Instrucciones para encontrar el amor de tu vida en la estación de Chacaíto

Chacaíto. ¿Por qué no otra estación? Chacaíto tiene más punch. Sólo Chacaíto tiene la combinación perfecta de rockeros comegatos y de evangélicos intensos que buscan incautos a quienes darles charlas interminables sobre su señor Jesucristo. No hay una estación mejor que Chacaíto si quieres encontrar al amor de tu vida. Es mejor ir por la mañana. Por la tarde hace demasiado calor. Por la tarde se montan más borrachos y más malandros que por la mañana. Y por las mañanas puedes dar un vistazo a las tiendas de cosméticos chinos y de ropa hippie que huele a la marihuana de sus tejedores.

Tienes suerte si no te topas con uno de esos muchachos flacos (muy flacos) que venden una versión pirata de las Susys o de los Cososettes. “Buenos días, señores. Triste es de pedil (sic), pero más triste es de robal (sic)”. No le prestes mucha atención al muchacho flaco que vende esas galletitas. Es posible que no venda nada. Es posible que compense el no vender nada sacándole un chuzo (construido por él mismo) a una viuda sesentona que va a alguna iglesia a solicitar una misa para su marido Víctor.

No hay grandes ornamentos en la estación de Chacaíto. Hubo grandes ornamentos alguna vez. Hoy en día ves esculturas descoñetadas por la acción de los hamponcitos. Hay hasta una medio bizarra y tubular que tiene una mancha de sangre que sólo he visto yo. Esa mancha de sangre se debe a una salpicadura de la última vez que lincharon a un ladrón. A un ladrón que quizás dijo lo de que más triste es robar que pedir. Vete al andén. El tren va a tener retraso. Pero el tren va a llegar. Siempre llega. Todo llega. El amor llega. El amor llega hasta en una estación como Chacaíto.

Mira bien a la gente que hay a tu alrededor. Hay un grupo de chamos que pertenecen a un grupo de teatro. No es el mejor grupo de teatro del mundo. Pero tienen mucha ilusión. Han conseguido un espacio muy pequeño en donde podrán representar “Muerte accidental de un anarquista”. Están felices. Hay una enfermera que no deja de revisarse el uniforme. Caracas quizás sería otra si todas las enfermeras tuvieran la delicadeza y el esmero de revisarse el uniforme. Hay mucha gente a pesar de la hora.

Te sostienes de un tubo que te da un poco de asco tocar. Hay miles de mitos urbanos alrededor de los tubos de los vagones del metro. Hay quien dice que los tubos de los vagones del metro tienen SIDA y SúperSIDA. Esos tubos han sido tocados por indigentes y por prostitutas. Esos tubos han sido tocados por abogados y por chavistas fanáticos convencidos. Una chama no pierde el glamour y toca el tubo sidoso con un pañuelo. Pero fíjate en ella sólo para la anécdota. Ella no es el amor de tu vida. Sigue mirando.

Las ventanas están obscuras a razón del túnel interminable. Muchas de las lamparitas que se ven desde las ventanas del vagón están apagadas por falta de mantenimiento. No esperes mucho más si vives en un país comunista. ¿Te acuerdas de cómo te divertías viendo esas lamparitas cuando estabas en tu infancia? ¡Era lo máximo! Quédate viendo la ventana. ¿No ves esos ojos tristes y azules verdosos? ¡Si es que se reflejan perfectamente a pesar de lo opaco de la ventana! No te fijes en el “Yazmín Maldita Perra” que está rayado en la ventana con una llave (o con un puñal). Fíjate en esos ojos azules y tristes. En esos ojos que brillan más que todas las lamparitas del túnel.

Ahí está el amor de tu vida. Aunque es obvio que aún no te has dado cuenta que ahí está el amor de tu vida. Voltea. Comprueba de dónde viene el reflejo. ¡Ahí sí que está el amor de tu vida! Tiene una franela roja (Pero sobria y cuchi. No tiene nada que ver con el chavismo. Tranquilo). Tiene el pelo liso y terso. Tiene el pelo bien lavado y cuidado. Pero esos ojos. Esos ojos son el mayor imán. Son azules. Son verdes y tristes. Están apuntando hacia algún lugar. ¿Qué grandes cosas estará pensando el amor de tu vida?

¿Estará pensando en encontrar al amor de su vida en el metro? Quizás. No hay manera de comprobarlo. Es como Dios. No podemos afirmarlo pero tampoco podemos negarlo. Pero seguramente está pensando en algo interesante. No pudiese ser el amor de tu vida si no estuviese pensando en cosas interesantes. Y nadie con esos ojos verdiazules y tristes puede estar pensando en nimiedades. Nadie con esos ojos azules y tristes puede estar pensando en tonterías. ¡No!

Tienes que idear algo. No sabes en qué estación se puede bajar el amor de tu vida. A lo mejor en la próxima. ¡Tienes que idear algo rápido! “Disculpa. Sé que estás pensando en algo interesante. Nadie con tus ojos verdiazules y tristes puede estar pensando en nimiedades. Nadie con tus ojos verdiazules y tristes puede estar pensando en tonterías”. Quizás sea una buena opción. No. No es una buena opción. Es muy invasivo. ¿Es que acaso perdiste el juicio? Pensará que eres psicópata. Tendrás suerte si sólo se aleja. Tendrás suerte si no activa el botón de emergencia y manda a llamar a la policía. Aunque la policía no funciona. Ni el botón de emergencia tampoco. Estás en un país comunista. ¿No lo recuerdas?

“Qué loco está clima, ¿no?” Podría servir. No. No podría servir. El clima en Caracas casi siempre es el mismo. Y es un tema cliché de conversación. Pensará que eres un perdedor. Pensará que tienes un trabajo aburrido. Pensará que trabajas en algo relacionado con la contaduría. A lo mejor al amor de tu vida le atrae la bohemia. Esos ojos azules y verdes y tristes y hermosos tienen que ser aficionados a la bohemia. Ajuro. Es el momento de buscar una conversación interesante. Háblale de aquel triste relato de la mitología griega en el que Ariadna no puede irse con Teseo. Cuéntale sobre aquel meme que viste sobre Murakami y su similitud con Sísifo a la hora de conseguir el premio Nobel.

“Estación Sabana Grande”. Acaba de hablar la voz ronca del metro. La voz que pareciera vivir del aguardiente y de nombrar las estaciones una y otra vez por los altavoces del vagón (también echados un poco a perder a causa del comunismo). Confía. Quizás el amor de tu vida de ojos tristes y verdiazules no se baja en Sabana Grande. No te enamores tanto. Enamórate mucho. No es fácil apartar la mirada de esos ojos que parecen el agua del mediodía de una playa de las Islas Marshall.

El amor de tu vida cruza la puerta. ¿Será que sigues su camino y te bajas también en Sabana Grande? Sí que se bajaba en Sabana Grande. Los ojos más bonitos del planeta tierra (Y de Saturno también) se han bajado en Sabana Grande. “Te he seguido desde el metro. Eres el amor de mi vida. No llegué hasta mi destino porque mi destino eres tú”. Ni se te ocurra. No llegarás lejos con esa babosada que pareciera escrita por Leonardo Padrón. Se cierra la puerta. Quizás se abra otra vez. Sal corriendo si se abre otra vez. El metro arranca. Perdiste al amor de tu vida. Se perderá en el laberinto. Más nunca tendrá contacto contigo. Las oportunidades las pintan calvas. Las pintan tan calvas como la cabeza de ese hombre que acaba de entrar (con una franela del Central Madeirense) y que ocupa el lugar y el reflejo que ocupó el amor de tu vida en el vagón apenas unos segundos antes. El amor de tu vida no aparece todos los días en Chacaíto. Idiota.

Tomás Marín

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“Gracias por todo, Daniela. Yo te debo la vida”

“¿Se le puede lanzar maní a la elefanta, papi?, preguntó Daniela. “Claro que sí, mi amor, pero tienes que lanzar con fuerza para que el maní pueda llegar y la elefanta se lo pueda comer”, respondió el papá. Daniela tenía colitas y era mi mejor amiga. Teníamos unos seis años. A veces, el papá de ella nos llevaba al zoológico de Caricuao. A veces, cuando su papá estaba ocupado, metido en asuntos de política que yo nunca entendía, era mi papá quien nos llevaba al miso sitio, al zoológico de Caricuao, nuestro lugar favorito en el mundo.

Yo amaba esos paseos. Generalmente los hacíamos los sábados por la mañana. Cuando mi papá era el chofer íbamos a buscar a Daniela, que vivía cerca de la Hoyada y quien siempre nos esperaba en la puerta de su edificio con un gran saquito de maní para compartir conmigo mientras veíamos animales enjaulados en el zoológico de Caricuao. Daniela era una niña sensible. Siempre fue la niña más sensible que conocí. Recuerdo que se le aguaban los ojos en el carro cuando veía a la gente pobre en la calle. Nunca llegaba a llorar. Más bien parecía que tenía alergia. Mi papá quitaba el aire acondicionado, creyendo que era el aire acondicionado del carro el que le enrojecía los ojos a Daniela. Pero ella me decía, a solas, que la pobreza ajena le generaba una tristeza que siempre la superaba. Yo me encogía de hombros. Yo sólo me ponía triste cuando no había Sorbeticos de fresa en el Excelsior o cuando no podía tener el Hieloco que me faltaba.

