Cinco obras de teatro que deben ser leídas (VII)

“Hipólito”, de Eurípides.

La maquiavélica diosa Cipris (Afrodita), al no ser idolatrada ni celebrada en su vanidad por el joven Hipólito, se ensaña contra éste y articula su desgracia a través de Fedra, su madrastra, quien se obsesiona, perdidamente, con él. Tras un error de la enterada nodriza, Hipólito rechaza a Fedra, quien, por temor a ser humillada, decide ahorcarse no sin antes dejar una misteriosa tablilla en la que acusa a Hipólito de querer deshonrarla. Teseo, padre de Hipólito, cegado, descarga toda su ira contra su hijo, desencadenando la satisfacción de Cipris y arribando a una reflexiva conclusión. Con cuidada y estética poesía, rúbrica del antiguo teatro griego, se destaca el lamento en antístrofa de Teseo, quien, delante del cuerpo de Fedra, exclama: “Bajo la tierra, bajo la tiniebla, quiero habitar, en la sombra, muerto, desgraciado de mí, privado de tu compañía muy querida pues has matado más de lo que te has aniquilado”. También es digno de señalar las últimas palabras del corifeo, quien afirma: “Común este duelo a todos los ciudadanos ha venido, sin esperarlo. Será un batir de lágrimas abundantes, pues el recuerdo de quienes son grandes merece lutos inextinguibles”.

 

“El sí de las niñas”, de Leandro Fernández de Moratín.

Una de las piezas más aclamadas y celebradas en la historia del teatro español. El bueno de Don Diego, hombre rico de 58 años, espera ansioso su casamiento con Francisca, una joven moza de sólo 16. La desigual unión ha sido posible mediante la intervención de Doña Irene, la ambiciosa madre de Francisca. Una de las mayores preocupaciones de Don Diego es que su “Paquita” no lo ame genuinamente, situación que posee un gran fundamento, pues Francisca está enamorada de Don Carlos, el joven sobrino del maduro pretendiente. La gran reflexión en torno a la libertad de elección en el amor (mucho más vulnerada en 1806, año en el que se escribió se resume en el pequeño monólogo de Don Carlos, quien, conmovido, exclama: “Todo se permite, menos la sinceridad. Con tal que no digan lo que sienten, con tal que finjan aborrecer lo que más desean, con tal que se presten a pronunciar, cuando se lo manden, un sí perjuro, sacrílego, origen de tantos escándalos, ya están bien criadas, y se llama excelente educación la que inspira en ellas el temor, la astucia y el silencio de un esclavo”.

 

Los pintores no tienen recuerdos, de Darío Fo.

Una de las primeras comedias de Darío Fo, premio Nobel de Literatura. Un “pintor” y su jefe son contratados por una obsesiva viuda con el fin de acomodar unas piezas de tapicería (aunque ellos sin tapiceros propiamente). Un accidente, sumado a diálogos realmente hilarantes, desencadenan la confusión y la comedia  en esta audaz farsa para clown. Un trío de chicas misteriosas, imantadas a una estatua de cera que yace sentada en el sofá de la sala, discuten sobre su lugar en la residencia. La agilidad para el planteamiento del humor inteligente juega como rúbrica a favor de una trama corta que asegurará la risa sana. Un ejemplo radica en uno de los primeros diálogos entre el Pintor y la Viuda: “Claro, ustedes saben más de estas cosas. Comprenda que soy una mujer”. “¡Ja, ja , ja! Ya me había dado cuenta… por el collar”. “Por cierto… el presupuesto… cuánto me van a cobrar por dos cortinas… verá, soy una pobre viuda y no dispongo de mucho…”. “¿Es viuda?”. “Sí…”. “Yo también”. “¿También es viuda?”. “…No… yo soy viudo”. “Ya… ay, qué malo es quedarse solo… usted me comprende, verdad… espero que me haga un buen precio…”. “Sí, pero del precio tiene que hablar con mi jefe”. “¿También es viudo?”. “No, él no…”. “¡Lástima!”. “Pero su mujer sí…”. “¿Su mujer?…¿Pero cuándo ha muerto? Hace poco estaba aquí y no me parecía…”. “No… su mujer es viuda, pero del primer marido…”.

 

“No hay ladrón que por bien no venga”, de Darío Fo.

Un ladrón, con todo el sigilo que le es posible al amparo de la noche, entra a robar en una majestuosa y señorial casa que se encuentra solitaria, actúa como todo un profesional. Su esposa, que no cesa de demandarle cariño y atención, lo llama, por teléfono, constantemente a su lugar de “trabajo”. El dueño del lugar, junto a una misteriosa mujer, entra a su hogar cuando el ladrón aún no ha salido, todos actúan como inquietos perseguidos. Un sinfín de malentendidos, hilarantes y convergentes, se acumulan a medida que más y más personajes van entrando en escena; se desvela que todos los seres humanos son menos inocentes de lo que se aprecia a simple vista. El epítome de la pieza se resume en las palabras del dueño de la casa, quien, al igual que casi todos los presentes, al verse sorprendido, alega: “Los malentendidos no se explican…, si no, ¿qué clase de malentendidos son?”

