El último que vio a Cerati

Estaba yendo para la universidad y lo vi por primera vez. Estaba guindado de un poste dañado de la avenida principal de Los Dos Caminos. Era el afiche que anunciaba la nueva gira de Cerati y su paso por Caracas. Cerati salía con una especie de antifaz negro con fondo gris o azul. Me emocioné y sonreí solo. El señor Juan, el que me daba la cola para la universidad siempre que podía, me preguntó el porqué de mi sonrisa. Yo le expliqué que estaba emocionado por ver a Cerati. Nunca había podido verlo con Soda Stereo (no me había alcanzado el dinero para el concierto que habían dado tres años antes), pero ahora, al menos, podía verlo en solitario. El señor Juan calló. No conocía la música de Soda ni la de Cerati. Él era más de Machín y de Piazzolla. Pensé en mis ahorros. No eran muchos, pero quizás podría pedir prestado a mi papá y a mi mamá. Quizás ellos comprenderían. Ellos sabían, mejor que nadie, mi afición por Cerati y por Soda Stereo. Pero, cuando llegué a la universidad, me vi obligado a pensar en cosas más importantes para el momento. Me enfrentaba, ese día, a un examen de antropología filosófica, un examen en el que, por cierto, salí fatal, pero (menos mal) no tenía la materia en peligro.

Analicé, entre mis compañeros de la universidad, y entre la lista de mis amigos en general, a quién podría proponerle que me acompañara al concierto de Cerati. Era en la Simón Bolívar, por lo que el transporte sería difícil, pero ya improvisaríamos sobre la marcha. Quizás valdría la pena el desbancarse con sendos taxis de ida y vuelta, aunque, luego de calcularlo fríamente, esos dos taxis saldrían más caros que la propia entrada. Las desventajas de vivir en un país socialista con una inflación (ya para esa época) por las nubes. Época de Chávez, cuando se creía que no se podía estar peor. Un año después, Chávez estaría luchando contra el cáncer que haría con él lo que él hizo con el Venezuela. Yo, mientras tanto, no conseguía a nadie con quien ir. A muchos de mis amigos no les gustaba Cerati. Y a los que sí, no les alcanzaba el dinero para la entrada.

Estuve ahorrando durante semanas. Tuve, además, que pedirle a mi mamá y luego a mi papá. Y ellos, tal como yo había supuesto, colaboraron para la causa. Incluso mi mamá, en un arranque de extraña generosidad, me ofreció pagar la entrada para un amigo mío, para que yo no fuera solo al concierto. Pero decliné la invitación. Quizás ninguno de mis amigos merecía tal honor por parte de mi mamá. De parte mía podía ser, si tuviese yo dinero, pero no le podía aceptar eso a mi mamá, quien se partía el lomo trabajando casi todos los días de la semana.

El hecho es que tomé el dinero en efectivo y, guardándolo en mi bulto, con todo el miedo del mundo a que pasase un motorizado (o un malandro de a pie) y me lo arrebatase, fui en metro hasta el Sambil. En el Sambil estaba ubicado un puestito sucursal donde vendían las entradas. Las hubiese comprado más fácilmente por internet, pero no tenía tarjeta de débito ni de crédito para esa época (y mis papás eran unos desconfiados totales a lo relacionado al mundo de las compras por internet).

Fui con mi bulto, sudado después de entrarme a golpes en el metro, que estaba relativamente a la hora pico, y subí hasta el nivel Acuario. Todo para que una señorita con acné y huequitos en la cara que no le quitaban del todo la belleza, me dijese que las entradas para Cerati estaban agotadas. Maldito país. Malditos revendedores. Maldito Chávez. Pero decidí gastar parte del botín ahí mismo, en la misma feria de comida del Sambil. Pasé el despecho instantáneo con un burrito mixto con refresco y con un combo de chocolate y arequipe del Churro-manía. Me había resignado a que estaba destinado a no ver a Cerati.

Cuando estaba a punto de tomar el metro de regreso a casa, me sonó el celular. Me estaba llamando Luis, uno de mis mejores amigos, un tipo que es de esa gente que, por siempre estar feliz, parecieran estar, todo el tiempo, borrachos y empericados. Luis me invitó a una reunión que iba a ser en casa de una amiga en común. La reunión iba a ser dentro de dos sábados, el quince de mayo, el día del concierto de Cerati. ¿Casualidad? ¿Predestinación? ¿Compensación? ¿Dios riéndose en mi casa? No lo sé.

La reunión estuvo normal (Un inciso: Ahora que vivo afuera del país, suelo extrañar, en ocasiones, aquellas reuniones). Una cava, chamas, chamos, conversaciones intentas y no tan intensas, música, licor bueno, del malo y muchas risas, el oasis del paraíso en medio del infierno. En una de ésas, Luis, el mismo Luis que me había invitado, irónicamente estando sobrio, caminó sin ver el desnivel de los escalones de piedritas del patio del edificio. Cayó con todo el peso sobre su rodilla derecha. Todos escuchamos el “crack”. Nos dio muchísima grima. Luis intentó guapear, pero todos sabíamos que todo olía, sonaba y se veía como fractura. Un pana que había llevado su carro a la reunión se ofreció a llevar a Luis a emergencias. Yo me ofrecí a acompañarlo. Luis me dio las gracias sin perder jamás su sonrisa periquera-alcohólica, a pesar del dolor.

Como la reunión era en El Hatillo, yo sugerí que lo mejor sería ir al C.M.D de La Trinidad. Al fin y al cabo, Luis tenía seguro privado y no habría problema. Entramos por emergencias. Nos atendió una enfermera de guardia un tanto gorda y amargada. Se llevaron a Luis adentro y el pana que manejaba (que no nos conocíamos casi) y yo nos quedamos sentados, con un silencio algo incómodo, en la hilera de las sillas de espera.

Ya era de madrugada y se colaba algo del frío exterior por la puerta batiente que daba hacia afuera. Me puse nervioso cuando, desde el otro lado de dicha puerta, se oyó un barullo y se vio el reflejo, amarillo y naranja, de las luces de una ambulancia que se acercaba. Sentí miedo. Las escenas de las emergencias en los hospitales me dan pavor. Pero el barullo aumentaba y se distinguían acentos, para colmo, mezclados entre venezolanos y argentinos. La amargada y gorda enfermera elevó su nariz respingada, preparó un papel y se puso en actitud de alerta.

