La obra de teatro de los 27 segundos.

Ella:
¿Tú te piensas que soy tonta?
¿Crees que no me doy cuenta
que en tus ojos hay un amor
que brilla y que centellea?

Que domina tu corazón,
que lo subyuga y lo incendia.
Que hace flamas de una chispa,
como un pedazo de yesca.

Él:
Hoy te amo, lo admito,
pero no sabré mañana.
Si algo enseña la vida
es que lo eterno no es nada.

El amor que hoy nos duele,
que nos hiere con su lanza,
se convierte en el soplido
de una ventisca que pasa.

Tomás Marín.

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El cabello del doctor (o cómo sobrevivir a un linchamiento)

En Pinto Salinas, una de las barriadas más singulares del planeta, se conserva un mechón de cabello de José Gregorio Hernández, médico venezolano ilustre al que se le atribuyen poderes milagrosos. José Gregorio, luego de estudiar mucho y dedicar su vida al cuidado y la atención de los más pobres, murió arrollado por un coche en un curioso accidente. Su imagen, con el pasar de los años, se ha idolatrado y sus estampas y figurillas son veneradas tanto por creyentes cristianos como por personas asociadas a las prácticas de magia negra y brujería.

El mechón de cabello en cuestión, tiene casi cien años de antigüedad. Aún mantiene su color negro. Reposa en una capilla improvisada donde se pueden tocar algunos filamentos. Cada día, sobre todo los fines de semana, cientos (y en ocasiones, hasta miles) de personas, se acercan a la pequeña capilla y se amontonan en fila o en tumultos para tocar el mechón de cabello, pedirle favores y agradecerle por buenas venturas. Es una de las manifestaciones más autóctonas de Pinto Salinas. Infinidad de enfermos, de paralíticos y hasta de convalecientes aseguran que , luego de tocar los cabellos, se han librado de sus males y de sus dolencias.

Pepe, Manuel y yo llevamos varios años a la cabeza de un pequeño grupo de teatro itinerante. Nuestras actuaciones siempre se han caracterizado por utilizar la sátira y la iconoclasia. Nunca fuimos personas creyentes. Nuestros números eran cotizados en ferias de distintos pueblos españoles y generaban risas entre los espectadores, a veces muchos, a veces, pocos. Nunca fue cosa que nos interesara mucho. Lo hacíamos simplemente por divertirnos, y por ganar algunas monedas. La vida de juglar es realmente muy agradable.

Por intercambios culturales que no vienen al caso, nos tocó actuar durante dos semanas en Venezuela, en el marco de un festival de las artes organizado por el gobierno del, para ese entonces, recién electo presidente Nicolás Maduro. Nosotros acudimos encantados. Siempre simpatizamos con propuestas políticas, económicas o sociales que le planten cara al sistema capitalista. Nos habían preparado varios escenarios en distintos lugares. Algunos de ellos realmente pobres y descascados. De todos modos, no precisamos mucho para nuestros performances.

Tras terminar nuestra rutina en un sitio que, si mal no recuerdo, se llamaba La Hoyada, se nos acercó un candorosa chica de piel morena. Nos felicitó por nuestra actuación. Nos invitó a unas “Polar” (que es la cerveza por antonomasia de Venezuela y, honestamente, una de las mejores que he probado en mi vida). Estuvo charlando con nosotros hasta altas horas de la noche en uno de los pocos bares abiertos que había allí. Terminamos siendo buenos amigos. Algunos venezolanos son personas realmente generosas y encantadoras. La chica nos dijo que administraba un diminutísimo proyecto cultural teatral circense en la barriada de Pinto Salinas, donde vivía. Nos sugirió la idea, casi como un favor, de hacer una actuación allí, para los vecinos. Nos advirtió de que no habría dinero para pagarnos. La economía, tengo entendido, no estaba en su mejor momento. Nosotros aceptamos encantados. Aún faltaban tres días para nuestro regreso a España.

En Pinto Salinas, en una suerte de callejuela, improvisaron un pequeño tablado con cajas viejas de madera y cajas plásticas de cerveza. Los espectadores, vestidos todos con ropas casi deshilachadas, se sentaron a nuestro alrededor. Obtuvimos pocas risas, pocos aplausos. Sentí que ha sido una de las peores actuaciones de nuestra carrera (por llamarlo carrera). Era como si la gente no entendiese lo que hacíamos. Estaban como enfocados en otras cosas, en otros miedos, en otras preocupaciones. Nos bajamos un tanto decepcionados. La chica, la amiga que nos había invitado, nos llevó a comer algo para pasar el “despecho”.

