La obra de teatro de los 27 segundos.

Ella:
¿Tú te piensas que soy tonta?
¿Crees que no me doy cuenta
que en tus ojos hay un amor
que brilla y que centellea?

Que domina tu corazón,
que lo subyuga y lo incendia.
Que hace flamas de una chispa,
como un pedazo de yesca.

Él:
Hoy te amo, lo admito,
pero no sabré mañana.
Si algo enseña la vida
es que lo eterno no es nada.

El amor que hoy nos duele,
que nos hiere con su lanza,
se convierte en el soplido
de una ventisca que pasa.

Tomás Marín.

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Plomo (Segunda Parte)

A pesar de las chispas que caían, siempre fui una persona muy conductista a la hora de comer. Yo solía comer al mediodía. Si por mí fuera, comería todo el día. Pero al ser estudiante aprendí a hacer malabares con los horarios y a hacer un hueco para poder comer, lloviera, tronara o relampagueara, a la misma hora del día. En este caso, lo que llovían eran balas. Pero mi hora de comer es sagrada. Iría a hacer mi almuerzo y comer. Total, nada podría hacer yo para que la lluvia de balas y de fuego se calmase.

Entré a la cocina. Por un momento tuve miedo. La ventana de la cocina estaba abierta de par en par. Es cierto. No era una ventana muy grande, pero cualquier bala envuelta en fuego podría entrar por ahí. Quise acercarme a cerrarla, pero sentía que sería el lugar más vulnerable en el que me podría poner. Yo no quería morir a causa de una bala. Nadie, creo, quiere morir a causa de una bala. Iba por la cocina procurando estar cerca de las paredes. Procurando estar fuera del rango que podría tener cualquier objeto que entrase por la ventana abierta de la cocina de mi apartamento para actuar en contra mía.

De todos modos, luego de pensarlo con un tanto más de cabeza fría, creí que no debía preocuparme tanto. La ventana de la cocina, hacia la parte de afuera, que daba como a una especie de patio interno, tenía un saledizo creo que de zinc que podía ayudar. El saledizo estaba para proteger a quien cocinara o fregara los platos (nuestro fregadero estaba ubicado al lado de la pequeña cocina de gas) de los rayos agresivos del sol. Realmente era bastante útil, aunque siempre pensé que se veía un poco mamarracho.

Pero sentí miedo nuevamente. No sé hasta qué punto una lámina de zinc (de ésas que son un poco curvas y tienen dos colores que se intercalan a través de láminas) podría resistir el impacto de una bala. Al fin y al cabo, la bala que había caído en mi balcón había arrancado un pedacito del piso, que era de granito rosado. Lo mejor sería, definitivamente, ir con cuidado. Yo caminaba con la cabeza un tanto gacha, como si eso fuese a ayudar en algo. Es parte de esos instintos humanos que, aunque sean un poco inútiles, te brindan una cierta sensación de seguridad.

La nevera estaba llena. A pesar de todas las calamidades y de todas las escaseces que asolaban a Caracas, nosotros siempre nos las ingeniábamos para tener una nevera llena. Y no sólo llena, sino llena de cosas ricas. A pesar de que siempre fui una chica delgada, comer siempre ha sido una de mis grandes aficiones. Siempre fui la envidia de mis amigas estúpidas del Mater. Ellas se mataban a unas dietas horribles en las que tenías que contentarte con comer un pedazo de lechuga de mierda que si con vinagre. Yo, en cambio, me hacía unos sándwiches como de medio metro rellenos de todas las cosas ricas que puede haber en este mundo. Mi otro gran “vicio” siempre fue leer. Y como podía leer comiendo sin ensuciar las páginas de los libros, me encantaba combinar estas dos prácticas.

Esto me lleva a explicar un detalle que a simple vista podría no tener importancia, pero para mí siempre la ha tenido y siempre la tendrá. Al igual que en mi apartamento podíamos disfrutar de una nevera llena, podíamos disfrutar de una biblioteca llena. El mercado de los libros en Caracas era un poco como el de la comida. En las grandes cadenas de librerías (generalmente las grandes cadenas de librerías suelen tener los peores libros) había pocos libros y de los pocos libros que había, las tres cuartas partes versaban sobre autoayuda, brujería, Sascha Fitness y no sé cuántas mariqueras más. Los libros buenos se hallaban en el casi clandestino mercado negro. Tan clandestino como el de los víveres, pero mucho menos concurrido.

