Top 10 cosas que aniquilaron a Venezuela

El próximo domingo, Venezuela se enfrenta a una suerte de “Día D”, a un abismo dentro del cual todo será incertidumbre y negrura. Nadie, ni siquiera los especialistas, ha sido capaz de bosquejar con profundidad los escenarios, probablemente negativos, que podrían acontecer. Muchos hablan del final, de una nueva etapa y del último suspiro de lo casi imperceptible que quedaba de democracia. En La Cantárida, cual si se tratara de un pavoso y gritón predicador evangélico de Chacaíto, nos hemos puesto a señalar y a repartir culpas de cara al caos que se aproxima. He aquí las diez cosas que aniquilaron a Venezuela y la llevaron a esta hecatombe.

El petróleo.

No en vano, Juan Pablo Pérez Alfonzo, uno de los diplomáticos venezolanos más brillantes de todos los tiempos, se refirió al petróleo como el “estiércol del Diablo”. Esta negra y espesa “bendición”, que otorgó, durante décadas, infinidad de riquezas y ganancias, trajo consigo una bonanza muchas veces inmerecida y que, al no estar valorada como una recompensa a esfuerzos grandes y trabajos concretos, fue vista como un bono, como un regalo para despilfarrar que, durante más de medio siglo, malacostumbró al venezolano al convencerlo de que el dinero no se cultiva y se cuida, sino que, simplemente, aparece, literalmente, debajo de las piedras.

La IV República.

“Éramos felices y no lo sabíamos”, es una frase referente a la llamada IV República (el período abarcado entre 1958 y 1998) que, con el pasar de los años, va tomando más y más fuerza a medida que la calidad de vida en el país va desmejorando dramáticamente. Es innegable que, en comparación con los tiempos actuales, la era bipartidista blanca y verde fue un auténtico paraíso con calles relativamente seguras, con anaqueles abastecidos, con inversión extranjera y con libre mercado. Sin embargo, es imprescindible resaltar que muchos de los problemas que ahora nos devoran no son más que evoluciones (muy amplificadas) de males que vieron la luz durante este período: demagogia, populismo, dádivas, promesas, corrupción, poca alternancia. Cabe recordar que ese cáncer llamado chavismo no descendió en paracaídas.

La “viveza”.

Muchas veces celebrada en conversaciones casuales, en situaciones cotidianas y hasta en la publicidad, la “viveza” criolla es, quizás, la más indeleble y grave enfermedad que hemos padecido. Comerse la luz de un semáforo, saltarse el puesto en una fila, estafar pequeñas o grandes cantidades de dinero, sacar provecho personal de la ingenuidad o de la confianza de nuestros semejantes; ése es el comportamiento deleznable, patético y asqueroso que ha hecho que todos tengamos que vivir en un estado de alerta permanente para evitar ser víctimas de los “avispados”, esos dictadores en miniatura que nunca se ven  al espejo y siempre achacan al otro el declive del país.

Chiabe.

El detonante total, el catalizador absoluto de los demonios que veníamos cultivando, el encantador de serpientes que nos heredó el legado que hoy nos asesina en todas las formas posibles. El que nos hizo reír con sus ocurrencias y llorar con sus acciones. El comandante, el galáctico, el líder, el monstruo. Hugo Chávez podría ser, perfectamente, el personaje más influyente del Siglo XXI, de ésos que requieren décadas para ser analizados con objetividad; el que rompía los protocolos y contribuyó a desangrar la bonanza económica más grande de la historia, enriqueciendo a unos pocos y sumiendo a su país en la miseria. Las huellas de su influencia hoy son más destructivas que nunca y es seguro que tardarán mucho, mucho, pero que mucho tiempo en sanar.

La prepotencia.

“Venezuela es el mejor país del mundo”, “Venezuela es la tierra de las mujeres bellas”, “Venezuela tiene el Salto Ángel y las mejores playas”, “Venezuela liberó a media latinoamérica”. Todas estas frases, que muchas veces son actitudes y dogmas, fungieron como gríngolas y vendas que nos mantuvieron ocupados en ver las cosas bonitas y nunca las heridas profundas que suplicaban, a gritos, ser atendidas. Esta autocomplaciente morfina de halagos fue, cada vez más, convirtiéndose en una falacia infundada que ahora parece estallarnos en la cara para recriminarnos lo equivocados que estábamos y advertirnos, aunque muchos aún no lo vean, que, si queremos ser un buen país, hay que empezar a trabajar, y mucho.