Creo que esa sensibilidad de Daniela vino por el papá. Mi papá siempre decía que el papá de Daniela era socialista. Yo no comprendí esa palabra sino hasta los 13 ó 14 años. De niña, la palabra “socialista”, por alguna razón me sonaba a comida. De grande aprendí que la palabra “socialista”, más bien, siempre implica falta de comida. El papá de Daniela era cercano a Chávez. Por eso, cuando la campaña de Chávez se intensificó, cada vez lo veía con menos frecuencia. Se volvió un señor esquivo y un tanto sombrío. Muy distinto de aquel hombre de ojos achinados y alegres que, con anécdotas dicharacheras, nos llevaba hasta Caricuao a ver animales y que nos brindaba un sándwich de pollo granjero cuando nos portábamos bien, que era siempre, porque siempre nos portábamos bien.

La primera vez que un escolta de Daniela nos llevó a Caricuao, yo sabía que los viajes al zoológico estaban heridos de muerte. No era lo mismo. Además, ya nos estábamos haciendo grandes. Teníamos otras inquietudes que ver animales enjaulados en el sur de Caracas. Yo notaba que a Daniela no se le aguaban más los ojos, a pesar de que cada vez había más harapientos en la calle. Pero Daniela siempre seguía compartiendo manís conmigo. Aunque cada vez hablaba menos y cada vez hablaba de cosas un poco más triviales. Estaba un poco desapareciendo la Daniela niña. Un poco como el papá, pero de modo diferente.

Pero Daniela y yo hemos sido amigas toda la vida. He sido testigo de sus crisis de nervios, de las amenazas que a veces recibía y del plástico círculo que fue construyéndose en torno a ella (y del que yo siempre hice parte). De repente, casi de un día para otro, las fiestas y las salidas con Daniela comenzaron a ser arrechísimas, alucinantes, de otro mundo. Siempre me daba un poco de corte que ella casi siempre estuviese rodeada de escoltas. Pero, al mismo tiempo, era una ventaja. Si faltaba hielo, whisky del caro o cocaína, los amigos de Daniela podíamos pedir a los escoltas que “hicieran el mandado”. Recuerdo a un escolta en particular. Se llamaba Ángel. Era un tipo gordísimo, moreno y estaba tatuado. Parecía de esos seguridad que aparecen en los reality show basuras de MTV. Pero lo que tenía de barriga, lo tenía de corazón.

Quiero dejar en claro que nunca he sido aficionada de (algunas) drogas. Daniela tampoco lo era. Pero ella tenía mente muy liberal y abierta. No le importaba que sus amigos fumaran porros o se metieran pases, incluso sobre los cuerpos desnudos de otras chamas drogadas, en las fiestas descomunales que ella organizaba casi todos los fines de semana y que se hacían en Valle Arriba o en el yate gigantesco que daba vueltas (siempre escoltado por pequeños barquitos de la Guardia Nacional) por las hermosas aguas de Falcón.

Yo no sé si el papá de Daniela es un narco, como la gente dice. Pero no me extrañaría que así fuera. A mí, que siempre he sido moralmente neutra, ni me va ni me viene. A Daniela tengo mucho que agradecerle. Fue ella quien me sacó del país tercermundista al que siempre he odiado con todas mis vísceras y me llevó a vivir a Estados Unidos, en donde ella hizo otro círculo aún más brutal que el círculo que tenía en Venezuela. Yo siempre me sentí, un poco, como su protegida. Incluso, Daniela era inteligente y generosa para ciertas cosas que poco o nada tenían que ver con el dinero, con las orgías o con las fiestas. Recuerdo clarísimo que una vez, incluso cuando ya su nombre tenía cierta fama en los medios (reflejo del papá, que es una figura realmente de peso), llegó a mi casa en su Grand Vitara (siempre escoltada), en medio de una tarde lluviosa, para enseñarme una lección sobre polinomios que en la Simón yo no había terminado de entender. Siempre sentí que ella hubiese podido ser una buena profesora. Pero a ella no le hacía falta eso. Nunca le ha hecho falta ni eso ni nada.

A mí me excitaban un poco (y no me da pena decirlo) y me llamaban la atención ciertos aspectos de la personalidad de Daniela. Ella tenía cierta inclinación por la depravación. Parecía que no sentía sensibilidad por nada. Era como si aquella niñita de ojos aguados que iba para Caricuao hubiese mutado en una figura realmente curiosa y atractiva. Ella, por ejemplo, cuando hacía parrilladas, mandaba, a veces, a traer a la ternera viva desde Carora, desde San Felipe o desde alguna de esas ciudades enterradas en la nada. Ella nunca se atrevía a hacerlo personalmente, pero le daba dólares (y siempre un beso en la mejilla, que era  su rubrica) a Ángel o a otro de sus escoltas para que, con un machete, propinara un golpe letal al animal, quien corría desangrándose hasta morir ante el júbilo del círculo de amigos orgiásticos y drogados de Daniela, quien siempre veía el espectáculo con una sonrisa hermosa. Luego, naturalmente, la ternera era asada y disfrutada por todos los comensales. Realmente eran noches fantásticas. Aunque no eran tan fantásticas cuando Daniela hacía sacar su guitarra Fender acústica y se ponía a cantar. Odiaba como cantaba, y tocaba horrible. Pero no podía decírselo. Nadie podía hacerlo.

Y creo que fue esa costumbre a la insensibilidad de Daniela lo que me hizo extrañarme tanto cuando la vi ayer en la que, quizás, sea la última vez que la vea. Se notaba que había llorado. No estaba maquillada y no tenía su sonrisa perlada, perfecta y espectacular. Nosotras somos (o éramos, a partir de hoy) vecinas en Estados Unidos. Ella me regaló la casa en la que vivo ahora. Por ella puedo caminar en Central Park en vez de en la Plaza Altamira. Por ella conozco el deleite de las trufas, de la champaña, de la Hershey’s Store y del sexo grupal.

No le dolió tanto los 800 millones de dólares que le embargaron a su papá como el hecho de que el gobierno de Estados Unidos ordenase su deportación inmediata. 800 millones de dólares, cuando eres hija de quien eres, se consiguen como se consigue una moneda perdida debajo de la alfombra del carro. “Helena, ¿me acompañas al JKF?”, me preguntó. “Claro que sí, Dani”, le respondí. Le dieron sólo 72 horas para salir. Fuimos en taxi hasta el aeropuerto. Otro taxi, atrás, iba siguiéndonos, llevando las maletas de Daniela, que parecían incontables.

Me dio mucha paja que la deportaran. Para mí siempre ha sido una mierda toda la parafernalia que han montado contra ella. Pero no quería decírselo. Dani no habló en todo el camino. No habló casi en el aeropuerto y me dio mucha lástima cuando le pusieron el sello rojo en su pasaporte diplomático repleto de sellos de los más variopintos países del mundo. La acompañé mientras estaba sentada y pensativa en la larga hilera de sillas plateadas y vacías. Nunca la había visto así.

“Me acaba de escribir mi mamá por el Whatsapp”, le dije a Daniela, quien miraba hacia el frente y jugaba con la punta de las mangas de su suéter blanco. Se veía tan cuchi así, triste. “¿Y qué te dice?”, me preguntó. “Parece que se murió Ruperta”, le dije yo. “¿Quién coño de la madre es Ruperta?”, me dijo Daniela, siempre mirando hacia el frente y con una displicencia que me pareció cómica. “La elefanta de Caricuao. ¿Te acuerdas de ella? A ti te gustaba tirarle maní”, le respondí yo.

Daniela sonrió. Fue la única vez que la vi sonreír en todo ese día. Me sentí feliz de hacerla sonreír. Pensé que podríamos hablar de Ruperta y de los días en las que éramos felices visitando un zoológico que ahora es una basura maloliente. Pero ella prefirió quedarse callada. La gigantesca pantalla que anunciaba las salidas indicaba que ya estaban abiertas las puertas de embarque para el vuelo que, a las 20:55, partiría hacia Caracas. “Gracias por todo, Daniela. Yo te debo la vida. Nos veremos más pronto de lo que crees”, le dije. Estuvimos abrazadas un tiempo largo. La sentía llorando sobre mi hombro. La fiesta, al menos en Nueva York, se había terminado. “Toma”, me dijo ella. Sacó, de su Kipling violeta, una bolsita de maní salado a medio comer. “Cómetelo tú, que no me lo van a dejar pasar”, me dijo antes de tomar camino al avión que saldría a las 20:55, el que la llevaría de vuelta al país tercermundista al que siempre he odiado con todas mis vísceras.

 

Helena Eco.

¿El Stephen Hawking venezolano?

