¿Por qué renuncié a seguir siendo del equipo de campaña de Henri Falcón?

Una vez un amigo me dijo, compartiendo una botella de Cacique, que Venezuela era el único país en donde ser talentoso y ser inteligente se pagaba caro. Yo no le presté mucha atención. Asentí para no hacer un debate de una discusión que estaba siendo agradable. Para la época en la que él me dijo eso, Venezuela no estaba tan jodida. Mi amigo, que no importa su nombre para esta historia, hace ya cuatro años que se fue del país. Yo decidí quedarme. Al menos no me quería ir sin intentar. Al fin y al cabo, en una economía destrozada como la venezolana, quien es astuto puede encontrar minas de oro. Pero yo no contaba que para encontrar esas mimas de oro hay que carecer de escrúpulos.

Los profesores de la universidad me adoraban. Les juro que varias veces, en la universidad, los profesores decían al salón cosas como: “Aprendan de Helena. Esa muchacha va a llegar lejos”. A mí me daba muchísima vergüenza. Por otro lado, no voy a negar que me encantaba. Ese tipo de influencias hacía que todo el mundo se matara por hacer los trabajos conmigo. Me daban comida y me invitaban a todos lados. De todas formas, la Monteávila es una universidad que no es particularmente difícil.

Cuando me gradué, de Comunicación Social, conseguí trabajo rápido. Además, era un buen trabajo. Yo me había especializado en comunicación de masas. Siento que la comunicación de masas, en Venezuela, es la parte de la comunicación a la que se le pueden exprimir más cosas. Las masas en Venezuela se contentan con un pedazo de pan y un mal circo. Pueden morirse de hambre, pero basta con que grites un poco y agites una bandera estúpida para que todos hagan lo que quieres.

Yo ayudé a la campaña que hizo ganar a David Smolansky en El Hatillo. Smolansky era un chamo que siempre me cayó mal. Era como uno de esos estudiantes que decían cualquier imbecilidad para figurar en los medios. Sin embargo, trabajar en el diseño de comunicación de la campaña de alguien como Smolansky (Cuya victoria sería fácil. El Hatillo siempre ha sido un municipio opositor) sería una buena escuela para comenzar a poner en práctica todas esas teorías que yo había desarrollado, leído y profundizado en la universidad.

Ya se sabe que Smolansky ganó la campaña. La estrategia que yo señalé como la más apropiada, fue apelar a la nostalgia. En un país que está asolado por una dictadura comunista y en donde Caracas está visiblemente en ruinas, el recuerdo del Hatillo, que se magnifica por el aroma a verde que, a pesar de la violencia, de la miseria y de la pobreza, aún se respira ahí, siempre te saca una sonrisa o un suspiro. Yo sabía que, de todas formas, ya los alcaldes y los gobernadores habían sido pactados por el gobierno y por la oposición. Pero había que hacer campaña, había que hacer teatro y, además, la paga era buena.

El hecho es que yo, para la gente del Hatillo, me fui por la vía más fácil. Apliqué, mediante reuniones vecinales en las que se servía té y galletas, una especie de “Make El Hatillo great again”. Yo sabía que todo era una farsa. De hecho, el mismo Smolansky sabía que todo era una farsa. Ni el Hatillo ni Caracas se podrán recuperar, al menos a corto o a mediano plazo, de las garras de la violencia y de la dictadura. Pero todas las señoras del Hatillo, rememorando mejores días, decidieron seguirnos el baile. De hecho, el gordo Smolansky, en una reunión que hicimos en la alcaldía, me abrazó frente a todo el equipo de campaña y dijo: “Sigan el ejemplo de Helena. Esta caraja va a llegar lejos”. Yo me puse roja, sobre todo cuando todos aplaudieron.

Al principio no supe quién supo de mí. Cuando las campañas (o las farsas de campaña) son a nivel presidencial, todos los hilos se mueven desde el anonimato. Me llegó un correo de un tal Teodoro, que me solicitaba, en cortas parrafadas, reunirnos en un lugar público. Él, de alguna manera, sabía toda mi experiencia y mi currículum. No sé si fue alguien que lo recomendó o si tuvo acceso (que es lo que creo más probable) a una base de datos. A mí, al principio, me dio miedo. En una ciudad como Caracas, ya nadie cree en un correo así. Pero, buscando en Google acerca del tal Teodoro, vi que, al menos, en el caso de que realmente fuera él el que me escribía el correo, era un personaje medianamente público. De todas formas, le dije a cuatro amigos que me acompañaran. Éstos me dijeron que sí (Aunque, al final, todos me plantaron y fui yo sola).

Por Whatsapp, terminé de cuadrar con Teodoro acerca de todo. Él me había explicado, muy por encima, más o menos por dónde iban los tiros. Me había dicho que todo estaba relacionado con una nueva campaña, aunque no me había dicho de quién. De todas formas, yo lo intuía. Quedamos para vernos en el café que está en una esquina de la Plaza los Palos Grandes. Habíamos quedado para las cuatro de la tarde. A plena luz del día. Yo pensaba que, si me secuestraban, al menos habría testigos.

Teodoro se presentó con una guayabera blanca. Me brindó un café helado y pidió otro para él. Me dijo que, a través de una base de datos (Como yo sospechaba), había visto mis notas de la universidad, mi mención Cum Laude y mi experiencia. Me dijo que pronto comenzarían las campañas para las elecciones presidenciales que Diosdado Cabello, mediante la Asamblea Nacional Constituyente, había mandado a adelantar. Teodoro era uno de los directores de campaña de lo que sería la candidatura de Henri Falcón.

Teodoro, al menos conmigo, era un tipo diáfano y agradable. Al menos me habló claro. Me dijo que querían que yo fuese la coordinadora mediática en la campaña de Henri Falcón. Teodoro se reía cuando decía campaña. Él sabía que era una puesta en escena, que Henri Falcón era un actor que se prestaba al juego del gobierno. Pero que desde que casi todo el mundo había impuesto sanciones a los jerarcas de la dictadura, había que lavar un poco la imagen ante el resto del mundo a través de unas elecciones, aunque éstas fuesen fingidas.

Yo estaba a punto de decir que no. Teodoro era muy agradable y todo, pero no me interesaba prestarme a eso. Además, y esto fue algo que le dije muy claramente y que él sonrió al entenderlo, no me interesaba tanto trabajo (porque una campaña, por más simple que sea, implica un trabajo titánico) para ganar el bolívares, una moneda que no vale ni el papel en el que está impresa. Teodoro, un tipo corpulento, se alzó un poco y con su mano se sacó del bolsillo trasero de su pantalón una cartera. “Sabía que me podrías decir algo así”, me dijo. De la cartera sacó un billete de cien dólares y lo puso en la mesa. Yo no lo podía creer. De hecho, tardé varios segundos en asimilarlo. Mi primera reacción fue cubrir el billete con una servilleta. Me daba paja que alguien más lo viera. En Venezuela, en Caracas, con cien dólares casi que te puedes comprar una casa.

“Quizás con eso te lo puedas pensar un poco mejor. Lo que vas a ganar es mucho más que esto. Pero considera esto un adelanto por la molestia de haber venido hasta acá”, me dijo Teodoro guiñándome un ojo y recordándome, previo a una sonora carcajada, que también me había invitado al café helado, que, como siempre en esa cafetería de la Plaza los Palos Grandes, estaba divino. Teodoro se había ofrecido a llevarme hasta mi casa. De todas formas, no vivo muy lejos de la plaza. Bajamos al estacionamiento de la plaza y, en su Corolla azul, me dejó en la puerta de mi casa. “Piénsatelo bien”, me dijo cuando el vigilante de mi edificio pulsó el botón para abrir la puerta y yo entrar.

Yo lo llamé esa misma noche. No me importaba hacerle “campaña” a un imbécil como Henri Falcón. Si me pagan en dólares, yo le hago la campaña al mismísimo Hitler. Yo quiero irme del país, tener dólares para pagarme una buena carrera en el exterior orientada hacia la comunicación política y de masas. “¿Te lo pensaste bien?”, me respondió al teléfono, con su voz gruesa, Teodoro a manera de contestación. Yo le dije que sí. Él se rió y me dio la bienvenida. Me citó para el día siguiente en la sede del comando de campaña de Falcón, cerca de Colegio de Ingenieros. No había tiempo que perder. “No te preocupes, Helena. Yo te paso buscando”, me dijo antes de trancar y darme las buenas noches.

Henri Falcón es un tipo sin ningún tipo de carisma. Es un tipo que no transmite ninguna emoción. Es una especie de duende triste con los dientes salidos. Me saludó con dos besos, al estilo europeo. “Tú eres, Helena, ¿no? ¡Bienvenida al equipo!”, me dijo Henri. Yo le di las gracias sin sonreír. No me gusta sonreír cuando no tengo ganas de sonreír. El resto del comando de campaña llegó y el mismo Henri me los presentó a todos. Me dieron verdaderas ganas no sólo de sonreír sino de reírme cuando vi a uno de los miembros del comando de campaña, un joven que es uno de los consentidos de Henri Falcón, lucir, orgullosamente, una franela roja con los ojos de Chávez.

