5 obras de teatro que deben ser leídas (XI)

“Cielos”, de Wajdi Mouawad.

“Cielos”, si somos ortodoxos con las instrucciones de montaje y con las acotaciones del texto, es una obra de difícil puesta en escena. “Cielos”, para una presentación domo debe ser, requiere ciertos aspectos técnicos como proyecciones y efectos de sonido. Está dividida en breves episodios que nos presentan una trama devastadora. “Cielos” es un dardo punzante que refleja el sentir y la frustración de mucha de la juventud de nuestro tiempo, que, muchas veces, no encuentra un suelo sólido sobre el que asentarse. Un grupo de personas tiene la difícil tarea, en total aislamiento, de descrifrar las pistas de un gran ataque terrorista que supuestamente está en proceso de planificación y cuyas claves se hallan en distintos poemas y, quizás, en un cuadro de Tintoretto, clásico pintor manierista. La historia nos lleva y nos trae tanto a la resolución del conflicto como a las relaciones de los invstigadores con sus seres queridos. Es una obra profundamente pesimista que forma parte de la tetralogía “La sangre de las promesas”, obra del mismo autor. Uno de los mensajes descifrados a los autores del ataque refleja un delicado tacto poético: Mirad la sangre: ¿Quién ordena que sea vertida? ¡Los padres, los padres! ¿Quién la vierte? ¡Los hijos, los hijos! Todo hombre que mata aun hombre es un hijo que mata a un hijo”.

 

La ópera de los tres centavos, de Bertolt Brecht.

Esta pieza, sin duda la más famosa del autor (aunque no, por ello, necesariamente la mejor). Se ha representado millares de veces a lo largo y ancho de todo el mundo. Sin duda, el arma más poderosa de esta pieza es la música, compuesta por el genio Kurt Weill, músico colaborador de Brecht en distintas ocasiones. La ópera de los tres centavos es una adaptación un tanto libre de “La ópera del mendigo”, pieza teatral y operística del Siglo XVIII cuya autoría es de John Gay. La historia nos inmiscuye en un Londres empobrecido en donde conoceremos a uno de los personajes más entrañables en la historia del teatro: Mackie el Navaja (Mack the Knife en inglés o Mackie Messer en su versión original, en alemán). Este pícaro, ladrón y asesino, contrae matrimonio con al coqueta Polly, hija del gran administrador de los mendigos de la ciudad. El Señor Peachum, padre de Polly, junto a su esposa, al ver mancillado su honor, se embarcan en una venganza contra Mackie, el cual confía, una vez más, en su suerte. Aunque, quizás esta vez, ésta no le sonreirá tanto. Un diálogo entrañable es el que sostiene el Señor Peachum con Brown, jefe de la policía: “¡Así que considera a nuestros jueces sobornables, Señor Peachum!”. “¡Al contrario, señor Brown, al contrario! Nuestros jueces son absolutamente insobornables: ¡No se les puede comprar con nada para que hagan justicia”.

 

“El mendigo, o el perro muerto”, de Bertolt Brecht.

Esta es una de las obras más cortas de Brecht. Es, más que una obra en sí misma, una pieza de teatro breve. Sin embargo, es una de las más concisas en la bibliografía del autor. Cuenta solamente con dos personajes, ambos contrastan duramente y no pueden ser más disímiles. El primero de ellos es un emperador. El segundo es un mendigo. Ambos sostienen una conversación que contiene mucha filosofía moral. El emperador celebra que ha obtenido un importantísimo triunfo frente a un enemigo. El mendigo se encuentra desconsolado por la pérdida de su perro. Una de las mayores punzadas contra el poder se ve claramente cuando el emperador pregunta al mendigo (sin aún haberle revelado que es el emperador): “¿Qué opinas del emperador?”. Y el mendigo responde: “El emperador no existe; pero el pueblo cree que hay uno y un hombre cree que es él”. 

 

“Madre Coraje y sus hijos”, de Bertolt Brecht.

Sin duda, “Madre Coraje y sus hijos” es una de las obras más emblemáticas del teatro de todos los tiempos. El historiador de teatro español César Oliva la colocó entre las obras con más influencia en la historia del arte escénico. Madre Coraje es una vendedora que va con un carromato lleno de mercancías que va vendiendo en medio de una guerra que, aunque en teoría es la Guerra de los Treinta Años, acaecida en el Siglo XVII, posee muchas referencias y similitudes con las guerras modernas. Un lado de Madre Coraje, en medio de su aventura, no desea que la guerra termine, ya que ésta la beneficia económicamente a ella. Por otro lado, la guerra amenaza con arrebatarle a sus hijos, ya que éstos, directa o indirectamente, participan de ella. Esta paradoja se deja ver en uno de los monólogos más emblemáticos que pronuncia Madre Coraje: “Las victorias y las derrotas de los peces gordos de arriba y las de los de abajo no siempre coinciden, en absoluto. Hay casos incluso en que, para los de abajo, la derrota se ha traducido en un beneficio. Se ha perdido el honor, pero nada más. Recuerdo que una vez, en Livonia, nuestro capitán recibió tal paliza del enemigo que, en la confusión, conseguí un caballo blanco del bagaje, que tiró de mi carro durante siete meses, hasta que vencimos y me lo requisaron. En general se puede decir que a nosotros, la gente corriente, la victoria y la derrota nos salen caras. Lo mejor para nosotros es que la política no se agite mucho”.  

 

“Madre (El drama padre)”, de Enrique Jardiel Poncela.