 

“El hombre deshabitado”, de Rafael Alberti.

Un hombre subterráneo, desesperado y triste, es sacado de las profundidades y dotado con cinco sentidos que fungen como balcones para explorar el mundo y sus infinitas posibilidades, no puede estar más sorprendido y agradecido. Una hermosa mujer, recién despertada, será su acompañante en el nuevo trayecto, ambos residirán en un edén doméstico junto al mar (elemento recurrente en las obras de Alberti). La tentación, personificada en una muchacha vulnerable y pletórica de belleza, arriba por “accidente” al entorno, desembocando la caída generada por lo más bajo y mundano que envuelve el corazón de las personas. Esta obra teatral es un himno tanto al libre albedrío como un sutil guiño al pesimismo. Dos momentos son notoriamente sublimes y preciosos a lo largo de la trama. Uno de ellos es el monólogo del Vigilante Nocturno: “Ciudades, naciones enteras, se mueren rebosadas de hombres como tú: trajes huecos que no desean nada, movidos tan sólo por un aburrimiento sin rumbo. Mira. ¿Ves? Esa esquina van a doblarla hombres y mujeres sin vida, muertos de pie, que andan a tropezones por todas las calles del universo. Humanidad hastiada, viviendas vacías, repintadas por fuera para disimular el abandono y obscuridad en que viven por dentro… Aquello afirman que es una mujer. Y que es joven y que además es guapa. Pero yo te digo que es sólo el molde hueco de una careta del albayalde…Un muchacho, un adolescente, dicen que es aquello que ahora va a doblar la esquina. Y yo te juro que es solo una chaqueta, un traje ciego, sin camino”. El otro es la advertencia de la Tentación: “No me voy. He llamado a tu casa para pasar la noche, o quizá toda la vida. Ya lo sabes: para pasar la noche o la vida entera. Y tendrás que matarme, que arrebatarme después de muerta hasta la playa. Y aún así no te verás libre de mi persona, de este cuerpo macizo que tú aún no conoces: el mar y el viento volverán a arrojarme contra los muros de tu alcoba, contra la misma cabecera de tu cama. Si me echas, te quedarás sin sueño, te lo juro. Muerta, continuaré presente en todos tus instantes”. 

 

Tomás Marín.

tomasmarind@hotmail.com

 

Cinco obras de teatro que deben ser leídas (VI)

“El maravilloso traje de color vainilla”, de Ray Bradbury.

Un grupo de hombres decide reunir sus escasos ahorros para, entre todos, comprar un elegante traje que los haga lucir como personas apuestas y exitosas. La condición es que a cada uno le será asignado un día de la semana para utilizarlo. Cuando uno de ellos, el mismo día de la compra, rompe las reglas asignadas para poder andar con la indumentaria, se generará la angustia, el caos y la exposición de la dependencia humana hacia las trivialidades. Esta deliciosa y ágil comedia escarba en la balanza donde se sopesan los intereses personales, la ilusión de éxito, los gozos y la amistad.

 

“Ascensión y caída de la ciudad de Mahagonny”, de Bertolt Brecht.

Tres cazafortunas, quienes por accidente quedan varados en mitad del desierto, deciden fundar una ciudad de belleza y placer a través la cual poder adquirir el dinero de los visitantes. Cuatro amigos, atraídos por la buena publicidad del lugar, arriban a Mahagonny (el nombre de la ciudad) y se deleitan con los cigarros, con el whisky y con las mujeres. El hartazgo de uno de ellos que, cansado de la trivialidad, desea huir, sumado a la noticia de un devastador huracán que se aproxima, hará que los habitantes de Mahagonny decidan vivir en el extremo del hedonismo y la anarquía. Es inolvidable la línea que resume el comportamiento: “Primero, no olvidéis, viene el comer y luego viene el amor. El boxeo no te puedes perder y el beber es también de rigor. Pero, sobre todo, debes saber que aquí todo lo puedes hacer. (Si tienes dinero, eh)”.

 

“Vuelo sobre el océano”, de Bertolt Brecht.

