Tomás Marín: Un escritor de historias atávicas y humores negros

Se define como un dramaturgo sin escenario, como un humorista que no sabe hacer reír; afirma que, a pesar de tener padres guapos, él salió esperpéntico. Le cuesta sostener la mirada. No se sabe, a ciencia cierta, cuando está diciendo algo en serio. Estudió cine y, luego, comunicación social. Adora el teatro y el rock, se defiende con la guitarra distorsionada y con la batería. Casona, Brecht y Herrera-Luque son sus escritores favoritos. Le gusta más adaptar historias que crearlas desde cero: “la idea es que el espectador/lector, al cerrar la página o al salir del teatro, sea un poco más culto, haya aprendido algo nuevo”. No es creyente, asegura que le da igual que exista o no exista Dios: “el gran logro sería que la tolerancia nazca desde adentro, no por temor al karma o a un castigo supraterrenal”.

En 2015, editó “En caso de infierno, rompa el libro”, una serie autoproducida de monólogos conceptuales basados en novelas clásicas (hay influencias que van desde “Los renglones torcidos de Dios”, de Torcuato Luca de Tena, hasta “El extranjero”, de Albert Camus), en personajes históricos y en experiencias personales. La obra, que se puede conseguir en Amazon, tuvo poca promoción y pocos ejemplares que, según el autor, “fueron comprados por lástima pero, algún día, serán invaluables”.

Aparte, ha escrito distintas piezas teatrales. De la que más orgulloso está es de “La historia fracturada”, que narra, en diez retablos, la travesía de tres amigos (entre los que él mismo se incluye) que participan, con infinita ironía y pesimismo, en varios de los sucesos más importantes de la historia contemporánea venezolana, pasando por los golpes de estado de 1992, la llegada del monopolio petrolero y la diáspora que, hasta hoy, sigue separando familias en un país desangrado. Otras creaciones son “El disturbio azul”, que relata la hazaña de Louis Blériot al cruzar el canal de la Mancha, y “La revolución será cruel”, que extrapola, en una cena de sociedad, la rebelión que llevó a María Antonieta y a Luis XVI a la guillotina.

Es abstemio, no fuma y no consume drogas: “mis únicas adicciones son el azúcar y las gotas para la nariz”. Camina por la ciudad para buscar ideas y esquinas en las que mendigar en caso de que esas ideas fracasen. Tiene muchos proyectos en el tintero, que sueña con concretar hasta, un día, poder vivir de ello. Mientras tanto, funge como periodista, elaborando reportajes sobre artistas, exposiciones y actividades culturales, ansiando, pronto, estar del otro lado.

 

J.E.

 

 

 

“El amor”, por el Profesor Tomás Marín

¿Qué no se ha dicho, hasta ahora, sobre el amor? Canciones, novelas, cuentos, poemas, obras, pinturas, teorías. Sin embargo, nunca se conocerá el amor hasta que se experimente en carne viva (con el perdón de los vegetarianos) y en alma muerta.

El amor es, básicamente, un sentimiento; por eso miento si lo sentí. El amor amordaza y amorata, tiene a morder, se basa en el deseo (de ése obsesivo) hacia una persona dentro de la cual quieres quedarte a morar y, si no eres correspondido, te echas a morir.

Hay muchos tipos de amor: amor a la familia (famidilio), amor al trabajo (jajajaja), amor al arte (o a alarte, como diría Dédalo; o a halarte, cuando no quieres empujar la puerta), amor a una buena lasaña (cosa que es natural, pues hacer lasaña es la hazaña más grande que hay). Pero quiero hablar del amor de pareja, el amor al que los antiguos griegos llamaban “Amor Eros”, porque erosiona hasta matar a los amantes pasaj(eros).

El amor llega sin avisar y sin visar, como un inquilino indeseado que, poco a poco, va extendiendo sus tentáculos y conquistando territorios del espíritu, como si fuese un gran imperio. No en vano, “amor” es el palíndromo de “Roma”. El amor es como una fiera del Coliseo que no dudará en desgarrarte por gusto de la otra persona que, al evaluar tu desempeño, te aprobará o te rechazará con su pulgar, como si fuese el emperador desde su grada V.I.P.

El amor ataca a quienes no tienen claros sus objetivos en la vida. Una persona ocupada y feliz no tendrá tiempo para amar (no confundir con un capitán de barco frustrado porque no tiene tiempo para mar) porque ama su oficio y no tiene espacio para más invitados. Fromm y Ovidio definieron al amor como un arte, aseverando que, como en cualquier arte, hay buenos y malos ejecutantes. Existen museos (hablando de arte) erigidos al amor, como el Museo de la Inocencia, basado en el relato homónimo de Pamuk, que narra sobre un personaje que coleccionó todo tipo de objetos utilizados por la mujer de sus pensamientos (desde colillas hasta tazas y zapatos) No sé si allí explicarán que el amor duele y que es un dolor que no se alivia con aspirinas, sino con aspiraciones (por aspiraciones entiéndase metas y proyectos, que no somos Maradona).

 

T.M.

Algún día podremos besarnos

Algún día podremos besarnos

con la frente en alto.

Algún día nos tomaremos las manos

sin que la gente nos mire raro.

Algún día gritaremos “te amos”

que retumbarán en todos lados.

Ya no tendremos que hacer caso

a los prejuicios y comentarios.

Una tarde de verano

caminaremos por el campo

y será dulce cada paso

tras haber esperado tanto.

El mundo será un lugar más sensato

y pasearemos por cualquier barrio

sin nadie que nos hable de desviaciones o de armarios.

 

T.M.

