Prohibido ser Gandhi. Capítulo 1.

Mi mamá llevaba varios minutos dándole vueltas, con el tenedor, a un guisante que estaba sobre el plato. El guisante, con un color que no podía decirse que era (o que alguna vez fue) verde, estaba bastante arrugado. Hacía juego con el arroz cocido casi transparente y con una proteína que, aunque los medios oficiales aseguraban que era carne, parecía un trozo de gruesa piel impregnado, aún cuando estaba en estado crudo, de un aroma asqueroso a aceite viejo. Yo prefería comer poco, o irme a la cama sin cenar. Prefería aguantar el hambre. El simple olor de la supuesta carne me provocaba náuseas.

Le supliqué a mi mamá que comiera algo, pero mis palabras sonaron a vacío. Ni siquiera yo creía en ellas. La verdad es que la comida, la única de la que disponíamos, era una basura. Me seguía afectando el ver a mi mamá en aquella actitud de dejadez total. Pero ya me iba acostumbrando. Ella había perdido bastante peso. El vestido beige con adornos, que unos años atrás le quedaba ceñido y que era, por eso, su vestido favorito, ahora le guindaba por todo el cuerpo, como si fuera una especie de baba o de lágrima de tela deshilachada.

Me gustaba acompañar a mi mamá a cenar. Me hacía sentir un poco menos miserable el tener a alguien, aún cuando pareciese hipnotizada, a mi lado. Observar a mi mamá, aunque yo no estuviese sentada en la mesa junto a ella, era una especie de consuelo a esa sensación que me invadía cuando caía la noche. No era una sensación de derrota, o ni siquiera de tristeza o de ansiedad. Era una sensación que parecía dictarme al oído, una y otra vez, que toda la vida en Venezuela no era más que un error, y ni siquiera un error importante, sino una especie de error olvidado. Sentía que Caracas, que de noche era una mole negra dormida, estaba ubicada en una especie de dimensión paralela a la que nadie podía acceder. Supongo que sentirse así era un resultado inevitable tras tantos años de aislamiento. El mundo no podía ocuparse de Venezuela todo el tiempo. Tenía que seguir su camino, y lo siguió.

Mi mamá por fin abrió la boca. Admitió que no tenía hambre. Me pidió permiso para levantarse e irse a acostar a su cuarto. Tuve que ser firme y decirle que no, que no la dejaría levantarse hasta que terminara de comer. Ya nos habíamos habituado a eso, al hecho de que mi mamá me viera como una especie de figura de autoridad. Aún así, seguía pareciéndome un poco extraño. Mamá estaba comiendo menos que nunca. Supongo que a mí me estaba pasando igual, pero no había nadie que me lo estuviese recordando a cada rato. Mamá podía pasarse hasta 48 horas sin comer. Por eso la comida nos rendía y teníamos más que nuestros vecinos. Menos mal que ellos no lo sabían, quizás hubiesen tumbado nuestra puerta para robárnosla.

Le pregunté a mi mamá si quería que yo comiera junto a ella. Un poco como hacen los papás, cuando quieren que un bebé coma, que comen junto a él. Ella me dijo que sí. Yo estaba dispuesta a hacer el sacrificio y llevarme la comida a la boca. Fui hasta la caja, que estaba dentro del closet, a intentar seleccionar lo menos repugnante.

 

T.M.

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¿Qué te hicieron, Caracas?

I

¿Qué te hicieron, Caracas?,

¿por qué se marchitó tu espíritu de tejas coloradas?,

¿por qué ahora huele a pólvora lo que antes olía a lavanda?,

¿qué carga llevas encima, que no te levantas?.

¿Qué te ancla?,

¿por qué sangras?,

¿por qué te sobran las balas

cuando lo demás te falta?,

¿de dónde sacaste, Caracas, la mala maña

de segregar en tus entrañas el veneno que te mata?

II

Mira todo lo que sufres,

mira cómo te hundes,

mira el escarlata que tinta hasta el blanco de tus nubes.

Maldita sea la costumbre

de ver tu fiebre que sube,

de ver, día tras día, cómo te curtes.

Que nadie diga ni murmure

que la distancia nos separa, pues la distancia nos une.

Caracas de amor y odio que pataleas y que gruñes,

comprenderás que el turista, al acariciarte, se asuste.

III

¿Qué te hizo tan violenta?,

¿qué te volvió tan hostil, tan agresiva y filibustera?.

