Diles que no me boten.

“Helena, por favor. ¡Diles que no me boten!”, me dijo Fortu mientras hacía un puchero. Nunca la había visto así. Con respecto a ella, siempre parecía que todo le importaba una mierda. Pero eso en verdad le importaba, y mucho. “No puedo hacer mucho más, chama. De pana ya hablé con Argelia y no está dispuesta a negociar”, le respondí a Fortu. Fortu me veía con una de esas miradas que te imploran súplica. Argelia era la directora del colegio. “Pero ve otra vez. A ti te hacen caso. A ti te jalan bolas, Helena. Eres una hueva. Eres una de las mejores estudiantes que hay aquí. Argelia te ama. Sólo tienes que insistirle más”, me dijo Fortu, sin poder contener las lágrimas.

No les voy a mentir. Al menos en eso, Fortu tenía razón. Yo era una de las mejores estudiantes del San Ignacio. El colegio siempre me pareció una cueva de ultraconservadores espeluznantes, pero la educación era buena. Cuando no te metían el asunto religioso por los ojos, los temas que se veían eran realmente agradables. Estaban bien explicados. “Coño. No sé qué más podría hacer, Fortu. Argelia se va a arrechar conmigo. Al fin y al cabo, tú te metiste en este peo sola”, le dije a Fortu, mirando hacia la ventana para no ver su cara de idiota triste. “Sólo una vez más, por favor”, me dijo Fortu intentando agarrarme las manos, que yo aparté inmediatamente. “Déjame ver qué puedo hacer por ti. Pero si me meto en un peo, te parto la cara a coñazos”, le dije a Fortu.

Fortunata (Fortu) casi no había visto clases ese día. Apenas a segunda hora de la mañana la mandaron a buscar. Fortu había estado todo el día en el pasillo que estaba al lado de la oficina de Argelia, la directora. La vi en el primer recreo. La vi en el segundo recreo. La vi en el tercer recreo. A la hora de salida, aún estaba allí. Fue cuando hablé con ella con más profundidad. Tenía como 9 horas esperando a los papás, pero los papás de Fortu no sé si estaban de viaje o algo así. El hecho es que no aparecían, o no querían aparecer. Ellos eran un poco como Fortu. A ellos, todo les importaba una mierda.

Además de las súplicas que Fortu me hacía para que hablara con Argelia, toda su actitud en ese momento me daba una arrechera indescriptible. Fortu nunca se había preocupado en ser buena estudiante. Era una de esas mediocres que siempre dicen que “diez es nota y lo demás es lujo”. Pero ahora, que estaba amenazada y era casi segura su expulsión definitiva del San Ignacio, se hacía a sí misma promesas de fajarse mucho más con sus estudios. De ser una alumna aplicada y modelo. Yo pensaba que era una idiotez. Si ya te están jodiendo por algo que hiciste con orgullo en tu momento, al menos ten la dignidad de mantenerte firme en lo que fue tu creencia. Había una canción del Cuarteto de Nos que decía: “Si naciste incendiario, no te mueras bombero”.

Yo no es que le diera la razón a Fortu, pero me parecía que todo el asunto por el que estaba allí era una exageración. Por otro lado, no me extrañaba. La gente del San Ignacio es intensa y fanática. Admito que hasta yo me reí con lo que hizo Fortu. Me pareció osado, pero me dio mucha risa. Hay que poner en contexto. En el San Ignacio, en todos los salones desde el primero de preescolar hasta el último de bachillerato, hay dos elementos absolutamente infaltables. Estos elementos son una cruz y unos retratos que hay de San Ignacio de Loyola, en donde sale con una especie de sotana negra y fondo obscuro. Cuando yo era pequeña, en mis primeros años de colegio, los retratos de San Ignacio me daban terror. Él, al fin y al cabo jesuita, tenía una mirada fija que parecía seguirte a todos lados. Yo, en clases, intentaba no mirarlo. Sentía que era una especie de gran hermano que estaba dispuesto a castigarte si no permanecías como una niña casta y pura.

El hecho es que Fortu se había quedado una tarde casi tres horas de más en el colegio. Ya todos casi todos los estudiantes se habían ido, incluso los que tenían actividades extraescolares por las tardes. Fortu había llevado témpera negra y un pincel. Como los salones del San Ignacio son abiertos, y los que no son abiertos tienen ventanas grandes, Fortu se metió en todos a pintar una cruz invertida en cada uno de los retratos de San Ignacio. Ella me había preguntado, como un mes antes, si yo iba pendiente de ayudarla, pero a mí me parecía algo estúpido. Creo que las otras personas a las que Fortu les preguntó pensaban como yo. Eso sí. Debo admitir que, de pana, Fortu se fajó. Dibujó cruces volteadas en todos los retratos de San Ignacio de todos los salones desde Pre-kinder hasta quinto año. Tomando en cuenta que son cuatro secciones y catorce niveles desde pre-kinder hasta quinto año, Fortu pintó 56 cruces invertidas en 56 retratos de San Ignacio. Los niños del preescolar y los pequeños de primaria gritaban y lloraban escandalizados. Para ellos, ver las cruces al revés fue como ver al Diablo. Eso agravó las cosas. Pero había pasado mucho tiempo desde entonces.

Si no habían jodido a Fortu hasta entonces era porque nadie de los profesores ni de la directiva del colegio sabían que había sido ella la que había pintado las cruces. Era una especie de Fuenteovejuna. Todos los estudiantes (al menos los de mi año) sabíamos que Fortu lo había hecho. La gran diferencia estaba en que, en nuestro salón y en nuestro año, no todo el mundo era tan solidario como en Fuenteovejuna. Creo que Fortu no contó con ese detalle. Y eso que a Fortu la querían. La invitaban a fiestas y era de las primeras a las que llamaban cuando había trabajo en grupo. Fortu no hacía nada en los trabajos. Sólo iba a las casas de sus compañeros a comer, a fumar y a contar chistes. Pero creo que los seres humanos somos una puta mierda y siempre estamos dispuestos a sacar la maldad cuando tenemos una presa con quien hacerlo. Algo así pasó con Fortu. El silencio del salón, el no delatar a Fortu, al principio, fue un silencio cómplice y de amigos. Luego empezó a costar. Querían joder a Fortu a cambio de seguir guardando el silencio. Al principio venía algún chamo de estos idiotas futboleros que están buenísimos pero tienen un maní en la cabeza y le decía a Fortu que le hiciera los trabajos a cambio del silencio. Fortu accedía. Tenía miedo. La directiva del colegio, casi de una manera subliminal, dejaba en claro que el culpable de haber “profanado” a San Ignacio iba a pagar, e iba a pagar caro. A mí me parecía una estupidez. Al fin y al cabo, la témpera salió con agua y esponja. Pero la gente del San Ignacio es intensa y fanática. El hecho es que luego venía otro chamo a pedirle a Fortu que le hiciera el trabajo de Matemáticas o de Latín. Y Fortu tenía que acceder. Luego alguien le pedía plata. Era el precio del silencio. La cosa se puso un pelo más fea cuando uno de los chamos le dijo a Fortu que, para no acusarla, debía acostarse con él. Y ahí Fortu se puso pálida. Ella era una chama de mente muy abierta, pero cuidaba su virginidad siempre. El sexo a Fortu como que le daba asco, y eso que Fortu era preciosa. Pero su mente, con respecto al sexo, era como la de un niño pequeño. Le daba como una mezcla entre asco y miedo. Pero, aún así, Fortu sacrificó su principio por silencio. Me contó luego que le dolió y lloró, pero todo había sido porque no la expulsaran. Por no mandar su año escolar a la mierda y poderse graduar en un buen colegio. Al fin y al cabo, Fortu, a pesar de ser Fortu, a veces soñaba con una buena carrera universitaria, con largarse de nuestro pobre y triste país.

Fortu cada vez se sentía más vulnerable. Eso la hizo cambiar. A mí me daba paja el ver cómo todo a Fortu se le iba de las manos. Al fin y al cabo, todo había sido una travesura estúpida. Ella misma se hubiese ofrecido a borrar las cruces que pintó con témpera sobre el rostro señorial de San Ignacio. El problema es que hizo esta travesura en el lugar equivocado. Fortu intentaba que todo se diluyera con el tiempo. Pero con el pasar de los días, de las semanas y de los meses, todo el caso se intensificaba. De hecho, el colegio había convocado a una reunión de emergencia de padres y representantes. La reunión, como se podrá suponer, fue un puto chiste, al igual que el 99% de las reuniones de padres y representantes. Todos eran gente respingada que alzaba el meñique y hablaba sobre sus fantásticos y estúpidos hijos, sobre sus fantásticos y estúpidos trabajos y sobre su época como estudiante en el San Ignacio. Fortu se había vuelto sumisa. Ella, que era una contestona por naturaleza, ya no contestaba más. Supe que Fortu estaba totalmente subyugada cuando una profesora le bajó siete puntos en un examen (injustamente, porque ella estudió conmigo y me consta que lo hizo bien) y ella lo dejó así. En condiciones normales, Fortu hubiese pegado el grito en el cielo. Pero ahora era una especie de Fortu en la clandestinidad.

Yo aún no sé bien cómo fue que dieron con Fortu. Supongo que se habrá estirado mucho la cuerda de los sobornos a cambio de los silencios y alguien la delató, seguramente bajo el anonimato. Quizás fue uno de los chamos que, cenando, se lo contó a los papás, y los papás llamaron al colegio indignados. Cuando mandaron a llamar a Fortu aquella mañana en la que la que, luego, la tuvieron esperando horas, ella se puso pálida. Ella misma se había delatado. Todo el mundo en el salón hizo silencio. Yo sólo pensaba en cómo podría vengarse Fortu de todos los que la habían comprado. No había servido de nada. Todo lo contrario. El tiempo que había pasado desde que Fortu hizo lo que hizo hasta que dieron con ella sólo había servido para enfurecer más al colegio. Fortu hablaba con los gestos. Iba a explicarles todo. Yo estaba seguro de que podría convencerlos. Fortu era astuta. Y al fin y al cabo, no era más que témpera sobre vidrios que enmarcaban los retratos de un tipo. Lo malo es que ese tipo tenía fanáticos.

