no. Me pidió que me sentase. Yo me senté por no dejar. Al menos, si me iban a matar, era mejor tener unos últimos minutos cómodos.

“¿Conoces a Yonanderson?”, me preguntó mientras sorbía un vaso con cerveza. “Sí. Es uno de mis alumnos”, le respondí. “¿Y qué te parece?”, me preguntó. “Es un chamito inteligente. Ya ha aprendido a restar”, le respondí. “¿Tú sabes quién es él?”, me preguntó. “No. No lo sé”, respondí intentando que no se notara que temblaba. “Es mi hijo. Sólo te llamé para darte las gracias por todo lo que estás haciendo por él. Yo no quiero que él siga mis pasos, que se pudra en esta mielda (sic)”, me respondió con la mirada fija en mí.

Creo que no hablamos más de unos cinco minutos. Al momento de despedirse, me volvió a dar dos besos en la mejilla y, tomándome de los hombros con sus dos manos gruesas, me dijo “gracias”. El emisario, el muchacho de ojos apagados, entró de nuevo. Me escoltó hacia donde estaban mis compañeros, quienes se mordían las uñas durante los quince o veinte minutos de mi ausencia. “¡Considérate afortunada! No todos pueden hablar con el “Bebé””, fue lo último que me dijo el emisario antes de bajar por el barranco y desaparecer.

Pocos días después, el “Bebé” fue abatido en uno de los operativos de la OLP, en donde los mafiosos sanguinarios del gobierno abaten a los mafiosos sanguinarios de los barrios. Una vulgar guerra de mafias, al fin y al cabo. A Yonanderson pareció no importarle mucho. Creo que, en los barrios, todo el mundo está habituado a la muerte. Él siguió siendo uno de mis alumnitos más aplicados. Supo rápidamente multiplicar y dividir. Confío en que pude haberlo ayudado a que enrumbe el camino. A que tenga una vida más placentera y más feliz que las que llevan aquéllos encargados de administrar la pólvora en su propia comunidad.

 

T.M.

Facebook.com/LaCantarida

Fotografía: El Estímulo

 

 

 

 

Abatido alias “El Cuélebre”.

Estuve orgullosa, toda mi vida, de las tradiciones europeas que mi familia me inculcó desde que era pequeña, me encantaba cómo todo aquello, tan cercano y tan lejano a la vez, se mezclaba con Caracas, con Venezuela y con su matiz cultural. Me sentaba, casi todos los fines de semana, a escuchar a mi abuela relatar historias fantásticas de Ribadesella, el pueblito del que ella era oriunda. Memorizaba, con la emoción de un niño que, en pleno mundial, rellena un álbum Panini, cada personaje, cada lugar, cada paisaje.

Jugaba con mis hermanos, en el parque infantil de La Lagunita, a ser personajes de la mitología asturiana, güestias, xanas, serenas, etc. Corría, sobre la grama, utilizando mis “poderes” y persiguiéndolos a ellos, que contrarrestaban con los suyos. Me embarcaba, muchas veces, en largas discusiones que buscaban resolver quién sería El Cuélebre, el personaje más cotizado, el más brutal, el más fuerte, una serpiente alada que, prácticamente, era invencible. Estallaba de felicidad (esa felicidad estúpida que tienen los niños ante la obtención de cualquier capricho) cuando me era asignado ese privilegio en la lúdica representación.

Gleyber, el hijo de la señora Matilda (que ayudaba limpiando y cocinando en casa de mi abuela), a veces se unía a nosotros porque a mi abuela le daba lástima que se quedase sentado, durante horas, en la casa sin hacer nada mientras su mamá trabajaba. Gleyber se sabía adaptar. Era un chico respetuoso. Representaba, además, como nadie el papel de Cuélebre. Tenía mucha imaginación, tamaño (era dos años mayor que yo) y carisma, tanto así que, cuando él venía a compartir, decidíamos ser otros personajes para dejarle a él el principal.

Como el tiempo fue pasando y la crisis fue creciendo, la señora Matilda no pudo trabajar más en la casa. Intentó, mediante súplicas, llantos y relatos sobre supuestos hijos y nietos con “patas chuecas” y embarazos precoces, obtener un aumento y/o conservar el empleo; fue inútil. Comprendió, sin embargo, que el chavismo se expandía y que el poder adquisitivo se iba debilitando progresivamente para todos. Se despidió con lágrimas en los ojos y con el ofrecimiento de estar pendiente y disponible por si alguna vez la volvían a llamar.

Mi abuela, como es ley en esta vida extraña, se fue deteriorando (al igual que el país) poco a poco. Le costaba, cada vez más, echarnos aquellos cuentos que nos seguían imantando con su encantamiento pero que ya nos aburrían por sabérnoslos de memoria y haber llenado nuestras existencias con inquietudes adolescentes como el alcohol o el sexo. Naufragaba ocasionalmente en las lagunas negras y malditas del Alzheimer. Empeoró al punto de no poder hablar. Murió, en la paz de su lecho, una mañana de miércoles bajo la cruz de la victoria que adornaba su cabecera y que le había regalado un soldado amigo que combatió en la guerra civil.

