Los no-yo

Yo tenía dinero. Yo tenía bastante dinero. No me da pena decirlo. Disfruté de Caracas, de esa Caracas tan putrefacta y corrompida, como quizás nadie lo ha hecho. Fui a los mejores hoteles con los mejores hombres y mujeres, con mis mejores amigos y amigas, hasta con mis ex. Y nuestra vida en los hoteles, o en las fiestas y restaurantes de lujo, fue siempre una auténtica alegría. Nunca escatimamos en alcohol o en drogas de las finas, de las importadas. Éramos felices, y sabíamos bien que éramos felices.

Allí estaba Caracas, como un espejismo que estaba flotando en nuestro mismo mar. De vez en cuando, cuando subíamos el volumen del televisor para que no se escucharan nuestros gritos, oíamos alguna voz de CNN, esas chocantes voces de CNN, hablando acerca de que habían reventado, una vez más, los problemas en Caracas, que ahora sí que estábamos cerca de la guerra civil.

Estábamos en la mitad del año 2017. Las calles de Caracas, tan cercana y tan lejana, se llenaban de muertos, de heridos, de guardias nacionales, de gente que lloraba, de amenazas. Mi papá me había recomendado cerrar todas las redes sociales. Todas. Twitter, Facebook, Instagram. Él me recomendaba cerrarlas cuando los momentos estaban tensos. De todas formas, siempre fue prudente en sus advertencias con respecto al uso de las redes sociales. Me pedía que no le restregara, a la gente corriente, a través de fotos o de posts, mis lujos en la cara. Decía que la gente corriente era muy sensible con respecto a los que nos habíamos lucrado con y gracias al gobierno. Él lo admitía, y yo lo admitía también, y lo aceptaba. Había sido siempre así, y así me gustaba mi vida.

De vez en cuando sentía algo de lástima por la otra gente, por la gente corriente, por los no-yo. Ese mundo inmundo de hospitales públicos, de muertes por hambre o por represión. Aunque lo sentía ajeno, a veces me hacía como latir distinto el corazón, algo difícil de explicar y que no me gustaba comentarle a mi papá. Yo admiraba a mi papá, siempre bien vestido y con lealtad genuina a ese Baco enfermo que eran Chávez, Maduro y el chavismo en general. Mi papá había agarrado una buena tajada y siempre, en las cenas, cuando estaba algo atontado por el vino, decía que el mundo era de los “vivos”. Decía que los que no son “vivos” están condenados a morir jóvenes y hambrientos.

Él me sugería enviarme fuera del país. Él no era un mal padre y le daba un poco de miedo una intervención militar o un golpe de estado fuerte. Aunque no era algo que le quitara el sueño propiamente. El gobierno estaba atornillado y la oposición jugaba bien a interpretar su papel. A veces Leopoldo y Lilian venían a comer a la casa y brindábamos mientras, en la televisión, rodaban, como si fuese en vivo, un video de Lilian con los ojos aguados pidiendo que liberaran a su esposo. Lilian nunca perdió su espíritu de surfista naturista. Fumaba weed conmigo y se reía con carcajadas fugaces y bellas.

Pero yo no quería hacerla caso a mi papá e irme del país. Mi vida estaba bien. Tenía mis amigos y no quería perderlos. Muchos de mis mejores amigos eran de colegios sifrinos y privados. El San Ignacio, el Cristo rey, núcleos opositores. Pero todo el mundo adversa al gobierno hasta que le cae un penique o le salpica algo de petróleo. Y mis amigos eran maravillosos, liberales, espléndidos, desenrollados.

Cuando estallaron las protestas de 2017, cuando había ya varios muertos, mi papá me sugirió hospedarme en un hotel de lujo mientras pasaba el huracán. Estuve tres meses internada, sin salir en ningún momento, en la suite principal del hotel más lujoso de Altamira, ese blanco con ventanitas negras. No quería aburrirme sola, así que invité a mis mejores amigos. Ellos aceptaron. Era como un campamento, sólo que, en vez de canciones en la hoguera y dinámicas idiotas, hubo alcohol, drogas y servicio a la habitación para las tres comidas al día y las meriendas.

Y no deja de parecerme curioso. Desde la suite se veía una panorámica de la Plaza Altamira, donde había enfrentamientos todos los días. No sé si mi papá eligió Altamira por ser irónico, o porque era el hotel de uno de sus mejores amigos de toda la vida, también afín al gobierno, en donde mis amigos y yo estaríamos a buen resguardo.

A veces, por las ventanas cerradas de la suite, veíamos la masacre. Sentíamos, por efecto de las drogas y del alcohol quizás, que la ventana era un televisor pantalla plana con absoluto 4K. Y nos reíamos al ver a los idiotas que defendían al gobierno (y a mí) y nos reíamos al ver a los idiotas que adversaban al gobierno. A veces llegaba, hasta nosotros, el humo de las lacrimógenas, que se confundía con el olor de la marihuana y con el de la pizza recién horneada que pedíamos de almuerzo.

Mi papá me llamaba dos veces al día. Me preguntaba si estaba bien. A veces escuchaba la voz de Maduro al fondo del teléfono, como un eco, como la voz de los profesores de Snoopy, dando una declaración a los medios y diciendo que todo estaba bien. A veces, después de colgarle a mi papá, me ponía a llorar. Mis amigos me consolaban y yo les explicaba que mi papá no era un mal padre. Me daba miedo que lo mataran a la hora de una venganza, eso era todo. Entonces poníamos música de Melendi en la suite y nos asomábamos por la ventana. Disparos, bombazos, palazos, detenidos. Yo me relajaba, sonreía, soltaba una bocanada y agradecía a mi papá, y a Dios, por haberme puesto, literalmente, en la cumbre.

