Instrucciones para terminar con tu novia en el Tolón

Ya el corazón no te palpita como antes. Ya tus labios no tiemblan cuando se acercan a los labios de ella. Ya no hay mariposas en tu estómago cuando la tienes cerca. De broma si hay un gruñido cuando tienes hambre. Ya la relación no es lo mismo. Quizás la mató la rutina. Quizás la mató Caracas. Tantas precauciones y tantas posibilidades y ganas de irse del país matan a cualquier relación. Pero aún ninguno de los dos se atreve a darle la estocada final. El tiro de gracia. Y es necesario. Hace falta eutanasia. Y tú decides ser el que desconectará el cable. No son buenas las relaciones cuando están agonizando.

Mándale un mensaje a su Whatsapp. Tiene que ser un mensaje sin caritas y sin corazoncitos. Nada. Tiene que ser lo más frío posible. Frío como tu congelador sin comida a causa del comunismo. Frío como el corazón de Cilia Flores. “Epa. Quieres salir?”. Escríbele sólo eso. Más nada. No le respondas rápido si te contesta rápido. Tira tu celular en tu cama. Vete a dar una vuelta. Pero ten cuidado con los hampones. Quieres que ella quede soltera. No quieres que ella quede viuda.

“Sí va”, es la respuesta que recibes. Fría. Muy fría. Quizás más fría que la tuya. “Perfect”, le respondes. Completa con un “Te paso buscando en media hora”. Ni siquiera te duches. No hay agua de todas formas. No olvides que vives en comunismo. Y que el agua en comunismo es un lujo. Ve a buscar las llaves de tu carro. Las que tienen el llavero todo viejo y desconchado de FerreTotal que te dieron hace años cuando acompañaste a tu papá a comprar un taladro para hacer unas remodelaciones en el baño. No te des tanta prisa en buscarlas. Tómate tu tiempo.

Has llegado hasta la casa de ella. Le mandas un “baja” en minúsculas a su Whatsapp. Frío. Recuerda ser muy frío. Polar. Ella se tarda cinco minutos. Diez Minutos. Quince minutos. Te provoca pisar el acelerador. Pero no lo pises. Las mujeres siempre se tardan un poco. A ti no te gusta esperar. Podrías argumentar eso para terminar la relación. Que ella se tarda siempre mucho y que a ti no te gusta esperar. Pero es muy sencillo. Es muy estúpido. Allí está. Ves su figura a través de las rejas de su edificio de Santa Mónica. Tiene una blusita muy cuchi. Y tiene una sonrisa muy cuchi. Te da un beso frío. Antártico. Bajo cero.

Dirígete hacia el Tolón. Las Mercedes es un buen lugar para comenzar y para terminar relaciones. Las Mercedes es laberíntica y lenta. Es congestionada y enredada. Como las relaciones de pareja. ¿Recuerdas que la conociste a ella en una cena en Las Mercedes con unos amigos de unos amigos de tu universidad? ¿Te acuerdas de esos tiempos? Eran hermosos. Te palpitaba el corazón. Te temblaban los labios. Las mariposas hacían guarimbas en tu estómago. Busca donde estacionarte. Hay muchos puestos vacíos. Poca gente puede ir ahora a los centros comerciales. Parecen desiertos. Comunismo.

Piensa en cómo le vas a soltar la bomba. Te da miedo hacerle daño. Ella es buena y es bonita. ¿Te has fijado en lo perlado de sus dientes perfectos cuando sonríe? No puedes ser como los del Estado Islámico. No puedes soltar las bombas de repente. Así como así. O quizás sea la mejor solución. Te da miedo que se ponga a gritar o a llorar. Es normal. No quieres llamar la atención. Pregúntale si quiere ir al cine. Invítala a ver Los Vengadores. Podrías terminar la relación en la escena en la que el Capitán América salta por encima de los edificios. Dile algo como: “Qué buenos efectos especiales tiene esta película. Por cierto. Creo que deberíamos terminar”. Bueno. Quizás no sea prudente.

Llévala a comer a la feria del Tolón. Quizás no es la mejor feria de comida del mundo. Pero tiene su encanto. Tiene un local de pizzas en donde las pizzas son decentes a pesar de que quienes te atienden tienen cara de bulldogs furiosos. No es para culparlos. Imagina trabajar en un local de pizzas y no poder comerte la mercancía. Ella acepta ir a comer las pizzas. Elige un buen asiento. Un asiento desde donde no se puedan oír sus llantos cuando le termines. De todas formas no crees que se lo tome tan mal. ¿Quién puede ponerse triste mientras se está comiendo una pizza?

Pide una pizza mediana para los dos. No. No la pidas para los dos. No es bueno compartir en una situación así. Podrías mandar una señal errónea de que la relación está en buen síntoma. No señor. Pide dos pizzas pequeñas. Que se entienda bien el mensaje de que van a tener todo separado a partir de hoy. Ya luego irás a buscar tu ropa a su casa. Luego de que hayas terminado con ella. Eso sí. El refresco tendrán que compartirlo. Que el comunismo azota y no tienes dinero para comprarte el lujo de dos Pepsis.

Deja que se coma un slice de su pequeña pizza. Es mejor que reciba el sablazo con algo en el estómago. Las malas noticias se reciben mejor con la pancita llena. ¿Verdad que se ve demasiado cuchi cuando come pizza? Mira cómo se le inflan los cachetitos. Mira cómo toma refresco con el pitillo. Tiene demasiada gracia. Tiene demasiado encanto. Menos mal que pronto te vas a liberar de ese encanto. Serás una persona libre. Las mujeres se te van a abalanzar encima. Ya no tendrás que rendirle cuentas a nadie. Quizás no sea todo tan malo a partir de ahora.