Y fueron dos segundos, exactamente dos segundos, los que lo vi. Cerati en una camilla que era empujada por un enfermero de bata verde que corría lo más rápido que le daban las piernas. Un no sé si amigo, o socio, o manager, o escolta de Cerati, que lo tomaba de la mano pálida (al igual que la cara), que le decía: “Aguantá, Gustavito, aguantá” y que desapareció, junto al resto, por el mismo pasillo por el que se habían llevado a Luis minutos atrás. Yo tardé en asimilar. Miré al pana que había manejado y noté que estaba tan extrañado como yo. Fue él quien rompió el silencio y me preguntó si a quien acabábamos de ver era a Cerati. Yo asentí como con mariposas en el estómago y con la convicción de un escéptico que está frente al juicio final. Días después anunciaban que Cerati había entrado en un estado de coma, del que no despertaría jamás. A veces me pregunto si fui la última persona (aparte de los enfermeros y de los cercanos) que vio a Cerati con los ojos abiertos. Y sí, vi a Cerati, aunque hubiese dado lo que fuese por verlo de pie, cantando una canción.

Tomás Marín

Los no-yo

Yo tenía dinero. Yo tenía bastante dinero. No me da pena decirlo. Disfruté de Caracas, de esa Caracas tan putrefacta y corrompida, como quizás nadie lo ha hecho. Fui a los mejores hoteles con los mejores hombres y mujeres, con mis mejores amigos y amigas, hasta con mis ex. Y nuestra vida en los hoteles, o en las fiestas y restaurantes de lujo, fue siempre una auténtica alegría. Nunca escatimamos en alcohol o en drogas de las finas, de las importadas. Éramos felices, y sabíamos bien que éramos felices.

Allí estaba Caracas, como un espejismo que estaba flotando en nuestro mismo mar. De vez en cuando, cuando subíamos el volumen del televisor para que no se escucharan nuestros gritos, oíamos alguna voz de CNN, esas chocantes voces de CNN, hablando acerca de que habían reventado, una vez más, los problemas en Caracas, que ahora sí que estábamos cerca de la guerra civil.

Estábamos en la mitad del año 2017. Las calles de Caracas, tan cercana y tan lejana, se llenaban de muertos, de heridos, de guardias nacionales, de gente que lloraba, de amenazas. Mi papá me había recomendado cerrar todas las redes sociales. Todas. Twitter, Facebook, Instagram. Él me recomendaba cerrarlas cuando los momentos estaban tensos. De todas formas, siempre fue prudente en sus advertencias con respecto al uso de las redes sociales. Me pedía que no le restregara, a la gente corriente, a través de fotos o de posts, mis lujos en la cara. Decía que la gente corriente era muy sensible con respecto a los que nos habíamos lucrado con y gracias al gobierno. Él lo admitía, y yo lo admitía también, y lo aceptaba. Había sido siempre así, y así me gustaba mi vida.

De vez en cuando sentía algo de lástima por la otra gente, por la gente corriente, por los no-yo. Ese mundo inmundo de hospitales públicos, de muertes por hambre o por represión. Aunque lo sentía ajeno, a veces me hacía como latir distinto el corazón, algo difícil de explicar y que no me gustaba comentarle a mi papá. Yo admiraba a mi papá, siempre bien vestido y con lealtad genuina a ese Baco enfermo que eran Chávez, Maduro y el chavismo en general. Mi papá había agarrado una buena tajada y siempre, en las cenas, cuando estaba algo atontado por el vino, decía que el mundo era de los “vivos”. Decía que los que no son “vivos” están condenados a morir jóvenes y hambrientos.

Él me sugería enviarme fuera del país. Él no era un mal padre y le daba un poco de miedo una intervención militar o un golpe de estado fuerte. Aunque no era algo que le quitara el sueño propiamente. El gobierno estaba atornillado y la oposición jugaba bien a interpretar su papel. A veces Leopoldo y Lilian venían a comer a la casa y brindábamos mientras, en la televisión, rodaban, como si fuese en vivo, un video de Lilian con los ojos aguados pidiendo que liberaran a su esposo. Lilian nunca perdió su espíritu de surfista naturista. Fumaba weed conmigo y se reía con carcajadas fugaces y bellas.

Pero yo no quería hacerla caso a mi papá e irme del país. Mi vida estaba bien. Tenía mis amigos y no quería perderlos. Muchos de mis mejores amigos eran de colegios sifrinos y privados. El San Ignacio, el Cristo rey, núcleos opositores. Pero todo el mundo adversa al gobierno hasta que le cae un penique o le salpica algo de petróleo. Y mis amigos eran maravillosos, liberales, espléndidos, desenrollados.

Cuando estallaron las protestas de 2017, cuando había ya varios muertos, mi papá me sugirió hospedarme en un hotel de lujo mientras pasaba el huracán. Estuve tres meses internada, sin salir en ningún momento, en la suite principal del hotel más lujoso de Altamira, ese blanco con ventanitas negras. No quería aburrirme sola, así que invité a mis mejores amigos. Ellos aceptaron. Era como un campamento, sólo que, en vez de canciones en la hoguera y dinámicas idiotas, hubo alcohol, drogas y servicio a la habitación para las tres comidas al día y las meriendas.

Y no deja de parecerme curioso. Desde la suite se veía una panorámica de la Plaza Altamira, donde había enfrentamientos todos los días. No sé si mi papá eligió Altamira por ser irónico, o porque era el hotel de uno de sus mejores amigos de toda la vida, también afín al gobierno, en donde mis amigos y yo estaríamos a buen resguardo.

A veces, por las ventanas cerradas de la suite, veíamos la masacre. Sentíamos, por efecto de las drogas y del alcohol quizás, que la ventana era un televisor pantalla plana con absoluto 4K. Y nos reíamos al ver a los idiotas que defendían al gobierno (y a mí) y nos reíamos al ver a los idiotas que adversaban al gobierno. A veces llegaba, hasta nosotros, el humo de las lacrimógenas, que se confundía con el olor de la marihuana y con el de la pizza recién horneada que pedíamos de almuerzo.

Mi papá me llamaba dos veces al día. Me preguntaba si estaba bien. A veces escuchaba la voz de Maduro al fondo del teléfono, como un eco, como la voz de los profesores de Snoopy, dando una declaración a los medios y diciendo que todo estaba bien. A veces, después de colgarle a mi papá, me ponía a llorar. Mis amigos me consolaban y yo les explicaba que mi papá no era un mal padre. Me daba miedo que lo mataran a la hora de una venganza, eso era todo. Entonces poníamos música de Melendi en la suite y nos asomábamos por la ventana. Disparos, bombazos, palazos, detenidos. Yo me relajaba, sonreía, soltaba una bocanada y agradecía a mi papá, y a Dios, por haberme puesto, literalmente, en la cumbre.

