Metal Julieta

Estoy muy orgulloso de haber estudiado en la Universidad Simón Bolívar. Es una de las más exigentes y difíciles del país. Tanto el proceso de admisión como toda la aventura de cualquier carrera es un camino de altos y bajos que no todos pueden sortear. Muchos son los caídos, los que han tenido que abandonar la carrera para irse a otras casas de estudio más fáciles. Todo eso hace que nosotros, los “Simonbobos”, hayamos desarrollado esa especie de orgullo y de arraigo para con nuestra universidad. Es algo que, en cierto modo, todas las universidades tienen, pero casi puedo asegurar que pocas con tanta intensidad como la Simón.

Desde primer año soñaba con ser uno de esos chamos medio gallos a los que premian en otro país por algún logro en el campo de la ciencia, la economía, las matemáticas o todo lo relacionado, de alguna manera, con los números. Siempre fui un “fiebrúo” de los números. Eso me llevó a ser un buen estudiante toda la vida, desde el colegio. En la Simón, aunque hubo partes que, naturalmente, me costaron más que otras, no hice un camino que para mí fuera particularmente tortuoso. Al menos, no hasta la tesis. Cualquier estudiante de la Simón, al que se le pregunte, puede afirmar que la tesis, allí, puede convertirse, fácilmente, en un infierno.

Cuando se me preguntó qué haría para el proyecto final de carrera, para mi tesis, yo tenía varias opciones barajadas. Algunas eran un poco clichés. Investigaciones en tal o cual campo ya investigado o recontrainvestigado. Otras, las que más me tentaban, estaban relacionadas con serle útil a un país que, poco a poco, se iba cayendo más y más. Poner tu ingenio al servicio de tu país es algo muy loable realmente. Es un poco patético cuando se hace por mera adulación al gobierno de turno. Lo bonito es cuando se hace con la intención legítima de ayudar.

Como había estudiado ingeniería de materiales, y lo que mejor se me daba era la metalurgia, quise que por allí fueran los tiros. Mi objetivo era un poco utópico, pero no parecía algo realmente tan complicado, más allá de las dificultades mismas que implica una tesis en semejante universidad. Quería, mediante mezclas y aleaciones, conseguir un metal que pudiese abaratar considerablemente los costes de producción y uso para la construcción en Venezuela. Un metal que fuera más resistente, más versátil y más barato que todos.

Comencé a hacer mis primeras consultas a muchos profesores. Muchos de ellos se ofrecieron gustosamente a ayudarme. Veían mis cuadernos llenos de fórmulas y cálculos y hacían sus correcciones. Todo marchó sobre ruedas durante los primeros meses. Además, la universidad contaba con laboratorios que, algunos de ellos, tenían fundidoras y maquinaria especializada. Eran unos laboratorios que, para esa época (no sé ahora) estaban muy bien cuidados. Era un gusto inmenso el poder trabajar allí.

Yo no sabía, para ese momento, cómo todo se iba complicando. No tuve consciencia de ello hasta bien pasados unos meses. Algunas hipótesis que habíamos planteado no resultaron ser del todo ciertas. Los metales, que considerábamos como los definitivos, se partían con presiones relativamente mínimas. ¿Quién iba a querer que su casa estuviese hecha con esa mierda y se le viniera encima? Era un tanto ensayo y error. A veces, me daba demasiada rabia cuando el metal se partía como una galleta. Era una pérdida de dinero y, sobre todo, de tiempo.

El laboratorio número dos de la universidad comenzó a ser una especie de segunda casa para mí. Allí me pasaba, prácticamente, desde que amanecía hasta que anochecía. Muchas veces, si almorzaba, era porque uno de los tutores me recordaba que debía hacerlo. Recuerdo que hasta hubo una ocasión en que la señora de la limpieza, con un uniforme azul obscuro y un coleto que parecía de la época de Pérez Jiménez, me dijo, con acento medio cantado de llanera, “Muchacho, ¿y tú no descansas? Se te van a salir los ojos ahí.

