“Gracias por todo, Daniela. Yo te debo la vida”

“¿Se le puede lanzar maní a la elefanta, papi?, preguntó Daniela. “Claro que sí, mi amor, pero tienes que lanzar con fuerza para que el maní pueda llegar y la elefanta se lo pueda comer”, respondió el papá. Daniela tenía colitas y era mi mejor amiga. Teníamos unos seis años. A veces, el papá de ella nos llevaba al zoológico de Caricuao. A veces, cuando su papá estaba ocupado, metido en asuntos de política que yo nunca entendía, era mi papá quien nos llevaba al miso sitio, al zoológico de Caricuao, nuestro lugar favorito en el mundo.

Yo amaba esos paseos. Generalmente los hacíamos los sábados por la mañana. Cuando mi papá era el chofer íbamos a buscar a Daniela, que vivía cerca de la Hoyada y quien siempre nos esperaba en la puerta de su edificio con un gran saquito de maní para compartir conmigo mientras veíamos animales enjaulados en el zoológico de Caricuao. Daniela era una niña sensible. Siempre fue la niña más sensible que conocí. Recuerdo que se le aguaban los ojos en el carro cuando veía a la gente pobre en la calle. Nunca llegaba a llorar. Más bien parecía que tenía alergia. Mi papá quitaba el aire acondicionado, creyendo que era el aire acondicionado del carro el que le enrojecía los ojos a Daniela. Pero ella me decía, a solas, que la pobreza ajena le generaba una tristeza que siempre la superaba. Yo me encogía de hombros. Yo sólo me ponía triste cuando no había Sorbeticos de fresa en el Excelsior o cuando no podía tener el Hieloco que me faltaba.

Creo que esa sensibilidad de Daniela vino por el papá. Mi papá siempre decía que el papá de Daniela era socialista. Yo no comprendí esa palabra sino hasta los 13 ó 14 años. De niña, la palabra “socialista”, por alguna razón me sonaba a comida. De grande aprendí que la palabra “socialista”, más bien, siempre implica falta de comida. El papá de Daniela era cercano a Chávez. Por eso, cuando la campaña de Chávez se intensificó, cada vez lo veía con menos frecuencia. Se volvió un señor esquivo y un tanto sombrío. Muy distinto de aquel hombre de ojos achinados y alegres que, con anécdotas dicharacheras, nos llevaba hasta Caricuao a ver animales y que nos brindaba un sándwich de pollo granjero cuando nos portábamos bien, que era siempre, porque siempre nos portábamos bien.

La primera vez que un escolta de Daniela nos llevó a Caricuao, yo sabía que los viajes al zoológico estaban heridos de muerte. No era lo mismo. Además, ya nos estábamos haciendo grandes. Teníamos otras inquietudes que ver animales enjaulados en el sur de Caracas. Yo notaba que a Daniela no se le aguaban más los ojos, a pesar de que cada vez había más harapientos en la calle. Pero Daniela siempre seguía compartiendo manís conmigo. Aunque cada vez hablaba menos y cada vez hablaba de cosas un poco más triviales. Estaba un poco desapareciendo la Daniela niña. Un poco como el papá, pero de modo diferente.

Pero Daniela y yo hemos sido amigas toda la vida. He sido testigo de sus crisis de nervios, de las amenazas que a veces recibía y del plástico círculo que fue construyéndose en torno a ella (y del que yo siempre hice parte). De repente, casi de un día para otro, las fiestas y las salidas con Daniela comenzaron a ser arrechísimas, alucinantes, de otro mundo. Siempre me daba un poco de corte que ella casi siempre estuviese rodeada de escoltas. Pero, al mismo tiempo, era una ventaja. Si faltaba hielo, whisky del caro o cocaína, los amigos de Daniela podíamos pedir a los escoltas que “hicieran el mandado”. Recuerdo a un escolta en particular. Se llamaba Ángel. Era un tipo gordísimo, moreno y estaba tatuado. Parecía de esos seguridad que aparecen en los reality show basuras de MTV. Pero lo que tenía de barriga, lo tenía de corazón.