Allí fue que vi por primera vez a la gente amontonada alrededor de la pequeña capilla. Muchos se empujaban, gritaban y se insultaban. Un joven, con una muleta, afirmaba que estaba más sano que un roble. No nos costó mucho enterarnos de toda la historia que giraba alrededor de la parafernalia. Nuestra amiga nos explicó, con lujo de detalles, lo que ya he reseñado arriba. Pinto Salinas es una barriada de gente muy devota, muy fanática. Nos picó, de todas formas, por más que fuésemos iconoclastas, el gusanillo de la curiosidad. Quisimos ver el famoso mechón de pelo que convocaba más público que todas nuestras actuaciones juntas.

Entrar a la pequeña capilla era prácticamente imposible. La marea de gente parecía que crecía cada minuto. De nada serviría decir que éramos extranjeros, que éramos turistas o que éramos invitados. Manuel, quizás el más irreverente y arriesgado de nosotros tres, tuvo una idea que, en ese momento, nos pareció fantástica. Era tan poca la gente que nos había ido a ver en la tarima, que nadie nos conocía. Dijo que fingiría estar tullido y necesitado. Su acento español jugaría a su favor e inventaría que había viajado desde Madrid exclusivamente para tocar el mechón de cabello del doctor José Gregorio Hernández. Era un plan infalible. Fantástico.

En unos pocos segundos, Manuel parecía un auténtico menesteroso. Se había encorvado de tal forma que era imposible pensar que estaba actuando. A nuestra amiga, que se reía, le parecía algo divertido. Ella nunca había sido ni muy devota ni muy fiel. Una jugarreta. Una pequeña inocentada a una barriada tranquila. Además. así tendríamos acceso V.I.P. para ver “el milagro”. Pepe y yo tomamos a Manuel entre los dos. Él, supuestamente, no podía ni caminar. Al contar nuestra coartada, la gente, con la mirada conmovida al ver a Manuel, rápidamente nos abrió paso. El plan había funcionado perfectamente.

Luego de tocar el cabello, Manuel, poco a poco, fue estirando los dedos y las piernas. Con torpeza pero con una maestría actoral, poco a poco fue caminando. La gente comenzó a dar gritos de júbilo, a aplaudir, a llorar. Manuel, rebalsando un poco el vaso gota a gota, dio un discurso de agradecimiento. Algunas señoras lo abrazaron y lo besaron. Los vecinos estaban realmente conmovidos. Llegó mucha más gente que se amontonó, con más frenesí que nunca, para ver y tocar la reliquia más valiosa, más simbólica y más milagrosa del lugar.

Alguien, nunca supe quién fue (de todos modos, allí sólo conocía a una persona), delató a Manuel. Afirmó que, apenas unos minutos antes, lo había visto “hacer el ridículo como un pajúo” en un escenario improvisado en una calleja de Pinto Salinas. Dijo que nunca había estado tullido, ni enfermo ni necesitado. Que todo lo que había hecho lo había hecho para burlarse de la barriada, de la gente, de los vecinos y, lo más imperdonable de todo, de la memoria del Doctor José Gregorio Hernández. Poco a poco, el vocerío fue extendiéndose. Algunas personas comenzaban a mirar de reojo y con desprecio hacia nuestra dirección, sobre todo a Manuel. Comencé a ponerme nervioso. Tuve un presentimiento terrible.

“¿Te parece divertido, gallego hijo de puta?”, increpó un muchacho moreno, con cicatrices en la cara, a Manuel. Un coro de señoras mayores y de señores de mediana edad respaldaron el insulto. La violencia y la agresividad iban en aumento. Pepe y yo tuvimos la “fortuna” de pasar desapercibidos (por llamarlo de alguna manera). La capillita, de repente, se quedó prácticamente vacía. Todos los vecinos hicieron un semicírculo a nuestro alrededor, cerrado por una pared que tenía, casualmente, el rostro y el nombre del doctor José Gregorio Hernández hecho a Grafiti.

Vino el primer empujón. Vino el primer golpe. Luego el segundo golpe. Luego el tercer golpe. Yo me sentí en una representación tercermundista de un auto de fe, sólo que éste ni siquiera tenía reglas. Luego me enteré de que, en Venezuela, a eso lo llaman “cayapa”, el ataque, entre varias personas, a otra que está indefensa. Vino un bastonazo. Luego un intento de cuchillada. Otro empujón. Manuel cayó al suelo. Intentaba defenderse cubriendo su rostro, como podía, con sus antebrazos y sus piernas, en una especie de posición fetal. Su sienes y su nariz comenzaban a sangrar. Cada vez que pedía disculpas, la gente se enardecía más. Yo estaba tan nervioso que sentí náuseas. Si Pepe o yo corríamos a ayudarlo, o interferíamos de alguna manera, posiblemente correríamos la misma suerte. Una señora, aterrorizada, pedía a gritos que llegara la policía, pero la policía no llegaba, de hecho, jamás la había visto desde que habíamos llegado a Venezuela.