De todas las obras que escribió Jardiel Poncela, quizás ésta fue la que más desagradó a los críticos, quienes la catalogaron de “inmoral” y de “inverosímil”. De hecho, Jardiel Poncela hace un proemio a “Madre (El drama padre)”, en donde defiende, a capa y espada su comedia. Para empezar, la intención de Jardiel Poncela con esta obra fue dar un sablazo, o arrojar un dardo, a lo que él consideraba dramas sosos y bobos que se presentaban en Madrid. Según Jardiel Poncela, estos dramas (muchas veces tan cursis) eran los que deberían ser considerados realmente inmorales. La trama de “Madre (El drama padre)”, no tiene nada de especial. Es una obra de segunda categoría si la comparamos con piezas del autor como “Las cinco advertencias de Satanás”. Cuatro supuestas cuatrillizas contraerán matrimonio con cuatro supuestos cuatrillizos. El hermano de la supuesta madre de las supuestas cuatrillizas llega para decir que los ocho son hermanos. Y una serie de personajes, que entran y salen, van montando y desmontando estas hipótesis, muchas veces confundiendo al espectador. Aún así, la obra (que es su intención) arranca más de una carcajada, ya que está repleta de chistes realmente ingeniosos. Más que la obra en sí misma, llama mucho la atención la crítica feroz que hace (irónicamente a la crítica) Enrique Jardiel Poncela.

 

Tomás Marín

 

 

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5 obras de teatro que deben ser leídas. (X)

“El caserón de la loca”, de Gloria Fuertes.

Esta obra tiene toques de costumbrismo y de poesía por igual. Recuerda, un poco por el ambiente y por algunos personajes, a “La casa de Bernarda Alba”, quizás la pieza más importante de Federico García Lorca. La protagonista de la trama es Esperanza, una muchacha enloquecida que vive junto a tus hermanas (un poco, también, al estilo de Bernarda Alba). La mayor preocupación de Esperanza es no haber encontrado el amor, pero este hecho, con el estilo magistral y en versos de Gloria Fuertes, jamás llega a ser cursi o empalagoso. Esperanza encuentra el amor (y la cordura) de una manera macabra y trágica, que involucrará, de cierta manera, a todo el pueblo que rodea su florido caserón. Un monólogo precioso es el de la misma Esperanza, quien dice: “La ventana me huele/ a flor de azahar/ y ya no hay tanto llanto por mi delantal./ La mosca baila en el aire/ la mula no quiere arar,/ la mañana está caliente/ y yo sin poder parar./ Esperando aquí sentada/siempre escuchando su voz/ y ya estoy desesperada/ nadie escucha mi canción./ El corazón oprimido/ por esta larga distancia,/ sin un rayito de sol/ donde quemar mi mirada./ Hoy llega la primavera/ y yo no salgo a esperadla,/ seguiré cosiendo sola/ que ese es mi destino, ¡aguarda”.

 

“Los verdes campos del edén”, de Antonio Gala.

Antonio Gala, el autor, definió a “Los verdes campos del Edén” como una redención con sus respectivos y sencillos simbolismos. Es una historia desenfadada. Juan, su protagonista, llega al pueblo de sus abuelos con la intención de morir. El problema es que en el pueblo ya no hay donde morir. Juan, en una especie de travesía, va conociendo a una serie de personajes entrañables y marginados que conviven, entre otros lugares, en el panteón del abuelo de Juan, que es el lugar el que Juan vive ahora. Uno de los aspectos más interesantes de “Los verdes campos del edén” es que contiene guiños a episodios bíblicos interesantes. Además, el final es sombrío, dotando, al final, a la obra, siempre simpática, de un tinte pesimista. Una reflexión interesante es la que hace Luterio, amigo vagabundo de Juan, quien dice: “Pues no, señor. Aquí no hay más enfermedad incurable que la falta de dinero. Incurable, hereditaria y, según los sabios norteamericanos, contagiosa”.

 

“Muerte de un viajante”, de Arthur Miller.

Uno de los aspectos por los que es más conocida la obra teatral “Muerte de un viajante” es por la disolución del individuo dentro de una sociedad que lo desarma. Pero la obra tiene muchísimo más. Podría verse Muerte de un viajante como una obra que sólo tocas problemáticas con respecto a Estados Unidos y a su sueño americano. Pero va mucho más allá. La disolución del individuo frente a la sociedad, al menos en el caso de Willy Loman, el protagonista de la historia, se da porque éste sufre de la enfermedad de la prepotencia, enfermedad que ha heredado a sus hijos, inutilizándolos frente a un mundo en el que es necesario cultivarse. También resulta curioso la cantidad de recursos de saltos temporales que se hacen en la misma, añadiéndole una dinámica que podría considerarse como cinematográfica. Una frase espectacular es la que pronuncia Charley, vecino de Willy sobre un viajante, pero que abarca mucho más que el simple viajante: “(El viajante) es un hombre que no pone tuercas en los tornillos, que no te informa sobre las leyes ni te receta medicinas. Es un hombre que va solo por la vida, sin más recursos que una sonrisa y unos zapatos bien limpios. Y cuando empieza a fallar la reacción a sus sonrisas…. sobreviene un terremoto. Entonces le aparecen un par de manchas en el sombrero, y está acabado… Un viajante tiene que soñar, muchadho. Es un gaje del oficio”. 

 

“Misterio bufo”, de Darío Fo.