Mi mamá, un día en el que yo regresaba de la universidad, me dijo que en la casa había estado la señora Matilda, canosa, pero simpática como siempre. Se preocupó, tenía mucho tiempo sin verla y sin saber de ella. Se horrorizó al hablarme de Gleyber, aquel muchacho que jugaba con nosotros se había convertido en un “mala conducta” gracias a la pobreza, a las juntas indeseables y a la facilidad que hay en nuestra ciudad y en nuestro país para conseguir armas blancas o de fuego. Se persignó. Le pidió a Dios que ayudara al nuevo delincuente, que lo orientara hacia los caminos de la rectificación.

Hace poco más de una semana, caminaba, luego de mi café matutino antes de ir al trabajo, por el kiosco de La Lagunita en el que compro, con regularidad, yesqueros y Marlboros. Me llamó la atención un titular del diario “2001”: “Abatido alias “El Cuélebre” por Polisucre”. Adquirí un ejemplar. Lo coloqué bajo mi brazo. Lo llevé a mi oficina para leerlo con calma, no todos los días se ven nombres de la mitología asturiana en periódicos caraqueños. Me senté. Lo abrí. “Gleyber Yoan Espinoza Montero, alias “El Cuélebre” fue abatido por funcionarios de la policía municipal de Sucre luego de un intento de robo a una unidad de taxi”.

Es una mezcla extraña de sensaciones el saber que un muchachito, con el que uno jugaba de pequeña, veinte años después aún se acordara de nuestro personaje favorito de andadas y tardes infantiles en el columpio, en el césped y en los toboganes; tanto como para inspirarlo en la búsqueda de un nombre con el que sembrar terror en sus víctimas y huir de la policía. Gleyber: sé que El Cuélebresegún la mitología y nuestros acuerdos, es un ser maligno y destructor al que no le importa hacer daño con tal de satisfacer sus deseos, pero no había que tomárselo tan literal, coño.

Patricia Arboleya.

 

 

 

 

La Cantárida entrevista a un motorizado: “Estoy harto de los prejuicios”

A bordo de su “caballo de hierro”, el motorizado se desplaza a sus anchas. Al igual que un daltónico crónico, éste no distingue entre luces rojas, amarillas o verdes. El rugir del carburador lo hace sentir poderoso. Al igual que un vaquero del viejo oeste en plena batalla, va contra las flechas. El esquivar retrovisores y el apoderarse de pequeños botines es su rutina diaria. Nos concede esta entrevista.

Tomás: Buenos días.

Motorizado: ¿Qué es lo que es?, becerro, chigüire, sapo, lacra, perro, conejo. Arrímate para un lado, gafo, que lo que voy es pirado y no quiero problema. ¿Tú quién eres?

Tomás: Soy Tomás Marín, escribo para “La Cantárida”. Quiero hacerte unas preguntas.

Motorizado: Bueno, dispara.

Tomás: No, el que dispara eres tú.

Motorizado: Ése es un prejuicio.

Tomás: ¿Y no crees que tiene algún fundamento razonable?

Motorizado: No. Es sólo una vociferar, un lugar común. Estoy harto de los prejuicios, de que la gente crea que los motorizados siempre vamos, como locos, disparando por ahí.

Tomás: ¿Y no es cierto?

Motorizado: No. También acuchillamos, ahorcamos y lanzamos granadas.

Tomás: ¿Qué opinas del miedo, terror y pánico que la gente siente cuando ve un motorizado en su retrovisor?

Motorizado: Que no se compara al miedo, terror y pánico que sienten cuando lo ven al lado de su ventana.

Tomás: ¿Consideras lógico que exista miedo a los motorizados?

Motorizado: Me hace sentir incómodo. Por unos pocos, de mala conducta, nos clasifican a todos como delincuentes.

Tomás: ¿Ha ocurrido contigo?

Motorizado: Sí. De hecho, la semana pasada, estaba haciendo una carrerita por Las Mercedes. Una señora me vio, subió el vidrio y se puso a temblar. Me sentí muy rechazado. Todo por culpa de los rumores que existen acerca de nosotros.

Tomás: Supongo que debió ser frustrante para ti.

Motorizado: Totalmente. Casi me dio lástima cuando le robé el bolso.

Tomás: Aquí tenía otra pregunta, pero creo que la voy a pasar.

Motorizado: ¡Olvídate!, ¡aquí, el único que pasa, soy yo!

T.M.