De manera fabulada, se relata la aventura emprendida por Charles Lindbergh sobre el Atlántico, a bordo del legendario “Espíritu de San Luis”, en su intención de unir América y Europa mediante un vuelo aéreo. Las condiciones, las personas (en su mayoría escépticas) y los elementos, mediante ingeniosos diálogos y reflexiones, debatirán con el aviador y lo harán dudar acerca de las capacidades humanas. Esta pieza breve es un himno dedicado a los logros humanos en la carrera por alcanzar lo que, durante largos siglos, se ha considerado imposible. Entre tantos fragmentos destacables, uno de los más simbólicos es el dicho por la Niebla: “Ahora tienes 25 años y temes pocas cosas, pero cuanto tengas 25 años y una noche y un día temerás más. Pasado mañana y 1.000 años después seguirán existiendo agua, aire y niebla pero tú no existirás”.

 

“La vida es sueño”de Calderón de la Barca.

Clásico indiscutible de la literatura universal, la pieza narra, en versos que engloban una filosofía sorprendente y humanista, dos historias paralelas y entrelazadas. La primera (y principal) es la de Segismundo, hijo del rey y legítimo príncipe heredero que, gracias a una advertencia del hado, es encadenado, durante toda su vida, en el interior de una mazmorra bajo el cuidado y la educación de Clotaldo. El rey (Basilio), desafiando al hado, liberará a Segismundo y le hará gobernar con la particularidad de hacerle creer que todo se trata de un sueño. Por el otro lado, Rosaura, una aventurera acompañada del gracioso Clarín, llega a Polonia (lugar en el que se desarrollan los hechos) a resolver una afrenta. Una rebelión popular apoya a Segismundo, desencadenando la trama que ondea en el poder de los seres humanos y su capacidad, mediante la nobleza, de enfrentarse a la predestinación. Todos los monólogos en esta obra son una gema, pero es particularmente especial uno de los discursos finales de Segismundo: “¿Tan parecidas a los sueños son las glorias, que las verdaderas son tenidas por mentirosas y las fingidas por ciertas? ¡Tan poco hay de unas a otras, que hay cuestión sobre saber si lo que se ve y se goza es mentira o es verdad! ¿Tan semejante es la copia al original, que hay duda en saber si es ella propia? Pues, si es así, y ha de verse, desvanecida entre sombras, la grandeza y el poder, la majestad y la pompa, sepamos aprovechar este rato que nos toca, pues, sólo se goza en ella lo que entre sueños se goza”.

 

Eloísa está debajo de un almendro, de Enrique Jardiel Poncela.

Una deliciosa combinación de comedia y thriller. Mariana, joven hermosa y aristocrática, se siente imantada al misterio que encierra Fernando. Fernando, por su parte, tiene, gracias a Mariana, una especie de alucinación obsesiva marcada por coincidencias referentes al suicidio de su padre, ocurrido años atrás. Poco a poco, la trama, que cuenta con personajes entrañables y divertidísimos, va encaminándonos hacia un crimen terrible que involucra a personajes bañados en la locura y en el delirio: un despechado que lleva 21 años sin levantarse de la cama, un criado temeroso de no perder la cordura, una mujer que, cada sábado, espera ladrones en su casa, una muchacha que desapareció sin dejar rastro. Hermosa es la reflexión que hacen Mariana y Fernando con respecto a la idealización del amor: “Por otra parte, el romanticismo, el idealismo excesivo, es como una dolencia que conduce a la soledad. ¿No lo sientes tú así?”. “Completamente. Porque se cree y se espera tanto del amor, que, a fuerza de creer en él y de esperar de él, falta decisión para personificarlo en nadie…” “¡Justo!”  “…por miedo a que la persona elegida esté demasiado por debajo de la soñada”.

 

Tomás Marín

Periodista residente en Madrid.

tomasmarind@hotmail.com

 

 

Ojalá gane Pablo Iglesias

Mi mamá, con casi dos días sin dormir, arrastra su maletín con amargura y cansancio, la falta de sueño es la peor enemiga de la cordura. Mi papá y yo, que hemos estado despiertos durante el mismo tiempo, nos sentamos en el piso de granito; por fin hemos llegado a España luego de las interminables horas del agotador viaje que, saliendo de Caracas, hizo una larguísima escala en Bogotá. El aeropuerto de Barajas, con un inquieto fluir de personas a las diez de la mañana, nos brindará seis horas de descanso hasta que abordemos el avión que nos trasladará a Viena, vamos a visitar a mi hermana. Nuestros ojos, opacos y rojizos, buscan, en la pantalla que anuncia las salidas, el número y la puerta que coincidan con nuestros boletos. Los altavoces, con voz nítida, repiten su mensaje una y otra vez: “Bienvenidos al aeropuerto Adolfo Suárez de Barajas”.