Misterio bufo podría considerarse como la obra teatral que permite a su autor ganarse el Premio Nobel de Literatura en el año 1997. Es un híbrido entre una obra (compuesta de pequeñas piezas) de comedia y una obra (tiene partes narrativas que no dejan de ser muy divertidas) didáctica. Su tema central es explicar los misterios bufos y la vida de los juglares del medioevo italiano. Sin embargo, como si de un juglar se tratase, hace denuncias al poder y a favor de los que el autor considera que son los oprimidos. Misterio bufo está repleta de personajes marginales que rondan por las historias de los misterios bíblicos. Un monólogo espectacular, que guarda consigo (al igual que toda la obra) una crítica y una lección increíbles, es el que hace Matazone, el loco, a Jesucristo, cuando éste está agonizando en la cruz: “Yo no soy Dios, ni siquiera profeta: pero me ha contado la paliducha, entre lágrimas, cómo acabará esto. Primero te pondrán todo dorado, todo de oro, de la cabeza a los pies, luego estos clavos de hierro te los harán de plata, las lágrimas se volverán trocitos relucientes de diamante, la sangre que te gotea por todas partes la cambiarán por una sarta de rubíes resplandecientes y todo esto a ti, que te has desgañitado hablándoles de la pobreza. Además, tu cruz dolorosa la pondrán en todas partes; en los escudos, en las banderas de guerra, en las espadas, para matar a la gente como si fueran terneros, matar en tu nombre, tú que has gritado que todos somos hermanos, que no hay que matar. ¿Has tenido ya un Judas? Pues bien, tendrás tantos Judas como hormigas, traicionándote, utilizándote para engañar a los crédulos. Hazme caso, no vale la pena…”.

 

“La mandrágora”, de Nicolás Maquiavelo.

Parece difícil de creer que un analista político y un filósofo como Nicolás Maquiavelo hiciese una comedia tan desenfadada como la Mandrágora. Sin embargo, en la trama de la Mandrágora, simple a simple vista (valga la redundancia) se esconden pequeños fragmentos del pensamiento político del autor. Calímaco, un acomodado treintón florentino siente un profundo deseo por la esposa de un doctor al que nadie respeta por ser considerado un zonzo. Ligurio, un amigo pícaro de Calímaco, urdirá un plan, con la ayuda de un hipócrita y avaro fraile, para conseguir que Calímaco pueda ir a la cama con la esposa del doctor sin que éste presente ninguna oposición y, más aún, apoye la propuesta. Una de las ideas políticas de Maquiavelo la encontramos en uno de los monólogos del Fraile, quien dice: “Dicen bien quienes afirman que las malas compañías llevan a los hombres a la horca, y a menudo se acaba mal, tanto por ser demasiado bueno y condescendiente como por ser demasiado malo. Dios sabe que no pensaba yo en perjudicar a nadie, que estaba en mi celda, decía mis oficios, pasaba el rato con mis feligreses. Y he aquí que ese diablo de Ligurio se planta delante de mí, me hace mojar el dedo en un pecado, en el que he metido yo luego el brazo y todo el cuerpo y no sé aún bien dónde iré a parar. Sin embargo, me consuelo pensando que cuando una cosa interesa a muchos, muchos han de ser los que procuren que llegue a buen fin”.

 

Tomás Marín

 

 

 

Cinco obras de teatro que deben ser leídas (IX)

“Sueño de una noche de verano”, de William Shakespeare.

Dos historias paralelas, aunque entrelazadas, se desarrollan entre los castillos reales y los bosques. Por un lado, Herma, la hija del célebre rey Teseo, está siendo forzada a casarse con Demetrio, un hombre fanfarrón por quien Elena, una de las grandes amigas de Hermia, suspira profundamente de amor, a pesar del constante rechazo de éste. Lisandro, el verdadero amor de Hermia, planea, junto a ésta, una fuga amparada por la noche. Por el otro lado, un grupo aficionado de teatro, compuesto por unos personajes torpes, cómicos y entrañables, está buscando representar, con un presupuesto extremadamente paupérrimo, una gran tragedia griega. Ambas tramas dan un simpático giro cuando, en el bosque, Puck, satírico servidor del rey de las hadas, vierte, en ojos equivocados, una sustancia floral que provoca el amor instantáneo a primera vista. Esta pieza está empapada de diálogos preciosos, uno de ellos es el pronunciado por la inspirada Elena: “Tu honradez es mi escudo; porque para mí no es de noche cuando contemplo tu rostro, y, por tanto, no pienso que estoy en la noche. Ni falta a este bosque un mundo de sociedad, pues para mí eres el mundo entero. ¿Cómo, entonces, puede decirse que estoy sola, cuando todo el mundo está aquí para mirarme?”. Una fantástica reflexión es la pronunciada por Teseo: “El loco, el amante y el poeta son todo imaginación: el uno, el loco, ve más demonios de los que el infierno puede contener; el amante, no menos insensato, ve la belleza de Helena en la frente de una gitana; la mirada del ardiente poeta, en su hermoso delirio, va alternativamente de los cielos a la tierra y de la tierra a los cielos; y como la imaginación produce formas de objetos desconocidos, la pluma del poeta los metamorfosea y les asigna una morada etérea y un nombre. Los caprichos de una imaginación alucinada son tales, que si le ocurre a ésta sentir un acceso de alegría, encarga a un ser de su creación que sea el portador; o si en la noche se forja algún miedo, ¡con cuánta facilidad toma un zarzal por un oso”.

 

“Controversia del toro y el torero”, de Albert Boadella.