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De cómo las cenizas de Sofía terminaron en Hawái

A veces, no sé si me sucede a mí solo, tengo la sensación de que toda la tristeza y todo el sufrimiento del mundo son cosas inaguantables. El sinsentido de la vida es algo que me arrolla frecuentemente. Pero es en medio de toda la tristeza, de todo el sufrimiento, de toda la maldad y de toda la basura, que encuentro (repito, no sé si me sucede a mí solo) esa chispa, esa embriaguez que hace tan interesante a la vida. Les voy a contar una de mis historias más secretas, una que juré mantener para mí, pero que, hoy (mi palabra no vale nada), decido publicar.

Soy una persona, como sabrán, muy aficionada al teatro. Me encantaba, cuando vivía en Caracas, ir a ver obras, era una de las cosas que más me hacían feliz (junto con comer y coleccionar libros para leer). Un día, gracias a una invitación que me regaló mi mamá, fui a ver, en el Centro Cultural de Chacao, una representación de “Cuando quiero llorar, no lloro”, una adaptación (bastante mediocre) del cuento homónimo de Otero Silva. Lo reseñable aquella noche, más que la obra como tal, fue el hecho de que conocí a una muchacha encantadora, de ojos marrones y pelo asombrosamente liso, llamada Sofía. Nos unió, en amistad, la casualidad y la ola de críticas negativas que teníamos hacia “Cuando quiero llorar, no lloro”. Sofía y yo (es necesario aclarar esto) no éramos los mejores amigos, pero nos convertimos en buenos amigos.

Si había una cosa, una palabra, un concepto, con el que yo podía (y puedo) definir a Sofía, esa palabra, o ese concepto, es “Hawái”. Sofía, además de que (no sé si por casualidad o por intención) tenía la piel un poco (pero sólo un poco) tostadita, al estilo de las hawaianas, sentía amor, verdadera pasión, por Hawái. De hecho, sé cómo es la bandera de Hawái (es una especie de bandera del Reino Unido junto a muchas franjas horizontales) porque Sofía la tenía, en tela y en tamaño maxi, en la pared de su cuarto. Ella también tenía un afiche de IZ. IZ (su nombre verdadero era mucho más largo) era un gordo (pesaba, literalmente, unos trescientos cincuenta kilos) hawaiano que cantaba increíble y que tocaba un ukelele que, en contraste con su cuerpo gigante, se veía mínimo, como de juguete. Sofía también tocaba el ukelele (no muy bien, pero se defendía). El sueño de Sofía era ir a Hawái. De hecho, me decía, medio en broma medio en serio, que ella quería, cuando muriera, que sus cenizas fueran regadas en las aguas de Hawái, de la misma manera que había sucedido con las cenizas de IZ.

No quiero ensombrecer este relato, quizás el más íntimo que haya contado nunca, con los sórdidos detalles acerca de la enfermedad, el declive, la agonía y la muerte de Sofía. Fue un proceso bananero, dantesco, largo, tercermundista. Una muerte socialista más en medio de toda la barbarie. Lo que me dio siempre más rabia no fue sólo el hecho de que Sofía muriera, sino que muriera sin haber cumplido su sueño de conocer Hawái. De hecho, y porque ella misma lo pidió, sabiendo que le quedaba poco, la urna de Sofía fue cubierta con la bandera de Hawái (la misma que tenía en su cuarto) en vez de con la de Venezuela. Les digo que lo que ella sentía por Hawái era, de pana, amor, amor profundo.

Meses después de la muerte de Sofía, una especie de idea me quedó rondando la cabeza, un tanto obsesiva, quizás. A Sofía la habían cremado, y sus cenizas estaban en Caracas. No sé si fue una estupidez, o un instinto de buen amigo, o las ganas de salir del país a como diese lugar, pero yo quise contribuir a cumplirle a Sofía su sueño de que sus cenizas tuvieran el mismo destino que las de IZ, que fueran arrojadas a las aguas cristalinas y perfectas de Hawái. Recuerdo que, una tarde, llamé al papá de Sofía, uno de los hombres más candorosos que existen, y le pedí reunirme con él. Él me recibió en su casa y me hizo sentarme en uno de los sillones granates de la sala. Yo no sabía si irle con rodeos o decirle directamente mis intenciones. No es fácil decirle a un padre que quieres, que necesitas, las cenizas de su única hija. Decidí ser directo (es más fácil). Él comprendió. De hecho, él me dio la razón y me apoyó. Sofía le había expresado a él (yo no sabía eso hasta entonces) su deseo de que fuese cremada y de que sus cenizas, como me había dicho a mí, descansaran en Hawái.

El problema era que no había dinero para eso. En Venezuela nunca hay dinero para nada. Sofía, a fin de cuentas, era una chama de clase media atrapada en medio del infierno socialista. Yo le pedí permiso al papá para intentar recolectar dinero y ver si era posible llevar las cenizas hasta Hawái. Él me dio el visto bueno, porque él era loco, como yo. Yo hice una campaña (no sé si ustedes la recordarán) en GoFundMe. Recolecté sólo cuarenta dólares. Pero a punta de mi trabajo de redactor, y de saber ahorrar y moverme, pude conseguir más dinero.

El siguiente problema a resolver era el de ver si yo era capaz de organizar un viaje sensato. Después de mucho buscar (porque las rutas desde Caracas a Hawái, además de enrevesadas, suelen ser carísimas), conseguí un itinerario que se ajustaba a mi no muy amplio (pero tampoco tan escaso) presupuesto. El viaje tendría tres escalas tediosas y larguísimas. El trayecto iba desde Caracas hasta Bogotá, de Bogotá hasta Fort Lauderdale, de Fort Lauderdale hasta Los Ángeles y de Los Ángeles hasta Hawái.