No pierdas más tiempo. Inicia una conversación y luego encauza esa conversación hasta la noticia de que quieres terminar con ella. “Debo decirte algo”, le sueltas. Vas a disparar a matar. Pero ella termina la frase. “Es mejor que terminemos. Desde hace tiempo no me siento cómoda”, te dice. Te dice también que no la lleves a casa. Que ella tiene dinero para pagar un taxi. Te da un beso de hielo en la frente. Un beso que parece un granizado. La miras alejarse. ¿No es la mujer más bonita del mundo? Es una cuchi. Era la mejor novia del mundo. Estalló la bomba antes de que la lanzaras. Síguela con la mirada hasta que baje las escaleras eléctricas y la pierdas de vista. Sabes bien que ella no mirará atrás. Vete a dar una vuelta antes de irte solo en tu solitario carro que aún huele al shampoo de manzana que ella usa. Vete a dar una vuelta. Anda. Y no te preocupes por los hampones. Da igual si te disparan en medio del pecho. Tienes el corazón despedazado y vacío de todas formas.

Tomás Marín

Adaptación libre del texto “Dejar a Matilde”, de Alberto Moravia.

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Bestiario estudiantil de Caracas V

Bestiario estudiantil de Caracas

Colegio Mater Salvatoris. Las Mercedes.

Estudiante: Paula Andrea Santurce Morán. IV Año. Ciclo diversificado. Mención Humanidades.

Malhaya la hora en la que ese chamo se enamoró de mí. Sé que es intenso (muy intenso) comenzar un relato con la palabra “Malhaya”. Pero no encuentro otra más apropiada. Siempre quise comenzar algún texto con la palabra “Malhaya”. Pero ése no es el asunto. El chamo que se enamoró de mí era el hijo de uno de los vigilantes del Mater. No era un mal chamo. Pero no entiendo cómo pudo enamorarse de mí habiendo tantas chamas en el Mater que seguramente son más lindas que yo.

El Mater no es un colegio monstruoso pero tampoco es un colegio pequeño. No tiene grandes complicaciones más allá de los chismes o de las desavenencias que las alumnas puedan tener con alguna monja en particular (o viceversa). A lo mejor hubiesen botado al papá si yo hubiese dicho que el hijo me acosaba. La culebra habría muerto sin cabeza. Pero no sería justo. Él no me acosaba realmente. Y el papá era una buena persona. Tenía yo no sé cuántos años trabajando en el Mater. El hijo tenía 17. Ya se había graduado en uno de esos parasistemas. Tenía cierta mirada achinada de malandro. Y cierto acento de malandro. Pero no era malandro.

Ya advertí que la cosa iba un poco mal cuando se me quedó viendo un día desde la caseta de vigilancia del papá. Pude haber volteado y fingir que la cosa no era conmigo. Pero me miraba a mí entre las otras chamas. Las cosas fueron para peor cuando supe que se quedaría allí mucho tiempo. El colegio le había dado algo así como una especie de puesto honorario como ayudante del papá. Pero el Mater no es un colegio tan grande y mis amigas y yo solíamos estar cerca de la caseta en los recreos.

Creo que sería justo decir su nombre. Más justo que referirme a él solamente como “ese chamo” o “el hijo del vigilante”. Se llamaba Luis. Así sin más. Ni siquiera tenía un nombre fiero o compuesto como los chamos de La Salle  de Los Arcos. No era Luis Alfredo o Luis Ernesto. Era simplemente Luis. Era flaco y un tanto insignificante. Era de un mundo ajeno al mío. Vivía en una casucha (por lo menos no en un rancho) cerca de Caño Amarillo. Todos estos detalles los supe por las pocas veces en las que hablé con él.

Un día Luis se acercó a mí. Temblaba un poco. Sus manos un tanto huesudas no sabían disimular que estaba realmente nervioso. Me entregó una carta. Mis amigas se alejaron un poco e intuí que me estaban chalequeando por la manera en que decían las cosas. Luis se alejó también y se devolvió hacia la caseta de vigilancia. Me miraba a través del cristal (con calcomanías de Unión Radio) como si fuese un topo asustado. A mí me daba un poco de lástima. Yo no sabía si abrir la carta allí. Yo no sabía si abrir la carta en clases. Yo no sabía si abrir la carta en mi casa. Yo no sabía si abrir la carta ni siquiera.

“Chama. NO SE COMO TE LLAMAS. PERO ME PARESES REALMENTE BONITA. ME GUSTARIA TOMAR UNA BIRRA CONTIGO ALGUN DIA”, decía la carta. Yo la abrí en clases y no se la mostré a nadie. Me asfixiaba un poco el hecho de que hubiese escrito “pareces” con “s”. Eso me enfermaba. También me enfermaba que había dibujado una flor rosada con pétalos verde fosforescentes. ¡Hizo la flor con resaltadores! ¡Hay que tener muchas bolas para hacer una flor con resaltadores!

Yo me quería cambiar de colegio. El Mater me daba igual al fin y al cabo. Pero hay cierto aspecto que masturba el ego cuando te levantas a un chamo de un estrato distinto al tuyo. A un chamo de un mundo distinto al tuyo. Eso hacía soportable el chalequeo de mis amigas con “el hijo del vigilante”. “Seguramente te va a invitar a los tiroteos de su barrio. Seguramente te va a invitar a que lo ayudes a esconder a alguno de sus muertos”, me decían mis amigas. Yo me reía por compromiso y por nervios.

