Reseñas cantáridas: “El Palacio de los Sueños”, de Ismaíl Kadaré

No puede decirse que “El Palacio de los Sueños” sea la novela más importante de Ismaíl Kadaré, pero, sin duda, es una de las más curiosas. Ismaíl Kadaré, escritor albanés (quizás el más importante de Albania), tuvo que lidiar gran su vida con regímenes totalitarios. Y el régimen comunista de Albania era, quizás, uno de los más férreos en lo que respecta a la censura. Es por eso que la crítica que a este régimen hace Kadaré en “El Palacio de los Sueños” está maquillada al ambientarse la trama en el Imperio Otomano, que no es más que un reflejo que el autor hace de la represiva Albania de su tiempo. Cuando se terminó de publicar “El Palacio de los Sueños”, Kadaré, ganador del premio Princesa de Asturias de las Letras y varias veces candidato al premio Nobel de Literatura, contaba con 45 años.

“El Palacio de los Sueños” resulta un título curioso y un tanto ambivalente. Podría ser, perfectamente, el título de un libro o de alguna obra teatral musical infantil. Pero, en este caso, representa un lugar obscuro e inquietante, no sólo para el protagonista de la obra, quien se familiariza con este lugar, sino para el lector, quien acompaña al protagonista en su faena dentro del palacio.

La manera en la que se tocan los temas en “El Palacio de los Sueños” es realmente sutil. Cada lector, o cada crítico, podría alegar que vio, en el texto, el enfoque hacia una u otra cosa. Siento que el tema que más se trata en la novela es, que le viene como anillo al dedo a Kadaré, la libertad y los peligros que ésta corre cuando pretende ser controlada o canalizada. Y estos dos grandes mundos opuestos (libertad y control) tienen sus símbolos claros en el libro. La libertad está representada por los sueños y por el mundo inconsciente, en donde no existen reglas y todo es posible, incluso la adulteración de las formas y de los colores. El control está representado por el gobierno, quien, mediante el Palacio de los Sueños, busca coartar esa libertad, al ver en ella un peligro para su pensamiento hipersimplificado.

Podríamos decir que una de las características del Palacio de los Sueños es que no cuenta con unos personajes realmente profundos o realmente desarrollados. Quizás el único que se acerca a esto es el protagonista indiscutible, Mark-Alem. Mark-Alem pertenece a una poderosísima familia que, a veces aliada y a veces peleada con el gobierno, es respetada por todos. Y es Mark-Alem, que por una serie de movimientos y casualidades que muchas veces escapan de su entendimiento (y que se van revelando poco a poco), funge como el vehículo a través del cual accedemos al misterioso y casi secreto Palacio de los Sueños.

Mark-Alem, a lo largo de la obra, va interactuando, en mayor o menor grado, con otros personajes aún menos desarrollados que él. Por un lado están los muchísimos funcionarios, de mayor o menor rango, con los que se encuentra en el Palacio de los Sueños, aunque éstos, muchas veces, no son más que recursos que el escritor utiliza con el fin de profundizar más en la descripción del lugar. Por otro lado está la familia de Mark-Alem, una familia que, como cualquiera, tiene sus uniones y sus desavenencias. Es la familia de Mark-Alem la que hace de “motor” de los engranajes para que la trama de la obra avance más allá de lo que sucede en el palacio.

Porque es, precisamente, el gran Palacio de los Sueños el protagonista indiscutible de la obra. Es cierto que no es un personaje propiamente, pero presenta tantas caras y tantos submundos, que toda la trama, y todos los personajes, se convierten en auxiliares para conocer a fondo este distópico lugar de pasillos infinitos, de empleados adocenados, de resoluciones obscuras y de un funcionamiento fascinante que busca desentrañar, entre los miles y miles de sueños del pueblo, aquéllos que puedan considerarse de interés o de peligro para el gobierno.

El narrador del Palacio de los Sueños se limita a ser un simple descriptor de sucesos. Y hay un hecho curioso. El narrador puede decirnos lo que está pensando Mark-Alem, pero solamente puede hacerlo con él. Los pensamientos del resto de los personajes, al igual que ciertos eventos del Palacio de los Sueños, no pueden ser develados más que por la propia historia. Este recurso logra que las dudas de Mark-Alem sean nuestras mismas dudas, enigmas a resolver.

El Palacio de los Sueños, aunque presente una trama que puede ser universalmente reconocible por todos, está salpicado de ciertos localismos o referencias otomanas y albanesas. De hecho, hay una parte, cerca de las primeras páginas, en la que una serie de personajes sostienen una larga conversación acerca de batallas y eventos históricos que, en una opinión personal, no le aportan gran cosa al texto en general.

Pero no puede decirse que el lenguaje en “El Palacio de los sueños” sea lento o pesado. Todo lo contrario. Es un lenguaje bastante ameno y bastante veloz. Y hay algo de este lenguaje que merece ser destacado. Las descripciones, casi siempre sombrías, grises y un tanto deprimentes tanto en interiores como en exteriores, nos sirven como un recurso estético que, a mi parecer, le aporta más misticismo a la obra, de por sí con tintes mágicos.

“El Palacio de los Sueños” tuvo mediano éxito en su tarea de burlar la censura en su país. Algunos censores (irónicamente con una tarea similar, quizás alegórica, a los funcionarios del Palacio de los Sueños), no captaron las similitudes entre el Imperio Otomano, en donde se desarrolla la trama, y la Albania a la que realmente hacía referencia Kadaré. Otros, sin embargo, lo captaron inmediatamente, censurando la novela durante algún tiempo.

Tomás Marín

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Reseñas cantáridas: “La letra escarlata”, de Nathaniel Hawthorne

“La letra escarlata” es, sin duda alguna, la novela emblema de Nathaniel Hawthorne. Hawthorne es una de las plumas más respetadas y representativas del Siglo XIX norteamericano. Desde muy pequeño estuvo entregado a las humanidades y al saber. Publicó su primera novela cuando apenas contaba con 24 años. Bien es cierto, a manera de curiosidad, que, varios años después, Hawthorne renegaba de esta novela, al considerarla inferior con respecto a su producción literaria posterior. Cuando fue publicada “La letra escarlata”, Hawthorne ya era un escritor algo veterano. Tenía 46 años. El estilo de Hawthorne siempre se movió, como hijo de su tiempo, en el relato obscuro, gótico y un tanto aterrador. Este estilo fue el más importante en el Siglo XIX estadounidense y contó con otros exponentes como Washington Irving, el autor del personaje del célebre personaje del “Jinete sin cabeza” o, el más famoso de todos los autores de este movimiento, Edgar Allan Poe.

La letra escarlata es un título totalmente apropiado para la trama que nos presenta Hawthorne en la novela. Su significado en la historia tiene dos vertientes. Una de ellas es la sencilla, la literal. La letra escarlata es un castigo impuesto a una mujer por haber cometido adulterio. Es, literalmente, una letra escarlata (Una letra “A” bordada sobre su pecho). Llevarla, castigo impuesto por el tribunal puritano del pueblo, implica una vergüenza terrible en una sociedad tan conservadora. Por otro lado, tenemos la vertiente metafórica de la letra escarlata. Nos referimos con esto a la letra escarlata invisible, a la que muchos personajes (incluso nosotros mismos) podemos llevar dentro del pecho, aunque no sea tan notorio. Esta vertiente se ve con claridad en uno de los personajes, pero de esto hablaremos luego.

