“El Bebé”

Me iba desmayando cuando el profesor anunció que parte de la tarea consistía en subir cerros. ¿Qué voy a andar buscando yo por allá, que no sea que me peguen un tiro? Pero no podía quejarme. Al fin y al cabo, era parte de la carrera. No podía dejar que mis buenas notas y mi excelente desempeño se vieran empañados por no querer hacer la asignatura. Además, me acompañaría el resto del grupo. Se me había ocurrido hasta pagarle a alguien para que subiese por nosotras, pero era una idea estúpida y mediocre. Había que aceptar las consecuencias.

Era parte de una electiva. Una electiva de la que me arrepentí, en ese momento, de haber elegido. Trataba sobre voluntariado y esas cosas. La tarea consistía en ir a uno de los barrios que estaban en la lista del profesor (que tenían conexión con algunos programas de Fe y Alegría) y, durante cuatro semanas, dictar unos talleres de escritura y matemáticas básicas. La parte de dar clases sí me atraía un poco. Era algo que se me daba bien. Además, solía, durante algunas tardes, ayudar a mis compañeros con algunas cosas que no entendían. Tutorías.

José Andrés, uno de los que formaba parte de nuestro grupo de trabajo, sugirió que eligiésemos el barrio El 70. Creo que argumentó que la peluquera de no sé cuál de sus tías vivía en El 70, o algo así. El resto dijimos que sí. Creo que nos daba un poco igual el 70 que el 12, el 20 o el 84. Para nosotros, todos los barrios son iguales. Son como una gran marea gigantesca y deforme de ranchos y de gente extraña que se pasa la vida echando tiros, tomando anís Cartujo y haciendo vainas raras relacionadas a la brujería.

Ya habíamos asignado las materias y los métodos que daría cada uno. Había que presentar a la universidad un proyecto serio y bien argumentado. No era que íbamos a subir a explicar cualquier mamarrachada. Hicimos unos cuantos ajustes, pero el profesor nos aprobó todo. Al fin y al cabo, estábamos representando a la Católica. A mí me tocaba explicar matemáticas. No era tan buena con los números como lo soy para las ideas, la sintaxis y las letras, pero, de todas formas, era matemática básica de primaria.

José Andrés me vino a buscar en su carro. Yo me había vestido de manera sencilla. Tenía una cola de caballo que me quedaba cuchi. Unos jeans sencillos y una chemise (esto era obligatorio) con el logo bordado de la universidad. José Andrés tenía la dirección en el GPS. Con el resto del grupo, nos encontraríamos allá, directamente en el barrio. El barrio El 70 queda por El Valle. Ésa era una zona desconocida para nosotros. Si acaso, habíamos pasado alguna vez, pero, sin duda, no era una zona que frecuentásemos.

Desde las mismas aproximaciones, ya todo me daba como mala espina. Odio que me miren raro, y allí todo el mundo nos miraba como si fuésemos extraterrestres. Yo apartaba la mirada un rato como por pena y vergüenza, pero, en lo que la volvía a subir, allí estaba todo el mundo mirándonos con ojos fijos. Nadie decía nada. Una señora morena con el cabello blanco se balanceaba sobre una mecedora. Una muchacha como con tres embarazos al mismo tiempo revendía abiertamente medicinas para la tensión.

José Andrés no sabía donde estacionar. Habíamos dado como tres vueltas. El resto del grupo había ido en taxi. Yo no sé por qué entre José Andrés y yo no pagamos un taxi. Era algo de él. Era como que prefería tener el carro allí cerca, como por si hacía falta salir corriendo en caso de alguna emergencia. Un señor arrugado, encorvado, manco, tuerto y con la piel repleta de escaras, se acercó a Juan Andrés por la ventana del piloto. Decía que era uno de esos “bien cuidaítos”. Yo no quise opinar. Al fin y al cabo, el carro no era mío. Si le robaban el carro a José Andrés, mi trabajo como amiga se limitaría a decirle “verga, qué chimbo, marico”.