Las mesas de revisión de equipaje, largas y esbeltas, están repletas de bártulos que son revisados por los encargados de seguridad, es un proceso mecánico y veloz. La correa, incansable, va transportando bolsos, laptops, morrales y celulares hacia el arco de rayos X, cualquier elemento sospechoso hará activar la alarma. El monitor, antiquísimo, muestra un fondo blanco sobre el que desfilan formas y figuras indescifrables ante la atenta y seria mirada del inspector, quien tiene un dedo sobre el botón rojo, listo para activarlo ante cualquier anomalía. El cierre del maletín de mi papá es abierto, con cierta violencia, por las manos enguantadas de una señorita uniformada. Un tarrito de Nucita, sellado, origina la discusión entre mi padre y la señorita; yo lo había encontrado, una semana antes y después de mucho buscar, en un centro comercial medio destartalado de Prados del Este y, como sé que a mi hermana le encanta, se lo llevaba como obsequio.

-¿Qué es esto, señor?

-Nucita. Es un dulce muy famoso en Venezuela. Se lo estamos llevando a mi hija.

-Pero esto no puede ir aquí.

-¿Por qué?

-Está prohibido.

-Pero no nos dijeron nada en Venezuela ni en Colombia.

-Lo siento, señor, pero esto es la Unión Europea.

-¿No hay manera de llevarlo en la maleta de equipaje?, aún falta mucho para el vuelo.

-Eso no es asunto mío. Yo lo que sé es que esto no puede pasar de aquí.

-Pero es un regalo para mi hija.

-Lo siento, señor.

-¿No puedo hablar con alguien para ver si es posible llevarlo a equipaje? Revíselo si quiere, no tiene nada.

-No

La señorita, parsimoniosa, arroja, con displicencia, el tarro de Nucita, aún sin abrir, en las fauces circulares de un contenedor de basura; el proceso debe continuar, no puede detenerse. Mi papá, con frustración evidente en su cara, rellena el Maletín y se lo cuelga en el hombro, no podemos darnos el lujo de enlutarnos por el dulce caído en desgracia; tanto nadar (desde Prados del Este) para morir en la orilla (de Barajas). Mi mamá, incólume, se nos ha adelantado varios metros, ya sólo queda pensar en Viena. Mi papá, alejándose hacia la zona de las tiendas, se voltea y pronuncia, a la señorita, una de las frases más épicas que he escuchado alguna vez: “Ojalá, algún día, gane Pablo Iglesias, para que tú sepas lo difícil que es conseguir un dulce en un país destrozado”. La señorita, acomodándose el flequillo y sin dejar de trabajar, exhala un suspiro a la vez que responde con alivio: “ni lo quiera Dios, señor, ni lo quiera Dios”.

 

T.M.

 

 

Cinco obras de teatro que deben ser leídas (V)

“El balcón”, de Jean Genet.

En medio de un territorio asolado por una sangrienta guerra civil, se erige una casa de fantasía en la que los clientes son invitados a “desnudarse en todas las formas posibles”. Los deseos, muchas veces transgresores y profanos, de convertirse, aunque sea por unas horas, en los personajes que nunca pudieron ser en vida, hacen que hombres y mujeres, muy respetados (y hasta temidos), se refugien en este pequeño pero simbólico mundo teatral que funciona como sedante ante la realidad, recrudecida por la pólvora, la sangre, las lágrimas y el miedo. Los magisterios, el clero, los padres de familia, los revolucionarios; toda la “buena” sociedad hace parte en este amasijo delirante en el que el espectador, eventualmente, se sentirá reflejado.

 

“La tormenta”, de August Strindberg.

Una pieza concisa, hecha para el teatro pequeño (el modelo de “Teatro de Cámara” que tanto buscó perfeccionar el autor). Un anciano, casi ermitaño, vive enclaustrado, junto a sus buenos y sagrados recuerdos, en una residencia junto a una honesta e ingenua criada que le ayuda en algunos quehaceres diarios. Durante las últimas semanas, los misteriosos vecinos del piso de arriba, que jamás dejan verse y viven envueltos en una serie de ruidos inexplicables y de horarios extraños, terminarán por encauzar los hechos que, gracias a una de las visitas del hermano del protagonista, desatarán un tifón para el personaje que deberá aferrarse al timón de su propia voluntad para sortear las olas del pasado que arremeterán violentamente.

 

“Corona de amor y muerte”, de Alejandro Casona.

Con fantasía imaginativa y poética exquisita, se nos presenta la perspectiva legendaria en la historia de Inés de Castro y Pedro de Portugal, pareja que logró enfrentarse al poder de la realeza, llevando su romance a los macabros límites que sobrepasan la muerte. Cada personaje presenta una pugna interna entre su referente histórico, el deber para con su pueblo y su vulnerabilidad como ser humano, ejecutando, por esta manera, acciones terribles, aunque vayan en contra de su voluntad. Una escena inolvidable es la del Rey (tan desalmado como comprensivo) “enfrentado” a su nieto y arrojándole el acertijo que lo describía: “¿Qué hombre, qué hombre es, que está ardiendo y siente frío, que mira y no puede ver, que está a la orilla del agua y está muriendo de sed?”.