“Desnúdalo. Préndele candela. Métele un palo por el culo”, gritaba un señor enfiurecido, con una voz que, a fuerza de elevarse tanto, se hacía gutural y se quebraba. Algunas personas intentaban arrancar los ropajes de Manuel, quien seguía retorciéndose por el suelo con los golpes. Pepe y yo no sabíamos si llorar o correr. Sentíamos que cualquier movimiento nos delataría, que era cuestión de tiempo para que otra persona nos reconociera y gritara que nosotros éramos compañeros y cómplices del traidor. Por fortuna, muchos pensaban que, al haberlo cargado hacia el mechón de cabello, éramos un par de ingenuos más.

Un chico llegó con un envase lleno de gasolina y comenzó a rociarlo sobre Manuel. Venezuela es un país en el que la edad media sigue viva, sólo  que un poco menos civilizada. Me sentí un personaje de Stevenson intentado liberarse de una tribu de salvajes, de inhumanos, de sanguinarios. Los niños disfrutaban con el espectáculo, se reían con mala intención. Algunas chicas, con sus móviles, grababan todo en medio de carcajadas. Por fortuna, la policía llegó y, a fuerza de palazos, de gritos y de amenazas, disolvió el linchamiento. Manuel, bastante herido, fue trasladado, junto a nosotros, en la misma unidad hasta un hospital cercano (el más destartalado y sucio que he observado en mi vida). Tardamos varias horas en pasar el shock.

Regresamos a España. El gobierno venezolano jamás volvió a comunicarse con nosotros. Nunca nos preguntó si habíamos llegado bien, qué nos había pasado. Es como si, ante cualquier situación que pudiese perjudicarles, se silenciaran. Tardamos varios meses, mientras Manuel se recuperaba, en volver a actuar. Pero el tiempo es noble. El cuerpo también. Las heridas fueron sanando, aunque dejaron cicatrices y traumas que difícilmente se nos podrán borrar. Llegamos incluso a preguntarnos si valía la pena seguir en este mundo artístico, si no era momento de buscar un trabajo más estable que cerrara toda la posibilidad de regresar a Venezuela. Unos meses después, la chica que nos había invitado a las cervezas y a su barriada de Pinto Salinas, me escribió al Whatsapp. Sólo dijo, junto a una carita triste, “tú te lo buscaste”. No tuve ni ánimos ni ganas de responderle. A pesar de todo, retomamos el camino de los escenarios. Hacer teatro nos hace felices. Hemos madurado. Caracas, a pesar de todo, nos hizo madurar.

A veces hemos pensado en llevar esta curiosa (y casi fatídica) historia a las tablas. Hacer una representación sobre nuestros curiosos días en Venezuela. Miguel pareciera que ya ha superado todo. A excepción de unas pocas marcas que se ven de cerca, está como nuevo. Aún, en ocasiones, es el que más se lo piensa dos veces antes de cuestionar las creencias y las idolatrías de la gente, sobre todo en un lugar sin ningún tipo de ley ni de orden, sobre todo en la Latinoamérica fanática e intolerante que, cuando está de buenas contigo, es un lugar entrañable, cándido y fantástico. Pero, cuando está de malas, tiene los colmillos más filosos que alguna persona pudiese imaginar.

Seguimos siendo iconoclastas, aunque con un poco más de cautela. De vez en cuando, seguimos recibiendo invitaciones a actuaciones en países que desconocemos, aunque procuramos no improvisar tanto como lo podríamos hacer aquí. Mientras más desapercibidos pasemos, creemos que es mejor. Por fortuna, la anécdota en Caracas no tuvo una repercusión mediática que nos hiciera ver en todos lados como unos prepotentes intolerantes y sátiros. Es, quizás, la ventaja de que un gobierno tenga censurados y controlados prácticamente a todos los medios. Es un poco al estilo de “Lo que pasa en Venezuela, se queda en Venezuela”. Para la próxima vez que nos toque volver a tierras tan hostiles, hemos pensado en encomendarnos a lo que sea. Incluso al cabello del doctor José Gregorio Hernández que, en aquella ocasión, no nos ayudó mucho que digamos.

 

T.M.

Facebook.com/LaCantarida

Relato inspirado en la Novela primera de la Jornada segunda de la obra “El Decamerón”, de Giovanni Boccaccio.

 

Cinco obras de teatro que deben ser leídas (VIII)

“Los gemelos”, de Plauto.