Yo me sentía orgullosa tanto de mi nevera llena como de mi biblioteca repleta de clásicos y de títulos realmente fascinantes. Cuando alguna persona venía a mi casa a hacerme una visita (fuese una amiga del colegio, o de la universidad, o del trabajo, o un chamo quesudo que lo que quería era llevarme a la cama), le hacía la prueba de la biblioteca. Le hablaba y le mostraba, al menos durante una hora, los títulos que más me gustaban de mi biblioteca, o los que tenía en la lista para leer. Si la persona a la que le estaba haciendo la exposición se ladillaba (lo que ocurría en el 90% de las ocasiones), yo la ponía como en una especie de lista de gente inútil.

Hacía tiempo que la gente ya no venía a visitarme a la casa. O yo me había hartado de muchos, o muchos se habían hartado de mí o, lo más normal, la gente, sencillamente, se había ido del país. Yo era una de las pocas que aún quedaba. La verdad es que no sé por qué me quedaba. Creo que era una especie de mientras tuviese full la nevera y la biblioteca, el resto del mundo, Venezuela, no me importaba absolutamente nada. Por mí, que el país se incendiara todo.

Casi siempre me tocaba comer sola. Prefería comer en la cocina. Nunca en mi cuarto o en el comedor. La cocina era el lugar más diáfano de todo el apartamento. Eran rarísimas las ocasiones en las que coincidía a comer con mis papás. Mis papás generalmente comían en el trabajo y yo comía en el colegio o en la universidad cuando aún estudiaba, hasta hacía muy poco tiempo. Mientras comía, me gustaba poner la radio para escuchar las noticias escabrosas de lo que sucedía en el país. Del gobierno burlándose de la oposición, de los muertos, de la gente que moría de orgullo y hambre por no quererse arrastrar al carnet de la patria cuando se les había agotado el resto de los recursos.

Creo que, desde que yo era chiquita, siempre habíamos tenido el mismo método. Por eso me acostumbré a comer sola. Amaba comer sola. Detestaba comer con mis amigas porque, como he dicho, yo comía muchísimo a pesar de que soy flaca. Yo era de las que pedía dos y hasta tres menús. Y me molestaba la mirada de extrañeza con la que todas mis amigas me observaban. En cambio, comiendo sola no tenía que tener modales ni que rendirle cuentas a absolutamente nadie. Cuando invitaba a chamas o a chamos para la casa para revolcarnos, no me molestaba que el queso se les chorreara. Lo que me hacía hervir la sangre era que quisieran quedarse a comer.

Pero hacía mucho tiempo que ya nadie iba, y ese plan no se hacía más. Creo que mucha gente en el Mater y en la Monteávila me jalaba bolas porque sabían que conmigo (dentro o fuera de mi casa) las reuniones siempre terminaban siendo bacanales. A mí me encantaba el sexo y me excitaba la violencia. Muchas chamas, aunque fuese por curiosidad, iban a mi casa a escondidas de sus padres para participar en orgías. Me daba mucha risa cuando, antes, durante o después del acto sexual como tal, ponían sus voces de muchachas buenas y les decían a sus papás, a través del celular, que la estaban pasando buenísimo (cosa que no era mentira), que estaban tomando Pepsi y comiendo Doritos. Con los chamos pasaba algo más simpático. A mí el sexo sin por lo menos un toque de violencia me gustaba, pero no me parecía la gran cosa. A veces esperaba a que los chamos se durmieran y, agarrando un bastón de madera que tenía mi papá, cuando estaban durmiendo, se los estrellaba en la cara, muchas veces haciendo brotar sangre. Al principio, evidentemente los chamos gritaban, pero yo sabía hacerlos callar con besos y otras cosas. Siempre fui una mujer atractiva. Pero ya eso era tiempo pasado. Como he dicho, todos o se habían ido del país o se habían casado o estaban empatados con gente pollísima. Yo ya casi no salía tampoco. El día se me iba escuchando cantar a los periquitos o a los canarios, trabajando de vez en cuando. Incluso viendo los peces payaso que teníamos dentro de la pecera. Los peces de esa pecera tenían un máster en observar porno en vivo.