 

“Las brujas de Salem”, de Arthur Miller.

Basada en los enigmáticos juicios llevados a cabo en el pueblo de Salem, Massachusetts, a finales del siglo XVII, en donde las principales acusaciones eran la práctica de la brujería y las alianzas satánicas; los partícipes en estos sucesos (casi todos basados en personas reales) nos van haciendo intuir el modo en el que un juego de jóvenes se va saliendo de control y arrastrando odios y resentimientos guardados hasta hacer estallar una epidemia de histeria colectiva capaz de desenmascarar el rostro más obscuro de los seres humanos en su costumbre de defender, incluso con sangre, conceptos indemostrables. Una línea destacable, que resume el espíritu de la obra, es la de Proctor, cuando, presionado por el gobernador a admitir un supuesto vínculo con el diablo, responde: “¡Sí, siento que arde en mí su fuego!… ¡Oigo crepitar las llamas que muestran su cara! ¡Y es mi propia cara!… ¡Y la suya!… ¡Y la suya!… ¡La de todos los que tenéis miedo de sacar al hombre de su ignorancia, conscientes ahora de que todo esto es un fraude! ¡Miedo de que se descubra y se luche contra la intolerancia y el fanatismo! ¡Queréis derribar el cielo y ensalzar la mentira!”.

 

“Los bellos durmientes”, de Antonio Gala.

Sexo, amor, drogas, té, éxito, fracaso, familia, vejez; son muchos los cuestionamientos y las reflexiones que se hacen en torno a esta pieza que representa la llegada de Marcos, un cuarentón de mente liberal, al esterilizado mundo de Diana y Claudio, donde todo es pragmatismo y finanzas. Aunque algunas conclusiones puedan caer en lo cursi, la obra va madurando y convirtiéndose en un canto a la tolerancia, a la libre elección en todos los sentidos aunque el entorno parezca aprisionar. Un monólogo valioso es el de Marcos al decir: “El atractivo es un don: compártelo, no lo uses nunca como arma de dominio… Un ser iluminado no es macho ni hembra: está por encima de esas posturas… El sexo es móvil, cambiante, divertido…”.

 

Tomás Marín

Comunicador Social/Periodista Internacional

Residente en Madrid

tomasmarind@hotmail.com

 

La diáspora sin azúcar, por favor

En los últimos años, la diáspora venezolana se ha convertido en la lágrima fácil, en el tema tautológico que todos, incluso el que redacta este artículo, hemos explotado alguna vez, ya sea escribiendo un poema, componiendo una crónica o diseñando una torta. Se dibuja y se desdibuja en una perenne lamentación que, con palabras y palabras, cae, repetidas veces, en lo cursi, sin dejar suturar la llaga de las despedidas (si no lo creen, pregúntenle a Desorden Público o a los redactores de ProDavinci (aunque “Los que se quedan, los que se van” es una canción excelente)). Es por esto que el equipo de redacción de La Cantárida (que somos una botella vacía de aceite de oliva y yo) se ha propuesto, como broche de oro, hacer el artículo definitivo sobre la emigración, sin recurrir a lugares comunes o metáforas que jueguen con los sentimentalismos.

Primero que todo, es necesario hablar sobre las acepciones de la emigración. ¿Qué es emigrar?, es un concepto que varía con respecto a quien lo ejecuta directamente o a quien afronta las consecuencias colaterales al ver cómo un amigo/familiar toma un avión/carro/tren/canoa/caballo/túnel/nave espacial para intentar la búsqueda de mayores estabilidades integrales, económicas, políticas y/o sociales. Emigrar puede abarcar desde un desprendimiento total, casi budista, hasta una foto tonta en el piso de Cruz-Diez acompañada por los hashtags #LlevoTuLuzYTuAromaEnMiPiel #VenezuelaElMejorPaísDelMundo #DenmeLikes. Objetiva y simplemente, emigrar es irte de tu país. Ojo, no es cuando te colocas un traje de baño, unos lentes obscuros y un sombrero, te vas a Aruba y dices: “bueno, señores, me voy del país, feliz fin de semana a todos, nos vemos el lunes”. No. Emigrar es irte permanentemente de tu país, sin el deseo, al menos a corto o mediano plazo, de regresar.

Hay emigrantes que tienen la fortuna de contar con gente que los espera en el lugar de destino: familiares, amigos, amigos de familiares, conocidos, conocidos de amigos, amigos de conocidos, familiares de amigos, familiares de conocidos, amigos de conocidos de familiares; se entiende, ¿no?. A los menos afortunados los espera la policía migratoria, pero eso es tema para otro artículo. Hay gente, sin embargo, que se va y arriba sola, teniendo que comenzar desde cero, literalmente desde cero. Tiene que buscar nuevos estudios, nuevo trabajo, nuevos amigos; en fin, recurrir a una vida nueva. Pero no al estilo de Mario Bros cuando se cae de la plataforma, se muere y dices: “rayos, qué mala suerte, tengo que recurrir a una vida nueva, sólo me quedan tres”. No. Esto es la realidad.

