Diles que no me boten.

“Helena, por favor. ¡Diles que no me boten!”, me dijo Fortu mientras hacía un puchero. Nunca la había visto así. Con respecto a ella, siempre parecía que todo le importaba una mierda. Pero eso en verdad le importaba, y mucho. “No puedo hacer mucho más, chama. De pana ya hablé con Argelia y no está dispuesta a negociar”, le respondí a Fortu. Fortu me veía con una de esas miradas que te imploran súplica. Argelia era la directora del colegio. “Pero ve otra vez. A ti te hacen caso. A ti te jalan bolas, Helena. Eres una hueva. Eres una de las mejores estudiantes que hay aquí. Argelia te ama. Sólo tienes que insistirle más”, me dijo Fortu, sin poder contener las lágrimas.

No les voy a mentir. Al menos en eso, Fortu tenía razón. Yo era una de las mejores estudiantes del San Ignacio. El colegio siempre me pareció una cueva de ultraconservadores espeluznantes, pero la educación era buena. Cuando no te metían el asunto religioso por los ojos, los temas que se veían eran realmente agradables. Estaban bien explicados. “Coño. No sé qué más podría hacer, Fortu. Argelia se va a arrechar conmigo. Al fin y al cabo, tú te metiste en este peo sola”, le dije a Fortu, mirando hacia la ventana para no ver su cara de idiota triste. “Sólo una vez más, por favor”, me dijo Fortu intentando agarrarme las manos, que yo aparté inmediatamente. “Déjame ver qué puedo hacer por ti. Pero si me meto en un peo, te parto la cara a coñazos”, le dije a Fortu.

Fortunata (Fortu) casi no había visto clases ese día. Apenas a segunda hora de la mañana la mandaron a buscar. Fortu había estado todo el día en el pasillo que estaba al lado de la oficina de Argelia, la directora. La vi en el primer recreo. La vi en el segundo recreo. La vi en el tercer recreo. A la hora de salida, aún estaba allí. Fue cuando hablé con ella con más profundidad. Tenía como 9 horas esperando a los papás, pero los papás de Fortu no sé si estaban de viaje o algo así. El hecho es que no aparecían, o no querían aparecer. Ellos eran un poco como Fortu. A ellos, todo les importaba una mierda.

Además de las súplicas que Fortu me hacía para que hablara con Argelia, toda su actitud en ese momento me daba una arrechera indescriptible. Fortu nunca se había preocupado en ser buena estudiante. Era una de esas mediocres que siempre dicen que “diez es nota y lo demás es lujo”. Pero ahora, que estaba amenazada y era casi segura su expulsión definitiva del San Ignacio, se hacía a sí misma promesas de fajarse mucho más con sus estudios. De ser una alumna aplicada y modelo. Yo pensaba que era una idiotez. Si ya te están jodiendo por algo que hiciste con orgullo en tu momento, al menos ten la dignidad de mantenerte firme en lo que fue tu creencia. Había una canción del Cuarteto de Nos que decía: “Si naciste incendiario, no te mueras bombero”.

Yo no es que le diera la razón a Fortu, pero me parecía que todo el asunto por el que estaba allí era una exageración. Por otro lado, no me extrañaba. La gente del San Ignacio es intensa y fanática. Admito que hasta yo me reí con lo que hizo Fortu. Me pareció osado, pero me dio mucha risa. Hay que poner en contexto. En el San Ignacio, en todos los salones desde el primero de preescolar hasta el último de bachillerato, hay dos elementos absolutamente infaltables. Estos elementos son una cruz y unos retratos que hay de San Ignacio de Loyola, en donde sale con una especie de sotana negra y fondo obscuro. Cuando yo era pequeña, en mis primeros años de colegio, los retratos de San Ignacio me daban terror. Él, al fin y al cabo jesuita, tenía una mirada fija que parecía seguirte a todos lados. Yo, en clases, intentaba no mirarlo. Sentía que era una especie de gran hermano que estaba dispuesto a castigarte si no permanecías como una niña casta y pura.

El hecho es que Fortu se había quedado una tarde casi tres horas de más en el colegio. Ya todos casi todos los estudiantes se habían ido, incluso los que tenían actividades extraescolares por las tardes. Fortu había llevado témpera negra y un pincel. Como los salones del San Ignacio son abiertos, y los que no son abiertos tienen ventanas grandes, Fortu se metió en todos a pintar una cruz invertida en cada uno de los retratos de San Ignacio. Ella me había preguntado, como un mes antes, si yo iba pendiente de ayudarla, pero a mí me parecía algo estúpido. Creo que las otras personas a las que Fortu les preguntó pensaban como yo. Eso sí. Debo admitir que, de pana, Fortu se fajó. Dibujó cruces volteadas en todos los retratos de San Ignacio de todos los salones desde Pre-kinder hasta quinto año. Tomando en cuenta que son cuatro secciones y catorce niveles desde pre-kinder hasta quinto año, Fortu pintó 56 cruces invertidas en 56 retratos de San Ignacio. Los niños del preescolar y los pequeños de primaria gritaban y lloraban escandalizados. Para ellos, ver las cruces al revés fue como ver al Diablo. Eso agravó las cosas. Pero había pasado mucho tiempo desde entonces.

Si no habían jodido a Fortu hasta entonces era porque nadie de los profesores ni de la directiva del colegio sabían que había sido ella la que había pintado las cruces. Era una especie de Fuenteovejuna. Todos los estudiantes (al menos los de mi año) sabíamos que Fortu lo había hecho. La gran diferencia estaba en que, en nuestro salón y en nuestro año, no todo el mundo era tan solidario como en Fuenteovejuna. Creo que Fortu no contó con ese detalle. Y eso que a Fortu la querían. La invitaban a fiestas y era de las primeras a las que llamaban cuando había trabajo en grupo. Fortu no hacía nada en los trabajos. Sólo iba a las casas de sus compañeros a comer, a fumar y a contar chistes. Pero creo que los seres humanos somos una puta mierda y siempre estamos dispuestos a sacar la maldad cuando tenemos una presa con quien hacerlo. Algo así pasó con Fortu. El silencio del salón, el no delatar a Fortu, al principio, fue un silencio cómplice y de amigos. Luego empezó a costar. Querían joder a Fortu a cambio de seguir guardando el silencio. Al principio venía algún chamo de estos idiotas futboleros que están buenísimos pero tienen un maní en la cabeza y le decía a Fortu que le hiciera los trabajos a cambio del silencio. Fortu accedía. Tenía miedo. La directiva del colegio, casi de una manera subliminal, dejaba en claro que el culpable de haber “profanado” a San Ignacio iba a pagar, e iba a pagar caro. A mí me parecía una estupidez. Al fin y al cabo, la témpera salió con agua y esponja. Pero la gente del San Ignacio es intensa y fanática. El hecho es que luego venía otro chamo a pedirle a Fortu que le hiciera el trabajo de Matemáticas o de Latín. Y Fortu tenía que acceder. Luego alguien le pedía plata. Era el precio del silencio. La cosa se puso un pelo más fea cuando uno de los chamos le dijo a Fortu que, para no acusarla, debía acostarse con él. Y ahí Fortu se puso pálida. Ella era una chama de mente muy abierta, pero cuidaba su virginidad siempre. El sexo a Fortu como que le daba asco, y eso que Fortu era preciosa. Pero su mente, con respecto al sexo, era como la de un niño pequeño. Le daba como una mezcla entre asco y miedo. Pero, aún así, Fortu sacrificó su principio por silencio. Me contó luego que le dolió y lloró, pero todo había sido porque no la expulsaran. Por no mandar su año escolar a la mierda y poderse graduar en un buen colegio. Al fin y al cabo, Fortu, a pesar de ser Fortu, a veces soñaba con una buena carrera universitaria, con largarse de nuestro pobre y triste país.

Fortu cada vez se sentía más vulnerable. Eso la hizo cambiar. A mí me daba paja el ver cómo todo a Fortu se le iba de las manos. Al fin y al cabo, todo había sido una travesura estúpida. Ella misma se hubiese ofrecido a borrar las cruces que pintó con témpera sobre el rostro señorial de San Ignacio. El problema es que hizo esta travesura en el lugar equivocado. Fortu intentaba que todo se diluyera con el tiempo. Pero con el pasar de los días, de las semanas y de los meses, todo el caso se intensificaba. De hecho, el colegio había convocado a una reunión de emergencia de padres y representantes. La reunión, como se podrá suponer, fue un puto chiste, al igual que el 99% de las reuniones de padres y representantes. Todos eran gente respingada que alzaba el meñique y hablaba sobre sus fantásticos y estúpidos hijos, sobre sus fantásticos y estúpidos trabajos y sobre su época como estudiante en el San Ignacio. Fortu se había vuelto sumisa. Ella, que era una contestona por naturaleza, ya no contestaba más. Supe que Fortu estaba totalmente subyugada cuando una profesora le bajó siete puntos en un examen (injustamente, porque ella estudió conmigo y me consta que lo hizo bien) y ella lo dejó así. En condiciones normales, Fortu hubiese pegado el grito en el cielo. Pero ahora era una especie de Fortu en la clandestinidad.