Todo el asunto de la pre-campaña fue durísimo y amargo. Nadie se creía la historia de que Henri Falcón era un candidato opositor. De hecho, me dio mucha risa cuando, una tarde, cuando estábamos almorzando alrededor de la mesa en la que solíamos almorzar, a Henri Falcón lo llamó, por videollamada de Whatsapp, el mismo Jorge Arreaza. Jorge, un tipo sombrío pero muy amable (al menos con Henri) le dijo que había hablado con El Universal y con Últimas Noticias, que Jorge Rodríguez, el alcalde chavista de Caracas, había comprado dos páginas completas a full color para Henri. Jorge Arreaza le pidió a Henri que seleccionara una foto en la que no sonriera. Le dijo que iban a jugar a ese contraste de Maduro sonriente y Henri Falcón amargado. “Na’ Guará, Jorgito. Tengo una en la que salgo con una cara de culo horrible”, dijo Henri antes de proceder a reírse como si fuese Bob Esponja. Antes de colgar, Henri me hizo ir a su lado para presentarme a Jorge Arreaza. Arreaza estaba en franela y en blue jeans. Yo me presenté como la jefa de la parte mediática de la “campaña” de Henri Falcón. Arreaza me dio su número para hablar sobre las piezas gráficas y aclarar otros puntos.

Ya yo había recibido varios adelantos de mis pagos. Teodoro, el que me introdujo a todo el mundo de Henri Falcón, es una persona realmente amable. Siempre me brindaba almuerzos y era como una especie de figura paterna para algunas cosas. Incluso, alguna vez le llegué a pedir consejos sobre la carrera que quería hacer y hasta del chamo que me gustaba. Él me contaba de sus amoríos “cuando era más chamo” y me decía que no confiara nunca en nadie. Decía que una chama como yo se merecía a un novio escandinavo, no a un “venezolano huevón”. También Teodoro me felicitaba por mi trabajo hasta el momento. Era obvio que la campaña nunca sentaría cabeza, pero, al menos, habíamos conseguido convencer a algunos copeyanos idiotas y a algunas doñas del Cafetal de que Henri Falcón era candidato de la oposición.

Pero los resultados, a pesar de mi trabajo, no le gustaban a Henri. A Henri, a pesar de que sabía que su candidatura era sólo un papel, le gustaba la popularidad. Yo tenía que jalarle a los medios para que le concedieran alguna entrevista. Me refiero a los medios que no están controlados por el gobierno. Los que están controlados por el gobierno, como pueden ver, le han abierto las puertas de par en par a Henri para la farsa. Pero los medios libres se reían en mi cara. Para ellos, Henri Falcón no es más que un pobre, triste, patético, idiota, subnormal, poco carismático, aburrido, retrasado, indigno y vulgar pelele que no merece ni un anuncio pago al lado de las putas que ofrecen masajes. Y lo que me daba más arrechera era que no me daba tiempo a explicarle a los medios que yo estaba ahí sólo por los dólares. Que yo era una mercenaria comunicacional.

Henri es un tipo que le mete duro, pero durísimo, a la caña clara. No sé si es algo que heredó de ser yaracuyano, pero a veces se mete unas rascas brutales. Y lo peor es que Henri es el borracho violento. Hace cerca de una semana, cuando ya estaba todo listo para el inicio de la campaña, estábamos reunidos en el comando. Henri ya tenía una peste a aguardiente horrible y no sé qué mensaje le llegó que seguía dándole en la vena de que ningún medio lo quería reseñar. Y ahí le estalló todo.

Henri se dirigió a mí. Estaba borrachísimo. Empezó a gritar que yo era una inútil. Nadie hacía nada para defenderme. Yo tenía miedo. A pesar de que sabía que Henri era borracho violento (Y lo peor es que, sobrio, es relativamente de pinga, como cuando lo conocí), no sabía que podía reaccionar así. Me dijo que yo era una imbécil, una puta inepta. Me dijo que Chávez estaría avergonzado de mí. Que me iba a mandar a joder con Maduro. Que si no me botaba “como una perra” era porque yo era la consentida de Teodoro.

Henri pegaba gritos frenéticos. Yo le pedí que se calmara, pero eso lo enfurecía más. Creo que mi error fue decirle que, al fin y al cabo, él no movía a nadie, que yo no podía hacer mucho más. Era algo que pensábamos todos, pero nadie le decía. Henri se puso rojo y me agarró por la cara con fuerza, con rabia y con furia. “Vuelve a decir eso, Helena, y te reviento la cara”, me dijo mientras escupía sin querer mientras hablaba. Me hacía daño. Me agarró la cara y la boca con una rabia que me hizo sentir sabor a sangre. Fue Teodoro quien pudo controlarlo y me sacó del salón mientras Henri gritaba y le daba coñazos a la mesa.

A pesar de que Teodoro me pidió disculpas, yo le dije que presentaba mi renuncia. Yo estaba llorando. Nunca nadie me había tratado así y me había agredido así. Teodoro comprendió, pero me invitó a un café para ver si cambiaba de opinión. Me dijo que las borracheras de Henri (y la violencia que deriva de éstas) eran comunes. Que ya había pasado algo parecido con su jefa de campaña cuando se había lanzado como gobernador del estado Lara. Yo rechacé la invitación. Teodoro, muy amable, como siempre, estuvo conmigo hasta que se me pasó el llanto y el susto.

Al día siguiente, ya cuando había renunciado, Teodoro me envió un sobre a mi casa. Dentro del sobre había una carta al lado de 6.000 dólares en efectivo. En la carta, más o menos parafraseado, me decía que el dinero era para ayudar a cumplir mi sueño de hacer un máster afuera. Que yo no sólo merecía a un escandinavo como novio, sino hacer campaña a gente que mereciera la pena, no a un pobre bolsa como Henri Falcón. Yo aún no le he dado las gracias. Al menos, de la pantomima pude sacar un beneficio. Yo no sé si ser talentoso o inteligente, como dijo mi amigo una vez con una botella de Cacique en la mano, se paga caro. Al menos a mí, el ser talentosa y el aguantar, me dio frutos. Y me da risa acordarme de mi amigo de la botella de Cacique amigo y de las filosofías que hacía cuando estaba bajo el alcohol. Qué diferencia tan grande con el “Candidato opositor”.

Helena Eco.

(T.M.)

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Plomo (Segunda Parte)

A pesar de las chispas que caían, siempre fui una persona muy conductista a la hora de comer. Yo solía comer al mediodía. Si por mí fuera, comería todo el día. Pero al ser estudiante aprendí a hacer malabares con los horarios y a hacer un hueco para poder comer, lloviera, tronara o relampagueara, a la misma hora del día. En este caso, lo que llovían eran balas. Pero mi hora de comer es sagrada. Iría a hacer mi almuerzo y comer. Total, nada podría hacer yo para que la lluvia de balas y de fuego se calmase.

Entré a la cocina. Por un momento tuve miedo. La ventana de la cocina estaba abierta de par en par. Es cierto. No era una ventana muy grande, pero cualquier bala envuelta en fuego podría entrar por ahí. Quise acercarme a cerrarla, pero sentía que sería el lugar más vulnerable en el que me podría poner. Yo no quería morir a causa de una bala. Nadie, creo, quiere morir a causa de una bala. Iba por la cocina procurando estar cerca de las paredes. Procurando estar fuera del rango que podría tener cualquier objeto que entrase por la ventana abierta de la cocina de mi apartamento para actuar en contra mía.

De todos modos, luego de pensarlo con un tanto más de cabeza fría, creí que no debía preocuparme tanto. La ventana de la cocina, hacia la parte de afuera, que daba como a una especie de patio interno, tenía un saledizo creo que de zinc que podía ayudar. El saledizo estaba para proteger a quien cocinara o fregara los platos (nuestro fregadero estaba ubicado al lado de la pequeña cocina de gas) de los rayos agresivos del sol. Realmente era bastante útil, aunque siempre pensé que se veía un poco mamarracho.

Pero sentí miedo nuevamente. No sé hasta qué punto una lámina de zinc (de ésas que son un poco curvas y tienen dos colores que se intercalan a través de láminas) podría resistir el impacto de una bala. Al fin y al cabo, la bala que había caído en mi balcón había arrancado un pedacito del piso, que era de granito rosado. Lo mejor sería, definitivamente, ir con cuidado. Yo caminaba con la cabeza un tanto gacha, como si eso fuese a ayudar en algo. Es parte de esos instintos humanos que, aunque sean un poco inútiles, te brindan una cierta sensación de seguridad.

La nevera estaba llena. A pesar de todas las calamidades y de todas las escaseces que asolaban a Caracas, nosotros siempre nos las ingeniábamos para tener una nevera llena. Y no sólo llena, sino llena de cosas ricas. A pesar de que siempre fui una chica delgada, comer siempre ha sido una de mis grandes aficiones. Siempre fui la envidia de mis amigas estúpidas del Mater. Ellas se mataban a unas dietas horribles en las que tenías que contentarte con comer un pedazo de lechuga de mierda que si con vinagre. Yo, en cambio, me hacía unos sándwiches como de medio metro rellenos de todas las cosas ricas que puede haber en este mundo. Mi otro gran “vicio” siempre fue leer. Y como podía leer comiendo sin ensuciar las páginas de los libros, me encantaba combinar estas dos prácticas.

