La mejor biografía de Francisco de Miranda que leerás en tu vida (Primera parte)

Puede decirse que Francisco de Miranda es el auténtico Quijote, sólo que un poco más precavido. Su vida es la epopeya absoluta, el libro de aventuras que todo autor desea escribir. Quizás, la caída en desgracia de Miranda se debe, como la de todos los Quijotes, a la falta de apoyo. Miranda tiene que ser el diplomático y el publicista. No quiere vender cremas Avon sino una idea, un proyecto que muchas personas piensan que es una utopía irrealizable. Su Dulcinea consiste en la emancipación de la América española, en romper las cadenas que nos atan a una Europa enferma.

La vida de Miranda oscila entre los cielos y los infiernos, como un héroe de tragedia griega, como un ángel caído en una vorágine convulsa. Es el propio guionista de sus hazañas e imaginación es lo que menos le falta. Camina entre la traición, la conspiración, el misterio, el amor, la decepción y la esperanza. Baila en los salones más rocambolescos del rococó y suspira dentro de la cárcel más húmeda y miserable. Amigos no le faltan, enemigos le sobran. Cada capítulo de su vida, si se pudiese representar (representar de verdad, no mediante una cinta auspiciada por la dictadura y protagonizada por un mediocre como Jorge Reyes) arrancaría las más genuinas emociones.

La esposa de Sebastián, una caraqueña preciosa, está en los dolores de parto. Sebastián llega de su comercio corriendo luego de que le han dado la noticia. La urgencia ha sido tal, que ha dejado a un cliente sin atender. El cliente se indigna y, arqueando las cejas, se dirige a otro lado en el que espera encontrar lo que desea.  Hay expectativa. Uno que otro curioso se acerca al escuchar los gritos encadenados a los dolores. Sebastián se seca el sudor y se estremece. Camina de lado a lado. Le dan la buena noticia. Sebastián sonríe. Es Varón. Se llamará Sebastián, como el padre. Para distinguirlo de éste, todo el mundo lo llama por su segundo nombre, Francisco.

Una de las primeras cosas que Francisco ha aprendido, además de caminar, es a leer. Le ha agarrado el gusto. Un gusto quizás un poco “excesivo”. De vez en cuando, en las tardes cálidas de Caracas, su madre le recuerda que los otros niños están jugando al trompo o haciendo, con ramas, dibujos sobre el polvo que se forma sobre el empedrado. Francisco dice que irá más tarde. Hay libros que ni siquiera entiende del todo, pero de los que intenta memorizar la mayor cantidad de frases posible. En el colegio, repite algunas de estas frases. Es, por lejos, el alumno más destacado. Esto compensa las advertencias de su madre, quien confía en que Francisco, algún día, puede llegar lejos.

Francisco, con todos sus méritos, entra en la Universidad de Caracas. Es el lugar que más le apasiona. El estudio y el aprendizaje es lo que más le ha apasionado a lo largo de sus cortos doce años. Realiza estudios de latinidad. Los estudios de latinidad consisten en enseñanza avanzada de gramática y latín. Son una herramienta fundamental para poder acceder, luego, a fases superiores. Francisco se detiene, al menos un minuto al día, a contemplar la biblioteca de la universidad. Siente que quiere absorber todo el conocimiento que dormita allí. Su sed de conocimiento, en vez de saciarse, aumenta. La latinidad no es suficiente. Al fin y al cabo, es algo casi de obligación (en donde tiene calificaciones destacadísimas, por supuesto). Se agrega un nuevo reto. El estudio y la apreciación de las artes.

