A mí me gustaría tanto ser embajador de algún país bonito

Hay una historia curiosa que habla de un empresario de Caracas. Este empresario era el dueño de una compañía de seguros. Durante años le fue bastante bien. Antes de que llegara el comunismo. Las compañías de seguros eran un buen negocio. Estar asegurado era coherente porque no era tan probable que te pasara algo. Pero con el comunismo brotó la delincuencia. Y de repente comenzó a ser muy probable que te mataran. O que quedases herido o mutilado. Por eso las compañías aseguradoras ya no cubrían casi nada. Ya nadie las quería. Y por eso muchas se fueron a la quiebra.

La compañía de seguros de este empresario fue una de las que fue a la quiebra. Pero él había quedado con un buen capital. Tenía una buena cantidad de dinero para invertirla en algún otro negocio. Pero no era buena idea invertir en negocios en Venezuela. Invertir en comunismo nunca es una buena idea. La tierra no es fértil para los negocios. Todo puede fracasar. ¿Qué hacer con ese dinero entonces? El dinero se depreciaba y se depreciaba. Cada vez valía menos. Había que hacer algo rápido con el dinero.

Había alguna razón (razón que desconocemos) por la que el empresario que mencionamos no quiso hacer negocios afuera. Creemos que era uno de esos patriotas medio ridículos que estaban convencidos de que Venezuela era el mejor país del mundo. O estaba solicitado por ciertas autoridades internacionales a razón de un negocio medio turbio. No se sabe. El hecho es que decidió que actuaría en Venezuela. Invertiría ese dinero (aunque no sabía cómo) en Venezuela.

Hay una horrible máxima que dice: “Si no puedes con el enemigo, únetele”. Esto fue lo que aplicó el empresario de nuestro cuento. El enemigo era el gobierno. Y él decidió que sería buena idea aliarse con el gobierno. Es cierto que las políticas comunistas del gobierno habían llevado a la quiebra a la aseguradora de este empresario. Pero también es cierto que este empresario tenía historial limpio con el gobierno. El gobierno no le tenía puesto el ojo encima. Se había “portado bien”.

El empresario no tuvo otra idea que organizar una especie de cena/fiesta para los altos jerarcas del gobierno. Diosdado Cabello. Jorge Rodríguez. Cilia Flores. Nicolás Maduro. La cena sería en la casa que el empresario tenía en el Country Club de Caracas. Era una casa inmensa. Tenía piscina y un hermoso jardín. Tenía un cine (con todo y asientos) para la casa. Era realmente un lugar hermoso. Tenía una gran fachada color auyama que tenía el nombre de la casa en letras moldeadas en metal cursivo. “Quinta La Habanera”.

El empresario comenzó a soltar dinero para la cena. Contrató a la agencia de festejos MAR. La agencia de festejos MAR era la más lujosa agencia de festejos de Caracas. El empresario pidió todo el combo. Mesoneros elegantes (vestidos con trajes blancos y lacitos negros). Mesas repletas de tentempiés a todo lujo. Caviar y paté. Quesos importados. Whisky 18 años. No puedes servir un whisky menor de edad en una cena dedicada a la alta jerarquía socialista del pueblo. El paladar de Diosdado es muy exquisito y no acepta sinvergüenzuras.

El empresario también mandó a llamar a una orquesta bastante alegre. A una orquesta que tocaba música con muchos instrumentos. Ya se sabe que a Maduro le gusta bailar. Y no se puede poner a bailar al presidente de la república con la música de una miniteca. La orquesta cobró un dineral. El whisky costó un dineral. La agencia de festejos cobró un dineral. Pero todo era poco para agasajar a la alta dirigencia del PSUV. Nada podía salir mal. Nada. Nada.

El empresario se dio cuenta de que había gastado casi todo su dinero en aquella fiesta. Era una auténtica locura. Un lujo total. Incluso había mandado a bordar una inmensa bandera en relieve con la cara de uno al que llamaban el “Comandante eterno”. Pero al empresario no le preocupaba mucho el haber gastado casi todos sus grandes ahorros en esa fiesta sin parangón. Él lo consideraba una inversión. Él quería hacer negocios con aquellos dirigentes. Él quería chupar de la ubre socialista. Él quería enchufarse a pesar de que había sido opositor. Enchufarse es un buen negocio. Aunque un poco falto de escrúpulos.

Y así llegó el gran día. Las Grand Vitaras y las Hummers se amontonaban en las calles del Country Club de Caracas (que habían sido cerradas previamente). Los grandes jerarcas llegaban acompañados de sus interminables guardaespaldas. No se sabía si Diosdado y Maduro irían. Pero terminaron yendo. Y comieron bastante. Diosdado se echaba unas rascas orgiásticas dignas de contar. Maduro no tomaba mucho. Pero Maduro comía como un esmeril industrial. Delcy Rodríguez quería echar un pie. Pero nadie quería bailar con ella.

El empresario consiguió apartar un poco a Maduro. “Señor presidente. A mí me gustaría tanto ser embajador de algún país bonito”, le dijo. Maduro se rió y movió sus grandes mofletes. “El que me ayuda, siempre sale beneficiado”, dijo el presidente. “Nos queda una vacante en la embajada venezolana de Viena”, dijo. El empresario no podía estar más feliz. Bailó más contento que nadie. Bebió más contento que nadie. Lo nombrarían embajador. Así de fácil te nombraban embajador en la Venezuela socialista.

“Nos vamos para Viena”, le dijo el embajador a su esposa. Su esposa era una señorona muy aseñoreada. Estaba contenta. En Viena hay buenas tiendas. En Viena se puede caminar tranquilo. No como en la porquería de Caracas. Y más cuando todo está financiado por la gran ubre del gobierno. “Visitaremos a la Venus de Willendorf”, le decía la esposa del empresario al empresario. Faltaba una semana para partir a Viena. Irían en vuelo privado con pasaporte diplomático. Metieron todo lo que les cupo en las maletas y las dejaron bien hechas. Listas para partir.

Pero un inconsciente tuvo la idea de volar un dron en un desfile militar. El problema con ese dron es que estaba cargado con explosivos C4. Y el problema con ese dron es que logró estallar al lado del palco presidencial. El presidente había volado por los aires. Fue un magnicidio terrible. El poder fue tomado por una nueva gente. Una gente que no conocía al empresario que se enchufó en mal momento. La gente de Venezuela parecía celebrar. Pero el empresario lloraba con sus maletas hechas y su dinero perdido. Aunque aún sobraban algunos tequeños congelados para pasar el despecho.

Relato basado en el texto “El banquete”, del escritor Julio Ramón Ribeyro.

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¿Cómo conseguir una novia francesa y cuchi que te saque de Caracas?

