Y sí, cuatro años más de Rajoy

El juego se ha destrancado. Mariano Rajoy, líder del Partido Popular, ha sido investido, luego de un embrollador año que implicó debates, pactos, campañas, propaganda y dos elecciones (gastos abrumadores para un país que aún se recupera de la crisis), como presidente de Gobierno en España. Los más conservadores celebran, algunos callan; otros están abatidos y se bifurcan en dos corrientes: una que, embriagada de mal perder, ha salido a la calle y otra, más sensata, que ha respirado hondo y confía en saber hacer oposición. Todos están errados, todos tienen razón.

En el país ibérico se ha ejemplificado claramente, con muchos conscientes de ello, (a excepción de los que votan de manera ciega, cual si se tratase de una doctrina) que la política democrática aún es un eje embrionario y errático que, con muchísimos defectos inherentes (a pesar de lo antiguo), se ciñe a la elección del mal menor. Ha triunfado, en un menjurje de alianzas y abstenciones, el torpe dirigente que, habiendo autorizado la venta de las armas con las que fueron ejecutados 43 estudiantes durante las protestas de 2014 en Venezuela en contra del Gobierno Bolivariano, tuvo la osadía de escribir una carta (si es que él la escribió) en la que expresaba su solidaridad con los dolientes.

En contraposición, como un monstruo herido, se hallaba Podemos, partido demagogo y fantasioso que, timoneado por Pablo Iglesias e Íñigo Errejón, no dudó (salvo al momento en el que el desangre de apoyo se hizo evidente y se enfocaron en un discurso menos radical, aún cuando se vieron obligados a realizar alianzas que no fueron fructíferas) en encauzar a muchos románticos jóvenes e ignorantes españoles hacia una utopía de flores y tiza basada en la idolatría (y muy posible financiamiento por parte de la misma) de la dictadura autoritaria-competitiva de Chávez/Maduro, que causó (y aún causa) surcos permanentes e hizo pedazos a un país que, como es sudamericano y está “al otro lado el charco,” no interesa a ninguno de los “progresistas antisistema” que, con sus Converse y el grupo de Whatsapp en el que participan a través de su IPhone, celebran a Otegi y a la matanza de Paracuellos.

Estos cuatro años serán críticos. La política ha cambiado, el molde se ha desmontado y depende de los políticos y de los ciudadanos el dar forma a la España que verá la luz y se proyectará a lo largo de, por lo menos, las próximas dos décadas. La práctica de la tolerancia, desde todos los frentes y desde todos los estamentos, será la clave; como aquella foto histórica de Yalta en la que Churchill, Roosevelt y Stalin aparecen sentados como si fuesen tres amigos. Hay que huir, despavoridos, de la banalidad y de la hipersimplificación del pensamiento que tan invasiva se ha hecho. Cada espacio de creación o de debate debe ser un recinto que, azul, rojo, naranja, morado o multicolor, convierta el asunto público en competencia de todos.

 

Tomás Marín

 

 

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Pablo Iglesias y los izquierdistas del club campestre

Pablo Iglesias es, para muchos, el gran ente de moda. El personaje digerible, accesible, atractivo, carismático y sencillo. El mercader de lo cool, el que no precisa estucos rodeando su micrófono. El joven, la cara lavada y fresca cuyo asomo anhelaban todos estos años. El que ornamenta los errores axiomáticos de toda política y los abrillanta en resaltador. El crítico de la mano en la barbilla, el “incorruptible”, el que defenderá su punto de vista, gústele a quien le guste, a capa y espada. La única opción posible.

Es curioso como Schopenhauer preconizó, en su visión del papel del estado, las semejanzas entre el fascismo y el comunismo (sistemas políticos que aún no existían). Fue un paso más allá de Hobbes, de la defensa de que tener un estado (se nota que Hobbes no vivió en alguna de estas dos barbaries), fueren cuales fueren sus características, era mejor que vivir en la fase primitiva, en la que los seres humanos, embriagados de una mezcla de odio y terror, se aniquilaban unos a otros (vaya, ¡cómo hemos progresado!).

Pude conocer, en España, gente cuya afición romanticista (la izquierda es más “guay”, es más “justiciera”, es más “artística”, es más “bohemia”, es más “víctima”) hacia Podemos es un semillero de cáfilas cerradas, de pandillas impenetrables, de “empatía con la pobreza”, de creer que la política es sólo fumar porros, beber cerveza, leer a los “poetas malditos”, hacer carteles y rasgarse los jeans (pagados por mamá) mientras deciden ignorar que, esos a quienes apoyan, no son más que un tentáculo del gobierno totalitario (que, en su momento, fue el más “guay”, el más “justiciero”, el más “artístico”, el más “bohemio”, el más “víctima”) que destrozó un país que, como es de tercer mundo, no importa a nadie.

Todos los sistemas políticos son erróneos (el ser humano es imperfecto), la psique (de muchas personas) es muy compleja para ser encauzada mediante caminos prefabricados. Es preciso tener una frialdad suficiente para recoger (en síntesis), como lo hizo, en su tiempo, el Liceo de Aristóteles; lo mejor de cada propuesta. Pero, para eso, es menester reunirse a pensar, no sólo a ver a los amigos para irse de fiesta.

Siempre quedará la evidencia empírica, el argumento positivista, los fracasos palpables sobre los cuales es imposible sostener una farsa. Aún no he conocido al primer militante de Podemos que esté dispuesto a tomar el reto de venir, por lo menos, durante un mes a Venezuela para recibir una pequeña dosis de socialismo real y, con ella, poder tener una perspectiva más amplia. Siempre será más sencillo para ellos continuar sentados en su jardín de club campestre, bebiendo de sus tacitas moradas, contando, acurrucados, las leyendas que hay en sus libros; esos que relatan que hay un héroe llamado Otegi y un mesías llamado Chávez.

 

T.M.