Paco, un no muy exitoso y cincuentón torero profesional, agoniza herido por una grave cornada en la pierna. Miguel, un enloquecido personaje que, de tanto ayudar al entrenamiento taurino, confunde y mezcla su personalidad con la de un toro, lo a a visitar. En medio de un ambiente un tanto onírico, en el que el público funde como partícipe, Paco y Miguel debatirán arduamente, entre el delirio, la locura, la cultura y la comparación, sobre los pros y los contras de una actividad tan cuestionada y arraigada en España como lo es el toreo. Esta pieza teatral se nutre mucho del popular libro conocido como “El Cossío”, la enciclopedia taurina más respetada y extensa que se conoce. Un conmovedor monólogo es el que hace Miguel, dentro del papel de Toro: “Uno está tranquilo y extasiado en el campo entre hierbas apetitosas y flores, paciendo lentamente con el reconfortante olor de tus hermanos de especie entre los que te sientes cobijado. De pronto, una tempestad de gritos, golpes y carreras acaba en una caja donde no puedes moverte. Te van zarandeando en la obscuridad y oyes al fondo un rugido de motor. Es un largo viaje sin comer ni beber mientras casi no puedes mantenerte en pie con tanto vaivén y frenazo. Finalmente, te desembarcan a batacazos y alaridos en otro corral obscuro donde hueles restos de excrementos de hermanos tuyos ya sacrificados. Puedes pasar días en estas tinieblas. Al fin, se abre la puerta y entonces crees que por aquel camino volverás al dulce pacer entre encinas, pero no es así. Al mismo tiempo que sientes un pinchazo agudo en la espalda, se abre un portón de luz cegadora desde donde emerge un ruido atronador de voces. Sales disparado en busca del campo y el rebaño añorado pero te encuentras pisando arena y de nuevo encerrado y sin salida. Una multitud de humanos ruge sin cesar y tu corazón late con tal fuerza que la sangre parece que va a reventar los conductos. Luchas para defenderte de tantos enemigos que te impiden retornar a tus parajes. La sangre te ofusca los ojos y embistes ferozmente, no porque seas un sádico, sino para eliminar obstáculos al dulce placer de la manada. Entonces empieza el tormento…”.

 

“La venganza de Don Mendo”, de Pedro Muñoz Seca.

Don Mendo, un enamorado Marqués, se deja llevar a prisión tras un forzado malentendido que busca resguardar el honor de Magdalena, su amor. En prisión, y gracias a una serie de entrañables personajes y amigos, se entera de que la misma Magdalena ha urdido una trampa para sacarlo del camino, ejecutarlo y concretar su boda con el rico Don Pero, protegido del rey y consentido de Don Nuño, padre de la doncella. Escapando de las garras de la muerte, Don Mendo iniciará una vida nueva y planificará una fría y espectacular venganza en la que terminan involucrados todos los personajes. Esta obra, la pieza maestra de Muñoz Seca, se nutre de, prácticamente, la totalidad de los estilos y formas de versos en el idioma castellano”. Un precioso diálogo es el entablado entre Don Mendo y Magdalena tras su reencuentro: “Trovador, soñador, un favor”. “¿Es a mí?” “Sí, señor. Al pasar por aquí, a la luz del albor, he perdido una flor”. “¿Una flor de rubí?” “Aún mejor: un clavel carmesí, trovador. ¿No lo vio?” “No le vi”. “¡Qué dolor! No hay desdicha mayor para mí, que la flor que perdí era signo de amor. Búsquela, y, si al cabo la ve, démela”. “Buscaré, mas no sé si sabré cuál será”. “Lo sabrá, porque al ver la color de la flor pensará, ¿seré yo el clavel carmesí que la dama perdió?” Otro monólogo precioso es el de la malvada Magdalena en el reencuentro con Don Mendo: “¿Has visto cómo la flor, cuando despunta la aurora, abre sus pétalos tiernos buscando luz en las sobras? Pues así mi boca busca el aliento de tu boca… ¿Has visto cómo los ríos buscan el mar con anhelo para darle cuanto llevan porque el mar es su deseo? Pues así mis labios buscan los suspiros de tu pecho… ¿Has visto cómo la luna busca, en el bosque frondoso, un lago de linfa clara donde mirarse a su antojo? Pues así mis ojos buscan el espejo de tus ojos”.

 

“La sirena varada”, de Alejandro Casona.

Ricardo, un excéntrico, despreocupado y joven millonario, se ha retirado, junto a su criado Pedrote, a una apartada casa en la que sueña fundar una república en la que no existan imposibles, donde sean bienvenidas todas las personas que no se hallen atadas por los lazos de la cordura. A su proyecto se ha sumado un pintor, que se ha vendado los ojos para inventar colores nuevos; y un “fantasma” (que venía incluido en la casa.). La llegada de una supuesta sirena, que entra trepando por la ventana, y de Florín, médico y tío de Ricardo, pondrán en balanza todas las fantasías del lugar y harán un análisis con respecto a la posibilidad de renunciar al mundo y vivir de las fantasías. Un entrañable diálogo es el que tienen Ricardo y la Sirena: “Cuando yo vuelva al mar, iremos juntos. ¿No me quieres tú? Pues juntos. Es otra vida aquella, más azul y mejor que la del monte. Ya verás. ¿No vendrás conmigo?” “No sé”. “¿No tienes fe en mí?” “Sí”. “Entonces, vendrás. ¿No habías de venir? El fondo del mar es como el monte, Dick; igual que el monte, con el cielo más bajo. ¡Verás qué felices somos allá! Tendremos una casita en lo más hondo, con tiestos en las ventanas y un palomar de delfines. Y las noches claras saldremos a ver los barcos que pasan por arriba moliendo, con la hélice, las estrellas. ¿No vendrías, Ricardo?”. 

