Una tarde con muchos pájaros

Ante todo digo que escribir es algo que no se me da muy bien. De hecho, creo que es la primera vez, apartando las cosas del colegio y de la universidad, que voy a escribir un texto tan largo. Pero es que la historia lo amerita. Voy a cambiar todos los nombres, menos uno. Cuando le dije a mi mamá que iba a escribir sobre esto, me recomendó, casi me suplicó, que no dijese el nombre real de uno de los protagonistas de esta historia, de ese hijo de puta del que, creo, todos merecen saber. Mi mamá me dijo que un bicho así sería capaz de vengarse de mí, y confieso que tuve dudas durante un momento. Pero, ¿no es lo mejor ser valiente en un país, y en un mundo, repleto de hijos de puta? Él, de quien hablo, ahora está viviendo en Perú. Confieso que, a veces, cuando leo las noticias que hablan de que han muerto, o han matado, venezolanos en Perú, me gustaría escuchar su nombre. Puede que esta historia no sea literariamente la mejor. Pero es como una especie de catarsis que quiero hacer.

Yo tenía una amiga que se llamaba Rudy. Estudiaba conmigo en la Santa María. Estudiábamos derecho. Pero no crean. No nos hacíamos tantas ilusiones. Sabíamos bien que estudiar derecho en una universidad que es una mierda (hay que estar claros) como la Santa María no depara ningún futuro brillante en un país en el que, de por sí, las universidades se están yendo cada vez más a la mierda.

Pero, a pesar de todo, Rudy y yo éramos buenas estudiantes. Ella era un pelo más sifrina que yo. Vivía por la zona del casco central de Chacao. Yo iba full a estudiar a su casa. Después de estudiar, nos encantaba pasear por la zona de la Plaza Bolívar de Chacao. Ella, como tenía un pelo más de plata que yo, siempre me brindaba algo. A veces un raspado, a veces un helado. Pero también era de esas chamas que brindaba siempre un consejo o un abrazo. De pana que una de mis vainas favoritas, en el mundo, era estar con ella, a la hora del atardecer, por esa zona, por donde juegan los niños y por donde rondan motorizados con caras de que te quieren robar.

Había una vaina que, tanto en la casa como caminando por Chacao, era el tema favorito de conversación de Rudy: su novio. Ella hablaba siempre de él como si estuviese hablando de Brad Pitt (aunque pongo a Brad Pitt como un ejemplo nulo. Él no es, ni de lejos, mi actor favorito, o el que me parece más bello). El novio de Rudy era un chamo que no era ni tan feo ni tan lindo. No era tan lindo como para ser modelo de Calvin Klein, pero tampoco era tan feo como para no poder ser modelo de una vaina niche como el Palacio del Blumer.

El novio de Rudy tenía un Optra (que nunca supe bien si era gris o era plateado). Rudy, cuando hablaba de su novio, hablaba también del Optra como si fuese la alfombra mágica de Aladdín. Decía que allí se dieron su primer beso, decía que allí fue donde él le pidió el empate, entre otras vainas. Yo, a modo de comentario que no interesa a la historia, pero que quiero hacer, hubiese preferido que me pidieran el empate en un restaurante fancy o en un mirador (al menos que él haya estado en un mirador, pero dentro del Optra, cuando le pidió el empate a Rudy, pero eso no viene al caso). El hecho es que el novio de Rudy (que no lo he dicho, se llamaba Daniel) venía bajando con el Optra por la autopista. Según lo que entendí, fue por la parte inmediatamente después del túnel de la Trinidad. Venía solo. Lo abordaron en un carro y, siguiéndolo, lo obligaron a irse hacia uno de esos callejones oscuros de esa zona cerca del Club Hípico. Como se resistió al robo, lo mataron. Fueron varios tiros. Fue burda de fuerte.

Rudy se volvió mierda cuando se enteró. Yo le agradezco demasiado a la vida que no tuviese que ser yo quien le dijese. Rudy de verdad amaba a ese carajo. En el velorio parecía como drogada. Ni siquiera estoy segura de que me llegó a reconocer cuando me vio. Y esa vaina siempre es un peo, cuando a una amiga tan cercana le pasa una vaina así. Tú no sabes si darle su espacio o estar siempre con ella.

Yo opté por la opción de darle su espacio. Pero me arrepiento, y me arrepentiré, hasta la última palada de tierra, como se dice por ahí, de haber tomado esa decisión. Había un chamo en la Santa María, que es el hijo de puta de quien hablaba al principio de este texto, llamado Kevin. Kevin era uno de esos chamos que dan mala espina, de esos chamos que parecen merengueros de Sábado Sensacional, con una franela medio pegada y zarcillos brillantes. Kevin estudiaba odontología y era de esos chamos que no respetan cuando una chama no quiere con ellos, o cuando una chama tiene novio. Él siempre, al menos dos o tres veces a la semana, venía hasta donde estábamos Rudy y yo para caerle a Rudy. Siempre decía babosadas como: “Deja a ese blanquito de tu novio y vente conmigo”. Yo le decía a Rudy que le dijera al novio. Yo estaba segura de que el novio de Rudy le partiría la boca al imbécil de Kevin. Pero Rudy pensaba que lo mejor era no pararle bolas.

Kevin nos dio la impresión de que se estaba comportando como un caballero, o como un buen amigo, con Rudy cuando Daniel se murió. Llamaba a Rudy todos los días, le escribía y la consolaba. Pero cuando comenzó a querer ir a su casa, había como algo que no me cuadraba. Pero no me sentí capaz (y me arrepiento demasiado de eso) de advertírselo a Rudy. Aunque, quizás, Rudy no me hubiese parado bolas igual.