De cómo las cenizas de Sofía terminaron en Hawái

A veces, no sé si me sucede a mí solo, tengo la sensación de que toda la tristeza y todo el sufrimiento del mundo son cosas inaguantables. El sinsentido de la vida es algo que me arrolla frecuentemente. Pero es en medio de toda la tristeza, de todo el sufrimiento, de toda la maldad y de toda la basura, que encuentro (repito, no sé si me sucede a mí solo) esa chispa, esa embriaguez que hace tan interesante a la vida. Les voy a contar una de mis historias más secretas, una que juré mantener para mí, pero que, hoy (mi palabra no vale nada), decido publicar.

Soy una persona, como sabrán, muy aficionada al teatro. Me encantaba, cuando vivía en Caracas, ir a ver obras, era una de las cosas que más me hacían feliz (junto con comer y coleccionar libros para leer). Un día, gracias a una invitación que me regaló mi mamá, fui a ver, en el Centro Cultural de Chacao, una representación de “Cuando quiero llorar, no lloro”, una adaptación (bastante mediocre) del cuento homónimo de Otero Silva. Lo reseñable aquella noche, más que la obra como tal, fue el hecho de que conocí a una muchacha encantadora, de ojos marrones y pelo asombrosamente liso, llamada Sofía. Nos unió, en amistad, la casualidad y la ola de críticas negativas que teníamos hacia “Cuando quiero llorar, no lloro”. Sofía y yo (es necesario aclarar esto) no éramos los mejores amigos, pero nos convertimos en buenos amigos.

Si había una cosa, una palabra, un concepto, con el que yo podía (y puedo) definir a Sofía, esa palabra, o ese concepto, es “Hawái”. Sofía, además de que (no sé si por casualidad o por intención) tenía la piel un poco (pero sólo un poco) tostadita, al estilo de las hawaianas, sentía amor, verdadera pasión, por Hawái. De hecho, sé cómo es la bandera de Hawái (es una especie de bandera del Reino Unido junto a muchas franjas horizontales) porque Sofía la tenía, en tela y en tamaño maxi, en la pared de su cuarto. Ella también tenía un afiche de IZ. IZ (su nombre verdadero era mucho más largo) era un gordo (pesaba, literalmente, unos trescientos cincuenta kilos) hawaiano que cantaba increíble y que tocaba un ukelele que, en contraste con su cuerpo gigante, se veía mínimo, como de juguete. Sofía también tocaba el ukelele (no muy bien, pero se defendía). El sueño de Sofía era ir a Hawái. De hecho, me decía, medio en broma medio en serio, que ella quería, cuando muriera, que sus cenizas fueran regadas en las aguas de Hawái, de la misma manera que había sucedido con las cenizas de IZ.

No quiero ensombrecer este relato, quizás el más íntimo que haya contado nunca, con los sórdidos detalles acerca de la enfermedad, el declive, la agonía y la muerte de Sofía. Fue un proceso bananero, dantesco, largo, tercermundista. Una muerte socialista más en medio de toda la barbarie. Lo que me dio siempre más rabia no fue sólo el hecho de que Sofía muriera, sino que muriera sin haber cumplido su sueño de conocer Hawái. De hecho, y porque ella misma lo pidió, sabiendo que le quedaba poco, la urna de Sofía fue cubierta con la bandera de Hawái (la misma que tenía en su cuarto) en vez de con la de Venezuela. Les digo que lo que ella sentía por Hawái era, de pana, amor, amor profundo.

Meses después de la muerte de Sofía, una especie de idea me quedó rondando la cabeza, un tanto obsesiva, quizás. A Sofía la habían cremado, y sus cenizas estaban en Caracas. No sé si fue una estupidez, o un instinto de buen amigo, o las ganas de salir del país a como diese lugar, pero yo quise contribuir a cumplirle a Sofía su sueño de que sus cenizas tuvieran el mismo destino que las de IZ, que fueran arrojadas a las aguas cristalinas y perfectas de Hawái. Recuerdo que, una tarde, llamé al papá de Sofía, uno de los hombres más candorosos que existen, y le pedí reunirme con él. Él me recibió en su casa y me hizo sentarme en uno de los sillones granates de la sala. Yo no sabía si irle con rodeos o decirle directamente mis intenciones. No es fácil decirle a un padre que quieres, que necesitas, las cenizas de su única hija. Decidí ser directo (es más fácil). Él comprendió. De hecho, él me dio la razón y me apoyó. Sofía le había expresado a él (yo no sabía eso hasta entonces) su deseo de que fuese cremada y de que sus cenizas, como me había dicho a mí, descansaran en Hawái.

El problema era que no había dinero para eso. En Venezuela nunca hay dinero para nada. Sofía, a fin de cuentas, era una chama de clase media atrapada en medio del infierno socialista. Yo le pedí permiso al papá para intentar recolectar dinero y ver si era posible llevar las cenizas hasta Hawái. Él me dio el visto bueno, porque él era loco, como yo. Yo hice una campaña (no sé si ustedes la recordarán) en GoFundMe. Recolecté sólo cuarenta dólares. Pero a punta de mi trabajo de redactor, y de saber ahorrar y moverme, pude conseguir más dinero.

El siguiente problema a resolver era el de ver si yo era capaz de organizar un viaje sensato. Después de mucho buscar (porque las rutas desde Caracas a Hawái, además de enrevesadas, suelen ser carísimas), conseguí un itinerario que se ajustaba a mi no muy amplio (pero tampoco tan escaso) presupuesto. El viaje tendría tres escalas tediosas y larguísimas. El trayecto iba desde Caracas hasta Bogotá, de Bogotá hasta Fort Lauderdale, de Fort Lauderdale hasta Los Ángeles y de Los Ángeles hasta Hawái.

El siguiente paso fue idear la manera menos traumática de llevar las cenizas de Sofía conmigo. Me sentía como una especie de dealer que estaba traficando con cocaína, con una especie de cocaína gris. Pero no había razón para tanto trauma. La aerolínea (y creo que todas las aerolíneas lo permiten), cuando llamé y expliqué todo el embrollo, me permitió llevar las cenizas siempre que el recipiente estuviese muy bien cerrado y sellado temporalmente. Fue un alivio grande. Una vez que llegó la hora de irme al aeropuerto (como a las dos de la mañana), Sofía (granulada) y yo salimos un poco trasnochados. Como a las siete de la mañana ya estábamos en Bogotá.