 

“Muerte accidental de un anarquista”, de Darío Fo

La obra teatral comienza con un curioso prólogo que nos explica que los sucesos que vamos a ver sobre el escenario están basados en sucesos reales. Estos sucesos tuvieron lugar en la ciudad de Nueva York. Un anarquista, en medio de un interrogatorio policial, cayó misteriosamente por la ventana. El casi fue archivado como un accidente, aunque todo indica lo contrario. La obra traslada los mismos sucesos a la ciudad de Milán de los años 70 (en que fue escrita la obra) Un loco, con problemas de histriomanía (no puede dejar de interpretar diversos personajes) se hace pasar por un importante juez y, engañando a todo el cuerpo de policía, reabre el caso de la muerte “accidental” de aquel anarquista. La comedia de Fo, muchas veces hija del teatro del absurdo, nos revelará una muy profunda sensibilidad social, haciendo punzantes comentarios hacia la injusticia y el muchas veces absurdo proceder de la ley.

 

Tomás Marín

 

 

 

 

 

La obra de teatro de los 27 segundos.

Ella:
¿Tú te piensas que soy tonta?
¿Crees que no me doy cuenta
que en tus ojos hay un amor
que brilla y que centellea?

Que domina tu corazón,
que lo subyuga y lo incendia.
Que hace flamas de una chispa,
como un pedazo de yesca.

Él:
Hoy te amo, lo admito,
pero no sabré mañana.
Si algo enseña la vida
es que lo eterno no es nada.

El amor que hoy nos duele,
que nos hiere con su lanza,
se convierte en el soplido
de una ventisca que pasa.

Tomás Marín.

El cabello del doctor (o cómo sobrevivir a un linchamiento)

En Pinto Salinas, una de las barriadas más singulares del planeta, se conserva un mechón de cabello de José Gregorio Hernández, médico venezolano ilustre al que se le atribuyen poderes milagrosos. José Gregorio, luego de estudiar mucho y dedicar su vida al cuidado y la atención de los más pobres, murió arrollado por un coche en un curioso accidente. Su imagen, con el pasar de los años, se ha idolatrado y sus estampas y figurillas son veneradas tanto por creyentes cristianos como por personas asociadas a las prácticas de magia negra y brujería.

El mechón de cabello en cuestión, tiene casi cien años de antigüedad. Aún mantiene su color negro. Reposa en una capilla improvisada donde se pueden tocar algunos filamentos. Cada día, sobre todo los fines de semana, cientos (y en ocasiones, hasta miles) de personas, se acercan a la pequeña capilla y se amontonan en fila o en tumultos para tocar el mechón de cabello, pedirle favores y agradecerle por buenas venturas. Es una de las manifestaciones más autóctonas de Pinto Salinas. Infinidad de enfermos, de paralíticos y hasta de convalecientes aseguran que , luego de tocar los cabellos, se han librado de sus males y de sus dolencias.

Pepe, Manuel y yo llevamos varios años a la cabeza de un pequeño grupo de teatro itinerante. Nuestras actuaciones siempre se han caracterizado por utilizar la sátira y la iconoclasia. Nunca fuimos personas creyentes. Nuestros números eran cotizados en ferias de distintos pueblos españoles y generaban risas entre los espectadores, a veces muchos, a veces, pocos. Nunca fue cosa que nos interesara mucho. Lo hacíamos simplemente por divertirnos, y por ganar algunas monedas. La vida de juglar es realmente muy agradable.

Por intercambios culturales que no vienen al caso, nos tocó actuar durante dos semanas en Venezuela, en el marco de un festival de las artes organizado por el gobierno del, para ese entonces, recién electo presidente Nicolás Maduro. Nosotros acudimos encantados. Siempre simpatizamos con propuestas políticas, económicas o sociales que le planten cara al sistema capitalista. Nos habían preparado varios escenarios en distintos lugares. Algunos de ellos realmente pobres y descascados. De todos modos, no precisamos mucho para nuestros performances.

Tras terminar nuestra rutina en un sitio que, si mal no recuerdo, se llamaba La Hoyada, se nos acercó un candorosa chica de piel morena. Nos felicitó por nuestra actuación. Nos invitó a unas “Polar” (que es la cerveza por antonomasia de Venezuela y, honestamente, una de las mejores que he probado en mi vida). Estuvo charlando con nosotros hasta altas horas de la noche en uno de los pocos bares abiertos que había allí. Terminamos siendo buenos amigos. Algunos venezolanos son personas realmente generosas y encantadoras. La chica nos dijo que administraba un diminutísimo proyecto cultural teatral circense en la barriada de Pinto Salinas, donde vivía. Nos sugirió la idea, casi como un favor, de hacer una actuación allí, para los vecinos. Nos advirtió de que no habría dinero para pagarnos. La economía, tengo entendido, no estaba en su mejor momento. Nosotros aceptamos encantados. Aún faltaban tres días para nuestro regreso a España.

En Pinto Salinas, en una suerte de callejuela, improvisaron un pequeño tablado con cajas viejas de madera y cajas plásticas de cerveza. Los espectadores, vestidos todos con ropas casi deshilachadas, se sentaron a nuestro alrededor. Obtuvimos pocas risas, pocos aplausos. Sentí que ha sido una de las peores actuaciones de nuestra carrera (por llamarlo carrera). Era como si la gente no entendiese lo que hacíamos. Estaban como enfocados en otras cosas, en otros miedos, en otras preocupaciones. Nos bajamos un tanto decepcionados. La chica, la amiga que nos había invitado, nos llevó a comer algo para pasar el “despecho”.

