Miedo a las mariposas

Mi grito se escuchó en todo el apartamento. Tuvo que venir mi papá, con una escoba, para intentar ahuyentarla. La mariposa parecía desorientada. Era negra con marrón, horrible, gigante. No tenía rumbo fijo. Se estrellaba torpemente contra el bombillo encendido, atraída por la luz y el calor. Su aleteo me daba grima. ¿Por qué tuvo que escoger mi cuarto? No se iba. Parecía burlarse de las estocadas que mi papá, tan torpe (o más que ella), le esgrimía, como un caballero medieval doméstico e inexperto.

Tras una larga batalla, en la que parecía vencedora, se rindió y salió por la ventana. Yo la cerré inmediatamente, no quería que volviera. Las mariposas siempre me dieron asco y grima. Las mariposas siempre me dieron miedo. En los libros de preescolar las pintan con hermosos colores y con caritas felices. En la vida real, al menos las urbanas, las llamadas “mariposas de lluvia”, tienen pelos, antenas y segregan un líquido marrón y asqueroso. Lamentablemente, las lluvias en Caracas habían comenzado y era común, casi todas las noches, recibir las visitas de las mariposas. Una estaba tranquila escribiendo en la computadora, o haciéndose un sándwich, y, de repente, se alertaba del “tiki tiki tiki”. Las mariposas, entre los bombillos y las paredes, proyectaban sombras inquietas, inquietantes y realmente tenebrosas.

Mi papá estaba cansado de que la historia fuera siempre igual. Yo pegaba un grito, salía corriendo, iba hasta su cuarto y decía las palabras de siempre, como en un guion de obra teatral. “Hay una mariposa gigante, asquerosa y horrible en mi cuarto (o en la sala, o en el baño, o en la cocina. Era la única variable que había en el vodevil de todas las jornadas). Sácala, por favor. No puedo concentrarme así”. En algunas ocasiones, las mariposas, menos astutas que aquéllas que huían por la ventana, morían destrozadas por las duras cerdas de la escoba. A mí, en cierto modo, me daba mucha lástima verlas agonizar en el piso. Tampoco quería darles el pisotón o el escobazo de gracia. Pero es que todo se reducía a un “ella o yo”. ¿Por qué venían a mi casa sin invitación? Al fin y al cabo, era su culpa.

Yo venía saliendo del Centro San Ignacio. Había cenado con un chamo que medio me gustaba. Era artista y tenía cierta tendencia a la taumaturgia. Además, era guapísimo. Era de La Salle y era muy culto. Nunca se le acababan los temas interesantes para hablar. Siempre me enseñaba cosas nuevas. Llevábamos ya algún tiempo flirteando. Lo había conocido en una reunión que había organizado una de mis mejores amigas en su casa. Nos habíamos dado un piquito (éramos muy pollos y teníamos como diecisiete años) jugando a una de esas mariqueras como “la botellita” o “yo nunca” o “verdad o reto”. No recuerdo bien.

Ya nos habíamos despedido, con un beso que era más que un piquito pero menos que un zampe (¿es eso relevante para la historia?, no lo sé). Ya había pagado el estacionamiento y llevaba un rato manejando por la autopista. Estaba pensando en tantas cosas tontas, que no me di cuenta de que tenían un buen tiempo siguiéndome. Yo debí parecer un tanto estúpida a la vista de ellos. Con mi cara sonriente cantando Caramelos de Cianuro a todo volumen. Manoteando al aire y bailando sola en el asiento del piloto.

Yo no recuerdo exactamente cómo fue el proceso de captura. Creo que mi cerebro, a conveniencia, bloqueó algunas partes. Fue como un shock que, aunque superé, nunca pude eliminar del todo. Creo que recuerdo un carro negro con ventanas ahumadas que me había pegado por detrás. Yo me detuve y, a partir de ahí, todo fue nebuloso. Creo que también se debe a que me cubrieron la cabeza con un trapo. El no ver hace que los recuerdos parezcan sueños o, en ese caso, pesadillas. Recuerdo voces que discutían entre sí. Tengo flashes del ruido del motor. Yo sentía que todo a mi alrededor daba vueltas.