El siguiente paso fue idear la manera menos traumática de llevar las cenizas de Sofía conmigo. Me sentía como una especie de dealer que estaba traficando con cocaína, con una especie de cocaína gris. Pero no había razón para tanto trauma. La aerolínea (y creo que todas las aerolíneas lo permiten), cuando llamé y expliqué todo el embrollo, me permitió llevar las cenizas siempre que el recipiente estuviese muy bien cerrado y sellado temporalmente. Fue un alivio grande. Una vez que llegó la hora de irme al aeropuerto (como a las dos de la mañana), Sofía (granulada) y yo salimos un poco trasnochados. Como a las siete de la mañana ya estábamos en Bogotá.

Y de ahí, desde Bogotá, el trayecto, entre esperas y vuelos, se hizo interminable. De Bogotá a Fort Lauderdale. En Fort Lauderdale otra espera. El aeropuerto de Fort Lauderdale es uno de los más nulos (aunque tampoco conozco tantos aeropuertos) que he visto. El de Los Ángeles sí que es increíble. Es gigantesco, monstruoso. Pero la espera fue larga, incluida la anécdota de un guardia del aeropuerto que, al solicitar mi documentación y notar que mi pasaporte era venezolano, me preguntó, con mala cara, luego de revisarlo, que qué tal me parecía Maduro. Le respondí, en mi buen inglés, aunque mal pronunciado: “Maduro is the perfect Satan”. Él se rió y se fue. Luego estuve esperando en los asientos de la puerta de abordaje hasta que, por fin, se anunció el vuelo hasta Hawái. Yo sonreí solo como estúpido. Estaba a punto de completar una de las hazañas más surrealistas de mi vida.

Hawái es preciosa. Les puedo asegurar, aunque, quizás, mis recuerdos están distorsionados a causa de tanto Jet Lag que tenía en aquel momento, que Hawái es tal cual como la ponen en las películas y en las comiquitas. Yo me senté (tras el traslado desde el aeropuerto) un largo rato en una playa que parecía onírica, pero un rato largo, larguísimo, que se me hizo eterno. Hundí bien mis dedos en la arena blanquísima y, al final, cumplí con Sofía. El sinsentido de la vida me arrolló en aquel momento. Pero sentí que, dispersándose a través del Pacífico, Sofía por fin estaba en su casa.

Tomás Marín

Prohibido ser Gandhi. Capítulo 1.

Mi mamá llevaba varios minutos dándole vueltas, con el tenedor, a un guisante que estaba sobre el plato. El guisante, con un color que no podía decirse que era (o que alguna vez fue) verde, estaba bastante arrugado. Hacía juego con el arroz cocido casi transparente y con una proteína que, aunque los medios oficiales aseguraban que era carne, parecía un trozo de gruesa piel impregnado, aún cuando estaba en estado crudo, de un aroma asqueroso a aceite viejo. Yo prefería comer poco, o irme a la cama sin cenar. Prefería aguantar el hambre. El simple olor de la supuesta carne me provocaba náuseas.

Le supliqué a mi mamá que comiera algo, pero mis palabras sonaron a vacío. Ni siquiera yo creía en ellas. La verdad es que la comida, la única de la que disponíamos, era una basura. Me seguía afectando el ver a mi mamá en aquella actitud de dejadez total. Pero ya me iba acostumbrando. Ella había perdido bastante peso. El vestido beige con adornos, que unos años atrás le quedaba ceñido y que era, por eso, su vestido favorito, ahora le guindaba por todo el cuerpo, como si fuera una especie de baba o de lágrima de tela deshilachada.

Me gustaba acompañar a mi mamá a cenar. Me hacía sentir un poco menos miserable el tener a alguien, aún cuando pareciese hipnotizada, a mi lado. Observar a mi mamá, aunque yo no estuviese sentada en la mesa junto a ella, era una especie de consuelo a esa sensación que me invadía cuando caía la noche. No era una sensación de derrota, o ni siquiera de tristeza o de ansiedad. Era una sensación que parecía dictarme al oído, una y otra vez, que toda la vida en Venezuela no era más que un error, y ni siquiera un error importante, sino una especie de error olvidado. Sentía que Caracas, que de noche era una mole negra dormida, estaba ubicada en una especie de dimensión paralela a la que nadie podía acceder. Supongo que sentirse así era un resultado inevitable tras tantos años de aislamiento. El mundo no podía ocuparse de Venezuela todo el tiempo. Tenía que seguir su camino, y lo siguió.

Mi mamá por fin abrió la boca. Admitió que no tenía hambre. Me pidió permiso para levantarse e irse a acostar a su cuarto. Tuve que ser firme y decirle que no, que no la dejaría levantarse hasta que terminara de comer. Ya nos habíamos habituado a eso, al hecho de que mi mamá me viera como una especie de figura de autoridad. Aún así, seguía pareciéndome un poco extraño. Mamá estaba comiendo menos que nunca. Supongo que a mí me estaba pasando igual, pero no había nadie que me lo estuviese recordando a cada rato. Mamá podía pasarse hasta 48 horas sin comer. Por eso la comida nos rendía y teníamos más que nuestros vecinos. Menos mal que ellos no lo sabían, quizás hubiesen tumbado nuestra puerta para robárnosla.

Le pregunté a mi mamá si quería que yo comiera junto a ella. Un poco como hacen los papás, cuando quieren que un bebé coma, que comen junto a él. Ella me dijo que sí. Yo estaba dispuesta a hacer el sacrificio y llevarme la comida a la boca. Fui hasta la caja, que estaba dentro del closet, a intentar seleccionar lo menos repugnante.

 

T.M.

La policía en Caracas siempre ha sido una mierda. La policía en Caracas nunca ha me ha infundido alguna otra cosa que no sea miedo o asco. Miedo porque sabes que tu vida y tus pertenencias no valen nada para ellos. Sabes que te pueden robar todo o te pueden disparar en la cabeza porque eres blanco o porque cobraste tu quincena. Asco porque tienen esa altanería maldita que ni siquiera tienen los delincuentes más activos.