Hacen contacto en uno de esos grupos de Facebook de gente extraña. Uno de esos grupos de Facebook de aficionados a la literatura de Víctor Hugo. Es en un post acerca de uno de los pasajes de Los Miserables. Tú comentas un detalle un poco obscuro acerca de la dulce Cosette. Cosette es tu personaje favorito de Los Miserables. Ella le da corazoncito a tu comentario. Ella luego responde un complemento a ese detalle un poco obscuro que tú aportaste. Un detalle realmente rebuscado. Un detalle que sólo puede ser entendido por los verdaderos amantes de la literatura de Víctor Hugo. Como ella. Como tú.

La stalkeas un poco en su Facebook. Su perfil privado (a prueba de stalkers como tú) no permite acceso a mucha información que se diga. Pero su foto de perfil es preciosa. Tiene una rasta rubia que sobresale de su cabello que se ve tan bonito. Es un rubio perfecto. No es un amarillo pollito pero tampoco es un amarillo opaco. Tiene una sonrisa perlada y preciosa. Su foto de perfil está llena de comentarios amistosos que están en francés. Porque ella es francesa. Pero tú los traduces. “Je t’aime beaucoup mon amie. Tu es belle. Ce voyage était génial”. Así dice uno de los comentarios.

Te armas con un poco de valor. No te terminas de atrever. No sabes si darle al botón. Tienes el puntero paseando en idas y vueltas sobre el cartel azul que dice “Agregar a amigos”. No te atreves a bajar tu índice. Suena una canción de Rawayana desde tus cornetas. Una que habla sobre las jevitas, los panitas, el chilleo y los porritos (los únicos temas que domina Rawayana). Pero la música está genial. Los de Rawayana son tremendos músicos.

Piensas que nunca te va a aceptar la solicitud de amistad. Ella es una chama superior. Es francesa. Las chamas francesas son superiores. Las chamas europeas son superiores. Es como un dogma que nos han enseñado desde que somos pequeños. Más las chamas que son rubias. Más las chamas que tienen sonrisas perfectas. “Qué coño voy a andar aceptando a este pobre sudamericano que no tiene, seguramente, ni comida para llevar a su plato”, piensas que podría pensar. Pero te atreves. Aprietas el botón.

Pasa un minuto. Pasan dos minutos. Pasan tres minutos. Nada. Te llega una notificación. Suena el “tiquín” de las notificaciones de Facebook. ¿Será que sí? Abres la notificación emocionado. Pero no es ella. Es la foto de tu tío medio sádico. Te ha invitado a un evento que dará Capriles en la Metropolitana. Coño de la madre. Eliminas la notificación por la rabia. Tu tío es un cretino. Y de pana es medio sádico. Sadiqueaba a tu amiga Alejandra cuando la llevaste a la cena en diciembre pasado. Alejandra estaba incómoda. Alejandra tiene 25. Tu tío tiene 61.

Abres un emulador de la Nintendo vieja. Juegas un rato a Super Mario Bros. Ese juego te relaja. Te relaja jugar Super Mario Bros mientras suena la música de Rawayana. Ahora suena una que habla de la parte azul del fuego. De pana son buenos músicos. Su música te ayuda a concentrarte en manejar a Mario. Te cuidado con esa tortuga roja. Aplasta a ese bicho marrón. Métete por ese tubo. Sé como los del PSUV. Róbate todas las monedas que encuentres por el camino.

Ajá. Llegaste a donde está el Bowser. El Bowser pixelado del primer Mario Bros. ¡Cuidado con esa bola de fuego que te echa! Rápido. Uf. ¡Casi lo pasas! Espera. ¿Oyes eso? Es una notifación. “Camile Feraud ha aceptado tu solicitud de amistad”. No te lo puedes creer. Bowser te acaba de calcinar. Pero no te importa. Bueno. Tampoco la aceptación de la solicitud de amistad es algo del otro mundo. A lo mejor ella quiere tener a un venezolano en su lista de amigos. Algo así como cuando quieres tener un perrito exótico en tu colección de miles de perritos. Porque ella tiene 3217 amigos. Es una celebridad. Tú tienes 415. 413 en realidad. Tu tío sádico no es tu amigo en la vida real y uno de tus “amigos” es un perfil falso que se hizo tu hermana para chalequear a un ex.

Ya tienes vía libre para ver las fotos de Camile. Ya no es “La chica francesa que le dio corazoncito y respondió a tu comentario en el grupo de amantes de la literatura de Víctor Hugo”. Ahora es Camile. ¡Tiene unas fotos tan lindas! Mira ésa, en la playa. A lo mejor es una playa de la Costa Azul. Camile se ve tan despreocupada. Está encaramada sobre otra amiga. La amiga sonríe y Camile hace una mueca de cara tonta a la cámara. Pero se ven tan linda incluso con su mueca de cara tonta. Mira esa otra foto. Sale abrazando a un negrito que seguramente es congoleño o suazí. El niñito tiene una sonrisa que parece la media luna en medio de la noche de su cara obscura. Tiene una sonrisa muy simpática. Pero qué es la sonrisa de ese niñito al lado de la sonrisa de Camile. De la preciosa Camile.

Hablo una poca de español. Me gustó tu comentario que hicistes (sic) en el grupo”. Es Camile. El corazón se te va a salir del pecho. La música de Rawayana (esta canción es con Apache) ahora suena como un coro de ángeles dignos del paraíso de la Divina Comedia. Camile terminó el mensaje con una carita feliz. Es una carita feliz de molde. Igual a cualquier otra carita feliz que has visto en Facebook. Pero esta es la carita feliz de Camile. Es más bonita que cualquier otra carita feliz.

¿Qué le puedes responder a Camile? ¿Le respondes en español? ¿Le respondes en francés? ¿Qué tan poco español hablará Camile cuando dice que habla una poca de español? Tú casi no hablas francés. Si te gusta la literatura de Víctor Hugo es porque conseguías varios de sus libros traducidos al español debajo del puente de las Fuerzas Armadas. En tu puesto favorito de libros usados. El que estaba al lado del indigente que nunca sabías bien si estaba dormido o si estaba muerto sobre una pila de revistas de Condorito. Puedes ponerle algo en francés que traduzcas con Google. Pero se dará cuenta. A veces Google Translate tiene problemas serios de morfología y de sintaxis. Mejor sé sincero. Respóndele en español. Dile que hablas muy poco francés. ¿Qué tan difícil puede ser el francés? “Oui”. “Paris”. “La vie en rose”. “Je m’apelle…”. “Voulez-vous coucher avec moi ce soir?”. ¡No! ¡Eso último no!

Se han entendido muy bien tú y Camile estos días. Habla más español de lo que pensabas. De vez en cuando comete algunos errores. Pero nunca se los corriges. ¿Cómo podrías corregirle algo a la “Belle Camile”. Camile es perfecta. Camile no comete errores. El lenguaje es el que está equivocado. La gente como Camile no puede equivocarse. Ella se ríe de tus chistes y hasta han hablado alguna vez por Skype. Aunque nunca te ha mostrado nada. Ni tú has querido que te muestre nada. Camile es una diosa gala. Y las diosas galas no muestran sus pechos por Skype.