Sí recuerdo muy bien el cautiverio. Yo estaba sorprendida de mí misma. No había llorado, aunque sí había gritado mucho. Nunca me había detenido a pensar en que algún día me pudiesen secuestrar. Al fin y al cabo, no era algo inverosímil. Mi familia tenía plata, yo tenía un buen carro y estudiaba en el Cristo Rey. Era mi último año antes de dar el salto a la Metropolitana. Creo que si los secuestradores tuviesen a sus víctimas (o potenciales víctimas) en uno de esos álbumes Panini del mundial, yo sería una de las barajitas brillantes.

Me pusieron a hablar con mi mamá. No sabía qué hora era. Había perdido la noción del tiempo. Pero calculo que eran las 12 de la noche, o algo así. Mi mamá estaba histérica. Mi papá también. Yo, a pesar de que siempre fui una persona cobarde, hacía un esfuerzo sobrehumano para parecer calmada. Algo me decía que no pasaría a mayores. Al principio, uno de los secuestradores, el que parecía más joven por la voz, me tranquilizaba. “No te preocupes. Nosotros casi nunca hemos matado. (Ese “casi nunca”, como podrán notar, me helaba un poco la sangre). Si tú te portas bien, nada te va a pasar. Nosotros no somos gente mala”, me decía.

Cuando eres víctima de la delincuencia, las volátiles medidas del bien y del mal cambian radicalmente. Puedes referirte a tu propio captor como “pana”, que fue lo que me pasó a mí, solamente porque no te ha volado el cerebro con un disparo. Me dieron comida, me daban agua y hasta Nestea. Eventualmente me permitieron quitarme la venda y hasta podía bañarme. Era como una huésped (evidentemente forzada). Eso sí, estaba fuertemente vigilada y evitaban a toda costa que yo les viese la cara. Yo me limitaba a obedecer, no sólo por colaborar sino por no complicar mi situación.

Me preocupaban mucho mi mamá y mi papá. Ellos eran gente buena. Me sentía peor por ellos que por mí misma. En la poca comunicación que se nos permitía, tratábamos de mantener la calma. A veces, sobre todo mi papá, me enviaba mensajes como si yo estuviese en un campamento. Sentía que lo único que faltaba era que me pidiese que le llevase un souvenir. Pero notaba el miedo en su voz, como supongo que él habría notado el miedo en mi voz. Pero estaba prohibido hablar del miedo, del fin o de la muerte. Nuestra fe estaba volcada totalmente en un desenlace feliz.

No sé exactamente cuántos días habían pasado, pero sabía que eran pocos. Todo comenzó a desmoronarse. No sé qué metida de pata hicieron mis papás, que todo se ensombreció de repente. No sé si fue que llamaron a la policía, o los descubrieron con algo relacionado con la policía, cuando el pacto con los delincuentes implicaba, estrictamente, estar al margen de la policía. O si fue algo del pago, que no había suficiente dinero (aún, para esa época, los cobros se realizaban en moneda local y no en divisas). Pero el hecho es que la amabilidad para conmigo mermó de un día para otro.

El de la voz joven, el que más me tranquilizaba al principio, había volcado toda su furia contra mí. Comenzó a decirme las cosas más horribles que, creo, se le han dicho a alguien alguna vez. Todos lo hacían, pero él se ensañaba con especial rabia. Pasaba minutos enteros describiéndome situaciones horribles, gore. Decía que me había mentido cuando me dijo que casi no mataban a nadie. Me decía que él tenía yo no sé cuántos muertos encima, que no le importaría tener uno más, que para él sería un placer matar a una “sifrinita del mierda”. Decía que, cuando le diera la gana, me iba a violar y que, si yo gritaba, lloraba o me quejaba, me mataría a navajazos.

Los golpes procedieron a las amenazas. Tenía ya tiempo sin comunicarme con mis papás. No sabía si seguía en pie alguna negociación, algún rescate o si ya ellos me daban por muerta. Recuerdo que una tarde, yo de nuevo ciega gracias a mi venda, uno de ellos, no sé cuál, me reventó la nariz de un puñetazo o de una patada. Yo no podía ver nada, pero sentía mi boca húmeda y un sabor intenso a óxido. Ahí fue la primera vez que me puse a llorar desde que había perdido la libertad. Ellos se reían, gozaban, cantaban y me grababan con sus teléfonos.