Además, como he dicho, ya había pasado tiempo. Era lo que me parecía más estúpido. Habían pasado ya varios meses desde eso. Si a nadie se lo hubiesen contado, nadie se hubiese dado cuenta de que los retratos de San Ignacio alguna vez habían sido “vandalizados”. Pero la gente del San Ignacio es tan intensa que incluso llegó a hablarse de traumas psicológicos. De hecho, en la famosa reunión de emergencia que se convocó para los padres y representantes, una señora regordeta y emperifollada hablaba de “secuelas irreversibles” al tiempo en el que otros padres y representantes aplaudían. Sí. Así fue el lugar en el que yo estudié.

Creo que si Fortu hubiese salido corriendo, quizás ni la hubiesen perseguido. La estaban escoltando entre dos coordinadoras. Dos coordinadoras de cabello corto que se maquillaban en exceso. De esas coordinadoras de las que se decían que eran unas malcogidas. Si Fortu hubiese sabido que alguien la había acusado, o que la habían descubierto, luego de meses, por alguna u otra razón, con esconderse unas horas o unos días en cualquier lado, hubiese calmado un poco las cosas. Pudo haber fingido una enfermedad. Quizás se hubiese desestimado la supuesta acusación. A veces funcionaba.

Por fin, luego de tantísimas horas de Espera, creo que Argelia, la directora del colegio, asimiló que los papás de Fortu no irían. Al principio, pensó que Fortu ni siquiera se había comunicado con ellos. Pero Argelia habló personalmente con los padres de Fortu. Argelia hizo pasar a Fortu a su oficina y cerró la puerta. Como ya eran cerca de las cuatro de la tarde y ya casi no quedaban profesores ni alumnos por ahí, me acerqué a la puerta, que era de madera gruesa, y pegué el oído a ver si lograba escuchar algo.

Argelia se hizo la tonta. Pero hizo una serie de preguntas astutas en las que Fortu cayó. Luego la remató. Argelia le dijo unas cosas tan fuertes, que hasta a mí me parecieron excesivas. Yo no entendía tanto rencor por parte de Argelia. No entendía sus palabras particularmente crueles. Incluso el Padre Pérez Galdós, el rector del colegio, con el tiempo había empezado un poco a subestimar el hecho, a restarle importancia. Pero Argelia se ensañó. Sólo se oían sus palabras que, como eran gritadas, no hacía falta pegar el oído a la puerta para escuchar. Lo otro que se escuchaba, como un sonido de fondo a las palabras de Argelia, eran los gemidos del llanto de Fortu.

“Por favor, Argelia, no me botes. Debe haber algo que yo pueda hacer”, dijo Fortu. Fortu no tuteaba a nadie de más “rango” que ella. “Eso fue hace mucho tiempo. Yo lo iba a decir, pero me dio miedo. El colegio se lo tomó muy en serio. No es que no fuese algo para que se tomara en serio. Yo quiero mucho a San Ignacio. Yo le rezo a San Ignacio”, argumentaba Fortu. Pero Fortu mentía. Fortu, al igual que yo, no creía en Dios. Argelia lo sabía. Fortu era de las que más echaba vaina en la misa. Fortu era de las que ponía letras obscenas a las tonadas cursis de la misa. Las mentiras de Fortu sólo irritaban más a Argelia.

Pero todo estuvo claro para todos en un momento. La rabia de Argelia, que en un momento me pareció estúpida, tuvo sentido. Sigo sin justificarla, pero al menos la comprendí. Argelia sacó, frente a Fortu, su bolso desde una de las gavetas de su escritorio. Era un bolso grande y marrón. De su bolso sacó una cartera y de la cartera sacó una estampa de San Ignacio. Una estampa que tenía la misma imagen que había rayado Fortu con témpera 56 veces. “¿Sabes quién es éste?”, le preguntó Argelia a Fortu. Fortu moqueaba y aún gemía. “Es San Ignacio”, respondió una Fortu más sumisa que nunca. Acto seguido, Argelia sacó de su cartera una foto tamaño carnet. “¿Y sabes quién es éste?”, preguntó Argelia a Fortu. “No sé”, respondió Fortu. “Éste es mi esposo”, dijo Argelia. Fortu no sabía qué decir. Yo, que no sé dar respuestas en momentos bajo presión, hubiese respondido alguna estupidez del tipo: “Qué guapo”. “Mi esposo estuvo muy enfermo. Muy enfermo. Muy enfermo. Estuvo hospitalizado varios meses, a punto de morirse. Y cuando estaba peor, yo le pedí a San Ignacio que lo salvara. Y lo salvó”, dijo Argelia con voz intensa. Fortu se quedó muda. A mí me parecía algo estúpido. Nunca he creído en los milagros. “¿Ves que le debo mucho a San Ignacio? ¿Ves por qué no puedo dejar que sigas estudiando en este colegio?”, concluyó Argelia. Fortu tuvo varios segundos de silencio antes de formular su réplica.

Fortu replicó al perdón. El perdón siempre me ha dado risa. Es como el último recurso. Es como cuando sabes que has perdido el juego y apelas un poco a la lástima del contrincante. De hecho, a veces creo que las personas que pasan a la historia pasan, precisamente, por no pedir perdón. Argelia decía que la perdonaba, pero que sería expulsada permanentemente del colegio. Fortu, ya en una defensiva desesperada, intentó seguir apelando a la lástima de Argelia. Preguntó si podía ir al menos como oyente. “Si mañana, o cualquier otro día, pisas este colegio”, te mando a sacar con seguridad. Ya Fortu no tenía nada que buscar.

A Fortu le había dolido el coñazo, aunque se había preparado para él. Llevaba tanto tiempo llorando, que me provocaba cachetearla a ver si se recomponía. Ya como era tarde en la tarde, sólo quedaba el bulto de Fortu apoyado en su pupitre en el salón. Era un bulto negro que tenía parches de Nirvana. Aún estaba el cuaderno que ella había abierto aquella mañana y en el que había hecho sus últimas anotaciones, sin saberlo, como estudiante en el San Ignacio. “Las pinturas negras fueron trasladadas desde la Quinta del Sordo”, seguido por un tachón y una caricatura del pene erecto del Saturno de Goya, era lo último que había quedado escrito y dibujado.

Al menos, Fortu no tuvo una despedida intensa. Yo la acompañé hasta la puerta del colegio, que cruzó sin voltear la mirada. La invité a un café de La Majestic. La Majestic era una panadería y cafetería que, en sus tiempos, era increíble. Luego, al igual que el país, se había vuelto mierda. Pero aún servían buen café. Fortu aceptó. Al menos, el café con leche la calmó un poco. Estuvo largo tiempo sin decir nada. Sólo bebía su café y miraba al techo. Ya no lloraba. No fue su culpa haberse burlado del santo equivocado en un colegio así.

Ya, en un rato, sus papás la irían a buscar. Fortu intentaría hacer reválida en algún otro colegio, a ver si al menos salvaba el año y no tenía que hacerlo entero, luego de haber cursado más de la mitad. No sé si los papás de Fortu sabían que la habían expulsado. De todos modos, ellos vivían en su mundo. A pesar de todo, yo no quería dejar de ver a Fortu. Era una de esas chamas con las que te reías y lo pasabas bien. Ya buscaría cupo en algún colegio mediocre, como el Marbe.

T.M.

Adaptación del texto “Diles que no me maten”, de Juan Rulfo.

 

 

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Plomo (Segunda Parte)

A pesar de las chispas que caían, siempre fui una persona muy conductista a la hora de comer. Yo solía comer al mediodía. Si por mí fuera, comería todo el día. Pero al ser estudiante aprendí a hacer malabares con los horarios y a hacer un hueco para poder comer, lloviera, tronara o relampagueara, a la misma hora del día. En este caso, lo que llovían eran balas. Pero mi hora de comer es sagrada. Iría a hacer mi almuerzo y comer. Total, nada podría hacer yo para que la lluvia de balas y de fuego se calmase.

Entré a la cocina. Por un momento tuve miedo. La ventana de la cocina estaba abierta de par en par. Es cierto. No era una ventana muy grande, pero cualquier bala envuelta en fuego podría entrar por ahí. Quise acercarme a cerrarla, pero sentía que sería el lugar más vulnerable en el que me podría poner. Yo no quería morir a causa de una bala. Nadie, creo, quiere morir a causa de una bala. Iba por la cocina procurando estar cerca de las paredes. Procurando estar fuera del rango que podría tener cualquier objeto que entrase por la ventana abierta de la cocina de mi apartamento para actuar en contra mía.

De todos modos, luego de pensarlo con un tanto más de cabeza fría, creí que no debía preocuparme tanto. La ventana de la cocina, hacia la parte de afuera, que daba como a una especie de patio interno, tenía un saledizo creo que de zinc que podía ayudar. El saledizo estaba para proteger a quien cocinara o fregara los platos (nuestro fregadero estaba ubicado al lado de la pequeña cocina de gas) de los rayos agresivos del sol. Realmente era bastante útil, aunque siempre pensé que se veía un poco mamarracho.

Pero sentí miedo nuevamente. No sé hasta qué punto una lámina de zinc (de ésas que son un poco curvas y tienen dos colores que se intercalan a través de láminas) podría resistir el impacto de una bala. Al fin y al cabo, la bala que había caído en mi balcón había arrancado un pedacito del piso, que era de granito rosado. Lo mejor sería, definitivamente, ir con cuidado. Yo caminaba con la cabeza un tanto gacha, como si eso fuese a ayudar en algo. Es parte de esos instintos humanos que, aunque sean un poco inútiles, te brindan una cierta sensación de seguridad.

