La mejor biografía de Francisco de Miranda que leerás en tu vida (Primera parte)

Puede decirse que Francisco de Miranda es el auténtico Quijote, sólo que un poco más precavido. Su vida es la epopeya absoluta, el libro de aventuras que todo autor desea escribir. Quizás, la caída en desgracia de Miranda se debe, como la de todos los Quijotes, a la falta de apoyo. Miranda tiene que ser el diplomático y el publicista. No quiere vender cremas Avon sino una idea, un proyecto que muchas personas piensan que es una utopía irrealizable. Su Dulcinea consiste en la emancipación de la América española, en romper las cadenas que nos atan a una Europa enferma.

La vida de Miranda oscila entre los cielos y los infiernos, como un héroe de tragedia griega, como un ángel caído en una vorágine convulsa. Es el propio guionista de sus hazañas e imaginación es lo que menos le falta. Camina entre la traición, la conspiración, el misterio, el amor, la decepción y la esperanza. Baila en los salones más rocambolescos del rococó y suspira dentro de la cárcel más húmeda y miserable. Amigos no le faltan, enemigos le sobran. Cada capítulo de su vida, si se pudiese representar (representar de verdad, no mediante una cinta auspiciada por la dictadura y protagonizada por un mediocre como Jorge Reyes) arrancaría las más genuinas emociones.

La esposa de Sebastián, una caraqueña preciosa, está en los dolores de parto. Sebastián llega de su comercio corriendo luego de que le han dado la noticia. La urgencia ha sido tal, que ha dejado a un cliente sin atender. El cliente se indigna y, arqueando las cejas, se dirige a otro lado en el que espera encontrar lo que desea.  Hay expectativa. Uno que otro curioso se acerca al escuchar los gritos encadenados a los dolores. Sebastián se seca el sudor y se estremece. Camina de lado a lado. Le dan la buena noticia. Sebastián sonríe. Es Varón. Se llamará Sebastián, como el padre. Para distinguirlo de éste, todo el mundo lo llama por su segundo nombre, Francisco.

Una de las primeras cosas que Francisco ha aprendido, además de caminar, es a leer. Le ha agarrado el gusto. Un gusto quizás un poco “excesivo”. De vez en cuando, en las tardes cálidas de Caracas, su madre le recuerda que los otros niños están jugando al trompo o haciendo, con ramas, dibujos sobre el polvo que se forma sobre el empedrado. Francisco dice que irá más tarde. Hay libros que ni siquiera entiende del todo, pero de los que intenta memorizar la mayor cantidad de frases posible. En el colegio, repite algunas de estas frases. Es, por lejos, el alumno más destacado. Esto compensa las advertencias de su madre, quien confía en que Francisco, algún día, puede llegar lejos.

Francisco, con todos sus méritos, entra en la Universidad de Caracas. Es el lugar que más le apasiona. El estudio y el aprendizaje es lo que más le ha apasionado a lo largo de sus cortos doce años. Realiza estudios de latinidad. Los estudios de latinidad consisten en enseñanza avanzada de gramática y latín. Son una herramienta fundamental para poder acceder, luego, a fases superiores. Francisco se detiene, al menos un minuto al día, a contemplar la biblioteca de la universidad. Siente que quiere absorber todo el conocimiento que dormita allí. Su sed de conocimiento, en vez de saciarse, aumenta. La latinidad no es suficiente. Al fin y al cabo, es algo casi de obligación (en donde tiene calificaciones destacadísimas, por supuesto). Se agrega un nuevo reto. El estudio y la apreciación de las artes.

Francisco, caminando, se acerca a un tumulto que llama su atención. Hay un montón de señoras de nariz alta y mantillas y de aristócratas tropicales que rodean y acosan a una persona. La voz de esa persona le parece a Francisco familiar, muy familiar. Es la voz de su padre, de Sebastián. Francisco, muy joven todavía, se acerca, mas no se atreve a intervenir aún. No es la primera vez que esto sucede, pero es la primera vez que sucede tan abiertamente. Le reclaman a su padre una serie de “defectos” que a Francisco le parecen y le han parecido totalmente absurdos. “No es más que un comerciante, un infame y vil comerciante. Pero dinero no le falta. Seguro tiene tratos raros por ahí”, asegura un señor de mofletes inmensos y de sombrero no muy ancho. Francisco sabe que es una falacia. Sabe que si su familia tiene dinero, se debe al esfuerzo que pone su padre día a día en su negocio (con excepción de aquel día en el que abandonó a su cliente cuando fue informado de los dolores de parto de su esposa). Una señora, que agita un abanico a pesar del viento, recuerda que los Miranda, por si fuera poco, no tienen antepasados conquistadores. Es una vergüenza total. Que se ubiquen un poco. Todo el mundo se aplaude y se aprueba, con excepción de dos personas. Sebastián y Francisco.

Sebastián está harto. Sirve a la ciudad con esfuerzo. Se levanta temprano. Es habilidoso. Incluso, muchas de las personas que le reclaman han sido y son sus clientes. Y así es como le pagan. Con burlas y reclamos. No es justo. Él ha nacido en las Canarias, es español como el que más. Comienza a redactar cartas y a enviarlas a Madrid. Tiene una pluma incisiva, que además está sazonada por algún comentario que le sugiere Francisco, su inteligentísimo hijo. El caso se ha popularizado un poco. Llega hasta el mismo rey de España, Carlos III. Carlos III es aficionado a las letras, es un rey ilustrado y culto, por lo que la buena redacción de Sebastián le provoca simpatía. De todas formas, es una querella menor. Es un asunto al otro lado del mar. ¿Qué tanto puede importar? Carlos III ordena que Sebastián sea tratado con respeto, como un buen español, así sea de una provincia, que es.

Francisco está más tranquilo. Ya el problema de su padre se ha resuelto (aunque aún hay quien comenta sobre el “comerciante” y lanza una palabra despectiva, pero ahora en voz baja). La palabra de Carlos III, el mismímo rey de España, es incuestionable. Francisco ha tomado una fascinación por España. Ya la tenía desde siempre, a raíz de los relatos que su padre echaba antes y después de cenar o durante los fines de semana a la hora de la merienda. Pero ahora, que España es quien ha ayudado directamente a su padre en la querella, Francisco se siente un poco en deuda. Una noche, iluminado por un candil, comienza a redactar una carta. Francisco tiene una pluma realmente prodigiosa, aunque no ha considerado aún ser escritor. La carta es concisa y está dirigida al Capitán General de Venezuela, el representante de Carlos III.

Francisco, orgulloso, deja muy en claro que es hijo de Sebastián, aquel hombre a quien los tontos de los vecinos le reclamaban tonterías, pero que, mediante el rey, pudo solucionarlas. También deja muy en claro que es un joven soltero. Más aún, que ni siquiera tiene compromisos. Más de una muchacha se lamenta al escuchar esto. Miranda es atractivo y muy bien parecido. Ha tenido ciertos amoríos por allí, de los mejores amoríos que existen, ésos que saben un poco a clandestinidad y están amparados bajo la complicidad obscura de la noche. Pero nada serio. Francisco solicita su expreso deseo de servir al rey, al mismo Carlos III que ayudó a su padre. Siente que es la mejor manera de retribuir la “deuda” que tiene con él y de reiterarle su agradecimiento. Con hechos. No con palabras.

Un mensajero llega un día a su casa. Francisco está leyendo, pero utiliza un marcalibros, deja la lectura en pausa y va presuroso a atender al mensajero. Es la carta que esperaba. La que más esperaba. Su solicitud para ir a España ha sido aprobada (no dista mucho de los venezolanos de hoy, que sueñan con que les llegue el permiso para emigrar a España, o a cualquier otro lugar, así sea Haití). Arregla, a partir de ese mismo día, todo lo referente para el traslado (obviamente no existen ni CADIVI ni el SAIME, por eso la inmediatez). Hace sus maletas. Empaca libros, ropa y muchas cosas simbólicas, incluso alguna carta inspirada de alguno de sus amores.

Francisco está en el puerto de la Guaira. Ya la nave está lista. Pronto va a zarpar. Su madre llora y su padre le da un fuerte abrazo. Por fortuna, aún no existen ni el piso de Cruz-Diez ni los celulares con capacidad para tomarse fotos estúpidas. El destino es Cádiz. Es un viaje largo, pero hay mucha alegría. Miranda entra al barco. Ve a sus padres despedirse en el puerto, alejándose cada vez más. El Ávila fulgura, está espectacular. Pronto, todo es mar y océano. El barco a veces se agita y a veces avanza quieto. Una semana, dos semanas, tres semanas, cuatro semanas, cinco semanas. Francisco siente que toda su vida va en ese barco. ¡Tierra a la vista! ¡Ahí está Cádiz! ¡Por fin!

Aún es que falta viaje. Francisco está agotado, pero feliz. Aún falta el trayecto a Madrid, el destino final. Es un viaje larguísimo en carreta. De días. Pero por fin. Como ahí estuvo Cádiz, ahí está ahora Madrid. En pleno crecimiento. Es una de las décadas más esplendorosas en la historia de la ciudad. Francisco se maravilla. Es muy distinta a Caracas en casi todos los aspectos. Es como si no existiese nada igual. Hay muchas cosas que ver, muchos caminos por recorrer. Lo mejor de todo, hay muchos y mejores sitios para estudiar que en Caracas. Mucha de la crema y nata del conocimiento está allí. ¿Acaso no es la misma España que el siglo pasado tuvo su siglo de oro? Hay muchas opciones. Francisco se decanta por matemáticas. Es un genio absoluto. En Madrid convergen muchas culturas. Hay muchas nacionalidades caminando por sus calles. Es preciso comenzar a conocer más gente. Hay que hablar más lenguas. Hay que estudiar también idiomas. Nunca es suficiente conocimiento.

Quizás el único gran freno a toda la ilustración española es la iglesia. La iglesia siempre censura y veta cualquier cosa que considere peligrosa o que no entienda (es idéntica al comunismo). Francisco no quiere que la iglesia lo limite. Es creyente, pero tampoco es fanático. Si hay algo de lo que pueda considerarse fanático, es del conocimiento, del saber. A través del amigo del amigo del amigo (como ocurre siempre), comienza a leer y a adquirir libros prohibidos por la iglesia, por la inquisición que, aunque ha perdido poder, sigue siendo de cuidado (como el comunismo).