Como a veces la soledad de la casa me abrumaba un poco, salía a dar una vuelta alrededor de la cuadra. Sé que hasta salir a dar una vuelta alrededor de la cuadra era algo peligroso, pero, con suerte, no pasaba mucho. De todas formas, procuraba salir a la luz del día y no en la noche. Aunque, de todas formas, éste era un detalle cada vez menor. Ya la delincuencia en Caracas era tal que daba igual el día que la noche. Ya una persona podía ser hurtada, robada, atracada, secuestrada o asesinada en presencia de una muchedumbre y todo seguía fluyendo con normalidad.

No hacía mucho más que eso. Me gustaba ver las ruinas de Caracas, al menos las ruinas que aún mantenían su forma. Algunos condominios, muy pudientes, hacían potazos entre los vecinos y recolectas para comprar algunos galones de pintura con los que maquillar los edificios. Era un esfuerzo que a mí siempre me pareció loable. Tampoco es que era la gran vaina, pero no sé. A veces, en algunas tardes, Caracas aún conservaba esa luz tenue y medio ocre que me recordaba a mi infancia, cuando se podía vivir tranquila y cuando el Parque del Este aún no estaba tan vuelto mierda, como el resto de la ciudad.

Aún, para quien la supiese buscar, había una especie de vida social en Caracas. Para quien pudiese permitirse el lujo, había aún algunos restaurantes que, mal que bien, funcionaban. Uno de los problemas que yo tenía para seguir socializando es que no es lo mismo socializar cuando eres adolescente o muy joven a socializar cuando tienes casi 30. Cuando tienes casi 30, ya la gente anda en su propio peo. Algunos ya tienen pareja estable, otros ya tienen un trabajo que los consume. Otros más lo que piensan es en la estúpida boda. Cosas así. Yo me sentía una vieja a pesar de que no había pasado los 30. Veía a Caracas como si fuese una ruina antigua hallada en un yacimiento arqueológico. Un lugar en el que, junto a esos escombros, yacía una gran cantidad de recuerdos agradables.

Ahora, casi que mis mejores amigos eran los periquitos, los canarios y los peces payaso. Sé que suena un poco tonto y patético, pero era así. De vez en cuando, muy de vez en cuando, recibía la llamada sorpresa de algún amigo o amiga que se había resignado a morir en Caracas al haber fracasado en todos los intentos de huida. A veces leíamos juntos, a veces escuchábamos música juntos. A veces jugábamos Nintendo juntos. Por lo menos una vez al mes. O cada dos meses. O cada tres meses.

Como aún quedaba uno que otro amigo que sabía y compartía mi afición a comer, me invitaba a comer alguna comida que inventaba en su casa. Me encantaban esas tertulias. Era como una especie de improvisación en la cocina de alguien con los productos que se habían podido conseguir en el mercado negro. A veces quedaban unas cosas tan fabulosas, que anotábamos la receta y el proceso para no perderlas y repetirlas algún día. A veces quedaban unos menjurjes asquerosos, que botábamos (pidiendo tácito perdón a los que morían de hambre, que no eran pocos) por la cañería.

Ser cocinera o chef siempre fue una especie de sueño frustrado. No tanto frustrado por un fracaso personal, sino por el propio país. Ser cocinero o chef era una de las cosas menos rentables en un país que se estaba muriendo de hambre. Serviría, en todo caso, para lo que hacía yo a veces con estos amigos que he contado. Inventar, improvisar, divertirse y comer. Estas tertulias, de alguna manera, paliaban ese sueño que, quizás de haber nacido en un lugar medianamente normal, al menos habría intentado cumplir.

T.M.

Relato inspirado el el texto “La lluvia de fuego”, de Leopoldo Lugones.

 

 

 

Plomo

El chofer del autobús de nuestro colegio solía decir, cuando el día estaba despejado y lindo, que aquel día estaba bueno para volar. Dependiendo de mi estado de ánimo, solía imaginarme aviones o pájaros disfrutando del cielo límpido. El día que les cuento era uno de esos días. El Ávila tenía un verde fulgurante. Parecía una de esas barajitas brillantes de los álbumes Panini. Las personas sonreían en la calle. Cosa rara en una ciudad como Caracas. Los vehículos, y creo que ésta era una de las cosas más impresionantes, se daban paso. Todo esto a pesar de que el país estaba herido de muerte.

Si hay algo bueno que tenía Caracas era su temperatura. A veces, el termómetro se disparaba hacia arriba, pero eran contados días. Generalmente, el ambiente tenía una calidez exquisita. Esa calidez que, mezclada con humo de carros, es agradable para las personas que hemos nacido, crecido y vivido en ciudad. El aire parecía más suave que nunca. Sé que el aire no se puede ver, pero cuando lo sientes dándote caricias en la cara, es como los novios. Hay días en los que son más toscos y días en los que son más delicados. Los días así sólo pueden anunciar dos cosas, ambas extremas. Cosas muy buenas o cosas muy malas.