La oposición.

A veces resulta muy curioso y tentador el fantasear con cómo serían las cosas si la oposición hubiese sido más hábil y menos torpe, más firme y menos complaciente, más sensata y menos demagógica y populista. No es un secreto para nadie que la dirigencia adversa al oficialismo muchas veces facilitó el camino para que éste tomase más y más poder, más y más riquezas. Por citar sólo un ejemplo: cuando la oposición decidió retirarse de las elecciones parlamentarias de 2005, fue cuando le dio alfombra roja al chavismo para que tomase toda la asamblea y secuestrara, con la mayor facilidad del mundo, la totalidad de los poderes públicos.

La emigración.

Al llegar a este punto, queremos dejar muy claro que no se trata de un ataque o un descrédito a los millones de venezolanos que, empujados por las circunstancias (o, sencillamente, porque así lo desearon), decidieron abandonar su tierra natal y probar suerte en otras latitudes; todo el mundo es libre de tránsito y debe tener el derecho de considerar hacer su vida en donde lo considere apropiado. Sin embargo, el flujo tan drástico y precipitado de potencial que se marchó a través de aeropuerto de Maiquetía (o, incluso, por vía terrestre o marítima), dejó a Venezuela, innegablemente, muy debilitada. Cierto es que aún hay gente brillante y preparada que vive en el país, pero el número de universitarios y trabajadores calificados que han huido es realmente alarmante (aunque, reiteramos, comprensible).

Algunos estudiantes.

Los colegios y las universidades son pequeños universos en donde nos preparamos, con ensayos más o menos supervisados, para ser ciudadanos y trabajadores que aprendan a lidiar, muchas veces, con las responsabilidades y las problemáticas inherentes a la vida misma. Es muy probable (por no decir seguro) que quien haga trampa en sus estudios hará trampa en su trabajo y en su día a día. Hay dos vertientes muy grandes que son las manchas evidentes de mucho del estudiantado venezolano. La primera es el desinterés en la materia de los estudios propiamente dichos; puede que esto sea algo comprensible en el colegio, cuando somos inmaduros, pero, en la etapa universitaria, es poco menos que imperdonable. Estudiantes que no tienen inquietudes de acercamiento hacia la historia, la filosofía, la política, la antropología u otras fuentes que nos ayudan a comprender las razones subyacentes de nuestra compleja situación. Por otro lado, la epidemia de “chuletas” y trucos deshonestos en los exámenes y asignaciones es un caso muy subestimado, aunque es un germen más de la corruptela generalizada que nos envuelve.

La displicencia del resto del mundo.

La OEA, el Vaticano, la ONU, la CIDH, los países más desarrollados; muchos de estas instituciones y naciones han mirado con preocupación (posiblemente genuina, claro está) la dantesca situación que sigue desarrollándose en Venezuela. Sin embargo, su intervención no pasa de ser una sugerencia inofensiva, una negociación injusta, una palabra de cortesía o un gesto que no servirá de nada. Pocos son los que realmente han tomado medidas que puedan ejercer daño a quien nos ahorca sin compasión y con mucha violencia. Cierto es que tomar decisiones radicales no es una tarea fácil en el intricado mundo de la diplomacia, pero estamos seguro de que algo más podría hacerse, sin duda.

Los analistas.

2002, 2003, 2004, 2005, 2006, 2007, 2008, 2009, 2010, 2011, 2012, 2013, 2014, 2015, 2016, 2017; todos han tenido un punto en común: siempre los analistas, al referirse a ese año en particular desde sus columnas de opinión, sus videos y sus blogs, aseveraron que “ése era el año”, que “es imposible que el gobierno se sostenga más”. Los analistas políticos se ganan la vida tratando, muchas veces, de predecir un futuro que pocas veces ha sido acertado. Ellos fueron los primeros que han subestimado una y otra vez al oficialismo, que aseguraron que, al morir Chávez, el chavismo no de podría sostener por más de tres meses, que se desmoronaría. Aún hoy, abundan mucho, creyéndose con una visión superior basada en ejemplos que muchas veces son interesantes, pero pocas veces son verosímiles.

 

El destino de Venezuela, en este momento, es más incierto que nunca. Quizás podamos, al analizar la historia local y mundial, que suele mostrar patrones similares constantemente, atisbar un poco de lo que se puede avecinar, sin embargo, el chavismo, al igual que Venezuela, es totalmente impredecible y lleno de “sorpresas”. Que el temor y el pánico no nos invadan por completo, pero tampoco el optimismo y la esperanza sin fundamentos reales.