Quizás alguien lo delata. Quizás es un descuido. Francisco es agarrado in fraganti con algunos de los libros prohibidos, que se intercambian en una especie de mercado negro y clandestino del conocimiento. Hay muchas ideas allí que la iglesia considera peligrosas o inmorales. Los libros son decomisados. No es suficiente. Es muy fácil volver a producir libros nuevos. Las ideas son tan volátiles como el fuego y se expanden tan rápido como éste. No basta con que los libros se quemen o no se impriman más. Los responsables deben ser vigilados. Hay que poner más rigor. Más énfasis.

Francisco es regañado, pero no pasa de ahí. Además, tampoco se avergüenza. Al fin y al cabo, lo hizo en nombre de su amado conocimiento, de la todopoderosa sabiduría. Pero se siente un poco “culpable” de haberle “fallado” al rey. Cosa quizás un tanto absurda. Un rey como Carlos III también ama el conocimiento. Es el primero que no está completamente de acuerdo con la iglesia y con la inquisición. Pero no puede enfrentarse directamente a la iglesia, menos en un país tan fervorosamente católico como lo es España. Francisco piensa que la mejor manera de “resarcirse” y de buscar nuevas experiencias es uniéndose al ejército español. No lo hace, precisamente, por amor a las armas. Una persona brillante jamás siente afición hacia las armas porque sí. Sólo busca en ellas un impulso, un medio hacia un objetivo más grande. El de Francisco es hacer contactos y elevarse, subir, progresar. Entra sin ninguna dificultad en la carrera castrense. Está en forma. Siempre ha sentido gusto al ejercicio. No tendrá mayores problemas.

 

Tomás Marín

Facebook.com/LaCantarida

 

 

 

 

 

 

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La paradoja del mal emigrante

Yanfran se despide de su barrio. Tiene las maletas listas. Son unas maletas viejas que le habían sobrado de cuando traficaba y revendía la cerveza que se robaba de su trabajo como empaquetador en la Regional. Le da un abrazo a su mamá, quien llora. “No te preocupes, viejita, que yo te sacaré de esta mielda (sic)”, le dice. Monta en la moto de su amigo, quien lo está esperando treinta y dos escalones más abajo. El amigo hace rugir el motor, lo hace sentir poderoso y es algo que impresiona a las mujeres del barrio, que no conocen más mundo. Ambos arrancan. Entre humo negro y tierra levantada, se alejan.

Yanfran espera el autobús que lo llevará hacia el Táchira. Conseguir pasaje fue difícil. Los pasajes en autobús hasta el Táchira se agotan a razón del éxodo masivo. Miles de personas cruzan la frontera hacia Colombia. Ir hasta el Táchira es sólo el primer paso. Luego viene el trayecto largo, el de a pie, el que está infestado de Guardias Nacionales que cobran salvoconducto. Yanfran tiene dinero por si acaso. Nunca se sabe qué puede pasar. Ya se ha despedido de su amigo. Se echa, con las piernas abiertas, y ocupa dos puestos en los asientos enfilados de la terminal. Hay gente aún de pie.

El viaje hacia el Táchira es tedioso, aburrido. Yanfran mira por la ventana. Una señora no para de hablar por teléfono con una amiga. Una niña no para de llorar. El autobús es una carcacha que parece que va a destrozarse en cada bache. La calle está repleta de baches. Hace años que nadie le hace mantenimiento. El chofer no ha puesto música. Está concentrado en el camino. Un rosario, colgado a su lado, se mueve todo el tiempo. Vibra a la par que lo hace el autobús.

Hay una fila inmensa para cruzar. Parece una manifestación. Yanfran se aferra a su maleta. Teme que se la roben. Los Guardias Nacionales se dan vida incautando pertenencias y quitando dinero. Una señora gorda, con licras, ofrece agua fresca (en pesos colombianos). El sol es inclemente. Ni una nube se asoma en el camino. Las autoridades colombianas están agotadas. Hay demasiados venezolanos. Algunos se abrazan, algunos se quejan. Los que han logrado entrar y tienen sus pasaportes sellados, celebran. Uno que otro pinta una paloma a los Guardias Nacionales que están al otro lado de la línea. Éstos, frustrados, deciden mirar hacia otro lado. “En lo que te vuelva a ver en Venezuela, te mato”, dice uno, sin ningún tipo de recato, con el dedo en el gatillo del fusil de reglamento, para apoyar, con lenguaje corporal, a su amenaza.

Yanfran ha resuelto en casa de primos y amigos. Se ha encaminado hacia Lima, que era su objetivo principal. Ahí tiene también primos y amigos. Los venezolanos han ido tejiendo sus redes en todos lados. Cada vez están más cohesionados y más organizados. Yanfran se resuelve vendiendo dulces que compra a precio de gallina flaca directo de fábrica. A veces, mediante pagos “en negro”, obtiene más dulces de los que debería. Le ha enseñado al ingenuo responsable de ventas directas de la fábrica el vicio de la corrupción, de la “viveza”.

Yanfran se monta en los autobuses que le otorgan permiso de hacerlo. Ensaya su cara más lastimera y echa un discurso de cómo tuvo que abandonar a su país y a los suyos. Quiebra la voz, tal como ensaya cuando está solo. No ha hablado absolutamente nada de los dulces, si son más ricos, más baratos o más crujientes que la competencia. Sólo ha hablado de él. Vende lástima en su cesta, no vende dulces. La mayoría de los pasajeros del autobús, con audífonos y distraídos con el paisaje de Lima mientras se dirigen hacia sus trabajos, miran por la ventana. Yanfran no está teniendo, esa mañana, mucho éxito de ventas. Recurre al recurso de ser un poco más invasivo. Deja en las piernas de los pasajeros las galletas y los chocolates. Hace presión. Un peruano no aguanta la presión y compra el dulce. Tres soles por una galletita mínima. Es una estafa, pero todo sea “por ayudar”.

Otro peruano, de unos cuarenta años, está molesto. No oculta su enfado, pero no quiere dejar de ser prudente. Le dice a su compañero de al lado un comentario xenofóbico. Yanfran lo escucha. No es la primera vez que lo escucha, pero ya anda algo tenso por no haber vendido mucho. No sabe si actuar. Se lo piensa un poco. Decide actuar. Intenta ser diplomático. El problema es que la diplomacia para Yanfran significa, simplemente, no recurrir a la violencia física. La violencia verbanl y la amenaza, para la gente como él, aún entran dentro del rango de la diplomacia.

“¿Cómo me dijiste?”, espeta Yanfran, como una bomba arrojadiza. Los pasajeros comienzan a dirigir sus miradas hacia el conflicto, que acaba de empezar y se va calentando. “Estoy cansado de que ustedes, cobardes, huyan como ratas y se refugien en el Perú a quitarnos nuestros trabajos”, responde el increpado. Yanfran es un hombre colérico. Toda su vida ha sido criado con la teoría del macho alfa dominante. Pero aún no recurre a la violencia (física). Lanza una sarta de insultos al peruano. Le recuerda (para Yanfran es un hecho indiscutible) que los venezolanos van a Perú a “mejorar la raza”, a ayudarlos a dejar de ser “indios feos”.

El peruano sólo suspira y mira hacia otro lado. Intenta esquivar la mirada retadora de Yanfran y decide que lo mejor es ver por la ventana. Ya el venezolano se calmará. Yanfran sigue insultando. Saca sus armas más potentes, recurre de nuevo a la lástima, pero más profunda. Habla de sus tres hijas, de su madre (de la que se despidió en el barrio) y de todos los venezolanos que están padeciendo en el exterior. No recibe respuesta de nadie. El peruano sigue mirando por la ventana. El resto de los pasajeros no sienten mayor interés por lo que está sucediendo.

Yanfran suelta el primer golpe, directo a la nuca. El peruano se levanta de su asiento y responde. Los pasajeros, asustados, se alejan y dan espacio. El conductor se orilla lo más rápido que puede. Pide al asistente que detenga la pelea. El asistente no quiere hacerlo, pero es su deber. En teoría es su deber. Nunca se había enfrentado a un problema así. Nunca había visto una pelea en el autobús que llegase a los golpes. “Dale gracias a Dios que estamos en Lima. Si estuviésemos en Caracas, te mato, te meto plomo”, suelta Yanfran sin oponer mucha resistencia. Baja (lo bajan del autobús).

Verónica se ha hecho más de veinte selfies en el aeropuerto. Ha inundado sus redes sociales con fotos de sus pies en el aeropuerto de Maiquetía. Está con sus padres, con su tía y con algunos amigos. Se abrazan durante un largo tiempo. Verónica agita su ridícula gorra tricolor. Grita un “viva Venezuela” que sólo es respondido y vitoreado por su propia gente cercana. Arrastra, como puede, sus tres maletas de colores. Son unas maletas cuchis. Verónica, de por sí, es una cuchi. Tiene unos lentes obscuros gigantes que parecen las orejas de Mickey. Es flaquita y viste bien, incluso para emigrar.

Verónica no tiene mayores problemas para irse. El pasaporte portugués (y todo pasaporte europeo) es un gran comodín. Además, ha estudiado, ha sido siempre una buena estudiante. Tiene conocidos en Madrid que le darán un empujón, pero méritos no le faltan. Había pensado en Lisboa, pero en Madrid tiene más facilidades. Aborda el avión, se coloca los audífonos y mira por la ventana. Llora. Piensa en tomarse una foto llorando, pero es ridículo hasta para ella. Caracas se aleja. Todo comienza a ser mar, sólo mar.

Lo primero que hace al llegar a Madrid es tomarse fotos y abrazar a sus amigas, que la esperan en la puerta por donde entran los pasajeros en el aeropuerto de Barajas. Van a tomar a Starbucks, ahí mismo, dentro del aeropuerto. “Marica, tenía años sin tomar un Starbucks”, dice Verónica mientras toma una foto al frappuccino. Sus amigas ríen. Comparten cuentos. Hablan un poco sobre el viaje. Van a darle un par de vueltas por la ciudad, para que la vaya reconociendo. La última vez que Verónica había ido a Madrid, tenía trece años. Ahora tiene 24.