Yo aún no sé bien cómo fue que dieron con Fortu. Supongo que se habrá estirado mucho la cuerda de los sobornos a cambio de los silencios y alguien la delató, seguramente bajo el anonimato. Quizás fue uno de los chamos que, cenando, se lo contó a los papás, y los papás llamaron al colegio indignados. Cuando mandaron a llamar a Fortu aquella mañana en la que la que, luego, la tuvieron esperando horas, ella se puso pálida. Ella misma se había delatado. Todo el mundo en el salón hizo silencio. Yo sólo pensaba en cómo podría vengarse Fortu de todos los que la habían comprado. No había servido de nada. Todo lo contrario. El tiempo que había pasado desde que Fortu hizo lo que hizo hasta que dieron con ella sólo había servido para enfurecer más al colegio. Fortu hablaba con los gestos. Iba a explicarles todo. Yo estaba seguro de que podría convencerlos. Fortu era astuta. Y al fin y al cabo, no era más que témpera sobre vidrios que enmarcaban los retratos de un tipo. Lo malo es que ese tipo tenía fanáticos.

Además, como he dicho, ya había pasado tiempo. Era lo que me parecía más estúpido. Habían pasado ya varios meses desde eso. Si a nadie se lo hubiesen contado, nadie se hubiese dado cuenta de que los retratos de San Ignacio alguna vez habían sido “vandalizados”. Pero la gente del San Ignacio es tan intensa que incluso llegó a hablarse de traumas psicológicos. De hecho, en la famosa reunión de emergencia que se convocó para los padres y representantes, una señora regordeta y emperifollada hablaba de “secuelas irreversibles” al tiempo en el que otros padres y representantes aplaudían. Sí. Así fue el lugar en el que yo estudié.

Creo que si Fortu hubiese salido corriendo, quizás ni la hubiesen perseguido. La estaban escoltando entre dos coordinadoras. Dos coordinadoras de cabello corto que se maquillaban en exceso. De esas coordinadoras de las que se decían que eran unas malcogidas. Si Fortu hubiese sabido que alguien la había acusado, o que la habían descubierto, luego de meses, por alguna u otra razón, con esconderse unas horas o unos días en cualquier lado, hubiese calmado un poco las cosas. Pudo haber fingido una enfermedad. Quizás se hubiese desestimado la supuesta acusación. A veces funcionaba.

Por fin, luego de tantísimas horas de Espera, creo que Argelia, la directora del colegio, asimiló que los papás de Fortu no irían. Al principio, pensó que Fortu ni siquiera se había comunicado con ellos. Pero Argelia habló personalmente con los padres de Fortu. Argelia hizo pasar a Fortu a su oficina y cerró la puerta. Como ya eran cerca de las cuatro de la tarde y ya casi no quedaban profesores ni alumnos por ahí, me acerqué a la puerta, que era de madera gruesa, y pegué el oído a ver si lograba escuchar algo.

Argelia se hizo la tonta. Pero hizo una serie de preguntas astutas en las que Fortu cayó. Luego la remató. Argelia le dijo unas cosas tan fuertes, que hasta a mí me parecieron excesivas. Yo no entendía tanto rencor por parte de Argelia. No entendía sus palabras particularmente crueles. Incluso el Padre Pérez Galdós, el rector del colegio, con el tiempo había empezado un poco a subestimar el hecho, a restarle importancia. Pero Argelia se ensañó. Sólo se oían sus palabras que, como eran gritadas, no hacía falta pegar el oído a la puerta para escuchar. Lo otro que se escuchaba, como un sonido de fondo a las palabras de Argelia, eran los gemidos del llanto de Fortu.

“Por favor, Argelia, no me botes. Debe haber algo que yo pueda hacer”, dijo Fortu. Fortu no tuteaba a nadie de más “rango” que ella. “Eso fue hace mucho tiempo. Yo lo iba a decir, pero me dio miedo. El colegio se lo tomó muy en serio. No es que no fuese algo para que se tomara en serio. Yo quiero mucho a San Ignacio. Yo le rezo a San Ignacio”, argumentaba Fortu. Pero Fortu mentía. Fortu, al igual que yo, no creía en Dios. Argelia lo sabía. Fortu era de las que más echaba vaina en la misa. Fortu era de las que ponía letras obscenas a las tonadas cursis de la misa. Las mentiras de Fortu sólo irritaban más a Argelia.

Pero todo estuvo claro para todos en un momento. La rabia de Argelia, que en un momento me pareció estúpida, tuvo sentido. Sigo sin justificarla, pero al menos la comprendí. Argelia sacó, frente a Fortu, su bolso desde una de las gavetas de su escritorio. Era un bolso grande y marrón. De su bolso sacó una cartera y de la cartera sacó una estampa de San Ignacio. Una estampa que tenía la misma imagen que había rayado Fortu con témpera 56 veces. “¿Sabes quién es éste?”, le preguntó Argelia a Fortu. Fortu moqueaba y aún gemía. “Es San Ignacio”, respondió una Fortu más sumisa que nunca. Acto seguido, Argelia sacó de su cartera una foto tamaño carnet. “¿Y sabes quién es éste?”, preguntó Argelia a Fortu. “No sé”, respondió Fortu. “Éste es mi esposo”, dijo Argelia. Fortu no sabía qué decir. Yo, que no sé dar respuestas en momentos bajo presión, hubiese respondido alguna estupidez del tipo: “Qué guapo”. “Mi esposo estuvo muy enfermo. Muy enfermo. Muy enfermo. Estuvo hospitalizado varios meses, a punto de morirse. Y cuando estaba peor, yo le pedí a San Ignacio que lo salvara. Y lo salvó”, dijo Argelia con voz intensa. Fortu se quedó muda. A mí me parecía algo estúpido. Nunca he creído en los milagros. “¿Ves que le debo mucho a San Ignacio? ¿Ves por qué no puedo dejar que sigas estudiando en este colegio?”, concluyó Argelia. Fortu tuvo varios segundos de silencio antes de formular su réplica.

Fortu replicó al perdón. El perdón siempre me ha dado risa. Es como el último recurso. Es como cuando sabes que has perdido el juego y apelas un poco a la lástima del contrincante. De hecho, a veces creo que las personas que pasan a la historia pasan, precisamente, por no pedir perdón. Argelia decía que la perdonaba, pero que sería expulsada permanentemente del colegio. Fortu, ya en una defensiva desesperada, intentó seguir apelando a la lástima de Argelia. Preguntó si podía ir al menos como oyente. “Si mañana, o cualquier otro día, pisas este colegio”, te mando a sacar con seguridad. Ya Fortu no tenía nada que buscar.

A Fortu le había dolido el coñazo, aunque se había preparado para él. Llevaba tanto tiempo llorando, que me provocaba cachetearla a ver si se recomponía. Ya como era tarde en la tarde, sólo quedaba el bulto de Fortu apoyado en su pupitre en el salón. Era un bulto negro que tenía parches de Nirvana. Aún estaba el cuaderno que ella había abierto aquella mañana y en el que había hecho sus últimas anotaciones, sin saberlo, como estudiante en el San Ignacio. “Las pinturas negras fueron trasladadas desde la Quinta del Sordo”, seguido por un tachón y una caricatura del pene erecto del Saturno de Goya, era lo último que había quedado escrito y dibujado.

Al menos, Fortu no tuvo una despedida intensa. Yo la acompañé hasta la puerta del colegio, que cruzó sin voltear la mirada. La invité a un café de La Majestic. La Majestic era una panadería y cafetería que, en sus tiempos, era increíble. Luego, al igual que el país, se había vuelto mierda. Pero aún servían buen café. Fortu aceptó. Al menos, el café con leche la calmó un poco. Estuvo largo tiempo sin decir nada. Sólo bebía su café y miraba al techo. Ya no lloraba. No fue su culpa haberse burlado del santo equivocado en un colegio así.

Ya, en un rato, sus papás la irían a buscar. Fortu intentaría hacer reválida en algún otro colegio, a ver si al menos salvaba el año y no tenía que hacerlo entero, luego de haber cursado más de la mitad. No sé si los papás de Fortu sabían que la habían expulsado. De todos modos, ellos vivían en su mundo. A pesar de todo, yo no quería dejar de ver a Fortu. Era una de esas chamas con las que te reías y lo pasabas bien. Ya buscaría cupo en algún colegio mediocre, como el Marbe.

T.M.

Adaptación del texto “Diles que no me maten”, de Juan Rulfo.

 

 

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“Es la ley que nos rige y nos gobierna”.

Hace poco, uno de mis compañeros de promoción en el colegio San Ignacio me escribió para ver si yo iba pendiente de ir al reencuentro promocional. Este año cumplimos diez años de graduados. Irónicamente, el reencuentro no se va a hacer en Caracas, ciudad en la que está ubicado aún nuestro colegio. Las razones son obvias. Caracas es una ciudad moribunda y son muchos (pero muchos) los que se han ido de allí. El reencuentro se va a hacer en Madrid. Hay muchísimas personas de nuestra promoción en Madrid. Hay muchísimos venezolanos en Madrid. Me crispa un poco. Es una de las razones por las que me fui de allí. Amo a Caracas, seré caraqueño hasta mi último respiro, pero también soy muy hispanófilo como para soportar el ver tantas gorras tricolor y tantas consignas patrioteras (aunque sé que hay venezolanos realmente valiosos, nobles y buenos).