El balcón de mi casa tenía una vista relativamente privilegiada. Yo vivía en un piso ocho. Desde el balcón de mi casa se podía ver el Parque del Este. He ahí la razón por la que digo que la vista era privilegiada sólo relativamente. Cuando era pequeña, pasaba, encantada, tardes enteras viendo al Parque del Este. Cuando era pequeña, el Parque del Este era realmente hermoso. Era todo frondoso y hasta mi balcón llegaba como una cierta emanación de frescor. Yo sentía (aunque sé que es muy marico decir esto) que el Parque del Este era como una especie de amigo que me escuchaba. Con el tiempo, y con la dictadura, el Parque del Este se fue resecando y erosionando. Los animales que había allí se fueron muriendo de hambre y, por las tardes, el Parque del Este era el lugar típico para que los niches y los marginales no fueran a besarse, sino a tirar y a engendrar a más niches y marginales. Daba lástima verlo.

No sé exactamente cuál era la hora, pero era algo cerca de las once de la mañana. Vi una chispa que caía desde el cielo. El cielo estaba despejado y hermoso. Pensé en la mariquera que dicen de pedir un deseo cuando ves una estrella fugaz. Pero me pareció extrañísimo el ver una estrella fugaz a plena luz del día. Pensé que quizás había sido una paloma que, al igual que Ícaro, se achicharró por pasar volando cerca del sol. Pero era una tontería. Otra chispa, al igual que la primera, esta vez un poco más lejos, me puso en alerta.

Luego otra un poco más cerca. Luego otra, un tanto más lejos, casi encima del Parque del Este. Eran como pequeñas luces que bajaban formando líneas rectas u oblicuas. Eran luces que, como pequeños cometas, se estrellaban en la tierra. Como meteoritos mínimos. Pero eran abundantes. Cada vez eran más. Era un poco parecido a cuando volteas una luz de bengala, sólo que un poco más limpio, más ordenado dentro de lo que cabe. Las pequeñas flamitas delgadas hacían un pequeño ruido al estrellarse contra el suelo. “Prac, prac, prac”, hacían.

Yo estaba sola en casa. Mis papás estaban en el trabajo, como siempre. Era una mañana bonita y el sol, a pesar de los pequeños fuegos, seguía pulcro y hermoso. Me asomé hacia abajo, para ver a la gente. Los carros seguían en la misma marcha. Los peatones continuaban sonriendo. Creí, por un momento, estar yo sola viendo el extraño espectáculo del fuego que caía del cielo. Creí, por un momento, estar yo sola oyendo el curioso ruido que hacía ese fuego al aterrizar.

En mi casa (en mi apartamento) teníamos dos jaulas. Una de esas jaulas tenía dos periquitos. La otra tenía dos canarios. Uno de esos canarios era rojizo. Era espectacular. Era mi favorito. Más o menos, a esa hora de la mañana, el canario solía cantar (o trinar). De hecho, esa mañana lo estaba haciendo. A mí me relajaba un poco escucharlo cantar. Pero, a la par que había empezado el extraño fenómeno del fuego que bajaba del cielo y, haciendo ruido, se estrellaba contra Caracas, ni los periquitos ni nos canarios cantaron más. Hubo una vaciedad absoluta sólo interrumpida por el silbido del fuego y por el ruido que hacía este mismo fuego al estamparse de cuajo contra el suelo.

De todas formas, este ruido era bastante sutil. Había que aguzar un poco el oído para oírlo bien. Yo tenía, aunque ya el Parque del Este estaba en la mierda, aún la manía desde niña de asomarme por el balcón de mi apartamento a verlo. Creo que, si no lo hubiese hecho, jamás hubiese podido advertir el extraño y curioso espectáculo de las chispas que encandilaban el aire y, cada vez más abundantes y violentas, bajaban sin alterarse mucho por el viento hasta la ciudad.