Todo era distinto entre su mundo y el mío. Los lugares a los que íbamos. La música que escuchábamos. La manera de hablar. La manera de ver el mundo. Así que decidí matarlo todo con un armisticio. Le dije para ir al cine. Pero con mis amigas y unos amigos. Yo no me atrevía a ir sola con él. No quería que me secuestrara o que me intentara besuquear o que quisiera meterme mano o que me dijera “Tengo una pistola. Dame tus cosas” en medio de la película.

Él se sentía incómodo. Había ido con una franela rosada y con una visera del Abasto Bicentenario. Coño. También se había peinado el pelo hacia atrás con toda la reserva que tenía la fábrica de gel Rolda. Mis amigos y mis amigas se burlaban de él en secreto. Fuimos a ver Intensamente a Los Naranjos. Él decía que le había gustado. Aunque sospecho que no le había gustado nada. Después fuimos a comer en un restaurante de las Mercedes. Aún recuerdo la cara de Luis dentro del carro. Para él ese Optra era como una limusina.

Y en el restaurante la cosa fue peor. El mismo mesonero del restaurante vio que Luis era como una película cotufa de Disney en medio de una exposición de cine de Cocteau o o de Vertov. Nos puso una cara de complicidad luego de arrugar un poco el semblante. Nos sentamos a la mesa. Luis comía con la boca abierta y echaba cuentos sobre cómo habían matado al hermano de no sé quién cuando había subido yo no sé cuántos escalones para ir a ajustar una cuenta pendiente con no sé cuál. Luis era muy detallado en describir la sangre y las vísceras junto a la pólvora y a los casquillos. Llegó la cuenta. Luis no llegaba ni a la cuarta parte. Ni siquiera tenía tarjeta. Tuve que invitarlo yo.

Luis fue el que se rindió. Él me dijo que no se había sentido nada cómodo y que Caracas no es una ciudad en la que mundos como los nuestros pueden unirse. Él tan Caño Amarillo y yo tan Santa Eduvigis. Supongo que habrá pasado algún despecho bebiendo Anís Cartujo con yogurt. Quizás ya se consiguió otra novia. Quizás se empató con otra chama de Caño Amarillo con quien puede ir de vez en cuando a comprarse un combo barato de Wendys. Una chama que quizás no tenga idea de lo que significa “Malhaya”.

Bestiario estudiantil de Caracas IV

Bestiario Estudiantil de Caracas.

Colegio Claret. Alto Hatillo.

Estudiante: Diana María Schlosser Cabañas. III Año. Ciclo básico.

Me sorprende la facilidad con la que algunas personas hablan de sus enfermedades. Me sorprende la facilidad con la que algunas personas no tienen recato ni tabú para hablar de enfermedades que pueden provocar grandes complejos. Yo nunca había hablado de mi enfermedad hasta el día de hoy. Me da un poco de vergüenza. Es una enfermedad que me ha alejado de amigos y que ha causado que muchos se burlen de mí. También me ha causado mucho llanto y miedo a veces.

Mi enfermedad es no entender las metáforas. Mi mente no asimila las metáforas ni las convenciones metafóricas por alguna razón. No sé cuándo comenzó todo. Creo que todo comenzó cuando era muy niña. Aunque siento que se hizo imperdonable cuando crecí. Pero les juro que no es mi culpa. La primera noción que tengo de mi enfermedad es de hace unos diez años. Yo iba caminando de la mano con mi papá por una calle de Chacaíto. Cuando Chacaíto era un poco más segura. Pasamos por un kiosko y vi un titular (en fondo rojo y letras amarillas) del periódico Meridiano. “Se soltaron los leones”, decía el titular. Me sorprendió ver a la gente tan calmada. ¿Cómo podía estar calmado alguien cuando se habían soltado los leones? ¿Y si venían a devorarnos? Yo apreté muy fuerte la mano de mi papá. Le dije que tenía miedo y le expliqué la razón de mi miedo. Él me dijo que eran unos supuestos Leones del Caracas. Un equipo de béisbol que tenía una racha de no sé cuántos partidos sin perder. Se rió mucho. Yo también me reí. Pero después me daría cuenta de que no era algo para reírse.

Era una linda tarde de sábado cuando yo estaba en el carro con mi papá y mi mamá. Iba para el cumpleaños de Carlota. Carlota era una de mis mejores amigas en el Claret cuando yo era pequeña. A Carlota le iban a hacer una piñata y mis papás me estaban llevando. Yo estaba muy contenta porque mis papás también se iban a quedar a la piñata (Aunque, obviamente, en la parte de los adultos). Mi mamá estaba manejando y se había perdido. Era en algún lugar de Sebucán. En una de esas calles medio intricadas del Sebucán laberíntico. Mi mamá llamó a la mamá de Carlota. “¿En qué calle es?”, preguntó mi mamá por teléfono. La mamá de Carlota le respondió. Yo me aterré. La mamá de Carlota le dijo a mi mamá que había que pasar por encima de unos policías acostados. Yo me puse a gritar y a llorar. Yo entendía que los policías suelen ser personas de dudosa reputación en una ciudad como Caracas (Lo entendía a pesar de mi edad). Pero me daba cosa que mi mamá les pasara por encima. ¿Y si les rompía las costillas o les perforaba los pulmones? Yo no quería que mi mamá fuese una asesina. Mis papás volvieron a reír.