Resulta algo difícil definir un solo tema que se trate en “La letra escarlata”. Es cierto que su estilo está impregnado de naturalismo, de cierta literatura documental acerca de las sociedades puritanas del nuevo mundo norteamericano. Pero este contexto es sólo un vehículo. Siento que el tema que se escarba a mayor profundidad es el de la culpa. La culpa desde todas sus perspectivas. Desde la perspectiva de quien comete una falta, y hace lo posible para enmendarla, hasta la perspectiva de quien busca hacer justicia tras esa falta, ya que esta falta le afectó directamente. En medio de este camino se encuentra el espectador, quien muchas veces pretende hacer de severo juez sin conocer a profundidad la situación. Y muchas veces, tristemente, este espectador/juez es el que actúa con más intolerancia y rabia.

El personaje principal de la historia, y el que comete la falta que es castigada con la letra escarlata, es Hester Prynne. El autor hace mucho hincapié en la belleza de Hester, ya que ésta está ligada a su caída en desgracia. Esta belleza, al menos en apariencia, muchas veces es capaz sobreponerse a las severas sanciones o a las inquisidoras miradas de sus semejantes. Hester, a lo largo de la novela, va trazando un durísimo camino de expiación. Hester sufre en secreto pero intenta sonreír a un mundo que le es adverso adrede. Técnicamente, la falta de Hester Prynne no tuvo un gran perjuicio a su comunidad, ensombrecida por una fe ciega y flagelante. Pero la comunidad aparta a Hester y convierte su redención en un camino aún más duro, al ser solitario y desesperantemente aislado.

Si me he referido a Hester Prynne como el personaje principal de la historia, debo hacer una ligera aclaratoria. Hester Prynne es el personaje principal en la primera mitad de libro. Poco a poco, ella va legando este protagonismo a otro protagonista. Este protagonista es el ministro Dimmesdale. Casi sin darnos cuenta, él recoge el “testigo” de la letra escarlata, pero a una escala mucho más obscura y siniestra. Dimmesdale es un personaje totalmente ambiguo, del que sólo el lector y los personajes estrictamente principales intuyen o saben su verdad. A Dimmesdale (cuyo apellido vendría a ser como un juego de palabras que indican algo así como “Desfiladero obscuro”) le atormenta en demasía la culpa, que se acentúa, a diferencia de Hester, en que ésta no es visible. Por el contrario, Dimmesdale es una persona totalmente idolatrada en su comunidad.

En mi opinión, el personaje mejor trazado de toda la historia, y el que, en cierto modo, capitaliza la actitud que los seres humanos tenemos al muchas veces creernos jueces con terrible severidad, es el “Doctor Chillingworth”. Chillingwhorth, cuyo apellido, de una manera parecida a Dimmesdale, es un juego de palabras referente a la “sangre fría”, es el personaje filosófica y poéticamente más complejo de la novela. En Chillingworth se nos presenta a un hombre que se encuentra en una especie de inquietante punto medio entre el amor más apasionado y el odio más visceral. Su actitud de “saldar cuentas”, paradójicamente, en vez de brindarle paz, cada vez le brinda más sombras y repercusiones negativas. Su misma fisionomía, como puede apreciar el lector, va mutando en relación a sus decisiones, cada vez más enceguecidas, hasta convertirse en una especie de monstruo.

Estos personajes nos son presentados por el propio Hawthorne, que funge de narrador. El narrador es omnipresente y tiene la capacidad de ahondar en los pensamientos de los personajes, aunque éstos pensamientos sean, muchas veces, precisamente, los que los personajes intentan ocultar. Hawthorne, a veces, se detiene en explicaciones contextuales históricas o en anécdotas no tan relevantes a la historia principal que, a veces, me desesperaron un poco como lector. Sin embargo, se rescata que estas anécdotas dejan enseñanzas o, al menos, curiosidades.

Es precioso el hecho de que Hawthorne, tanto en el prólogo como en el epílogo de la obra, se presenta como un escritor simpático y no muy orgulloso de su obra que desea contar, con la ayuda de archivos documentales encontrados, la historia de Hester Prynne y de la letra escarlata. El prólogo de “La letra escarlata” es quizás un poco largo y duro de digerir. Hawthorne nos va contando, en éste, su experiencia como funcionario de aduanas (profesión que ejerció en la vida real) y nos va describiendo los ires y venires de este oficio hasta que, finalmente, nos relata que encuentra, en un viejísimo archivo, la deshilachada y desteñida letra “A” que llevó Hester Prynne junto a papeles con su historia. Es aquí cuando hace conexión con la trama principal.

El lenguaje de Hawthorne en “La letra escarlata” es sumamente descriptivo. No es sólo descriptivo en relación a los ambientes o a los lugares, sino a todos los aspectos, físicos y psicológicos, de sus personajes y de la actitud que tienen en ese momento. A pesar de esto, el lenguaje no es engorroso. Hawthorne da campo de diálogo a los personajes para que hablen y se expresen por sí mismos. Debo confesar que, en al menos dos ocasiones, los diálogos de los personajes me parecieron un tanto cursis e inverosímiles. Pero no es algo que se repita de manera notoria en la historia.

“La letra escarlata” cuenta con otro protagonista elemental. Nos referimos a Salem, el poblado tan famoso por los terribles juicios a las brujas que tuvieron lugar en el Siglo XVII. Salem, y Massachusetts en general, fue una de las regiones más famosas por la excesiva rigidez de sus pobladores. Y Hawthorne nació en Salem. De hecho, Hawthorne era descendiente de uno de los principales jueces en aquellos juicios de “brujas” y de uno de los principales fundadores del poblado. De hecho, la “W” en el apellido de Hawthorne fue colocada por él mismo para distanciarse de ese pariente suyo, del cual se avergonzaba.

Tomás Marín

Bestiario estudiantil de Caracas III

Bestiario Estudiantil de Caracas

Colegio Presidente Kennedy (Fe y Alegría). Petare.

Estudiante: Tatiana Andrea Gómez Solano. II Año. Ciclo básico.

Nunca he creído que el barrio sea un estigma. Nunca he creído que el barrio sea una limitante. Nunca he creído que el barrio sea un condicionante. El barrio tampoco debe ser un complejo. Hay mucha gente (amigas mías inclusive) que se avergüenzan del barrio. Muchas de mis amigas no tienen más sueños que operarse el pecho y ser misses. Es muy cómico cuando les toca rellenar las planillas de los concursos de belleza. Dicen que vienen de urbanizaciones. Les da vergüenza la miseria. ¿Cómo vas a salir de la miseria si no la aceptas? ¿Cómo la vas a superar si apartas la vista y haces que los otros también aparten la vista? Yo sueño con salir del barrio. Sueño con irme a una casa bonita afuera del país. Pero sueño con salir del barrio a través de la música. En mi casa había un CD con canciones de Aldemaro Romero. Mi sueño era ser como Aldemaro Romero. Y sigue siendo ser como Aldemaro Romero. Me daban mucha risa muchas de mis compañeros y de mis amigos. Eran de esa gente devota del Reggaetón y la Salsa. Nunca les gustaba Aldemaro Romero. Siento que Aldemaro Romero nunca podría calar en el barrio. Quizás mi música tampoco. Por eso quiero probar suerte en otros lugares. Nunca he tenido claro si el disco de Aldemaro Romero (que sólo escucho en ocasiones especiales. Me da miedo que se estropee) era de mi mamá o de mi abuela. Creo que era de mi mamá. Me gusta pensar que era de mi mamá. Mi mamá murió hace algunos años. Yo no recuerdo cómo murió mi mamá. Me dicen que yo era muy pequeñita para recordarlo. Pero yo creo que mi mente lo suprimió. O lo ocultó en algún sótano muy obscuro. Lo guardó en un lugar parecido al infierno. A mi mamá la mataron en 2010. Caminaba de regreso a casa. La abordaron para quitarle lo que había cobrado ese día. Mi abuela me abrazaba mientras lloraba. Sólo tengo flashes.