La nevera estaba llena. A pesar de todas las calamidades y de todas las escaseces que asolaban a Caracas, nosotros siempre nos las ingeniábamos para tener una nevera llena. Y no sólo llena, sino llena de cosas ricas. A pesar de que siempre fui una chica delgada, comer siempre ha sido una de mis grandes aficiones. Siempre fui la envidia de mis amigas estúpidas del Mater. Ellas se mataban a unas dietas horribles en las que tenías que contentarte con comer un pedazo de lechuga de mierda que si con vinagre. Yo, en cambio, me hacía unos sándwiches como de medio metro rellenos de todas las cosas ricas que puede haber en este mundo. Mi otro gran “vicio” siempre fue leer. Y como podía leer comiendo sin ensuciar las páginas de los libros, me encantaba combinar estas dos prácticas.

Esto me lleva a explicar un detalle que a simple vista podría no tener importancia, pero para mí siempre la ha tenido y siempre la tendrá. Al igual que en mi apartamento podíamos disfrutar de una nevera llena, podíamos disfrutar de una biblioteca llena. El mercado de los libros en Caracas era un poco como el de la comida. En las grandes cadenas de librerías (generalmente las grandes cadenas de librerías suelen tener los peores libros) había pocos libros y de los pocos libros que había, las tres cuartas partes versaban sobre autoayuda, brujería, Sascha Fitness y no sé cuántas mariqueras más. Los libros buenos se hallaban en el casi clandestino mercado negro. Tan clandestino como el de los víveres, pero mucho menos concurrido.

Yo me sentía orgullosa tanto de mi nevera llena como de mi biblioteca repleta de clásicos y de títulos realmente fascinantes. Cuando alguna persona venía a mi casa a hacerme una visita (fuese una amiga del colegio, o de la universidad, o del trabajo, o un chamo quesudo que lo que quería era llevarme a la cama), le hacía la prueba de la biblioteca. Le hablaba y le mostraba, al menos durante una hora, los títulos que más me gustaban de mi biblioteca, o los que tenía en la lista para leer. Si la persona a la que le estaba haciendo la exposición se ladillaba (lo que ocurría en el 90% de las ocasiones), yo la ponía como en una especie de lista de gente inútil.

Hacía tiempo que la gente ya no venía a visitarme a la casa. O yo me había hartado de muchos, o muchos se habían hartado de mí o, lo más normal, la gente, sencillamente, se había ido del país. Yo era una de las pocas que aún quedaba. La verdad es que no sé por qué me quedaba. Creo que era una especie de mientras tuviese full la nevera y la biblioteca, el resto del mundo, Venezuela, no me importaba absolutamente nada. Por mí, que el país se incendiara todo.

Casi siempre me tocaba comer sola. Prefería comer en la cocina. Nunca en mi cuarto o en el comedor. La cocina era el lugar más diáfano de todo el apartamento. Eran rarísimas las ocasiones en las que coincidía a comer con mis papás. Mis papás generalmente comían en el trabajo y yo comía en el colegio o en la universidad cuando aún estudiaba, hasta hacía muy poco tiempo. Mientras comía, me gustaba poner la radio para escuchar las noticias escabrosas de lo que sucedía en el país. Del gobierno burlándose de la oposición, de los muertos, de la gente que moría de orgullo y hambre por no quererse arrastrar al carnet de la patria cuando se les había agotado el resto de los recursos.

Creo que, desde que yo era chiquita, siempre habíamos tenido el mismo método. Por eso me acostumbré a comer sola. Amaba comer sola. Detestaba comer con mis amigas porque, como he dicho, yo comía muchísimo a pesar de que soy flaca. Yo era de las que pedía dos y hasta tres menús. Y me molestaba la mirada de extrañeza con la que todas mis amigas me observaban. En cambio, comiendo sola no tenía que tener modales ni que rendirle cuentas a absolutamente nadie. Cuando invitaba a chamas o a chamos para la casa para revolcarnos, no me molestaba que el queso se les chorreara. Lo que me hacía hervir la sangre era que quisieran quedarse a comer.

Pero hacía mucho tiempo que ya nadie iba, y ese plan no se hacía más. Creo que mucha gente en el Mater y en la Monteávila me jalaba bolas porque sabían que conmigo (dentro o fuera de mi casa) las reuniones siempre terminaban siendo bacanales. A mí me encantaba el sexo y me excitaba la violencia. Muchas chamas, aunque fuese por curiosidad, iban a mi casa a escondidas de sus padres para participar en orgías. Me daba mucha risa cuando, antes, durante o después del acto sexual como tal, ponían sus voces de muchachas buenas y les decían a sus papás, a través del celular, que la estaban pasando buenísimo (cosa que no era mentira), que estaban tomando Pepsi y comiendo Doritos. Con los chamos pasaba algo más simpático. A mí el sexo sin por lo menos un toque de violencia me gustaba, pero no me parecía la gran cosa. A veces esperaba a que los chamos se durmieran y, agarrando un bastón de madera que tenía mi papá, cuando estaban durmiendo, se los estrellaba en la cara, muchas veces haciendo brotar sangre. Al principio, evidentemente los chamos gritaban, pero yo sabía hacerlos callar con besos y otras cosas. Siempre fui una mujer atractiva. Pero ya eso era tiempo pasado. Como he dicho, todos o se habían ido del país o se habían casado o estaban empatados con gente pollísima. Yo ya casi no salía tampoco. El día se me iba escuchando cantar a los periquitos o a los canarios, trabajando de vez en cuando. Incluso viendo los peces payaso que teníamos dentro de la pecera. Los peces de esa pecera tenían un máster en observar porno en vivo.

Como a veces la soledad de la casa me abrumaba un poco, salía a dar una vuelta alrededor de la cuadra. Sé que hasta salir a dar una vuelta alrededor de la cuadra era algo peligroso, pero, con suerte, no pasaba mucho. De todas formas, procuraba salir a la luz del día y no en la noche. Aunque, de todas formas, éste era un detalle cada vez menor. Ya la delincuencia en Caracas era tal que daba igual el día que la noche. Ya una persona podía ser hurtada, robada, atracada, secuestrada o asesinada en presencia de una muchedumbre y todo seguía fluyendo con normalidad.

No hacía mucho más que eso. Me gustaba ver las ruinas de Caracas, al menos las ruinas que aún mantenían su forma. Algunos condominios, muy pudientes, hacían potazos entre los vecinos y recolectas para comprar algunos galones de pintura con los que maquillar los edificios. Era un esfuerzo que a mí siempre me pareció loable. Tampoco es que era la gran vaina, pero no sé. A veces, en algunas tardes, Caracas aún conservaba esa luz tenue y medio ocre que me recordaba a mi infancia, cuando se podía vivir tranquila y cuando el Parque del Este aún no estaba tan vuelto mierda, como el resto de la ciudad.

Aún, para quien la supiese buscar, había una especie de vida social en Caracas. Para quien pudiese permitirse el lujo, había aún algunos restaurantes que, mal que bien, funcionaban. Uno de los problemas que yo tenía para seguir socializando es que no es lo mismo socializar cuando eres adolescente o muy joven a socializar cuando tienes casi 30. Cuando tienes casi 30, ya la gente anda en su propio peo. Algunos ya tienen pareja estable, otros ya tienen un trabajo que los consume. Otros más lo que piensan es en la estúpida boda. Cosas así. Yo me sentía una vieja a pesar de que no había pasado los 30. Veía a Caracas como si fuese una ruina antigua hallada en un yacimiento arqueológico. Un lugar en el que, junto a esos escombros, yacía una gran cantidad de recuerdos agradables.

Ahora, casi que mis mejores amigos eran los periquitos, los canarios y los peces payaso. Sé que suena un poco tonto y patético, pero era así. De vez en cuando, muy de vez en cuando, recibía la llamada sorpresa de algún amigo o amiga que se había resignado a morir en Caracas al haber fracasado en todos los intentos de huida. A veces leíamos juntos, a veces escuchábamos música juntos. A veces jugábamos Nintendo juntos. Por lo menos una vez al mes. O cada dos meses. O cada tres meses.

Como aún quedaba uno que otro amigo que sabía y compartía mi afición a comer, me invitaba a comer alguna comida que inventaba en su casa. Me encantaban esas tertulias. Era como una especie de improvisación en la cocina de alguien con los productos que se habían podido conseguir en el mercado negro. A veces quedaban unas cosas tan fabulosas, que anotábamos la receta y el proceso para no perderlas y repetirlas algún día. A veces quedaban unos menjurjes asquerosos, que botábamos (pidiendo tácito perdón a los que morían de hambre, que no eran pocos) por la cañería.

Ser cocinera o chef siempre fue una especie de sueño frustrado. No tanto frustrado por un fracaso personal, sino por el propio país. Ser cocinero o chef era una de las cosas menos rentables en un país que se estaba muriendo de hambre. Serviría, en todo caso, para lo que hacía yo a veces con estos amigos que he contado. Inventar, improvisar, divertirse y comer. Estas tertulias, de alguna manera, paliaban ese sueño que, quizás de haber nacido en un lugar medianamente normal, al menos habría intentado cumplir.

T.M.

Relato inspirado el el texto “La lluvia de fuego”, de Leopoldo Lugones.

 

 

 

La parábola de la ciudad enferma

Creo que todo comenzó cuando llegó aquel hombre. Era un hombre alegre y carismático. Creo que había llegado en un avión. Hablaba a través de altavoces con una voz clara y optimista. Se paseaba por nuestras calles siempre gritando. “Cambio ciudades enfermas por ciudades sanas”, decía. La gente comenzó a asomarse con curiosidad. Las ciudades que ofrecía el hombre se veían realmente espléndidas. Todas estaban limpias y brillaban. Todas parecían seguras y bonitas.

Cambiar una ciudad enferma por una ciudad sana no era difícil. Todo el mundo se dejó llevar por las palabras y las promesas de aquel hombre que ofertaba ciudades sanas a cambio de ciudades enfermas. No había duda. No había punto de comparación. Las ciudades que ofrecía el hombre brillaban. Nuestras ciudades estaban enfermas, sucias, olían mal. Eran una auténtica basura. Nuestras ciudades casi no tenían historia ni tradición. En cambio, las ciudades sanas tenían muchísimas historias interesantes y hermosas para contar.