Quiero dejar en claro que nunca he sido aficionada de (algunas) drogas. Daniela tampoco lo era. Pero ella tenía mente muy liberal y abierta. No le importaba que sus amigos fumaran porros o se metieran pases, incluso sobre los cuerpos desnudos de otras chamas drogadas, en las fiestas descomunales que ella organizaba casi todos los fines de semana y que se hacían en Valle Arriba o en el yate gigantesco que daba vueltas (siempre escoltado por pequeños barquitos de la Guardia Nacional) por las hermosas aguas de Falcón.

Yo no sé si el papá de Daniela es un narco, como la gente dice. Pero no me extrañaría que así fuera. A mí, que siempre he sido moralmente neutra, ni me va ni me viene. A Daniela tengo mucho que agradecerle. Fue ella quien me sacó del país tercermundista al que siempre he odiado con todas mis vísceras y me llevó a vivir a Estados Unidos, en donde ella hizo otro círculo aún más brutal que el círculo que tenía en Venezuela. Yo siempre me sentí, un poco, como su protegida. Incluso, Daniela era inteligente y generosa para ciertas cosas que poco o nada tenían que ver con el dinero, con las orgías o con las fiestas. Recuerdo clarísimo que una vez, incluso cuando ya su nombre tenía cierta fama en los medios (reflejo del papá, que es una figura realmente de peso), llegó a mi casa en su Grand Vitara (siempre escoltada), en medio de una tarde lluviosa, para enseñarme una lección sobre polinomios que en la Simón yo no había terminado de entender. Siempre sentí que ella hubiese podido ser una buena profesora. Pero a ella no le hacía falta eso. Nunca le ha hecho falta ni eso ni nada.

A mí me excitaban un poco (y no me da pena decirlo) y me llamaban la atención ciertos aspectos de la personalidad de Daniela. Ella tenía cierta inclinación por la depravación. Parecía que no sentía sensibilidad por nada. Era como si aquella niñita de ojos aguados que iba para Caricuao hubiese mutado en una figura realmente curiosa y atractiva. Ella, por ejemplo, cuando hacía parrilladas, mandaba, a veces, a traer a la ternera viva desde Carora, desde San Felipe o desde alguna de esas ciudades enterradas en la nada. Ella nunca se atrevía a hacerlo personalmente, pero le daba dólares (y siempre un beso en la mejilla, que era  su rubrica) a Ángel o a otro de sus escoltas para que, con un machete, propinara un golpe letal al animal, quien corría desangrándose hasta morir ante el júbilo del círculo de amigos orgiásticos y drogados de Daniela, quien siempre veía el espectáculo con una sonrisa hermosa. Luego, naturalmente, la ternera era asada y disfrutada por todos los comensales. Realmente eran noches fantásticas. Aunque no eran tan fantásticas cuando Daniela hacía sacar su guitarra Fender acústica y se ponía a cantar. Odiaba como cantaba, y tocaba horrible. Pero no podía decírselo. Nadie podía hacerlo.

Y creo que fue esa costumbre a la insensibilidad de Daniela lo que me hizo extrañarme tanto cuando la vi ayer en la que, quizás, sea la última vez que la vea. Se notaba que había llorado. No estaba maquillada y no tenía su sonrisa perlada, perfecta y espectacular. Nosotras somos (o éramos, a partir de hoy) vecinas en Estados Unidos. Ella me regaló la casa en la que vivo ahora. Por ella puedo caminar en Central Park en vez de en la Plaza Altamira. Por ella conozco el deleite de las trufas, de la champaña, de la Hershey’s Store y del sexo grupal.

No le dolió tanto los 800 millones de dólares que le embargaron a su papá como el hecho de que el gobierno de Estados Unidos ordenase su deportación inmediata. 800 millones de dólares, cuando eres hija de quien eres, se consiguen como se consigue una moneda perdida debajo de la alfombra del carro. “Helena, ¿me acompañas al JKF?”, me preguntó. “Claro que sí, Dani”, le respondí. Le dieron sólo 72 horas para salir. Fuimos en taxi hasta el aeropuerto. Otro taxi, atrás, iba siguiéndonos, llevando las maletas de Daniela, que parecían incontables.

