No oyes morir las misses

“¿Sabes de alguien que tenga ese remedio?, le pregunté a Michelle. “No sé”, me respondió Michelle. Michelle tenía el pecho negro. Le había brotado una mezcla asquerosa de sangre y plástico. Estaba en topless acostada sobre el asiento de atrás de mi carro. No sé si fue un mal movimiento o si hizo alguna estupidez. Yo no sabía que las infecciones podían ser tan rápidas y tan agresivas. No habían pasado ni dos horas desde que sus gritos me alarmaron. “En algún lugar tendrá que haber un hospital con esa vaina”, le dije. Michelle sólo se cubría el pecho.

“No te preocupes. En Caracas hay mil hospitales. Alguno tendrá que tener eso. No creo que a la gente le revienten los implantes todos los días”, le dije a Michelle en un tono neutro. No quería hacerla reír. Sólo quería darle alguna esperanza. En el fondo, me preocupaba un poco que aquella mezcla de sangre y plástico, que brotaba desde su pecho infectado, cayese sobre mi asiento. Mi asiento era de tela. Michelle estaba manchada. Daba asco. Ya habíamos recorrido varios hospitales y farmacias. Todo estaba lleno de gente pero vacío de medicinas.

Me había costado mucho meter a Michelle en el carro. Creo que el dolor se le había corrido por todo el cuerpo, o algo así. Me preocupaba el cómo podía meterla al hospital en el que llegásemos. Supongo que, de haber enfermeros, éstos me ayudarían a cargarla. Pero en ningún hospital había enfermeros. Ya casi no quedaba nadie en Caracas. Tuve que cargar a Michelle yo sola hasta el carro. “Marica. Por favor ayuda tú también. Te reventó el pecho, no las piernas.”, le decía. Ella aún estaba en shock. Por suerte, Michelle era una modelo esbelta. Aunque eso no quiere decir que no sudara yo al cargarla y arrastrarla hasta el carro.

A veces, la mano fría de Michelle me tocaba el cuello. Yo me quería morir. Sentía parte del líquido de su pecho quedarse en mi cuello. No quería regañarla tampoco. Pero su mano asquerosa y helada me sacaba de la concentración de manejar. Siempre he odiado el contacto físico. Cada vez que Michelle me tocaba, sentía como un corrientazo. Al menos me aliviaba saber que aún estaba viva. No quería tener un cadáver en mi carro. Menos cuando se tratara de un cadáver con los implantes reventados. ¿Cómo podría explicarlo?

“¿Te duele, Michelle?”, preguntaba yo. Era una pregunta estúpida. Obviamente le tenía que doler. Sin embargo, ella me decía que no. Guapeaba como podía. “¿Te duele mucho?”, volvía a preguntar yo mientras afinaba la vista en busca de más farmacias y hospitales. Cada vez que me bajaba a preguntar para que el dependiente me dijera que no podían hacer nada por ella en ese lugar, Michelle se quedaba sola en el carro. Siempre cuando yo volvía a entrar, le volvía a preguntar lo mismo. Ella me respondía que no mucho, pero su voz sonaba algo entrecortada.

“Marica, ya déjalo”, me decía Michelle a veces. No sabía si lo decía en serio o lo decía porque sabía que no iba a dejarla morir tan fácilmente. “No vale la pena”, me decía también. No creo que una chama cotufa y vacía como Michelle tuviese un martirio voluntario. Las personas así, como ella, siempre quieren vivir más sólo para poder seguir con su vida de candilejas, de selfies y de frivolidades estúpidas. Suponía que lo hacía para hacerse la víctima. A veces me provocaba echarla del carro y caerle a patadas. Pero no podía dejarla morir.

No tenía ni idea ya de por dónde estaba manejando. No quería darle a Michelle esa sensación de que estábamos perdidas. “Todo va a salir bien”, le decía a veces. Cuando ella no contestaba, yo me quedaba helada. Volvía a hablarle hasta que ella me respondiera. Así, al menos, sabía que continuaba con vida. Creo que ya habíamos salido de Caracas como tal. Yo estaba manejando a punto ciego. El GPS estaba torpe. En todos los hospitales en donde habíamos preguntado, o estaban llenos o estaban sin recursos. Los silencios de Michelle cada vez eran más largos. Mis temores eran cada vez más largos, paralelos a sus silencios.