Cuando alguien veía a algún conocido o a algún amigo con su recién adquirida ciudad sana, se moría de envidia y corría en búsqueda del señor que cambiaba ciudades sanas por ciudades enfermas. Todo el mundo entregaba a su triste y patética ciudad enferma a cambio de las ciudades hermosas y sanas que el señor ofrecía. Era un cambio fantástico. Yo mismo llegué a ver a muchas de las ciudades sanas. Tenían edificios increíbles, tenían turistas. La gente era amable con los demás. No se caían a tiros.

Me volteé y ahí estaba Caracas. Tenía la cara destrozada, tenía el cuerpo destrozado. Tenía los pulmones negros y tenía las narices ensangrentadas. Estaba echada en la cama con su misma actitud de siempre. La actitud de no querer hacer nunca nada. La actitud de creerse lo máximo aunque estaba vuelta mierda. Su cuerpo flaco se enredaba y manchaba mis sábanas con su sangre y con su suciedad. Era como una sombra obscura. Qué diferencia tan grande con aquellas ciudades luminosas y sanas que ofrecía aquel señor por los altavoces.

Caracas y yo no hablamos esa noche. No nos miramos casi. A pesar de sus ojeras y de su respiración trancada, por alguna razón me gustaba mirarla. Era triste como caminaba, o como intentaba caminar. Ya casi no caminaba. Estaba chupada. Parecía terminal. Las costillas se le asomaban por los costados grisáceos. De vez en cuando, cuando me hablaba con su voz ronca, tenía algún mínimo y difuso vestigio de lindura. Pero yo no sabía si eran percepciones mías o si era un consuelo estúpido que yo mismo me hacía.

“¿Por qué no me cambiaste por una ciudad sana?”, me preguntó Caracas. “Las otras ciudades son más bonitas y están sanas”, me recriminaba. Yo no sabía qué contestarle. Con ciudades como Caracas lo mejor es darse la vuelta. Tienen como una furia violenta en la mirada que te causa como acidez, que te causa depresión y te da ganas de morirte. Yo no le contestaba. Sabía que contestarle a Caracas era caer en una de esas discusiones en espiral en donde nadie tiene la razón y todos terminan rabiosos. Esa etapa ya ella la tenía. Estaba siempre rabiosa. Comía mirándome a los ojos con odio, con recriminación. Masticaba con la boca abierta y no se preocupaba en limpiarse la sangre que le brotaba de la nariz. La sangre le caía hasta la boca. Era asqueroso.

Mi vida con Caracas se convirtió en un punto extraño. Se convirtió en una especie de árbol caído al que todos señalaban y del que todos se burlaban al pasar. Un sinfín de amigos y conocidos se paseaban a mi alrededor y me echaban en cara sus ciudades nuevas, sus ciudades sanas y recién adquiridas. Parecían aristócratas imbéciles. Se paseaban presumidos con sus Buenos Aires, con sus Parises, con sus Madriles, con sus Sydneys, con sus Santiagos. Algunos se habían moldeado a la ciudad con la que paseaban de la mano. Cambiaban su acento y utilizaban expresiones que yo nunca les había escuchado en la vida. Parecían idiotas. Otros, más agresivos, obligaban a su ciudad a adaptarse a ellos. La vestían de determinada manera, la criticaban, no la dejaban respirar, le recriminaban el no ser como la ciudad enferma que habían cambiado por esa ciudad sana a la que ahora recriminaban. Esa ciudad enferma que sólo comenzaron a mirar cuando ya estaba en posesión del hombre que paseaba con los altavoces gritando “Cambio ciudades enfermas por ciudades sanas”.

Caracas ya no quería salir conmigo. Se sentía sucia. Se sentía acomplejada. Se sentía fea. No quería ir al lado mío. No quería calarse las humillaciones de los estúpidos de mis conocidos que iban presumiendo de sus ciudades de gente educada, de transportes públicos eficientes y de tres comidas al día. Caracas me gritaba, amenazaba con romper todas mis cosas y se encerraba en el baño a pegar alaridos y a llorar. Se molestaba más cuando yo intentaba recordarle los días en que no era así. Estrellaba su cara contra la puerta del baño y hacía sangrar aún más su nariz, ya de por sí sangrante. “Me tuviste que haber cambiado, maldito idiota”, decía su voz quebrada por el dolor, por la locura, por la droga y por la rabia.

Yo estaba harto de Caracas. Me había arrepentido de no haberla cambiado a tiempo. A veces, buscaba al hombre del altavoz, pero hacía rato que no se divisaba por ningún lado. Yo le entregaría a Caracas aunque fuese gratis. Estaba harto de sus insultos y de sus amenazas. Estaba harto de su victimismo y de sus gritos. Estaba harto de su nariz, que echaba chorros de sangre. Se había vuelto más hosca y arisca que nunca. En cada uno de sus movimientos, en cada una de sus respiraciones me acusaba de tenerle lástima. Yo siempre he odiado la lástima.

Pero, pronto, las ciudades sanas de mis amigos y conocidos comenzaron a enfermar. Comenzaron a verse cada vez más sucias y más extrañas. Comenzaron a renquear cada vez más notoriamente y a respirar cada vez con más dificultad. Comenzaban a preguntarse por qué debían rendirle pleitesía a cuatro idiotas que, al fin y al cabo, las habían cambiado y no las habían conquistado por amor. Empezaron a ser ariscas y hoscas, como pequeñas Caracas. Algunas conseguían huir de sus dueños. Otras atacaban directamente. Al fin y al cabo ¿quién les había pedido permiso para ser intercambiadas? Ellas eran ciudades sanas y merecían estar con gente mejor. Mis conocidos cada vez presumían menos, se les veía tristes.

Caracas nunca mejoró. Siempre era una promesa que nunca se cumplía. Siempre era un Sísifo que nunca terminaba de colocar la piedra en la cima de la montaña. Era un pozo sin fondo. Una sangría que nunca se vaciaba. Caracas volvió a pasear conmigo. Nunca se mostraba cariñosa. Si paseaba conmigo era porque disfrutaba ver el sufrimiento ajeno. De vez en cuando, desde que mis conocidos ya no presumían (y algunos hasta se escondían), Caracas esbozaba hasta una tímida sonrisa. Era mala por naturaleza, no tenía piedad ni futuro. Pero qué linda era esa sonrisa que se le dibujaba.

Tomás Marín

Relato inspirado en el texto “Parábola del trueque”, de Juan José Arreola.

 

De cómo despedir a Sasha

Mi nombre es Helena Eco. Tengo 27 años y formo parte de la administración de personal del canal Globovisión. Tengo cuatro años trabajando en Globovisión. Comencé gracias a las pasantías de mi universidad. Como siempre (no es por presumir) he hecho un trabajo impecable y serio, el canal decidió contratarme de manera permanente. A veces he pensado en dejarlo todo y buscar, como tantos otros, irme del país. Pero Globovisión ha sido generoso conmigo no sólo en darme buenos compañeros y tratarme bien, sino en pagarme un sueldo relativamente digno para lo que significa la situación del país con un bolívar cada vez más pulverizado.

Hace pocos días, como todos sabrán, una presentadora del canal Globovisión, llamada Sasha López, metió la pata y se quedó en blanco al hablar sobre el homenaje que el canal le iba a hacer a José Antonio Abreu. José Antonio Abreu era un director de orquesta que, prácticamente, fundó el famoso sistema venezolano que se encargó de llevar el aprendizaje de la música a las comunidades más necesitadas. Yo admiré su trabajo hasta que, en las protestas de 2014, al mismo tiempo en el que eran asesinados estudiantes por las fuerzas de la dictadura, Abreu se hacía condecorar por el dictador en una transmisión que buscaba, precisamente, encubrir los asesinatos al tiempo en el que estos eran ejecutados. A partir de ese momento, Abreu, para mí, se transformó en una lacra, en una porquería auténtica. Pero el venezolano tiene memoria corta y le jala bolas a todo lo que pueda parecerse a un mito. Así el venezolano siempre busca encubrir su propia mediocridad.

Yo no tuve tiempo de ver en vivo cuando Sasha se quedó en blanco. La vi a través de un video que comenzó a circular rápidamente por Twitter y por Facebook. En el fondo, Sasha me dio paja. Desde que llegó al canal no era más que una de esas chamas cotufas y del montón. Sé que una presentadora de televisión debería ser una persona inteligente, mucho más que una cara bonita. Pero, de todas formas, siempre me ha dado igual. Globovisión no lo ve nadie. Sasha era un poco estúpida. Al fin y al cabo, es una modelo. (Y sé que hay modelos que son muy inteligentes, pero ustedes me entienden). Era una de esas chamas que se la pasan tomándose selfies con frases imbéciles para alborotar a cuatro quesudos en el Instagram.

Todo el mundo, como suele suceder en un semi-país como Venezuela, cayó en cambote sobre Sasha. Una mujer como Sasha no está hecha para resistir esas cosas. Es una chama que vive en su mundo de pintalabios, maquillaje y demás mariqueras. Es una chama que no está acostumbrada a los insultos. Muchos comunicadores sociales postearon parrafadas y parrafadas de indignación en sus cuentas. Hablaban de la decadencia de los medios y de no sé cuántas otras cosas más. Los comunicadores sociales siempre me han caído mal. Son como los argentinos prepotentes de las carreras universitarias. Todos se creen Renny Otolina, Alfredo Cortina o Ida Gramcko. Lo peor es que comunicación social es una carrera mediocre y estúpida. La puede hacer cualquier persona que sepa escribir su nombre.