Allí fue que vi por primera vez a la gente amontonada alrededor de la pequeña capilla. Muchos se empujaban, gritaban y se insultaban. Un joven, con una muleta, afirmaba que estaba más sano que un roble. No nos costó mucho enterarnos de toda la historia que giraba alrededor de la parafernalia. Nuestra amiga nos explicó, con lujo de detalles, lo que ya he reseñado arriba. Pinto Salinas es una barriada de gente muy devota, muy fanática. Nos picó, de todas formas, por más que fuésemos iconoclastas, el gusanillo de la curiosidad. Quisimos ver el famoso mechón de pelo que convocaba más público que todas nuestras actuaciones juntas.

Entrar a la pequeña capilla era prácticamente imposible. La marea de gente parecía que crecía cada minuto. De nada serviría decir que éramos extranjeros, que éramos turistas o que éramos invitados. Manuel, quizás el más irreverente y arriesgado de nosotros tres, tuvo una idea que, en ese momento, nos pareció fantástica. Era tan poca la gente que nos había ido a ver en la tarima, que nadie nos conocía. Dijo que fingiría estar tullido y necesitado. Su acento español jugaría a su favor e inventaría que había viajado desde Madrid exclusivamente para tocar el mechón de cabello del doctor José Gregorio Hernández. Era un plan infalible. Fantástico.

En unos pocos segundos, Manuel parecía un auténtico menesteroso. Se había encorvado de tal forma que era imposible pensar que estaba actuando. A nuestra amiga, que se reía, le parecía algo divertido. Ella nunca había sido ni muy devota ni muy fiel. Una jugarreta. Una pequeña inocentada a una barriada tranquila. Además. así tendríamos acceso V.I.P. para ver “el milagro”. Pepe y yo tomamos a Manuel entre los dos. Él, supuestamente, no podía ni caminar. Al contar nuestra coartada, la gente, con la mirada conmovida al ver a Manuel, rápidamente nos abrió paso. El plan había funcionado perfectamente.

Luego de tocar el cabello, Manuel, poco a poco, fue estirando los dedos y las piernas. Con torpeza pero con una maestría actoral, poco a poco fue caminando. La gente comenzó a dar gritos de júbilo, a aplaudir, a llorar. Manuel, rebalsando un poco el vaso gota a gota, dio un discurso de agradecimiento. Algunas señoras lo abrazaron y lo besaron. Los vecinos estaban realmente conmovidos. Llegó mucha más gente que se amontonó, con más frenesí que nunca, para ver y tocar la reliquia más valiosa, más simbólica y más milagrosa del lugar.

Alguien, nunca supe quién fue (de todos modos, allí sólo conocía a una persona), delató a Manuel. Afirmó que, apenas unos minutos antes, lo había visto “hacer el ridículo como un pajúo” en un escenario improvisado en una calleja de Pinto Salinas. Dijo que nunca había estado tullido, ni enfermo ni necesitado. Que todo lo que había hecho lo había hecho para burlarse de la barriada, de la gente, de los vecinos y, lo más imperdonable de todo, de la memoria del Doctor José Gregorio Hernández. Poco a poco, el vocerío fue extendiéndose. Algunas personas comenzaban a mirar de reojo y con desprecio hacia nuestra dirección, sobre todo a Manuel. Comencé a ponerme nervioso. Tuve un presentimiento terrible.

“¿Te parece divertido, gallego hijo de puta?”, increpó un muchacho moreno, con cicatrices en la cara, a Manuel. Un coro de señoras mayores y de señores de mediana edad respaldaron el insulto. La violencia y la agresividad iban en aumento. Pepe y yo tuvimos la “fortuna” de pasar desapercibidos (por llamarlo de alguna manera). La capillita, de repente, se quedó prácticamente vacía. Todos los vecinos hicieron un semicírculo a nuestro alrededor, cerrado por una pared que tenía, casualmente, el rostro y el nombre del doctor José Gregorio Hernández hecho a Grafiti.

Vino el primer empujón. Vino el primer golpe. Luego el segundo golpe. Luego el tercer golpe. Yo me sentí en una representación tercermundista de un auto de fe, sólo que éste ni siquiera tenía reglas. Luego me enteré de que, en Venezuela, a eso lo llaman “cayapa”, el ataque, entre varias personas, a otra que está indefensa. Vino un bastonazo. Luego un intento de cuchillada. Otro empujón. Manuel cayó al suelo. Intentaba defenderse cubriendo su rostro, como podía, con sus antebrazos y sus piernas, en una especie de posición fetal. Su sienes y su nariz comenzaban a sangrar. Cada vez que pedía disculpas, la gente se enardecía más. Yo estaba tan nervioso que sentí náuseas. Si Pepe o yo corríamos a ayudarlo, o interferíamos de alguna manera, posiblemente correríamos la misma suerte. Una señora, aterrorizada, pedía a gritos que llegara la policía, pero la policía no llegaba, de hecho, jamás la había visto desde que habíamos llegado a Venezuela.