Esto me lleva a explicar un detalle que a simple vista podría no tener importancia, pero para mí siempre la ha tenido y siempre la tendrá. Al igual que en mi apartamento podíamos disfrutar de una nevera llena, podíamos disfrutar de una biblioteca llena. El mercado de los libros en Caracas era un poco como el de la comida. En las grandes cadenas de librerías (generalmente las grandes cadenas de librerías suelen tener los peores libros) había pocos libros y de los pocos libros que había, las tres cuartas partes versaban sobre autoayuda, brujería, Sascha Fitness y no sé cuántas mariqueras más. Los libros buenos se hallaban en el casi clandestino mercado negro. Tan clandestino como el de los víveres, pero mucho menos concurrido.

Yo me sentía orgullosa tanto de mi nevera llena como de mi biblioteca repleta de clásicos y de títulos realmente fascinantes. Cuando alguna persona venía a mi casa a hacerme una visita (fuese una amiga del colegio, o de la universidad, o del trabajo, o un chamo quesudo que lo que quería era llevarme a la cama), le hacía la prueba de la biblioteca. Le hablaba y le mostraba, al menos durante una hora, los títulos que más me gustaban de mi biblioteca, o los que tenía en la lista para leer. Si la persona a la que le estaba haciendo la exposición se ladillaba (lo que ocurría en el 90% de las ocasiones), yo la ponía como en una especie de lista de gente inútil.

Hacía tiempo que la gente ya no venía a visitarme a la casa. O yo me había hartado de muchos, o muchos se habían hartado de mí o, lo más normal, la gente, sencillamente, se había ido del país. Yo era una de las pocas que aún quedaba. La verdad es que no sé por qué me quedaba. Creo que era una especie de mientras tuviese full la nevera y la biblioteca, el resto del mundo, Venezuela, no me importaba absolutamente nada. Por mí, que el país se incendiara todo.

Casi siempre me tocaba comer sola. Prefería comer en la cocina. Nunca en mi cuarto o en el comedor. La cocina era el lugar más diáfano de todo el apartamento. Eran rarísimas las ocasiones en las que coincidía a comer con mis papás. Mis papás generalmente comían en el trabajo y yo comía en el colegio o en la universidad cuando aún estudiaba, hasta hacía muy poco tiempo. Mientras comía, me gustaba poner la radio para escuchar las noticias escabrosas de lo que sucedía en el país. Del gobierno burlándose de la oposición, de los muertos, de la gente que moría de orgullo y hambre por no quererse arrastrar al carnet de la patria cuando se les había agotado el resto de los recursos.

Creo que, desde que yo era chiquita, siempre habíamos tenido el mismo método. Por eso me acostumbré a comer sola. Amaba comer sola. Detestaba comer con mis amigas porque, como he dicho, yo comía muchísimo a pesar de que soy flaca. Yo era de las que pedía dos y hasta tres menús. Y me molestaba la mirada de extrañeza con la que todas mis amigas me observaban. En cambio, comiendo sola no tenía que tener modales ni que rendirle cuentas a absolutamente nadie. Cuando invitaba a chamas o a chamos para la casa para revolcarnos, no me molestaba que el queso se les chorreara. Lo que me hacía hervir la sangre era que quisieran quedarse a comer.

Pero hacía mucho tiempo que ya nadie iba, y ese plan no se hacía más. Creo que mucha gente en el Mater y en la Monteávila me jalaba bolas porque sabían que conmigo (dentro o fuera de mi casa) las reuniones siempre terminaban siendo bacanales. A mí me encantaba el sexo y me excitaba la violencia. Muchas chamas, aunque fuese por curiosidad, iban a mi casa a escondidas de sus padres para participar en orgías. Me daba mucha risa cuando, antes, durante o después del acto sexual como tal, ponían sus voces de muchachas buenas y les decían a sus papás, a través del celular, que la estaban pasando buenísimo (cosa que no era mentira), que estaban tomando Pepsi y comiendo Doritos. Con los chamos pasaba algo más simpático. A mí el sexo sin por lo menos un toque de violencia me gustaba, pero no me parecía la gran cosa. A veces esperaba a que los chamos se durmieran y, agarrando un bastón de madera que tenía mi papá, cuando estaban durmiendo, se los estrellaba en la cara, muchas veces haciendo brotar sangre. Al principio, evidentemente los chamos gritaban, pero yo sabía hacerlos callar con besos y otras cosas. Siempre fui una mujer atractiva. Pero ya eso era tiempo pasado. Como he dicho, todos o se habían ido del país o se habían casado o estaban empatados con gente pollísima. Yo ya casi no salía tampoco. El día se me iba escuchando cantar a los periquitos o a los canarios, trabajando de vez en cuando. Incluso viendo los peces payaso que teníamos dentro de la pecera. Los peces de esa pecera tenían un máster en observar porno en vivo.

Como a veces la soledad de la casa me abrumaba un poco, salía a dar una vuelta alrededor de la cuadra. Sé que hasta salir a dar una vuelta alrededor de la cuadra era algo peligroso, pero, con suerte, no pasaba mucho. De todas formas, procuraba salir a la luz del día y no en la noche. Aunque, de todas formas, éste era un detalle cada vez menor. Ya la delincuencia en Caracas era tal que daba igual el día que la noche. Ya una persona podía ser hurtada, robada, atracada, secuestrada o asesinada en presencia de una muchedumbre y todo seguía fluyendo con normalidad.

No hacía mucho más que eso. Me gustaba ver las ruinas de Caracas, al menos las ruinas que aún mantenían su forma. Algunos condominios, muy pudientes, hacían potazos entre los vecinos y recolectas para comprar algunos galones de pintura con los que maquillar los edificios. Era un esfuerzo que a mí siempre me pareció loable. Tampoco es que era la gran vaina, pero no sé. A veces, en algunas tardes, Caracas aún conservaba esa luz tenue y medio ocre que me recordaba a mi infancia, cuando se podía vivir tranquila y cuando el Parque del Este aún no estaba tan vuelto mierda, como el resto de la ciudad.

Aún, para quien la supiese buscar, había una especie de vida social en Caracas. Para quien pudiese permitirse el lujo, había aún algunos restaurantes que, mal que bien, funcionaban. Uno de los problemas que yo tenía para seguir socializando es que no es lo mismo socializar cuando eres adolescente o muy joven a socializar cuando tienes casi 30. Cuando tienes casi 30, ya la gente anda en su propio peo. Algunos ya tienen pareja estable, otros ya tienen un trabajo que los consume. Otros más lo que piensan es en la estúpida boda. Cosas así. Yo me sentía una vieja a pesar de que no había pasado los 30. Veía a Caracas como si fuese una ruina antigua hallada en un yacimiento arqueológico. Un lugar en el que, junto a esos escombros, yacía una gran cantidad de recuerdos agradables.

Ahora, casi que mis mejores amigos eran los periquitos, los canarios y los peces payaso. Sé que suena un poco tonto y patético, pero era así. De vez en cuando, muy de vez en cuando, recibía la llamada sorpresa de algún amigo o amiga que se había resignado a morir en Caracas al haber fracasado en todos los intentos de huida. A veces leíamos juntos, a veces escuchábamos música juntos. A veces jugábamos Nintendo juntos. Por lo menos una vez al mes. O cada dos meses. O cada tres meses.

Como aún quedaba uno que otro amigo que sabía y compartía mi afición a comer, me invitaba a comer alguna comida que inventaba en su casa. Me encantaban esas tertulias. Era como una especie de improvisación en la cocina de alguien con los productos que se habían podido conseguir en el mercado negro. A veces quedaban unas cosas tan fabulosas, que anotábamos la receta y el proceso para no perderlas y repetirlas algún día. A veces quedaban unos menjurjes asquerosos, que botábamos (pidiendo tácito perdón a los que morían de hambre, que no eran pocos) por la cañería.

Ser cocinera o chef siempre fue una especie de sueño frustrado. No tanto frustrado por un fracaso personal, sino por el propio país. Ser cocinero o chef era una de las cosas menos rentables en un país que se estaba muriendo de hambre. Serviría, en todo caso, para lo que hacía yo a veces con estos amigos que he contado. Inventar, improvisar, divertirse y comer. Estas tertulias, de alguna manera, paliaban ese sueño que, quizás de haber nacido en un lugar medianamente normal, al menos habría intentado cumplir.

T.M.

Relato inspirado el el texto “La lluvia de fuego”, de Leopoldo Lugones.

 

 

 

Estampa literaria de Caracas Nº 3

Eduardo bebe en un bar de mala muerte. Realmente es un bar de mala muerte. Es uno de esos bares que quedan por los Chaguaramos. Uno de esos bares que tienen vestigios de una Caracas más próspera que aún hace brillar ciertos rescoldos pero, al fin y al cabo, es un bar de mala muerte en una ciudad jodida. Eduardo es un escritor fracasado. No tiene muchos amigos. Es articulista en un periódico todo mediocre como Últimas Noticias o 2001. Ni siquiera reseña noticias importantes. Creo que habla de gente estúpida. De misses o algo así. Eduardo bebe licor malo en ese bar de mala muerte, en esa ciudad jodida.

Entra una mujer. Una mujer bella. Es una mujer que tiene cierto aire gitano. Tiene la piel un tanto obscura, pero no tiene pinta de barriotera. Podría pasar por rumana en cualquier lugar del mundo. La mujer está vestida de manera sencilla. No viste tampoco como una barriotera. Es realmente atractiva. Todo el bar está vacío, pero la mujer decide sentarse al lado de Eduardo. Eduardo casi que no la advierte en un principio. La mujer mira con cierto asco el licor malo que está tomando Eduardo. La mujer le regala una copa de vino. Pide otra para ella. Eduardo da las gracias. No sabe si entablar una conversación. Nunca ha sido carismático. Nunca ha sido atrevido. Por eso trabaja en un periódico mediocre, redactando noticias mediocres.

