Plomo

El chofer del autobús de nuestro colegio solía decir, cuando el día estaba despejado y lindo, que aquel día estaba bueno para volar. Dependiendo de mi estado de ánimo, solía imaginarme aviones o pájaros disfrutando del cielo límpido. El día que les cuento era uno de esos días. El Ávila tenía un verde fulgurante. Parecía una de esas barajitas brillantes de los álbumes Panini. Las personas sonreían en la calle. Cosa rara en una ciudad como Caracas. Los vehículos, y creo que ésta era una de las cosas más impresionantes, se daban paso. Todo esto a pesar de que el país estaba herido de muerte.

Si hay algo bueno que tenía Caracas era su temperatura. A veces, el termómetro se disparaba hacia arriba, pero eran contados días. Generalmente, el ambiente tenía una calidez exquisita. Esa calidez que, mezclada con humo de carros, es agradable para las personas que hemos nacido, crecido y vivido en ciudad. El aire parecía más suave que nunca. Sé que el aire no se puede ver, pero cuando lo sientes dándote caricias en la cara, es como los novios. Hay días en los que son más toscos y días en los que son más delicados. Los días así sólo pueden anunciar dos cosas, ambas extremas. Cosas muy buenas o cosas muy malas.

El balcón de mi casa tenía una vista relativamente privilegiada. Yo vivía en un piso ocho. Desde el balcón de mi casa se podía ver el Parque del Este. He ahí la razón por la que digo que la vista era privilegiada sólo relativamente. Cuando era pequeña, pasaba, encantada, tardes enteras viendo al Parque del Este. Cuando era pequeña, el Parque del Este era realmente hermoso. Era todo frondoso y hasta mi balcón llegaba como una cierta emanación de frescor. Yo sentía (aunque sé que es muy marico decir esto) que el Parque del Este era como una especie de amigo que me escuchaba. Con el tiempo, y con la dictadura, el Parque del Este se fue resecando y erosionando. Los animales que había allí se fueron muriendo de hambre y, por las tardes, el Parque del Este era el lugar típico para que los niches y los marginales no fueran a besarse, sino a tirar y a engendrar a más niches y marginales. Daba lástima verlo.

No sé exactamente cuál era la hora, pero era algo cerca de las once de la mañana. Vi una chispa que caía desde el cielo. El cielo estaba despejado y hermoso. Pensé en la mariquera que dicen de pedir un deseo cuando ves una estrella fugaz. Pero me pareció extrañísimo el ver una estrella fugaz a plena luz del día. Pensé que quizás había sido una paloma que, al igual que Ícaro, se achicharró por pasar volando cerca del sol. Pero era una tontería. Otra chispa, al igual que la primera, esta vez un poco más lejos, me puso en alerta.

Luego otra un poco más cerca. Luego otra, un tanto más lejos, casi encima del Parque del Este. Eran como pequeñas luces que bajaban formando líneas rectas u oblicuas. Eran luces que, como pequeños cometas, se estrellaban en la tierra. Como meteoritos mínimos. Pero eran abundantes. Cada vez eran más. Era un poco parecido a cuando volteas una luz de bengala, sólo que un poco más limpio, más ordenado dentro de lo que cabe. Las pequeñas flamitas delgadas hacían un pequeño ruido al estrellarse contra el suelo. “Prac, prac, prac”, hacían.

Yo estaba sola en casa. Mis papás estaban en el trabajo, como siempre. Era una mañana bonita y el sol, a pesar de los pequeños fuegos, seguía pulcro y hermoso. Me asomé hacia abajo, para ver a la gente. Los carros seguían en la misma marcha. Los peatones continuaban sonriendo. Creí, por un momento, estar yo sola viendo el extraño espectáculo del fuego que caía del cielo. Creí, por un momento, estar yo sola oyendo el curioso ruido que hacía ese fuego al aterrizar.

En mi casa (en mi apartamento) teníamos dos jaulas. Una de esas jaulas tenía dos periquitos. La otra tenía dos canarios. Uno de esos canarios era rojizo. Era espectacular. Era mi favorito. Más o menos, a esa hora de la mañana, el canario solía cantar (o trinar). De hecho, esa mañana lo estaba haciendo. A mí me relajaba un poco escucharlo cantar. Pero, a la par que había empezado el extraño fenómeno del fuego que bajaba del cielo y, haciendo ruido, se estrellaba contra Caracas, ni los periquitos ni nos canarios cantaron más. Hubo una vaciedad absoluta sólo interrumpida por el silbido del fuego y por el ruido que hacía este mismo fuego al estamparse de cuajo contra el suelo.

