“Gracias por todo, Daniela. Yo te debo la vida”

“¿Se le puede lanzar maní a la elefanta, papi?, preguntó Daniela. “Claro que sí, mi amor, pero tienes que lanzar con fuerza para que el maní pueda llegar y la elefanta se lo pueda comer”, respondió el papá. Daniela tenía colitas y era mi mejor amiga. Teníamos unos seis años. A veces, el papá de ella nos llevaba al zoológico de Caricuao. A veces, cuando su papá estaba ocupado, metido en asuntos de política que yo nunca entendía, era mi papá quien nos llevaba al miso sitio, al zoológico de Caricuao, nuestro lugar favorito en el mundo.

Yo amaba esos paseos. Generalmente los hacíamos los sábados por la mañana. Cuando mi papá era el chofer íbamos a buscar a Daniela, que vivía cerca de la Hoyada y quien siempre nos esperaba en la puerta de su edificio con un gran saquito de maní para compartir conmigo mientras veíamos animales enjaulados en el zoológico de Caricuao. Daniela era una niña sensible. Siempre fue la niña más sensible que conocí. Recuerdo que se le aguaban los ojos en el carro cuando veía a la gente pobre en la calle. Nunca llegaba a llorar. Más bien parecía que tenía alergia. Mi papá quitaba el aire acondicionado, creyendo que era el aire acondicionado del carro el que le enrojecía los ojos a Daniela. Pero ella me decía, a solas, que la pobreza ajena le generaba una tristeza que siempre la superaba. Yo me encogía de hombros. Yo sólo me ponía triste cuando no había Sorbeticos de fresa en el Excelsior o cuando no podía tener el Hieloco que me faltaba.

Creo que esa sensibilidad de Daniela vino por el papá. Mi papá siempre decía que el papá de Daniela era socialista. Yo no comprendí esa palabra sino hasta los 13 ó 14 años. De niña, la palabra “socialista”, por alguna razón me sonaba a comida. De grande aprendí que la palabra “socialista”, más bien, siempre implica falta de comida. El papá de Daniela era cercano a Chávez. Por eso, cuando la campaña de Chávez se intensificó, cada vez lo veía con menos frecuencia. Se volvió un señor esquivo y un tanto sombrío. Muy distinto de aquel hombre de ojos achinados y alegres que, con anécdotas dicharacheras, nos llevaba hasta Caricuao a ver animales y que nos brindaba un sándwich de pollo granjero cuando nos portábamos bien, que era siempre, porque siempre nos portábamos bien.

La primera vez que un escolta de Daniela nos llevó a Caricuao, yo sabía que los viajes al zoológico estaban heridos de muerte. No era lo mismo. Además, ya nos estábamos haciendo grandes. Teníamos otras inquietudes que ver animales enjaulados en el sur de Caracas. Yo notaba que a Daniela no se le aguaban más los ojos, a pesar de que cada vez había más harapientos en la calle. Pero Daniela siempre seguía compartiendo manís conmigo. Aunque cada vez hablaba menos y cada vez hablaba de cosas un poco más triviales. Estaba un poco desapareciendo la Daniela niña. Un poco como el papá, pero de modo diferente.

Pero Daniela y yo hemos sido amigas toda la vida. He sido testigo de sus crisis de nervios, de las amenazas que a veces recibía y del plástico círculo que fue construyéndose en torno a ella (y del que yo siempre hice parte). De repente, casi de un día para otro, las fiestas y las salidas con Daniela comenzaron a ser arrechísimas, alucinantes, de otro mundo. Siempre me daba un poco de corte que ella casi siempre estuviese rodeada de escoltas. Pero, al mismo tiempo, era una ventaja. Si faltaba hielo, whisky del caro o cocaína, los amigos de Daniela podíamos pedir a los escoltas que “hicieran el mandado”. Recuerdo a un escolta en particular. Se llamaba Ángel. Era un tipo gordísimo, moreno y estaba tatuado. Parecía de esos seguridad que aparecen en los reality show basuras de MTV. Pero lo que tenía de barriga, lo tenía de corazón.

Quiero dejar en claro que nunca he sido aficionada de (algunas) drogas. Daniela tampoco lo era. Pero ella tenía mente muy liberal y abierta. No le importaba que sus amigos fumaran porros o se metieran pases, incluso sobre los cuerpos desnudos de otras chamas drogadas, en las fiestas descomunales que ella organizaba casi todos los fines de semana y que se hacían en Valle Arriba o en el yate gigantesco que daba vueltas (siempre escoltado por pequeños barquitos de la Guardia Nacional) por las hermosas aguas de Falcón.

Yo no sé si el papá de Daniela es un narco, como la gente dice. Pero no me extrañaría que así fuera. A mí, que siempre he sido moralmente neutra, ni me va ni me viene. A Daniela tengo mucho que agradecerle. Fue ella quien me sacó del país tercermundista al que siempre he odiado con todas mis vísceras y me llevó a vivir a Estados Unidos, en donde ella hizo otro círculo aún más brutal que el círculo que tenía en Venezuela. Yo siempre me sentí, un poco, como su protegida. Incluso, Daniela era inteligente y generosa para ciertas cosas que poco o nada tenían que ver con el dinero, con las orgías o con las fiestas. Recuerdo clarísimo que una vez, incluso cuando ya su nombre tenía cierta fama en los medios (reflejo del papá, que es una figura realmente de peso), llegó a mi casa en su Grand Vitara (siempre escoltada), en medio de una tarde lluviosa, para enseñarme una lección sobre polinomios que en la Simón yo no había terminado de entender. Siempre sentí que ella hubiese podido ser una buena profesora. Pero a ella no le hacía falta eso. Nunca le ha hecho falta ni eso ni nada.

A mí me excitaban un poco (y no me da pena decirlo) y me llamaban la atención ciertos aspectos de la personalidad de Daniela. Ella tenía cierta inclinación por la depravación. Parecía que no sentía sensibilidad por nada. Era como si aquella niñita de ojos aguados que iba para Caricuao hubiese mutado en una figura realmente curiosa y atractiva. Ella, por ejemplo, cuando hacía parrilladas, mandaba, a veces, a traer a la ternera viva desde Carora, desde San Felipe o desde alguna de esas ciudades enterradas en la nada. Ella nunca se atrevía a hacerlo personalmente, pero le daba dólares (y siempre un beso en la mejilla, que era  su rubrica) a Ángel o a otro de sus escoltas para que, con un machete, propinara un golpe letal al animal, quien corría desangrándose hasta morir ante el júbilo del círculo de amigos orgiásticos y drogados de Daniela, quien siempre veía el espectáculo con una sonrisa hermosa. Luego, naturalmente, la ternera era asada y disfrutada por todos los comensales. Realmente eran noches fantásticas. Aunque no eran tan fantásticas cuando Daniela hacía sacar su guitarra Fender acústica y se ponía a cantar. Odiaba como cantaba, y tocaba horrible. Pero no podía decírselo. Nadie podía hacerlo.

Y creo que fue esa costumbre a la insensibilidad de Daniela lo que me hizo extrañarme tanto cuando la vi ayer en la que, quizás, sea la última vez que la vea. Se notaba que había llorado. No estaba maquillada y no tenía su sonrisa perlada, perfecta y espectacular. Nosotras somos (o éramos, a partir de hoy) vecinas en Estados Unidos. Ella me regaló la casa en la que vivo ahora. Por ella puedo caminar en Central Park en vez de en la Plaza Altamira. Por ella conozco el deleite de las trufas, de la champaña, de la Hershey’s Store y del sexo grupal.

No le dolió tanto los 800 millones de dólares que le embargaron a su papá como el hecho de que el gobierno de Estados Unidos ordenase su deportación inmediata. 800 millones de dólares, cuando eres hija de quien eres, se consiguen como se consigue una moneda perdida debajo de la alfombra del carro. “Helena, ¿me acompañas al JKF?”, me preguntó. “Claro que sí, Dani”, le respondí. Le dieron sólo 72 horas para salir. Fuimos en taxi hasta el aeropuerto. Otro taxi, atrás, iba siguiéndonos, llevando las maletas de Daniela, que parecían incontables.

Me dio mucha paja que la deportaran. Para mí siempre ha sido una mierda toda la parafernalia que han montado contra ella. Pero no quería decírselo. Dani no habló en todo el camino. No habló casi en el aeropuerto y me dio mucha lástima cuando le pusieron el sello rojo en su pasaporte diplomático repleto de sellos de los más variopintos países del mundo. La acompañé mientras estaba sentada y pensativa en la larga hilera de sillas plateadas y vacías. Nunca la había visto así.

“Me acaba de escribir mi mamá por el Whatsapp”, le dije a Daniela, quien miraba hacia el frente y jugaba con la punta de las mangas de su suéter blanco. Se veía tan cuchi así, triste. “¿Y qué te dice?”, me preguntó. “Parece que se murió Ruperta”, le dije yo. “¿Quién coño de la madre es Ruperta?”, me dijo Daniela, siempre mirando hacia el frente y con una displicencia que me pareció cómica. “La elefanta de Caricuao. ¿Te acuerdas de ella? A ti te gustaba tirarle maní”, le respondí yo.