Entablan una conversación. No es una conversación muy relevante. “¿En qué trabajas?”, y cosas así. La vida de Eduardo es tan nula que podría contarse en menos de diez líneas. Pero la mujer parece interesada por él, al igual que él por ella. Él sueña con besarla. Allí mismo, si tuviese la oportunidad. Pero no se atreve. Nunca ha sido carismático. Nunca ha sido atrevido. Por eso trabaja en un periódico mediocre, redactando noticias mediocres. La mujer abre un bolso. Es un bolso negro que brilla a pesar de que se nota que es una imitación. Del bolso saca unos hombrecitos. Luego saca unas mujercitas. Son cuchísimos.

Los hombrecitos y las mujercitas caminan sobre la mesa en la que Eduardo y la mujer están sentados. La mesa está empegostada de cosas. Recuerden que es un bar de mala muerte. Pero los hombrecitos y las mujercitas no parecen prestarle a eso mucha atención. Los hombrecitos y las mujercitas quizás no se quieren, pero se respetan. Se aprecian. Todos trabajan. Ninguno molesta a los demás. Todos están concentrados en sus respectivos trabajos. No tienen tiempo para indagar en la vida de los demás. Un hombrecito viste de rojo, el otro viste de amarillo. Una mujercita viste de azul, la otra viste de blanco.

“Estas personitas se van a joder”, dice la mujer. Eduardo lanza un suspiro de impresión. Una de esas respiraciones entrecortadas por un comentario que no se espera. “¿Cómo se van a joder?”, pregunta. La mujer sonríe. “Vamos a joderlos. Es divertido”, dice. “Es imposible”, responde Eduardo. “Se ven todos coordinados y ocupados. No se van a dejar”, continúa. “Lo puedo hacer, pero no en este bar. Es peligroso”, dice ella. “¿Quieres venir comnigo?”, pregunta. Eduardo desconfía. Con ese truco han matado a miles de personas en una ciudad jodida como Caracas. Pero Eduardo no tiene mucho que perder. Por algo estaba solo en un bar de mala muerte. Eduardo se va con ella. Ella paga con una tarjeta. Se van hacia el carro de la mujer.

La mujer mira a la carretera, no hacia Eduardo. Han salido de Los Chaguaramos. Creo que maneja hacia Montalbán. Los edificios están apagados y tristes. Parte de Montalbán no tiene luz. La mujer fuma con una mano. Con la otra toma el volante. Maneja con cuidado. Todo el carro tiene aroma a cigarros de distintas marcas. Eduardo no dice nada. “¿Sabes cuánto me costaron?”, pregunta la mujer sin desviar la mirada del camino. Los hombrecitos y las mujercitas están dentro de su bolso. “¿Cuánto?”, pregunta Eduardo. “Los tuve que pagar en dólares”, dice la mujer. “No todo el mundo puede tener a estas personitas. Es peligroso”, concluye mientras arroja la colilla de su cigarro por la ventana. Eduardo siente un vacío en el pecho. Espera que, si lo matan, al menos no sufra.

Se sientan en el sofá de la casa de la mujer. Es una casa limpia, aunque un poco desordenada. Hay una sartén sin lavar aún en las rejillas de la cocina de gas. El apartamento es compacto, pero es cómodo. Tiene iluminación amarilla. Se escuchan, atravesando el balcón, los motores de los carros. El apartamento está en un piso alto. Hay una buena vista de Montalbán. De todas formas, no hay mucho que ver. Media Montalbán está sin luz. La mujer abre el bolso. Coloca a los hombrecitos y a las mujercitas sobre una mesa de vidrio que está frente al sofá. Sobre la mesa de vidrio está un portarretratos con la foto de un viejo. Eduardo no quiere preguntar, aunque siente curiosidad. Los hombrecitos y las mujercitas aún trabajan. Cada uno con su color. Cada uno respetando al otro.

La mujer saca del bolso una pequeña lavadora. La regala a uno de los hombrecitos. Al hombrecito que viste de rojo. El hombrecito cesa de trabajar. Mira, encantado, su lavadorita nueva. La lavadorita que ha recibido, aunque no la necesitaba. La mujer saca del bolso una pequeña nevera. La regala a una de las mujercitas. A la mujercita que viste de blanco. La mujercita cesa de trabajar. Mira, encantada, su neverita nueva. La neverita que ha recibido, aunque no la necesitaba.

“Ahora empieza la magia”, dice la mujer. Eduardo mira atentamente. La mujer arrebata al hombrecito su pequeña lavadora. Arrebata a la mujercita su pequeña nevera. Antes de hacerlo, se ha asegurado de que éstos han dado la espalda. Cuando las personitas se voltean, ya no tienen sus regalos. Preguntan qué sucedió. Se pueden comunicar con la mujer. También podrían hacerlo con Eduardo, pero Eduardo prefiere no decir nada, sólo mirar. El hombrecito y la mujercita, de rojo y de blanco respectivamente, miran con súplica a la mujer. Preguntan a dónde fueron sus regalos.

“La culpa es de ellos”, dice la mujer mientras señala al hombrecito de amarillo y a la mujercita de azul, quienes, concentrados en sus trabajos, no se han dado cuenta de nada. “Pero eso es mentira”, replica Eduardo. Tenía tiempo sin hablar. La mujer manda a callar a Eduardo. No quiere que arruine el juego. El hombrecito y la mujercita, que han perdido sus regalos, se sienten traicionados. Le creen a la mujer todas sus palabras. ¿Cómo puede mentir quien da regalos? Es absurdo.

El hombrecito y la mujercita, que han perdido sus regalos, no quieren trabajar más. Lo único que desean es recuperar sus regalos. Increpan al hombrecito y a la mujercita que trabajan. El hombrecito y la mujercita que trabajan, no entienden nada. Reciben una sarta de insultos y de preguntas que no entienden. Quieren seguir trabajando. El trabajo los hace felices. El trabajo los hace sentirse plenos. Pero el hombrecito y la mujercita que han perdido sus regalos, no dejan trabajar al hombrecito y a la mujercita que no entienden nada. No es justo. Ellos sólo quieren sus regalos de vuelta.

La mujer se ríe. Las personitas son realmente predecibles y divertidas. Tienen respuestas realmente ingeniosas. Tienen actitudes realmente curiosas. La mujer tiene la garganta seca. Eduardo también. La mujer le ofrece a Eduardo una bebida. “¿Tienes ron?”, pregunta Eduardo. “Tengo Cacique 500”, responde la mujer. La mujer se levanta. Sirve el ron en dos vasos. No les echa más nada. No vale la pena gastar en nada más cuando uno desea embriagarse. Da el ron a Eduardo. Se sienta de nuevo a su lado. Los dos contemplan a las personitas.

La mujer saca de su bolso armas en miniatura. Parecen esas armas que aparecían en los juegos de Sospecha (Clue). Las coloca sobre la mesa cuando las personitas no se dan cuenta. Las personitas se voltean y ven las armas. Se espantan. Nadie quiere tocarlas. Las personitas saben bien que las armas no son juguetes. Las personitas saben bien que las armas son cosas realmente peligrosas. Tienen miedo. El hombrecito y la mujercita que no entienden nada, regresan a sus trabajos. El hombrecito y la mujercita que han perdido sus regalos, contemplan las armas con curiosidad, aunque sin dejar de tener miedo.

El hombrecito y la mujercita que han perdido sus regalos, toman las armas. No cuestionan la palabra de la mujer. No piensan que ella pueda mentir. Nadie que dé regalos puede ser un mentiroso. Entonan cánticos que alaban a la mujer. Que alaban sus rasgos, sus palabras y su aspecto un poco gitano. Toman las armas. No dejan trabajar al hombrecito y a la mujercita, que son acusados de conspiradores. Los torturan. Los humillan. Los esclavizan. La mujer ríe. La risa de la mujer excita al hombrecito y a la mujercita que han perdido sus regalos.

La mesa se ha vuelto un caos. Ya nada está donde debería estar. Ya nada está en donde estuvo. Hay dos personitas armadas que convierten en un infierno la vida de las personitas desarmadas. De hecho, ya han matado al hombrecito, que murió sin comprender nada. La mujercita, que sigue sin comprender nada, en un descuido, huye de la mesa. No le es fácil huir de la mesa, pero puede hacerlo. Se refugia en la cocina. Se encarama, como puede, por el fregadero y se pierde entre el amarillo de la esponja para fregar.

El hombrecito y la mujercita que perdieron sus regalos, ahora solos, terminarán de matarse entre ellos, eventualmente. O morirán con un manotazo de Eduardo o de la mujer, lo que pase primero. Eduardo y la mujer ya han repetido varias veces los tragos de Cacique 500. Están mareados, pero están contentos. Ambos se hacen caricias. Ambos se suspiran al oído. Ambos se excitan el uno al otro. El hombrecito y la mujercita que han perdido sus regalos, y sus trabajos, y sus sentidos, los miran con curiosidad. Eduardo y la mujer se besan. Ellos disfrutan verlos besarse, aunque la mesa sea un desastre. ¿Cómo puede mentir quien da regalos? Es absurdo.