Francisco, caminando, se acerca a un tumulto que llama su atención. Hay un montón de señoras de nariz alta y mantillas y de aristócratas tropicales que rodean y acosan a una persona. La voz de esa persona le parece a Francisco familiar, muy familiar. Es la voz de su padre, de Sebastián. Francisco, muy joven todavía, se acerca, mas no se atreve a intervenir aún. No es la primera vez que esto sucede, pero es la primera vez que sucede tan abiertamente. Le reclaman a su padre una serie de “defectos” que a Francisco le parecen y le han parecido totalmente absurdos. “No es más que un comerciante, un infame y vil comerciante. Pero dinero no le falta. Seguro tiene tratos raros por ahí”, asegura un señor de mofletes inmensos y de sombrero no muy ancho. Francisco sabe que es una falacia. Sabe que si su familia tiene dinero, se debe al esfuerzo que pone su padre día a día en su negocio (con excepción de aquel día en el que abandonó a su cliente cuando fue informado de los dolores de parto de su esposa). Una señora, que agita un abanico a pesar del viento, recuerda que los Miranda, por si fuera poco, no tienen antepasados conquistadores. Es una vergüenza total. Que se ubiquen un poco. Todo el mundo se aplaude y se aprueba, con excepción de dos personas. Sebastián y Francisco.

Sebastián está harto. Sirve a la ciudad con esfuerzo. Se levanta temprano. Es habilidoso. Incluso, muchas de las personas que le reclaman han sido y son sus clientes. Y así es como le pagan. Con burlas y reclamos. No es justo. Él ha nacido en las Canarias, es español como el que más. Comienza a redactar cartas y a enviarlas a Madrid. Tiene una pluma incisiva, que además está sazonada por algún comentario que le sugiere Francisco, su inteligentísimo hijo. El caso se ha popularizado un poco. Llega hasta el mismo rey de España, Carlos III. Carlos III es aficionado a las letras, es un rey ilustrado y culto, por lo que la buena redacción de Sebastián le provoca simpatía. De todas formas, es una querella menor. Es un asunto al otro lado del mar. ¿Qué tanto puede importar? Carlos III ordena que Sebastián sea tratado con respeto, como un buen español, así sea de una provincia, que es.

Francisco está más tranquilo. Ya el problema de su padre se ha resuelto (aunque aún hay quien comenta sobre el “comerciante” y lanza una palabra despectiva, pero ahora en voz baja). La palabra de Carlos III, el mismímo rey de España, es incuestionable. Francisco ha tomado una fascinación por España. Ya la tenía desde siempre, a raíz de los relatos que su padre echaba antes y después de cenar o durante los fines de semana a la hora de la merienda. Pero ahora, que España es quien ha ayudado directamente a su padre en la querella, Francisco se siente un poco en deuda. Una noche, iluminado por un candil, comienza a redactar una carta. Francisco tiene una pluma realmente prodigiosa, aunque no ha considerado aún ser escritor. La carta es concisa y está dirigida al Capitán General de Venezuela, el representante de Carlos III.

Francisco, orgulloso, deja muy en claro que es hijo de Sebastián, aquel hombre a quien los tontos de los vecinos le reclamaban tonterías, pero que, mediante el rey, pudo solucionarlas. También deja muy en claro que es un joven soltero. Más aún, que ni siquiera tiene compromisos. Más de una muchacha se lamenta al escuchar esto. Miranda es atractivo y muy bien parecido. Ha tenido ciertos amoríos por allí, de los mejores amoríos que existen, ésos que saben un poco a clandestinidad y están amparados bajo la complicidad obscura de la noche. Pero nada serio. Francisco solicita su expreso deseo de servir al rey, al mismo Carlos III que ayudó a su padre. Siente que es la mejor manera de retribuir la “deuda” que tiene con él y de reiterarle su agradecimiento. Con hechos. No con palabras.

Un mensajero llega un día a su casa. Francisco está leyendo, pero utiliza un marcalibros, deja la lectura en pausa y va presuroso a atender al mensajero. Es la carta que esperaba. La que más esperaba. Su solicitud para ir a España ha sido aprobada (no dista mucho de los venezolanos de hoy, que sueñan con que les llegue el permiso para emigrar a España, o a cualquier otro lugar, así sea Haití). Arregla, a partir de ese mismo día, todo lo referente para el traslado (obviamente no existen ni CADIVI ni el SAIME, por eso la inmediatez). Hace sus maletas. Empaca libros, ropa y muchas cosas simbólicas, incluso alguna carta inspirada de alguno de sus amores.