Yolanda, una de las directivas del canal, me citó en su oficina el mismo día de la metida de pata de Sasha. Yolanda es una mujer gordísima, pero lo que tiene de gorda lo tiene de buen corazón. Aunque siempre ha sido estricta y seria cuando hay que serlo. Es de las que tienen consciencia de que Globovisión es un canal que no ve nadie, pero se esfuerza en hacer las cosas bien. “Helena, ¿viste lo de Sasha?”, me dijo Yolanda. “Sí, Yoli. Lo acabo de ver por Twitter”, le respondí. Yolanda me comentó acerca de los insultos que le hacían a Sasha por Twitter y de la perjudicación que todo eso tenía para lo poco que quedaba de dignidad en un canal como Globovisión. “Necesito encargarte una tarea. Sé que puede no gustarte”, me dijo Yolanda. Yo ya sospechaba de lo que se trataba. “Necesito que despidas a Sasha. Por mí se quedaría. Pero sabes como es la gente. Y la gente no se va a quedar en paz hasta que la botemos”, concluyó.

Yo le menté la madre a Yolanda en silencio, aunque la quiero mucho. Me sentí mal por un momento. Nunca me había tocado despedir a nadie. Eso siempre había sido trabajo de mis compañeros. Pensé que, por lo menos, había que darle un tiempo a Sasha para que asimilara todo lo que le había pasado por su error tonto. Sentí que era una ratada el rematar con su despido toda la ola de odio y burlas que estaban colmando su Twitter. Pero, al fin y al cabo, es mi trabajo. Y el trabajo debe hacerse.

No sabía cómo decírselo. Nunca he sido de esas personas que se ha puesto realmente a meditar sobre la cuestión de si es mejor dar un golpe certero, doloroso y rápido, o hacerlo con rodeos, como darle una especie de colchón a la “víctima” para que se vaya preparando para la noticia. Creo que lo que más me molestaba era la idea de ver el llanto de cotufa que tendría Sasha. Ese llanto de doncella en apuros cuando se le descasca la pintura de las uñas. A ella le encantaba salir frente a las cámaras. Y ella era bonita. El problema es que su sitio estaba en alguno de esos programas cotufas y bajos como Portadas, o La Bomba, o porquerías así.

Estaba caminando hacia el camerino de Sasha. Sí. En Globovisión, quienes salen en pantalla tienen camerinos. Cuando pasé cerca de la puerta de uno de los baños del pasillo, escuché un llanto de esos llantos que parecen hipo. Inmediatamente supe que era Sasha. Abrí la puerta y allí estaba ella. Tenía las manos apoyadas en el borde del lavamanos con el grifo abierto. Entiendo que estés llorando, pero sé consciente. El agua no es gratis. Sasha me vio y, sin decirme nada, me abrazó mientras aún lloraba. Yo me quedé hierática, sin mover los brazos. Siempre he odiado el contacto físico. Me incomodaba un poco la cabeza de Sasha apoyada sobre mi hombro. “La cagué, Helena. La cagué”, me dijo mientras, por fortuna para mí, de despegaba de mi hombro.

Decidí que, quizás, el baño no sería el mejor lugar para darle la noticia. O quizás sí. Podría decirle “Te botaron” y cerrar la puerta, como si fuese un criminal de cine negro, y dejarla allí, llorando aún más (aunque procuraría cerrar el grifo antes de irme). Pero no. No es mi estilo definitivamente. La invitaría, al menos, a tomarse un café en la fuente de soda del canal y allí, cuando estuviese un poco más calmada, se lo soltaría todo sin anestesia. Ella comprendería. Y, si no comprendía, no era mi problema. Yo sólo obedecía órdenes.

“¿Quieres que te invite a un café?”, le dije. Ella tardó como veinte segundos en dejar de llorar y decirme que sí. Creo que lo que más le preocupaba era su apariencia y su maquillaje corrido. Se veía constantemente al espejo. Si se le ocurría alguna cosa como sacarse un selfie en ese momento, además de decirle que la habían botado como a una yegua de hacienda inútil a la que ya nadie quiere, le soltaría una bofetada para que dejara la estupidez de publicar cada momento de su vida en redes sociales. Pero no lo hizo. Me siguió.

Cuando llegamos a la fuente de soda, ella pidió una manzanilla. Yo pedí un con leche pequeño. El café con leche de Globovisión es único en el mundo. No sé qué le echan, no sé cómo lo hacen, pero es lo mejor que existe en ese canal. Sasha se tomaba su manzanilla a pequeños sorbitos. Hablaba poco. Yo no sabía sobre qué hablar. A veces, simplemente, una no sabe cómo iniciar una conversación. Podría hablarle de que vi a Yolanda y me encomendó la tarea de despedir a una persona del canal. A una tal Sasha, que en ese momento estaba bebiendo una infusión de manzanilla a pequeños sorbitos.

No hablamos sobre el tema de su metida de pata. Sé que ella no quería hablar de eso y, a decir verdad, yo tampoco. Ya, por lo menos, Sasha había dejado de llorar. La infusión le había hecho bien. “¿Y tú cómo estás, Helena?”, me preguntó. Yo le dije que normal. Ya en Venezuela no se puede utilizar el eufemismo de decir “Estoy bien”. Nadie está bien en esta mierda. Quizás los dirigentes del Partido Socialista, que son los únicos que no tienen que hacer malabares con el dinero.

Habían pasado unos veinte minutos. De esos veinte minutos me bastó uno para hacerle a Sasha un resumen de quién era José Antonio Abreu. Omití la parte sobre por qué su muerte no me dolía. Una persona como Sasha quizás no entendería esas cosas. Ella sólo se limitó a responder un “Ah” mientras terminaba el último sorbo de la infusión de Manzanilla. Habíamos estado veinte minutos en la fuente de soda y aún no le había dado la noticia. Estaba tardando más de la cuenta.

Cuando estaba intentando darle vuelvas al tema para entrar, como un espiral, a la notificación de su despido, Sasha me dijo que yo había sido la única persona de todo el canal que se había preocupado por ella. Yo puse cara seria (o, mejor dicho, continué con cara seria). A mí no me importaba ella. Yo sólo había ido allí a despedirla y a brindarle una manzanilla para que el golpe no fuese tan duro. “Para eso estamos”, le respondí en una mentira compasiva. Ella se levantó de la silla, me abrazó y me besó la cara. Yo me volví a quedar hierática y con los brazos apoyados en los brazos de la silla. Realmente odio el contacto físico.

“¿Quieres ir a tomar algo?”, me dijo Sasha. “Conozco un bar por las Mercedes que hace unos tragos buenísimos y es de un amigo. Él no nos cobrará nada”, propuso. Yo no supe qué decir. Podía argumentar que aún estaba en horario de trabajo, pero Sasha sabía muy bien que el canal me consentía tanto que, prácticamente, me dejaba salir a la hora que quisiera. Aunque de ese privilegio casi nunca hago uso. Me siento cómoda en mi trabajo. Pensé en si su propuesta a tomar algo seguiría en pie luego de que le diese la noticia. Pero tenía una sonrisa tan tonta, que me dio lástima cortarla de tajo. Le dije que sí. Ya le daría la noticia en el fulano bar de las Mercedes.

El bar de las Mercedes se llamaba Mango’s. Yo, sinceramente, no lo conocía. Estaba vacío. Éramos las únicas “clientas” que había. Pongo “clientas” entre comillas porque, como había dicho Sasha, el bar era de un amigo de ella que nos estaba regalando los tragos. Pedimos una pecera azul para las dos. Sasha se bebió, en tres minutos, el 95% de la pecera. Yo sólo pude probar un sorbo. Estaba divino. El bar era agradable. Era limpio, tenía aire acondicionado y tenía puffs en el piso. Pedimos una segunda pecera, esta vez anaranjada. En tres minutos, Sasha se la volvió a tomar casi toda. No sé si era despecho lo que tenía. Tuve miedo a que se emborrachara. Aunque, cuando lo pensé mejor, pensé que podría ser mejor. Así se tomaría mejor la noticia de su despido. O quizás peor. Mientras no me estrellara la pecera en la cabeza, todo estaría bien.

“Yolanda me mandó a despedirte, Sasha”, le dije sin anestesia. Ella estaba muy borracha, yo estaba borracha también, pero menos que ella. “¿Qué?”, me dijo. En el bar había una música que era como un techno extraño. Estaba un poco alta. No sé si el “¿Qué?” que me había dicho Sasha era por no haber oído bien o era una respuesta impresionada ante la noticia de su despido. Le repetí exactamente lo que le había dicho. Sasha se quedó mirándome por un momento. En vez de gritar, acercó su boca a mi oído. Ya no estábamos solas en el bar (aunque prácticamente). Una pareja había llegado, aunque se había ido al otro extremo. “Yo sé, Helena. Lo supe desde el primer momento”, me dijo.

Al día siguiente, ella volvió a trabajar como si nada. Al principio, llegué a pensar que la borrachera de la noche anterior le había podido hacer pensar que lo del despido fue una imaginación, un efecto de las peceras y los Martinis. Se le notaba la resaca. A mí un poco también. Pero no había sido un malententido. Globovisión la había vuelto a contratar. A mí me daba igual. No quise preguntarle a Yolanda qué había pasado. Supongo que todo había sido una reacción mientras pasaba la ola de la opinión pública. Puede que Sasha sólo sea una cara bonita. Pero, al fin y al cabo ese canal no lo ve nadie.

T.M.

 

 

No oyes morir las misses

“¿Sabes de alguien que tenga ese remedio?, le pregunté a Michelle. “No sé”, me respondió Michelle. Michelle tenía el pecho negro. Le había brotado una mezcla asquerosa de sangre y plástico. Estaba en topless acostada sobre el asiento de atrás de mi carro. No sé si fue un mal movimiento o si hizo alguna estupidez. Yo no sabía que las infecciones podían ser tan rápidas y tan agresivas. No habían pasado ni dos horas desde que sus gritos me alarmaron. “En algún lugar tendrá que haber un hospital con esa vaina”, le dije. Michelle sólo se cubría el pecho.

“No te preocupes. En Caracas hay mil hospitales. Alguno tendrá que tener eso. No creo que a la gente le revienten los implantes todos los días”, le dije a Michelle en un tono neutro. No quería hacerla reír. Sólo quería darle alguna esperanza. En el fondo, me preocupaba un poco que aquella mezcla de sangre y plástico, que brotaba desde su pecho infectado, cayese sobre mi asiento. Mi asiento era de tela. Michelle estaba manchada. Daba asco. Ya habíamos recorrido varios hospitales y farmacias. Todo estaba lleno de gente pero vacío de medicinas.