Y de ahí, desde Bogotá, el trayecto, entre esperas y vuelos, se hizo interminable. De Bogotá a Fort Lauderdale. En Fort Lauderdale otra espera. El aeropuerto de Fort Lauderdale es uno de los más nulos (aunque tampoco conozco tantos aeropuertos) que he visto. El de Los Ángeles sí que es increíble. Es gigantesco, monstruoso. Pero la espera fue larga, incluida la anécdota de un guardia del aeropuerto que, al solicitar mi documentación y notar que mi pasaporte era venezolano, me preguntó, con mala cara, luego de revisarlo, que qué tal me parecía Maduro. Le respondí, en mi buen inglés, aunque mal pronunciado: “Maduro is the perfect Satan”. Él se rió y se fue. Luego estuve esperando en los asientos de la puerta de abordaje hasta que, por fin, se anunció el vuelo hasta Hawái. Yo sonreí solo como estúpido. Estaba a punto de completar una de las hazañas más surrealistas de mi vida.

Hawái es preciosa. Les puedo asegurar, aunque, quizás, mis recuerdos están distorsionados a causa de tanto Jet Lag que tenía en aquel momento, que Hawái es tal cual como la ponen en las películas y en las comiquitas. Yo me senté (tras el traslado desde el aeropuerto) un largo rato en una playa que parecía onírica, pero un rato largo, larguísimo, que se me hizo eterno. Hundí bien mis dedos en la arena blanquísima y, al final, cumplí con Sofía. El sinsentido de la vida me arrolló en aquel momento. Pero sentí que, dispersándose a través del Pacífico, Sofía por fin estaba en su casa.

Tomás Marín

Prohibido ser Gandhi. Capítulo 1.

Mi mamá llevaba varios minutos dándole vueltas, con el tenedor, a un guisante que estaba sobre el plato. El guisante, con un color que no podía decirse que era (o que alguna vez fue) verde, estaba bastante arrugado. Hacía juego con el arroz cocido casi transparente y con una proteína que, aunque los medios oficiales aseguraban que era carne, parecía un trozo de gruesa piel impregnado, aún cuando estaba en estado crudo, de un aroma asqueroso a aceite viejo. Yo prefería comer poco, o irme a la cama sin cenar. Prefería aguantar el hambre. El simple olor de la supuesta carne me provocaba náuseas.

Le supliqué a mi mamá que comiera algo, pero mis palabras sonaron a vacío. Ni siquiera yo creía en ellas. La verdad es que la comida, la única de la que disponíamos, era una basura. Me seguía afectando el ver a mi mamá en aquella actitud de dejadez total. Pero ya me iba acostumbrando. Ella había perdido bastante peso. El vestido beige con adornos, que unos años atrás le quedaba ceñido y que era, por eso, su vestido favorito, ahora le guindaba por todo el cuerpo, como si fuera una especie de baba o de lágrima de tela deshilachada.

Me gustaba acompañar a mi mamá a cenar. Me hacía sentir un poco menos miserable el tener a alguien, aún cuando pareciese hipnotizada, a mi lado. Observar a mi mamá, aunque yo no estuviese sentada en la mesa junto a ella, era una especie de consuelo a esa sensación que me invadía cuando caía la noche. No era una sensación de derrota, o ni siquiera de tristeza o de ansiedad. Era una sensación que parecía dictarme al oído, una y otra vez, que toda la vida en Venezuela no era más que un error, y ni siquiera un error importante, sino una especie de error olvidado. Sentía que Caracas, que de noche era una mole negra dormida, estaba ubicada en una especie de dimensión paralela a la que nadie podía acceder. Supongo que sentirse así era un resultado inevitable tras tantos años de aislamiento. El mundo no podía ocuparse de Venezuela todo el tiempo. Tenía que seguir su camino, y lo siguió.

Mi mamá por fin abrió la boca. Admitió que no tenía hambre. Me pidió permiso para levantarse e irse a acostar a su cuarto. Tuve que ser firme y decirle que no, que no la dejaría levantarse hasta que terminara de comer. Ya nos habíamos habituado a eso, al hecho de que mi mamá me viera como una especie de figura de autoridad. Aún así, seguía pareciéndome un poco extraño. Mamá estaba comiendo menos que nunca. Supongo que a mí me estaba pasando igual, pero no había nadie que me lo estuviese recordando a cada rato. Mamá podía pasarse hasta 48 horas sin comer. Por eso la comida nos rendía y teníamos más que nuestros vecinos. Menos mal que ellos no lo sabían, quizás hubiesen tumbado nuestra puerta para robárnosla.

Le pregunté a mi mamá si quería que yo comiera junto a ella. Un poco como hacen los papás, cuando quieren que un bebé coma, que comen junto a él. Ella me dijo que sí. Yo estaba dispuesta a hacer el sacrificio y llevarme la comida a la boca. Fui hasta la caja, que estaba dentro del closet, a intentar seleccionar lo menos repugnante.

 

T.M.

Instrucciones para enfrentarte al bully de tu salón

Métete la camisa por dentro. Quédate tranquilo y respeta a todos los de tu entorno. Estudia bastante y sé aplicado. Ten ganas de mejorar y de aprender. No seas un mediocre como tus compañeros. Es una de las fórmulas perfectas para ser presa en un colegio lleno de depredadores. Préstale atención a la maestra. Pareces más interesado en las clases que ella misma. Parece que se ha perdido el amor por la pedagogía. Ella habla de las gestas de Marco Polo con la misma emoción con la que un niño mira una inyectadora que se prepara para entrar en su brazo.

Aguanta los insultos que te hace el bully de tu salón. Idiota. Gafo. Nerd. Débil. Es más corpulento que tú. No tendrías oportunidad contra él. Nunca. Sus brazos se entornan y dibujan músculos cultivados. Los tuyos parecen tallarines a medio cocinar en la casa de un chino pobre de la selva. Todos tus compañeros adulan al bully de tu salón. Hace morisquetas que no son graciosas. Pero tus compañeros se sienten más seguros con la garantía de seguirle la corriente. Tú sólo trata de ignorarlo. Quizás se canse y elija a otra víctima.