Toda la odisea del emigrante comienza con el día en el que decides irte de tu país. Una buena mañana te levantas, te desperezas, te quitas las lagañas, bostezas y exclamas: “hoy amanecí como con ganas de irme del país”. Lo primero que debes hacer es concertar una cita. No una cita como cuando te sonrojabas y decías: “Hola, Cristina, la verdad es que te he visto desde hace días y me pareces una chica simpática y bonita, ¿te gustaría tener una cita conmigo?”. No. Ésta es una cita burocrática en la que, luego de implorar e implorar e implorar para que te asignen un día, deberás enfrentarte a un sinfín de papeleos, trabas, papeleos, funcionarios pedantes, papeleos, trabas, papeleos, corrupciones, afiches del “galáctico” y respuestas tipo: “lo siento, camarada, le falta un comprobante/copia/partida de nacimiento original de su tatarabuela, sellada y cotejada por Simón Bolívar”. Todo esto mientras ruegas que no te den la peor de las respuestas, la más desesperante, la más frustrante, la más vil: “señor, se nos cayó el sistema” (aunque, en realidad, “se nos cayó el sistema” es un eufemismo para decir: “somos unos malditos vagos y no nos gusta trabajar. Danos algo ahí para el café”).

Frente a tu emigración, la reacción de la gente suele variar. Hay quienes te apoyan, quienes aplauden tu decisión y la secundan. Pero hay quienes no se hallan muy a gusto, éstos se dividen en dos: los tranquilos y los radicales. Los tranquilos te argumentarán cosas como: “Pero, ¿por qué te quieres ir del país?, si éste es el mejor país del mundo, no importa que tengamos inflación, inseguridad, déficit, corrupción, odio y dictadura. Debes quedarte aquí y luchar”. Los radicales, en cambio, dispararán a herir, te espetarán algo como: “No puedo creerlo, ¡te vas del país!, eres un apátrida, un cobarde, un traidor, un maldito, ojalá te maten y te quemen; pero, antes, ¿podrías ayudarme a conseguir estas medicinas para mi mamá?, es que aquí no hay”.

El día en el que te vas, suele haber una combinación de sentimientos y nervios encontrados. Hay gente que es más relajada, ésos que se sientan en su poltrona y dicen: “uf, en dos horas me tengo que ir, déjame ver a quién llamo para que me lleve”. Otras, en cambio, actúan con más prudencia: “¡el vuelo sale en doce horas y el taxi que pedí hace tres meses no ha llegado, ¡ay!”. Vas por la Caracas – La Guaira (que no es lo mismo que ir a un Caracas – La Guaira) y te das cuenta, al llegar al aeropuerto y esperar el avión, que, realmente, las cosas que más quieres no se pueden llevar en una maleta; tal es el caso de una bazuca para disparar a los GNBs, PNBs y Polivargas que sólo quieren matraquearte.

Llegas al otro país, esperas tu maleta en una correa que funciona. Por primera vez, los cuerpos de seguridad te inspiran otra cosa que no sea risa, pánico, lástima o asco. Estás entre ilusionado y cansado, la misma sensación que sentías cuando era junio y llegaban los parciales y los finales en la universidad. Sales del aeropuerto, no ves gente “viva” ni gente muerta. (Irónicamente, el país de la “viveza” criolla es el país de la muerte). Comienza tu aventura.

Tres aspectos a tomar en cuenta cuando emigres:

1.- No te sientas en la obligación de amar a tu país:

Nacer en un país es algo fortuito, no lo decidiste; el país (o tú) no será mejor o peor por eso. Estás en tu derecho de amarlo u odiarlo, de expresarte como desees. Lo único imperdonable es que no lo conozcas o lo investigues a fondo, para argumentar lo mucho que lo idolatras o lo mucho que lo detestas.

2.-No ocultes o reniegues de dónde vienes, pero tampoco quieras imponerte.

Toma siempre en cuenta que eres un invitado (aunque tengas pasaporte, residencia, permiso, pareja, etc.) Exporta cultura, trabajo honesto, alegría; no exportes la mejor manera para saltar el torniquete del metro sin pagar. Respeta. No eres más sabroso o más insípido que nadie. Eres un invitado, no lo olvides.

3.- No imites el acento de otro país.

Ten algo de dignidad.

