A mí me gustaría tanto ser embajador de algún país bonito

Hay una historia curiosa que habla de un empresario de Caracas. Este empresario era el dueño de una compañía de seguros. Durante años le fue bastante bien. Antes de que llegara el comunismo. Las compañías de seguros eran un buen negocio. Estar asegurado era coherente porque no era tan probable que te pasara algo. Pero con el comunismo brotó la delincuencia. Y de repente comenzó a ser muy probable que te mataran. O que quedases herido o mutilado. Por eso las compañías aseguradoras ya no cubrían casi nada. Ya nadie las quería. Y por eso muchas se fueron a la quiebra.

La compañía de seguros de este empresario fue una de las que fue a la quiebra. Pero él había quedado con un buen capital. Tenía una buena cantidad de dinero para invertirla en algún otro negocio. Pero no era buena idea invertir en negocios en Venezuela. Invertir en comunismo nunca es una buena idea. La tierra no es fértil para los negocios. Todo puede fracasar. ¿Qué hacer con ese dinero entonces? El dinero se depreciaba y se depreciaba. Cada vez valía menos. Había que hacer algo rápido con el dinero.

Había alguna razón (razón que desconocemos) por la que el empresario que mencionamos no quiso hacer negocios afuera. Creemos que era uno de esos patriotas medio ridículos que estaban convencidos de que Venezuela era el mejor país del mundo. O estaba solicitado por ciertas autoridades internacionales a razón de un negocio medio turbio. No se sabe. El hecho es que decidió que actuaría en Venezuela. Invertiría ese dinero (aunque no sabía cómo) en Venezuela.

Hay una horrible máxima que dice: “Si no puedes con el enemigo, únetele”. Esto fue lo que aplicó el empresario de nuestro cuento. El enemigo era el gobierno. Y él decidió que sería buena idea aliarse con el gobierno. Es cierto que las políticas comunistas del gobierno habían llevado a la quiebra a la aseguradora de este empresario. Pero también es cierto que este empresario tenía historial limpio con el gobierno. El gobierno no le tenía puesto el ojo encima. Se había “portado bien”.

El empresario no tuvo otra idea que organizar una especie de cena/fiesta para los altos jerarcas del gobierno. Diosdado Cabello. Jorge Rodríguez. Cilia Flores. Nicolás Maduro. La cena sería en la casa que el empresario tenía en el Country Club de Caracas. Era una casa inmensa. Tenía piscina y un hermoso jardín. Tenía un cine (con todo y asientos) para la casa. Era realmente un lugar hermoso. Tenía una gran fachada color auyama que tenía el nombre de la casa en letras moldeadas en metal cursivo. “Quinta La Habanera”.

El empresario comenzó a soltar dinero para la cena. Contrató a la agencia de festejos MAR. La agencia de festejos MAR era la más lujosa agencia de festejos de Caracas. El empresario pidió todo el combo. Mesoneros elegantes (vestidos con trajes blancos y lacitos negros). Mesas repletas de tentempiés a todo lujo. Caviar y paté. Quesos importados. Whisky 18 años. No puedes servir un whisky menor de edad en una cena dedicada a la alta jerarquía socialista del pueblo. El paladar de Diosdado es muy exquisito y no acepta sinvergüenzuras.

El empresario también mandó a llamar a una orquesta bastante alegre. A una orquesta que tocaba música con muchos instrumentos. Ya se sabe que a Maduro le gusta bailar. Y no se puede poner a bailar al presidente de la república con la música de una miniteca. La orquesta cobró un dineral. El whisky costó un dineral. La agencia de festejos cobró un dineral. Pero todo era poco para agasajar a la alta dirigencia del PSUV. Nada podía salir mal. Nada. Nada.

El empresario se dio cuenta de que había gastado casi todo su dinero en aquella fiesta. Era una auténtica locura. Un lujo total. Incluso había mandado a bordar una inmensa bandera en relieve con la cara de uno al que llamaban el “Comandante eterno”. Pero al empresario no le preocupaba mucho el haber gastado casi todos sus grandes ahorros en esa fiesta sin parangón. Él lo consideraba una inversión. Él quería hacer negocios con aquellos dirigentes. Él quería chupar de la ubre socialista. Él quería enchufarse a pesar de que había sido opositor. Enchufarse es un buen negocio. Aunque un poco falto de escrúpulos.

Y así llegó el gran día. Las Grand Vitaras y las Hummers se amontonaban en las calles del Country Club de Caracas (que habían sido cerradas previamente). Los grandes jerarcas llegaban acompañados de sus interminables guardaespaldas. No se sabía si Diosdado y Maduro irían. Pero terminaron yendo. Y comieron bastante. Diosdado se echaba unas rascas orgiásticas dignas de contar. Maduro no tomaba mucho. Pero Maduro comía como un esmeril industrial. Delcy Rodríguez quería echar un pie. Pero nadie quería bailar con ella.

El empresario consiguió apartar un poco a Maduro. “Señor presidente. A mí me gustaría tanto ser embajador de algún país bonito”, le dijo. Maduro se rió y movió sus grandes mofletes. “El que me ayuda, siempre sale beneficiado”, dijo el presidente. “Nos queda una vacante en la embajada venezolana de Viena”, dijo. El empresario no podía estar más feliz. Bailó más contento que nadie. Bebió más contento que nadie. Lo nombrarían embajador. Así de fácil te nombraban embajador en la Venezuela socialista.

“Nos vamos para Viena”, le dijo el embajador a su esposa. Su esposa era una señorona muy aseñoreada. Estaba contenta. En Viena hay buenas tiendas. En Viena se puede caminar tranquilo. No como en la porquería de Caracas. Y más cuando todo está financiado por la gran ubre del gobierno. “Visitaremos a la Venus de Willendorf”, le decía la esposa del empresario al empresario. Faltaba una semana para partir a Viena. Irían en vuelo privado con pasaporte diplomático. Metieron todo lo que les cupo en las maletas y las dejaron bien hechas. Listas para partir.

Pero un inconsciente tuvo la idea de volar un dron en un desfile militar. El problema con ese dron es que estaba cargado con explosivos C4. Y el problema con ese dron es que logró estallar al lado del palco presidencial. El presidente había volado por los aires. Fue un magnicidio terrible. El poder fue tomado por una nueva gente. Una gente que no conocía al empresario que se enchufó en mal momento. La gente de Venezuela parecía celebrar. Pero el empresario lloraba con sus maletas hechas y su dinero perdido. Aunque aún sobraban algunos tequeños congelados para pasar el despecho.

Relato basado en el texto “El banquete”, del escritor Julio Ramón Ribeyro.

Anuncios

Lucía (o cómo salvarse de retruque)

A pesar de que hay muchos relatos, testimonios y crónicas sobre la emigración, no hay ninguno que realmente se enfoque en lo que sucede cuando el emigrante fracasa. Abundan siempre los casos de éxito, las fotos de venezolanos exitosos que, en su aventura en el exterior, lograron, con talento o con trampa, ganarse un lugar y un puesto. Salen en las portadas de revistas fresas como Todo en Domingo, con una sonrisa de oreja a oreja sosteniendo algún símbolo obvio y fácil relativo a la labor en la que se desenvuelven. Sosteniendo un batidor, con un gorro de chef, con una cámara, con un pincel, con una bata o muchas otras tonterías más.