Decidimos confiar en el hombre. Al fin y al cabo, José Andrés tenía las llaves. Eso no es sinónimo de seguridad ni de nada. En Caracas, un ladrón, con tal de robar, sabría hacer rodar hasta un ladrillo. Pero era como un consuelo un tanto estúpido que teníamos. De todas formas, decidimos no pensar en eso más. Nos detuvimos a comer una empanada y una malta que vendía una señora dentro de una bodega. Era sábado en la mañana y no habíamos desayunado.

Comenzamos a subir escaleras. La vaina parecía interminable. La gente, desde las ventanas (o los huecos ésos que hacen de ventanas entre los bloques que conforman los ranchos), nos seguía viendo como si fuésemos extraterrestres. Me ladillaba demasiado. Ya nuestros compañeros de grupo estaban arriba. No nos comunicábamos con ellos porque a José Andrés le daba miedo sacar el teléfono. De todas formas, José Andrés era imbécil. Se había llevado su teléfono caro, sólo por lo del GPS. Yo hubiese preferido anotar todo bien y no llevar un teléfono tan tentador como aquél. Yo llevaba un Nokia viejísimo, que había sido de mi hermana mayor hacía años y que todavía funcionaba. De todas formas, ya no quedaban muchos escalones.

Por fin llegamos arriba. Yo me sentía como si hubiese escalado el Everest, un Everest tercermundista y que olía mal. Pero estaba satisfecha de poder hacer algo. De poder intentar ser útil para la gente. De poder cumplir con la materia. Nos recibió uno de los representantes de Fe y Alegría. Esa gente es muy de pinga, porque hace una labor loable (aunque no sé si lo hacen más para evangelizar que para educar), pero hablan de Fe y Alegría como si fuese un parque de diversiones. Ponen un acento un poco al estilo de los Valentinos que me medio saca la piedra. Pero daba igual.

El saloncito era paupérrimo, pero tenía una pizarrita cuchi, de ésas que funcionan con tizas. Los niños eran un amor. Habían unos que eran insoportables, pero la mayoría, de pana, tenía como un no sé qué que engancha, como unas ganas de aprender y de echarle bolas para salir de la miseria mental y monetaria. Uno de ellos hasta se puso a llorar cuando una resta le salió mal, pero él mismo la resolvió. Era un chamito inteligente, se llamaba Yonanderson. A veces, siento que la gente en los barrios escoge los nombres metiendo sílabas al azar dentro de una tómbola.

Saliendo de una de las clases, yo estaba feliz. Los niños, en conjunto, me habían hecho un collage de colores que tenía mi nombre. El collage, objetivamente, era una puta mierda, pero estaba hecho con muchísimo esfuerzo. Y esos gestos se agradecen. Habían aprendido bastante. Ya estábamos por la fase de las multiplicaciones. Cuando guardaba el collage en mi archivador (donde seguramente reposaría hasta el fin de los días), se me acercó un chamo que de pana me hacía temblar. Tenía la mirada como apagada y era flaquísimo. Además, andaba medio en harapos, pero era la mirada lo que más me inquietaba. Pensé que iba a atracar ahí mismo, pero no creí que alguien pudiese ser tan cara de tabla.

“Muy buenos días, ¿usted es la señorita Helena?”, me dijo. Me sorprendí por su educación. Obviamente, pensaba que me iba a salir con una de esas jergas raras que usan en los barrios, al estilo de “qué lo que fue, menol”. Le respondí que sí. “Yo soy el emisario del “Bebé””, me dijo. Yo me quedé un rato en silencio. No sabía qué decir. Él se me quedó viendo con esa mirada apagada que me inquietaba tanto. Creo que estaba esperando a que yo respondiese. Me pareció raro, desde un momento, que una persona como ésa utilizase la palabra “emisario”, pero quizás eran prejuicios míos.

“El “Bebé” quiere verte”, continuó, al ver que yo no terminaba de reaccionar. “¿Y quién es ése?”, pregunté yo, apostando a la suerte, esperando que el muchacho de la mirada apagada se fuese o, al menos, cambiase el tema. “El “Bebé” es el que manda aquí”, me respondió. “Es el pran del barrio”, completó. Yo no sabía qué decir. El corazón se me aceleró y sentí que se me abría un agujero negro en medio del pecho. Miré a mis compañeros. Ellos estaban distraídos hablando, a pocos metros de mí, con los guías de Fe y Alegría. El muchacho de la mirada apagada no cesaba de increparme con sus ojos sin brillo, esperando a que yo dijese algo.