Han pasado meses y Camile es algo más que tu mejor amiga. Si tan solo pudiesen verse en persona. Ya han planificado una vida juntos. Pero ella vive en Francia y tú vives en Venezuela. Ella come baguettes y tu haces una cola al lado de los bachaqueros para ver si aún queda un pan canilla. Ella bebe vino de cosecha del 2005 y tú improvisas reuniones con tus amigos en las que toman Carta Roja (si es que consiguen Carta Roja).

Si vinieses a vivir a París, me casaría contigo. Tu es mon amour”, te dice Camile. No puedes aguantar más. Ésa es la pieza que te faltaba. No hay más dudas. Necesitas irte de Caracas. Necesitas irte a París. A como dé lugar. No te esmeres ni te preocupes en conservar tu trabajo en el Centro Letonia. Es un trabajo decente. Pagan bien. Pero no es suficiente. El sueldo se te va en dos hamburguesas y en el pollo congelado que te toca los viernes por número de cédula. ¿Pero de dónde vas a sacar dólares para irte? Ni siquiera tienes pasaporte. ¡Tienes que conseguir un pasaporte! Ya Camile te ayudará a pagar un pasaje. Al fin y al cabo eres su amour. ¿No?

¿Por qué no hiciste los trámites para sacar el pasaporte desde antes? Siempre procrastinando. Siempre ocupado en tu trabajo en el Centro Letonia. Es hora de comprobar si esas leyendas urbanas que cuentan acerca la página del SAIME son ciertas. Es hora de comprobar si realmente sacar pasaporte en una república bananera y comunista como Venezuela es un suplicio. Es hora de comprobar si es cierto que no hay material para hacer los pasaportes.

tramites.saime.gob.ve”. Haces clic. La computadora se ríe en tu cara. Aparece un cartel blanco que dice que no puedes accesar a la página. “Intente nuevamente”, te dice un cartel con una cara de Maduro que resalta sobre un fondo medio difuminado de Chávez. Le haces caso al cartel. Intentas nuevamente. Pero nada. Pruebas intentar a otra hora. Pero nada. Intentas en medio de una reunión en la madrugada con tus amigos (las mismas en las que tomas Carta Roja). Pero nada. Nada de nada. Comunismo. Sólo comunismo.

Por fin logras entrar en la página del SAIME. Es la página más desesperantemente lenta que has visto en tu vida. Las pestañas se deforman. Hay errores ortográficos. Hay caras de Chávez y de Maduro por todos lados. ¡Todo eso sería soportable si la maldita página no fuese tan lenta! Ruegas. Imploras. Pides. Haces Clic. Sale el relojito de la espera. Tienes miedo de que la página se caiga. ¿Por qué se cae la página del SAIME y no el gobierno que hace que la página del SAIME sea así? ¿Por qué tuviste que nacer en un país que se volvió comunista? ¿Por qué tuvo que nacer Carlos Marx? Espera. Procesando. ¡Tienes fecha para la cita!

La cita es en dos meses. Pero no importa. Camile ayudará a paliar la espera. Ah. ¡La belle Camile! Tan bella. Tan rubia. Con esa sonrisa tan perfecta. Con su voz. Con su acento francés que derrite el corazón como si se tratase de un chocolate metido dentro de una cacerola. Sólo el martillo y la hoz te separan de Camile. Sólo el SAIME te separa de Camile. Pero ya te darán tu pasaporte. Cuenta con ello. ¿Cuándo ha fallado el SAIME alguna vez?

Llegas temprano a la cita. No te moriste dentro el metro que te llevó hasta Charallave. Dos borrachos amenazaban con entrarse a puñaladas en el vagón y terminaron abrazados y llorando. Venezuela es la locura. Hay una fila de unas 25 ó 30 personas en la sede del SAIME de Charallave. Son las ocho de la mañana. Quizás tendrás la confirmación de tu pasaporte antes de las once. ¿Qué puede salir mal? ¿Cuándo puede salir mal algo en el SAIME?

Ha pasado media hora. Revisas una y otra vez tu carpeta manila. No falta nada. Todas las estampillas están. Todas las planillas están (con sus respectivas copias). Todas las firmas están. La señora que está en frente de ti te empieza a buscar conversación. Te dice que quiere ver a su hija. Su hija está en Buenos Aires. Su hija es una crack (según sus palabras). Se graduó en la Central y se consiguió un novio argentino. Se casaron y ahora viven juntos. Trabajan en una papelería de la Bartolomé Mitre.

El señor que está detrás tuyo en la fila comienza a impacientarse. Empieza a decir que eso no pasaba en la cuarta. Es cierto que la cuarta no era perfecta. Pero tiene razón. En la cuarta no pasaban esas cosas. En la cuarta ya hubieses podido ir a ver a Camile. Un gordo panga-panga manda a la gente a tener paciencia. “Parece que no hay línea”, dice. Tiene una chemise del SAIME que tiene una mancha que parece caída de una empanada de molida. Apenas han pasado unas cinco personas.

También han pasado unas cinco horas. Todo un día perdido en el SAIME. Pierdes la paciencia. Pero no puedes hacer mucho. Ni siquiera tienes tu teléfono inteligente para distraerte viendo fotos de la dulce y hermosa Camile. Tienes el teléfono bruto. El Nokia que tiene el jueguito de la víbora. Pero el jueguito de la víbora es más divertido de lo que recordabas. Hasta el juego más arcaico parece Disneylandia cuando estás en una cola del SAIME. Pero nada que llega tu turno.

Pides que te guarden un segundo el puesto. Tienes hambre. Vas y resuelves con un cachito medio aguado de jamón que te vende una gorda en licras que también tiene timbres fiscales y fotocopias. Comes apurado. Lo pasas con un jugo medio rancio de patilla (95% agua y 5% patilla). Pero ya por lo menos tienes algo en el estómago. También tienes una rabia en el pecho inmensa. Los asesinos en serie y los grandes psicópatas nacen en las colas del SAIME. Cada vez estás más convencido de eso.

Ya vamos a cerrar”, dice una muchacha morena y un poco insignificante que tiene una visera del SAIME y está mal maquillada. “¿Cómo que van a cerrar? ¡Aquí no cierra nadie! Nos han estado haciendo esperar todo el día”, responde el señor que está detrás de ti en la cola. Se hace una especie de trifulca verbal. Ni siquiera tienen la decencia de reprogramar la cita. En el comunismo siempre te tienes que joder. Si no no fuese comunismo. Te regresas en el mismo tren que te llevó hacia Charallave. Hay calor. Hay retraso.

Ni siquiera consideras intentar de nuevo por la página del SAIME. No tiene sentido. Todo eso lo hacen a propósito para que tengas que buscar un gestor ajuro. No querías hacerlo al principio porque los gestores cobran un ojo de la cara (y eso cuando son generosos). Pero no te queda otra. Ya tus papás te ayudarán con el dinero. ¿Qué gestor vas a buscar? Tu tía Carlota (la hermana pana de tu tío que sadiqueaba a tu amiga Alejandra) se sacó el pasaporte “rapidito” con un gestor. Le escribes a tu tía Carlota. Ella te echa los mil y un chismes de las mil y un personas que no te interesan antes de dignarse a darte el contacto del gestor.