Hoy no es el día

Hoy no es el día,
hoy nada ha salido como querías.
Hoy el helado está caliente, la sopa está fría.
Hoy no queda ni un céntimo en tu alcancía.

Hoy te ha arrestado la policía,
hoy ha muerto tu madre tras una larga agonía.
Hoy te ha dicho tu mujer, con un gesto de alegría,
que está sintiendo con otros lo que contigo no sentía.

Hoy se ha deshecho todo lo que valía,
hoy tu perro se envenenó después de ingerir lejía.
Hoy cerraron todas las vías,
hoy te quedaste solo cuando buscabas compañía.

Hoy te llamó la asistente de enfermería,
tu tumor es más grave de lo que el doctor creía.
Abriste la nevera, pero estaba vacía.
Fuiste a despecharte a la licorería
pero no había
ni whisky, ni vodka, ni ron, ni ginebra, ni vino ni sangría.

Perdiste el billete ganador de la lotería,
cuando te estabas duchando, se rompió la tubería.
Pero confía
que, a pesar de todo, la vida no es tan sombría.

T.M.

Se cuenta

Se cuenta
que la señora Gutiérrez ya tiene noventa.
Se cuenta
que se ha vuelto lenta
y que no puede caminar por más que lo intenta.
Se cuenta
que está macilenta
y que cada día brotan úlceras en su cuerpo que se avejenta.
Se cuenta,
se comenta,
que ya no reconoce a quien se le presenta.
Se cuenta
que, durante todo el día, se sienta
en la sala de su casa agrietada y polvorienta.
Se cuenta
que el tiempo se le asienta
y que el “tic tac” del segundero es un sonido que le atormenta.
Se cuenta
que está peor de lo que aparenta,
que el miedo la enfría y la fiebre la calienta.
Se cuenta
que el final le tienta
y que es un infierno en vida lo que ahora experimenta.
Se cuenta
que su familia se impacienta,
pero que pronto estará contenta
repartiéndose el dinero que la señora
 tiene en su cuenta.

T.M.

En caso de infierno, rompa el libro. Capítulo I.

¡Cómo cambió la vida de Menemauroa a partir de aquella extraña noche en la que corrió hacia la calle gritando que era una súper heroína! Los agudos alaridos desgarraban, como dagas, el silencio del vecindario. Las ventanas se atiborraban de curiosos que señalaban y comentaban. Los padres, con batas a medio poner, intentaban, sin éxito, alcanzar el paso veloz. La sábana, atada al cuello, que fungía de capa, temblaba horizontal al impacto con el aire.

Un transeúnte que, por casualidad, hacía tarde el camino a casa, logró detener a la niña. Estaba pálida, sudorosa y sonriente. El corazoncito le latía a ritmo vertiginoso. Los ojos, abrillantados y azules, se fijaban en un vacío que parecía tener sede a millones de años luz. Los padres, sin querer fijarse en los curiosos que aún disfrutaban del espectáculo, agradecieron, tímidamente, el gesto al peatón y volvieron a casa con la pequeña fugitiva.

El hecho, y su entramado subyacente, fue el tema protagonista de todas las conversaciones y chismerías del día siguiente. El tratamiento había fallado, las medicaciones no fueron efectivas, la cordura de Menemauroa se resquebrajaba con el pasar de las horas. Algunos adocenados narcisistas se enorgullecían de sostener, aún, conversaciones coherentes con ella. Las compañeras del colegio rehuían aterradas, entre las burlas de rigor, a cualquier acercamiento. En las respectivas oficinas, los trabajadores observaban, con cierta expresión de luto y conmiseración, a los preocupados padres.

El temor se materializó, el último recurso fue gastado. Menemauroa fue ingresada, sin oponer resistencia alguna, en el pabellón de psiquiatría infantil permanente del recién inaugurado centro médico docente. Era un sitio luminoso, de pasillos alargados y habitaciones repletas de juguetes blandos. Las enfermeras, con uniformes estampados de dibujitos, colocaban pegatinas a los niños tranquilos. La directora, obesa y con una simpática sonrisa de dientes pequeños, tomó de la mano a la nueva paciente y la sentó en un enorme cojín.

Menemauroa rompió a llorar en medio de la entrevista. Parecía como si una sobriedad momentánea hubiese invadido el delirio creciente. La directora, envuelta por una mixtura de conmoción y comprensión profesional, acarició los  dóciles cabellos castaños de su interlocutora. “¿Estoy loca, verdad?”, sollozó la infante entre aterrorizada y enfurecida. “Eso dicen, pero sólo es que no te comprenden. Los locos son ellos”. La diminuta internada echó a reír.

“¿Y se cura la locura?”, interrogó, calmada, Menemauroa. La directora suspiró y arrojó una mirada cómplice al rodapié en busca de tiempo. Tantos años de experiencia no hallaban aún respuesta a tan curiosa pregunta. Una empatía genuina nació entonces. La directora, como solución, engoló su gruesa voz y cantó.

Se cura la locura que, obscura cuando apura, fisura el alma y la tortura. Si no, procura, con premura, buscar a un cura de orden pura para que sane tus agruras y te haga santa sepultura. La locura es una aventura, es construir un edificio sin saber de arquitectura. Es tocar en un concierto sin notas ni partituras, es tener un pensamiento que carece de estructura. Es la más suelta de las solturas, es lanzarse en parapente temiéndole a las alturas. Es usar, como almohada, la roca más dura, es un fantasma de colores que, al oído, nos murmura. Son las páginas más geniales de la literatura, es la holgura de las holguras. Es, sencillamente, la mente sin ataduras”.

T.M.