Verónica se hospeda con su tía favorita, quien la consiente, la abraza, la besa y, esforzadamente, le ha cocinado una paella. “Yo quiero comer arepas. No vine aquí a comer paella”, dice Verónica, medio en broma, medio en serio. Toda su vida, mientras Venezuela aún era habitable, presumía de su sangre portuguesa y de sus raíces europeas. Sentía que Venezuela no era su lugar. Jamás fue su lugar, pero sentir nostalgia es un juego peligroso para quienes van en serio y divertido para quienes aman la publicad en redes sociales.

Verónica comienza en el nuevo trabajo. Le es asignado un cubículo en una oficina inmensa que tiene vista a la Plaza de Colón. Verónica ve la inmensa bandera española ondeando. Tiene una idea. Al día siguiente, coloca una banderita de Venezuela en su cubículo, como para contrarrestar. Saca una foto a su gracia y la cuelga en Instagram. Todo el día habla a sus compañeros sobre Venezuela y sus cosas, lo bueno y lo malo. También habla de otras cosas. Verónica es dulce y agradable. Quizás su principal defecto es que no sabe escuchar.

Manuel, el muchacho extremeño que se ha convertido en su mejor amigo del trabajo, invita a Verónica a su casa. Verónica acepta, encantada, la invitación. Incluso, va al Mercadona y compra una torta helada. No quiere llegar con las manos vacías. Manuel se ha esmerado mucho. Verónica es preciosa y ha despertado interés en él. Está un poco nervioso. Él gusta de ella. Le ha preparado una cena, utilizando sus pocas habilidades como cocinero. La cena, por fortuna, le ha salido bien.

En los altavoces, que tienen, en el diseño, la torre Eiffel estampada, suena “Por encima del bien y del mal”, de Robe Iniesta. Manuel la tararea. Tararear siempre le ha ayudado a sentirse un poco más tranquilo. Suena el intercomunicador. Manuel está que tiembla. Le llama el ascensor a Verónica, quien tiene la torta helada en las manos. Manuel la saluda con dos besos. Sus labios casi quedan juntos cuando Verónica lo corta en seco. “En Venezuela sólo es un beso”, le dice. Manuel se sonroja. Parece avergonzado.

“¿No quieres mejor poner gaitas?”, le sugiere Verónica a Manuel. Le dice que no le gusta la música que está sonando. “Es Robe, el de Extremoduro”, dice Manuel. “No me gusta”, reitera Verónica. Manuel le da su Spotify a Verónica. Verónica hace sonar “Sin rencor”, la popular gaita. A Manuel le gusta. Al fin y al cabo, es una canción hermosa. Pega, además, con la Navidad. Estamos en diciembre. Hace frío en Madrid. Manuel espera a que el frío se transforme en abrazos, los abrazos en besos y, a partir de ahí, la historia puede terminar como quiera Verónica.

Verónica, una semana después, ve, por el estado de Facebook que comparte una tía, que hay una manifestación de venezolanos en Sol a favor de la liberación de Leopoldo. Verónica puede protestar ahora. Sabe que la Guardia Civil o la policía madrileña y/o española no le arrojará perdigonazos. Por eso nunca protestó en Venezuela. No es razón para culparla. Nadie quiere perder su vida contra una dictadura que aplasta a una oposición que se vende. No vale la pena. No es justo que tantos años de estudios y de esfuerzos sean anulados por una bala, por una lacrimógena o por un perdigón.

Verónica grita y agita sus banderas. Se ha colocado la gorra tricolor, la misma que agitó cuando estaba en el aeropuerto de Maiquetía. Se toma fotos frente al pendón gigante de siete estrellas que tapa a la estatua de Carlos III. Verónica ni se ha preocupado en preguntar quién es ese señor que está a caballo, como vigilando a los transeúntes que convergen en la puerta del Sol. Se queja del clima. Dice que en Caracas no hace el “frío de mierda” que hace en Madrid. Se queja de la comida. Dice que los madrileños deberían comer más arepas. Se queja del dictador, el que ha destrozado a un país entero por querer imponer su punto de vista.

Yanfran y Verónica, aunque no se recuerdan (Verónica recuerda el hecho, mas no al ejecutor), coincidieron una vez. Verónica, en su Spark amarillo, en plena cola en la avenida principal del Marqués, fue asaltada, hace unos cuatro años, por Yanfran. Yanfran, cañón en mano, se apoderó de su teléfono y Verónica lloró de la impotencia. Yanfran y Verónica jamás se van a ver de nuevo. Ambos correrán suertes distintas. Pero los dos, aunque nunca lo hablaron, piensan, juran y están convencidos de que el país que los acoge está en deuda con Venezuela. Una piensa que por los españoles que llegaron huyendo del franquismo, otro por los peruanos que llegaron huyendo de la pobreza y de Sendero Luminoso. Ambos se sienten acreedores. No entienden que todo es una falacia, que nadie nos debe nada. Yanfran y Verónica se parecen mucho.

 

Tomás Marín

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Metro de Madrid. Línea 1. Estación “Plaza de Castilla”

No sé si todos los padres tienen confianza en los hijos a la hora de preguntarles qué desean hacer con sus vidas cuando crezcan. Creo que, muchas veces, los padres anhelan que los hijos sigan sus pasos. Es como si desearan que existiese una extensión de ellos. A veces, cuando los hijos se salen del “carril”, los padres arquean las cejas y se limitan a asentir. Algunos, los más autoritarios, no tienen recato en reclamar y disentir abiertamente. “Yo no voy a tener un hijo músico/actor/pintor muerto de hambre”, y esas cosas.

Mi mamá tuvo confianza en mí porque sabía que yo era distinta a todos las demás. En algunos aspectos. Sé que, en esta época posmodernista y tonta, lo común es presumir de la diferencia. Yo no la presumo, simplemente la señalo. Desde pequeñita, los libros me gustaron de una manera fanática. Era de las que rechazaba invitaciones a jugar o a comer en McDonald’s con los niños de mi clase con tal de quedarme leyendo un buen libro. Siempre fui una persona de pocos amigos. Los que tengo, me bastan. Ellos son felices conmigo y yo soy feliz con ellos.

No lo pensé dos veces cuando me lo preguntaron. Creo que ha sido la única certeza que he tenido en mi vida. Yo quería ser maga. La magia es lo más parecido que existe en esta vida a los libros. “¿Y por qué entonces no estudiaste letras?”, preguntaban algunos. No hacía falta. Las letras no se estudian, se disfrutan. Yo no quería que una academia me cercenara mi derecho a opinar qué es bueno y qué no es bueno en el campo literario. En cambio, la magia no es una opinión. Es una paradoja preciosa. Es un acto de fe a la vez que pisotea a la misma fe. Por eso es tan amada. Por eso es tan temida. Por eso los magos o llenan auditorios o son quemados en la hoguera.

La magia no se estudia en las universidades. Con todo y eso, mi madre me apoyó. “Si quieres estudiar magia, magia estudiarás”, me dijo. Hasta las escuelas de magia suelen ser extrañas, no sólo en su forma de ser sino en su escasez. Creo que en Madrid no hay más de tres o cuatro escuelas de magia, casi clandestinas. En una nación tan acostumbrada a la corona, a la cruz y a la parte negativa de la superstición, la magia, aunque se ha cotidianizado, sigue conservando esa marca indeleble asociada a la brujería.

Ya yo había terminado la ESO. Ése era el único pacto que mantenía con mi madre. “Luego de la ESO, lo que quieras”. La escuela de magia quedaba en la calle de San Benito. Era un sitio bastante diáfano. No debemos creer en el erróneo cliché de  que las escuelas de magia son lugares obscuros y sombríos con antorchas, mazmorras y paredes empedradas. Mi madre me acompañó, como si yo fuese una niña. No me molestaba que mi madre me acompañase. Ella y yo siempre habíamos tenido más una relación de amigas que una relación materno-filial.

Nos atendió Henrique, el director y el profesor más importante. Era un hombre alto y robusto. Tenía una gran barba lisa, pero nada que se saliese de control. Tampoco era de esas personas que llamarían la atención en la calle. Henrique me enamoró (de la escuela) desde el primer momento. Como si se tratara de lo más normal del mundo, hacía aparecer, desaparecer y cambiar los colores de algunos objetos. Yo me sentía una novata inútil. Yo sólo conocía algunos trucos sencillos que había aprendido en internet. Formalicé la inscripción. Henrique estrechó mi mano e hizo aparecer en ella una flor diminuta.

Mis compañeros no eran tampoco personas del otro mundo. Nos encantaba hacer “duelos de magia” cuando nos hicimos amigos (o compañeros más cercanos). En ocasiones, nos reuníamos en casa de alguien, comprábamos una veintena de latas de Mahou y comenzábamos a aplicar los conocimientos adquiridos en la escuela. Eran tertulias realmente divertidas. Además, como muchos de nosotros éramos aficionados a los libros, combinábamos un poco letras y magia.

Se acercaba la graduación. Además del aprendizaje demostrable, en la escuela de magia había que realizar una especie de “tesis”, de proyecto final de carrera. Éste tenía que ser un gran acto (o performance) que supiese combinar, al menos, tres de los trucos que se consideraban “premium”, es decir, los más difíciles de realizar. Los más secretos en nuestra pequeña y selecta comunidad. Requería de muchos ensayos y de mucha paciencia. No todo el mundo, en la magia como en todas las carreras, es tan diestro.

Entre otras cosas, mi truco más aplaudido durante mi oportunidad en aquel performance consistió en “convertir” a ciertos miembros del público (voluntarios, lo juro por lo más sagrado) en gallinas que vestían y lucían peinados idénticos a los de las personas convertidas. Es difícil de explicar. Puede parecer estúpido y/o inverosímil. Es uno de esos trucos que solamente se explican a través de testigos oculares. La jornada fue estupenda. Todos los alumnos destacaron. Realmente la escuela era fantástica. Henrique estaba muy orgulloso de nosotros.

Hay que tener mucho temple para ser mago. Es cierto que es un arte precioso, como todas las artes. Pero en una ciudad tan escéptica como Madrid, es difícil convertir la belleza en dinero. Y hay que comer. La magia, lamentablemente, no tiene aún el poder de calmar los estómagos hambrientos (ni siquiera el propio). No es que yo me haya arrepentido de haber estudiado magia, pero no me fue suficiente cuando, en un sobre cerrado de Correos, llegó la primera amenaza de embargo.