Ya yo era un poco más grande. Hace dos años. Ya era adolescente. Un día estaba rumbo a mi colegio. Me llevaba un amigo de mi mamá que tenía una hija que también estudiaba en el Claret. Aunque la hija era dos años menor que yo. Nos topamos con una manifestación. “Qué ladilla”, dijo el amigo de mi mamá. La protesta trancaba la calle en casi toda su totalidad. El amigo de mi mamá bajó el vidrio de su ventana. Preguntó a uno de los manifestantes la razón por la que estaba esa gente protestando. El manifestante le respondió al amigo de mi mamá que eran trabajadores de una empresa de no sé qué del gobierno. Estaban cansados de que los explotaran. Yo me llevé las manos a la boca. ¿Cómo era posible que explotaran a los trabajadores? ¿Qué ganaban con eso? Realmente el asunto era grave. ¿Sería que estaban haciendo ensayos para el terrorismo? ¿Sería que en aquella fábrica había miembros del Estado Islámico? Yo lo pregunté pálida. El amigo de mi mamá y su hija se burlaron de mí. Yo me sentí mal.

Me volvió a pasar hace dos semanas. Mi papá estaba fúrico hablando por teléfono. Mi papá pertenece a una de las pocas empresas a las que el gobierno aún no ha podido tocar para apoderarse de ella. Mi papá trabaja en una empresa de bienes raíces. Mi papá tenía la cara roja. Nunca lo había visto ni oído tan molesto. Estaba preocupado. Me acerqué a él cuando colgó. Le pregunté qué le sucedía. Me dijo que la empresa corría peligro. Me dijo que alguien había traicionado con respecto a una transacción en dólares que la empresa se vio obligada a hacer a espaldas del gobierno para permanecer funcionando. “Resulta que Lorenzo nos acusó con el gobierno. Es tremendo sapo”, me dijo mi papá. Yo me quedé como petrificada. ¿Cómo podía Lorenzo ser un sapo? ¡Si lo he visto venir a comer muchas veces a la casa! Si nunca le he visto ancas ni nunca lo he visto ser verde ni croar. Mi papá pensó que ya era demasiado. Lo pensó incluso mientras seguía alterado.

Ya ven por qué me da un poco de vergüenza hablar abiertamente acerca de mi enfermedad. Mis papás han decidido que es tiempo de buscar ayuda profesional. Me consiguieron una psicóloga que trabaja afuera del país. Ella quizás pueda ayudarme. Es obvio que necesito viajar para verla. Mi mamá me pidió el favor de que llamase a la línea aérea Iberia. Yo llamé. Tuve que esperar porque los operadores estaban ocupados. Te ponen una música fastidiosísima por teléfono para esperar. Y te ponen una voz de mujer que te dice cosas mientras esperas. “Vuele con comodidad en las alas de Iberia”, dice la voz grabada de la mujer. Yo colgué. Me parece una falta de respeto que una línea aérea de tanto prestigio te ofrezca volar en sus alas. No. No quiero. Yo prefiero volar en uno de sus asientos. Sería más cómodo y más seguro.

 

 

Bestiario estudiantil de Caracas III

Bestiario Estudiantil de Caracas

Colegio Presidente Kennedy (Fe y Alegría). Petare.

Estudiante: Tatiana Andrea Gómez Solano. II Año. Ciclo básico.

Nunca he creído que el barrio sea un estigma. Nunca he creído que el barrio sea una limitante. Nunca he creído que el barrio sea un condicionante. El barrio tampoco debe ser un complejo. Hay mucha gente (amigas mías inclusive) que se avergüenzan del barrio. Muchas de mis amigas no tienen más sueños que operarse el pecho y ser misses. Es muy cómico cuando les toca rellenar las planillas de los concursos de belleza. Dicen que vienen de urbanizaciones. Les da vergüenza la miseria. ¿Cómo vas a salir de la miseria si no la aceptas? ¿Cómo la vas a superar si apartas la vista y haces que los otros también aparten la vista? Yo sueño con salir del barrio. Sueño con irme a una casa bonita afuera del país. Pero sueño con salir del barrio a través de la música. En mi casa había un CD con canciones de Aldemaro Romero. Mi sueño era ser como Aldemaro Romero. Y sigue siendo ser como Aldemaro Romero. Me daban mucha risa muchas de mis compañeros y de mis amigos. Eran de esa gente devota del Reggaetón y la Salsa. Nunca les gustaba Aldemaro Romero. Siento que Aldemaro Romero nunca podría calar en el barrio. Quizás mi música tampoco. Por eso quiero probar suerte en otros lugares. Nunca he tenido claro si el disco de Aldemaro Romero (que sólo escucho en ocasiones especiales. Me da miedo que se estropee) era de mi mamá o de mi abuela. Creo que era de mi mamá. Me gusta pensar que era de mi mamá. Mi mamá murió hace algunos años. Yo no recuerdo cómo murió mi mamá. Me dicen que yo era muy pequeñita para recordarlo. Pero yo creo que mi mente lo suprimió. O lo ocultó en algún sótano muy obscuro. Lo guardó en un lugar parecido al infierno. A mi mamá la mataron en 2010. Caminaba de regreso a casa. La abordaron para quitarle lo que había cobrado ese día. Mi abuela me abrazaba mientras lloraba. Sólo tengo flashes.