“Desnúdalo. Préndele candela. Métele un palo por el culo”, gritaba un señor enfiurecido, con una voz que, a fuerza de elevarse tanto, se hacía gutural y se quebraba. Algunas personas intentaban arrancar los ropajes de Manuel, quien seguía retorciéndose por el suelo con los golpes. Pepe y yo no sabíamos si llorar o correr. Sentíamos que cualquier movimiento nos delataría, que era cuestión de tiempo para que otra persona nos reconociera y gritara que nosotros éramos compañeros y cómplices del traidor. Por fortuna, muchos pensaban que, al haberlo cargado hacia el mechón de cabello, éramos un par de ingenuos más.

Un chico llegó con un envase lleno de gasolina y comenzó a rociarlo sobre Manuel. Venezuela es un país en el que la edad media sigue viva, sólo  que un poco menos civilizada. Me sentí un personaje de Stevenson intentado liberarse de una tribu de salvajes, de inhumanos, de sanguinarios. Los niños disfrutaban con el espectáculo, se reían con mala intención. Algunas chicas, con sus móviles, grababan todo en medio de carcajadas. Por fortuna, la policía llegó y, a fuerza de palazos, de gritos y de amenazas, disolvió el linchamiento. Manuel, bastante herido, fue trasladado, junto a nosotros, en la misma unidad hasta un hospital cercano (el más destartalado y sucio que he observado en mi vida). Tardamos varias horas en pasar el shock.

Regresamos a España. El gobierno venezolano jamás volvió a comunicarse con nosotros. Nunca nos preguntó si habíamos llegado bien, qué nos había pasado. Es como si, ante cualquier situación que pudiese perjudicarles, se silenciaran. Tardamos varios meses, mientras Manuel se recuperaba, en volver a actuar. Pero el tiempo es noble. El cuerpo también. Las heridas fueron sanando, aunque dejaron cicatrices y traumas que difícilmente se nos podrán borrar. Llegamos incluso a preguntarnos si valía la pena seguir en este mundo artístico, si no era momento de buscar un trabajo más estable que cerrara toda la posibilidad de regresar a Venezuela. Unos meses después, la chica que nos había invitado a las cervezas y a su barriada de Pinto Salinas, me escribió al Whatsapp. Sólo dijo, junto a una carita triste, “tú te lo buscaste”. No tuve ni ánimos ni ganas de responderle. A pesar de todo, retomamos el camino de los escenarios. Hacer teatro nos hace felices. Hemos madurado. Caracas, a pesar de todo, nos hizo madurar.

A veces hemos pensado en llevar esta curiosa (y casi fatídica) historia a las tablas. Hacer una representación sobre nuestros curiosos días en Venezuela. Miguel pareciera que ya ha superado todo. A excepción de unas pocas marcas que se ven de cerca, está como nuevo. Aún, en ocasiones, es el que más se lo piensa dos veces antes de cuestionar las creencias y las idolatrías de la gente, sobre todo en un lugar sin ningún tipo de ley ni de orden, sobre todo en la Latinoamérica fanática e intolerante que, cuando está de buenas contigo, es un lugar entrañable, cándido y fantástico. Pero, cuando está de malas, tiene los colmillos más filosos que alguna persona pudiese imaginar.

Seguimos siendo iconoclastas, aunque con un poco más de cautela. De vez en cuando, seguimos recibiendo invitaciones a actuaciones en países que desconocemos, aunque procuramos no improvisar tanto como lo podríamos hacer aquí. Mientras más desapercibidos pasemos, creemos que es mejor. Por fortuna, la anécdota en Caracas no tuvo una repercusión mediática que nos hiciera ver en todos lados como unos prepotentes intolerantes y sátiros. Es, quizás, la ventaja de que un gobierno tenga censurados y controlados prácticamente a todos los medios. Es un poco al estilo de “Lo que pasa en Venezuela, se queda en Venezuela”. Para la próxima vez que nos toque volver a tierras tan hostiles, hemos pensado en encomendarnos a lo que sea. Incluso al cabello del doctor José Gregorio Hernández que, en aquella ocasión, no nos ayudó mucho que digamos.

 

T.M.

Facebook.com/LaCantarida

Relato inspirado en la Novela primera de la Jornada segunda de la obra “El Decamerón”, de Giovanni Boccaccio.

 

Cinco obras de teatro que deben ser leídas (VIII)

“Los gemelos”, de Plauto.

Comienza con un divertido prólogo que ubica el lugar y las circunstancias de la historia al mismo tiempo en el que se afinca en dos hermanos tan parecidos que “ni su nodriza ni su madre eran capaces de distinguirlos”. Menechmo, un joven picaresco y aventurero, acompañado por su dicharachero esclavo, ha recorrido un sinfín de islas con el fin de buscar a su hermano gemelo quien, a los siete años, luego de perderse, fue acogido por un rico comerciante. Por otro lado vemos cómo Menechmo (ambos se llaman igual), su hermano, disfruta una vida acomodada en la que convergen su esposa, su amante y su “parásito”. Las apariciones y desapariciones casuales de los personajes generan malos entendidos que, con un lenguaje desenfadado, juegan con la parcialidad frente al lector/espectador, quien cuenta con la ventaja de conocer ambos lados de la “contienda”. Entre la reflexión y la hilaridad está el primer diálogo del II Acto, entre Menechmo y su esclavo: “No hay mayor satisfacción para un navegante, Mesenión, que ver a lo lejos, desde alta mar, la tierra. Así es mi experiencia”. “Pues es aún mayor, lo diré sin repulgos, cuando, al llegar a tierra, ves que es la tuya”.

 

“La casa de Bernarda Alba”, de Federico García Lorca.