Las amenazas se hicieron comunes. Cada día podía ser el último día. Cada hora podía ser la última hora. Cada minuto podía ser el último minuto. Cada segundo podía ser el último segundo. Creo que es lo más horrible del secuestro resumido (mal resumido) a una línea. Esa sensación de ultimidad. Aunque supongo que depende de en cuáles manos estés. Yo había perdido bastante peso. Lo que me daban era pan y sopa, muchas veces vieja y sobrante de lo que ellos consumían. De vez en cuando, uno me limpiaba la cara, no sé si por compasión o por poder tocarme.

“Hoy es el día”, dijo uno de ellos, al que yo siempre tomé como el líder. Yo tenía la garganta seca y la sangre helada. Aunque intenté, como un pollito acorralado de verbena, protegerme en un rincón, estaba a su merced. Me arrastraron. Me cargaron y me metieron en el carro. Uno de ellos seguía golpeándome sólo por darse el gusto. No terminábamos de arrancar. Sabía (o creía) que, si me mataban, al menos no sería en el carro. Los asientos repletos de sangre no gustan a nadie, así seas un maldito secuestrador.

El ruido del motor se me hacía durísimo, ensordecedor. Ellos echaban chistes malos y, durante el largo trayecto, parecía que se hubiesen olvidado de mí. Mi cabeza estaba apoyada en el muslo de uno de ellos. La textura del blue jean de mala calidad, seguramente comprado a un buhonero del mercadito de Coche, me raspaba la mejilla. Aunque daba igual, luego de golpes, de hambre, de encierro y de miedo, lo que menos te preocupa es la textura de un pantalón. Estaban tan confiados todos, tan tranquilos, que intuía que el desenlace de todo sólo podía ser o muy bueno o muy malo.

Se notaba, por el sonido, que la ciudad había quedado atrás. Estábamos en un sitio verde. Hasta el descenso en la temperatura se notaba. El carro tenía las ventanas abiertas. Se escuchaba, durante el trayecto, el silbido de los otros carros al pasar en dirección contraria. Pero, donde estábamos, ya sólo se oía al viento estremecer las hojas de los árboles. Era de noche, no muy tarde. En la radio se escuchaba una salsa niche y la voz de un locutor con voz engolada de radio AM que hacía anuncios de esos niches que buscan pareja por radio.

“De pana te portaste muy bien, disculpa lo malo”, me dijo el de la voz joven, el que me había tranquilizado y el que me había aterrado pocos días después. Yo no sabía si reírme, llorar o responderle. Preferí quedarme callada. Toda palabra sobraba. Sencillamente, no quería hablar. El carro se detuvo aunque el motor quedó encendido. Me quitaron la venda y me llevaron caminando. Me ayudaban entre dos. Las piernas me dolían. Era un terreno verde, grande, obscuro. A lo lejos, se veían las luces de algunos edificios.

“No te muevas de aquí. Pase lo que pase, no te muevas de aquí. Ya saben que estás aquí. Van a venir a buscarte. Confía en nosotros”, me dijo uno de ellos y se despidió como con palmaditas en mi espalda, como si fuese una especie de compadre sutil. Los vi de reojo, creo que eran cuatro, o cinco. Sonreían y se felicitaban. Yo no sabía para dónde ir, no tenía para dónde ir. Sólo me aferraba a la instrucción que me dieron de confiar en ellos, de quedarme ahí, de no moverme. No tenía otra alternativa. Podía andar, pero esperaría un rato. De verdad me costaba caminar.