Desde entonces vivo con mi abuela. Mi abuela tiene 71 años. Tiene una piel muy tersa para su edad. Mi abuela es muy linda. Mi abuelo (su esposo) murió en el deslave del 99 en Vargas. Estaba visitando a unos amigos que tenía tiempo sin ver. Cuentan que se lo llevó una piedra del tamaño de una casa. Su cuerpo nunca apareció. Creo que quedó sepultado junto a tantos miles bajo el barro de Vargas. Yo sólo tengo a mi abuela. Mi abuela sólo me tiene a mí. Entre las dos nos cuidamos. Una vez compuse una canción sobre mi abuelo. Era una canción instrumental. Un poco al estilo de Onda Nueva (ya saben por influencia de quién). La toqué en el tecladito que tenemos en la casa. Es un teclado Casio que compré luego de ahorrar mucho y de ayudar en el trabajo a uno de los mejores amigos de mi abuela. Es un señor muy bueno. Iba a trabajar después de regresar del colegio y de hacer mis tareas. Mi abuela se puso a llorar cuando le toqué la canción que le había compuesto. Me abrazó. Yo me sentí satisfecha. La música te puede tocar. La música te puede transportar. La música te puede salvar del barrio. Porque el barrio no es un estigma ni una limitante ni un condicionante.

Mi abuela me cantaba canciones cuando yo era pequeña. Eran como tonadas. Como las famosas tonadas de Simón Díaz. No sé que tiene la voz de mi abuela. Pero siempre me tranquilizaba. Y me tranquiliza aún. A veces. Mi abuela se inventaba las letras. Es muy buena para improvisar rimas. Siento que mi abuela va a reencarnar un día en un rapero famoso. Me encanta oír cantar a mi abuela. Sus canciones a veces evocan chistes. A veces evocan muerte. A veces evocan una Venezuela que ella me cuenta pero que yo no asimilo. Porque aquí las cosas están cada vez peor. Yo no quiero que mi abuela corra la misma suerte que mi mamá. Yo no creo en Dios. O él es que no cree en nosotros. Pero le pido a la vida que a mi abuela no le pase nada malo.

Cada vez tengo menos tiempo para dedicarme a escuchar o a escribir música. Todo el día se me va entre estudiar y hacer colas para comprar productos básicos. Todo el día se me va en cuidarme y en cuidar a mi abuela. Ella me dice cosas tristes cuando se siente triste. Me dice que no debo cuidarla. Que debe morirse si su destino es morirse. Me dice que me cuide yo y que nunca deje la música. Que la música ve va a ayudar a salir del barrio y rescatarla a ella. Para salir también del barrio.

El otro día hubo un tiroteo horrible. Duró muchísimos minutos. No es la primera vez que escucho un tiroteo. Pero éste fue particularmente largo y aterrador. No sé si fue una guerra entre bandas. O un operativo para cazar malandros. Hay muchas bandas en mi barrio. Pero ninguna de música. A mí me gustaría tener una banda de música. Yo tuve pánico. Pero mi abuela me cantó para que yo me calmara. Y su voz me calmó. Aún recuerdo la letra. “Bajo este techo, nada podrá tocarte. Las balas rabiosas no podrán alcanzarte. Algún día, si tenemos suerte, se irá la pólvora y se irá la muerte”.

Yo creo que la música más que en todo. Siempre encuentro un huequito para tocar y componer. De vez en cuando me reúno con gente para tocar. Aunque siempre tenemos miedo. Un día tendré más dinero y podré estudiar teoría y solfeo como se debe. Yo quisiera retratar en música todo lo que viví. Y que un día alguien sueñe con ser como yo. Yo no quiero olvidar al barrio. Más bien quiero inmortalizarlo. Porque yo soy más grande que él. Él no es ni un estigma ni una limitante ni una condicionante.

 

Bestiario estudiantil de Caracas II

Bestiario estudiantil de Caracas.

U.E. Colegio Pestalozzi. El Paraíso.

Estudiante: Héctor Alfonso Mora Milán. II Año. Ciclo diversificado. Mención Ciencias.

Me gusta trabajar. Siempre me ha gustado trabajar. Cuando pequeño sembraba naranjas en el jardín de mi casa (un jardín diminuto) y las vendía en la calle. A mi mamá no le gustaba que vendiera naranjas. Me decía que había gente peligrosa en la calle. Pero no me sentía quieto si no trabajaba. Siempre me inventaba algo. Horneaba galletas o hacía suspiritos. Se los vendía a los vecinos. Iba de puerta en puerta una vez a la semana. Algunos eran antipáticos. Pero a otros les encantaban mis dulces. Eran clientes habituales. Busqué trabajos más serios cuando me hice adolescente. Sentía que me daban experiencia. Y que me dan experiencia aún. Me gusta estudiar. Las buenas notas me van a llevar a una buena carrera. Una buena carrera me va a llevar a un buen trabajo. Aunque también me gustaría emprender. Emprender en Venezuela o emprender afuera. Me da igual. Vivo en un edificio alto de El Paraíso. Es de esos edificios viejos que tienen el piso de las áreas comunes de granito blanco moteado. Esos edificios como de los años cincuenta. De cuando Venezuela era otra. Mi abuela siempre nos cuenta sobre esa otra Venezuela. La Venezuela de Pérez Jiménez. Ella cuenta que con Pérez Jiménez todo el mundo trabajaba. Creo es a mi abuela a quien debo mi afición al trabajo. Ella tiene 81 años y sigue trabajando. Ella vino desde el interior hacia Caracas. Todo era más fácil antes. Ella nunca ha querido jubilarse. Dice que jubilarse es morir. Y dice que trabajar es la mejor manera de combatir al gobierno. Yo he tenido trabajos de todo tipo. Tanto trabajos que he “emprendido” como trabajos en locales y en lugares cerca de mi casa en El Paraíso.