¿Estás de acuerdo con nuestra lista?  ¿Consideras que hay otro mal que contribuyó a la caída en picada que sufre Venezuela en este momento? Déjanos tu respuesta en los comentarios.

Facebook.com/LaCantarida

Créditos fotográficos: Notitotal, El Universal, La razón, Diario República, Notiminuto, runrunes, Globovisión, Reuters (Carlos García Rawlins).

 

 

La historia fracturada: Venezuela Contemporánea en diez retablos

Capítulo I: Zumaque 1

El 31 de julio de 1914, se inauguró oficialmente la producción petrolera en Venezuela. El pozo Zumaque 1, ubicado en el campo de Mene Grande (al este del Estado Zulia), se convirtió en el primer extractor nacional de lo que el mismo Juan Pablo Pérez Alfonzo, ilustrísimo diplomático venezolano, bautizó como “el estiércol del Diablo”. Al momento de la explosión mineral, fallecía definitivamente un país que, sin tiempo para el luto, le daba paso a otro completamente diferente que se colocaba un llamativo disfraz de progreso absoluto.

Se abrió el portal,

sale el estiércol del diablo que ha de empujarnos al mal.

Mira la tierra, mira cómo sangra noche,

mira la tinta que escribirá epopeyas de populismo y de derroche.

Mira ese imán viscoso que, con obscuro espesor,

va seduciendo a los que buscan un futuro mejor.

Mira esa excitada maraña de líquido y cenizo pelo

que va vomitada en el aire, espolvoreándolo de duelo.

Mira ese aceite de piedra tan curioso que encontraron,

míralos cómo celebran que nos condenaron.


Capítulo II: Adiós a la coa

zumaque 1

Con el llamado “Boom petrolero”, el motor y modelo económico venezolano (tradicional y centenariamente rural) sufrió un golpe del que jamás se recuperaría. El creciente gremio de la extracción mineral otorgaba rápidas y pingües ganancias que, con el pasar de los días, se iban acrecentando abruptamente a raíz de los negocios bilaterales que se iban forjando y que requerían una gran cantidad de mano de obra. La rapidez y la abundancia del dinero fueron responsables de que muchos trabajadores de la tierra empacaran sus cosas y, soñando con lujos, se marcharan a la ciudad.

Adiós a la coa y al azadón,

pronto me respetarán y me tratarán de “don”.

Adiós a la plantación,

mis hijos y mis nietos corretearán por mi mansión.

Me marcho a la ciudad,

por fin ha llegado mi ansiada oportunidad.

A las ánimas ambulantes se las tragará el bullicio,

el cantar de la paraulata no se oirá en los edificios.

En aquella estéril tierra no seré más que un ajeno,

pero con la panza hinchada y con los bolsillos llenos.


Capítulo III: Algunos encienden chimeneas

golpe 92

Durante varias décadas, las ganancias financieras originadas por el petróleo se convirtieron, gracias a las malas gestiones políticas y a la corrupción de los repetitivos gobiernos, en un absoluto oligopolio. El gran grueso de la siempre ingenua población fue arrojado a la sequía de las influencias y menospreciado una y otra vez. Sin embargo, el hartazgo de los marginados se tradujo en sangrientas revueltas y en violentas manifestaciones que, encauzando la ira popular, minarían las bases y estimularían un cambio que, lentamente, se acercaba.

Algunos encienden chimeneas mientras tú mueres de frío,

algunos comen langosta mientras tu plato está vacío.

Pronto llegará el fin de los pudientes avaros,

la ira de nuestro pueblo se transformará en disparos.

La revolución acecha,

a partir de esta fecha se reducirá la brecha.

Ataquemos la neuralgia con fervor y sin piedad,

cada gatillo que apretemos será un paso a la libertad.

El trinar de nuestros fusiles activará las alarmas.

Por fin ha llegado el día, ¡camaradas, a las armas!


Capítulo IV: Mira qué lindas consignas

chavez 1

Todo tiempo obscuro requiere un redentor, Venezuela no fue la excepción. El fin de siglo venía anunciando una tormenta que, aunque se avizoraba, nunca fue asimilada hasta que fue demasiado tarde. Un carismático y hechizante hombre, involucrado en la violencia explicada en el capítulo pasado, se transformó en un muro inquebrantable de promesas esperanzadoras y de injusticias consoladas. Él sería el encargado, gracias al pueblo al que conquistó con sus palabras, de darle el tiro de gracia a tantos años de abusos y de burocracias.