“Tengo que consultarlo con mis compañeros. No sé si tengo permiso de ver a personas ajenas a este proyecto”, fue la respuesta más salomónica que pude encontrar. No sé si el muchacho de los ojos apagados notó que la voz se me quebraba un poco por el miedo. Quizás lo hizo, pero decidió hacerse el loco. No dijo nada. Yo me acerqué hacia mis compañeros. Él me siguió. Le pedí, muy amablemente, que me dejara hablar un momento a solas con mis compañeros. Él accedió y se alejó un poco, pero no dejaba de verme, como si fuese un centinela.

“Mierda”, dijo uno de los de Fe y Alegría. Era la primera vez que le escuchaba decir una grosería a uno de ellos. Su léxico, generalmente, era el de un libro de preescolar escrito por un subnormal. Yo estaba casi hiperventilando. José Andrés sugirió llamar a la universidad. Era una de esas ideas inútiles que la gente lanza por lanzar. Nadie conocía en persona al “Bebé”, pero sí conocían sus hazañas. Cada cierto tiempo, las páginas de sucesos de algunos periódicos de alto y bajo alcance narraban sus peripecias. Más de cuarenta muertos llevaban su firma.

“Podemos ir todos”, sugirió uno de los de Fe y Alegría. Me pareció una idea no fantástica, pero, por lo menos, la más sensata de todas las que habían propuesto. Al menos, no me sentiría tan sola. Al menos, sería más difícil que nos hiciesen algo a todos juntos. Era un consuelo estúpido cuando se trata de ver a alguien que ha asesinado a más de cuarenta personas, muchas de ellas decapitadas y arrojadas al riachuelo, pero no teníamos otra. ¿Por qué me querría ver el pran del barrio? Maldita sea la hora en la que se fijó en mí. Y yo procuré no llamar la atención. No vestir con ropa atractiva. No es mi culpa ser bonita.

Le dije al muchacho de ojos apagados que habíamos acordado ir todos. Que era supuesta regla de la Universidad Católica que los miembros del grupo no se separasen. “Es que él me dio la orden de verte sólo a ti”, me dijo, como intentando proferir no una disculpa, sino una orden que estaba, evidentemente, por encima de él. Yo insistí en mi posición de ir con el grupo. De repente, el muchacho de ojos apagados comenzó a hablarme en su idioma verdadero, creo que comenzaba a perder un poco la paciencia, pero sin alzar la voz. “De aquí no se puede ir nadie hasta que el “Bebé” te vea”, me dijo. “Y sólo a ti”, reiteró. “El coño de mi grandísima madre”, me dije para mis adentros.

Él me escoltó durante el camino. Era un camino largo y lleno de tierra. Ya la gente no se asomaba más por las ventanas. Era como si, ante el paso del emisario del “Bebé”, todos se ocultaran, como si la mera sombra del pran del barrio obligara a todos a mirar hacia otro lado, a evitar problemas y balas. El muchacho de ojos apagados no me decía nada. Cuando lo vi de espaldas, pude ver que estaba armado, bien armado, pero decidí no hacer preguntas. Quería ponerme a llorar. Pensé en salir corriendo, pero sabía que mi insolencia podía ser castigada con mi cabeza rodando por el famoso riachuelo.

El “Bebé” vivía en una especie de rancho-casa. Era una vivienda que destacaba sobre todas las demás del barrio. Tenía como otros escoltas relativamente parecidos al muchacho de ojos apagados. Todos armados con armas largas. Me sentía en zona de guerra. En mi cabeza, estaba casi despidiéndome de mi mamá. El emisario dijo una especie de contraseña para entrar. Así se maneja esa gente. Así de sofisticadas son las mafias que operan en el país. Más organizadas que el mismo gobierno que las oxigena y les da vida.

El “Bebé” estaba sentado en un mueble de Ratán. Para ser el capo de una mafia, vivía en una casucha lamentable. Era un gordo moreno con el pelo corto y con una camiseta blanca y manchada. Sus paredes estaban decoradas con armas. Su casa era diáfana y tenía hasta un ventilador que colgaba del techo. El “Bebé” se levantó del mueble de Ratán y se acercó a mí, con dos besos en las mejillas. No sé si son fantasías de ver “El Padrino” y los mafiosos en Venezuela se están sofisticando, pero nadie nunca en mi país me había saludado con dos besos. Le ordenó al muchacho de los ojos apagados que saliese. Yo me sentía muerta. Y violada.