Todo fue por una mala jugada económica de mi padre. Mis padres estaban separados desde que yo tenía uso de razón. La casa en la que yo vivía era eterno motivo de disputa. La habían comprado los dos cuando estaban recién casados, en esa época estúpida en que las parejas se juran amor eterno y todo es un idilio de besitos y paseos al atardecer en el Retiro. Cuando se separaron, mi padre había adquirido, con la ayuda de un préstamo, otra casa. Había hipotecado, con consentimiento de mi madre, la nuestra. Y todo había salido (quizás era su intención) mal.

Necesitábamos dinero. Ya el trabajo de mi madre no era suficiente. Mi padre no quería dar un céntimo. Pero le daba igual. Él ya no vivía allí. Intenté buscar un trabajo bien (o medianamente bien) remunerado, pero todos los que conseguía sólo lograban paliar un poco el mal. Las cartas de amenaza se convertían en llamadas. Mi madre comenzaba a estresarse, comenzaba a arrugarse, comenzaba a encanecer. Sabía que, si nos echaban a la calle, no tendríamos donde caernos muertas. Ojalá, con un “Abracadabra”, pudiese hacer aparecer una casa.

Apelé al recurso que mejor dominaba. El que había cursado. Conseguí unos permisos con el ayuntamiento y pude convertirme en una artista de calle. A pesar de que mis trucos eran buenos (no es por presumir), las ganancias no eran abundantes. Yo no era tan carismática, a pesar de ser buena maga. Me costaba mucho estar allí llamando la atención de las personas. Algunas se quedaban impresionadas. Algunas daban monedas de dos céntimos. Los guiris eran los más generosos. Algunos me grababan con sus móviles. A mí me causaba cierta incomodidad. Esos vídeos, seguramente, deben estar repletos de mis miradas hacia cámara en una implícita petición de “por favor, no más”.

Poco a poco, fui ganando confianza. La paciencia es, muchas veces, la verdadera clave en todo. También la ingenuidad. Sé que aprovecharse más de la cuenta de la ingenuidad de la gente es poco ético, pero yo necesitaba dinero, más cuando se acerca un señor misterioso a ofrecerte más ganancias. Se llamaba (según él) Tomás. Tenía un no sé qué que no me terminaba de convencer, pero él tenía el carisma que a mí me faltaba. Sabía dominar y subyugar con las palabras. A mí me subyugó.

Él me introdujo en el mundo “kitsch” de la magia. Ese mundo en el que la magia deja de ser arte y pasa a convertirse en un arte servil para viciosos y apostadores. Mi vestimenta, otrora normal y hasta un tanto hippie, tuvo que cambiar a exigencia de Tomás. Mi nombre también tuvo que cambiar, pasar a ser uno artístico y comercialmente atractivo. Dejé de ser Helena y me convertí, de un día para otro, en “Ikmeh”. Era un nombre que me incomodaba. Me parecía un tanto inútil y ridículo. Ahora yo vestía una especie de traje negro con un lazo rojo y un gran sombrero de copa.

Al menos, agradezco a Tomás haberme salvado, a mí y a mi madre. Las apuestas de magia generan muchísimo dinero. Tanto dinero, que hacen parte del mercado negro. Se practican en lugares que poca gente conoce, frecuentados por esnobs y personas que disfrutan tirar su dinero (dinero que, al fin y al cabo, nos pagó la hipoteca) y que parecieran disfrutar como si estuviesen viendo un espectáculo pornográfico, a veces casi literalmente. No faltaba jamás el viejo verde y calentón que me ofrecía sumas absurdas para “un show de magia privado”. Nada me daba más repugnancia. Nunca accedí.

El pago era en efectivo. En los negocios extraños, el pago siempre suele ser en efectivo. Fueron días de mucha bonanza en lo que respecta a dinero, pero sólo eso. A pesar de que ya me había acostumbrado a ciertas cosas, no estaba cómoda del todo actuando siempre en el mismo local obscuro repleto de humo que, escondido, era timoneado por Tomás, quien se enriquecía a nuestra costa, aunque pagándonos bien y hasta consintiéndonos un poco. Era una especie de proxeneta de magos. Un seductor de señores que se jugaban las ganancias de su vida y las pensiones en apuestas tontas que sabían bien que perderían.

Justo cuando comenzaba a plantearme la posibilidad real de la renuncia, llegó el súbito desenlace del local, que no tenía número ni nombre, pero sí una clientela fiel. La policía nacional llegó con una orden emitida. Ya, desde hacía tiempo, el local estaba bajo sospecha. Fue incautado todo. Tomás fue hecho preso. No hubo mucha repercusión mediática. No es poco el número de locales que en una ciudad tan grande son cerrados por motivos parecidos. Nosotros, los “trabajadores”, luego de un predecible proceso de testificaciones y juramentos, fuimos dejados en paz.

Tomás, luego de pagar una multa considerable, fue puesto en libertad. Lejos de conformarse con haber pagado su sentencia y sufrido un castigo menor al que le había sido impuesto, nos convocó a todos. Yo no quería ir. Sentía que nada bueno puede salir de alguien que ha salido de la cárcel (a menos que seas Nelson Mandela). Pero, por otro lado, no podía decirle que no a quien me había tendido su mano, así fuese para beneficiarse él, cuando la estabilidad económica de mi madre y mía estaba en su peor momento.

“Hay que averiguar quién nos delató. He perdido mucho dinero en esto. Todos nosotros hemos perdido mucho dinero en esto”, dijo Tomás. Estaba furioso. Nos había citado en un café no muy concurrido. Ocupábamos toda la mesa. Bebía sorbos grandes a pesar de que la bebida estaba humeante. Tomás siempre fue un hombre tosco. Alzaba la voz, pero, aparte de nosotros, no llamaba la atención de más nadie en el café. El resto de los consumidores estaban ocupados en sus propias historias.

Nadie estaba muy animado a seguir con eso. Dejamos a Tomás hablar solo y pocas veces lo volvimos a ver. Su palabra había dejado de subyugar. Quizás era el efecto cárcel. A veces, es mejor dejar las cosas en un punto. Entre nosotros mismos, casi no nos veíamos mucho más. El trabajo durante la época del local era tan extenuante, que poco espacio dejaba para el compañerismo y para la sociabilidad. El caso se cerró. Supongo que Tomás habrá seguido contratando magos itinerantes para su extraño negocio de las apuestas y el ilusionismo. Un día, me escribió un Whatsapp que borré inmediatamente, sin contestar ni leer.

Aparte de ese desliz, motivado por la falta de dinero, mi carrera como maga no ha tenido grandes traumas. En los buenos fines de semana, me pagan un buen dinero por animar fiestas infantiles y hasta reuniones empresariales. Aún conservo la flor que me obsequió Henrique, el director de la escuela, el día en el que me fui a inscribir. Como es artificial, la tengo colgada de mi camiseta, como un recuerdo bonito e imperecedero. A veces hablamos e incluso tomamos un café. Él me mira de una manera que pretende ser aleccionadora. Él es un purista de la magia. Él, creo, no aceptaría que sus pupilos la utilizasen para proyectos turbios. Él no sería como un padre que asentiría ante cualquier cosa que su hijo deseara ser de grande. Él se defendería, quizás, llamando a la policía.

 

T.M.

Facebook.com/LaCantarida

Relato inspirado en el texto “Perico el mago”, del acervo popular español.

 

 

 

 

 

Metro de Madrid. Línea 1. Estación “Chamartín”

Una de las personas con el corazón más grande que conocí, irónicamente, tuvo el corazón más débil que conocí. No es que su corazón fuese débil en un principio. A su corazón lo desbarató la enfermedad. Era una enfermedad extraña, cuyo nombre ni siquiera viene al caso. Suena extraño, muy extraño, decir “conocí” en vez de “conozco”. Es como un agujero vacío que, por más que cicatrice, sigue dejando una sensación de extrañeza. Creo que la fe no es más que un invento de las personas para intentar llenar ese vacío, para hacer puentes con los que, por una razón u otra, queremos ver de nuevo.

Yo no sé si querré ver de nuevo a Martín. No es que no quiera realmente, lo extraño mucho. Pero siento muchísimo miedo. A veces, cuando cae la lluvia que empapa la M-30 y que veo desde mi ventana, siento que Martín está en cada gota, regañándome a veces, reclamándome por su muerte. Como si en cada “plock, plock, plock” de las gotitas, me quisiese decir algo, no en muy buenas migas. Yo no sé cómo reaccionará él si nos encontramos de nuevo. Si supiese cómo, a veces, me atormentan sus últimos días, creo que sólo me abrazaría, sin preguntar. Quizás, me invitaría a jugar a la bolera de Chamartín, uno de nuestros sitios favoritos.

Los hurones nunca me dieron confianza. Siempre fui un poco conservadora en lo que respecta a las mascotas. Las mascotas, de por sí, nunca me agradaron del todo. Desde que era pequeña, en mi casa se vivió sin mascotas. Cuando Martín decidió adoptar el hurón, no diré que tuve un mal presentimiento, pero tenía una sensación de leve desasosiego, como si el animalito fuese, para mí, más invasivo de lo que objetivamente le correspondía. Le puso, como nombre Mambrú, como el soldado. Eso no hacía sino inquietarme un poco más.

El hurón daba vueltas como estúpido por todo el apartamento. Muchas veces giraba sobre su propio eje, como un perro persiguiendo su cola, pero más desesperante. En ocasiones (esto era lo que más me exasperaba), hacía una extraña ruta que consistía en un infinito número ocho. Podía quedarse minutos y minutos haciendo lo mismo. Me desagradaba verlo. Me desagradaba oírlo. En cierto modo, y no me da mucho miedo confesarlo, sentía celos del hurón. No porque Martín me gustara, sino porque, desde su llegada, había que prestarle toda la atención del mundo. Era el tema de conversación que más le gustaba a Martín. Él se reía cuando el hurón me mordía las piernas (sin hacerme daño físico). Yo me ponía roja de la rabia.

Aunque él jamás me lo quiso confesar, yo sospeché que toda la culpa la había tenido el maldito hurón. Martín jamás me lo confesó directamente, pero yo sospecho que el hurón lo mordió profundamente. Martín comenzó a sentirse algo mal, pero no le prestamos mucha importancia. Sin embargo, como tenía un buen seguro médico (el papá de Martín trabajaba en un buen puesto en una buena empresa), concluimos en que lo mejor sería ver al médico. El médico, aunque intentara tomárselo a la ligera con un lenguaje fácil y una sonrisa que intentaba ser cómplice, dejaba entrever (al menos me lo parecía a mí) una preocupación que indicaba que algo no estaba bien.