Desde entonces vivo con mi abuela. Mi abuela tiene 71 años. Tiene una piel muy tersa para su edad. Mi abuela es muy linda. Mi abuelo (su esposo) murió en el deslave del 99 en Vargas. Estaba visitando a unos amigos que tenía tiempo sin ver. Cuentan que se lo llevó una piedra del tamaño de una casa. Su cuerpo nunca apareció. Creo que quedó sepultado junto a tantos miles bajo el barro de Vargas. Yo sólo tengo a mi abuela. Mi abuela sólo me tiene a mí. Entre las dos nos cuidamos. Una vez compuse una canción sobre mi abuelo. Era una canción instrumental. Un poco al estilo de Onda Nueva (ya saben por influencia de quién). La toqué en el tecladito que tenemos en la casa. Es un teclado Casio que compré luego de ahorrar mucho y de ayudar en el trabajo a uno de los mejores amigos de mi abuela. Es un señor muy bueno. Iba a trabajar después de regresar del colegio y de hacer mis tareas. Mi abuela se puso a llorar cuando le toqué la canción que le había compuesto. Me abrazó. Yo me sentí satisfecha. La música te puede tocar. La música te puede transportar. La música te puede salvar del barrio. Porque el barrio no es un estigma ni una limitante ni un condicionante.

Mi abuela me cantaba canciones cuando yo era pequeña. Eran como tonadas. Como las famosas tonadas de Simón Díaz. No sé que tiene la voz de mi abuela. Pero siempre me tranquilizaba. Y me tranquiliza aún. A veces. Mi abuela se inventaba las letras. Es muy buena para improvisar rimas. Siento que mi abuela va a reencarnar un día en un rapero famoso. Me encanta oír cantar a mi abuela. Sus canciones a veces evocan chistes. A veces evocan muerte. A veces evocan una Venezuela que ella me cuenta pero que yo no asimilo. Porque aquí las cosas están cada vez peor. Yo no quiero que mi abuela corra la misma suerte que mi mamá. Yo no creo en Dios. O él es que no cree en nosotros. Pero le pido a la vida que a mi abuela no le pase nada malo.

Cada vez tengo menos tiempo para dedicarme a escuchar o a escribir música. Todo el día se me va entre estudiar y hacer colas para comprar productos básicos. Todo el día se me va en cuidarme y en cuidar a mi abuela. Ella me dice cosas tristes cuando se siente triste. Me dice que no debo cuidarla. Que debe morirse si su destino es morirse. Me dice que me cuide yo y que nunca deje la música. Que la música ve va a ayudar a salir del barrio y rescatarla a ella. Para salir también del barrio.

El otro día hubo un tiroteo horrible. Duró muchísimos minutos. No es la primera vez que escucho un tiroteo. Pero éste fue particularmente largo y aterrador. No sé si fue una guerra entre bandas. O un operativo para cazar malandros. Hay muchas bandas en mi barrio. Pero ninguna de música. A mí me gustaría tener una banda de música. Yo tuve pánico. Pero mi abuela me cantó para que yo me calmara. Y su voz me calmó. Aún recuerdo la letra. “Bajo este techo, nada podrá tocarte. Las balas rabiosas no podrán alcanzarte. Algún día, si tenemos suerte, se irá la pólvora y se irá la muerte”.

Yo creo que la música más que en todo. Siempre encuentro un huequito para tocar y componer. De vez en cuando me reúno con gente para tocar. Aunque siempre tenemos miedo. Un día tendré más dinero y podré estudiar teoría y solfeo como se debe. Yo quisiera retratar en música todo lo que viví. Y que un día alguien sueñe con ser como yo. Yo no quiero olvidar al barrio. Más bien quiero inmortalizarlo. Porque yo soy más grande que él. Él no es ni un estigma ni una limitante ni una condicionante.

 

Reseñas cantáridas: “La tortura de la esperanza”, de Auguste Villiers.

La tortura de la esperanza es un cuento de Auguste de Villiers (aunque su nombre era mucho más largo), escritor francés nacido en 1838. La vida de Aguste de Villiers fue realmente particular. Toda su vida aseguró que pertenecía a una ya moribunda (por no decir muerta) nobleza francesa. Pero la verdad es que no lo hacía por simples ganas de molestar. Lo hacía porque, durante toda su vida, la situación económica del autor fue realmente apretada y deseaba, por la vía del linaje, obtener algún dinero. De hecho, muchos de sus textos fueron hechos más por apuros económicos que por intereses realmente artísticos. La tortura de la esperanza fue publicado, en una colección de relatos llamada “Nuevos cuentos crueles”, en 1888, un año antes de que Auguste de Villiers falleciera a razón de un cáncer de estómago. Su título original en francés es “La torture par l’espérance

El relato cuenta con un exquisito humor negro y un tanto macabro. Podría pensarse, de buenas a primeras, que se trata de una crítica a la inquisición y a la intolerancia. Pero el verdadero tema es la frustración y la desesperanza. Y no a cualquier desesperanza (que es lo que hace que el relato se convierta en todo un homenaje al humor negro y a la ironía) sino a la desesperanza de quienes creen, precisamente, en la esperanza misma. Un poco al estilo de que nada, por más intenciones que tengamos, podemos hacer en contra de la predestinación.

Es un texto de pocos personajes. El principal de ellos es al que conocemos como el rabino Abarbanel. Abarbanel es un prisionero de la inquisición española que, durante un año, ha sido torturado dura y cruelmente a razón de que es un judío convencido (descendiente de los mismos judíos del antiguo testamento) que no desea aceptar al dios de los cristianos. Esto nos lleva al otro personaje importante de la historia, que es Pedro Argüés, el tercer gran inquisidor de España, el responsable de toda la tortura que ha sufrido el desdichado rabino. Otra de las grandes ironías del relato se basa en el comportamiento de Pedro Argüés. Éste siempre le asegura al infeliz rabino que todo lo hace por su bien, para recuperar a su “oveja descarriada”.

El relato, bastante breve y conciso, tiene una fluidez impresionante. La primera parte se basa más en recuerdos que nos hacen familiarizarnos con los personajes. La segunda parte es la acción como tal, que se desarrolla de una manera dinámica y realmente ágil. Acompañamos al Rabino Abarbanel en un periplo tanto simbólico como literal en el que es su último manotazo en búsqueda de su última esperanza, en sus ganas de liberarse y de huir. Todo el relato, conciso al fin, se desarrolla en un complejo de calabozos y mazmorras en donde todos los actos, como en un gran encierro, se desenvuelven con descripciones que, aunque no son muy largas, nos revelan una imagen muy clara de los hechos y del lugar.