Ya le has depositado al gestor. El gestor parece serio. No hace chistes. Te cobró en bolívares (por suerte). Él se encargará de derribar el muro que te separa de la hermosa Camile. “Ya eso va a salir”, te responde siempre que le escribes. Procuras no escribirle mucho. No quieres jugar con la paciencia del gestor. Del único que puede meterse en el corrupto e ineficiente laberinto del SAIME para llevarte el ansiado pedazo de queso que te permitirá huir de la selva tercermundista y aterrizar en la civilización de un país de verdad.

Pero pasan varios meses. ¿Tendrá Camile tanta paciencia? Las diosas galas no pueden esperar por el comunismo. Hace tiempo que el gestor no te responde. Llega el mensaje de tu tía. “Mejor no hagas tratos con ese gestor. Resultó que se metió a rolo de estafador”. Tiene el tupé de ponerte una carita sorprendida al final del mensaje. Pero ninguna carita está más sorprendida que la tuya. Perdió el amor. Ganó el comunismo. La diosa gala permanecerá en su altar mientras tú tendrás que probar suerte buscando el amor con una de las secretarias medio coquetonas del Centro Letonia. ¿Quién te mandó a vivir en un país comunista? Idiota.

Tomás Marín

Miedo a las mariposas

Mi grito se escuchó en todo el apartamento. Tuvo que venir mi papá, con una escoba, para intentar ahuyentarla. La mariposa parecía desorientada. Era negra con marrón, horrible, gigante. No tenía rumbo fijo. Se estrellaba torpemente contra el bombillo encendido, atraída por la luz y el calor. Su aleteo me daba grima. ¿Por qué tuvo que escoger mi cuarto? No se iba. Parecía burlarse de las estocadas que mi papá, tan torpe (o más que ella), le esgrimía, como un caballero medieval doméstico e inexperto.

Tras una larga batalla, en la que parecía vencedora, se rindió y salió por la ventana. Yo la cerré inmediatamente, no quería que volviera. Las mariposas siempre me dieron asco y grima. Las mariposas siempre me dieron miedo. En los libros de preescolar las pintan con hermosos colores y con caritas felices. En la vida real, al menos las urbanas, las llamadas “mariposas de lluvia”, tienen pelos, antenas y segregan un líquido marrón y asqueroso. Lamentablemente, las lluvias en Caracas habían comenzado y era común, casi todas las noches, recibir las visitas de las mariposas. Una estaba tranquila escribiendo en la computadora, o haciéndose un sándwich, y, de repente, se alertaba del “tiki tiki tiki”. Las mariposas, entre los bombillos y las paredes, proyectaban sombras inquietas, inquietantes y realmente tenebrosas.

Mi papá estaba cansado de que la historia fuera siempre igual. Yo pegaba un grito, salía corriendo, iba hasta su cuarto y decía las palabras de siempre, como en un guion de obra teatral. “Hay una mariposa gigante, asquerosa y horrible en mi cuarto (o en la sala, o en el baño, o en la cocina. Era la única variable que había en el vodevil de todas las jornadas). Sácala, por favor. No puedo concentrarme así”. En algunas ocasiones, las mariposas, menos astutas que aquéllas que huían por la ventana, morían destrozadas por las duras cerdas de la escoba. A mí, en cierto modo, me daba mucha lástima verlas agonizar en el piso. Tampoco quería darles el pisotón o el escobazo de gracia. Pero es que todo se reducía a un “ella o yo”. ¿Por qué venían a mi casa sin invitación? Al fin y al cabo, era su culpa.

Yo venía saliendo del Centro San Ignacio. Había cenado con un chamo que medio me gustaba. Era artista y tenía cierta tendencia a la taumaturgia. Además, era guapísimo. Era de La Salle y era muy culto. Nunca se le acababan los temas interesantes para hablar. Siempre me enseñaba cosas nuevas. Llevábamos ya algún tiempo flirteando. Lo había conocido en una reunión que había organizado una de mis mejores amigas en su casa. Nos habíamos dado un piquito (éramos muy pollos y teníamos como diecisiete años) jugando a una de esas mariqueras como “la botellita” o “yo nunca” o “verdad o reto”. No recuerdo bien.

Ya nos habíamos despedido, con un beso que era más que un piquito pero menos que un zampe (¿es eso relevante para la historia?, no lo sé). Ya había pagado el estacionamiento y llevaba un rato manejando por la autopista. Estaba pensando en tantas cosas tontas, que no me di cuenta de que tenían un buen tiempo siguiéndome. Yo debí parecer un tanto estúpida a la vista de ellos. Con mi cara sonriente cantando Caramelos de Cianuro a todo volumen. Manoteando al aire y bailando sola en el asiento del piloto.

Yo no recuerdo exactamente cómo fue el proceso de captura. Creo que mi cerebro, a conveniencia, bloqueó algunas partes. Fue como un shock que, aunque superé, nunca pude eliminar del todo. Creo que recuerdo un carro negro con ventanas ahumadas que me había pegado por detrás. Yo me detuve y, a partir de ahí, todo fue nebuloso. Creo que también se debe a que me cubrieron la cabeza con un trapo. El no ver hace que los recuerdos parezcan sueños o, en ese caso, pesadillas. Recuerdo voces que discutían entre sí. Tengo flashes del ruido del motor. Yo sentía que todo a mi alrededor daba vueltas.

Sí recuerdo muy bien el cautiverio. Yo estaba sorprendida de mí misma. No había llorado, aunque sí había gritado mucho. Nunca me había detenido a pensar en que algún día me pudiesen secuestrar. Al fin y al cabo, no era algo inverosímil. Mi familia tenía plata, yo tenía un buen carro y estudiaba en el Cristo Rey. Era mi último año antes de dar el salto a la Metropolitana. Creo que si los secuestradores tuviesen a sus víctimas (o potenciales víctimas) en uno de esos álbumes Panini del mundial, yo sería una de las barajitas brillantes.

Me pusieron a hablar con mi mamá. No sabía qué hora era. Había perdido la noción del tiempo. Pero calculo que eran las 12 de la noche, o algo así. Mi mamá estaba histérica. Mi papá también. Yo, a pesar de que siempre fui una persona cobarde, hacía un esfuerzo sobrehumano para parecer calmada. Algo me decía que no pasaría a mayores. Al principio, uno de los secuestradores, el que parecía más joven por la voz, me tranquilizaba. “No te preocupes. Nosotros casi nunca hemos matado. (Ese “casi nunca”, como podrán notar, me helaba un poco la sangre). Si tú te portas bien, nada te va a pasar. Nosotros no somos gente mala”, me decía.

