La Venezuela boba

“Qué cara de chavista tiene Henri Falcón”, pensé mientras buscaba una foto en Google Imágenes para poner al texto que había hecho. Henri Falcón siempre me ha causado escepticismo y hasta un poco de repugnancia. El hecho de que haya llegado a la gobernación de Lara apoyado por el Partido Socialista, para luego hacer un partido un tanto fantasma y tener dinero para pagarse costosísimas campañas por televisión, me ha hecho pensar que todo este montaje (Que para mí es un vulgar montaje) de las “elecciones” estaba planeado desde hacía varios años. El hecho de que, públicamente, le haya jurado lealtad a Chávez “para siempre”, da más peso a mi hipótesis, que no es una hipótesis mía, es una hipótesis que creo que tiene una cantidad considerable (por no decir la mayoría) de los venezolanos. Igual es una opinión, no tengo la certeza de que esto sea así.

Como sucedió con Pigmalión, aquel escultor legendario que terminaba enamorándose de una de sus esculturas, yo me enamoré un poco de Helena Eco. Helena Eco, como sabrán los asiduos lectores de La Cantárida (Que, seamos francos, tampoco son tantos), es un personaje recurrente en muchas de las historias de la página. Es como una especie de joven mala, pero adorable, una persona (Hasta cierto punto) desvinculada de las cadenas de la sensiblería y la moralidad, es un personaje, en parte, inspirado en “El príncipe” de Maquiavelo, sólo que sin poder. Siempre he dicho que Helena es, también, una especie de calco a los personajes de Sánchez Rugeles, profesor mío y escritor que, a diferencia de mí, sí es un escritor talentoso. Además, Helena Eco deriva de Johanna Eco y Liliana Eco, hermanas que protagonizan mi primera novela (Que escribí el año pasado y que espero que salga este año). El hecho es que, entre ayer y hoy, mi amada Helena Eco ha sido un personaje recurrente en las redes sociales venezolanas. Una crónica ficticia, que hablaba sobre Henri Falcón, fue tomada (no sé por quién) como una noticia real, a pesar de que se le advierte al lector que todo es imaginario. Helena Eco había tomado vida.

La vida que tomó Helena Eco fue realmente curiosa. La crónica comenzó a rodar por WhatsApp. Se convirtió en la delicia de las doñas del Cafetal, de los opositores intensos y de los medios de comunicación irresponsables. Páginas de “noticias”, como “Noticias” Venezuela, publicaron el texto sin tomarse un sólo minuto para darse cuenta de que Helena Eco no existe. Entre tantas menciones que tuvo Helena, hubo una en la que alguien preguntaba: “¿Quién es Helena Eco? ¿Dónde Está?”. Me recordó a la pregunta más famosa de una de mis novelas favoritas, “La rebelión de Atlas”, en donde se formula, muchas veces, el planteamiento: “¿Quien es John Galt?”, incluso en las paredes de la ciudad.

La Cantárida, una página literaria muy humilde, comenzó a recibir miles y miles de visitas. Personajes mediáticamente muy influyentes comenzaron a hacer eco, casualmente, del relato de Helena Eco. Y he allí donde viene uno de los puntos de quiebre. Además de la notificación que sale en la misma crónica que dice que se trata de un relato ficticio, yo mismo aclaro, una vez más, que es un ejercicio literario. Pero hay mucha gente que no me cree. Hay muchos “periodistas” que, al tragarse de bruces la mentira, por ser unos pobres mediocres, quedan en ridículo y descargan con calificativos hacia mí. Hay muchos conspiranoicos, como veremos. Mucha gente que me acusó de chavista y que sacaba conclusiones que me dieron mucha risa. Hablaban desde la ignorancia, desde el no investigar ni siquiera al autor de la crónica que no habían investigado en primer lugar. Se habló del G2 cubano, de laboratorio, como ya veremos. Ni siquiera leyeron algún otro artículo de La Cantárida, incluyendo los de no ficción, en donde trato de luchar contra la dictadura, aunque sea desde el humilde flanco de las letras. No han leído una crónica (Ficticia, por si acaso) que habla sobre cómo un altísimo jerarca del chavismo intenta abusar de una joven. Tienen muchos colmillos, pero no saben contra quién clavarlos. Son como el dictador sanguinario que nos jodió la vida, sólo que en miniatura y desarmados.