Los casos en los que la policía de Caracas hace algo bien son contadísimos. Son casos absolutamente excepcionales. Yo no sé si los policías se pueden conmover alguna vez con algo. Siento que son seres casi todos embrutecidos incapaces de experimentar emociones. Aunque tengo casi la certeza de que se conmovieron cuando entraron a la casa del novio raro de Natalia y vieron los dos cuerpos. El del novio raro de Natalia estaba sobre el sofá. Me recordaba un poco la imagen de Sócrates bebiendo la cicuta. El de Natalia estaba en el suelo. Natalia (o la ex Natalia) recordaba la famosa imagen de Ofelia sobre el agua. La diferencia era que Natalia estaba muerta sobre una alfombra persa de imitación comprada quizás en Sabana Grande.

Pero los cuerpos aparecieron censurados cuando el mediocre noticiero de Venevisión pasó la noticia en la emisión de la noche. Los cuerpos tenían esa especie de cristal borroso que ponen en edición cuando se considera que una imagen es demasiado fuerte para ser vista por los espectadores estúpidos. Siento que no se comprende que en Venezuela ya nada es capaz de conmover a nadie. Los muertos que ves en la calle (en 3D y hasta en 4D) no tienen esa censura. Tú los ves ahí y ya. Algunos enmohecidos y algunos cubiertos por un trapo blanco y miserable que deja traslucir mucho rojo.

Me es difícil escribir una historia como la que quiero contar. He pasado mucho tiempo dándole vueltas en mi cabeza. No es que la historia me conmueva propiamente. Es que no he sabido cómo contarla. Me genera un poco de inquietud el pensar que algún familiar de Natalia pueda sentirse ofendido con todo este relato. Pero me arriesgaré. Yo fui amigo de Natalia y siento que tengo todo el derecho.

Podría mentir y decir que Natalia y yo éramos amigos cercanísimos e inseparables. Podría decir que Natalia era como una hermana. Pero no lo haré. No fue así. Natalia era una amiga equis. Era una amiga con la que yo salía de vez en cuando. Natalia era una de esas amigas a las que también ves de vez en cuando en alguna reunión y compartes con ella un Cacique con Big Cola. Era una chama bonita e interesante. Tenía los ojos color verde botella y tenía el pelo castaño con un rizo que no se terminaba de formar y que descendía en un tirabuzón elegante que pocas veces se despeinaba.

A Natalia le gustaba contar sobre su vida. Era una chama que gustaba de hablar. Natalia también era una chama que gozaba con la extraña costumbre de ir sola a un restaurante o a un bar (nunca de mala muerte. Natalia era de más o menos plata) a tomar una copa de vino o una copa de vermú. Decía que estos licores le ayudaban a indagar mejor en sus reflexiones personales. Creo que era la intensidad de Natalia con comentarios como ése la que nos hizo ser amigos. Pero el hecho es que Natalia me contó un día que había conocido a un chamo en una de sus reflexiones de vino y vermú.

Y vaya si el chamo agradó a Natalia. Se había convertido en uno de sus temas de conversación favoritos. Nunca lo llevaba a las reuniones. Decía que al chamo no le gustaban y que prefería quedarse en su casa viendo Netflix o documentales. Natalia lo describía como un chamo con el pelo liso negro casi hasta los hombros. Lo describía también con cierto tono de voz un tanto afeminado y sutil. Ese tono encantaba a Natalia según lo que nos decía.

Sí me llamaba un poco la atención (a todos los amigos de Natalia nos la llamaba) el hecho de que Natalia tampoco tuviera fotos con él o de él. El perfil de Whatsapp del chamo mostraba la silueta del muñequito blanco con fondo gris que indica que el usuario no tiene foto de perfil. Natalia alegaba que no tenía fotos de él (o con él) porque a él no le gustaba tomarse fotos. Algunas amigas en común se reían agitando el vaso de Cuba libre en la mano y decían que el cuadre de Natalia no era más que un rarito.

Pero la que comenzó a ser una rarita fue Natalia. Poco a poco se fue transformando en otra persona. Esto ocurría de una manera casi imperceptible. Ocurrió en un proceso que tardó varios meses. No cambió de la noche a la mañana como Scrooge. Yo no sé a las otras personas. Pero a mí me molestaba mucho (y me sigue molestando) que mis amigos cambien. Sobre todo me molesta cuando estos cambios están influenciados por otras personas.

Podría perdonarse un poco si el cambio es para bien. O al menos es un cambio divertido. Pero el cambio que se iba gestando en la personalidad de Natalia no tenía nada de divertido. No es que fuera pasando de santurrona a puta o de puta a santurrona. Ése suele ser el tipo más común de los cambios que puede haber en la muy particular sociedad de jóvenes de la clase media o media alta de Caracas. El cambio de Natalia era de ausencia. Natalia se iba volviendo una chama cada vez más abstraída y más ensimismada. Natalia siempre tenía la un poco cotufa costumbre de vivir haciéndose selfies para poner en Facebook y estimular su ego con los likes. Pero era su forma de ser. Era la Natalia de siempre. La nueva Natalia no colocaba ya nada. De vez en cuando ponía algún pseudotexto o pseudodocumental raro que me daba ladilla leer o ver debido a su tema metafísico. Lo metafísico siempre me ha parecido aburrido y estúpìdo.

No había que ser un Sherlock Holmes para darse cuenta de que aquel cambio de lo cotufa a lo (mal) raro en Nati estaba influenciado por esa especie de cuadre/novio/amigo/seductor que había conocido durante la maldita tarde de vino o vermú en la que su vida cambió. La información que yo tenía sobre él (quizás por no ser metiche y por no querer indagar más) era muy escueta. La imagen que me había formado de él en mi cabeza estaba armada sólo por las descripciones que daba Natalia. Sabía también que él había estudiado uno o dos años en España. Creo que en Madrid. Creo que una carrera rara como artes o como sociología.