Cuando eres víctima de la delincuencia, las volátiles medidas del bien y del mal cambian radicalmente. Puedes referirte a tu propio captor como “pana”, que fue lo que me pasó a mí, solamente porque no te ha volado el cerebro con un disparo. Me dieron comida, me daban agua y hasta Nestea. Eventualmente me permitieron quitarme la venda y hasta podía bañarme. Era como una huésped (evidentemente forzada). Eso sí, estaba fuertemente vigilada y evitaban a toda costa que yo les viese la cara. Yo me limitaba a obedecer, no sólo por colaborar sino por no complicar mi situación.

Me preocupaban mucho mi mamá y mi papá. Ellos eran gente buena. Me sentía peor por ellos que por mí misma. En la poca comunicación que se nos permitía, tratábamos de mantener la calma. A veces, sobre todo mi papá, me enviaba mensajes como si yo estuviese en un campamento. Sentía que lo único que faltaba era que me pidiese que le llevase un souvenir. Pero notaba el miedo en su voz, como supongo que él habría notado el miedo en mi voz. Pero estaba prohibido hablar del miedo, del fin o de la muerte. Nuestra fe estaba volcada totalmente en un desenlace feliz.

No sé exactamente cuántos días habían pasado, pero sabía que eran pocos. Todo comenzó a desmoronarse. No sé qué metida de pata hicieron mis papás, que todo se ensombreció de repente. No sé si fue que llamaron a la policía, o los descubrieron con algo relacionado con la policía, cuando el pacto con los delincuentes implicaba, estrictamente, estar al margen de la policía. O si fue algo del pago, que no había suficiente dinero (aún, para esa época, los cobros se realizaban en moneda local y no en divisas). Pero el hecho es que la amabilidad para conmigo mermó de un día para otro.

El de la voz joven, el que más me tranquilizaba al principio, había volcado toda su furia contra mí. Comenzó a decirme las cosas más horribles que, creo, se le han dicho a alguien alguna vez. Todos lo hacían, pero él se ensañaba con especial rabia. Pasaba minutos enteros describiéndome situaciones horribles, gore. Decía que me había mentido cuando me dijo que casi no mataban a nadie. Me decía que él tenía yo no sé cuántos muertos encima, que no le importaría tener uno más, que para él sería un placer matar a una “sifrinita del mierda”. Decía que, cuando le diera la gana, me iba a violar y que, si yo gritaba, lloraba o me quejaba, me mataría a navajazos.

Los golpes procedieron a las amenazas. Tenía ya tiempo sin comunicarme con mis papás. No sabía si seguía en pie alguna negociación, algún rescate o si ya ellos me daban por muerta. Recuerdo que una tarde, yo de nuevo ciega gracias a mi venda, uno de ellos, no sé cuál, me reventó la nariz de un puñetazo o de una patada. Yo no podía ver nada, pero sentía mi boca húmeda y un sabor intenso a óxido. Ahí fue la primera vez que me puse a llorar desde que había perdido la libertad. Ellos se reían, gozaban, cantaban y me grababan con sus teléfonos.

Las amenazas se hicieron comunes. Cada día podía ser el último día. Cada hora podía ser la última hora. Cada minuto podía ser el último minuto. Cada segundo podía ser el último segundo. Creo que es lo más horrible del secuestro resumido (mal resumido) a una línea. Esa sensación de ultimidad. Aunque supongo que depende de en cuáles manos estés. Yo había perdido bastante peso. Lo que me daban era pan y sopa, muchas veces vieja y sobrante de lo que ellos consumían. De vez en cuando, uno me limpiaba la cara, no sé si por compasión o por poder tocarme.

“Hoy es el día”, dijo uno de ellos, al que yo siempre tomé como el líder. Yo tenía la garganta seca y la sangre helada. Aunque intenté, como un pollito acorralado de verbena, protegerme en un rincón, estaba a su merced. Me arrastraron. Me cargaron y me metieron en el carro. Uno de ellos seguía golpeándome sólo por darse el gusto. No terminábamos de arrancar. Sabía (o creía) que, si me mataban, al menos no sería en el carro. Los asientos repletos de sangre no gustan a nadie, así seas un maldito secuestrador.

El ruido del motor se me hacía durísimo, ensordecedor. Ellos echaban chistes malos y, durante el largo trayecto, parecía que se hubiesen olvidado de mí. Mi cabeza estaba apoyada en el muslo de uno de ellos. La textura del blue jean de mala calidad, seguramente comprado a un buhonero del mercadito de Coche, me raspaba la mejilla. Aunque daba igual, luego de golpes, de hambre, de encierro y de miedo, lo que menos te preocupa es la textura de un pantalón. Estaban tan confiados todos, tan tranquilos, que intuía que el desenlace de todo sólo podía ser o muy bueno o muy malo.

Se notaba, por el sonido, que la ciudad había quedado atrás. Estábamos en un sitio verde. Hasta el descenso en la temperatura se notaba. El carro tenía las ventanas abiertas. Se escuchaba, durante el trayecto, el silbido de los otros carros al pasar en dirección contraria. Pero, donde estábamos, ya sólo se oía al viento estremecer las hojas de los árboles. Era de noche, no muy tarde. En la radio se escuchaba una salsa niche y la voz de un locutor con voz engolada de radio AM que hacía anuncios de esos niches que buscan pareja por radio.

“De pana te portaste muy bien, disculpa lo malo”, me dijo el de la voz joven, el que me había tranquilizado y el que me había aterrado pocos días después. Yo no sabía si reírme, llorar o responderle. Preferí quedarme callada. Toda palabra sobraba. Sencillamente, no quería hablar. El carro se detuvo aunque el motor quedó encendido. Me quitaron la venda y me llevaron caminando. Me ayudaban entre dos. Las piernas me dolían. Era un terreno verde, grande, obscuro. A lo lejos, se veían las luces de algunos edificios.

“No te muevas de aquí. Pase lo que pase, no te muevas de aquí. Ya saben que estás aquí. Van a venir a buscarte. Confía en nosotros”, me dijo uno de ellos y se despidió como con palmaditas en mi espalda, como si fuese una especie de compadre sutil. Los vi de reojo, creo que eran cuatro, o cinco. Sonreían y se felicitaban. Yo no sabía para dónde ir, no tenía para dónde ir. Sólo me aferraba a la instrucción que me dieron de confiar en ellos, de quedarme ahí, de no moverme. No tenía otra alternativa. Podía andar, pero esperaría un rato. De verdad me costaba caminar.

Me senté en la hierba. Estaba alta, pero no tenía tanta maleza. Había un silencio casi absoluto. Todo estaba húmedo, no sé si era rocío nocturno o que había llovido poco tiempo antes. Detrás de mis oídos, sentí el “tiki tiki tiki” que me era tan familiar. Una mariposa, la más grande que he visto nunca, se posó sobre mi brazo. Yo no tuve acto reflejo. La miré y sentía que ella me miraba. Ella no me amenazaría con violarme ni con partirme la nariz. Me acariciaba con sus patitas largas, delgadas y dobladas. Estaba estática, como una gárgola vanguardista, frágil y pequeñita, como yo en la espera de algo que hacer. Ya no tendría que llamar a mi papá más nunca para que viniese con la escoba. Había perdido el miedo.