Comienza con un divertido prólogo que ubica el lugar y las circunstancias de la historia al mismo tiempo en el que se afinca en dos hermanos tan parecidos que “ni su nodriza ni su madre eran capaces de distinguirlos”. Menechmo, un joven picaresco y aventurero, acompañado por su dicharachero esclavo, ha recorrido un sinfín de islas con el fin de buscar a su hermano gemelo quien, a los siete años, luego de perderse, fue acogido por un rico comerciante. Por otro lado vemos cómo Menechmo (ambos se llaman igual), su hermano, disfruta una vida acomodada en la que convergen su esposa, su amante y su “parásito”. Las apariciones y desapariciones casuales de los personajes generan malos entendidos que, con un lenguaje desenfadado, juegan con la parcialidad frente al lector/espectador, quien cuenta con la ventaja de conocer ambos lados de la “contienda”. Entre la reflexión y la hilaridad está el primer diálogo del II Acto, entre Menechmo y su esclavo: “No hay mayor satisfacción para un navegante, Mesenión, que ver a lo lejos, desde alta mar, la tierra. Así es mi experiencia”. “Pues es aún mayor, lo diré sin repulgos, cuando, al llegar a tierra, ves que es la tuya”.

 

“La casa de Bernarda Alba”, de Federico García Lorca.

En una tradicional y rural casa de pueblo español, sometida a los caprichos de la canícula veraniega, Bernarda Alba y sus hijas guardan un luto inmaculado a raíz de la reciente muerte del esposo de la primera. El bastón de mando de Bernarda, matriarca incuestionable de la familia, ha construido, mediante la represión y las amonestaciones, un hermetismo que, prácticamente, aísla a quienes viven dentro de las cuatro paredes. Las apariciones de un enigmático (e irresponsable) joven, al que llaman Pepe el Romano, abrirá los surcos de la rebeldía en busca de la libertad y de la felicidad, que contradirán, en enfrentamiento, a las vetustas reglas que imperan, vigiladas por Bernarda, en el hogar. El argumento, cargado de simbolismos poéticos y hasta de ciertas imágenes surrealistas, se plantea, repetidas veces, la resignación de la mujer en una sociedad anquilosada y machista. Un ejemplo de esto es la conversación entre Bernarda y Angustias, su hija mayor y prometida de Pepe: “Yo lo encuentro distraído. Me habla siempre como pensando en otra cosa. Si le pregunto qué le pasa, me contesta: «Los hombres tenemos nuestras preocupaciones». “No le debes preguntar. Y cuando te cases, menos. Habla si él habla y míralo cuando te mire. Así no tendrás disgustos”. “Yo creo, madre, que él me oculta muchas cosas”. “No procures descubrirlas, no le preguntes y, desde luego, que no te vea llorar jamás”. “Debía estar contenta y no lo estoy”. “Eso es lo mismo”. Otra frase que ejemplifica el disimulo y la displicencia ante las duras circunstancias, es pronunciada por Poncia, empleada de Bernarda: “Cuando una no puede con el mar, lo más fácil es volver las espaldas para no verlo”. 

 

“Al fin, mujer”, de Jacinto Benavente.

Elena, ex actriz teatral de mediana edad, es una astuta aspirante a marquesa con un pasado “vergonzoso” que pretende ocultar a toda costa; a veces, además, le cuesta distinguir entre el escenario y la realidad. Rafael, arquitecto e hijo de Elena, es pareja de Eulalia, una candorosa muchacha que ha vivido una vida muy similar a la de la madre de éste. Un invaluable collar de perlas, cuyo origen está ligado, nada más y nada menos, a Isabel de Farnesio, es disputado por los miembros, consanguíneos y políticos, de la familia. El apego a la honestidad y la sinceridad hacia los caminos de la verdadera alegría son la base de esta obra en cuyos personajes se revela una interesantísima y fecunda secuencia de aforismos. Un ejemplo viene de una queja (quizás errónea) de Elena: “Mi esperanza es que no ponga su voluntad en el primer amor, que si nos parece que siempre ha de ser eterno cuando llega, es el que más nos hace reír cuando ha pasado”. Otras dos intervenciones maravillosas vienen de mano del Marqués, quizás el más sabio de quienes comparten la trama; una referente al poder monetario: “Sí… El dinero, cuando no se tiene, es lo principal. Cuando se tiene todo lo que hace falta, pasa a ser un accesorio. Con dinero podemos permitirnos hasta ese lujo: el de despreciarlo”. Y la última, que cierra y es epítome de la pieza: “Por ser bueno… no se debe ser nunca desgraciado. Sería una inmoralidad”. 

 

“Edipo Rey”, de Sófocles.