Tomás Marín

Relato inspirado en el texto “No hay camino al paraíso”, de Charles Bukowski.

 

 

Estampa literaria de Caracas Nº 2

Primitivo (les juro por Dios que se llama Primitivo) se coloca su uniforme. Le gusta el olor a ropa recién lavada. Aprecia más este olor desde que en Caracas se hizo tan difícil conseguir detergente. Le gusta su trabajo. No es el mejor trabajo del mundo, pero a él le gusta. Primitivo es el encargado de barrer las hojas del tramo número siete de la autopista de La Lagunita. No le gusta usar esas máquinas que son unos tubos que soplan. Piensa que son una mierda. Piensa que lo que hacen es desordenar toda la tierra, todas las hojas y toda la basura. Él es más del estilo clásico. Prefiere el rastrillo, la escoba y la pala. Si hace falta, recoge las hojas secas con sus propias manos. Para eso tiene guantes. Son las nueve de la mañana. Hace un sol delicioso. Sólo falta un tramo por recoger. Sólo queda retirar maleza de un barranco cercano a un parque. A uno de esos parques infantiles que tienen el logo de la alcaldía del Hatillo. A uno de esos parques infantiles que no usa nadie. Primitivo escarba. Encuentra el cadáver de un muchacho.

El cadáver no está ni fresco ni descompuesto. Primitivo, del asombro, se echa para atrás. No es un hombre particularmente de alma ni de corazón endurecidos. El cuerpo tiene una bala incrustada en el pecho. Tiene el tórax reventado. Primitivo intenta no verle la cara. La cara de un cuerpo inerte es la peor imagen que puede haber. No es como en las películas, ni siquiera como en los documentales. Sólo en vivo se puede apreciar el verdadero rostro de la muerte. Una mosca verde, de esas moscas asquerosas, se da vida alrededor de la herida. La herida está seca. La sangre es sólo una mancha coagulada.

Pedro Castañeda, director de la facultad de Teología de la Universidad Católica Andrés Bello, está tratando de cerrar una carpeta. Se siente un tonto. LLeva más de un minuto intentando cerrar la carpeta. Todo sería más fácil si no tuviese la otra mano ocupada. No quiere derramar su café ni quiere colocarlo en el suelo. Finalmente, logra cerrar la carpeta. Ya puede buscar, en el bolsillo de su sotana, las llaves de su carro. Hay poca gente en el estacionamiento de la universidad. Pasa un Spark amarillo. El Spark amarillo hace sonar la corneta con prudencia. Óscar y Mariana saludan, desde el Spark amarillo, a Pedro Castañeda. Pedro Castañeda devuelve el saludo. Pedro Castañeda los aprecia. Los dos son buenos estudiantes. Aprecia más a Mariana. Mariana es una muchacha inteligentísima. Sus exposiciones parecen películas. Siempre habla de cómo quiere irse del país. El Spark sale por la puerta de la universidad. “Hacen bonita pareja”, piensa Pedro Castañeda mientras coloca la carpeta en el asiento trasero de su carro, que se ha calentado por culpa del sol.

Oropencio González, oficial de la Policía Nacional Bolivariana, da el alto. La calle está trancada. De todas formas, el Spark amarillo no tendría hacia donde huir. Oporencio desenfunda su pistola de reglamento. Un compañero lo secunda. Ése tiene que ser el mismo Spark que se describió en la denuncia que hizo una vecina. El Spark amarillo se detiene. Ismael abre la puerta del piloto. Se baja. Se echa al suelo con las manos en la nuca. No opone resistencia de ningún tipo. Oropencio lo esposa. Para ser Policía Nacional Bolivariano, Oropencio es relativamente honesto. Oropencio sube a Ismael a la patrulla. Lo lleva a comisaría. “Ojalá haya recompensa”, piensa.

Ismael no miente. No sabe mentir. Piensa que, de saber mentir, su carrera como delincuente y como hampón, quizás, hubiese sido más exitosa. Responde a las preguntas con sinceridad. Colabora. Admite que él mató a Óscar. Tiene gran frialdad a la hora de decir sus palabras. Es como si sintiera una especie de orgullo. Ismael frunce el ceño cuando le preguntan por Mariana. “Yo maté al chamo, no a la chama. Lo juro por mi madre y por Dios”, dice Ismael mientras besa su pulgar y su índice, que anteriormente ha intersecado, para que formen una cruz.

Mariana está preciosa. Coloca la mano sobre la de Óscar cuando Óscar la tiene sobre la palanca de velocidad del Spark amarillo. Mariana se traga su rabia. La tiene mezclada con el amor que siente por Óscar. Mariana quiere irse del país. Mariana quiere disfrutar lo que le queda de juventud. Mariana quiere disfrutar del lujo de no morir asesinada. Óscar siempre le ha puesto todos los peros del mundo. Como él tiene un buen trabajo asegurado, gracias al papá, pretende que ella se sacrifique. “¿No quieres mantener la relación?”, siempre concluye Óscar cuando se ve acorralado por los argumentos de Mariana  y por su deseo de largarse. Ismael ve a Mariana. La ve a través del vidrio del copiloto del Spark amarillo, que no es ahumado. Ismael se prenda de Mariana. Es la muchacha más espectacular que ha visto en su vida. Tiene el cabello castaño claro. Tiene las cejas delgadas. Tiene la piel del color de la piña colada. Qué diferencia con las mujeres grotescas de Casalta. Todas parecen unas bachaqueras. Ismael no se va a quedar tranquilo. Tiene que ir detrás de ella. ¿Qué importa Óscar?

Ismael se ríe en algunas partes de la declaración. No tiene problema en declararse culpable. Sabe que, en la cárcel, no le harán nada. Quizás no lo sabe, pero lo espera. Él sabe defenderse. Siempre ha sabido defenderse. Vuelve a reír. Su risa es un poco escabrosa. Da algo de miedo. “Lo que me da risa es que me vayan a meter preso precisamente ustedes, la Policía Nacional Bolivariana. La Policía Nacional Bolivariana no es más que un grupo de asesinos de mierda. ¿Es que no matan estudiantes y niños en cada protesta que hay?”, protesta Ismael. Una secretaria toma la declaración. La secretaria tiene las uñas largas. La secretaria escribe “Asesinos” con c. Ése es el nivel de profesionales que hay en el país.

Ismael se acerca al Spark amarillo. Se vale de que habla bien. Por razones de la vida, el papá de Ismael era un hombre medianamente culto. Incluso, tenía un programa de radio en una de las emisoras de Fe y Alegría, en donde hablaba de ciertos libros. Ismael no habla como un malandro. Sabe pronunciar las eles y las erres. Ismael va directo al grano. Dice que tiene joyas, que las vende a buen precio porque quiere irse para Chile. Dice que esas joyas se pueden vender en dólares, pero él se conforma con bolívares. Dice que tiene un contacto en el Banco Central que vende dólares preferentes. Eso ya atrapa la atención de Mariana. Puede ser una posibilidad para irse del país, aunque suene descabellada y tonta. No se puede descartar nada. Sabe que las joyas pueden ser robadas. Pero no importa. Todo es válido en la carrera por escapar del socialismo del Siglo XXI. Incluso a Óscar le interesa la oferta. Nada más cotizado que los dólares. Ismael dice que las joyas están cerca. Están escondidas cerca de un parque por La Lagunita. No por nada malo, sino para evitar que se las roben.

A veces, Óscar y Mariana dudan. Están siguiendo a Ismael, quien trota por delante de ellos. Es que ni siquiera está mal vestido. El parque queda bastante cerca. Las joyas están bastante cerca, según Ismael. “Marico, arranca. De pana no sé. Es como demasiado bueno para ser cierto”, dice Mariana. “Al primer movimiento raro que vea, piro con todo”, contesta Óscar. Ismael sigue trotando por delante de ellos. Saluda a algunos carros que pasan. Algunos carros le contestan el saludo. Esto tranquiliza sobre todo a Mariana. ¿Cómo puede ser malo un hombre al que algunos carros saludan amablemente?

El Spark amarillo tiene que orillarse. No puede avanzar más. No puede adentrarse dentro del parque. Óscar coloca las luces intermitentes y se baja. “Es por allá”, dice Ismael mientras señala con su dedo un rincón del parque. Es un rincón apartado, realmente apartado. “No te pido que me las compres de una. Pero, al menos, dales una oportunidad”, completa, con una voz segura. “Si quieres, yo me quedo aquí”, dice Mariana. “Me da paja que venga un PoliHatillo y remolque el carro. Mejor me quedo aquí y, si tengo que mover el carro, lo muevo”, propone. A Óscar y a Ismael les parece una buena idea. De todas formas, sólo serán unos minutos. Mariana, sin bajarse del carro, se pasa del puesto del copiloto al puesto del piloto. Óscar, a través de la ventana, se despide de ella con un beso. Ismael y Óscar se dirigen hacia el punto convenido.

“No te preocupes, panita. Tienes derecho a tener miedo. Pero te juro que soy una persona seria. Lo único que quiero es irme de esta mierda. Estoy harto de la delincuencia, de la escasez y de todo”, dice Ismael. Óscar se tranquiliza. “Ya te traigo las joyas”, dice Ismael. “Es sólo para que las veas y me digas si te gustan. Incluso, podemos ir a una joyería para que veas que son de verdad. Yo no tengo por qué engañarte”, asegura. Óscar da la espalda. Ismael lanza el primer ataque. Óscar, de alguna manera, lo veía venir. Se defiende. Desde el Spark amarillo no se ve nada. Mariana está sentada en el asiento del piloto viendo a los carros pasar. Ismael, al fin y al cabo, es un delincuente profesional. Inmoviliza a Óscar. Lo amarra con una cuerda que ya tenía preparada. La trampa parecía demasiado estúpida, pero siempre hay un estúpido que cae. Le tapa la boca con un trapo. Le pega en la cara. Lo deja allí.