Me dio mucha paja que la deportaran. Para mí siempre ha sido una mierda toda la parafernalia que han montado contra ella. Pero no quería decírselo. Dani no habló en todo el camino. No habló casi en el aeropuerto y me dio mucha lástima cuando le pusieron el sello rojo en su pasaporte diplomático repleto de sellos de los más variopintos países del mundo. La acompañé mientras estaba sentada y pensativa en la larga hilera de sillas plateadas y vacías. Nunca la había visto así.

“Me acaba de escribir mi mamá por el Whatsapp”, le dije a Daniela, quien miraba hacia el frente y jugaba con la punta de las mangas de su suéter blanco. Se veía tan cuchi así, triste. “¿Y qué te dice?”, me preguntó. “Parece que se murió Ruperta”, le dije yo. “¿Quién coño de la madre es Ruperta?”, me dijo Daniela, siempre mirando hacia el frente y con una displicencia que me pareció cómica. “La elefanta de Caricuao. ¿Te acuerdas de ella? A ti te gustaba tirarle maní”, le respondí yo.

Daniela sonrió. Fue la única vez que la vi sonreír en todo ese día. Me sentí feliz de hacerla sonreír. Pensé que podríamos hablar de Ruperta y de los días en las que éramos felices visitando un zoológico que ahora es una basura maloliente. Pero ella prefirió quedarse callada. La gigantesca pantalla que anunciaba las salidas indicaba que ya estaban abiertas las puertas de embarque para el vuelo que, a las 20:55, partiría hacia Caracas. “Gracias por todo, Daniela. Yo te debo la vida. Nos veremos más pronto de lo que crees”, le dije. Estuvimos abrazadas un tiempo largo. La sentía llorando sobre mi hombro. La fiesta, al menos en Nueva York, se había terminado. “Toma”, me dijo ella. Sacó, de su Kipling violeta, una bolsita de maní salado a medio comer. “Cómetelo tú, que no me lo van a dejar pasar”, me dijo antes de tomar camino al avión que saldría a las 20:55, el que la llevaría de vuelta al país tercermundista al que siempre he odiado con todas mis vísceras.

 

Helena Eco.

Anuncios

La Venezuela boba

“Qué cara de chavista tiene Henri Falcón”, pensé mientras buscaba una foto en Google Imágenes para poner al texto que había hecho. Henri Falcón siempre me ha causado escepticismo y hasta un poco de repugnancia. El hecho de que haya llegado a la gobernación de Lara apoyado por el Partido Socialista, para luego hacer un partido un tanto fantasma y tener dinero para pagarse costosísimas campañas por televisión, me ha hecho pensar que todo este montaje (Que para mí es un vulgar montaje) de las “elecciones” estaba planeado desde hacía varios años. El hecho de que, públicamente, le haya jurado lealtad a Chávez “para siempre”, da más peso a mi hipótesis, que no es una hipótesis mía, es una hipótesis que creo que tiene una cantidad considerable (por no decir la mayoría) de los venezolanos. Igual es una opinión, no tengo la certeza de que esto sea así.

Como sucedió con Pigmalión, aquel escultor legendario que terminaba enamorándose de una de sus esculturas, yo me enamoré un poco de Helena Eco. Helena Eco, como sabrán los asiduos lectores de La Cantárida (Que, seamos francos, tampoco son tantos), es un personaje recurrente en muchas de las historias de la página. Es como una especie de joven mala, pero adorable, una persona (Hasta cierto punto) desvinculada de las cadenas de la sensiblería y la moralidad, es un personaje, en parte, inspirado en “El príncipe” de Maquiavelo, sólo que sin poder. Siempre he dicho que Helena es, también, una especie de calco a los personajes de Sánchez Rugeles, profesor mío y escritor que, a diferencia de mí, sí es un escritor talentoso. Además, Helena Eco deriva de Johanna Eco y Liliana Eco, hermanas que protagonizan mi primera novela (Que escribí el año pasado y que espero que salga este año). El hecho es que, entre ayer y hoy, mi amada Helena Eco ha sido un personaje recurrente en las redes sociales venezolanas. Una crónica ficticia, que hablaba sobre Henri Falcón, fue tomada (no sé por quién) como una noticia real, a pesar de que se le advierte al lector que todo es imaginario. Helena Eco había tomado vida.