El ambiente en el que se desarrolla la trama es en medio de la cruel inquisición española. El autor (que hubiese sido totalmente innecesario) no pierde tiempo ni muchos renglones en describir a la inquisición como tal. El relato, a pesar de que es ubicado en la inquisición española, podría aplicarse perfectamente a una de las crueles cárceles del siglo XX o hasta del Siglo XXI. Es posible que el autor haya reflejado en este texto su propia desesperanza ante una vida que siempre quiso tener y que, cuando parecía que por fin tendría, se le esfumaba de las manos.

Tomás Marín

 

Reseñas Cantáridas: “La Buena Terrorista”, de Doris Lessing: La ansiedad por ser rebelde.

“La Buena Terrorista” es una novela de la escritora británica Doris Lessing. Es cierto que Doris Lessing no nació en Gran Bretaña como tal. Lessing era hija de un militar inglés que, para el momento del nacimiento de Doris, se hallaba de misión en lo que actualmente es Irán. Luego de esto, vivió, hasta los 30 años, en lo que actualmente es Zimbabwe. La vida de su padre, y las vivencias propias de Doris, la atrajeron siempre hacia los temas políticos. La Buena Terrorista fue publicada en 1985, cuando la autora contaba con 66 años de edad.

La Buena Terrorista, como bien lo indica su título, se trata de un gran oxímoron, de una contradicción, de una paradoja. ¿Puede ser bueno un terrorista? es una pregunta que, aunque no se expone directamente en ninguna página, pareciera estar allí, como flotando a lo largo de toda la novela. Hay varios temas que se tocan a lo largo de la trama. Hay temas humanos, como la soledad y la pertenencia. Entiéndase una pertenencia a un grupo, sea un grupo de compañeros, de amigos, o un grupo familiar. Hay temas políticos, como el terrorismo propiamente, y su aplicación. Otro tema que se toca en la novela, también político, es la izquierda, las resistencias, especialmente las llevadas a cabo por las juventudes comunistas, casi siempre soñadoras, fantasiosas y amantes de la utopía. Se tocan otros temas más locales, propios del Reino Unido del momento, como el IRA, el famoso Irish Republican Army, grupo independentista asociado no pocas veces al uso del terrorismo.

La Buena Terrorista es una historia de pocos personajes (aunque existe una cantidad considerable de personajes casi referenciales que no adquieren ningún protagonismo en la historia). Esto hace que, a lo largo de sus casi 500 páginas, los pocos personajes que se desenvuelven a través de la trama puedan desarrollarse bien. Los personajes de La Buena Terrorista, para bien o para mal, al menos en mi opinión, están muy bien dibujados y son entrañables, aunque muchos de ellos nos resultan abrumadoramente chocantes. La protagonista de la historia es Alice, una muchacha de clase media/media alta cuya historia comienza con su llegada a un squat, una especie de casa okupada como las que podemos ver en España. Aquí comienza lo que viene a ser el primer oxímoron o contradicción del libro. El desenvolvimiento de una muchacha (que no es una muchacha tampoco, tiene más de treinta años) en una vida comunal, alejada de las comodidades de la vida de clase media o media alta. Es cierto que no es la primera vida comunal que tiene Alice, quien ya ha vivido en otros squats y tiene ciertas facilidades para adaptarse a los mismos. Una de las grandes piedras en el zapato, por llamarlo de alguna manera, de Alice es Jasper. Jasper es un muchacho más joven que ella, que ya ha vivido junto a ella mucho tiempo, incluso mientras Alice aún vivía junto a su madre, y hacia quien Alice desarrolla una auténtica dependencia emocional. De hecho, una de las grandes batallas de Alice, tanto antes de que inicia la trama como luego de ésta, es la lucha contra casi todo el mundo quien ve en Jasper a una especie de parásito inútil que frena a Alice más que la ayuda, mientras Alice ve en él a una especie de héroe o de dios, a pesar de que Jasper, uno de los personajes chocantes a los que me he referido anteriormente, es prepotente con ella, casi nunca la trata con cariño y jamás la mira con ojos de amor de pareja. Esto, no pocas veces, despierta en Alice, sobre todo cuando se siente triste o frustrada, el deseo de dejarlo, de abandonarlo a su suerte. Pero nunca puede, su dependencia emocional no se lo permite.

Hay dos personajes que me parecieron, particularmente, los mejor trazados, los mejor descritos, los más entrañables. Estos personajes son casi uno solo, ya que, a lo largo de toda la novela, casi siempre están juntos. Es una pareja de lesbianas que no podrían ser más disímiles entre sí. Una de ellas es Faye, quizás el personaje más característico de toda la novela. Es una muchacha muy chocante, pero tiene siempre un no sé qué de encanto que hace que no la puedas terminar de odiar. Faye, quizás, de todos los personajes de la novela, es quizás la más mala, la que alberga más resentimiento y odio. Por otro lado, se nos va revelando como una chica sufrida, que lo ha pasado realmente mal a lo largo de su vida. Lessing, la autora, se encarga siempre de resaltarnos, casi en cada aparición que tiene Faye, su belleza física, única y abrumadora. La pareja de Faye, el otro elemento de este binomio de personajes, es Roberta. Roberta, como he señalado, es todo lo contrario a Faye. Es gruesa, grotesca, hombruna y bonachona. Tiene una dependencia brutal hacia Faye, su pareja. La dependencia de Roberta hacia Faye asemeja un poco a la de Alice hacia Jasper, pero mucho más intensa. Cuando Faye tiene una rabieta o una pataleta, es Roberta quien se excusa por ella. Cuando Faye llora, es Roberta quien la consuela. Roberta se ha convertido en una especie de madre para ella. Y muchas veces Faye, aunque se nos deja en claro que la ama, no es recíproca con todo el sacrificio que Roberta hace por ella.

Aunque toda la trama siempre va de la mano de Alice, la protagonista sin ningún tipo de duda, la historia nos es narrada a través de un narrador en tercera persona. Este narrador tiene la capacidad de ahondar tanto en los pensamientos como en los sentimientos de todos los personajes, sobre todo de Alice, naturalmente, aunque éstos no expresen estos pensamientos ni estos sentimientos con palabras. De vez en cuando, el narrador se permite (aunque esto sucede sólo unas dos o tres veces en toda la novela) emitir alguna opinión acerca del comportamiento de tal o cual personaje, o de un contexto histórico mucho más macro que está relacionado con el comportamiento de dicho personaje en ese momento.

La cronología en la narrativa de La Buena Terrorista no es particularmente complicada. La historia va siempre hacia adelante en un ritmo constante que, en algún momento, nos puede parecer un tanto uniforme y hasta lento. Sin embargo, sobre todo con el personaje de Alice, se utiliza mucho el recurso de la analepsis, es decir el retorno a sucesos pasados, en este caso a manera de recuerdo. Casi todas las vueltas al pasado que hace Alice, en su memoria, ensimismada, traen a colación a otro personaje que, a mi parecer, es esencial en la trama. Este personaje es Dorothy, la madre de Alice. Dorothy es un personaje que presenta otro de los grandes contrastes en la trama. Es un personaje venido a menos. En sus recuerdos, en el pasado de su niñez y de su adolescencia, Alice asocia siempre a Dorothy, su madre, con muchos de sus recuerdos más felices. Pasteles, mimos, juegos, fiestas. En el presente, ya ninguna se soporta. De hecho, hay un devastador diálogo, cerca de las páginas finales, entre Alice y Dorothy, en el que capitalizan todas sus vivencias de madre e hija. Curiosamente, luego de este diálogo, si pensábamos que la novela tenía un ritmo que podría parecer lento, de repente la trama se acelera de una manera avasallante, como si alguien hubiese presionado un botón de turbo. De hecho, las últimas 40 páginas de la novela podrían ser extraídas de la misma y formar una especie de relato aparte, un relato realmente fuerte. Aunque, en honor a la verdad, las últimas 40 páginas, a pesar de ser dinámicas, rápidas, violentas, perderían muchísimo sentido si no tuviésemos ya tanta familiaridad con los personajes que aparecen en éstas. También es necesario destacar la habilidad de Lessing para poder desarrollar, sin aburrirnos nunca, mucho más de la mitad de la historia dentro de una misma casa. En este caso es la casa número 43, el famoso squat en el que vive Alice junto a sus compañeros. De hecho, es admirable que, no pocas veces, cuando un personaje sale de la casa 43, no volvemos a saber de él hasta que regresa a la misma. Es como si, de alguna forma, nosotros también habitásemos en el squat.