Nunca entendí con certeza si fue una bacteria, un virus, un bichito o qué pollas fue lo que entró en el torrente de Martín. El caso había pasado de la simple consulta médica a unos laboratorios en Suiza especializados en patologías ajenas a las conocidas, a las que se van agregando en los cánones oficiales de la medicina. Martín aseguraba estar “como un puto roble”, pero iba perdiendo algo de peso y cada vez tenía menos apetito. Las consultas médicas se hicieron habituales y, a veces, luego de comer o beber algo (¿qué tan malo podía ser el alcohol?), íbamos a distraernos un rato en cualquier lado.

La bolera de Chamartín era uno de nuestros sitios favoritos. Como no es el lugar más barato del mundo, no podíamos ir todas las semanas, pero procurábamos hacerlo, por lo menos, una vez al mes. Aquel viernes, vi a Martín hacer un esfuerzo inmenso por cargar la bola, la que siempre había cargado con facilidad. Martín era fuerte. De hecho, no tenía reparo en soler agarrar la bola más pesada. Según él, ésta se desviaba menos hacia los pinos y facilitaba derribarlos, al ir con más violencia. Pero cuando lo vi agarrarlo con las dos manos y lanzarla como si fuese un niño, me sentí mal. Él se burlaba de sí mismo, a mí me causaba de todo menos risa. Para colmo, su lanzamiento se desvió hacia el canal lateral, no derribó absolutamente nada.

El hurón seguía haciendo de las suyas en el apartamento. Yo, cada vez, podía tolerarlo menos. No tenía manera de asegurar que fuera el culpable, pero lo sentía de alguna manera. Sus giros en ocho me enloquecían. Me enloquecía también cómo Martín lo adoraba, a pesar de que éste no solía ser dócil con él. Si acaso, de dejaba acariciar un poco, pero luego mordía y echaba a correr. Quizás no era su culpa del todo actuar así. Creo que el instinto de los hurones apunta más hacia el lado salvaje. No sé quién pudo tener la idea de domesticar a un animal como el hurón.

“Llegaron algunos resultados de Suiza”, me dijo un día Martín. Tenía la cara seria, pero no quería que, quizás, un malentendido pasara a mayores. “Si es lo que los médicos sospechan que puede ser, estoy jodido”, me dijo. En esas situaciones, uno jamás sabe cómo reaccionar. Uno daría prácticamente la vida entera sólo por tener una palabra de consuelo, de aliento, una solución aunque sea para partir el silencio tan grande que sólo puede generar un momento así. Yo me acerqué a él, lo abracé. Siempre, desde pequeña, mi madre tenía la teoría de que todo se cura con abrazos. Era una mentira boba y estúpida, pero no sabía a qué más recurrir. El hurón daba vueltas en ocho, a nuestros pies.

“Quiero que me prometas algo”, me dijo un día Martín en un bar de la Agustín de Foxá. Tenía el vaso de su caña casi lleno, a pesar de que la habíamos recibido hacía más de media hora. Ya el vaso estaba cálido. Había perdido el empañado que otorga el frío del sifón. La espuma se había disuelto en la cerveza. “Si algo llegara a pasar, yo no quiero sufrir”, me dijo. Yo no supe qué responder. “Si no hay marcha atrás, quiero que acabes conmigo”. Yo no supe cómo reaccionar. Me quedé más fría de lo que había estado la cerveza cuando nos la entregaron. Nunca me gustaron los diálogos de película. Él, sabiendo esto, lo dijo con cierto tono de broma. Yo, como jamás he sido una persona muy brillante, volví a aplicar la tonta e inútil teoría de mi mamá.

Llegó un momento en el que no hubo más bar, más bowling, más nada. Martín raramente salía de casa. Sus padres habían adaptado todo para que no saliese. Sentían que la calle era la culpable de la extraña enfermedad que arrojaba no sé qué prótidos o antiprótidos o no sé cuáles residuos malignos que se alojaban en las arterias, dificultando la circulación y generando dolores que a veces eran más y a veces eran menos intensos. Yo seguía sospechando, aunque sin decirle a nadie, que el culpable estaba allí mismo, dando sus vueltas en ocho, haciendo sus sonidos extraños, reclamando y recordando que salvaje era y salvaje sería siempre.

Yo me sentía profundamente responsable. Yo me sentía profundamente miserable. Por no saber dar una respuesta, había dejado un poco por hecho que accedería a la petición que había hecho Martín. Se supone que los amigos son para todo, pero para esas cosas creo que nunca se tiene la suficiente confianza. ¿Es que acaso “Mar Adentro” no es sólo una película? Por suerte, no era una certeza que sufriese. Ni siquiera era una certeza que fuese a pasar algo realmente catastrófico. Quizás, lo que se alojaba en su torrente era sólo temporal. Quizás, no valía la pena ni pensar en ello.

Yo, como siempre fui la inseparable mejor amiga de Martín, tenía acceso a la casa cuando me placiera. De hecho, tenía llave. Sus padres, como viajaban mucho por trabajo obligatorio y la enfermedad (¿o el extraño caso?) de Martín no aplicaba para las bajas laborales temporales, me dejaban todas las instrucciones. A veces, entraba al piso y Martín estaba tranquilo, echado en el sofá. A veces tenía mejor humor, a veces lo tenía peor. Pero sé que siempre se alegraba mucho de verme. Cuando entraba, allí estaba aún el hurón, corriendo, corriendo.

Martín mejoró notablemente. Volvió a salir de casa y a reunirse con sus amigos, sus fieles amigos que siempre ponían peros para ir a su casa pero no chistaban en verlo en la calle. Martín, incluso, ganó un poco de peso. Todos estábamos muy contentos. Incluso, una que otra vez volvimos a jugar en nuestra bolera favorita, la de Chamartín. La última vez que fuimos, Martín pegó tres strikes seguidos, como tres catedrales, y nos ganó el juego a todos, quienes comíamos pizza y bebíamos cerveza. Pero, a veces, la vida nos eleva sólo para dejarnos caer, como hace la máquina con el pino de los bolos (sí. Es la peor metáfora de la historia).

Los últimos días de Martín fueron terribles. Fueron tan terribles, que no merece la pena ni describirlos aquí. Había perdido el habla, pero no la mirada. Me veía como recordándome que le había hecho una promesa. Yo no me atreví. Jamás me hubiese atrevido. No sólo tendría complicaciones legales, sino que yo jamás tuve la sangre tan fría (irónicamente, el sí, literalmente. Era una de las consecuencias de lo que tenía). Todo empeoraba, pero yo intentaba buscar una solución. Busqué con medicinas alternativas y con muchos de los que están convencidos de que las soluciones a los males físicos vienen relacionados a asuntos de energía y de fe.

Martín aún estaba batallando. Yo no aguanté más. De uno u otro modo, sentía que, ya por todo lo que había sufrido él, lo menos que yo podía era hacer justicia. No sería difícil. Sus padres no estaban en el piso. Nadie estaba en el piso. Yo tenía las llaves. Sólo estaba el que, para mí, era el causante de todo, el desagradecido salvaje que tenía como afición corretear, morder y causar enfermedades extrañas a las personas que le brindaban refugio. Aunque era un refugio que, quizás, él nunca pidió. A lo mejor él sólo quería emanciparse. La emancipación es un gran valor humano ( o eso dicen). ¿Aplica también para el animal?

Sólo sabía el qué. No sabía el cómo. Lanzarlo por la ventana sería muy bestia. Además, Martín vivía en un tercer piso apenas. No sé si los hurones comparten la misma característica atribuida a los gatos de caer de pie y esas cosas. Tampoco quería derramar sangre. No porque me diese grima o algo semejante. No me apetecía limpiar. El sólo imaginarme estar sacando sangre mezclada con detergente y agua de la estopa me daba una pereza increíble. Era mejor un método más fácil y no tan engorroso.

Llené la bañera con agua. No se me ocurrió más nada. No tenía la cabeza tan fría como para pensar en algo más astuto. Además, me pareció dejar en claro que nunca fui una chica muy brillante. La cubriría con una tabla de madera que había en el piso, dentro de una especie de armario que había en el recibidor. Antes, eché al hurón dentro. Mientras lo cargaba, daba movimientos para intentar soltarse. Me mordió varias veces, sin penetrar mi piel. Me daba más grima y más rabia que dolor. Lo eché de lleno al agua y cubrí rápidamente. El agua estaba hasta el borde. Mojaba la tabla. No había puntos de aire. Me cubrí los oídos mientras escuchaba el nado desesperado del hurón. Por fortuna, no tomó mucho tiempo.

No cumplí la promesa de Martín. Me siento una traidora al haberlo dejado sufrir tanto. Nunca he escuchado de nuevo a alguien padecer algo semejante. Creo, por algo que busqué en Google un tiempo después, que aún, en Suiza, se sigue discutiendo acerca del mal de Martín. Pero creo que no han sacado conclusiones muy precisas. Hay quienes descartan que fuese un mal producido por una mordida. No sé si compartir esa teoría. Yo no tuve el corazón tan grande como lo tuvo Martín. Yo no tuve el corazón tan débil como lo tuvo Martín. No sé si seré capaz de mirarlo de nuevo a los ojos. Pero mi corazón, luego de él, tiene un vacío.

 

T.M.

Facebook.com/LaCantarida

Relato inspirado en el texto “El quinto”, de Emilia Pardo Bazán.

 

 

Metro de Madrid. Línea 1. Estación “Bambú”

No sé cómo sucedió, sólo sé que sucedió. Mi madre estaba llorando en el recibidor. Una vecina, de ésas de toda la vida, la consolaba. “Ésos son los designios de Dios”, le decía. España es un país con un concepto especial de la muerte. Creo que es una de las ruinas de la Guerra civil, que sigue ardiendo. Hubo un historiador que dijo, incluso, que España era el país en donde la muerte era bella. Pero, por lo que pude sentir, bajo el techo de mi casa, la muerte no era nada bella. Al menos, no lo era para mi madre, quien parecía que iba a quedarse seca de tantas lágrimas que derramaba.