 

Tomás Marín

Fotografía: Tomás Marín

 

 

Tomás Marín: Un escritor de historias atávicas y humores negros

Se define como un dramaturgo sin escenario, como un humorista que no sabe hacer reír; afirma que, a pesar de tener padres guapos, él salió esperpéntico. Le cuesta sostener la mirada. No se sabe, a ciencia cierta, cuando está diciendo algo en serio. Estudió cine y, luego, comunicación social. Adora el teatro y el rock, se defiende con la guitarra distorsionada y con la batería. Casona, Brecht y Herrera-Luque son sus escritores favoritos. Le gusta más adaptar historias que crearlas desde cero: “la idea es que el espectador/lector, al cerrar la página o al salir del teatro, sea un poco más culto, haya aprendido algo nuevo”. No es creyente, asegura que le da igual que exista o no exista Dios: “el gran logro sería que la tolerancia nazca desde adentro, no por temor al karma o a un castigo supraterrenal”.

En 2015, editó “En caso de infierno, rompa el libro”, una serie autoproducida de monólogos conceptuales basados en novelas clásicas (hay influencias que van desde “Los renglones torcidos de Dios”, de Torcuato Luca de Tena, hasta “El extranjero”, de Albert Camus), en personajes históricos y en experiencias personales. La obra, que se puede conseguir en Amazon, tuvo poca promoción y pocos ejemplares que, según el autor, “fueron comprados por lástima pero, algún día, serán invaluables”.

Aparte, ha escrito distintas piezas teatrales. De la que más orgulloso está es de “La historia fracturada”, que narra, en diez retablos, la travesía de tres amigos (entre los que él mismo se incluye) que participan, con infinita ironía y pesimismo, en varios de los sucesos más importantes de la historia contemporánea venezolana, pasando por los golpes de estado de 1992, la llegada del monopolio petrolero y la diáspora que, hasta hoy, sigue separando familias en un país desangrado. Otras creaciones son “El disturbio azul”, que relata la hazaña de Louis Blériot al cruzar el canal de la Mancha, y “La revolución será cruel”, que extrapola, en una cena de sociedad, la rebelión que llevó a María Antonieta y a Luis XVI a la guillotina.

Es abstemio, no fuma y no consume drogas: “mis únicas adicciones son el azúcar y las gotas para la nariz”. Camina por la ciudad para buscar ideas y esquinas en las que mendigar en caso de que esas ideas fracasen. Tiene muchos proyectos en el tintero, que sueña con concretar hasta, un día, poder vivir de ello. Mientras tanto, funge como periodista, elaborando reportajes sobre artistas, exposiciones y actividades culturales, ansiando, pronto, estar del otro lado.

 

J.E.

 

 

 

El loco Batuta

Enrique se baja de un Impala brillante que, con vidrios polarizados, se estaciona, parsimonioso, en medio del patio norte del Colegio San Ignacio. Carga un bulto negro, de los Power Rangers, que da la impresión de ser más grande que él. Se acerca a la ventana del piloto y, con un beso en cada mejilla, se despide de su padre. El vehículo arranca, como en un estado de apuro y de lucha contra el retraso. Enrique lo sigue con la mirada, como una víctima del pánico que, irónicamente, ve escapar su único medio de huida. Nota, al caminar, una trenza desamarrada; torpemente la amontona dentro de la bota Timberland. Prosigue su trayecto. Se aferra, con sus pulgares, a las agarraderas del morral.

«Quiero que le den la bienvenida a su compañero nuevo, Enrique», dice Liliana, maestra obesa y malencarada, invitando al muchacho a levantarse y a presentarse. Enrique está rojo, no sabe hacia donde mirar. Intenta, sin éxito, entrelazar los dedos frente a su pecho. El salón, curioso, guarda silencio y apunta, con todos sus ojos, al recién llegado. Luis, con su camisa por fuera y con su cabello de indígena, arroja la primera piedra: «¡miércoles!, ¡qué flaco es!, ¡parece una batuta!». Todos rompen en carcajadas. Liliana llama la atención sin evitar una sonrisa cómplice al comentario. «¿Qué es una batuta?», pregunta, ingenuo, el gordo Lezama. «¡Qué imbécil eres! —le responden, gritando, desde el otro lado—. Es el palo que usan los directores de música». Enrique se mantiene mudo, estar allí es un infierno. «Hola, soy Enrique —finalmente logra articular—. Soy de los Valles del Tuy». «¿Y eso dónde es?», inquiere Lezama. «No sé». Burla general, etiqueta indeleble.

Batuta (ninguno de sus compañeros lo volvió a llamar Enrique) desayuna solo sobre una piedra blanca adyacente a la efigie calcárea de la virgen. Bebe de un termo cuya tapa de plástico se puede utilizar como taza. Le despoja a un sándwich su vestimenta de aluminio y, antes de comerlo, lo observa, fijamente, durante algunos minutos. No presta importancia a los niños de su alrededor que, a balonazos, juegan a ser el Real Madrid y el Barcelona. Es meticuloso en armar y desarmar los elementos de su lonchera.