Mira qué lindas consignas, mira qué hermosas proclamas,

mira la solución a tus problemas plasmada en este holograma.

Mira esa masa extasiada que en la lejanía se pierde,

mírala cómo está asqueada del blanco y del verde.

Ven, ¡únete, compañero!

que vamos a destruir todo para empezar desde cero.

Por fin llegó el bienestar para ti y para tus hijos

porque, a partir de ahora, el punto no será fijo.

Alza, vibrante, tu voz; que el contrincante se aturda

porque, ahora, el bastón de mando lo empuña la mano zurda.


Capítulo V: Que viva un tal Cienfuegos

que viva un tal cienfuegos

La gran redención salvadora sacó las garras y se reveló como un profundo resentimiento social. Una carga ideológica de odio disfrazada de paz iba haciendo metástasis gracias a una nueva dirigencia que se transformó en una religión amenazante, ignorante y pretenciosamente totalitaria. El rechazo y la intolerancia en nombre del victimismo hizo aflorar lo peor de cada venezolano, fracturando al país en dos partes irreconciliables.

Que viva un tal Cienfuegos, que viva un tal Martí,

si el comandante conmigo, ¿quién contra mí?

Larga vida a un Atahualpa y a unos tales tupamaros,

has nacido pudiente y eso lo vas a pagar caro.

Que viva un tal Mao, que viva un tal Guaicaipuro,

pronto ajustaremos cuentas, eso te lo juro.

Que viva un tal Víctor Jara, que viva un tal Che,

fuiste a colegio privado y eso no lo toleraré.

En la yesca resentida, violentamente arderás.

Tejeré con tus entrañas una bandera de paz.


Capítulo VI: Avísame cuando llegues

1 Avísame cuando llegues

El caos y la impunidad corrupta desembocó en la anarquía, en las armas, en la violencia extrema y en dolor. La noche se volvió amparo y actividades cotidianas como salir a celebrar con los amigos o caminar bajos las luces de los postes se cotizaron como auténticos lujos. Llegar vivo a casa se convirtió en algo extraordinario que debía ser notificado a la brevedad.

Avísame cuando llegues,

no vaya a ser que, por mala suerte, en el camino te anegues.

No te detengas ante eventos de ninguna naturaleza,

recuerda que, en esta selva, nosotros somos la presa.

Antes de que amanezca, no salgas ni por asomo,

abundan muchos vampiros con los colmillos de plomo.

Enciende todas las alertas, toma cada precaución,

recuerda que, tu cabeza, también tiene cotización.

Ve con cuidado,

recuerda que hay mucha pólvora y pocos hombres honrados.


Capítulo VII: Qué desgracia la de…

qué tristeza la de alejandro

Unos aún podemos contar y oír estas negras historias. Otros no corrieron con tanta suerte.

¡Qué desgracia la de Alejandro!, !qué triste cambio de rol!

Ayer estaba lleno de sueños, hoy está lleno de formol.

Qué alumno tan destacado de la escuela de derecho,

qué lástima que la bala le entrara justo en el pecho.

Ayer se estaba probando su toga y su birrete,

hoy lo van a velar en la capilla número siete.

Pero es su culpa que se lo llevara Caronte,

¿quién lo manda a estar de madrugada manejando por Bello Monte?

¡Qué partida de alma!, ¡qué partida tan prematura!

le cerraron el telón cuando aún iba por la obertura.


Capítulo VIII: Loredana

loredana

Alguien se va, alguien se queda, que viaje el que quiera (o el que pueda)

Te extrañaré, Loredana, pero me debo marchar.

Lo siento mucho, Loredana, no me puedo quedar.

Estoy consciente, Loredana, que romperás a llorar.

Perdóname, Loredana, no te podré consolar.

Sé muy bien, Loredana, que te vas a despechar,

y sé también, Loredana, que alguien se va a aprovechar.

Y allá lejos, Loredana, cuando comience a flaquear,

tu recuerdo, Loredana, me permitirá avanzar.

Se va el avión, Loredana, y no te quiero explicar,

que, si me matan, Loredana, ya no te podré extrañar.


Capítulo IX: Aerolíneas La Diáspora

maiquetía

El melodrama sólo se combate caminando (con el perdón de los paralíticos)

Aerolíneas La Diáspora le da la más cordial bienvenida

a los pasajeros que, en esta nave, van emprendiendo la huida.