Yo había ido a tomar unas cañas con Carmen. Carmen era una de mis mejores amigas. Estábamos en esa edad en la que todo nos hace dudar, en la que todo nos genera una desconfianza absoluta. Tendríamos unos veinte años. Nos habíamos conocido en la Complu. Hicimos muy buenas migas desde que la casualidad nos topó en el mismo pasillo. Un sábado por la noche no era sábado por la noche sin Carmen. No me atrevía a besar a un chico sin consultarle primero a ella. Ella hacía lo mismo, pero consultando conmigo. Éramos como una consciencia conjunta, por explicarlo de una manera un tanto dulzona.

Podíamos pasarnos gran parte de la madrugada hablando, con frío o con calor, en la calle de la Hiedra. Cuando éramos más amigos compartiendo la tertulia, hacíamos botellón y nos divertíamos mucho. La policía, a veces, nos echaba un regaño, pero jamás pasaba a mayores. Esa noche, éramos sólo Carmen y yo. Habíamos comido en uno de nuestros restaurantes de siempre. Habíamos bebido una gran copa cada una, lentamente, como nos gustaba. Hacía buen clima. La primavera comenzaba a asomarse y todo el  mundo en Madrid caminaba como distraído, como pensando en sus cosas sin fijarse en los lados.

Creo que mi muerte fue instantánea. No tuvo, por suerte, una larga agonía. Crucé la calle sin voltear. No vi al búho que me pasó, de lleno, por encima. Creo que mi consciencia se apagó en medio de los gritos de espanto y los “hostia, hostia, hostia”. El conductor también tuvo parte de culpa. Se distrajo por el Whatsapp con un mensaje de una de las chicas que había conocido por Tinder. Esas cosas se llegan a saber cuando eres un espíritu. Tienes acceso a la información de las personas, sobre todo de aquéllas que ayudaron a provocar tu propia muerte.

Una ambulancia llegó. Los paramédicos se bajaron, pero ya era algo tarde. Incluso, un pequeño vehículo de la prensa, al menos con la decencia de no mostrar mi cuerpo, también se acercó. Me daba un poco de grima ver la posición en la que había quedado. Estaba contorsionada con la cabeza casi al revés, como la niña del exorcista. A veces, creo que los paramédicos van por mero trámite. Era obvio que no había nada que hacer. Uno de ellos hasta me tomó el pulso, aunque creo que es algo obligatorio. El otro, el más joven, tenía la cara triste. Se notaba que estaba en prácticas y que su corazón, aún, no se había endurecido del todo.

Cuando estás muerta, los dolores son distintos a los de la vida. Son inexplicables. El dolor deja de ser físico y se traduce a una sensación extraña, a una tristeza volátil pero, de algún modo, palpable, como una taza de té en una noche nublada. Más o menos eso fue lo que me invadió cuando vi que Carmen corrió la misma suerte que yo. Al fin y al cabo, éramos inseparables, hasta para cruzar la calle sin ver. Aunque confieso que nunca pensé que lo tomaríamos tan literalmente. Una leyenda del pueblo de mi padre dice que los muertos lloran luz, pero no fue luz lo que yo quise llorar.

Ella se tomó todo un poco más a la ligera. Llegó un poco tarde a contemplar la catástrofe. Creo que se debió a que su agonía fue más larga que la mía, no fue tan instantánea. Mientras llegaba el otro búho, para que las personas terminasen de ir a sus destinos luego del percance, los pasajeros esperaban. Una madre cubría los ojos de su hija. Una adolescente lloraba. Su novio la consolaba con un abrazo. Hubiese sido algo tierno de no haber sido un abrazo a nuestra costa. El conductor era interrogado por la policía y esposado sin resistencia. Me dio un poco de lástima. Había sido negligente, pero al fin y al cabo no era más que un señor solitario a quien la ilusión del amor le jugó una mala (muy mala) pasada. Y sí, eso también se sabe cuando estás muerta.

No hubo mucho que ver luego. Si habíamos ido a visitar a nuestras familias era para tratar de establecer algún tipo de comunicación que se tradujese en “Estoy bien, mamá. No te preocupes”. Pero lograr eso es imposible. Es un engaño en el que nos han tenido, durante años, las películas de ciencia ficción. Eso de tumbar platos o mover lámparas no es más que una mera estafa, lo advierto desde ya. Carmen estaba en el mismo plan que yo. Por más que lo intentó, sus manos traspasaban todo. Sólo su perro, es una teoría que tenemos, fue el único capaz de percibir algo.

Nos encontramos de nuevo en la calle de la Hiedra, en nuestro lugar favorito no sólo de Madrid sino de todo el mundo. Aunque esta vez no era para ir de botellón. Ser fantasma sería espectacular si uno pudiese entrar a un bar (o a un chino) y coger mercancía (siempre que esto no afectase las ventas del dueño. Al fin y al cabo, no queremos ser unas criminales, aunque la justicia terrenal no pudiese hacer nada). Pero cuando eres fantasma, no tienes mucho contacto con lo palpable, sólo de vista. Además, los fantasmas no se embriagan. No es un asunto de no querer. Es un asunto de no poder.

Nos saltamos todo el proceso del duelo. No del duelo nuestro, sino del duelo de nuestros seres queridos. Es un espectáculo triste. El chico que estaba a punto de ser el novio de Carmen no se lo podía creer. El pobre pensaba que todo se trataba de una broma o de un malentendido. Enviaba Whatsapps como un desesperado, pero sólo le salía un tick (palomita). El mensaje no llegaba a su destinatario (y jamás llegaría). El pobre estaba en su sofá, casi en posición fetal. Sus compañeros de piso no habían llegado. Carmen se acercó a él. Lo besó en la mejilla. Fue inútil. Ni un soplo de aire. Ni una insinuación.

Con respecto al chico que estaba saliendo conmigo, fue un caso un poco más gracioso. Él, como no me conocía tanto, no tenía grandes medios para saber de mí. Ni siquiera nos habíamos agregado aún al Facebook. Sólo habíamos salido un par de veces. Él pensó que no lo quise ver más. Pensó que lo había bloqueado de mis redes sociales y que, simplemente, no quise responderle más. Irónicamente, a la única persona a la que él podía preguntarle sobre mí era a Carmen. Como ella, por cuestiones que ya el lector supondrá, tampoco le respondió, se imaginó que nos habíamos cansado de él. Cuando fui a visitarlo, ya estaba dándose los besos con otra chica (más fea que yo, por cierto). Me dio igual.

Otra cosa que me removió el alma (es decir, que me removió. Ya yo era sólo alma) fue cuando la noticia llegó a la profesora Ana. Ella era (y será) mi profesora favorita de la Complu. En una universidad tan grande y tan prestigiosa como la Complutense, muchos de los profesores suelen tener tratos fríos con su estudiantado. Ella era de las que estaba siempre para sus alumnos. Un día, luego de una clase magistral de casi cuatro horas, me llamó aparte. Me dijo que estaba orgullosa de mí, que confiaba en que yo iba a llegar muy lejos. Creo que nunca me habían dicho eso. Lamentablemente, no pude, al menos en vida, llegar tan lejos como Ana hubiese querido.

Carmen y yo decidimos dar paseo. El instinto de toda la vida nos hizo acercarnos a la puerta del metro. Una gilipollez del tamaño de una catedral. Ya no nos hacía falta el metro, ni el taxi, ni el Uber, ni, irónicamente, el autobús de la EMT. Una persona (o ente), cuando tiene la libertad de ir a donde quiere, suele, primero, buscar lo conocido. Creo que es una especie de miedo a la libertad que todos tenemos. Antes, estaba convencida de que era por cierto temor a la muerte. Es mentira, ya superado ese temor, esa desconfianza a la libertad sigue. Nuestro primer paseo fue un tanto aburrido por estas razones.

Poco a poco, cuando comenzamos a soltarnos, las cosas comenzaron a tornarse un poco más interesantes. Podíamos elevarnos como quisiéramos, ir a donde quisiéramos. Si esa experiencia se pudiese monetizar, Amancio Ortega sería un indigente harapiento a nuestro lado. Pero, como decía un conocido anuncio de una marca de tarjetas, hay cosas que el dinero no puede comprar. Madrid está llena de sitios hermosos, llenos de gente feliz. También está llena de sombras repletas de gente triste, algunas de ellas cansadas de tanto luchar.

En algunas iglesias, se ofrecieron misas y novenarios por Carmen y por mí. Escuchamos sólo algunas partes. La misa siempre nos pareció algo aburrido. La religión católica, como todas las religiones, está llena de medias verdades. Toda creencia y hasta falta de creencia es una media verdad. Pero no vale la pena entrar en detalles. Allá los fanáticos que defiendan o ataquen las posturas que deseen. Ya conocerán, como a nosotros nos tocó conocer. No sé si todos los homenajeados en las misas se tomarán la molestia de ir. Es un poco absurdo estar en una celebración en donde nadie sabe que estás. Hay cosas más divertidas que hacer.

Madrid estaba a nuestros pies, con sus risas y sus dolencias. Era como Google Maps en definición perfecta y con transmisión en vivo y en directo. Una de las cosas más signiticativas, al menos para mí, fue el estar al lado de Carmen viendo las cuatro torres. Siempre las habíamos visto, nos encantaba verlas. Pero nunca desde esa perspectiva. A veces, soñábamos con trabajar allí, por mero capricho. Más para satisfacer nuestras ansias de tener vistas espectaculares de la ciudad que por las ganas de servir a alguien o de ganar dinero.

Madrid era como un museo. Se podía ver todo, pero no se podía tocar nada. Era posible, sin embargo, burlar la fiera seguridad de todos los lugares. Podíamos entrar al Prado antes que nadie, quedarnos allí todo el día o toda la noche sin pagar admisión. Podíamos merodear al lado de los policías armados con metralletas que resguardan el paseo, atravesarlos y burlarnos de ellos. Ellos no podían hacer nada, no podían saber de nosotras. Estaban allí, con sus semblantes serios, con sus cuerpos fornidos y con sus dedos puestos sobre el gatillo en caso de algún ataque imprevisto.