Hay otro gran margen que no sale en los periódicos. Ése margen es el de los que, por una razón u otra (quizás por falta de talento o por falta de trampa), murieron (no literalmente) en el desierto de una esperanza que jamás llegó. Sueños que se secaron o se desplomaron por falta de dinero, de incentivos, de clientela, de visión o muchos otros factores más. En ese grupo me encuentro yo. Me encuentro y no me encuentro al mismo tiempo. Es un caso extraño. Una excepción a la regla. Más tomando en cuenta que el odio que le profeso a los chavistas es visceral. Pero las circunstancias saben dictaminar. Saben callar la boca hasta al más charlatán.

Obviaré todos los detalles clichés de mi despedida. La foto mariquísima en el piso de Cruz-Diez, la llorantina en el aeropuerto, el abordaje, la aduana y todas esas cosas que no vienen al caso por estar contadas una y otra vez en muros de Facebook o de Instagram. El viaje fue larguísimo, pero larguísimo larguísimo. Sentía que, en ese avión, podíamos fundar una república voladora. No era para menos. El destino era Australia. Yo no conocía a Australia más que por ciertos elementos clichés de las películas y un capítulo de los Simpson. Para mí, Australia era una suerte de selva semi-árida llena de canguros, de boomerangs, de nativos bailando alrededor de tótems y de cocodrilos gigantes.

No es que en Australia no haya todo lo que mencioné anteriormente, pero Sydney es una ciudad avanzadísima. Una cosa que no se puede creer. Las calles son preciosas, la gente es amable, se respira un ambiente fantástico. La noche es de cuento de hadas, las calles se iluminan y, desde muchos puntos de la ciudad, se pueden ver los bombillos multicolores de la ópera, uno de los edificios más brutales que se hayan construido alguna vez. Australia no parece de este planeta. Es una especie de fin del mundo, pero un fin del mundo muy bien hecho. Cuando llegué, sentí que me adaptaría fácilmente.

Uno de mis tres tíos, que era socio de mis otros dos tíos, me había encomendado la tarea de abrir una sucursal australiana de su negocio de mayoristas ferreteros. Ante la lógica pregunta de por qué Australia y no otro sitio más cercano, era un asunto de no sé qué contactos extraños que yo no conocía muy bien. Mi trabajo era abrir las vías económicas para que todo el proyecto pudiese concretarse en la menor cantidad de tiempo posible. No me enviaron por capricho. Mi tío confiaba en mí. Yo había sido una muy buena estudiante de administración en la Católica. Mis notas habían destacado siempre y pude graduarme con mención. Además, llevaba ya un tiempo trabajando en la milla de oro del Rosal, en el edificio de cristales azules donde está (o estaba, no lo sé) la valla de Bancaribe.

La idea me encantó desde el primer momento. Sería la oportunidad ideal de poder iniciar un máster o un buen curso orientado hacia alguna de las destrezas que mejor se me daba. Siempre tuve una facilidad para los números y para los cálculos. Me dio bastante tiempo a preparar todo. A llevar todo lo que hacía falta. No es que llevara tantísimo efectivo. Tenía lo suficiente para vivir bien un par de meses, tiempo más que suficiente para cerrar todo, evaluar las producciones, dar inicio y mandar las transferencias. A pesar de que Venezuela es un país en crisis, sigue habiendo oportunidades para las personas que saben cómo moverse (y que disponen de divisas).

Al principio, no había nada que no fuera dentro del renglón. Dos veces al día había que reunirse con unos hombres toscos, panzones pero muy simpáticos. En Australia no dejan de ser ciertos ciertos tópicos. Allá se bebe cerveza en unos vasos de cristal que parecen barriles. Allá beben cerveza durante las reuniones de trabajo, durante el descanso, durante la fiesta y durante los momentos para estar serio. Estos hombres conocían a mi tío por llamadas telefónicas, por Skype y por amigos de amigos. Ellos no estaban muy enterados de lo que sucedía en Venezuela. En Australia, Venezuela es el equivalente al otro lado del mundo. Se sabe que es un país tropical gobernado por una dictadura, que produce petróleo y no muchas otras cosas. Tampoco es que sea una nación para indagar mucho más, realmente.

Me llamaba la atención que, a pesar de las reuniones, el negocio estuviese tardando tanto en cerrarse. Aún faltaban, supuestamente, algunas cosas burocráticas. Los hombres, sin soltar sus grandes vasos de cerveza y estremeciendo sus espesos bigotes castaños, me decían que no me preocupara. Yo confiaba en ellos. ¿Quién, con ese candor, puede ser un hijo de puta? Mi tío comenzaba a impacientarse. “Mosca con una vaina”, me decía. “Tú sabes que yo te quiero mucho, sobrina. Pero negocio es negocio. Y los negocios se respetan”, me advertía. “No te preocupes, tío”, le respondía yo por teléfono. “Es un asunto tonto de oficina el que falta. Esto es Australia. No es Venezuela”, lo tranquilizaba.

No me hubiese dado tanta mala vida de no haber sido por un detalle. El dinero comenzaba a escasear. Aún podía vivir bien, pero todavía no tenía el relevo monetario del negocio para pagarme alquiler, comida, diversión y esas cosas. Ya, a veces, varios de mis amigos me tenían que brindar. Yo les decía que les pagaría. Al fin y al cabo, el fulano negocio se cerraría pronto. Los australianos (al menos los de Sydney) son gente muy abierta. La dueña del apartamento en el que yo vivía, confiaba en mí. Sabía que yo era una muchacha seria, responsable y bien organizada.

Se perdió la paciencia. El dinero se agotó. Mi tío se desesperó. Los hombres de las cervezas y los bigotes cada vez aparecieron con menos frecuencia. Nos habían estafado. El gobernación de Sydney no sabía responder. Era un caso “único” por las circunstancias en las que fue dado. Mis otros dos tíos me llamaban de emergencia. Ellos eran un poco más comprensivos. Se conmovían con mis lágrimas. Había fracasado todo. No había nada que hacer ya. Yo sabía que no tenía la culpa, pero, de todas formas, trataba de defenderme. ¿Qué coño iba a hacer yo ahora?

Busqué, como pude, un trabajo de emergencia. No sabía nada. No había nada. Al menos, sabía hablar inglés a la perfección, pero todos me decían que los puestos estaban llenos. Algún que otro café me contrató por días, sirviendo comida y cervezas en los tarros grandes de cristal que asemejaban a barriles (como en los que tanto bebían los hombres que nos estafaron). Yo distribuía la plata como podía. Compraba frutas, que trataba de hacer rendir para las tres comidas. De vez en cuando, compraba un litro de leche, que allá es barata. Me hospedaba en un hostal medio de mala muerte e intentaba evitar las llamadas de mis amigos y, sobre todo de la dueña del apartamento en el que yo vivía, que, aunque no dejaba de ser amable y más o menos comprender mi situación, necesitaba el dinero, que era el pan de sus hijos.