Yo no sé ustedes, pero, al menos a mí, que tengo 27 años, en mi infancia,me contaron más de una vez el relato de la “Cucarachita Martínez”. De hecho, mi papá me ha contado, en más de una ocasión, que, cuando él era pequeño, en su colegio de la isla de Margarita, fue protagonista de una representación teatral acerca del relato de la Cucarachita Martínez. Y esto sin mencionar la popular canción de Serenata Guayanesa, que comienza diciendo: “La cucaracha Martínez, arreglando el comedor, por debajo de la mesa un centavo se encontró”. El origen de este cuento seguramente pertenece al folklore popular, pero quien lo canalizó y lo materializó fue nada más y nada menos que un prestigioso y notable científico venezolano.

Este dato puede que sorprenda a muchos, sobre todo a quienes están acostumbrados a ver, en los científicos, a gente muy hierática, seria y aséptica. Pero Vicente Marcano era todo lo contrario. No sólo tiene el mérito, además de ser químico, de ser el primer investigador científico profesional en la historia de Venezuela, sino que, cuando leemos e investigamos acerca de él, nos encontramos con que también tenía una pluma notable, no sólo dedicada a sesudos artículos científicos, sino a literatura tanto infantil como para adultos.

Y es que Vicente Marcano era realmente un erudito. Tuvo la oportunidad de estudiar en París. Y no en cualquier academia. Vicente Marcano se graduó en la Escuela de Artes y Manufacturas, la famosa Escuela Central de París. La Escuela de Artes y Manufacturas era (y es) una de las instituciones más prestigiosas del mundo. Se dedica a formar ingenieros con un conocimiento en casi todas las ramas del saber. Lo cierto es que Vicente Marcano, una vez egresado de esta prestigiosa institución, regresó a Venezuela para poner en práctica sus conocimientos, ya que, para él, el país lo necesitaba. ¡Y de qué manera lo hizo!

Lo primero que hizo fue poner su pluma a trabajar en largos ensayos didácticos que, sorprendentemente, se siguen editando hasta el día de hoy. Quizás el más famoso de todos fue “Elementos de filosofía química según la teoría atómica”. Sé que el nombre puede sonar muy engorroso y hasta aburrido. Y quizás sea cierto que es un libro sólo para entendidos. Sin embargo, debemos tener en cuenta que fue una publicación avanzadísima para la época, más proviniendo de un país que no tenía bagaje científico, como lo era Venezuela.

Y es que, al mencionar esto, no debemos creer que los ensayos científicos de Vicente Marcano solamente tuvieron difusión en los escasos círculos científicos que había en Venezuela. Las teorías, los análisis y las visiones de Marcano, rápidamente, comenzaron a ser solicitadas y muy valoradas en el extranjero. De hecho, algunas de las publicaciones de Vicente Marcano fueron traducidas a varios idiomas y publicadas en muchas de las revistas y libros de recopilación científica más importantes para ese momento a nivel mundial.

Ahora bien. ¿Por qué nos atrevemos a comparar a Vicente Marcano con el científico inglés Stephen Hawking? Es cierto que, tanto por época como por recursos, distan mucho. Pero lo cierto es que ambos coincidieron en una cosa. Stephen Hawking, además de sus importantísimas investigaciones y aportes, se dedicó, mediante su libro “Breve historia del tiempo”, a llevar el conocimiento científico a un plano más “común”, más dirigido hacia personas que tenían poca o nula noción de las ciencias y de su avance como tal. Algo similar hizo, muchos años antes, Vicente Marcano.

A Vicente Marcano le interesaba mucho que el pueblo venezolano, siempre sumido en la peor y más lamentable de las ignorancias, tuviese la oportunidad de enamorarse de la ciencia. Intentando esto, publicó no pocas historias que siempre tenían un trasfondo de explicación científica. Por ejemplo, podemos leer la “Historia científica de una gota de rocío” o “Lo que hay en una botella de cerveza”, un divertido relato en donde éste, hablando en primera persona, recibe una carta de una amiga un poco tonta, quien lo invita a comer, y se pone a hablar con él acerca del origen de la cerveza. De más está decir que, a pesar de su valioso intento, Vicente Marcano fracasó en enamorar al pueblo de la ciencia, ya que, hoy en día, es sumamente difícil encontrar este tipo de textos.

Sin embargo, en otras labores como escritor, sí que tuvo muchísimo éxito. Un ejemplo de ello es el famosísimo relato, que ya hemos mencionado, de la Cucarachita Martínez (que, en el original, tenía el nombre de la Cucarachita Martina). Otro ejemplo, aunque lamentablemente casi diluido en el tiempo, es la novela que lleva por nombre “El tesoro del pirata”. Ésta es una novela inconclusa casi imposible de conseguir hoy en día y que publicó bajo el seudónimo de “Tito Salcedo”. Este seudónimo también lo utilizó para publicar cuentos breves.

A pesar de que los restos de Vicente Marcano reposan en el Panteón Nacional, la memoria de este eminente científico y escritor, que murió joven, apenas a los 43 años, parece que va desapareciendo con el pasar de los años. Es cierto que, si investigamos, encontraremos, a lo largo y ancho de Venezuela, una que otra institución educativa que, a modo de homenaje, lleva su nombre. Pero sentimos que una persona como Vicente Marcano, dedicado toda su vida al saber y, más importante aún, preocupado por llevar este saber al pueblo llano, merece, sin duda muchísimo más.

Tomás Marín.

Diles que no me boten.

“Helena, por favor. ¡Diles que no me boten!”, me dijo Fortu mientras hacía un puchero. Nunca la había visto así. Con respecto a ella, siempre parecía que todo le importaba una mierda. Pero eso en verdad le importaba, y mucho. “No puedo hacer mucho más, chama. De pana ya hablé con Argelia y no está dispuesta a negociar”, le respondí a Fortu. Fortu me veía con una de esas miradas que te imploran súplica. Argelia era la directora del colegio. “Pero ve otra vez. A ti te hacen caso. A ti te jalan bolas, Helena. Eres una hueva. Eres una de las mejores estudiantes que hay aquí. Argelia te ama. Sólo tienes que insistirle más”, me dijo Fortu, sin poder contener las lágrimas.

No les voy a mentir. Al menos en eso, Fortu tenía razón. Yo era una de las mejores estudiantes del San Ignacio. El colegio siempre me pareció una cueva de ultraconservadores espeluznantes, pero la educación era buena. Cuando no te metían el asunto religioso por los ojos, los temas que se veían eran realmente agradables. Estaban bien explicados. “Coño. No sé qué más podría hacer, Fortu. Argelia se va a arrechar conmigo. Al fin y al cabo, tú te metiste en este peo sola”, le dije a Fortu, mirando hacia la ventana para no ver su cara de idiota triste. “Sólo una vez más, por favor”, me dijo Fortu intentando agarrarme las manos, que yo aparté inmediatamente. “Déjame ver qué puedo hacer por ti. Pero si me meto en un peo, te parto la cara a coñazos”, le dije a Fortu.

Fortunata (Fortu) casi no había visto clases ese día. Apenas a segunda hora de la mañana la mandaron a buscar. Fortu había estado todo el día en el pasillo que estaba al lado de la oficina de Argelia, la directora. La vi en el primer recreo. La vi en el segundo recreo. La vi en el tercer recreo. A la hora de salida, aún estaba allí. Fue cuando hablé con ella con más profundidad. Tenía como 9 horas esperando a los papás, pero los papás de Fortu no sé si estaban de viaje o algo así. El hecho es que no aparecían, o no querían aparecer. Ellos eran un poco como Fortu. A ellos, todo les importaba una mierda.

Además de las súplicas que Fortu me hacía para que hablara con Argelia, toda su actitud en ese momento me daba una arrechera indescriptible. Fortu nunca se había preocupado en ser buena estudiante. Era una de esas mediocres que siempre dicen que “diez es nota y lo demás es lujo”. Pero ahora, que estaba amenazada y era casi segura su expulsión definitiva del San Ignacio, se hacía a sí misma promesas de fajarse mucho más con sus estudios. De ser una alumna aplicada y modelo. Yo pensaba que era una idiotez. Si ya te están jodiendo por algo que hiciste con orgullo en tu momento, al menos ten la dignidad de mantenerte firme en lo que fue tu creencia. Había una canción del Cuarteto de Nos que decía: “Si naciste incendiario, no te mueras bombero”.

Yo no es que le diera la razón a Fortu, pero me parecía que todo el asunto por el que estaba allí era una exageración. Por otro lado, no me extrañaba. La gente del San Ignacio es intensa y fanática. Admito que hasta yo me reí con lo que hizo Fortu. Me pareció osado, pero me dio mucha risa. Hay que poner en contexto. En el San Ignacio, en todos los salones desde el primero de preescolar hasta el último de bachillerato, hay dos elementos absolutamente infaltables. Estos elementos son una cruz y unos retratos que hay de San Ignacio de Loyola, en donde sale con una especie de sotana negra y fondo obscuro. Cuando yo era pequeña, en mis primeros años de colegio, los retratos de San Ignacio me daban terror. Él, al fin y al cabo jesuita, tenía una mirada fija que parecía seguirte a todos lados. Yo, en clases, intentaba no mirarlo. Sentía que era una especie de gran hermano que estaba dispuesto a castigarte si no permanecías como una niña casta y pura.