De todas formas, este ruido era bastante sutil. Había que aguzar un poco el oído para oírlo bien. Yo tenía, aunque ya el Parque del Este estaba en la mierda, aún la manía desde niña de asomarme por el balcón de mi apartamento a verlo. Creo que, si no lo hubiese hecho, jamás hubiese podido advertir el extraño y curioso espectáculo de las chispas que encandilaban el aire y, cada vez más abundantes y violentas, bajaban sin alterarse mucho por el viento hasta la ciudad.

Como los carros seguían haciendo su rutina normal y ningún peatón parecía aún alterado, me resigné a pensar que todo se trataba de alguna ilusión óptica. Mi vista siempre ha sido buena, pero pensé que quizás ya era hora de comenzar a buscar a algún buen oftalmólogo. Dicen que esta época de tantas pantallas puede joderte la vista hasta el punto de, prácticamente, volvértela mierda. Pero si el ruido que hacía el fuego también era una ilusión auditiva, quizás el problema era, simplemente, que estaba volviéndome loca. 25 años de chavismo vuelven loco a cualquiera. ¿Cómo podrían culparme?

Pero ahí estaba otra de esas chispas, otra de esas estrellas de corta vida que iban a morir sobre el asfalto y agitaban algunas hojas de algunas ramas de algunos árboles. No era tan fácil verlas en un principio. El sol brillaba y la luz del sol opacaba a la luz del fuego que caía. Pero los reflejos que hacían las chispas al pasar por ciertos puntos realmente herían las pupilas. Me asomé hacia otros balcones, a ver si alguien más estaba en el mismo plan que yo. Pero nada. Yo era la única idiota que estaba asomada viendo chispas de fuego que caían desde un cielo pulcro.

El ruido comenzó a ser cada vez más claro. Al principio era casi indefinido, pero luego al menos yo podía distinguir que era un ruido metálico. No era un ruido metálico muy estridente, pero daba la impresión de solidez que sólo tiene el metal al estrellarse contra cualquier cosa. Aún eran relativamente pocas chispas las que caían, pero caían con una frecuencia que seguía llamándome la atención. Todo tipo de posibilidades vinieron a mi mente. Incluso la de un avión comercial que se había vuelto trizas en el aire y ahora esparcía muy pequeñas piezas hasta la tierra. Mientras no me cayera encima comida asquerosa de avión, todo estaría bien.

Creo que me tranquilizaba un poco (o, mejor dicho, más que tranquilizarme, no me terminaba de hacer caer en un estado de real alerta) el hecho de que la ciudad seguía moviéndose como en cualquier jornada normal. El buhonero seguía pelando bolas. El policía seguía pelando bolas intentando joder al buhonero. El malandro seguía pelando bolas intentando joder al policía. Otro malandro, más malandro que el primer malandro, seguía pelando bolas e intentando joder al primer malandro, menos malandro que él, que intentaba joder al policía. Realmente nada se salía del canon de todos los días.

Aunque aún los granitos de fuego que se estrellaban contra el suelo seguían sin ser tantos, no les voy a mentir. Sentí una inquietud que iba creciendo. Iba creciendo casi a la par que las pequeñas chispitas. Pensé en tomar el teléfono y llamar a mi mamá. Pero ella me recomendaría a un psicólogo. Con qué cara iba ella a contestar el teléfono de su oficina para escuchar la voz de su hija no aterrada pero inquieta decir: “Mamá, está lloviendo fuego”. No valía la pena exponerse a eso. Al llegar a la casa me echaría el sempiterno discurso sobre las drogas. Es cierto. Las drogas me gustan. Pero, para ese momento, yo no estaba drogada.

Volví a ver de nuevo hacia el cielo para inspeccionarlo. Como tengo los ojos azules, soy más fotosensible que la gente normal (no quiero decir con esto que las personas de ojos azules somos anormales, pero ustedes me entienden). Coloqué la palma de mi mano perpendicular a mi frente para que hiciera de visera. Pretendí buscar el origen de aquellos extraños meteoritos. No podía ver nada. Intenté buscar alguna bola de fuego más grande desde la que se estuviesen desprendiendo los granitos, pero tampoco.