Yo, al menos, quería para el pasaje de regreso. Mis padres estaban atados de pies y manos. Mi tío no quería arriesgar más capital conmigo. Pienso que él sospechaba que yo lo estaba jodiendo. Yo le escribía, pero me respondía con evasivas. Él peleaba con mi mamá. Peleas de hermanos en las que se sacan todos los trapos sucios de años anteriores, pero yo seguía sosteniéndome como podía. Alguna señora rubia me dejaba cuidarle a los hijos mientras ella iba a trabajar. Poco a poco, con más o menos fortuna, podía, al menos, sobrevivir. Pero no estaba bien del todo. Los amigos que había hecho en Sydney me evitaban. Algunos me seguían escribiendo, pero porque el queso se los comía. Me acordaba mucho de esas frases clichés que hablaban sobre quiénes son tus verdaderos amigos y esas estupideces.

Toqué fondo. Tenía días sin trabajo. Me tocó dormir una que otra noche en un banco de plaza. Llegué hasta el aeropuerto con un cartón pidiendo plata. No quería que mi familia se enterara. No quería que nadie se enterara. No quería que una página de mierda como DolarToday o La Patilla publicara mi historia con un titular en mayúsculas y un texto con mala sintaxis sobre los venezolanos que están pelando bolas afuera. No quería que en la foto de ese titular saliera mi cara. Al fin y al cabo, yo sólo estaba ahorrando para regresar. Todo volvería a la normalidad. Un fracaso lo tiene cualquiera. A cualquier persona la pueden estafar en un país que está a miles de kilómetros de casa.

Un día, en el aeropuerto, había una chama preciosa con unas maletas gigantes. Estaba sola. La chama tendría un poco menos de mi edad. Tenía los ojos claros. Tenía el pelo medio ondulado. Tenía pinta de surfista medio marihuanera, pero sin dejar de ser sifrina, como de hippie de Country Club. Hablaba por celular con acento venezolano. Aunque hay muchos venezolanos en Australia, yo jamás había topado con uno desde que había llegado. En una de ésas, a la chama se le atoró la maleta en una especie de rendija que había en el piso. Ella era mínima en comparación con la maleta. Estaba sola pariendo tratando de destrabarla. Era como si nadie más la viera.

Me guardé mi vasito con monedas (y uno que otro billete). Lo escondí mientras iba a ayudar a la chama. Me acerqué a ella y, entre las dos, destrabamos la maleta. Ella me dio las gracias en inglés. “¿Tú eres venezolana?”, le pregunté. Siempre odié esa pregunta. Me daba como cierta repulsión. “Sí. ¿Cómo sabes?”, respondió ella. Nos quedamos hablando un rato. Un buen rato. Ella había llegado desde Europa. Vivía allí, en Sydney. Yo no me acuerdo qué historia le inventé. Me daba miedo espantarla con mi verdadero caso, decirle que yo había fracasado en un negocio y que estaba literalmente pidiendo dinero a las afueras del aeropuerto. Intercambiamos teléfonos. Habíamos hablado durante casi media hora. Era como si ella no tuviese nada que hacer o nadie la estuviese esperando.

Ella se llamaba Lucía. Nos hicimos panas, muy panas. A veces, ella me invitaba a comer a su casa. Yo había mejorado un poco en lo respectivo a trabajos a medio tiempo y esas cosas. Entre cuidar bebés, pasear perros y servir cervezas, poco a poco me sostenía. No pasaba hambre, ni frío ni calor. Igual seguía ahorrando para el pasaje. Con la confianza, yo le dije la verdad. Ella me ayudó sin pensarlo dos veces. Tenía demasiada plata. Un día me dijo, medio borracha, que la perdonara por ser la hija de Jorge Rodríguez. Yo, un poco ebria también, no asimilé el tamaño de eso. Odiaba a los chavistas a muerte, pero ella había sido tan buena conmigo. Me daba detallitos. Era atenta. Me recitaba poemas intensos con su acento mandibuleado. A veces, me decía que no le gustaba vivir sola, que le gustaba dormir a mi lado, tomada de mi mano, respirando cerca.

Los meses que estuve con Lucía, fueron maravillosos. Fueron fiestas, borracheras, porros, fogatas, tablas de surf y buena comida. Yo le decía a mi tío que lo del pasaje podía esperar. Él se extrañaba. Como que ya se le había pasado también la arrechera por el hecho de que lo habían (nos habían) estafado en Australia. Sabía que, tarde o temprano, tendría que volver. Pero yo estaría allí el tiempo que Lucía quisiera. Yo no tuve ni que trabajar más. Ella, cuando se iba a estudiar a la universidad, me dejaba, literalmente, un fajo de dólares australianos en una gaveta. Yo podía hacer con ellos lo que me diera la gana.

Ella se enamoró de un chamo y fue dejando de escribirme. Aún nos comunicamos de vez en cuando por Whatsapp, pero no pasa de un “Hola, chama, ¿qué tal?”. Creo que ya van para dos años juntos, o algo así. Lucía me regaló el pasaje para Caracas y me acompañó hasta el aeropuerto. Recuerdo que, antes de abrazarme y despedirme, me dijo: “¿Ves esa grieta de mierda? Ahí nos conocimos”. Yo estaba que hacía pucheros. Pocos meses después, la vi en un video viral, caminando por una de las playas de Australia que solíamos frecuentar. Una chama, con una cámara de celular, le reclamaba y le hacía escrache. Yo hubiese hecho lo mismo si no la hubiese conocido como la conocí.

 

T.M.

Facebook.com/LaCantarida

Relato inspirado en la Novela tercera de la Jornada segunda de la obra “EL Decamerón”, de Giovanni Boccaccio.

 

 

 

 

El cabello del doctor (o cómo sobrevivir a un linchamiento)

En Pinto Salinas, una de las barriadas más singulares del planeta, se conserva un mechón de cabello de José Gregorio Hernández, médico venezolano ilustre al que se le atribuyen poderes milagrosos. José Gregorio, luego de estudiar mucho y dedicar su vida al cuidado y la atención de los más pobres, murió arrollado por un coche en un curioso accidente. Su imagen, con el pasar de los años, se ha idolatrado y sus estampas y figurillas son veneradas tanto por creyentes cristianos como por personas asociadas a las prácticas de magia negra y brujería.

El mechón de cabello en cuestión, tiene casi cien años de antigüedad. Aún mantiene su color negro. Reposa en una capilla improvisada donde se pueden tocar algunos filamentos. Cada día, sobre todo los fines de semana, cientos (y en ocasiones, hasta miles) de personas, se acercan a la pequeña capilla y se amontonan en fila o en tumultos para tocar el mechón de cabello, pedirle favores y agradecerle por buenas venturas. Es una de las manifestaciones más autóctonas de Pinto Salinas. Infinidad de enfermos, de paralíticos y hasta de convalecientes aseguran que , luego de tocar los cabellos, se han librado de sus males y de sus dolencias.