“Te voy a salvar como sea, de pana”, le repetía una y otra vez. No sabía qué más decir. Nunca he creído en ese tipo de consuelos, pero lo hacía más para que Michelle me respondiera. A veces, yo llegaba a perder toda esperanza. El desabastecimiento en Venezuela era enorme y la gente se moría por cosas mucho más sencillas que lo que le había pasado a Michelle. Pero había algo en mí que me prohibía darme por vencida. De todas formas, creo que era algo obligatorio. No tenía otra opción que seguir buscando y seguir preguntando.

Michelle se iba poniendo mala. Ya no tenía ni fuerzas para llevar su mano hasta mi cuello. Cada vez tardaba más en contestarme. Como su cabeza estaba justo en mi espalda, no podía voltearme a verla. Tampoco podía verla por el retrovisor. Sólo podía verla cuando regresaba, fracasada, de mi misión de encontrar un lugar en donde pudiesen atenderla. Michelle sudaba en exceso. El aire acondicionado le hacía mal. El aire acondicionado caliente le hacía mal. Michelle estaba empapada de sudor. Yo sudaba también. Comenzaba a ponerme nerviosa.

“Yo no hago esta mierda por ti”, comencé a regañarla. Comencé a llorar mientras hablaba. “Yo hago esto por tu mamá. Tu mamá siempre fue muy de pinga conmigo. No es su culpa haber tenido a una hija imbécil”, me descargaba. Michelle casi no reaccionaba. Era esquiva a mis regaños y a mis insultos. De vez en cuando se quejaba de dolor. Yo sabía que mis palabras no podían hacerle bien, pero me molestaba demasiado estar pasando por eso por culpa de ella.

“Cuando salgas de esto, no te quiero volver a ver. Eres una puta imbécil. Eres una pobre puta imbécil”. Michelle sólo respondía un “ay” de vez en cuando. Yo seguía llorando de la rabia mientras hablaba. Yo no quería sentir compasión por Michelle. Al cabo, era su culpa que le hubiese reventado su implante. ¿Quién coño le había mandado a hacérselos? ¿Cuál es la manía con querer tener las tetas más grandes? Quien piense así no es más que una pobre y puta imbécil, como lo era Michelle.

“Tengo sed”, me dijo Michelle. “Tengo mucha sed”, reafirmó. Yo miré con rabia la botellita que tenía en mi carro. Estaba vacía. Era imposible buscar agua en botellita para Michelle. Ya en Caracas no se vendía el agua así. Ya el plástico se había dejado de producir. No se me ocurría ningún lugar en donde pudiese haber agua, sino limpia, al menos decente. “Qué bolas tienes tú, Michelle”, le dije con rabia, con la voz casi gutural por la rabia. “Qué bolas que, cuando éramos carajitas, yo te admiraba. Tú eras burda de inteligente. Me acuerdo que soñabas con ser la primera astronauta venezolana. Me acuerdo que eras la más hueva en matemáticas y en todo. Pero te lavaron el cerebro tus amiguitas imbéciles. Te lavaron el cerebro con ese peo de que eras linda y que debías ser modelo. Maldita imbécil. Maldita puta imbécil”, rematé.

Michelle había terminado en eso del Miss Venezuela. Ese mundo es una mierda. La hizo cambiar a ella. Se convirtió en una cotufa y en una chama que se excitaba literalmente cuando un boliburgués le regalaba un bolso de marca o la invitaba a tirar a su mansión de Madrid. Un bolichico, sobrino de Diosdado, se había prendado de ella y fue el que le pagó el implante que ahora le había reventado. La convirtió como en su dama de compañía personal. Pero qué más puede esperarse de un concurso como el Miss Venezuela. Y los venezolanos orgullosos de esa mierda.