Como los carros seguían haciendo su rutina normal y ningún peatón parecía aún alterado, me resigné a pensar que todo se trataba de alguna ilusión óptica. Mi vista siempre ha sido buena, pero pensé que quizás ya era hora de comenzar a buscar a algún buen oftalmólogo. Dicen que esta época de tantas pantallas puede joderte la vista hasta el punto de, prácticamente, volvértela mierda. Pero si el ruido que hacía el fuego también era una ilusión auditiva, quizás el problema era, simplemente, que estaba volviéndome loca. 25 años de chavismo vuelven loco a cualquiera. ¿Cómo podrían culparme?

Pero ahí estaba otra de esas chispas, otra de esas estrellas de corta vida que iban a morir sobre el asfalto y agitaban algunas hojas de algunas ramas de algunos árboles. No era tan fácil verlas en un principio. El sol brillaba y la luz del sol opacaba a la luz del fuego que caía. Pero los reflejos que hacían las chispas al pasar por ciertos puntos realmente herían las pupilas. Me asomé hacia otros balcones, a ver si alguien más estaba en el mismo plan que yo. Pero nada. Yo era la única idiota que estaba asomada viendo chispas de fuego que caían desde un cielo pulcro.

El ruido comenzó a ser cada vez más claro. Al principio era casi indefinido, pero luego al menos yo podía distinguir que era un ruido metálico. No era un ruido metálico muy estridente, pero daba la impresión de solidez que sólo tiene el metal al estrellarse contra cualquier cosa. Aún eran relativamente pocas chispas las que caían, pero caían con una frecuencia que seguía llamándome la atención. Todo tipo de posibilidades vinieron a mi mente. Incluso la de un avión comercial que se había vuelto trizas en el aire y ahora esparcía muy pequeñas piezas hasta la tierra. Mientras no me cayera encima comida asquerosa de avión, todo estaría bien.

Creo que me tranquilizaba un poco (o, mejor dicho, más que tranquilizarme, no me terminaba de hacer caer en un estado de real alerta) el hecho de que la ciudad seguía moviéndose como en cualquier jornada normal. El buhonero seguía pelando bolas. El policía seguía pelando bolas intentando joder al buhonero. El malandro seguía pelando bolas intentando joder al policía. Otro malandro, más malandro que el primer malandro, seguía pelando bolas e intentando joder al primer malandro, menos malandro que él, que intentaba joder al policía. Realmente nada se salía del canon de todos los días.

Aunque aún los granitos de fuego que se estrellaban contra el suelo seguían sin ser tantos, no les voy a mentir. Sentí una inquietud que iba creciendo. Iba creciendo casi a la par que las pequeñas chispitas. Pensé en tomar el teléfono y llamar a mi mamá. Pero ella me recomendaría a un psicólogo. Con qué cara iba ella a contestar el teléfono de su oficina para escuchar la voz de su hija no aterrada pero inquieta decir: “Mamá, está lloviendo fuego”. No valía la pena exponerse a eso. Al llegar a la casa me echaría el sempiterno discurso sobre las drogas. Es cierto. Las drogas me gustan. Pero, para ese momento, yo no estaba drogada.

Volví a ver de nuevo hacia el cielo para inspeccionarlo. Como tengo los ojos azules, soy más fotosensible que la gente normal (no quiero decir con esto que las personas de ojos azules somos anormales, pero ustedes me entienden). Coloqué la palma de mi mano perpendicular a mi frente para que hiciera de visera. Pretendí buscar el origen de aquellos extraños meteoritos. No podía ver nada. Intenté buscar alguna bola de fuego más grande desde la que se estuviesen desprendiendo los granitos, pero tampoco.

¿Por qué sonaban así las chispitas al estrellarse contra el suelo? El fuego no hace ruido. Bueno. Técnicamente sí lo hace. Crepita. Pero el hecho es que el fuego, si fuese sólo fuego, no debería hacer ruido al llegar al suelo. En todo caso un “zzzzzzzup”. Pero aquel ruido definitivamente era metálico. No había lugar a dudas. Eran pequeños trocitos de metal que, quizás por la fricción del aire (no sé si estoy diciendo una burrada física) o alguna cosa de ésas se encendían hasta aterrizar sobre Caracas. Y hay que tener realmente mala suerte para aterrizar en Caracas. Pobre metal.

No sé cómo no había pasado antes. Una de las chispas aterrizó sobre mi balcón. Yo me asusté. Hizo un ruido relativamente fuerte y, de hecho, arrancó un pedacito del piso, que era de granito rosado. No sé qué hubiese pasado si hubiese caído encima mío. Quizás me hubiese matado de una. ¿Quién sabe?. La chispa cayó como a un metro de mí. Mi balcón era relativamente grande. La chispa se quedó encendida un buen rato, antes de apagarse. Pude ver que, efectivamente, era metal.