Pepe, Manuel y yo llevamos varios años a la cabeza de un pequeño grupo de teatro itinerante. Nuestras actuaciones siempre se han caracterizado por utilizar la sátira y la iconoclasia. Nunca fuimos personas creyentes. Nuestros números eran cotizados en ferias de distintos pueblos españoles y generaban risas entre los espectadores, a veces muchos, a veces, pocos. Nunca fue cosa que nos interesara mucho. Lo hacíamos simplemente por divertirnos, y por ganar algunas monedas. La vida de juglar es realmente muy agradable.

Por intercambios culturales que no vienen al caso, nos tocó actuar durante dos semanas en Venezuela, en el marco de un festival de las artes organizado por el gobierno del, para ese entonces, recién electo presidente Nicolás Maduro. Nosotros acudimos encantados. Siempre simpatizamos con propuestas políticas, económicas o sociales que le planten cara al sistema capitalista. Nos habían preparado varios escenarios en distintos lugares. Algunos de ellos realmente pobres y descascados. De todos modos, no precisamos mucho para nuestros performances.

Tras terminar nuestra rutina en un sitio que, si mal no recuerdo, se llamaba La Hoyada, se nos acercó un candorosa chica de piel morena. Nos felicitó por nuestra actuación. Nos invitó a unas “Polar” (que es la cerveza por antonomasia de Venezuela y, honestamente, una de las mejores que he probado en mi vida). Estuvo charlando con nosotros hasta altas horas de la noche en uno de los pocos bares abiertos que había allí. Terminamos siendo buenos amigos. Algunos venezolanos son personas realmente generosas y encantadoras. La chica nos dijo que administraba un diminutísimo proyecto cultural teatral circense en la barriada de Pinto Salinas, donde vivía. Nos sugirió la idea, casi como un favor, de hacer una actuación allí, para los vecinos. Nos advirtió de que no habría dinero para pagarnos. La economía, tengo entendido, no estaba en su mejor momento. Nosotros aceptamos encantados. Aún faltaban tres días para nuestro regreso a España.

En Pinto Salinas, en una suerte de callejuela, improvisaron un pequeño tablado con cajas viejas de madera y cajas plásticas de cerveza. Los espectadores, vestidos todos con ropas casi deshilachadas, se sentaron a nuestro alrededor. Obtuvimos pocas risas, pocos aplausos. Sentí que ha sido una de las peores actuaciones de nuestra carrera (por llamarlo carrera). Era como si la gente no entendiese lo que hacíamos. Estaban como enfocados en otras cosas, en otros miedos, en otras preocupaciones. Nos bajamos un tanto decepcionados. La chica, la amiga que nos había invitado, nos llevó a comer algo para pasar el “despecho”.

Allí fue que vi por primera vez a la gente amontonada alrededor de la pequeña capilla. Muchos se empujaban, gritaban y se insultaban. Un joven, con una muleta, afirmaba que estaba más sano que un roble. No nos costó mucho enterarnos de toda la historia que giraba alrededor de la parafernalia. Nuestra amiga nos explicó, con lujo de detalles, lo que ya he reseñado arriba. Pinto Salinas es una barriada de gente muy devota, muy fanática. Nos picó, de todas formas, por más que fuésemos iconoclastas, el gusanillo de la curiosidad. Quisimos ver el famoso mechón de pelo que convocaba más público que todas nuestras actuaciones juntas.

Entrar a la pequeña capilla era prácticamente imposible. La marea de gente parecía que crecía cada minuto. De nada serviría decir que éramos extranjeros, que éramos turistas o que éramos invitados. Manuel, quizás el más irreverente y arriesgado de nosotros tres, tuvo una idea que, en ese momento, nos pareció fantástica. Era tan poca la gente que nos había ido a ver en la tarima, que nadie nos conocía. Dijo que fingiría estar tullido y necesitado. Su acento español jugaría a su favor e inventaría que había viajado desde Madrid exclusivamente para tocar el mechón de cabello del doctor José Gregorio Hernández. Era un plan infalible. Fantástico.

En unos pocos segundos, Manuel parecía un auténtico menesteroso. Se había encorvado de tal forma que era imposible pensar que estaba actuando. A nuestra amiga, que se reía, le parecía algo divertido. Ella nunca había sido ni muy devota ni muy fiel. Una jugarreta. Una pequeña inocentada a una barriada tranquila. Además. así tendríamos acceso V.I.P. para ver “el milagro”. Pepe y yo tomamos a Manuel entre los dos. Él, supuestamente, no podía ni caminar. Al contar nuestra coartada, la gente, con la mirada conmovida al ver a Manuel, rápidamente nos abrió paso. El plan había funcionado perfectamente.

Luego de tocar el cabello, Manuel, poco a poco, fue estirando los dedos y las piernas. Con torpeza pero con una maestría actoral, poco a poco fue caminando. La gente comenzó a dar gritos de júbilo, a aplaudir, a llorar. Manuel, rebalsando un poco el vaso gota a gota, dio un discurso de agradecimiento. Algunas señoras lo abrazaron y lo besaron. Los vecinos estaban realmente conmovidos. Llegó mucha más gente que se amontonó, con más frenesí que nunca, para ver y tocar la reliquia más valiosa, más simbólica y más milagrosa del lugar.

Alguien, nunca supe quién fue (de todos modos, allí sólo conocía a una persona), delató a Manuel. Afirmó que, apenas unos minutos antes, lo había visto “hacer el ridículo como un pajúo” en un escenario improvisado en una calleja de Pinto Salinas. Dijo que nunca había estado tullido, ni enfermo ni necesitado. Que todo lo que había hecho lo había hecho para burlarse de la barriada, de la gente, de los vecinos y, lo más imperdonable de todo, de la memoria del Doctor José Gregorio Hernández. Poco a poco, el vocerío fue extendiéndose. Algunas personas comenzaban a mirar de reojo y con desprecio hacia nuestra dirección, sobre todo a Manuel. Comencé a ponerme nervioso. Tuve un presentimiento terrible.

“¿Te parece divertido, gallego hijo de puta?”, increpó un muchacho moreno, con cicatrices en la cara, a Manuel. Un coro de señoras mayores y de señores de mediana edad respaldaron el insulto. La violencia y la agresividad iban en aumento. Pepe y yo tuvimos la “fortuna” de pasar desapercibidos (por llamarlo de alguna manera). La capillita, de repente, se quedó prácticamente vacía. Todos los vecinos hicieron un semicírculo a nuestro alrededor, cerrado por una pared que tenía, casualmente, el rostro y el nombre del doctor José Gregorio Hernández hecho a Grafiti.

Vino el primer empujón. Vino el primer golpe. Luego el segundo golpe. Luego el tercer golpe. Yo me sentí en una representación tercermundista de un auto de fe, sólo que éste ni siquiera tenía reglas. Luego me enteré de que, en Venezuela, a eso lo llaman “cayapa”, el ataque, entre varias personas, a otra que está indefensa. Vino un bastonazo. Luego un intento de cuchillada. Otro empujón. Manuel cayó al suelo. Intentaba defenderse cubriendo su rostro, como podía, con sus antebrazos y sus piernas, en una especie de posición fetal. Su sienes y su nariz comenzaban a sangrar. Cada vez que pedía disculpas, la gente se enardecía más. Yo estaba tan nervioso que sentí náuseas. Si Pepe o yo corríamos a ayudarlo, o interferíamos de alguna manera, posiblemente correríamos la misma suerte. Una señora, aterrorizada, pedía a gritos que llegara la policía, pero la policía no llegaba, de hecho, jamás la había visto desde que habíamos llegado a Venezuela.