Estira tu paciencia como si tu vida dependiera de ello. Estira tu paciencia como si fuera un chicle. Trágate que el bully de tu salón diga en público que tu mamá trabaja a medio vestir en una calle de reputación dudosa. No lo acuses. Sería peor. Los maestros se reirían de ti. Tus compañeros se reirían de ti. Cuenta el tiempo que falta para que suene el timbre. Cuenta el tiempo que falta para que acabe el año. En vacaciones no te tendrás que topar con el bully de tu salón. No le digas a nadie que cada vez te sientes más triste y desesperado. No le digas a nadie que tus notas han caído (como un avión impactado por un rayo) porque cada vez le tienes más pavor al colegio.

Devuelve la bofetada. Devuelve la bofetada por primera vez. La paciencia no es eterna. Hay un silencio sepulcral que flota sobre los pupitres. Se podría oír a una mosca contándole a otra mosca un secreto en susurros. El bully de tu salón se soba la mejilla izquierda. Tu rebelión sonó como un globo explotando sobre su cara porcina. Sé alquimista con tu hartazgo. Sé alquimista con tu rabia y con tu miedo. El bully no se quiere quedar así. Te ofrece una pelea para cuando suene el timbre de la salida. Es una cita.

Límpiate el sudor de la frente. Siente cómo se eleva tu adrenalina. Tus compañeros te rodean formando un gran círculo. No te espantes por el griterío que pide golpes y (preferiblemente) sangre. No estás solo en ese círculo. También está el bully de tu salón. Las ganas de destrozar se le ven en la cara y se le notan en el aliento que parece echar humo. Se está arremangando la chemise. No reces. Rezar es en vano. Los dioses no te sacarán de ahí ni te transportarán mágicamente a tu cuarto. Nunca habías deseado tanto estar tranquilo en tu cuarto. Tu cuarto es el refugio perfecto. En tu cuarto puedes ser tú sin que nadie te amenace. Podrías estar leyendo sobre los argivos y los troyanos mientras escuchas un disco de rock. Podrías estar jugando con Mario Bros mientras se hornea la pizza en la cocina. Regresa a la realidad. Regresa rápido. Cierra los ojos. Ahí viene el primer golpe.

 

Tomás Marín

 

La policía en Caracas siempre ha sido una mierda. La policía en Caracas nunca ha me ha infundido alguna otra cosa que no sea miedo o asco. Miedo porque sabes que tu vida y tus pertenencias no valen nada para ellos. Sabes que te pueden robar todo o te pueden disparar en la cabeza porque eres blanco o porque cobraste tu quincena. Asco porque tienen esa altanería maldita que ni siquiera tienen los delincuentes más activos.

Los casos en los que la policía de Caracas hace algo bien son contadísimos. Son casos absolutamente excepcionales. Yo no sé si los policías se pueden conmover alguna vez con algo. Siento que son seres casi todos embrutecidos incapaces de experimentar emociones. Aunque tengo casi la certeza de que se conmovieron cuando entraron a la casa del novio raro de Natalia y vieron los dos cuerpos. El del novio raro de Natalia estaba sobre el sofá. Me recordaba un poco la imagen de Sócrates bebiendo la cicuta. El de Natalia estaba en el suelo. Natalia (o la ex Natalia) recordaba la famosa imagen de Ofelia sobre el agua. La diferencia era que Natalia estaba muerta sobre una alfombra persa de imitación comprada quizás en Sabana Grande.

Pero los cuerpos aparecieron censurados cuando el mediocre noticiero de Venevisión pasó la noticia en la emisión de la noche. Los cuerpos tenían esa especie de cristal borroso que ponen en edición cuando se considera que una imagen es demasiado fuerte para ser vista por los espectadores estúpidos. Siento que no se comprende que en Venezuela ya nada es capaz de conmover a nadie. Los muertos que ves en la calle (en 3D y hasta en 4D) no tienen esa censura. Tú los ves ahí y ya. Algunos enmohecidos y algunos cubiertos por un trapo blanco y miserable que deja traslucir mucho rojo.

Me es difícil escribir una historia como la que quiero contar. He pasado mucho tiempo dándole vueltas en mi cabeza. No es que la historia me conmueva propiamente. Es que no he sabido cómo contarla. Me genera un poco de inquietud el pensar que algún familiar de Natalia pueda sentirse ofendido con todo este relato. Pero me arriesgaré. Yo fui amigo de Natalia y siento que tengo todo el derecho.

Podría mentir y decir que Natalia y yo éramos amigos cercanísimos e inseparables. Podría decir que Natalia era como una hermana. Pero no lo haré. No fue así. Natalia era una amiga equis. Era una amiga con la que yo salía de vez en cuando. Natalia era una de esas amigas a las que también ves de vez en cuando en alguna reunión y compartes con ella un Cacique con Big Cola. Era una chama bonita e interesante. Tenía los ojos color verde botella y tenía el pelo castaño con un rizo que no se terminaba de formar y que descendía en un tirabuzón elegante que pocas veces se despeinaba.

A Natalia le gustaba contar sobre su vida. Era una chama que gustaba de hablar. Natalia también era una chama que gozaba con la extraña costumbre de ir sola a un restaurante o a un bar (nunca de mala muerte. Natalia era de más o menos plata) a tomar una copa de vino o una copa de vermú. Decía que estos licores le ayudaban a indagar mejor en sus reflexiones personales. Creo que era la intensidad de Natalia con comentarios como ése la que nos hizo ser amigos. Pero el hecho es que Natalia me contó un día que había conocido a un chamo en una de sus reflexiones de vino y vermú.

Y vaya si el chamo agradó a Natalia. Se había convertido en uno de sus temas de conversación favoritos. Nunca lo llevaba a las reuniones. Decía que al chamo no le gustaban y que prefería quedarse en su casa viendo Netflix o documentales. Natalia lo describía como un chamo con el pelo liso negro casi hasta los hombros. Lo describía también con cierto tono de voz un tanto afeminado y sutil. Ese tono encantaba a Natalia según lo que nos decía.

Sí me llamaba un poco la atención (a todos los amigos de Natalia nos la llamaba) el hecho de que Natalia tampoco tuviera fotos con él o de él. El perfil de Whatsapp del chamo mostraba la silueta del muñequito blanco con fondo gris que indica que el usuario no tiene foto de perfil. Natalia alegaba que no tenía fotos de él (o con él) porque a él no le gustaba tomarse fotos. Algunas amigas en común se reían agitando el vaso de Cuba libre en la mano y decían que el cuadre de Natalia no era más que un rarito.