La adaptación del mito de Edipo por parte de Sófocles es, sin duda alguna, la tragedia griega más afamada que ha pasado a la historia. Ha sido punto de llegada y punto de partida para distintas ramas del conocimiento. No en vano, por tomar un ejemplo, el prestigioso psicólogo Sigmund Freud hablaba del “Complejo de Edipo”. Luego de resolver un complejo acertijo, Edipo se convierte en rey de Tebas, ciudad a la que salva y la cual está profundamente agradecida. Con el pasar del tiempo, una peste misteriosa, más como una maldición, sacude al lugar sin que nadie adivine la causa. Edipo, gracias a conversaciones y casualidades, irá descubriendo que no hay otro culplable, sino él mismo. Más allá de la trama en sí misma, Edipo Rey representa la caída en desgracia de la prepotencia y de la burla, pues Edipo, confianzudo, testarudo y seguro de sí mismo, se burlaba repetidamente del sabio Tiresias, quien le advertía acerca de su desdichado porvenir. Un momento enternecedor viene de un crudo lamento del monarca caído en desgracia: “Vamos, atreveos a tocar a un hombre que sufre. Confiad en mí, no temáis, que mis males son para mí solo, no para que los soporte otro”. Otro texto destacable, enigmático y aleccionador es la última participación, casi profética, del Coro: “…Nunca consideréis dichoso a ningún mortal hasta ver su último día, hasta que no llegue el fin de su vida sin haber padecido sufrimiento”.

 

“La pecera y el mar”, de Jaime Salom.

Ésta es una simpática obra doble. Por un lado, “La pecera” muestra a dos simpáticos personajes que, bajo el agua, caen en cuenta de que, pronto, se convertirán en seres humanos, lo cual hace que inicien un proceso de autodescubrimiento en relación a la compleja forma de actuar de la humanidad, con la cual, pronto, se codearán. Por el otro lado, está “…y el mar”, en donde dos señores descubren, con cierto terror, que se hallan en un paraíso tropical que uno de ellos, recién llegado y pícaro, no soporta, por lo que tratará de enseñarle a su compañero, las “bondades” del mundo exterior.

 

Tomás Marín.

Oscar Pérez y el chiste que nunca fue

Varios hombres encapuchados, protegidos por chalecos antibalas y equipados con armas largas, bajan a través de un barranco que parece salido de un mapa de Counter-Strike. Cercado y bloqueado por todos los flancos, El Junquito lleva varias horas sin agua ni luz. Las detonaciones, con su sonido seco y aterrador, se repiten incesantemente. En cuclillas sobre la maleza seca, un muchacho intenta grabar un video con su celular. Un cuarentón barrigón, agitando nervioso su espeso bigote negro, ruega que se detenga el fuego: “No dispares, chamo, no dispares, no dispares”.

Precediendo a una humareda gris y a un susto de grandes proporciones, un explosivo de largo alcance revienta con violencia. Los muros de la casa que está siendo atacada por mercenarios gubernamentales y civiles se desmoronan como ponqués a medio cocinar. Dos cadáveres, agujereados, reposan sobre el suelo oblicuo. Sin atender a llamados ni a altos, la ráfaga de plomo y pólvora aumenta progresivamente. Las balas, que rompen desesperadas el aire espeso, olfatean uno o más depositarios.

Oscar Pérez, el más buscado por el chavismo a razón de supuesto terrorismo, emite en vivo a través de sus redes sociales. Formando surcos delgados, la sangre le corre a través del rostro hinchado. Su voz afirma, en inquietantes imágenes borrosas, que lo solicitan muerto y sólo muerto. Contaminado pero nítido, el audio recoge la tensión del momento traducida en proyectiles que andan en su cacería. Su cuenta, que ha acaparado toda la atención del internet venezolano, se silencia.

Jessica, aprovechando el hueco que tiene entre Formación lingüística 1 y Teoría de la comunicación, revisa su Facebook desde la feria de comida de la Metropolitana. Con desinterés y mueca de burla, ve las actualizaciones referentes a Oscar Pérez. Hastiada y asqueada de un país escéptico del que sueña marcharse cuanto antes, arroja, a la amiga que tiene al lado, un comentario de menosprecio. Crea, utilizando cierto ingenio ocioso, un meme rápido sobre el tema. Luego de publicarlo, guarda su Galaxy en el bolso y saca la tarjeta de débito para comprarse una empanada de mechada con un Nestea y así tener engañado al estómago hasta que vuelva a su casa.

Algunos voceros del oficialismo, con su léxico sectarista y sanguinario, hablan de bajas. Sin explicar muchos detalles, rebotan informaciones acerca del potencial fallecimiento de Pérez. Resaltan, en eco de su poder mediático, el dogma aleccionador de que enfrentarte a ellos pone tu vida en riesgo, que la mejor opción es abstenerte y no buscarle los colmillos al exacerbado cancerbero. Con satisfacción, se felicitan entre sí mismos. Se pagan, se dan el vuelto y se vuelven a pagar.

Jessica, tras sentarse en el escritorio de su habitación y encender su laptop, lee un titular que confirma que Oscar Pérez ya no habita en este plano terrenal, que su “show” bajó el telón sin vender muchas entradas. Dándose prisa, elimina la humorística imagen que había compuesto, sin verdadera mala intención (y que, por suerte, no se había compartido), en la universidad. Se truena los dedos, organizando las ideas en su cabeza, y los coloca sobre el teclado. Con ortografía abreviada y millenial, redacta un post en el que abusa de los términos “mártir” y “héroe”. Lanza, tras el punto y final que acompaña a una carita triste, su punto de vista a la web.