“Desnúdalo. Préndele candela. Métele un palo por el culo”, gritaba un señor enfiurecido, con una voz que, a fuerza de elevarse tanto, se hacía gutural y se quebraba. Algunas personas intentaban arrancar los ropajes de Manuel, quien seguía retorciéndose por el suelo con los golpes. Pepe y yo no sabíamos si llorar o correr. Sentíamos que cualquier movimiento nos delataría, que era cuestión de tiempo para que otra persona nos reconociera y gritara que nosotros éramos compañeros y cómplices del traidor. Por fortuna, muchos pensaban que, al haberlo cargado hacia el mechón de cabello, éramos un par de ingenuos más.

Un chico llegó con un envase lleno de gasolina y comenzó a rociarlo sobre Manuel. Venezuela es un país en el que la edad media sigue viva, sólo  que un poco menos civilizada. Me sentí un personaje de Stevenson intentado liberarse de una tribu de salvajes, de inhumanos, de sanguinarios. Los niños disfrutaban con el espectáculo, se reían con mala intención. Algunas chicas, con sus móviles, grababan todo en medio de carcajadas. Por fortuna, la policía llegó y, a fuerza de palazos, de gritos y de amenazas, disolvió el linchamiento. Manuel, bastante herido, fue trasladado, junto a nosotros, en la misma unidad hasta un hospital cercano (el más destartalado y sucio que he observado en mi vida). Tardamos varias horas en pasar el shock.

Regresamos a España. El gobierno venezolano jamás volvió a comunicarse con nosotros. Nunca nos preguntó si habíamos llegado bien, qué nos había pasado. Es como si, ante cualquier situación que pudiese perjudicarles, se silenciaran. Tardamos varios meses, mientras Manuel se recuperaba, en volver a actuar. Pero el tiempo es noble. El cuerpo también. Las heridas fueron sanando, aunque dejaron cicatrices y traumas que difícilmente se nos podrán borrar. Llegamos incluso a preguntarnos si valía la pena seguir en este mundo artístico, si no era momento de buscar un trabajo más estable que cerrara toda la posibilidad de regresar a Venezuela. Unos meses después, la chica que nos había invitado a las cervezas y a su barriada de Pinto Salinas, me escribió al Whatsapp. Sólo dijo, junto a una carita triste, “tú te lo buscaste”. No tuve ni ánimos ni ganas de responderle. A pesar de todo, retomamos el camino de los escenarios. Hacer teatro nos hace felices. Hemos madurado. Caracas, a pesar de todo, nos hizo madurar.

A veces hemos pensado en llevar esta curiosa (y casi fatídica) historia a las tablas. Hacer una representación sobre nuestros curiosos días en Venezuela. Miguel pareciera que ya ha superado todo. A excepción de unas pocas marcas que se ven de cerca, está como nuevo. Aún, en ocasiones, es el que más se lo piensa dos veces antes de cuestionar las creencias y las idolatrías de la gente, sobre todo en un lugar sin ningún tipo de ley ni de orden, sobre todo en la Latinoamérica fanática e intolerante que, cuando está de buenas contigo, es un lugar entrañable, cándido y fantástico. Pero, cuando está de malas, tiene los colmillos más filosos que alguna persona pudiese imaginar.

Seguimos siendo iconoclastas, aunque con un poco más de cautela. De vez en cuando, seguimos recibiendo invitaciones a actuaciones en países que desconocemos, aunque procuramos no improvisar tanto como lo podríamos hacer aquí. Mientras más desapercibidos pasemos, creemos que es mejor. Por fortuna, la anécdota en Caracas no tuvo una repercusión mediática que nos hiciera ver en todos lados como unos prepotentes intolerantes y sátiros. Es, quizás, la ventaja de que un gobierno tenga censurados y controlados prácticamente a todos los medios. Es un poco al estilo de “Lo que pasa en Venezuela, se queda en Venezuela”. Para la próxima vez que nos toque volver a tierras tan hostiles, hemos pensado en encomendarnos a lo que sea. Incluso al cabello del doctor José Gregorio Hernández que, en aquella ocasión, no nos ayudó mucho que digamos.

 

T.M.

Facebook.com/LaCantarida

Relato inspirado en la Novela primera de la Jornada segunda de la obra “El Decamerón”, de Giovanni Boccaccio.

 

Un maldito 23 de enero

Un 23 de enero, hace ya hace sesenta años, Venezuela iniciaba una espiral de decadencia que jamás se detendría. Marcos Pérez Jiménez, timonel del más progresista, efectivo y ordenado gobierno que ha conocido la historia republicana, se marchaba del país en aquel avión legendario bautizado como “La vaca sagrada”. Los militares, armados y sofocados por el poco oxígeno que se le daba al nepotismo, a la vagancia y a la corruptela, se alzaron y triunfaron. El pueblo, ya pasado el peligro y enterado del hecho gracias a los medios masivos de comunicación, salió a la calle a celebrar un ensayo de libertad impreciso y paradójico. La historia, esa guionista genial y aleccionadora, comenzaba a redactar un nuevo y negro capítulo.

Los venezolanos, a fin de cuentas más aficionados (en su gran mayoría) a las dádivas y a las migajas que al trabajo y al progreso, se endosaron una “victoria” que jamás les perteneció. Muchos analistas, historiadores y periodistas, cómplices de la mediocridad y amigos del status quo, se llenaron las bocas y las plumas hablando de un supuesto “bravo y valiente pueblo”. Muchos de los más cercanos colaboradores del derrocado gobierno, volviendo las espaldas al pasado y lavándose la cara, salieron a escena para encajar, como fuese, en ese nuevo pastel que se hacía llamar, a sí mismo, democracia. La urbanización “2 de diciembre”, ambicioso proyecto habitacional caraqueño inspirado en uno de las más célebres edificaciones del reconocido arquitecto suizo/francés Le Corbusier y concretado por Pérez Jiménez, se rebautizó, con toda la desfachatez, mala intención y falta de memoria, “23 de enero”.

El bipartidismo, esa incongruente marea blanquiverde, demagoga y populista, comenzaba su errática andadura. Cuarenta años, de promesas, desfalcos y jingles pegadizos, bastaron para parir a la más sangrienta, diabólica y macabra dictadura que, aún hoy, seguimos padeciendo como consecuencia directa de una “alternativa” a Acción Democrática y COPEI. La infraestructura que había quedado pendiente por hacer, en el marco del Nuevo Ideal Nacional, jamás se terminó en su totalidad. Las grandes obras, que permitieron una expansión nunca antes vista, se fueron dejando corroer a pesar de su valía y su utilidad. El pueblo, cada vez menos bravo, menos valiente y más conformista, le fue agarrando el gusto a la crapulencia.