Yo le respondí a mi compañero que no. Que no contaran conmigo. Quise ser lo más sincero posible sin quedar como un grosero. Aunque, releyendo bien el mensaje, no sé si logré mi objetivo. Le dije que no pensaba gastar euros (que son escasos para mí) ni pretendía hacer un viaje de casi diez horas en autobús para ver a mucha gente que me es indiferente. No quise que pensara mal. Hay mucha gente de mi promoción a la que quiero y aprecio. Hay muchos incluso a los que suelo ver de vez en cuando y comparto con ellos momentos realmente agradables. Pero hay muchos que, simplemente, me dan igual, como estoy seguro que a ellos yo les daré igual. Nuestra promoción es sumamente grande. Es algo natural que esto suceda.

Siempre me crisparon un poco algunos aspectos de mi colegio. Mi grupo más cercano de amigos, con los que he compartido casi toda mi vida, son de mi colegio y de mi promoción (aunque ahora, por la diáspora, los veo con mucha menos frecuencia que cuando vivíamos en Caracas). Pero realmente hubo aspectos de mi colegio que me crispaban. No sólo del colegio de por sí. A mí me gustó mucho mi colegio y estoy muy orgulloso de haber estudiado y haberme graduado allí. Sino de todos los círculos que se tejían en torno a él.

He decidido escribir este relato/crónica/relación a raíz de una conversación que tuve hoy con uno de mis compañeros del colegio. Uno de esos compañeros medio marihuaneros que te van cayendo bien con el tiempo y con quienes te ríes mucho compartiendo una cerveza. Esta historia estará empapada de aspectos de la política venezolana, pero no será un texto político como tal. No será un ensayo. Mi propósito con este texto no es molestar ni ofender a nadie. Mucho menos abrir rencillas. Mi propósito con este texto es que el lector pase un momento divertido y, si es posible, sea capaz de ejecutar alguna reflexión.

Yo nunca, y creo que no soy el único, encajé con el molde del “ignaciano”. “Ignaciano” era una palabra que mi colegio (Colegio San Ignacio) utilizaba para determinar ciertas características que el colegio buscaba forjar en sus alumnos. Estas características, en teoría, eran valores cristianos católicos sumados a otras características de bondad y solidaridad, todas en teoría. Fueron pocos “ignacianos” los que llegué a conocer. En un colegio como el San Ignacio (al que, de verdad, le tengo mucho cariño) el más grande pecado o error que una persona podía cometer era no ajustarse al patrón. Y muchas personas tenían ese patrón, y defendían ese patrón.

El prototipo del estudiante del San Ignacio, al menos en mi época (no sé cómo será ahora, cuando la dictadura ha hecho mermar absolutamente todo), era, básicamente, el niño (o niña) pudiente, de padres perfectos y sin mucho pensamiento crítico. Era el niño que, mientras menos preguntas hiciese que pudiesen incomodar al dogma del colegio, sería mejor. Si este niño tenía ascendencia europea, mucho mejor aún (Y yo amo a los europeos. Muchos de mis mejores amigos son hijos o nietos de italianos, de españoles, de portugueses, etc. Al igual que pienso que ser pudiente, si se ha logrado con honestidad, no tiene nada de malo). Yo nunca fui (y no me da vergüenza decirlo), una persona particularmente pobre. Tampoco fui (y tampoco me da vergüenza decirlo) una persona particularmente rica. Si yo me hubiese quedado quieto, quizás mi historia en el colegio hubiese sido una sin pena ni gloria.

Pero el punto de quiebre se remonta a hace algunos 20 años. Yo siempre he admirado (y sigo admirando) a mi papá. Mi papá (y no es porque sea mi papá) es una de las personas más extrañas (extraña para bien) y particulares que existen. Es una persona (y les juro que no digo esto porque sea mi papá) culta y sabia. Es también una persona sumamente impulsiva. Mi papá proviene de una familia muy pobre, que sigue siendo pobre. Mi mamá sí proviene de una familia mucho más acomodada. Su historia fue un poco al estilo de Aladdín. Mi mamá era una princesa rebelde e inteligentísima que, en busca de su propio camino y de su epopeya, conoció a una especie de bohemio encantador y poco adinerado con el que se casó.

Pero eso no fue lo que sucedió hace 20 años. Lo que sucedió hace 20 años fueron unas elecciones presidenciales que cambiarían al país para siempre. Un tal Chávez, militar izquierdista, comenzó a encabezar las encuestas. Las encuestas, hasta entonces, habían sido encabezadas por Irene Sáez, una brillante mujer que prometía mucho pero que se dejó asesinar (políticamente) por COPEI. Un partido de católicos ultraconservadores medio ladillas. Un partido que se acoplaba perfecto a un lugar como el San Ignacio.

Los niños no suelen tener mucho pensamiento crítico. De hecho, hay personas que mueren sin haber conocido el pensamiento crítico. El pensamiento crítico es algo que se va cultivando con mucha paciencia y con mucha capacidad de ser escéptico para todo. Mi papá, impulsivo y con el espíritu medio izquierdista que suelen tener los bohemios como él, al igual que más de medio país, se dejó encandilar, hace 20 años por las promesas de ese tal Chávez. Y su hijo, yo, sin ningún tipo pensamiento crítico para el momento, alabó, por mera inercia de admiración paterno-filial, a Chávez en su momento.

No sé si he dicho que, para evitar malos entendidos y orientar este humilde texto más hacia el lado lúdico y divertido, cambiaré nombres para evitar que los co-protagonistas de esta historia se sientan aludidos. Sin embargo, advierto que la creatividad nominal no es algo que se me dé particularmente bien, así que es posible que los nombres ficticios que utilice para sustituir a los nombres reales sean realmente obviedades que puedan permitir que cualquier persona del entorno, con un poco de astucia, identifique, con facilidad, a las personas de las que hablo.

Estábamos en segundo grado y yo estaba contento. Por alguna razón, contra lo que se hacía todos los años, los salones no se remezclaron con el avance de grado. Yo ya había hecho mis amigos en primer grado (que fue mi primer año en el colegio) y, cuando pasamos a segundo grado, el salón se mantuvo intacto. Incluso, hasta tocó la misma maestra. Pongámosle, como nombre a esta maestra, Clari Sánchez. Clari Sánchez, la maestra, estaba un día dando clases. Para esa época, las maestras (creo que es algo que se sigue manteniendo hasta hoy) tenían una especie de asistente, como de maestra auxiliar (no es fácil controlar un salón con 40 niños). Clari Sánchez tenía una asistente.

Faltaban pocos meses (o pocas semanas) para las mencionadas elecciones presidenciales. Ya las opciones se habían reducido a dos. Chávez o Salas Römer. A Chávez no hace falta describirlo, creo que ya es un personaje famoso a nivel mundial. Una especie de genio maligno que supo por dónde cojeaba un país bananero y lo ahorcó hasta destrozarlo. Salas Römer tampoco merece la pena describirlo mucho. Era, simplemente, la oposición a Chávez. De haber ganado Salas Römer, el país, definitivamente, quizás estuviese jodido, porque el destino de Venezuela desde el 58 es estar jodida, pero, seguramente, no estuviese destrozado y muerto, como está hoy. De hecho, mi papá, como medio país, vive arrepentido de haberle dado ese voto a Chávez.

El hecho es que estábamos en una clase y Clari Sánchez, la maestra, detuvo por un momento las enseñanzas. Recuerdo que ella y su asistente (que era súper linda) se colocaron sobre el “escenario” del salón. El “escenario” del salón era, sencillamente, una tarima formada por una elevación en el granito que hacía que el pizarrón, y quien diese la clase, estuviese más elevado que el nivel de los pupitres en donde estábamos los estudiantes. Clari Sánchez y su asistente comenzaron a hablar sobre política. Sobre las elecciones. Creo que no lo hicieron con mala intención. No creo que fuese como el cuento “La composición”, del chileno Antonio Skármeta (quien, casualmente, había compuesto el cuento ese mismo año), en donde una dictadura, con mucha simpatía, pregunta a los alumnos de una escuela qué hacen sus padres durante la noche.

El hecho, es que Clari Sánchez pidió que levantasen la mano aquellos alumnos cuyos padres iban a votar por Salas Römer. En un colegio como el San Ignacio, es natural imaginar que todo el mundo levantaría la mano. Efectivamente. Eso fue lo que sucedió. Sólo un niño se quedó sin levantar la mano, ¿saben quién fue? Luego de pedir que todos bajasen la mano, Clari Sánchez formuló casi la misma pregunta, con la única variante de que el nombre de Salas Römer se cambiaba por el de Hugo Chávez. Sólo un niño levantó la mano, ¿saben quién fue?