Acerqué la mano al metal, que estaba casi incrustado en el granito rosado del piso de mi balcón. No me atreví a tocarlo. A pesar de que ya no estaba al rojo vivo, sentí, en mi mano, el calor que aún irradiaba. Fui a la cocina y busqué un tenedor. Con el tenedor toqué el metal. A lo lejos, aún caían chispitas que suponía que eran como la que había caído en el granito rosado de mi balcón. Miré de cerca el metal. Era una bala de plomo. Tuvieron que pasar unos minutos antes de poderla tocar con la mano. Era realmente pesada. Aún estaba tibia.

El viento, tan suave como había sido el resto del día, soplaba hacia el lado opuesto a donde yo estaba. Como si la pequeña lluvia de fuego, al menos por ese instante, no fuera a tocar más mi balcón. Aún veía chispas que caían lejos. De todas formas, sin cerrar la puerta de vidrio que separaba el balcón del resto del apartamento, decidí resguardarme bajo techo por si acaso. Uno de los pequeños metales cayó contra un poste. Hizo un ruido agudo que quedó perpetuado en pequeñas vibraciones hasta que, por fin, se calló.

Las balas seguían viéndose de vez en cuando, casi como relámpagos amarillos y pequeños. Caían separadas unas de otras. A una distancia quizás de unos 100 ó 200 metros entre ellas. Yo podía distinguir quizás dos o tres al mismo tiempo. Algunas increíblemente lejanas. Otras, las cercanas, al menos, por efecto del viento, que jugaba, al menos en ese instante, a mi favor, no apuntaban hacia mí. Por un momento, pensé que iba a escampar. Que todo no había sido más que uno de esos sucesos extraños que ocurren al menos una vez en la vida y que sirven para contar en las parrilladas.

Pero no. Era como la despedida de una tía ebria e insoportable que siempre parece que se va a ir a las dos de la mañana de una fiesta pero no termina de irse. Podían pasar varios segundos sin que se viese ninguno de los fuegos, ninguna de las chispas, ninguna de las balas. Pero siempre una, en la cercanía o en la lejanía, rompía esa paz que sólo duraba unos segundos. Hacía como todas sus hermanas. Bajaba encendida en fuego para estamparse y apagarse sobre el asfalto.

A pesar de que seguían siendo esporádicas, sí, poco a poco, iba dándome cuenta de que las balitas que caían desde el cielo eran realmente malintencionadas. Una cerca el Ávila. La otra cerca mío. La otra por el Parque del Este. Una más allá, cerca de La Carlota. Casi imperceptibles. Como ninjas amparados bajo la luz del sol, que ya estaba en el cénit. Ya había pasado cerca de una hora desde que me había fijado en la primera chispa. Entre pequeños solecitos de cortas vidas, había llegado el mediodía. Quizás el último mediodía.

T.M.

 

 

 

Canto a las Españas

Hay tantas Españas dentro de España,

hay tantas historias tejidas en sus entrañas.

Son tantas Españas las que yo conocí,

como la España de Lorca, de Buñuel y de Dalí.

La España república, la España monarquía,

la España de Asturias, la España de Andalucía.

La España de Cela, la España de Benavente,

la España que quiere irse para ser independiente.

La España de la anarquía, la España de los toros,

la España mezcolanza entre cristianos y moros.

La España de Amadís, la España del Cid,

la España de la bohemia que se respira en Madrid.

La España anquilosada, la España pujante,

la España que inspiró a la pluma de Cervantes.

La España prometida, la España posible,

la España de la derrota de la Armada Invencible.

La España de Alicante, la España de Albacete,

la España vanguardista de la Generación del Veintisiete.

La España pasionaria, la España de la guerra,

la que nace en los Pirineos para morir en Fisterra.

La España de Aragón, la España de Castilla,

la España de Juana la Loca llorando en Tordesillas.

La España de Babieca, la España de Platero,

la España enraizada de los Comuneros.

La España de flamenco, la España del gol,

la España de aquel imperio en donde no se ponía el sol.

La España del franquismo, la de la revolución,

la de la leyenda negra, la de la inquisición.

La España del viñedo donde labra el azadón,

la de los gritos de trece rosas muertas en el paredón.

La España manierista del paisaje de Toledo,

la España de cada verso inspirado de Quevedo.