Me había costado mucho meter a Michelle en el carro. Creo que el dolor se le había corrido por todo el cuerpo, o algo así. Me preocupaba el cómo podía meterla al hospital en el que llegásemos. Supongo que, de haber enfermeros, éstos me ayudarían a cargarla. Pero en ningún hospital había enfermeros. Ya casi no quedaba nadie en Caracas. Tuve que cargar a Michelle yo sola hasta el carro. “Marica. Por favor ayuda tú también. Te reventó el pecho, no las piernas.”, le decía. Ella aún estaba en shock. Por suerte, Michelle era una modelo esbelta. Aunque eso no quiere decir que no sudara yo al cargarla y arrastrarla hasta el carro.

A veces, la mano fría de Michelle me tocaba el cuello. Yo me quería morir. Sentía parte del líquido de su pecho quedarse en mi cuello. No quería regañarla tampoco. Pero su mano asquerosa y helada me sacaba de la concentración de manejar. Siempre he odiado el contacto físico. Cada vez que Michelle me tocaba, sentía como un corrientazo. Al menos me aliviaba saber que aún estaba viva. No quería tener un cadáver en mi carro. Menos cuando se tratara de un cadáver con los implantes reventados. ¿Cómo podría explicarlo?

“¿Te duele, Michelle?”, preguntaba yo. Era una pregunta estúpida. Obviamente le tenía que doler. Sin embargo, ella me decía que no. Guapeaba como podía. “¿Te duele mucho?”, volvía a preguntar yo mientras afinaba la vista en busca de más farmacias y hospitales. Cada vez que me bajaba a preguntar para que el dependiente me dijera que no podían hacer nada por ella en ese lugar, Michelle se quedaba sola en el carro. Siempre cuando yo volvía a entrar, le volvía a preguntar lo mismo. Ella me respondía que no mucho, pero su voz sonaba algo entrecortada.

“Marica, ya déjalo”, me decía Michelle a veces. No sabía si lo decía en serio o lo decía porque sabía que no iba a dejarla morir tan fácilmente. “No vale la pena”, me decía también. No creo que una chama cotufa y vacía como Michelle tuviese un martirio voluntario. Las personas así, como ella, siempre quieren vivir más sólo para poder seguir con su vida de candilejas, de selfies y de frivolidades estúpidas. Suponía que lo hacía para hacerse la víctima. A veces me provocaba echarla del carro y caerle a patadas. Pero no podía dejarla morir.

No tenía ni idea ya de por dónde estaba manejando. No quería darle a Michelle esa sensación de que estábamos perdidas. “Todo va a salir bien”, le decía a veces. Cuando ella no contestaba, yo me quedaba helada. Volvía a hablarle hasta que ella me respondiera. Así, al menos, sabía que continuaba con vida. Creo que ya habíamos salido de Caracas como tal. Yo estaba manejando a punto ciego. El GPS estaba torpe. En todos los hospitales en donde habíamos preguntado, o estaban llenos o estaban sin recursos. Los silencios de Michelle cada vez eran más largos. Mis temores eran cada vez más largos, paralelos a sus silencios.

“Te voy a salvar como sea, de pana”, le repetía una y otra vez. No sabía qué más decir. Nunca he creído en ese tipo de consuelos, pero lo hacía más para que Michelle me respondiera. A veces, yo llegaba a perder toda esperanza. El desabastecimiento en Venezuela era enorme y la gente se moría por cosas mucho más sencillas que lo que le había pasado a Michelle. Pero había algo en mí que me prohibía darme por vencida. De todas formas, creo que era algo obligatorio. No tenía otra opción que seguir buscando y seguir preguntando.

Michelle se iba poniendo mala. Ya no tenía ni fuerzas para llevar su mano hasta mi cuello. Cada vez tardaba más en contestarme. Como su cabeza estaba justo en mi espalda, no podía voltearme a verla. Tampoco podía verla por el retrovisor. Sólo podía verla cuando regresaba, fracasada, de mi misión de encontrar un lugar en donde pudiesen atenderla. Michelle sudaba en exceso. El aire acondicionado le hacía mal. El aire acondicionado caliente le hacía mal. Michelle estaba empapada de sudor. Yo sudaba también. Comenzaba a ponerme nerviosa.

“Yo no hago esta mierda por ti”, comencé a regañarla. Comencé a llorar mientras hablaba. “Yo hago esto por tu mamá. Tu mamá siempre fue muy de pinga conmigo. No es su culpa haber tenido a una hija imbécil”, me descargaba. Michelle casi no reaccionaba. Era esquiva a mis regaños y a mis insultos. De vez en cuando se quejaba de dolor. Yo sabía que mis palabras no podían hacerle bien, pero me molestaba demasiado estar pasando por eso por culpa de ella.

“Cuando salgas de esto, no te quiero volver a ver. Eres una puta imbécil. Eres una pobre puta imbécil”. Michelle sólo respondía un “ay” de vez en cuando. Yo seguía llorando de la rabia mientras hablaba. Yo no quería sentir compasión por Michelle. Al cabo, era su culpa que le hubiese reventado su implante. ¿Quién coño le había mandado a hacérselos? ¿Cuál es la manía con querer tener las tetas más grandes? Quien piense así no es más que una pobre y puta imbécil, como lo era Michelle.

“Tengo sed”, me dijo Michelle. “Tengo mucha sed”, reafirmó. Yo miré con rabia la botellita que tenía en mi carro. Estaba vacía. Era imposible buscar agua en botellita para Michelle. Ya en Caracas no se vendía el agua así. Ya el plástico se había dejado de producir. No se me ocurría ningún lugar en donde pudiese haber agua, sino limpia, al menos decente. “Qué bolas tienes tú, Michelle”, le dije con rabia, con la voz casi gutural por la rabia. “Qué bolas que, cuando éramos carajitas, yo te admiraba. Tú eras burda de inteligente. Me acuerdo que soñabas con ser la primera astronauta venezolana. Me acuerdo que eras la más hueva en matemáticas y en todo. Pero te lavaron el cerebro tus amiguitas imbéciles. Te lavaron el cerebro con ese peo de que eras linda y que debías ser modelo. Maldita imbécil. Maldita puta imbécil”, rematé.

Michelle había terminado en eso del Miss Venezuela. Ese mundo es una mierda. La hizo cambiar a ella. Se convirtió en una cotufa y en una chama que se excitaba literalmente cuando un boliburgués le regalaba un bolso de marca o la invitaba a tirar a su mansión de Madrid. Un bolichico, sobrino de Diosdado, se había prendado de ella y fue el que le pagó el implante que ahora le había reventado. La convirtió como en su dama de compañía personal. Pero qué más puede esperarse de un concurso como el Miss Venezuela. Y los venezolanos orgullosos de esa mierda.

Yo hice lo que pude. Michelle estaba fría, tiesa y con los ojos abiertos. El líquido del pecho se le había secado, al igual que el sudor. Parecía gangrena. Me daba náuseas. Yo abrí la puerta y, a pesar del asco, me quedé viéndola un rato. Ahí estaba la futura astronauta venezolana. Ahora era una cotufa menos. El boliburgués que le pagó la operación quién sabe dónde estaba. Quizás nunca se enteró. Daba igual. Se conseguiría a otra cotufa imbécil. A otra Miss Venezuela perdedora a quien operar y convertir en su puta personal. A quien seducir en una noche tan linda como aquélla.

 

T.M.

 

 

Estampa literaria de Caracas Nº 3

Eduardo bebe en un bar de mala muerte. Realmente es un bar de mala muerte. Es uno de esos bares que quedan por los Chaguaramos. Uno de esos bares que tienen vestigios de una Caracas más próspera que aún hace brillar ciertos rescoldos pero, al fin y al cabo, es un bar de mala muerte en una ciudad jodida. Eduardo es un escritor fracasado. No tiene muchos amigos. Es articulista en un periódico todo mediocre como Últimas Noticias o 2001. Ni siquiera reseña noticias importantes. Creo que habla de gente estúpida. De misses o algo así. Eduardo bebe licor malo en ese bar de mala muerte, en esa ciudad jodida.

Entra una mujer. Una mujer bella. Es una mujer que tiene cierto aire gitano. Tiene la piel un tanto obscura, pero no tiene pinta de barriotera. Podría pasar por rumana en cualquier lugar del mundo. La mujer está vestida de manera sencilla. No viste tampoco como una barriotera. Es realmente atractiva. Todo el bar está vacío, pero la mujer decide sentarse al lado de Eduardo. Eduardo casi que no la advierte en un principio. La mujer mira con cierto asco el licor malo que está tomando Eduardo. La mujer le regala una copa de vino. Pide otra para ella. Eduardo da las gracias. No sabe si entablar una conversación. Nunca ha sido carismático. Nunca ha sido atrevido. Por eso trabaja en un periódico mediocre, redactando noticias mediocres.

Entablan una conversación. No es una conversación muy relevante. “¿En qué trabajas?”, y cosas así. La vida de Eduardo es tan nula que podría contarse en menos de diez líneas. Pero la mujer parece interesada por él, al igual que él por ella. Él sueña con besarla. Allí mismo, si tuviese la oportunidad. Pero no se atreve. Nunca ha sido carismático. Nunca ha sido atrevido. Por eso trabaja en un periódico mediocre, redactando noticias mediocres. La mujer abre un bolso. Es un bolso negro que brilla a pesar de que se nota que es una imitación. Del bolso saca unos hombrecitos. Luego saca unas mujercitas. Son cuchísimos.

Los hombrecitos y las mujercitas caminan sobre la mesa en la que Eduardo y la mujer están sentados. La mesa está empegostada de cosas. Recuerden que es un bar de mala muerte. Pero los hombrecitos y las mujercitas no parecen prestarle a eso mucha atención. Los hombrecitos y las mujercitas quizás no se quieren, pero se respetan. Se aprecian. Todos trabajan. Ninguno molesta a los demás. Todos están concentrados en sus respectivos trabajos. No tienen tiempo para indagar en la vida de los demás. Un hombrecito viste de rojo, el otro viste de amarillo. Una mujercita viste de azul, la otra viste de blanco.