Desde que se había muerto Daniel, Rudy casi no salía de su casa. Al principio, en las primeras semanas, era algo que no extrañaba a nadie. Pero Daniel tenía más de tres meses muerto y Rudy no salía. Quienes la queríamos ver, teníamos que ir a visitarla. Los papás de Rudy la apoyaron en esto, en que ella llevara el luto como quisiera. Pero a mí no me convencía tanto. La carrera en la Santa María se había quedado como en stand-by y Rudy, a veces, descuidaba su propio aspecto. A veces se parecía a la chama del aro. Estaba toda despeinada y costaba sacarle tema de conversación.

Y me empezó a preocupar, por eso y por todo, que Kevin fuera la persona que más visitaba a Rudy. Por un lado, al principio, no me pareció tan malo. Rudy cada vez se veía, entre comillas, más contenta. Por otro lado, una persona como Kevin, que no me inspiraba confianza, no me podía dar tranquilidad total con respecto a Rudy. Yo tampoco tenía tanto tiempo para visitarla. Ya Rudy no estaba en condiciones de ayudarme a estudiar y estábamos en época de parciales.

Una tarde con muchos pájaros (no sé si este detalle aportará algo a la historia, pero me llamaba la atención, o me la llamó ese día) recibí un Whatsapp de Rudy. Me pareció raro. Rudy tenía bastante tiempo sin usar Whatsapp. De hecho, cuando veías su última conexión, en la parte de arriba de la pantalla, aparecía una fecha de meses atrás. Rudy me puso “Hola”. Yo intenté llamarla, pero la llamada no me cayó. Después ella me mandó un voice largo. Tuve un no sé qué en el estómago antes de abrirlo.

La voz de Rudy sonaba como partida, como triste, como rara. Me decía que se sentía mal. Yo estaba un poco harta. Yo sentía que un luto no podía ser tan largo. Pero el mensaje de Rudy me dejó helada. Resulta que Kevin, el hijo de las mil malditas putas de Kevin, había comenzado a leer libros de brujería y esas vainas pavosas que venden en los kioscos de Plaza Venezuela. No era que Kevin se interesara de verdad en esas mierdas. Lo que quería era intentar convencer a Rudy de que él podía utilizar su cuerpo como medio para que Daniel estuviera otra vez con Rudy. Sé que suena raro. Ni siquiera sé si me estoy explicando bien. Pero así fue la vaina. El carajo se aprovechó de que Rudy estaba medio loca (aunque, dicho así, suena horrible) para tirar con ella, convenciéndola de que él era Daniel.

Yo no sabía si reírme, si llorar. Yo no supe qué coño hacer en una situación así. Pero siento que tomé la decisión más estúpida de todas. Me vestí y bajé corriendo hacia la calle. Yo vivo por San Bernardino. Pagué un taxi y fui hasta la casa de Rudy. Le pedí que me lo explicara en persona. Yo seguía sin entender muy bien las cosas. Por primera vez la veía con una especie de amago de alegría. Me dijo que Kevin le había hecho el favor más grande de su vida, que era el poder volver a estar con Daniel.

Yo tuve un ataque de arrechera inmenso. Le dije a Rudy que era una bruta y una estúpida. Menos mal que los papás no me escucharon. Creo que me hubiesen botado a patadas de la casa. Yo más o menos pude serenarme y le dije a Rudy lo que pensaba, y yo pensaba que Kevin la había jodido. Me daba arrechera, pero una arrechera infinita, la idea de imaginar a Kevin diciéndole a sus panas, tan asquerosos como él, una vaina como: “Marico… y convencí a Rudy para tirar con ella. Le inventé que yo era Daniel”, y los amigos de Kevin riéndose como unos machistas de mierda, como unos imbéciles.

Rudy me pidió que me fuera. No tenía un gesto de arrechera o de dolor, ni siquiera de decepción. Su gesto era como de: “Marica, no vengas a joderme mi mundo perfecto”. Yo no sabía si pedirle disculpas, no por lo que dije, sino por cómo se lo había dicho, o quizás por no habérselo dicho en el momento adecuado. Opté por pedirle disculpas, pero ya era tarde. Rudy me pidió que me fuera. Yo no quería hacer el problema más grande y salí. Ella cerró la puerta de un trancazo, de vaina me dio en la nariz. Y ésa fue la última vez que la vi.

Rudy se ahorcó horas después de eso. Yo me sentí mal y, hasta hoy, me ronda un pelo la idea de que, quizás, yo influí en el hecho de que Rudy se ahorcara. No quise saber más de ella, ni de sus papás, ni siquiera del hijo de puta de Kevin. De hecho, para evitar encontrármelo alguna vez, decidí dejar de estudiar en la Santa María, no me importó ni siquiera que ya estaba casi en mitad de la carrera.

Pero, aún así, una amiga me dijo, meses después (una amiga que conocía a Rudy y a Kevin), que Kevin se había ido a vivir a Perú. Ya han pasado casi tres años desde que pasó todo lo que cuento. La única y última vez que me metí en el Facebook de Kevin a ver qué había sido de su vida, hace relativamente poco, vi que estaba trabajando como vendedor ambulante en Lima. Seguramente hace parte de ese grupo de hijos de puta, infinito, que, como él, emigra siendo un hijo de puta, y lleva ese cáncer, incrustado en la venezolanidad, hacia otros países.

Samira Ileos.

Anuncios

Prohibido ser Gandhi. Capítulo 1.

Mi mamá llevaba varios minutos dándole vueltas, con el tenedor, a un guisante que estaba sobre el plato. El guisante, con un color que no podía decirse que era (o que alguna vez fue) verde, estaba bastante arrugado. Hacía juego con el arroz cocido casi transparente y con una proteína que, aunque los medios oficiales aseguraban que era carne, parecía un trozo de gruesa piel impregnado, aún cuando estaba en estado crudo, de un aroma asqueroso a aceite viejo. Yo prefería comer poco, o irme a la cama sin cenar. Prefería aguantar el hambre. El simple olor de la supuesta carne me provocaba náuseas.