El cambio de Natalia no me dolía. Pero sí me irritaba un poco. Natalia adquirió la costumbre de usar poquísimo el Facebook y el Whatsapp. No es nada malo esto. Pero en ella era un poco inconcebible. Era como un síntoma de alguna anomalía de cuidado. Yo decidí cruzar un poco la línea y llamarla. La llamé al celular y no me contestó. La llamé a su casa y hablé con su mamá. Su mamá me la pasó. Le dije a Natalia que la invitaba a comer o a tomar algo al restaurante de los chinos en Los Palos Grandes. Me dijo que sí. La fui a buscar en el carro.

En el restaurante de los chinos me di cuenta de que tenía unos cuantos meses sin ver a Natalia. Su ausencia había sido tan sutil y tan de a poco que no la asimilé en su total dimensión. Natalia me dio un poco de grima aquella tarde. Estaba más pálida y tenía el semblante como más sombrío. Le dije que parecía que había salido de una cárcel. Ella no se rió aún cuando sé que un comentario así le hubiese hecho estallar la carcajada meses atrás. Yo pedí rollitos. Ella pidió un vaso de agua. Yo le dije que no jodiera. Le dije que pidiera algo de verdad. Le dije que yo se lo pagaba. Ella me dijo que ya no comía grasas. Me dijo que ya no tomaba nada que no fuera agua. Yo la dejé ser. La reunión con Natalia en el restaurante de los chinos fue un desperdicio. La conversación era con pinzas. Muy incómoda. Natalia se bebió sólo un dedo de su vaso de agua. Aunque rescato que los rollitos que me comí estaban bastante buenos.

Natalia pasó uno o dos años siendo un tema de conversación casi perenne en las reuniones que hacíamos en Caracas. Hasta las mamás de algunos amigos conocían su historia. Todos echaban su propio comentario sobre ella. Todos compartían alguna vivencia con Natalia y comparaban cuándo había sido la última vez que la habían visto. Natalia se había convertido en una especie de leyenda urbana. La chama que se había vuelto loca. O que la habían vuelto loca.

La última vez que vi a Natalia fue cerca de la Plaza Altamira. Caracas estaba en la mega mierda y ya yo tenía mi pasaje para largarme de esa selva inhóspita e irme a trabajar y progresar en un país de verdad. Natalia estaba cruzando la calle y yo la llamé desde el carro. Estaba bastante flaca. Más flaca que de costumbre. Se acercó a mi ventana y me saludó. Sentía que me hablaba en código. Había adquirido cierto tic en el parpadeo que me llamó la atención y me ponía nervioso. Me dijo que pronto se iría de misión. Aunque nunca me dijo a dónde. No me importaba tampoco.

En casa de Juan Pablo me dieron la noticia. Recuerdo que estábamos comiendo Doritos y jugando Smash. A alguien le había llegado un Whatsapp que no se sabía por entonces si era verdadero. A Natalia la habían encontrado muerta en el apartamento de ese chamo raro. Él estaba muerto también. No había violencia en los cuerpos de la escena. Sólo un gran desorden de cosas tiradas que acaparó casi la totalidad de las conversaciones de aquel día.

Páginas amarillistas y mediocres como La Patilla y DolarToday comenzaron a regar la noticia con letras mayúsculas y amagos de clickbait. Otras páginas más serias relataban la noticia sin dar muchos detalles. No había muchos realmente. El Nacional fue el que más indagó. Pero no pudo dar con mucho. La imagen de los artículos siempre era la misma. Los cuerpos muertos con la censura que los hacía borrosos. Alguna foto sin censura se filtró por Twitter. La gente es morbosa. Pero yo no la quise ver.

Se han manejado muchas hipótesis en relación a lo que le pasó a Natalia. Se sabe que fue un suicidio acordado. Aunque no se sabe por qué. Yo he escuchado a mucha gente decir sus versiones (algunas más descabelladas y verosímiles que otras). Y la que más me convenció fue la que decía que el chamo raro había convencido a Natalia de que ella era una especie de ser que no era de este mundo. Que era quizás princesa o quizás reina de algún planeta lejano que había sido secuestrada aquí en la tierra (con la mala suerte de caer en un basurero como Venezuela). Se dice que supuestamente él la convenció de regresar a su planeta mediante la muerte. Pero que no era tan sencillo. Que no era matarse y ya. Que el cuerpo tenía que estar preparado sin azúcares y sin grasas para poder hacer un viaje rápido y cómodo. Que él la acompañaría y por eso se había matado también en ese entuerto idiota digno de un poema embriagado de Byron.

Y yo me siento un poco estúpido al contar así como así la que me parece la hipótesis más creíble de lo que le pasó a Natalia. No sé si Natalia sería capaz de dejarse convencer de hacer una cosa así. Pero se han visto cosas más raras. De todas formas ésa será una historia que se diluirá entre otras más horribles. Caracas haría las delicias de Agatha Christie. Y todo será siendo igual. La policía seguirá siendo una mierda.

 

T.M.

 

La hora de los pobres

Las noticias por la televisión eran cada vez más pesimistas. Todos los canales emitían reportajes acerca de la lluvia. Los reporteros vestían con impermeables grandes y no disimulaban un gesto de terror en las caras. “Recemos por Vargas”, decía una de mis vecinas, una viejecita creyente. Chávez citaba a Bolívar y había algo en el ambiente que parecía ser sinónimo de un mal presagio. Quizás el cielo, quizás las elecciones que se avecinaban, quizás el mismo Chávez.

Yo no tenía celular. Casi nadie tenía celular en esa época. No era algo tan común todavía. No había el rastreo que hay hoy en día de todas las personas, eso de saber hasta la ubicaciónexacta con coordenadas y mapas. Agarré el teléfono de la casa, un armatoste rojo con los botones algo duros y el auricular más grande que mi cabeza, y llamé a Paty. “No te preocupes. Estoy bien. Ha llovido que jode, pero estoy bien”, me dijo ella. Yo me tranquilicé un poco, pero seguía teniendo esa sensación del mal presagio.