Una de las mejores obras de teatro que he visto en mi vida, se llama “El chiste que nunca fue”. Fue presentada en el marco del Festival Imaginarios de las artes (FILA), aquel certamen en el que la “maligna” Polar daba oportunidades y plataformas de creación a los estudiantes jóvenes. La dramatúrgica trama versaba sobre un día en la vida de unos entrañables pacientes psiquiátricos que jugaban a cambiar sus vidas soñando, proponiéndose metas y anhelando la libertad. La tragedia consistía en que, siempre al día siguiente, olvidaban todo y la obra comenzaba de nuevo, convirtiendo su esperanza en un chiste que nunca era.

Oscar Pérez pasó por todas las etapas: actor, “pote de humo”, meme, burla, chiste, héroe, mártir y libertador. ¿Quién podía esperar a un mesías en una tierra sin dios, sólo poblada por demonios? El “ojitos lindos”, de repente, nos dejó de dar risa. Sólo la muerte (su muerte) giró la trama y seguirá imponiendo su macabra ley en un país que nunca ha sabido qué hacer para escapar de la tenaza izquierdista. Pasará la polvareda y el día volverá a ser el mismo para los venezolanos, esos chistes dolorosos que, al igual que Pérez, nunca son.

Tomás Marín

 

 

Cinco obras de teatro que deben ser leídas (VII)

“Hipólito”, de Eurípides.

La maquiavélica diosa Cipris (Afrodita), al no ser idolatrada ni celebrada en su vanidad por el joven Hipólito, se ensaña contra éste y articula su desgracia a través de Fedra, su madrastra, quien se obsesiona, perdidamente, con él. Tras un error de la enterada nodriza, Hipólito rechaza a Fedra, quien, por temor a ser humillada, decide ahorcarse no sin antes dejar una misteriosa tablilla en la que acusa a Hipólito de querer deshonrarla. Teseo, padre de Hipólito, cegado, descarga toda su ira contra su hijo, desencadenando la satisfacción de Cipris y arribando a una reflexiva conclusión. Con cuidada y estética poesía, rúbrica del antiguo teatro griego, se destaca el lamento en antístrofa de Teseo, quien, delante del cuerpo de Fedra, exclama: “Bajo la tierra, bajo la tiniebla, quiero habitar, en la sombra, muerto, desgraciado de mí, privado de tu compañía muy querida pues has matado más de lo que te has aniquilado”. También es digno de señalar las últimas palabras del corifeo, quien afirma: “Común este duelo a todos los ciudadanos ha venido, sin esperarlo. Será un batir de lágrimas abundantes, pues el recuerdo de quienes son grandes merece lutos inextinguibles”.

 

“El sí de las niñas”, de Leandro Fernández de Moratín.

Una de las piezas más aclamadas y celebradas en la historia del teatro español. El bueno de Don Diego, hombre rico de 58 años, espera ansioso su casamiento con Francisca, una joven moza de sólo 16. La desigual unión ha sido posible mediante la intervención de Doña Irene, la ambiciosa madre de Francisca. Una de las mayores preocupaciones de Don Diego es que su “Paquita” no lo ame genuinamente, situación que posee un gran fundamento, pues Francisca está enamorada de Don Carlos, el joven sobrino del maduro pretendiente. La gran reflexión en torno a la libertad de elección en el amor (mucho más vulnerada en 1806, año en el que se escribió se resume en el pequeño monólogo de Don Carlos, quien, conmovido, exclama: “Todo se permite, menos la sinceridad. Con tal que no digan lo que sienten, con tal que finjan aborrecer lo que más desean, con tal que se presten a pronunciar, cuando se lo manden, un sí perjuro, sacrílego, origen de tantos escándalos, ya están bien criadas, y se llama excelente educación la que inspira en ellas el temor, la astucia y el silencio de un esclavo”.

 

Los pintores no tienen recuerdos, de Darío Fo.