Me senté en la hierba. Estaba alta, pero no tenía tanta maleza. Había un silencio casi absoluto. Todo estaba húmedo, no sé si era rocío nocturno o que había llovido poco tiempo antes. Detrás de mis oídos, sentí el “tiki tiki tiki” que me era tan familiar. Una mariposa, la más grande que he visto nunca, se posó sobre mi brazo. Yo no tuve acto reflejo. La miré y sentía que ella me miraba. Ella no me amenazaría con violarme ni con partirme la nariz. Me acariciaba con sus patitas largas, delgadas y dobladas. Estaba estática, como una gárgola vanguardista, frágil y pequeñita, como yo en la espera de algo que hacer. Ya no tendría que llamar a mi papá más nunca para que viniese con la escoba. Había perdido el miedo.

T.M.

 

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Queso manchego (o cómo el secuestro hace felices a ciertos niños)

Dicen que hacer negocios en Venezuela es inestable, que es riesgoso. Dicen, también, que Venezuela, al tener la economía destrozada, es un buen caldo de cultivo para los negocios. Se dice de todo, pero no se sabe nada. Nada es seguro en este país. Creo, en base a esto, que todo se trata de una cuestión de suerte y de azar. Vayas a donde vayas, encontrarás analistas y expertos que afirman ambas cosas. Yo me decanté por la primera. Sentí que el queso manchego tendría un éxito sin precedentes. Me imaginaba a mí mismo, en poco tiempo, abriendo sucursales por todos lados.

El primer paso fue comprar una van, una furgoneta. Sólo en eso se me fue, prácticamente, la mitad de la inversión. Yo no tenía miedo. Confiaba demasiado en mi negocio. Algunos amigos, al yo contarles mis planes, me palmeaban el hombro y me decían: “Ahora sí va a llegar tu momento”. Vendí algunas cosas para comprar dólares, que cada vez estaban más caros. No importaba. Era inversión. Ya recuperaría de nuevo, con creces, cada centavo. Adquirí una furgoneta blanca. La tuve que ir a buscar hasta Yaracuy. Estaba en buen estado a pesar de que no era nueva. Unos repintes y no se notaría nada.

Luego vendría importar los quesos. Me salió más caro que la misma furgoneta. Ojalá en Venezuela se produjera queso manchego, sería todo más barato. Aunque, precisamente al no producirse, mi negocio entraría con toda la fuerza. ¿A qué tienda no le interesaría tener sus buenos quesos, de sabor fuerte? Algunos amigos me ayudaron. Luego de esperas, pagos y transferencias, el cargamento llegó por el puerto de La Guaira. La Guardia Nacional, a pesar de que yo mostraba todos mis papeles en perfecto reglamento, inventaba cualquier excusa para sacarme dinero (y una que otra rueda de queso).

El resto fueron registros de sanidad (traducidos en sobornos infinitos) y asuntos de estética e imagen. Contraté a un diseñador gráfico de la Monteávila, que era pegadísimo pero hizo un buen diseño. Obtuve, gracias a la alcaldía de Chacao, un permiso para vender en el mercado que se hace los sábados al lado de Parque Cristal. Allí había muchos potenciales clientes. Cada sábado, casi religiosamente, los vecinos (y gente de otros municipios) se congregan allí para comerse una arepa, una cachapa, tomarse una chicha, respirar aire sabatino y olvidar, aunque sea por unas horas, que viven en un país que cada vez se hace más inhóspito.

Casi tres horas y sólo había vendido trescientos gramos, trescientos gramos miserables que me compró una señora un tanto encopetada con acento español. La gente se detenía en mi puesto, manoseaba la mercancía, se hacía selfies con los quesos, pero no compraba nada. Yo sacrifiqué un poco en muestras gratis, que volaban. Pero nadie compraba nada. Me sentía más el administrador de un museo que el dependiente de un puesto de queso manchego en el municipio Chacao. El frutero del puesto de al lado, sin duda más carismático que yo, vendía plátanos y patillas en cantidades casi industriales. Mi balanza sólo era visitada por una mosca fastidiosa que iba y volvía, que se burlaba de mí cada vez que la pretendía espantar.

Durante varias semanas, todo fue igual. No hace falta ser un Sherlock Holmes para suponer lo que pasó. Tenía demasiado queso y pocas ganancias. No sé por qué se me ocurrió que, en un país en el que a duras penas se consigue arroz (y eso si  tienes contactos en el mercado negro), la gente podía interesarse por tener queso manchego importado. Fui a la quiebra. Las ganancias no me alcanzaron ni siquiera para mantener el alquiler del espacio que exigía la alcaldía. Obviamente no recuperé ni la décima parte de la inversión. Nadie quería los quesos. Comí sándwiches de queso manchego durante semanas. Estaba asqueado. Al menos tenía la furgoneta. Intentaría venderla a un precio decente.