Uno de los trabajos más extraños que he tenido lo tuve hace un año. Hay un restaurante chino cerca de mi casa llamado Lee Woon Jae. Es un restaurante medio viejo. Tiene unos treinta años. Está decorado con figuras chinas hechas de papel maché. Y tiene uno de esos gatos dorados que mueven el brazo hacia adelante y hacia atrás. Como si estuviese saludando o espantando moscas. Mi jefe era un señor misterioso. Hablaba poco español y tenía un corte de pelo totuma. Tenía mucho dinero. Decían que tenía negocios raros con el gobierno. Viajaba en una camioneta blindada con otros chinos tan o más misteriosos que él. Parecían una mafia. Yo hacía varias cosas en el restaurante. Comencé fregando platos. Pero siempre fui una persona curiosa y capaz de absorber aprendizajes. Por eso terminé siendo asistente de cocina. Un día mi jefe me solicitó un favor. O un encargo. Me preguntó si yo sabía de lugares en donde hubiese perros o gatos sin dueño. Albergues o cosas así. Siempre he conocido páginas de Twitter o de Facebook que piden voluntarios para adoptar perros o gatos. Aunque siempre he odiado cuando apelan a la lástima. No tengo por qué adoptar un perro tuerto y/o cojo si no me da la gana. No intenten hacerme sentir mal por eso. El hecho es que le notifiqué a mi jefe y lo puse en contacto con esos albergues. Mi jefe me dio las gracias y me dio una bonificación. Él y sus amigos chinos extraños fueron a los albergues. Se fueron llevando a los animales de uno en uno para no levantar sospechas. ¿Para qué tener perros y gatos pasando hambre? Es mejor que ellos ayuden a saciar el hambre de los demás. Son más baratos que las reses.

Pero ése no fue el trabajo más extraño que he tenido. Aunque pueda ser un poco difícil de creer. El trabajo más extraño que he tenido lo tuve en la alcaldía de Caracas. No voy a decir quién tuvo la idea. Lo hago por protección. Pero el hecho es que Caracas estaba muy mal. Aunque no estaba peor que ahora. Habían prometido sanear el Guaire y nunca lo hicieron. Habían prometido construir parques y estadios y nunca los construyeron. En 2017 tuvo lugar una cumbre de jefes de estado aduladores del gobierno. Se supo que un jefe de estado se había quejado (en privado, por supuesto) del estado en el que se hallaba Caracas. Era el jefe de estado de una isla caribeña (creo que Dominica). Se había sorprendido de la cantidad de indigentes y de vagabundos que había en Caracas. Él los había visto desde su camioneta protegida y escoltada cuando iba a Caracas desde Maiquetía. La representante de Caracas no se tomó nada bien esta queja/sugerencia. No se la tomó bien aunque no se la dijeran en público. Se disculpó con el jefe de estado de la isla caribeña y dijo (en privado, por supuesto) que había que “limpiar a Caracas de los seres potencialmente peligrosos”. Seres potencialmente peligrosos. Así los llamó. Mandaron a una comisión a hablar con los indigentes y los vagabundos. En esa comisión estaba yo. Había que seducirlos con comida y prometerles más comida. Así los llevábamos a un sótano que quedaba por Parque Central. Era un sótano obscuro y que tenía un olor fortísimo y penetrante. Por la noche salían de allí las vans de la alcaldía que se llevaban los cuerpos. No sé si el representante de Dominica se volverá a quejar cuando regrese a Caracas. A mí me seguirá gustando trabajar. Sea vendiendo naranjas u horneando galletas. Sea vendiendo suspiritos o llevando a los seres potencialmente peligrosos al matadero.

 

Bestiario estudiantil de Caracas I

Bestiario estudiantil de Caracas.

Liceo Manuel Palacio Fajardo. Catia.

Estudiante: Miguel José Ríos Pérez. II Año. Ciclo diversificado. Mención Ciencias.

Yo vivo en el rancho Maggi. El rancho Maggi es un rancho amarillo que está justo encima de la entrada del túnel de La Planicie. Como si fueras hacia La Guaira. Maggi es una empresa de sopas. Maggi le pagó a mi mamá dos millones de los viejos para que ella les dejara pintar la fachada de nuestro rancho con la imagen de su marca. Era más barato para ellos que pagar una valla publicitaria. Era una relación ganar-ganar. La ventana de mi cuarto estaba justo en medio de la primera letra “g”. Me gustaba asomarme en ella por las tardes. Cuando caía el sol. Me gustaba ver pasar los carros. Venían por la autopista y el túnel se los tragaba. Pasaban por debajo de mi casa. Literalmente. A veces había cola. Pero no me gustaba cuando había cola. Me estresaba el corneteo. A veces me gustaba fumar mientras me asomaba por mi ventana a ver pasar los carros. Lo hacía a escondidas de mi mamá. A mi mamá no le gustaba que yo fumara. Decía que yo era muy joven para fumar. Decía que el humo del cigarro le recordaba a mi papá. Mi papá nos dejó cuando yo era muy chamo. Mamá nunca lo perdonó. A veces mamá sabía que yo fumaba. Creo que las madres siempre lo intuyen. Pero no me decía nada. Yo era un chamo tranquilo. Ella prefería que yo fumara tranquilo con tal de que no andara en malos pasos. Ella prefería que yo me pasara las tardes viendo los carros de la autopista con tal de que no andara en malos pasos. “Pero no te olvides de hacer la tarea”, me decía a veces. Yo la hacía. Aunque la materia no me gustara y me costara hacer fracciones.