Le supliqué a mi mamá que comiera algo, pero mis palabras sonaron a vacío. Ni siquiera yo creía en ellas. La verdad es que la comida, la única de la que disponíamos, era una basura. Me seguía afectando el ver a mi mamá en aquella actitud de dejadez total. Pero ya me iba acostumbrando. Ella había perdido bastante peso. El vestido beige con adornos, que unos años atrás le quedaba ceñido y que era, por eso, su vestido favorito, ahora le guindaba por todo el cuerpo, como si fuera una especie de baba o de lágrima de tela deshilachada.

Me gustaba acompañar a mi mamá a cenar. Me hacía sentir un poco menos miserable el tener a alguien, aún cuando pareciese hipnotizada, a mi lado. Observar a mi mamá, aunque yo no estuviese sentada en la mesa junto a ella, era una especie de consuelo a esa sensación que me invadía cuando caía la noche. No era una sensación de derrota, o ni siquiera de tristeza o de ansiedad. Era una sensación que parecía dictarme al oído, una y otra vez, que toda la vida en Venezuela no era más que un error, y ni siquiera un error importante, sino una especie de error olvidado. Sentía que Caracas, que de noche era una mole negra dormida, estaba ubicada en una especie de dimensión paralela a la que nadie podía acceder. Supongo que sentirse así era un resultado inevitable tras tantos años de aislamiento. El mundo no podía ocuparse de Venezuela todo el tiempo. Tenía que seguir su camino, y lo siguió.

Mi mamá por fin abrió la boca. Admitió que no tenía hambre. Me pidió permiso para levantarse e irse a acostar a su cuarto. Tuve que ser firme y decirle que no, que no la dejaría levantarse hasta que terminara de comer. Ya nos habíamos habituado a eso, al hecho de que mi mamá me viera como una especie de figura de autoridad. Aún así, seguía pareciéndome un poco extraño. Mamá estaba comiendo menos que nunca. Supongo que a mí me estaba pasando igual, pero no había nadie que me lo estuviese recordando a cada rato. Mamá podía pasarse hasta 48 horas sin comer. Por eso la comida nos rendía y teníamos más que nuestros vecinos. Menos mal que ellos no lo sabían, quizás hubiesen tumbado nuestra puerta para robárnosla.

Le pregunté a mi mamá si quería que yo comiera junto a ella. Un poco como hacen los papás, cuando quieren que un bebé coma, que comen junto a él. Ella me dijo que sí. Yo estaba dispuesta a hacer el sacrificio y llevarme la comida a la boca. Fui hasta la caja, que estaba dentro del closet, a intentar seleccionar lo menos repugnante.

 

T.M.

Reseñas Cantáridas: “Viaje al fin de la noche”, de Louis-Ferdinand Céline

Pocos autores pueden presumir de un logro como el que tuvo Louis Ferninand Céline: Hacer que su primera novela se convierta en su obra maestra, indiscutible e inmortal. Y es que, cuando se investiga acerca de Céline, “Viaje al fin de la noche” es el título que, por antonomasia, se nos repite una y otra vez. Y es que Céline es un autor de cuidado, de escándalo muchas veces. Abiertamente, en más de una ocasión, expresó opiniones en contra de los judíos. Sin embargo, estamos ante el segundo autor francés más traducido de la historia (después de Marcel Proust). Y esto es gracias a que, en su momento, Céline supo crear un texto sumamente único y polémico. La principal razón de esta polémica recae en el lenguaje, descarnado y sincero, sin guirnaldas. Al momento de publicarse “Viaje al fin de la noche”, Céline contaba con 38 años.

“Viaje al fin de la noche” representa un viaje que se divide en dos vertientes. La literal y la metafórica. Por un lado, tenemos al protagonista, quien viaja, una y otra vez (algunas veces por iniciativa propia, algunas veces obligado por circunstancias que se le escapan de las manos), a distintos lugares del mundo. A la guerra, a África, a Estados Unidos, a Francia de regreso, dentro de Francia. Por otro lado, tenemos el viaje al fin de la noche como tal, que es esa experiencia pesimista que, con la compañía de otros personajes que van a apareciendo y desapareciendo, va acunando nuestro protagonista en su modo de enfrentarse a la vida, con todos sus obstáculos.

La larga novela se podría fragmentar en distintas aventuras que, cada una a su manera, van dejando entrever distintos temas desde la punzante perspectiva de Céline. Eso sí. Cada uno de los temas sobre los que se habla (el amor, la vejez, el sexo, la vida, la muerte, la guerra, la desesperanza, el pesimismo, la moral) está empapado del humor nihilista que el personaje (que no dista mucho de su propio autor) irradia. Esto le da un toque sumamente refrescante a la novela, que la aleja del lugar común de la belleza y del final feliz. Sin embargo, el tema general es el nihilismo, la futilidad de la vida y de las pocas opciones que, como seres humanos, tenemos ante esta vorágine.

“Viaje al fin de la noche” es una novela con muchísimos personajes, aunque no todos tienen la misma importancia ni la misma participación. En primer lugar, por supuesto, tenemos a Ferdinand Bardamu, nuestro protagonista y narrador. Él es, en cierto modo, el prisma a través del cual todos los personajes se desfragmentan en sus propios matices: odios, amores, celos, valentías, miedos. Bardamu, el viajero del mundo (y de fin de la noche), es nuestro ojo en las aventuras que vive, en las críticas, muchas veces irónicas y devastadoras, que hace de sus encuentros con lugares y personas.