Quedé con poco. Había conseguido un nuevo trabajo en la torre Xerox, pero todo el mundo sabe que un trabajo en Caracas no te permite vivir, más cuando has empeñado más de la mitad de tus bienes en unos malditos quesos. Estaba un poco desesperado. Aún no había vendido la furgoneta. Las personas que se comunicaban conmigo, por internet o por Whatsapp, me ofrecían unos precios risibles que a veces, por mero apuro, consideraba. Lo que ganaba de sueldo, que era alto en consideración a un salario mínimo, se me quemaba inmediatamente entre alquiler o un poco de comida.

“Yo conozco al pana de un pana (siempre es el pana de un pana) que podría sacarle jugo a esa furgoneta. No la vendas antes de hablar con él. Pero, eso sí, a mí no me metas en ningún peo”, me dijo un compañero medio misterioso del trabajo. Se veía una persona decente, pero, en cierto modo, solía evitar al resto del personal. No es que fuera alguien antipático, pero tenía como algo oculto. De todas formas, cuando se emborrachaba, soltaba la lengua y pasaba como uno más. A pesar de lo turbio que podía ser, emanaba cierta confianza cuando se le conocía bien.

“¿Aló? Soy Richard Gómez. Un compañero de trabajo me dio este número. No sé si él le ha hablado de mí. Tengo una furgoneta que tenía para un negocio de quesos que fracasó”, le dije al pana del pana. Él me citó en la Flor de Altamira, la panadería que está diagonal a al Clínica el Ávila. Pidió un café con una palmerita pequeña. Miraba muy poco a los ojos. Era moreno y alto. Hablaba bien a pesar de su pinta medio de barriotero. Fue directo. Me dijo que él ayudaba en un grupo de “malas conductas” y que sabía que yo necesitaba dinero. Advirtió mi gesto de incomodidad. Me dijo que él conocía contactos en el instituto de transporte, para poner la furgoneta a nombre de una especie de testaferro. Que yo sólo cobraría y, quizás, tendría que ayudar en una que otra encomienda. No siempre los choferes estaban disponibles. Tardé un par de días en decirle que sí. De todas formas, era un negocio fácil.

Tardé pocas semanas en agarrar la confianza necesaria. El secuestro es un negocio infravalorado. La gente lo asocia a niches que van por ahí como cazadores. No es que no sea cierto, pero también hubimos muchas personas de bien metidas en ese mundo. La prensa daría lo que fuera por tener información real de la gente del gobierno (tanto del chavismo como de la oposición) que tiene “acciones” en el mercado bursátil del rapto y de la extorsión. Es como un mundo paralelo que, dentro de cierto secretismo, existe en Caracas sin que nadie lo vea, sólo los “clientes” y los “emprendedores”.

Recuperé, en poco tiempo, la inversión de los quesos. No me sentía mal. Los pagos y las comisiones eran siempre en dólares y muy pocas veces nos cobrábamos víctimas fatales. Cuando una familia no podía pagar, dejábamos al secuestrado, que generalmente era un chamo medio sifrino, abandonado en un parque por La Lagunita o por El Marqués. Eso sí, se llevaba su buena tanda de coñazos, pero quedaba vivo. No éramos ningunos monstruos. Mi trabajo era siempre el limpio. Manejar la furgoneta, que obviamente tenía otra placa, y listo. Comenzaba a ver bonanza de verdad.