A pesar de eso, mi vida estudiantil, hasta cuarto grado, fue normal, tranquila y feliz. El San Ignacio es un colegio grande con promociones grandes. Aunque no se encaje perfectamente en el estereotipo de ignaciano futbolista, siempre podemos encontrar amigos un tanto raros, como nosotros. Creo que no es necesario mencionar que Chávez ganó. Para ese momento, al igual que como sucedió el 23 de enero del 58, pero mucho más dramático, pocos sospechaban que el país se destrozaría en todas las formas posibles.

De ahí damos un salto hasta quinto grado. Quinto grado, al igual que sexto, son grados jodidos. Ser preadolescente nunca es fácil. Creo que si hay algo más peligroso que un adolescente, es un preadolescente. Por lo menos el adolescente ya tiene ciertas libertades. El preadolescente, en cambio, es un poco de nada. A eso súmense hormonas que comienzan a brotar y cosas así. Y las hormonas de la preadolescencia, al igual que las de la adolescencia, hacen a la gente impulsiva y estúpida.

Había una chama de mi salón llamada Ana Indalecia. Ana Indalecia era muy delgada y tenía un pelo como castaño tirando a rojizo que a mí me encantaba. Era la típica chama que, si estuviésemos en un colegio estadounidense cliché de los que salen en las películas, también clichés, sería la típica chama porrista. Casi todas las chamas de mi salón eran un poco así. Todas andaban en su grupo para arriba y para abajo, entrando en la pubertad y jugando a maquillarse. A mí no me importaba mucho. Yo estaba tranquilo con mis amigos.

Hubo un problema. A mí me gustaba Ana Indalecia. Cuando se es preadolescente, el que te guste alguien es como un juego divertido y agradable. No sé cómo será en estos tiempos de redes sociales y 2.0. Pero, antes, una sola mirada o una sola palabra de la persona que te gustaba te hacía sonreír, te alegraba el día y te hacía pensar en eso, prácticamente, todo el día. Ana Indalecia era simpática conmigo, al igual que con todo el mundo. Yo, como siempre creí que podía gustarle a alguien a fuerza de llamar la atención de las maneras más idiotas posibles, decidí que era el momento de “atacar”, de llamar la atención de la célebre Ana Indalecia.

Para esa época, aún no sabía escribir textos realmente buenos (como si supiese ahora), aún no sabía componer canciones o poemas (como si supiese ahora) y tampoco tenía mi glorioso y genial sentido del humor (ya saben lo que va adentro de este paréntesis, ¿no?). Cuando fui creciendo y haciéndome adulto, el atreverme a hacer las cosas (aunque fuese con miedo) y el perseguir mis creencias y mis sueños me hicieron una persona atractiva, aún cuando, físicamente, no soy una persona agraciada. Mis exs han sido mucho más guapas que tus exs. Pero de eso no trata este escrito. Volvamos a quinto grado.

Como estaba sin destrezas y era un preadolescente subnormal, como casi todos los preadolescentes, se me ocurrió llamar la atención de Ana Indalecia diciéndole a todo mi salón que yo era chavista (parte de esto aún radicaba en la inercia paterno-filial sin pensamiento crítico de la que les hablé). Recuerdo que todo el salón se volteó como si fuese una audiencia que apunta sus miradas hacia un escenario que ha apagado sus luces para anunciar que la función está por comenzar. Hasta la misma profesora de matemáticas, con lentes y una cola de caballo, preguntó con voz de sifrina casi cuarentona: “¿Eres chavista?”. Yo afirmé. Hubo murmullos. Ese hecho marcó un antes y un después en mi vida como estudiante y en mi vida en general. Al menos el objetivo (llamar la atención de Ana Indalecia) se había cumplido, ¿no?.

Me hice aún más antiignaciano para los cánones del colegio. Empecé a sufrir en carne propia el fantasma del bullying. Había dos tipos de bullying para mí: el bullying de la violencia (por suerte para mí, poco frecuente) y el bullying del rechazo. Comencé a ser el paria de la casta india, el bicho raro. Todo el mundo comenzó a apartarse de mí. A veces, algunos de mis compañeros me detenían en medio del recreo para insultarme. A veces, otros, al fin y al cabo sifrinos, me hacían entrevistas malintencionadas de preguntas punzantes (Ana Indalecia incluída). A veces, algunos profesores me llamaban aparte y me preguntaban si en verdad yo y mi familia éramos chavistas.

Hubo una profesora que, no sé si a raíz de eso o a raíz de que era (o es, no sé si está viva) una mala profesional, se ensañó particularmente conmigo. Sé que decir algo así puede sonar al típico “Ay, el profesor la tiene cogida conmigo”. Pero esta profesora, a la que nombraremos Carla, me subestimaba mucho. No era que me regañara, era que me subestimaba. No me permitía proponer. Trataba mis trabajos (que eran malos, ¿para qué mentir?) con muchísimo desprecio. Intentaba dejarme en claro que yo no serviría para absolutamente nada en la vida. Sus consentidos, sus ejemplos a seguir, siempre eran los más aplicados. Eso no está mal. Pero se supone que un profesor intente estimular a los no aplicados a ser como los aplicados. No a despreciar a los no aplicados.

Y esto es un inciso, que puede ser un inciso un poco dulce y cursi (y yo odio lo cursi), pero no dejen nunca que las Carlas del mundo los limiten. No dejen nunca que las Carlas del mundo determinen lo que ustedes pueden o no pueden hacer. La Carla que a mí me tocó me trataba con muchísimo desprecio y con una lástima que me hacía daño. Hoy, más de quince años después, yo, que se supone que no serviría para nada, tengo dos carreras, dos libros publicados (y dos en proceso de ser publicados), la monarquía española me nombró Caballero por mis contribuciones a la cultura y hoy cociné un pavo con papas brutal. Las Carlas del mundo creen que todos los que sacábamos malas notas lo hacíamos porque éramos todos vagos y tontos. A las Carlas no les cabe en la cabeza que un buen estudiante baja sus notas porque sus compañeros (incluyendo muchos a los que las Carlas consideran ejemplares) lo agreden, lo humillan, lo apartan, lo insultan. Y para éste estudiante agredido, humillado, apartado e insultado, es más importante buscar estabilidad emocional que saber cuántas palabras se pueden poner o no poner en un mapa conceptual.

Por fortuna, al llegar el bachillerato y convertirme en adolescente, se dio un cambio drástico. Un cambio como el que generó Gutenberg a la humanidad, pero en la vida de un muchacho un tanto apartado. Poco a poco fui conociendo a más personas de mi promoción. El San Ignacio es un colegio grande de promociones grandes. Hay como muchas órbitas y muchas galaxias que danzan y conviven entre sí. En un colegio como el San Ignacio puedes encontrar oro y puedes encontrar cianuro, puedes encontrar la tolerancia más grande y el desprecio más bochornoso. Esos amigos, que conservo hasta el sol de hoy y a los que les agradezco tanto, fueron responsables de que yo tuviese un bachillerato muy feliz. Esos amigos me permitieron ser quien quise ser, quien quiero ser y quien siempre querré ser. Esos amigos siempre me apoyaron en mis sueños de ser escritor, de ser artista, de ser rockero, de ser un pan con Nutella, de ser un espagueti con salsa roja. Me apoyaron en todo. Y siguen apoyándome. Me permitieron tener sentido del humor y tener, cada vez, menos miedo. Eso incluye también a algunos profesores a los que quiero con el alma. Al entrar en humanidades, casi todos mis mejores amigos se fueron por ciencias. Pero, al entrar en humanidades, volví a ser un buen estudiante.

Con casi toda mi promoción tengo un trato cordial. Incluso con esa gente que, como dije al principio, me da un poco igual. Incluso con esa gente que, irónicamente, tras ser muy ignacianos, supuestamente terminaron haciendo negocios turbios con el chavismo o bailando para quienes hicieron negocios turbios con el chavismo. Es algo que no sé con certeza, ni lo quiero saber. Pero el haber pasado por una experiencia así en un colegio dogmático como el San Ignacio (al que quiero mucho), te sensibiliza, te hace abrir el corazón hacia todos, quizás no para ser amigos, porque no podemos ser amigos de todos, pero al menos para saber escuchar, para romper el molde, para atreverse a ir contra esa ley que, como decía un himno entonado muchas veces en el San Ignacio, “es la ley que nos rige y nos gobierna”.

T.M.

 

 

 

 

 

 

 

 

Nahla y los boboyolas

No sé por qué ella estudió en el San Ignacio. A los hijos de representantes del cuerpo diplomático les son asignados colegios especiales en donde estudian, generalmente, más hijos de representantes diplomáticos. Ella era la excepción a esa regla. Tenía los ojos grandes, como platos. Siempre me pareció que la expresión “ojos como platos”, que había leído tantas veces en los libros, era una exageración absurda. Ella de verdad los tenía. El color de sus ojos era una mezcla de avellana con manchas grises diluidas, como moteados. Eran una cosa realmente hipnótica.

No se solía poner burka. Nunca usó burka en público. La única vez que la vi usar burka fue en una cena con su familia. Su familia era seria sin dejar de ser simpática. Hacían cenas copiosas en un apartamento gigante (pero gigante) en Valle Arriba. Su casa estaba decorada con mucho mimo y muchas figuras arabescas. Su papá era el primer secretario de la embajada de Omán en Venezuela. Era un hombre altísimo y esbelto. Tenía bigote espeso y los zapatos le brillaban siempre, como si fuesen espejos. Entre su familia, muy confianzuda a veces, me llamaban, cariñosamente, “la infiel”. Era una broma que al principio me sorprendió, pero era tanta la gracia con la que la hacían, que terminó por agradarme.