Por otro lado tenemos a “Robinson”. Robinson llega a ser una especie de antagonista de Bardamu. Robinson, a pesar de que muchas veces se nos presenta como un pobre diablo débil, aunque pillo y taimado, no deja de ser enigmático. Robinson se encuentra con Bardamu (o Bardamu con Robinson) siempre de una manera casi inexplicable, en casi todos los lugares a los que éste va. No llega a ser un amigo como tal (muchas veces Bardamu no lo soporta, ni él soporta a Bardamu), pero tampoco llega a ser un enemigo.

Son muchas las mujeres que, a lo largo de la novela, irrumpen y son importantes en la vida de Bardamu. Sin embargo, yo colocaré sólo a una: Molly. Molly es una prostituta sumamente noble que acompaña a Bardamu durante parte de su estancia en Estados Unidos. Quizás no es la que más tiempo pasa con él, pero es la que se convierte, al menos para Bardamu, en el referente de la bondad y de la belleza infinitas. Enternecen, a pesar de lo ácido de la novela, las evocaciones que el protagonista, en un recuerdo cada vez más difuso, hace de Molly.

El narrador, como hemos dicho, está en primera persona. Muchas veces (lo cual es común en este tipo de narrador) se detiene en observaciones reflexivas acerca de tal o cuál asunto. Pero estas observaciones, al no ser aleccionadoras, sino pesimistas y obscuras, resultan sumamente divertidas y entretenidas. Muchas, de hecho, tienen el poder de que nos identifiquemos con ellas, relacionádolas con nuestra propia vida (quizás a ello se deba el éxito de esta novela y de Céline en general). Los adelantos de tiempo, esto hay que mencionarlo, se hacen con delicadeza. Céline cuenta más de quince años de su propia historia sabiendo extraer lo importante.

El lenguaje de Céline da para cortar muchísima tela. Uno de los aspectos por los que esta obra es capital, es el hecho de que el lenguaje es desenfadado, coloquial y, muchas veces, grotesco y grosero. Esto fue lo que generó, al ser publicada la obra, una gran polémica en la sociedad francesa de la época. Pero, analizándolo con una perspectiva del Siglo XXI, no podía ser de otra forma si el autor pretendía retratar (como muy bien lo hizo) la vida barriobajera de las entrañas de la guerra, de Francia y del mundo. Céline da mucha libertad a sus personajes para hablar, pero estos diálogos son concisos y no expresan más de lo necesario para el personaje y para la trama.

Hay denuncias, en la obra de Céline, que son exclusivos dardos a aspectos de su tiempo. La crítica y la burla a la guerra (que Céline experimentó de primera mano), la vida en las colonias francesas de África (ésta es, quizás, la más mordaz de todas, al mostrarnos a pequeños caudillos que humillan a sus subordinados y esclavos y a la vez viven una vida casi inhóspita en selvas que están, prácticamente, aisladas del mundo y que Céline se encarga de describir con particular detalle en lo respectivo al calor, a los olores, a los insectos, a las relaciones, etc.), la vida industrial y muchas veces enajenada de los estadounidenses y, finalmente, la vida de París, las relaciones entre las clases, entre las gentes que, quiéranlo o no, viajan hasta el fin de la noche.

Tomás Marín

Reseñas cantáridas: “Quo vadis?”, de Henryk Sienkiewicz

Henryk Sienkiewicz escribió “Quo vadis?”, quizás no su obra maestra, mas su novela más famosa, en 1896. Nueve años después, recibía el premio Nobel de literatura. Sienkiewicz siempre tuvo a Polonia, su país natal, como una de las perpetuas y grandes protagonistas de sus historias. Y no era para menos. El gran tema de Sienkiewicz, a lo largo de su vida, fue la opresión y represión a Polonia, sometida (y casi desaparecida) en gran parte de su historia bajo el yugo de naciones extranjeras más poderosas. Al momento de escribir “Quo Vadis?”, Sienkiewicz contaba con 50 años.

“Quo vadis?”, sin duda, es un título atrayente. Valdría la pena saber si éste de popularizó aún más cuando la novela fue llevada al cine, con inmenso éxito, en el año 1951 de la mano del director de cine Mervyn LeRoy y un elenco de primer nivel, en el que destacó el actor Peter Ustinov por su interpretación de Nerón. Pero “Quo vadis?”, como bien se sabe, nace de una anécdota extraída de un evangelio apócrifo. La historia cuenta (este episodio se representa en la novela) el supuesto encuentro entre el apóstol Pedro y Cristo, en donde el primero le pregunta al segundo: “Quo vadis, Domine?”, (¿A dónde vas, señor?) en las cercanías de Roma.

No cabe duda de que “Quo vadis?” es una novela que, si bien no es particularmente intricada, tiene una complejidad de respeto. Abarca muchos temas, englobados en un momento histórico muy explícito. Este momento es el gobierno de Nerón como emperador del imperio romano. Con esta excusa, el autor nos presenta puntos de vista con respecto a la amistad, el valor, el amor, la muerte, el destino, la fe, la historia y hasta el estilismo. Es en ese sentido en donde destaca la complejidad de Sienkiewicz, habituado a historias largas, a epopeyas que se desenvuelven en momentos históricos muy señalados.

Otro punto en donde se puede apreciar la complejidad del texto es en la evolución de sus personajes. Los personajes de “Quo vadis?”, cuando los contemplamos a fondo, están muy bien trazados. Los personajes, a medida que avanza la trama, casi sin excepción, se salen de su zona de confort debido a las circunstancias que atraviesan. Es, precisamente, esta salida de la zona de confort, de lo conocido y lo agradable, lo que se convierte en el conflicto generalizado de la historia. También es necesario decir que Sienkiewicz hace una mezcolanza magistral entre personajes reales históricos y personajes totalmente ficticios.