El estilo narrativo de Doris Lessing, al menos en esta novela, es bastante limpio. No tiene grandes metamensajes más de los que están implícitos en las mismas explicaciones a lo largo de la trama. Es un lenguaje ameno y bastante coloquial que, de hecho, muchas de las críticas que tuvo la novela, al momento de publicarse, se basaban en la simplicidad de su lenguaje, considerada excesiva por algunos críticos. También está bastante empapado de diálogos, generalmente cortos, de casi todos los personajes. En estos diálogos, podemos apreciar que existen notorias diferencias entre los distintos personajes. Distintas maneras de expresarse, aunque circunden un mismo tema.

Como he mencionado anteriormente, la novela está fuertememente influenciada por su mismo tiempo y por su misma circunstancia. El resurgimiento de las juventudes comunistas en Gran Bretaña, la influencia de la Unión Soviética en ésta. Pero el hecho que realmente inspiró a Doris Lessing a escribir “La Buena Terrorista” fue un atentado que hubo en 1983, apenas dos años antes de la publicación de la novela, en la tienda departamental Harrods. Este atentado, llevado a cabo con un coche bomba, fue adjudicado al IRA, el controversial grupo izquierdista que aboga, entre otras cosas, por la independencia de Irlanda (y de Irlanda del Norte) con respecto al Reino Unido.

Tomás Marín

¿Por qué renuncié a seguir siendo del equipo de campaña de Henri Falcón?

Una vez un amigo me dijo, compartiendo una botella de Cacique, que Venezuela era el único país en donde ser talentoso y ser inteligente se pagaba caro. Yo no le presté mucha atención. Asentí para no hacer un debate de una discusión que estaba siendo agradable. Para la época en la que él me dijo eso, Venezuela no estaba tan jodida. Mi amigo, que no importa su nombre para esta historia, hace ya cuatro años que se fue del país. Yo decidí quedarme. Al menos no me quería ir sin intentar. Al fin y al cabo, en una economía destrozada como la venezolana, quien es astuto puede encontrar minas de oro. Pero yo no contaba que para encontrar esas mimas de oro hay que carecer de escrúpulos.

Los profesores de la universidad me adoraban. Les juro que varias veces, en la universidad, los profesores decían al salón cosas como: “Aprendan de Helena. Esa muchacha va a llegar lejos”. A mí me daba muchísima vergüenza. Por otro lado, no voy a negar que me encantaba. Ese tipo de influencias hacía que todo el mundo se matara por hacer los trabajos conmigo. Me daban comida y me invitaban a todos lados. De todas formas, la Monteávila es una universidad que no es particularmente difícil.

Cuando me gradué, de Comunicación Social, conseguí trabajo rápido. Además, era un buen trabajo. Yo me había especializado en comunicación de masas. Siento que la comunicación de masas, en Venezuela, es la parte de la comunicación a la que se le pueden exprimir más cosas. Las masas en Venezuela se contentan con un pedazo de pan y un mal circo. Pueden morirse de hambre, pero basta con que grites un poco y agites una bandera estúpida para que todos hagan lo que quieres.

Yo ayudé a la campaña que hizo ganar a David Smolansky en El Hatillo. Smolansky era un chamo que siempre me cayó mal. Era como uno de esos estudiantes que decían cualquier imbecilidad para figurar en los medios. Sin embargo, trabajar en el diseño de comunicación de la campaña de alguien como Smolansky (Cuya victoria sería fácil. El Hatillo siempre ha sido un municipio opositor) sería una buena escuela para comenzar a poner en práctica todas esas teorías que yo había desarrollado, leído y profundizado en la universidad.

Ya se sabe que Smolansky ganó la campaña. La estrategia que yo señalé como la más apropiada, fue apelar a la nostalgia. En un país que está asolado por una dictadura comunista y en donde Caracas está visiblemente en ruinas, el recuerdo del Hatillo, que se magnifica por el aroma a verde que, a pesar de la violencia, de la miseria y de la pobreza, aún se respira ahí, siempre te saca una sonrisa o un suspiro. Yo sabía que, de todas formas, ya los alcaldes y los gobernadores habían sido pactados por el gobierno y por la oposición. Pero había que hacer campaña, había que hacer teatro y, además, la paga era buena.

El hecho es que yo, para la gente del Hatillo, me fui por la vía más fácil. Apliqué, mediante reuniones vecinales en las que se servía té y galletas, una especie de “Make El Hatillo great again”. Yo sabía que todo era una farsa. De hecho, el mismo Smolansky sabía que todo era una farsa. Ni el Hatillo ni Caracas se podrán recuperar, al menos a corto o a mediano plazo, de las garras de la violencia y de la dictadura. Pero todas las señoras del Hatillo, rememorando mejores días, decidieron seguirnos el baile. De hecho, el gordo Smolansky, en una reunión que hicimos en la alcaldía, me abrazó frente a todo el equipo de campaña y dijo: “Sigan el ejemplo de Helena. Esta caraja va a llegar lejos”. Yo me puse roja, sobre todo cuando todos aplaudieron.

Al principio no supe quién supo de mí. Cuando las campañas (o las farsas de campaña) son a nivel presidencial, todos los hilos se mueven desde el anonimato. Me llegó un correo de un tal Teodoro, que me solicitaba, en cortas parrafadas, reunirnos en un lugar público. Él, de alguna manera, sabía toda mi experiencia y mi currículum. No sé si fue alguien que lo recomendó o si tuvo acceso (que es lo que creo más probable) a una base de datos. A mí, al principio, me dio miedo. En una ciudad como Caracas, ya nadie cree en un correo así. Pero, buscando en Google acerca del tal Teodoro, vi que, al menos, en el caso de que realmente fuera él el que me escribía el correo, era un personaje medianamente público. De todas formas, le dije a cuatro amigos que me acompañaran. Éstos me dijeron que sí (Aunque, al final, todos me plantaron y fui yo sola).

Por Whatsapp, terminé de cuadrar con Teodoro acerca de todo. Él me había explicado, muy por encima, más o menos por dónde iban los tiros. Me había dicho que todo estaba relacionado con una nueva campaña, aunque no me había dicho de quién. De todas formas, yo lo intuía. Quedamos para vernos en el café que está en una esquina de la Plaza los Palos Grandes. Habíamos quedado para las cuatro de la tarde. A plena luz del día. Yo pensaba que, si me secuestraban, al menos habría testigos.