Francisco está en el puerto de la Guaira. Ya la nave está lista. Pronto va a zarpar. Su madre llora y su padre le da un fuerte abrazo. Por fortuna, aún no existen ni el piso de Cruz-Diez ni los celulares con capacidad para tomarse fotos estúpidas. El destino es Cádiz. Es un viaje largo, pero hay mucha alegría. Miranda entra al barco. Ve a sus padres despedirse en el puerto, alejándose cada vez más. El Ávila fulgura, está espectacular. Pronto, todo es mar y océano. El barco a veces se agita y a veces avanza quieto. Una semana, dos semanas, tres semanas, cuatro semanas, cinco semanas. Francisco siente que toda su vida va en ese barco. ¡Tierra a la vista! ¡Ahí está Cádiz! ¡Por fin!

Aún es que falta viaje. Francisco está agotado, pero feliz. Aún falta el trayecto a Madrid, el destino final. Es un viaje larguísimo en carreta. De días. Pero por fin. Como ahí estuvo Cádiz, ahí está ahora Madrid. En pleno crecimiento. Es una de las décadas más esplendorosas en la historia de la ciudad. Francisco se maravilla. Es muy distinta a Caracas en casi todos los aspectos. Es como si no existiese nada igual. Hay muchas cosas que ver, muchos caminos por recorrer. Lo mejor de todo, hay muchos y mejores sitios para estudiar que en Caracas. Mucha de la crema y nata del conocimiento está allí. ¿Acaso no es la misma España que el siglo pasado tuvo su siglo de oro? Hay muchas opciones. Francisco se decanta por matemáticas. Es un genio absoluto. En Madrid convergen muchas culturas. Hay muchas nacionalidades caminando por sus calles. Es preciso comenzar a conocer más gente. Hay que hablar más lenguas. Hay que estudiar también idiomas. Nunca es suficiente conocimiento.

Quizás el único gran freno a toda la ilustración española es la iglesia. La iglesia siempre censura y veta cualquier cosa que considere peligrosa o que no entienda (es idéntica al comunismo). Francisco no quiere que la iglesia lo limite. Es creyente, pero tampoco es fanático. Si hay algo de lo que pueda considerarse fanático, es del conocimiento, del saber. A través del amigo del amigo del amigo (como ocurre siempre), comienza a leer y a adquirir libros prohibidos por la iglesia, por la inquisición que, aunque ha perdido poder, sigue siendo de cuidado (como el comunismo).

Quizás alguien lo delata. Quizás es un descuido. Francisco es agarrado in fraganti con algunos de los libros prohibidos, que se intercambian en una especie de mercado negro y clandestino del conocimiento. Hay muchas ideas allí que la iglesia considera peligrosas o inmorales. Los libros son decomisados. No es suficiente. Es muy fácil volver a producir libros nuevos. Las ideas son tan volátiles como el fuego y se expanden tan rápido como éste. No basta con que los libros se quemen o no se impriman más. Los responsables deben ser vigilados. Hay que poner más rigor. Más énfasis.

Francisco es regañado, pero no pasa de ahí. Además, tampoco se avergüenza. Al fin y al cabo, lo hizo en nombre de su amado conocimiento, de la todopoderosa sabiduría. Pero se siente un poco “culpable” de haberle “fallado” al rey. Cosa quizás un tanto absurda. Un rey como Carlos III también ama el conocimiento. Es el primero que no está completamente de acuerdo con la iglesia y con la inquisición. Pero no puede enfrentarse directamente a la iglesia, menos en un país tan fervorosamente católico como lo es España. Francisco piensa que la mejor manera de “resarcirse” y de buscar nuevas experiencias es uniéndose al ejército español. No lo hace, precisamente, por amor a las armas. Una persona brillante jamás siente afición hacia las armas porque sí. Sólo busca en ellas un impulso, un medio hacia un objetivo más grande. El de Francisco es hacer contactos y elevarse, subir, progresar. Entra sin ninguna dificultad en la carrera castrense. Está en forma. Siempre ha sentido gusto al ejercicio. No tendrá mayores problemas.