 

“No volveré a hacerlo, no volveré a hacerlo”

Mi corazón era un bombo sonoro, un martilleo violento que semejaba un tambor de pozo petrolero. Mi sangre hervía junto a la adrenalina del instante tan esperado. Mi cabeza era un periscopio, una grúa nerviosa que se cercioraba constantemente de que no había testigos visibles. El aire, que impactaba contra mis pituitarias, parecía ser gélido, polar. La luz naranja de los postes imperturbables en medio de la calle desierta, daba a mis compañeros un alucinado aspecto cinematográfico. “Ya lo tenemos, ya lo tenemos”.

Con rapidez genuina (aunque ensayada previamente en varias ocasiones) pulsé el botón que abría las fauces de la maleta del carro. Ellos, sudorosos y sonriendo de manera casi forzada, introdujeron el bulto beige que aún se retorcía. “Pégale más, pégale más”, era la orden que se fundía entre los gritos de pánico. La motocicleta, que aún rezongaba horizontal sobre el asfalto brillante, fue recogida y orillada para no levantar sospechas. El acelerador a fondo hizo galopar los caballos de fuerza que, con crines de carbono, nos alejaron del lugar. “No puedo creer que lo hayamos hecho”.

Aullidos frenéticos y alocados eran sinónimo de celebración. Palmas que percutían repetidamente eran el ritual que brindaba las primeras albas de calma luego de la meta alcanzada. Suspiros (casi gemidos) de alivio eran nuestro soundtrack. La ruta, a través de la cual marchábamos, estaba memorizada al caletre. Nada más nos hizo falta, todo estuvo en orden, a lo menos, por una vez. “Y yo que ya no creía en la justicia”.

La reja del estacionamiento, a razón de su motor semi-averiado, tardó más de lo acostumbrado en darnos la bienvenida. Mi índice, perpendicular a mis labios, era señal imperiosa de guardar silencio. Mis padres dormían, el bombillo, apagado desde su ventana, no podía indicar otra cosa. “Tráelo, tráelo”, fue el único murmullo que se atrevió a romper la quietud. Entre tres cargaron a la víctima y la transportaron hasta el hermético maletero del estacionamiento. “Ahora podemos gritar todo lo que queramos”.

Siete minutos tardó en volver del desmayo. Las agujas de mi fiel reloj de pulsera no se atreverían a mentirme, mucho menos esa noche. Fue desenvuelto, mas no desamarrado. Allí estaba el mejor obsequio que yo podía haber solicitado en esta metrópolis enferma, en esta capital profundamente trastornada. Sus dientes rotos, su mirada desenhebrada por el terror, sus bigotes esbeltos, acorralados, exploraban su limitado entorno en busca de algún retazo de compasión, una compasión que todos sabíamos (incluso él) que sería la gran ausente en nuestra revanchista tertulia.

Era imposible recular, a esa altura del juego era pecado arrepentirse. Cualquier indicio de desmontar lo logrado no era más que una tontería que podía resultar carísima. Cierto sadismo, del que jamás creí poder ser portador bajo ninguna circunstancia, era una morfina que se me intensificaba sensible ante los golpes y patadas que iban deformando el rostro renegado a su castigo. “No volveré a hacerlo, no volveré a hacerlo, perdón, perdón”, era un monólogo en loop que iba y volvía ante oídos sordos y puñetazos iracundos. Desapareció su respiración, sus ojos no eran más que dos lienzos blancos en los que se borró mi angustia y en donde se rayó, con manchas indelebles, el retrato reflejo de nuestro propio salvajismo.

 

T.M.

¿Y si la violamos antes?

“¿Y si la violamos antes?”, insistía el más joven de ellos al tiempo en el que su compañero cubría mi cabeza despeinada con un trapo sucio y áspero. “No, ya te dije que no”, fue la réplica.

Ya yo me hallaba serena, con la respiración aún acelerada pero con cierto alivio luctuoso deteniendo la estampida trémula de mis manos amarradas que, terrosas y esqueléticas, lucían las coloridas y opacas marcas tatuadas por las sogas que, aunque presionaban más que nunca, ya me eran indiferentes.

Había cesado la tortura psicológica. Las amenazas, los gritos y los insultos; tan habituales durante todo el cautiverio, ya no emanaban agresivos de las bocas de aquéllos que, con trote costumbrista, realizaban los trámites necesarios para escribir con pólvora el precipitado epílogo de mis días.

No grité, no me provocaba. No pataleé cuando uno de ellos me cargó. No contesté cuando el que me mecía en sus brazos mientras caminaba con mi cuerpo enclenque se quejó por mi desagradable olor. Y pensar que, un mes antes, cuando los conocí en aquel semáforo, me había colocado mi perfume favorito.

Me dejaron caer, las piedritas se anidaban insistentes en mis rodillas. Mi rostro se empapaba de sudor a causa del vaho que flotaba dentro de aquella máscara improvisada. Me arrodillaron y, sin mediar ni una palabra de satisfacción, de hastío o de burla, me convirtieron en una estadística.

J.E. (T.M.)