Yo hice lo que pude. Michelle estaba fría, tiesa y con los ojos abiertos. El líquido del pecho se le había secado, al igual que el sudor. Parecía gangrena. Me daba náuseas. Yo abrí la puerta y, a pesar del asco, me quedé viéndola un rato. Ahí estaba la futura astronauta venezolana. Ahora era una cotufa menos. El boliburgués que le pagó la operación quién sabe dónde estaba. Quizás nunca se enteró. Daba igual. Se conseguiría a otra cotufa imbécil. A otra Miss Venezuela perdedora a quien operar y convertir en su puta personal. A quien seducir en una noche tan linda como aquélla.

 

T.M.

 

 

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Y la próxima Miss Venezuela es…

Itmar se levanta temprano gracias al jamaqueo de su mamá. Se envuelve un rato con las sábanas antes de desperezarse. Camina descalza sobre las baldosas sucias; algunas ya tambalean. Se dirige a la cocina. Abre la nevera, cuya puerta, cada vez que se mueve sin cuidado, desprende copos de óxido. Tantea con los ojos; la inmortal jarra plástica amarilla llena de agua, dos cambures, un plato guardado de arroz con Diablitos y una botella de Coca-Cola, ya sin gas, llena hasta la mitad. Toma uno de los pedazos de fruta. Desprende la cáscara. Come de pie, rápidamente. Vuelve a su cuarto.

Tapa el agujero de la ventana con la toalla de Minnie Mouse que le sirve de cortina; nunca se sabe cuando hay alguien mirando por allí. Se desnuda. Se contempla en el espejo; de frente, de lado, de espaldas. Se nalguea un par de veces. Confirma que su carne joven y esbelta está firme y estable. Se viste con la ropa más especial que tiene. Revisa su cartera, imitación barata de Gucci. Chequea que sus documentos estén en orden. Relee la planilla de inscripción, que descansa dentro de una vieja carpeta manila. Se disgusta al ver su foto de carnet, donde sale más morena de lo que es y con el pelo sin alisar; pero es la única que había. Se despide de su mamá, quien la abraza, le desea suerte y dice que confía en ella.

Baja los setenta y siete escalones que atraviesan la zona inferior del barrio. Saluda a Yofren, ese muchacho, otrora amable, de quien los vecinos sospechan que anda con juntas raras. Cruza la calle, lejos del rayado. Espera la destartalada camionetica que la dejará directo en la Avenida La Salle. Se monta. Paga setecientos bolívares al chofer, por motivo de pasaje. Observa, con cierta molestia, que todos los asientos están repletos y que le tocará hacer el viaje de pie. Evita prestarle atención a quienes la “bucean”; está acostumbrada a eso, aunque nunca le ha gustado, le incomoda. Teme transpirar con el calor y empapar de sudor su franela. Llega a su destino.

Sube la cuesta, empinada e interminable. Se abanica con la carpeta, cuidando de no doblarla o arrugarla. Se forma en la fila, junto al resto de las aspirantes; casi todas vinieron acompañadas por alguien. Entra, luego de un par de horas, en la Quinta Miss Venezuela. Admira el mármol pulido y la alfombra impecable, homenaje a la frivolidad de la belleza y a la belleza de la frivolidad. Sigue las instrucciones del afenimado asistente; ser obediente y sumisa lo es todo. Se enfrenta a un ocupado y altanero Osmel Sousa, quien le hace un par de preguntas, elabora juicios y la ve con lástima desde detrás de un escritorio. Se siente un poco estúpida, pero a ella siempre le han dicho que aquel certamen puede ser una oportunidad para salir de abajo, para ser operada de las imperfecciones y, aunque no se gane, aprovechar esas herramientas para buscar la suerte en obscuros y nuevos lares. Cruza la puerta de salida; es hora de almorzar. Sabe que no tiene dinero ni en los bolsillos ni en la tarjeta; la vida sería tan fácil con una banda y una corona.

 

Tomás Marín.

Fotografía: Álvaro Ybarra Zavala.