En el colegio, era una chica callada. Era buena estudiante. Se adaptaba rápido a las lecciones de una historia que no era su historia. Podía hacer una exposición preciosa, de una hora, sobre el exilio de José Antonio Páez en Nueva York. Era como si conociera esa historia de toda la vida. Agitaba unas pulseras de piedritas cada vez que hablaba. Tenía una tríada de lunares triangulares cerca de la ceja derecha que me enloquecían. En realidad, enloquecían a todo el salón. Los chamos de la promo se llegaban a caer, a veces literalmente, a coñazos sólo por cargarle el bulto. Había unos más fetichistas que se robaban sus lápices, que siempre retenían algo del perfume exótico de su casa.

Ella estaba en su grupo de amigos, ni abundantes ni escasos. Yo estaba en ese círculo junto a ella. Nos hicimos amigas cercanas. A  ella le incomodaba bastante toda la pretensión y la galantería que los chamos tenían con ella. Ella era liberal para ciertas cosas, sobre todo relacionadas al librepensamiento. Pero la cultura de sus padres estaba muy afincada en su ser. Cada viernes, luego de clases, o los sábados en la noche, íbamos a tomar cervezas o caña clara de la mala. Ella siempre pedía Nestea o refresco. Era una abstemia total. Toda su familia lo era. En todas las veces que fui a su casa, sólo una vez vi al padre probar un sorbito diminuto de vino.

Nunca tuvo problemas de adaptación, a pesar de que en el San Ignacio los círculos suelen ser muy hostiles y cerrados para todo lo que no se adapte a los moldes “ignacianos”. Su cara la ayudaba. Cuando digo que era preciosa, era realmente preciosa. También muy recatada. A ella, por consentimiento del padre, le permitían usar una especie de falda larga que le cubría todas las piernas. Solía comer poco y compartir algunas cosas de su vida cuando estábamos en la merienda del recreo. Jamás decía groserías y eso era algo que nos daba risa a todos. Una risa sana, que ella también compartía.

Julián supo filtrarse poco a poco en el interior del cerrado mundo de la hija del primer secretario de la embajada de Omán. Julián era el típico boboyola de manual. Estaba en el equipo de fútbol. Era un ignorante de todo tipo. Los únicos tópicos que manejaba eran la Champions, los carros y las rumbas en las discotecas más brutales de Caracas. (En esa época, ir a las discotecas era algo que aún podía permitirse. No era una sentencia de muerte) Julián tenía el pelo castaño medio largo, brillante y sedoso. Era hijo de un mandamás de Seguros la Occidental y de una abogada de firma privada. Tenía el típico cuerpo flaco pero bien definido por el que todas las mujeres del San Ignacio se mueren. Era, aunque creo que ya es una obviedad, un patán, un bully criollo.

Nahla (que hasta aquí no he mencionado el nombre de la hija del primer secretario de la embajada de Omán) no alzaba tanta guardia por Julián. Era el único chamo por el que sentía un poco de empatía. Por su actitud, por su lenguaje corporal, creo que hasta le gustaba un poco. Cada vez que yo le preguntaba por él, ella cambiaba el tema. Era algo de lo que no le gustaba hablar. Además, Julián tenía ese encanto gracioso que la iba dominando. En medio de un mundo tan cerrado como el de sus padres, más siendo miembros del frecuentemente estéril mundo diplomático, cualquier boboyola se convierte en un libertador.

Las cosas comenzaron a ser un poco más complejas cuando comenzaban a llegarme mensajes del tipo: “Si mi papá pregunta por mí, dile que estoy contigo”. “Coño, Nahla. Dime que no estás con el imbécil ése”, solía ser mi respuesta. Si hay algo que me da arrechera en la vida, es meterme e involucrarme en tramas y problemas en los que yo no he generado el conflicto. Una parte de mí tenía ganas de pegarle una cachetada a Nahla para ver si reaccionaba (de todas formas, sería incapaz. Ella tenía el rostro más bello del mundo, con sus ojos moteados y su nariz aguileña. En todo caso, le pegaría en las manos.). Cuando el papá me llamaba, me daba una mezcla de arrechera y miedo. “Sí, señor. Ella, en este momento, está conmigo. No se preocupe. Es que su teléfono no tiene batería”. Él me creía. Nunca me hizo un reto del tipo “Pásamela, que quiero hablar con ella”. Colgaba el teléfono con mucha amabilidad, no sin antes enviarme las buenas noches y las bendiciones de Allah.

Nahla comenzó a hablar cada vez más mandibuleado y con groserías. Se veía ridícula. Fue la primera vez en la que me cayó un poco mal. Pero, al fin y al cabo, era su amiga, y las amigas están ahí para ese tipo de cosas. Cada vez estaba más “julianizada”. Yo sabía que hablar yo con Julián no serviría de mucho. Cuando has sido malcriado toda la vida, te morirás siendo un puto malcriado, al menos que la vida te meta un coñazo. Nahla estaba distraída y salía con él casi todos los fines de semana. Yo sólo la veía en las meriendas del recreo. En el colegio, ya ellos no se hablaban tanto. Pero los fines de semana paseaban en la Machito azul que el papá de Julián le había regalado a su estúpido hijo.

Jose Ricardo, otro boboyola de manual, iba a cumplir los 18 años. Su único tema de conversación durante las semanas previas era la repetición de lugares comunes e imbecilidades tipo “Ahora sí va a ser legal rascarnos” y estupideces así, dignas de un cerebro ignaciano de maní. Iba a hacer una fiesta en un descampado cerca de Oripoto. Invitó a toda la promo. Sería la primera vez que Nahla se iría a una fiesta con sus compañeros. Yo lo hacía poco, pero lo hacía a veces. Sería como ver a Nahla en un laboratorio. Ella no escuchaba la música de mierda que se suele poner en las rumbas y lo que bebía era Nestea.

Ella llegó vestida de manera recatada. Me saludó con mucha amabilidad. Fue muy de pinga hasta que llegó Julián, en su Machito azul. Ella comenzó a ponerse nerviosa y feliz, con esas mariposas malditas y estúpidas que revolotean en nuestro estómago cuando somos adolescentes y estamos en presencia de quien nos gusta. Por lo menos, el papá de Nahla sabía que estaba con nosotros. Él confiaba demasiado en mí, como si yo, de alguna manera, fuese una suerte de chaperona. El escolta oficial que ella tenía, un guatireño negro demasiado dicharachero, sólo la acompañaba hasta las puertas de los lugares. El resto era cosa mía.

Nahla bailó un poco y corría descalza por el descampado, que tenía el césped verde y un poco húmedo. Bailaba de manera espectacular, como si fuese un personaje sacado de cuento. Comía de los pasapalos y estaba tranquila. Julián estaba junto al resto de sus amigos cotufas, quitándose las camisas y actuando como unos orangutanes que buscan atraer la atención del sexo opuesto para conseguir el ritual de apareamiento. “Mosca con una vaina, Nahla. Tú eres muy genial y tú papá confía en mí. No pierdas la cabeza, por favor”, le dije. “Tranquila, marica”, me respondió. Ese tipo de respuesta resume lo cambiada que estaba.

Cuando cayó la noche, ya mucha gente estaba un poco tomada, incluyéndome. Nahla era una de las pocas sobrias gracias a sus arraigadas costumbres omaníes y a su resolución por tomar Nestea. Pero comenzó la tradición ignaciana del embudo. Siempre me pareció un poco estúpida, aunque divertida. Julián ya estaba en interiores y, junto al resto de la manada, se acercó a nosotras. “Aquí nadie se va a ir sin haber jugado al embudo”, gritaban. Yo hice mi parte. Nahla dijo que no, aunque le insistieron. Ella fue resoluta y seria. Habló de su padre y de sus creencias. Yo, en medio de mi “prendidez” por el alcohol, me sentí demasiado orgullosa de ella. Tenía ya bastante tiempo sin estar orgullosa de ella.

A los pocos minutos, Julián y el resto de la sociedad del embudo regresó a donde estábamos nosotras. Reiteraron la única ley de su beoda constitución: “nadie se iría de la fiesta sin haber jugado al embudo”. Nahla, rendida ante tanta insistencia y casi temblando por la adrenalina de hacer un acto de rebeldía (de rebeldía cuando eres la hija de un funcionario islámico) y por el cuerpazo de Julián en interiores, accedió en medio de risas, aplausos y gritos atarzaneados (no creo que la palabra “atarzaneado” exista, pero creo que su significado es obvio y no he encontrado un símil más útil para esta historia. “Mosca con una vaina, Nahla. No lo hagas por presión social”, alcancé a decirle. Fue inútil.