Daniela sonrió. Fue la única vez que la vi sonreír en todo ese día. Me sentí feliz de hacerla sonreír. Pensé que podríamos hablar de Ruperta y de los días en las que éramos felices visitando un zoológico que ahora es una basura maloliente. Pero ella prefirió quedarse callada. La gigantesca pantalla que anunciaba las salidas indicaba que ya estaban abiertas las puertas de embarque para el vuelo que, a las 20:55, partiría hacia Caracas. “Gracias por todo, Daniela. Yo te debo la vida. Nos veremos más pronto de lo que crees”, le dije. Estuvimos abrazadas un tiempo largo. La sentía llorando sobre mi hombro. La fiesta, al menos en Nueva York, se había terminado. “Toma”, me dijo ella. Sacó, de su Kipling violeta, una bolsita de maní salado a medio comer. “Cómetelo tú, que no me lo van a dejar pasar”, me dijo antes de tomar camino al avión que saldría a las 20:55, el que la llevaría de vuelta al país tercermundista al que siempre he odiado con todas mis vísceras.

 

Helena Eco.

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Reseñas cantáridas: “La tortura de la esperanza”, de Auguste Villiers.

La tortura de la esperanza es un cuento de Auguste de Villiers (aunque su nombre era mucho más largo), escritor francés nacido en 1838. La vida de Aguste de Villiers fue realmente particular. Toda su vida aseguró que pertenecía a una ya moribunda (por no decir muerta) nobleza francesa. Pero la verdad es que no lo hacía por simples ganas de molestar. Lo hacía porque, durante toda su vida, la situación económica del autor fue realmente apretada y deseaba, por la vía del linaje, obtener algún dinero. De hecho, muchos de sus textos fueron hechos más por apuros económicos que por intereses realmente artísticos. La tortura de la esperanza fue publicado, en una colección de relatos llamada “Nuevos cuentos crueles”, en 1888, un año antes de que Auguste de Villiers falleciera a razón de un cáncer de estómago. Su título original en francés es “La torture par l’espérance

El relato cuenta con un exquisito humor negro y un tanto macabro. Podría pensarse, de buenas a primeras, que se trata de una crítica a la inquisición y a la intolerancia. Pero el verdadero tema es la frustración y la desesperanza. Y no a cualquier desesperanza (que es lo que hace que el relato se convierta en todo un homenaje al humor negro y a la ironía) sino a la desesperanza de quienes creen, precisamente, en la esperanza misma. Un poco al estilo de que nada, por más intenciones que tengamos, podemos hacer en contra de la predestinación.

Es un texto de pocos personajes. El principal de ellos es al que conocemos como el rabino Abarbanel. Abarbanel es un prisionero de la inquisición española que, durante un año, ha sido torturado dura y cruelmente a razón de que es un judío convencido (descendiente de los mismos judíos del antiguo testamento) que no desea aceptar al dios de los cristianos. Esto nos lleva al otro personaje importante de la historia, que es Pedro Argüés, el tercer gran inquisidor de España, el responsable de toda la tortura que ha sufrido el desdichado rabino. Otra de las grandes ironías del relato se basa en el comportamiento de Pedro Argüés. Éste siempre le asegura al infeliz rabino que todo lo hace por su bien, para recuperar a su “oveja descarriada”.

El relato, bastante breve y conciso, tiene una fluidez impresionante. La primera parte se basa más en recuerdos que nos hacen familiarizarnos con los personajes. La segunda parte es la acción como tal, que se desarrolla de una manera dinámica y realmente ágil. Acompañamos al Rabino Abarbanel en un periplo tanto simbólico como literal en el que es su último manotazo en búsqueda de su última esperanza, en sus ganas de liberarse y de huir. Todo el relato, conciso al fin, se desarrolla en un complejo de calabozos y mazmorras en donde todos los actos, como en un gran encierro, se desenvuelven con descripciones que, aunque no son muy largas, nos revelan una imagen muy clara de los hechos y del lugar.

El ambiente en el que se desarrolla la trama es en medio de la cruel inquisición española. El autor (que hubiese sido totalmente innecesario) no pierde tiempo ni muchos renglones en describir a la inquisición como tal. El relato, a pesar de que es ubicado en la inquisición española, podría aplicarse perfectamente a una de las crueles cárceles del siglo XX o hasta del Siglo XXI. Es posible que el autor haya reflejado en este texto su propia desesperanza ante una vida que siempre quiso tener y que, cuando parecía que por fin tendría, se le esfumaba de las manos.

Tomás Marín

 

Reseñas cantáridas: “El artista del hambre”, de Franz Kafka

El artista del hambre es un cuento de Franz Kafka, escritor checo nacido en 1883 y conocido por obras emblemáticas como “El proceso” o “La metamorfosis”. El cuento, al igual que la gran mayoría de la producción de Kafka, fue publicado, al menos de manera oficial, tras la muerte de éste. El relato fue escrito en 1922, dos años antes de la muerte de su autor. Su título original, en alemán, es Ein Hungerkünstler.

El tema principal del relato, sin duda alguna, es la decadencia. De esta decadencia podemos encontrar dos vertientes. La primera es la decadencia de un artista que, con el pasar de los años, ve cómo su fama va mermando gracias a la aparición de nuevas atracciones y de nuevos entretenimientos. La segunda es la decadencia física. El artista del que hablamos es un ayunador, es decir una persona que pasa hambre voluntariamente, poniendo en riesgo su cuerpo, su salud y su vida con tal de convertirse en una atracción y en un espectáculo.

El narrador, con un lenguaje muy ameno (algo típico de las producciones kafkianas), cuenta, en tercera persona, el ascenso y la caída de un artista del que no conocemos su nombre, que conocemos, sencillamente, como “El ayunador”. El ayunador siente una gran satisfacción por su trabajo, sobre todo en su época de esplendor. Siendo ésta la época en la que, encerrado en una jaula, ve pasar días y noches alrededor de la muchedumbre que, durante un plazo de cuarenta días (aunque él afirma que puede ayunar por más tiempo), ve a su cuerpo enflaquecer para, cumplido el plazo, y en medio de un gran alborozo, forzarlo a romper escuetamente el ayuno. El ayunador es un personaje sumamente melancólico e impulsivo. Otros personajes, como el empresario (una especie de manager) del ayunador, atribuyen este comportamiento melancólico e impulsivo (furioso a veces) al hambre, aunque, realmente, de una manera planteada un tanto como humor negro, se debe a que el ayunador no libera, por decirlo de alguna manera, todo su potencial artístico.

La trama va avanzando de una manera dinámica y anecdótica. Hay, básicamente, dos tiempos en la historia. El primero es la “gloria” del ayunador, cuando éste es respetado, querido y admirado. El segundo es su “caída en desgracia”, cuando el espectáculo del ayuno ya no es interesante para casi ninguna persona en ninguna ciudad y el ayunador, luego de romper con su empresario, encuentra trabajo como atracción complementaria, casi desapercibida, en un circo no muy lejano. Los dos lugares de la historia se presentan en estos dos tiempos. Siendo uno de estos lugares la jaula en la que el ayunador hace, durante tanto tiempo (aunque con pequeñas pausas) su espectáculo y el otro un rincón del mencionado circo.

El lenguaje, tal como hemos señalado, es bastante ameno y coloquial. Es una narrativa que sólo hace uso, casi al final de la historia, de un diálogo un tanto crispante (no tanto por lo que se dice, sino por cómo se dice) entre un displicente inspector y el ya desgraciado y pasado de moda ayunador.

El contexto por el que fue creado un cuento como “El artista del hambre” se debe a dos razones principales. En primer lugar (y esto es algo que yo, particularmente, desconocía), los ayunadores, como el de la historia, existieron realmente. Eran atractivos de las ferias fijas e itinerantes europeas de mediados y finales del Siglo XIX. Éstos dejaron profunda huella en el autor, quien, de niño, asistió a varias de estas ferias. En segundo lugar, para el momento en el que Kafka escribió el relato, se hallaba en medio de una terrible tuberculosis que le dificultaba mucho la ingesta de alimentos, haciéndole perder peso dramáticamente y, seguramente, haciendo que éste, quizás a modo de humor negro, se identificase con los ya decadentes ayunadores.

Tomás Marín

Langosta.

Hace poco me enteré de que en no sé cuál país se prohibió arrojar a las langostas vivas a las ollas de agua hirviendo. Supongo que ahora quieren que matemos las langostas a cosquillas. Cuando era pequeña, mi tío, quien siempre tuvo esa especie de comportamiento sibarita que podía tener la gente en la Caracas que no estaba tan jodida, a veces compraba langostas que, para cocinarlas como era debido, arrojaba vivas a una gran olla (Como de la mitad de mi tamaño, para ese momento. Yo tendría unos 7 u 8 años) que contenía agua hirviendo.