De un momento a otro, nos asoló cierta duda. ¿Dónde estaban las demás personas? ¿Es que nosotras éramos las únicas personas muertas? ¿Dónde estábamos realmente? Tras la muerte, quedan aún sin resolver muchas dudas de la metafísica. Pero no nos importó mucho. De ser por nosotras, podríamos quedarnos en Madrid para siempre. No necesitábamos muchas ni más grandes explicaciones. Quizás todo era un proceso de adaptación. Quizás Madrid es el purgatorio, aunque para algunas personas, como para mí, sea lo más parecido al cielo que pueda existir en la tierra. No en vano, decían por ahí: “De Madrid al cielo”.

Creo que la muerte, y se los digo yo, que creo que sé de lo que hablo, no es ni buena ni mala, no es ni linda ni fea. Simplemente es. Hasta después de vivirla (qué ironía), la muerte sigue siendo un misterio que, al igual que la vida, se debe aprender a disfrutar. Si te preguntas cómo has llegado a leer estas palabras, ya lo comprenderás a su debido tiempo. Quizás, tú también andes deambulando por el purgatorio. Sólo queda divertirse. No sé si España será un país en donde la muerte sea bella, pero es lo que toca.

 

T.M.

Facebook.com/LaCantarida

 

 

 

 

 

Metro de Madrid. Línea 1. Estación “Pinar de Chamartín”

No me gustaba ver fumar a Noe. Me crispaba. Cada vez que Noe fumaba, significaba que algo malo o iba a pasar o estaba pasando. Era como una sibila sombría. Se solía poner de espaldas en la terraza. Una maraña de humo hacía de cortina ante su cabeza de cabello castaño que miraba hacia el balcón. Se perdía allí. Podía pasar un largo, muy largo rato sin hablar, sólo fumando. Yo no me atrevía a decirle nada. Siempre tuve miedo a romper su silencio. Pero me colocaba cerca de ella, un poco en guardia, como ofreciéndome de escudera para cualquier cosa que pudiese necesitar.

Ya eran casi las nueve de la noche y Bhadra no aparecía. No era algo de qué preocuparse tanto. Los gatos suelen ser un poco truhanes y aventureros. Está, de cierto modo, impreso en su ADN, que conserva rescoldos de tigres salvajes, de depredadores, lo que llaman Felidae. La gata tenía apenas cinco meses. Había traicionado el voto de confianza que Noe le había dado al dejarla explorar la terraza, que daba a la calle. Las primeras veces que salía, en días anteriores, era respetuosa con el espacio implícitamente delimitado. Pero quizás un gato galán, cual héroe del romanticismo, la sedujo para salir de su cómoda prisión.

La ayudé a buscarla. Buscar una gata en una ciudad como Madrid es una tarea sumamente difícil. Hay millones de recovecos en donde podría esconderse, en donde podría desaparecer. Nuestro mayor temor era que no supiese volver a casa. Me revolvía un poco el alma ver la camita vacía, la caja de arena con los rastros de las últimas pisadas, los juguetes tirados en el piso. Salimos a la calle, con un par de linternas, como si la ciudad no estuviese lo suficientemente iluminada. Hacía un frío terrible. Yo, por el apuro, había salido mal abrigada. Noe también, pero todos sus sentidos, incluso los sensibles a las bajas temperaturas, estaban apuntando hacia la gata fugitiva.

“Bhadra”, gritaba Noe, cada vez más alto. Con la otra mano, la que no sostenía la linterna, agitaba un botecito con pienso. Pensaba que, así, la gata, quizás tentada por el hambre, acudiría al llamado. A mí me daba un poco de vergüenza gritar. Nunca me ha gustado llamar la atención. A cada grito de “Bhadra”, los peatones, y hasta algunos conductores, volteaban hacia nosotras con gesto de extrañeza, de esa extrañeza urbana que no retiene más de tres o cuatro segundos de interés cuando son historias ajenas a nosotros.

Buscamos debajo de los coches. Nada. Nos asomamos por algunas alcantarillas. Tampoco. Yo sentía que toda búsqueda era inútil. En el caso de que viésemos a la gata, ella, con su agilidad inherente, si éramos la causa de su huida, echaría a correr de nuevo y se volvería a esconder. En aquel escenario, tendría todas las de ganar, todas las de huir. Noe comenzaba a preocuparse, sin dejar de fumar. Daba la impresión de ser un incensario cubierto de telas negras. Noe siempre me impuso muchísimo respeto. Era delgada y alta. Su cara comenzaba a abrir los surcos inevitables de la mediana edad.

No sabíamos hacia qué dirección seguir. Era una lotería. Hay cuatro puntos cardinales en una metrópolis extensa y nosotras sólo éramos dos chicas no muy bien abrigadas con un par de linternas. Sin embargo, no me atrevía ni siquiera a sugerir que detuviésemos la búsqueda. Yo estaría allí, aunque muriésemos congeladas (muy probablemente mientras la gata, quizás, estaría cómoda junto a su gato galán y un buen puñado de comida). Noe comenzaba a preocuparse cada vez más. Exhalaba bocanadas de humo cada vez con más prisa. Yo me contagiaba de su inquietud.

Regresamos a la casa. Noe tenía los ojos húmedos, pero no se atrevía a llorar. La gata, de alguna manera, sustituía en ella el espacio del hijo que nunca había querido tener. Yo nunca fui persona de creer en instintos maternos. Ella menos. Ella ni siquiera quería tener mascota. Yo la había convencido luego de mucha insistencia de adoptar una gatita. A veces, cuando los habitantes del piso no coinciden, el piso suele sentirse como un lugar devastadoramente solitario, más en medio de un espacio tan grande, en una vorágine de miles de vehículos y decenas de miles de peatones.

Me daba, para mis adentros, un poco de risa la ironía de la gata. Llegó a la casa apenas con dos meses. Estaba acurrucada en una cesta y no se atrevía a salir de allí. Era su zona de confort, su burbuja de cristal. Mucho tuvimos que tentarla e insistirle para que se atreviera a dar sus primeros pasos por la casa. Cuando se atrevió a darlos, lo primero que buscaba eran recovecos y escondites, agujeros y rincones. Cuando algo o alguien se acercaba, ella, al verse sin escapatoria, bufaba intentándose proteger, pero nunca sacando las uñas o atreviéndose a atacar. Ahora, nos encantaría que estuviese tranquila en su cesta, que ya, en tan sólo tres meses, se le había vuelto un tanto pequeña.

“Si sabes algo, avísame”, me dijo Noe antes de irse a trabajar. Trabajaba de noche en un bar de la calle Dalia. Era un bar sano. Iban a él muchos jóvenes a ver los partidos de fútbol, pero no se sobreexcitaban demasiado. No era un bar de Hooligans. Noe trabajaba allí desde que la conocía. Trabajar la distraía, la relajaba. Fue la mejor decisión que pudo haber tomado esa noche. Yo la intenté alentar con un “No te preocupes. Seguro que regresará”. Ella sonrió levemente, muy levemente. Cerro la puerta y se fue hacia la calle. Prometí que, en un rato, iría a buscar a la gata de nuevo, mientras ella trabajaba. Lo dije por mera diplomacia. Era inútil y sabía que no lo iba a hacer. Menos con aquel frío.

El día siguiente fue de diseñar, imprimir y colocar carteles en los postes de la calle. La única foto que teníamos de la gata (hasta ese día no había notado que era realmente extraño tener tan pocas fotos de ella, aunque era tan consentida) era de aquellos primeros días, cuando no se atrevía a salir de su cesta. Miraba a la cámara con sus dos ojos verdes asustados, que parecían incrustados en su cabecita blanca y peluda. No sabía si alguien podría reconocerla aunque hubiese crecido tanto. Pero no había muchas más opciones.

“Noe. Me llamó un chico. Dice que tiene a la gata” le dije. Noe me miró fijamente. Prácticamente no había parado de fumar desde la noche anterior. Era como su válvula de escape ante el estrés, la presión y la frustración. “Vamos a verlo”, me dijo. “Vive un poco lejos”, le contesté. A Noe no le importó. Al fin y al cabo, la ciudad es accesible en lo que se refiere a movilidad. De todas formas, me parecía extraño que, quien llamase, viviese tan lejos. No creía que una gata pequeña pudiese llegar tan lejos por su propia cuenta, al menos que hubiese sido raptada, o algo similar.

El chico vivía en un piso de la avenida de Los Madroños. Tuvimos que esperar hasta la noche, a que regresara del trabajo. Nos había dejado muy claro que quería recompensa, y una recompensa cuantiosa. Noe lo maldijo en la intimidad conmigo. Las recompensas no se piden, se ganan. Yo no podía estar más de acuerdo. Sospechosamente, no nos quería mostrar fotos de la gata. Se basaba en no sé cuál teoría conspiranoica idiota de que nos espían desde Estados Unidos y otras gilipolleces más. Eso aumentaba la ira de Noe y, por reflejo, la mía también.

El chico nos abrió la puerta. Su piso estaba desordenado. Nos pidió que esperásemos un momento en el recibidor, que ya traería a la gata. Nos preguntó si habíamos llevado la recompensa. Noe le dijo que sí. Pude sentir una furia inusitada e insólita en su voz. Creo que si viviésemos en Estados Unidos, en donde no existe control de armas, Noe hubiese acribillado al chico ahí mismo con unos veinte o treinta disparos. A eso también contribuía el estado del lugar, que invitaba al desagrado. Había cajas vacías de pizza y latas de cerveza por doquier.

El chico trajo a un gato entre sus manos. Noe hizo un amago de sonrisa, que se le borró cuando el chico insistió una vez más en la recompensa. El gato no era la gata de Noe. Tenía cierto parecido, cierto aire, pero, definitivamente, no era. Era mucho más grande. Noe comenzó a temblar. Yo no sabía qué decir. De hecho, no había dicho absolutamente nada desde que habíamos llegado. Ni siquiera las buenas noches. Hubo un silencio extremadamente incómodo durante algunos segundos. El gato, entre los brazos del chico, nos miraba a todos.

Noe no precisó decir que aquél no era el animal que habíamos ido a buscar. Sabía que su temblor era por algo y que, de alguna manera, éste debía drenarse, salir al exterior. Soltó una violenta y sonora cachetada al chico, quien reaccionó soltando al gato, quien cayó al piso y corrió a refugiarse. Creo que fue por el mismo respeto del que ya hablé, que el chico no dijo nada. Es más, parecía que lo único que deseaba era que nos fuéramos y sentarse a llorar. Como cumpliendo sus deseos, nos fuimos. Bajamos rápidamente las escaleras y salimos por el portal.