Y, de repente, vino la mala noticia. La montaña había cedido y toda el agua del mundo, junto con piedras del tamaño de casas enteras, bajaba a toda velocidad hacia Vargas. Los rezos no habían servido de nada. La televisión, apenas minutos después, comenzaba a hablar de cifras de muertos y de heridos que se incrementaban con el pasar de los segundos. Volví hacia el armatoste rojo y llamé a Paty. Nada. Intenté de nuevo. Nada. Una tercera vez. Nada

“¿Estás loco?”, me preguntó mi mamá. Yo no estaba loco. Estaba muerto de pánico. ¿Y si le había pasado algo a Paty? Mi mamá me dijo que era estúpido ir hasta allá. Me dijo que no resolvería nada. Pero yo no podía quedarme ahí. No podía quedarme esperando a que una línea telefónica colapsada me informase acerca de si Paty estaba a salvo (o estaba viva) entre tantas miles de personas. Me despedí de mi mamá. Me abrigué. Me subí al Honda dorado de mi papá. Arranqué. No sabía bien a dónde debía ir. Sólo aceleraba.

Parecía que nunca iba a dejar de llover. Me pregunté si Caracas podía correr la misma suerte que Vargas. En la radio del Honda hablaban todo tipo de opinadores y de expertos. Unos le echaban la culpa a la Cuarta República. Otros le echaban la culpa a la misma gente de Vargas. La gente de Vargas había construido ranchos en tierras peligrosas. Lo habían hecho durante muchos años sin hacer caso a nada. Y estaban recibiendo la reprimenda de la manera más dura.

Vargas era un caos. Tuve que estacionar como a dos kilómetros de donde estaban los campamentos. Había mujeres llorando. Había hombres que abrazaban a niños que tenían las caras cubiertas por el barro y por el llanto. Todos estaban imbuidos en su asunto. Nadie sabía darme información clara. “Disculpe. ¿Sabe si está bien la calle del Arroyo?”, le pregunté a una señora. Me miró con mala cara y siguió. ¿Qué podía saber ella sobre la calle del Arroyo? Ésa era la pequeñita calle en la que vivía Paty.

“¿Sabe si está bien la calle del Arroyo?”, pregunté a otra persona. Nada. No quise preguntar más. ¿Quién podía saber algo sobre la calle del Arroyo entre tantas calles de Vargas? ¿Quién podía estar pendiente de esa calle cuando quizás no sabía nada de sus propios familiares? Habían pasado unas horas desde el deslave y algunos guardias lanzaban la advertencia de que había que alejarse. Era posible que más piedras cayeran desde la montaña. La lluvia no cesaba. Arreciaba más.

Había campamentos. La imagen era desoladora. Edificios grandes habían quedado completamente destrozados. Algunas antenas parabólicas grandes asomaban tímidamente. Eran antenas parabólicas de techos de casas que habían quedado completamente sepultadas. En los campamentos comenzaban a colgar listas de sobrevivientes. Buscaba rápidamente a Paty. No encontraba su nombre. Pero había tantos campamentos más. Había teléfonos a disposición de la gente. Pero las colas para usarlos eran kilométricas.

Yo nunca he sido creyente. Pero me encomendé a todos los dioses que había. Yo cambiaría todas mis creencias y toda mi fe con tal de poder encontrar a Paty en medio de todo aquel desastre. Pero parecía que los dioses no estaban dispuestos a escuchar a nadie. Parecía que todos se entretenían lanzando más y más agua desde arriba. Paty sí era creyente. Me pregunté si su fe sería capaz de sacarle las patas del barro (literalmente).

Había hombres y mujeres que actuaban como ratas y como animales de carroña. No les importaba cojear o tener los rostros con heridas. Se encaramaban a las casas y a los abastos que más o menos quedaban en pie y se metían adentro por las ventanas que rompían con piedras. Una vez adentro no se preocupaban por saber si había muertos o heridos. Buscaban llevarse lo que podían. Sacaban fuerzas sobrehumanas y se llevaban electrodomésticos grandes y cajas con botellas de alcohol.

Algunas de esas ratas sonreían y se felicitaban entre sí. Contaban el botín bajo la lluvia y miraban a los alrededores en búsqueda de más sitios para saquear. Y sobraban sitios para saquear. Todo el mundo estaba en los campamentos o debajo del lodo. Las ratas estaban felices aún cuando quizás ellas también tenían familiares o amigos muertos. “Por fin llegó la hora de los pobres, no joda”, gritó una de ellas. Era una barrigona con algo de bigote y una camiseta de un rojo desteñido. Seguramente había más personas así en otros focos.

Pero no había tiempo de pensar en eso. No había espacio ni para la repugnancia. No quería regresarme a mi casa sin encontrar a Paty. O por lo menos sin saber si estaba bien. Pretendí acceder a la calle del Arroyo por mi cuenta. Pero era imposible. Todos los caminos estaban bloqueados. Pregunté en un centro de información. No me decían nada preciso. Me decían que quizás el deslave no había llegado hasta allí. Pero me decían también que las zonas aledañas estaban incomunicadas. Me encomendé al rezo que quizás mi vecina estaba haciendo en la calma lluviosa del otro lado del Ávila.

Instrucciones para terminar con tu novia en el Tolón

Ya el corazón no te palpita como antes. Ya tus labios no tiemblan cuando se acercan a los labios de ella. Ya no hay mariposas en tu estómago cuando la tienes cerca. De broma si hay un gruñido cuando tienes hambre. Ya la relación no es lo mismo. Quizás la mató la rutina. Quizás la mató Caracas. Tantas precauciones y tantas posibilidades y ganas de irse del país matan a cualquier relación. Pero aún ninguno de los dos se atreve a darle la estocada final. El tiro de gracia. Y es necesario. Hace falta eutanasia. Y tú decides ser el que desconectará el cable. No son buenas las relaciones cuando están agonizando.