Yo me montaba sobre un banquito para poder ver el espectáculo. No podía acercarme como me hubiese gustado acercarme porque mi tío me pedía que me alejara. Me decía que podía salpicarme agua hirviendo y hacerme quemaduras. Yo me colocaba como a un par de metros de la olla y sonreía cuando una especie de electricidad me recorría por todo el cuerpo cuando escuchaba a la langosta gritar (Si es que se puede llamar grito al sonido que emiten las langostas cuando están sufriendo) de dolor.

Me emocionaba muchísimo cuando este grito, que se entremezclaba con los borbotones del agua que hervía de una manera feroz, se iba diluyendo hasta enmudecer. Me imaginaba a la langosta retorciéndose en medio de las burbujitas, buscando un escape a través del agujero superior de la olla, macabramente cubierto con una pesadísima tapa metálica que se iba empañando con el poco vapor que se escapaba a través de alguna ranura y que comenzaba a oler a langosta hervida y a especias.

Antes de ese espectáculo, que era mi espectáculo favorito cuando era niña, a la langosta la tenían moviéndose dentro de una especie de ponchera plástica que era la misma en la que yo, cuando aún era más niña de lo que era en ese momento, solía bañarme con jabón Moncler, que era una barra de jabón gigante de la Cuarta República, y con champú para niños. Yo le tenía una arrechera increíble a la langosta, que me parecía asquerosa con su caparazón, con sus antenas, con sus tenazas. Sentía que era una especie de demonio que ocupaba mi ponchera, en la que, de niña, pasaba momentos tan felices a la hora del baño.

Cuando la langosta estaba servida, yo no la tocaba. Me daba asco su sabor. Me daba asco la textura blanca que había dentro de su cuerpo rojo (Y más rojo luego de ser hervida). No podía comprender cómo los adultos se mataban por comer una cosa que a mí me daba náuseas. Y aunque me daba grima el crujido que hacía el cuerpo de la langosta cuando las gruesas manos de mi tío la partían en dos, o en tres, me encantaba que, luego de muerta, su sufrimiento siguiera, que la despedazasen, ya luego del suplicio de haberla arrojado viva a la gran olla de agua hirviendo, por ocupar mi lugar en aquella ponchera.

Cuando mi tío, los días en los que comíamos langosta, me decía para que lo acompañase al mercado de Quinta Crespo para ir a comprar la langosta que luego sería encerrada, torturada, asesinada, destrozada y devorada en nuestra casa, a mí me encantaba levantarme temprano, a pesar de que, para esa época, en un día normal, odiaba levantarme temprano. Me acomodaba el pelo como podía y me colocaba la primera ropa que encontrara a mano. Ir Quinta Crespo, para mí, era una auténtica fiesta.

Y sí. En algún momento, en el mercado de Quinta Crespo, la gente podía comprar langosta. Es cierto, no lo voy a negar, que Venezuela nunca fue próspera. No quiero que un extranjero que lea mis palabras piense que hasta la persona más pobre del barrio más pobre se levantaba algún día de semana y decía: “Hoy comemos langosta”. La langosta siempre fue un lujo, pero un lujo accesible para una familia de clase media alta y hasta, de vez en cuando, para una familia de clase media.

Yo parecía una niña en medio de un parque de diversiones. A pesar de que el mercado de Quinta Crespo es laberíntico y confuso debido a la cantidad casi incontable de personas que, durante los fines de semana, se daban cita allí, yo me sabía el camino de memoria hasta las peceras. En las peceras estaban las langostas, con las tenazas atadas por plásticos o por alambres. Mi tío siempre me daba un voto de confianza, y yo elegía la más grande. No la elegía porque era la que daría más comida para todos. La elegía porque sabía que, a mayor tamaño, mayores serían los gritos que pegaría la langosta cuando la arrojasen al agua hirviendo.

Ya cuando había crecido, cuando era adolescente y adulta, me gustaba, cuando no tenía nada que hacer, buscar, cuando había internet en Venezuela, algún video en Youtube en el que hirvieran a una langosta vida o, mejor aún, en el que la despedazaran viva para ver a sus partes, ya separadas entre sí, moverse con torpeza y lentitud. Es cierto que, cuando Venezuela se fue a la mierda, ya más nadie pudo comer langosta. De todas formas, si hoy tuviese la oportunidad de comerla, no la comería. Me sigue pareciendo asquerosa.

Helena Eco.

Ashley

La profesora hizo un silencio de varios segundos antes de decir el nombre de Ashley. Hasta su expresión cambió. Era como si de pronto le hubiese venido un recuerdo que no hubiese querido recordar. Creo que la profesora era la primera que no se lo podía creer. Ashley había sacado 05. No sé si la profesora lo hizo a propósito o lo hizo por torpeza, pero mostró la hoja del examen corregido de Ashley de una manera en la que todos pudimos ver el insólito 05 escrito en marcador rojo. Creo que a Ashley, así de buenas a primeras, no le molestó tanto el 05 como el que todas las miradas y toda la atención del salón se hubiesen dirigido tan súbita y abruptamente hacia ella.

La clase, que no se hallaba en momento de lección sino en esa especie como de receso que se forma cuando se reparten los exámenes, se detuvo por completo. Incluso algunos compañeros se levantaron de sus asientos. Algunos se acercaron al 05 que había sacado Ashley y que aún la profesora sostenía en su mano, como si se estuviesen acercando a una pieza de museo resguardada por un cordón de seguridad. Yo no me levanté, aunque sí me sorprendió un poco que una estudiante tan aplicada y tan estudiosa como Ashley sacara, de pronto, un 05.

Creo que fue uno de esos delegados pollos que van a dar noticias entre salón y salón que había visto todo mientras estaba escorado en el marco de la puerta. El hecho es que, de alguna manera, la noticia de que Ashley Narváez, la muchacha, junto conmigo, que sacaba las mejores notas de todo el salón y de todo el colegio, había sacado 05 en el examen de geografía económica. Incluso, y les juro que no les miento, desde donde yo estaba se podían escuchar los murmullos que hacían los otros salones cuando se enteraron de la noticia. Así de famosa era la cabeza de Ashley.

Luego de unos segundos, en los que había superado la vergüenza poniéndose un tanto roja y haciendo una sonrisa forzada, Ashley se levantó de su pupitre y tomó el examen. Ocultó la cara visible de su examen a todos, como si todos no la hubiesen visto ya. Ashley, al lado del escritorio de la profesora, le echó una ojeada a las dos hojas engrapadas que formaban su examen. Luego de una especie de meditación, que duró unos 20 segundos, Ashley se acercó a la profesora y solicitó revisión. La profesora hizo caso. Tomó las hojas del examen de Ashley y las revisó, no sin antes acomodarse los lentes. Los lentes que tenía la profesora, anciana y regordeta, eran uno de esos lentes de vieja decimonónica que tenían una cadenita. “Es cierto”, le dijo la profesora a Ashley mientras tachaba el 05 y escribía una la nueva nota. Ashley había sacado 04. Nuevo murmullo, más sonoro que el anterior.

Ashley se acercó a mí a la hora del recreo. Ella, a veces, en algunos recreos, me acompañaba a fumar. Pero ella no fumaba. Al menos, no al principio. El hecho es que todavía tenía su 04 en la mano. “No sé cómo se lo voy a decir a mis papás”, me dijo Ashley. “¿Para qué se los vas a decir? ¡Qué estupidez!”, le dije yo. Pero en parte comprendía lo que la preocupaba. Los papás de Ashley, tan ejemplares como su hija, eran de esos papás que pasaban casi en caravana cuando iban a llevarla o a buscarla al colegio. Cada uno tenía un carro arrechísimo. El papá tenía un Volkswagen del año y la mamá tenía un Mazda del año. Unas dos veces, cuando tuve la oportunidad de ir a la casa de Ashley, me quedé crispada. Había que pedir permiso hasta para levantarse de la mesa.

Ashley, a pesar de que era una chama súper aplicada, tenía amigos. Al principio buenos amigos, luego malos amigos. De hecho, estos buenos amigos, que aún le quedaban varios, se acercaron a ella a lo largo de aquel día, cuando a Ashley le entregaron su 04, y le dieron palabras de ánimo. Decían lugares comunes que son dichos a una persona talentosa cuando falla. Es que debo reiterar que, de pana, Ashley era realmente brillante. Era. El hecho es que estos amigos le daban a Ashley palmaditas en la espalda y le decían cosas como “Son cosas que pasan” (como si a Ashley se le hubiese muerto alguien), o “Al mejor cazador se le va la liebre”.

Pero lo cierto es que esas cosas que pasaban, siguieron pasando. Lo cierto es que a esa cazadora llamada Ashley Narváez no sólo se le fue esa liebre, sino que comenzaban a escapársele hasta las liebres más lentas. Al principio fue el 04 que ya he mencionado, el de geografía económica. Luego fue un 07 en matemáticas. Luego fue un 06 en historia de la cultura. Era realmente alarmante para quienes habíamos visto, durante muchos años, a una caraja que sólo sacaba diecinueves y veintes.