El hecho es que Fortu se había quedado una tarde casi tres horas de más en el colegio. Ya todos casi todos los estudiantes se habían ido, incluso los que tenían actividades extraescolares por las tardes. Fortu había llevado témpera negra y un pincel. Como los salones del San Ignacio son abiertos, y los que no son abiertos tienen ventanas grandes, Fortu se metió en todos a pintar una cruz invertida en cada uno de los retratos de San Ignacio. Ella me había preguntado, como un mes antes, si yo iba pendiente de ayudarla, pero a mí me parecía algo estúpido. Creo que las otras personas a las que Fortu les preguntó pensaban como yo. Eso sí. Debo admitir que, de pana, Fortu se fajó. Dibujó cruces volteadas en todos los retratos de San Ignacio de todos los salones desde Pre-kinder hasta quinto año. Tomando en cuenta que son cuatro secciones y catorce niveles desde pre-kinder hasta quinto año, Fortu pintó 56 cruces invertidas en 56 retratos de San Ignacio. Los niños del preescolar y los pequeños de primaria gritaban y lloraban escandalizados. Para ellos, ver las cruces al revés fue como ver al Diablo. Eso agravó las cosas. Pero había pasado mucho tiempo desde entonces.

Si no habían jodido a Fortu hasta entonces era porque nadie de los profesores ni de la directiva del colegio sabían que había sido ella la que había pintado las cruces. Era una especie de Fuenteovejuna. Todos los estudiantes (al menos los de mi año) sabíamos que Fortu lo había hecho. La gran diferencia estaba en que, en nuestro salón y en nuestro año, no todo el mundo era tan solidario como en Fuenteovejuna. Creo que Fortu no contó con ese detalle. Y eso que a Fortu la querían. La invitaban a fiestas y era de las primeras a las que llamaban cuando había trabajo en grupo. Fortu no hacía nada en los trabajos. Sólo iba a las casas de sus compañeros a comer, a fumar y a contar chistes. Pero creo que los seres humanos somos una puta mierda y siempre estamos dispuestos a sacar la maldad cuando tenemos una presa con quien hacerlo. Algo así pasó con Fortu. El silencio del salón, el no delatar a Fortu, al principio, fue un silencio cómplice y de amigos. Luego empezó a costar. Querían joder a Fortu a cambio de seguir guardando el silencio. Al principio venía algún chamo de estos idiotas futboleros que están buenísimos pero tienen un maní en la cabeza y le decía a Fortu que le hiciera los trabajos a cambio del silencio. Fortu accedía. Tenía miedo. La directiva del colegio, casi de una manera subliminal, dejaba en claro que el culpable de haber “profanado” a San Ignacio iba a pagar, e iba a pagar caro. A mí me parecía una estupidez. Al fin y al cabo, la témpera salió con agua y esponja. Pero la gente del San Ignacio es intensa y fanática. El hecho es que luego venía otro chamo a pedirle a Fortu que le hiciera el trabajo de Matemáticas o de Latín. Y Fortu tenía que acceder. Luego alguien le pedía plata. Era el precio del silencio. La cosa se puso un pelo más fea cuando uno de los chamos le dijo a Fortu que, para no acusarla, debía acostarse con él. Y ahí Fortu se puso pálida. Ella era una chama de mente muy abierta, pero cuidaba su virginidad siempre. El sexo a Fortu como que le daba asco, y eso que Fortu era preciosa. Pero su mente, con respecto al sexo, era como la de un niño pequeño. Le daba como una mezcla entre asco y miedo. Pero, aún así, Fortu sacrificó su principio por silencio. Me contó luego que le dolió y lloró, pero todo había sido porque no la expulsaran. Por no mandar su año escolar a la mierda y poderse graduar en un buen colegio. Al fin y al cabo, Fortu, a pesar de ser Fortu, a veces soñaba con una buena carrera universitaria, con largarse de nuestro pobre y triste país.

Fortu cada vez se sentía más vulnerable. Eso la hizo cambiar. A mí me daba paja el ver cómo todo a Fortu se le iba de las manos. Al fin y al cabo, todo había sido una travesura estúpida. Ella misma se hubiese ofrecido a borrar las cruces que pintó con témpera sobre el rostro señorial de San Ignacio. El problema es que hizo esta travesura en el lugar equivocado. Fortu intentaba que todo se diluyera con el tiempo. Pero con el pasar de los días, de las semanas y de los meses, todo el caso se intensificaba. De hecho, el colegio había convocado a una reunión de emergencia de padres y representantes. La reunión, como se podrá suponer, fue un puto chiste, al igual que el 99% de las reuniones de padres y representantes. Todos eran gente respingada que alzaba el meñique y hablaba sobre sus fantásticos y estúpidos hijos, sobre sus fantásticos y estúpidos trabajos y sobre su época como estudiante en el San Ignacio. Fortu se había vuelto sumisa. Ella, que era una contestona por naturaleza, ya no contestaba más. Supe que Fortu estaba totalmente subyugada cuando una profesora le bajó siete puntos en un examen (injustamente, porque ella estudió conmigo y me consta que lo hizo bien) y ella lo dejó así. En condiciones normales, Fortu hubiese pegado el grito en el cielo. Pero ahora era una especie de Fortu en la clandestinidad.

Yo aún no sé bien cómo fue que dieron con Fortu. Supongo que se habrá estirado mucho la cuerda de los sobornos a cambio de los silencios y alguien la delató, seguramente bajo el anonimato. Quizás fue uno de los chamos que, cenando, se lo contó a los papás, y los papás llamaron al colegio indignados. Cuando mandaron a llamar a Fortu aquella mañana en la que la que, luego, la tuvieron esperando horas, ella se puso pálida. Ella misma se había delatado. Todo el mundo en el salón hizo silencio. Yo sólo pensaba en cómo podría vengarse Fortu de todos los que la habían comprado. No había servido de nada. Todo lo contrario. El tiempo que había pasado desde que Fortu hizo lo que hizo hasta que dieron con ella sólo había servido para enfurecer más al colegio. Fortu hablaba con los gestos. Iba a explicarles todo. Yo estaba seguro de que podría convencerlos. Fortu era astuta. Y al fin y al cabo, no era más que témpera sobre vidrios que enmarcaban los retratos de un tipo. Lo malo es que ese tipo tenía fanáticos.

Además, como he dicho, ya había pasado tiempo. Era lo que me parecía más estúpido. Habían pasado ya varios meses desde eso. Si a nadie se lo hubiesen contado, nadie se hubiese dado cuenta de que los retratos de San Ignacio alguna vez habían sido “vandalizados”. Pero la gente del San Ignacio es tan intensa que incluso llegó a hablarse de traumas psicológicos. De hecho, en la famosa reunión de emergencia que se convocó para los padres y representantes, una señora regordeta y emperifollada hablaba de “secuelas irreversibles” al tiempo en el que otros padres y representantes aplaudían. Sí. Así fue el lugar en el que yo estudié.

Creo que si Fortu hubiese salido corriendo, quizás ni la hubiesen perseguido. La estaban escoltando entre dos coordinadoras. Dos coordinadoras de cabello corto que se maquillaban en exceso. De esas coordinadoras de las que se decían que eran unas malcogidas. Si Fortu hubiese sabido que alguien la había acusado, o que la habían descubierto, luego de meses, por alguna u otra razón, con esconderse unas horas o unos días en cualquier lado, hubiese calmado un poco las cosas. Pudo haber fingido una enfermedad. Quizás se hubiese desestimado la supuesta acusación. A veces funcionaba.

Por fin, luego de tantísimas horas de Espera, creo que Argelia, la directora del colegio, asimiló que los papás de Fortu no irían. Al principio, pensó que Fortu ni siquiera se había comunicado con ellos. Pero Argelia habló personalmente con los padres de Fortu. Argelia hizo pasar a Fortu a su oficina y cerró la puerta. Como ya eran cerca de las cuatro de la tarde y ya casi no quedaban profesores ni alumnos por ahí, me acerqué a la puerta, que era de madera gruesa, y pegué el oído a ver si lograba escuchar algo.

Argelia se hizo la tonta. Pero hizo una serie de preguntas astutas en las que Fortu cayó. Luego la remató. Argelia le dijo unas cosas tan fuertes, que hasta a mí me parecieron excesivas. Yo no entendía tanto rencor por parte de Argelia. No entendía sus palabras particularmente crueles. Incluso el Padre Pérez Galdós, el rector del colegio, con el tiempo había empezado un poco a subestimar el hecho, a restarle importancia. Pero Argelia se ensañó. Sólo se oían sus palabras que, como eran gritadas, no hacía falta pegar el oído a la puerta para escuchar. Lo otro que se escuchaba, como un sonido de fondo a las palabras de Argelia, eran los gemidos del llanto de Fortu.