Ismael regresa a donde Mariana. Acomoda su semblante para que parezca preocupado. “Chamita, ven. No sé qué le pasó a tu novio, pero tiene algo. Ven para que lo ayudes”. Mariana le cree, aunque no quiere creerle. Piensa en encender el carro, acelerar y mandar todo a la mierda. Pero lo piensa mejor. Se baja del carro. Igual vendrá a echarle una ojeada de vez en cuando, para que no lo remolquen. No cree que sea tan grave lo de Óscar. La expresión de Ismael es de preocupación, no de tragedia. Mariana camina al lado de Ismael hacia donde está Óscar. Óscar no puede pedir ayuda. Tiene la boca tapada por un trapo, como en las películas malas, como en los relatos malos. Mariana actúa rápido. Ataca a Ismael. Tiene con qué. Pero Ismael sabe defenderse. No quiere el carro. No quiere dinero. La quiere a ella.

Mariana corre. El error de Ismael es no sacar el arma de fuego a tiempo. Mariana corre y sigue corriendo. Se le escapa. Sabe que el precio de su huida será la viudez del noviazgo, el tener una pareja asesinada por el hampa. Pero Mariana corre. No se detiene. ¿De qué sirve tener un novio vivo en un país de mierda como éste? ¿No es ése el mismo novio que no quiere irse? ¿No es ése el mismo novio al que no le interesa lo que le pase a ella porque él tiene un buen trabajo asegurado gracias al papá? ¡Que lo jodan! ¡Que lo maten! Si Ismael quiere quedarse con el Spark amarillo, que se lo quede. El carro, a fin de cuentas, no es de ella. Ella sólo quiero irse de ahí. Ella sólo quiere comprar en un mercado lo que le dé la gana. Ella sólo quiere tener un trabajo que sirva para algo. Ella sólo quiere hacer un posgrado. Ella sólo quiere disfrutar lo que le queda de juventud. Ella sólo quiere disfrutar del lujo de no morir asesinada. Mariana corre. Mariana corre. Mariana corre.

 

Tomás Marín

Relato inspirado en el texto “En el bosque”, de Ryunosuke Akutagawa.

 

 

 

Metro de Madrid. Línea 1. Estación “Plaza de Castilla”

No sé si todos los padres tienen confianza en los hijos a la hora de preguntarles qué desean hacer con sus vidas cuando crezcan. Creo que, muchas veces, los padres anhelan que los hijos sigan sus pasos. Es como si desearan que existiese una extensión de ellos. A veces, cuando los hijos se salen del “carril”, los padres arquean las cejas y se limitan a asentir. Algunos, los más autoritarios, no tienen recato en reclamar y disentir abiertamente. “Yo no voy a tener un hijo músico/actor/pintor muerto de hambre”, y esas cosas.

Mi mamá tuvo confianza en mí porque sabía que yo era distinta a todos las demás. En algunos aspectos. Sé que, en esta época posmodernista y tonta, lo común es presumir de la diferencia. Yo no la presumo, simplemente la señalo. Desde pequeñita, los libros me gustaron de una manera fanática. Era de las que rechazaba invitaciones a jugar o a comer en McDonald’s con los niños de mi clase con tal de quedarme leyendo un buen libro. Siempre fui una persona de pocos amigos. Los que tengo, me bastan. Ellos son felices conmigo y yo soy feliz con ellos.

No lo pensé dos veces cuando me lo preguntaron. Creo que ha sido la única certeza que he tenido en mi vida. Yo quería ser maga. La magia es lo más parecido que existe en esta vida a los libros. “¿Y por qué entonces no estudiaste letras?”, preguntaban algunos. No hacía falta. Las letras no se estudian, se disfrutan. Yo no quería que una academia me cercenara mi derecho a opinar qué es bueno y qué no es bueno en el campo literario. En cambio, la magia no es una opinión. Es una paradoja preciosa. Es un acto de fe a la vez que pisotea a la misma fe. Por eso es tan amada. Por eso es tan temida. Por eso los magos o llenan auditorios o son quemados en la hoguera.

La magia no se estudia en las universidades. Con todo y eso, mi madre me apoyó. “Si quieres estudiar magia, magia estudiarás”, me dijo. Hasta las escuelas de magia suelen ser extrañas, no sólo en su forma de ser sino en su escasez. Creo que en Madrid no hay más de tres o cuatro escuelas de magia, casi clandestinas. En una nación tan acostumbrada a la corona, a la cruz y a la parte negativa de la superstición, la magia, aunque se ha cotidianizado, sigue conservando esa marca indeleble asociada a la brujería.

Ya yo había terminado la ESO. Ése era el único pacto que mantenía con mi madre. “Luego de la ESO, lo que quieras”. La escuela de magia quedaba en la calle de San Benito. Era un sitio bastante diáfano. No debemos creer en el erróneo cliché de  que las escuelas de magia son lugares obscuros y sombríos con antorchas, mazmorras y paredes empedradas. Mi madre me acompañó, como si yo fuese una niña. No me molestaba que mi madre me acompañase. Ella y yo siempre habíamos tenido más una relación de amigas que una relación materno-filial.

Nos atendió Henrique, el director y el profesor más importante. Era un hombre alto y robusto. Tenía una gran barba lisa, pero nada que se saliese de control. Tampoco era de esas personas que llamarían la atención en la calle. Henrique me enamoró (de la escuela) desde el primer momento. Como si se tratara de lo más normal del mundo, hacía aparecer, desaparecer y cambiar los colores de algunos objetos. Yo me sentía una novata inútil. Yo sólo conocía algunos trucos sencillos que había aprendido en internet. Formalicé la inscripción. Henrique estrechó mi mano e hizo aparecer en ella una flor diminuta.

Mis compañeros no eran tampoco personas del otro mundo. Nos encantaba hacer “duelos de magia” cuando nos hicimos amigos (o compañeros más cercanos). En ocasiones, nos reuníamos en casa de alguien, comprábamos una veintena de latas de Mahou y comenzábamos a aplicar los conocimientos adquiridos en la escuela. Eran tertulias realmente divertidas. Además, como muchos de nosotros éramos aficionados a los libros, combinábamos un poco letras y magia.

Se acercaba la graduación. Además del aprendizaje demostrable, en la escuela de magia había que realizar una especie de “tesis”, de proyecto final de carrera. Éste tenía que ser un gran acto (o performance) que supiese combinar, al menos, tres de los trucos que se consideraban “premium”, es decir, los más difíciles de realizar. Los más secretos en nuestra pequeña y selecta comunidad. Requería de muchos ensayos y de mucha paciencia. No todo el mundo, en la magia como en todas las carreras, es tan diestro.

Entre otras cosas, mi truco más aplaudido durante mi oportunidad en aquel performance consistió en “convertir” a ciertos miembros del público (voluntarios, lo juro por lo más sagrado) en gallinas que vestían y lucían peinados idénticos a los de las personas convertidas. Es difícil de explicar. Puede parecer estúpido y/o inverosímil. Es uno de esos trucos que solamente se explican a través de testigos oculares. La jornada fue estupenda. Todos los alumnos destacaron. Realmente la escuela era fantástica. Henrique estaba muy orgulloso de nosotros.

Hay que tener mucho temple para ser mago. Es cierto que es un arte precioso, como todas las artes. Pero en una ciudad tan escéptica como Madrid, es difícil convertir la belleza en dinero. Y hay que comer. La magia, lamentablemente, no tiene aún el poder de calmar los estómagos hambrientos (ni siquiera el propio). No es que yo me haya arrepentido de haber estudiado magia, pero no me fue suficiente cuando, en un sobre cerrado de Correos, llegó la primera amenaza de embargo.

Todo fue por una mala jugada económica de mi padre. Mis padres estaban separados desde que yo tenía uso de razón. La casa en la que yo vivía era eterno motivo de disputa. La habían comprado los dos cuando estaban recién casados, en esa época estúpida en que las parejas se juran amor eterno y todo es un idilio de besitos y paseos al atardecer en el Retiro. Cuando se separaron, mi padre había adquirido, con la ayuda de un préstamo, otra casa. Había hipotecado, con consentimiento de mi madre, la nuestra. Y todo había salido (quizás era su intención) mal.

Necesitábamos dinero. Ya el trabajo de mi madre no era suficiente. Mi padre no quería dar un céntimo. Pero le daba igual. Él ya no vivía allí. Intenté buscar un trabajo bien (o medianamente bien) remunerado, pero todos los que conseguía sólo lograban paliar un poco el mal. Las cartas de amenaza se convertían en llamadas. Mi madre comenzaba a estresarse, comenzaba a arrugarse, comenzaba a encanecer. Sabía que, si nos echaban a la calle, no tendríamos donde caernos muertas. Ojalá, con un “Abracadabra”, pudiese hacer aparecer una casa.