Pero la que comenzó a ser una rarita fue Natalia. Poco a poco se fue transformando en otra persona. Esto ocurría de una manera casi imperceptible. Ocurrió en un proceso que tardó varios meses. No cambió de la noche a la mañana como Scrooge. Yo no sé a las otras personas. Pero a mí me molestaba mucho (y me sigue molestando) que mis amigos cambien. Sobre todo me molesta cuando estos cambios están influenciados por otras personas.

Podría perdonarse un poco si el cambio es para bien. O al menos es un cambio divertido. Pero el cambio que se iba gestando en la personalidad de Natalia no tenía nada de divertido. No es que fuera pasando de santurrona a puta o de puta a santurrona. Ése suele ser el tipo más común de los cambios que puede haber en la muy particular sociedad de jóvenes de la clase media o media alta de Caracas. El cambio de Natalia era de ausencia. Natalia se iba volviendo una chama cada vez más abstraída y más ensimismada. Natalia siempre tenía la un poco cotufa costumbre de vivir haciéndose selfies para poner en Facebook y estimular su ego con los likes. Pero era su forma de ser. Era la Natalia de siempre. La nueva Natalia no colocaba ya nada. De vez en cuando ponía algún pseudotexto o pseudodocumental raro que me daba ladilla leer o ver debido a su tema metafísico. Lo metafísico siempre me ha parecido aburrido y estúpìdo.

No había que ser un Sherlock Holmes para darse cuenta de que aquel cambio de lo cotufa a lo (mal) raro en Nati estaba influenciado por esa especie de cuadre/novio/amigo/seductor que había conocido durante la maldita tarde de vino o vermú en la que su vida cambió. La información que yo tenía sobre él (quizás por no ser metiche y por no querer indagar más) era muy escueta. La imagen que me había formado de él en mi cabeza estaba armada sólo por las descripciones que daba Natalia. Sabía también que él había estudiado uno o dos años en España. Creo que en Madrid. Creo que una carrera rara como artes o como sociología.

El cambio de Natalia no me dolía. Pero sí me irritaba un poco. Natalia adquirió la costumbre de usar poquísimo el Facebook y el Whatsapp. No es nada malo esto. Pero en ella era un poco inconcebible. Era como un síntoma de alguna anomalía de cuidado. Yo decidí cruzar un poco la línea y llamarla. La llamé al celular y no me contestó. La llamé a su casa y hablé con su mamá. Su mamá me la pasó. Le dije a Natalia que la invitaba a comer o a tomar algo al restaurante de los chinos en Los Palos Grandes. Me dijo que sí. La fui a buscar en el carro.

En el restaurante de los chinos me di cuenta de que tenía unos cuantos meses sin ver a Natalia. Su ausencia había sido tan sutil y tan de a poco que no la asimilé en su total dimensión. Natalia me dio un poco de grima aquella tarde. Estaba más pálida y tenía el semblante como más sombrío. Le dije que parecía que había salido de una cárcel. Ella no se rió aún cuando sé que un comentario así le hubiese hecho estallar la carcajada meses atrás. Yo pedí rollitos. Ella pidió un vaso de agua. Yo le dije que no jodiera. Le dije que pidiera algo de verdad. Le dije que yo se lo pagaba. Ella me dijo que ya no comía grasas. Me dijo que ya no tomaba nada que no fuera agua. Yo la dejé ser. La reunión con Natalia en el restaurante de los chinos fue un desperdicio. La conversación era con pinzas. Muy incómoda. Natalia se bebió sólo un dedo de su vaso de agua. Aunque rescato que los rollitos que me comí estaban bastante buenos.

Natalia pasó uno o dos años siendo un tema de conversación casi perenne en las reuniones que hacíamos en Caracas. Hasta las mamás de algunos amigos conocían su historia. Todos echaban su propio comentario sobre ella. Todos compartían alguna vivencia con Natalia y comparaban cuándo había sido la última vez que la habían visto. Natalia se había convertido en una especie de leyenda urbana. La chama que se había vuelto loca. O que la habían vuelto loca.

La última vez que vi a Natalia fue cerca de la Plaza Altamira. Caracas estaba en la mega mierda y ya yo tenía mi pasaje para largarme de esa selva inhóspita e irme a trabajar y progresar en un país de verdad. Natalia estaba cruzando la calle y yo la llamé desde el carro. Estaba bastante flaca. Más flaca que de costumbre. Se acercó a mi ventana y me saludó. Sentía que me hablaba en código. Había adquirido cierto tic en el parpadeo que me llamó la atención y me ponía nervioso. Me dijo que pronto se iría de misión. Aunque nunca me dijo a dónde. No me importaba tampoco.

En casa de Juan Pablo me dieron la noticia. Recuerdo que estábamos comiendo Doritos y jugando Smash. A alguien le había llegado un Whatsapp que no se sabía por entonces si era verdadero. A Natalia la habían encontrado muerta en el apartamento de ese chamo raro. Él estaba muerto también. No había violencia en los cuerpos de la escena. Sólo un gran desorden de cosas tiradas que acaparó casi la totalidad de las conversaciones de aquel día.

Páginas amarillistas y mediocres como La Patilla y DolarToday comenzaron a regar la noticia con letras mayúsculas y amagos de clickbait. Otras páginas más serias relataban la noticia sin dar muchos detalles. No había muchos realmente. El Nacional fue el que más indagó. Pero no pudo dar con mucho. La imagen de los artículos siempre era la misma. Los cuerpos muertos con la censura que los hacía borrosos. Alguna foto sin censura se filtró por Twitter. La gente es morbosa. Pero yo no la quise ver.

Se han manejado muchas hipótesis en relación a lo que le pasó a Natalia. Se sabe que fue un suicidio acordado. Aunque no se sabe por qué. Yo he escuchado a mucha gente decir sus versiones (algunas más descabelladas y verosímiles que otras). Y la que más me convenció fue la que decía que el chamo raro había convencido a Natalia de que ella era una especie de ser que no era de este mundo. Que era quizás princesa o quizás reina de algún planeta lejano que había sido secuestrada aquí en la tierra (con la mala suerte de caer en un basurero como Venezuela). Se dice que supuestamente él la convenció de regresar a su planeta mediante la muerte. Pero que no era tan sencillo. Que no era matarse y ya. Que el cuerpo tenía que estar preparado sin azúcares y sin grasas para poder hacer un viaje rápido y cómodo. Que él la acompañaría y por eso se había matado también en ese entuerto idiota digno de un poema embriagado de Byron.