 

Tomás Marín

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Metro de Madrid. Línea 1. Estación “Pinar de Chamartín”

No me gustaba ver fumar a Noe. Me crispaba. Cada vez que Noe fumaba, significaba que algo malo o iba a pasar o estaba pasando. Era como una sibila sombría. Se solía poner de espaldas en la terraza. Una maraña de humo hacía de cortina ante su cabeza de cabello castaño que miraba hacia el balcón. Se perdía allí. Podía pasar un largo, muy largo rato sin hablar, sólo fumando. Yo no me atrevía a decirle nada. Siempre tuve miedo a romper su silencio. Pero me colocaba cerca de ella, un poco en guardia, como ofreciéndome de escudera para cualquier cosa que pudiese necesitar.

Ya eran casi las nueve de la noche y Bhadra no aparecía. No era algo de qué preocuparse tanto. Los gatos suelen ser un poco truhanes y aventureros. Está, de cierto modo, impreso en su ADN, que conserva rescoldos de tigres salvajes, de depredadores, lo que llaman Felidae. La gata tenía apenas cinco meses. Había traicionado el voto de confianza que Noe le había dado al dejarla explorar la terraza, que daba a la calle. Las primeras veces que salía, en días anteriores, era respetuosa con el espacio implícitamente delimitado. Pero quizás un gato galán, cual héroe del romanticismo, la sedujo para salir de su cómoda prisión.

La ayudé a buscarla. Buscar una gata en una ciudad como Madrid es una tarea sumamente difícil. Hay millones de recovecos en donde podría esconderse, en donde podría desaparecer. Nuestro mayor temor era que no supiese volver a casa. Me revolvía un poco el alma ver la camita vacía, la caja de arena con los rastros de las últimas pisadas, los juguetes tirados en el piso. Salimos a la calle, con un par de linternas, como si la ciudad no estuviese lo suficientemente iluminada. Hacía un frío terrible. Yo, por el apuro, había salido mal abrigada. Noe también, pero todos sus sentidos, incluso los sensibles a las bajas temperaturas, estaban apuntando hacia la gata fugitiva.

“Bhadra”, gritaba Noe, cada vez más alto. Con la otra mano, la que no sostenía la linterna, agitaba un botecito con pienso. Pensaba que, así, la gata, quizás tentada por el hambre, acudiría al llamado. A mí me daba un poco de vergüenza gritar. Nunca me ha gustado llamar la atención. A cada grito de “Bhadra”, los peatones, y hasta algunos conductores, volteaban hacia nosotras con gesto de extrañeza, de esa extrañeza urbana que no retiene más de tres o cuatro segundos de interés cuando son historias ajenas a nosotros.

Buscamos debajo de los coches. Nada. Nos asomamos por algunas alcantarillas. Tampoco. Yo sentía que toda búsqueda era inútil. En el caso de que viésemos a la gata, ella, con su agilidad inherente, si éramos la causa de su huida, echaría a correr de nuevo y se volvería a esconder. En aquel escenario, tendría todas las de ganar, todas las de huir. Noe comenzaba a preocuparse, sin dejar de fumar. Daba la impresión de ser un incensario cubierto de telas negras. Noe siempre me impuso muchísimo respeto. Era delgada y alta. Su cara comenzaba a abrir los surcos inevitables de la mediana edad.

No sabíamos hacia qué dirección seguir. Era una lotería. Hay cuatro puntos cardinales en una metrópolis extensa y nosotras sólo éramos dos chicas no muy bien abrigadas con un par de linternas. Sin embargo, no me atrevía ni siquiera a sugerir que detuviésemos la búsqueda. Yo estaría allí, aunque muriésemos congeladas (muy probablemente mientras la gata, quizás, estaría cómoda junto a su gato galán y un buen puñado de comida). Noe comenzaba a preocuparse cada vez más. Exhalaba bocanadas de humo cada vez con más prisa. Yo me contagiaba de su inquietud.