Teodoro se presentó con una guayabera blanca. Me brindó un café helado y pidió otro para él. Me dijo que, a través de una base de datos (Como yo sospechaba), había visto mis notas de la universidad, mi mención Cum Laude y mi experiencia. Me dijo que pronto comenzarían las campañas para las elecciones presidenciales que Diosdado Cabello, mediante la Asamblea Nacional Constituyente, había mandado a adelantar. Teodoro era uno de los directores de campaña de lo que sería la candidatura de Henri Falcón.

Teodoro, al menos conmigo, era un tipo diáfano y agradable. Al menos me habló claro. Me dijo que querían que yo fuese la coordinadora mediática en la campaña de Henri Falcón. Teodoro se reía cuando decía campaña. Él sabía que era una puesta en escena, que Henri Falcón era un actor que se prestaba al juego del gobierno. Pero que desde que casi todo el mundo había impuesto sanciones a los jerarcas de la dictadura, había que lavar un poco la imagen ante el resto del mundo a través de unas elecciones, aunque éstas fuesen fingidas.

Yo estaba a punto de decir que no. Teodoro era muy agradable y todo, pero no me interesaba prestarme a eso. Además, y esto fue algo que le dije muy claramente y que él sonrió al entenderlo, no me interesaba tanto trabajo (porque una campaña, por más simple que sea, implica un trabajo titánico) para ganar el bolívares, una moneda que no vale ni el papel en el que está impresa. Teodoro, un tipo corpulento, se alzó un poco y con su mano se sacó del bolsillo trasero de su pantalón una cartera. “Sabía que me podrías decir algo así”, me dijo. De la cartera sacó un billete de cien dólares y lo puso en la mesa. Yo no lo podía creer. De hecho, tardé varios segundos en asimilarlo. Mi primera reacción fue cubrir el billete con una servilleta. Me daba paja que alguien más lo viera. En Venezuela, en Caracas, con cien dólares casi que te puedes comprar una casa.

“Quizás con eso te lo puedas pensar un poco mejor. Lo que vas a ganar es mucho más que esto. Pero considera esto un adelanto por la molestia de haber venido hasta acá”, me dijo Teodoro guiñándome un ojo y recordándome, previo a una sonora carcajada, que también me había invitado al café helado, que, como siempre en esa cafetería de la Plaza los Palos Grandes, estaba divino. Teodoro se había ofrecido a llevarme hasta mi casa. De todas formas, no vivo muy lejos de la plaza. Bajamos al estacionamiento de la plaza y, en su Corolla azul, me dejó en la puerta de mi casa. “Piénsatelo bien”, me dijo cuando el vigilante de mi edificio pulsó el botón para abrir la puerta y yo entrar.

Yo lo llamé esa misma noche. No me importaba hacerle “campaña” a un imbécil como Henri Falcón. Si me pagan en dólares, yo le hago la campaña al mismísimo Hitler. Yo quiero irme del país, tener dólares para pagarme una buena carrera en el exterior orientada hacia la comunicación política y de masas. “¿Te lo pensaste bien?”, me respondió al teléfono, con su voz gruesa, Teodoro a manera de contestación. Yo le dije que sí. Él se rió y me dio la bienvenida. Me citó para el día siguiente en la sede del comando de campaña de Falcón, cerca de Colegio de Ingenieros. No había tiempo que perder. “No te preocupes, Helena. Yo te paso buscando”, me dijo antes de trancar y darme las buenas noches.

Henri Falcón es un tipo sin ningún tipo de carisma. Es un tipo que no transmite ninguna emoción. Es una especie de duende triste con los dientes salidos. Me saludó con dos besos, al estilo europeo. “Tú eres, Helena, ¿no? ¡Bienvenida al equipo!”, me dijo Henri. Yo le di las gracias sin sonreír. No me gusta sonreír cuando no tengo ganas de sonreír. El resto del comando de campaña llegó y el mismo Henri me los presentó a todos. Me dieron verdaderas ganas no sólo de sonreír sino de reírme cuando vi a uno de los miembros del comando de campaña, un joven que es uno de los consentidos de Henri Falcón, lucir, orgullosamente, una franela roja con los ojos de Chávez.

Todo el asunto de la pre-campaña fue durísimo y amargo. Nadie se creía la historia de que Henri Falcón era un candidato opositor. De hecho, me dio mucha risa cuando, una tarde, cuando estábamos almorzando alrededor de la mesa en la que solíamos almorzar, a Henri Falcón lo llamó, por videollamada de Whatsapp, el mismo Jorge Arreaza. Jorge, un tipo sombrío pero muy amable (al menos con Henri) le dijo que había hablado con El Universal y con Últimas Noticias, que Jorge Rodríguez, el alcalde chavista de Caracas, había comprado dos páginas completas a full color para Henri. Jorge Arreaza le pidió a Henri que seleccionara una foto en la que no sonriera. Le dijo que iban a jugar a ese contraste de Maduro sonriente y Henri Falcón amargado. “Na’ Guará, Jorgito. Tengo una en la que salgo con una cara de culo horrible”, dijo Henri antes de proceder a reírse como si fuese Bob Esponja. Antes de colgar, Henri me hizo ir a su lado para presentarme a Jorge Arreaza. Arreaza estaba en franela y en blue jeans. Yo me presenté como la jefa de la parte mediática de la “campaña” de Henri Falcón. Arreaza me dio su número para hablar sobre las piezas gráficas y aclarar otros puntos.

Ya yo había recibido varios adelantos de mis pagos. Teodoro, el que me introdujo a todo el mundo de Henri Falcón, es una persona realmente amable. Siempre me brindaba almuerzos y era como una especie de figura paterna para algunas cosas. Incluso, alguna vez le llegué a pedir consejos sobre la carrera que quería hacer y hasta del chamo que me gustaba. Él me contaba de sus amoríos “cuando era más chamo” y me decía que no confiara nunca en nadie. Decía que una chama como yo se merecía a un novio escandinavo, no a un “venezolano huevón”. También Teodoro me felicitaba por mi trabajo hasta el momento. Era obvio que la campaña nunca sentaría cabeza, pero, al menos, habíamos conseguido convencer a algunos copeyanos idiotas y a algunas doñas del Cafetal de que Henri Falcón era candidato de la oposición.

Pero los resultados, a pesar de mi trabajo, no le gustaban a Henri. A Henri, a pesar de que sabía que su candidatura era sólo un papel, le gustaba la popularidad. Yo tenía que jalarle a los medios para que le concedieran alguna entrevista. Me refiero a los medios que no están controlados por el gobierno. Los que están controlados por el gobierno, como pueden ver, le han abierto las puertas de par en par a Henri para la farsa. Pero los medios libres se reían en mi cara. Para ellos, Henri Falcón no es más que un pobre, triste, patético, idiota, subnormal, poco carismático, aburrido, retrasado, indigno y vulgar pelele que no merece ni un anuncio pago al lado de las putas que ofrecen masajes. Y lo que me daba más arrechera era que no me daba tiempo a explicarle a los medios que yo estaba ahí sólo por los dólares. Que yo era una mercenaria comunicacional.

Henri es un tipo que le mete duro, pero durísimo, a la caña clara. No sé si es algo que heredó de ser yaracuyano, pero a veces se mete unas rascas brutales. Y lo peor es que Henri es el borracho violento. Hace cerca de una semana, cuando ya estaba todo listo para el inicio de la campaña, estábamos reunidos en el comando. Henri ya tenía una peste a aguardiente horrible y no sé qué mensaje le llegó que seguía dándole en la vena de que ningún medio lo quería reseñar. Y ahí le estalló todo.