La mentira crece a tal punto que hay gente que asegura conocer a Helena Eco en persona. Me da risa y lástima, aunque les tengo envidia a los que afirman esto. A mí sí que me encantaría conocer a Helena Eco en persona. Para cerrar este artículo, y que no se haga tan largo, sólo pondré capturas de pantalla de los más curiosos comentarios que leí, algunos por parte de “periodistas” como el hijo de Rafael Poleo. Pero ¿qué se puede esperar de alguien que está relacionado a una página como La Patilla? Yo quiero mucho a mi país, y siempre, tanto allá como aquí, procuro seguir aportando un granito de arena para que salga de la pesadilla que el socialismo ha inyectado en sus entrañas, propensas a esto luego de tantos años de populismo. Pero hay que tomar aire. Como me dijo un familiar. “Trata de enamorar a la gente del país en el que estás ahora. No pierdas el tiempo con un bolsa como Henri Falcón o con un muerto de hambre como Poleo”. Yo lo pensé, pero sigo enamorado de Caracas, que, al fin y al cabo, es insensible, arisca y hermosa, es adorable y amoral, como lo es Helena Eco, el amor de mi vida y de mis letras.

Por cierto, también quiero dejar en claro que muchas de las opiniones de Helena (Y la misma Helena, claro está) son para quedarse en La Cantárida. Por ejemplo, yo no tengo certeza de que las alcaldías, como “afirma” Helena, se hayan pactado previamente con el gobierno. Yo, personalmente, no tengo nada en contra de David Smolansky. Pido disculpas a quienes, a diferencia de Helena, sí trabajaron en su campaña. Espero que hayan sido honestos. Sí en contra de Henri Falcón, pero sólo es mi opinión de él. Espero que luego de tantos insultos y amenazas hacia mí y hacia mi trabajo, al menos se saque una conclusión. Una gran parte del periodismo venezolano es una basura. Es la Venezuela boba que, por fortuna, no son todos. Algunos, por fortuna, investigan.

Abajo anexo las capturas, para que se diviertan un rato conmigo.

Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín.

 

“Noticias” Venezuela. (No es la imagen de Helena que me esperaba)

 

 

Amigos realmente expertos.

 

Saquen la cuenta, queridos 😉

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¿Por qué renuncié a seguir siendo del equipo de campaña de Henri Falcón?

Una vez un amigo me dijo, compartiendo una botella de Cacique, que Venezuela era el único país en donde ser talentoso y ser inteligente se pagaba caro. Yo no le presté mucha atención. Asentí para no hacer un debate de una discusión que estaba siendo agradable. Para la época en la que él me dijo eso, Venezuela no estaba tan jodida. Mi amigo, que no importa su nombre para esta historia, hace ya cuatro años que se fue del país. Yo decidí quedarme. Al menos no me quería ir sin intentar. Al fin y al cabo, en una economía destrozada como la venezolana, quien es astuto puede encontrar minas de oro. Pero yo no contaba que para encontrar esas mimas de oro hay que carecer de escrúpulos.

Los profesores de la universidad me adoraban. Les juro que varias veces, en la universidad, los profesores decían al salón cosas como: “Aprendan de Helena. Esa muchacha va a llegar lejos”. A mí me daba muchísima vergüenza. Por otro lado, no voy a negar que me encantaba. Ese tipo de influencias hacía que todo el mundo se matara por hacer los trabajos conmigo. Me daban comida y me invitaban a todos lados. De todas formas, la Monteávila es una universidad que no es particularmente difícil.

Cuando me gradué, de Comunicación Social, conseguí trabajo rápido. Además, era un buen trabajo. Yo me había especializado en comunicación de masas. Siento que la comunicación de masas, en Venezuela, es la parte de la comunicación a la que se le pueden exprimir más cosas. Las masas en Venezuela se contentan con un pedazo de pan y un mal circo. Pueden morirse de hambre, pero basta con que grites un poco y agites una bandera estúpida para que todos hagan lo que quieres.

Yo ayudé a la campaña que hizo ganar a David Smolansky en El Hatillo. Smolansky era un chamo que siempre me cayó mal. Era como uno de esos estudiantes que decían cualquier imbecilidad para figurar en los medios. Sin embargo, trabajar en el diseño de comunicación de la campaña de alguien como Smolansky (Cuya victoria sería fácil. El Hatillo siempre ha sido un municipio opositor) sería una buena escuela para comenzar a poner en práctica todas esas teorías que yo había desarrollado, leído y profundizado en la universidad.