¿Por qué sonaban así las chispitas al estrellarse contra el suelo? El fuego no hace ruido. Bueno. Técnicamente sí lo hace. Crepita. Pero el hecho es que el fuego, si fuese sólo fuego, no debería hacer ruido al llegar al suelo. En todo caso un “zzzzzzzup”. Pero aquel ruido definitivamente era metálico. No había lugar a dudas. Eran pequeños trocitos de metal que, quizás por la fricción del aire (no sé si estoy diciendo una burrada física) o alguna cosa de ésas se encendían hasta aterrizar sobre Caracas. Y hay que tener realmente mala suerte para aterrizar en Caracas. Pobre metal.

No sé cómo no había pasado antes. Una de las chispas aterrizó sobre mi balcón. Yo me asusté. Hizo un ruido relativamente fuerte y, de hecho, arrancó un pedacito del piso, que era de granito rosado. No sé qué hubiese pasado si hubiese caído encima mío. Quizás me hubiese matado de una. ¿Quién sabe?. La chispa cayó como a un metro de mí. Mi balcón era relativamente grande. La chispa se quedó encendida un buen rato, antes de apagarse. Pude ver que, efectivamente, era metal.

Acerqué la mano al metal, que estaba casi incrustado en el granito rosado del piso de mi balcón. No me atreví a tocarlo. A pesar de que ya no estaba al rojo vivo, sentí, en mi mano, el calor que aún irradiaba. Fui a la cocina y busqué un tenedor. Con el tenedor toqué el metal. A lo lejos, aún caían chispitas que suponía que eran como la que había caído en el granito rosado de mi balcón. Miré de cerca el metal. Era una bala de plomo. Tuvieron que pasar unos minutos antes de poderla tocar con la mano. Era realmente pesada. Aún estaba tibia.

El viento, tan suave como había sido el resto del día, soplaba hacia el lado opuesto a donde yo estaba. Como si la pequeña lluvia de fuego, al menos por ese instante, no fuera a tocar más mi balcón. Aún veía chispas que caían lejos. De todas formas, sin cerrar la puerta de vidrio que separaba el balcón del resto del apartamento, decidí resguardarme bajo techo por si acaso. Uno de los pequeños metales cayó contra un poste. Hizo un ruido agudo que quedó perpetuado en pequeñas vibraciones hasta que, por fin, se calló.

Las balas seguían viéndose de vez en cuando, casi como relámpagos amarillos y pequeños. Caían separadas unas de otras. A una distancia quizás de unos 100 ó 200 metros entre ellas. Yo podía distinguir quizás dos o tres al mismo tiempo. Algunas increíblemente lejanas. Otras, las cercanas, al menos, por efecto del viento, que jugaba, al menos en ese instante, a mi favor, no apuntaban hacia mí. Por un momento, pensé que iba a escampar. Que todo no había sido más que uno de esos sucesos extraños que ocurren al menos una vez en la vida y que sirven para contar en las parrilladas.

Pero no. Era como la despedida de una tía ebria e insoportable que siempre parece que se va a ir a las dos de la mañana de una fiesta pero no termina de irse. Podían pasar varios segundos sin que se viese ninguno de los fuegos, ninguna de las chispas, ninguna de las balas. Pero siempre una, en la cercanía o en la lejanía, rompía esa paz que sólo duraba unos segundos. Hacía como todas sus hermanas. Bajaba encendida en fuego para estamparse y apagarse sobre el asfalto.

A pesar de que seguían siendo esporádicas, sí, poco a poco, iba dándome cuenta de que las balitas que caían desde el cielo eran realmente malintencionadas. Una cerca el Ávila. La otra cerca mío. La otra por el Parque del Este. Una más allá, cerca de La Carlota. Casi imperceptibles. Como ninjas amparados bajo la luz del sol, que ya estaba en el cénit. Ya había pasado cerca de una hora desde que me había fijado en la primera chispa. Entre pequeños solecitos de cortas vidas, había llegado el mediodía. Quizás el último mediodía.

T.M.

 

 

 

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Losde Monios (I)

Conocí a Lucía desde que era pequeña. Siempre fue una de esas chamas dominantes desde el preescolar. Era de las que no se quedaba en paz hasta obtener lo que quería. Sucedía con todo. Desde con una alabanza de la maestra hasta con la plastilina más bonita, la que no estaba manchada por las otras plastilinas, que la ensuciaban y hacían de ella un mazacote marrón y horrible. Todo el mundo la respetaba. Todo el mundo le jalaba bolas. Yo también lo hacía un poco, aunque, cuando ella no estaba, me gustaba hablar mal a sus espaldas.