Tu garganta, que cantaba, se ha quedado reseca,

vives una pesadilla de la que no despiertas.

Se sofocó tu linterna,

tu sonrisa esplendorosa ahora es carcajeo de hiena.

El aire te pesa,

el sol te quema,

la noche te ha tornado peligrosa y desierta,

noche que es testigo, Caracas, de nuestra tácita guerra.

IV

¿Qué sientes,?, ¿qué ocultas?,

¿por qué tu única arteria es un raudal de agua sucia?,

¿por qué nos toca vivir en la perenne angustia

de tener un conocido que irá sin sangre a la urna?

Ay, Caracas, tan injusta,

donde, en vez de conquistas, son muertos los que se escrutan.

Que caiga pena de muerte con decisión absoluta

al que amenaza, al que roba y al que te tira basura.

Tanto mal, Caracas, te tortura;

y de ese mal, Caracas, ¿de quién es la culpa?

V

Pero, Caracas, saldremos de esta.

Los que te hirieron, Caracas, pagarán con sus cabezas.

Un día regresaremos, daremos la vuelta

a la mañana calmada con aroma a primavera.

Cómo no sentir, Caracas, este arraigo por tu tierra;

si en tu suelo ha transcurrido el total de mi existencia.

Si te fracturan, Caracas, serán mías las muletas.

Si te haces pobre, Caracas, será nuestra tu miseria.

El destino, Caracas, te volverá a hacer perfecta.

Me despido, Caracas, con esta carta que te besa.

T.M.

Finish Him

Nunca me gustó Mortal Kombat (jamás me atrajeron los videojuegos de violencia armada o física), sin embargo, cuando mis amigos me invitaban a jugarlo, yo, por no romper el grupo, tomaba el control y, al iniciar la contienda, procedía a pulsar, enérgica y repetidamente, una combinación improvisada de botones que comandaban una serie de movimientos frenéticos e incoherentes a un personaje de vestimenta llamativa y sobrecargada, que, tras recibir una golpiza por parte de su oponente, moría ahorcado, decapitado o desmembrado.

Siempre me llamó la atención el final impío y sangrientamente caricaturesco de las batallas en cuestión. Luego de derrotar al contrincante (que se hallaba atolondrado, confuso y desorientado), el vencedor recibía, por parte de una voz etérea y gravísima (resaltada por letras que hacían acto de presencia en medio de la pantalla), la orden “Finish him”, que daba carta blanca para que el poseedor de la victoria, tras una serie de movimientos coreográficos diversos, diera al perdedor un golpe de gracia que le extinguiese la exigua cantidad de vida que aún albergaba en su cuerpo amoratado.

En los últimos dieciséis años, Venezuela ha vivido y protagonizado su propio combate que, de manera similar a los que yo libraba, yuxtapone a dos luchadores injustamente desiguales. Uno monstruoso, ególatra y aterrador que cada vez fue haciéndose de un titánico poder que rebozaba, una y otra vez, las capacidades de su contraparte que, tímida y torpe, ha pulsado, a ciegas, botones y botones y botones (repítase un centenar de veces) que pocas veces pudieron ecualizar este dantesco enfrentamiento.

El juego ha sido largo y agotador. Caben infinidad de siglos en esta inmoral década y media que ha tenido más sangre y vísceras que cualquier juego de Mortal Kombat. Pero ya el final se acerca, ese hecatónquiro rojo y desproporcionado ha venido dando tumbos que no son más que la cosecha irrenunciable de haber concentrado tanta trampa y tanta fuerza. Los movimientos, alguna vez ágiles, se han vuelto predecibles y obvios. El peleador que llevaba la ventaja, de tanto inflar su musculatura, está a punto de reventarla. Se ha vuelto lento, aletargado y lastimero. Está recibiendo puñetazos que van abriendo surcos mortales en su piel endurecida.

Como sucede cuando el grupo de amigos se reúne alrededor del televisor, gran parte del mundo está con los ojos puestos en Venezuela. El desespero nunca antes visto del pretencioso contendor deja entrever que un cambio importante se aproxima (quién sabe cómo). Pronto tanto sufrimiento tendrá su recompensa, pronto será el momento de apagar la consola e ir a comer en paz. El enemigo está en pánico, está groggy. En cualquier momento escucharemos una voz gravísima y etérea que, después de tanto, nos dirá las palabras que tanto anhelamos oír: “Finish him”.

 

Texto: Tomás Marín

Fotografía: AFP