La verdad es que no tenía mucho tiempo para eso. Mientras más tardara, más se aplazaría mi ansiada graduación. Además, estaba en un punto de no retorno. Ya mi tesis había comenzado a ser evaluada. No podía llegar a ser tan malandro y decir en el decanato: “Quiero que mi tesis sea otra cosa”. O sí podía hacerlo, pero era comenzar todo de nuevo, y no quería. Ya estaba empecinado en eso que, además, podía ser, para mi punto de vista, lo más útil que podía aportarle al país. Era ya, como se dice en las películas, un asunto personal.

Julieta, mi novia para ese momento, a veces me dejaba un coñazo de llamadas en el teléfono. Yo solía olvidarme del teléfono cuando estaba trabajando. El laboratorio número dos era como un recinto sagrado para mí, era como el intermediario entre yo y mi tesis, entre yo y mi graduación, entre yo y mi meta, entre yo y mi trabajo, entre yo y el éxito. Julieta era una chama preciosa. Nunca supe, a ciencia cierta, cómo pudo enamorarse de mí. Es cierto que no soy el hombre más feo del mundo, pero es que ella, de verdad, parecía una modelo. Además, estudiaba en la Metropolitana y era muy materialista (a lo mejor eso fue  lo que vio en mí. Ella era materialista y yo ingeniero de materiales).

Nos conocimos en la reunión de un pana. Yo siempre fui algo tímido para todo ese asunto de acercarme a las mujeres y esas cosas. Yo era más de quedarme hablando de las mismas estupideces con mis amigos de siempre, muchas veces rondando la mesa de pasapalos y la de bebidas. Ella estaba bailando. Había bailado toda la noche. Tenía un vestido negro corto y un cintillo morado en el pelo, también negro. Yo la había estado viendo desde que había llegado, pero, como siempre, sin atreverme a dar la iniciativa.

Ella fue la que se me acercó. Entabló conversación conmigo. Me invitó a bailar. Yo bailaba horrible y trataba de compensarlo hablando mientras bailaba. Ella me colocaba el dedo sobre mis labios y hacía, prácticamente, todo sola. Yo casi que le daba las gracias por eso. Yo sólo me movía de lado a lado, como un robot defectuoso. Luego de bailar, estuvimos hablando un rato. Ahí sí que dominaba un poco más de todo. Ella estudiaba estudios liberales, esa carrera inútil que es un poco de todo que no se llega a convertir en nada.

Ella ya estaba un poco ebria. Creo que confiaba en mí. Yo siempre sería una persona incapaz de aprovecharse de eso. Pero ella hizo todo el provecho sola y me robó un par de besos. Me dejó su número de teléfono. No es la gran historia del otro mundo. Yo estaba muy contento. Durante un tiempo, salimos a lugares típicos. El cine, el teatro, alguna que otra discoteca, restaurantes, entre otros. Para ese momento, cortejar a alguien no era, necesariamente, sinónimo de ir a la ruina. Me gustaba hacerla reír con cualquier comentario sobre una curiosidad científica. Ella, no sé si legítimamente, al menos fingía interés.

Nuestra relación se enfrío un poco cuando llegó el momento de mi tesis. Para una persona que cursa estudios liberales, no debe ser fácil comprender lo invasivo que puede ser un proyecto como en el que yo estaba. A veces, ella solía herirme, me escribía al BlackBerry y me dejaba un mensaje como “¿Sigues con tu metalcito de mierda?”. Yo lo consideraba un ataque directo. Casi que hubiese preferido que se metiera con mi familia, o algo similar. Ese “metalcito de mierda” pretendía ayudar a la gente en un país que se estaba yendo por el barranco mientras unos estaban muy cómodos en la burbuja de la Metro en su universo de estudios liberales.

Creo que no exagero si digo que llegué a llenar más de 17 cuadernos con fórmulas fallidas. Había montañas y montañas de chatarra que no se podía volver a utilizar porque ya eran mezclas solidificadas que no se podían volver a separar. Había gastado un dinero considerable en mi tesis. Ya no tenía dinero para llevar a Julieta todas las semanas a pasear. Mucho menos, y creo que esto era lo más grave, tiempo. De vez en cuando, pensaba que ella, en cualquier momento, se cansaría de mí y me mandaría al carajo. Pero ella tuvo paciencia hasta donde pudo.