La España de la paella en la buena cocina,

la España de Serrat, la España de Sabina.

La España de Góngora, la España de Casona,

la España de un clásico Madrid – Barcelona.

T.M.

Hodgkin/Tinder

Un rayo de sol concentrado penetró a través de mi párpado caído y me despertó de la mala hora de sueño, ella aún dormía. En la mesilla de noche, los cadáveres entrecruzados de dos porros consumidos (uno no fue suficiente a la hora de compartir). En el parqué, una escena de posguerra protagonizada por ropa desdoblada, una botella de absenta negra y latas vacías de Mahou Cinco Estrellas. Con gran razón me lo advirtió una buena amiga durante una conversa previa: “Tinder es la receta del desastre”.

Con las manos, aún dormidas, puestas sobre mi cara y con los codos encima de mis rodillas, me senté al borde de la cama esperando incorporarme; rogándole a la náusea, que se paseaba campante entre mi estómago y mi garganta, que se calmara y me diera una tregua, aunque ésta fuese temporal. Madrid se despertaba y un vientecillo templado, preludio del otoño que se acerca, hacía danzar la cortina mientras, desde la acera, una voz gruesa de señora mayor le decía a otra: “Venga, Petra, que hoy toca caminata larga y desayuno sano”.

Podía quedarme allí, inmóvil, durante tres horas más. Tenía, sin embargo, gracias a la ventaja del apartamento vacío, licencia para salir cuando se me antojara. No sabía si marcharme a secas, si dar una despedida silenciosa, si despertarla, si decirle “adiós”, “hasta luego”, o “hasta nunca”. No sabía, ni siquiera, si había disfrutado la experiencia; pero una voz interna, esa pequeña consciencia libertina que todos tenemos (y que en algunos echa más raíces que en otros) me decía “Tomás, hijo mío, estás en Europa. Hay que intentarlo todo, hay que probarlo todo, hay que vivirlo todo”.

El amor eros es un tumor que debe ser tratado (para su cultivo o para su destrucción) antes de que haga metástasis y comience a doler, a invadir. La gloria del Tinder reside en que, según la manera en que se utilice, es capaz de neutralizar y arrancar cualquier indicio de maleza sentimental, o de apego, con el fin de ofrecer un viaje directo hacia el corazón del hedonismo. Aun así, mi fugaz contacto con Devi Extailarena (eufemismo para evitar, en esta crónica, señalar su nombre real) será, por lo menos para mí, imborrable en el recuerdo; con sus pestañas largas, con sus rizos cobrizos, con su piel pálida y estampada de lunares, con su linfoma de Hodgkin.

Todo comenzó con una notificación, con una vibración de mi teléfono que, absorbiendo el Wi-fi de una de las unidades de transporte de la EMT, me advirtió, con orgullo y signos de exclamación: “¡Enhorabuena! Tienes una nueva persona compatible”. Devi, en cuya foto de perfil hay una mirada infinita que sobrepasa la pose de postureo y la boca empinada, utilizó pocas palabras. Allende a las preguntas de pesquisa hacia cualquier persona que no conoces pero con la que mantienes cierto pacto etéreo, acordamos, en sólo minutos, para citarnos, ese mismo día, en la boca número dos del metro de Príncipe de Vergara.

Contrario a lo que suele suceder, Devi es, físicamente, más hermosa en persona que en el perfil. Lucía un inquietante abrigo negro que se imponía desafiante al agradable clima, que rondaba los veintiséis grados. Su mano huesuda y frágil acarició mi tosca barba ante mi gesto evidente que pendulaba entre la desconfianza y la incredulidad. “Vamos a tomar algo, que necesito hablar contigo”.

Nos sentamos en las plateadas sillas de una terraza casi solitaria. Pedimos un par de tintos helados que, con grandes cubos de hielo, hacían “sudar” el tarro que los contenía. Ella no paraba, casi obsesivamente, de fumar. No se tomaba la molestia de guardar el mechero, pues, aún sin acabar un cigarro que se descomponía en humaredas fugitivas entre su boca y su nariz, ya había armado, con una velocidad admirable, el siguiente. Miraba hacia el firmamento, luego hacia mí, inhalaba una bocanada, la exhalaba, bebía un trago grande y repetía, como ensayado, el mismo proceso una y otra vez.

“Te lo voy a decir sin ambages, quiero follar, drogarme, beber y pasar una buena noche”.