Lucía siempre tuvo esa vanidad relacionada con no sé cuáles pilares que ella consideraba como modelos a seguir. No quiero decir que Lucía fuese una persona mala. Cuando me raspé la rodilla y me reventé el mentón por escalar la rama del árbol más alto del preescolar, ella estuvo allí conmigo. Me abrazó, me consoló, llamó a la maestra y hasta me regaló unas curitas con caritas felices que me hacían reír. Eso me hacía sentirme un poco mal por hablar de ella a sus espaldas. Ella fantaseaba con Kimberly, la Power Ranger rosada. Cuando jugábamos a los Power Rangers, ella le pegaba a quien pretendiera arrebatarle el papel de Kimberly.

Lucía, cuando crecimos, era una persona insoportable. A veces hubiese preferido no haber coincidido con ella tanto tiempo en los estudios. Cuando viajaba afuera del país, siempre iba a Europa. Sus papás tenían bastante dinero. A ella le encantaba presumir sobre eso. Se tomaba miles (literalmente miles) de fotos y las pasaba al correo del salón. Las pasaba a los grupos en los que estábamos sus amigos. Las pasaba a los grupos en los que estaban sus familiares. Lucía era de esas personas que se masturban mentalmente con los comentarios de sus tías.

Cada vez que Lucía regresaba, de alguna manera nos convencía de que la fuésemos a buscar al aeropuerto. No sé por qué nosotros accedíamos. Yo odiaba verla llegar. Venía como con mil maletas. Siempre atravesaba la puerta de llegada con lentes obscuros y con una sonrisa que provocaba quebrar con un puño. Se sentía como una diva mojoneada europea que llegaba a su país pocilga. Nos miraba a todos como si fuésemos pobres diablos. Como si fuésemos los sirvientes que estábamos obligados a irla a buscar al aeropuerto y a ayudarla con sus maletas.

En una ocasión, Lucía nos colmó la paciencia. Creo que siempre habíamos estado acostumbrados a escuchar sus cuentos ladillas sobre el arco del triunfo, sobre la torre Eiffel, sobre el coliseo romano y sobre yo no sé cuántos museos a los que iba sólo por farandulear. Lucía era una de esas carajas esnobs que, como era linda, tenía la ventaja de que todos sus comentarios esnobs estaban secundados por carajos quesudos que sólo querían tirar con ella. El hecho es que lo que nos reventó la paciencia fue que, luego de un viaje de dos semanas por Madrid, lucía llegó hablando con acento español. Luis, el que manejaba la camioneta en el que la estábamos llevando a su casa, medio en joda medio en serio, bajó a Lucía en medio de la Caracas – La Guaira. La bajó a la fuerza. Era de día. Lucía parecía una imbécil. Estaba ahí parada con sus lentes obscuros y con una especie de trapo que tenía en la cabeza. Luego de unos minutos, dimos la vuelta y la recogimos. Estaba roja de la rabia. No nos dijo nada como por tres meses. Nos reímos mucho, a pesar de todo.

Lucía tuvo la desgracia de estudiar comunicación social. No tengo nada en contra de la carrera de comunicación social. Es una carrera de pinga. De hecho, es mi carrera también. El hecho es que está llena de Lucías (y Lucíos). Está llena de gente mojoneada que, en un país como el país chavista, creían que eran una nueva generación del 28. Creían que eran unos periodistas afilados que, con sus letras, harían temblar a la dictadura. Lucía era uno de estos especímenes. Nada le excitaba más que María Corina Machado. Ella se sentía identificada con ella. Cada vez que Lucía publicaba un artículo en su Facebook, me escribía al Whatsapp: “Marica. Publiqué un artículo burda de heavy. Cualquier vaina, estás avisada. Viva Venezuela”. Creo que lo que más me reventaba la piedra era el maldito “Viva Venezuela”.

A pesar de todo, Lucía era una chama inteligente. Era estudiosa y aplicada. Era de las que tenía buenas intervenciones en clases, así fuesen éstas para masturbar su ego. En la universidad también todo el mundo le jalaba bolas. Hasta los profesores. Académicamente, de pana era brillante. Era tan brillante que la Monteávila le ofreció un puesto como profesora de una materia toda nula. Creo que era una electiva sobre las comunidades indígenas, o algo así. Lucía daba la vuelta para dar discursos interminables a sus pobres alumnos. Metía ideas raras y frases de María Corina en una materia que no tenía nada que ver. Los alumnos se quejaron ante la facultad. Botaron a Lucía. Estuvo picada durante meses. Decía que sus alumnos no la entendían.