De muchos personajes que encontramos, sin duda el principal es Marco Vinicio. Marco Vinicio, un acomodado patricio romano, es el que experimenta, por amor, un viaje que, muchas veces, pondrá en peligro, más que su prestigio, su propia vida. Este amor se capitaliza en Ligia, su bienamada. Ligia, si bien es otro de los personajes protagonistas, representa más una idealización de la paz y de los sentimientos puros y nobles que hace Sienkiewicz.

Chilón Chilonides, personaje absolutamente ficticio, es otro de los grandes manjares de nuestra historia. Es un personaje único, de ésos que dejan huella en el lector no sólo por su ingenio y su simpatía, sino por su evolución. Todos nos podemos identificar con Chilón en algún momento. Es un personaje rastrero, interesado, débil. Pero su encanto reside en sus diálogos, en su actitud tan miserable que causa gracia. Gracia que se va obscureciendo progresivamente.

Otro personaje elemental, y que da pie a muchos análisis, es Nerón. Nerón podría decirse que es una especie de Chilón Chilonides. La única diferencia es que Nerón posee poder, un poder casi infinito otorgado por el hecho de ser emperador de Roma. Sin embargo, por sus intervenciones, por sus acciones, por su actitud, Nerón, allende a su aura monstruosa (que es la que, en cierto modo, desencadena todas las tragedias y dificultades por las que pasan los personajes) es un pobre diablo que hasta puede llegar a inspirar lástima.

Por último, un análisis literario sobre “Quo vadis?” estaría incompleto sin mencionar al que fue mi personaje favorito. Petronio. Petronio, personaje histórico un poco caricaturizado en la novela, es uno de los grandes consejeros de Nerón. La gracia de Petronio reside en su total indiferencia con respecto a todo lo que no sea la belleza o la gracia. Petronio es el más inteligente y orgulloso, por lejos. A Petronio ni siquiera le preocupa la muerte o la amenaza. Sin embargo, es, irónicamente, una torpeza de Petronio la que desencadena, junto a Nerón, los hechos trágicos de la novela. Y es allí donde se hace conmovedor el camino que traza Petronio para enmendar su error.

La narración en “Quo vadis?” tiene sus pros y sus contras. El narrador, siempre en tercera persona, tiene el poder de penetrar en los pensamientos de los personajes. Llama la atención que los personajes, sin excepción, tienen largos diálogos. Podría decirse que la novela tiene tantos diálogos como párrafos narrados, quizás por eso el éxito fiel de la adaptación en cine. Un punto negativo al narrador podría ser que, algunas veces, quizás sin intención, pretende aleccionar. Esto, a mi punto de vista, es invasivo para el lector.

También se podría destacar de “Quo vadis?” el hecho de que funcionaría perfectamente como un glosario para entender la época romana. Al principio la lectura puede hacerse un poco dificultosa debido al hecho de que existen decenas y decenas de términos con los que un lector contemporáneo no esté familiarizado. Si no se cuenta con notas al margen, o un buscador, se podrían diluir términos importantes.

No existe duda, y muchos analistas confirman esto, el hecho de que, a pesar de su profunda investigación y la construcción exquisita de los personajes, “Quo vadis?” no es más que una gran alegoría de la represión sufrida por Polonia en puntos determinados de su historia. Es que Sienkiewicz, incluso sin mencionar a Polonia en ninguna de sus líneas, la tiene presente en sus historias.

 

Tomás Marín

Reseñas cantáridas: “El Palacio de los Sueños”, de Ismaíl Kadaré

No puede decirse que “El Palacio de los Sueños” sea la novela más importante de Ismaíl Kadaré, pero, sin duda, es una de las más curiosas. Ismaíl Kadaré, escritor albanés (quizás el más importante de Albania), tuvo que lidiar gran su vida con regímenes totalitarios. Y el régimen comunista de Albania era, quizás, uno de los más férreos en lo que respecta a la censura. Es por eso que la crítica que a este régimen hace Kadaré en “El Palacio de los Sueños” está maquillada al ambientarse la trama en el Imperio Otomano, que no es más que un reflejo que el autor hace de la represiva Albania de su tiempo. Cuando se terminó de publicar “El Palacio de los Sueños”, Kadaré, ganador del premio Princesa de Asturias de las Letras y varias veces candidato al premio Nobel de Literatura, contaba con 45 años.

“El Palacio de los Sueños” resulta un título curioso y un tanto ambivalente. Podría ser, perfectamente, el título de un libro o de alguna obra teatral musical infantil. Pero, en este caso, representa un lugar obscuro e inquietante, no sólo para el protagonista de la obra, quien se familiariza con este lugar, sino para el lector, quien acompaña al protagonista en su faena dentro del palacio.

La manera en la que se tocan los temas en “El Palacio de los Sueños” es realmente sutil. Cada lector, o cada crítico, podría alegar que vio, en el texto, el enfoque hacia una u otra cosa. Siento que el tema que más se trata en la novela es, que le viene como anillo al dedo a Kadaré, la libertad y los peligros que ésta corre cuando pretende ser controlada o canalizada. Y estos dos grandes mundos opuestos (libertad y control) tienen sus símbolos claros en el libro. La libertad está representada por los sueños y por el mundo inconsciente, en donde no existen reglas y todo es posible, incluso la adulteración de las formas y de los colores. El control está representado por el gobierno, quien, mediante el Palacio de los Sueños, busca coartar esa libertad, al ver en ella un peligro para su pensamiento hipersimplificado.