De hecho, el cambio de Ashley no sólo comenzó a verse en sus notas, en esos exámenes con notas mediocres que llegaban a sus manos, ante el asombro de los profesores, de los coordinadores y hasta de Argelia, la directora del colegio. Ashley, al menos cuando fue aplicada, era de esas chamas que levantaban la mano a la velocidad de la luz para intervenir. Era de esas chamas que no dejaban que los demás respondieran. Era de esas chamas que conocía y se sabía todas las respuestas del universo. Yo también sabía todas las idioteces que la profesora preguntaba, pero a mí, sinceramente, me daba ladilla ilustrar a los imbéciles de mis compañeros. El hecho es que Ashley, con el tiempo, fue dejando de intervenir. Ni siquiera le paraba bolas a cuando los alumnos y el profesor de turno volteaban a verla esperando que se supiese alguna respuesta que más nadie se sabía. Ella estaba o haciendo dibujos en la parte de atrás de su cuaderno o viendo cosas en el celular.

No menos impresionante fue la primera vez que a Ashley la sacaron de clases. Incluso, alguno de nuestros compañeros dijo: “Qué bolas. Ashley botada de clases. Ahora sí que se acaba el mundo”. Fue en una clase de historia de Venezuela. Estaban, como en el 75% de las clases de historia de Venezuela, hablando sobre el imbécil, subnormal y traidor de Bolívar, el que, injustamente, tiene el título de Libertador de Venezuela. Estaban hablando de la relación que tenía Bolívar con Manuela Sáenz. Manuela Sáenz era poco menos que una puta que estuvo con Bolívar durante un tiempo. El hecho es que Ashley lanzó un comentario que hizo reír a toda la clase. El comentario era algo así como que deberían hacer una porno sobre Bolívar y Manuela Sáenz. Me pareció cómico no sólo el comentario, sino que Ashley era el tipo de caraja que, antes, se indignaba cuando un comentario cómico interrumpía la clase. Por ese comentario, demás está decir, fue que se arrechó la profesora, una cincuentona intensa y divorciada con el pelo teñido, y la botó. De hecho, se decía que esa cincuentona intensa y divorciada con el pelo teñido era una cougar a la que le gustaba cazar carajitos. Pero de eso hablaremos otro día. O no. Quién sabe.

Había que ver la cara que tenía la mamá de Ashley cuando la citaron, junto a su esposo, por el comportamiento y el dramático descenso en notas que había tenido su hija. La mamá iba con actitud de luto y el papá con actitud de indignación. De verdad que los papás de Ashley, en su actitud, en su personalidad y hasta en su manera de vestir, parecían personajes sacados de una caricatura. De hecho, cuando la coordinadora de nuestro año los citó, podía verse, a través de la puerta transparente de la sala de profesores, a la mamá de Ashley haciendo gestos histriónicos. Parecía una de esas actrices mediocres de televisión venezolana mediocre.

Pero ni aún con los regaños, y quizás los golpes que le habían dado los papás de Ashley a Ashley, Ashley sentó cabeza. No fue una sino varias materias las que llevó a reparación. Parecía que a ella no le importaba nada. Ella había cambiado y quizás desempolvaría su brillantez para hacer magia en las reparaciones y salvar todo. Pero de pana era una especie de humillación que le hubiese quedado, casualmente, geografía económica. A pesar de todo, no era una materia difícil y hasta Marcos, Marquitos, el futbolista levantapesas y retrasado mental de la clase, había pasado geografía económica.

Ashley había comenzado a juntarse con gente rara fuera del colegio. En el colegio, seguía juntándose con los amigos de siempre, a pesar de que cada vez se veía más distante para con ellos. Ashley llevaba, dentro de su bulto, su propio monte para fumar con nosotros. A mí me incomodaba. Se notaba que era nueva en eso. Se notaba que era algo con lo que no se terminaba de sentir cómoda. Como si la Ashley polla y nerd que, en su interior, no terminaba de morir, le dijese: “Marica, qué coño haces”.

No es que tenga nada de malo fumar monte. No es que tenga nada de malo drogarse (Aunque con cabeza y sin mezclar, ¿eh?). A mí lo que me arrechaba era que ella pretendía ser cool haciendo eso. Fumar monte y drogarte no te hace mejor o peor que nadie. La idea es que lo disfrutes legítimamente. A veces , Ashley era tan inexperta que el porro se le deshacía al momento de encenderlo. Cuando los otros estaban flotando o estaban hablando entre ellos, Ashley me pedía, como si fuese una niña pequeña, que, por favor, le armara un buen porro. Yo no sé ni por qué yo accedía. Quizás, a veces, me cuesta decir que no.

Las reparaciones son como una amenaza que es un poco subestimada hasta que toca a la puerta. Es un poco como la muerte. Cuando las reparaciones estuvieron realmente próximas, Ashley tuvo una especie de despertar, o de lo que nosotros pensamos que era un despertar. Se le vio un poco más tranquila, se le vio tomando apuntes (que ya muchos no servirían de mucho por lo graves que estaban sus materias) y decía que no quería perder el año. Decía que se iba a fajar. Todos nos alegramos un poco. Todos le creímos. Al fin y al cabo, Ashley había sido una de las chamas más aplicadas de nuestro colegio.

Incluso, para evitar posibles distracciones en casa, se quedaba estudiando, durante las tardes, en el mismo colegio. Me daba como paja verla ahí sola, sentada en una mesa sin despegar la mirada de los libros. Pero se notaba que no estaba leyendo. Se notaba que estaba pensando en cualquier otra cosa. A veces, ni siquiera estaba. Se quedaban allí sus libros y sus cuadernos con la imagen un poco poética y tonta de las hijas de sus cuadernos y de sus libros moviéndose con el viento. Ashley se iba a tomar breaks que eran más largos que los mismos tiempos de estudio. La encontrada sentada en nuestro rincón de las drogas. En una especie de cuartucho que había entre el campo de fútbol y el laboratorio de biología. Ashey veía la pared. Estaba flotando. A veces, la regañaba. A veces, me sentaba a acompañarla.

Me ofrecí a ayudarla. Sabía que ella había cambiado. Sabía que sola nunca pasaría todas las materias que había llevado a reparación. Ella me lo agradeció. Y yo juro que lo intenté. Pero de pana fue inútil. A los diez minutos, ella dirigía su atención hacia cualquier otra parte. Parecía una niña pequeña. De hecho, sacaba su celular y comenzaba a mostrarme unas fotos de ella desnuda. Me gustaban, no voy a negarlo. Pero hubiese preferido verlas en otras circunstancias. Ella mandaba ese tipo de fotos a carajos que tenían nombres rarísimos. No le importaba si esas fotos se hacían públicas. Y pensar que, unos meses antes, el celular de Ashley era el típico celular que tenía fondos maricos de paisajes acompañados de frases maricas motivacionales.

A Ashley no le entraba nada de lo que le yo le explicaba. Ella, que había llegado incluso a enseñarme alguna cosita que a mí no me había quedado clara alguna vez. Ella misma cerraba los libros. Me recordó a la Alicia estúpida que está encima del árbol al inicio de la película de Disney. Ashley ya no tenía preocupaciones académicas. Todas las preocupaciones de Ashley, en ese momento, eran de otra índole. Buscaba en su teléfono tutoriales sobre sexo. Eran tutoriales asquerosos. A ella le preocupaba que yo no sé quién, que seguro era de sus amigos mala influencia, se sintiera satisfecho con ella.

No recuerdo, exactamente, cuánto fue, exactamente, el tiempo que estudiamos juntas. Al principio, la mamá de Ashley, la señora que les he contado que era toda histriónica, me llamaba casi todas las noches a preguntarme por el progreso de Ashley. Yo no sabía qué decir. Podría echar todo un discurso sobre las influencias, sobre las juntas. Las juntas pueden descomponer o recomponer a cualquier persona. Pero yo resolvía con un salomónico “ahí vamos”. No sé si la mamá de Ashley me creía, pero, al menos, me daba las gracias.

Una tarde, Ashley comenzó a llorar. Yo no la quería abrazar. A mí no me gusta abrazar a la gente. Dijo que ella quería ser como Melisa. Melisa era una chama (ya, para esa época, no era ninguna chama, tendría unos 35 ó 40 años) que era casi una leyenda en nuestro colegio. Era hermana de una de nuestras chamas de promoción. De Melisa se decía que había roto todos los tabúes que podían existir. Que ella fue la que llevó el sexo, las drogas, el alcohol y las orgías a nuestro colegio. Me daba mucha risa que Melisa tenía esa ambigüedad. Ningún profesor supo nunca nada de la vida “oculta” de Melisa. Melisa, como sacaba buenas notas, era considerada una alumna ejemplar. Pero ya era una casada aburrida.