A través de una profesora que le jalaba bolas, Lucía consiguió un puesto como redactora en uno de esos diarios por internet que solían dar oportunidades a talentos jóvenes. Creo que Lucía escribía para El Estímulo, o algo así. Había iniciado una serie de artículos hablando sobre no sé cuáles ideas de la generación de estudiantes que aún no se había ido del país. Creo que la meta era hacer como veinte artículos. El problema que tuvo Lucía con esos artículos fue que, al igual que como le solía pasar a María Corina, su ídolo, se quedó sin nada para decir. Lo había dicho todo. Los directores del diario la presionaban, pero ella resolvió diciendo que la estaban persiguiendo, que su vida estaba en peligro. Yo creo que a Lucía, sencillamente, le dio ladilla seguir. Pero ese cuento de la persecución le valió hasta trending topics y entrevistas. Estaba que brincaba en una pata con sus quince minutos de fama.

Aprovechando esa fama, Lucía escribió una obra de teatro. A Lucía no era que le encantara el teatro realmente. Lo hacía por estar en la onda. Como su familia tenía dinero, su mamá le alquiló un espacio en el Trasnocho. No es que no fuera amable a la hora de invitar. De hecho, la obra era gratis. Ella asumió todos los costos. Pero invitaba con una especie de metamensaje. Casi que quería decir: “si no vienes a ver mi obra, no sólo eres un loser sino que más nunca te voy a hablar en la vida”.

La obra de Lucía me provocaba una mezcla como entre risa y lástima. Era una serie de personajes que decían incoherencias intensas y que estaban vestidos de una manera más intensa aún. Los hombres tenían unas mallas con lentejuelas que formaban frases de Dostoievski. Las mujeres tenían los cabellos adornados con flores muertas. A veces cantaban. No había realmente una trama. Era como una serie de hechos inconexos que no significaban más que el hecho de que una niña malcriada pero inteligente había querido probar fortuna con el teatro.

La gente aplaudió la obra a rabiar. De todas formas, se notaba que no habían entendido nada. Al momento de salir el elenco, hacia el salón que es como una recepción en el Trasnocho, Lucía salió como si fuese Lady Gaga. Todo el mundo le jalaba bolas. Todo el mundo le besaba la mano. Todo el mundo le pedía permiso para tomarse una foto junto a ella. Ella se sentía como una diosa. Hasta un periodista de una de esas revistas mediocres de farándula la entrevistó. Lucía decía cosas intensas. Decía frases como “es sólo un reflejo de mi alma”. Mariqueras así.

Lo peor del caso. Lo que me dio más curiosidad es que no sé qué censor del gobierno vio no sé qué posible “desobediencia” y “conspiración encriptada”, de “texto desestabilizador” en la obra de Lucía. Lucía, inmediatamente, volvió a salir en la prensa como una especie de dramaturga genio que se atrevía a minar las bases del gobierno con su “arte”. Esto era, obviamente, en la prensa de internet. La prensa tradicional la veía como una terrorista vulgar y corriente (pero el gobierno veía así a todo el que no estuviese de acuerdo con él). Lucía estaba encantada con la atención que estaba recibiendo. Su sonrisa se desvaneció cuando se enteró, por buena fuente, que el SEBIN, la policía secreta y asesina del gobierno, la estaba buscando para ajustar cuentas.

Lucía tuvo que esconderse. Una tarde, casi tarde noche, me llamó por teléfono. “Coño, Helena, por favor. Necesito esconderme en tu casa”, me dijo. Yo no sabía qué decir. Por un lado, sentía que Lucía estaba exagerando todo. Sentía que su fantasía por María Corina estaba agregando más dramatismo al que el asunto tenía de por sí. Por otro lado, sabía que al SEBIN no le gustaba jugar. Ya había pasado la época en la que los desertores a la dictadura eran apresados. Ahora, simplemente, eran desaparecidos. Seguía habiendo ciertos canales en los que cierta “crítica” al gobierno era permitida. Eso permitía una fachada para seguir jugando al país democrático frente al resto del mundo. Pero en lo que el gobierno veía una amenaza seria, simplemente la segaba.