Fue una mezcla de ron, vodka, cerveza y Naiguatá lo que pasó de las botellas al embudo, del embudo a la manguera y de la manguera a la boca de Nahla. Se empapó toda la camisa con el alcohol que casi regurgitó, pero había bebido un buen sorbo. La tribu se fue y ella quedó sonriendo como una imbécil a mi lado. Decidí no seguirme mortificando tanto por eso. Ya el mal había pasado. Sería un secreto que no se sabría. Yo moriría con la versión de que pasó la noche bebiendo Nestea y bailando descalza sobre el césped verde y húmedo.

Lamentablemente, Nahla, una vez probado el paraíso (como suele pasar), quiso repetir. Volví a mortificarme, pero resolví su terquedad con un “jódete”. Enloqueció, bailó, bebió, aceptó jalones de cigarros. Fue el alma de la fiesta. Se reía como nunca se había reído en su vida. Se dejaba cargar y daba a Julián, quien también estaba ebrio, besos babosos en las mejillas. Se convirtió en la protagonista absoluta de la fiesta de Jose Ricardo. Ya era tarde. Cada quien estaba en lo suyo. Llegó esa hora en la que las parejas empiezan a esconderse en los recovecos.

“Ven a ver a Nahla. Está mal”, me dijo José Ricardo. Nahla había ya vomitado varias veces y no se podía levantar. Ya Julián se había ido a echarle los perros a otra chama y seguramente estaría por allí jamoneándose en un rincón. Yo me puse seria. En condiciones normales, no me preocupa que una chama se rasque hasta vomitar y perder el sentido. Pero era la hija del primer secretario de la embajada de Omán. De un tipo alto con un bigote espeso que no sé cómo podría reaccionar ante la gracia de su hija, más cuando se suponía que estaba a mi cuidado. Pero yo qué culpa podía tener, coño. ¿No éramos grandecitos ya?

Lavamos a Nahla con una manguera. Una chama le prestó un pantalón de repuesto. Otra chama le prestó una franela y cosas así. Hicimos como un Frankenstein vestuarista con una Nahla que, cuando la soltábamos, se iba de narices al piso. Pensamos en llevarla a la clínica por si acaso, pero no era para tanto. Un chamo ofreció su camioneta para llevarla a casa. Eso sí, con un tobo debajo de la boca de Nahla por si acaso. Aplicamos la cobarde técnica de dejarla acostada en la puerta de su apartamento, tocar el timbre y echar a correr. Yo fui cómplice en eso. Me sentí como una mierda y me siento como una mierda cada vez que lo recuerdo.

La última vez que la vi, estaba acompañada por su papá en la dirección de colegio. El papá decidió retirarla y enviarla, por fin, a un colegio más normal para ella, donde todo el mundo habla inglés y suelen estudiar los hijos de los diplomáticos. Por suerte, el papá no me vio. Menos mal. No habría podido soportar una mirada de él. Me hubiese fulminado. Nahla estaba sentada. Sus ojos como platos habían llorado mucho. Yo no sé cómo la directora no lo pudo notar, pero parte de la cara y el cuello de Nahla estaban marcados. Eran marcas que trataban de ocultarse bajo un mal maquillaje. El hijo de puta del papá le había pegado. Pero yo siempre fui una cobarde de mierda y no alcé mi voz. Su familia no estaba tan equivocada. Yo era una infiel. Me limité a maldecir a Julián, a quien siempre le supo a mierda mi opinión.

T.M.

 

 

 

 

 

 

El loco Batuta

Enrique se baja de un Impala brillante que, con vidrios polarizados, se estaciona, parsimonioso, en medio del patio norte del Colegio San Ignacio. Carga un bulto negro, de los Power Rangers, que da la impresión de ser más grande que él. Se acerca a la ventana del piloto y, con un beso en cada mejilla, se despide de su padre. El vehículo arranca, como en un estado de apuro y de lucha contra el retraso. Enrique lo sigue con la mirada, como una víctima del pánico que, irónicamente, ve escapar su único medio de huida. Nota, al caminar, una trenza desamarrada; torpemente la amontona dentro de la bota Timberland. Prosigue su trayecto. Se aferra, con sus pulgares, a las agarraderas del morral.

«Quiero que le den la bienvenida a su compañero nuevo, Enrique», dice Liliana, maestra obesa y malencarada, invitando al muchacho a levantarse y a presentarse. Enrique está rojo, no sabe hacia donde mirar. Intenta, sin éxito, entrelazar los dedos frente a su pecho. El salón, curioso, guarda silencio y apunta, con todos sus ojos, al recién llegado. Luis, con su camisa por fuera y con su cabello de indígena, arroja la primera piedra: «¡miércoles!, ¡qué flaco es!, ¡parece una batuta!». Todos rompen en carcajadas. Liliana llama la atención sin evitar una sonrisa cómplice al comentario. «¿Qué es una batuta?», pregunta, ingenuo, el gordo Lezama. «¡Qué imbécil eres! —le responden, gritando, desde el otro lado—. Es el palo que usan los directores de música». Enrique se mantiene mudo, estar allí es un infierno. «Hola, soy Enrique —finalmente logra articular—. Soy de los Valles del Tuy». «¿Y eso dónde es?», inquiere Lezama. «No sé». Burla general, etiqueta indeleble.

Batuta (ninguno de sus compañeros lo volvió a llamar Enrique) desayuna solo sobre una piedra blanca adyacente a la efigie calcárea de la virgen. Bebe de un termo cuya tapa de plástico se puede utilizar como taza. Le despoja a un sándwich su vestimenta de aluminio y, antes de comerlo, lo observa, fijamente, durante algunos minutos. No presta importancia a los niños de su alrededor que, a balonazos, juegan a ser el Real Madrid y el Barcelona. Es meticuloso en armar y desarmar los elementos de su lonchera.

Mónica, la psicopedagoga cuarentona, de pelo cobrizo y lentes de pasta gruesa, irrumpe en el aula con saludo y simpatía de protocolo, solicita a Batuta, le tiende la mano con compasión infinita, de ésas que hacen ósmosis en la capa profesional. Ambos salen, uno al lado del otro, mientras aparecen, progresivamente, los juicios y los cuchicheos. «Batuta tiene que estar mal de la cabeza —alega Luis—. Ese chamo es demasiado raro». «¡Luis! —salta Liliana—. No digas esas cosas, vamos a continuar con la clase».

Veo a tu mamá llorar, Batuta, una mañana en la que, buscando unas circulares (cumpliendo mi función de delegado semanal), paso frente a la puerta entreabierta de la oficina de Mónica. Percibo que algo anda mal, que una pieza no encaja y que nadie se ha dado cuenta. Mónica, con su mano de uñas largas, hace señas para que me vaya, para que respete la intimidad de un conflicto que no logro entender aún. Prefiero no pensar en eso y me distraigo contando las hojas que, haciendo llamado a los representantes, invitan a una reunión con motivo de los patrulleros escolares.

Estoy tomándome, sentado en la redoma pequeña, un Toddy envasado en un mini tetra-brick que trae adherido un pitillo flexible. Te me acercas y me preguntas si puedes comer junto a mí. Mi gesto te invita a tomar asiento. Abres la lonchera, que sólo trae una rebanada, envuelta en plástico fino, de queso Facilistas; lo picas, te lo comes. Hablamos por primera vez. Me explicas lo que es la palabra “esquizofrenia”, me confiesas que sufrir de eso ha colocado muchos obstáculos y sufrimientos en tu vida. No hallo consuelo para darte, ignoro las bases y consecuencias de lo que padeces. Aún así, nos hacemos amigos.

Voy a conocer tu hogar, un apartamento ubicado en un edificio de Parque Central. Jugamos Nintendo, nos intercambiamos el control para ayudar a una bolita rosada que va comiéndose a los enemigos y combinando poderes. Agarras un balón Tamanaco de fútbol que ya no aguanta más suciedad y comienza a soltar costuras. Me dices para ir a jugar fútbol a la calle. Bajamos por el ascensor que, con el espejo repleto de cartas correspondientes a la asociación de vecinos, va dando tumbos hasta llegar a la planta baja. A veces tú eres el portero, a veces yo lo soy; sudamos, nos manchamos de tierra. Descansamos comiendo dos helados Semáforo que hemos comprado a un haitiano que pasaba por allí sonando campanillas.

“El loco Batuta”, te llama todo el mundo. Te rodean en espirales para burlarse de ti. Mi cobardía sobrepasa mis ganas de defenderte, no me atrevo a poner mi mejilla a tu favor; así me resigné a que nunca llegaría a hacer algo importante con mi vida, a que mi indolencia me hará morir como un infeliz fracasado. Nunca respondes la ofensa, Batuta, la herida de los niños malos no te causa dolor ni ira evidente. A los empujones que te hacen caer al suelo los recibes como algo merecido.

Tus padres se enteran, forman un escándalo en los pasillos de tercer grado que, décadas después, la gente aún comenta. El personal docente está en shock, no está programado para que la gente le estrelle verdades a la cara. Los alumnos (mira qué bravos son ahora) están aterrados. Una secretaria amenaza con llamar a la policía. Es la última vez que te veo vestido de estudiante. Cuando las aguas retoman un curso más calmado, tu papá te carga hacia el carro, te mete por la misma puerta donde, meses atrás te vi salir por primera vez. Irónicamente, comienza a llover.