“¿Estás asustada?”, me preguntó alzando la mirada y rascándose la entrepierna. Nunca supe si el acto de rascarse la entrepierna era falta de modales o una especie de ritual antes de violarme y matarme. Le respondí que sí. No tenía otra. Sentía que, en una circunstancia así, no vale la pena mentir. Él rió. Me pidió que me tranquilizara. Me ofreció algo para beber. Le dije que no. Me pidió que me sentase. Yo me senté por no dejar. Al menos, si me iban a matar, era mejor tener unos últimos minutos cómodos.

“¿Conoces a Yonanderson?”, me preguntó mientras sorbía un vaso con cerveza. “Sí. Es uno de mis alumnos”, le respondí. “¿Y qué te parece?”, me preguntó. “Es un chamito inteligente. Ya ha aprendido a restar”, le respondí. “¿Tú sabes quién es él?”, me preguntó. “No. No lo sé”, respondí intentando que no se notara que temblaba. “Es mi hijo. Sólo te llamé para darte las gracias por todo lo que estás haciendo por él. Yo no quiero que él siga mis pasos, que se pudra en esta mielda (sic)”, me respondió con la mirada fija en mí.

Creo que no hablamos más de unos cinco minutos. Al momento de despedirse, me volvió a dar dos besos en la mejilla y, tomándome de los hombros con sus dos manos gruesas, me dijo “gracias”. El emisario, el muchacho de ojos apagados, entró de nuevo. Me escoltó hacia donde estaban mis compañeros, quienes se mordían las uñas durante los quince o veinte minutos de mi ausencia. “¡Considérate afortunada! No todos pueden hablar con el “Bebé””, fue lo último que me dijo el emisario antes de bajar por el barranco y desaparecer.

Pocos días después, el “Bebé” fue abatido en uno de los operativos de la OLP, en donde los mafiosos sanguinarios del gobierno abaten a los mafiosos sanguinarios de los barrios. Una vulgar guerra de mafias, al fin y al cabo. A Yonanderson pareció no importarle mucho. Creo que, en los barrios, todo el mundo está habituado a la muerte. Él siguió siendo uno de mis alumnitos más aplicados. Supo rápidamente multiplicar y dividir. Confío en que pude haberlo ayudado a que enrumbe el camino. A que tenga una vida más placentera y más feliz que las que llevan aquéllos encargados de administrar la pólvora en su propia comunidad.

 

T.M.

Facebook.com/LaCantarida

Fotografía: El Estímulo

 

 

 

 

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Festín Cajanegra: El lujo de un banquete en tiempos de crisis

Cuando un curso de estudios académicos universitarios exige, para su conclusión, la condición de elaborar un proyecto de tesis, los estudiantes, en cuestión, deben elegir entre dos caminos posibles: construir (con todos los rigores, claro está) un trabajo estéril cuya pretensión no abarque más que la de materializar la aspiración al título; o, por el contrario, edificar un entramado de propuestas que, teóricas y prácticas, puedan trascender y sostenerse con el paso del tiempo.

“Sobre la cuádruple raíz del principio de razón suficiente”, proyecto de tesis doctoral en el que Arthur Schopenhauer ampliaba las teorías de Leibniz acerca del motivo por el que las cosas toman un curso determinado, es un texto que, aún hoy, sigue estando fresco a la hora de argumentar en intensos y fructíferos debates filosóficos. Un caso similar de presencia proporcional lo vemos en “Viajeros de Indias”, el libro que condensa el posgrado de Francisco Herrera Luque durante sus años de vida en Europa.

En 2015, comunicadores sociales de la Universidad Monteávila, como proyecto final de carrera, lograron erigir el Festín Cajanegra; certamen que consiguió imbuir, luego de sortear muchos obstáculos inherentes a cualquier “ambición” artística hecha en un país que atraviesa dificultades, un realce y una plataforma para todos los universitarios que, con ganas de hacer buen teatro, no cuentan con un apoyo más allá que el de sus mismas instituciones.