Ya se sabe que Smolansky ganó la campaña. La estrategia que yo señalé como la más apropiada, fue apelar a la nostalgia. En un país que está asolado por una dictadura comunista y en donde Caracas está visiblemente en ruinas, el recuerdo del Hatillo, que se magnifica por el aroma a verde que, a pesar de la violencia, de la miseria y de la pobreza, aún se respira ahí, siempre te saca una sonrisa o un suspiro. Yo sabía que, de todas formas, ya los alcaldes y los gobernadores habían sido pactados por el gobierno y por la oposición. Pero había que hacer campaña, había que hacer teatro y, además, la paga era buena.

El hecho es que yo, para la gente del Hatillo, me fui por la vía más fácil. Apliqué, mediante reuniones vecinales en las que se servía té y galletas, una especie de “Make El Hatillo great again”. Yo sabía que todo era una farsa. De hecho, el mismo Smolansky sabía que todo era una farsa. Ni el Hatillo ni Caracas se podrán recuperar, al menos a corto o a mediano plazo, de las garras de la violencia y de la dictadura. Pero todas las señoras del Hatillo, rememorando mejores días, decidieron seguirnos el baile. De hecho, el gordo Smolansky, en una reunión que hicimos en la alcaldía, me abrazó frente a todo el equipo de campaña y dijo: “Sigan el ejemplo de Helena. Esta caraja va a llegar lejos”. Yo me puse roja, sobre todo cuando todos aplaudieron.

Al principio no supe quién supo de mí. Cuando las campañas (o las farsas de campaña) son a nivel presidencial, todos los hilos se mueven desde el anonimato. Me llegó un correo de un tal Teodoro, que me solicitaba, en cortas parrafadas, reunirnos en un lugar público. Él, de alguna manera, sabía toda mi experiencia y mi currículum. No sé si fue alguien que lo recomendó o si tuvo acceso (que es lo que creo más probable) a una base de datos. A mí, al principio, me dio miedo. En una ciudad como Caracas, ya nadie cree en un correo así. Pero, buscando en Google acerca del tal Teodoro, vi que, al menos, en el caso de que realmente fuera él el que me escribía el correo, era un personaje medianamente público. De todas formas, le dije a cuatro amigos que me acompañaran. Éstos me dijeron que sí (Aunque, al final, todos me plantaron y fui yo sola).

Por Whatsapp, terminé de cuadrar con Teodoro acerca de todo. Él me había explicado, muy por encima, más o menos por dónde iban los tiros. Me había dicho que todo estaba relacionado con una nueva campaña, aunque no me había dicho de quién. De todas formas, yo lo intuía. Quedamos para vernos en el café que está en una esquina de la Plaza los Palos Grandes. Habíamos quedado para las cuatro de la tarde. A plena luz del día. Yo pensaba que, si me secuestraban, al menos habría testigos.

Teodoro se presentó con una guayabera blanca. Me brindó un café helado y pidió otro para él. Me dijo que, a través de una base de datos (Como yo sospechaba), había visto mis notas de la universidad, mi mención Cum Laude y mi experiencia. Me dijo que pronto comenzarían las campañas para las elecciones presidenciales que Diosdado Cabello, mediante la Asamblea Nacional Constituyente, había mandado a adelantar. Teodoro era uno de los directores de campaña de lo que sería la candidatura de Henri Falcón.

Teodoro, al menos conmigo, era un tipo diáfano y agradable. Al menos me habló claro. Me dijo que querían que yo fuese la coordinadora mediática en la campaña de Henri Falcón. Teodoro se reía cuando decía campaña. Él sabía que era una puesta en escena, que Henri Falcón era un actor que se prestaba al juego del gobierno. Pero que desde que casi todo el mundo había impuesto sanciones a los jerarcas de la dictadura, había que lavar un poco la imagen ante el resto del mundo a través de unas elecciones, aunque éstas fuesen fingidas.

Yo estaba a punto de decir que no. Teodoro era muy agradable y todo, pero no me interesaba prestarme a eso. Además, y esto fue algo que le dije muy claramente y que él sonrió al entenderlo, no me interesaba tanto trabajo (porque una campaña, por más simple que sea, implica un trabajo titánico) para ganar el bolívares, una moneda que no vale ni el papel en el que está impresa. Teodoro, un tipo corpulento, se alzó un poco y con su mano se sacó del bolsillo trasero de su pantalón una cartera. “Sabía que me podrías decir algo así”, me dijo. De la cartera sacó un billete de cien dólares y lo puso en la mesa. Yo no lo podía creer. De hecho, tardé varios segundos en asimilarlo. Mi primera reacción fue cubrir el billete con una servilleta. Me daba paja que alguien más lo viera. En Venezuela, en Caracas, con cien dólares casi que te puedes comprar una casa.