Muchos irresponsables, aún hoy, continúan viendo el 23 de enero como una fecha de celebración cuando, fácilmente, ésta podría ser considerada como la jornada más negra en la historia de un país que, similar al errante pueblo judío de los testimonios antiguos y contemporáneos, está condenado a padecer. Venezuela, ciega de vanidad, no sabe, ni ha sabido, ni sabrá otorgar su justa importancia a las oportunidades que, con poca frecuencia, naturalmente, se presentan. Algunos nostálgicos, incluso sin vivir la década de los cincuenta, sienten cierta aprehensión hacia un recuerdo que, mientras continúa desatándose el infierno de nuestro presente, se va puliendo más y mas. 60 años, más malos que buenos, políticamente hablando, han transcurrido y la lección sigue sin aprenderse. La prepotencia y el facilismo, los dos talones de Aquiles del “soberano”, nos siguen costando lágrimas, decepciones y heridas.

Tomás Marín.

 

 

 

De cómo Barbanegra se volvió Barbanegra; por Tomás Marín

La señora Cándida, protegiendo sus ojos del sol con la ayuda de la palma de su mano, lleva más de una hora y media esperando en la cola; no tiene mucha esperanza, pero la desabrida consigna de “Protesta con tu voto” la hizo salir de su casa y querer contribuir, aunque sea con un granito de arena, a la utópica causa democrática. Una gorda cincuentona, con el pelo pintado y uniforme de la milicia, grita y disfruta arreando a los ciudadanos que ya ejercieron sugfragio; pretende maquillar, con su “autoridad”, su perenne complejo de ser una nadie, de tener el papel de una miserable y prescindible rueda dentada en el cada vez más sólido e impermeable engranaje dictatorial.

Dos guardias nacionales, larguiruchos y con los rostros moldeados por las muecas del hambre, llevan a rastras a un raterito que quiso hurtarle el celular a una doña encopetada; algunos espectadores aplauden el espectáculo y se sienten orgullosos. El estado general de ánimo, que otrora fuera euforia y esperanza de victoria, hoy está alicaído y marchando por mera inercia; el gobierno ha cumplido a cabalidad su objetivo a largo plazo de ahogarnos con su éter, de dejar en claro que él y sólo el controla y tiene todas las llaves.

Ramos Allup, ya con la máscara caída y con la vena de adequismo oportunista hinchada en su faz de viejo roedor, publica un artículo de opinión en el que se propone convencer a cuatro incautos de que ir a las urnas es la decisión más sabia; fantasea y se regodea porque sabe que es muy probable que él será el candidato presidencial de la farsa electoral de 2018. Durante los sanguinarios e inolvidables meses de las protestas, más de 120 venezolanos fueron a las urnas (y no precisamente a las del CNE) porque, en su desespero, creyeron en la llamada a la calle orquestada por una dirigencia que, no conforme con sacrificarlos, negoció sus vidas con el enemigo a cambio de cinco gobernaciones.

Ayer hablaba por teléfono con Ninoska, una amiga de Caracas. Comentábamos, entre mucho delay e infinita amargura, sobre el hecho de que, si pudiésemos viajar en el tiempo hasta 1998 y advertir de todo lo que ocurriría después, nadie nos creería; nos llamarían locos, exagerados e intensos. Hasta hace algunos meses, se podía decir que en Venezuela había dos fuerzas que competían, que disputaban (aunque injustamente). Hoy, el chavismo es la fuerza única. La “oposición”, por estúpida, por torpe, por avara, por demagoga, por farandulera, se desintegró y entregó la cabeza del país (al igual que el mito de Salomé y Juan el Bautista) en bandeja de plata.

Nos bombardearon por ambos flancos, el rojo y el azul, y nos destrozaron. La batalla se hundió porque nuestros propios capitanes (al igual que hizo Barbanegra con el Queen Anne’s revenge para quedarse con el tesoro) perforaron la flota. A mala hora descubrimos que no eran más que corsarios y filibusteros que nos obligaron a caminar por la borda hasta caer al mar. Ellos se quedaron con el botín, ellos incendiaron nuestra labor e izaron el pendón negro de las tibias y la calavera. La señora Cándida no quiere volver a salir de casa más que para trabajar y sobrevivir mientras el buque, herido de muerte, naufraga. No quiere darle su voto al chavismo, llámese PSUV o Mesa de la Unidad.

Tomás Marín

Top 10 chavistas más odiados

Sus manos se han bañado con abundante sangre, con riquezas incalculables y con mucha (pero mucha) cocaína. No pueden salir a la calle sin cristales blindados o siete anillos de escolta especializada. Son seres deleznables que están solicitados, como criminales peligrosos que son, por los más respetados organismos de seguridad internacional. A pesar de que nadie los quiere o los admira, ellos están orgullosos de despilfarrar dinero y violar derechos humanos fundamentales. He aquí los diez chavistas más odiados por criollos y extranjeros.

Diosdado Cabello.

Es la viva y clara imagen del cerdo Napoleón que describía el autor George Orwell en su aclamada novela “Rebelión en la granja”. Muchos afirman que es el verdadero e indiscutible titiritero que mueve, a su antojo, los hilos dentro de las filas del oficialismo. Carismático, amenazador e implacable, Diosdado Cabello conduce, con la misma habilidad y gracia, tanto su programa semanal “Con el mazo dando” como el Cartel de los Soles, compleja organización dedicada al tráfico de drogas duras. Ha fungido como gobernador, como vicepresidente, como presidente interino y como diputado. Sus arcas en el extranjero, siempre repletas, son de reconocida fama.

Cilia Flores.

Mujer de rostro siniestro, de gestualidad nula y de pocas palabras. Se le distingue como la sombría e inquietante cónyuge del Presidente Nicolás Maduro. No responde preguntas, no se presenta sola. Su carácter, siempre impasible, la convierte en en todo un personaje pesadillesco que pareciera haber surgido de una cinta de Murnau. Sus famosos sobrinos, que aparecieron en todos los medios, fueron capturados, procesados, juzgados y condenados por el transporte, en avión privado y con pasaporte diplomático, de 800 kilos de cocaína de alta pureza.

Tibisay Lucena.

Sempiterna presidenta del Consejo Nacional Electoral. Durante lustros la hemos visto engordar, dar ruedas de prensa y encanecer. Su voz está asociada a agónicas noches de larga espera y de resultados cuestionables y dudosos que derivan en decepciones evidentes y en un perenne descontento popular. Con el pasar del tiempo, la famosa “Tiby” se ha tornado más y más malévola, prohibiendo, a su capricho (o al de quien la controla), procesos electorales al tiempo que bombardea a la democracia y obstaculiza todo enfrentamiento que sea a través de los votos.

Jorge Rodríguez.