A mi mamá no le gustaba que Rainier viniera a la casa. Rainier era un chamo nuevo en el liceo. Tenía tres años más que yo. Pero estaba en nuestro grado porque había repetido tres veces. Tenía la mirada apagada. Tenía los ojos un tanto sombríos. Hablaba poco. Creo que mi mamá le tenia miedo. Aunque lo trataba bien cuando venía a la casa. Le ofrecía Nestea con hielo y galletas de soda con Rikesa. Rainier comía con la boca abierta. Hacía un sonido comiendo que me desesperaba. Él se me quedaba viendo cuando le pedía (por favor) que dejara de hacerlo. A veces lo dejaba de hacer. A veces no. No era un mal chamo. Sólo un poco callado. Sólo un poco misterioso. Rainier había tenido su primera pelea cuando sólo llevaba seis días en el liceo. A Rainier le gustó una chama que era novia de otro chamo. Un día le levantó la falda. No sé si lo hizo para hacerla reír o para demostrarle al novio de ella que él podía levantarle la falda cuando quisiera. Pero ella no se rió. Y el novio de la chama le metió un lepe durísimo a Rainier. Rainier le asestó un puñetazo a la boca. Le sacó sangre. El chamo se cuadró para pelear. Pero Rainier le sacó una navaja. El chamo se quedó tranquilo. A Rainier no le gustaba jugar. Yo no me metía con él porque tenía miedo. A veces pienso que tampoco me gustaba que viniera a la casa a tomar Nestea con hielo o a comer galletas de soda con Rikesa. Aunque a veces me sentía protegido junto a él. Era silencioso. Muy silencioso. Por eso era un buen acompañante a la hora de asomarse a la ventana para ver pasar los carros. Aunque a él no le gustaba fumar: “Esa vaina es mala”, me decía con su cara seria. Rainier era muy serio. Sólo una vez lo vi reírse. Fue por un chiste que vio cuando la televisión de mi sala tenía puesto al Chapulín Colorado.

Una tarde estaba con Rainier. Hacía calor. Habíamos comido un helado del carrito del señor Julio. El señor Julio hacía helados de vasito. Los vendía baratos. Los transportaba en un carrito. No sé si fue una cuenta pendiente. No sé si fue una venganza. Pero a Rainier le dispararon en el estómago. Quien le disparó salió corriendo. Yo no lo pude ver bien. Rainier dio dos pasos antes de caerse al suelo. Se cayó como en cámara lenta. A mí me dio miedo. Yo había escuchado muchos tiros en mi vida. Pero nunca había visto uno. Mucho menos tan de cerca. Por la herida brotaba mucha sangre. La gente cercana salió corriendo. Supongo que tenían miedo de que vinieran a rematar a Rainier y un disparo les cayera a ellos. Yo me quedé solo. Tenía miedo de que se me muriera. Yo no tenía celular. Lo había dejado en la casa. En mi cuarto (el que estaba en medio de la “g” de Maggi). Quise cargar a Rainier. Él pesaba a pesar de que era flaco. Lo levanté como pude. Me asustaba su mirada. Estaba perdida. Estaba más apagada y sombría que nunca. Allí no había hospitales cerca. Mucho menos clínicas. Había un módulo de Barrio Adentro. Pero nunca tenía medicinas. Tampoco tenía doctores. Ni enfermeras. Todos iban siempre a los actos proselitistas. Casi nunca estaban allí. “Háblame. No me dejes de hablar”, le dije a Rainier. Él me miraba a veces. Pero los ojos se le iban hacia arriba. Era horrible. Y no veía a nadie. No sabía hacia dónde correr. “Mamá”, grité tan fuerte como pude. “Mamá”, grité otra vez. Se me iba a salir la garganta. Me iba a quedar sin voz. Nada. Y eso que no estábamos lejos. Él no decía nada. Él no dijo nada. Se me murió con la cara seria de siempre. Mi mamá se persignó cuando se lo conté. Pero creo que estaba más tranquila. Ella sigue prefiriendo que fume y que vea pasar los carros de la autopista al atardecer a que esté en malos pasos. Ella prefiere que no piense más en Rainier. La “g” de mi ventana se está desconchando. Los de Maggi nunca volvieron para repintarla.

Instrucciones para decapitar a tu país

Imagina que estás en 1998. Imagina que aún vives en ese país que tenía anaqueles llenos y a donde iba Ricky Martin a cantar cuando estaba en su época de mayor gloria y de mayor esplendor. “Un pasito pa’lante, María”. Repite el mantra de “Dios proveerá”. Dios siempre provee. Dios se ocupará del país. Tú no tienes que hacer nada. Quizás de vez en cuando persignarte. Pero no mucho más. No te preocupes en formarte como un mejor ciudadano ni en aprender cosas nuevas. Dios quiere a Venezuela. Dios hará todo el trabajo.

También puedes citar al siempre célebre Eudomar Santos. “Como vaya viniendo, vamos viendo”. “Es que así somos”, puedes repetir también. No hace falta trazar planes a futuro. ¡Si sólo se vive una vez! ¿Para qué perder el tiempo en planificar las cosas? ¡La vida es una fiesta! Venezuela es un país bendecido. Venezuela tiene petróleo y mujeres bonitas. Venezuela tiene paisajes turísticos y calidez humana. La fiesta nunca podrá terminar. Los malos tiempos quedaron atrás.