“Por favor, Argelia, no me botes. Debe haber algo que yo pueda hacer”, dijo Fortu. Fortu no tuteaba a nadie de más “rango” que ella. “Eso fue hace mucho tiempo. Yo lo iba a decir, pero me dio miedo. El colegio se lo tomó muy en serio. No es que no fuese algo para que se tomara en serio. Yo quiero mucho a San Ignacio. Yo le rezo a San Ignacio”, argumentaba Fortu. Pero Fortu mentía. Fortu, al igual que yo, no creía en Dios. Argelia lo sabía. Fortu era de las que más echaba vaina en la misa. Fortu era de las que ponía letras obscenas a las tonadas cursis de la misa. Las mentiras de Fortu sólo irritaban más a Argelia.

Pero todo estuvo claro para todos en un momento. La rabia de Argelia, que en un momento me pareció estúpida, tuvo sentido. Sigo sin justificarla, pero al menos la comprendí. Argelia sacó, frente a Fortu, su bolso desde una de las gavetas de su escritorio. Era un bolso grande y marrón. De su bolso sacó una cartera y de la cartera sacó una estampa de San Ignacio. Una estampa que tenía la misma imagen que había rayado Fortu con témpera 56 veces. “¿Sabes quién es éste?”, le preguntó Argelia a Fortu. Fortu moqueaba y aún gemía. “Es San Ignacio”, respondió una Fortu más sumisa que nunca. Acto seguido, Argelia sacó de su cartera una foto tamaño carnet. “¿Y sabes quién es éste?”, preguntó Argelia a Fortu. “No sé”, respondió Fortu. “Éste es mi esposo”, dijo Argelia. Fortu no sabía qué decir. Yo, que no sé dar respuestas en momentos bajo presión, hubiese respondido alguna estupidez del tipo: “Qué guapo”. “Mi esposo estuvo muy enfermo. Muy enfermo. Muy enfermo. Estuvo hospitalizado varios meses, a punto de morirse. Y cuando estaba peor, yo le pedí a San Ignacio que lo salvara. Y lo salvó”, dijo Argelia con voz intensa. Fortu se quedó muda. A mí me parecía algo estúpido. Nunca he creído en los milagros. “¿Ves que le debo mucho a San Ignacio? ¿Ves por qué no puedo dejar que sigas estudiando en este colegio?”, concluyó Argelia. Fortu tuvo varios segundos de silencio antes de formular su réplica.

Fortu replicó al perdón. El perdón siempre me ha dado risa. Es como el último recurso. Es como cuando sabes que has perdido el juego y apelas un poco a la lástima del contrincante. De hecho, a veces creo que las personas que pasan a la historia pasan, precisamente, por no pedir perdón. Argelia decía que la perdonaba, pero que sería expulsada permanentemente del colegio. Fortu, ya en una defensiva desesperada, intentó seguir apelando a la lástima de Argelia. Preguntó si podía ir al menos como oyente. “Si mañana, o cualquier otro día, pisas este colegio”, te mando a sacar con seguridad. Ya Fortu no tenía nada que buscar.

A Fortu le había dolido el coñazo, aunque se había preparado para él. Llevaba tanto tiempo llorando, que me provocaba cachetearla a ver si se recomponía. Ya como era tarde en la tarde, sólo quedaba el bulto de Fortu apoyado en su pupitre en el salón. Era un bulto negro que tenía parches de Nirvana. Aún estaba el cuaderno que ella había abierto aquella mañana y en el que había hecho sus últimas anotaciones, sin saberlo, como estudiante en el San Ignacio. “Las pinturas negras fueron trasladadas desde la Quinta del Sordo”, seguido por un tachón y una caricatura del pene erecto del Saturno de Goya, era lo último que había quedado escrito y dibujado.

Al menos, Fortu no tuvo una despedida intensa. Yo la acompañé hasta la puerta del colegio, que cruzó sin voltear la mirada. La invité a un café de La Majestic. La Majestic era una panadería y cafetería que, en sus tiempos, era increíble. Luego, al igual que el país, se había vuelto mierda. Pero aún servían buen café. Fortu aceptó. Al menos, el café con leche la calmó un poco. Estuvo largo tiempo sin decir nada. Sólo bebía su café y miraba al techo. Ya no lloraba. No fue su culpa haberse burlado del santo equivocado en un colegio así.

Ya, en un rato, sus papás la irían a buscar. Fortu intentaría hacer reválida en algún otro colegio, a ver si al menos salvaba el año y no tenía que hacerlo entero, luego de haber cursado más de la mitad. No sé si los papás de Fortu sabían que la habían expulsado. De todos modos, ellos vivían en su mundo. A pesar de todo, yo no quería dejar de ver a Fortu. Era una de esas chamas con las que te reías y lo pasabas bien. Ya buscaría cupo en algún colegio mediocre, como el Marbe.

T.M.

Adaptación del texto “Diles que no me maten”, de Juan Rulfo.

 

 

Plomo (Segunda Parte)

A pesar de las chispas que caían, siempre fui una persona muy conductista a la hora de comer. Yo solía comer al mediodía. Si por mí fuera, comería todo el día. Pero al ser estudiante aprendí a hacer malabares con los horarios y a hacer un hueco para poder comer, lloviera, tronara o relampagueara, a la misma hora del día. En este caso, lo que llovían eran balas. Pero mi hora de comer es sagrada. Iría a hacer mi almuerzo y comer. Total, nada podría hacer yo para que la lluvia de balas y de fuego se calmase.

Entré a la cocina. Por un momento tuve miedo. La ventana de la cocina estaba abierta de par en par. Es cierto. No era una ventana muy grande, pero cualquier bala envuelta en fuego podría entrar por ahí. Quise acercarme a cerrarla, pero sentía que sería el lugar más vulnerable en el que me podría poner. Yo no quería morir a causa de una bala. Nadie, creo, quiere morir a causa de una bala. Iba por la cocina procurando estar cerca de las paredes. Procurando estar fuera del rango que podría tener cualquier objeto que entrase por la ventana abierta de la cocina de mi apartamento para actuar en contra mía.

De todos modos, luego de pensarlo con un tanto más de cabeza fría, creí que no debía preocuparme tanto. La ventana de la cocina, hacia la parte de afuera, que daba como a una especie de patio interno, tenía un saledizo creo que de zinc que podía ayudar. El saledizo estaba para proteger a quien cocinara o fregara los platos (nuestro fregadero estaba ubicado al lado de la pequeña cocina de gas) de los rayos agresivos del sol. Realmente era bastante útil, aunque siempre pensé que se veía un poco mamarracho.

Pero sentí miedo nuevamente. No sé hasta qué punto una lámina de zinc (de ésas que son un poco curvas y tienen dos colores que se intercalan a través de láminas) podría resistir el impacto de una bala. Al fin y al cabo, la bala que había caído en mi balcón había arrancado un pedacito del piso, que era de granito rosado. Lo mejor sería, definitivamente, ir con cuidado. Yo caminaba con la cabeza un tanto gacha, como si eso fuese a ayudar en algo. Es parte de esos instintos humanos que, aunque sean un poco inútiles, te brindan una cierta sensación de seguridad.

La nevera estaba llena. A pesar de todas las calamidades y de todas las escaseces que asolaban a Caracas, nosotros siempre nos las ingeniábamos para tener una nevera llena. Y no sólo llena, sino llena de cosas ricas. A pesar de que siempre fui una chica delgada, comer siempre ha sido una de mis grandes aficiones. Siempre fui la envidia de mis amigas estúpidas del Mater. Ellas se mataban a unas dietas horribles en las que tenías que contentarte con comer un pedazo de lechuga de mierda que si con vinagre. Yo, en cambio, me hacía unos sándwiches como de medio metro rellenos de todas las cosas ricas que puede haber en este mundo. Mi otro gran “vicio” siempre fue leer. Y como podía leer comiendo sin ensuciar las páginas de los libros, me encantaba combinar estas dos prácticas.

Esto me lleva a explicar un detalle que a simple vista podría no tener importancia, pero para mí siempre la ha tenido y siempre la tendrá. Al igual que en mi apartamento podíamos disfrutar de una nevera llena, podíamos disfrutar de una biblioteca llena. El mercado de los libros en Caracas era un poco como el de la comida. En las grandes cadenas de librerías (generalmente las grandes cadenas de librerías suelen tener los peores libros) había pocos libros y de los pocos libros que había, las tres cuartas partes versaban sobre autoayuda, brujería, Sascha Fitness y no sé cuántas mariqueras más. Los libros buenos se hallaban en el casi clandestino mercado negro. Tan clandestino como el de los víveres, pero mucho menos concurrido.

Yo me sentía orgullosa tanto de mi nevera llena como de mi biblioteca repleta de clásicos y de títulos realmente fascinantes. Cuando alguna persona venía a mi casa a hacerme una visita (fuese una amiga del colegio, o de la universidad, o del trabajo, o un chamo quesudo que lo que quería era llevarme a la cama), le hacía la prueba de la biblioteca. Le hablaba y le mostraba, al menos durante una hora, los títulos que más me gustaban de mi biblioteca, o los que tenía en la lista para leer. Si la persona a la que le estaba haciendo la exposición se ladillaba (lo que ocurría en el 90% de las ocasiones), yo la ponía como en una especie de lista de gente inútil.