Por lejos, el más odiado dentro de la cúpula del chavismo. Si existe alguien degenerado y sádico (en el contexto literal de la palabra), es Jorge Rodríguez. Su siempre cínica y obscura sonrisa es su rúbrica a la hora de enfrentar a periodistas y adversarios. A Jorge Rodríguez le da igual burlarse públicamente de las masacres, hacer higa de los crímenes o negar la evidencia en presencia de la misma. Justifica cada disparo como venganza al hecho de que su padre, reconocido activista de izquierda (e involucrado en el caso Niehous, uno de los secuestros más sonados de la historia contemporánea de Venezuela), fue asesinado en extrañas circunstancias durante la IV República. Como buen psiquiatra, es maestro en manipulación y hábil en causar el desespero hasta en la mente más calmada.

Pedro Carreño.

Tosco, dicharachero, malhablado y agresivo, Pedro Carreño es conocido por sus acantinfladas intervenciones en la Asamblea Nacional y en distintos programas de entrevistas. Es especialista en atraer la atención de la opinión pública con sus polémicas posturas. Es famoso su desprecio y su odio mortal hacia homosexuales y/o bisexuales. Es el prototipo perfecto del nuevo rico (cabe acotar que dinero no es, precisamente, lo que le falta) que, aunque no tenga ni pizca de elegancia genuina o de buen gusto, suele portar relojes impagables e impecables trajes de sastre hechos al corte.

Nicolás Maduro.

Es la cara visible de la dictadura, con nombre y apellido. Es el obeso mandatario que ocupa, cada vez más, las portadas negativas de los periódicos en muchas partes del mundo. Ignorante y torpe, siempre pretende, de manera patética, llenar el vacío de carisma y liderazgo dejado por su antecesor Hugo Chávez. Nicolás Maduro suele interpretar el papel de villano en un guion compuesto por las turbias y fantasmagóricas fuerzas que lo asesoran. Es impredecible y, quizás, el personaje políticamente más inmaduro (vaya ironía) que haya conocido la historia republicana.

Elías Jaua.

De todos los personajes de esta lista, Elías Jaua es el más inofensivo (aunque no por eso ha estado exento de muy serias acusaciones de corrupción). Su affaire con la bebida, sus violentas y malcriadas reacciones y sus amanerados gestos lo  han convertido en el blanco perfecto de burlas, parodias e imitaciones. Su maloclusión, que le hace hablar con cierto ceceo, también suelen provocar la hilaridad. Es un peón de bajo rango, servil e ilusionado, que la alta jerarquía del gobierno no dudará en sacrificar en caso de ser necesario.

Delcy Rodríguez.

Ex canciller de Venezuela. Delcy Eloína (como también es llamada) fue protagonista de incontables reuniones en el seno de distintos clanes internacionales (las más famosas, sin duda, fueron las de la Organización de Estados Americanos) en donde fue humillada repetidas veces al intentar defender, sin argumentos claros, la doctrina bolivariana. Sus intervenciones siempre se caracterizaron por ser infantiles, tautológicas y molestas. Con su insignificante presencia, con sus grandísimos anteojos y con su altanería sin límites, Delcy supo estar en  el ojo del huracán mediático, aunque esto implicara asistir, a la fuerza, a salones en donde su entrada había sido expresamente prohibida.

Vladimir Padrino López.

Quizás el militar activo más importante del país en este momento. Padrino López ha recibido tantas condecoraciones como muertos tiene en sus manos. Es el cabecilla directo de todas las operaciones bélicas y estratégicas de ataque despiadado que han segado, a través de detenciones arbitrarias, homicidios injustos y torturas inimaginables, más de un centenar de vidas en los últimos meses. Sus alocuciones, en las que suele ir acompañado de terroríficos miembros castrenses equipados con armas largas e intimidantes, siempre son preludio de tempestades terribles.

Iris Varela.

Amiga inseparable de los bandoleros más violentos y sanguinarios. Se cuenta que hasta los pranes (jefes de facto de las juntas criminales carcelarias) le tienen miedo. Iris Varela no conoce otro lenguaje ajeno a los gritos, los golpes, los insultos y las amenazas. Es, probablemente, la militante más fanática y radical dentro del gobierno. Siempre pide cabezas enemigas; estimula y arenga, incesantemente, la persecución inquisitorial contra cualquier indicio o sospecha de disidencia, de pensamiento no acorde con el dogma establecido según la ideología socialista.

Todos hemos fantaseado con verlos, algún día no muy lejano, pagando condena detrás de las rejas del tribunal de la Haya o de un calabozo tan miserable como el país que ellos contribuyeron a destruir. A medida que el oficialismo clava más y más las garras en el cuello de la nación mientras se va convirtiendo en una dictadura internacionalmente reconocida, estos personajes se han desprendido de sus caretas de amabilidad y cortesía, revelando que no son más que mercenarios políticos al servicio del dinero y del poder.

¿Estás de acuerdo con nuestra lista? ¿Odias a algún otro jerarca del chavismo? ¿Estás enamorado/a de alguno/a? Déjanos tu respuesta en los comentarios.

 

 

Top 10 cosas que aniquilaron a Venezuela

El próximo domingo, Venezuela se enfrenta a una suerte de “Día D”, a un abismo dentro del cual todo será incertidumbre y negrura. Nadie, ni siquiera los especialistas, ha sido capaz de bosquejar con profundidad los escenarios, probablemente negativos, que podrían acontecer. Muchos hablan del final, de una nueva etapa y del último suspiro de lo casi imperceptible que quedaba de democracia. En La Cantárida, cual si se tratara de un pavoso y gritón predicador evangélico de Chacaíto, nos hemos puesto a señalar y a repartir culpas de cara al caos que se aproxima. He aquí las diez cosas que aniquilaron a Venezuela y la llevaron a esta hecatombe.

El petróleo.

No en vano, Juan Pablo Pérez Alfonzo, uno de los diplomáticos venezolanos más brillantes de todos los tiempos, se refirió al petróleo como el “estiércol del Diablo”. Esta negra y espesa “bendición”, que otorgó, durante décadas, infinidad de riquezas y ganancias, trajo consigo una bonanza muchas veces inmerecida y que, al no estar valorada como una recompensa a esfuerzos grandes y trabajos concretos, fue vista como un bono, como un regalo para despilfarrar que, durante más de medio siglo, malacostumbró al venezolano al convencerlo de que el dinero no se cultiva y se cuida, sino que, simplemente, aparece, literalmente, debajo de las piedras.

La IV República.

“Éramos felices y no lo sabíamos”, es una frase referente a la llamada IV República (el período abarcado entre 1958 y 1998) que, con el pasar de los años, va tomando más y más fuerza a medida que la calidad de vida en el país va desmejorando dramáticamente. Es innegable que, en comparación con los tiempos actuales, la era bipartidista blanca y verde fue un auténtico paraíso con calles relativamente seguras, con anaqueles abastecidos, con inversión extranjera y con libre mercado. Sin embargo, es imprescindible resaltar que muchos de los problemas que ahora nos devoran no son más que evoluciones (muy amplificadas) de males que vieron la luz durante este período: demagogia, populismo, dádivas, promesas, corrupción, poca alternancia. Cabe recordar que ese cáncer llamado chavismo no descendió en paracaídas.

La “viveza”.