Noe tuvo un ataque de risa, que presumo que fue de risa nerviosa. Creo que liberar el estrés, más con la terapia de pegar una gran cachetada a un chico con cara de tonto que habla de recompensas para un gato que ni siquiera es el tuyo, genera cierto alivio que, en una persona tan tensa, genera la risa. “¿Viste que le quedó mi mano marcada en la cara? ¡Parecía una de esas siluetas de manos de las pinturas rupestres”, me dijo. Yo me eché a reír junto a ella. Estuvimos un minuto riendo, como locas. Los peatones nos veían pasar y algunos de ellos, quizás contagiados, al menos sonreían.

A Noe se le volvió a pintar la decepción en la cara cuando llegamos a la casa. De nuevo comenzó a fumar, como al principio, de espaldas a mí y con una gran nube de humo como fondo a su cabeza. Tampoco había que perder todas las esperanzas. Cualquier otra persona podría llamar. Hay muchos casos en que las mascotas perdidas son halladas por gente buena y honesta que las retorna a sus dueños (si es que se puede considerar “dueño” al que cría a una mascota). También hay gente que adopta a gatos sin placa ni identificación, como era el caso de Bhadra. Era una variable que no habíamos considerado.

Escuchamos un maullido. O, al menos, eso nos pareció. Es difícil distinguir un sonido claro entre tantos coches, pasos, sirenas y voces. Pero distinguimos bien. Era un maullido. Es más, era el maullido de Bhadra. Noe abrió la puertecilla y allí estaba la gata. Inocente de todo. Sin saber que su escapada había generado tanto estrés, sin saber que su ausencia nos obligó a imprimir carteles, a movernos por todos lados y a darle un gran bofetón a un chico desagradable (aunque eso lo agradecemos. Quizás Noe, como es su carácter, lo hubiese hecho de todas formas con cualquier otra persona que cumpliese los requisitos).

La gata brincó al regazo de Noe. Noe rió. Esta vez no era una risa nerviosa, como la del portal. Regañaba a la gata mientras la cubría de mimos. Había regresado, que era lo más importante. Le ofreció comida, pero la gata no la aceptó. Intuimos que se había dado un gran banquete, que, quizás, regresaba solamente a descansar, como si nuestro piso fuese su hotel, su club en el que ella pasaba su tarjeta de membresía e iba y venía cuando se le antojase. Noe, prudentemente, cerró la puertecilla con cerrojo, por si acaso. Cerró las ventanas, por si acaso también.

Hemos sido, desde entonces, más cautelosas con la libertad de Bhadra. A veces nos sentimos una suerte de represosas, de enemigas de la libertad gatuna, pero la ciudad es un sitio que puede ser peligroso. Es un argumento poderoso a nuestro favor del que la gata, quizás, nunca podrá tener plena consciencia. Por las noches y las mañanas soleadas de los fines de semana, la sacamos a pasear con una correa que, cuando Bhadra quiere dar rienda suelta a su instinto nómada, le recuerda que es mejor quedarse con nosotras. Por fortuna, desde entonces, Noe no ha vuelto a fumar.

 

Tomás Marín.

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Cinco obras de teatro que deben ser leídas (VII)

“Hipólito”, de Eurípides.

La maquiavélica diosa Cipris (Afrodita), al no ser idolatrada ni celebrada en su vanidad por el joven Hipólito, se ensaña contra éste y articula su desgracia a través de Fedra, su madrastra, quien se obsesiona, perdidamente, con él. Tras un error de la enterada nodriza, Hipólito rechaza a Fedra, quien, por temor a ser humillada, decide ahorcarse no sin antes dejar una misteriosa tablilla en la que acusa a Hipólito de querer deshonrarla. Teseo, padre de Hipólito, cegado, descarga toda su ira contra su hijo, desencadenando la satisfacción de Cipris y arribando a una reflexiva conclusión. Con cuidada y estética poesía, rúbrica del antiguo teatro griego, se destaca el lamento en antístrofa de Teseo, quien, delante del cuerpo de Fedra, exclama: “Bajo la tierra, bajo la tiniebla, quiero habitar, en la sombra, muerto, desgraciado de mí, privado de tu compañía muy querida pues has matado más de lo que te has aniquilado”. También es digno de señalar las últimas palabras del corifeo, quien afirma: “Común este duelo a todos los ciudadanos ha venido, sin esperarlo. Será un batir de lágrimas abundantes, pues el recuerdo de quienes son grandes merece lutos inextinguibles”.

 

“El sí de las niñas”, de Leandro Fernández de Moratín.

Una de las piezas más aclamadas y celebradas en la historia del teatro español. El bueno de Don Diego, hombre rico de 58 años, espera ansioso su casamiento con Francisca, una joven moza de sólo 16. La desigual unión ha sido posible mediante la intervención de Doña Irene, la ambiciosa madre de Francisca. Una de las mayores preocupaciones de Don Diego es que su “Paquita” no lo ame genuinamente, situación que posee un gran fundamento, pues Francisca está enamorada de Don Carlos, el joven sobrino del maduro pretendiente. La gran reflexión en torno a la libertad de elección en el amor (mucho más vulnerada en 1806, año en el que se escribió se resume en el pequeño monólogo de Don Carlos, quien, conmovido, exclama: “Todo se permite, menos la sinceridad. Con tal que no digan lo que sienten, con tal que finjan aborrecer lo que más desean, con tal que se presten a pronunciar, cuando se lo manden, un sí perjuro, sacrílego, origen de tantos escándalos, ya están bien criadas, y se llama excelente educación la que inspira en ellas el temor, la astucia y el silencio de un esclavo”.

 

Los pintores no tienen recuerdos, de Darío Fo.

Una de las primeras comedias de Darío Fo, premio Nobel de Literatura. Un “pintor” y su jefe son contratados por una obsesiva viuda con el fin de acomodar unas piezas de tapicería (aunque ellos sin tapiceros propiamente). Un accidente, sumado a diálogos realmente hilarantes, desencadenan la confusión y la comedia  en esta audaz farsa para clown. Un trío de chicas misteriosas, imantadas a una estatua de cera que yace sentada en el sofá de la sala, discuten sobre su lugar en la residencia. La agilidad para el planteamiento del humor inteligente juega como rúbrica a favor de una trama corta que asegurará la risa sana. Un ejemplo radica en uno de los primeros diálogos entre el Pintor y la Viuda: “Claro, ustedes saben más de estas cosas. Comprenda que soy una mujer”. “¡Ja, ja , ja! Ya me había dado cuenta… por el collar”. “Por cierto… el presupuesto… cuánto me van a cobrar por dos cortinas… verá, soy una pobre viuda y no dispongo de mucho…”. “¿Es viuda?”. “Sí…”. “Yo también”. “¿También es viuda?”. “…No… yo soy viudo”. “Ya… ay, qué malo es quedarse solo… usted me comprende, verdad… espero que me haga un buen precio…”. “Sí, pero del precio tiene que hablar con mi jefe”. “¿También es viudo?”. “No, él no…”. “¡Lástima!”. “Pero su mujer sí…”. “¿Su mujer?…¿Pero cuándo ha muerto? Hace poco estaba aquí y no me parecía…”. “No… su mujer es viuda, pero del primer marido…”.

 

“No hay ladrón que por bien no venga”, de Darío Fo.

Un ladrón, con todo el sigilo que le es posible al amparo de la noche, entra a robar en una majestuosa y señorial casa que se encuentra solitaria, actúa como todo un profesional. Su esposa, que no cesa de demandarle cariño y atención, lo llama, por teléfono, constantemente a su lugar de “trabajo”. El dueño del lugar, junto a una misteriosa mujer, entra a su hogar cuando el ladrón aún no ha salido, todos actúan como inquietos perseguidos. Un sinfín de malentendidos, hilarantes y convergentes, se acumulan a medida que más y más personajes van entrando en escena; se desvela que todos los seres humanos son menos inocentes de lo que se aprecia a simple vista. El epítome de la pieza se resume en las palabras del dueño de la casa, quien, al igual que casi todos los presentes, al verse sorprendido, alega: “Los malentendidos no se explican…, si no, ¿qué clase de malentendidos son?”

 

“El hombre deshabitado”, de Rafael Alberti.

Un hombre subterráneo, desesperado y triste, es sacado de las profundidades y dotado con cinco sentidos que fungen como balcones para explorar el mundo y sus infinitas posibilidades, no puede estar más sorprendido y agradecido. Una hermosa mujer, recién despertada, será su acompañante en el nuevo trayecto, ambos residirán en un edén doméstico junto al mar (elemento recurrente en las obras de Alberti). La tentación, personificada en una muchacha vulnerable y pletórica de belleza, arriba por “accidente” al entorno, desembocando la caída generada por lo más bajo y mundano que envuelve el corazón de las personas. Esta obra teatral es un himno tanto al libre albedrío como un sutil guiño al pesimismo. Dos momentos son notoriamente sublimes y preciosos a lo largo de la trama. Uno de ellos es el monólogo del Vigilante Nocturno: “Ciudades, naciones enteras, se mueren rebosadas de hombres como tú: trajes huecos que no desean nada, movidos tan sólo por un aburrimiento sin rumbo. Mira. ¿Ves? Esa esquina van a doblarla hombres y mujeres sin vida, muertos de pie, que andan a tropezones por todas las calles del universo. Humanidad hastiada, viviendas vacías, repintadas por fuera para disimular el abandono y obscuridad en que viven por dentro… Aquello afirman que es una mujer. Y que es joven y que además es guapa. Pero yo te digo que es sólo el molde hueco de una careta del albayalde…Un muchacho, un adolescente, dicen que es aquello que ahora va a doblar la esquina. Y yo te juro que es solo una chaqueta, un traje ciego, sin camino”. El otro es la advertencia de la Tentación: “No me voy. He llamado a tu casa para pasar la noche, o quizá toda la vida. Ya lo sabes: para pasar la noche o la vida entera. Y tendrás que matarme, que arrebatarme después de muerta hasta la playa. Y aún así no te verás libre de mi persona, de este cuerpo macizo que tú aún no conoces: el mar y el viento volverán a arrojarme contra los muros de tu alcoba, contra la misma cabecera de tu cama. Si me echas, te quedarás sin sueño, te lo juro. Muerta, continuaré presente en todos tus instantes”. 

 

Tomás Marín.

tomasmarind@hotmail.com