“Quizás con eso te lo puedas pensar un poco mejor. Lo que vas a ganar es mucho más que esto. Pero considera esto un adelanto por la molestia de haber venido hasta acá”, me dijo Teodoro guiñándome un ojo y recordándome, previo a una sonora carcajada, que también me había invitado al café helado, que, como siempre en esa cafetería de la Plaza los Palos Grandes, estaba divino. Teodoro se había ofrecido a llevarme hasta mi casa. De todas formas, no vivo muy lejos de la plaza. Bajamos al estacionamiento de la plaza y, en su Corolla azul, me dejó en la puerta de mi casa. “Piénsatelo bien”, me dijo cuando el vigilante de mi edificio pulsó el botón para abrir la puerta y yo entrar.

Yo lo llamé esa misma noche. No me importaba hacerle “campaña” a un imbécil como Henri Falcón. Si me pagan en dólares, yo le hago la campaña al mismísimo Hitler. Yo quiero irme del país, tener dólares para pagarme una buena carrera en el exterior orientada hacia la comunicación política y de masas. “¿Te lo pensaste bien?”, me respondió al teléfono, con su voz gruesa, Teodoro a manera de contestación. Yo le dije que sí. Él se rió y me dio la bienvenida. Me citó para el día siguiente en la sede del comando de campaña de Falcón, cerca de Colegio de Ingenieros. No había tiempo que perder. “No te preocupes, Helena. Yo te paso buscando”, me dijo antes de trancar y darme las buenas noches.

Henri Falcón es un tipo sin ningún tipo de carisma. Es un tipo que no transmite ninguna emoción. Es una especie de duende triste con los dientes salidos. Me saludó con dos besos, al estilo europeo. “Tú eres, Helena, ¿no? ¡Bienvenida al equipo!”, me dijo Henri. Yo le di las gracias sin sonreír. No me gusta sonreír cuando no tengo ganas de sonreír. El resto del comando de campaña llegó y el mismo Henri me los presentó a todos. Me dieron verdaderas ganas no sólo de sonreír sino de reírme cuando vi a uno de los miembros del comando de campaña, un joven que es uno de los consentidos de Henri Falcón, lucir, orgullosamente, una franela roja con los ojos de Chávez.

Todo el asunto de la pre-campaña fue durísimo y amargo. Nadie se creía la historia de que Henri Falcón era un candidato opositor. De hecho, me dio mucha risa cuando, una tarde, cuando estábamos almorzando alrededor de la mesa en la que solíamos almorzar, a Henri Falcón lo llamó, por videollamada de Whatsapp, el mismo Jorge Arreaza. Jorge, un tipo sombrío pero muy amable (al menos con Henri) le dijo que había hablado con El Universal y con Últimas Noticias, que Jorge Rodríguez, el alcalde chavista de Caracas, había comprado dos páginas completas a full color para Henri. Jorge Arreaza le pidió a Henri que seleccionara una foto en la que no sonriera. Le dijo que iban a jugar a ese contraste de Maduro sonriente y Henri Falcón amargado. “Na’ Guará, Jorgito. Tengo una en la que salgo con una cara de culo horrible”, dijo Henri antes de proceder a reírse como si fuese Bob Esponja. Antes de colgar, Henri me hizo ir a su lado para presentarme a Jorge Arreaza. Arreaza estaba en franela y en blue jeans. Yo me presenté como la jefa de la parte mediática de la “campaña” de Henri Falcón. Arreaza me dio su número para hablar sobre las piezas gráficas y aclarar otros puntos.

Ya yo había recibido varios adelantos de mis pagos. Teodoro, el que me introdujo a todo el mundo de Henri Falcón, es una persona realmente amable. Siempre me brindaba almuerzos y era como una especie de figura paterna para algunas cosas. Incluso, alguna vez le llegué a pedir consejos sobre la carrera que quería hacer y hasta del chamo que me gustaba. Él me contaba de sus amoríos “cuando era más chamo” y me decía que no confiara nunca en nadie. Decía que una chama como yo se merecía a un novio escandinavo, no a un “venezolano huevón”. También Teodoro me felicitaba por mi trabajo hasta el momento. Era obvio que la campaña nunca sentaría cabeza, pero, al menos, habíamos conseguido convencer a algunos copeyanos idiotas y a algunas doñas del Cafetal de que Henri Falcón era candidato de la oposición.