Apelé al recurso que mejor dominaba. El que había cursado. Conseguí unos permisos con el ayuntamiento y pude convertirme en una artista de calle. A pesar de que mis trucos eran buenos (no es por presumir), las ganancias no eran abundantes. Yo no era tan carismática, a pesar de ser buena maga. Me costaba mucho estar allí llamando la atención de las personas. Algunas se quedaban impresionadas. Algunas daban monedas de dos céntimos. Los guiris eran los más generosos. Algunos me grababan con sus móviles. A mí me causaba cierta incomodidad. Esos vídeos, seguramente, deben estar repletos de mis miradas hacia cámara en una implícita petición de “por favor, no más”.

Poco a poco, fui ganando confianza. La paciencia es, muchas veces, la verdadera clave en todo. También la ingenuidad. Sé que aprovecharse más de la cuenta de la ingenuidad de la gente es poco ético, pero yo necesitaba dinero, más cuando se acerca un señor misterioso a ofrecerte más ganancias. Se llamaba (según él) Tomás. Tenía un no sé qué que no me terminaba de convencer, pero él tenía el carisma que a mí me faltaba. Sabía dominar y subyugar con las palabras. A mí me subyugó.

Él me introdujo en el mundo “kitsch” de la magia. Ese mundo en el que la magia deja de ser arte y pasa a convertirse en un arte servil para viciosos y apostadores. Mi vestimenta, otrora normal y hasta un tanto hippie, tuvo que cambiar a exigencia de Tomás. Mi nombre también tuvo que cambiar, pasar a ser uno artístico y comercialmente atractivo. Dejé de ser Helena y me convertí, de un día para otro, en “Ikmeh”. Era un nombre que me incomodaba. Me parecía un tanto inútil y ridículo. Ahora yo vestía una especie de traje negro con un lazo rojo y un gran sombrero de copa.

Al menos, agradezco a Tomás haberme salvado, a mí y a mi madre. Las apuestas de magia generan muchísimo dinero. Tanto dinero, que hacen parte del mercado negro. Se practican en lugares que poca gente conoce, frecuentados por esnobs y personas que disfrutan tirar su dinero (dinero que, al fin y al cabo, nos pagó la hipoteca) y que parecieran disfrutar como si estuviesen viendo un espectáculo pornográfico, a veces casi literalmente. No faltaba jamás el viejo verde y calentón que me ofrecía sumas absurdas para “un show de magia privado”. Nada me daba más repugnancia. Nunca accedí.

El pago era en efectivo. En los negocios extraños, el pago siempre suele ser en efectivo. Fueron días de mucha bonanza en lo que respecta a dinero, pero sólo eso. A pesar de que ya me había acostumbrado a ciertas cosas, no estaba cómoda del todo actuando siempre en el mismo local obscuro repleto de humo que, escondido, era timoneado por Tomás, quien se enriquecía a nuestra costa, aunque pagándonos bien y hasta consintiéndonos un poco. Era una especie de proxeneta de magos. Un seductor de señores que se jugaban las ganancias de su vida y las pensiones en apuestas tontas que sabían bien que perderían.

Justo cuando comenzaba a plantearme la posibilidad real de la renuncia, llegó el súbito desenlace del local, que no tenía número ni nombre, pero sí una clientela fiel. La policía nacional llegó con una orden emitida. Ya, desde hacía tiempo, el local estaba bajo sospecha. Fue incautado todo. Tomás fue hecho preso. No hubo mucha repercusión mediática. No es poco el número de locales que en una ciudad tan grande son cerrados por motivos parecidos. Nosotros, los “trabajadores”, luego de un predecible proceso de testificaciones y juramentos, fuimos dejados en paz.

Tomás, luego de pagar una multa considerable, fue puesto en libertad. Lejos de conformarse con haber pagado su sentencia y sufrido un castigo menor al que le había sido impuesto, nos convocó a todos. Yo no quería ir. Sentía que nada bueno puede salir de alguien que ha salido de la cárcel (a menos que seas Nelson Mandela). Pero, por otro lado, no podía decirle que no a quien me había tendido su mano, así fuese para beneficiarse él, cuando la estabilidad económica de mi madre y mía estaba en su peor momento.

“Hay que averiguar quién nos delató. He perdido mucho dinero en esto. Todos nosotros hemos perdido mucho dinero en esto”, dijo Tomás. Estaba furioso. Nos había citado en un café no muy concurrido. Ocupábamos toda la mesa. Bebía sorbos grandes a pesar de que la bebida estaba humeante. Tomás siempre fue un hombre tosco. Alzaba la voz, pero, aparte de nosotros, no llamaba la atención de más nadie en el café. El resto de los consumidores estaban ocupados en sus propias historias.

Nadie estaba muy animado a seguir con eso. Dejamos a Tomás hablar solo y pocas veces lo volvimos a ver. Su palabra había dejado de subyugar. Quizás era el efecto cárcel. A veces, es mejor dejar las cosas en un punto. Entre nosotros mismos, casi no nos veíamos mucho más. El trabajo durante la época del local era tan extenuante, que poco espacio dejaba para el compañerismo y para la sociabilidad. El caso se cerró. Supongo que Tomás habrá seguido contratando magos itinerantes para su extraño negocio de las apuestas y el ilusionismo. Un día, me escribió un Whatsapp que borré inmediatamente, sin contestar ni leer.

Aparte de ese desliz, motivado por la falta de dinero, mi carrera como maga no ha tenido grandes traumas. En los buenos fines de semana, me pagan un buen dinero por animar fiestas infantiles y hasta reuniones empresariales. Aún conservo la flor que me obsequió Henrique, el director de la escuela, el día en el que me fui a inscribir. Como es artificial, la tengo colgada de mi camiseta, como un recuerdo bonito e imperecedero. A veces hablamos e incluso tomamos un café. Él me mira de una manera que pretende ser aleccionadora. Él es un purista de la magia. Él, creo, no aceptaría que sus pupilos la utilizasen para proyectos turbios. Él no sería como un padre que asentiría ante cualquier cosa que su hijo deseara ser de grande. Él se defendería, quizás, llamando a la policía.

 

T.M.

Facebook.com/LaCantarida

Relato inspirado en el texto “Perico el mago”, del acervo popular español.

 

 

 

 

 

Metro de Madrid. Línea 1. Estación “Chamartín”

Una de las personas con el corazón más grande que conocí, irónicamente, tuvo el corazón más débil que conocí. No es que su corazón fuese débil en un principio. A su corazón lo desbarató la enfermedad. Era una enfermedad extraña, cuyo nombre ni siquiera viene al caso. Suena extraño, muy extraño, decir “conocí” en vez de “conozco”. Es como un agujero vacío que, por más que cicatrice, sigue dejando una sensación de extrañeza. Creo que la fe no es más que un invento de las personas para intentar llenar ese vacío, para hacer puentes con los que, por una razón u otra, queremos ver de nuevo.

Yo no sé si querré ver de nuevo a Martín. No es que no quiera realmente, lo extraño mucho. Pero siento muchísimo miedo. A veces, cuando cae la lluvia que empapa la M-30 y que veo desde mi ventana, siento que Martín está en cada gota, regañándome a veces, reclamándome por su muerte. Como si en cada “plock, plock, plock” de las gotitas, me quisiese decir algo, no en muy buenas migas. Yo no sé cómo reaccionará él si nos encontramos de nuevo. Si supiese cómo, a veces, me atormentan sus últimos días, creo que sólo me abrazaría, sin preguntar. Quizás, me invitaría a jugar a la bolera de Chamartín, uno de nuestros sitios favoritos.

Los hurones nunca me dieron confianza. Siempre fui un poco conservadora en lo que respecta a las mascotas. Las mascotas, de por sí, nunca me agradaron del todo. Desde que era pequeña, en mi casa se vivió sin mascotas. Cuando Martín decidió adoptar el hurón, no diré que tuve un mal presentimiento, pero tenía una sensación de leve desasosiego, como si el animalito fuese, para mí, más invasivo de lo que objetivamente le correspondía. Le puso, como nombre Mambrú, como el soldado. Eso no hacía sino inquietarme un poco más.

El hurón daba vueltas como estúpido por todo el apartamento. Muchas veces giraba sobre su propio eje, como un perro persiguiendo su cola, pero más desesperante. En ocasiones (esto era lo que más me exasperaba), hacía una extraña ruta que consistía en un infinito número ocho. Podía quedarse minutos y minutos haciendo lo mismo. Me desagradaba verlo. Me desagradaba oírlo. En cierto modo, y no me da mucho miedo confesarlo, sentía celos del hurón. No porque Martín me gustara, sino porque, desde su llegada, había que prestarle toda la atención del mundo. Era el tema de conversación que más le gustaba a Martín. Él se reía cuando el hurón me mordía las piernas (sin hacerme daño físico). Yo me ponía roja de la rabia.

Aunque él jamás me lo quiso confesar, yo sospeché que toda la culpa la había tenido el maldito hurón. Martín jamás me lo confesó directamente, pero yo sospecho que el hurón lo mordió profundamente. Martín comenzó a sentirse algo mal, pero no le prestamos mucha importancia. Sin embargo, como tenía un buen seguro médico (el papá de Martín trabajaba en un buen puesto en una buena empresa), concluimos en que lo mejor sería ver al médico. El médico, aunque intentara tomárselo a la ligera con un lenguaje fácil y una sonrisa que intentaba ser cómplice, dejaba entrever (al menos me lo parecía a mí) una preocupación que indicaba que algo no estaba bien.