Regresamos a la casa. Noe tenía los ojos húmedos, pero no se atrevía a llorar. La gata, de alguna manera, sustituía en ella el espacio del hijo que nunca había querido tener. Yo nunca fui persona de creer en instintos maternos. Ella menos. Ella ni siquiera quería tener mascota. Yo la había convencido luego de mucha insistencia de adoptar una gatita. A veces, cuando los habitantes del piso no coinciden, el piso suele sentirse como un lugar devastadoramente solitario, más en medio de un espacio tan grande, en una vorágine de miles de vehículos y decenas de miles de peatones.

Me daba, para mis adentros, un poco de risa la ironía de la gata. Llegó a la casa apenas con dos meses. Estaba acurrucada en una cesta y no se atrevía a salir de allí. Era su zona de confort, su burbuja de cristal. Mucho tuvimos que tentarla e insistirle para que se atreviera a dar sus primeros pasos por la casa. Cuando se atrevió a darlos, lo primero que buscaba eran recovecos y escondites, agujeros y rincones. Cuando algo o alguien se acercaba, ella, al verse sin escapatoria, bufaba intentándose proteger, pero nunca sacando las uñas o atreviéndose a atacar. Ahora, nos encantaría que estuviese tranquila en su cesta, que ya, en tan sólo tres meses, se le había vuelto un tanto pequeña.

“Si sabes algo, avísame”, me dijo Noe antes de irse a trabajar. Trabajaba de noche en un bar de la calle Dalia. Era un bar sano. Iban a él muchos jóvenes a ver los partidos de fútbol, pero no se sobreexcitaban demasiado. No era un bar de Hooligans. Noe trabajaba allí desde que la conocía. Trabajar la distraía, la relajaba. Fue la mejor decisión que pudo haber tomado esa noche. Yo la intenté alentar con un “No te preocupes. Seguro que regresará”. Ella sonrió levemente, muy levemente. Cerro la puerta y se fue hacia la calle. Prometí que, en un rato, iría a buscar a la gata de nuevo, mientras ella trabajaba. Lo dije por mera diplomacia. Era inútil y sabía que no lo iba a hacer. Menos con aquel frío.

El día siguiente fue de diseñar, imprimir y colocar carteles en los postes de la calle. La única foto que teníamos de la gata (hasta ese día no había notado que era realmente extraño tener tan pocas fotos de ella, aunque era tan consentida) era de aquellos primeros días, cuando no se atrevía a salir de su cesta. Miraba a la cámara con sus dos ojos verdes asustados, que parecían incrustados en su cabecita blanca y peluda. No sabía si alguien podría reconocerla aunque hubiese crecido tanto. Pero no había muchas más opciones.

“Noe. Me llamó un chico. Dice que tiene a la gata” le dije. Noe me miró fijamente. Prácticamente no había parado de fumar desde la noche anterior. Era como su válvula de escape ante el estrés, la presión y la frustración. “Vamos a verlo”, me dijo. “Vive un poco lejos”, le contesté. A Noe no le importó. Al fin y al cabo, la ciudad es accesible en lo que se refiere a movilidad. De todas formas, me parecía extraño que, quien llamase, viviese tan lejos. No creía que una gata pequeña pudiese llegar tan lejos por su propia cuenta, al menos que hubiese sido raptada, o algo similar.

El chico vivía en un piso de la avenida de Los Madroños. Tuvimos que esperar hasta la noche, a que regresara del trabajo. Nos había dejado muy claro que quería recompensa, y una recompensa cuantiosa. Noe lo maldijo en la intimidad conmigo. Las recompensas no se piden, se ganan. Yo no podía estar más de acuerdo. Sospechosamente, no nos quería mostrar fotos de la gata. Se basaba en no sé cuál teoría conspiranoica idiota de que nos espían desde Estados Unidos y otras gilipolleces más. Eso aumentaba la ira de Noe y, por reflejo, la mía también.