“Estas personitas se van a joder”, dice la mujer. Eduardo lanza un suspiro de impresión. Una de esas respiraciones entrecortadas por un comentario que no se espera. “¿Cómo se van a joder?”, pregunta. La mujer sonríe. “Vamos a joderlos. Es divertido”, dice. “Es imposible”, responde Eduardo. “Se ven todos coordinados y ocupados. No se van a dejar”, continúa. “Lo puedo hacer, pero no en este bar. Es peligroso”, dice ella. “¿Quieres venir comnigo?”, pregunta. Eduardo desconfía. Con ese truco han matado a miles de personas en una ciudad jodida como Caracas. Pero Eduardo no tiene mucho que perder. Por algo estaba solo en un bar de mala muerte. Eduardo se va con ella. Ella paga con una tarjeta. Se van hacia el carro de la mujer.

La mujer mira a la carretera, no hacia Eduardo. Han salido de Los Chaguaramos. Creo que maneja hacia Montalbán. Los edificios están apagados y tristes. Parte de Montalbán no tiene luz. La mujer fuma con una mano. Con la otra toma el volante. Maneja con cuidado. Todo el carro tiene aroma a cigarros de distintas marcas. Eduardo no dice nada. “¿Sabes cuánto me costaron?”, pregunta la mujer sin desviar la mirada del camino. Los hombrecitos y las mujercitas están dentro de su bolso. “¿Cuánto?”, pregunta Eduardo. “Los tuve que pagar en dólares”, dice la mujer. “No todo el mundo puede tener a estas personitas. Es peligroso”, concluye mientras arroja la colilla de su cigarro por la ventana. Eduardo siente un vacío en el pecho. Espera que, si lo matan, al menos no sufra.

Se sientan en el sofá de la casa de la mujer. Es una casa limpia, aunque un poco desordenada. Hay una sartén sin lavar aún en las rejillas de la cocina de gas. El apartamento es compacto, pero es cómodo. Tiene iluminación amarilla. Se escuchan, atravesando el balcón, los motores de los carros. El apartamento está en un piso alto. Hay una buena vista de Montalbán. De todas formas, no hay mucho que ver. Media Montalbán está sin luz. La mujer abre el bolso. Coloca a los hombrecitos y a las mujercitas sobre una mesa de vidrio que está frente al sofá. Sobre la mesa de vidrio está un portarretratos con la foto de un viejo. Eduardo no quiere preguntar, aunque siente curiosidad. Los hombrecitos y las mujercitas aún trabajan. Cada uno con su color. Cada uno respetando al otro.

La mujer saca del bolso una pequeña lavadora. La regala a uno de los hombrecitos. Al hombrecito que viste de rojo. El hombrecito cesa de trabajar. Mira, encantado, su lavadorita nueva. La lavadorita que ha recibido, aunque no la necesitaba. La mujer saca del bolso una pequeña nevera. La regala a una de las mujercitas. A la mujercita que viste de blanco. La mujercita cesa de trabajar. Mira, encantada, su neverita nueva. La neverita que ha recibido, aunque no la necesitaba.

“Ahora empieza la magia”, dice la mujer. Eduardo mira atentamente. La mujer arrebata al hombrecito su pequeña lavadora. Arrebata a la mujercita su pequeña nevera. Antes de hacerlo, se ha asegurado de que éstos han dado la espalda. Cuando las personitas se voltean, ya no tienen sus regalos. Preguntan qué sucedió. Se pueden comunicar con la mujer. También podrían hacerlo con Eduardo, pero Eduardo prefiere no decir nada, sólo mirar. El hombrecito y la mujercita, de rojo y de blanco respectivamente, miran con súplica a la mujer. Preguntan a dónde fueron sus regalos.

“La culpa es de ellos”, dice la mujer mientras señala al hombrecito de amarillo y a la mujercita de azul, quienes, concentrados en sus trabajos, no se han dado cuenta de nada. “Pero eso es mentira”, replica Eduardo. Tenía tiempo sin hablar. La mujer manda a callar a Eduardo. No quiere que arruine el juego. El hombrecito y la mujercita, que han perdido sus regalos, se sienten traicionados. Le creen a la mujer todas sus palabras. ¿Cómo puede mentir quien da regalos? Es absurdo.

El hombrecito y la mujercita, que han perdido sus regalos, no quieren trabajar más. Lo único que desean es recuperar sus regalos. Increpan al hombrecito y a la mujercita que trabajan. El hombrecito y la mujercita que trabajan, no entienden nada. Reciben una sarta de insultos y de preguntas que no entienden. Quieren seguir trabajando. El trabajo los hace felices. El trabajo los hace sentirse plenos. Pero el hombrecito y la mujercita que han perdido sus regalos, no dejan trabajar al hombrecito y a la mujercita que no entienden nada. No es justo. Ellos sólo quieren sus regalos de vuelta.

La mujer se ríe. Las personitas son realmente predecibles y divertidas. Tienen respuestas realmente ingeniosas. Tienen actitudes realmente curiosas. La mujer tiene la garganta seca. Eduardo también. La mujer le ofrece a Eduardo una bebida. “¿Tienes ron?”, pregunta Eduardo. “Tengo Cacique 500”, responde la mujer. La mujer se levanta. Sirve el ron en dos vasos. No les echa más nada. No vale la pena gastar en nada más cuando uno desea embriagarse. Da el ron a Eduardo. Se sienta de nuevo a su lado. Los dos contemplan a las personitas.

La mujer saca de su bolso armas en miniatura. Parecen esas armas que aparecían en los juegos de Sospecha (Clue). Las coloca sobre la mesa cuando las personitas no se dan cuenta. Las personitas se voltean y ven las armas. Se espantan. Nadie quiere tocarlas. Las personitas saben bien que las armas no son juguetes. Las personitas saben bien que las armas son cosas realmente peligrosas. Tienen miedo. El hombrecito y la mujercita que no entienden nada, regresan a sus trabajos. El hombrecito y la mujercita que han perdido sus regalos, contemplan las armas con curiosidad, aunque sin dejar de tener miedo.

El hombrecito y la mujercita que han perdido sus regalos, toman las armas. No cuestionan la palabra de la mujer. No piensan que ella pueda mentir. Nadie que dé regalos puede ser un mentiroso. Entonan cánticos que alaban a la mujer. Que alaban sus rasgos, sus palabras y su aspecto un poco gitano. Toman las armas. No dejan trabajar al hombrecito y a la mujercita, que son acusados de conspiradores. Los torturan. Los humillan. Los esclavizan. La mujer ríe. La risa de la mujer excita al hombrecito y a la mujercita que han perdido sus regalos.

La mesa se ha vuelto un caos. Ya nada está donde debería estar. Ya nada está en donde estuvo. Hay dos personitas armadas que convierten en un infierno la vida de las personitas desarmadas. De hecho, ya han matado al hombrecito, que murió sin comprender nada. La mujercita, que sigue sin comprender nada, en un descuido, huye de la mesa. No le es fácil huir de la mesa, pero puede hacerlo. Se refugia en la cocina. Se encarama, como puede, por el fregadero y se pierde entre el amarillo de la esponja para fregar.

El hombrecito y la mujercita que perdieron sus regalos, ahora solos, terminarán de matarse entre ellos, eventualmente. O morirán con un manotazo de Eduardo o de la mujer, lo que pase primero. Eduardo y la mujer ya han repetido varias veces los tragos de Cacique 500. Están mareados, pero están contentos. Ambos se hacen caricias. Ambos se suspiran al oído. Ambos se excitan el uno al otro. El hombrecito y la mujercita que han perdido sus regalos, y sus trabajos, y sus sentidos, los miran con curiosidad. Eduardo y la mujer se besan. Ellos disfrutan verlos besarse, aunque la mesa sea un desastre. ¿Cómo puede mentir quien da regalos? Es absurdo.

Tomás Marín

Relato inspirado en el texto “No hay camino al paraíso”, de Charles Bukowski.

 

 

Estampa literaria de Caracas Nº 2

Primitivo (les juro por Dios que se llama Primitivo) se coloca su uniforme. Le gusta el olor a ropa recién lavada. Aprecia más este olor desde que en Caracas se hizo tan difícil conseguir detergente. Le gusta su trabajo. No es el mejor trabajo del mundo, pero a él le gusta. Primitivo es el encargado de barrer las hojas del tramo número siete de la autopista de La Lagunita. No le gusta usar esas máquinas que son unos tubos que soplan. Piensa que son una mierda. Piensa que lo que hacen es desordenar toda la tierra, todas las hojas y toda la basura. Él es más del estilo clásico. Prefiere el rastrillo, la escoba y la pala. Si hace falta, recoge las hojas secas con sus propias manos. Para eso tiene guantes. Son las nueve de la mañana. Hace un sol delicioso. Sólo falta un tramo por recoger. Sólo queda retirar maleza de un barranco cercano a un parque. A uno de esos parques infantiles que tienen el logo de la alcaldía del Hatillo. A uno de esos parques infantiles que no usa nadie. Primitivo escarba. Encuentra el cadáver de un muchacho.

El cadáver no está ni fresco ni descompuesto. Primitivo, del asombro, se echa para atrás. No es un hombre particularmente de alma ni de corazón endurecidos. El cuerpo tiene una bala incrustada en el pecho. Tiene el tórax reventado. Primitivo intenta no verle la cara. La cara de un cuerpo inerte es la peor imagen que puede haber. No es como en las películas, ni siquiera como en los documentales. Sólo en vivo se puede apreciar el verdadero rostro de la muerte. Una mosca verde, de esas moscas asquerosas, se da vida alrededor de la herida. La herida está seca. La sangre es sólo una mancha coagulada.