Podríamos decir que una de las características del Palacio de los Sueños es que no cuenta con unos personajes realmente profundos o realmente desarrollados. Quizás el único que se acerca a esto es el protagonista indiscutible, Mark-Alem. Mark-Alem pertenece a una poderosísima familia que, a veces aliada y a veces peleada con el gobierno, es respetada por todos. Y es Mark-Alem, que por una serie de movimientos y casualidades que muchas veces escapan de su entendimiento (y que se van revelando poco a poco), funge como el vehículo a través del cual accedemos al misterioso y casi secreto Palacio de los Sueños.

Mark-Alem, a lo largo de la obra, va interactuando, en mayor o menor grado, con otros personajes aún menos desarrollados que él. Por un lado están los muchísimos funcionarios, de mayor o menor rango, con los que se encuentra en el Palacio de los Sueños, aunque éstos, muchas veces, no son más que recursos que el escritor utiliza con el fin de profundizar más en la descripción del lugar. Por otro lado está la familia de Mark-Alem, una familia que, como cualquiera, tiene sus uniones y sus desavenencias. Es la familia de Mark-Alem la que hace de “motor” de los engranajes para que la trama de la obra avance más allá de lo que sucede en el palacio.

Porque es, precisamente, el gran Palacio de los Sueños el protagonista indiscutible de la obra. Es cierto que no es un personaje propiamente, pero presenta tantas caras y tantos submundos, que toda la trama, y todos los personajes, se convierten en auxiliares para conocer a fondo este distópico lugar de pasillos infinitos, de empleados adocenados, de resoluciones obscuras y de un funcionamiento fascinante que busca desentrañar, entre los miles y miles de sueños del pueblo, aquéllos que puedan considerarse de interés o de peligro para el gobierno.

El narrador del Palacio de los Sueños se limita a ser un simple descriptor de sucesos. Y hay un hecho curioso. El narrador puede decirnos lo que está pensando Mark-Alem, pero solamente puede hacerlo con él. Los pensamientos del resto de los personajes, al igual que ciertos eventos del Palacio de los Sueños, no pueden ser develados más que por la propia historia. Este recurso logra que las dudas de Mark-Alem sean nuestras mismas dudas, enigmas a resolver.

El Palacio de los Sueños, aunque presente una trama que puede ser universalmente reconocible por todos, está salpicado de ciertos localismos o referencias otomanas y albanesas. De hecho, hay una parte, cerca de las primeras páginas, en la que una serie de personajes sostienen una larga conversación acerca de batallas y eventos históricos que, en una opinión personal, no le aportan gran cosa al texto en general.

Pero no puede decirse que el lenguaje en “El Palacio de los sueños” sea lento o pesado. Todo lo contrario. Es un lenguaje bastante ameno y bastante veloz. Y hay algo de este lenguaje que merece ser destacado. Las descripciones, casi siempre sombrías, grises y un tanto deprimentes tanto en interiores como en exteriores, nos sirven como un recurso estético que, a mi parecer, le aporta más misticismo a la obra, de por sí con tintes mágicos.

“El Palacio de los Sueños” tuvo mediano éxito en su tarea de burlar la censura en su país. Algunos censores (irónicamente con una tarea similar, quizás alegórica, a los funcionarios del Palacio de los Sueños), no captaron las similitudes entre el Imperio Otomano, en donde se desarrolla la trama, y la Albania a la que realmente hacía referencia Kadaré. Otros, sin embargo, lo captaron inmediatamente, censurando la novela durante algún tiempo.

Tomás Marín

Reseñas cantáridas: “La letra escarlata”, de Nathaniel Hawthorne

“La letra escarlata” es, sin duda alguna, la novela emblema de Nathaniel Hawthorne. Hawthorne es una de las plumas más respetadas y representativas del Siglo XIX norteamericano. Desde muy pequeño estuvo entregado a las humanidades y al saber. Publicó su primera novela cuando apenas contaba con 24 años. Bien es cierto, a manera de curiosidad, que, varios años después, Hawthorne renegaba de esta novela, al considerarla inferior con respecto a su producción literaria posterior. Cuando fue publicada “La letra escarlata”, Hawthorne ya era un escritor algo veterano. Tenía 46 años. El estilo de Hawthorne siempre se movió, como hijo de su tiempo, en el relato obscuro, gótico y un tanto aterrador. Este estilo fue el más importante en el Siglo XIX estadounidense y contó con otros exponentes como Washington Irving, el autor del personaje del célebre personaje del “Jinete sin cabeza” o, el más famoso de todos los autores de este movimiento, Edgar Allan Poe.

La letra escarlata es un título totalmente apropiado para la trama que nos presenta Hawthorne en la novela. Su significado en la historia tiene dos vertientes. Una de ellas es la sencilla, la literal. La letra escarlata es un castigo impuesto a una mujer por haber cometido adulterio. Es, literalmente, una letra escarlata (Una letra “A” bordada sobre su pecho). Llevarla, castigo impuesto por el tribunal puritano del pueblo, implica una vergüenza terrible en una sociedad tan conservadora. Por otro lado, tenemos la vertiente metafórica de la letra escarlata. Nos referimos con esto a la letra escarlata invisible, a la que muchos personajes (incluso nosotros mismos) podemos llevar dentro del pecho, aunque no sea tan notorio. Esta vertiente se ve con claridad en uno de los personajes, pero de esto hablaremos luego.

Resulta algo difícil definir un solo tema que se trate en “La letra escarlata”. Es cierto que su estilo está impregnado de naturalismo, de cierta literatura documental acerca de las sociedades puritanas del nuevo mundo norteamericano. Pero este contexto es sólo un vehículo. Siento que el tema que se escarba a mayor profundidad es el de la culpa. La culpa desde todas sus perspectivas. Desde la perspectiva de quien comete una falta, y hace lo posible para enmendarla, hasta la perspectiva de quien busca hacer justicia tras esa falta, ya que esta falta le afectó directamente. En medio de este camino se encuentra el espectador, quien muchas veces pretende hacer de severo juez sin conocer a profundidad la situación. Y muchas veces, tristemente, este espectador/juez es el que actúa con más intolerancia y rabia.