Cuando faltaban como dos o tres días para presentar las reparaciones, Ashley me dijo que no iba a presentar nada. Que había tenido una conversación con sus amigos. No quise saber quiénes eran sus amigos. Pero supuse que eran esos amigos raros que la habían cambiado tanto. A mí, en verdad, no me interesaba. Al fin y al cabo, Ashley tampoco era nada mío. Cerré el libro y me rendí. Lo que no soporté era que Ashley comenzara a hablarme de la universidad de la vida. Siempre he odiado eso. Es como la excusa que tienen los mediocres cuando no se han graduado en carreras de verdad.

Helena Eco.

 

 

 

Diles que no me boten.

“Helena, por favor. ¡Diles que no me boten!”, me dijo Fortu mientras hacía un puchero. Nunca la había visto así. Con respecto a ella, siempre parecía que todo le importaba una mierda. Pero eso en verdad le importaba, y mucho. “No puedo hacer mucho más, chama. De pana ya hablé con Argelia y no está dispuesta a negociar”, le respondí a Fortu. Fortu me veía con una de esas miradas que te imploran súplica. Argelia era la directora del colegio. “Pero ve otra vez. A ti te hacen caso. A ti te jalan bolas, Helena. Eres una hueva. Eres una de las mejores estudiantes que hay aquí. Argelia te ama. Sólo tienes que insistirle más”, me dijo Fortu, sin poder contener las lágrimas.

No les voy a mentir. Al menos en eso, Fortu tenía razón. Yo era una de las mejores estudiantes del San Ignacio. El colegio siempre me pareció una cueva de ultraconservadores espeluznantes, pero la educación era buena. Cuando no te metían el asunto religioso por los ojos, los temas que se veían eran realmente agradables. Estaban bien explicados. “Coño. No sé qué más podría hacer, Fortu. Argelia se va a arrechar conmigo. Al fin y al cabo, tú te metiste en este peo sola”, le dije a Fortu, mirando hacia la ventana para no ver su cara de idiota triste. “Sólo una vez más, por favor”, me dijo Fortu intentando agarrarme las manos, que yo aparté inmediatamente. “Déjame ver qué puedo hacer por ti. Pero si me meto en un peo, te parto la cara a coñazos”, le dije a Fortu.

Fortunata (Fortu) casi no había visto clases ese día. Apenas a segunda hora de la mañana la mandaron a buscar. Fortu había estado todo el día en el pasillo que estaba al lado de la oficina de Argelia, la directora. La vi en el primer recreo. La vi en el segundo recreo. La vi en el tercer recreo. A la hora de salida, aún estaba allí. Fue cuando hablé con ella con más profundidad. Tenía como 9 horas esperando a los papás, pero los papás de Fortu no sé si estaban de viaje o algo así. El hecho es que no aparecían, o no querían aparecer. Ellos eran un poco como Fortu. A ellos, todo les importaba una mierda.

Además de las súplicas que Fortu me hacía para que hablara con Argelia, toda su actitud en ese momento me daba una arrechera indescriptible. Fortu nunca se había preocupado en ser buena estudiante. Era una de esas mediocres que siempre dicen que “diez es nota y lo demás es lujo”. Pero ahora, que estaba amenazada y era casi segura su expulsión definitiva del San Ignacio, se hacía a sí misma promesas de fajarse mucho más con sus estudios. De ser una alumna aplicada y modelo. Yo pensaba que era una idiotez. Si ya te están jodiendo por algo que hiciste con orgullo en tu momento, al menos ten la dignidad de mantenerte firme en lo que fue tu creencia. Había una canción del Cuarteto de Nos que decía: “Si naciste incendiario, no te mueras bombero”.

Yo no es que le diera la razón a Fortu, pero me parecía que todo el asunto por el que estaba allí era una exageración. Por otro lado, no me extrañaba. La gente del San Ignacio es intensa y fanática. Admito que hasta yo me reí con lo que hizo Fortu. Me pareció osado, pero me dio mucha risa. Hay que poner en contexto. En el San Ignacio, en todos los salones desde el primero de preescolar hasta el último de bachillerato, hay dos elementos absolutamente infaltables. Estos elementos son una cruz y unos retratos que hay de San Ignacio de Loyola, en donde sale con una especie de sotana negra y fondo obscuro. Cuando yo era pequeña, en mis primeros años de colegio, los retratos de San Ignacio me daban terror. Él, al fin y al cabo jesuita, tenía una mirada fija que parecía seguirte a todos lados. Yo, en clases, intentaba no mirarlo. Sentía que era una especie de gran hermano que estaba dispuesto a castigarte si no permanecías como una niña casta y pura.

El hecho es que Fortu se había quedado una tarde casi tres horas de más en el colegio. Ya todos casi todos los estudiantes se habían ido, incluso los que tenían actividades extraescolares por las tardes. Fortu había llevado témpera negra y un pincel. Como los salones del San Ignacio son abiertos, y los que no son abiertos tienen ventanas grandes, Fortu se metió en todos a pintar una cruz invertida en cada uno de los retratos de San Ignacio. Ella me había preguntado, como un mes antes, si yo iba pendiente de ayudarla, pero a mí me parecía algo estúpido. Creo que las otras personas a las que Fortu les preguntó pensaban como yo. Eso sí. Debo admitir que, de pana, Fortu se fajó. Dibujó cruces volteadas en todos los retratos de San Ignacio de todos los salones desde Pre-kinder hasta quinto año. Tomando en cuenta que son cuatro secciones y catorce niveles desde pre-kinder hasta quinto año, Fortu pintó 56 cruces invertidas en 56 retratos de San Ignacio. Los niños del preescolar y los pequeños de primaria gritaban y lloraban escandalizados. Para ellos, ver las cruces al revés fue como ver al Diablo. Eso agravó las cosas. Pero había pasado mucho tiempo desde entonces.

Si no habían jodido a Fortu hasta entonces era porque nadie de los profesores ni de la directiva del colegio sabían que había sido ella la que había pintado las cruces. Era una especie de Fuenteovejuna. Todos los estudiantes (al menos los de mi año) sabíamos que Fortu lo había hecho. La gran diferencia estaba en que, en nuestro salón y en nuestro año, no todo el mundo era tan solidario como en Fuenteovejuna. Creo que Fortu no contó con ese detalle. Y eso que a Fortu la querían. La invitaban a fiestas y era de las primeras a las que llamaban cuando había trabajo en grupo. Fortu no hacía nada en los trabajos. Sólo iba a las casas de sus compañeros a comer, a fumar y a contar chistes. Pero creo que los seres humanos somos una puta mierda y siempre estamos dispuestos a sacar la maldad cuando tenemos una presa con quien hacerlo. Algo así pasó con Fortu. El silencio del salón, el no delatar a Fortu, al principio, fue un silencio cómplice y de amigos. Luego empezó a costar. Querían joder a Fortu a cambio de seguir guardando el silencio. Al principio venía algún chamo de estos idiotas futboleros que están buenísimos pero tienen un maní en la cabeza y le decía a Fortu que le hiciera los trabajos a cambio del silencio. Fortu accedía. Tenía miedo. La directiva del colegio, casi de una manera subliminal, dejaba en claro que el culpable de haber “profanado” a San Ignacio iba a pagar, e iba a pagar caro. A mí me parecía una estupidez. Al fin y al cabo, la témpera salió con agua y esponja. Pero la gente del San Ignacio es intensa y fanática. El hecho es que luego venía otro chamo a pedirle a Fortu que le hiciera el trabajo de Matemáticas o de Latín. Y Fortu tenía que acceder. Luego alguien le pedía plata. Era el precio del silencio. La cosa se puso un pelo más fea cuando uno de los chamos le dijo a Fortu que, para no acusarla, debía acostarse con él. Y ahí Fortu se puso pálida. Ella era una chama de mente muy abierta, pero cuidaba su virginidad siempre. El sexo a Fortu como que le daba asco, y eso que Fortu era preciosa. Pero su mente, con respecto al sexo, era como la de un niño pequeño. Le daba como una mezcla entre asco y miedo. Pero, aún así, Fortu sacrificó su principio por silencio. Me contó luego que le dolió y lloró, pero todo había sido porque no la expulsaran. Por no mandar su año escolar a la mierda y poderse graduar en un buen colegio. Al fin y al cabo, Fortu, a pesar de ser Fortu, a veces soñaba con una buena carrera universitaria, con largarse de nuestro pobre y triste país.

Fortu cada vez se sentía más vulnerable. Eso la hizo cambiar. A mí me daba paja el ver cómo todo a Fortu se le iba de las manos. Al fin y al cabo, todo había sido una travesura estúpida. Ella misma se hubiese ofrecido a borrar las cruces que pintó con témpera sobre el rostro señorial de San Ignacio. El problema es que hizo esta travesura en el lugar equivocado. Fortu intentaba que todo se diluyera con el tiempo. Pero con el pasar de los días, de las semanas y de los meses, todo el caso se intensificaba. De hecho, el colegio había convocado a una reunión de emergencia de padres y representantes. La reunión, como se podrá suponer, fue un puto chiste, al igual que el 99% de las reuniones de padres y representantes. Todos eran gente respingada que alzaba el meñique y hablaba sobre sus fantásticos y estúpidos hijos, sobre sus fantásticos y estúpidos trabajos y sobre su época como estudiante en el San Ignacio. Fortu se había vuelto sumisa. Ella, que era una contestona por naturaleza, ya no contestaba más. Supe que Fortu estaba totalmente subyugada cuando una profesora le bajó siete puntos en un examen (injustamente, porque ella estudió conmigo y me consta que lo hizo bien) y ella lo dejó así. En condiciones normales, Fortu hubiese pegado el grito en el cielo. Pero ahora era una especie de Fortu en la clandestinidad.