Una de las primeras comedias de Darío Fo, premio Nobel de Literatura. Un “pintor” y su jefe son contratados por una obsesiva viuda con el fin de acomodar unas piezas de tapicería (aunque ellos sin tapiceros propiamente). Un accidente, sumado a diálogos realmente hilarantes, desencadenan la confusión y la comedia  en esta audaz farsa para clown. Un trío de chicas misteriosas, imantadas a una estatua de cera que yace sentada en el sofá de la sala, discuten sobre su lugar en la residencia. La agilidad para el planteamiento del humor inteligente juega como rúbrica a favor de una trama corta que asegurará la risa sana. Un ejemplo radica en uno de los primeros diálogos entre el Pintor y la Viuda: “Claro, ustedes saben más de estas cosas. Comprenda que soy una mujer”. “¡Ja, ja , ja! Ya me había dado cuenta… por el collar”. “Por cierto… el presupuesto… cuánto me van a cobrar por dos cortinas… verá, soy una pobre viuda y no dispongo de mucho…”. “¿Es viuda?”. “Sí…”. “Yo también”. “¿También es viuda?”. “…No… yo soy viudo”. “Ya… ay, qué malo es quedarse solo… usted me comprende, verdad… espero que me haga un buen precio…”. “Sí, pero del precio tiene que hablar con mi jefe”. “¿También es viudo?”. “No, él no…”. “¡Lástima!”. “Pero su mujer sí…”. “¿Su mujer?…¿Pero cuándo ha muerto? Hace poco estaba aquí y no me parecía…”. “No… su mujer es viuda, pero del primer marido…”.

 

“No hay ladrón que por bien no venga”, de Darío Fo.

Un ladrón, con todo el sigilo que le es posible al amparo de la noche, entra a robar en una majestuosa y señorial casa que se encuentra solitaria, actúa como todo un profesional. Su esposa, que no cesa de demandarle cariño y atención, lo llama, por teléfono, constantemente a su lugar de “trabajo”. El dueño del lugar, junto a una misteriosa mujer, entra a su hogar cuando el ladrón aún no ha salido, todos actúan como inquietos perseguidos. Un sinfín de malentendidos, hilarantes y convergentes, se acumulan a medida que más y más personajes van entrando en escena; se desvela que todos los seres humanos son menos inocentes de lo que se aprecia a simple vista. El epítome de la pieza se resume en las palabras del dueño de la casa, quien, al igual que casi todos los presentes, al verse sorprendido, alega: “Los malentendidos no se explican…, si no, ¿qué clase de malentendidos son?”

 

“El hombre deshabitado”, de Rafael Alberti.

Un hombre subterráneo, desesperado y triste, es sacado de las profundidades y dotado con cinco sentidos que fungen como balcones para explorar el mundo y sus infinitas posibilidades, no puede estar más sorprendido y agradecido. Una hermosa mujer, recién despertada, será su acompañante en el nuevo trayecto, ambos residirán en un edén doméstico junto al mar (elemento recurrente en las obras de Alberti). La tentación, personificada en una muchacha vulnerable y pletórica de belleza, arriba por “accidente” al entorno, desembocando la caída generada por lo más bajo y mundano que envuelve el corazón de las personas. Esta obra teatral es un himno tanto al libre albedrío como un sutil guiño al pesimismo. Dos momentos son notoriamente sublimes y preciosos a lo largo de la trama. Uno de ellos es el monólogo del Vigilante Nocturno: “Ciudades, naciones enteras, se mueren rebosadas de hombres como tú: trajes huecos que no desean nada, movidos tan sólo por un aburrimiento sin rumbo. Mira. ¿Ves? Esa esquina van a doblarla hombres y mujeres sin vida, muertos de pie, que andan a tropezones por todas las calles del universo. Humanidad hastiada, viviendas vacías, repintadas por fuera para disimular el abandono y obscuridad en que viven por dentro… Aquello afirman que es una mujer. Y que es joven y que además es guapa. Pero yo te digo que es sólo el molde hueco de una careta del albayalde…Un muchacho, un adolescente, dicen que es aquello que ahora va a doblar la esquina. Y yo te juro que es solo una chaqueta, un traje ciego, sin camino”. El otro es la advertencia de la Tentación: “No me voy. He llamado a tu casa para pasar la noche, o quizá toda la vida. Ya lo sabes: para pasar la noche o la vida entera. Y tendrás que matarme, que arrebatarme después de muerta hasta la playa. Y aún así no te verás libre de mi persona, de este cuerpo macizo que tú aún no conoces: el mar y el viento volverán a arrojarme contra los muros de tu alcoba, contra la misma cabecera de tu cama. Si me echas, te quedarás sin sueño, te lo juro. Muerta, continuaré presente en todos tus instantes”. 

 

Tomás Marín.

tomasmarind@hotmail.com

 

Cinco obras de teatro que deben ser leídas (VI)

“El maravilloso traje de color vainilla”, de Ray Bradbury.

Un grupo de hombres decide reunir sus escasos ahorros para, entre todos, comprar un elegante traje que los haga lucir como personas apuestas y exitosas. La condición es que a cada uno le será asignado un día de la semana para utilizarlo. Cuando uno de ellos, el mismo día de la compra, rompe las reglas asignadas para poder andar con la indumentaria, se generará la angustia, el caos y la exposición de la dependencia humana hacia las trivialidades. Esta deliciosa y ágil comedia escarba en la balanza donde se sopesan los intereses personales, la ilusión de éxito, los gozos y la amistad.

 

“Ascensión y caída de la ciudad de Mahagonny”, de Bertolt Brecht.