El chico nos abrió la puerta. Su piso estaba desordenado. Nos pidió que esperásemos un momento en el recibidor, que ya traería a la gata. Nos preguntó si habíamos llevado la recompensa. Noe le dijo que sí. Pude sentir una furia inusitada e insólita en su voz. Creo que si viviésemos en Estados Unidos, en donde no existe control de armas, Noe hubiese acribillado al chico ahí mismo con unos veinte o treinta disparos. A eso también contribuía el estado del lugar, que invitaba al desagrado. Había cajas vacías de pizza y latas de cerveza por doquier.

El chico trajo a un gato entre sus manos. Noe hizo un amago de sonrisa, que se le borró cuando el chico insistió una vez más en la recompensa. El gato no era la gata de Noe. Tenía cierto parecido, cierto aire, pero, definitivamente, no era. Era mucho más grande. Noe comenzó a temblar. Yo no sabía qué decir. De hecho, no había dicho absolutamente nada desde que habíamos llegado. Ni siquiera las buenas noches. Hubo un silencio extremadamente incómodo durante algunos segundos. El gato, entre los brazos del chico, nos miraba a todos.

Noe no precisó decir que aquél no era el animal que habíamos ido a buscar. Sabía que su temblor era por algo y que, de alguna manera, éste debía drenarse, salir al exterior. Soltó una violenta y sonora cachetada al chico, quien reaccionó soltando al gato, quien cayó al piso y corrió a refugiarse. Creo que fue por el mismo respeto del que ya hablé, que el chico no dijo nada. Es más, parecía que lo único que deseaba era que nos fuéramos y sentarse a llorar. Como cumpliendo sus deseos, nos fuimos. Bajamos rápidamente las escaleras y salimos por el portal.

Noe tuvo un ataque de risa, que presumo que fue de risa nerviosa. Creo que liberar el estrés, más con la terapia de pegar una gran cachetada a un chico con cara de tonto que habla de recompensas para un gato que ni siquiera es el tuyo, genera cierto alivio que, en una persona tan tensa, genera la risa. “¿Viste que le quedó mi mano marcada en la cara? ¡Parecía una de esas siluetas de manos de las pinturas rupestres”, me dijo. Yo me eché a reír junto a ella. Estuvimos un minuto riendo, como locas. Los peatones nos veían pasar y algunos de ellos, quizás contagiados, al menos sonreían.

A Noe se le volvió a pintar la decepción en la cara cuando llegamos a la casa. De nuevo comenzó a fumar, como al principio, de espaldas a mí y con una gran nube de humo como fondo a su cabeza. Tampoco había que perder todas las esperanzas. Cualquier otra persona podría llamar. Hay muchos casos en que las mascotas perdidas son halladas por gente buena y honesta que las retorna a sus dueños (si es que se puede considerar “dueño” al que cría a una mascota). También hay gente que adopta a gatos sin placa ni identificación, como era el caso de Bhadra. Era una variable que no habíamos considerado.

Escuchamos un maullido. O, al menos, eso nos pareció. Es difícil distinguir un sonido claro entre tantos coches, pasos, sirenas y voces. Pero distinguimos bien. Era un maullido. Es más, era el maullido de Bhadra. Noe abrió la puertecilla y allí estaba la gata. Inocente de todo. Sin saber que su escapada había generado tanto estrés, sin saber que su ausencia nos obligó a imprimir carteles, a movernos por todos lados y a darle un gran bofetón a un chico desagradable (aunque eso lo agradecemos. Quizás Noe, como es su carácter, lo hubiese hecho de todas formas con cualquier otra persona que cumpliese los requisitos).

La gata brincó al regazo de Noe. Noe rió. Esta vez no era una risa nerviosa, como la del portal. Regañaba a la gata mientras la cubría de mimos. Había regresado, que era lo más importante. Le ofreció comida, pero la gata no la aceptó. Intuimos que se había dado un gran banquete, que, quizás, regresaba solamente a descansar, como si nuestro piso fuese su hotel, su club en el que ella pasaba su tarjeta de membresía e iba y venía cuando se le antojase. Noe, prudentemente, cerró la puertecilla con cerrojo, por si acaso. Cerró las ventanas, por si acaso también.

