Festín Cajanegra: El lujo de un banquete en tiempos de crisis

Cuando un curso de estudios académicos universitarios exige, para su conclusión, la condición de elaborar un proyecto de tesis, los estudiantes, en cuestión, deben elegir entre dos caminos posibles: construir (con todos los rigores, claro está) un trabajo estéril cuya pretensión no abarque más que la de materializar la aspiración al título; o, por el contrario, edificar un entramado de propuestas que, teóricas y prácticas, puedan trascender y sostenerse con el paso del tiempo.

“Sobre la cuádruple raíz del principio de razón suficiente”, proyecto de tesis doctoral en el que Arthur Schopenhauer ampliaba las teorías de Leibniz acerca del motivo por el que las cosas toman un curso determinado, es un texto que, aún hoy, sigue estando fresco a la hora de argumentar en intensos y fructíferos debates filosóficos. Un caso similar de presencia proporcional lo vemos en “Viajeros de Indias”, el libro que condensa el posgrado de Francisco Herrera Luque durante sus años de vida en Europa.

En 2015, comunicadores sociales de la Universidad Monteávila, como proyecto final de carrera, lograron erigir el Festín Cajanegra; certamen que consiguió imbuir, luego de sortear muchos obstáculos inherentes a cualquier “ambición” artística hecha en un país que atraviesa dificultades, un realce y una plataforma para todos los universitarios que, con ganas de hacer buen teatro, no cuentan con un apoyo más allá que el de sus mismas instituciones.

La primera edición hizo honor (como anillo al dedo) a su nombre. Una auténtica celebración concisa, alegre y reflexiva, se vivió en el centro cultural B.O.D. durante las fechas que, contra todo pronóstico, agotaron, en casi todas las ocasiones, los boletos que permitían ver el estado “embrionario” de la verdadera revolución de las tablas en Caracas, la que va más allá del “Star System”, de la risa fácil, del dinero como prioridad y de la vacuidad en los argumentos.

La Universidad Católica Andrés Bello se llevó el laurel principal (entre varias categorías a galardonar) en 2015 mediante la interpretación de la enigmática obra “Teresita, todo va a estar bien”; pieza que compitió junto a las representaciones de la Universidad Central de Venezuela, la Universidad Simón Bolívar, la Universidad Nacional Experimental de las Artes, la Universidad Metropolitana y, naturalmente, la Universidad Monteávila.

La edición del presente año (que tendrá un jurado de lujo) estará recibiendo propuestas, de estudiantes universitarios activos, hasta el 31 de mayo. Los interesados deben enviar un correo a festincajanegra@gmail.com con los siguientes datos: Nombre del grupo, Universidad(es) a la que pertenecen, Pieza seleccionada y por qué la eligieron, Número de estudiantes que conforman el grupo. Llegó la hora del buen teatro. Llegó la hora, de la mano de este tipo de iniciativas, de trascender; como lo hizo Schopenhauer, como lo hizo Herrera Luque, como lo hará, seguramente, el Festín Cajanegra.

 

T.M.

 

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Ladrones en la universidad

Es cosa común verlos pasar con sus posturas indiferentes, con sus conversaciones banales, con sus relaciones de fin de semana y con cierto brillo puntillista en los ojos que haría temblar hasta al mismo Seurat. Delincuentes auténticos, sigilosos y refrendados; desplazándose en manadas y guardándose las espaldas. Como ministros oficialistas, como hampones citadinos.

Armando y desarmando clubs proporcionados y moldeados a cada horario de clase, reservándose los asientos cual aristocracia pedante de teatro victoriano. Contemplando, con tedio infinito, el ferrocarril de láminas que, año tras año (y luego de la hora del almuerzo), cuenta y recuenta las ideas de Lasswell, de McLuhan, de Adorno, de Santo Tomás, de Lewis, del Terrible Opus Dei.

Celebrando, con señas secretas, su extenso campo de acción ante autoridades universitarias de ojos vendados. Moviendo, con sus hilos invisibles y holgazanes, la débil marioneta sindicalista del delegado, quien, acorralado ante las excusas de siempre, las ganas de quedarse en casa y los gritos mandibulados; cede, vez tras vez, ante la mediocridad titánica de estos seres que se creen indemnes.

Cuando arriba el día de jugarse los puntos académicos, estos forajidos (semejantes a las tropas de Ned Kelly) se atrincheran a la mayor distancia que les sea posible dentro de los confines del aula. No vacilan en desenfundar su arsenal de teléfonos inteligentes (la inteligencia que ellos nunca podrán tener) y acceder, mediante éstos, al mercado negro de la información instantánea y las respuestas de contrabando. Se miran, sonríen, trafican sus botines y vuelven al ataque.

Nunca son ajusticiados, jamás han pisado un tribunal, no están siendo juzgados con dureza por 350 hombres en Atenas. Lucen el mismo traje de gala que atavía a la gente honrada y sensata, dan su mano sucia al mismo rector, quien les da el mismo título a todos. Se fotografían incólumes junto a sus familiares, reciben felicitaciones por un logro obtenido gracias a turbias licitaciones.

Hoy en día, ya culminada la carrera, están esparcidos por ahí; en Canadá, en Estados Unidos, (algunos aún siguen en Caracas) disfrutando, en la comodidad del retiro, los frutos de su continuo ultraje. Opinan, cuando se reúnen, acerca de lo mal que está el país, sin saber (o sabiendo, ¿quién sabe?) que no son más que pranes de la educación superior, que están en el mismo saco que los funcionarios corruptos que nos llevaron al atolladero.

 

T.M.

Fotografía: John Harding y Tomás Marín