Las veces que estábamos juntos, procuraba consentirla mucho. Le regalaba helado y veíamos películas. Odiaba que Julieta me preguntara “¿en qué piensas?”. Mi respuesta siempre era la misma. Pensaba en la fórmula de la aleación perfecta que me permitiese terminar la tesis de una vez por todas. Ella se encogía de hombros y arqueaba las cejas. Me encantaba cómo arqueaba las cejas. Se veía preciosa, aunque el que lo hiciese implicaba que estaba molesta. Si tan sólo mi carrera hubiese sido tan fácil como la suya.

Un martes por la tarde, era uno de esos días grises que nunca vienen mal en una ciudad tropical. Estaba cayendo una tormenta torrencial. Yo estaba, desde las siete de la mañana, en el laboratorio número dos. Había almorzado un cachito triste de jamón y un jugo de durazno que un pana me había traído desde la feria. Estaba listo para una nueva decepción, para una pieza más en el montón de chatarra, aunque siempre, antes de la prueba de la presión (que era la que medía la resistencia real de los metales) tenía la corazonada de que ésa sí podía ser.

El metal resistió todas las pruebas. A mí las piernas casi no me respondían. Estaba demasiado contento. Lo único que tenía a la mano para brindar era el fondito que quedaba del jugo de durazno con el que había almorzado y que aún estaba fresco. Pero con qué gusto me lo tomé. Resalté la fórmula. Le tomé fotos con el teléfono. Por fin había dado con el material ideal. Era un metal verdoso más ligero y más resistente que el propio acero. Quizás sería el comienzo de un gran cambio no sólo en Venezuela, sino en el mundo.

Pensé en llamar a Julieta, pero dedicí no hacerlo. Ella sabía bien lo que yo andaba buscando desde el comienzo de mi tesis. Pensé en darle una sorpresa un tanto cursi. Le fundiría una pulserita con el metal y se la regalaría para nuestro aniversario de novios, que ya se acercaba. La pulserita quedó un tanto fea. El metal era un poco tosco, aunque era mi metal. Era como mi hijo, estaba muy orgulloso de él. Guardé la pulsera en mi bulto, sin mucha parafernalia. Le escribí si quería ir a tomar algo. Ella me dijo que sí, que quería hablar conmigo.

Cuando le regalé la pulsera, ella ya tenía la decepción pintada en la cara. “¿Esto es lo que me regalas?, me dijo. Yo le expliqué todo el esfuerzo, todo el tiempo, toda la lectura y toda la práctica que habían sido necesarias para esa pulsera. Era el primer producto con la fórmula de un metal que podía ayudar a mucha gente. Ella lo lanzó con cierto desprecio en la mesa de la cafetería. Pensó que era otra simonbobada más, no supo que tanto esfuerzo había sido, en parte, pensando incluso en ella, en hacerla feliz.

Poco tiempo después, terminamos. Igual terminaríamos de todas formas. Cuando me gradué de la Simón, con honores, me salió una oferta para trabajar en Suiza. Al principio, Suiza no me parecía el mejor destino de todos. Tenía ese gusanillo de la nostalgia, de la distancia y de todas esas cosas que hacen que pensemos las cosas dos veces. Pero acepté. En Suiza he hecho varios amigos y estoy haciendo un máster gracias a una beca que conseguí a raíz de mis buenas notas de toda la vida. Además, el máster me permite seguir en investigaciones.

Hace poco, la Universidad de Basilea, mi universidad del máster, me otorgó la medalla del mérito a la investigación científica por el metal, al que, por imbécil, nostálgico e impulsivo, llamé Metal Julieta. Aún no se ha terminado de cumplir mi sueño de salir reseñado en un periódico, pero ya la parte más difícil está hecha. Los periódicos en Venezuela tienen, en este momento, cosas más importantes que reseñar (o eso creo). Pero, a pesar de estar en la universidad de Basilea, siempre estaré orgulloso de decir que estudié en la Simón. Que fui uno de sus aventureros exitosos.