El personaje principal de la historia, y el que comete la falta que es castigada con la letra escarlata, es Hester Prynne. El autor hace mucho hincapié en la belleza de Hester, ya que ésta está ligada a su caída en desgracia. Esta belleza, al menos en apariencia, muchas veces es capaz sobreponerse a las severas sanciones o a las inquisidoras miradas de sus semejantes. Hester, a lo largo de la novela, va trazando un durísimo camino de expiación. Hester sufre en secreto pero intenta sonreír a un mundo que le es adverso adrede. Técnicamente, la falta de Hester Prynne no tuvo un gran perjuicio a su comunidad, ensombrecida por una fe ciega y flagelante. Pero la comunidad aparta a Hester y convierte su redención en un camino aún más duro, al ser solitario y desesperantemente aislado.

Si me he referido a Hester Prynne como el personaje principal de la historia, debo hacer una ligera aclaratoria. Hester Prynne es el personaje principal en la primera mitad de libro. Poco a poco, ella va legando este protagonismo a otro protagonista. Este protagonista es el ministro Dimmesdale. Casi sin darnos cuenta, él recoge el “testigo” de la letra escarlata, pero a una escala mucho más obscura y siniestra. Dimmesdale es un personaje totalmente ambiguo, del que sólo el lector y los personajes estrictamente principales intuyen o saben su verdad. A Dimmesdale (cuyo apellido vendría a ser como un juego de palabras que indican algo así como “Desfiladero obscuro”) le atormenta en demasía la culpa, que se acentúa, a diferencia de Hester, en que ésta no es visible. Por el contrario, Dimmesdale es una persona totalmente idolatrada en su comunidad.

En mi opinión, el personaje mejor trazado de toda la historia, y el que, en cierto modo, capitaliza la actitud que los seres humanos tenemos al muchas veces creernos jueces con terrible severidad, es el “Doctor Chillingworth”. Chillingwhorth, cuyo apellido, de una manera parecida a Dimmesdale, es un juego de palabras referente a la “sangre fría”, es el personaje filosófica y poéticamente más complejo de la novela. En Chillingworth se nos presenta a un hombre que se encuentra en una especie de inquietante punto medio entre el amor más apasionado y el odio más visceral. Su actitud de “saldar cuentas”, paradójicamente, en vez de brindarle paz, cada vez le brinda más sombras y repercusiones negativas. Su misma fisionomía, como puede apreciar el lector, va mutando en relación a sus decisiones, cada vez más enceguecidas, hasta convertirse en una especie de monstruo.

Estos personajes nos son presentados por el propio Hawthorne, que funge de narrador. El narrador es omnipresente y tiene la capacidad de ahondar en los pensamientos de los personajes, aunque éstos pensamientos sean, muchas veces, precisamente, los que los personajes intentan ocultar. Hawthorne, a veces, se detiene en explicaciones contextuales históricas o en anécdotas no tan relevantes a la historia principal que, a veces, me desesperaron un poco como lector. Sin embargo, se rescata que estas anécdotas dejan enseñanzas o, al menos, curiosidades.

Es precioso el hecho de que Hawthorne, tanto en el prólogo como en el epílogo de la obra, se presenta como un escritor simpático y no muy orgulloso de su obra que desea contar, con la ayuda de archivos documentales encontrados, la historia de Hester Prynne y de la letra escarlata. El prólogo de “La letra escarlata” es quizás un poco largo y duro de digerir. Hawthorne nos va contando, en éste, su experiencia como funcionario de aduanas (profesión que ejerció en la vida real) y nos va describiendo los ires y venires de este oficio hasta que, finalmente, nos relata que encuentra, en un viejísimo archivo, la deshilachada y desteñida letra “A” que llevó Hester Prynne junto a papeles con su historia. Es aquí cuando hace conexión con la trama principal.

El lenguaje de Hawthorne en “La letra escarlata” es sumamente descriptivo. No es sólo descriptivo en relación a los ambientes o a los lugares, sino a todos los aspectos, físicos y psicológicos, de sus personajes y de la actitud que tienen en ese momento. A pesar de esto, el lenguaje no es engorroso. Hawthorne da campo de diálogo a los personajes para que hablen y se expresen por sí mismos. Debo confesar que, en al menos dos ocasiones, los diálogos de los personajes me parecieron un tanto cursis e inverosímiles. Pero no es algo que se repita de manera notoria en la historia.

“La letra escarlata” cuenta con otro protagonista elemental. Nos referimos a Salem, el poblado tan famoso por los terribles juicios a las brujas que tuvieron lugar en el Siglo XVII. Salem, y Massachusetts en general, fue una de las regiones más famosas por la excesiva rigidez de sus pobladores. Y Hawthorne nació en Salem. De hecho, Hawthorne era descendiente de uno de los principales jueces en aquellos juicios de “brujas” y de uno de los principales fundadores del poblado. De hecho, la “W” en el apellido de Hawthorne fue colocada por él mismo para distanciarse de ese pariente suyo, del cual se avergonzaba.

Tomás Marín

Bestiario estudiantil de Caracas III

Bestiario Estudiantil de Caracas

Colegio Presidente Kennedy (Fe y Alegría). Petare.

Estudiante: Tatiana Andrea Gómez Solano. II Año. Ciclo básico.