Hacía tiempo que la gente ya no venía a visitarme a la casa. O yo me había hartado de muchos, o muchos se habían hartado de mí o, lo más normal, la gente, sencillamente, se había ido del país. Yo era una de las pocas que aún quedaba. La verdad es que no sé por qué me quedaba. Creo que era una especie de mientras tuviese full la nevera y la biblioteca, el resto del mundo, Venezuela, no me importaba absolutamente nada. Por mí, que el país se incendiara todo.

Casi siempre me tocaba comer sola. Prefería comer en la cocina. Nunca en mi cuarto o en el comedor. La cocina era el lugar más diáfano de todo el apartamento. Eran rarísimas las ocasiones en las que coincidía a comer con mis papás. Mis papás generalmente comían en el trabajo y yo comía en el colegio o en la universidad cuando aún estudiaba, hasta hacía muy poco tiempo. Mientras comía, me gustaba poner la radio para escuchar las noticias escabrosas de lo que sucedía en el país. Del gobierno burlándose de la oposición, de los muertos, de la gente que moría de orgullo y hambre por no quererse arrastrar al carnet de la patria cuando se les había agotado el resto de los recursos.

Creo que, desde que yo era chiquita, siempre habíamos tenido el mismo método. Por eso me acostumbré a comer sola. Amaba comer sola. Detestaba comer con mis amigas porque, como he dicho, yo comía muchísimo a pesar de que soy flaca. Yo era de las que pedía dos y hasta tres menús. Y me molestaba la mirada de extrañeza con la que todas mis amigas me observaban. En cambio, comiendo sola no tenía que tener modales ni que rendirle cuentas a absolutamente nadie. Cuando invitaba a chamas o a chamos para la casa para revolcarnos, no me molestaba que el queso se les chorreara. Lo que me hacía hervir la sangre era que quisieran quedarse a comer.

Pero hacía mucho tiempo que ya nadie iba, y ese plan no se hacía más. Creo que mucha gente en el Mater y en la Monteávila me jalaba bolas porque sabían que conmigo (dentro o fuera de mi casa) las reuniones siempre terminaban siendo bacanales. A mí me encantaba el sexo y me excitaba la violencia. Muchas chamas, aunque fuese por curiosidad, iban a mi casa a escondidas de sus padres para participar en orgías. Me daba mucha risa cuando, antes, durante o después del acto sexual como tal, ponían sus voces de muchachas buenas y les decían a sus papás, a través del celular, que la estaban pasando buenísimo (cosa que no era mentira), que estaban tomando Pepsi y comiendo Doritos. Con los chamos pasaba algo más simpático. A mí el sexo sin por lo menos un toque de violencia me gustaba, pero no me parecía la gran cosa. A veces esperaba a que los chamos se durmieran y, agarrando un bastón de madera que tenía mi papá, cuando estaban durmiendo, se los estrellaba en la cara, muchas veces haciendo brotar sangre. Al principio, evidentemente los chamos gritaban, pero yo sabía hacerlos callar con besos y otras cosas. Siempre fui una mujer atractiva. Pero ya eso era tiempo pasado. Como he dicho, todos o se habían ido del país o se habían casado o estaban empatados con gente pollísima. Yo ya casi no salía tampoco. El día se me iba escuchando cantar a los periquitos o a los canarios, trabajando de vez en cuando. Incluso viendo los peces payaso que teníamos dentro de la pecera. Los peces de esa pecera tenían un máster en observar porno en vivo.

Como a veces la soledad de la casa me abrumaba un poco, salía a dar una vuelta alrededor de la cuadra. Sé que hasta salir a dar una vuelta alrededor de la cuadra era algo peligroso, pero, con suerte, no pasaba mucho. De todas formas, procuraba salir a la luz del día y no en la noche. Aunque, de todas formas, éste era un detalle cada vez menor. Ya la delincuencia en Caracas era tal que daba igual el día que la noche. Ya una persona podía ser hurtada, robada, atracada, secuestrada o asesinada en presencia de una muchedumbre y todo seguía fluyendo con normalidad.

No hacía mucho más que eso. Me gustaba ver las ruinas de Caracas, al menos las ruinas que aún mantenían su forma. Algunos condominios, muy pudientes, hacían potazos entre los vecinos y recolectas para comprar algunos galones de pintura con los que maquillar los edificios. Era un esfuerzo que a mí siempre me pareció loable. Tampoco es que era la gran vaina, pero no sé. A veces, en algunas tardes, Caracas aún conservaba esa luz tenue y medio ocre que me recordaba a mi infancia, cuando se podía vivir tranquila y cuando el Parque del Este aún no estaba tan vuelto mierda, como el resto de la ciudad.

Aún, para quien la supiese buscar, había una especie de vida social en Caracas. Para quien pudiese permitirse el lujo, había aún algunos restaurantes que, mal que bien, funcionaban. Uno de los problemas que yo tenía para seguir socializando es que no es lo mismo socializar cuando eres adolescente o muy joven a socializar cuando tienes casi 30. Cuando tienes casi 30, ya la gente anda en su propio peo. Algunos ya tienen pareja estable, otros ya tienen un trabajo que los consume. Otros más lo que piensan es en la estúpida boda. Cosas así. Yo me sentía una vieja a pesar de que no había pasado los 30. Veía a Caracas como si fuese una ruina antigua hallada en un yacimiento arqueológico. Un lugar en el que, junto a esos escombros, yacía una gran cantidad de recuerdos agradables.

Ahora, casi que mis mejores amigos eran los periquitos, los canarios y los peces payaso. Sé que suena un poco tonto y patético, pero era así. De vez en cuando, muy de vez en cuando, recibía la llamada sorpresa de algún amigo o amiga que se había resignado a morir en Caracas al haber fracasado en todos los intentos de huida. A veces leíamos juntos, a veces escuchábamos música juntos. A veces jugábamos Nintendo juntos. Por lo menos una vez al mes. O cada dos meses. O cada tres meses.

Como aún quedaba uno que otro amigo que sabía y compartía mi afición a comer, me invitaba a comer alguna comida que inventaba en su casa. Me encantaban esas tertulias. Era como una especie de improvisación en la cocina de alguien con los productos que se habían podido conseguir en el mercado negro. A veces quedaban unas cosas tan fabulosas, que anotábamos la receta y el proceso para no perderlas y repetirlas algún día. A veces quedaban unos menjurjes asquerosos, que botábamos (pidiendo tácito perdón a los que morían de hambre, que no eran pocos) por la cañería.

Ser cocinera o chef siempre fue una especie de sueño frustrado. No tanto frustrado por un fracaso personal, sino por el propio país. Ser cocinero o chef era una de las cosas menos rentables en un país que se estaba muriendo de hambre. Serviría, en todo caso, para lo que hacía yo a veces con estos amigos que he contado. Inventar, improvisar, divertirse y comer. Estas tertulias, de alguna manera, paliaban ese sueño que, quizás de haber nacido en un lugar medianamente normal, al menos habría intentado cumplir.

T.M.

Relato inspirado el el texto “La lluvia de fuego”, de Leopoldo Lugones.

 

 

 

La parábola de la ciudad enferma

Creo que todo comenzó cuando llegó aquel hombre. Era un hombre alegre y carismático. Creo que había llegado en un avión. Hablaba a través de altavoces con una voz clara y optimista. Se paseaba por nuestras calles siempre gritando. “Cambio ciudades enfermas por ciudades sanas”, decía. La gente comenzó a asomarse con curiosidad. Las ciudades que ofrecía el hombre se veían realmente espléndidas. Todas estaban limpias y brillaban. Todas parecían seguras y bonitas.

Cambiar una ciudad enferma por una ciudad sana no era difícil. Todo el mundo se dejó llevar por las palabras y las promesas de aquel hombre que ofertaba ciudades sanas a cambio de ciudades enfermas. No había duda. No había punto de comparación. Las ciudades que ofrecía el hombre brillaban. Nuestras ciudades estaban enfermas, sucias, olían mal. Eran una auténtica basura. Nuestras ciudades casi no tenían historia ni tradición. En cambio, las ciudades sanas tenían muchísimas historias interesantes y hermosas para contar.

Cuando alguien veía a algún conocido o a algún amigo con su recién adquirida ciudad sana, se moría de envidia y corría en búsqueda del señor que cambiaba ciudades sanas por ciudades enfermas. Todo el mundo entregaba a su triste y patética ciudad enferma a cambio de las ciudades hermosas y sanas que el señor ofrecía. Era un cambio fantástico. Yo mismo llegué a ver a muchas de las ciudades sanas. Tenían edificios increíbles, tenían turistas. La gente era amable con los demás. No se caían a tiros.

Me volteé y ahí estaba Caracas. Tenía la cara destrozada, tenía el cuerpo destrozado. Tenía los pulmones negros y tenía las narices ensangrentadas. Estaba echada en la cama con su misma actitud de siempre. La actitud de no querer hacer nunca nada. La actitud de creerse lo máximo aunque estaba vuelta mierda. Su cuerpo flaco se enredaba y manchaba mis sábanas con su sangre y con su suciedad. Era como una sombra obscura. Qué diferencia tan grande con aquellas ciudades luminosas y sanas que ofrecía aquel señor por los altavoces.