T.M.

 

Caracas: La Ópera (Primera Parte)

Canto I

(Tomás, el poeta (Poeta, Ja,ja,ja,ja,ja.), camina por las calles de Caracas.)

Tomás:

No sé si ya habrán notado
lo triste que está Caracas.
Pareciera que, en sus calles,
sólo corre la desgracia.

Da la impresión de que un tifón
arrasó sin dejar nada.
Sólo hay miedo, zozobra
y frustración en las caras.

Da pena el Parque del Este.
Se está incenciando el Ávila.
Nadie puede comprar pan
porque nadie tiene plata.

Mira ésos que se esconden
del plomo y de las granadas.
Nadie quiere ser número
de estadísticas del hampa.

(Aparece Wilker, el delincuente. Está armado y apunta a Tomás.)

Wilker:

Alto ahí, menor, quieto.
Es Wilker el que te asalta.
Soy el pran indiscutible
de una conocida banda.

La gente me tiene miedo,
tanto a mí como a mis armas.
Soy malandro entre malandros.
Soy el peor, el más rata.

Si te me pones, “popy”,
te pegaré con mi cacha.
Si me opones resistencia,
te mataré con mis balas.

Dame pronto el celular,
la cartera y las alhajas.
No juegues con mi paciencia,
que mi paciencia es escasa.

Tomás:

Lo siento, amigo Wilker.
A mala víctima atracas.
Hace poco me asaltaron
y me dejaron sin nada.

Wilker:

Que conste que te lo advertí.
Que Dios se lleve tu alma.
Te meteré tres disparos
por llevarme la contraria.

Canto II

(El ancla del Noticiero da sus noticias.)

Ancla del noticiero:

Son las once de la noche.
Éste es el noticiero.
Hablaremos, como siempre,
de tragedias y sucesos.

El hampa mató, este día,
a cientos de caraqueños.
En el Guaire y Parque Caiza
aparecieron los cuerpos.

A unos les metieron tiros
en la cabeza y el cuello.
A otros les dispararon
en la espalda y en el pecho.

Se apilan los cadáveres
en morgues y cementerios.
Se apilan los espíritus
frente a las puertas del cielo.

Nadie sabe, a ciencia cierta,
cómo acabará esto.
Unos dicen que, en un año,
Caracas será un desierto.

Pero no hay que sentir temor,
ni rabia, tristeza o miedo.
Recuerden que, el tiempo de Dios,
alguien dijo que es perfecto.

Pero Dios sí que ha tardado.
¿Será que Dios es lento?
Mejor no toco este tema,
por no faltar el respeto.

El gobierno asegura
que la culpa es del imperio.
La oposición asegura
que la culpa es del gobierno.

Pero ellos, mientras tanto,
pactando siempre en secreto.
Engrosando sus bolsillos
con corrupción y dinero.

Dándose la gran vida
en países europeos.
Disfrutando de sus putas
y su champán de Burdeos.

Canto III

(Tomás aparece en los infiernos.)

Tomás:

¿Qué lugar será éste?
¡Qué atmósfera tan obscura!
Todo está lleno de llamas,
de olor a azufre y de grutas.

Hay luces fosforescentes,
como las que hay en las rumbas.
Hay más grados centígrados
que los que hay en el Zulia.

Allá, al fondo, se ven almas
que se matan en disputas.
Que se dan puñetazos
y se clavan las uñas.

Los dos ojos se me abren.
Las dos manos me sudan.
¡Juro que este espectáculo
no lo había visto nunca!

(Aparece Billo Frómeta. Músico.)

Billo:

Normal que te sientas así,
estas visiones asustan.
Crepitares y demonios
dan los gritos que aquí arrullan.

Tomás:

¿No eres tú Billo Frómeta,
maestro de la música?
¿El qué compuso merengues
y alguna que otra cumbia?

Billo:

El mismo que dices, soy.
Dominicano de cuna
que fue a Caracas huyendo
de una feroz dictadura.

Y amé tanto a Caracas,
que ella siempre fue mi musa.
A ella dedico las notas
de todas mis partituras.

Duele verla destrozada,
duele verla tan sucia.
Sucursal de un cielo magro
donde los muertos abundan.

Pero sígueme, Tomás.
Seré el guía que te alumbra.
Te orientaré en los senderos
de esta intricada ruta.

Instrucciones para encontrar el amor de tu vida en la estación de Chacaíto

Chacaíto. ¿Por qué no otra estación? Chacaíto tiene más punch. Sólo Chacaíto tiene la combinación perfecta de rockeros comegatos y de evangélicos intensos que buscan incautos a quienes darles charlas interminables sobre su señor Jesucristo. No hay una estación mejor que Chacaíto si quieres encontrar al amor de tu vida. Es mejor ir por la mañana. Por la tarde hace demasiado calor. Por la tarde se montan más borrachos y más malandros que por la mañana. Y por las mañanas puedes dar un vistazo a las tiendas de cosméticos chinos y de ropa hippie que huele a la marihuana de sus tejedores.

Tienes suerte si no te topas con uno de esos muchachos flacos (muy flacos) que venden una versión pirata de las Susys o de los Cososettes. “Buenos días, señores. Triste es de pedil (sic), pero más triste es de robal (sic)”. No le prestes mucha atención al muchacho flaco que vende esas galletitas. Es posible que no venda nada. Es posible que compense el no vender nada sacándole un chuzo (construido por él mismo) a una viuda sesentona que va a alguna iglesia a solicitar una misa para su marido Víctor.

No hay grandes ornamentos en la estación de Chacaíto. Hubo grandes ornamentos alguna vez. Hoy en día ves esculturas descoñetadas por la acción de los hamponcitos. Hay hasta una medio bizarra y tubular que tiene una mancha de sangre que sólo he visto yo. Esa mancha de sangre se debe a una salpicadura de la última vez que lincharon a un ladrón. A un ladrón que quizás dijo lo de que más triste es robar que pedir. Vete al andén. El tren va a tener retraso. Pero el tren va a llegar. Siempre llega. Todo llega. El amor llega. El amor llega hasta en una estación como Chacaíto.

Mira bien a la gente que hay a tu alrededor. Hay un grupo de chamos que pertenecen a un grupo de teatro. No es el mejor grupo de teatro del mundo. Pero tienen mucha ilusión. Han conseguido un espacio muy pequeño en donde podrán representar “Muerte accidental de un anarquista”. Están felices. Hay una enfermera que no deja de revisarse el uniforme. Caracas quizás sería otra si todas las enfermeras tuvieran la delicadeza y el esmero de revisarse el uniforme. Hay mucha gente a pesar de la hora.

Te sostienes de un tubo que te da un poco de asco tocar. Hay miles de mitos urbanos alrededor de los tubos de los vagones del metro. Hay quien dice que los tubos de los vagones del metro tienen SIDA y SúperSIDA. Esos tubos han sido tocados por indigentes y por prostitutas. Esos tubos han sido tocados por abogados y por chavistas fanáticos convencidos. Una chama no pierde el glamour y toca el tubo sidoso con un pañuelo. Pero fíjate en ella sólo para la anécdota. Ella no es el amor de tu vida. Sigue mirando.