Me reconoces en Madrid, Batuta, después de casi quince años, caminando frente al Museo de Ciencias Naturales. Damos una caminata que nada arrastra, una caminata de dos seres tímidos. Pasamos por Matadero, nos distraemos con una exposición de artesanía internacional. Me invitas a una copa de vino, que acepto. Buscamos algún bar cerca de la Latina. “La Cabra en el Tejado”, entramos. La copa de vino se convierte en dos botellas que nos embriagan en una tertulia larga. Me atiborras a cuentos negros sobre tu vida, a sucesos que helarían hasta a Agatha Christie. Los fines de semana, el doctor, comprobado por un parte médico que me muestras, te deja salir. En teoría no puedes ingerir alcohol, pero la vida es muy corta, Batuta; sobre todo cuando tus ojos drenan y descargas tu rabia con un golpe a la barra que hace dar un sobresalto a la mesera.

El mundo es muy loco, Batuta, tú pareces el único cuerdo.

T.M.

 

 

Verónica (Parte I)

Juro que jamás he visto a un segundero moverse tan lentamente. Los alumnos de la sección “D” de cuarto grado contienen su emoción en medio del silencio obligatorio y del viernes vahoso. Se aproxima la hora de salida, la libertad condicional del merecido fin de semana se hace esperar, como es tradición. Una mariposa negra atraviesa transversalmente el lugar; entra por una ventana y sale por otra sin pena ni gloria, con su vuelo de garabato. La maestra explica, con el último cachito de tiza y con el caletre de quien odia su trabajo, un mapa mental con los pros y los contras de una tal familia Welser. El timbre interrumpe la insoportable disertación, es un bálsamo que alegra los oídos y el espíritu de los estudiantes. Los cierres metálicos de las cartucheras y de los morrales se superponen, como fusas en un pentagrama. Al igual que en un perfecto simulacro de incendio, el salón queda vacío en tiempo récord.

Aguardo a tu hermano en el estacionamiento de campo abierto, hoy acordamos ir a tu casa y hacer, de una vez por todas, la maldita maqueta sobre las placas tectónicas para la clase de ciencias naturales. Cargo con la bolsa negra y liviana que contiene las tablas de anime, los frasquitos de témpera, el bote de pega Elefante y los pinceles de distintos grosores. Llega sereno y masticando, me ofrece la mitad de una dona con glasé agrietado de chocolate que sobresale, con timidez, de un papel marrón con manchas de aceite. Al yo rechazar el obsequio, él trata, sin éxito, de encestarlo en un basurero a media distancia. Su indolencia y mi indiferencia hacen que nadie vaya a recogerlo, ahí se pudrirá hasta el lunes, las hormigas tendrán un buen festín. Un Mazda 6 plateado se detiene frente a nosotros, abre la maleta, metemos los bultos y los útiles para el proyecto, abordamos.

Nos desplazamos a través de la Francisco Fajardo, el asfalto parece brillar; Caracas tiene oxígeno, respira, aún no es tan lúgubre. Tu madre hace sonar su pulsera de piedritas encadenadas cada vez que gira el volante. Inhalo la fragancia de goma y plástico típica del carro recién comprado en agencia, la saboreo, la disfruto. Mi suéter me protege del soplo silencioso y polar del aire acondicionado, que, en nuestra cúpula viajera y hermética, es un paraíso que se burla del calor exterior. En la radio suena la voz familiar de Chataing, funge como invitado en un programa vespertino y hace un chiste espontáneo sobre la laparoscopia. El motor corre como la seda, sin ruidos, sin quejidos, sin achaques.

Con diplomacia de obligación, saludo a tu señora de servicio, quien, vistiendo un uniforme rosa con algunas hebras deshilachadas y una malla en la cabeza, está concentrada en las hornillas. No sé en qué momento me he quedado solo en un hogar que recién acabo de conocer.  Me siento en la silla de madera negra barnizada de tu comedor, que hace juego con el resto de la mesa. Me vibran las tripas, trato de acallarlas con la caricia inútil y ansiosa del hambriento. Juego con los cubiertos, el tenedor se me escapa de los dedos, cae, rebota con vehemencia, inspecciono que no haya dejado marca sobre la superficie lisa; lo regreso, junto con su compañero, a su posición original, lo dejo quieto.

Bajas las escaleras, tus pisadas son silenciosas e ingrávidas. Me asaltas de sorpresa, por la retaguardia. Agitas mis hombros sin darte cuenta de mi susto y tu voz canalla retumba en mi vida por primera vez: “¿y este muchachón quién es?, ¡nunca te había visto en esta casa!”. Me enamoro de ti desde el primer instante, los nervios bailan breakdance en mi pecho, se esfuman, violentamente, mis ganas de comer. “Soy Tomás”, digo sorprendido por no haber balbuceado a pesar del shock. “Soy Verónica, la hermana de Hernán”. “Sí, lo supuse”. Te volteas para ir a la cocina, cierro los ojos, arrugo el rostro, me lamento de haber dado una respuesta tan imbécil; los abro y, observándote de espaldas, trato de memorizar tu fisionomía, tu uniforme beige del Mater, la cinta blanca que llevas en el pelo, tus medias altas sin zapatos.

Vuelves con un plato en la mano, te colocas frente a mí. Me miras con un matiz entre la curiosidad, la complicidad y la malicia. Me sonríes adrede, sabiendo que haces efecto; me sonrojo a la par que mi frente traicionera comienza a brillar. Lo notas, te enorgulleces de tu estocada y comienzas a almorzar. Engulles sin perder tiempo, como si estuvieses apurada. Un espagueti colgante es absorbido por tu boca empinada, parece una larguirucha lombriz que busca guarida en un refugio vertical. Desenfundas, desde el bolsillo de tu falda, tu Baby Nokia; lo pones sin cuidado (sabes lo resistentes que son) a pocos centímetros de ti. El aparato emite una notificación bitonal reafirmada por el encendido de leds ubicados a los laterales de la pantalla verde. Lo acercas con rapidez hacia tu cara, como ocultando, torpemente, la evidencia de un crimen peligroso. Exhalas un suspiro de romance adolescente y besas el teléfono. Me topo, por primera vez, con eso de los celos; me oxidan las arterias, me corroen la sangre. He muerto y renacido en un instante. Ya no me importa pasar el Templo del Fuego, ya no me importa que Mario se adueñe de las 120 estrellas del castillo, ya no me importan las capas estúpidas de la superficie terrestre ni su representación en poliestireno. Soy otro, y es horrible ser otro de manera tan repentina.

 

T.M.

 

Alaina: Aquella niña coja del Colegio San Ignacio

“Objetivo no logrado” en mi evaluación de matemáticas sobre la división con dígitos de dos cifras. Casi estábamos a mitad de año académico (tercer grado) y yo aún me desintegraba en una espiral de números que se inflaban en paralelo a gestos burlones plasmados sobre el pliegue de papel cuadriculado. Sabía que me tocaría regaño, que los rostros de mis padres, en una amalgama de decepción, rabia y preocupación, me incriminarían cuando les diese la noticia. Yo, mientras tanto, procuré esconder, rápidamente, el examen dentro del bolsillo secreto de mi bulto. Me sentía mal; el canguelo de que mi entendimiento nunca abarcara la cuestión, me invadía como una ola agresiva y siniestra.

En ese instante, ella arribó con su caminar descompasado, con su cabello de rulos rubios, con sus anteojos de cadena de rosario, con la mirada baja, con el despido de su madre. Como inmersa en una concentración invocada, se dirigió al asiento que, con cierta frialdad cincuentona, le señaló la profesora. El aula contemplaba en derredor de un silencio que sólo era increpado por un despistado que, de espaldas a los hechos, acomodaba crayones en su cartuchera metálica. El prejuicio y el rumor se urdían, podía sentirlo perfectamente. Una expresión burlesca se acomodaba en la mueca de uno, una sonrisa malintencionada en la boca de otro.

La niña estuvo callada e inmóvil hasta que el timbre del recreo dio pie a la estampida de chemises blancas que salió a divertirse durante los treinta minutos de gloria que eran grieta entre las lecciones tediosas. Hasta la docente, sin prestar atención a la supervisión de costumbre, abandonó el lugar con apresuradas zancadas. Sólo dos personas permanecimos en nuestros pupitres: la muchacha nueva y yo. Con mi timidez indeleble, me acerqué y coloqué mi mano encima de su hombro puntiagudo. Sus iris azules y flamantes, que partían desde el miedo, se me clavaron para siempre. Nunca pude olvidar aquel instante.

Alaina (nombre del que siempre le hacía respetuosa higa) se transformó en mi amiga de las meriendas, en la conversación ideal entre panes y mermeladas. Su andar lento, a razón de la cojera producida por sus piernas desiguales, tomaba un cuarto de hora para desplazarse entre el salón y la diminuta redoma que fungía como nuestro comedor improvisado. Yo le cargaba su lonchera en un pueril intento de aligerar su paso, ella se coloraba a la vez que parpadeaba profundo, en una especie de tic, y luego me decía: “Fusto (nunca supe por qué me “bautizó” así, jamás mi curiosidad fue tan grande como para solicitar una razón de ese peculiar apodo), eres el ser más amable que he conocido”.