Mónica, la psicopedagoga cuarentona, de pelo cobrizo y lentes de pasta gruesa, irrumpe en el aula con saludo y simpatía de protocolo, solicita a Batuta, le tiende la mano con compasión infinita, de ésas que hacen ósmosis en la capa profesional. Ambos salen, uno al lado del otro, mientras aparecen, progresivamente, los juicios y los cuchicheos. «Batuta tiene que estar mal de la cabeza —alega Luis—. Ese chamo es demasiado raro». «¡Luis! —salta Liliana—. No digas esas cosas, vamos a continuar con la clase».

Veo a tu mamá llorar, Batuta, una mañana en la que, buscando unas circulares (cumpliendo mi función de delegado semanal), paso frente a la puerta entreabierta de la oficina de Mónica. Percibo que algo anda mal, que una pieza no encaja y que nadie se ha dado cuenta. Mónica, con su mano de uñas largas, hace señas para que me vaya, para que respete la intimidad de un conflicto que no logro entender aún. Prefiero no pensar en eso y me distraigo contando las hojas que, haciendo llamado a los representantes, invitan a una reunión con motivo de los patrulleros escolares.

Estoy tomándome, sentado en la redoma pequeña, un Toddy envasado en un mini tetra-brick que trae adherido un pitillo flexible. Te me acercas y me preguntas si puedes comer junto a mí. Mi gesto te invita a tomar asiento. Abres la lonchera, que sólo trae una rebanada, envuelta en plástico fino, de queso Facilistas; lo picas, te lo comes. Hablamos por primera vez. Me explicas lo que es la palabra “esquizofrenia”, me confiesas que sufrir de eso ha colocado muchos obstáculos y sufrimientos en tu vida. No hallo consuelo para darte, ignoro las bases y consecuencias de lo que padeces. Aún así, nos hacemos amigos.

Voy a conocer tu hogar, un apartamento ubicado en un edificio de Parque Central. Jugamos Nintendo, nos intercambiamos el control para ayudar a una bolita rosada que va comiéndose a los enemigos y combinando poderes. Agarras un balón Tamanaco de fútbol que ya no aguanta más suciedad y comienza a soltar costuras. Me dices para ir a jugar fútbol a la calle. Bajamos por el ascensor que, con el espejo repleto de cartas correspondientes a la asociación de vecinos, va dando tumbos hasta llegar a la planta baja. A veces tú eres el portero, a veces yo lo soy; sudamos, nos manchamos de tierra. Descansamos comiendo dos helados Semáforo que hemos comprado a un haitiano que pasaba por allí sonando campanillas.

“El loco Batuta”, te llama todo el mundo. Te rodean en espirales para burlarse de ti. Mi cobardía sobrepasa mis ganas de defenderte, no me atrevo a poner mi mejilla a tu favor; así me resigné a que nunca llegaría a hacer algo importante con mi vida, a que mi indolencia me hará morir como un infeliz fracasado. Nunca respondes la ofensa, Batuta, la herida de los niños malos no te causa dolor ni ira evidente. A los empujones que te hacen caer al suelo los recibes como algo merecido.

Tus padres se enteran, forman un escándalo en los pasillos de tercer grado que, décadas después, la gente aún comenta. El personal docente está en shock, no está programado para que la gente le estrelle verdades a la cara. Los alumnos (mira qué bravos son ahora) están aterrados. Una secretaria amenaza con llamar a la policía. Es la última vez que te veo vestido de estudiante. Cuando las aguas retoman un curso más calmado, tu papá te carga hacia el carro, te mete por la misma puerta donde, meses atrás te vi salir por primera vez. Irónicamente, comienza a llover.

Me reconoces en Madrid, Batuta, después de casi quince años, caminando frente al Museo de Ciencias Naturales. Damos una caminata que nada arrastra, una caminata de dos seres tímidos. Pasamos por Matadero, nos distraemos con una exposición de artesanía internacional. Me invitas a una copa de vino, que acepto. Buscamos algún bar cerca de la Latina. “La Cabra en el Tejado”, entramos. La copa de vino se convierte en dos botellas que nos embriagan en una tertulia larga. Me atiborras a cuentos negros sobre tu vida, a sucesos que helarían hasta a Agatha Christie. Los fines de semana, el doctor, comprobado por un parte médico que me muestras, te deja salir. En teoría no puedes ingerir alcohol, pero la vida es muy corta, Batuta; sobre todo cuando tus ojos drenan y descargas tu rabia con un golpe a la barra que hace dar un sobresalto a la mesera.

El mundo es muy loco, Batuta, tú pareces el único cuerdo.

T.M.