En una tradicional y rural casa de pueblo español, sometida a los caprichos de la canícula veraniega, Bernarda Alba y sus hijas guardan un luto inmaculado a raíz de la reciente muerte del esposo de la primera. El bastón de mando de Bernarda, matriarca incuestionable de la familia, ha construido, mediante la represión y las amonestaciones, un hermetismo que, prácticamente, aísla a quienes viven dentro de las cuatro paredes. Las apariciones de un enigmático (e irresponsable) joven, al que llaman Pepe el Romano, abrirá los surcos de la rebeldía en busca de la libertad y de la felicidad, que contradirán, en enfrentamiento, a las vetustas reglas que imperan, vigiladas por Bernarda, en el hogar. El argumento, cargado de simbolismos poéticos y hasta de ciertas imágenes surrealistas, se plantea, repetidas veces, la resignación de la mujer en una sociedad anquilosada y machista. Un ejemplo de esto es la conversación entre Bernarda y Angustias, su hija mayor y prometida de Pepe: “Yo lo encuentro distraído. Me habla siempre como pensando en otra cosa. Si le pregunto qué le pasa, me contesta: «Los hombres tenemos nuestras preocupaciones». “No le debes preguntar. Y cuando te cases, menos. Habla si él habla y míralo cuando te mire. Así no tendrás disgustos”. “Yo creo, madre, que él me oculta muchas cosas”. “No procures descubrirlas, no le preguntes y, desde luego, que no te vea llorar jamás”. “Debía estar contenta y no lo estoy”. “Eso es lo mismo”. Otra frase que ejemplifica el disimulo y la displicencia ante las duras circunstancias, es pronunciada por Poncia, empleada de Bernarda: “Cuando una no puede con el mar, lo más fácil es volver las espaldas para no verlo”. 

 

“Al fin, mujer”, de Jacinto Benavente.

Elena, ex actriz teatral de mediana edad, es una astuta aspirante a marquesa con un pasado “vergonzoso” que pretende ocultar a toda costa; a veces, además, le cuesta distinguir entre el escenario y la realidad. Rafael, arquitecto e hijo de Elena, es pareja de Eulalia, una candorosa muchacha que ha vivido una vida muy similar a la de la madre de éste. Un invaluable collar de perlas, cuyo origen está ligado, nada más y nada menos, a Isabel de Farnesio, es disputado por los miembros, consanguíneos y políticos, de la familia. El apego a la honestidad y la sinceridad hacia los caminos de la verdadera alegría son la base de esta obra en cuyos personajes se revela una interesantísima y fecunda secuencia de aforismos. Un ejemplo viene de una queja (quizás errónea) de Elena: “Mi esperanza es que no ponga su voluntad en el primer amor, que si nos parece que siempre ha de ser eterno cuando llega, es el que más nos hace reír cuando ha pasado”. Otras dos intervenciones maravillosas vienen de mano del Marqués, quizás el más sabio de quienes comparten la trama; una referente al poder monetario: “Sí… El dinero, cuando no se tiene, es lo principal. Cuando se tiene todo lo que hace falta, pasa a ser un accesorio. Con dinero podemos permitirnos hasta ese lujo: el de despreciarlo”. Y la última, que cierra y es epítome de la pieza: “Por ser bueno… no se debe ser nunca desgraciado. Sería una inmoralidad”. 

 

“Edipo Rey”, de Sófocles.

La adaptación del mito de Edipo por parte de Sófocles es, sin duda alguna, la tragedia griega más afamada que ha pasado a la historia. Ha sido punto de llegada y punto de partida para distintas ramas del conocimiento. No en vano, por tomar un ejemplo, el prestigioso psicólogo Sigmund Freud hablaba del “Complejo de Edipo”. Luego de resolver un complejo acertijo, Edipo se convierte en rey de Tebas, ciudad a la que salva y la cual está profundamente agradecida. Con el pasar del tiempo, una peste misteriosa, más como una maldición, sacude al lugar sin que nadie adivine la causa. Edipo, gracias a conversaciones y casualidades, irá descubriendo que no hay otro culplable, sino él mismo. Más allá de la trama en sí misma, Edipo Rey representa la caída en desgracia de la prepotencia y de la burla, pues Edipo, confianzudo, testarudo y seguro de sí mismo, se burlaba repetidamente del sabio Tiresias, quien le advertía acerca de su desdichado porvenir. Un momento enternecedor viene de un crudo lamento del monarca caído en desgracia: “Vamos, atreveos a tocar a un hombre que sufre. Confiad en mí, no temáis, que mis males son para mí solo, no para que los soporte otro”. Otro texto destacable, enigmático y aleccionador es la última participación, casi profética, del Coro: “…Nunca consideréis dichoso a ningún mortal hasta ver su último día, hasta que no llegue el fin de su vida sin haber padecido sufrimiento”.

 

“La pecera y el mar”, de Jaime Salom.

Ésta es una simpática obra doble. Por un lado, “La pecera” muestra a dos simpáticos personajes que, bajo el agua, caen en cuenta de que, pronto, se convertirán en seres humanos, lo cual hace que inicien un proceso de autodescubrimiento en relación a la compleja forma de actuar de la humanidad, con la cual, pronto, se codearán. Por el otro lado, está “…y el mar”, en donde dos señores descubren, con cierto terror, que se hallan en un paraíso tropical que uno de ellos, recién llegado y pícaro, no soporta, por lo que tratará de enseñarle a su compañero, las “bondades” del mundo exterior.

 

Tomás Marín.