Mándale un mensaje a su Whatsapp. Tiene que ser un mensaje sin caritas y sin corazoncitos. Nada. Tiene que ser lo más frío posible. Frío como tu congelador sin comida a causa del comunismo. Frío como el corazón de Cilia Flores. “Epa. Quieres salir?”. Escríbele sólo eso. Más nada. No le respondas rápido si te contesta rápido. Tira tu celular en tu cama. Vete a dar una vuelta. Pero ten cuidado con los hampones. Quieres que ella quede soltera. No quieres que ella quede viuda.

“Sí va”, es la respuesta que recibes. Fría. Muy fría. Quizás más fría que la tuya. “Perfect”, le respondes. Completa con un “Te paso buscando en media hora”. Ni siquiera te duches. No hay agua de todas formas. No olvides que vives en comunismo. Y que el agua en comunismo es un lujo. Ve a buscar las llaves de tu carro. Las que tienen el llavero todo viejo y desconchado de FerreTotal que te dieron hace años cuando acompañaste a tu papá a comprar un taladro para hacer unas remodelaciones en el baño. No te des tanta prisa en buscarlas. Tómate tu tiempo.

Has llegado hasta la casa de ella. Le mandas un “baja” en minúsculas a su Whatsapp. Frío. Recuerda ser muy frío. Polar. Ella se tarda cinco minutos. Diez Minutos. Quince minutos. Te provoca pisar el acelerador. Pero no lo pises. Las mujeres siempre se tardan un poco. A ti no te gusta esperar. Podrías argumentar eso para terminar la relación. Que ella se tarda siempre mucho y que a ti no te gusta esperar. Pero es muy sencillo. Es muy estúpido. Allí está. Ves su figura a través de las rejas de su edificio de Santa Mónica. Tiene una blusita muy cuchi. Y tiene una sonrisa muy cuchi. Te da un beso frío. Antártico. Bajo cero.

Dirígete hacia el Tolón. Las Mercedes es un buen lugar para comenzar y para terminar relaciones. Las Mercedes es laberíntica y lenta. Es congestionada y enredada. Como las relaciones de pareja. ¿Recuerdas que la conociste a ella en una cena en Las Mercedes con unos amigos de unos amigos de tu universidad? ¿Te acuerdas de esos tiempos? Eran hermosos. Te palpitaba el corazón. Te temblaban los labios. Las mariposas hacían guarimbas en tu estómago. Busca donde estacionarte. Hay muchos puestos vacíos. Poca gente puede ir ahora a los centros comerciales. Parecen desiertos. Comunismo.

Piensa en cómo le vas a soltar la bomba. Te da miedo hacerle daño. Ella es buena y es bonita. ¿Te has fijado en lo perlado de sus dientes perfectos cuando sonríe? No puedes ser como los del Estado Islámico. No puedes soltar las bombas de repente. Así como así. O quizás sea la mejor solución. Te da miedo que se ponga a gritar o a llorar. Es normal. No quieres llamar la atención. Pregúntale si quiere ir al cine. Invítala a ver Los Vengadores. Podrías terminar la relación en la escena en la que el Capitán América salta por encima de los edificios. Dile algo como: “Qué buenos efectos especiales tiene esta película. Por cierto. Creo que deberíamos terminar”. Bueno. Quizás no sea prudente.

Llévala a comer a la feria del Tolón. Quizás no es la mejor feria de comida del mundo. Pero tiene su encanto. Tiene un local de pizzas en donde las pizzas son decentes a pesar de que quienes te atienden tienen cara de bulldogs furiosos. No es para culparlos. Imagina trabajar en un local de pizzas y no poder comerte la mercancía. Ella acepta ir a comer las pizzas. Elige un buen asiento. Un asiento desde donde no se puedan oír sus llantos cuando le termines. De todas formas no crees que se lo tome tan mal. ¿Quién puede ponerse triste mientras se está comiendo una pizza?

Pide una pizza mediana para los dos. No. No la pidas para los dos. No es bueno compartir en una situación así. Podrías mandar una señal errónea de que la relación está en buen síntoma. No señor. Pide dos pizzas pequeñas. Que se entienda bien el mensaje de que van a tener todo separado a partir de hoy. Ya luego irás a buscar tu ropa a su casa. Luego de que hayas terminado con ella. Eso sí. El refresco tendrán que compartirlo. Que el comunismo azota y no tienes dinero para comprarte el lujo de dos Pepsis.

Deja que se coma un slice de su pequeña pizza. Es mejor que reciba el sablazo con algo en el estómago. Las malas noticias se reciben mejor con la pancita llena. ¿Verdad que se ve demasiado cuchi cuando come pizza? Mira cómo se le inflan los cachetitos. Mira cómo toma refresco con el pitillo. Tiene demasiada gracia. Tiene demasiado encanto. Menos mal que pronto te vas a liberar de ese encanto. Serás una persona libre. Las mujeres se te van a abalanzar encima. Ya no tendrás que rendirle cuentas a nadie. Quizás no sea todo tan malo a partir de ahora.

No pierdas más tiempo. Inicia una conversación y luego encauza esa conversación hasta la noticia de que quieres terminar con ella. “Debo decirte algo”, le sueltas. Vas a disparar a matar. Pero ella termina la frase. “Es mejor que terminemos. Desde hace tiempo no me siento cómoda”, te dice. Te dice también que no la lleves a casa. Que ella tiene dinero para pagar un taxi. Te da un beso de hielo en la frente. Un beso que parece un granizado. La miras alejarse. ¿No es la mujer más bonita del mundo? Es una cuchi. Era la mejor novia del mundo. Estalló la bomba antes de que la lanzaras. Síguela con la mirada hasta que baje las escaleras eléctricas y la pierdas de vista. Sabes bien que ella no mirará atrás. Vete a dar una vuelta antes de irte solo en tu solitario carro que aún huele al shampoo de manzana que ella usa. Vete a dar una vuelta. Anda. Y no te preocupes por los hampones. Da igual si te disparan en medio del pecho. Tienes el corazón despedazado y vacío de todas formas.