La primera edición hizo honor (como anillo al dedo) a su nombre. Una auténtica celebración concisa, alegre y reflexiva, se vivió en el centro cultural B.O.D. durante las fechas que, contra todo pronóstico, agotaron, en casi todas las ocasiones, los boletos que permitían ver el estado “embrionario” de la verdadera revolución de las tablas en Caracas, la que va más allá del “Star System”, de la risa fácil, del dinero como prioridad y de la vacuidad en los argumentos.

La Universidad Católica Andrés Bello se llevó el laurel principal (entre varias categorías a galardonar) en 2015 mediante la interpretación de la enigmática obra “Teresita, todo va a estar bien”; pieza que compitió junto a las representaciones de la Universidad Central de Venezuela, la Universidad Simón Bolívar, la Universidad Nacional Experimental de las Artes, la Universidad Metropolitana y, naturalmente, la Universidad Monteávila.

La edición del presente año (que tendrá un jurado de lujo) estará recibiendo propuestas, de estudiantes universitarios activos, hasta el 31 de mayo. Los interesados deben enviar un correo a festincajanegra@gmail.com con los siguientes datos: Nombre del grupo, Universidad(es) a la que pertenecen, Pieza seleccionada y por qué la eligieron, Número de estudiantes que conforman el grupo. Llegó la hora del buen teatro. Llegó la hora, de la mano de este tipo de iniciativas, de trascender; como lo hizo Schopenhauer, como lo hizo Herrera Luque, como lo hará, seguramente, el Festín Cajanegra.

 

T.M.

 

Ladrones en la universidad

Es cosa común verlos pasar con sus posturas indiferentes, con sus conversaciones banales, con sus relaciones de fin de semana y con cierto brillo puntillista en los ojos que haría temblar hasta al mismo Seurat. Delincuentes auténticos, sigilosos y refrendados; desplazándose en manadas y guardándose las espaldas. Como ministros oficialistas, como hampones citadinos.

Armando y desarmando clubs proporcionados y moldeados a cada horario de clase, reservándose los asientos cual aristocracia pedante de teatro victoriano. Contemplando, con tedio infinito, el ferrocarril de láminas que, año tras año (y luego de la hora del almuerzo), cuenta y recuenta las ideas de Lasswell, de McLuhan, de Adorno, de Santo Tomás, de Lewis, del Terrible Opus Dei.

Celebrando, con señas secretas, su extenso campo de acción ante autoridades universitarias de ojos vendados. Moviendo, con sus hilos invisibles y holgazanes, la débil marioneta sindicalista del delegado, quien, acorralado ante las excusas de siempre, las ganas de quedarse en casa y los gritos mandibulados; cede, vez tras vez, ante la mediocridad titánica de estos seres que se creen indemnes.

Cuando arriba el día de jugarse los puntos académicos, estos forajidos (semejantes a las tropas de Ned Kelly) se atrincheran a la mayor distancia que les sea posible dentro de los confines del aula. No vacilan en desenfundar su arsenal de teléfonos inteligentes (la inteligencia que ellos nunca podrán tener) y acceder, mediante éstos, al mercado negro de la información instantánea y las respuestas de contrabando. Se miran, sonríen, trafican sus botines y vuelven al ataque.

Nunca son ajusticiados, jamás han pisado un tribunal, no están siendo juzgados con dureza por 350 hombres en Atenas. Lucen el mismo traje de gala que atavía a la gente honrada y sensata, dan su mano sucia al mismo rector, quien les da el mismo título a todos. Se fotografían incólumes junto a sus familiares, reciben felicitaciones por un logro obtenido gracias a turbias licitaciones.

Hoy en día, ya culminada la carrera, están esparcidos por ahí; en Canadá, en Estados Unidos, (algunos aún siguen en Caracas) disfrutando, en la comodidad del retiro, los frutos de su continuo ultraje. Opinan, cuando se reúnen, acerca de lo mal que está el país, sin saber (o sabiendo, ¿quién sabe?) que no son más que pranes de la educación superior, que están en el mismo saco que los funcionarios corruptos que nos llevaron al atolladero.

 

T.M.

Fotografía: John Harding y Tomás Marín