Yo aún no sé bien cómo fue que dieron con Fortu. Supongo que se habrá estirado mucho la cuerda de los sobornos a cambio de los silencios y alguien la delató, seguramente bajo el anonimato. Quizás fue uno de los chamos que, cenando, se lo contó a los papás, y los papás llamaron al colegio indignados. Cuando mandaron a llamar a Fortu aquella mañana en la que la que, luego, la tuvieron esperando horas, ella se puso pálida. Ella misma se había delatado. Todo el mundo en el salón hizo silencio. Yo sólo pensaba en cómo podría vengarse Fortu de todos los que la habían comprado. No había servido de nada. Todo lo contrario. El tiempo que había pasado desde que Fortu hizo lo que hizo hasta que dieron con ella sólo había servido para enfurecer más al colegio. Fortu hablaba con los gestos. Iba a explicarles todo. Yo estaba seguro de que podría convencerlos. Fortu era astuta. Y al fin y al cabo, no era más que témpera sobre vidrios que enmarcaban los retratos de un tipo. Lo malo es que ese tipo tenía fanáticos.

Además, como he dicho, ya había pasado tiempo. Era lo que me parecía más estúpido. Habían pasado ya varios meses desde eso. Si a nadie se lo hubiesen contado, nadie se hubiese dado cuenta de que los retratos de San Ignacio alguna vez habían sido “vandalizados”. Pero la gente del San Ignacio es tan intensa que incluso llegó a hablarse de traumas psicológicos. De hecho, en la famosa reunión de emergencia que se convocó para los padres y representantes, una señora regordeta y emperifollada hablaba de “secuelas irreversibles” al tiempo en el que otros padres y representantes aplaudían. Sí. Así fue el lugar en el que yo estudié.

Creo que si Fortu hubiese salido corriendo, quizás ni la hubiesen perseguido. La estaban escoltando entre dos coordinadoras. Dos coordinadoras de cabello corto que se maquillaban en exceso. De esas coordinadoras de las que se decían que eran unas malcogidas. Si Fortu hubiese sabido que alguien la había acusado, o que la habían descubierto, luego de meses, por alguna u otra razón, con esconderse unas horas o unos días en cualquier lado, hubiese calmado un poco las cosas. Pudo haber fingido una enfermedad. Quizás se hubiese desestimado la supuesta acusación. A veces funcionaba.

Por fin, luego de tantísimas horas de Espera, creo que Argelia, la directora del colegio, asimiló que los papás de Fortu no irían. Al principio, pensó que Fortu ni siquiera se había comunicado con ellos. Pero Argelia habló personalmente con los padres de Fortu. Argelia hizo pasar a Fortu a su oficina y cerró la puerta. Como ya eran cerca de las cuatro de la tarde y ya casi no quedaban profesores ni alumnos por ahí, me acerqué a la puerta, que era de madera gruesa, y pegué el oído a ver si lograba escuchar algo.

Argelia se hizo la tonta. Pero hizo una serie de preguntas astutas en las que Fortu cayó. Luego la remató. Argelia le dijo unas cosas tan fuertes, que hasta a mí me parecieron excesivas. Yo no entendía tanto rencor por parte de Argelia. No entendía sus palabras particularmente crueles. Incluso el Padre Pérez Galdós, el rector del colegio, con el tiempo había empezado un poco a subestimar el hecho, a restarle importancia. Pero Argelia se ensañó. Sólo se oían sus palabras que, como eran gritadas, no hacía falta pegar el oído a la puerta para escuchar. Lo otro que se escuchaba, como un sonido de fondo a las palabras de Argelia, eran los gemidos del llanto de Fortu.

“Por favor, Argelia, no me botes. Debe haber algo que yo pueda hacer”, dijo Fortu. Fortu no tuteaba a nadie de más “rango” que ella. “Eso fue hace mucho tiempo. Yo lo iba a decir, pero me dio miedo. El colegio se lo tomó muy en serio. No es que no fuese algo para que se tomara en serio. Yo quiero mucho a San Ignacio. Yo le rezo a San Ignacio”, argumentaba Fortu. Pero Fortu mentía. Fortu, al igual que yo, no creía en Dios. Argelia lo sabía. Fortu era de las que más echaba vaina en la misa. Fortu era de las que ponía letras obscenas a las tonadas cursis de la misa. Las mentiras de Fortu sólo irritaban más a Argelia.

Pero todo estuvo claro para todos en un momento. La rabia de Argelia, que en un momento me pareció estúpida, tuvo sentido. Sigo sin justificarla, pero al menos la comprendí. Argelia sacó, frente a Fortu, su bolso desde una de las gavetas de su escritorio. Era un bolso grande y marrón. De su bolso sacó una cartera y de la cartera sacó una estampa de San Ignacio. Una estampa que tenía la misma imagen que había rayado Fortu con témpera 56 veces. “¿Sabes quién es éste?”, le preguntó Argelia a Fortu. Fortu moqueaba y aún gemía. “Es San Ignacio”, respondió una Fortu más sumisa que nunca. Acto seguido, Argelia sacó de su cartera una foto tamaño carnet. “¿Y sabes quién es éste?”, preguntó Argelia a Fortu. “No sé”, respondió Fortu. “Éste es mi esposo”, dijo Argelia. Fortu no sabía qué decir. Yo, que no sé dar respuestas en momentos bajo presión, hubiese respondido alguna estupidez del tipo: “Qué guapo”. “Mi esposo estuvo muy enfermo. Muy enfermo. Muy enfermo. Estuvo hospitalizado varios meses, a punto de morirse. Y cuando estaba peor, yo le pedí a San Ignacio que lo salvara. Y lo salvó”, dijo Argelia con voz intensa. Fortu se quedó muda. A mí me parecía algo estúpido. Nunca he creído en los milagros. “¿Ves que le debo mucho a San Ignacio? ¿Ves por qué no puedo dejar que sigas estudiando en este colegio?”, concluyó Argelia. Fortu tuvo varios segundos de silencio antes de formular su réplica.

Fortu replicó al perdón. El perdón siempre me ha dado risa. Es como el último recurso. Es como cuando sabes que has perdido el juego y apelas un poco a la lástima del contrincante. De hecho, a veces creo que las personas que pasan a la historia pasan, precisamente, por no pedir perdón. Argelia decía que la perdonaba, pero que sería expulsada permanentemente del colegio. Fortu, ya en una defensiva desesperada, intentó seguir apelando a la lástima de Argelia. Preguntó si podía ir al menos como oyente. “Si mañana, o cualquier otro día, pisas este colegio”, te mando a sacar con seguridad. Ya Fortu no tenía nada que buscar.

A Fortu le había dolido el coñazo, aunque se había preparado para él. Llevaba tanto tiempo llorando, que me provocaba cachetearla a ver si se recomponía. Ya como era tarde en la tarde, sólo quedaba el bulto de Fortu apoyado en su pupitre en el salón. Era un bulto negro que tenía parches de Nirvana. Aún estaba el cuaderno que ella había abierto aquella mañana y en el que había hecho sus últimas anotaciones, sin saberlo, como estudiante en el San Ignacio. “Las pinturas negras fueron trasladadas desde la Quinta del Sordo”, seguido por un tachón y una caricatura del pene erecto del Saturno de Goya, era lo último que había quedado escrito y dibujado.

Al menos, Fortu no tuvo una despedida intensa. Yo la acompañé hasta la puerta del colegio, que cruzó sin voltear la mirada. La invité a un café de La Majestic. La Majestic era una panadería y cafetería que, en sus tiempos, era increíble. Luego, al igual que el país, se había vuelto mierda. Pero aún servían buen café. Fortu aceptó. Al menos, el café con leche la calmó un poco. Estuvo largo tiempo sin decir nada. Sólo bebía su café y miraba al techo. Ya no lloraba. No fue su culpa haberse burlado del santo equivocado en un colegio así.

Ya, en un rato, sus papás la irían a buscar. Fortu intentaría hacer reválida en algún otro colegio, a ver si al menos salvaba el año y no tenía que hacerlo entero, luego de haber cursado más de la mitad. No sé si los papás de Fortu sabían que la habían expulsado. De todos modos, ellos vivían en su mundo. A pesar de todo, yo no quería dejar de ver a Fortu. Era una de esas chamas con las que te reías y lo pasabas bien. Ya buscaría cupo en algún colegio mediocre, como el Marbe.

T.M.

Adaptación del texto “Diles que no me maten”, de Juan Rulfo.