Decidí darle alojo a Lucía. Lucía era imbécil. Llegó a mi casa como con cuatro maletas. Parecía la misma Lucía inmamable que llegaba de sus viajes desde Europa. Por suerte, en mi casa había un cuarto que le acomodamos. No tuvo que dormir conmigo. No sé por qué el SEBIN nunca vino a buscarla a mi casa. Ni siquiera vino a preguntar. Eso me hacía inclinarme por la teoría inicial de que la fantasía de Lucía y su mojón mental de ser una combatiente al régimen estaban agregando dramatismo al asunto. Todas las noches me mostraba posts en donde la mencionaban. Hablaba de eso durante horas. A veces, yo deseaba que la localizaran por triangulación y se la llevaran. Tendría una amiga menos pero, al menos, podría intentar comer en paz.

 

T.M.

 

En caso de infierno, rompa el libro. Capítulo I.

¡Cómo cambió la vida de Menemauroa a partir de aquella extraña noche en la que corrió hacia la calle gritando que era una súper heroína! Los agudos alaridos desgarraban, como dagas, el silencio del vecindario. Las ventanas se atiborraban de curiosos que señalaban y comentaban. Los padres, con batas a medio poner, intentaban, sin éxito, alcanzar el paso veloz. La sábana, atada al cuello, que fungía de capa, temblaba horizontal al impacto con el aire.

Un transeúnte que, por casualidad, hacía tarde el camino a casa, logró detener a la niña. Estaba pálida, sudorosa y sonriente. El corazoncito le latía a ritmo vertiginoso. Los ojos, abrillantados y azules, se fijaban en un vacío que parecía tener sede a millones de años luz. Los padres, sin querer fijarse en los curiosos que aún disfrutaban del espectáculo, agradecieron, tímidamente, el gesto al peatón y volvieron a casa con la pequeña fugitiva.

El hecho, y su entramado subyacente, fue el tema protagonista de todas las conversaciones y chismerías del día siguiente. El tratamiento había fallado, las medicaciones no fueron efectivas, la cordura de Menemauroa se resquebrajaba con el pasar de las horas. Algunos adocenados narcisistas se enorgullecían de sostener, aún, conversaciones coherentes con ella. Las compañeras del colegio rehuían aterradas, entre las burlas de rigor, a cualquier acercamiento. En las respectivas oficinas, los trabajadores observaban, con cierta expresión de luto y conmiseración, a los preocupados padres.

El temor se materializó, el último recurso fue gastado. Menemauroa fue ingresada, sin oponer resistencia alguna, en el pabellón de psiquiatría infantil permanente del recién inaugurado centro médico docente. Era un sitio luminoso, de pasillos alargados y habitaciones repletas de juguetes blandos. Las enfermeras, con uniformes estampados de dibujitos, colocaban pegatinas a los niños tranquilos. La directora, obesa y con una simpática sonrisa de dientes pequeños, tomó de la mano a la nueva paciente y la sentó en un enorme cojín.

Menemauroa rompió a llorar en medio de la entrevista. Parecía como si una sobriedad momentánea hubiese invadido el delirio creciente. La directora, envuelta por una mixtura de conmoción y comprensión profesional, acarició los  dóciles cabellos castaños de su interlocutora. “¿Estoy loca, verdad?”, sollozó la infante entre aterrorizada y enfurecida. “Eso dicen, pero sólo es que no te comprenden. Los locos son ellos”. La diminuta internada echó a reír.

“¿Y se cura la locura?”, interrogó, calmada, Menemauroa. La directora suspiró y arrojó una mirada cómplice al rodapié en busca de tiempo. Tantos años de experiencia no hallaban aún respuesta a tan curiosa pregunta. Una empatía genuina nació entonces. La directora, como solución, engoló su gruesa voz y cantó.

Se cura la locura que, obscura cuando apura, fisura el alma y la tortura. Si no, procura, con premura, buscar a un cura de orden pura para que sane tus agruras y te haga santa sepultura. La locura es una aventura, es construir un edificio sin saber de arquitectura. Es tocar en un concierto sin notas ni partituras, es tener un pensamiento que carece de estructura. Es la más suelta de las solturas, es lanzarse en parapente temiéndole a las alturas. Es usar, como almohada, la roca más dura, es un fantasma de colores que, al oído, nos murmura. Son las páginas más geniales de la literatura, es la holgura de las holguras. Es, sencillamente, la mente sin ataduras”.

T.M.