Henri se dirigió a mí. Estaba borrachísimo. Empezó a gritar que yo era una inútil. Nadie hacía nada para defenderme. Yo tenía miedo. A pesar de que sabía que Henri era borracho violento (Y lo peor es que, sobrio, es relativamente de pinga, como cuando lo conocí), no sabía que podía reaccionar así. Me dijo que yo era una imbécil, una puta inepta. Me dijo que Chávez estaría avergonzado de mí. Que me iba a mandar a joder con Maduro. Que si no me botaba “como una perra” era porque yo era la consentida de Teodoro.

Henri pegaba gritos frenéticos. Yo le pedí que se calmara, pero eso lo enfurecía más. Creo que mi error fue decirle que, al fin y al cabo, él no movía a nadie, que yo no podía hacer mucho más. Era algo que pensábamos todos, pero nadie le decía. Henri se puso rojo y me agarró por la cara con fuerza, con rabia y con furia. “Vuelve a decir eso, Helena, y te reviento la cara”, me dijo mientras escupía sin querer mientras hablaba. Me hacía daño. Me agarró la cara y la boca con una rabia que me hizo sentir sabor a sangre. Fue Teodoro quien pudo controlarlo y me sacó del salón mientras Henri gritaba y le daba coñazos a la mesa.

A pesar de que Teodoro me pidió disculpas, yo le dije que presentaba mi renuncia. Yo estaba llorando. Nunca nadie me había tratado así y me había agredido así. Teodoro comprendió, pero me invitó a un café para ver si cambiaba de opinión. Me dijo que las borracheras de Henri (y la violencia que deriva de éstas) eran comunes. Que ya había pasado algo parecido con su jefa de campaña cuando se había lanzado como gobernador del estado Lara. Yo rechacé la invitación. Teodoro, muy amable, como siempre, estuvo conmigo hasta que se me pasó el llanto y el susto.

Al día siguiente, ya cuando había renunciado, Teodoro me envió un sobre a mi casa. Dentro del sobre había una carta al lado de 6.000 dólares en efectivo. En la carta, más o menos parafraseado, me decía que el dinero era para ayudar a cumplir mi sueño de hacer un máster afuera. Que yo no sólo merecía a un escandinavo como novio, sino hacer campaña a gente que mereciera la pena, no a un pobre bolsa como Henri Falcón. Yo aún no le he dado las gracias. Al menos, de la pantomima pude sacar un beneficio. Yo no sé si ser talentoso o inteligente, como dijo mi amigo una vez con una botella de Cacique en la mano, se paga caro. Al menos a mí, el ser talentosa y el aguantar, me dio frutos. Y me da risa acordarme de mi amigo de la botella de Cacique amigo y de las filosofías que hacía cuando estaba bajo el alcohol. Qué diferencia tan grande con el “Candidato opositor”.

Helena Eco.

(T.M.)

Crónica ficticia. Ejercicio literario. La Cantárida es una página de literatura, no de noticias. Aunque igual Henri Falcón, bailando al son del dictador genocida, nos parece un triste cómplice y un ser deleznable.

Plomo (Segunda Parte)

A pesar de las chispas que caían, siempre fui una persona muy conductista a la hora de comer. Yo solía comer al mediodía. Si por mí fuera, comería todo el día. Pero al ser estudiante aprendí a hacer malabares con los horarios y a hacer un hueco para poder comer, lloviera, tronara o relampagueara, a la misma hora del día. En este caso, lo que llovían eran balas. Pero mi hora de comer es sagrada. Iría a hacer mi almuerzo y comer. Total, nada podría hacer yo para que la lluvia de balas y de fuego se calmase.

Entré a la cocina. Por un momento tuve miedo. La ventana de la cocina estaba abierta de par en par. Es cierto. No era una ventana muy grande, pero cualquier bala envuelta en fuego podría entrar por ahí. Quise acercarme a cerrarla, pero sentía que sería el lugar más vulnerable en el que me podría poner. Yo no quería morir a causa de una bala. Nadie, creo, quiere morir a causa de una bala. Iba por la cocina procurando estar cerca de las paredes. Procurando estar fuera del rango que podría tener cualquier objeto que entrase por la ventana abierta de la cocina de mi apartamento para actuar en contra mía.

De todos modos, luego de pensarlo con un tanto más de cabeza fría, creí que no debía preocuparme tanto. La ventana de la cocina, hacia la parte de afuera, que daba como a una especie de patio interno, tenía un saledizo creo que de zinc que podía ayudar. El saledizo estaba para proteger a quien cocinara o fregara los platos (nuestro fregadero estaba ubicado al lado de la pequeña cocina de gas) de los rayos agresivos del sol. Realmente era bastante útil, aunque siempre pensé que se veía un poco mamarracho.

Pero sentí miedo nuevamente. No sé hasta qué punto una lámina de zinc (de ésas que son un poco curvas y tienen dos colores que se intercalan a través de láminas) podría resistir el impacto de una bala. Al fin y al cabo, la bala que había caído en mi balcón había arrancado un pedacito del piso, que era de granito rosado. Lo mejor sería, definitivamente, ir con cuidado. Yo caminaba con la cabeza un tanto gacha, como si eso fuese a ayudar en algo. Es parte de esos instintos humanos que, aunque sean un poco inútiles, te brindan una cierta sensación de seguridad.

La nevera estaba llena. A pesar de todas las calamidades y de todas las escaseces que asolaban a Caracas, nosotros siempre nos las ingeniábamos para tener una nevera llena. Y no sólo llena, sino llena de cosas ricas. A pesar de que siempre fui una chica delgada, comer siempre ha sido una de mis grandes aficiones. Siempre fui la envidia de mis amigas estúpidas del Mater. Ellas se mataban a unas dietas horribles en las que tenías que contentarte con comer un pedazo de lechuga de mierda que si con vinagre. Yo, en cambio, me hacía unos sándwiches como de medio metro rellenos de todas las cosas ricas que puede haber en este mundo. Mi otro gran “vicio” siempre fue leer. Y como podía leer comiendo sin ensuciar las páginas de los libros, me encantaba combinar estas dos prácticas.

Esto me lleva a explicar un detalle que a simple vista podría no tener importancia, pero para mí siempre la ha tenido y siempre la tendrá. Al igual que en mi apartamento podíamos disfrutar de una nevera llena, podíamos disfrutar de una biblioteca llena. El mercado de los libros en Caracas era un poco como el de la comida. En las grandes cadenas de librerías (generalmente las grandes cadenas de librerías suelen tener los peores libros) había pocos libros y de los pocos libros que había, las tres cuartas partes versaban sobre autoayuda, brujería, Sascha Fitness y no sé cuántas mariqueras más. Los libros buenos se hallaban en el casi clandestino mercado negro. Tan clandestino como el de los víveres, pero mucho menos concurrido.

Yo me sentía orgullosa tanto de mi nevera llena como de mi biblioteca repleta de clásicos y de títulos realmente fascinantes. Cuando alguna persona venía a mi casa a hacerme una visita (fuese una amiga del colegio, o de la universidad, o del trabajo, o un chamo quesudo que lo que quería era llevarme a la cama), le hacía la prueba de la biblioteca. Le hablaba y le mostraba, al menos durante una hora, los títulos que más me gustaban de mi biblioteca, o los que tenía en la lista para leer. Si la persona a la que le estaba haciendo la exposición se ladillaba (lo que ocurría en el 90% de las ocasiones), yo la ponía como en una especie de lista de gente inútil.