Caracas y yo no hablamos esa noche. No nos miramos casi. A pesar de sus ojeras y de su respiración trancada, por alguna razón me gustaba mirarla. Era triste como caminaba, o como intentaba caminar. Ya casi no caminaba. Estaba chupada. Parecía terminal. Las costillas se le asomaban por los costados grisáceos. De vez en cuando, cuando me hablaba con su voz ronca, tenía algún mínimo y difuso vestigio de lindura. Pero yo no sabía si eran percepciones mías o si era un consuelo estúpido que yo mismo me hacía.

“¿Por qué no me cambiaste por una ciudad sana?”, me preguntó Caracas. “Las otras ciudades son más bonitas y están sanas”, me recriminaba. Yo no sabía qué contestarle. Con ciudades como Caracas lo mejor es darse la vuelta. Tienen como una furia violenta en la mirada que te causa como acidez, que te causa depresión y te da ganas de morirte. Yo no le contestaba. Sabía que contestarle a Caracas era caer en una de esas discusiones en espiral en donde nadie tiene la razón y todos terminan rabiosos. Esa etapa ya ella la tenía. Estaba siempre rabiosa. Comía mirándome a los ojos con odio, con recriminación. Masticaba con la boca abierta y no se preocupaba en limpiarse la sangre que le brotaba de la nariz. La sangre le caía hasta la boca. Era asqueroso.

Mi vida con Caracas se convirtió en un punto extraño. Se convirtió en una especie de árbol caído al que todos señalaban y del que todos se burlaban al pasar. Un sinfín de amigos y conocidos se paseaban a mi alrededor y me echaban en cara sus ciudades nuevas, sus ciudades sanas y recién adquiridas. Parecían aristócratas imbéciles. Se paseaban presumidos con sus Buenos Aires, con sus Parises, con sus Madriles, con sus Sydneys, con sus Santiagos. Algunos se habían moldeado a la ciudad con la que paseaban de la mano. Cambiaban su acento y utilizaban expresiones que yo nunca les había escuchado en la vida. Parecían idiotas. Otros, más agresivos, obligaban a su ciudad a adaptarse a ellos. La vestían de determinada manera, la criticaban, no la dejaban respirar, le recriminaban el no ser como la ciudad enferma que habían cambiado por esa ciudad sana a la que ahora recriminaban. Esa ciudad enferma que sólo comenzaron a mirar cuando ya estaba en posesión del hombre que paseaba con los altavoces gritando “Cambio ciudades enfermas por ciudades sanas”.

Caracas ya no quería salir conmigo. Se sentía sucia. Se sentía acomplejada. Se sentía fea. No quería ir al lado mío. No quería calarse las humillaciones de los estúpidos de mis conocidos que iban presumiendo de sus ciudades de gente educada, de transportes públicos eficientes y de tres comidas al día. Caracas me gritaba, amenazaba con romper todas mis cosas y se encerraba en el baño a pegar alaridos y a llorar. Se molestaba más cuando yo intentaba recordarle los días en que no era así. Estrellaba su cara contra la puerta del baño y hacía sangrar aún más su nariz, ya de por sí sangrante. “Me tuviste que haber cambiado, maldito idiota”, decía su voz quebrada por el dolor, por la locura, por la droga y por la rabia.

Yo estaba harto de Caracas. Me había arrepentido de no haberla cambiado a tiempo. A veces, buscaba al hombre del altavoz, pero hacía rato que no se divisaba por ningún lado. Yo le entregaría a Caracas aunque fuese gratis. Estaba harto de sus insultos y de sus amenazas. Estaba harto de su victimismo y de sus gritos. Estaba harto de su nariz, que echaba chorros de sangre. Se había vuelto más hosca y arisca que nunca. En cada uno de sus movimientos, en cada una de sus respiraciones me acusaba de tenerle lástima. Yo siempre he odiado la lástima.

Pero, pronto, las ciudades sanas de mis amigos y conocidos comenzaron a enfermar. Comenzaron a verse cada vez más sucias y más extrañas. Comenzaron a renquear cada vez más notoriamente y a respirar cada vez con más dificultad. Comenzaban a preguntarse por qué debían rendirle pleitesía a cuatro idiotas que, al fin y al cabo, las habían cambiado y no las habían conquistado por amor. Empezaron a ser ariscas y hoscas, como pequeñas Caracas. Algunas conseguían huir de sus dueños. Otras atacaban directamente. Al fin y al cabo ¿quién les había pedido permiso para ser intercambiadas? Ellas eran ciudades sanas y merecían estar con gente mejor. Mis conocidos cada vez presumían menos, se les veía tristes.

Caracas nunca mejoró. Siempre era una promesa que nunca se cumplía. Siempre era un Sísifo que nunca terminaba de colocar la piedra en la cima de la montaña. Era un pozo sin fondo. Una sangría que nunca se vaciaba. Caracas volvió a pasear conmigo. Nunca se mostraba cariñosa. Si paseaba conmigo era porque disfrutaba ver el sufrimiento ajeno. De vez en cuando, desde que mis conocidos ya no presumían (y algunos hasta se escondían), Caracas esbozaba hasta una tímida sonrisa. Era mala por naturaleza, no tenía piedad ni futuro. Pero qué linda era esa sonrisa que se le dibujaba.

Tomás Marín

Relato inspirado en el texto “Parábola del trueque”, de Juan José Arreola.

 

De cómo despedir a Sasha

Mi nombre es Helena Eco. Tengo 27 años y formo parte de la administración de personal del canal Globovisión. Tengo cuatro años trabajando en Globovisión. Comencé gracias a las pasantías de mi universidad. Como siempre (no es por presumir) he hecho un trabajo impecable y serio, el canal decidió contratarme de manera permanente. A veces he pensado en dejarlo todo y buscar, como tantos otros, irme del país. Pero Globovisión ha sido generoso conmigo no sólo en darme buenos compañeros y tratarme bien, sino en pagarme un sueldo relativamente digno para lo que significa la situación del país con un bolívar cada vez más pulverizado.

Hace pocos días, como todos sabrán, una presentadora del canal Globovisión, llamada Sasha López, metió la pata y se quedó en blanco al hablar sobre el homenaje que el canal le iba a hacer a José Antonio Abreu. José Antonio Abreu era un director de orquesta que, prácticamente, fundó el famoso sistema venezolano que se encargó de llevar el aprendizaje de la música a las comunidades más necesitadas. Yo admiré su trabajo hasta que, en las protestas de 2014, al mismo tiempo en el que eran asesinados estudiantes por las fuerzas de la dictadura, Abreu se hacía condecorar por el dictador en una transmisión que buscaba, precisamente, encubrir los asesinatos al tiempo en el que estos eran ejecutados. A partir de ese momento, Abreu, para mí, se transformó en una lacra, en una porquería auténtica. Pero el venezolano tiene memoria corta y le jala bolas a todo lo que pueda parecerse a un mito. Así el venezolano siempre busca encubrir su propia mediocridad.

Yo no tuve tiempo de ver en vivo cuando Sasha se quedó en blanco. La vi a través de un video que comenzó a circular rápidamente por Twitter y por Facebook. En el fondo, Sasha me dio paja. Desde que llegó al canal no era más que una de esas chamas cotufas y del montón. Sé que una presentadora de televisión debería ser una persona inteligente, mucho más que una cara bonita. Pero, de todas formas, siempre me ha dado igual. Globovisión no lo ve nadie. Sasha era un poco estúpida. Al fin y al cabo, es una modelo. (Y sé que hay modelos que son muy inteligentes, pero ustedes me entienden). Era una de esas chamas que se la pasan tomándose selfies con frases imbéciles para alborotar a cuatro quesudos en el Instagram.

Todo el mundo, como suele suceder en un semi-país como Venezuela, cayó en cambote sobre Sasha. Una mujer como Sasha no está hecha para resistir esas cosas. Es una chama que vive en su mundo de pintalabios, maquillaje y demás mariqueras. Es una chama que no está acostumbrada a los insultos. Muchos comunicadores sociales postearon parrafadas y parrafadas de indignación en sus cuentas. Hablaban de la decadencia de los medios y de no sé cuántas otras cosas más. Los comunicadores sociales siempre me han caído mal. Son como los argentinos prepotentes de las carreras universitarias. Todos se creen Renny Otolina, Alfredo Cortina o Ida Gramcko. Lo peor es que comunicación social es una carrera mediocre y estúpida. La puede hacer cualquier persona que sepa escribir su nombre.