Hemos sido, desde entonces, más cautelosas con la libertad de Bhadra. A veces nos sentimos una suerte de represosas, de enemigas de la libertad gatuna, pero la ciudad es un sitio que puede ser peligroso. Es un argumento poderoso a nuestro favor del que la gata, quizás, nunca podrá tener plena consciencia. Por las noches y las mañanas soleadas de los fines de semana, la sacamos a pasear con una correa que, cuando Bhadra quiere dar rienda suelta a su instinto nómada, le recuerda que es mejor quedarse con nosotras. Por fortuna, desde entonces, Noe no ha vuelto a fumar.

 

Tomás Marín.

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El negro primero, el blanco después

Con motivo de las celebraciones surgidas a raíz del centésimo nonagésimo cuarto aniversario de la crucial y famosa “Batalla de Carabobo”, el gobierno venezolano ha organizado el traslado de los restos simbólicos de Pedro Camejo, mejor conocido como el “Negro Primero”, hacia el interior del Panteón Nacional.

Entre las distintas manifestaciones ornamentales orquestadas por el estado venezolano para homenajear al célebre soldado, del que poca gente conoce el hecho de que luchó para ambos bandos de la contienda independentista, destaca la voz engolada del cantautor Antonio Martínez, quien, con guitarra en mano, entonó “El amo me quié pegá” (sic), canción que, bajo su inocente apariencia de humilde tributo, refuerza (una vez más) la teoría oficialista que, tomada de Eduardo Galeano, concluye que todos los males habidos y por haber son culpa del hombre blanco y pudiente.

El determinismo racial, a pesar de estar, hoy en día, más incrustado que nunca en las entrañas de Venezuela; no es algo nuevo en el país. Ya César Rengifo en su obra “Los hombres de los cantos amargos” o Alí Primera con su “Black Power” o su “Canción Panfletaria”, daban muestras inequívocas y evidentes de un resentimiento que, justificado o no, fue adoptado por la doctrina bolivariana como una punta de lanza que recuerda a “la hora del odio”, ese curioso episodio de la novela distópica de Orwell, “1984”, en la que las huestes del poder obligaban, durante algunos minutos, a gritar agravios a las fotografías retocadas de enemigos inexistentes.

En los últimos años se ha visto y vivido en el país la falsa creencia tristemente infundada de que la obscuridad en la piel es directamente proporcional a la venezolanidad. Esto se ha traducido en apelativos de desprecio que empestan y anulan toda posibilidad de salir adelante como nación unida: “sifrinito”, “hijo de papá”, “blanquito”, “burgués” entre otras muestras de intolerancia en una tierra que parece olvidar que sus próceres, tal como lo dijo Guillermo Morón en su “Historia de Venezuela”, “fueron hombres adinerados e intelectuales de tez blanca”.

Las amenazas tampoco son platos ausentes en este banquete tercemundista. Hace algún tiempo, a mi propia hermana, al quedarse accidentada junto a un amigo en una callejuela de Petare, le esgrimieron, junto a una lluvia de piedras, un determinante “tienes diez minutos para salir de aquí”.

Este comportamiento fue profetizado, hace casi ochenta años, por Alberto Adriani, aquel célebre ministro en el gobierno de López Contreras, quien fue el responsable, basado en argumentos erguidos en su calidad de escritor, de abrirle las puertas a tantos europeos que, huyendo de la guerra y sin un centavo en los bolsillos, sembraron sus manos, su trabajo y su corazón en un país que ahora los repudia tanto a ellos como a sus hijos y nietos.

Por ahora, queda la reflexión sesuda acerca de todo el metamensaje que engloba el traslado (merecido indudablemente) de los restos simbólicos de Pedro Camejo al Panteón Nacional. Se debe evitar el determinismo, el rechazo de cualquier lado, no venga a ser cosa que algún cantautor de ojos claros por ahí tome su guitarra y cante “el negro me quié matá”.

T.M.

Fotografía: Tomás Marín