Una mala noche, creo que el mal vino porque alguien nos había sapeado. No sé si fue un vecino o alguien cercano a nosotros. En todas las mafias, hay ciertas pugnas internas que involucran a la policía. Es una suerte de juego sucio. Todo comenzó con una muchacha que agarramos cerca del Centro San Ignacio. Los trámites de siempre. Lloriqueos, pataleos, etc. Polichacao nos emboscó cerca de Sabana Grande. Nos habían venido siguiendo. Hubo intercambio de disparos. Muertos. Fue un rescate tipo de película. Yo conseguí huir. Siempre fui un buen piloto. Me llevé conmigo uno de los maletines. No distinguí, con el estrés, si era de mi trabajo (el de la torre Xerox) o del otro negocio. No sabía si tenía algo adentro. Yo lo único que hacía era pisar el acelerador e hiperventilar.

Llegué a una zona horrible. No me acuerdo si era Gato Negro, Agua Salud o una vaina de ésas. Ya estaba más tranquilo. Los había perdido. Tenía, en mi ropa, parte de la sangre salpicada de uno de mis compañeros (o, dadas las circunstancias, de uno de mis ex compañeros). Aún estaba un poco en shock. Paré la camioneta. Vi a mi alrededor. Un poco de barrios mal iluminados, una música asquerosa al fondo. Comencé a caminar. Dejé atrás la furgoneta perforada. Ya me regresaría en taxi cuando mi corazón volviera a la normalidad. No quería ver a la furgoneta más nunca en mi vida.

“Pero hijo mío, ¿qué te pasó?”, me preguntó, de repente, una señora como de unos setenta años. Tenía un vestidito de flores medio corroído y el cabello gris amarrado con una colita azul. Era cuchísima. Yo le mentí. Le dije que me habían querido secuestrar, que necesitaba ayuda. Ella me recibió en su casa. Su casa no era más que un rancho que no estaba a muchas escaleras colina arriba. Me ofreció agua y un poco de jugo de lechosa. Limpió parte de la sangre de mi camisa con un trapito sucio y me calentó un poquito de sopa Maggi de cubito.

Por una de las puertas, o de esos huecos que hacen de puertas en los ranchos que, generalmente, se abren y se cierran con una cortina, una niñita estaba asomada con curiosidad. Tenía los ojos grandísimos y el pelo chicha. Era, según supe después, nieta de la señora que me había recibido. Le dije “hola”, con ese acento un poco estúpido que utilizamos cuando nos dirigimos a los niños. Ella me respondió y se puso a hablar conmigo. “Vi que mi abuela te limpió sangre de la ropa. ¿Por qué tenías sangre en la ropa?”, me preguntó. Le inventé la misma historia que a la abuela. “Yo tenía dos tíos, y a los dos los mataron. Tenían mucha sangre, como tú”, me dijo.

La niña me mostró su muñeca. Era una muñeca realmente lamentable. Le faltaba un brazo y sus ojos eran como dos cuencas vacías. Podría ser perfectamente digna de adornar el famoso camión creepy de muñecas que deambula por Caracas y que es muy famoso. Pero la niña adoraba a su muñeca. Me dijo que la muñeca había salido embarazada tres veces. En los barrios, salir embarazada es tan fácil como ir a comprar una botella de agua. Como que chasqueas los dedos y ya embarazas a diez personas. La niña se sentó en una sillita. Me dijo que, a pesar de que amaba a su muñeca, quería tener una Barbie, como una de sus amiguitas del liceo. No sé por qué, pero algo me conmovió.

Cuando regresé a mi casa, era como si se hubiese borrado parte del tiempo. Nadie sospechaba nada. La furgoneta había quedado abandonada en Gato Negro (¿o Agua Salud?), pues me regresé en Taxi. Ya alguien se la robaría y cargaría con el muerto de llevarse un vehículo solicitado por secuestro. Igual, nadie pagaría. A esa gente no le importa nada. A mí sólo me quedaba el maletín, que pude rescatar en medio del desconcierto y la adrenalina. Estaba, para mi gran fortuna, repleto de dólares. Eran de una garantía que teníamos allí para cualquier caso. Nunca se sabe cuándo hay que bajarse de la mula para que la Guardia Nacional o la Policía Nacional te den visto bueno para seguir secuestrando. Conté el dinero. Había una muy buena cantidad.