Pedro Castañeda, director de la facultad de Teología de la Universidad Católica Andrés Bello, está tratando de cerrar una carpeta. Se siente un tonto. LLeva más de un minuto intentando cerrar la carpeta. Todo sería más fácil si no tuviese la otra mano ocupada. No quiere derramar su café ni quiere colocarlo en el suelo. Finalmente, logra cerrar la carpeta. Ya puede buscar, en el bolsillo de su sotana, las llaves de su carro. Hay poca gente en el estacionamiento de la universidad. Pasa un Spark amarillo. El Spark amarillo hace sonar la corneta con prudencia. Óscar y Mariana saludan, desde el Spark amarillo, a Pedro Castañeda. Pedro Castañeda devuelve el saludo. Pedro Castañeda los aprecia. Los dos son buenos estudiantes. Aprecia más a Mariana. Mariana es una muchacha inteligentísima. Sus exposiciones parecen películas. Siempre habla de cómo quiere irse del país. El Spark sale por la puerta de la universidad. “Hacen bonita pareja”, piensa Pedro Castañeda mientras coloca la carpeta en el asiento trasero de su carro, que se ha calentado por culpa del sol.

Oropencio González, oficial de la Policía Nacional Bolivariana, da el alto. La calle está trancada. De todas formas, el Spark amarillo no tendría hacia donde huir. Oporencio desenfunda su pistola de reglamento. Un compañero lo secunda. Ése tiene que ser el mismo Spark que se describió en la denuncia que hizo una vecina. El Spark amarillo se detiene. Ismael abre la puerta del piloto. Se baja. Se echa al suelo con las manos en la nuca. No opone resistencia de ningún tipo. Oropencio lo esposa. Para ser Policía Nacional Bolivariano, Oropencio es relativamente honesto. Oropencio sube a Ismael a la patrulla. Lo lleva a comisaría. “Ojalá haya recompensa”, piensa.

Ismael no miente. No sabe mentir. Piensa que, de saber mentir, su carrera como delincuente y como hampón, quizás, hubiese sido más exitosa. Responde a las preguntas con sinceridad. Colabora. Admite que él mató a Óscar. Tiene gran frialdad a la hora de decir sus palabras. Es como si sintiera una especie de orgullo. Ismael frunce el ceño cuando le preguntan por Mariana. “Yo maté al chamo, no a la chama. Lo juro por mi madre y por Dios”, dice Ismael mientras besa su pulgar y su índice, que anteriormente ha intersecado, para que formen una cruz.

Mariana está preciosa. Coloca la mano sobre la de Óscar cuando Óscar la tiene sobre la palanca de velocidad del Spark amarillo. Mariana se traga su rabia. La tiene mezclada con el amor que siente por Óscar. Mariana quiere irse del país. Mariana quiere disfrutar lo que le queda de juventud. Mariana quiere disfrutar del lujo de no morir asesinada. Óscar siempre le ha puesto todos los peros del mundo. Como él tiene un buen trabajo asegurado, gracias al papá, pretende que ella se sacrifique. “¿No quieres mantener la relación?”, siempre concluye Óscar cuando se ve acorralado por los argumentos de Mariana  y por su deseo de largarse. Ismael ve a Mariana. La ve a través del vidrio del copiloto del Spark amarillo, que no es ahumado. Ismael se prenda de Mariana. Es la muchacha más espectacular que ha visto en su vida. Tiene el cabello castaño claro. Tiene las cejas delgadas. Tiene la piel del color de la piña colada. Qué diferencia con las mujeres grotescas de Casalta. Todas parecen unas bachaqueras. Ismael no se va a quedar tranquilo. Tiene que ir detrás de ella. ¿Qué importa Óscar?

Ismael se ríe en algunas partes de la declaración. No tiene problema en declararse culpable. Sabe que, en la cárcel, no le harán nada. Quizás no lo sabe, pero lo espera. Él sabe defenderse. Siempre ha sabido defenderse. Vuelve a reír. Su risa es un poco escabrosa. Da algo de miedo. “Lo que me da risa es que me vayan a meter preso precisamente ustedes, la Policía Nacional Bolivariana. La Policía Nacional Bolivariana no es más que un grupo de asesinos de mierda. ¿Es que no matan estudiantes y niños en cada protesta que hay?”, protesta Ismael. Una secretaria toma la declaración. La secretaria tiene las uñas largas. La secretaria escribe “Asesinos” con c. Ése es el nivel de profesionales que hay en el país.

Ismael se acerca al Spark amarillo. Se vale de que habla bien. Por razones de la vida, el papá de Ismael era un hombre medianamente culto. Incluso, tenía un programa de radio en una de las emisoras de Fe y Alegría, en donde hablaba de ciertos libros. Ismael no habla como un malandro. Sabe pronunciar las eles y las erres. Ismael va directo al grano. Dice que tiene joyas, que las vende a buen precio porque quiere irse para Chile. Dice que esas joyas se pueden vender en dólares, pero él se conforma con bolívares. Dice que tiene un contacto en el Banco Central que vende dólares preferentes. Eso ya atrapa la atención de Mariana. Puede ser una posibilidad para irse del país, aunque suene descabellada y tonta. No se puede descartar nada. Sabe que las joyas pueden ser robadas. Pero no importa. Todo es válido en la carrera por escapar del socialismo del Siglo XXI. Incluso a Óscar le interesa la oferta. Nada más cotizado que los dólares. Ismael dice que las joyas están cerca. Están escondidas cerca de un parque por La Lagunita. No por nada malo, sino para evitar que se las roben.

A veces, Óscar y Mariana dudan. Están siguiendo a Ismael, quien trota por delante de ellos. Es que ni siquiera está mal vestido. El parque queda bastante cerca. Las joyas están bastante cerca, según Ismael. “Marico, arranca. De pana no sé. Es como demasiado bueno para ser cierto”, dice Mariana. “Al primer movimiento raro que vea, piro con todo”, contesta Óscar. Ismael sigue trotando por delante de ellos. Saluda a algunos carros que pasan. Algunos carros le contestan el saludo. Esto tranquiliza sobre todo a Mariana. ¿Cómo puede ser malo un hombre al que algunos carros saludan amablemente?

El Spark amarillo tiene que orillarse. No puede avanzar más. No puede adentrarse dentro del parque. Óscar coloca las luces intermitentes y se baja. “Es por allá”, dice Ismael mientras señala con su dedo un rincón del parque. Es un rincón apartado, realmente apartado. “No te pido que me las compres de una. Pero, al menos, dales una oportunidad”, completa, con una voz segura. “Si quieres, yo me quedo aquí”, dice Mariana. “Me da paja que venga un PoliHatillo y remolque el carro. Mejor me quedo aquí y, si tengo que mover el carro, lo muevo”, propone. A Óscar y a Ismael les parece una buena idea. De todas formas, sólo serán unos minutos. Mariana, sin bajarse del carro, se pasa del puesto del copiloto al puesto del piloto. Óscar, a través de la ventana, se despide de ella con un beso. Ismael y Óscar se dirigen hacia el punto convenido.

“No te preocupes, panita. Tienes derecho a tener miedo. Pero te juro que soy una persona seria. Lo único que quiero es irme de esta mierda. Estoy harto de la delincuencia, de la escasez y de todo”, dice Ismael. Óscar se tranquiliza. “Ya te traigo las joyas”, dice Ismael. “Es sólo para que las veas y me digas si te gustan. Incluso, podemos ir a una joyería para que veas que son de verdad. Yo no tengo por qué engañarte”, asegura. Óscar da la espalda. Ismael lanza el primer ataque. Óscar, de alguna manera, lo veía venir. Se defiende. Desde el Spark amarillo no se ve nada. Mariana está sentada en el asiento del piloto viendo a los carros pasar. Ismael, al fin y al cabo, es un delincuente profesional. Inmoviliza a Óscar. Lo amarra con una cuerda que ya tenía preparada. La trampa parecía demasiado estúpida, pero siempre hay un estúpido que cae. Le tapa la boca con un trapo. Le pega en la cara. Lo deja allí.

Ismael regresa a donde Mariana. Acomoda su semblante para que parezca preocupado. “Chamita, ven. No sé qué le pasó a tu novio, pero tiene algo. Ven para que lo ayudes”. Mariana le cree, aunque no quiere creerle. Piensa en encender el carro, acelerar y mandar todo a la mierda. Pero lo piensa mejor. Se baja del carro. Igual vendrá a echarle una ojeada de vez en cuando, para que no lo remolquen. No cree que sea tan grave lo de Óscar. La expresión de Ismael es de preocupación, no de tragedia. Mariana camina al lado de Ismael hacia donde está Óscar. Óscar no puede pedir ayuda. Tiene la boca tapada por un trapo, como en las películas malas, como en los relatos malos. Mariana actúa rápido. Ataca a Ismael. Tiene con qué. Pero Ismael sabe defenderse. No quiere el carro. No quiere dinero. La quiere a ella.

Mariana corre. El error de Ismael es no sacar el arma de fuego a tiempo. Mariana corre y sigue corriendo. Se le escapa. Sabe que el precio de su huida será la viudez del noviazgo, el tener una pareja asesinada por el hampa. Pero Mariana corre. No se detiene. ¿De qué sirve tener un novio vivo en un país de mierda como éste? ¿No es ése el mismo novio que no quiere irse? ¿No es ése el mismo novio al que no le interesa lo que le pase a ella porque él tiene un buen trabajo asegurado gracias al papá? ¡Que lo jodan! ¡Que lo maten! Si Ismael quiere quedarse con el Spark amarillo, que se lo quede. El carro, a fin de cuentas, no es de ella. Ella sólo quiero irse de ahí. Ella sólo quiere comprar en un mercado lo que le dé la gana. Ella sólo quiere tener un trabajo que sirva para algo. Ella sólo quiere hacer un posgrado. Ella sólo quiere disfrutar lo que le queda de juventud. Ella sólo quiere disfrutar del lujo de no morir asesinada. Mariana corre. Mariana corre. Mariana corre.

 

Tomás Marín

Relato inspirado en el texto “En el bosque”, de Ryunosuke Akutagawa.