Las ventanas están obscuras a razón del túnel interminable. Muchas de las lamparitas que se ven desde las ventanas del vagón están apagadas por falta de mantenimiento. No esperes mucho más si vives en un país comunista. ¿Te acuerdas de cómo te divertías viendo esas lamparitas cuando estabas en tu infancia? ¡Era lo máximo! Quédate viendo la ventana. ¿No ves esos ojos tristes y azules verdosos? ¡Si es que se reflejan perfectamente a pesar de lo opaco de la ventana! No te fijes en el “Yazmín Maldita Perra” que está rayado en la ventana con una llave (o con un puñal). Fíjate en esos ojos azules y tristes. En esos ojos que brillan más que todas las lamparitas del túnel.

Ahí está el amor de tu vida. Aunque es obvio que aún no te has dado cuenta que ahí está el amor de tu vida. Voltea. Comprueba de dónde viene el reflejo. ¡Ahí sí que está el amor de tu vida! Tiene una franela roja (Pero sobria y cuchi. No tiene nada que ver con el chavismo. Tranquilo). Tiene el pelo liso y terso. Tiene el pelo bien lavado y cuidado. Pero esos ojos. Esos ojos son el mayor imán. Son azules. Son verdes y tristes. Están apuntando hacia algún lugar. ¿Qué grandes cosas estará pensando el amor de tu vida?

¿Estará pensando en encontrar al amor de su vida en el metro? Quizás. No hay manera de comprobarlo. Es como Dios. No podemos afirmarlo pero tampoco podemos negarlo. Pero seguramente está pensando en algo interesante. No pudiese ser el amor de tu vida si no estuviese pensando en cosas interesantes. Y nadie con esos ojos verdiazules y tristes puede estar pensando en nimiedades. Nadie con esos ojos azules y tristes puede estar pensando en tonterías. ¡No!

Tienes que idear algo. No sabes en qué estación se puede bajar el amor de tu vida. A lo mejor en la próxima. ¡Tienes que idear algo rápido! “Disculpa. Sé que estás pensando en algo interesante. Nadie con tus ojos verdiazules y tristes puede estar pensando en nimiedades. Nadie con tus ojos verdiazules y tristes puede estar pensando en tonterías”. Quizás sea una buena opción. No. No es una buena opción. Es muy invasivo. ¿Es que acaso perdiste el juicio? Pensará que eres psicópata. Tendrás suerte si sólo se aleja. Tendrás suerte si no activa el botón de emergencia y manda a llamar a la policía. Aunque la policía no funciona. Ni el botón de emergencia tampoco. Estás en un país comunista. ¿No lo recuerdas?

“Qué loco está clima, ¿no?” Podría servir. No. No podría servir. El clima en Caracas casi siempre es el mismo. Y es un tema cliché de conversación. Pensará que eres un perdedor. Pensará que tienes un trabajo aburrido. Pensará que trabajas en algo relacionado con la contaduría. A lo mejor al amor de tu vida le atrae la bohemia. Esos ojos azules y verdes y tristes y hermosos tienen que ser aficionados a la bohemia. Ajuro. Es el momento de buscar una conversación interesante. Háblale de aquel triste relato de la mitología griega en el que Ariadna no puede irse con Teseo. Cuéntale sobre aquel meme que viste sobre Murakami y su similitud con Sísifo a la hora de conseguir el premio Nobel.

“Estación Sabana Grande”. Acaba de hablar la voz ronca del metro. La voz que pareciera vivir del aguardiente y de nombrar las estaciones una y otra vez por los altavoces del vagón (también echados un poco a perder a causa del comunismo). Confía. Quizás el amor de tu vida de ojos tristes y verdiazules no se baja en Sabana Grande. No te enamores tanto. Enamórate mucho. No es fácil apartar la mirada de esos ojos que parecen el agua del mediodía de una playa de las Islas Marshall.

El amor de tu vida cruza la puerta. ¿Será que sigues su camino y te bajas también en Sabana Grande? Sí que se bajaba en Sabana Grande. Los ojos más bonitos del planeta tierra (Y de Saturno también) se han bajado en Sabana Grande. “Te he seguido desde el metro. Eres el amor de mi vida. No llegué hasta mi destino porque mi destino eres tú”. Ni se te ocurra. No llegarás lejos con esa babosada que pareciera escrita por Leonardo Padrón. Se cierra la puerta. Quizás se abra otra vez. Sal corriendo si se abre otra vez. El metro arranca. Perdiste al amor de tu vida. Se perderá en el laberinto. Más nunca tendrá contacto contigo. Las oportunidades las pintan calvas. Las pintan tan calvas como la cabeza de ese hombre que acaba de entrar (con una franela del Central Madeirense) y que ocupa el lugar y el reflejo que ocupó el amor de tu vida en el vagón apenas unos segundos antes. El amor de tu vida no aparece todos los días en Chacaíto. Idiota.

Tomás Marín

Un misil en mi placard

En la radio del Corolla suena “Un misil en mi placard”. Creo que es una versión acústica. Nunca he sido fanático de Soda Stereo. Pero me gustan algunas canciones de ellos. Me pregunto qué será un placard. La voz del papá de Cristina me distrae. “Cuídense mucho”, nos dice. “Mosca con una vaina. Y corran duro si la guardia se pone Popy”. Siempre me dio risa la expresión “Ponerse Popy”. Al menos me dio risa en esa circunstancia. Yo crecí con la leyenda urbana de que Popy le pegaba a los niños. No sé si sea cierto. Popy nunca me gustó. Me daba miedo.

Me aturde un poco el poco de banderas que ondean por la Francisco de Miranda. Nunca he sido un gran fan de Venezuela. Pero marcho porque quiero un cambio. Creo que la oposición nos ha convencido de que un cambio es posible si salimos a marchar mientras ellos ven el fútbol en sus casas. Me siento protegido con Cristina. Fantaseo alguna situación en la que le salvo la vida en medio de una atmósfera épica de perdigones y de humo de bombas lacrimógenas. La típica situación cliché del “Mi héroe”.

Pero soy todo menos héroe cuando la guardia me detiene. ¿Cómo coño me pudo a detener? Yo procuré estar atrás. En la vanguardia es que atrapan a la gente. Quizás fue un descuido mío. Me montan en una moto. Ya me han sacado un morado. ¿Gritar? ¿Para qué gritar? Lo mejor será poner cara de drama para la foto que saldrá en los muros de Facebook. Pero tengo miedo. Desde hace un tiempo no veo a Cristina. Me corre la idea de que ella será la que  pueda venir a salvarme a mí. Todo lo contrario a mi heroica fantasía. Pero no viene nadie.