Muchas veces celebrada en conversaciones casuales, en situaciones cotidianas y hasta en la publicidad, la “viveza” criolla es, quizás, la más indeleble y grave enfermedad que hemos padecido. Comerse la luz de un semáforo, saltarse el puesto en una fila, estafar pequeñas o grandes cantidades de dinero, sacar provecho personal de la ingenuidad o de la confianza de nuestros semejantes; ése es el comportamiento deleznable, patético y asqueroso que ha hecho que todos tengamos que vivir en un estado de alerta permanente para evitar ser víctimas de los “avispados”, esos dictadores en miniatura que nunca se ven  al espejo y siempre achacan al otro el declive del país.

Chiabe.

El detonante total, el catalizador absoluto de los demonios que veníamos cultivando, el encantador de serpientes que nos heredó el legado que hoy nos asesina en todas las formas posibles. El que nos hizo reír con sus ocurrencias y llorar con sus acciones. El comandante, el galáctico, el líder, el monstruo. Hugo Chávez podría ser, perfectamente, el personaje más influyente del Siglo XXI, de ésos que requieren décadas para ser analizados con objetividad; el que rompía los protocolos y contribuyó a desangrar la bonanza económica más grande de la historia, enriqueciendo a unos pocos y sumiendo a su país en la miseria. Las huellas de su influencia hoy son más destructivas que nunca y es seguro que tardarán mucho, mucho, pero que mucho tiempo en sanar.

La prepotencia.

“Venezuela es el mejor país del mundo”, “Venezuela es la tierra de las mujeres bellas”, “Venezuela tiene el Salto Ángel y las mejores playas”, “Venezuela liberó a media latinoamérica”. Todas estas frases, que muchas veces son actitudes y dogmas, fungieron como gríngolas y vendas que nos mantuvieron ocupados en ver las cosas bonitas y nunca las heridas profundas que suplicaban, a gritos, ser atendidas. Esta autocomplaciente morfina de halagos fue, cada vez más, convirtiéndose en una falacia infundada que ahora parece estallarnos en la cara para recriminarnos lo equivocados que estábamos y advertirnos, aunque muchos aún no lo vean, que, si queremos ser un buen país, hay que empezar a trabajar, y mucho.

La oposición.

A veces resulta muy curioso y tentador el fantasear con cómo serían las cosas si la oposición hubiese sido más hábil y menos torpe, más firme y menos complaciente, más sensata y menos demagógica y populista. No es un secreto para nadie que la dirigencia adversa al oficialismo muchas veces facilitó el camino para que éste tomase más y más poder, más y más riquezas. Por citar sólo un ejemplo: cuando la oposición decidió retirarse de las elecciones parlamentarias de 2005, fue cuando le dio alfombra roja al chavismo para que tomase toda la asamblea y secuestrara, con la mayor facilidad del mundo, la totalidad de los poderes públicos.

La emigración.

Al llegar a este punto, queremos dejar muy claro que no se trata de un ataque o un descrédito a los millones de venezolanos que, empujados por las circunstancias (o, sencillamente, porque así lo desearon), decidieron abandonar su tierra natal y probar suerte en otras latitudes; todo el mundo es libre de tránsito y debe tener el derecho de considerar hacer su vida en donde lo considere apropiado. Sin embargo, el flujo tan drástico y precipitado de potencial que se marchó a través de aeropuerto de Maiquetía (o, incluso, por vía terrestre o marítima), dejó a Venezuela, innegablemente, muy debilitada. Cierto es que aún hay gente brillante y preparada que vive en el país, pero el número de universitarios y trabajadores calificados que han huido es realmente alarmante (aunque, reiteramos, comprensible).

Algunos estudiantes.

Los colegios y las universidades son pequeños universos en donde nos preparamos, con ensayos más o menos supervisados, para ser ciudadanos y trabajadores que aprendan a lidiar, muchas veces, con las responsabilidades y las problemáticas inherentes a la vida misma. Es muy probable (por no decir seguro) que quien haga trampa en sus estudios hará trampa en su trabajo y en su día a día. Hay dos vertientes muy grandes que son las manchas evidentes de mucho del estudiantado venezolano. La primera es el desinterés en la materia de los estudios propiamente dichos; puede que esto sea algo comprensible en el colegio, cuando somos inmaduros, pero, en la etapa universitaria, es poco menos que imperdonable. Estudiantes que no tienen inquietudes de acercamiento hacia la historia, la filosofía, la política, la antropología u otras fuentes que nos ayudan a comprender las razones subyacentes de nuestra compleja situación. Por otro lado, la epidemia de “chuletas” y trucos deshonestos en los exámenes y asignaciones es un caso muy subestimado, aunque es un germen más de la corruptela generalizada que nos envuelve.

La displicencia del resto del mundo.

La OEA, el Vaticano, la ONU, la CIDH, los países más desarrollados; muchos de estas instituciones y naciones han mirado con preocupación (posiblemente genuina, claro está) la dantesca situación que sigue desarrollándose en Venezuela. Sin embargo, su intervención no pasa de ser una sugerencia inofensiva, una negociación injusta, una palabra de cortesía o un gesto que no servirá de nada. Pocos son los que realmente han tomado medidas que puedan ejercer daño a quien nos ahorca sin compasión y con mucha violencia. Cierto es que tomar decisiones radicales no es una tarea fácil en el intricado mundo de la diplomacia, pero estamos seguro de que algo más podría hacerse, sin duda.

Los analistas.

2002, 2003, 2004, 2005, 2006, 2007, 2008, 2009, 2010, 2011, 2012, 2013, 2014, 2015, 2016, 2017; todos han tenido un punto en común: siempre los analistas, al referirse a ese año en particular desde sus columnas de opinión, sus videos y sus blogs, aseveraron que “ése era el año”, que “es imposible que el gobierno se sostenga más”. Los analistas políticos se ganan la vida tratando, muchas veces, de predecir un futuro que pocas veces ha sido acertado. Ellos fueron los primeros que han subestimado una y otra vez al oficialismo, que aseguraron que, al morir Chávez, el chavismo no de podría sostener por más de tres meses, que se desmoronaría. Aún hoy, abundan mucho, creyéndose con una visión superior basada en ejemplos que muchas veces son interesantes, pero pocas veces son verosímiles.

 

El destino de Venezuela, en este momento, es más incierto que nunca. Quizás podamos, al analizar la historia local y mundial, que suele mostrar patrones similares constantemente, atisbar un poco de lo que se puede avecinar, sin embargo, el chavismo, al igual que Venezuela, es totalmente impredecible y lleno de “sorpresas”. Que el temor y el pánico no nos invadan por completo, pero tampoco el optimismo y la esperanza sin fundamentos reales.

¿Estás de acuerdo con nuestra lista?  ¿Consideras que hay otro mal que contribuyó a la caída en picada que sufre Venezuela en este momento? Déjanos tu respuesta en los comentarios.

Facebook.com/LaCantarida

Créditos fotográficos: Notitotal, El Universal, La razón, Diario República, Notiminuto, runrunes, Globovisión, Reuters (Carlos García Rawlins).