Nunca he creído que el barrio sea un estigma. Nunca he creído que el barrio sea una limitante. Nunca he creído que el barrio sea un condicionante. El barrio tampoco debe ser un complejo. Hay mucha gente (amigas mías inclusive) que se avergüenzan del barrio. Muchas de mis amigas no tienen más sueños que operarse el pecho y ser misses. Es muy cómico cuando les toca rellenar las planillas de los concursos de belleza. Dicen que vienen de urbanizaciones. Les da vergüenza la miseria. ¿Cómo vas a salir de la miseria si no la aceptas? ¿Cómo la vas a superar si apartas la vista y haces que los otros también aparten la vista? Yo sueño con salir del barrio. Sueño con irme a una casa bonita afuera del país. Pero sueño con salir del barrio a través de la música. En mi casa había un CD con canciones de Aldemaro Romero. Mi sueño era ser como Aldemaro Romero. Y sigue siendo ser como Aldemaro Romero. Me daban mucha risa muchas de mis compañeros y de mis amigos. Eran de esa gente devota del Reggaetón y la Salsa. Nunca les gustaba Aldemaro Romero. Siento que Aldemaro Romero nunca podría calar en el barrio. Quizás mi música tampoco. Por eso quiero probar suerte en otros lugares. Nunca he tenido claro si el disco de Aldemaro Romero (que sólo escucho en ocasiones especiales. Me da miedo que se estropee) era de mi mamá o de mi abuela. Creo que era de mi mamá. Me gusta pensar que era de mi mamá. Mi mamá murió hace algunos años. Yo no recuerdo cómo murió mi mamá. Me dicen que yo era muy pequeñita para recordarlo. Pero yo creo que mi mente lo suprimió. O lo ocultó en algún sótano muy obscuro. Lo guardó en un lugar parecido al infierno. A mi mamá la mataron en 2010. Caminaba de regreso a casa. La abordaron para quitarle lo que había cobrado ese día. Mi abuela me abrazaba mientras lloraba. Sólo tengo flashes.

Desde entonces vivo con mi abuela. Mi abuela tiene 71 años. Tiene una piel muy tersa para su edad. Mi abuela es muy linda. Mi abuelo (su esposo) murió en el deslave del 99 en Vargas. Estaba visitando a unos amigos que tenía tiempo sin ver. Cuentan que se lo llevó una piedra del tamaño de una casa. Su cuerpo nunca apareció. Creo que quedó sepultado junto a tantos miles bajo el barro de Vargas. Yo sólo tengo a mi abuela. Mi abuela sólo me tiene a mí. Entre las dos nos cuidamos. Una vez compuse una canción sobre mi abuelo. Era una canción instrumental. Un poco al estilo de Onda Nueva (ya saben por influencia de quién). La toqué en el tecladito que tenemos en la casa. Es un teclado Casio que compré luego de ahorrar mucho y de ayudar en el trabajo a uno de los mejores amigos de mi abuela. Es un señor muy bueno. Iba a trabajar después de regresar del colegio y de hacer mis tareas. Mi abuela se puso a llorar cuando le toqué la canción que le había compuesto. Me abrazó. Yo me sentí satisfecha. La música te puede tocar. La música te puede transportar. La música te puede salvar del barrio. Porque el barrio no es un estigma ni una limitante ni un condicionante.

Mi abuela me cantaba canciones cuando yo era pequeña. Eran como tonadas. Como las famosas tonadas de Simón Díaz. No sé que tiene la voz de mi abuela. Pero siempre me tranquilizaba. Y me tranquiliza aún. A veces. Mi abuela se inventaba las letras. Es muy buena para improvisar rimas. Siento que mi abuela va a reencarnar un día en un rapero famoso. Me encanta oír cantar a mi abuela. Sus canciones a veces evocan chistes. A veces evocan muerte. A veces evocan una Venezuela que ella me cuenta pero que yo no asimilo. Porque aquí las cosas están cada vez peor. Yo no quiero que mi abuela corra la misma suerte que mi mamá. Yo no creo en Dios. O él es que no cree en nosotros. Pero le pido a la vida que a mi abuela no le pase nada malo.

Cada vez tengo menos tiempo para dedicarme a escuchar o a escribir música. Todo el día se me va entre estudiar y hacer colas para comprar productos básicos. Todo el día se me va en cuidarme y en cuidar a mi abuela. Ella me dice cosas tristes cuando se siente triste. Me dice que no debo cuidarla. Que debe morirse si su destino es morirse. Me dice que me cuide yo y que nunca deje la música. Que la música ve va a ayudar a salir del barrio y rescatarla a ella. Para salir también del barrio.

El otro día hubo un tiroteo horrible. Duró muchísimos minutos. No es la primera vez que escucho un tiroteo. Pero éste fue particularmente largo y aterrador. No sé si fue una guerra entre bandas. O un operativo para cazar malandros. Hay muchas bandas en mi barrio. Pero ninguna de música. A mí me gustaría tener una banda de música. Yo tuve pánico. Pero mi abuela me cantó para que yo me calmara. Y su voz me calmó. Aún recuerdo la letra. “Bajo este techo, nada podrá tocarte. Las balas rabiosas no podrán alcanzarte. Algún día, si tenemos suerte, se irá la pólvora y se irá la muerte”.

Yo creo que la música más que en todo. Siempre encuentro un huequito para tocar y componer. De vez en cuando me reúno con gente para tocar. Aunque siempre tenemos miedo. Un día tendré más dinero y podré estudiar teoría y solfeo como se debe. Yo quisiera retratar en música todo lo que viví. Y que un día alguien sueñe con ser como yo. Yo no quiero olvidar al barrio. Más bien quiero inmortalizarlo. Porque yo soy más grande que él. Él no es ni un estigma ni una limitante ni una condicionante.