 

Tomás Marín

Facebook.com/LaCantarida

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Liberen a Patricia

La llovizna, precisa y sutil, cubre los cascos y las viseras de los policías; el agua, al ser transparente y ciega, acaricia siempre a todos por igual. El severo cansancio se refleja en todos los rostros, protestar en dictadura es un decatlón que requiere velocidad, temple y adrenalina. Los estudiantes de la Universidad Simón Bolívar, con los ojos abiertos y húmedos, son obligados a permanecer de rodillas con las manos atadas a la espalda; se forma, una vez más, la lamentable imagen del intelecto sometido por el látigo del salvajismo. Un torpe camión avanza y retrocede hasta alcanzar un ángulo adecuado en donde pueda abrir, con comodidad, sus puertas traseras; allí los estudiantes serán trasladados a prisión. Un reportero, protegido detrás de un quiosco, toma ráfagas de fotografías; vivimos en un país en donde los bandoleros no se preocupan por esconder sus fechorías.

Patricia, al ver los explícitos gestos lascivos que le profiere uno de los oficiales, hace arcadas y aparta la mirada; sólo le faltan dos semestres para graduarse como ingeniera de materiales. Una bomba lacrimógena, arrojada con cálculo vil, estalla y da volteretas sobre el asfalto; los periodistas, tropezando y tosiendo, huyen del lugar y buscan resguardo. Un sargento, con paso intencionadamente lento y los pulgares dentro de los bolsillos, se acerca al oído de Patricia y de la compañera que tiene a la izquierda; ambas tiemblan, saben que nadie puede ayudarlas.

-Tengan claro que, si se portan mal y no colaboran, las violamos entre todos, guarimberas malditas. Nosotros no comemos cuento.

El gritar, para drenar o para denunciar, puede convertirse en una sentencia de muerte o en una desaparición tortuosa que podrá pasar desapercibida ante los ojos de la sedada opinión pública; las bestias llevan las reglas en este tablero de juego. El rostro de Hugo Chávez, impreso en un pendón gigante y desteñido, sonríe con displicencia mientras mira hacia el cielo; el germen de la guerra civil está más satisfecho que nunca con su legado.

Tomás Marín

Facebook.com/LaCantarida

Festín Cajanegra: El lujo de un banquete en tiempos de crisis

Cuando un curso de estudios académicos universitarios exige, para su conclusión, la condición de elaborar un proyecto de tesis, los estudiantes, en cuestión, deben elegir entre dos caminos posibles: construir (con todos los rigores, claro está) un trabajo estéril cuya pretensión no abarque más que la de materializar la aspiración al título; o, por el contrario, edificar un entramado de propuestas que, teóricas y prácticas, puedan trascender y sostenerse con el paso del tiempo.

“Sobre la cuádruple raíz del principio de razón suficiente”, proyecto de tesis doctoral en el que Arthur Schopenhauer ampliaba las teorías de Leibniz acerca del motivo por el que las cosas toman un curso determinado, es un texto que, aún hoy, sigue estando fresco a la hora de argumentar en intensos y fructíferos debates filosóficos. Un caso similar de presencia proporcional lo vemos en “Viajeros de Indias”, el libro que condensa el posgrado de Francisco Herrera Luque durante sus años de vida en Europa.

En 2015, comunicadores sociales de la Universidad Monteávila, como proyecto final de carrera, lograron erigir el Festín Cajanegra; certamen que consiguió imbuir, luego de sortear muchos obstáculos inherentes a cualquier “ambición” artística hecha en un país que atraviesa dificultades, un realce y una plataforma para todos los universitarios que, con ganas de hacer buen teatro, no cuentan con un apoyo más allá que el de sus mismas instituciones.