Hacía tiempo que la gente ya no venía a visitarme a la casa. O yo me había hartado de muchos, o muchos se habían hartado de mí o, lo más normal, la gente, sencillamente, se había ido del país. Yo era una de las pocas que aún quedaba. La verdad es que no sé por qué me quedaba. Creo que era una especie de mientras tuviese full la nevera y la biblioteca, el resto del mundo, Venezuela, no me importaba absolutamente nada. Por mí, que el país se incendiara todo.

Casi siempre me tocaba comer sola. Prefería comer en la cocina. Nunca en mi cuarto o en el comedor. La cocina era el lugar más diáfano de todo el apartamento. Eran rarísimas las ocasiones en las que coincidía a comer con mis papás. Mis papás generalmente comían en el trabajo y yo comía en el colegio o en la universidad cuando aún estudiaba, hasta hacía muy poco tiempo. Mientras comía, me gustaba poner la radio para escuchar las noticias escabrosas de lo que sucedía en el país. Del gobierno burlándose de la oposición, de los muertos, de la gente que moría de orgullo y hambre por no quererse arrastrar al carnet de la patria cuando se les había agotado el resto de los recursos.

Creo que, desde que yo era chiquita, siempre habíamos tenido el mismo método. Por eso me acostumbré a comer sola. Amaba comer sola. Detestaba comer con mis amigas porque, como he dicho, yo comía muchísimo a pesar de que soy flaca. Yo era de las que pedía dos y hasta tres menús. Y me molestaba la mirada de extrañeza con la que todas mis amigas me observaban. En cambio, comiendo sola no tenía que tener modales ni que rendirle cuentas a absolutamente nadie. Cuando invitaba a chamas o a chamos para la casa para revolcarnos, no me molestaba que el queso se les chorreara. Lo que me hacía hervir la sangre era que quisieran quedarse a comer.

Pero hacía mucho tiempo que ya nadie iba, y ese plan no se hacía más. Creo que mucha gente en el Mater y en la Monteávila me jalaba bolas porque sabían que conmigo (dentro o fuera de mi casa) las reuniones siempre terminaban siendo bacanales. A mí me encantaba el sexo y me excitaba la violencia. Muchas chamas, aunque fuese por curiosidad, iban a mi casa a escondidas de sus padres para participar en orgías. Me daba mucha risa cuando, antes, durante o después del acto sexual como tal, ponían sus voces de muchachas buenas y les decían a sus papás, a través del celular, que la estaban pasando buenísimo (cosa que no era mentira), que estaban tomando Pepsi y comiendo Doritos. Con los chamos pasaba algo más simpático. A mí el sexo sin por lo menos un toque de violencia me gustaba, pero no me parecía la gran cosa. A veces esperaba a que los chamos se durmieran y, agarrando un bastón de madera que tenía mi papá, cuando estaban durmiendo, se los estrellaba en la cara, muchas veces haciendo brotar sangre. Al principio, evidentemente los chamos gritaban, pero yo sabía hacerlos callar con besos y otras cosas. Siempre fui una mujer atractiva. Pero ya eso era tiempo pasado. Como he dicho, todos o se habían ido del país o se habían casado o estaban empatados con gente pollísima. Yo ya casi no salía tampoco. El día se me iba escuchando cantar a los periquitos o a los canarios, trabajando de vez en cuando. Incluso viendo los peces payaso que teníamos dentro de la pecera. Los peces de esa pecera tenían un máster en observar porno en vivo.

Como a veces la soledad de la casa me abrumaba un poco, salía a dar una vuelta alrededor de la cuadra. Sé que hasta salir a dar una vuelta alrededor de la cuadra era algo peligroso, pero, con suerte, no pasaba mucho. De todas formas, procuraba salir a la luz del día y no en la noche. Aunque, de todas formas, éste era un detalle cada vez menor. Ya la delincuencia en Caracas era tal que daba igual el día que la noche. Ya una persona podía ser hurtada, robada, atracada, secuestrada o asesinada en presencia de una muchedumbre y todo seguía fluyendo con normalidad.

No hacía mucho más que eso. Me gustaba ver las ruinas de Caracas, al menos las ruinas que aún mantenían su forma. Algunos condominios, muy pudientes, hacían potazos entre los vecinos y recolectas para comprar algunos galones de pintura con los que maquillar los edificios. Era un esfuerzo que a mí siempre me pareció loable. Tampoco es que era la gran vaina, pero no sé. A veces, en algunas tardes, Caracas aún conservaba esa luz tenue y medio ocre que me recordaba a mi infancia, cuando se podía vivir tranquila y cuando el Parque del Este aún no estaba tan vuelto mierda, como el resto de la ciudad.

Aún, para quien la supiese buscar, había una especie de vida social en Caracas. Para quien pudiese permitirse el lujo, había aún algunos restaurantes que, mal que bien, funcionaban. Uno de los problemas que yo tenía para seguir socializando es que no es lo mismo socializar cuando eres adolescente o muy joven a socializar cuando tienes casi 30. Cuando tienes casi 30, ya la gente anda en su propio peo. Algunos ya tienen pareja estable, otros ya tienen un trabajo que los consume. Otros más lo que piensan es en la estúpida boda. Cosas así. Yo me sentía una vieja a pesar de que no había pasado los 30. Veía a Caracas como si fuese una ruina antigua hallada en un yacimiento arqueológico. Un lugar en el que, junto a esos escombros, yacía una gran cantidad de recuerdos agradables.

Ahora, casi que mis mejores amigos eran los periquitos, los canarios y los peces payaso. Sé que suena un poco tonto y patético, pero era así. De vez en cuando, muy de vez en cuando, recibía la llamada sorpresa de algún amigo o amiga que se había resignado a morir en Caracas al haber fracasado en todos los intentos de huida. A veces leíamos juntos, a veces escuchábamos música juntos. A veces jugábamos Nintendo juntos. Por lo menos una vez al mes. O cada dos meses. O cada tres meses.

Como aún quedaba uno que otro amigo que sabía y compartía mi afición a comer, me invitaba a comer alguna comida que inventaba en su casa. Me encantaban esas tertulias. Era como una especie de improvisación en la cocina de alguien con los productos que se habían podido conseguir en el mercado negro. A veces quedaban unas cosas tan fabulosas, que anotábamos la receta y el proceso para no perderlas y repetirlas algún día. A veces quedaban unos menjurjes asquerosos, que botábamos (pidiendo tácito perdón a los que morían de hambre, que no eran pocos) por la cañería.

Ser cocinera o chef siempre fue una especie de sueño frustrado. No tanto frustrado por un fracaso personal, sino por el propio país. Ser cocinero o chef era una de las cosas menos rentables en un país que se estaba muriendo de hambre. Serviría, en todo caso, para lo que hacía yo a veces con estos amigos que he contado. Inventar, improvisar, divertirse y comer. Estas tertulias, de alguna manera, paliaban ese sueño que, quizás de haber nacido en un lugar medianamente normal, al menos habría intentado cumplir.

T.M.

Relato inspirado el el texto “La lluvia de fuego”, de Leopoldo Lugones.