Tengo ya mucho tiempo encerrado. No sé cómo se llama esta cárcel. Me cubrieron los ojos al venir acá. Se oyen pajaritos a ciertas horas del día. El pan es duro. Pero el pan nutre. Se oye mucho monte. Se oye mucho verde. No sé por qué tengo la impresión de que estoy en San Juan de los Morros. Pero quizás la gente no lo sabe. Todo lo que no sea Caracas es monte y culebra. No hay ventanas en la celda. Sólo hay grietas. Pero son grietas pequeñas. Se nota que son grietas que tienen mucho tiempo allí. Se nota que esto lo han convertido en cárcel. Esto antes no era una cárcel. ¡Ni de vaina!

¿Por qué mi familia no ha preguntado por mí? Puede que piensen que estoy muerto. El gobierno es experto en censura. La guardia es experta en censura. Nunca he sido un gran hijo ni he tenido un gran futuro. Pero sé que mi familia me quiere. ¿Dónde estará Cristina? ¿Por qué nunca le dije que la deseaba y que me gustaba un poco? Hay aquí dos guardias. Nunca he sabido sus nombres. Son precavidos y se cubren los nombres bordados que están en los uniformes oliva. Yo los identifico como Rata 1 y Rata 2.

Rata 1 es la peor escoria del mundo. Goza torturándome. Siempre me dice que el día presente será el último día. Rata 2 también es una rata. Pero es menos rata que Rata 1. Rata 2 me da tiempo para prepararme para los ganchos y las cosas que provocan un dolor que ya no me duele. Rata 1 es un fanático de la revolución. Siente que todo lo que no sea PSUV debe ser exterminado. Rata 2 sólo cobra su salario y cumple con su deber. Se cubren los rostros siempre. Pero las voces siempre suenan distintas. El único rostro que veo es un afiche de Maduro con un corazón. Mi verdugo es mi única compañía.

Yo no sé si fue un descuido inconsciente o sólo un descuido. El hecho es que Rata 2 no ha pasado la llave a la puerta. Me doy cuenta por una pequeña fisura en el cerrojo. ¿Se burlan de mí? Puede que sepan que no han pasado la llave a la puerta. Quizás quieren reírse de mi intento de escape y matarme en medio de éste. Pero parecían tan distraídos. Los guardias nacionales bolivarianos no son tan hábiles para planificar cosas así. Lo de ellos es torturar. Lo de ellos es gritar. Lo de ellos es matar. ¿Querrán matarme?

Me lo pienso. Pero tampoco me lo pienso mucho. La vida dentro de una celda no es vida. Me acuerdo de un chiste tonto. Un chiste que contaba un amigo ingeniero informático amigo de un amigo. Decía que los ingenieros informáticos vivían prisioneros en las celdas de Excel. Me río solo. Mi esperanza es legítima. Tenía mucho tiempo sin reírme. Eso es buena señal. Creo que no me importa mucho intentarlo. Afuera todo es el abismo. Todo es un agujero obscuro. Podré componer una autobiografía brutal si todo sale bien. Se venderá en Tecniciencia. Anda. Levántate. Ni grites por las llagas que te duelen. Inténtalo.

Abro la puerta. Abismo. Obscuridad. Voces lejanas. Supongo que el truco será no seguir las voces. Seguir la luz de la luna. Donde haya luz significa que puede haber una salida. Me desplazo. Me arrastro. He sido cuidadoso en cerrar la puerta de la celda. Hay cajas. Hay afiches de maduro y afiches de Chávez en el pasillo. Silencio. Sigo. Silencio. Unas voces se acercan. Pero hay donde esconderse. No es tanto que haya donde esconderse. Sólo cajas. Pero hay sombra. Mucha sombra. Y yo soy sólo una sombra más ensombrecida entre dichas sombras. Al menos lo soy desde que me atraparon y me apartaron de todo.

Puerta a otro pasillo. La puerta gira sobre sus goznes. No hace ruido. Pensé que haría ruido porque las puertas son viejas. ¿Qué habrá sido esto antes? Hay voces que se mueven. Hay luz. Estoy más cerca de lo que piensan ellos. Una ventana abierta. Patio. La puerta del patio está abierta. ¿Será que sí? Salto por la ventana con todo el dolor descriptible. De todas formas es una planta baja. El dolor es por una de mis llagas frescas. La llaga rozó con una piedra. Pero la libertad es más grande que la llaga que desprende su costra.

Tenía tanto tiempo sin pisar grama. Qué brutal es la grama. Está hasta un poco humedecida. Esos dos segundos fueron sólo para mí. La gente no aprecia la grama cuando es libre. Pero no puedo pasar tanto tiempo recordando mi infancia. Hay que seguir. Ya veré cómo me regreso de San Juan de los Morros (si es que estoy en San Juan de los Morros). “¿Se te perdió algo, camarada?”. Es la voz de Rata 1. Por primera vez tiene el rostro descubierto. Su rostro de rata. No sé qué me hará. Tendré suerte si regreso a la celda a pensar acerca qué es un placard.

Revés

¿Cómo comenzar a escribir esta historia? ¿Cómo comenzar a escribir esta historia? Desde pequeña, guardo en mi memoria recuerdos que me llenan los ojos de lágrimas. Aprendí a convivir con mi familia, pero, además, con la enfermedad de mi papá, porque a estas alturas creo que se llama así. Él siempre me corrige porque yo le llamo vicio, pero él insiste en que es una enfermedad. Por lo visto, sí: La vida se encargó de darme clases sobre el alcoholismo y sus fatales consecuencias.

Yo sigo en pie por mi gran fuerza de voluntad, pero también por mi familia. Si no, hace rato que me hubiese ido a navegar en la barca de Caronte. Mi papá no es una mala persona, sino todo lo contrario. Sucede que la enfermedad me lo cambió, enseñándome la otra cara de la moneda, la parte rota del espejo, el pedazo más sucio de la mesa. Yo trato de que todo se vea bonito, pero, precisamente, las cosas no son lo que parecen. Su corazón está muy parecido a un corcho de botella, y su perfume huele siempre a vino. ¿Será porque es eso?

Y las lágrimas de mi mamá tienen un sabor amargo, como las mías y las de mi hermana. Andrés, mi hermano pequeño, es duro como una roca. Creo que se parece a un pedazo de hielo, porque siempre tiene congeladas sus emociones. En fin, en esta casa cada quien sobrevive como puede. Papá se desquita con el alcohol, se convierte en alguien agresivo y yo comienzo a llorar desesperadamente. Mi hermana padece fuertes dolores de estómago mientras que mi hermano se refugia en el rock. Mamá, por su parte, se come todo lo que encuentra en la cocina.

No se puede negar que, al final, todos somos una familia de locos, cada quien, a su manera. Al final manda papá. Todos le obedecemos a su enfermedad. Cuando él llega a la casa, es como si se volteara la luna. Todos, sumisos, corremos al cuarto a encerrarnos a dormir, hasta que llegue el día siguiente y todo sea normal. El problema es que esa normalidad no dura mucho, porque siempre salta el corcho a romper la tranquilidad de la familia, porque claro, la enfermedad puede más que el remedio. ¡Vamos a dormir, que viene papá!

V.F.