Y yo me siento un poco estúpido al contar así como así la que me parece la hipótesis más creíble de lo que le pasó a Natalia. No sé si Natalia sería capaz de dejarse convencer de hacer una cosa así. Pero se han visto cosas más raras. De todas formas ésa será una historia que se diluirá entre otras más horribles. Caracas haría las delicias de Agatha Christie. Y todo será siendo igual. La policía seguirá siendo una mierda.

 

T.M.

 

“En este barrio no se aceptan cobardes”

En la Monteávila teníamos un profesor que daba una materia burda de nula. Se llamaba Isaías. No era el mejor profesor del mundo, pero sentía amor por enseñar, y eso es contagioso. Lo otro que me gustaba era que hacía que nosotros, los alumnos, pateáramos calle. Nos mandaba trabajos que implicaban ir a lugares que estaban alejados de nuestra zona de confort. Lugares que nos hacían conocer la Caracas de verdad.

Me daba mucha risa ver a muchos de mis compañeros arrugar la cara. Los trabajos de Isaías daban miedo a algunos. Pero Isaías tenía razón en algo. Era inconcebible que un comunicador social se limitara a conocer sólo el sector cómodo de Caracas. Algunas chamas, con acentos mandibuleados, reclamaban, se negaban. Decían que era peligroso. Y, realmente, lo era. Pero Isaías jamás daba su brazo a torcer.

A mí me tocó ir a la Bombilla. Es paja. En realidad, yo decidí ir voluntariamente a la Bombilla. Ya yo había ido a la Bombilla en alguna ocasión. Tenía amigos que iban a hacer labor social, y yo los acompañaba. Sentía, por eso mismo, que ellos podrían ayudarme a elaborar un buen trabajo, un trabajo que, además de impresionar al poco impresionable Isaías, fuera un trabajo de Comunicación Social de altura.

Isaías me felicitó cuando yo le dije que iba a ir a la Bombilla. De hecho, me citó como un ejemplo frente al resto del salón. Era el día de presentar las propuestas, y la mía era la mas arriesgada. Pero dijo que no era prudente que yo fuera solo (y razón tenía). Dijo que algún voluntario debía ir conmigo. Preguntó, con su voz de profesor joven y sobreexcitado, quién quería ir conmigo. Nadie levantó la mano.

Había caras de susto por doquier. Sin embargo, después de pocos segundos, Isaías aumentó el premio al voluntariado. Prometió que quien fuera conmigo tendría dos puntos extras en la nota definitiva del trimestre (sí. La Monteávila evalúa por trimestres, como los colegios). Esa oferta resultó lo suficientemente tentadora para que un par de compañeros levantaran la mano. El elegido fue Kristhian.

Kristhian era pana, era burda de pana. Había estudiado en Los Arcos y siempre vestía con una especie de chaqueta de cuero, al estilo de los rockeros de la vieja escuela. Él, a pesar de que era de plata, no le tenía miedo a Caracas ni a la calle. De hecho, yo me entretenía burda escuchando sus relatos acerca de los toques que había hecho en los antros más antros y en las ratoneras más undergrounds de toda Caracas.

Habíamos quedado en ir a La Bombilla un sábado. Ninguno quiso llevar el carro. Pero lo más recomendable era no ir en transporte público. Lo echamos a la suerte. Echamos un partido de FIFA. El que perdiera debía llevar su carro hasta la Bombilla. Encendimos la Playstation que había en la casa de Kristhian. Era brutal jugar allá. La Playstation estaba en una especie de pasillo que daba al aire libre, a un jardín precioso que tenía la casa y a una vista espectacular de Terrazas del Club Hípico y Prados del Este.

Gané en penales. El partido estuvo reñido. Pensé que Kristhian reclamaría, pero no reclamó. Cumplió su palabra. El sábado siguiente iríamos a La Bombilla en su carro. Por cierto. A fin de cuentas no he dicho en qué consistía el trabajo que nos había mandado Isaías. Había que reseñar una actividad cotidiana que se hiciera en una zona “x” o “y” de Caracas. Parecía tan fácil. Pero no lo era.

La Bombilla queda burda de arriba. “Más allá que más nunca”, como decía mi papá, citando a Gallegos. Algo, cuando íbamos subiendo, me hizo preguntarme acerca de qué coño de la madre estaba buscando yo en un lugar como La Bombilla. Mucha de la gente se nos quedaba viendo. Es cierto que el carro de Kristhian no era el más lujoso, pero relucía en comparación con las motos y con las cafeteras que había en la Bombilla.

A Kristhian y a mí nos faltó un poco de organización. Nosotros no habíamos llamado previamente a nadie. De hecho, yo ni siquiera me había comunicado con mis amigos para decirles que íbamos a ir. De hecho, hacía tiempo que ni sabía si mis amigos aún hacían labor social en la Bombilla. Nos aparecimos como un par de fantasmas en el corazón de la barriada, y dijimos que queríamos hacer un trabajo.

Yo me sentía algo nervioso. Nunca le tuve miedo a Caracas, pero tampoco era un chamo como para estar metido en un lugar como La Bombilla. De hecho, siempre pensaba que yo era como demasiado sifrino para los pobres, y demasiado pobre para los sifrinos. Pero ése no es el caso. El caso es que, aparte de la mirada hostil de muchas personas, nos atendió un señor, como de cuarenta años, que se llamaba, nunca lo voy a olvidar, Ramón.

Yo nunca supe el papel exacto que desempeñaba Ramón en La Bombilla. Era una especie de líder comunitario, aunque nunca supe si por elección popular o por carisma solamente. La gente casi que le rendía pleitesía y lo saludaban a su paso. Como Kristhian y yo estábamos caminando al lado de él, la gente nos saludaba también. Yo me sentí seguro. Kristhian supongo que también, aunque me miraba con cara de “Marico, dónde coño me metiste”.

Ramón tenía una chemise verde medio desteñida y una lipa cervecera. Nos invitó a un par de Polares. A mí no me gusta la cerveza, pero trataba de no hacer muecas cada vez que me echaba un trago. Nosotros le explicamos a Ramón el trabajo. Le dijimos que teníamos que documentar alguna tradición de algún sector “x” de Caracas. Ramón nos miró con cierto interés y dijo que en la Bombilla no se hacía mucho realmente.