Tomás Marín

Adaptación libre del texto “Dejar a Matilde”, de Alberto Moravia.

Bestiario estudiantil de Caracas II

Bestiario estudiantil de Caracas.

U.E. Colegio Pestalozzi. El Paraíso.

Estudiante: Héctor Alfonso Mora Milán. II Año. Ciclo diversificado. Mención Ciencias.

Me gusta trabajar. Siempre me ha gustado trabajar. Cuando pequeño sembraba naranjas en el jardín de mi casa (un jardín diminuto) y las vendía en la calle. A mi mamá no le gustaba que vendiera naranjas. Me decía que había gente peligrosa en la calle. Pero no me sentía quieto si no trabajaba. Siempre me inventaba algo. Horneaba galletas o hacía suspiritos. Se los vendía a los vecinos. Iba de puerta en puerta una vez a la semana. Algunos eran antipáticos. Pero a otros les encantaban mis dulces. Eran clientes habituales. Busqué trabajos más serios cuando me hice adolescente. Sentía que me daban experiencia. Y que me dan experiencia aún. Me gusta estudiar. Las buenas notas me van a llevar a una buena carrera. Una buena carrera me va a llevar a un buen trabajo. Aunque también me gustaría emprender. Emprender en Venezuela o emprender afuera. Me da igual. Vivo en un edificio alto de El Paraíso. Es de esos edificios viejos que tienen el piso de las áreas comunes de granito blanco moteado. Esos edificios como de los años cincuenta. De cuando Venezuela era otra. Mi abuela siempre nos cuenta sobre esa otra Venezuela. La Venezuela de Pérez Jiménez. Ella cuenta que con Pérez Jiménez todo el mundo trabajaba. Creo es a mi abuela a quien debo mi afición al trabajo. Ella tiene 81 años y sigue trabajando. Ella vino desde el interior hacia Caracas. Todo era más fácil antes. Ella nunca ha querido jubilarse. Dice que jubilarse es morir. Y dice que trabajar es la mejor manera de combatir al gobierno. Yo he tenido trabajos de todo tipo. Tanto trabajos que he “emprendido” como trabajos en locales y en lugares cerca de mi casa en El Paraíso.

Uno de los trabajos más extraños que he tenido lo tuve hace un año. Hay un restaurante chino cerca de mi casa llamado Lee Woon Jae. Es un restaurante medio viejo. Tiene unos treinta años. Está decorado con figuras chinas hechas de papel maché. Y tiene uno de esos gatos dorados que mueven el brazo hacia adelante y hacia atrás. Como si estuviese saludando o espantando moscas. Mi jefe era un señor misterioso. Hablaba poco español y tenía un corte de pelo totuma. Tenía mucho dinero. Decían que tenía negocios raros con el gobierno. Viajaba en una camioneta blindada con otros chinos tan o más misteriosos que él. Parecían una mafia. Yo hacía varias cosas en el restaurante. Comencé fregando platos. Pero siempre fui una persona curiosa y capaz de absorber aprendizajes. Por eso terminé siendo asistente de cocina. Un día mi jefe me solicitó un favor. O un encargo. Me preguntó si yo sabía de lugares en donde hubiese perros o gatos sin dueño. Albergues o cosas así. Siempre he conocido páginas de Twitter o de Facebook que piden voluntarios para adoptar perros o gatos. Aunque siempre he odiado cuando apelan a la lástima. No tengo por qué adoptar un perro tuerto y/o cojo si no me da la gana. No intenten hacerme sentir mal por eso. El hecho es que le notifiqué a mi jefe y lo puse en contacto con esos albergues. Mi jefe me dio las gracias y me dio una bonificación. Él y sus amigos chinos extraños fueron a los albergues. Se fueron llevando a los animales de uno en uno para no levantar sospechas. ¿Para qué tener perros y gatos pasando hambre? Es mejor que ellos ayuden a saciar el hambre de los demás. Son más baratos que las reses.

Pero ése no fue el trabajo más extraño que he tenido. Aunque pueda ser un poco difícil de creer. El trabajo más extraño que he tenido lo tuve en la alcaldía de Caracas. No voy a decir quién tuvo la idea. Lo hago por protección. Pero el hecho es que Caracas estaba muy mal. Aunque no estaba peor que ahora. Habían prometido sanear el Guaire y nunca lo hicieron. Habían prometido construir parques y estadios y nunca los construyeron. En 2017 tuvo lugar una cumbre de jefes de estado aduladores del gobierno. Se supo que un jefe de estado se había quejado (en privado, por supuesto) del estado en el que se hallaba Caracas. Era el jefe de estado de una isla caribeña (creo que Dominica). Se había sorprendido de la cantidad de indigentes y de vagabundos que había en Caracas. Él los había visto desde su camioneta protegida y escoltada cuando iba a Caracas desde Maiquetía. La representante de Caracas no se tomó nada bien esta queja/sugerencia. No se la tomó bien aunque no se la dijeran en público. Se disculpó con el jefe de estado de la isla caribeña y dijo (en privado, por supuesto) que había que “limpiar a Caracas de los seres potencialmente peligrosos”. Seres potencialmente peligrosos. Así los llamó. Mandaron a una comisión a hablar con los indigentes y los vagabundos. En esa comisión estaba yo. Había que seducirlos con comida y prometerles más comida. Así los llevábamos a un sótano que quedaba por Parque Central. Era un sótano obscuro y que tenía un olor fortísimo y penetrante. Por la noche salían de allí las vans de la alcaldía que se llevaban los cuerpos. No sé si el representante de Dominica se volverá a quejar cuando regrese a Caracas. A mí me seguirá gustando trabajar. Sea vendiendo naranjas u horneando galletas. Sea vendiendo suspiritos o llevando a los seres potencialmente peligrosos al matadero.