Yo la defendía, siempre que tenía la oportunidad, de las ofensas que disparaban (con un odio que siempre me aterró, ese venablo a herir) algunos de mis compañeros quienes se mofaban de su condición, quienes le inventaban chistes insultantes mientras la remedaban. Alaina siempre parecía estoica, pero, en muchas ocasiones, su orgullo se quebraba y rompía a llorar. Yo sollozaba a su lado mientras le prestaba mi hombro, la manera en como se nublaban sus ojos azules, hasta convertirse en un chubasco gris, era, para mí, lo más triste del mundo; más que las muertes que salían en el noticiero, más que mi incapacidad para dividir con dos cifras.

Fue retirada del colegio unos meses después. Su familia no quiso seguirla exponiendo a las filosas y venenosas fauces del Colegio San Ignacio de Loyola. Recuerdo la discusión, a través de la puerta entreabierta de la sala de profesores, entre los representantes y la directora. Antes de abordar el Chevrolet Impala plateado que la esperaba con las puertas abiertas, Alaina me abrazó y me dijo: “¿nos seguiremos viendo, Fusto?”, yo le regresé: “claro que sí, y ahora será mejor. Ya no tendremos que calarnos a esta gente tan tonta”. Hice pucheros mientras el vehículo atravesaba la reja abierta de la entrada. No supe más de ella.

Ayer, saliendo de casa de mi hermana (en medio de una visita que tengo la dicha de hacerle) con la intención de dar una caminata para seguir conociendo Viena, me extravié completamente. La orientación basada en seguir las vías del Strassenbahn (pequeño tren urbano) sólo me sirvió para arribar a una especie de club campestre sin mapas a la vista y sin celular (lo dejé cargándose) para pedir auxilio al GPS. Luego de vagar durante más de una hora, llegué a una estación de Metro, en la que cualquiera se puede ubicar hasta llegar al destino correcto. Esperando los vagones, noté a una muchacha de pelo amarillo que cojeaba mientras estaba imbuida en su teléfono inteligente. Pensé en la posibilidad del reencuentro, en la codicia de la casualidad; pero noté que su alemán (al enviar una nota de voz) era demasiado perfecto para ser la versión veinteañera de esa Alaina que tanto me alegró la vida. Tocamos frente a frente, no podía dejar de observarla, provoqué su atención escéptica; apenado, desvié torpemente la vista.

Ya estaba en Karlsplatz, a sólo unas cuadras de la casa de mi hermana. Al notar que me bajaba, la muchacha se me acercó y, ante mi impasibilidad típica hacia la gente extraña, me besó la frente: “así que nos volvemos a ver, Fusto”. Fui incapaz de abandonar el tren. Estuve llorando, por lo menos, durante siete estaciones antes de continuar la conversación que dejamos pausada hace dieciséis años.

Tomás Marín

 

Luis Lanz: De estudiante en el San Ignacio a mano derecha del “Picure”.

“La comunidad estudiantil precisa un cambio que debe ser ejecutado con urgencia. El gran talón de Aquiles de los colegios privados caraqueños radica en el encapsulamiento dentro del que habita la gran mayoría de sus miembros. El desconocimiento empírico de los padecimientos del país impide, indudablemente, una oportunidad de torque verdadero”.

Estas palabras, citadas con fidelidad estricta y total, pertenecen a un ensayo realizado en 2005 por Luis Lanz, estudiante de mi jurisdicción perteneciente a la cátedra de literatura de tercer año, ciclo básico, del Colegio San Ignacio de Loyola.

(ESTA CRÓNICA ES FALSA)

Por su clara manera de expresarse, por su léxico y por su madurez; Lanz, mediante esta composición libre (que obedecía a una actividad académica de escritura creativa), capturó mi atención. El tema que trataba, con una seriedad admirable, daba radicalmente al traste con las vacuas visiones y opiniones de sus compañeros, quienes, con característica ligereza, ahondaban (valga la paradoja) en la más absoluta simplicidad de contenidos.

Cuando, dos días después, lo llamé aparte con el fin de felicitarlo por su texto; Lanz me devolvió una sonrisa tímida (sin dejar de ser franca) y me replicó: “ay, profe, felicíteme el día en que, de verdad, pueda hacer algo”.

(NO NOS DEMANDEN)

Mi trato con Lanz, aparte de lo relatado, no poseyó ningún otro pico o particularidad personal. Mas muchas veces fui testigo maravillado de sus fantásticas intervenciones (incomprensibles, en la gran mayoría de los casos, para el resto de la clase), de sus buenas calificaciones y del particular humor respetuoso que imprimía a su forma de ser. A pesar de su conocimiento, elevado para su edad en comparación con los demás, Luis no albergaba rasgos de prepotencia. Compaginaba y era querido por los estudiantes con quien compartía aula.

El 31 de julio de 2007, Luis Lanz recibía su título de bachiller (mención Cum Laude) por parte del más prestigioso colegio de la ciudad capital. Como partícipe fijo del protocolo ceremonial de graduación, presencié, en primera fila, la imposición de la medalla, el abrazo a sus orgullosos padres, la ovación ensordecedora y el anuncio en altoparlante de su elección a estudiar derecho en la Universidad Metropolitana.

(NO NOS MATEN)

Confiésome un lector compulsivo y un devorador de noticias impresas. Enterarme de los acontecimientos actuales, por medio del periódico, es un ritual casi dogmático en el hábito de mi día a día.

El 11 de enero del presente año, mientras observaba el artículo “Detenidos ocho sujetos del círculo de confianza del Picure”, publicado por El Nacional, hallo, entre los mencionados, un “Luis Lanz” de veintiséis años. La naturalidad intrínseca al caso, como es de suponer, fue achacar lo encontrado a una simple treta de la casualidad. Sin embargo, el gran contraste de este nombre con los otros implicados (por lo general combinaciones terribles), me obligó a buscar exhaustivamente, a través de internet, la relación entre los términos “Luis Lanz” y “El picure”. Luego de una hora, mi duda estaba resuelta, se trata del mismo Luis Lanz.

Soliviantado en mi intriga, apelé al único medio de contacto entre Luis Lanz y yo: la base colegial de datos de correo electrónico que, año tras año, guarda miles de direcciones (a riesgo del desuso de sus poseedores). Redacté directamente mi duda y expuse un deseo genuino de entrevistarme con mi ex – alumno, rogando que el buzón digital aún estuviese vigente y dentro del acceso de su dueño.

La semana pasada, obtuve la tan ansiada respuesta, explicándome claramente la disposición de Lanz a recibir mi visita durante un plazo máximo de diez minutos y teniendo en cuenta el obstáculo del traslado al recinto penal principal de San Juan de los Morros, prisión en la que, aún hoy, espera proceso judicial. Me rogó una confirmación de fecha y de hora, que yo le di inmediatamente.

(NO SEAN AMARILLISTAS)

El recinto penal principal de San Juan de los Morros es un lugar tenebrosamente sombrío, de paredes grisáceas agrietadas y de cercos opacados por el más lastimero óxido. Pasadas la pesquisas de rigor, fui conducido a un saloncito al aire libre en el que, pasada la espera de unos minutos, se me acercó, como en los viejos buenos tiempos, un Luis Lanz de ojos apagados, de cabello cortísimo y de respiración pausada.

La cortesía no la ha perdido, los buenos modales siguen siendo su rúbrica. En los diez minutos durante los que charlamos (que hicieron valer cada kilómetro de viaje), aprendí tanto sobre los inesperados giros de la suerte, que me considero capaz de componer un libro entero sobre dicho tema.

Muerto su padre tras un infarto fulminante en 2010, Luis, hijo único, y su madre heredaron un sinfín de deudas e hipotecas que engendraron, como resultado final, el embargo de su apartamento, ubicado en Lomas de la Trinidad, por parte del Banco Bicentenario. Este hecho les forzó a mudarse a casa de una tía residente en Turmero, en el Estado Aragua.

(LA CANTÁRIDA NO ES UNA PÁGINA DE NOTICIAS)

El abandono precipitado de la carrera de derecho movió a Luis a buscar trabajo como asistente en un taller mecánico, en el cual conoció a José, un enigmático y ambicioso joven que, inconforme con su sueldo, pudo organizar una banda delictiva y cambió su seudónimo al “Picure”. No tardó mucho tiempo en convencer a Luis mediante pingües y rápidas cantidades de dinero que se acoplaron a su necesidad de independencia y de una vida mejor.

Las sensaciones, descritas por Lanz, ante el primer hurto, el primer robo y el primer homicidio; me removieron el alma, el recuerdo y el respeto hacia un ex – aprendiz que pudo haber llegado más lejos que todos.

Finalizado el breve encuentro, se despidió de mí con un abrazo sincero. Le di las gracias por haber compartido conmigo un trocito de la increíble (realmente increíble) relación de sucesos de su vida. Él alzó la vista y, con una sonrisa tímida, me espetó: “ay, profe, deme las gracias el día en que, de verdad, pueda hacer algo”.

(NO TENEMOS PLATA NI PARA CONTRATAR UN ABOGADO)

Prof. Carlos Giménez León