Yolanda, una de las directivas del canal, me citó en su oficina el mismo día de la metida de pata de Sasha. Yolanda es una mujer gordísima, pero lo que tiene de gorda lo tiene de buen corazón. Aunque siempre ha sido estricta y seria cuando hay que serlo. Es de las que tienen consciencia de que Globovisión es un canal que no ve nadie, pero se esfuerza en hacer las cosas bien. “Helena, ¿viste lo de Sasha?”, me dijo Yolanda. “Sí, Yoli. Lo acabo de ver por Twitter”, le respondí. Yolanda me comentó acerca de los insultos que le hacían a Sasha por Twitter y de la perjudicación que todo eso tenía para lo poco que quedaba de dignidad en un canal como Globovisión. “Necesito encargarte una tarea. Sé que puede no gustarte”, me dijo Yolanda. Yo ya sospechaba de lo que se trataba. “Necesito que despidas a Sasha. Por mí se quedaría. Pero sabes como es la gente. Y la gente no se va a quedar en paz hasta que la botemos”, concluyó.

Yo le menté la madre a Yolanda en silencio, aunque la quiero mucho. Me sentí mal por un momento. Nunca me había tocado despedir a nadie. Eso siempre había sido trabajo de mis compañeros. Pensé que, por lo menos, había que darle un tiempo a Sasha para que asimilara todo lo que le había pasado por su error tonto. Sentí que era una ratada el rematar con su despido toda la ola de odio y burlas que estaban colmando su Twitter. Pero, al fin y al cabo, es mi trabajo. Y el trabajo debe hacerse.

No sabía cómo decírselo. Nunca he sido de esas personas que se ha puesto realmente a meditar sobre la cuestión de si es mejor dar un golpe certero, doloroso y rápido, o hacerlo con rodeos, como darle una especie de colchón a la “víctima” para que se vaya preparando para la noticia. Creo que lo que más me molestaba era la idea de ver el llanto de cotufa que tendría Sasha. Ese llanto de doncella en apuros cuando se le descasca la pintura de las uñas. A ella le encantaba salir frente a las cámaras. Y ella era bonita. El problema es que su sitio estaba en alguno de esos programas cotufas y bajos como Portadas, o La Bomba, o porquerías así.

Estaba caminando hacia el camerino de Sasha. Sí. En Globovisión, quienes salen en pantalla tienen camerinos. Cuando pasé cerca de la puerta de uno de los baños del pasillo, escuché un llanto de esos llantos que parecen hipo. Inmediatamente supe que era Sasha. Abrí la puerta y allí estaba ella. Tenía las manos apoyadas en el borde del lavamanos con el grifo abierto. Entiendo que estés llorando, pero sé consciente. El agua no es gratis. Sasha me vio y, sin decirme nada, me abrazó mientras aún lloraba. Yo me quedé hierática, sin mover los brazos. Siempre he odiado el contacto físico. Me incomodaba un poco la cabeza de Sasha apoyada sobre mi hombro. “La cagué, Helena. La cagué”, me dijo mientras, por fortuna para mí, de despegaba de mi hombro.

Decidí que, quizás, el baño no sería el mejor lugar para darle la noticia. O quizás sí. Podría decirle “Te botaron” y cerrar la puerta, como si fuese un criminal de cine negro, y dejarla allí, llorando aún más (aunque procuraría cerrar el grifo antes de irme). Pero no. No es mi estilo definitivamente. La invitaría, al menos, a tomarse un café en la fuente de soda del canal y allí, cuando estuviese un poco más calmada, se lo soltaría todo sin anestesia. Ella comprendería. Y, si no comprendía, no era mi problema. Yo sólo obedecía órdenes.

“¿Quieres que te invite a un café?”, le dije. Ella tardó como veinte segundos en dejar de llorar y decirme que sí. Creo que lo que más le preocupaba era su apariencia y su maquillaje corrido. Se veía constantemente al espejo. Si se le ocurría alguna cosa como sacarse un selfie en ese momento, además de decirle que la habían botado como a una yegua de hacienda inútil a la que ya nadie quiere, le soltaría una bofetada para que dejara la estupidez de publicar cada momento de su vida en redes sociales. Pero no lo hizo. Me siguió.

Cuando llegamos a la fuente de soda, ella pidió una manzanilla. Yo pedí un con leche pequeño. El café con leche de Globovisión es único en el mundo. No sé qué le echan, no sé cómo lo hacen, pero es lo mejor que existe en ese canal. Sasha se tomaba su manzanilla a pequeños sorbitos. Hablaba poco. Yo no sabía sobre qué hablar. A veces, simplemente, una no sabe cómo iniciar una conversación. Podría hablarle de que vi a Yolanda y me encomendó la tarea de despedir a una persona del canal. A una tal Sasha, que en ese momento estaba bebiendo una infusión de manzanilla a pequeños sorbitos.

No hablamos sobre el tema de su metida de pata. Sé que ella no quería hablar de eso y, a decir verdad, yo tampoco. Ya, por lo menos, Sasha había dejado de llorar. La infusión le había hecho bien. “¿Y tú cómo estás, Helena?”, me preguntó. Yo le dije que normal. Ya en Venezuela no se puede utilizar el eufemismo de decir “Estoy bien”. Nadie está bien en esta mierda. Quizás los dirigentes del Partido Socialista, que son los únicos que no tienen que hacer malabares con el dinero.

Habían pasado unos veinte minutos. De esos veinte minutos me bastó uno para hacerle a Sasha un resumen de quién era José Antonio Abreu. Omití la parte sobre por qué su muerte no me dolía. Una persona como Sasha quizás no entendería esas cosas. Ella sólo se limitó a responder un “Ah” mientras terminaba el último sorbo de la infusión de Manzanilla. Habíamos estado veinte minutos en la fuente de soda y aún no le había dado la noticia. Estaba tardando más de la cuenta.

Cuando estaba intentando darle vuelvas al tema para entrar, como un espiral, a la notificación de su despido, Sasha me dijo que yo había sido la única persona de todo el canal que se había preocupado por ella. Yo puse cara seria (o, mejor dicho, continué con cara seria). A mí no me importaba ella. Yo sólo había ido allí a despedirla y a brindarle una manzanilla para que el golpe no fuese tan duro. “Para eso estamos”, le respondí en una mentira compasiva. Ella se levantó de la silla, me abrazó y me besó la cara. Yo me volví a quedar hierática y con los brazos apoyados en los brazos de la silla. Realmente odio el contacto físico.

“¿Quieres ir a tomar algo?”, me dijo Sasha. “Conozco un bar por las Mercedes que hace unos tragos buenísimos y es de un amigo. Él no nos cobrará nada”, propuso. Yo no supe qué decir. Podía argumentar que aún estaba en horario de trabajo, pero Sasha sabía muy bien que el canal me consentía tanto que, prácticamente, me dejaba salir a la hora que quisiera. Aunque de ese privilegio casi nunca hago uso. Me siento cómoda en mi trabajo. Pensé en si su propuesta a tomar algo seguiría en pie luego de que le diese la noticia. Pero tenía una sonrisa tan tonta, que me dio lástima cortarla de tajo. Le dije que sí. Ya le daría la noticia en el fulano bar de las Mercedes.

El bar de las Mercedes se llamaba Mango’s. Yo, sinceramente, no lo conocía. Estaba vacío. Éramos las únicas “clientas” que había. Pongo “clientas” entre comillas porque, como había dicho Sasha, el bar era de un amigo de ella que nos estaba regalando los tragos. Pedimos una pecera azul para las dos. Sasha se bebió, en tres minutos, el 95% de la pecera. Yo sólo pude probar un sorbo. Estaba divino. El bar era agradable. Era limpio, tenía aire acondicionado y tenía puffs en el piso. Pedimos una segunda pecera, esta vez anaranjada. En tres minutos, Sasha se la volvió a tomar casi toda. No sé si era despecho lo que tenía. Tuve miedo a que se emborrachara. Aunque, cuando lo pensé mejor, pensé que podría ser mejor. Así se tomaría mejor la noticia de su despido. O quizás peor. Mientras no me estrellara la pecera en la cabeza, todo estaría bien.

“Yolanda me mandó a despedirte, Sasha”, le dije sin anestesia. Ella estaba muy borracha, yo estaba borracha también, pero menos que ella. “¿Qué?”, me dijo. En el bar había una música que era como un techno extraño. Estaba un poco alta. No sé si el “¿Qué?” que me había dicho Sasha era por no haber oído bien o era una respuesta impresionada ante la noticia de su despido. Le repetí exactamente lo que le había dicho. Sasha se quedó mirándome por un momento. En vez de gritar, acercó su boca a mi oído. Ya no estábamos solas en el bar (aunque prácticamente). Una pareja había llegado, aunque se había ido al otro extremo. “Yo sé, Helena. Lo supe desde el primer momento”, me dijo.

Al día siguiente, ella volvió a trabajar como si nada. Al principio, llegué a pensar que la borrachera de la noche anterior le había podido hacer pensar que lo del despido fue una imaginación, un efecto de las peceras y los Martinis. Se le notaba la resaca. A mí un poco también. Pero no había sido un malententido. Globovisión la había vuelto a contratar. A mí me daba igual. No quise preguntarle a Yolanda qué había pasado. Supongo que todo había sido una reacción mientras pasaba la ola de la opinión pública. Puede que Sasha sólo sea una cara bonita. Pero, al fin y al cabo ese canal no lo ve nadie.

T.M.