 

 

“Es la ley que nos rige y nos gobierna”.

Hace poco, uno de mis compañeros de promoción en el colegio San Ignacio me escribió para ver si yo iba pendiente de ir al reencuentro promocional. Este año cumplimos diez años de graduados. Irónicamente, el reencuentro no se va a hacer en Caracas, ciudad en la que está ubicado aún nuestro colegio. Las razones son obvias. Caracas es una ciudad moribunda y son muchos (pero muchos) los que se han ido de allí. El reencuentro se va a hacer en Madrid. Hay muchísimas personas de nuestra promoción en Madrid. Hay muchísimos venezolanos en Madrid. Me crispa un poco. Es una de las razones por las que me fui de allí. Amo a Caracas, seré caraqueño hasta mi último respiro, pero también soy muy hispanófilo como para soportar el ver tantas gorras tricolor y tantas consignas patrioteras (aunque sé que hay venezolanos realmente valiosos, nobles y buenos).

Yo le respondí a mi compañero que no. Que no contaran conmigo. Quise ser lo más sincero posible sin quedar como un grosero. Aunque, releyendo bien el mensaje, no sé si logré mi objetivo. Le dije que no pensaba gastar euros (que son escasos para mí) ni pretendía hacer un viaje de casi diez horas en autobús para ver a mucha gente que me es indiferente. No quise que pensara mal. Hay mucha gente de mi promoción a la que quiero y aprecio. Hay muchos incluso a los que suelo ver de vez en cuando y comparto con ellos momentos realmente agradables. Pero hay muchos que, simplemente, me dan igual, como estoy seguro que a ellos yo les daré igual. Nuestra promoción es sumamente grande. Es algo natural que esto suceda.

Siempre me crisparon un poco algunos aspectos de mi colegio. Mi grupo más cercano de amigos, con los que he compartido casi toda mi vida, son de mi colegio y de mi promoción (aunque ahora, por la diáspora, los veo con mucha menos frecuencia que cuando vivíamos en Caracas). Pero realmente hubo aspectos de mi colegio que me crispaban. No sólo del colegio de por sí. A mí me gustó mucho mi colegio y estoy muy orgulloso de haber estudiado y haberme graduado allí. Sino de todos los círculos que se tejían en torno a él.

He decidido escribir este relato/crónica/relación a raíz de una conversación que tuve hoy con uno de mis compañeros del colegio. Uno de esos compañeros medio marihuaneros que te van cayendo bien con el tiempo y con quienes te ríes mucho compartiendo una cerveza. Esta historia estará empapada de aspectos de la política venezolana, pero no será un texto político como tal. No será un ensayo. Mi propósito con este texto no es molestar ni ofender a nadie. Mucho menos abrir rencillas. Mi propósito con este texto es que el lector pase un momento divertido y, si es posible, sea capaz de ejecutar alguna reflexión.

Yo nunca, y creo que no soy el único, encajé con el molde del “ignaciano”. “Ignaciano” era una palabra que mi colegio (Colegio San Ignacio) utilizaba para determinar ciertas características que el colegio buscaba forjar en sus alumnos. Estas características, en teoría, eran valores cristianos católicos sumados a otras características de bondad y solidaridad, todas en teoría. Fueron pocos “ignacianos” los que llegué a conocer. En un colegio como el San Ignacio (al que, de verdad, le tengo mucho cariño) el más grande pecado o error que una persona podía cometer era no ajustarse al patrón. Y muchas personas tenían ese patrón, y defendían ese patrón.

El prototipo del estudiante del San Ignacio, al menos en mi época (no sé cómo será ahora, cuando la dictadura ha hecho mermar absolutamente todo), era, básicamente, el niño (o niña) pudiente, de padres perfectos y sin mucho pensamiento crítico. Era el niño que, mientras menos preguntas hiciese que pudiesen incomodar al dogma del colegio, sería mejor. Si este niño tenía ascendencia europea, mucho mejor aún (Y yo amo a los europeos. Muchos de mis mejores amigos son hijos o nietos de italianos, de españoles, de portugueses, etc. Al igual que pienso que ser pudiente, si se ha logrado con honestidad, no tiene nada de malo). Yo nunca fui (y no me da vergüenza decirlo), una persona particularmente pobre. Tampoco fui (y tampoco me da vergüenza decirlo) una persona particularmente rica. Si yo me hubiese quedado quieto, quizás mi historia en el colegio hubiese sido una sin pena ni gloria.

Pero el punto de quiebre se remonta a hace algunos 20 años. Yo siempre he admirado (y sigo admirando) a mi papá. Mi papá (y no es porque sea mi papá) es una de las personas más extrañas (extraña para bien) y particulares que existen. Es una persona (y les juro que no digo esto porque sea mi papá) culta y sabia. Es también una persona sumamente impulsiva. Mi papá proviene de una familia muy pobre, que sigue siendo pobre. Mi mamá sí proviene de una familia mucho más acomodada. Su historia fue un poco al estilo de Aladdín. Mi mamá era una princesa rebelde e inteligentísima que, en busca de su propio camino y de su epopeya, conoció a una especie de bohemio encantador y poco adinerado con el que se casó.

Pero eso no fue lo que sucedió hace 20 años. Lo que sucedió hace 20 años fueron unas elecciones presidenciales que cambiarían al país para siempre. Un tal Chávez, militar izquierdista, comenzó a encabezar las encuestas. Las encuestas, hasta entonces, habían sido encabezadas por Irene Sáez, una brillante mujer que prometía mucho pero que se dejó asesinar (políticamente) por COPEI. Un partido de católicos ultraconservadores medio ladillas. Un partido que se acoplaba perfecto a un lugar como el San Ignacio.

Los niños no suelen tener mucho pensamiento crítico. De hecho, hay personas que mueren sin haber conocido el pensamiento crítico. El pensamiento crítico es algo que se va cultivando con mucha paciencia y con mucha capacidad de ser escéptico para todo. Mi papá, impulsivo y con el espíritu medio izquierdista que suelen tener los bohemios como él, al igual que más de medio país, se dejó encandilar, hace 20 años por las promesas de ese tal Chávez. Y su hijo, yo, sin ningún tipo pensamiento crítico para el momento, alabó, por mera inercia de admiración paterno-filial, a Chávez en su momento.

No sé si he dicho que, para evitar malos entendidos y orientar este humilde texto más hacia el lado lúdico y divertido, cambiaré nombres para evitar que los co-protagonistas de esta historia se sientan aludidos. Sin embargo, advierto que la creatividad nominal no es algo que se me dé particularmente bien, así que es posible que los nombres ficticios que utilice para sustituir a los nombres reales sean realmente obviedades que puedan permitir que cualquier persona del entorno, con un poco de astucia, identifique, con facilidad, a las personas de las que hablo.

Estábamos en segundo grado y yo estaba contento. Por alguna razón, contra lo que se hacía todos los años, los salones no se remezclaron con el avance de grado. Yo ya había hecho mis amigos en primer grado (que fue mi primer año en el colegio) y, cuando pasamos a segundo grado, el salón se mantuvo intacto. Incluso, hasta tocó la misma maestra. Pongámosle, como nombre a esta maestra, Clari Sánchez. Clari Sánchez, la maestra, estaba un día dando clases. Para esa época, las maestras (creo que es algo que se sigue manteniendo hasta hoy) tenían una especie de asistente, como de maestra auxiliar (no es fácil controlar un salón con 40 niños). Clari Sánchez tenía una asistente.

Faltaban pocos meses (o pocas semanas) para las mencionadas elecciones presidenciales. Ya las opciones se habían reducido a dos. Chávez o Salas Römer. A Chávez no hace falta describirlo, creo que ya es un personaje famoso a nivel mundial. Una especie de genio maligno que supo por dónde cojeaba un país bananero y lo ahorcó hasta destrozarlo. Salas Römer tampoco merece la pena describirlo mucho. Era, simplemente, la oposición a Chávez. De haber ganado Salas Römer, el país, definitivamente, quizás estuviese jodido, porque el destino de Venezuela desde el 58 es estar jodida, pero, seguramente, no estuviese destrozado y muerto, como está hoy. De hecho, mi papá, como medio país, vive arrepentido de haberle dado ese voto a Chávez.

El hecho es que estábamos en una clase y Clari Sánchez, la maestra, detuvo por un momento las enseñanzas. Recuerdo que ella y su asistente (que era súper linda) se colocaron sobre el “escenario” del salón. El “escenario” del salón era, sencillamente, una tarima formada por una elevación en el granito que hacía que el pizarrón, y quien diese la clase, estuviese más elevado que el nivel de los pupitres en donde estábamos los estudiantes. Clari Sánchez y su asistente comenzaron a hablar sobre política. Sobre las elecciones. Creo que no lo hicieron con mala intención. No creo que fuese como el cuento “La composición”, del chileno Antonio Skármeta (quien, casualmente, había compuesto el cuento ese mismo año), en donde una dictadura, con mucha simpatía, pregunta a los alumnos de una escuela qué hacen sus padres durante la noche.