Nunca entendí con certeza si fue una bacteria, un virus, un bichito o qué pollas fue lo que entró en el torrente de Martín. El caso había pasado de la simple consulta médica a unos laboratorios en Suiza especializados en patologías ajenas a las conocidas, a las que se van agregando en los cánones oficiales de la medicina. Martín aseguraba estar “como un puto roble”, pero iba perdiendo algo de peso y cada vez tenía menos apetito. Las consultas médicas se hicieron habituales y, a veces, luego de comer o beber algo (¿qué tan malo podía ser el alcohol?), íbamos a distraernos un rato en cualquier lado.

La bolera de Chamartín era uno de nuestros sitios favoritos. Como no es el lugar más barato del mundo, no podíamos ir todas las semanas, pero procurábamos hacerlo, por lo menos, una vez al mes. Aquel viernes, vi a Martín hacer un esfuerzo inmenso por cargar la bola, la que siempre había cargado con facilidad. Martín era fuerte. De hecho, no tenía reparo en soler agarrar la bola más pesada. Según él, ésta se desviaba menos hacia los pinos y facilitaba derribarlos, al ir con más violencia. Pero cuando lo vi agarrarlo con las dos manos y lanzarla como si fuese un niño, me sentí mal. Él se burlaba de sí mismo, a mí me causaba de todo menos risa. Para colmo, su lanzamiento se desvió hacia el canal lateral, no derribó absolutamente nada.

El hurón seguía haciendo de las suyas en el apartamento. Yo, cada vez, podía tolerarlo menos. No tenía manera de asegurar que fuera el culpable, pero lo sentía de alguna manera. Sus giros en ocho me enloquecían. Me enloquecía también cómo Martín lo adoraba, a pesar de que éste no solía ser dócil con él. Si acaso, de dejaba acariciar un poco, pero luego mordía y echaba a correr. Quizás no era su culpa del todo actuar así. Creo que el instinto de los hurones apunta más hacia el lado salvaje. No sé quién pudo tener la idea de domesticar a un animal como el hurón.

“Llegaron algunos resultados de Suiza”, me dijo un día Martín. Tenía la cara seria, pero no quería que, quizás, un malentendido pasara a mayores. “Si es lo que los médicos sospechan que puede ser, estoy jodido”, me dijo. En esas situaciones, uno jamás sabe cómo reaccionar. Uno daría prácticamente la vida entera sólo por tener una palabra de consuelo, de aliento, una solución aunque sea para partir el silencio tan grande que sólo puede generar un momento así. Yo me acerqué a él, lo abracé. Siempre, desde pequeña, mi madre tenía la teoría de que todo se cura con abrazos. Era una mentira boba y estúpida, pero no sabía a qué más recurrir. El hurón daba vueltas en ocho, a nuestros pies.

“Quiero que me prometas algo”, me dijo un día Martín en un bar de la Agustín de Foxá. Tenía el vaso de su caña casi lleno, a pesar de que la habíamos recibido hacía más de media hora. Ya el vaso estaba cálido. Había perdido el empañado que otorga el frío del sifón. La espuma se había disuelto en la cerveza. “Si algo llegara a pasar, yo no quiero sufrir”, me dijo. Yo no supe qué responder. “Si no hay marcha atrás, quiero que acabes conmigo”. Yo no supe cómo reaccionar. Me quedé más fría de lo que había estado la cerveza cuando nos la entregaron. Nunca me gustaron los diálogos de película. Él, sabiendo esto, lo dijo con cierto tono de broma. Yo, como jamás he sido una persona muy brillante, volví a aplicar la tonta e inútil teoría de mi mamá.

Llegó un momento en el que no hubo más bar, más bowling, más nada. Martín raramente salía de casa. Sus padres habían adaptado todo para que no saliese. Sentían que la calle era la culpable de la extraña enfermedad que arrojaba no sé qué prótidos o antiprótidos o no sé cuáles residuos malignos que se alojaban en las arterias, dificultando la circulación y generando dolores que a veces eran más y a veces eran menos intensos. Yo seguía sospechando, aunque sin decirle a nadie, que el culpable estaba allí mismo, dando sus vueltas en ocho, haciendo sus sonidos extraños, reclamando y recordando que salvaje era y salvaje sería siempre.

Yo me sentía profundamente responsable. Yo me sentía profundamente miserable. Por no saber dar una respuesta, había dejado un poco por hecho que accedería a la petición que había hecho Martín. Se supone que los amigos son para todo, pero para esas cosas creo que nunca se tiene la suficiente confianza. ¿Es que acaso “Mar Adentro” no es sólo una película? Por suerte, no era una certeza que sufriese. Ni siquiera era una certeza que fuese a pasar algo realmente catastrófico. Quizás, lo que se alojaba en su torrente era sólo temporal. Quizás, no valía la pena ni pensar en ello.

Yo, como siempre fui la inseparable mejor amiga de Martín, tenía acceso a la casa cuando me placiera. De hecho, tenía llave. Sus padres, como viajaban mucho por trabajo obligatorio y la enfermedad (¿o el extraño caso?) de Martín no aplicaba para las bajas laborales temporales, me dejaban todas las instrucciones. A veces, entraba al piso y Martín estaba tranquilo, echado en el sofá. A veces tenía mejor humor, a veces lo tenía peor. Pero sé que siempre se alegraba mucho de verme. Cuando entraba, allí estaba aún el hurón, corriendo, corriendo.

Martín mejoró notablemente. Volvió a salir de casa y a reunirse con sus amigos, sus fieles amigos que siempre ponían peros para ir a su casa pero no chistaban en verlo en la calle. Martín, incluso, ganó un poco de peso. Todos estábamos muy contentos. Incluso, una que otra vez volvimos a jugar en nuestra bolera favorita, la de Chamartín. La última vez que fuimos, Martín pegó tres strikes seguidos, como tres catedrales, y nos ganó el juego a todos, quienes comíamos pizza y bebíamos cerveza. Pero, a veces, la vida nos eleva sólo para dejarnos caer, como hace la máquina con el pino de los bolos (sí. Es la peor metáfora de la historia).

Los últimos días de Martín fueron terribles. Fueron tan terribles, que no merece la pena ni describirlos aquí. Había perdido el habla, pero no la mirada. Me veía como recordándome que le había hecho una promesa. Yo no me atreví. Jamás me hubiese atrevido. No sólo tendría complicaciones legales, sino que yo jamás tuve la sangre tan fría (irónicamente, el sí, literalmente. Era una de las consecuencias de lo que tenía). Todo empeoraba, pero yo intentaba buscar una solución. Busqué con medicinas alternativas y con muchos de los que están convencidos de que las soluciones a los males físicos vienen relacionados a asuntos de energía y de fe.

Martín aún estaba batallando. Yo no aguanté más. De uno u otro modo, sentía que, ya por todo lo que había sufrido él, lo menos que yo podía era hacer justicia. No sería difícil. Sus padres no estaban en el piso. Nadie estaba en el piso. Yo tenía las llaves. Sólo estaba el que, para mí, era el causante de todo, el desagradecido salvaje que tenía como afición corretear, morder y causar enfermedades extrañas a las personas que le brindaban refugio. Aunque era un refugio que, quizás, él nunca pidió. A lo mejor él sólo quería emanciparse. La emancipación es un gran valor humano ( o eso dicen). ¿Aplica también para el animal?

Sólo sabía el qué. No sabía el cómo. Lanzarlo por la ventana sería muy bestia. Además, Martín vivía en un tercer piso apenas. No sé si los hurones comparten la misma característica atribuida a los gatos de caer de pie y esas cosas. Tampoco quería derramar sangre. No porque me diese grima o algo semejante. No me apetecía limpiar. El sólo imaginarme estar sacando sangre mezclada con detergente y agua de la estopa me daba una pereza increíble. Era mejor un método más fácil y no tan engorroso.

Llené la bañera con agua. No se me ocurrió más nada. No tenía la cabeza tan fría como para pensar en algo más astuto. Además, me pareció dejar en claro que nunca fui una chica muy brillante. La cubriría con una tabla de madera que había en el piso, dentro de una especie de armario que había en el recibidor. Antes, eché al hurón dentro. Mientras lo cargaba, daba movimientos para intentar soltarse. Me mordió varias veces, sin penetrar mi piel. Me daba más grima y más rabia que dolor. Lo eché de lleno al agua y cubrí rápidamente. El agua estaba hasta el borde. Mojaba la tabla. No había puntos de aire. Me cubrí los oídos mientras escuchaba el nado desesperado del hurón. Por fortuna, no tomó mucho tiempo.

No cumplí la promesa de Martín. Me siento una traidora al haberlo dejado sufrir tanto. Nunca he escuchado de nuevo a alguien padecer algo semejante. Creo, por algo que busqué en Google un tiempo después, que aún, en Suiza, se sigue discutiendo acerca del mal de Martín. Pero creo que no han sacado conclusiones muy precisas. Hay quienes descartan que fuese un mal producido por una mordida. No sé si compartir esa teoría. Yo no tuve el corazón tan grande como lo tuvo Martín. Yo no tuve el corazón tan débil como lo tuvo Martín. No sé si seré capaz de mirarlo de nuevo a los ojos. Pero mi corazón, luego de él, tiene un vacío.

 

T.M.

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Relato inspirado en el texto “El quinto”, de Emilia Pardo Bazán.