“¿Y por qué conmigo?”, pregunté con mi tradicional y fea cara de imbécil y con mi tendencia a deshacer y destruir procesos en pocos segundos.

“Porque me pareciste interesante, guapo; y tu perro lo más”.

En circunstancias normales, me habría ido por la perpetua tangente de la baja autoestima y habría amurallado mi vida con las repetidas defensas de “te equivocas”, no soy interesante”, “no soy guapo”, “en lo del perro, sí tienes razón, Dexter es el mejor perro del mundo”, entre otras. Pero la curiosidad de acostarme con alguien fue aleccionadora y, mientras me amenazaba con su fusta, me susurraba: “no lo arruines, Tomás, por favor, oportunidades como ésta no se presentan siempre. Di que sí y no opongas resistencia”.

El trato estaba cerrado y, mientras caminábamos hacia su hogar, luego de pasar por la farmacia, el corazón me explotaba repetidamente; como una máquina pisadora de ondas expansivas, como los miembros del Estado Islámico el día del atentado en Bruselas. El camino parecía interminable a la vez que el tiempo parecía corto. Aprovechando el mutismo, me fijaba en los números de los edificios, en sus formas elegantes, en su dorado decadente. Entré en su casa, al fin. Por alguna razón, que tardaré meses en comprender, me sentía un vulgar filibustero, un bandido sonriente, un secuaz del Al Capone.

“Hay algo que es importante y que necesito decirte”, me dijo mientras me sentaba en el sofá y se colocaba sobre mí.

-¿Qué?

-Tengo linfoma tipo Hodgkin.

-¿Eso no es…

-Un cáncer del tamaño de una catedral.

-¿Y por qué me lo dices?

-A veces sufro colapsos y desmayos. Si me pasa, llama al número que está en la tarjeta sobre la mesa y me vendrán a buscar.

-Pero…

-No preguntes.

-¿Y te lo estás tratando?

-No.

-¿Por qué?

-No quiero. Si preguntas otra cosa sobre eso, te voy a echar. No me importa echarte.

-Ok.

-Tengo absenta negra, cerveza y marihuana, ¿quieres algo?

-Bueno.

Todo fue un perpetuo delirio de galaxias azules, de filosofía, de chistes malos, de risas que eran como gritos amplificados, de despechos, de vida, de muerte, de cuchillos extrayendo tripas desde las nubes y de Devi Etxailarena creando, sólo para mí, un verano entero con su aliento cálido hasta que, en un fundido a negro, nos quedamos abatidos y durmiendo.

De haberse desmayado, aunque tenía el número que me había dicho, no hubiese sabido de qué modo reaccionaría. Por suerte, su salud y su misterio no echaron llamaradas esa noche. Me siento egoísta, me siento un maldito. Pero, gracias a Tinder, esa aplicación superficial y fútil, he comprobado que existen infiernos y agujeros negros retozando por allí, tomando tinto en las terrazas, esperando el autobús, asomados en los balcones que, con cortinas que se mueven con el aire, celebran que el otoño está llegando y que está muriendo el estío.

¡Qué curiosa es la anorexia!

 

¡Qué curiosa es la anorexia!
Te ha hecho débil, te ha hecho enteca.
Ya no eres ni la mitad de la mitad de lo que eras.
Tú no comes nada y a ti te come la anemia.
¿Hace cuánto que no cenas?
¿Hace cuánto que no abres las puertas de una nevera?
Hay que abrazarte antes que desaparezcas.
Hay que ser flaca, hay que ser bella,
hay que tener un cuerpo de pasarela,
pues, más importante que el hambre, son las apariencias.

 

T.M.

Balada del dinosaurio

El tiempo es una espiral que, sin piedad, nos atropella.

De nuestro paso por la tierra, sólo quedarán huellas.

De nuestros cuerpos quedarán piezas

que los arqueólogos armarán, como a un rompecabezas.

Se acabará la fiesta, se extinguirá el jubileo,

seremos exhibiciones en distintos museos.

No valdrá nada el ahorita.

Nuestros caminares se transformarán en icnitas.

Los carnívoros más aguerridos y los herbívoros más dóciles

reposarán entre la misma piedra, convertidos en fósiles.

Pasarán los milenios, cambiará la era,

el paso de las cosas está apurado y no espera.

Investigarán nuestra dieta, nuestros gestos,

basados en los restos de los restos de nuestros restos.

Por eso ven, y cúbreme de besos,

que, mañana, seremos sólo huesos.