El hecho, es que Clari Sánchez pidió que levantasen la mano aquellos alumnos cuyos padres iban a votar por Salas Römer. En un colegio como el San Ignacio, es natural imaginar que todo el mundo levantaría la mano. Efectivamente. Eso fue lo que sucedió. Sólo un niño se quedó sin levantar la mano, ¿saben quién fue? Luego de pedir que todos bajasen la mano, Clari Sánchez formuló casi la misma pregunta, con la única variante de que el nombre de Salas Römer se cambiaba por el de Hugo Chávez. Sólo un niño levantó la mano, ¿saben quién fue?

A pesar de eso, mi vida estudiantil, hasta cuarto grado, fue normal, tranquila y feliz. El San Ignacio es un colegio grande con promociones grandes. Aunque no se encaje perfectamente en el estereotipo de ignaciano futbolista, siempre podemos encontrar amigos un tanto raros, como nosotros. Creo que no es necesario mencionar que Chávez ganó. Para ese momento, al igual que como sucedió el 23 de enero del 58, pero mucho más dramático, pocos sospechaban que el país se destrozaría en todas las formas posibles.

De ahí damos un salto hasta quinto grado. Quinto grado, al igual que sexto, son grados jodidos. Ser preadolescente nunca es fácil. Creo que si hay algo más peligroso que un adolescente, es un preadolescente. Por lo menos el adolescente ya tiene ciertas libertades. El preadolescente, en cambio, es un poco de nada. A eso súmense hormonas que comienzan a brotar y cosas así. Y las hormonas de la preadolescencia, al igual que las de la adolescencia, hacen a la gente impulsiva y estúpida.

Había una chama de mi salón llamada Ana Indalecia. Ana Indalecia era muy delgada y tenía un pelo como castaño tirando a rojizo que a mí me encantaba. Era la típica chama que, si estuviésemos en un colegio estadounidense cliché de los que salen en las películas, también clichés, sería la típica chama porrista. Casi todas las chamas de mi salón eran un poco así. Todas andaban en su grupo para arriba y para abajo, entrando en la pubertad y jugando a maquillarse. A mí no me importaba mucho. Yo estaba tranquilo con mis amigos.

Hubo un problema. A mí me gustaba Ana Indalecia. Cuando se es preadolescente, el que te guste alguien es como un juego divertido y agradable. No sé cómo será en estos tiempos de redes sociales y 2.0. Pero, antes, una sola mirada o una sola palabra de la persona que te gustaba te hacía sonreír, te alegraba el día y te hacía pensar en eso, prácticamente, todo el día. Ana Indalecia era simpática conmigo, al igual que con todo el mundo. Yo, como siempre creí que podía gustarle a alguien a fuerza de llamar la atención de las maneras más idiotas posibles, decidí que era el momento de “atacar”, de llamar la atención de la célebre Ana Indalecia.

Para esa época, aún no sabía escribir textos realmente buenos (como si supiese ahora), aún no sabía componer canciones o poemas (como si supiese ahora) y tampoco tenía mi glorioso y genial sentido del humor (ya saben lo que va adentro de este paréntesis, ¿no?). Cuando fui creciendo y haciéndome adulto, el atreverme a hacer las cosas (aunque fuese con miedo) y el perseguir mis creencias y mis sueños me hicieron una persona atractiva, aún cuando, físicamente, no soy una persona agraciada. Mis exs han sido mucho más guapas que tus exs. Pero de eso no trata este escrito. Volvamos a quinto grado.

Como estaba sin destrezas y era un preadolescente subnormal, como casi todos los preadolescentes, se me ocurrió llamar la atención de Ana Indalecia diciéndole a todo mi salón que yo era chavista (parte de esto aún radicaba en la inercia paterno-filial sin pensamiento crítico de la que les hablé). Recuerdo que todo el salón se volteó como si fuese una audiencia que apunta sus miradas hacia un escenario que ha apagado sus luces para anunciar que la función está por comenzar. Hasta la misma profesora de matemáticas, con lentes y una cola de caballo, preguntó con voz de sifrina casi cuarentona: “¿Eres chavista?”. Yo afirmé. Hubo murmullos. Ese hecho marcó un antes y un después en mi vida como estudiante y en mi vida en general. Al menos el objetivo (llamar la atención de Ana Indalecia) se había cumplido, ¿no?.

Me hice aún más antiignaciano para los cánones del colegio. Empecé a sufrir en carne propia el fantasma del bullying. Había dos tipos de bullying para mí: el bullying de la violencia (por suerte para mí, poco frecuente) y el bullying del rechazo. Comencé a ser el paria de la casta india, el bicho raro. Todo el mundo comenzó a apartarse de mí. A veces, algunos de mis compañeros me detenían en medio del recreo para insultarme. A veces, otros, al fin y al cabo sifrinos, me hacían entrevistas malintencionadas de preguntas punzantes (Ana Indalecia incluída). A veces, algunos profesores me llamaban aparte y me preguntaban si en verdad yo y mi familia éramos chavistas.

Hubo una profesora que, no sé si a raíz de eso o a raíz de que era (o es, no sé si está viva) una mala profesional, se ensañó particularmente conmigo. Sé que decir algo así puede sonar al típico “Ay, el profesor la tiene cogida conmigo”. Pero esta profesora, a la que nombraremos Carla, me subestimaba mucho. No era que me regañara, era que me subestimaba. No me permitía proponer. Trataba mis trabajos (que eran malos, ¿para qué mentir?) con muchísimo desprecio. Intentaba dejarme en claro que yo no serviría para absolutamente nada en la vida. Sus consentidos, sus ejemplos a seguir, siempre eran los más aplicados. Eso no está mal. Pero se supone que un profesor intente estimular a los no aplicados a ser como los aplicados. No a despreciar a los no aplicados.

Y esto es un inciso, que puede ser un inciso un poco dulce y cursi (y yo odio lo cursi), pero no dejen nunca que las Carlas del mundo los limiten. No dejen nunca que las Carlas del mundo determinen lo que ustedes pueden o no pueden hacer. La Carla que a mí me tocó me trataba con muchísimo desprecio y con una lástima que me hacía daño. Hoy, más de quince años después, yo, que se supone que no serviría para nada, tengo dos carreras, dos libros publicados (y dos en proceso de ser publicados), la monarquía española me nombró Caballero por mis contribuciones a la cultura y hoy cociné un pavo con papas brutal. Las Carlas del mundo creen que todos los que sacábamos malas notas lo hacíamos porque éramos todos vagos y tontos. A las Carlas no les cabe en la cabeza que un buen estudiante baja sus notas porque sus compañeros (incluyendo muchos a los que las Carlas consideran ejemplares) lo agreden, lo humillan, lo apartan, lo insultan. Y para éste estudiante agredido, humillado, apartado e insultado, es más importante buscar estabilidad emocional que saber cuántas palabras se pueden poner o no poner en un mapa conceptual.

Por fortuna, al llegar el bachillerato y convertirme en adolescente, se dio un cambio drástico. Un cambio como el que generó Gutenberg a la humanidad, pero en la vida de un muchacho un tanto apartado. Poco a poco fui conociendo a más personas de mi promoción. El San Ignacio es un colegio grande de promociones grandes. Hay como muchas órbitas y muchas galaxias que danzan y conviven entre sí. En un colegio como el San Ignacio puedes encontrar oro y puedes encontrar cianuro, puedes encontrar la tolerancia más grande y el desprecio más bochornoso. Esos amigos, que conservo hasta el sol de hoy y a los que les agradezco tanto, fueron responsables de que yo tuviese un bachillerato muy feliz. Esos amigos me permitieron ser quien quise ser, quien quiero ser y quien siempre querré ser. Esos amigos siempre me apoyaron en mis sueños de ser escritor, de ser artista, de ser rockero, de ser un pan con Nutella, de ser un espagueti con salsa roja. Me apoyaron en todo. Y siguen apoyándome. Me permitieron tener sentido del humor y tener, cada vez, menos miedo. Eso incluye también a algunos profesores a los que quiero con el alma. Al entrar en humanidades, casi todos mis mejores amigos se fueron por ciencias. Pero, al entrar en humanidades, volví a ser un buen estudiante.

Con casi toda mi promoción tengo un trato cordial. Incluso con esa gente que, como dije al principio, me da un poco igual. Incluso con esa gente que, irónicamente, tras ser muy ignacianos, supuestamente terminaron haciendo negocios turbios con el chavismo o bailando para quienes hicieron negocios turbios con el chavismo. Es algo que no sé con certeza, ni lo quiero saber. Pero el haber pasado por una experiencia así en un colegio dogmático como el San Ignacio (al que quiero mucho), te sensibiliza, te hace abrir el corazón hacia todos, quizás no para ser amigos, porque no podemos ser amigos de todos, pero al menos para saber escuchar, para romper el molde, para atreverse a ir contra esa ley que, como decía un himno entonado muchas veces en el San Ignacio, “es la ley que nos rige y nos gobierna”.

T.M.