Pero los resultados, a pesar de mi trabajo, no le gustaban a Henri. A Henri, a pesar de que sabía que su candidatura era sólo un papel, le gustaba la popularidad. Yo tenía que jalarle a los medios para que le concedieran alguna entrevista. Me refiero a los medios que no están controlados por el gobierno. Los que están controlados por el gobierno, como pueden ver, le han abierto las puertas de par en par a Henri para la farsa. Pero los medios libres se reían en mi cara. Para ellos, Henri Falcón no es más que un pobre, triste, patético, idiota, subnormal, poco carismático, aburrido, retrasado, indigno y vulgar pelele que no merece ni un anuncio pago al lado de las putas que ofrecen masajes. Y lo que me daba más arrechera era que no me daba tiempo a explicarle a los medios que yo estaba ahí sólo por los dólares. Que yo era una mercenaria comunicacional.

Henri es un tipo que le mete duro, pero durísimo, a la caña clara. No sé si es algo que heredó de ser yaracuyano, pero a veces se mete unas rascas brutales. Y lo peor es que Henri es el borracho violento. Hace cerca de una semana, cuando ya estaba todo listo para el inicio de la campaña, estábamos reunidos en el comando. Henri ya tenía una peste a aguardiente horrible y no sé qué mensaje le llegó que seguía dándole en la vena de que ningún medio lo quería reseñar. Y ahí le estalló todo.

Henri se dirigió a mí. Estaba borrachísimo. Empezó a gritar que yo era una inútil. Nadie hacía nada para defenderme. Yo tenía miedo. A pesar de que sabía que Henri era borracho violento (Y lo peor es que, sobrio, es relativamente de pinga, como cuando lo conocí), no sabía que podía reaccionar así. Me dijo que yo era una imbécil, una puta inepta. Me dijo que Chávez estaría avergonzado de mí. Que me iba a mandar a joder con Maduro. Que si no me botaba “como una perra” era porque yo era la consentida de Teodoro.

Henri pegaba gritos frenéticos. Yo le pedí que se calmara, pero eso lo enfurecía más. Creo que mi error fue decirle que, al fin y al cabo, él no movía a nadie, que yo no podía hacer mucho más. Era algo que pensábamos todos, pero nadie le decía. Henri se puso rojo y me agarró por la cara con fuerza, con rabia y con furia. “Vuelve a decir eso, Helena, y te reviento la cara”, me dijo mientras escupía sin querer mientras hablaba. Me hacía daño. Me agarró la cara y la boca con una rabia que me hizo sentir sabor a sangre. Fue Teodoro quien pudo controlarlo y me sacó del salón mientras Henri gritaba y le daba coñazos a la mesa.

A pesar de que Teodoro me pidió disculpas, yo le dije que presentaba mi renuncia. Yo estaba llorando. Nunca nadie me había tratado así y me había agredido así. Teodoro comprendió, pero me invitó a un café para ver si cambiaba de opinión. Me dijo que las borracheras de Henri (y la violencia que deriva de éstas) eran comunes. Que ya había pasado algo parecido con su jefa de campaña cuando se había lanzado como gobernador del estado Lara. Yo rechacé la invitación. Teodoro, muy amable, como siempre, estuvo conmigo hasta que se me pasó el llanto y el susto.

Al día siguiente, ya cuando había renunciado, Teodoro me envió un sobre a mi casa. Dentro del sobre había una carta al lado de 6.000 dólares en efectivo. En la carta, más o menos parafraseado, me decía que el dinero era para ayudar a cumplir mi sueño de hacer un máster afuera. Que yo no sólo merecía a un escandinavo como novio, sino hacer campaña a gente que mereciera la pena, no a un pobre bolsa como Henri Falcón. Yo aún no le he dado las gracias. Al menos, de la pantomima pude sacar un beneficio. Yo no sé si ser talentoso o inteligente, como dijo mi amigo una vez con una botella de Cacique en la mano, se paga caro. Al menos a mí, el ser talentosa y el aguantar, me dio frutos. Y me da risa acordarme de mi amigo de la botella de Cacique amigo y de las filosofías que hacía cuando estaba bajo el alcohol. Qué diferencia tan grande con el “Candidato opositor”.

Helena Eco.

(T.M.)

Crónica ficticia. Ejercicio literario. La Cantárida es una página de literatura, no de noticias. Aunque igual Henri Falcón, bailando al son del dictador genocida, nos parece un triste cómplice y un ser deleznable.