La vida que tomó Helena Eco fue realmente curiosa. La crónica comenzó a rodar por WhatsApp. Se convirtió en la delicia de las doñas del Cafetal, de los opositores intensos y de los medios de comunicación irresponsables. Páginas de “noticias”, como “Noticias” Venezuela, publicaron el texto sin tomarse un sólo minuto para darse cuenta de que Helena Eco no existe. Entre tantas menciones que tuvo Helena, hubo una en la que alguien preguntaba: “¿Quién es Helena Eco? ¿Dónde Está?”. Me recordó a la pregunta más famosa de una de mis novelas favoritas, “La rebelión de Atlas”, en donde se formula, muchas veces, el planteamiento: “¿Quien es John Galt?”, incluso en las paredes de la ciudad.

La Cantárida, una página literaria muy humilde, comenzó a recibir miles y miles de visitas. Personajes mediáticamente muy influyentes comenzaron a hacer eco, casualmente, del relato de Helena Eco. Y he allí donde viene uno de los puntos de quiebre. Además de la notificación que sale en la misma crónica que dice que se trata de un relato ficticio, yo mismo aclaro, una vez más, que es un ejercicio literario. Pero hay mucha gente que no me cree. Hay muchos “periodistas” que, al tragarse de bruces la mentira, por ser unos pobres mediocres, quedan en ridículo y descargan con calificativos hacia mí. Hay muchos conspiranoicos, como veremos. Mucha gente que me acusó de chavista y que sacaba conclusiones que me dieron mucha risa. Hablaban desde la ignorancia, desde el no investigar ni siquiera al autor de la crónica que no habían investigado en primer lugar. Se habló del G2 cubano, de laboratorio, como ya veremos. Ni siquiera leyeron algún otro artículo de La Cantárida, incluyendo los de no ficción, en donde trato de luchar contra la dictadura, aunque sea desde el humilde flanco de las letras. No han leído una crónica (Ficticia, por si acaso) que habla sobre cómo un altísimo jerarca del chavismo intenta abusar de una joven. Tienen muchos colmillos, pero no saben contra quién clavarlos. Son como el dictador sanguinario que nos jodió la vida, sólo que en miniatura y desarmados.

La mentira crece a tal punto que hay gente que asegura conocer a Helena Eco en persona. Me da risa y lástima, aunque les tengo envidia a los que afirman esto. A mí sí que me encantaría conocer a Helena Eco en persona. Para cerrar este artículo, y que no se haga tan largo, sólo pondré capturas de pantalla de los más curiosos comentarios que leí, algunos por parte de “periodistas” como el hijo de Rafael Poleo. Pero ¿qué se puede esperar de alguien que está relacionado a una página como La Patilla? Yo quiero mucho a mi país, y siempre, tanto allá como aquí, procuro seguir aportando un granito de arena para que salga de la pesadilla que el socialismo ha inyectado en sus entrañas, propensas a esto luego de tantos años de populismo. Pero hay que tomar aire. Como me dijo un familiar. “Trata de enamorar a la gente del país en el que estás ahora. No pierdas el tiempo con un bolsa como Henri Falcón o con un muerto de hambre como Poleo”. Yo lo pensé, pero sigo enamorado de Caracas, que, al fin y al cabo, es insensible, arisca y hermosa, es adorable y amoral, como lo es Helena Eco, el amor de mi vida y de mis letras.

Por cierto, también quiero dejar en claro que muchas de las opiniones de Helena (Y la misma Helena, claro está) son para quedarse en La Cantárida. Por ejemplo, yo no tengo certeza de que las alcaldías, como “afirma” Helena, se hayan pactado previamente con el gobierno. Yo, personalmente, no tengo nada en contra de David Smolansky. Pido disculpas a quienes, a diferencia de Helena, sí trabajaron en su campaña. Espero que hayan sido honestos. Sí en contra de Henri Falcón, pero sólo es mi opinión de él. Espero que luego de tantos insultos y amenazas hacia mí y hacia mi trabajo, al menos se saque una conclusión. Una gran parte del periodismo venezolano es una basura. Es la Venezuela boba que, por fortuna, no son todos. Algunos, por fortuna, investigan.

Abajo anexo las capturas, para que se diviertan un rato conmigo.

Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín.

 

“Noticias” Venezuela. (No es la imagen de Helena que me esperaba)

 

 

Amigos realmente expertos.

 

Saquen la cuenta, queridos 😉