La primera edición hizo honor (como anillo al dedo) a su nombre. Una auténtica celebración concisa, alegre y reflexiva, se vivió en el centro cultural B.O.D. durante las fechas que, contra todo pronóstico, agotaron, en casi todas las ocasiones, los boletos que permitían ver el estado “embrionario” de la verdadera revolución de las tablas en Caracas, la que va más allá del “Star System”, de la risa fácil, del dinero como prioridad y de la vacuidad en los argumentos.

La Universidad Católica Andrés Bello se llevó el laurel principal (entre varias categorías a galardonar) en 2015 mediante la interpretación de la enigmática obra “Teresita, todo va a estar bien”; pieza que compitió junto a las representaciones de la Universidad Central de Venezuela, la Universidad Simón Bolívar, la Universidad Nacional Experimental de las Artes, la Universidad Metropolitana y, naturalmente, la Universidad Monteávila.

La edición del presente año (que tendrá un jurado de lujo) estará recibiendo propuestas, de estudiantes universitarios activos, hasta el 31 de mayo. Los interesados deben enviar un correo a festincajanegra@gmail.com con los siguientes datos: Nombre del grupo, Universidad(es) a la que pertenecen, Pieza seleccionada y por qué la eligieron, Número de estudiantes que conforman el grupo. Llegó la hora del buen teatro. Llegó la hora, de la mano de este tipo de iniciativas, de trascender; como lo hizo Schopenhauer, como lo hizo Herrera Luque, como lo hará, seguramente, el Festín Cajanegra.

 

T.M.

 

Ladrones en la universidad

Es cosa común verlos pasar con sus posturas indiferentes, con sus conversaciones banales, con sus relaciones de fin de semana y con cierto brillo puntillista en los ojos que haría temblar hasta al mismo Seurat. Delincuentes auténticos, sigilosos y refrendados; desplazándose en manadas y guardándose las espaldas. Como ministros oficialistas, como hampones citadinos.

Armando y desarmando clubs proporcionados y moldeados a cada horario de clase, reservándose los asientos cual aristocracia pedante de teatro victoriano. Contemplando, con tedio infinito, el ferrocarril de láminas que, año tras año (y luego de la hora del almuerzo), cuenta y recuenta las ideas de Lasswell, de McLuhan, de Adorno, de Santo Tomás, de Lewis, del Terrible Opus Dei.

Celebrando, con señas secretas, su extenso campo de acción ante autoridades universitarias de ojos vendados. Moviendo, con sus hilos invisibles y holgazanes, la débil marioneta sindicalista del delegado, quien, acorralado ante las excusas de siempre, las ganas de quedarse en casa y los gritos mandibulados; cede, vez tras vez, ante la mediocridad titánica de estos seres que se creen indemnes.

Cuando arriba el día de jugarse los puntos académicos, estos forajidos (semejantes a las tropas de Ned Kelly) se atrincheran a la mayor distancia que les sea posible dentro de los confines del aula. No vacilan en desenfundar su arsenal de teléfonos inteligentes (la inteligencia que ellos nunca podrán tener) y acceder, mediante éstos, al mercado negro de la información instantánea y las respuestas de contrabando. Se miran, sonríen, trafican sus botines y vuelven al ataque.

Nunca son ajusticiados, jamás han pisado un tribunal, no están siendo juzgados con dureza por 350 hombres en Atenas. Lucen el mismo traje de gala que atavía a la gente honrada y sensata, dan su mano sucia al mismo rector, quien les da el mismo título a todos. Se fotografían incólumes junto a sus familiares, reciben felicitaciones por un logro obtenido gracias a turbias licitaciones.

Hoy en día, ya culminada la carrera, están esparcidos por ahí; en Canadá, en Estados Unidos, (algunos aún siguen en Caracas) disfrutando, en la comodidad del retiro, los frutos de su continuo ultraje. Opinan, cuando se reúnen, acerca de lo mal que está el país, sin saber (o sabiendo, ¿quién sabe?) que no son más que pranes de la educación superior, que están en el mismo saco que los funcionarios corruptos que nos llevaron al atolladero.

 

T.M.

Fotografía: John Harding y Tomás Marín