Pero nos dijo que, en los ranchos más bajos de La Bombilla, se hacía una competencia particular y curiosa. Yo, que al fin y al cabo era (y soy) un chamo bastante ingenuo, pensaba que se trataba de algún tipo de deporte, o algo. Supongo que Kristhian pensaba lo mismo. Y, en cierto modo, lo era. Eran las competencias de puñaladas. Tan surrealista como suena. Y tan alejado de la ley. Ramón nos preguntó si queríamos ir. Yo miré a Kristhian. Kristhian me miró a mí. Yo no sé cómo Ramón nos terminó convenciendo de ir.

Yo estaba cagadísimo. Y Kristhian ni se diga. No nos daba miedo nuestra propia seguridad. Ramón nos había prometido protección. Y su autoridad y su carisma hablaban por él. Nuestro miedo era un poco acerca de lo que podíamos presenciar, del saber qué tan literal podía ser una competencia de puñaladas. Bajamos hacia una especie de callejón ancho que parecía estar un poco escondido, y, en cierto modo, lo estaba.

Y vaya si fue literal lo de la competencia de puñaladas. Habría unos cien espectadores. Muchos de ellos saludaron a Ramón y no podían disimular su cara de extrañeza al ver a dos chamos como nosotros en un sitio y en unas circunstancias como aquéllas. En medio del círculo que formaba la gente había un piso de tierra que, suponíamos (y, efectivamente), era la arena, el campo de batalla o de competencia.

Aquel día sólo habría dos competidores. La gente lo decía con cierto lamento. Yo, en cierto modo, me sentía un poco más tranquilo con eso. No pretendía estar todo mi día viendo un campeonato de puñaladas en un barrio de Caracas. Yo pensaba que actuaría un poco como las películas de terror. Si alguna escena me parecía particularmente asquerosa, repulsiva o violenta, yo, sencillamente, me cubriría los ojos y me limitaría a escuchar.

Salieron los dos competidores. Uno de ellos era un chamo flaco, flaco, muy flaco, como de unos diecisiete años. Tenía el pelo corto y tenía una camiseta medio vieja de los Astros de Houston. No llegué a escuchar bien su nombre a razón del jolgorio y de los vítores que recibió de parte de la gente, que gritaba como si no hubiese mañana. Ramón aplaudía de forma sobria, como si fuese una gran autoridad. Yo no sabía si aplaudir por educación o sólo ver. Estaba prohibido, por las mismas reglas de ellos, grabar videos o tomar fotos. No es que no confiaran en nosotros. Pero el material podía subirse a la red y eso podía llamar la atención de la policía, supuestamente. Me dieron ganas de reírme. Qué coño iba a hacer la policía en un lugar como La Bombilla. Decidí aplaudir, aunque sin llamar mucho la atención.

El otro competidor, el contrincante del flaco con la camiseta de los Astros de Houston, era uno que se veía un poco más robusto y maduro, quizás hasta un poco cuarentón. Tenía cicatrices horribles por el brazo, y hasta una en la cara. Eso me hizo intuir que él era un poco más experimentado que su rival. Lo aplaudieron también con mucho júbilo, como a una celebridad que, bajando del pedestal, había llegado a La Bombilla.

Me sorprendió que invitaron (aunque sospecho que había sido acordado previamente, a razón de su liderazgo) a Ramón a ser árbitro. Aunque es un eufemismo. No haría falta realmente un árbitro. La pelea era hasta que uno de los dos se rindiese o hasta que uno de los dos muriese. En la Bombilla no se andan con huevonadas. Lo que hizo ramón fue agarrar una especie de cuerda delgada y amarrar las muñecas de los dos competidores, la una a la otra. La idea era que ninguno de los dos saliera corriendo. No se podía. Estaba prohibido. Uno de los espectadores, con voz niche, dijo que en ese barrio no se admitían cobardes. ¿Cómo no creerle?

Hubo un círculo vicioso entre los gritos, los sonidos indescifrables y los primeros gestos de los competidores. Yo sentí un vacío en el estómago. Jamás había pensado ver algo así en vivo. La muchedumbre se emocionaba más y más. La gente gritaba cosas como “Mátalo”, “Dale”, y otras por el estilo. Pensé en grabar algo, pero sabía que me iría peor. No quería ganarme el pulgar abajo de Ramón.

Pensé que alguien intervendría, que alguien se acercaría al lugar y diría que bastaba, que, con la primera sangre, ya todo estaba resuelto y decidido. Pero nada. La sangre que los oponentes se sacaban entre sí lo que hacía era exacerbar más a la gente. Aún no había ningún corte realmente profundo, sólo laceraciones en las piernas y en los brazos hechas de una manera veloz, vertiginosa, casi imperceptible. Sólo habían pasado un par de minutos.

Yo sabía, y todos lo sabíamos, que todo podía terminar en cualquier momento. Los mismos competidores lo sabían. Estaban concentrados el uno en el otro. Se miraban a los ojos, a los brazos, a las piernas. Cualquier descuido significaba la vida en un momento como ése. Y fue un descuido el que hizo el novato, novato al final. La puñalada le abrió el estómago. Convulsionó en el suelo sin poder desamarrarse del otro, que lo remataba con estocadas ciegas. Se quedó quieto.

Los niños se peleaban por ver quién retiraba el cuerpo. No sé a dónde llevaron al perdedor. No era de mi incumbencia. Al ganador, herido y algo ensangrentado, lo alzaron en hombros, como a un héroe. Eso es lo que hacían para entretenerse en un lugar como La Bombilla. Kristhian y yo bajamos a Caracas, a nuestra Caracas de algo de confort, un poco en shock. Necesitamos de varios minutos para asimilar todo, para poner las ideas en orden, para terminar de hiperventilar.

Es cierto que Ramón había sido amable con nosotros. Nos pidió que, por seguridad, no reveláramos su nombre verdadero. Fuimos a casa de Kristhian. Aún era de día. Trabajaríamos en el pasillo que estaba frente al jardín de su casa y a las vistas bonitas. Él sacó su laptop. Yo le dictaba. Él escribía. O se suponía que escribía. No sabíamos ni cómo empezar. No sabíamos ni qué título colocar. ¿Por qué no habríamos tomado, al menos, una foto de cualquier lugar? Me dio mucha rabia. ¿Cómo contar una historia así, de la que habíamos sido testigos oculares, y que nos creyeran? Nos tragamos la rabia. Decidimos escribir sobre otra cosa.

 

T.M.