Será extenso el vuelo, pues la distancia es larga.

Bajo los asientos hay pañuelos para sus lágrimas amargas.

Cuando despeguemos de la pista

verá que, el país en el que creció, se va perdiendo de vista.

Una vez que lo asimile, comenzará a llorar sin clemencia.

Trataremos de distraerlo con un poco de turbulencia.

Aerolíneas La Diáspora ha llegado a su destino.

Seque el llanto de sus ojos y prosiga su camino.


Capítulo X: A escena

mar

En el que el lector escribe el final de esta grande historia.

A escena, aunque la noche sea fría y cueste conseguir la cena.

A escena, porque sólo tú sabrás si todo valió la pena.

A escena, porque río es río, sea el Guaire o el Sena.

A Escena, que el recuerdo se hace piedra y la piedra se hace arena.

T.M.

El falso mito de la belleza venezolana

“Las muchachas de Caracas son las reinas del vestir”, rezaba aquella famosa canción que la Billo’s entonaba durante esos gloriosos años cuando la capital sonreía y vislumbraba un porvenir que, por distintas e indistintas razones (valga la paradoja), huyó precipitadamente, dejando tras de sí un puñado de cenizas que, hasta ahora, no tienen ni la más mínima intención de emerger aladas como el Ave Fénix.

Venezuela, en su amalgamado compendio de cualidades notables dignas de admiración, es erróneamente descrita como “el país de las mujeres hermosas”. Este título nos ha sido conferido tras las imponentes y afamadas participaciones criollas en concursos de belleza internacional que, desde hace sesenta años (con Susana Duijm, la famosa “Reina Pepiada”) hasta hoy, nos han dado siete coronas del Miss Universo y seis coronas del Miss Mundo.

Pero, ¿es linda la mujer venezolana promedio? La respuesta es “no”. Es innegable, naturalmente, que la nación, a raíz de su enturbiada historia colonialista y no colonialista de mestizaje, ofrece una amplitud extensa y dilatada de morfologías en donde se puede hallar rostros verdaderamente atractivos. Sin embargo, esta mezcolanza suele, a veces, ser confundida con belleza. Es preciso ser lo suficientemente maduros para tener en cuenta que ni la variedad ni los concursos pueden ser tomados como medidores a la hora de evaluar los cánones en cuestión.

Tanto en el libro/ensayo “Mejorando la raza” de Humberto Jaimes Quero, como en el libro/entrevista “Habla el general” de Agustín Blanco Muñoz; existe una premisa que, a manera de coincidencia, establece una conclusión inexorable: Los triunfos (De misses) de Venezuela en el exterior han sido producto de “experimentos” (por llamarlo de alguna manera) que resultaron exitosos. Susana Duijm tenía más raíces judías que venezolanas, por citar un ejemplo. Hoy en día, y desde hace ya bastantes años, es irresponsable argüir que la belleza de un país es definitoria luego de que todas las candidatas son sometidas a innumerables cirugías cuyo único objetivo es mutilar, mediante el bisturí, rasgos notorios de venezolanidad.

Otra de las grandes falacias, escuchadas frecuentemente a lo largo del territorio, es el mito del “sabor caribeño”. Mediante este razonamiento de que la piel tostada y los senos y glúteos abultados son sinónimos de efervescencia y sensualidad frente a las “blanquitas insípidas y planas”, el venezolano ha erigido, dolorosamente, muchos de sus estereotipos; los cuales demuestran, simplemente, profundas heridas sociológicas que siguen siendo factores de peso para que el país siga sumergido en la fosa del complejo y del tercer mundo.

“Venezuela es un país de mal gusto, y educar el gusto es fundamental para el avance de una sociedad”. Estas palabras, más vigentes que nunca, fueron escritas por el respetadísimo escritor Juan Vicente González hace más de 150 años. La mujer venezolana (siempre tomando en cuenta las excepciones) es de gusto poco educado, de lenguaje soez, de pretensiones erróneas y de escasa bondad. Sumado a esto, tiene la falsa creencia de que desborda hermosura y esplendor por doquier.

Es preciso reflexionar, aprender a valorar más los libros que el silicón. De esta manera (y sólo de esta manera) el gusto podrá ir sofisticándose, sacándonos del falso mito de la “belleza venezolana y deseando que Billo’s pudiese cantar “Las muchachas caraqueñas son las reinas del pensar”.

 

T.M.