Tres cazafortunas, quienes por accidente quedan varados en mitad del desierto, deciden fundar una ciudad de belleza y placer a través la cual poder adquirir el dinero de los visitantes. Cuatro amigos, atraídos por la buena publicidad del lugar, arriban a Mahagonny (el nombre de la ciudad) y se deleitan con los cigarros, con el whisky y con las mujeres. El hartazgo de uno de ellos que, cansado de la trivialidad, desea huir, sumado a la noticia de un devastador huracán que se aproxima, hará que los habitantes de Mahagonny decidan vivir en el extremo del hedonismo y la anarquía. Es inolvidable la línea que resume el comportamiento: “Primero, no olvidéis, viene el comer y luego viene el amor. El boxeo no te puedes perder y el beber es también de rigor. Pero, sobre todo, debes saber que aquí todo lo puedes hacer. (Si tienes dinero, eh)”.

 

“Vuelo sobre el océano”, de Bertolt Brecht.

De manera fabulada, se relata la aventura emprendida por Charles Lindbergh sobre el Atlántico, a bordo del legendario “Espíritu de San Luis”, en su intención de unir América y Europa mediante un vuelo aéreo. Las condiciones, las personas (en su mayoría escépticas) y los elementos, mediante ingeniosos diálogos y reflexiones, debatirán con el aviador y lo harán dudar acerca de las capacidades humanas. Esta pieza breve es un himno dedicado a los logros humanos en la carrera por alcanzar lo que, durante largos siglos, se ha considerado imposible. Entre tantos fragmentos destacables, uno de los más simbólicos es el dicho por la Niebla: “Ahora tienes 25 años y temes pocas cosas, pero cuanto tengas 25 años y una noche y un día temerás más. Pasado mañana y 1.000 años después seguirán existiendo agua, aire y niebla pero tú no existirás”.

 

“La vida es sueño”de Calderón de la Barca.

Clásico indiscutible de la literatura universal, la pieza narra, en versos que engloban una filosofía sorprendente y humanista, dos historias paralelas y entrelazadas. La primera (y principal) es la de Segismundo, hijo del rey y legítimo príncipe heredero que, gracias a una advertencia del hado, es encadenado, durante toda su vida, en el interior de una mazmorra bajo el cuidado y la educación de Clotaldo. El rey (Basilio), desafiando al hado, liberará a Segismundo y le hará gobernar con la particularidad de hacerle creer que todo se trata de un sueño. Por el otro lado, Rosaura, una aventurera acompañada del gracioso Clarín, llega a Polonia (lugar en el que se desarrollan los hechos) a resolver una afrenta. Una rebelión popular apoya a Segismundo, desencadenando la trama que ondea en el poder de los seres humanos y su capacidad, mediante la nobleza, de enfrentarse a la predestinación. Todos los monólogos en esta obra son una gema, pero es particularmente especial uno de los discursos finales de Segismundo: “¿Tan parecidas a los sueños son las glorias, que las verdaderas son tenidas por mentirosas y las fingidas por ciertas? ¡Tan poco hay de unas a otras, que hay cuestión sobre saber si lo que se ve y se goza es mentira o es verdad! ¿Tan semejante es la copia al original, que hay duda en saber si es ella propia? Pues, si es así, y ha de verse, desvanecida entre sombras, la grandeza y el poder, la majestad y la pompa, sepamos aprovechar este rato que nos toca, pues, sólo se goza en ella lo que entre sueños se goza”.

 

Eloísa está debajo de un almendro, de Enrique Jardiel Poncela.

Una deliciosa combinación de comedia y thriller. Mariana, joven hermosa y aristocrática, se siente imantada al misterio que encierra Fernando. Fernando, por su parte, tiene, gracias a Mariana, una especie de alucinación obsesiva marcada por coincidencias referentes al suicidio de su padre, ocurrido años atrás. Poco a poco, la trama, que cuenta con personajes entrañables y divertidísimos, va encaminándonos hacia un crimen terrible que involucra a personajes bañados en la locura y en el delirio: un despechado que lleva 21 años sin levantarse de la cama, un criado temeroso de no perder la cordura, una mujer que, cada sábado, espera ladrones en su casa, una muchacha que desapareció sin dejar rastro. Hermosa es la reflexión que hacen Mariana y Fernando con respecto a la idealización del amor: “Por otra parte, el romanticismo, el idealismo excesivo, es como una dolencia que conduce a la soledad. ¿No lo sientes tú así?”. “Completamente. Porque se cree y se espera tanto del amor, que, a fuerza de creer en él y de esperar de él, falta decisión para personificarlo en nadie…” “¡Justo!”  “…por miedo a que la persona elegida esté demasiado por debajo de la soñada”.

 

Tomás Marín

Periodista residente en Madrid.

tomasmarind@hotmail.com