Vendí el dinero y recuperé todo lo que tenía y un poco más. En el trabajo no se habló más nunca del pana del pana. No pude salir mejor librado. Vivo con cierto miedo a que, algún día, alguien venga a cobrarme la deuda. Pero, mientras tanto, no es más que una experiencia que me salvó de tener una mala visión de negocios con respecto a los quesos manchegos. Evidentemente, y con la ayuda del chamo de las encomiendas de la oficina, hice comprar una Barbie nuevecita para la nieta de la señora. (A la señora también le di buenos agasajos). Me imagino a la niña sonriendo con su muñeca nueva, y sonrío yo también. Sólo espero que ésta no salga embarazada.

 

T.M.

Facebook.com/LaCantarida

Relato inspirado en la Novela cuarta de la Jornada segunda de la obra “El Decamerón”, de Giovanni Boccaccio.

 

 

 

Continuidad de los secuestros

El cuerpo era enteco, frágil, encorvado; daba la sensación de ser una galleta a punto de partirse. La palidez monocroma sólo era contrastada por las ojeras moradas sobre las que reposaban unos ojos esquivos y ariscos. El cabello, largo y desarrapado, era de un castaño seco y sin brillo. Patricia reposaba todo el día bajo una manta que le daba cierta imponencia de rey caído, de tirano solitario. No traspasaba, desde hacía meses, las fronteras del apartamento en el que vivía con sus padres.

Las medicaciones no habían surtido efecto, lo que ocurría en aquel extraño mundo era más complejo que cualquier solución química. Los psicólogos se rendían con un suspiro de frustración profesional que aniquilaba cualquier promesa esperanzadora. Los platos que le acercaban, en la mayoría de las ocasiones, se iban tan enteros como cuando llegaban. Los amigos y compañeros dejaron de visitarla, su nombre fue borrado de la lista universitaria. Toda la candidez e inquietud que tuvo alguna vez, hoy no eran más que un recuerdo al que se aferraban, nostálgicos, los de alrededor.

El shock aún estaba vigente desde el momento de la liberación. Los traumatismos y las marcas que presentó cuando fue devuelta a su familia, indicaban un infierno que jamás se atrevió a relatar. Fueron diecisiete días de cautiverio, de incomunicación, de terror. Casi todo objeto casero era capaz de hacerla temblar hasta el colapso. Todo tuvo que ser retirado, sustituido rápidamente.

Las conversaciones casuales con ciertos conocidos, le brindaban una sensación de tranquilidad durante unos minutos. Las fiestas domésticas en las que se resguardaba, sin atreverse a poner un pie fuera del sofá, eran terapias efectivas. A pesar de no existir un progreso palpable, se notaba cierta estabilidad. El inframundo era ajeno durante unos instantes. La vida parecía, cuan menos, tolerable.

 

T.M.

¿Y si la violamos antes?

“¿Y si la violamos antes?”, insistía el más joven de ellos al tiempo en el que su compañero cubría mi cabeza despeinada con un trapo sucio y áspero. “No, ya te dije que no”, fue la réplica.

Ya yo me hallaba serena, con la respiración aún acelerada pero con cierto alivio luctuoso deteniendo la estampida trémula de mis manos amarradas que, terrosas y esqueléticas, lucían las coloridas y opacas marcas tatuadas por las sogas que, aunque presionaban más que nunca, ya me eran indiferentes.

Había cesado la tortura psicológica. Las amenazas, los gritos y los insultos; tan habituales durante todo el cautiverio, ya no emanaban agresivos de las bocas de aquéllos que, con trote costumbrista, realizaban los trámites necesarios para escribir con pólvora el precipitado epílogo de mis días.

No grité, no me provocaba. No pataleé cuando uno de ellos me cargó. No contesté cuando el que me mecía en sus brazos mientras caminaba con mi cuerpo enclenque se quejó por mi desagradable olor. Y pensar que, un mes antes, cuando los conocí en aquel semáforo, me había colocado mi perfume favorito.

Me dejaron caer, las piedritas se anidaban insistentes en mis rodillas. Mi rostro se empapaba de sudor a causa del vaho que flotaba dentro de aquella máscara improvisada. Me arrodillaron y, sin mediar ni una palabra de satisfacción, de hastío o de burla, me convirtieron en una estadística.

J.E. (T.M.)