No te esmeres en formar hijos tontos. No te esmeres en formar hijos respetuosos de la ley. Nadie quiere ser un huevón. Repítele a tus hijo que debe ir a la caza de las oportunidades siempre que éstas se presenten. No importa que esas oportunidades impliquen algo deshonesto o algo que perjudique a un tercero. No lo reprendas cuando se robe el lápiz o el sacapuntas de un compañerito del preescolar o del colegio. No hace falta devolverlo. Es sólo un lápiz. Es sólo un sacapuntas. Es sólo un niño.

También puedes siempre echarle una mano en sus estudios como tal. Ayúdale a ir por caminos sinuosos para sacar una nota decente. Déjalo que haga trampa en las materias inútiles que no le servirán en el futuro. ¿Qué tiene de malo sacar una chuleta con las fórmulas algebraicas en un examen de bachillerato? ¿De qué sirve el álgebra en la vida? ¡Si el hijo va a ser un empresario como el papá! ¡Qué orgullo! Por fortuna, los empresarios no deben ocuparse de números. Para eso están los contadores y las secretarias.

Mira como a un extraño a ese militar con voz de mala intención que ha ganado tantos espacios en los medios de comunicación. No te preguntes por qué los medios de comunicación le dan tanto espacio a un militar golpista. No lo hacen por ganar rating ni porque están cocinando guisos extraños con él por debajo de la mesa (Aunque él les va a dar la puñalada luego de tomar el poder). ¿Qué tiene de malo darle voz y voz y voz a un militar que es responsable por más de un centenar de muertos en dos golpes de estado?

Recuerda que los corruptos siempre son los políticos. Recuerda que los malos siempre son los políticos. Nunca el corrupto ni el malo eres tú. Los dirigentes de un país jamás reflejan al pueblo. Nunca son sus espejos. Tú no fuiste un corrupto de mierda cuando aceptaste aquel pago en negro para facilitarle aquel contrato a tu amigo menos capacitado pero más avispado. ¿Para qué abrirle la puerta al más capaz cuando puedes abrírsela a tu compadre? Tu hijo tampoco fue un corrupto cuando se copió de su compañero más estudioso que él en aquel examen sobre las leyes de Mendel. No fue un corrupto cuando parasitó a otros y no hizo nada en aquella exposición sobre la vida de Rómulo Betancourt.

Celebra siempre los cuarenta años de “Let it be” que ha habido en Venezuela. Pide orden. Pide justicia. Pide paz. Pide abundancia. Pero nunca te preocupes de ir a buscar esas cosas. Alguien tiene que llevarlas a ti. No tienes que construirlas. Alguien tiene que llevarlas a ti. No tienes que sembrarlas. Alguien tiene que llevarlas a ti. No importa quién sea. No importa si es Salas Römer o si es Chávez. No importa si son los copeyanos o son los adecos. Alguien tendrá que ocuparse.

Nunca cuestiones lo que ves en la televisión. Nunca faltes a tu novela de las nueve ni a las emisiones de Radio Rochela o de Cheverísimo. Crece y deja que tus hijos crezcan con esos dogmas de la pantalla chica del televisor de la sala. Acostúmbralos a que la mujer tiene que ser bella y tener las tetas grandes. Acostúmbralos a que los gays son seres desviados y que siempre se pueden hacer chistes sobre ellos. Acostúmbralos a que sólo cierta gente tiene cosas que decir.

Recuerda cerrarte y hacer que tus hijos se cierren a la gente rara del colegio y del entorno en general. Imagina si tu hijo se hace amigo de aquella bicha rara que escucha rock pesado y lee libros intensos sobre Quiroga y Jardiel Poncela. Esa bicha rara nunca se maquilla y nunca se peina. Seguro es lesbiana. ¡Qué horror! No practiques ni enseñes la tolerancia o el saber escuchar. No practiques ni enseñes el tender la mano a los otros. Que se resuelvan ellos como puedan.

Acostúmbrate a que el gobierno te dé todo. Tú lo mereces todo. Eres pobre y vives en un barrio. Por eso lo mereces todo. No hay que trabajar por conseguir lo que quieres. El militar golpista tiene razón. Otro es el culpable de tu desgracia. Nunca tú. Malditos ricos. Maldita burguesía. ¿Qué es burguesía? No hace falta saberlo. Tú sólo repite la consigna y tiende las manos como en la comunión para que te lluevan los regalos. Ese militar debe ser bueno. Promete cosas. Habla bonito. Se ríe. Cuenta historias sobre su niñez. Se parece a ti. Promete dinero y promete redistribuir la riqueza. Vótale. Él te dará quizás una neverita para que puedas tomar agua fría. Agua como la que toman los ricos y los culpables de que estés como estés. ¿Verdad que es bueno ese militar? ¡Casi no se nota que es un asesino!

Y nunca admitas que te equivocaste. Nunca admitas que te dejaste llevar por la facilidad o por el resentimiento. Nunca admitas que fuiste un títere del odio. Que preferiste usar el fuego para incendiarlo todo y no para calentarte. Que nadie pueda si tú no puedes. Que nadie tenga derecho si tú no tienes derecho. Que nadie disfrute si tú no disfrutas. No aprendas que el barrio es un obstáculo a superar. Siente orgullo de él. No es transitorio. No hay nada de malo en vivir de un techo de zinc para siempre. Algún día todos serán tan miserables como tú. Y te morirás de hambre o de falta e medicinas. Pero sonriendo. Porque ganaste la pelea.

T.M.